miércoles, 16 de septiembre de 2026

 MARCUS, LIVIA Y ROMA SIGLO II

(Novela Corta)

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

En los primeros días de aquel verano del año en que Roma parecía no tener otra preocupación que celebrar su propia grandeza, Livia Valeria despertó antes de que los sirvientes comenzaran a abrir las ventanas de la casa familiar del Aventino, y durante unos instantes permaneció inmóvil bajo las telas ligeras que cubrían su lecho, escuchando el rumor lejano de la ciudad que empezaba a desperezarse con una mezcla de carros, voces, animales y pasos apresurados que subían desde las calles todavía húmedas por el agua con que los esclavos habían limpiado las losas durante la madrugada. Desde aquella habitación podía distinguirse, cuando el cielo estaba despejado, una parte del perfil de Roma y, más allá de los tejados y las columnas, el brillo del Tíber bajo la primera luz, pero aquella mañana no miró hacia la ventana porque algo en el ambiente de la casa le había despertado una inquietud que no sabía explicar, como si la tranquilidad que durante tantos años había considerado natural comenzara a parecerle una especie de silencio cuidadosamente construido sobre cosas que nadie quería nombrar.

Tenía veintidós años y había aprendido desde niña que una mujer de su posición debía conocer perfectamente el lugar que ocupaba dentro de la familia, hablar con prudencia delante de los invitados, vestir de acuerdo con las circunstancias, honrar a los dioses según las costumbres de sus mayores y, sobre todo, comprender que su futuro no pertenecía enteramente a ella, aunque nadie se lo hubiera dicho con esas palabras. Su padre, Gaius Valerius, era un comerciante respetado que había hecho crecer considerablemente el negocio familiar gracias al transporte de aceite, vino, tejidos y grano entre Roma, Ostia y distintos puertos del Mediterráneo, y estaba convencido de que la fortuna debía ser protegida con la misma disciplina con que había sido acumulada, razón por la cual llevaba varios meses hablando de la conveniencia de unir a Livia con una familia capaz de ampliar todavía más sus intereses comerciales y políticos.

Aquella mañana, sin embargo, Livia no pensaba en matrimonio, ni en vestidos, ni en las cenas a las que su madre insistía en que debía asistir, sino en el hombre que había visto tres días antes en el mercado cercano al puerto de Ostia, aunque todavía no sabía por qué su recuerdo había permanecido con tanta fuerza en su pensamiento. Había viajado allí con su padre para revisar unas mercancías que habían llegado desde Hispania y, mientras los hombres discutían sobre cargamentos, precios y retrasos, ella se había apartado unos minutos acompañada por una esclava llamada Daria, que había sido su compañera desde la infancia y era probablemente la persona que mejor conocía sus silencios.

Había visto entonces a un joven arrodillado junto a un trabajador que tenía una herida profunda en el brazo, mientras otros hombres observaban desde cierta distancia sin querer acercarse demasiado. El joven no llevaba las ropas propias de un médico perteneciente a una familia acomodada, ni tenía detrás de él asistentes o esclavos que transportaran sus instrumentos; apenas disponía de una pequeña caja de madera y de unas telas limpias, pero sus manos se movían con una seguridad que había llamado la atención de Livia desde el primer instante.

—No lo mires tanto —le había dicho Daria en voz baja.

—No lo estoy mirando.

—Entonces llevas varios momentos mirando exactamente hacia donde él está.

Livia había sonreído a pesar suyo y había intentado continuar caminando, pero en ese momento el joven levantó la cabeza y sus ojos se encontraron brevemente con los de ella. No había en aquella mirada la insolencia que tantas veces había encontrado en hombres acostumbrados a impresionar a las mujeres de las familias ricas, ni tampoco la reverencia exagerada de quienes veían en su túnica y en sus acompañantes una señal de poder. Había simplemente una mirada tranquila, cansada y atenta, como si durante aquel instante el joven hubiera olvidado por completo la diferencia entre ambos.

—Necesito agua —dijo él dirigiéndose a uno de los trabajadores—. Y que alguien busque a su hermano.

Después volvió a concentrarse en el herido.

Livia había seguido caminando, pero aquella escena había quedado en ella de una manera extraña. No había sido la herida, ni siquiera la habilidad del médico, sino el hecho de que nadie parecía pagarle por lo que estaba haciendo. Cuando preguntó discretamente a Daria quién era aquel hombre, la respuesta había sido vaga, pero al regresar a Roma Livia había descubierto que su padre conocía el nombre.

Marcus Lucius.

Un médico joven que atendía principalmente a trabajadores del puerto, marineros y gente pobre de Ostia, muchas veces sin recibir dinero alguno.

Aquello era precisamente lo que Livia no lograba comprender.

—Hay cosas que los ricos hacemos porque podemos permitirnos hacerlas —le había explicado su padre aquella noche, cuando ella preguntó por él durante la cena—. Y hay cosas que los pobres hacen porque no tienen otra alternativa. No confundas las dos realidades.

—¿Y si alguien ayuda a otro sin recibir nada a cambio?

Gaius había levantado los ojos de su copa.

—Entonces probablemente sea un hombre que todavía no ha aprendido cómo funciona el mundo.

Su madre había intervenido inmediatamente para cambiar la conversación, pero Livia había guardado aquella frase en la memoria.

Ahora, mientras una esclava entraba silenciosamente en la habitación para preparar las prendas del día, volvió a pensar en ella.

¿Cómo funcionaba realmente el mundo?

La pregunta le parecía cada vez más difícil.

Después de vestirse, bajó al patio interior, donde su madre, Claudia Valeria, estaba revisando con dos sirvientas unas telas destinadas a una próxima celebración. La casa olía a aceite perfumado, pan recién horneado y flores que habían sido colocadas alrededor de una pequeña fuente de mármol, y todo parecía ocupar su lugar con la precisión habitual. Livia se sentó junto a su madre y comenzó a ayudarla, aunque su atención estaba lejos de allí.

—Tu padre quiere hablar contigo después del desayuno —dijo Claudia sin levantar la vista de las telas.

—¿Sobre qué?

—Sobre una visita.

—¿A quién?

Su madre tardó unos segundos en responder, como si estuviera buscando una manera amable de decir algo que no podía considerarse agradable.

—Al senador Publius Aelius Severus.

Livia dejó de mover la tela.

—¿Por qué?

—Porque tu padre considera que ha llegado el momento de que lo conozcas mejor.

—Ya lo conozco.

—Lo has visto en algunas cenas.

—Eso no significa que lo conozca.

Claudia suspiró y dobló cuidadosamente la tela que tenía entre las manos.

—Livia, hay cosas que una mujer debe aceptar aunque no le resulten agradables.

—¿Como cuáles?

—Como comprender que un matrimonio no siempre comienza con amor.

—¿Y debe comenzar necesariamente con conveniencia?

Su madre la miró entonces directamente.

—En nuestra posición, la conveniencia también es una forma de seguridad.

Livia quiso responder, pero vio la expresión de su madre y comprendió que aquella conversación no llegaría a ninguna parte. Claudia no era una mujer cruel, ni siquiera especialmente interesada en las riquezas, pero había aprendido desde joven que la vida de una mujer dependía de estructuras que ella no podía cambiar y había terminado confundiendo la resignación con la prudencia.

Después del desayuno, Gaius la recibió en una habitación donde acostumbraba revisar las cuentas de sus negocios. Sobre una mesa había tablillas de cera, rollos de documentos, pequeños sacos con muestras de especias y una carta recién llegada desde Ostia.

—Siéntate —le dijo.

Livia obedeció.

—He hablado con Severus.

—Eso me dijo madre.

—Es un hombre respetable.

—Tiene casi cincuenta años.

Gaius frunció ligeramente el ceño.

—Eso no es una respuesta.

—Es una diferencia.

—Una diferencia que no impide un buen matrimonio.

Livia miró hacia las tablillas que cubrían la mesa.

—¿Qué gana nuestra familia con ese matrimonio?

Su padre guardó silencio durante unos segundos.

—Protección, relaciones, acceso a determinados círculos y mejores oportunidades para nuestros negocios.

—Entonces no estás buscando un esposo para mí.

—Estoy buscando un futuro seguro para ti.

—¿Y si yo no quiero ese futuro?

Gaius apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Todavía eres joven y confundes libertad con seguridad. Cuando tengas más años comprenderás que la vida puede cambiar en un solo día y que una familia que no protege lo que posee termina perdiéndolo.

Livia recordó entonces a los hombres del puerto, a los trabajadores que dormían en habitaciones estrechas, a los esclavos que cargaban sacos bajo el calor y al médico que se había arrodillado junto a un herido sin preguntarle cuánto podía pagar.

—¿Y los que no poseen nada? —preguntó.

Su padre la observó con desconcierto.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—No, dime.

Livia respiró lentamente.

—Solo me preguntaba qué ocurre con las personas que no tienen una familia que las proteja.

Gaius se reclinó en su asiento.

—El mundo siempre ha sido así.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí la responde.

—No para mí.

El rostro de su padre adquirió una dureza que ella conocía bien.

—Livia, no quiero que conviertas tu juventud en una búsqueda constante de problemas que no puedes solucionar. Roma es grande porque cada hombre cumple su función. Los comerciantes comercian, los soldados luchan, los senadores gobiernan, los médicos curan y los esclavos sirven. Si empiezas a cuestionar cada parte del orden que sostiene nuestra ciudad, terminarás sin comprender ninguna.

Ella bajó la mirada.

—Tal vez comprender no sea suficiente.

Gaius no respondió.

Durante los días siguientes, Livia intentó volver a su rutina, pero la normalidad había perdido parte de su capacidad para tranquilizarla. Acompañaba a su madre a los baños, asistía a reuniones familiares, escuchaba conversaciones sobre precios del trigo y nuevas construcciones, pero cada vez que veía a un esclavo inclinarse ante alguno de los invitados recordaba al hombre herido del puerto y al médico que se había detenido para atenderlo. No sabía todavía qué significaban aquellas inquietudes, pero comenzaba a sospechar que no se trataba simplemente de una rebeldía propia de su edad.

Una tarde, cuando el sol descendía sobre Roma y las sombras de las columnas se alargaban en el patio, Daria entró llevando una bandeja.

—Tu padre ha recibido noticias de Ostia.

Livia levantó la vista.

—¿Qué noticias?

—No sé.

—¿Has escuchado algo?

Daria dudó.

—Dicen que algunos trabajadores están enfermando.

Livia dejó el libro que estaba leyendo.

—¿Qué enfermedad?

—No lo sé.

—¿Quién lo dijo?

—Los hombres que llegaron esta tarde con las mercancías.

Aquella noche, durante la cena, Gaius confirmó solamente una parte de la información.

—Hay algunos casos de fiebre en Ostia —dijo mientras cortaba un trozo de carne—. Nada que deba preocuparnos.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—¿Y el puerto sigue funcionando?

—Por supuesto.

—¿Y los médicos?

Su padre la miró.

—¿Por qué te interesa tanto?

—Porque me dijiste que Marcus Lucius atiende allí.

La expresión de Gaius cambió ligeramente.

—No vuelvas a mencionar a ese hombre.

—¿Por qué?

—Porque pertenece a un mundo que no tiene nada que ver con el nuestro.

—Es médico.

—Y nosotros somos comerciantes. Eso no nos convierte en iguales.

La respuesta produjo en Livia una incomodidad más profunda que cualquiera de las anteriores.

—No he dicho que seamos iguales.

—Pero estás empezando a pensar que deberíamos comportarnos como si lo fuéramos.

—Tal vez todos deberíamos comportarnos como seres humanos.

El silencio que siguió fue tan repentino que incluso los sirvientes parecieron detener sus movimientos.

Gaius dejó el cuchillo sobre la mesa.

—Termina de cenar.

Livia obedeció, pero aquella noche tardó mucho en dormir.

Dos días después, Gaius decidió regresar a Ostia para revisar personalmente un cargamento de grano. Livia supuso que se le permitiría acompañarlo, como había hecho otras veces, pero su padre se negó.

—No hay necesidad.

—Siempre voy contigo.

—Esta vez no.

Ella comprendió inmediatamente que la negativa tenía relación con Marcus.

—No voy a buscarlo.

—No quiero discutir.

—Entonces no discutamos.

—Livia.

—He dicho que no discutiremos.

Gaius la miró durante unos segundos, como si intentara descubrir si hablaba en serio.

—Es precisamente esa forma de responder la que me preocupa.

Cuando su padre partió, Livia permaneció en la entrada de la casa observando cómo el pequeño grupo de esclavos y guardias desaparecía por la calle. Daria se acercó después.

—No deberías provocar a tu padre.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Livia contempló la ciudad.

—Porque no sé qué me está ocurriendo.

Daria sonrió con tristeza.

—Eso sí que es peligroso.

—¿Qué cosa?

—No saber qué te está ocurriendo.

Livia volvió la mirada hacia ella.

—¿Tú nunca has sentido que la vida que tienes delante no es suficiente?

Daria guardó silencio.

Había preguntas que una esclava no podía responder a una mujer libre sin poner en riesgo algo que ambas habían aprendido a proteger.

—Yo aprendí hace mucho tiempo que no conviene preguntar demasiado —dijo finalmente.

Livia comprendió la profundidad de aquella frase y sintió una punzada de vergüenza.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—Sí.

—No.

Daria dejó la bandeja que llevaba sobre una mesa y añadió con suavidad:

—Si algún día quieres comprender cómo vive alguien que no ha tenido tus oportunidades, no necesitas sentir pena por mí. Solo necesitas escuchar.

Livia no olvidaría aquellas palabras.

Aquella misma semana, contra la voluntad de su padre, pidió permiso a su madre para visitar Ostia. Claudia aceptó porque pensó que se trataba de una simple excursión y porque creyó que el movimiento constante de la casa estaba haciendo demasiado evidente la tensión entre padre e hija.

El viaje comenzó temprano.

Desde el carro, Livia observó cómo Roma iba quedando atrás y cómo el camino hacia el puerto se llenaba de comerciantes, soldados, viajeros, animales y carros cargados con mercancías procedentes de regiones que ella solo conocía por los nombres que escuchaba durante las cenas familiares. Cuando finalmente llegaron a Ostia, el olor del mar, del pescado, del aceite, de las cuerdas húmedas y de los cuerpos fatigados se mezcló en el aire con una intensidad que la hizo comprender inmediatamente que aquel lugar tenía una vida distinta de la que conocía en el Aventino.

Había esclavos descargando mercancías, hombres gritando instrucciones, vendedores ofreciendo alimentos y marineros procedentes de distintas tierras. Se escuchaban palabras en lenguas que Livia no entendía y se cruzaban rostros de procedencias diversas, algunos oscuros por el sol y otros marcados por enfermedades, heridas o años de trabajo.

Daria caminaba detrás de ella.

—¿Qué buscas?

—Nada.

—Eso significa que buscas a alguien.

Livia no respondió.

No tardó en encontrarlo.

Marcus estaba junto a una pared de piedra, atendiendo a una mujer que sostenía contra el pecho a un niño pequeño. El médico escuchaba mientras la mujer hablaba apresuradamente, y aunque Livia no podía entender todas las palabras, sí pudo percibir el miedo de aquella madre.

Marcus levantó la cabeza y la vio.

Esta vez no apartó la mirada.

Livia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza, pero no retrocedió.

Cuando terminó de atender al niño, Marcus se acercó lentamente.

—Señora.

—No tienes que llamarme así.

—Entonces no sé cómo llamarte.

—Livia.

Él la miró con cierta sorpresa.

—Livia.

—Marcus.

Una leve sonrisa apareció en el rostro del joven.

—Al parecer ya sabes mi nombre.

—Mi padre conoce a muchas personas.

—Tu padre me conoce de otra manera.

—¿Qué significa eso?

—Que preferiría que no estuviera aquí.

Livia miró alrededor antes de contestar.

—Mi padre preferiría muchas cosas.

Marcus bajó la voz.

—Entonces será mejor que no permanezcamos demasiado tiempo hablando.

—¿Tienes miedo?

—Tengo razones para ser prudente.

—¿Por mí?

—Por todo.

Livia quiso preguntarle qué quería decir, pero un hombre llegó corriendo desde el otro extremo del callejón.

—¡Marcus!

El joven se volvió.

—¿Qué ocurre?

—Hay más enfermos junto a los almacenes.

Marcus cerró los ojos durante un instante.

—¿Cuántos?

—No sé. Cinco, quizá seis.

Marcus miró a Livia.

Ella comprendió que aquella conversación había terminado.

—Ve —dijo.

—Deberías regresar a casa.

—Lo haré.

Marcus se apartó, pero después de unos pasos se detuvo y volvió la cabeza.

—Livia.

—¿Sí?

—No vengas aquí por mí.

Ella lo observó.

—¿Y si vengo por los demás?

Marcus sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.

—Entonces quizá algún día comprendamos los dos por qué has venido.

Y se alejó hacia los almacenes mientras Livia permanecía inmóvil, escuchando nuevamente el ruido del puerto, pero sintiendo que por primera vez aquel ruido no era simplemente el sonido de una ciudad poderosa, sino la voz confusa de miles de vidas que hasta entonces habían existido para ella detrás de las puertas de su casa, de sus negocios y de sus privilegios, y que ahora comenzaban a reclamar un lugar en su conciencia que ya no podría cerrar con la misma facilidad con que se cerraban las puertas de mármol de la casa del Aventino.

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

Durante el viaje de regreso a Roma, Livia permaneció casi todo el tiempo en silencio, sentada frente a Daria en el interior del carro mientras las ruedas golpeaban de manera irregular las piedras del camino y el paisaje de Ostia iba quedando atrás, primero con sus almacenes, sus embarcaciones y sus calles llenas de trabajadores, después con las casas más alejadas del puerto y finalmente con los campos que separaban aquella ciudad de la gran capital. Su acompañante intentó varias veces iniciar una conversación sobre asuntos cotidianos, pero Livia apenas respondía porque seguía pensando en Marcus, no solamente en la manera en que la había mirado o en aquella conversación breve que habían mantenido, sino en la extraña tranquilidad con que había aceptado acudir nuevamente junto a los enfermos sin saber si alguno de ellos podía contagiarle la enfermedad que comenzaba a extenderse entre los trabajadores del puerto.

—Te ha impresionado —dijo finalmente Daria.

Livia levantó los ojos.

—¿Qué cosa?

—No necesitas preguntarme.

—No estoy pensando en él de esa manera.

Daria sonrió ligeramente.

—No he dicho que estés enamorada.

—Entonces no sé qué quieres decir.

—Que estás pensando en él de una manera que no habías pensado en ningún hombre antes.

Livia volvió la mirada hacia el camino.

—No lo conozco.

—Precisamente por eso.

Durante unos momentos solo se escuchó el ruido de las ruedas.

—¿Crees que es extraño? —preguntó Livia.

—Creo que es peligroso.

—¿Por qué?

Daria se encogió de hombros.

—Porque pertenece a un mundo que tu padre no puede controlar.

Aquella respuesta quedó suspendida entre las dos mientras Roma aparecía poco a poco en el horizonte, enorme y brillante bajo el sol de la tarde, con sus edificios, sus templos, sus mercados y sus calles atestadas, una ciudad que parecía capaz de absorber cualquier preocupación particular dentro de la inmensidad de su propia existencia. Livia había vivido siempre en ella y, sin embargo, aquel día le pareció diferente, como si detrás de cada fachada hubiera comenzado a percibir personas que antes no veía, hombres y mujeres cuyos nombres jamás aparecían en las conversaciones de su familia pero cuyas manos sostenían buena parte de la prosperidad que disfrutaban.

Cuando llegaron a la casa del Aventino, su padre todavía no había regresado.

Claudia recibió a Livia en el patio y preguntó inmediatamente cómo había transcurrido el viaje.

—Bien.

—¿Has visto a tu padre?

—No.

—Entonces supongo que tendrás que esperar hasta la cena.

Livia asintió, pero antes de retirarse preguntó:

—Madre, ¿qué sabes de la enfermedad de Ostia?

Claudia dejó de caminar.

—¿Qué enfermedad?

—La que está afectando a los trabajadores.

—No sé nada.

—Papá sí sabe.

—Tu padre siempre recibe rumores sobre sus negocios.

—No son solamente rumores.

Claudia la miró con atención.

—¿Has estado cerca de enfermos?

—No.

—Livia.

—No he tocado a nadie.

Su madre pareció tranquilizarse un poco.

—Entonces olvida el asunto.

—¿Cómo puedo olvidarlo?

—Porque no te corresponde resolverlo.

Livia no respondió, pero aquella noche, cuando Gaius regresó y durante la cena habló sobre mercancías, barcos y nuevos contratos, ella comprendió que la enfermedad no era un rumor. Había preocupación en el rostro de algunos hombres que habían llegado con él y, aunque intentaban disimularlo, todos sabían que algo estaba ocurriendo.

—Han cerrado temporalmente una zona de los almacenes —comentó Gaius.

—¿Por la enfermedad? —preguntó Livia.

Su padre la miró.

—Sí.

—¿Cuántos están enfermos?

—No lo sé exactamente.

—¿Y Marcus Lucius?

El silencio volvió a caer sobre la mesa.

—Te dije que no hablaras de ese hombre.

—Solo pregunté.

—Y yo ya respondí.

Livia bajó la mirada, pero aquella noche decidió que no permitiría que el temor de su padre se convirtiera también en el suyo.

Dos días después, mientras Claudia visitaba a una pariente y Gaius se encontraba en una reunión comercial, Livia salió de la casa acompañada únicamente por Daria. No llevaba las joyas que acostumbraba usar en público ni el vestido más costoso de su guardarropa, sino una túnica sencilla que le permitía pasar menos llamativamente entre la gente. Había pedido a uno de los conductores que las llevara hasta una zona cercana a los depósitos, pero descendió antes de llegar para continuar a pie.

Encontró a Marcus en una pequeña habitación que había sido convertida provisionalmente en lugar de atención médica. Había dos hombres enfermos sobre camastros improvisados y una mujer anciana sentada junto a la pared.

Marcus levantó la vista cuando entró.

—Te dije que no vinieras por mí.

—No he venido por ti.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Livia dejó sobre una mesa un pequeño paquete que había llevado consigo.

—Traigo vendas, aceite, vino y algunas medicinas.

Marcus se acercó y revisó el contenido.

—Esto vale mucho dinero.

—En mi casa hay más.

—No deberías traer cosas de tu familia sin permiso.

—Entonces no se lo diré a mi familia.

Marcus la miró fijamente.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Tampoco tú.

Él soltó una breve sonrisa.

—Eso es verdad.

La mujer anciana observaba a ambos con curiosidad.

—¿Es tu esposa?

Marcus negó con la cabeza.

—No.

—Entonces todavía tienes una oportunidad de escapar —murmuró la mujer.

Livia sonrió a pesar de la tensión.

—No estoy segura de querer escapar.

Marcus tomó las vendas y comenzó a ordenarlas.

—Si vas a quedarte, tendrás que ayudar.

—¿Qué debo hacer?

—Primero lávate las manos.

Durante las horas siguientes, Livia descubrió una realidad que jamás había imaginado. Vio cuerpos debilitados, fiebre, miedo y hambre; escuchó a hombres que preguntaban por familiares que quizá ya habían muerto y a mujeres que intentaban conservar la calma mientras sostenían a sus hijos. Marcus trabajaba sin descanso, atendiendo a unos, preparando remedios para otros y tratando de mantener separados a los enfermos según los síntomas que presentaban.

Livia no sabía medicina, pero aprendió rápidamente a lavar las manos, preparar telas, llevar agua y registrar nombres.

En uno de los momentos de descanso, Marcus se sentó junto a la puerta.

—Puedes marcharte ahora.

—No estoy cansada.

—No me refiero a eso.

Livia comprendió.

—¿Por qué haces esto?

Marcus permaneció callado durante un largo momento.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

—Eso no explica por qué tú.

—Quizá porque sé lo que significa perder a alguien y que los demás sigan viviendo como si nada hubiera ocurrido.

Livia lo observó.

—¿A quién perdiste?

Marcus bajó la mirada hacia sus manos.

—A mi madre.

—¿Cuándo?

—Hace años.

—¿Estaba enferma?

Él negó lentamente.

—Murió por su fe.

Livia no supo qué responder.

Había oído hablar de los cristianos, aunque en su casa se hablaba de ellos con cierta indiferencia, como de una secta extranjera que no respetaba adecuadamente las tradiciones romanas.

—¿Era cristiana?

—Sí.

—¿Y tú?

Marcus levantó la mirada.

—Sí.

Livia sintió que el ambiente había cambiado.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de comprender lo que significaba.

—¿Y ahora lo comprendes?

Marcus tardó en contestar.

—Comprendo algunas cosas y sigo buscando respuestas para otras.

—¿Por qué continúas creyendo después de lo que le ocurrió?

El médico miró hacia la calle.

—Porque lo que ella creyó no desapareció cuando murió.

Livia permaneció callada.

Marcus continuó hablando con una serenidad que no parecía buscar convencerla.

—No quiero que pienses que esto significa que debes creer lo mismo que yo. Mi madre nunca me enseñó que la fe pudiera imponerse. Me enseñó que, si realmente creemos que Dios ve a las personas de una manera distinta a como las ve el mundo, entonces tenemos que aprender a mirar también de otra manera.

Livia recordó a Daria, al hombre herido del puerto y a los esclavos que había visto aquella mañana.

—¿Y eso es lo que haces aquí?

—Intento hacerlo.

Antes de que pudiera responder, se escucharon pasos apresurados en la calle. Marcus se levantó inmediatamente.

Un trabajador entró casi corriendo.

—Han venido soldados.

Marcus palideció.

—¿Aquí?

—Están buscando médicos.

—¿Por qué?

El hombre respiró con dificultad.

—Dicen que alguien está propagando la enfermedad deliberadamente.

Livia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Marcus miró hacia la puerta y después hacia ella.

—Tienes que irte.

—¿Y tú?

—Yo también.

—¿Adónde?

Marcus no respondió inmediatamente.

—Hay personas que pueden esconderme.

Livia comprendió que aquello era más grave de lo que había imaginado.

—Marcus, si te acusan injustamente...

—No importa ahora lo que sea justo.

—Sí importa.

Él se acercó a ella y habló en voz muy baja.

—Livia, vuelve a Roma y no regreses aquí.

—No.

—Tu familia puede quedar comprometida.

—No me importa.

—A mí sí.

Por primera vez, la firmeza de Marcus desapareció y Livia pudo ver claramente el temor que intentaba ocultar.

—No quiero que pierdas tu vida por estar cerca de alguien como yo.

Livia sostuvo su mirada.

—Tal vez mi vida no sea tan valiosa si tengo que pasarla fingiendo que no veo lo que ocurre.

Marcus permaneció inmóvil, sin encontrar una respuesta.

Afuera se escucharon voces.

—¡Abran!

Marcus tomó rápidamente su caja de instrumentos.

—Debes irte por la puerta trasera.

Livia vaciló.

—¿Volveré a verte?

Marcus la miró durante unos segundos que parecieron mucho más largos de lo que realmente fueron.

—Si Dios quiere.

Ella no sabía todavía por qué aquellas cuatro palabras habían quedado grabadas en su corazón con tanta fuerza, pero cuando Daria la tomó del brazo para conducirla hacia la salida trasera comprendió que, aunque regresara a la casa del Aventino y volviera a vestir como antes, algo había cambiado definitivamente en ella, porque por primera vez había encontrado a alguien cuya seguridad no dependía de la riqueza, cuya esperanza no parecía desaparecer frente al peligro y cuya manera de vivir comenzaba a obligarla a formular preguntas para las que ya no podía conformarse con las respuestas que había recibido durante toda su vida.

 

 

 

 

CAPÍTULO 3

 

Durante los días que siguieron a su regreso a Roma, Livia intentó convencerse de que todo podía volver a ser como antes, pero cada esfuerzo por recuperar la tranquilidad de su antigua rutina terminaba enfrentándola con la certeza de que algo había cambiado dentro de ella y de que ya no podía contemplar la ciudad con los mismos ojos con los que la había contemplado durante los primeros veintidós años de su vida. La casa del Aventino continuaba siendo la misma, con sus muros blancos, sus patios silenciosos, sus mosaicos cuidadosamente conservados, sus fuentes alimentadas por el agua que llegaba desde los acueductos y sus habitaciones donde los sirvientes se movían con una discreción casi perfecta, pero ahora Livia reparaba en las personas que hacían posible aquella comodidad y que antes apenas había visto, en las manos que limpiaban, cocinaban, transportaban, encendían las lámparas y preparaban los baños, y comenzó a preguntarse cuántos de aquellos rostros conocía realmente después de tantos años de vivir junto a ellos.

Su madre interpretó su silencio como una señal de cansancio y no insistió demasiado, pero Gaius Valerius observaba a su hija con creciente preocupación. Había regresado de Ostia con noticias que no había querido compartir durante la cena, y aunque oficialmente la situación se encontraba bajo control, los comerciantes sabían que el cierre parcial de algunos almacenes y la aparición de nuevos casos podían perjudicar gravemente el movimiento de mercancías. Lo que más inquietaba a Gaius, sin embargo, no era solamente la enfermedad, sino la posibilidad de que su hija estuviera involucrándose con personas que podían atraer sobre la familia dificultades mucho mayores que cualquier pérdida económica.

Una tarde, mientras Livia se encontraba en el atrio leyendo una carta que había recibido de una amiga, escuchó los pasos de su padre aproximándose y levantó la vista. Gaius no llevaba la expresión relajada que acostumbraba mostrar después de sus reuniones comerciales, sino una seriedad que hizo que Livia dejara inmediatamente la carta sobre sus rodillas.

—Necesito hablar contigo.

—Claro.

—A solas.

Livia miró hacia Daria, que se encontraba cerca de una columna.

—Puedes retirarte —dijo Gaius.

Daria obedeció sin decir palabra.

Cuando quedaron solos, Gaius se sentó frente a su hija y durante unos instantes pareció no saber cómo comenzar.

—He recibido información sobre Ostia.

Livia sintió una presión en el pecho.

—¿Sobre la enfermedad?

—También.

—¿Qué ha ocurrido?

—Han acusado a un médico de haber llevado deliberadamente la enfermedad a ciertos almacenes.

Livia permaneció inmóvil.

—¿A quién?

Gaius la miró directamente.

—Marcus Lucius.

La noticia produjo en ella una mezcla de miedo y rabia.

—Eso es falso.

—No sabes si lo es.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

Livia comprendió que había hablado demasiado rápido.

—Porque lo vi.

—¿Dónde?

—Atendiendo enfermos.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

El rostro de Gaius se endureció.

—Te prohibí acercarte a ese hombre.

—No me acercó él.

—Eso no cambia nada.

—Padre, estaba ayudando a personas enfermas.

—Y ahora lo acusan de provocar la enfermedad.

—Porque necesitan un culpable.

Gaius se levantó.

—Eso no puedes saberlo.

—Tú tampoco.

—Sé que las autoridades no actúan sin razones.

Livia lo miró con incredulidad.

—¿De verdad crees eso?

—Creo que debemos mantenernos fuera de este asunto.

—¿Y si es inocente?

—Entonces se demostrará.

—¿Y si no?

Gaius tardó unos segundos en responder.

—Entonces será juzgado.

Livia sintió que aquella respuesta la alejaba de su padre de una manera que no había experimentado nunca.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga?

—Que averigües la verdad.

—No soy juez.

—Pero tienes dinero, contactos y hombres que pueden investigar.

Gaius la observó con dureza.

—Precisamente por tener esas cosas sé cuándo no debo utilizarlas.

Livia comprendió entonces que su padre no estaba simplemente preocupado por Marcus, sino por el posible escándalo que podía envolver a la familia si ella continuaba relacionándose con él.

—¿Qué quieres de mí?

—Que olvides a ese hombre.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

Gaius se acercó a ella.

—Livia, escucha atentamente. No voy a permitir que una fascinación pasajera destruya todo lo que esta familia ha construido.

—No es una fascinación.

—Entonces es peor.

Livia sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero no quiso llorar delante de él.

—No sabes lo que significa para mí.

—Y tú no sabes lo que significa para nuestra familia.

—Tal vez ese sea el problema.

Gaius no respondió.

Aquella noche, Livia recibió una visita inesperada. Se trataba de Publius Aelius Severus, el senador con quien su padre había insinuado que pretendía casarla. Era un hombre de presencia imponente, vestido con una sobriedad costosa que no necesitaba mostrar abiertamente su riqueza porque cada detalle de su apariencia la hacía evidente. Hablaba lentamente y acostumbraba mirar a las personas como si evaluara su utilidad dentro de una conversación.

Durante la cena, Livia permaneció callada mientras su padre hablaba con el senador sobre comercio, política y asuntos relacionados con el puerto. Severus apenas le dirigió la palabra hasta el final de la comida.

—He oído que te interesa la literatura.

—Leo algunas cosas.

—Eso es bueno.

Livia esperó.

—Una esposa debe tener cultura.

La forma en que pronunció aquella palabra hizo que ella sintiera que hablaba de una cualidad que debía poseerse del mismo modo que una casa bien decorada.

—También me interesan otras cosas.

—¿Cuáles?

Livia pensó en los enfermos de Ostia.

—Las personas.

Severus sonrió.

—Una respuesta curiosa.

—¿Por qué?

—Porque las personas suelen ser mucho más difíciles de administrar que los negocios.

Gaius soltó una pequeña carcajada, pero Livia no encontró gracia alguna.

Después de la cena, su madre la llevó aparte.

—Debes ser amable con él.

—Lo he sido.

—No has dicho casi nada.

—Eso es mejor que decir lo que pienso.

Claudia la miró con preocupación.

—Tu padre ha tomado una decisión.

—Yo no.

—Livia...

—No quiero casarme con él.

—Todavía no se ha decidido nada.

—Entonces no entiendo por qué todos actúan como si ya estuviera decidido.

Su madre suspiró.

—Porque a veces las decisiones comienzan mucho antes de ser pronunciadas.

Livia regresó a su habitación y encontró a Daria esperándola.

—¿Qué ocurrió?

—Quieren casarme con Severus.

Daria permaneció en silencio.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Livia se acercó a la ventana.

—No lo sé.

—Eso es lo que más miedo da.

—Tengo que encontrar a Marcus.

Daria se volvió hacia ella.

—¿Estás segura?

—No.

—Entonces quizá no debas hacerlo.

Livia la miró.

—¿Tú qué harías?

Daria tardó en contestar.

—Yo aprendí a sobrevivir obedeciendo.

—Pero yo no soy tú.

—Precisamente por eso tienes que pensar bien antes de arriesgarlo todo.

Livia comprendió que Daria no intentaba detenerla por cobardía, sino porque conocía mejor que ella el precio que podía tener desafiar a quienes poseían poder.

Al día siguiente, Livia recibió una noticia que la obligó a actuar. Un muchacho que había trabajado en Ostia llegó hasta una de las dependencias de la casa buscando a un antiguo conocido de Gaius y, antes de marcharse, dejó discretamente una pequeña tablilla para Livia. En ella solo había unas palabras.

Marcus está escondido.

No había firma.

Livia guardó la tablilla entre sus ropas.

Aquella misma noche salió de la casa con Daria.

El lugar al que fueron no parecía relacionado con ninguna comunidad religiosa ni con una organización secreta. Era simplemente una pequeña vivienda situada en una calle estrecha, donde una mujer llamada Junia recibió a Livia con cautela.

—Marcus confía en ti —dijo la mujer.

—¿Dónde está?

—No puedo decírtelo todavía.

—¿Por qué?

—Porque si te siguen, también lo encontrarán.

Livia sintió que la ansiedad le cerraba la garganta.

—No me sigue nadie.

Junia la observó.

—Eso creen todos los que son seguidos.

Daria permaneció cerca de la puerta mientras Livia intentaba comprender quién era aquella mujer.

—¿Eres cristiana?

Junia asintió.

—Sí.

—¿Conoces a la madre de Marcus?

La expresión de la mujer cambió.

—La conocí.

Livia dio un paso hacia ella.

—¿Cómo murió?

Junia bajó la voz.

—La llevaron ante las autoridades porque se negó a renunciar a su fe.

—¿Y Marcus estaba allí?

—Era joven.

—¿Cuántos años tenía?

—Los suficientes para recordar.

Livia permaneció en silencio.

Junia continuó:

—Después de aquello quiso marcharse de Roma, pero finalmente decidió quedarse. Estudió medicina y comenzó a ayudar a quienes podía. Nunca quiso que su vida fuera una protesta contra el Imperio. Solo quería vivir de acuerdo con aquello que su madre le había enseñado.

—¿Y qué le enseñó?

Junia la miró.

—Que nadie es demasiado insignificante para ser amado.

Livia sintió que aquella frase tocaba exactamente la inquietud que había comenzado a crecer dentro de ella.

—¿Dónde se reúnen?

Junia dudó.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque quiero comprender.

—Comprender puede ser peligroso.

—Ya lo sé.

La mujer la condujo finalmente hasta una estancia pequeña situada detrás de la vivienda. Allí había varias personas reunidas alrededor de una mesa sencilla. No había estatuas, ni riquezas, ni símbolos que Livia pudiera reconocer. Había una anciana, dos hombres, tres mujeres y varios niños. Una de ellas repartía pan mientras otro hombre llenaba recipientes con agua.

Livia observó aquella escena con desconcierto.

—¿Esto es todo?

Junia sonrió.

—¿Esperabas algo diferente?

—No lo sé.

—Aquí no encontrarás grandes templos.

—Eso veo.

—Pero encontrarás personas.

Livia contempló cómo un hombre mayor entregaba su propia porción de pan a un niño.

—¿Todos son cristianos?

—Sí.

—¿Y se reúnen así porque tienen miedo?

Junia miró hacia la puerta.

—Nos reunimos así porque creemos que debemos cuidarnos unos a otros. El miedo existe, pero no es lo único que existe.

Livia permaneció allí durante largo rato. Nadie intentó convencerla de convertirse en cristiana, nadie le exigió una declaración de fe y nadie la trató como una mujer superior por pertenecer a una familia rica. Por primera vez desde que había llegado a aquel lugar, descubrió que podía sentarse junto a personas que no tenían nada que ofrecerle y sentirse, simplemente, una más entre ellas.

Mientras tanto, en algún lugar de Roma, Marcus esperaba.

No sabía todavía que Livia había entrado en aquella pequeña comunidad, ni que su presencia allí comenzaría a cambiar la manera en que todos la miraban, pero sabía que los hombres que lo buscaban estaban cada vez más cerca y que la acusación contra él no había surgido por casualidad. Había atendido a demasiados enfermos para no comprender que la enfermedad estaba relacionada con condiciones que llevaban años existiendo en los barrios más pobres, con agua contaminada, hacinamiento, hambre y falta de higiene, pero alguien había decidido convertir aquella tragedia en una acusación contra un médico que no tenía poder suficiente para defenderse.

Cuando finalmente Junia condujo a Livia hasta la habitación donde Marcus se escondía, ella se detuvo antes de entrar.

—No puedes quedarte mucho tiempo.

—Lo sé.

—Y recuerda que no todos aquí confían en ti.

—Lo entiendo.

—Marcus sí.

Livia abrió la puerta.

Marcus estaba sentado junto a una pequeña lámpara, con el rostro cansado y una herida superficial en la frente.

Al verla, se levantó inmediatamente.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a verte.

—Eso es precisamente lo que no deberías haber hecho.

—Todos me dicen lo mismo.

Marcus intentó sonreír, pero el cansancio se lo impidió.

—Tu padre debe estar buscándote.

—Probablemente.

—Entonces debes regresar.

—No.

—Livia.

—No voy a dejarte solo.

Marcus bajó la mirada.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

—Podrías perder tu familia.

—Ya está empezando a ocurrir.

—Tu posición.

—Nunca fue realmente mía.

Marcus la miró.

—¿Y qué quieres?

Livia respiró profundamente.

—Quiero saber la verdad.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti, sobre esta enfermedad, sobre lo que creen ustedes y sobre por qué estás dispuesto a arriesgar tu vida por personas que ni siquiera pueden darte las gracias.

Marcus permaneció en silencio durante varios segundos.

—No sé si puedo darte todas esas respuestas.

—Entonces dame las que tengas.

Él se acercó a la pequeña mesa.

—Mi madre decía que la fe no consiste en tener respuestas para todo. Consiste en seguir caminando cuando todavía no las tienes.

Livia lo miró.

—¿Y tú sigues caminando?

Marcus sostuvo su mirada.

—Hasta ahora.

Fuera de la habitación, Roma continuaba con su vida habitual. Los comerciantes cerraban sus negocios, los soldados patrullaban las calles, las familias acomodadas preparaban sus cenas y los templos recibían visitantes, mientras en rincones que casi nadie observaba había hombres y mujeres tratando de cuidar a los enfermos, esconder a quienes eran perseguidos y sostenerse mutuamente en medio de una incertidumbre que crecía cada día. Livia comprendió que su antiguo mundo seguía existiendo, pero también comprendió que ya no podía regresar a él sin recordar aquello que había visto, y cuando Marcus se sentó nuevamente frente a ella y comenzó a contarle cómo había muerto su madre, no supo todavía cuánto cambiaría su vida a partir de aquella conversación, pero sí comprendió que por primera vez había cruzado una puerta que no podía cerrarse simplemente volviendo a casa.

 

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

Marcus habló durante largo rato sin levantar demasiado la voz, como si temiera que las paredes pudieran conservar las palabras y entregarlas después a quienes buscaban descubrir dónde se escondía. Livia permaneció sentada frente a él, escuchándolo con una atención que no había experimentado nunca ante ninguna conversación familiar, porque aquella historia no hablaba de riquezas, matrimonios convenientes ni negocios, sino de una mujer cuyo nombre probablemente no aparecería jamás en los grandes registros de Roma y que, sin embargo, había dejado en su hijo una huella mucho más profunda que la que cualquier monumento de mármol podía dejar en una ciudad.

—Mi madre se llamaba Helena —dijo Marcus finalmente—. No pertenecía a una familia importante y nunca tuvo una casa como la tuya, pero sabía leer y había aprendido las Escrituras de otros creyentes. Cuando yo era niño no entendía por qué algunas personas podían despreciarla simplemente por aquello que creía.

Livia permaneció en silencio.

—¿Qué ocurrió?

—Una noche llegaron hombres a nuestra casa. No eran muchos, pero venían con autoridad. Habían recibido una denuncia porque mi madre se reunía con otros cristianos. Le pidieron que ofreciera incienso a los dioses y que reconociera públicamente que había hecho mal. Ella se negó.

—¿Y la mataron?

Marcus asintió.

—Sí.

Livia sintió un nudo en la garganta.

—¿No tuvo miedo?

—Por supuesto que tuvo miedo. Eso fue precisamente lo que más recuerdo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no era una mujer sin miedo. Temblaba. Lloraba. Me abrazó antes de marcharse y yo podía sentir que estaba aterrada, pero aun así decidió no negar aquello en lo que creía. Durante mucho tiempo pensé que la valentía significaba no sentir miedo, hasta que comprendí que quizá significa seguir haciendo lo correcto cuando el miedo está presente.

Livia bajó la mirada.

—¿Y desde entonces nunca dejaste de creer?

Marcus respiró profundamente.

—Hubo momentos en que quise hacerlo. Después de su muerte sentí rabia contra Dios. No entendía cómo podía permitir que una mujer buena muriera mientras quienes la habían acusado continuaban viviendo tranquilamente. Durante años no tuve respuestas.

—¿Y ahora las tienes?

—No todas.

—Entonces, ¿qué cambió?

Marcus la miró con serenidad.

—Comprendí que mi madre no había vivido esperando que Dios le evitara todo sufrimiento, sino confiando en que el sufrimiento no tendría la última palabra.

Livia no respondió. Aquella idea era nueva para ella y, al mismo tiempo, extrañamente cercana a algo que había sentido desde que comenzó a visitar Ostia.

En ese momento Junia entró en la habitación y cerró cuidadosamente la puerta.

—No pueden quedarse aquí mucho tiempo.

Marcus se levantó.

—¿Qué ocurre?

—Los soldados han vuelto a preguntar por ti.

Livia sintió que el temor regresaba.

—¿Saben que está aquí?

—No.

—¿Entonces por qué vienen?

Junia miró a Marcus.

—Porque alguien ha dicho que tú conocías a los primeros enfermos.

Marcus apretó los labios.

—Eso no es un delito.

—No importa lo que sea verdad.

Livia comprendió entonces algo que su padre jamás había querido admitir: en ciertas circunstancias, tener razón podía ser mucho menos importante que tener poder.

Marcus recogió su pequeña caja de instrumentos.

—Debo marcharme.

—¿Adónde?

—A otro lugar.

Livia se levantó.

—Voy contigo.

—No.

—Marcus...

—Esta vez no.

—No puedes decidir por mí.

Él la miró con preocupación.

—Tu vida todavía puede continuar sin mí.

—¿Y la tuya?

Marcus guardó silencio.

—Mi vida ya está cambiando.

Livia se acercó un poco más.

—Entonces déjame compartir ese cambio.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Finalmente Marcus tomó su mano, apenas un instante, pero aquel contacto tuvo para Livia una intensidad que la hizo comprender que lo que sentía ya no podía explicarse simplemente como curiosidad.

—No quiero perderte —dijo él.

Livia sostuvo su mirada.

—Entonces no me pidas que me vaya.

Junia interrumpió con suavidad.

—Tenemos que movernos ahora.

Marcus soltó la mano de Livia y los tres salieron por una puerta trasera.

Mientras recorrían las calles estrechas de Roma, Livia comprendió que aquella ciudad que tantas veces había recorrido con sus carruajes era completamente distinta cuando se caminaba por ella intentando no ser visto. Había callejones donde nadie prestaba atención, patios interiores donde podían ocultarse durante unos minutos y pequeñas viviendas donde familias enteras sobrevivían con recursos que probablemente no alcanzarían para alimentar a un solo invitado de las cenas de su padre.

Finalmente llegaron a una casa donde una mujer llamada Flavia les permitió entrar.

—Aquí estarán seguros por esta noche.

Marcus agradeció con una inclinación de cabeza.

Livia observó a la mujer.

—¿No tienes miedo de ayudarnos?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Flavia sonrió.

—Porque tener miedo no significa que debamos abandonar a quienes necesitan ayuda.

Aquellas palabras le recordaron inmediatamente a la madre de Marcus.

Esa misma noche, Livia regresó a su casa. Daria la esperaba con angustia y apenas la vio entrar comprendió que algo había ocurrido.

—Tu padre está furioso.

—Lo imagino.

—Te ha buscado por toda la casa.

—¿Sabe dónde estaba?

—No, pero sospecha.

Antes de que Livia pudiera responder, Gaius apareció en el corredor.

—¿Dónde estabas?

—Con Daria.

—No me mientas.

Livia sostuvo la mirada de su padre.

—No te he mentido.

—Has salido de casa sin permiso y has vuelto varias horas después. ¿Crees que soy un necio?

—No.

—Entonces dime la verdad.

Livia guardó silencio.

Gaius comprendió la respuesta.

—Has vuelto a verlo.

—Sí.

—Te lo prohíbo.

—No puedes prohibirme sentir compasión por alguien.

—No se trata de compasión.

—¿Entonces de qué?

—De peligro.

—Él no es peligroso.

—Las autoridades lo buscan.

—Porque alguien lo ha acusado.

—Y eso debería bastarte para mantenerte lejos.

Livia respiró profundamente.

—¿Y si es inocente?

—No es asunto nuestro.

—Eso es precisamente lo que ya no puedo aceptar.

Gaius se quedó inmóvil.

—Si continúas viéndolo, te retiraré de todas las actividades familiares y perderás cualquier posibilidad de recibir la herencia.

Livia sintió el golpe de aquellas palabras, pero descubrió con sorpresa que el miedo que esperaba sentir no era tan grande como había imaginado.

—¿Me desheredarías por ayudar a un hombre enfermo?

—Te desheredaría por desafiar deliberadamente a tu familia.

—Entonces no se trata de Marcus.

—Se trata de obediencia.

—Y yo pensaba que se trataba de amor.

Gaius pareció herido.

—Todo lo que hago es para protegerte.

—Tal vez algún día comprenda eso, padre, pero ahora mismo no puedo aceptar una protección que exige cerrar los ojos ante el sufrimiento de otros.

Su padre salió sin responder.

Claudia había escuchado parte de la conversación desde el otro extremo del corredor y se acercó lentamente.

—Has ido demasiado lejos.

Livia se volvió.

—¿Tú también lo crees?

—No sé qué creer.

—Entonces ayúdame a descubrirlo.

Claudia negó con la cabeza.

—Tu padre no cambiará fácilmente.

—Yo tampoco.

Su madre la miró durante largo rato.

—Eso es lo que me preocupa.

Aquella noche Livia no pudo dormir. Se levantó y permaneció junto a la ventana contemplando las luces dispersas de Roma, pensando en la casa de Marcus, en su madre Helena, en los enfermos de Ostia y en la pequeña comunidad que había encontrado bajo las calles de la ciudad. Comprendió que no podía seguir viviendo como antes, pero tampoco sabía todavía cuál sería el precio de abandonar la seguridad que había conocido desde niña.

Al amanecer, mientras la casa comenzaba a despertar, un esclavo llamó a su puerta y le entregó una pequeña tablilla.

—La dejaron para usted.

Livia reconoció inmediatamente la letra.

Marcus había escrito solamente unas líneas.

No vengas a buscarme. Estoy bien. Sigue ayudando donde puedas. Y recuerda que la verdad no necesita que gritemos para seguir siendo verdad.

Livia sostuvo la tablilla contra su pecho durante unos segundos antes de esconderla entre sus ropas.

En aquel momento comprendió que la distancia que ahora los separaba no había disminuido lo que sentía por él, sino que había hecho más difícil ignorarlo, porque ya no se trataba únicamente de la atracción entre dos personas pertenecientes a mundos diferentes, sino de una elección que comenzaba a exigirle decidir qué clase de mujer quería ser cuando la seguridad de su apellido y la comodidad de su casa entraran en conflicto con aquello que su conciencia le estaba mostrando cada día con mayor claridad.

 

 

 

 

CAPÍTULO 5

 

Durante las semanas siguientes, Roma comenzó a cambiar de una manera que al principio solo podía percibirse en pequeños detalles, casi imperceptibles para quienes continuaban ocupándose de sus negocios, sus fiestas y sus obligaciones habituales, pero cada vez más evidentes para aquellos que vivían cerca de los barrios donde la enfermedad había comenzado a extenderse. En las calles del Aventino todavía podían encontrarse vendedores ofreciendo frutas, tejidos y perfumes, los carros continuaban atravesando las avenidas principales y los edificios públicos seguían recibiendo visitantes, mientras en las casas de las familias acomodadas los esclavos preparaban comidas abundantes y los invitados conversaban sobre las últimas noticias de la corte, pero debajo de aquella apariencia de normalidad había comenzado a crecer una inquietud que nadie podía contener del todo, porque las noticias llegaban desde los mercados, desde los puertos y desde las viviendas de los trabajadores, y cada nueva muerte hacía más difícil sostener la idea de que aquello era solamente una enfermedad pasajera.

Gaius Valerius había comenzado a reducir sus viajes a Ostia y ordenaba a sus empleados que evitaran determinados almacenes, pero seguía insistiendo en que no había motivo para alarmarse. Su posición económica le permitía tomar precauciones que otros no podían tomar y había conseguido almacenar suficientes provisiones para que la familia no dependiera durante varias semanas de los mercados más concurridos, pero Livia comprendía que aquella seguridad no era una solución, sino simplemente una barrera que permitía a algunos retrasar el encuentro con una realidad que ya había alcanzado a miles de personas.

Ella había seguido ayudando en secreto a través de Junia y de la pequeña comunidad cristiana que había conocido, llevando alimentos, telas y medicinas que podía conseguir sin llamar demasiado la atención. No siempre sabía exactamente dónde terminaban aquellos objetos, porque Junia era cuidadosa y evitaba proporcionarle información innecesaria, pero Livia había comenzado a reconocer algunos nombres y rostros, y aquella familiaridad hacía que las noticias de nuevas enfermedades dejaran de ser simples números. Cada enfermo tenía una historia, una familia, una voz, una preocupación y, muchas veces, alguien que dependía de él.

Una tarde, mientras Livia se encontraba en una habitación apartada de la casa familiar clasificando vendas y pequeños recipientes de aceite, Daria entró y cerró la puerta.

—Han llegado más personas.

Livia levantó la mirada.

—¿Dónde?

—En la calle de los almacenes.

—¿Quiénes?

—No lo sé exactamente, pero son trabajadores.

Livia se puso de pie.

—Necesitamos llevarles comida.

Daria negó con la cabeza.

—Ya llevamos comida ayer.

—Entonces llevaremos más.

—Tu padre ha dado órdenes de que nadie salga sin autorización.

Livia se quedó quieta.

—¿Por qué?

—Porque han muerto dos personas cerca de nuestra calle.

Durante unos instantes ninguna de las dos habló.

—¿Dos?

—Sí.

Livia volvió a sentarse lentamente.

—Cada vez son más.

Daria se acercó a la mesa.

—No puedes salvarlos a todos.

—Ya lo sé.

—Entonces debes decidir qué puedes hacer sin destruirte.

Livia la miró.

—Eso es lo que intento descubrir.

Daria tomó una venda entre sus dedos.

—Antes no eras así.

—Antes no sabía.

—¿Y ahora?

Livia miró hacia la ventana.

—Ahora sé demasiado para fingir que no sé nada.

Aquella misma noche, mientras la familia cenaba, llegó un hombre procedente de Ostia con noticias que cambiaron la actitud de Gaius. El comerciante escuchó el informe sin interrumpir y después ordenó que nadie viajara hacia el puerto hasta nuevo aviso.

—La situación ha empeorado —dijo finalmente.

—¿Mucho? —preguntó Claudia.

—Lo suficiente.

Livia dejó los cubiertos.

—¿Marcus?

Su padre levantó inmediatamente la mirada.

—No vuelvas a pronunciar ese nombre.

—Solo quiero saber si está vivo.

—No lo sé.

La respuesta fue tan seca que Livia comprendió que Gaius también había estado preguntando por él.

—¿Has intentado averiguarlo?

—No.

—Padre...

—No voy a discutir contigo delante de tu madre.

—Entonces hablaremos después.

—No habrá después.

Gaius se levantó de la mesa y se retiró.

Claudia permaneció en silencio, observando a su hija.

—Tu padre tiene miedo.

—Yo también.

—Entonces ¿por qué sigues?

Livia respiró profundamente.

—Porque Marcus sigue allí.

Claudia bajó la mirada.

—No puedo comprender qué encuentras en ese hombre.

—Yo tampoco lo comprendía al principio.

—¿Y ahora?

Livia tardó en responder.

—Ahora sé que cuando todos se marchan, él se queda.

Su madre no dijo nada más.

Aquella noche, Livia recibió un mensaje de Junia. La mujer llegó a la casa poco antes de medianoche y esperó en una zona oscura cercana a la entrada de servicio. Daria fue quien salió a recibirla y la condujo discretamente hasta una pequeña habitación donde Livia aguardaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó Livia.

Junia tenía el rostro agotado.

—Necesitamos ayuda.

—¿Qué clase de ayuda?

—Hay muchos enfermos.

—¿Dónde está Marcus?

Junia la miró.

—No lo sé.

Livia sintió que el miedo se apoderaba de ella.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Ha tenido que abandonar el lugar donde estaba escondido.

—¿Lo han encontrado?

—No.

—Entonces, ¿dónde está?

—Buscando a otros enfermos.

Livia cerró los ojos durante unos segundos.

—Está loco.

—Quizá.

—¿Y tú lo permites?

Junia sonrió con tristeza.

—Marcus nunca ha necesitado permiso para arriesgarse por otros.

Livia tomó una bolsa de tela.

—¿Qué necesitan?

—Alimentos, telas limpias, agua y cualquier medicina que puedas conseguir.

—Lo conseguiré.

Junia la observó con atención.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—Algunos están empezando a decir que la enfermedad se debe a los cristianos.

Livia sintió una mezcla de indignación y miedo.

—¿Por qué?

—Porque alguien necesita un culpable y nosotros somos fáciles de señalar.

—¿Las autoridades lo creen?

—Algunos funcionarios repiten esos rumores.

—Eso es absurdo.

—La verdad no siempre detiene un rumor.

Livia recordó entonces las palabras de Marcus sobre su madre y comprendió que la historia podía estar repitiéndose de una manera diferente.

—¿Qué podemos hacer?

—Seguir cuidando a los enfermos.

—¿Y si vienen por ustedes?

Junia la miró directamente.

—Entonces esconderemos a quienes podamos y continuaremos.

Livia volvió a la casa antes del amanecer, pero no pudo dormir. La imagen de Marcus recorriendo las calles buscando enfermos permaneció en su pensamiento durante horas, hasta que finalmente tomó una decisión. A la mañana siguiente entró en la habitación donde su padre trabajaba y cerró la puerta detrás de ella.

Gaius levantó la vista.

—¿Qué quieres?

—Necesito provisiones.

—¿Para qué?

—Para ayudar a los enfermos.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a pedir.

—Sí lo sé.

—Padre...

—No utilizarás dinero de esta familia para ayudar a ese hombre.

—No quiero ayudar solamente a Marcus.

—Eso dices ahora.

Livia permaneció frente a él.

—Hay niños enfermos.

—Y hay miles de niños enfermos en Roma.

—Entonces ayúdame a ayudar a algunos.

Gaius se levantó.

—No entiendes la situación.

—La entiendo mejor cada día.

—La ciudad está enferma.

—Precisamente.

—Y tú quieres salir a buscar la enfermedad.

—Quiero buscar a las personas.

—No.

Livia sintió que algo se quebraba dentro de ella.

—¿Qué quieres que haga mientras otros mueren?

—Que permanezcas aquí.

—¿Por qué?

—Porque eres mi hija.

—¿Eso significa que debo ser protegida aunque otros no lo sean?

Gaius golpeó la mesa con la mano.

—¡Significa que no voy a permitir que te expongas!

Livia se quedó callada.

Su padre respiró profundamente y recuperó lentamente el control.

—He perdido hombres en mis negocios. He visto familias enteras desaparecer durante enfermedades anteriores. Sé lo que puede ocurrir.

—Entonces sabes por qué quiero ayudar.

—No.

—¿Por qué?

—Porque también sé que la compasión no te hace invulnerable.

Livia se acercó.

—Nunca pensé que fuera invulnerable.

Gaius la miró con una expresión que mezclaba enojo y preocupación.

—Te casarás con Severus.

Ella quedó inmóvil.

—¿Qué?

—He hablado con él.

—No.

—La boda puede celebrarse pronto.

—No voy a casarme con él.

—No te estoy preguntando.

—Entonces no me estás hablando como a una hija.

—Te estoy hablando como al miembro de una familia que tiene responsabilidades.

—Mi vida no es una mercancía.

Gaius apretó los labios.

—Todo matrimonio tiene consecuencias.

—Y este tendrá las consecuencias que tú quieras para tus negocios.

—También para tu seguridad.

—No quiero esa seguridad.

—No sabes lo que dices.

—Sí lo sé.

Gaius se acercó a ella.

—Si continúas desobedeciéndome, no solo perderás mi protección, sino también tu herencia.

Livia sintió que las piernas le temblaban, pero mantuvo la mirada.

—Entonces la perderé.

Su padre no esperaba aquella respuesta.

—¿Estás dispuesta a perderlo todo?

Livia respiró lentamente.

—No quiero perder a mi familia, pero tampoco quiero convertirme en alguien que puede ver morir a otros y seguir comiendo tranquilamente porque tiene una casa segura.

Gaius la miró durante largo rato.

—Algún día entenderás lo que estás haciendo.

—Quizá.

—Y quizá entonces sea demasiado tarde.

Livia salió de la habitación sin responder.

Durante los días siguientes, la tensión en la casa aumentó. Claudia intentó hablar con ella varias veces, pero Livia había llegado a un punto en que cualquier conversación parecía conducir al mismo lugar. Su padre quería salvarla mediante la obediencia, su madre quería evitar una ruptura familiar y ella sentía que cada día que permanecía encerrada en aquella casa se alejaba más de aquello que había comenzado a considerar verdadero.

Finalmente decidió salir sin avisar.

Daria insistió en acompañarla.

—Si vas sola, te encontrarán más fácilmente.

—¿Quiénes?

—Los hombres de tu padre, si todavía te vigilan.

Livia sonrió tristemente.

—Nunca pensé que tendría que esconderme de mi propia familia.

—Yo tampoco.

Las dos caminaron por calles secundarias hasta llegar a una vivienda donde Junia esperaba.

—¿Has traído las medicinas?

—Sí.

—Entonces ven.

La casa estaba mucho más llena que la última vez. Había personas enfermas en dos habitaciones y varias familias habían llegado buscando refugio. Livia comenzó a ayudar inmediatamente, pero aquella vez no encontró a Marcus.

Pasaron varias horas.

La preocupación fue creciendo.

—¿Dónde está? —preguntó finalmente.

Junia no respondió.

—Junia.

—No lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

Livia sintió que el miedo se convertía en desesperación.

—¿No sabes nada?

—Solo que fue a una zona donde había muchos enfermos.

—¿Cuál?

Junia dudó.

—El barrio junto al Tíber.

Livia quiso salir inmediatamente, pero Junia la sujetó del brazo.

—No puedes ir.

—Tengo que encontrarlo.

—Si los soldados lo están buscando, irán también allí.

—Entonces debo advertirle.

—Livia, escucha.

La joven se volvió.

—¿Qué?

—Marcus no está haciendo esto porque piense que es invulnerable. Lo hace porque cree que hay vidas que merecen ser cuidadas incluso cuando hacerlo tiene un precio.

Livia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Y si ese precio es su vida?

Junia no respondió.

Al caer la tarde, llegó un muchacho con una noticia.

—Lo han visto.

Livia se acercó.

—¿Dónde?

—Cerca del río.

—¿Está vivo?

—Sí.

Livia cerró los ojos brevemente.

—¿Está enfermo?

—No lo sé.

Junia tomó una decisión.

—No iremos allí esta noche.

—¿Por qué?

—Porque están registrando las calles.

Livia quiso protestar, pero comprendió que hacerlo podía poner en peligro a todos.

Aquella noche permaneció junto a una mujer enferma que apenas podía respirar. La mujer tenía una hija pequeña que no se separaba de ella y que lloraba cada vez que alguien intentaba acercarse.

Livia pasó horas junto a ellas.

Finalmente, la niña se quedó dormida apoyada contra su brazo.

La madre abrió los ojos.

—¿Por qué haces esto?

Livia la miró.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

La mujer sonrió débilmente.

—Eso decía mi hermano.

—¿Dónde está?

—Murió ayer.

Livia bajó la mirada.

La mujer respiró con dificultad.

—No dejes sola a mi hija.

Livia sintió que el corazón se le encogía.

—No lo haré.

No sabía si podría cumplir aquella promesa, pero en ese momento entendió que la verdadera transformación no estaba ocurriendo en los grandes templos ni en las reuniones de los hombres poderosos, sino en habitaciones pequeñas donde alguien sostenía la mano de un moribundo, donde una mujer compartía el último pedazo de pan y donde personas que tenían miedo seguían ayudando a otras personas que tenían todavía más miedo.

A la mañana siguiente, cuando Livia regresó a la vivienda de Junia después de conseguir agua, encontró a Marcus sentado junto a la puerta. Estaba cubierto de polvo, tenía una venda alrededor del brazo y parecía haber pasado varias noches sin dormir.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

—Estás vivo —dijo finalmente Livia.

Marcus sonrió débilmente.

—Tú también.

Ella se acercó y lo abrazó sin pensar en quién pudiera observarlos.

Marcus permaneció inmóvil durante un instante antes de rodearla con los brazos.

—Te dije que no vinieras.

—Y yo te dije que no iba a obedecerte.

Él soltó una pequeña risa.

—Eso ya lo había comprendido.

Livia se apartó para mirarlo.

—Estás herido.

—No es grave.

—Déjame verlo.

Marcus obedeció.

Mientras ella cambiaba la venda, él permaneció en silencio.

—¿Has pensado alguna vez en dejarlo? —preguntó Livia.

—¿Dejar qué?

—Todo esto.

Marcus miró hacia la calle.

—Sí.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque cuando estoy a punto de hacerlo siempre aparece alguien que necesita ayuda.

Livia terminó de vendarle el brazo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Ella levantó los ojos.

—¿Y si algún día soy yo quien te necesita?

Marcus sostuvo su mirada.

—Entonces espero tener la misma respuesta.

Livia sintió que las lágrimas volvían a aparecer, pero esta vez no las ocultó.

Marcus tomó su mano.

—Livia, no sé qué ocurrirá con nosotros.

—Yo tampoco.

—Tu padre nunca aceptará esto fácilmente.

—Lo sé.

—Y mi situación puede empeorar.

—También lo sé.

—Entonces todavía puedes marcharte.

Livia negó lentamente.

—Ya no quiero hacerlo.

Marcus apretó suavemente su mano.

En algún lugar cercano comenzaron a escucharse campanas y voces. Roma seguía celebrando algunas ceremonias, seguía abriendo mercados y seguía intentando convencer a sus habitantes de que la vida cotidiana podía continuar como antes, pero para Livia y Marcus aquella antigua normalidad había desaparecido. La ciudad podía esconder a sus enfermos, culpar a los débiles y cerrar sus puertas ante quienes sufrían, pero ellos habían aprendido que el miedo no desaparecía simplemente porque se negara su existencia, y mientras permanecían juntos en aquella pequeña habitación, conscientes de que sus caminos podían conducirlos hacia pérdidas que todavía no eran capaces de imaginar, Livia comprendió que ya no estaba intentando decidir entre una vida cómoda y una vida difícil, sino entre vivir de acuerdo con aquello que empezaba a creer verdadero o regresar voluntariamente a una existencia en la que tendría que fingir que nunca había visto el dolor que había cambiado para siempre su manera de mirar a Roma.

 

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

La mañana siguiente comenzó con un movimiento inusual en las calles cercanas al Aventino, porque desde muy temprano grupos de soldados recorrían determinados sectores y obligaban a cerrar algunos establecimientos, mientras los comerciantes discutían entre ellos acerca de las nuevas restricciones que habían sido anunciadas durante la noche. Livia observó desde una ventana cómo varias familias cargaban apresuradamente sus pertenencias en carros pequeños y comprendió que el miedo estaba empezando a modificar incluso las costumbres de quienes hasta entonces habían considerado imposible que aquella enfermedad pudiera alcanzar sus hogares. En la casa de los Valeria también había cambios: Gaius había ordenado que se limitaran las visitas, que ningún sirviente saliera sin autorización y que las puertas permanecieran cerradas durante buena parte del día, mientras Claudia había comenzado a revisar personalmente las provisiones almacenadas en las dependencias interiores.

—Tu padre quiere verte —le dijo Daria después del desayuno.

—¿Está solo?

—Con tu madre.

Livia siguió a Daria hasta la habitación donde sus padres la esperaban. Gaius estaba de pie junto a una mesa cubierta de documentos y Claudia permanecía sentada, con las manos juntas sobre el regazo.

—Hemos recibido noticias de Ostia —dijo Gaius.

Livia sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Marcus?

—No.

—Entonces, ¿qué noticias?

—Han aumentado los enfermos y algunas autoridades han decidido investigar a quienes estuvieron atendiendo a los primeros afectados.

—¿Lo siguen buscando?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque alguien ha presentado testimonios contra él.

Livia dio un paso adelante.

—¿Quién?

Gaius negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Entonces no pueden condenarlo.

—No estoy hablando de una condena.

—¿Qué estás diciendo?

—Que si continúas relacionándote con él, podrías quedar involucrada.

Claudia intervino con voz suave.

—Livia, queremos evitar que te ocurra algo.

—Lo sé.

—Entonces escucha a tu padre.

Livia miró a ambos.

—¿Qué debo hacer?

Gaius respondió sin vacilar.

—Aceptar el compromiso con Severus y permanecer en casa hasta que la enfermedad disminuya.

Livia sintió una mezcla de indignación y tristeza.

—¿Eso solucionará el problema?

—Solucionará el problema de tu seguridad.

—No solucionará nada para los enfermos.

—No puedes salvar Roma.

—No intento salvar Roma.

—Entonces deja que quienes tienen autoridad se ocupen de esto.

Livia comprendió que no conseguiría convencerlo.

—¿Cuándo sería el matrimonio?

Claudia bajó los ojos.

—Dentro de unas semanas.

—¿Ya lo habéis decidido?

Gaius no respondió.

—Sí —dijo Livia—. Ya lo habéis decidido.

Salió de la habitación antes de que pudieran detenerla.

Durante las horas siguientes permaneció en sus aposentos, mientras Daria intentaba mantenerla distraída con diferentes tareas. Sin embargo, la noticia del compromiso pesaba sobre ella de manera insoportable y no podía dejar de pensar en Marcus. No sabía dónde estaba, no sabía si había conseguido comida, ni siquiera sabía si continuaba sano, pero tenía la certeza de que, mientras Roma intentaba encerrarse detrás de sus puertas, él seguiría buscando a quienes necesitaran ayuda.

Aquella noche alguien golpeó discretamente la puerta de servicio.

Daria fue a comprobar quién era y regresó pocos minutos después.

—Es Junia.

Livia se levantó inmediatamente.

Junia entró cubierta con un manto oscuro.

—No puedo quedarme.

—¿Qué ocurre?

—Han detenido a varios hombres.

—¿Marcus?

—No.

Livia respiró aliviada.

—¿Dónde está?

—En una vivienda cerca del Tíber.

—¿Está enfermo?

—No.

—¿Herido?

—Un poco.

—Quiero verlo.

Junia negó con la cabeza.

—Es demasiado peligroso.

—Junia.

—No puedes salir de aquí.

—¿Por qué has venido entonces?

La mujer sacó de debajo del manto una pequeña bolsa.

—Marcus pidió que te entregara esto.

Livia la tomó.

Dentro había un pequeño objeto de madera tallada.

—¿Qué es?

—Pertenecía a su madre.

Livia lo sostuvo entre los dedos.

—¿Por qué me lo envía?

Junia la miró durante unos segundos.

—Dijo que debía entregártelo si la situación empeoraba.

—¿Ha empeorado?

Junia no contestó.

Livia comprendió la respuesta.

—¿Dónde está?

—No puedo decírtelo.

—Entonces dile que iré a buscarlo.

—Eso es precisamente lo que me pidió que evitara.

Livia apretó el pequeño objeto.

—¿Qué es?

—Una cruz.

Livia observó la figura tallada con cuidado.

—¿Era de Helena?

—Sí.

—¿Por qué me la entrega?

Junia respiró profundamente.

—Porque Marcus confía en ti.

Después de marcharse, Livia permaneció largo rato contemplando la pequeña cruz. No era valiosa, pero la trató con cuidado porque comprendía que había pertenecido a una mujer que había muerto por aquello que creía y que ahora formaba parte de la historia de un hombre que ella ya no podía considerar simplemente un médico de Ostia.

Al día siguiente, Livia tomó una decisión.

No podía abandonar la casa directamente sin levantar sospechas, pero conocía una antigua salida que los sirvientes utilizaban para recibir mercancías pequeñas. Daria aceptó ayudarla, aunque insistió en acompañarla.

—Si nos descubren, perderás tu libertad.

—Lo sé.

—Y yo también.

—Lo siento.

Daria la miró con firmeza.

—No me pidas disculpas por elegir.

Salieron poco después del amanecer y recorrieron varias calles hasta llegar a una vivienda cercana al río. Junia había dejado allí instrucciones sobre dónde encontrar a Marcus, pero cuando llegaron descubrieron que el lugar estaba vacío.

Sobre una mesa había una pequeña cantidad de alimentos y una nota.

Se han llevado a dos familias. Marcus fue a buscarlas.

Livia sintió un escalofrío.

—¿Dónde?

Daria tomó la nota.

—No dice.

De pronto escucharon gritos en la calle.

—Soldados.

Las dos mujeres se ocultaron detrás de una puerta mientras varios hombres entraban en la vivienda vecina. Podían escuchar preguntas, golpes y voces que exigían nombres.

Daria tomó la mano de Livia.

—No hagas ruido.

Livia contuvo la respiración.

Los soldados permanecieron allí varios minutos antes de marcharse.

Cuando el silencio regresó, ambas salieron.

—Tenemos que volver —dijo Daria.

—No sin encontrarlo.

—Livia, no sabemos dónde está.

—Precisamente por eso.

Caminaron hacia el río y encontraron finalmente a un grupo de personas escondidas detrás de un almacén abandonado. Una mujer reconoció a Livia porque la había visto anteriormente ayudando a los enfermos.

—¿Buscas al médico?

—Sí.

—Estuvo aquí.

—¿Cuándo?

—Hace poco.

—¿Adónde fue?

La mujer señaló hacia una calle estrecha.

—Había escuchado que unos niños estaban solos en una casa.

Livia comenzó a caminar inmediatamente.

Daria la siguió.

Encontraron la casa después de varias calles, pero estaba vacía. Había señales de que alguien había permanecido allí recientemente: una mesa desplazada, vendas usadas y una jarra de agua. Livia se agachó y tomó una de las vendas.

—Estuvo aquí.

—Sí.

Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.

Marcus apareció en la entrada.

Livia se quedó inmóvil.

Él parecía exhausto, con el rostro cubierto de polvo y una herida en el costado.

—¿Qué haces aquí?

—Buscándote.

—Te dije que no vinieras.

—Y yo te dije que no iba a obedecer.

Marcus cerró los ojos durante un instante.

—Estás poniendo tu vida en peligro.

—Tú también.

—Mi situación es diferente.

—No quiero que lo sea.

Marcus se acercó.

—Livia, tu padre está intentando comprometerte con Severus.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—La noticia circula.

—No voy a casarme con él.

Marcus guardó silencio.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que estés a salvo.

—Eso no es suficiente.

—Es lo único que puedo pedirte.

Livia dio un paso hacia él.

—¿Y tú qué quieres?

Marcus la miró con una tristeza que no había mostrado antes.

—Quiero poder despertarme mañana y saber que seguirás viva.

Ella tomó su mano.

—Entonces tendremos que procurar que ambos despertemos.

Antes de que pudiera decir algo más, se escucharon voces a lo lejos.

Marcus soltó su mano.

—Tienes que irte.

—No.

—Ahora.

Daria apareció detrás de ella.

—Livia.

Marcus señaló una puerta lateral.

—Salgan por allí y regresen a casa.

—¿Y tú?

—Tengo que llevar comida a una familia.

—Marcus...

—Vete.

Livia lo abrazó rápidamente.

—No tardes.

Él permaneció junto a ella durante unos segundos antes de separarse.

—Que Dios te acompañe.

Livia salió con Daria por la puerta lateral mientras Marcus tomaba la dirección contraria.

Cuando regresaron a la casa del Aventino, encontraron a Gaius esperándolas en el atrio. Había varios hombres junto a él.

—¿Dónde estabas?

Livia no respondió.

Su padre miró a Daria.

—Salgan todos.

Los sirvientes obedecieron.

Gaius volvió los ojos hacia su hija.

—He dado órdenes muy claras.

—Lo sé.

—Y las has desobedecido.

—Sí.

—Entonces ya no puedo confiar en ti.

Livia sostuvo su mirada.

—Tal vez nunca confiaste en mí.

Gaius hizo un gesto a los hombres que lo acompañaban.

—A partir de hoy no saldrás de esta casa sin escolta.

Livia sintió que el peligro comenzaba a cerrarse también dentro de su propio hogar.

—¿Y si me niego?

—Entonces serás vigilada.

—¿Como una prisionera?

Gaius no respondió.

Claudia apareció en el corredor.

—Gaius...

Él levantó una mano para detenerla.

—La decisión está tomada.

Livia miró a su madre, después a su padre y finalmente hacia la puerta que conducía al exterior. Detrás de aquellos muros estaba Roma, y en algún lugar de la ciudad Marcus continuaba escondiéndose mientras las autoridades lo buscaban y las familias de los enfermos intentaban sobrevivir. Livia comprendió que ahora no solamente tendría que ocultarse para ayudarlo, sino que tendría que encontrar una manera de salir de una casa que, por primera vez en su vida, comenzaba a parecerse demasiado a una prisión.

 

 

 

 

CAPÍTULO 7

 

Durante los días que siguieron, Livia descubrió que una casa podía cambiar de significado sin que sus paredes se movieran un solo palmo, porque aquella misma residencia del Aventino que durante tantos años había representado para ella protección, pertenencia y seguridad comenzó a convertirse en un lugar donde cada puerta tenía detrás un oído atento y cada salida estaba vigilada por alguien que había recibido órdenes de su padre. Gaius había dispuesto que dos hombres permanecieran cerca de la entrada principal durante el día y que otro vigilara discretamente la puerta de servicio, mientras los sirvientes recibían instrucciones precisas sobre cualquier movimiento de Livia. No se le prohibía leer, conversar con su madre, caminar por el patio o recibir a determinadas mujeres de familias conocidas, pero cualquier intento de abandonar la casa debía ser comunicado previamente, y aquella libertad limitada resultaba para ella más angustiosa que una prohibición abierta, porque todo parecía normal a primera vista y, sin embargo, detrás de cada gesto cotidiano había una vigilancia que le recordaba que su padre había dejado de confiar en ella.

Daria fue quien primero encontró una manera de hacerle llegar noticias del exterior. No podía salir con la misma facilidad de antes, pero conocía a numerosos esclavos y sirvientes de otras casas, algunos de los cuales tenían familiares trabajando cerca de los mercados o de los almacenes, y de vez en cuando conseguía saber algo sobre la situación de la ciudad. La enfermedad continuaba extendiéndose por distintos barrios, aunque las autoridades insistían en que se estaban tomando las medidas necesarias para contenerla. Algunos negocios habían cerrado, determinados sectores del puerto funcionaban con restricciones y cada vez más familias evitaban recibir visitantes, mientras en las calles comenzaban a verse carros que transportaban enfermos hacia lugares improvisados donde podían ser atendidos.

Una tarde, Daria regresó de la zona de servicio con una expresión preocupada y esperó hasta encontrarse a solas con Livia.

—Han detenido a tres personas más.

Livia dejó el tejido que tenía entre las manos.

—¿Cristianos?

—Eso dicen.

—¿Por qué?

—Porque ayudaban a los enfermos.

Livia sintió una punzada de indignación.

—Eso no tiene sentido.

—Cuando la gente tiene miedo, busca algo que pueda señalar.

—¿Y Marcus?

Daria bajó la voz.

—No se sabe.

Livia permaneció unos segundos en silencio.

—¿Quién te lo dijo?

—Un muchacho que trabaja con un comerciante del puerto. Dice que alguien aseguró haber visto a Marcus entrando en una de las casas donde aparecieron los primeros enfermos.

—Eso no demuestra nada.

—Lo sé.

—Pero ellos pueden utilizarlo.

—También lo sé.

Livia se levantó y comenzó a caminar lentamente por la habitación.

—Tengo que salir.

—No puedes.

—Tiene que existir alguna manera.

—Tu padre ha colocado vigilancia precisamente para impedirlo.

—Entonces tendremos que encontrar otra.

Daria la observó con atención.

—Hay algo que no me has contado.

Livia se volvió.

—¿Qué?

—Desde que conociste a Marcus hablas de él de una manera diferente.

—¿Diferente cómo?

—Como si estuvieras esperando algo.

Livia bajó la mirada.

—No sé qué estoy esperando.

—¿Lo quieres?

La pregunta la sorprendió.

—No sé.

—Eso no es una respuesta.

Livia se sentó nuevamente.

—Cuando estoy con él siento que puedo ser yo misma, pero no sé qué significa eso porque nunca me había preguntado quién era antes de conocerlo.

Daria guardó silencio.

—No quiero que arriesgues tu vida por mí —continuó Livia—, pero tampoco quiero seguir viviendo detrás de estas paredes mientras él está huyendo.

—Entonces tendrás que aprender a esperar.

—No sé hacerlo.

—Yo sí.

Livia sonrió tristemente.

—Lo sé.

Aquella noche Claudia entró en su habitación después de que los sirvientes se retiraran. Llevaba un manto sobre los hombros y una expresión que Livia no había visto antes, como si hubiera pasado varias horas pensando en una decisión difícil.

—¿Puedo sentarme?

—Claro.

Su madre tomó asiento junto a ella.

—Tu padre ha recibido una carta de Severus.

Livia cerró los ojos.

—¿Sobre la boda?

—Sí.

—¿Qué dice?

—Que está dispuesto a adelantar el compromiso formal.

Livia respiró profundamente.

—No voy a casarme con él.

—Tu padre piensa que sí.

—Entonces tendrá que obligarme.

Claudia la miró con tristeza.

—No digas eso como si fuera imposible.

Livia levantó la vista.

—¿Crees que lo hará?

—No quiero creerlo.

—Pero puede hacerlo.

—Tu padre piensa que está protegiéndote.

—¿Y tú qué piensas?

Claudia permaneció callada durante largo rato.

—Pienso que te he enseñado durante toda tu vida a obedecer sin enseñarte a decidir.

Livia se sorprendió.

—Madre...

—No quiero que cometas un error por llevarme la contraria a mí o a tu padre, pero tampoco quiero que pases el resto de tu vida preguntándote qué habría ocurrido si hubieras tenido el valor de elegir por ti misma.

Livia tomó las manos de su madre.

—¿Sabes dónde está Marcus?

Claudia negó lentamente.

—No.

—¿Has preguntado por él?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo hiciera, tu padre podría descubrirlo.

Livia la miró sorprendida.

—¿Quieres ayudarme?

Claudia retiró lentamente una de sus manos.

—Quiero que sobrevivas a todo esto.

—No es lo mismo.

—No.

Su madre se levantó.

—Pero quizá todavía pueda hacer algo.

Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.

—Hay una habitación antigua detrás del almacén de las telas. Hace años que nadie la utiliza.

Livia la miró sin comprender.

—¿Y?

—La ventana da a un callejón que conduce hacia las casas de los artesanos.

Claudia abrió la puerta.

—No te estoy diciendo que escapes.

—Lo sé.

—Solo te estoy diciendo que existe.

Después se marchó.

Livia permaneció inmóvil durante varios minutos.

No sabía si su madre acababa de ayudarla o simplemente había decidido reconocer que ya no podía impedir aquello que estaba ocurriendo, pero por primera vez desde que comenzara la vigilancia sintió que no estaba completamente sola.

Al día siguiente, Gaius anunció durante el desayuno que Severus visitaría la casa esa misma tarde.

—No quiero recibirlo.

—Lo recibirás.

—No pienso hablar con él.

—No te estoy pidiendo que lo ames.

—No puedes pedirme eso.

—Te pido que seas razonable.

Livia dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué significa ser razonable?

—Comprender las circunstancias.

—¿Las circunstancias de quién?

—De todos.

—No parece que las circunstancias de Marcus importen.

Gaius endureció el rostro.

—Ese hombre ha sido acusado de algo muy grave.

—Acusado, no condenado.

—Ya estás defendiendo a un sospechoso.

—Porque lo conozco.

—Lo conoces desde hace unas semanas.

—A veces unas semanas bastan para conocer más a una persona que años de conversaciones.

Gaius se levantó.

—No volveremos a discutir.

—Tú siempre decides cuándo termina la discusión.

—Porque soy tu padre.

Livia lo miró.

—Y yo soy tu hija, no una propiedad.

Gaius no respondió y salió del comedor.

Severus llegó por la tarde acompañado de dos hombres. Su presencia cambió inmediatamente el ambiente de la casa, porque todos los sirvientes parecieron adoptar una actitud más rígida y Claudia se esforzó por mantener una conversación cordial que no ocultaba la tensión. Livia apareció en el atrio cuando su padre la llamó y se sentó frente al senador.

—He oído que la situación de la ciudad te preocupa —dijo Severus.

—Sí.

—Es una época difícil.

—Para algunos más que para otros.

Severus la observó con curiosidad.

—Tienes una manera interesante de hablar.

—Solo digo lo que pienso.

—Eso puede ser una virtud cuando se sabe cuándo utilizarla.

Livia no respondió.

El senador continuó:

—Tu padre me ha hablado de tu carácter. Dice que eres inteligente y que tienes una voluntad fuerte.

—No sé si eso es un elogio.

—Lo es.

—¿Y por qué quiere casarse conmigo?

Severus sonrió.

—Una pregunta directa.

—Prefiero respuestas directas.

—Tu familia y la mía podrían beneficiarse de una alianza.

—Entonces el matrimonio sería beneficioso para nuestras familias.

—También para ti.

—¿Por qué?

—Porque tendrías una posición importante.

Livia sostuvo su mirada.

—Ya tengo una posición importante.

—No todas las mujeres comprenden el valor de lo que poseen.

—Quizá porque algunas nunca han tenido que decidir qué hacer con ello.

Severus permaneció callado.

Finalmente se inclinó ligeramente hacia ella.

—No quiero obligarte a sentir afecto por mí.

—Eso es bueno.

—Pero sí espero obediencia.

Livia lo miró con una expresión que no pudo ocultar.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

Su padre intervino inmediatamente.

—Livia.

Ella se levantó.

—Con permiso.

Se retiró sin esperar respuesta.

Aquella noche, Gaius la castigó prohibiéndole recibir visitas y reduciendo incluso sus salidas al patio, pero Livia ya había dejado de temer las amenazas porque había comprendido que cada nueva restricción hacía más evidente que su padre estaba perdiendo el control sobre una hija a la que durante años había considerado incapaz de desafiarlo.

Tres días después, Claudia encontró una oportunidad para hablar con ella a solas.

—Hay una mujer que trabaja para una familia cercana al río.

—¿Quién?

—Se llama Sabina.

—¿Qué tiene que ver con Marcus?

—Dice haberlo visto.

Livia se incorporó.

—¿Dónde?

—No puedo llevarte hasta ella, pero quizá pueda hacerle llegar un mensaje.

—Hazlo.

Claudia asintió.

—No sé cuánto riesgo puedo asumir.

—Ya has asumido mucho.

Su madre la miró.

—Soy tu madre.

Aquella misma tarde, Livia escribió unas líneas que Claudia entregó a través de una sirvienta de confianza.

Necesito saber si está vivo.

La respuesta llegó al día siguiente.

Está vivo. Se encuentra con varias familias fuera de la ciudad.

Livia sintió un alivio tan profundo que tuvo que sentarse.

Pero debajo de la noticia había otra frase.

No puede regresar a Ostia. Lo buscan también en Roma.

Livia guardó el mensaje.

—Tenemos que hacer algo —dijo Daria.

—Sí.

—¿Qué?

Livia miró hacia la ventana.

—Encontrarlo.

La oportunidad apareció dos noches después.

Una de las personas que vigilaban la entrada principal recibió la orden de acompañar a un comerciante que había llegado inesperadamente a la casa. El otro permaneció fuera, pero una discusión entre dos sirvientes llamó su atención durante unos minutos. Daria había preparado previamente unas prendas sencillas y un manto oscuro, mientras Claudia había dejado abierta la puerta de la antigua habitación del almacén.

Livia atravesó la casa sin hacer ruido.

Cuando llegó a la ventana, Daria la esperaba.

—Todavía puedes arrepentirte.

—No.

—Entonces vámonos.

Descendieron por una escalera estrecha que conducía al callejón y caminaron rápidamente hasta mezclarse con un grupo de personas que regresaba de un mercado. Livia sintió que cada paso podía ser descubierto, pero después de varias calles comenzó a respirar con mayor tranquilidad.

No sabían exactamente dónde estaba Marcus.

Sabían únicamente que algunas familias se habían refugiado en una zona de viviendas humildes al otro lado del río y que Junia podía ayudarlas.

Llegaron cerca de la medianoche.

Junia abrió la puerta después de reconocer la señal acordada.

—No deberías haber venido.

—Lo sé.

—Tu padre te está buscando.

—También lo sé.

Junia suspiró.

—Marcus está aquí.

Livia sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Está herido?

—Sí, pero no gravemente.

—Quiero verlo.

Junia la condujo por un corredor estrecho hasta una habitación donde había varios enfermos. Marcus se encontraba junto a una mujer mayor, preparando una mezcla medicinal. Al levantar la cabeza y descubrir a Livia, quedó completamente inmóvil.

—No puede ser.

Livia sonrió.

—Parece que sí.

Marcus dejó el recipiente sobre la mesa.

—¿Cómo saliste?

—Con ayuda.

—Tu padre...

—Ya hablaremos de mi padre.

Él se acercó.

—Livia, esto es demasiado peligroso.

—Lo sé.

—No deberías estar aquí.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué viniste?

Ella lo miró.

—Porque quería verte.

Marcus permaneció frente a ella sin saber qué decir.

—Te he extrañado —dijo finalmente.

Livia sintió que aquellas palabras eran mucho más importantes de lo que parecían.

—Yo también.

Él tomó su mano.

—No sé cuánto tiempo podremos seguir así.

—No pensemos ahora en eso.

—Tenemos que hacerlo.

—Esta noche no.

Marcus la miró durante unos segundos y después asintió.

Pasaron varias horas juntos, aunque apenas pudieron hablar de ellos mismos porque los enfermos necesitaban atención constante. Livia ayudó a preparar alimentos, lavar telas y cuidar a una niña que tenía fiebre. Marcus trabajaba con una concentración absoluta y solo de vez en cuando sus miradas se encontraban.

Cuando finalmente quedaron solos durante unos minutos, Livia le preguntó:

—¿Por qué te acusan?

Marcus apoyó la espalda contra la pared.

—No lo sé con certeza.

—Pero tienes una sospecha.

—Sí.

—¿Cuál?

—Uno de los comerciantes del puerto perdió una cantidad importante de dinero cuando se cerraron los almacenes.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

—Mucho. Yo había denunciado ante algunos funcionarios las condiciones insalubres de determinados depósitos.

—¿Crees que alguien quiere silenciarte?

—Creo que alguien puede beneficiarse de que todos miren hacia otro lado.

Livia frunció el ceño.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

—¿Y los testimonios?

—Algunos son falsos. Otros están basados en cosas verdaderas que han sido interpretadas de otra manera.

—¿Qué cosas?

—Que estuve con los primeros enfermos.

—Porque los atendías.

—Exactamente.

Livia permaneció en silencio.

—Hay algo más —dijo Marcus.

—¿Qué?

—Han preguntado por ti.

El rostro de Livia cambió.

—¿Por mí?

—Sí.

—¿Quién?

—Un funcionario preguntó si alguien había visto a una mujer de tu descripción ayudando en las viviendas de los enfermos.

Livia sintió que el peligro se cerraba nuevamente alrededor de ambos.

—¿Saben mi nombre?

—No.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

Marcus negó con la cabeza.

—No sé cuánto.

De repente se escucharon golpes en la puerta exterior.

Junia apareció corriendo.

—¡Soldados!

Marcus se puso de pie.

—¿Cuántos?

—No sé.

—Tenemos que sacar a las familias.

Livia comenzó a ayudar inmediatamente.

Los niños fueron conducidos hacia una pequeña habitación trasera, mientras los adultos se ocultaban entre las viviendas contiguas. Junia abrió una salida que comunicaba con un callejón estrecho y Marcus indicó a cada persona dónde debía dirigirse.

—¿Y tú? —preguntó Livia.

—Yo me quedaré.

—No.

—Si encuentran a alguien aquí, creerán que soy yo.

—Precisamente por eso tienes que salir.

—Si huyo ahora, confirmarán sus sospechas.

—Marcus...

Los golpes se hicieron más fuertes.

—¡Abran en nombre de la autoridad!

Junia miró a ambos.

—Hay otra salida.

Marcus tomó a Livia del brazo.

—Tienes que irte.

—No sin ti.

—Livia, escucha.

—No.

—Si nos encuentran juntos, te llevarán también.

—Entonces iremos juntos.

Marcus la miró durante unos segundos.

—Está bien.

Los dos siguieron a Junia por un pasadizo estrecho que conducía hacia una vivienda abandonada. Desde allí podían escuchar a los soldados entrando en la casa.

Cuando finalmente alcanzaron una calle secundaria, Marcus tomó aire profundamente.

—Debes regresar al Aventino.

—No.

—Si no regresas, tu ausencia será evidente.

—Ya saben que estoy aquí.

—Pero todavía pueden pensar que regresaste a casa.

Livia comprendió que tenía razón.

—¿Dónde estarás?

—Con Junia, hasta que podamos encontrar un lugar más seguro.

—¿Cuándo volveré a verte?

Marcus acarició suavemente su rostro.

—Cuando sea posible.

Ella cerró los ojos durante un instante.

—No quiero que esto termine.

—Yo tampoco.

Un ruido de pasos los obligó a separarse.

—Vete —dijo Marcus.

Livia comenzó a caminar con Daria, que había permanecido cerca durante todo el tiempo. Después de unos metros se volvió y encontró a Marcus todavía de pie en la sombra del callejón.

No dijo nada.

Él tampoco.

Finalmente Livia continuó caminando.

Cuando regresó a la casa del Aventino, encontró las puertas abiertas y a varios hombres dentro del atrio. Gaius estaba esperándola.

Su rostro había perdido toda expresión de serenidad.

—¿Dónde estabas?

Livia comprendió inmediatamente que algo había sucedido.

—Salí a caminar.

—No me mientas.

Ella guardó silencio.

Gaius se acercó lentamente.

—Han venido funcionarios preguntando por ti.

Livia sintió un escalofrío.

—¿Qué funcionarios?

—Los mismos que buscan a Marcus Lucius.

Ella levantó la mirada.

—¿Por qué preguntaron por mí?

Gaius la observó durante unos segundos antes de responder.

—Porque alguien te vio ayudando a los enfermos.

Livia no respondió.

Su padre cerró los ojos brevemente.

—¿Has comprendido ahora el peligro?

Ella pensó en Marcus, en Junia, en las familias escondidas y en los soldados que acababan de registrar aquella casa.

—Sí.

Gaius se apartó.

—Entonces mañana hablaremos de tu futuro.

Livia comprendió por el tono de su voz que aquella conversación ya no tendría nada que ver únicamente con un matrimonio conveniente, y cuando entró en su habitación encontró sobre la mesa una tablilla que alguien había dejado allí durante su ausencia.

La tomó con manos temblorosas y reconoció la letra de Marcus.

No confíes en nadie que te diga que tienes que elegir esta noche. Todavía no.

Livia guardó la tablilla entre sus ropas justo antes de escuchar los pasos de su padre acercándose nuevamente por el corredor.

 

 

 

 

CAPÍTULO 8

 

Livia apenas tuvo tiempo de esconder la tablilla debajo de un montón de telas antes de que la puerta se abriera y Gaius apareciera en el umbral, acompañado por uno de los hombres que había colocado para vigilarla, aunque aquella vez el rostro de su padre no tenía la dureza habitual de quien llega dispuesto a imponer una orden, sino una preocupación que parecía haberle quitado parte de la seguridad con la que acostumbraba desenvolverse incluso en las situaciones más difíciles. Permaneció unos instantes observándola sin entrar, como si quisiera descubrir por la expresión de su hija cuánto sabía de lo que estaba ocurriendo, y Livia comprendió que aquella noche no podía permitirse ninguna muestra de nerviosismo, porque la tablilla que acababa de recibir podía ser suficiente para comprometer a Marcus y a todos aquellos que lo estaban ayudando si llegaba a las manos equivocadas.

—Tu madre me ha dicho que has regresado hace poco.

—Sí.

—¿Dónde estabas?

Livia sostuvo la mirada de su padre, intentando que su voz no revelara el temblor que sentía en el interior.

—Necesitaba salir de esta casa.

—No te he preguntado qué necesitabas.

—Entonces pregúntame dónde estuve.

Gaius apretó los labios, pero no respondió inmediatamente, y el silencio que siguió fue más amenazador que cualquier grito porque Livia sabía que su padre estaba intentando decidir hasta dónde podía presionarla sin destruir por completo la relación entre ambos.

—Estuviste con él —dijo finalmente.

Livia no contestó.

—No voy a permitir que vuelvas a verlo.

—No puedes decidir eso por mí.

—Mientras vivas bajo este techo, sí.

—Entonces quizá tenga que dejar de vivir bajo este techo.

La expresión de Gaius cambió.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

—No, Livia, no lo sabes, porque todavía piensas que esto es una disputa entre tu padre y un hombre al que has conocido hace unas semanas, cuando en realidad hay soldados buscando a ese hombre, funcionarios preguntando por quienes lo ayudan y personas que están siendo detenidas simplemente por pertenecer a un grupo que la mayoría de la ciudad mira con sospecha.

—Y precisamente por eso no puedo fingir que no ocurre.

—¿Qué quieres hacer?

—Ayudar.

—¿Ayudar a quién?

—A quien esté enfermo.

—Eso es exactamente lo que él dice hacer.

—Porque lo hace.

Gaius dio un paso hacia ella.

—¿Y si es culpable?

—Entonces deberá responder por ello.

—¿Y si no lo es?

Livia se quedó en silencio.

—Eso es lo que deberías preguntarte —continuó Gaius—. No si lo amas, no si te inspira compasión, no si su vida te parece más verdadera que la nuestra, sino si realmente sabes quién es ese hombre y qué está ocurriendo alrededor de él.

Aquella pregunta quedó suspendida entre ambos, y Livia recordó las palabras de Marcus sobre los testimonios falsos, sobre los almacenes del puerto y sobre las condiciones insalubres que había denunciado, comprendiendo que por primera vez su padre había formulado una duda que no podía responder con la simple defensa de sus sentimientos. No sabía quién estaba detrás de la acusación, tampoco podía demostrar que Marcus era inocente y mucho menos tenía certeza acerca de cuánto peligro rodeaba a quienes lo protegían, pero sí sabía algo que Gaius parecía no comprender: Marcus había tenido oportunidades de abandonar a los enfermos y no lo había hecho, incluso cuando eso podía costarle la vida, y esa conducta pesaba en ella más que cualquier rumor que circulase por las calles.

—No sé todo lo que está ocurriendo —admitió—, pero sé lo que he visto.

Gaius bajó la voz.

—Y yo he visto suficiente mundo para saber que lo que una persona muestra no siempre es lo que realmente es.

—Entonces deja que averigüe la verdad.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no voy a permitir que mi hija se convierta en una perseguida por seguir a un hombre perseguido.

—No lo sigo.

—¿Entonces qué haces?

Livia tardó unos segundos en responder.

—Intento no convertirme en alguien que mira hacia otro lado.

Gaius cerró los ojos durante un instante y después hizo un gesto al guardia para que se retirara unos pasos.

—Mañana vendrá Severus.

—No quiero verlo.

—Vendrá de todos modos.

—No voy a casarme con él.

—Todavía no entiendes lo que está sucediendo.

—Explícamelo.

Gaius la miró con una mezcla de cansancio y frustración.

—Los negocios están sufriendo. El puerto funciona a medias, varios comerciantes han perdido mercancías, algunos de nuestros clientes no pueden pagar y los rumores están provocando que las personas oculten lo que saben por miedo a quedar relacionadas con los enfermos. Severus puede proteger nuestras relaciones con determinados funcionarios y mantener abiertas algunas rutas comerciales. Si además te casas con él, nuestra familia conservará una posición que ahora comienza a estar amenazada.

Livia comprendió entonces que la situación era mucho más grave de lo que había imaginado.

—¿Estás perdiendo dinero?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Y por eso quieres entregarme a Severus?

—Quiero asegurar tu futuro.

—No es mi futuro si yo no lo elijo.

Gaius no contestó y salió de la habitación, dejando a Livia sola con la sensación de que por primera vez había visto detrás de la autoridad de su padre algo parecido al miedo. No era solamente miedo por su reputación ni por sus negocios, sino también miedo a que todo aquello que había construido durante décadas pudiera desmoronarse en cuestión de meses, y Livia comprendió que quizá esa era la razón por la que Gaius se aferraba con tanta fuerza a las decisiones que hasta entonces había considerado incuestionables.

Esperó hasta que la casa quedó en silencio antes de recuperar la tablilla y leer nuevamente las palabras de Marcus. No confíes en nadie que te diga que tienes que elegir esta noche. Todavía no. Aquellas pocas líneas tenían para ella un significado que iba mucho más allá de la advertencia inmediata, porque Marcus no le estaba pidiendo que abandonara a su familia, tampoco le exigía que arriesgara su vida por él y mucho menos intentaba utilizar el miedo que la rodeaba para hacerla tomar una decisión precipitada. Incluso escondido y perseguido, seguía preocupándose por que ella pudiera elegir libremente, y aquella consideración hizo que Livia permaneciera largo rato junto a la ventana, mirando las luces dispersas de Roma mientras sujetaba entre sus dedos la pequeña cruz de madera que Helena había dejado a su hijo.

A la mañana siguiente, la ciudad amaneció cubierta por un calor pesado que parecía quedarse suspendido sobre los tejados, y desde el Aventino llegaban sonidos extraños, menos numerosos que de costumbre, porque las calles habían perdido parte del movimiento habitual de comerciantes, vendedores, esclavos y trabajadores. Daria entró temprano en la habitación y encontró a Livia todavía despierta.

—No has dormido.

—Tampoco tú.

—Yo no soy la que tiene que enfrentarse hoy con tu padre y con un senador.

Livia se incorporó.

—¿Has oído algo?

—Sí.

—¿Qué?

Daria cerró la puerta antes de acercarse.

—Dicen que arrestaron a más personas durante la noche.

—¿Dónde?

—Cerca del río.

Livia sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Junia?

—No lo sé.

—Tenemos que averiguarlo.

—No podemos movernos como antes.

—Entonces buscaremos otra forma.

Daria sacó de entre sus ropas un pequeño trozo de tela.

—Esto lo trajo una mujer esta madrugada.

Livia lo tomó.

—¿Qué es?

—Una señal.

—¿De Marcus?

—Eso creo.

En la tela había bordada una pequeña cruz casi imperceptible, acompañada por una marca que Livia había visto anteriormente en la casa donde había conocido a varios miembros de aquella comunidad clandestina.

—¿Dónde la encontraste?

—Una mujer vino a la puerta de servicio buscando alimentos. Dijo que su hijo estaba enfermo, pero cuando vio la cruz que llevabas al cuello comprendió quién eras y me entregó esto.

—¿Dijo algo más?

—Solo que hay personas escondidas en una antigua vivienda cerca de una de las vías que salen de la ciudad y que necesitan medicinas.

Livia cerró la mano sobre la tela.

—Tenemos que ayudar.

—Sí, pero primero tenemos que saber si es una trampa.

La prudencia de Daria detuvo a Livia durante unos instantes, porque comprendió que la necesidad de actuar podía convertirse en una debilidad si comenzaban a confiar en cualquier mensaje que apareciera. Marcus mismo le había advertido que no confiara en cualquiera, y ella empezó a comprender que aquella advertencia no significaba solamente desconfiar de las autoridades o de sus enemigos, sino aprender a distinguir entre quienes realmente buscaban proteger a otros y quienes podían utilizar la desesperación de los perseguidos para atraerlos hacia una emboscada.

—Necesitamos a alguien que conozca a esa mujer —dijo Livia.

—Conozco a alguien.

—¿Quién?

—Claudia.

Livia levantó la mirada.

—¿Mi madre?

—No. Otra Claudia.

Daria sonrió apenas.

—Una esclava que trabaja en la casa de un comerciante que vive cerca de aquí. Su hermana pertenece a esa comunidad.

—¿Puedes hablar con ella?

—Sí.

—Hazlo.

No tuvieron tiempo de avanzar mucho más porque un sirviente anunció la llegada de Severus. Livia se vistió con la ayuda de Daria y bajó al atrio, donde encontró a su madre conversando con el senador mientras Gaius permanecía de pie junto a una columna. Severus llevaba una túnica de buena calidad y parecía completamente ajeno al deterioro que se extendía por la ciudad, aunque quizá esa tranquilidad fuera simplemente el resultado de pertenecer a un mundo donde las dificultades podían mantenerse alejadas mediante dinero, influencia y esclavos.

—Livia —dijo su padre—, siéntate.

Ella obedeció, pero mantuvo una expresión seria.

Severus la observó.

—Espero que hayas tenido tiempo de reconsiderar nuestra conversación.

—La he considerado.

—¿Y?

—Sigo pensando lo mismo.

El senador sonrió.

—Tu carácter es admirable, aunque quizá todavía no comprendas que un matrimonio no exige necesariamente afecto.

—Eso ya me lo explicó.

—Entonces comprenderás que una mujer de tu posición tiene responsabilidades que van más allá de sus deseos personales.

—¿Y un hombre?

Severus levantó ligeramente las cejas.

—¿Qué quieres decir?

—Si el matrimonio es una responsabilidad, ¿por qué solo se espera que una de las personas renuncie a lo que desea?

Gaius intervino.

—No hemos venido a discutir filosofía.

—No estoy hablando de filosofía.

Severus guardó silencio unos instantes.

—Tu padre me ha contado que has estado ayudando a enfermos.

Livia sintió que una corriente fría le recorría el cuerpo.

—He ayudado a algunas personas.

—Eso es peligroso.

—Para ellos también.

—No me refiero a eso.

—¿A qué se refiere?

Severus la miró fijamente.

—A que la ciudad está buscando culpables y tú has estado relacionada con uno de ellos.

Livia comprendió que ya no era una simple conversación familiar.

—Marcus no ha sido condenado.

—Eso no significa que sea inocente.

—Tampoco significa que sea culpable.

—La prudencia exige mantenerse alejada.

—La prudencia no siempre consiste en alejarse.

Severus se inclinó ligeramente hacia delante.

—Tienes mucho que perder.

—¿Y qué cree que debo hacer?

—Aceptar el matrimonio, permanecer junto a tu familia y dejar que los hombres encargados de investigar hagan su trabajo.

Livia sostuvo su mirada.

—¿Y si esos hombres están equivocados?

—Entonces el tiempo lo demostrará.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, cada persona debe cuidar de sí misma.

Aquellas palabras provocaron en Livia una reacción que apenas pudo contener.

—Eso es precisamente lo que Marcus nunca ha hecho.

El silencio que siguió fue inmediato y pesado.

Gaius se levantó.

—La conversación ha terminado.

Severus también se puso de pie, pero antes de retirarse miró nuevamente a Livia.

—Espero que no tengas que descubrir demasiado tarde cuánto puede costar una decisión.

Cuando el senador se marchó, Gaius permaneció junto a Livia.

—Has cometido un error.

—¿Por decir la verdad?

—Por provocarlo.

—No quiero casarme con él.

—Eso ya lo sé.

—Entonces deja de pedírmelo.

Gaius respiró profundamente.

—No puedo.

Livia lo miró con tristeza.

—¿Porque no quieres o porque no puedes?

Su padre no respondió.

Aquella tarde, Claudia entró en la habitación de Livia llevando una bandeja de alimentos, pero en lugar de dejarla sobre la mesa permaneció junto a la puerta y esperó a que Daria cerrara las contraventanas.

—Sabina ha vuelto a enviar un mensaje.

Livia se levantó.

—¿Qué dice?

—Que Junia está viva.

Livia sintió alivio.

—¿Y Marcus?

—También.

—¿Dónde están?

—No lo sabe.

Claudia sacó una pequeña pieza de cerámica.

—Me entregaron esto.

Livia la examinó.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Daria la tomó y la giró entre los dedos.

—Es una señal de los enterradores.

Livia levantó la mirada.

—¿Los enterradores?

—Hay personas que se ocupan de dar sepultura a quienes mueren sin familia.

—¿Cristianos?

Daria asintió.

—Algunos.

Claudia se mostró inquieta.

—No quiero saber más.

—Madre...

—No, Livia. Escúchame. Si descubren que yo estoy involucrada, tu padre perderá toda posibilidad de protegerte.

Livia guardó silencio.

—Pero hay algo que debes saber —continuó Claudia—. Esta mañana vino un hombre buscando a tu padre. No era funcionario, pero llevaba una insignia que parecía pertenecer a uno de los grupos que colaboran con las autoridades.

—¿Qué quería?

—Preguntó por los movimientos de nuestra familia.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Dijo algo sobre Marcus?

—Sí.

Livia se acercó.

—¿Qué dijo?

Claudia respiró profundamente.

—Dijo que si Marcus es encontrado, habrá otros nombres que aparecerán con el suyo.

—¿Qué nombres?

—No los mencionó.

Daria y Livia se miraron.

Aquella noche, Livia comprendió que la persecución había cambiado de naturaleza. Ya no buscaban únicamente al médico fugitivo, sino que intentaban reconstruir una red alrededor de él, una red donde cualquier persona que hubiera recibido ayuda, proporcionado alimento o simplemente conversado con él podía convertirse en sospechosa. El miedo comenzó a extenderse por las casas de los pobres y por los pequeños grupos que se reunían en secreto, y algunos abandonaron Roma mientras otros se ocultaron en viviendas alejadas de las zonas más vigiladas.

Dos días después llegó una noticia que alteró completamente la situación.

Un trabajador del puerto había muerto después de declarar que Marcus había visitado el almacén donde comenzaron a enfermar varias personas.

Gaius reunió a Livia, Claudia y algunos miembros de la administración familiar.

—Esto confirma lo que veníamos sospechando.

—¿Qué confirma? —preguntó Livia.

—Que Marcus estuvo allí.

—Él mismo me dijo que atendió a los trabajadores.

—¿Te lo dijo?

—Sí.

Gaius la miró con dureza.

—Entonces reconoció estar en el lugar.

—Atender enfermos no es un crimen.

Uno de los hombres presentes intervino.

—Dicen que los trabajadores comenzaron a enfermar después de que él llegara.

Livia se volvió hacia él.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—Entonces no diga que fue después de que él llegara como si eso demostrara algo.

El hombre bajó la mirada.

Gaius se mostró irritado.

—No puedes interrogar a todos los que traigo a esta casa.

—Entonces no traigas rumores.

Claudia intervino antes de que la discusión creciera.

—Gaius, quizá deberíamos esperar información más precisa.

Él la miró sorprendido, porque rara vez Claudia lo contradecía delante de otras personas.

—¿También vas a defenderlo?

—No estoy defendiendo a nadie.

—Entonces ¿qué haces?

—Intento evitar que nuestra familia tome decisiones basadas en rumores.

Gaius guardó silencio.

Livia observó a su madre y comprendió que algo había cambiado en ella.

Más tarde, mientras Daria ordenaba algunas telas, Livia encontró entre ellas un pequeño rollo de papiro.

—¿Qué es esto?

Daria se volvió rápidamente.

—No lo abras aquí.

—¿De quién es?

—De Junia.

Livia sintió que el corazón le latía con fuerza.

Esperaron hasta la noche para leerlo.

Junia había escrito que Marcus no había provocado la enfermedad y que existían pruebas de que uno de los primeros cargamentos contaminados había llegado al puerto antes de que él atendiera a los trabajadores. También decía que había encontrado a un hombre dispuesto a testificar, pero que necesitaban encontrarlo antes que quienes estaban buscando a Marcus.

—¿Quién es? —preguntó Livia.

—Un trabajador del almacén.

—¿Dónde está?

—No lo dice.

—¿Por qué?

—Quizá porque teme que el mensaje sea interceptado.

Livia volvió a leer el papiro.

—Tenemos que encontrarlo.

Daria negó con la cabeza.

—No podemos.

—Si ese hombre puede demostrar que Marcus no causó la enfermedad...

—También puede hacer que nos maten.

—¿Y qué alternativa tenemos?

Daria permaneció en silencio.

Livia pensó en su padre, en Severus, en la vigilancia y en la acusación que crecía alrededor de Marcus. Después recordó algo que Gaius había dicho la noche anterior: los negocios estaban sufriendo y algunos comerciantes habían perdido mercancías.

—Los almacenes —murmuró.

—¿Qué?

—Mi padre tiene registros de los cargamentos.

Daria la miró.

—¿Y?

—Si podemos saber cuándo llegaron los primeros productos y cuándo comenzaron las enfermedades, quizá podamos demostrar que Marcus no pudo haberlas causado.

—¿Crees que tu padre te permitirá revisar sus registros?

Livia sonrió con tristeza.

—No pienso pedírselo.

Aquella misma noche esperó a que todos durmieran y salió de su habitación. Daria la acompañó hasta la parte posterior de la casa, donde se encontraba el pequeño archivo comercial de Gaius. La puerta estaba cerrada con llave, pero Daria había aprendido durante años cómo funcionaban los cerrojos de aquella casa y consiguió abrirla sin hacer ruido.

Dentro había tablillas, rollos de cuentas y documentos relacionados con las mercancías que llegaban desde Ostia.

Livia comenzó a buscar.

Durante más de una hora revisó fechas, nombres de barcos, cantidades y lugares de almacenamiento, hasta que encontró una anotación que llamó su atención.

—Aquí.

Daria se acercó.

—¿Qué dice?

—Un cargamento llegó seis días antes de que Marcus atendiera al primer enfermo.

—¿Y?

—Fue almacenado en uno de los depósitos donde comenzaron los casos.

Daria permaneció inmóvil.

—Entonces...

—Entonces alguien está mintiendo.

Livia siguió leyendo.

El cargamento pertenecía a un comerciante que no conocía personalmente, pero cuyo nombre había escuchado en conversaciones de su padre.

—Lucio Cassiano.

Daria frunció el ceño.

—¿Quién es?

—Un socio de varios comerciantes del puerto.

—¿Tu padre trabaja con él?

—No directamente.

Livia tomó otra tablilla.

—Pero tiene relación con Severus.

Daria la miró.

—¿Estás segura?

—He visto este nombre en documentos de mi padre.

De pronto escucharon pasos en el corredor.

Livia apagó la lámpara.

Las dos quedaron inmóviles.

La puerta del archivo comenzó a abrirse.

Daria tomó a Livia del brazo y la condujo hacia una pequeña abertura detrás de unos estantes.

Alguien entró.

No podían verlo claramente, pero escucharon cómo revisaba los documentos.

Después una voz masculina habló en voz baja.

—Alguien ha estado aquí.

Livia sintió que Daria apretaba su brazo.

El hombre continuó revisando las tablillas y finalmente encontró una de ellas.

—Esto no debería estar aquí.

Livia reconoció el sonido de un documento siendo retirado.

Después los pasos se alejaron.

La puerta volvió a cerrarse.

Esperaron varios minutos antes de salir.

—Tenemos que irnos —susurró Daria.

—Sí.

Livia tomó la tablilla que había encontrado y regresó con ella a su habitación.

No durmió.

A primera hora de la mañana, mientras Roma despertaba lentamente bajo una nueva jornada de calor, un esclavo llegó corriendo desde la entrada principal con una noticia que hizo que Gaius abandonara inmediatamente el desayuno.

Habían encontrado un cadáver cerca de uno de los caminos que conducían hacia Ostia.

El hombre llevaba consigo una pequeña bolsa de cuero.

Dentro había una tablilla con un nombre.

Marcus Lucius.

Gaius salió inmediatamente de la casa.

Livia permaneció inmóvil en el atrio hasta que Daria se acercó.

—¿Qué vas a hacer?

Livia apretó contra su pecho la pequeña cruz de madera.

—Voy a averiguar quién era ese hombre.

—¿Y si era el testigo?

Livia miró hacia la puerta por donde su padre acababa de salir.

—Entonces tenemos que encontrar quién lo mató antes de que encuentren a Marcus.

 

 

 

 

CAPÍTULO 9

 

Livia permaneció junto a Daria en el atrio mientras escuchaba cómo los pasos de su padre se alejaban hacia la entrada principal, acompañados por los de los hombres que lo habían seguido desde que comenzó la vigilancia. Durante unos instantes ninguna de las dos dijo nada, porque la noticia del cadáver había cambiado nuevamente la naturaleza del peligro que las rodeaba y aquella tablilla con el nombre de Marcus no podía ser una simple casualidad, mucho menos después de haber encontrado la noche anterior los registros que demostraban que un cargamento había llegado al almacén varios días antes de que aparecieran los primeros enfermos. Livia pensó en el hombre que había muerto, en el mensaje de Junia y en el trabajador que supuestamente podía demostrar que Marcus había sido acusado injustamente, y comprendió que alguien estaba tratando de destruir cualquier posibilidad de que la verdad saliera a la luz.

—Tenemos que saber quién era —dijo finalmente.

Daria la miró con preocupación.

—Tu padre ya se ocupará de eso.

—Precisamente por eso no quiero esperar.

—Si ese hombre tenía relación con Marcus, quizá la gente que lo mató esté buscando a quienes puedan encontrar la conexión.

—Lo sé.

—Entonces debes tener cuidado.

—Lo tendré.

Daria negó lentamente.

—Eso dices siempre antes de hacer algo peligroso.

Livia quiso sonreír, pero no pudo.

—Esta vez es diferente.

—¿Por qué?

—Porque ahora no estamos buscando solamente a Marcus. Estamos buscando a alguien que puede estar detrás de todo esto.

Daria observó hacia el corredor que conducía al despacho de Gaius.

—¿Y qué vas a hacer?

—Primero voy a descubrir quién era ese hombre.

—¿Cómo?

Livia permaneció unos segundos en silencio.

—Mi padre tendrá información.

—Y no te la dará.

—Entonces tendré que encontrarla.

Poco después, Gaius regresó acompañado por un funcionario que Livia había visto anteriormente en la casa, un hombre de mediana edad llamado Sextus Marcellus, encargado de transmitir determinadas órdenes entre los comerciantes y las autoridades del puerto. Tenía el rostro serio y una cicatriz antigua junto a la mandíbula, y llevaba consigo una pequeña tablilla de madera que no soltó en ningún momento. Al entrar al atrio, vio a Livia y se detuvo brevemente antes de dirigirse hacia Gaius.

—El cuerpo ha sido trasladado —dijo—. No llevaba documentos oficiales.

—¿Y la tablilla? —preguntó Gaius.

—Estaba en la bolsa.

—¿Quién la encontró?

—Dos trabajadores que regresaban de Ostia.

—¿El nombre estaba escrito claramente?

—Sí.

Livia se acercó unos pasos.

—¿Qué más encontraron?

Sextus la miró.

—No es asunto tuyo.

—Ese hombre conocía a Marcus.

Gaius se volvió hacia ella.

—Livia.

—Si tenía su nombre, quizá sabía dónde estaba.

Sextus permaneció callado.

—¿Lo conocías? —preguntó Livia.

—No personalmente.

—¿Sabes quién era?

—Era un trabajador.

—¿De qué almacén?

El funcionario miró a Gaius.

—Del depósito de Cassiano.

Livia sintió que algo se cerraba dentro de ella.

—¿Lucio Cassiano?

Sextus asintió.

—Sí.

Gaius intervino inmediatamente.

—Basta.

Pero Livia ya había comprendido que la conexión era demasiado importante para ignorarla.

—El cargamento que llegó antes de la epidemia pertenecía a Cassiano.

Gaius la miró fijamente.

—¿Cómo sabes eso?

Livia guardó silencio.

Sextus observó a Gaius con mayor atención.

—¿Qué cargamento?

—No es necesario hablar de esto aquí —respondió Gaius.

—Si existe un registro que pueda relacionar el cargamento con los primeros casos, quizá debamos revisarlo.

Livia miró a Sextus.

—¿No lo han revisado?

—No tengo todos los registros.

—Mi padre sí.

Gaius endureció el rostro.

—Livia, ve a tu habitación.

—Pero...

—Ahora.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos y finalmente se retiró, aunque no antes de observar la expresión de Sextus, que había cambiado ligeramente después de escuchar el nombre de Cassiano. No parecía sorprendido por la existencia del cargamento, sino por el hecho de que Livia conociera aquel dato, y esa diferencia quedó grabada en la mente de la joven mientras regresaba a su habitación.

Daria la esperaba.

—¿Qué ocurrió?

—El muerto trabajaba para Cassiano.

—Entonces tenías razón.

—No lo sé todavía.

—¿Qué más dijeron?

—Sextus conoce el nombre de Cassiano.

—Eso no es extraño.

—No, pero cuando mencioné el cargamento cambió su expresión.

Daria se acercó.

—¿Crees que está involucrado?

—No sé.

—¿Y tu padre?

—Mi padre está asustado.

—¿De Cassiano?

Livia negó lentamente.

—No estoy segura.

Durante el resto de la mañana, Livia permaneció aparentemente tranquila mientras en la casa aumentaba la actividad. Dos mensajeros llegaron desde el puerto, Claudia recibió a una mujer que venía a preguntar por una deuda y Gaius pasó varias horas encerrado con Sextus. Livia aprovechó el movimiento de los sirvientes para regresar al archivo, pero descubrió que la tablilla que había encontrado la noche anterior ya no estaba donde la había dejado.

—La han retirado —dijo Daria.

—Sí.

—¿Quién?

—Alguien que sabe que existe.

Livia comenzó a revisar nuevamente los registros.

—Hay más.

—¿Más qué?

—Mira estas fechas.

Daria se inclinó sobre las tablillas.

—¿Qué estás buscando?

—Los depósitos.

—No entiendo.

—El primer cargamento llegó seis días antes de que Marcus atendiera a los enfermos, pero este otro llegó dos días después y fue trasladado al mismo almacén.

—¿Y eso qué demuestra?

—Que el almacén ya estaba siendo utilizado antes de que Marcus entrara allí.

Daria observó las anotaciones.

—Entonces alguien podría estar intentando hacer parecer que él llevó la enfermedad.

—Exactamente.

—¿Por qué?

Livia tomó otra tablilla.

—Eso es lo que necesitamos saber.

Una voz sonó detrás de ellas.

—Quizá deberías dejar de buscar.

Livia se volvió bruscamente.

Era Claudia.

—Madre.

—He venido porque tu padre está preguntando por ti.

—No estoy haciendo nada malo.

—No he dicho eso.

Claudia cerró la puerta.

—He hablado con una mujer que trabaja para Cassiano.

Livia sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué te dijo?

—Que Cassiano ha enviado hombres a varios almacenes.

—¿Por qué?

—No lo sabe.

—¿Y el trabajador que murió?

Claudia bajó la voz.

—Era uno de los hombres que había discutido con Cassiano la semana pasada.

—¿Por qué?

—Porque varios trabajadores querían abandonar el almacén.

—¿Por miedo a la enfermedad?

—Por miedo a que los culparan de haberla propagado.

Livia permaneció inmóvil.

—Madre, ¿quién es realmente Cassiano?

—Un comerciante.

—Eso no es suficiente.

—Tiene dinero, contactos y hombres que trabajan para él.

—¿Con quién está relacionado?

Claudia dudó.

—Con varias familias importantes.

—¿Severus?

Claudia no respondió.

—Madre.

—He oído ese nombre relacionado con él.

Livia comprendió que ya no podía tratarse de una coincidencia.

—Tengo que encontrar a Marcus.

—No.

—Necesito advertirle.

—Precisamente por eso no debes ir.

—Si Cassiano sabe dónde buscarlo...

—Livia, escucha lo que te estoy diciendo. Ya no se trata solamente de tu padre ni de tu matrimonio. Si Cassiano está realmente relacionado con personas poderosas, cualquier movimiento tuyo puede ponerte en peligro.

—¿Y qué quieres que haga?

Claudia tomó aire.

—Déjame ayudarte.

Livia la miró sorprendida.

—¿Cómo?

—Puedo hablar con tu padre.

—No va a escuchar.

—Quizá no, pero puedo conseguir algo.

—¿Qué?

—Los registros de sus negocios.

Livia guardó silencio.

—Tu padre guarda copias de determinados documentos fuera del archivo principal —continuó Claudia—. No sé exactamente dónde, pero sé que existen.

—¿Por qué?

—Porque durante años he visto cómo trabaja.

Livia se acercó.

—¿Puedes encontrarlos?

—Puedo intentarlo.

Antes de que pudiera continuar, alguien golpeó la puerta.

Claudia escondió rápidamente las tablillas detrás de una cortina.

—¿Quién es?

—Soy yo.

Era Gaius.

Livia abrió.

Su padre entró y miró a ambas.

—¿Qué hacen aquí?

—Hablábamos —respondió Claudia.

Gaius observó el archivo.

—¿De qué?

—De Livia.

—¿Qué pasa con ella?

Claudia sostuvo su mirada.

—Está asustada.

—Debe estarlo.

—No puedes seguir encerrándola.

Gaius endureció el rostro.

—No voy a discutir esto ahora.

—Entonces ¿cuándo?

—Cuando termine esta situación.

—¿Y si no termina?

Gaius la miró.

—Terminará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre termina.

Livia intervino.

—No siempre.

Su padre se volvió hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—El hombre que murió tenía el nombre de Marcus.

—Lo sé.

—Trabajaba para Cassiano.

Gaius permaneció callado.

—Y existe un registro que demuestra que un cargamento suyo llegó al almacén antes de los primeros enfermos.

—¿Dónde está ese registro?

La pregunta salió demasiado rápidamente.

Livia comprendió que había cometido un error.

—No lo sé.

—¿Lo has visto?

Ella guardó silencio.

—Livia.

—Sí.

Gaius se acercó.

—¿Quién más lo ha visto?

—Nadie.

—¿Estás segura?

—Sí.

Gaius miró a Claudia.

—¿Tú sabías esto?

Claudia no respondió inmediatamente.

—Ahora lo sé.

Gaius permaneció inmóvil.

Después se dirigió a Livia.

—Escúchame con atención. No vuelvas a acercarte a esos registros.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que estás tocando.

—Entonces dime qué sabes.

—No puedo.

—¿Porque no quieres o porque tienes miedo?

Gaius cerró los ojos durante un instante.

—Porque hay cosas que no puedo explicarte sin ponerte en peligro.

Livia comprendió que su padre sabía más de lo que estaba diciendo.

—¿Conoces a Cassiano?

—Sí.

—¿Y a Severus?

Gaius levantó la mirada.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque sus nombres aparecen relacionados.

—No significa que exista una conspiración.

—Nunca dije esa palabra.

Gaius se quedó callado.

Livia supo entonces que había tocado algo que su padre llevaba tiempo intentando mantener oculto.

Aquella noche, cuando todos se retiraron, Claudia regresó a la habitación de Livia.

—Encontré esto.

Le entregó un pequeño rollo de papiro.

—¿Dónde estaba?

—En el despacho de tu padre.

Livia lo abrió.

No era un registro comercial común. Contenía nombres, cantidades y fechas, pero también anotaciones que no tenían relación aparente con mercancías.

Uno de los nombres apareció varias veces.

Lucio Cassiano.

Debajo de él había otro.

Publius Aelius Severus.

Y más abajo, una referencia a un funcionario del puerto.

Livia sintió que las manos le temblaban.

—Madre, ¿qué es esto?

—No lo sé.

—¿Mi padre trabaja con ellos?

—No directamente.

—Pero conoce estas operaciones.

Claudia guardó silencio.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

Livia continuó leyendo hasta encontrar una anotación que la dejó inmóvil.

Una cantidad de dinero había sido entregada a Cassiano pocos días antes de que comenzara la epidemia.

—Esto es imposible.

—¿Qué?

—Aquí dice que Cassiano recibió una suma importante antes de que aparecieran los primeros casos.

—¿De quién?

Livia señaló el nombre.

No era Gaius.

Tampoco Severus.

Era el nombre de un hombre que no conocía.

—¿Quién es?

Claudia negó con la cabeza.

—No lo sé.

Livia dobló el papiro.

—Tengo que llevar esto a Marcus.

—No.

—Madre...

—Si alguien descubre que lo tienes, te matarán.

—Si no se lo llevo, quizá maten a otros.

Claudia la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—No quiero perderte.

Livia tomó sus manos.

—Yo tampoco quiero perderte.

—Entonces no vayas.

—Tengo que hacerlo.

Claudia cerró los ojos.

—Daria te acompañará.

Livia la miró sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco a mi hija.

A la mañana siguiente, Daria consiguió ponerse en contacto con Sabina. La mujer les indicó un lugar donde podían recibir noticias de Junia, pero les advirtió que las calles estaban siendo vigiladas.

—¿Dónde está Marcus? —preguntó Livia.

—No lo sé.

—¿Quién sabe?

—Junia.

—¿Dónde está?

Sabina dudó.

—En una vivienda cerca de la vía Appia.

Livia sintió que la esperanza regresaba.

—Tenemos que ir.

Sabina la sujetó del brazo.

—No llegues hasta allí directamente.

—¿Por qué?

—Porque ayer estuvieron preguntando por él.

—¿Quiénes?

—Hombres que no llevaban uniforme.

Daria intercambió una mirada con Livia.

—¿Cassiano?

—No lo sé.

—¿Cómo podemos reconocerlos?

—No pueden.

Aquella respuesta hizo que Livia comprendiera que el peligro era mayor de lo que había imaginado.

Decidieron salir al caer la tarde.

Daria consiguió ropas sencillas y Livia cubrió su rostro con un manto. Abandonaron la casa por la puerta de servicio y tomaron calles secundarias hasta mezclarse con un grupo de mujeres que regresaban de una zona de talleres.

Cuando llegaron cerca de la vía Appia, encontraron a un anciano que parecía esperarlas.

—¿Livia Valeria?

Ella se detuvo.

—¿Quién eres?

—Un amigo de Junia.

—¿Dónde está?

—No aquí.

—¿Marcus?

—Tampoco.

Livia sintió una mezcla de temor y frustración.

—¿Entonces por qué nos trajiste?

El anciano miró alrededor.

—Porque alguien está buscando a Marcus y ya sabe que tú lo ayudas.

Daria dio un paso hacia Livia.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Eso no es suficiente —dijo Livia.

El anciano sacó una pequeña bolsa.

—Esto es para ti.

Livia la abrió.

Dentro había un fragmento de papiro.

Reconoció la letra de Marcus.

No vengas a la vía Appia. Han descubierto el lugar. Regresa antes de que anochezca. Junia está a salvo. Yo también.

Livia cerró los ojos.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Quién te dio esto?

—Una mujer que salió de la casa antes de que llegaran los hombres.

—¿Qué hombres?

—Los mismos que preguntaron por ti.

El anciano desapareció por una calle lateral.

Daria tomó el brazo de Livia.

—Tenemos que regresar.

Pero antes de que pudieran moverse escucharon ruido de pasos detrás de ellas.

No eran soldados.

Eran varios hombres vestidos como trabajadores.

Daria tiró de Livia hacia una calle estrecha.

—Corre.

Ambas avanzaron rápidamente, intentando no llamar la atención, pero los hombres comenzaron a seguirlas.

—Nos han visto —dijo Daria.

—Sí.

—Tenemos que separarnos.

—No.

—Si nos atrapan juntas, será peor.

—No voy a dejarte.

—Entonces tendremos que escondernos.

Entraron en el patio de una vivienda y permanecieron ocultas detrás de unas vasijas mientras los hombres pasaban por la calle.

Uno de ellos se detuvo.

—Estaban aquí.

Otro respondió:

—Busca en las casas.

Daria miró a Livia.

Las dos comprendieron que no podían permanecer allí.

Salieron por una puerta trasera que daba a otra calle y caminaron durante casi una hora antes de sentirse seguras.

Cuando regresaron al Aventino, encontraron la casa rodeada por hombres.

Livia se detuvo antes de entrar.

—¿Qué ocurre?

Daria observó.

—No son los hombres de tu padre.

—Lo sé.

—¿Qué hacemos?

Livia sacó el papiro de Marcus y lo escondió entre sus ropas.

—Entraremos.

—¿Estás segura?

—No.

Avanzaron hacia la entrada.

Uno de los hombres las detuvo.

—¿Dónde han estado?

Livia respondió con calma.

—En casa de una amiga.

—¿Cuál?

—No tengo obligación de decírtelo.

El hombre la miró fijamente.

—Tu padre está esperando.

Livia entró.

Gaius se encontraba en el atrio junto a Sextus Marcellus.

Sobre una mesa había varios documentos.

Uno de ellos estaba manchado de sangre.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Livia.

Gaius no respondió.

Sextus se acercó.

—Han encontrado otro cadáver.

Livia sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Quién?

—Un trabajador del puerto.

—¿El testigo?

Sextus la miró.

—¿Cómo sabes que había un testigo?

Livia comprendió que había hablado demasiado tarde.

Gaius la observó.

—Livia, ¿qué has hecho?

Ella no respondió.

Sextus dio un paso hacia ella.

—¿Dónde está Marcus Lucius?

—No lo sé.

—Has estado buscándolo.

—No.

—Tenemos testigos.

Livia sostuvo su mirada.

—Entonces pregúnteles a ellos.

Sextus se acercó todavía más.

—Si sabes dónde está, debes decirlo.

—No lo sé.

—Estás poniendo en peligro a tu familia.

Livia miró a su padre.

—Quizá alguien más la esté poniendo en peligro.

Gaius se quedó inmóvil.

Sextus tomó uno de los documentos de la mesa.

—Tu padre entiende que ciertas acusaciones pueden desaparecer si la familia coopera.

Livia miró el documento.

Reconoció el nombre de Cassiano.

Después vio el de Severus.

Y debajo, una cantidad de dinero.

La misma que aparecía en el papiro que Claudia le había entregado.

Livia levantó lentamente la mirada.

—¿Qué significa esto?

Sextus se adelantó para retirar el documento, pero Gaius lo detuvo.

—Déjala.

Sextus lo miró.

—Gaius.

—He dicho que la dejes.

Livia tomó el documento.

—Padre, ¿qué es esto?

Gaius no respondió.

—¿Qué significa el dinero entregado a Cassiano?

—No lo sé todo.

—Pero sabes algo.

—Sí.

—Entonces dímelo.

Gaius miró hacia la puerta.

Durante unos segundos pareció dispuesto a hablar, pero finalmente negó con la cabeza.

—No aquí.

Sextus dio un paso hacia ellos.

—No hay nada que explicar.

Livia lo miró.

—Entonces ¿por qué quiere que hablemos en privado?

El rostro de Sextus se endureció.

Gaius tomó a Livia del brazo y la condujo hacia una habitación lateral.

—Escúchame.

—Quiero la verdad.

—La tendrás.

—Ahora.

Gaius cerró la puerta.

—Hace varios meses, Cassiano comenzó a comprar mercancías que no debían entrar por determinados almacenes.

—¿Qué mercancías?

—No lo sé con certeza.

—¿Y el dinero?

—Era un préstamo.

—¿A Cassiano?

—Sí.

—¿Quién te pidió que lo hicieras?

Gaius permaneció callado.

—Padre.

Finalmente respondió:

—Severus.

Livia sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.

—¿Severus te pidió que prestaras dinero a Cassiano?

—Sí.

—¿Y qué tenía que ver ese dinero con los almacenes?

—No lo sabía.

—Pero ahora sí.

—Ahora sé que probablemente fui utilizado.

Livia lo miró con incredulidad.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque quería mantenerte fuera de todo esto.

—Y mientras tanto querías casarme con el hombre que está relacionado con ellos.

—No sé hasta qué punto está relacionado Severus.

—Su nombre aparece en los registros.

—Eso no demuestra que sea responsable de la enfermedad.

—Pero demuestra que conocía a Cassiano.

Gaius asintió lentamente.

—Sí.

Livia sintió que el miedo se convertía en algo más preciso.

—¿Quién es el hombre que entregó el dinero a Cassiano?

Gaius frunció el ceño.

—¿Qué hombre?

—Hay un nombre en el registro.

Livia se lo dijo.

Gaius palideció.

—¿Dónde viste ese nombre?

—En tus documentos.

Su padre se acercó.

—No vuelvas a mencionar ese nombre.

—¿Por qué?

—Porque ese hombre murió hace tres meses.

Livia sintió un escalofrío.

—Entonces alguien está utilizando su nombre.

Gaius no respondió.

Afuera se escucharon voces.

Después un golpe fuerte contra la puerta principal.

Sextus apareció en el corredor.

—Gaius.

—¿Qué ocurre?

—Han venido más hombres.

—¿De quién?

Sextus miró a Livia.

—De Severus.

Gaius cerró los ojos.

Livia comprendió que el tiempo para permanecer escondidos detrás de las paredes de aquella casa estaba llegando a su fin, y cuando otro golpe sacudió la entrada principal, Daria apareció corriendo por el corredor con el rostro desencajado.

—Livia, alguien ha entrado por la puerta de servicio.

Gaius se volvió.

—¿Quién?

—No lo sé.

Daria respiró con dificultad.

—Pero están buscando a la señorita.

 

 

 

 

CAPÍTULO 10

 

Daria apenas terminó de pronunciar aquellas palabras cuando un ruido de madera quebrada llegó desde la parte posterior de la casa, seguido por voces que se mezclaban con el movimiento apresurado de los sirvientes y con el golpe seco de varios pasos sobre las losas del corredor, y Livia comprendió que el peligro había entrado finalmente en el único lugar que durante tantos años había considerado inexpugnable. Gaius se volvió hacia Sextus, que inmediatamente llevó una mano al interior de su manto, mientras Claudia apareció en el extremo del corredor sin comprender todavía qué estaba sucediendo, pero bastó ver el rostro de Livia para darse cuenta de que aquello no era otra discusión familiar ni una visita inesperada.

—¿Cuántos son? —preguntó Gaius.

—No lo sé —respondió Daria—, pero han entrado por la puerta de servicio y dos hombres están preguntando por ella.

Sextus miró a Gaius.

—Tenemos que sacarla de aquí.

Livia observó a ambos.

—¿Quiénes son?

—No lo sabemos —contestó Sextus.

—Pero tú dijiste que venían hombres de Severus.

—Los que están entrando por la puerta principal sí, pero los otros no llevan insignias.

Gaius se acercó a Livia y bajó la voz.

—Vas a ir al almacén.

—¿Para esconderme?

—Para salir por el pasadizo que comunica con la calle lateral.

—¿Y ustedes?

—Nos ocuparemos de ellos.

—No pienso dejarte.

—No es momento de discutir.

—Padre, si esos hombres vienen por mí...

—Precisamente por eso debes irte.

Livia lo miró durante unos segundos y comprendió que aquella era una de las pocas ocasiones en que Gaius no hablaba como un hombre que daba una orden, sino como un padre que intentaba desesperadamente mantener con vida a su hija. Aquello no borraba los meses de vigilancia ni las amenazas relacionadas con el matrimonio, pero cambiaba algo dentro de ella, porque por primera vez entendió que Gaius también estaba atrapado dentro de una situación que había dejado de controlar, y que quizá la influencia de Severus era mucho mayor de lo que él mismo había querido reconocer.

—Ven conmigo —dijo Livia—. Si salimos juntos...

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si huyo ahora, confirmo que tengo algo que ocultar.

Sextus intervino.

—Tiene razón.

Daria tomó a Livia del brazo.

—Tenemos que movernos.

Las dos comenzaron a avanzar hacia la parte posterior de la casa, pero antes de alcanzar el corredor escucharon una voz desconocida.

—¡Registren todas las habitaciones!

Claudia se interpuso inmediatamente.

—¿Quiénes son ustedes para entrar en esta casa?

Un hombre apareció acompañado por otros dos.

—Tenemos autorización.

—¿De quién?

—Del senador Publius Aelius Severus.

Gaius salió al encuentro de los hombres.

—Esta es mi casa y nadie entra aquí sin una orden oficial.

El hombre mostró una tablilla sellada.

—La autorización lleva el sello correspondiente.

Sextus se acercó para examinarla.

—Este sello no pertenece a la autoridad del puerto.

—No necesitamos discutirlo.

—Yo sí.

Mientras los dos hombres discutían, Daria condujo a Livia hacia el almacén. Cerró la puerta detrás de ellas y comenzó a mover unas cajas.

—¿Dónde está la entrada?

—Aquí.

Daria retiró una pieza de madera que cubría una abertura en el suelo.

—No sabía que existía.

—Yo tampoco.

—Tu madre me lo mostró hace años, cuando todavía trabajaba en esta parte de la casa.

Livia miró el estrecho hueco.

—¿A dónde conduce?

—A una bodega abandonada.

—¿Y después?

—No lo sé.

Daria descendió primero.

Livia la siguió, llevando consigo el pequeño papiro que Claudia le había entregado y la tablilla de Marcus que había escondido entre sus ropas. Apenas habían avanzado unos metros cuando escucharon golpes encima de ellas.

—¡Registren el almacén!

Livia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Nos han descubierto.

—Todavía no.

Daria siguió avanzando por el pasadizo, obligándola a agacharse en algunos tramos. El aire estaba cargado de humedad y polvo, y el olor a madera vieja se mezclaba con el de las piedras húmedas. Después de recorrer una distancia que parecía mucho mayor de lo que realmente era, llegaron a una pequeña cámara donde había antiguos recipientes de aceite y herramientas abandonadas.

—¿Y ahora?

Daria señaló una abertura.

—Por allí.

—¿Estás segura?

—No.

Livia soltó una respiración nerviosa.

—Al menos eres sincera.

—Siempre.

Atravesaron la abertura y encontraron una escalera que ascendía hacia una pequeña construcción abandonada situada detrás de varias viviendas. Daria empujó una puerta y ambas salieron a un callejón estrecho.

—¿Dónde estamos?

—No lejos de la casa.

—Tenemos que regresar.

—No.

—Mi madre está allí.

—Tu madre está con tu padre.

—Y los hombres de Severus están dentro.

—Precisamente por eso debemos alejarnos.

Livia permaneció indecisa.

—Daria, si están buscando documentos...

—Los documentos ya no están en la casa.

Livia la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Tu madre me pidió que sacara algunas cosas antes de que llegaras.

—¿Dónde están?

Daria señaló una pequeña bolsa que llevaba consigo.

—Aquí.

Livia la abrió y encontró varias tablillas.

—¿Las sacaste del archivo?

—Sí.

—¿Todas?

—Las que pude.

Livia revisó rápidamente los documentos y encontró nuevamente el nombre de Cassiano, el de Severus y el del hombre muerto cuyo nombre aparecía relacionado con la transferencia de dinero.

—Tenemos que llevar esto a Marcus.

—Primero tenemos que encontrarlo.

—Junia sabe dónde está.

—La última vez que hablamos no lo sabía.

—Entonces tendremos que encontrar a Junia.

Se dirigieron hacia una zona más alejada del Aventino y durante varias horas evitaron las calles principales, mezclándose con trabajadores y mujeres que regresaban de los mercados. Livia caminaba con el rostro cubierto y Daria llevaba la bolsa escondida bajo el manto, mientras ambas intentaban aparentar normalidad a pesar de que cada grupo de hombres que aparecía en una esquina despertaba en ellas una nueva sospecha.

Finalmente llegaron a una vivienda pequeña donde una mujer anciana les abrió después de que Daria pronunciara una frase que había aprendido de Junia.

—¿Dónde está ella? —preguntó Livia.

La mujer negó con la cabeza.

—No está aquí.

—Necesito encontrarla.

—Todos necesitan algo.

—Esto es importante.

La anciana observó el rostro de Livia durante unos segundos.

—Eres la hija de Gaius Valerius.

Livia no respondió.

—Entonces entra.

La condujo hacia una habitación interior.

—Junia pasó por aquí hace dos noches.

—¿Dónde fue?

—Hacia el sur.

—¿Con Marcus?

—No.

Livia sintió decepción.

—¿Entonces con quién?

—Con varias familias que abandonaron la ciudad.

—¿Por qué?

—La persecución se ha vuelto demasiado peligrosa.

—¿Y Marcus?

La mujer bajó la voz.

—Está buscando al hombre que puede declarar contra Cassiano.

Livia y Daria se miraron.

—¿El trabajador?

—Sí.

—Creíamos que estaba muerto.

—El que murió no era él.

Livia quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Encontraron un cadáver y quisieron hacer creer que era el testigo.

—Entonces está vivo.

—Sí.

—¿Dónde?

La mujer negó lentamente.

—No lo sé.

—¿Marcus sí lo sabe?

—Eso creo.

Livia tomó aire.

—Necesito encontrarlo.

La mujer la observó con una mezcla de compasión y preocupación.

—Si quieres encontrar a Marcus, tendrás que ir donde él está buscando al testigo.

—¿Dónde?

—En Ostia.

La palabra produjo en Livia una sensación extraña, porque aquel lugar había sido el escenario de su primer encuentro con Marcus y también el punto donde comenzó a descubrir una realidad que hasta entonces había permanecido escondida detrás de las comodidades de su vida. Sin embargo, regresar allí ahora significaba acercarse precisamente al lugar donde la acusación había comenzado, y comprendió que quizá Marcus había decidido buscar las respuestas donde todo había empezado.

—¿Cómo llegaremos?

La mujer les dio una dirección.

—Hay una familia que parte antes del amanecer.

—¿Podemos ir con ellos?

—Si aceptan.

Daria preguntó:

—¿Quién los guía?

—Un hombre llamado Rufus.

Livia memorizó el nombre.

—Gracias.

La mujer la detuvo antes de que salieran.

—No confíes en nadie que prometa seguridad.

Livia recordó las palabras de Marcus.

—Él me dijo algo parecido.

—Entonces escucha a ese hombre.

Al amanecer, Livia y Daria abandonaron la vivienda junto con varias familias que se dirigían hacia las proximidades de Ostia. Viajaron en un carro cargado con sacos y utensilios, ocultándose entre mercancías cuando pasaban cerca de controles, y durante el trayecto Livia apenas habló porque estaba concentrada en los documentos que llevaba escondidos. Uno de ellos contenía una relación de pagos realizados durante los meses anteriores y, aunque muchos nombres no significaban nada para ella, aparecían varias veces los de Cassiano y Severus, junto con cantidades entregadas a funcionarios menores del puerto.

Cuando finalmente llegaron a Ostia, la actividad del lugar era mucho menor de lo habitual. Algunos almacenes permanecían cerrados y en varias calles podían verse viviendas abandonadas, mientras grupos de trabajadores hablaban en voz baja sobre los nuevos enfermos que habían aparecido cerca de los muelles. Livia reconoció el camino hacia la pequeña clínica donde había visto por primera vez a Marcus, pero no se dirigió allí porque sabía que sería uno de los primeros lugares que las autoridades registrarían.

—¿Dónde buscamos? —preguntó Daria.

—En los almacenes.

—Eso puede ser peligroso.

—Precisamente allí estará la respuesta.

Preguntaron discretamente por un trabajador llamado Titus, pero nadie quiso hablar hasta que una mujer que vendía alimentos las condujo hacia un callejón.

—No pronuncien ese nombre en voz alta —les advirtió—. Lo están buscando.

—¿Está vivo?

—Sí.

—¿Dónde está?

La mujer señaló una construcción cercana.

—En el antiguo depósito de redes.

Livia y Daria avanzaron hasta allí y encontraron la puerta entreabierta. Entraron con cautela.

—¿Hay alguien?

Una voz respondió desde el interior.

—¿Quiénes son?

—Buscamos a Titus.

El hombre apareció lentamente.

Era joven, quizá unos treinta años, con el rostro demacrado y una herida visible en la frente.

—¿Quién las envía?

Livia sacó una pequeña cruz de madera.

El hombre la reconoció.

—Marcus.

—Sí.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Lo has visto?

—Hace dos días.

—¿Qué te dijo?

Titus cerró la puerta.

—Me dijo que tenía que salir de la ciudad.

—¿Por qué?

—Porque Cassiano sabe que puedo hablar.

—¿Qué puedes decir?

El hombre miró hacia el exterior antes de responder.

—Vi llegar el cargamento.

Livia sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Cuándo?

—Antes de que aparecieran los primeros enfermos.

—¿Quién lo descargó?

—Los hombres de Cassiano.

—¿Y qué ocurrió después?

—Algunos trabajadores comenzaron a enfermar.

—¿Marcus ya estaba allí?

—No.

Livia sintió una mezcla de alivio y angustia.

—Entonces puedes demostrar que es inocente.

Titus negó lentamente.

—Puedo demostrar que no estaba allí cuando llegó el cargamento, pero eso no significa que quienes me escuchen quieran creerme.

—¿Por qué?

—Porque hay dinero de por medio.

—¿De quién?

Titus miró a Livia.

—De varios.

—¿Severus?

El hombre se quedó en silencio.

—Necesito saberlo.

—Sí.

Daria cerró los ojos.

Titus continuó:

—Pero hay algo peor.

—¿Qué?

—Cassiano no está actuando solo.

—¿Quién más?

—Alguien dentro de la administración del puerto.

—¿Sextus?

—No.

—¿Quién?

Titus sacó de una caja una pequeña tablilla.

—Este hombre.

Livia leyó el nombre.

Era el mismo que aparecía en los documentos de Gaius.

—Está muerto —dijo.

—No.

—Mi padre dijo que murió hace tres meses.

Titus negó.

—Yo lo vi hace cuatro días.

Livia quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—En el almacén de Cassiano.

Daria miró a Livia.

—Entonces alguien quiere que todos crean que está muerto.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque ese hombre conoce toda la operación.

Livia sostuvo la tablilla.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

Titus miró hacia la puerta.

—Ya no puedes.

—¿Por qué?

—Porque alguien viene.

Se escucharon pasos.

Titus apagó la lámpara.

—Escóndanse.

Livia y Daria se ocultaron detrás de unos sacos.

La puerta se abrió lentamente.

Dos hombres entraron.

—¿Está aquí?

—No lo sé.

—Cassiano dijo que estaba.

—Entonces busca.

Los hombres comenzaron a revisar el depósito.

Livia permaneció inmóvil mientras Daria sujetaba la bolsa con los documentos. Uno de los hombres se acercó a los sacos donde estaban escondidas.

Titus tomó una herramienta y la lanzó hacia el extremo contrario del depósito.

El ruido hizo que los hombres se volvieran.

—Allí.

Mientras ellos avanzaban hacia el lugar, Titus abrió una pequeña puerta lateral.

Livia y Daria salieron primero.

—Corre —susurró Titus.

Las dos atravesaron un callejón y continuaron hasta perderse entre los edificios.

—Tenemos que volver por él —dijo Livia.

—No podemos.

—Lo dejarán allí.

—Si regresamos, nos atraparán también.

—No.

Livia se detuvo.

—Voy a regresar.

Daria la sujetó.

—No.

—Marcus no lo abandonaría.

—Tú no eres Marcus.

—No.

—Entonces piensa.

Livia cerró los ojos durante unos segundos y finalmente comprendió que Daria tenía razón. Regresar podía poner en peligro la única posibilidad que tenían de encontrar pruebas, y aunque le doliera abandonar a Titus, necesitaban llevar aquella información a Marcus.

Volvieron a la vivienda donde se habían alojado temporalmente y esperaron hasta la noche.

Fue entonces cuando alguien golpeó tres veces la puerta.

Daria tomó un cuchillo pequeño.

Livia se acercó.

—¿Quién?

—Un amigo.

Reconocieron la voz.

Era Marcus.

Livia abrió.

Él entró rápidamente y cerró la puerta.

Durante unos segundos ninguno habló.

Marcus la miró de arriba abajo.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Te siguieron?

—No lo creo.

—¿Qué haces aquí?

Livia sacó las tablillas.

—Encontramos esto.

Marcus las tomó.

Leyó una.

Después otra.

Su expresión cambió.

—¿Dónde las conseguiste?

—De los archivos de mi padre.

—Livia...

—También encontramos al testigo.

Marcus levantó la mirada.

—¿Dónde?

—Titus.

—¿Está vivo?

—Sí.

Marcus cerró los ojos con alivio.

—¿Dónde está?

—Lo dejamos en un depósito.

—¿Qué depósito?

Livia se lo indicó.

Marcus guardó las tablillas.

—Tengo que ir por él.

—No solo.

—No puedo llevarte.

—No te estoy pidiendo que me lleves.

Marcus la miró.

—Entonces ¿qué estás pidiendo?

—Que me digas la verdad.

—Siempre te la he dicho.

—No toda.

Él permaneció en silencio.

—Mi padre dijo que el hombre cuyo nombre aparece en los registros murió hace tres meses —continuó Livia—. Titus dice que lo vio hace cuatro días.

Marcus la miró fijamente.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor.

—¿Qué problema?

Marcus tomó aire.

—Porque ese hombre no es solamente un funcionario.

—¿Quién es?

—Es quien autorizó la entrada de los cargamentos.

Livia sintió que la habitación parecía hacerse más pequeña.

—¿Y quién es realmente?

Marcus bajó la voz.

—Un hombre que trabajó durante años para Severus.

Daria dio un paso hacia ellos.

—¿Y ahora?

—Ahora alguien está utilizando su nombre para mover dinero y mercancías.

Livia recordó la tablilla.

—Entonces el hombre que figura como muerto puede ser quien realmente esté detrás de todo.

—No lo sé.

—Pero Titus lo vio.

—Sí.

Marcus miró nuevamente los documentos.

—Necesito hablar con él.

—Los hombres de Cassiano llegaron antes de que pudiéramos sacarlo.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sabemos.

Marcus se llevó una mano al rostro.

—Tenemos que encontrarlo antes que ellos.

Livia se acercó.

—No irás solo.

—Livia...

—Esta vez no.

Marcus la miró durante largo rato.

—Si vienes conmigo, quizá no pueda protegerte.

—No necesito que me protejas de todo.

—Yo sí necesito intentarlo.

—Entonces déjame decidir qué riesgos estoy dispuesta a asumir.

Marcus bajó la mirada.

—No quiero perderte.

Livia tomó su mano.

—Entonces no me apartes cada vez que el peligro aparece.

Él apretó suavemente sus dedos.

—Hay algo que no te he dicho.

—¿Qué?

—Junia encontró a alguien que puede ayudarnos.

—¿Quién?

—Un antiguo escriba de la administración del puerto.

—¿Está vivo?

—Sí.

—¿Dónde?

Marcus miró hacia la puerta.

—En Roma.

Livia sintió que todo volvía a conectarse.

—Entonces tenemos que regresar.

—Sí.

—¿Cuándo?

Marcus se acercó a la ventana.

—Antes del amanecer.

Afuera, en una calle cercana, se escucharon pasos y voces que se aproximaban lentamente, y Marcus apagó la lámpara mientras Daria cerraba las contraventanas. Los tres permanecieron inmóviles en la oscuridad hasta que las voces se detuvieron frente a la vivienda.

Alguien llamó a la puerta.

Una vez.

Después otra.

Marcus tomó la mano de Livia y señaló la salida trasera.

Los golpes volvieron a sonar, esta vez más fuertes.

—¡Abran!

Daria comenzó a retroceder hacia la puerta interior, mientras Marcus guardaba los documentos bajo su manto.

Entonces una voz llegó desde el exterior.

—Sabemos que estás aquí, Marcus Lucius.

Livia sintió que la mano de Marcus se cerraba con fuerza sobre la suya.

—No hagas ruido —susurró.

Pero antes de que pudieran alcanzar la salida trasera, escucharon cómo otra puerta se abría al otro lado de la vivienda y unos pasos apresurados entraban desde el patio.

Habían sido rodeados.

 

 

 

 

CAPÍTULO 11

 

Marcus comprendió inmediatamente que habían quedado atrapados entre dos grupos y, aunque durante unos segundos pareció buscar una salida imposible, finalmente señaló hacia una pequeña abertura situada detrás de unos estantes donde se almacenaban recipientes de barro. Livia y Daria se acercaron mientras afuera continuaban los golpes y las voces de los hombres que exigían abrir la puerta, pero lo que más preocupaba a Marcus no era la presencia de aquellos hombres en la calle principal, sino los pasos que acababan de escucharse en el patio posterior, porque significaban que alguien había encontrado la segunda entrada y que disponían de muy poco tiempo antes de que ambos grupos se reunieran dentro de la casa.

—Por aquí —susurró.

—¿Dónde conduce? —preguntó Livia.

—A una casa vecina.

—¿Y si está ocupada?

—Tendremos que convencer a quien esté dentro de que nos ayude.

Daria retiró los recipientes con cuidado y descubrió un estrecho pasadizo. Marcus pasó primero y ayudó después a Livia, mientras Daria cerraba la abertura detrás de ellos. Apenas habían avanzado unos metros cuando escucharon cómo la puerta de la vivienda se abría violentamente y varias voces comenzaron a registrarla.

El pasadizo era tan estrecho que apenas podían caminar de uno en uno, y el aire estaba cargado de humedad, pero ninguno se detuvo hasta llegar a una pequeña puerta de madera. Marcus la empujó y los tres aparecieron dentro de una habitación donde una anciana estaba sentada junto a una lámpara.

La mujer los miró sorprendida.

—¿Quiénes son ustedes?

—Necesitamos ayuda —dijo Marcus.

—No puedo ayudar a fugitivos.

—No buscamos hacerle daño.

La anciana observó a Livia y luego a Daria.

—Ella no pertenece a este lugar.

—No —respondió Marcus—, pero ha venido porque decidió hacerlo.

La mujer guardó silencio y finalmente señaló una habitación contigua.

—Escóndanse allí.

Entraron justo cuando los golpes comenzaron a escucharse en la vivienda de la que acababan de escapar. La anciana se levantó lentamente y abrió la puerta principal.

—¿Qué quieren?

—Buscamos a tres personas.

—Aquí no hay nadie.

—Tenemos razones para creer que entraron en esta casa.

—Entonces tendrán que entrar y comprobarlo.

Los hombres permanecieron unos segundos en silencio y finalmente uno de ellos respondió:

—No queremos problemas con usted.

—Entonces váyanse.

Los pasos se alejaron lentamente.

Marcus esperó varios minutos antes de salir de la habitación.

—Gracias.

La anciana lo miró.

—No me des las gracias. Mi hijo murió durante la enfermedad.

Marcus bajó la mirada.

—Lo siento.

—Tú lo atendiste.

Él levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Él me habló de ti antes de morir.

Livia observó el rostro de Marcus y comprendió que aquella pérdida probablemente era una de las muchas que llevaba consigo sin haber hablado nunca de ellas.

—¿Qué dijo? —preguntó él.

—Que no lo dejaste solo.

Marcus permaneció en silencio.

La mujer señaló una pequeña puerta posterior.

—Pueden salir por allí.

Antes de marcharse, Livia se volvió.

—¿Cómo se llama?

—Octavia.

—Gracias, Octavia.

—No vuelvas.

Livia comprendió que la anciana no lo decía por rechazo, sino porque sabía que una segunda visita podía significar la muerte.

Salieron hacia un callejón y caminaron rápidamente hasta una zona donde las viviendas estaban más separadas. Marcus necesitaba encontrar a Titus, pero ahora sabían que los hombres de Cassiano estaban buscando el mismo lugar y que probablemente el trabajador había tenido que abandonar el depósito.

—¿Dónde crees que está? —preguntó Livia.

—Si ha conseguido escapar, buscará un lugar donde nadie lo conozca.

—¿Dónde?

—Entre los trabajadores que llegan de otras ciudades.

Daria señaló una construcción.

—Allí hay un grupo de carreteros.

Se acercaron con cautela y Marcus preguntó por un hombre que había llegado herido.

Uno de los carreteros negó conocerlo, pero una mujer que estaba sentada cerca de un carro levantó la mirada.

—Yo lo vi.

Marcus se acercó.

—¿Dónde?

—En el almacén abandonado.

—¿Cuándo?

—Hace una hora.

—¿Solo?

—No.

—¿Con quién?

La mujer dudó.

—Con otro hombre.

—¿Cómo era?

—Mayor, vestido como funcionario.

Marcus y Livia se miraron.

—¿Hacia dónde fueron?

La mujer señaló una calle.

—Hacia el río.

Marcus comenzó a caminar inmediatamente.

—Tenemos que seguirlos.

—¿Quién era el otro hombre? —preguntó Livia.

—Creo que ya lo sabes.

Ella sintió un escalofrío.

—El hombre que supuestamente está muerto.

Marcus asintió.

Llegaron cerca del río y encontraron señales recientes de que alguien había pasado por allí. Un trozo de tela estaba atrapado en una rama y Marcus lo reconoció.

—Es de Titus.

Continuaron avanzando hasta encontrar una pequeña embarcación abandonada.

—Aquí estuvieron.

Daria miró hacia el agua.

—¿Se fueron?

—Probablemente.

Marcus encontró una tablilla escondida debajo de una cuerda.

—Esto es de Titus.

Livia la abrió.

Había una dirección escrita.

—¿Qué significa?

Marcus leyó.

—Es una casa de Roma.

—Entonces él está intentando regresar.

—Sí.

—Tenemos que ir allí.

Marcus negó.

—Primero debemos llegar antes que quienes lo buscan.

El viaje de regreso a Roma fue tenso y silencioso. Encontraron un carro que partía antes del amanecer y lograron convencer al conductor de llevarlos a cambio de trabajo durante el trayecto. Livia permaneció cubierta con un manto y Marcus se ocultó entre los sacos, mientras Daria vigilaba continuamente el camino.

Cuando llegaron a Roma, se dirigieron hacia la dirección indicada por Titus.

La vivienda parecía abandonada.

Marcus golpeó suavemente.

Nadie respondió.

Golpeó nuevamente.

Una voz respondió desde dentro.

—¿Quién es?

—Marcus.

La puerta se abrió.

Titus apareció con el rostro herido.

—Pensé que estaban muertos.

—Nosotros pensamos lo mismo de ti.

Titus dejó escapar una risa cansada.

—No tuvieron tanta suerte.

Marcus entró.

—¿Dónde está el otro hombre?

Titus cerró la puerta.

—Se fue.

—¿Por qué?

—Porque sabía que yo ya estaba a salvo.

—¿Quién es?

Titus miró a Livia.

—El hombre que todos creen muerto.

—¿Su nombre?

Titus respiró profundamente.

—Aulus Varro.

Livia reconoció inmediatamente el nombre que había aparecido en los documentos de su padre.

—¿Qué relación tiene con Severus?

Titus la miró.

—Fue uno de sus hombres durante años.

—¿Y Cassiano?

—También.

Marcus se acercó.

—¿Qué estaban haciendo?

Titus señaló una pequeña caja.

—Mira.

Marcus la abrió.

Dentro había sellos, documentos y pequeñas piezas de metal.

—Son sellos oficiales.

—Sí.

—¿De quién?

—De funcionarios del puerto.

Livia tomó uno de los documentos.

—Esto demuestra que podían alterar los registros.

—Exactamente.

Marcus revisó otro.

—Y también podían hacer parecer que un cargamento llegó después de lo que realmente llegó.

Livia sintió que comprendía finalmente la dimensión de aquello.

—Entonces podían hacer que pareciera que Marcus estuvo allí antes de que comenzara la enfermedad.

Titus asintió.

—Y podían culpar a cualquiera.

Daria miró hacia la puerta.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué? —preguntó Titus.

—Porque alguien sabe dónde estamos.

En ese momento escucharon golpes.

Marcus guardó los documentos.

—¿Hay otra salida?

Titus señaló el patio.

—Por allí.

Los cuatro comenzaron a avanzar cuando una voz llegó desde el exterior.

—¡Abran en nombre de la autoridad!

Marcus miró a Livia.

—Ahora.

Salieron por el patio posterior y comenzaron a correr por una calle estrecha. Los hombres entraron en la vivienda detrás de ellos y comenzaron a perseguirlos.

Livia corría junto a Daria mientras Marcus y Titus avanzaban unos metros delante.

—¡Por aquí! —gritó Titus.

Giraron hacia una calle secundaria y llegaron a una pequeña construcción donde varias personas se encontraban reunidas.

Junia apareció entre ellas.

—¡Marcus!

Él se detuvo.

—Tenemos los documentos.

Junia tomó la caja.

—¿Titus?

—Está vivo.

—Entonces vámonos.

—¿A dónde?

Junia miró a Livia.

—A un lugar donde puedan esconderse todos.

Pero antes de que pudiera explicar dónde, se escucharon pasos aproximándose desde el otro extremo de la calle.

Junia cerró la puerta.

—Ya están aquí.

Marcus miró a Livia.

—No podemos quedarnos.

—¿Qué hacemos?

Junia señaló una pequeña escalera que descendía hacia el sótano.

—Hay una salida debajo.

Bajaron rápidamente mientras afuera comenzaban a golpear la puerta.

Cuando llegaron al fondo encontraron un túnel estrecho que conducía hacia las antiguas galerías bajo una zona de viviendas.

Marcus tomó la mano de Livia.

—No la sueltes.

Ella asintió.

Avanzaron en la oscuridad mientras detrás de ellos los golpes contra la puerta se hacían cada vez más fuertes, y cuando finalmente llegaron al otro extremo del túnel encontraron a un grupo de personas esperando con lámparas encendidas.

Entre ellas había un hombre anciano que miró directamente a Livia y después a Marcus.

—Tenemos que hablar —dijo—. Porque ya sabemos quién está detrás de las acusaciones.

 

 

 

 

CAPÍTULO 12

 

El anciano que los esperaba en las galerías sostenía una lámpara de aceite con ambas manos y observaba a Marcus con una serenidad que contrastaba con la agitación de quienes acababan de descender por el túnel, mientras detrás de ellos continuaban escuchándose golpes apagados y voces que se filtraban desde la vivienda superior, y aunque Livia había imaginado durante los últimos días que cada nuevo descubrimiento podía acercarla finalmente a una explicación, en aquel momento comprendió que la verdad que buscaban podía ser mucho más peligrosa que cualquiera de las sospechas que hasta entonces habían manejado. El anciano no parecía un hombre acostumbrado a las intrigas políticas ni a los negocios del puerto, sino alguien que había pasado buena parte de su vida copiando documentos, leyendo nombres y aprendiendo a reconocer la importancia de aquello que otros consideraban insignificante.

—Me llamo Quintus Flavius —dijo finalmente—, y durante treinta años trabajé como escribiente en las oficinas del puerto de Ostia, aunque hace algunos años comprendí que había documentos que era mejor conservar lejos de quienes pagaban por hacerlos desaparecer.

Livia miró a Marcus, mientras Titus permanecía unos pasos detrás con la espalda apoyada contra la pared y Daria observaba las entradas de la galería con la prudencia de quien había aprendido que una amenaza podía aparecer en cualquier momento. Marcus se acercó al anciano y le mostró la caja que Titus había encontrado, pero Quintus no la abrió inmediatamente, porque antes de mirar los sellos necesitaba comprobar que nadie los había seguido.

—¿Quiénes nos persiguen? —preguntó Marcus.

—Hombres de Cassiano, hombres vinculados al senador y algunos funcionarios que probablemente ni siquiera saben para quién están trabajando realmente, porque una conspiración de este tamaño no se sostiene únicamente con hombres que conocen toda la verdad, sino con muchos hombres que reciben órdenes pequeñas y nunca preguntan qué propósito tienen.

—Entonces sabe quién está detrás de todo esto —dijo Livia.

Quintus la observó detenidamente antes de responder, como si necesitara decidir cuánto podía decir delante de ella.

—Sé quiénes aparecen en los documentos, sé quién autorizó ciertos movimientos de mercancías y sé quién recibió dinero después de que comenzaron las primeras muertes, pero todavía no puedo afirmar quién diseñó todo el plan ni qué pretendían conseguir cuando comenzó la enfermedad.

—¿Y Marcus? —preguntó Livia—. ¿Por qué quieren convertirlo en culpable?

Quintus dejó escapar lentamente el aire.

—Porque era el hombre perfecto para cargar con una culpa que necesitaban colocar sobre alguien.

Marcus no respondió, pero Livia percibió en su rostro el cansancio acumulado durante semanas, no solamente por las heridas y las noches de huida, sino por la humillación de haber sido acusado precisamente de aquello que había intentado combatir desde el primer día. Quintus abrió finalmente la caja y comenzó a revisar los sellos, mientras Titus se acercaba y señalaba uno de ellos.

—Ese pertenece a la oficina de control sanitario del puerto.

—No —respondió Quintus—. Pertenecía.

—¿Qué quiere decir?

—Que el funcionario que debía custodiarlo murió poco después de comenzar la epidemia.

Livia sintió que el frío de las galerías penetraba su vestido.

—¿Murió de la enfermedad?

—Eso dijeron.

—¿Y usted no lo cree?

—Creo que cuando un hombre muere y sus documentos desaparecen el mismo día, cuando sus cuentas son cerradas antes de que se comunique oficialmente su muerte y cuando otro funcionario comienza a firmar en su nombre, es razonable hacer preguntas.

Daria se acercó.

—¿Ese funcionario era Aulus Varro?

Quintus levantó la mirada.

—Ya conocen ese nombre.

—Titus lo vio vivo.

—Entonces Titus ha visto algo que muchos hombres matarían por impedir que se conozca.

Titus bajó la cabeza.

—Yo solamente descargaba mercancías.

—Precisamente por eso eres peligroso —respondió Quintus—. Un hombre que ocupa un puesto importante puede ser desacreditado, pero un trabajador que recuerda lo que vio con sus propios ojos puede resultar mucho más difícil de silenciar.

Marcus tomó uno de los documentos y lo extendió bajo la luz.

—Aquí aparece una autorización fechada seis días antes de los primeros casos.

Quintus asintió.

—Y aquí hay otra fechada dos días después.

—La misma mercancía.

—Eso parece.

—Pero no puede ser.

—No, no puede.

Livia se inclinó sobre el documento.

—¿Qué significa?

Quintus señaló una columna de números.

—La primera entrada registra el cargamento como recibido y almacenado en un depósito de Cassiano. La segunda modifica la fecha de llegada y la cantidad registrada, de manera que parece que una parte de la mercancía llegó después de que la enfermedad ya había comenzado.

—¿Para qué?

—Para borrar la relación entre el cargamento y los primeros enfermos.

Marcus levantó la cabeza.

—Entonces alguien sabía que aquel cargamento podía estar relacionado con la enfermedad.

—O sabía que podía parecerlo.

—¿Hay diferencia?

—Mucha. Si el cargamento realmente estaba contaminado, alguien pudo haberlo ocultado para proteger sus ganancias; si no estaba contaminado, alguien pudo haberlo utilizado como parte de una operación destinada a obtener ventajas comerciales, eliminar rivales o provocar una investigación contra determinados grupos.

Livia recordó las palabras de su padre y comprendió de pronto que los problemas comerciales de Gaius podían estar relacionados con aquello que estaba sucediendo.

—Mi padre perdió contratos después de que comenzó la epidemia.

Quintus levantó los ojos.

—¿Gaius Valerius?

—Sí.

El anciano permaneció callado durante unos segundos.

—Entonces quizá su padre no fue solamente un hombre utilizado por otros. Quizá también fue uno de los objetivos.

Livia sintió que aquella posibilidad le dolía más de lo que esperaba.

—Él prestó dinero a Cassiano por petición de Severus.

—Lo sé.

Marcus miró a Livia.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque el préstamo aparece en una copia de los registros privados de Cassiano, y porque alguien se aseguró de que la cantidad quedara vinculada a una operación que posteriormente podría comprometer a su padre.

—¿Lo querían involucrar?

—Si la operación fracasaba, sí. Si triunfaba, probablemente habrían recuperado el dinero y nadie habría hecho preguntas.

Daria intervino.

—Pero si Gaius fue utilizado, ¿por qué Severus sigue intentando controlar a Livia?

Quintus no respondió inmediatamente.

—Porque una hija puede ser más útil que un padre arruinado.

Livia comprendió entonces que el matrimonio que Severus pretendía imponerle no era únicamente una cuestión de prestigio social. El senador quería tener cerca a una familia comercial cuya posición podía haber quedado comprometida y, al mismo tiempo, necesitaba asegurarse de que los documentos que habían llegado hasta ella desaparecieran antes de que pudieran ser presentados ante una autoridad capaz de investigarlos.

—No quiere casarse conmigo —dijo ella lentamente—. Quiere controlar lo que mi familia sabe.

—Eso es lo que parece.

Marcus dejó el documento sobre la mesa improvisada.

—Necesitamos llevar esto ante alguien que pueda actuar.

Quintus lo miró con una expresión casi triste.

—¿Ante quién?

Marcus guardó silencio.

—Los funcionarios del puerto están comprometidos —continuó Quintus—. Algunos magistrados reciben dinero de hombres como Cassiano. Y si llevan esos documentos directamente ante una autoridad que responda ante Severus, no conseguirán una investigación, sino que entregarán sus propias pruebas a quienes desean destruirlas.

Livia recordó entonces algo que Claudia le había dicho semanas atrás, una frase que en aquel momento había parecido solamente una muestra de miedo.

—Mi madre dijo que mi padre tenía miedo de que alguien más poderoso que él estuviera detrás de Cassiano.

—Su padre tiene razón.

—¿Y qué podemos hacer?

Quintus miró a Marcus.

—Primero necesitan encontrar al escribiente que trabajó conmigo.

—¿Dónde está?

—No lo sé con certeza.

—Entonces ¿por qué lo necesitamos?

—Porque él copió el registro original antes de que lo alteraran.

Marcus se inclinó hacia adelante.

—¿Una copia completa?

—Una copia de las entradas del puerto, de los sellos utilizados y de las personas que autorizaron cada movimiento. Si todavía conserva ese documento, podrán demostrar que las fechas fueron modificadas después.

Titus negó con la cabeza.

—Si está vivo, ¿por qué no lo ha entregado ya?

Quintus lo miró.

—Porque sabe lo que puede sucederle.

Un ruido lejano interrumpió la conversación. Todos quedaron inmóviles y durante unos instantes solamente se escuchó el débil crepitar de las lámparas. Marcus apagó la suya y levantó una mano para pedir silencio.

Los pasos no parecían proceder de la entrada por la que habían llegado, sino de una galería lateral.

Daria se acercó a Livia.

—No estamos solos.

Marcus indicó a Titus que se apartara y a Quintus que ocultara la caja. El anciano obedeció con rapidez y condujo a todos hacia una cámara lateral donde las paredes parecían haber sido utilizadas durante años para almacenar ánforas y herramientas. Livia se apoyó contra la piedra y sintió cómo Marcus se colocaba delante de ella, mientras Daria permanecía a su lado.

—Si entran aquí, tendremos que seguir hacia el sur —susurró Quintus—. Hay otra salida.

—¿Cuánto falta? —preguntó Marcus.

—No demasiado.

Los pasos se acercaron y una voz comenzó a escucharse desde el corredor.

—Registren todas las galerías.

Livia reconoció aquella voz.

Era uno de los hombres que habían entrado en la casa.

Marcus también la reconoció.

—Nos siguieron.

—No necesariamente —susurró Quintus—. Podrían estar buscando a otra persona.

Entonces se escuchó un nombre.

—¡Titus!

El trabajador cerró los ojos.

—Saben que estoy aquí.

Marcus se volvió hacia él.

—¿Puedes caminar?

—Puedo correr.

—Entonces correrás cuando te diga.

Los hombres comenzaron a avanzar por la galería y la luz de una lámpara apareció al fondo. Marcus esperó hasta que estuvieron suficientemente cerca y entonces lanzó una piedra hacia el corredor opuesto. El ruido provocó que dos hombres se desviaran hacia aquella dirección, mientras un tercero avanzaba hacia la cámara donde se encontraban.

Daria tomó una pequeña vara de madera y golpeó una lámpara contra el suelo. La oscuridad se extendió de inmediato y Marcus aprovechó el desconcierto para empujar al hombre contra la pared. Titus salió corriendo y Livia siguió a Marcus mientras Quintus los guiaba por un corredor estrecho.

Avanzaron casi a tientas hasta que encontraron una escalera.

—Suban —dijo Quintus.

—¿Y usted?

—Yo conozco estas galerías mejor que ellos.

—No voy a dejarlo —respondió Marcus.

—No seas necio. Si me encuentran, solamente tendrán a un anciano. Si los encuentran a ustedes, tendrán los documentos y a Titus.

Livia comprendió que tenía razón, pero antes de subir se acercó al anciano.

—Volveremos.

Quintus la sostuvo del brazo.

—No prometas cosas que todavía no puedes cumplir.

Subieron rápidamente y llegaron a una pequeña habitación abandonada que comunicaba con una calle estrecha. Marcus miró hacia ambos lados antes de salir.

—Tenemos que encontrar al escribiente.

—¿Y Junia? —preguntó Livia.

—Ella puede ayudarnos.

—¿Dónde?

—En una casa cercana al Aventino.

Daria negó.

—No podemos volver allí.

—No directamente.

Caminaron durante casi una hora, evitando las calles principales y utilizando patios, almacenes y pequeños callejones hasta aproximarse a una zona donde Marcus conocía a varios trabajadores. Allí una mujer les permitió descansar unos minutos y les informó de que Junia había dejado un mensaje para ellos.

—Dijo que si aparecía Marcus, debía decirle que buscara al hombre de la tinta azul.

Marcus frunció el ceño.

—¿La tinta azul?

Livia recordó entonces el documento encontrado en casa de su padre.

—En uno de los registros había una firma hecha con tinta azul.

Daria la miró.

—¿Crees que es el mismo hombre?

—No lo sé, pero tenemos que averiguarlo.

La mujer les entregó una pequeña tablilla.

—Junia dijo que esto les serviría.

Marcus la tomó y leyó una dirección.

—Está cerca del Foro.

—¿Quién vive allí? —preguntó Livia.

—Un antiguo funcionario.

—¿El escribiente?

—Quizá.

Antes de continuar, Livia tomó la mano de Marcus y lo llevó hacia una esquina donde podían hablar sin ser escuchados.

—Estás herido otra vez.

Marcus miró la sangre que comenzaba a atravesar la tela de su túnica.

—No es importante.

—Para mí sí.

Él intentó sonreír.

—No deberías preocuparte tanto.

—Ya no sé cómo hacerlo de otra manera.

Marcus la observó durante unos segundos.

—Livia, todavía puedes regresar.

—No.

—Tu familia está en peligro.

—Lo sé.

—Puedes perder tu casa, tu nombre, tu herencia.

—También lo sé.

—Y quizá no podamos salir de esto.

Livia apretó su mano.

—No necesito que me prometas que todo terminará bien.

Marcus bajó la mirada.

—Entonces ¿qué necesitas?

—Que no me apartes cada vez que tienes miedo.

Él permaneció en silencio y finalmente respondió con una voz apenas audible.

—Tengo miedo precisamente porque ya no puedo imaginar que te ocurra algo.

Livia no respondió con palabras. Se limitó a acercarse y apoyar la frente contra su hombro durante unos instantes, mientras él permanecía inmóvil, como si aquel gesto sencillo tuviera más peso que cualquier promesa. Después Marcus se separó lentamente y miró hacia la calle.

—Tenemos que seguir.

—Sí.

Regresaron junto a Daria y continuaron hacia la dirección indicada. Cuando llegaron, encontraron una pequeña casa con la puerta cerrada y ningún signo de actividad. Marcus golpeó tres veces, esperó, y volvió a hacerlo dos veces más.

Nadie respondió.

Daria rodeó la casa y regresó después de unos minutos.

—La puerta posterior está abierta.

Entraron con cuidado.

En una habitación encontraron una mesa cubierta de documentos, varias tablillas y un recipiente con tinta azul.

Livia se acercó lentamente.

—Es la misma.

Marcus revisó los documentos.

—Aquí hay nombres.

Daria tomó uno.

—Cassiano.

Livia tomó otro.

—Severus.

Marcus levantó una tercera tablilla.

—Aulus Varro.

Los tres nombres aparecían juntos en distintos registros.

Entonces escucharon un ruido en la habitación superior.

Marcus guardó los documentos y tomó una lámpara.

—Hay alguien arriba.

Subieron lentamente y encontraron a un hombre escondido detrás de una puerta. Era de mediana edad, delgado, con el rostro desencajado y las manos manchadas de tinta.

Al verlos, retrocedió.

—No.

Marcus levantó las manos.

—No queremos hacerle daño.

—No debieron venir.

Livia se acercó.

—¿Usted es el escribiente?

El hombre la miró.

—¿Quién los envió?

—Nadie.

—Entonces están muertos.

—¿Por qué?

El hombre señaló los documentos que Marcus llevaba consigo.

—Porque si tienen eso, ya saben demasiado.

Marcus se acercó.

—Necesitamos saber qué ocurrió con los cargamentos.

El hombre comenzó a temblar.

—No fueron los cargamentos.

Livia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Entonces qué fue?

El escribiente miró hacia la ventana.

—El cargamento solamente fue la primera parte.

—¿De qué?

El hombre tragó saliva.

—De algo que comenzó mucho antes de que apareciera la enfermedad.

En ese momento se escucharon golpes violentos en la puerta de abajo.

El escribiente cerró los ojos.

—Ya nos encontraron.

Marcus apagó la lámpara.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

Los golpes volvieron a sacudir la casa y una voz gritó desde la calle que abrieran inmediatamente. Livia miró a Marcus y comprendió que ya no tenían tiempo para averiguar qué había ocurrido antes de la epidemia, porque la respuesta estaba allí, a pocos pasos de ellos, y los hombres que venían a buscarla también sabían que existía.

 

 

 

 

CAPÍTULO 13

 

Los golpes contra la puerta volvieron a sacudir la pequeña casa y esta vez fueron acompañados por una orden mucho más clara, pronunciada con la autoridad de quien estaba acostumbrado a que los demás obedecieran sin preguntar, mientras el escribiente permanecía inmóvil junto a la pared y Marcus recorría con la mirada la habitación buscando una salida que no los obligara a atravesar nuevamente la calle principal. Livia comprendió que aquel hombre había vivido demasiado tiempo escondido como para conservar la esperanza de que todavía existiera una solución sencilla, y cuando lo vio acercarse a una pared cubierta por una estantería comprendió que quizá aquella casa escondía más secretos de los que habían imaginado.

—Hay una salida detrás de esos estantes —susurró el hombre—, pero solamente conduce a un pasadizo estrecho y después a una casa abandonada.

Marcus apartó la estantería con ayuda de Titus y Daria, mientras Livia recogía rápidamente los documentos que habían quedado sobre la mesa y los escondía bajo su túnica. Los golpes se hicieron más fuertes y una parte de la puerta comenzó a ceder, pero antes de que los hombres pudieran entrar, Marcus consiguió abrir el paso oculto.

—Todos adentro —ordenó—. Primero Livia y Daria, después Titus, luego él y finalmente yo.

—No —respondió el escribiente—. Yo conozco el camino.

—Entonces irá delante.

El hombre tomó una pequeña lámpara y desapareció por el hueco. Livia entró detrás de él y tuvo que agacharse inmediatamente, porque el túnel era tan bajo que apenas podían avanzar sin golpearse contra las piedras. Daria venía detrás y Titus cerraba el grupo, mientras Marcus permanecía unos segundos más en la habitación para borrar cualquier señal que pudiera indicar por dónde habían escapado.

Cuando finalmente entró, escucharon cómo la puerta principal era derribada y las voces de los perseguidores llenaron la casa, pero el pasadizo se había vuelto demasiado estrecho para detenerse, de modo que continuaron avanzando hasta que el ruido quedó reducido a una vibración distante que se confundía con los sonidos de la ciudad.

—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Livia.

—Los mismos que llevan semanas buscando a Marcus —respondió el escribiente.

—Eso ya lo sabemos, pero ahora sabemos también que están buscando sus documentos.

El hombre guardó silencio durante varios pasos.

—Porque esos documentos demuestran que la enfermedad no comenzó donde dijeron.

Marcus se detuvo.

—¿Qué quiere decir?

El escribiente se volvió con dificultad.

—Que los primeros enfermos no fueron trabajadores pobres ni cristianos ni personas que hubieran tenido contacto con ustedes. Los primeros casos aparecieron entre hombres que descargaron una mercancía determinada.

Titus respiró profundamente.

—Yo estaba allí.

—Sí.

—Entonces ¿por qué nadie habló?

—Porque los hombres que podían hablar comenzaron a desaparecer.

Livia sintió que las piezas empezaban a unirse de una manera inquietante.

—¿Qué contenían esos cargamentos?

El escribiente bajó la voz.

—No lo sé con certeza, porque solamente vi los registros, pero estaban relacionados con productos medicinales y sustancias utilizadas en preparados para conservar determinados alimentos y mercancías durante el transporte.

Marcus frunció el ceño.

—Algunas sustancias pueden ser peligrosas si se utilizan de manera incorrecta.

—Eso pensé yo.

—¿Y Cassiano?

—Cassiano recibió el cargamento.

—¿Por orden de Severus?

El hombre tardó en responder.

—No directamente.

—¿Entonces?

—A través de Aulus Varro.

Marcus intercambió una mirada con Livia.

—Varro está vivo.

—Lo sé.

—¿Dónde está?

—No puedo decírselo.

—¿Porque tiene miedo?

—Porque si Varro descubre que hablé, no habrá escondite suficientemente profundo para protegerme.

Continuaron avanzando hasta llegar a una cámara pequeña donde podían permanecer de pie. El escribiente apagó la lámpara y esperó hasta que todos estuvieran en silencio.

—Hay algo más —dijo finalmente—. La enfermedad fue aprovechada después de que comenzó.

Livia sintió un nudo en el estómago.

—¿Aprovechada para qué?

—Para controlar el puerto, eliminar determinadas mercancías, desacreditar a algunos comerciantes y provocar que las autoridades intervinieran en zonas que antes estaban fuera del control directo de ciertos funcionarios.

Marcus comprendió inmediatamente.

—Y los cristianos fueron señalados porque cuidaban a los enfermos.

—Exactamente.

—Entonces me eligieron a mí porque atendía a esos enfermos.

—Y porque nadie de su posición habría defendido públicamente a un médico pobre acusado de algo semejante.

Livia miró a Marcus y sintió una mezcla de indignación y tristeza.

—Querían que todos creyeran que él había llevado la enfermedad de un lugar a otro.

—Era una historia fácil de aceptar —respondió el escribiente—. Un médico que aparece donde hay enfermos, un grupo religioso que recoge a los moribundos, reuniones clandestinas y una epidemia que nadie entiende. Bastaba con unir esos hechos delante de las personas adecuadas.

Marcus permaneció en silencio.

—¿Y qué ganaba Severus con todo esto? —preguntó Livia.

El escribiente abrió los ojos en la oscuridad.

—Eso todavía no lo sé.

—Pero usted dijo que había documentos.

—Hay uno que nunca copié.

—¿Dónde está?

—Con Varro.

Antes de que pudieran continuar, escucharon pasos en el túnel.

El escribiente apagó completamente la lámpara.

—Nos encontraron.

Titus respiró con dificultad.

—¿Hay otra salida?

—Sí, pero está bloqueada.

Marcus sacó su pequeño cuchillo y comenzó a retirar piedras de una abertura lateral. Daria se arrodilló junto a él y lo ayudó, mientras Livia sostenía la lámpara apagada y escuchaba cómo las voces se aproximaban desde el corredor.

—Tenemos poco tiempo —susurró Marcus.

—Lo sé.

—Livia, cuando salgamos, debes irte con Daria.

—No.

—Escúchame.

—No.

Marcus la tomó suavemente del brazo.

—Si nos separamos, quizá alguno pueda escapar.

—Ya hemos intentado separarnos demasiadas veces.

Él quiso responder, pero la expresión de Livia le hizo comprender que no conseguiría convencerla.

—Entonces mantente cerca de mí.

Daria consiguió retirar una piedra más grande y apareció una corriente de aire.

—Hay espacio detrás.

Marcus amplió el hueco y pasó primero. Después ayudó a Livia, luego a Daria, Titus y finalmente al escribiente, que salió cubierto de polvo.

Apenas habían avanzado unos metros cuando escucharon a los hombres entrar en la cámara que acababan de abandonar.

El túnel desembocaba en un pequeño depósito abandonado próximo a una calle secundaria. Marcus abrió la puerta con cuidado y comprobó que no hubiera nadie.

—Podemos salir.

Caminaron rápidamente hasta una zona más concurrida, donde la presencia de vendedores, trabajadores y carros dificultaba que los perseguidores pudieran distinguirlos. El escribiente avanzaba junto a Titus con la cabeza cubierta y Livia caminaba al lado de Marcus, quien mantenía una mano sobre la herida que volvía a sangrar.

—Tenemos que detenernos —dijo ella.

—No aquí.

—Estás perdiendo sangre.

—Después.

—Marcus.

Él la miró y finalmente aceptó.

Entraron en una pequeña vivienda cuyo propietario conocía a Junia y allí Daria consiguió agua limpia mientras Livia limpiaba la herida. El escribiente permaneció sentado en silencio hasta que Marcus terminó de vendarse.

—¿Cómo se llama realmente? —preguntó Livia.

—Gaius Numerius.

—¿Y por qué nunca entregó esos documentos?

El hombre bajó los ojos.

—Porque durante años pensé que sobrevivir era suficiente.

Livia no respondió, pero comprendió lo que quería decir, porque ella misma había vivido durante mucho tiempo creyendo que mantenerse dentro de los límites de su familia era una forma de estar a salvo.

Marcus se acercó a la ventana.

—Tenemos que llevarlo a un lugar seguro.

—¿Dónde? —preguntó Daria.

Marcus pensó unos segundos.

—Con Junia.

Gaius Numerius negó inmediatamente.

—No.

—Ella puede protegerlo.

—Si me llevan allí, pondrán en peligro a todos.

Livia intervino.

—Entonces necesitamos otro lugar.

El escribiente la miró fijamente.

—Conozco uno.

—¿Dónde?

—Debajo del antiguo almacén de mármol, cerca del río.

Marcus comprendió de inmediato.

—Hay una entrada hacia las galerías.

—Sí.

—¿Y qué hay allí?

—Una persona que puede ayudarnos.

—¿Quién?

Gaius Numerius respiró profundamente antes de responder.

—Aulus Varro.

El silencio que siguió fue absoluto.

Livia miró a Marcus, Marcus miró a Titus y Titus se incorporó lentamente.

—¿Varro está escondido allí?

—Desde hace semanas.

—¿Y por qué no lo dijo antes? —preguntó Marcus.

—Porque no sabía si podía confiar en ustedes.

Livia se levantó.

—Entonces iremos.

Marcus la miró con preocupación.

—Puede ser una trampa.

—También puede ser la única oportunidad que tenemos.

Gaius Numerius abrió la puerta y salió primero. Los demás lo siguieron después de asegurarse de que nadie los vigilaba. Caminaron durante largo rato por calles cada vez más estrechas, mientras la tarde comenzaba a caer sobre Roma y las sombras de los edificios se alargaban sobre las piedras. Cuando finalmente llegaron cerca del río, el escribiente se detuvo frente a un almacén abandonado.

—Aquí.

Marcus empujó la puerta.

Dentro no había nadie.

Gaius Numerius avanzó hasta el fondo y apartó unas tablas. Debajo apareció una abertura.

—Por aquí.

Descendieron uno tras otro hasta una galería húmeda y silenciosa. Después de avanzar unos minutos, el escribiente se detuvo frente a una puerta de madera.

Golpeó tres veces.

Nadie respondió.

Golpeó otras dos.

Entonces se escuchó una voz desde el interior.

—¿Quién es?

Gaius Numerius respondió:

—El hombre que todavía conserva la tinta azul.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

Al otro lado apareció un hombre de rostro demacrado, barba crecida y una cicatriz que atravesaba su mejilla.

Livia lo reconoció por los dibujos y descripciones que había visto en los documentos.

Aulus Varro estaba vivo.

Y antes de que Marcus pudiera decir una palabra, Varro miró directamente a Livia y pronunció su nombre.

—Livia Valeria.

Ella retrocedió sorprendida.

—¿Cómo sabe quién soy?

Varro cerró la puerta detrás de ellos y respondió en voz baja.

—Porque su padre no fue el único hombre al que engañaron, y porque si Severus descubre que usted está aquí, no quedará nadie en Roma capaz de protegerla.

 

 

 

 

CAPÍTULO 14

 

Aulus Varro permaneció unos instantes frente a ellos, observándolos con una mezcla de desconfianza y agotamiento, mientras la luz de la pequeña lámpara dibujaba sobre su rostro las marcas de las semanas que llevaba oculto y hacía visible una cicatriz que comenzaba cerca de la sien y descendía hasta la mandíbula, y Livia comprendió que aquel hombre, al que había conocido primero como un nombre escrito en documentos y después como alguien supuestamente muerto, no se parecía en nada a la figura poderosa que había imaginado al leer las referencias sobre su antiguo cargo. Parecía más bien un hombre perseguido que había sobrevivido por una combinación de prudencia, miedo y circunstancias que todavía no conocían, pero había algo en su mirada que le indicó que sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a contar.

—Entren —dijo finalmente—. Y cierren la puerta.

Marcus obedeció mientras Titus vigilaba el corredor y Daria permanecía junto a Livia. Cuando todos estuvieron dentro, Varro tomó la lámpara y la colocó sobre una mesa.

—No tenemos mucho tiempo.

—Eso parece ser lo único que todos nos dicen últimamente —respondió Livia.

Varro la miró con cierta sorpresa.

—Se parece a su madre.

—¿Conoció a Claudia?

—Hace años, cuando su padre comenzó a hacer negocios importantes en el puerto, aunque nunca tuve una relación cercana con ella.

Marcus intervino.

—Queremos saber qué ocurrió con los cargamentos.

Varro permaneció callado durante unos segundos.

—No fueron enviados para provocar una epidemia.

Titus dio un paso adelante.

—Entonces ¿qué contenían?

—Materiales destinados a fabricar determinados preparados medicinales y conservantes, algunos de ellos perfectamente legales y otros adquiridos mediante intermediarios que no debían aparecer en los registros.

Marcus frunció el ceño.

—¿Y cómo comenzó la enfermedad?

—Eso todavía no puedo afirmarlo con certeza.

—Pero sabe que Marcus no tuvo nada que ver.

—Lo sé.

—¿Cómo?

Varro se volvió hacia él.

—Porque yo estaba presente cuando llegó el primer cargamento y porque vi quién ordenó abrirlo.

Livia sintió que aquella respuesta cambiaba nuevamente la historia.

—¿Quién?

Varro la miró directamente.

—Un hombre que trabajaba para Cassiano.

—¿Cassiano?

—Sí, pero Cassiano tampoco actuaba solo.

—Severus —dijo Livia.

Varro no respondió, pero su silencio fue suficiente.

Daria preguntó entonces:

—¿Qué buscaban conseguir?

Varro caminó lentamente por la habitación.

—El puerto estaba atravesando una disputa comercial. Algunos comerciantes querían que determinadas rutas quedaran bajo su control y necesitaban desacreditar a quienes se oponían. La enfermedad apareció en medio de ese conflicto y se convirtió en una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué? —preguntó Livia.

—Para hacer que las autoridades intervinieran.

—¿Y los cristianos?

—Fueron utilizados como explicación.

Marcus apretó los dientes.

—¿Por qué nosotros?

—Porque ya existía desconfianza hacia ustedes y porque atendían a los enfermos sin preguntar quién podía pagar.

Livia comprendió entonces que Marcus había sido acusado no por algo que hubiera hecho, sino precisamente porque su presencia entre los pobres podía convertirse en una historia conveniente para quienes necesitaban un culpable.

—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Por qué desapareció?

Varro se tocó la cicatriz.

—Porque intenté detenerlo.

El silencio volvió a llenar la habitación.

—Encontré diferencias entre los registros originales y las copias oficiales, y descubrí que algunos nombres habían sido sustituidos. Cuando pregunté por qué, me dijeron que había cometido un error. Al día siguiente intentaron matarme.

Titus se acercó.

—Entonces usted sabe dónde están los registros originales.

Varro asintió.

—Los escondí antes de desaparecer.

—¿Dónde?

—En un lugar que nadie relacionado con Cassiano conoce.

Marcus dio un paso hacia él.

—Necesitamos esos registros.

—Sí.

—Entonces iremos por ellos.

Varro negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya no están seguros.

Livia intervino.

—¿Qué significa eso?

—Significa que alguien descubrió que existían.

Varro abrió una pequeña caja y sacó un fragmento de papiro.

—Hace dos días encontré esto en mi escondite.

Livia lo tomó y reconoció inmediatamente una de las firmas.

—Sextus Marcellus.

Marcus miró el documento.

—¿El funcionario que interrogó a mi padre?

—El mismo.

—¿Está trabajando con Severus?

Varro respondió con cautela.

—No sé si trabaja directamente para él, pero ha protegido sus intereses en más de una ocasión.

Daria señaló una anotación.

—Aquí aparece una cantidad.

Varro asintió.

—Dinero pagado por Cassiano.

Livia sintió que la respiración se le aceleraba.

—Entonces podemos demostrarlo.

—Podemos demostrar una parte.

—¿Qué falta?

Varro sacó otro documento.

—La declaración del hombre que vio quién ordenó manipular el cargamento.

Marcus lo miró fijamente.

—¿Quién es?

—Un médico.

Livia sintió un escalofrío.

—¿Otro médico?

—No.

Varro levantó la mirada.

—Tu madre.

Livia quedó inmóvil.

—¿Mi madre?

—Claudia Valeria estuvo en Ostia el día anterior a que comenzaran los primeros casos.

—Eso es imposible. Ella nunca me habló de eso.

—Porque después de aquella visita recibió una amenaza.

Livia sintió que todo a su alrededor parecía perder estabilidad.

—¿Qué vio?

—No lo sé.

—¿Entonces por qué cree que puede ayudarnos?

—Porque fue una de las pocas personas que habló con el hombre que manipuló los registros antes de que desapareciera.

Marcus miró a Livia.

—Tenemos que volver al Aventino.

—Mi padre no permitirá que entre.

—No necesitamos que lo permita.

Varro intervino.

—Si regresan, deben hacerlo antes del amanecer.

—¿Por qué?

—Porque mañana Severus celebrará una reunión con varios comerciantes y funcionarios.

Livia comprendió de inmediato.

—Va a cerrar el asunto.

—Probablemente.

—Y si descubre que Varro está vivo...

—Mandará hombres para matarlo.

Marcus se acercó a Livia.

—No puedes volver sola.

—No voy sola.

Daria levantó la cabeza.

—Yo voy contigo.

Titus se ofreció también, pero Varro negó con la cabeza.

—Demasiados hombres llamarían la atención. Solo ustedes dos y Marcus.

Livia negó.

—Daria viene conmigo.

Marcus no discutió.

Prepararon rápidamente lo necesario y salieron de la habitación. Varro les indicó una ruta diferente para evitar las calles vigiladas y les entregó el fragmento de papiro.

—Si encuentran a su madre, pregúntenle qué vio en Ostia.

—¿Y si no quiere hablar?

Varro la miró.

—Dígale que Aulus Varro está vivo.

El grupo avanzó durante horas, escondiéndose cuando escuchaban patrullas y utilizando caminos secundarios hasta aproximarse finalmente al Aventino. La casa de Livia apareció delante de ellos bajo la oscuridad, iluminada por algunas lámparas exteriores.

—No veo guardias —dijo Daria.

Marcus observó la entrada.

—Eso es lo que me preocupa.

Entraron por el antiguo pasaje que Claudia les había mostrado semanas atrás y llegaron a una habitación vacía. Livia avanzó hacia los aposentos de su madre, pero antes de llegar escuchó voces.

Reconoció una de ellas.

Era Gaius.

La otra pertenecía a Severus.

—Tu hija debe casarse mañana —decía el senador—. No podemos retrasarlo más.

Livia se quedó inmóvil.

—Ella no aceptará —respondió Gaius.

—Entonces obligarla será más sencillo que protegerla.

Marcus apretó el brazo de Livia.

—Tenemos que escuchar.

Desde el otro lado de la puerta, Claudia habló con una voz que Livia apenas reconoció.

—No permitiré que mi hija sea entregada a un hombre para ocultar lo que ustedes hicieron.

Severus respondió con una calma inquietante.

—Entonces quizá tenga que explicar a las autoridades por qué su familia colaboró con los enemigos de Roma.

Gaius guardó silencio.

Claudia continuó:

—No puede seguir amenazándonos.

—Puedo hacer mucho más que amenazar.

Se escucharon pasos y Livia comprendió que alguien se acercaba hacia la puerta.

Marcus la tomó de la mano y la condujo rápidamente hacia la habitación contigua. Daria los siguió, pero antes de que pudieran esconderse, Claudia abrió una puerta lateral y los vio.

Durante un instante madre e hija permanecieron mirándose.

Claudia no gritó.

No llamó a los guardias.

Solamente cerró la puerta detrás de ellos y abrazó a Livia con una fuerza que ella nunca había sentido en su madre.

—Pensé que estabas muerta —susurró Claudia.

—Estoy viva.

—¿Está Marcus contigo?

Livia asintió.

Claudia lo miró y luego observó a Daria.

—Entonces escúchenme con atención, porque ya no tenemos tiempo para ocultar nada.

Desde el corredor llegó la voz de Severus llamando a Claudia.

Ella tomó el rostro de su hija entre las manos.

—Lo que vi en Ostia comenzó mucho antes de la epidemia.

Livia sostuvo la mirada de su madre.

—Entonces cuéntamelo todo.

Claudia respiró profundamente, mientras al otro lado de la puerta los pasos de Severus comenzaban a acercarse nuevamente.

 

 

 

 

CAPÍTULO 15

 

Claudia respiró profundamente mientras los pasos de Severus se acercaban por el corredor, y durante unos instantes Livia tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido dentro de aquella habitación, porque su madre permanecía frente a ella con una expresión que mezclaba el miedo acumulado durante meses con una determinación que hasta entonces había permanecido escondida bajo años de obediencia, prudencia y silencio. Marcus estaba junto a la puerta, preparado para intervenir si alguien entraba, mientras Daria vigilaba la pequeña abertura que comunicaba con el pasadizo secreto, y Livia sostuvo las manos de su madre con ambas manos, esperando que finalmente pronunciara aquello que podía explicar no solamente la enfermedad, las acusaciones contra Marcus y la manipulación de los registros, sino también el extraño comportamiento de Gaius y la insistencia desesperada de Severus por convertir un matrimonio arreglado en una cuestión de vida o muerte.

—Lo que vi en Ostia ocurrió dos días antes de que comenzaran los primeros casos —dijo Claudia en voz baja—. Tu padre había recibido una invitación para una reunión comercial y me pidió que llevara unos documentos al puerto, porque necesitaba que fueran entregados personalmente a un funcionario que trabajaba con Cassiano, pero cuando llegué descubrí que la reunión no se celebraría donde me habían indicado y, como no quería regresar a casa con los documentos, decidí esperar hasta encontrar a la persona que debía recibirlos.

Livia escuchaba sin apartar la mirada de su madre, mientras Marcus se acercaba lentamente y Claudia continuaba hablando con la voz entrecortada por el temor de que el tiempo se agotara.

—Fue entonces cuando vi a Cassiano con Severus, aunque Severus no llevaba las insignias que acostumbraba utilizar y estaba acompañado por Aulus Varro y por un hombre al que no conocía. Discutían cerca de uno de los depósitos, y aunque no podía escuchar cada palabra, entendí que hablaban de una mercancía que había llegado antes de lo registrado oficialmente. Varro parecía molesto, incluso asustado, y le dijo a Cassiano que no podía autorizar la apertura del cargamento porque todavía faltaban determinados controles, pero Cassiano respondió que la orden ya había sido dada y que si alguien preguntaba, la responsabilidad recaería sobre otro funcionario.

—¿Quién era ese funcionario? —preguntó Marcus.

Claudia lo miró.

—Sextus Marcellus.

Marcus cerró los ojos durante un instante.

—Entonces él también estaba involucrado.

—No sé hasta dónde llegaba su participación, pero lo vi recibir una bolsa de monedas de manos del hombre que acompañaba a Severus, y después vi algo que me hizo comprender que aquello no era simplemente una disputa comercial.

Livia apretó las manos de su madre.

—¿Qué viste?

—Un grupo de trabajadores abrió las primeras cajas y algunos de ellos comenzaron a sentirse mal pocas horas después, pero antes de que eso ocurriera vi a Cassiano ordenar que se retiraran determinados recipientes del depósito y fueran llevados a otro lugar. Varro protestó, diciendo que aquello debía quedar registrado, y fue entonces cuando Severus le dijo que había demasiadas personas haciendo preguntas y que un hombre inteligente sabía cuándo callar.

La puerta del corredor se abrió parcialmente y la voz de Severus volvió a escucharse.

—Claudia, ¿estás ahí?

Claudia miró a Livia y llevó un dedo a sus labios.

—Todavía no.

Los pasos se detuvieron.

—Necesito hablar contigo.

—En un momento —respondió Claudia con una serenidad que sorprendió incluso a Livia.

Se escucharon unos segundos de silencio y luego los pasos se alejaron.

Claudia volvió a hablar.

—Después de aquella escena, me marché con los documentos, pero antes de salir vi a un trabajador que había presenciado lo mismo que yo. Se llamaba Flaccus y trabajaba descargando mercancías. Me reconoció porque sabía que era la esposa de Gaius y me pidió que no dijera nada. Me dijo que había visto a hombres sacar cajas durante la noche y que algunas de ellas tenían marcas que no coincidían con los registros. Al día siguiente regresé a Roma y se lo conté a tu padre.

—¿Y qué hizo él?

—Primero no quiso creerme, después comprendió que había algo extraño y finalmente decidió no preguntar demasiado.

Livia sintió una punzada de dolor.

—¿Por miedo?

—Por miedo y porque Cassiano le recordó que todavía tenía pendiente una deuda importante.

Marcus miró a Claudia.

—El préstamo.

—Sí.

—Entonces Gaius sabía que podía quedar comprometido.

—Sabía que si Cassiano caía, él podía caer con él, aunque nunca llegó a comprender la magnitud de lo que estaban haciendo.

Livia bajó la mirada.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Claudia tardó unos segundos en responder.

—Porque eras mi hija y yo quería protegerte, pero también porque durante mucho tiempo confundí protegerte con mantenerte dentro de una vida donde nadie te obligara a mirar demasiado de cerca lo que ocurría fuera de nuestras paredes.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellas, pero antes de que Livia pudiera responder, Daria levantó una mano.

—Alguien viene.

Marcus se acercó a la puerta.

—Tenemos que salir.

Claudia negó.

—No.

—¿Qué quiere decir?

—Si salen ahora, Severus sabrá que están aquí y los hombres que vigilan la casa los seguirán.

—Entonces ¿qué hacemos?

Claudia abrió un pequeño cofre que estaba oculto debajo de una mesa y sacó varios rollos de papiro cuidadosamente atados.

—Esto es lo que tu padre conservó.

Livia los tomó.

—¿Son los documentos originales?

—No todos, pero contienen las cuentas de Cassiano, las fechas de los pagos y los nombres de quienes recibieron dinero. Tu padre los escondió cuando comprendió que podían utilizarlos contra él, pero después me pidió que los sacara de su oficina porque temía que alguien los encontrara.

Marcus comenzó a revisar los rollos.

—Con esto podemos demostrar que el préstamo no fue una operación aislada.

—Y también podemos demostrar que Severus recibió dinero —dijo Claudia.

—Necesitamos llevarlos ante alguien que no esté bajo su control.

Claudia asintió.

—Hay un magistrado.

Livia la miró sorprendida.

—¿Quién?

—Lucius Fabius Priscus.

Marcus negó lentamente.

—¿Está dispuesto a investigar?

—No lo sé, pero sé que no le debe favores a Severus.

—¿Dónde podemos encontrarlo?

—En el Foro, mañana al amanecer.

—No podemos esperar hasta mañana.

Claudia sostuvo la mirada de Marcus.

—Entonces deben llegar antes que ellos.

Un golpe fuerte sacudió la puerta.

—¡Claudia!

La voz de Gaius se escuchó desde el corredor.

—Abre.

Claudia cerró el cofre.

—Hay otra salida.

Livia comprendió que se refería al pasadizo.

—¿Vienes con nosotros?

Claudia negó.

—Todavía no.

—Mamá.

—Escúchame. Si todos desaparecemos, sabrán que tenemos pruebas. Yo debo quedarme aquí.

Marcus intervino.

—No podemos dejarla sola.

—No estará sola —respondió Claudia.

La puerta volvió a temblar.

Entonces Gaius habló desde fuera.

—Claudia, abre inmediatamente.

Ella miró a Livia.

—Tu padre no es como Severus. Está asustado y ha cometido errores, pero todavía puede elegir qué hacer con ellos.

Livia abrazó a su madre.

—Ven con nosotros.

Claudia cerró los ojos durante unos segundos y después respondió:

—Todavía no.

Livia quiso insistir, pero Marcus tomó suavemente su brazo y la condujo hacia el pasadizo. Daria ya había abierto la entrada y Titus esperaba al otro lado.

—Vete —susurró Claudia—. Y si encuentras a ese magistrado, dile que yo estoy dispuesta a declarar.

Livia la miró una última vez antes de desaparecer por el pasadizo.

Avanzaron rápidamente mientras detrás de ellos la puerta de la habitación se abría con violencia y las voces de Gaius y Severus llenaban la casa. Marcus cerró la entrada y continuaron hasta llegar a las galerías inferiores, donde Titus conocía una salida hacia una calle cercana al Foro.

—Tenemos que llegar antes del amanecer —dijo Marcus.

—¿Y Varro?

—Quintus puede llevarlo a otro escondite.

—¿Crees que estarán a salvo?

Marcus no respondió inmediatamente.

—No lo sé.

Livia siguió caminando a su lado.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—Yo también.

Marcus la miró.

—Eso no significa que debamos detenernos.

Livia sostuvo su mirada.

—Mi madre dijo algo que no voy a olvidar.

—¿Qué?

—Que durante mucho tiempo confundió protegerme con mantenerme lejos de lo que ocurría fuera de nuestras paredes.

Marcus guardó silencio y después tomó su mano.

—Quizá todos hemos vivido detrás de alguna pared.

Continuaron avanzando hasta que llegaron a una pequeña vivienda donde Junia los esperaba. Al ver los documentos, comprendió inmediatamente que algo había cambiado.

—¿Los tienen?

Livia asintió.

—Tenemos suficiente para demostrar que las acusaciones contra Marcus fueron fabricadas.

Junia comenzó a revisar los rollos.

—No solamente eso.

—¿Qué encontraste?

—Aquí aparece una transferencia realizada tres días antes de que comenzaran los primeros casos.

Marcus se inclinó sobre el documento.

—¿A quién?

Junia señaló el nombre.

—A Sextus Marcellus.

Titus dejó escapar el aire.

—Entonces ya no pueden negar que estaba involucrado.

—Pueden negarlo —respondió Marcus—, pero tendrán que explicar por qué recibió dinero de Cassiano.

Livia miró hacia la puerta.

—Tenemos que llegar al magistrado.

Junia asintió.

—Yo iré con ustedes.

Marcus negó.

—Es demasiado peligroso.

—Ya no me preocupa demasiado el peligro.

—Junia.

Ella lo miró.

—Tu madre tampoco se detuvo cuando sabía lo que podía ocurrir.

Marcus bajó la mirada.

Durante unos segundos nadie habló. Finalmente Junia colocó los documentos dentro de una bolsa de cuero.

—Vamos.

Salieron antes de que comenzara a amanecer y avanzaron hacia el Foro utilizando calles secundarias. Roma despertaba lentamente, con vendedores preparando sus puestos, esclavos transportando mercancías y carros que comenzaban a circular por las vías principales. Livia observaba aquella ciudad que había conocido toda su vida y que ahora parecía diferente, no porque sus edificios hubieran cambiado, sino porque por primera vez podía ver detrás de las fachadas aquello que antes permanecía oculto.

Cuando llegaron al lugar indicado, encontraron a varios hombres esperando frente a la entrada de una oficina.

Marcus se detuvo.

—No son funcionarios.

Titus observó la calle.

—Hay más detrás.

Junia tomó la bolsa con los documentos.

—Entonces debemos entrar.

Livia miró a Marcus.

—¿Por dónde?

Él señaló una puerta lateral.

—Por allí.

Corrieron.

Los hombres los vieron inmediatamente y comenzaron a perseguirlos. Livia sostuvo la bolsa contra el pecho mientras Marcus abría la puerta lateral y los cuatro entraban en un corredor estrecho. Subieron una escalera, atravesaron una habitación y llegaron finalmente a una sala donde varios funcionarios discutían documentos.

Un hombre mayor se levantó.

—¿Quiénes son?

Marcus respondió:

—Necesitamos hablar con Lucius Fabius Priscus.

—Soy yo.

Livia colocó la bolsa sobre la mesa.

—Tenemos documentos relacionados con la epidemia de Ostia, con Cassiano, con Severus y con varios funcionarios del puerto.

El magistrado la observó detenidamente.

—¿Y quién es usted?

—Livia Valeria.

El rostro del magistrado cambió ligeramente.

—La hija de Gaius Valerius.

—Sí.

—Su padre está siendo investigado.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Livia abrió la bolsa y comenzó a extender los documentos sobre la mesa, explicando cada uno mientras Marcus añadía lo que sabía y Junia señalaba las coincidencias entre las fechas. El magistrado permaneció en silencio durante varios minutos, leyendo cuidadosamente los registros.

Finalmente levantó la cabeza.

—Estos documentos son graves.

—¿Nos cree? —preguntó Livia.

—Creo que los documentos deben ser investigados.

Un ruido proveniente del exterior interrumpió la conversación.

Uno de los funcionarios se acercó a la ventana.

—Hay hombres acercándose.

El magistrado miró a Marcus.

—¿Son los que los perseguían?

—Sí.

Fabius Priscus cerró inmediatamente los documentos.

—Entonces ya no podemos permanecer aquí.

—¿Qué haremos?

—Voy a llevar estos registros a una autoridad que pueda protegerlos.

—¿Y Marcus?

El magistrado miró al joven médico.

—Si la acusación contra él es falsa, tendrá derecho a defenderse.

En ese momento la puerta exterior comenzó a recibir golpes.

Livia sintió que el miedo volvía a apoderarse de ella, pero Marcus se acercó y le tomó la mano.

—No te separes de mí.

—No pensaba hacerlo.

El magistrado abrió una puerta posterior.

—Por aquí.

Salieron a un patio y desde allí llegaron a otra calle. Los perseguidores irrumpieron en la oficina segundos después, pero ya no encontraron a nadie.

Durante las horas siguientes, el contenido de los documentos comenzó a circular entre funcionarios que no respondían directamente a Severus, y aunque la investigación no podía resolver inmediatamente todos los hechos, la existencia de registros contradictorios, pagos y testimonios hizo imposible mantener la acusación contra Marcus sin someterla a revisión. Cassiano fue detenido antes del mediodía, y Sextus Marcellus intentó abandonar Roma aquella misma tarde, pero fue reconocido en una de las puertas de la ciudad. Severus, en cambio, desapareció de sus reuniones habituales antes de que pudiera ser interrogado.

Gaius permaneció en el Aventino hasta que Claudia finalmente salió de la casa acompañada por dos funcionarios, y cuando encontró a Livia en una vivienda segura, padre e hija permanecieron frente a frente durante varios segundos sin saber cómo comenzar aquella conversación que habían evitado durante demasiado tiempo.

—No sé si puedo reparar todo lo que hice —dijo finalmente Gaius.

Livia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—No necesito que repares todo hoy.

—Quise protegerte.

—Lo sé.

—Pero tuve miedo de perderlo todo.

—También lo sé.

Gaius miró a Marcus.

—Y tú.

Marcus permaneció en silencio.

—Te juzgué sin conocerte.

—No soy yo quien debe decidir qué hacer con eso.

Gaius asintió lentamente.

—Quizá por primera vez estoy de acuerdo contigo.

No hubo una reconciliación inmediata ni palabras capaces de borrar meses de enfrentamientos, pero Gaius permitió que Livia se marchara sin exigirle que regresara al Aventino, y cuando Claudia la abrazó antes de partir, ninguna de las dos necesitó explicar cuánto había cambiado aquella casa para siempre.

Los días siguientes fueron confusos y difíciles. La epidemia comenzó finalmente a disminuir, aunque todavía quedaban enfermos y familias que lloraban a sus muertos. Cassiano permaneció bajo custodia mientras se investigaban sus operaciones, Marcellus fue interrogado y los documentos encontrados en poder de Varro fueron entregados a las autoridades. Severus perdió parte de su influencia y abandonó Roma durante un tiempo, mientras Aulus Varro, después de declarar ante los investigadores, dejó de esconderse.

Marcus regresó a Ostia cuando fue oficialmente liberado de toda acusación, pero no quiso instalarse nuevamente en la pequeña habitación donde había atendido a los primeros enfermos. Con ayuda de varios trabajadores consiguió un espacio más amplio y comenzó a atender nuevamente a quienes no podían pagar, mientras Junia organizaba alimentos y medicinas, Titus encontró trabajo en otro almacén y Daria, por decisión de Claudia y con la oposición inicial de Gaius, recibió finalmente la libertad que había deseado durante años.

Livia permaneció en Roma durante varias semanas y visitó a los enfermos junto a Marcus, pero cuando llegó el momento de decidir qué haría con su futuro, comprendió que ya no podía regresar simplemente a la vida que había llevado antes. No sabía exactamente qué camino tomaría, ni cómo sería su relación con su familia, ni qué dificultades encontraría junto a Marcus, pero sí sabía que no quería construir su futuro sobre el miedo.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a descender sobre Ostia y el puerto recuperaba lentamente su actividad, Livia encontró a Marcus atendiendo a un niño cuya madre esperaba junto a la puerta. Cuando terminó, él salió al exterior y la encontró sentada cerca del muro, con el pequeño crucifijo de madera de Helena entre las manos.

—Pensé que estarías en Roma.

—Yo también.

Marcus sonrió.

—Eso parece peligroso.

—Quizá.

Se sentó junto a ella.

Durante unos instantes contemplaron el movimiento del puerto sin hablar, hasta que Livia cerró la mano alrededor del pequeño crucifijo.

—Todavía tengo muchas preguntas.

—Yo también.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Ella sonrió.

—Pero sigo aquí.

Marcus la miró.

—Yo también.

Livia apoyó la cabeza sobre su hombro mientras el ruido de los barcos llegaba desde el puerto y, más allá, el cielo comenzaba a teñirse con los últimos tonos de la tarde.

—¿Qué crees que sucederá ahora?

Marcus tomó su mano.

—No lo sé.

—Antes me habría asustado esa respuesta.

—¿Y ahora?

Livia miró el pequeño crucifijo que llevaba consigo y después observó el camino que descendía hacia las viviendas donde todavía quedaban personas necesitadas de ayuda.

—Ahora creo que podemos caminar aunque no sepamos todo lo que encontraremos.

Marcus apretó suavemente su mano.

—Entonces caminemos.

Se levantaron y comenzaron a avanzar juntos hacia las primeras casas, donde una mujer esperaba con un niño enfermo en brazos y un anciano llamaba desde una puerta entreabierta. Livia siguió a Marcus sin mirar hacia atrás, mientras el último resplandor del día desaparecía lentamente sobre el mar y, desde algún lugar cercano, llegaba el sonido de una campana que marcaba el final de la jornada, mezclándose con las voces de los trabajadores que regresaban a sus hogares y con las oraciones discretas de quienes, como Helena había hecho tantos años atrás, seguían creyendo que incluso en medio de la pérdida había razones para continuar sosteniendo la vida de otros.

 

FIN

 

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