LAS CARTAS A VENECIA
(Novela)
CAPÍTULO 1
Venecia amanecía lentamente aquella mañana de octubre de 2016, envuelta en una neblina ligera que parecía borrar los límites entre las fachadas de los antiguos palacios y las aguas oscuras de los canales, mientras Lorenzo Bellini caminaba por una calle estrecha del sestiere de Dorsoduro con una carpeta de cuero debajo del brazo y una taza de café todavía caliente en la mano, procurando esquivar a los primeros turistas que avanzaban con mapas abiertos y teléfonos levantados hacia edificios que para él habían formado parte del paisaje cotidiano desde que tenía memoria. Había aprendido a caminar por Venecia sin mirar demasiado hacia los monumentos, porque conocía de memoria los lugares donde el pavimento estaba deteriorado, los puentes cuyos escalones se volvían resbaladizos después de la lluvia y los pequeños pasajes que permitían evitar las zonas más transitadas, pero aquella mañana se detuvo unos segundos junto al canal y contempló el reflejo quebrado de las casas sobre el agua, quizá porque llevaba varios días sintiendo una inquietud que no sabía explicar y porque el comienzo del otoño siempre despertaba en él recuerdos que prefería mantener guardados. Tenía treinta y un años y trabajaba como restaurador de libros antiguos en un pequeño taller situado cerca de la iglesia de San Sebastiano, donde pasaba largas horas inclinándose sobre páginas amarillentas, encuadernaciones debilitadas y manuscritos que habían sobrevivido siglos gracias al cuidado de manos desconocidas, y había llegado a considerar aquella tarea una forma de vida más que una profesión, porque encontraba cierta tranquilidad en reparar lentamente aquello que otros daban por perdido, aunque nunca se había preguntado demasiado por qué esa idea le producía una satisfacción que ningún otro trabajo le habría dado.
El taller pertenecía a un hombre llamado Matteo Rinaldi, un restaurador de casi setenta años que había sido maestro de Lorenzo desde que este terminara sus estudios y que conocía mejor que nadie sus silencios, sus cambios de humor y esa manera particular que tenía de quedarse inmóvil delante de una página cuando algo de su contenido conseguía atravesar la barrera que había levantado alrededor de sí mismo. Matteo había aprendido con los años que Lorenzo evitaba hablar de su familia, especialmente de su hermano maggiore, Andrea, cuya muerte había ocurrido cuando Lorenzo tenía diecinueve años y había dejado en él una herida que nunca llegó a cerrarse del todo. Andrea había sido cinco años mayor, impulsivo, alegre y profundamente creyente, y durante la adolescencia había llevado a Lorenzo a una pequeña iglesia del barrio donde ambos escuchaban al sacerdote hablar sobre la esperanza, la misericordia y la posibilidad de confiar incluso cuando la vida parecía contradecir cualquier idea de justicia, pero todo aquello había cambiado la noche en que Andrea murió en un accidente de navegación durante una tormenta inesperada en la laguna. Lorenzo había rezado entonces como nunca antes había rezado, había permanecido durante horas junto a su madre mientras ella repetía entre lágrimas que Dios sabía lo que hacía, y había escuchado durante días palabras destinadas a consolarlo que en aquel momento le parecieron insoportables. Con el tiempo dejó de entrar en aquella iglesia, dejó de responder cuando alguien mencionaba la fe y terminó convencido de que era mejor no esperar nada de un Dios al que no podía entender.
Cuando llegó al taller, Matteo ya estaba allí, inclinado sobre una mesa iluminada por una lámpara articulada, con unas gafas colocadas en la punta de la nariz y un viejo volumen abierto frente a él.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la cabeza.
Lorenzo miró el reloj.
—Tres minutos.
—En tres minutos una página puede perderse para siempre.
—Y en tres minutos puedo conseguir un café que no sepa a agua de canal.
Matteo levantó finalmente los ojos y sonrió.
—Algún día aprenderás que el café de esta ciudad merece más respeto.
—Algún día aprenderás que tu café no merece tanto respeto.
El anciano soltó una carcajada y volvió al libro, mientras Lorenzo dejaba la carpeta sobre una silla y se quitaba el abrigo. El ambiente del taller olía a papel, cuero, cola y madera antigua, un olor que para él estaba asociado con años de aprendizaje y con una clase de silencio que nunca encontraba en ningún otro lugar. Había herramientas cuidadosamente ordenadas, pinceles de distintos tamaños, pequeñas espátulas, pesos de plomo, lupas y hojas transparentes utilizadas para reforzar páginas debilitadas, y sobre una de las paredes había varios grabados antiguos de Venecia que Matteo había coleccionado durante décadas.
—Tenemos un trabajo nuevo —dijo el anciano después de unos minutos—. Ha llegado esta mañana desde una biblioteca privada.
—¿Qué clase de trabajo?
—Un manuscrito del siglo XVIII, posiblemente relacionado con una colección familiar.
Lorenzo se acercó.
—¿Y por qué lo enviaron aquí?
—Porque alguien cree que puede contener algo importante.
—Eso dicen siempre.
—Esta vez quizá tengan razón.
Matteo abrió una caja de madera y mostró un volumen de tapas oscuras, desgastadas en las esquinas y cubiertas de una fina capa de polvo. Lorenzo lo tomó con cuidado, examinó el lomo y después pasó lentamente los dedos sobre la cubierta.
—Está muy deteriorado.
—Por eso está aquí.
—¿Sabemos de quién era?
—Todavía no. La biblioteca tampoco lo sabe con seguridad.
Lorenzo abrió el libro y comenzó a revisar las primeras páginas, mientras Matteo explicaba que había sido encontrado entre documentos de una antigua familia veneciana y que una biblioteca especializada de Florencia estaba colaborando en la catalogación de parte de la colección. Lorenzo escuchaba a medias porque ya estaba concentrado en la estructura del volumen, en la calidad del papel y en las pequeñas alteraciones de la encuadernación que indicaban que había sido reparado anteriormente. Sin embargo, cuando llegó aproximadamente a la mitad del libro, encontró una zona donde varias páginas parecían tener un grosor diferente.
—Matteo.
—¿Qué?
—Ven a ver esto.
El anciano se acercó y examinó el borde.
—Hay algo dentro.
—Eso parece.
—No lo abras todavía.
—No pensaba hacerlo.
—Bien, porque si rompes la costura, tendrás que restaurar dos cosas en lugar de una.
Lorenzo sonrió, pero continuó examinando cuidadosamente el volumen. No sabía todavía que aquel pequeño detalle terminaría alterando su vida de una manera que ninguno de los dos podía imaginar.
Dos días después, Isabella Conti llegó a Venecia con una maleta gris, una bolsa de cuero y la sensación contradictoria de estar empezando una etapa nueva y dejando atrás una vida que no sabía si quería recuperar. Tenía veintinueve años y trabajaba como especialista en catalogación y conservación documental, y había aceptado durante seis meses colaborar con una pequeña biblioteca veneciana que necesitaba organizar parte de una colección de manuscritos privados recientemente adquirida. Había vivido casi toda su vida en Florencia, había estudiado allí y había conseguido su primer empleo en una biblioteca universitaria, de modo que aceptar aquella propuesta había significado mucho más que cambiar de ciudad durante una temporada, porque también implicaba alejarse de la comodidad de una rutina que había comenzado a parecerle demasiado previsible. Venecia no era desconocida para ella, pues había visitado la ciudad varias veces con su familia y posteriormente por razones profesionales, pero nunca había permanecido allí el tiempo suficiente como para descubrir la ciudad cotidiana que existía detrás de las postales, y mientras caminaba hacia el pequeño apartamento que había alquilado cerca de Cannaregio comprendió que tendría que aprender nuevamente a orientarse, no solamente entre puentes y canales, sino también dentro de una vida que todavía no sabía cómo iba a ser.
Su madre había sido la primera persona en insistirle para que aceptara el trabajo.
—Necesitas cambiar de aire —le había dicho unos días antes de partir.
—No estoy enferma, mamá.
—No dije que lo estuvieras.
—Entonces no entiendo.
—Porque llevas dos años viviendo como si tuvieras miedo de empezar cualquier cosa que pueda terminar mal.
Isabella había guardado silencio, porque sabía que su madre tenía razón en parte, aunque no quería admitirlo. Había atravesado una pérdida familiar varios años atrás y desde entonces había aprendido a caminar con una prudencia que algunos confundían con serenidad. Su fe había sido puesta a prueba de una manera diferente a la de Lorenzo, pero también había pasado por una etapa en la que las preguntas habían sido mucho más numerosas que las respuestas. Había aprendido que creer no significaba comprender cada acontecimiento y que había dolores que no podían explicarse con frases sencillas, pero también había descubierto que la oración podía convertirse en una forma de permanecer de pie cuando las explicaciones no llegaban. No hablaba de ello constantemente y tampoco sentía la necesidad de demostrar a nadie lo que creía, pero llevaba consigo una pequeña cruz de madera que había pertenecido a su abuela y que guardaba dentro de la bolsa de cuero que ahora descansaba sobre su hombro.
Cuando llegó a la biblioteca, una mujer llamada Elena Moretti salió a recibirla.
—Isabella Conti.
—Sí.
—Soy Elena. Perdona que no haya podido esperarte en la estación, pero aquí todo parece suceder al mismo tiempo.
Isabella sonrió.
—No te preocupes. Llegué bien.
—¿Te costó encontrar la dirección?
—Un poco.
—Eso significa que ya eres oficialmente veneciana.
Ambas rieron mientras entraban en el edificio. La biblioteca ocupaba la planta baja y el primer piso de un antiguo palacio que había sido restaurado parcialmente, y aunque no era grande, contenía una colección sorprendentemente valiosa de manuscritos, libros religiosos, documentos comerciales y correspondencia privada de familias venecianas de los siglos XVII al XIX.
—Tu trabajo principal será con la colección Bellandi —explicó Elena mientras caminaban por un corredor—. Hay aproximadamente cuatrocientos volúmenes y todavía no sabemos exactamente qué contienen todos.
Isabella se detuvo.
—¿Bellandi?
—Sí. ¿Conoces la familia?
—No, pero el nombre me resulta familiar.
—Eran comerciantes. Una familia importante hace dos siglos, aunque después perdieron casi toda su fortuna.
Elena le entregó una carpeta.
—Y hay algo que puede interesarte especialmente.
—¿Qué?
—Un libro que apareció dentro de la colección y que no figura en ningún catálogo.
Isabella abrió la carpeta.
—¿Quién lo está restaurando?
—Un taller de Dorsoduro.
—¿Cuál?
—Rinaldi.
Isabella levantó la vista.
—¿Matteo Rinaldi?
—¿Lo conoces?
—No personalmente, pero conozco algunos de sus trabajos.
Elena sonrió.
—Entonces tendrás que conocerlo, porque necesitamos que alguien de la biblioteca supervise la restauración.
Dos días después, Isabella llegó al taller de Matteo llevando varios documentos y una lista de preguntas técnicas. Había llovido durante la mañana y el pavimento estaba húmedo, de modo que avanzó con cuidado mientras consultaba la dirección escrita en su teléfono. Cuando finalmente encontró el pequeño letrero sobre la puerta, respiró profundamente y entró.
Lorenzo estaba inclinado sobre el manuscrito.
—Buenos días.
Él levantó la cabeza.
—Buenos días.
Isabella miró alrededor.
—Busco a Matteo Rinaldi.
—Está en la parte de atrás.
—¿Eres Lorenzo Bellini?
—Sí.
Ella extendió la mano.
—Isabella Conti.
Lorenzo estrechó su mano y durante un instante ambos permanecieron en silencio, no porque hubiera algo extraño en el encuentro, sino porque ninguno esperaba que el otro fuera exactamente como había imaginado. Lorenzo había esperado encontrar a una especialista mayor, probablemente rígida y demasiado preocupada por los procedimientos, mientras Isabella esperaba a un restaurador reservado, quizá poco interesado en conversar con alguien enviado por una biblioteca. En cambio, se encontraron frente a frente con una curiosidad inesperada.
—Me han dicho que estás trabajando con el volumen Bellandi —dijo Isabella.
—Sí.
—Necesito revisar el estado de la encuadernación y algunas anotaciones.
—Puedes hacerlo.
Ella se acercó a la mesa.
—¿Puedo?
—Claro.
Isabella se inclinó sobre el libro y comenzó a examinarlo con atención, mientras Lorenzo observaba sus movimientos.
—Sabes lo que haces.
Ella levantó la mirada.
—Eso espero.
—No era una crítica.
—Ya lo sé.
Matteo apareció desde el fondo.
—Ah, finalmente.
—¿Finalmente qué? —preguntó Isabella.
—Finalmente conozco a la persona que lleva una semana enviándome correos.
—Entonces usted es Matteo.
—Y tú eres la mujer que quiere que restauremos este libro sin tocarlo.
Isabella sonrió.
—No exactamente.
—Eso dicen todos los especialistas.
Lorenzo intervino.
—Matteo, deja de molestarla.
—Yo no la molesto. Estoy probando su paciencia.
Isabella cerró suavemente el libro.
—Mi paciencia está bien.
—Entonces nos llevaremos muy bien.
La conversación continuó durante casi una hora y terminó cuando Matteo mostró a Isabella la zona del volumen donde habían detectado algo extraño. Lorenzo explicó las características de la encuadernación y ella tomó notas cuidadosamente.
—Hay un espacio entre estas páginas —dijo Isabella—. No es producto del deterioro.
—Eso pensamos.
—¿Han abierto alguna vez la costura?
—No.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque si hay algo escondido, podría ser importante para la historia del libro.
Lorenzo la miró.
—Eso mismo dijo Matteo.
—Entonces por una vez estaremos de acuerdo.
Ella volvió a sonreír y Lorenzo descubrió que aquella sonrisa le resultaba más agradable de lo que habría querido admitir.
Durante las semanas siguientes comenzaron a verse con frecuencia. Isabella acudía al taller varias veces por semana y revisaba el proceso de restauración, mientras Lorenzo descubría poco a poco que ella sabía escuchar y que no necesitaba llenar cada silencio con palabras. A veces caminaban juntos después del trabajo hasta Campo Santa Margherita y se detenían a tomar café, otras veces hablaban de libros, de Florencia, de Venecia y de las diferencias entre vivir en una ciudad que parecía diseñada para ser contemplada y trabajar en una ciudad que obligaba a descubrir sus rincones menos visibles.
Una tarde, mientras caminaban junto al canal, Isabella preguntó:
—¿Siempre has vivido aquí?
—Casi siempre.
—¿Nunca pensaste en marcharte?
Lorenzo tardó en responder.
—Sí.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque siempre encontraba una razón para quedarme.
—¿Qué clase de razones?
Él la miró.
—Algunas buenas y otras no tanto.
Isabella no insistió.
—¿Y tú?
—Yo sí me marché.
—De Florencia.
—Por trabajo.
—¿Solamente?
Ella lo miró de reojo.
—No.
Lorenzo esperó, pero Isabella cambió de tema.
—¿Has estado alguna vez en San Giorgio al tramonto?
—Muchas veces.
—Quiero verlo.
—Entonces iremos.
—¿Cuándo?
—Cuando no llueva.
—Eso puede ser dentro de tres meses.
—Entonces tendremos que llevar paraguas.
Ella rió.
Aquella tarde regresaron caminando lentamente y, antes de despedirse, Isabella sacó de su bolso la pequeña cruz de madera que llevaba consigo.
—¿Qué es eso? —preguntó Lorenzo.
—Era de mi abuela.
—¿Eres creyente?
Isabella guardó la cruz.
—Sí.
Él permaneció callado.
—¿Te molesta?
—No.
—Parecía que sí.
—No me molesta la fe de nadie.
—¿Pero tú no crees?
Lorenzo miró el canal.
—No sé qué creo.
Isabella no intentó convencerlo.
—Está bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No sé. Que me dijeras que estoy equivocado.
—No conozco tu historia.
Lorenzo la miró sorprendido.
—¿Y si te la contara?
—Entonces te escucharía.
Aquella respuesta permaneció con él durante todo el camino de regreso.
Una semana más tarde, finalmente decidieron abrir la encuadernación del volumen Bellandi. Matteo había preparado el espacio y Lorenzo trabajó con extrema precaución mientras Isabella observaba y tomaba notas. Poco a poco apareció una cavidad entre dos capas de material, y dentro encontraron un pequeño paquete de hojas dobladas y protegidas por un tejido antiguo.
—Son cartas —dijo Isabella.
Lorenzo tomó la primera con pinzas.
—Hay varias.
—¿Cuántas?
—No lo sé todavía.
Matteo se acercó.
—No las saques todas.
—No pensaba hacerlo.
Isabella observó la primera hoja.
—Aquí aparece un nombre.
Lorenzo acercó la lámpara.
—¿Cuál?
Ella leyó lentamente.
—Elena Bellandi.
Matteo dejó de sonreír.
—¿Estás segura?
—Sí.
El anciano tomó asiento.
—Entonces esto puede ser mucho más importante de lo que creíamos.
Lorenzo comenzó a revisar cuidadosamente el paquete y descubrió que las cartas estaban fechadas varias décadas antes, aunque algunas habían sido escritas con meses de diferencia. La primera estaba dirigida a alguien llamado Matteo, la segunda a una mujer llamada Clara, y las siguientes parecían formar parte de una correspondencia personal que hablaba de una tragedia ocurrida en Venecia.
—Tenemos que catalogarlas antes de continuar —dijo Isabella.
—Estoy de acuerdo.
Lorenzo levantó una de las cartas.
—Pero hay algo extraño.
—¿Qué?
—Mira la última línea.
Isabella se acercó y leyó.
—Si algún día alguien encuentra estas cartas, quizá comprenda por qué decidí quedarme cuando habría sido más fácil marcharme.
Los dos permanecieron en silencio.
—Eso no parece una carta personal común —dijo Isabella.
—No.
—Parece que quería que alguien la encontrara.
Lorenzo volvió a colocar cuidadosamente la hoja sobre la mesa.
—Entonces tendremos que descubrir por qué.
Afuera comenzó a llover sobre Venecia, y las gotas golpearon suavemente los cristales del taller mientras Isabella se inclinaba sobre la primera carta y Lorenzo preparaba las herramientas necesarias para conservarla. Ninguno de los dos sabía todavía quién había sido Elena Bellandi, qué tragedia había marcado su vida ni por qué aquellas cartas habían permanecido ocultas durante tantos años, pero ambos comprendieron que ya no estaban restaurando simplemente un libro antiguo, porque dentro de aquellas páginas había quedado atrapada una historia que parecía haber esperado durante décadas a que alguien volviera a abrirla.
CAPÍTULO 2
Durante los días siguientes, el pequeño taller de Matteo Rinaldi se convirtió para Lorenzo e Isabella en una especie de refugio donde el ruido de Venecia parecía llegar amortiguado por los gruesos muros del antiguo edificio, y aunque ambos continuaban trabajando con la disciplina propia de quienes sabían que aquellos documentos necesitaban una conservación cuidadosa, la aparición de las cartas había modificado algo entre ellos que ninguno se atrevía todavía a definir. Ya no se limitaban a hablar de técnicas de restauración, fechas, tipos de papel o procedimientos de catalogación, sino que habían comenzado a compartir detalles de sus vidas que hasta entonces habían mantenido cuidadosamente separados de su trabajo, y aquella intimidad creciente se producía de una manera tan gradual que Lorenzo solamente comenzó a advertirla cuando descubrió que esperaba con cierta impaciencia las mañanas en que Isabella debía llegar al taller. No quería admitirlo porque todavía le parecía demasiado pronto para atribuirle importancia a una relación que apenas comenzaba a construirse, pero había algo en la manera en que ella observaba las cosas, en la paciencia con la que escuchaba y en su costumbre de no juzgar aquello que no comprendía lo que le hacía sentir que podía hablar con ella sin necesidad de fingir una seguridad que muchas veces no tenía.
La primera carta había sido extendida sobre una mesa especialmente preparada para el trabajo, protegida por una lámina transparente y sostenida en los extremos mediante pequeños pesos que evitaban que el papel se deformara. Isabella había pasado buena parte de la mañana estudiando la caligrafía, mientras Lorenzo examinaba las características de la tinta y Matteo permanecía cerca, interviniendo solamente cuando alguno de los dos necesitaba una opinión más experimentada. La firma de Elena Bellandi aparecía al final con una claridad sorprendente, aunque algunas palabras se habían perdido debido al deterioro producido por la humedad, y la fecha permitía situar el documento varios años después de una tragedia ocurrida en la laguna que ninguno de ellos conocía todavía.
—Hay una palabra que no consigo identificar —dijo Isabella inclinándose sobre el documento—. Podría ser San Giorgio, pero también podría tratarse del nombre de una persona.
Lorenzo acercó la lámpara.
—Creo que es San Giorgio.
—¿Por qué?
—La segunda letra parece una a y después hay una g que se repite en otros documentos de la época.
—Eso tiene sentido.
Matteo observaba desde el otro lado.
—¿Qué dice el resto?
Isabella volvió a leer lentamente.
—Habla de una noche de tormenta, de una embarcación que no regresó y de una mujer que decidió permanecer en Venecia aunque todos le aconsejaban marcharse.
Lorenzo levantó la vista.
—¿Dice quién murió?
—No directamente.
—Entonces quizá las siguientes cartas lo expliquen.
—Eso espero.
La segunda carta era más extensa y estaba dirigida a una mujer llamada Clara, probablemente amiga o pariente de Elena. En ella aparecían referencias a un hombre llamado Paolo, a una casa cercana al barrio de Cannaregio y a una pequeña obra de asistencia para personas enfermas y pobres que Elena había comenzado después de la tragedia. Isabella leyó algunos fragmentos en voz baja y Lorenzo escuchó con atención, aunque no podía evitar cierta incomodidad cada vez que aparecía una referencia religiosa.
—Aquí habla de Dios otra vez —dijo Isabella.
—Ya me había dado cuenta.
—¿Te molesta?
—No.
—Pero haces esa cara.
Lorenzo sonrió.
—¿Qué cara?
—La de alguien que está pensando que la religión va a complicar una investigación histórica.
—No estoy pensando eso.
—Entonces ¿qué piensas?
Lorenzo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Pienso que me resulta extraño encontrar tanta fe en alguien que acaba de perder a la persona que amaba.
Isabella permaneció unos segundos en silencio.
—Quizá precisamente por eso.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco lo entiendo completamente.
Lorenzo la miró.
—Pensé que tú sí.
—No, Lorenzo. Tener fe no significa tener una explicación para todo.
Aquella respuesta le resultó inesperadamente incómoda porque era demasiado parecida a algo que él mismo había pensado muchas veces sin atreverse a expresarlo. Isabella volvió al documento y continuó leyendo, pero Lorenzo permaneció unos segundos contemplándola antes de regresar al trabajo.
Durante el almuerzo caminaron juntos hasta una pequeña trattoria cercana. Venecia estaba particularmente concurrida aquel día y tuvieron que abrirse paso entre grupos de turistas que se detenían en medio de las calles para fotografiar edificios y puentes. Lorenzo parecía conocer cada rincón y conducía a Isabella por caminos menos transitados hasta llegar a una plaza pequeña donde apenas había unas pocas mesas.
—¿Vienes aquí siempre? —preguntó ella.
—Cuando quiero comer sin escuchar a veinte personas hablando de dónde comprar una máscara.
—A mí me gustan las máscaras.
—A ti te gusta todo lo que tenga una historia.
—Y a ti los libros.
—Los libros no gritan cuando los miras.
Isabella se rio.
—Eso depende del libro.
Durante la comida hablaron de Florencia y de los años universitarios de Isabella, de sus primeros trabajos y de su abuela, cuya pequeña cruz de madera había pertenecido a una mujer que, según ella, había pasado buena parte de su vida ayudando discretamente a otras personas.
—¿Era muy religiosa? —preguntó Lorenzo.
—Sí.
—¿Y tú heredaste eso?
—No exactamente. Creo que heredé más bien la manera en que ella trataba a las personas.
—¿Cómo las trataba?
—Como si cada una tuviera una historia que merecía ser escuchada.
Lorenzo permaneció pensativo.
—Eso se parece bastante a lo que hacemos con los libros.
—¿Restaurarlos?
—Escuchar lo que todavía pueden decir.
Isabella lo observó durante unos segundos.
—No sabía que pensabas así.
—Yo tampoco.
Después de la comida caminaron sin prisa hasta el taller, y aquella tarde trabajaron hasta que la luz natural comenzó a desaparecer. Cuando Isabella se preparaba para marcharse, Lorenzo le entregó un paraguas.
—Va a llover.
—Tengo uno.
—Ese no sirve.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo vi ayer.
—Entonces eres observador.
—Es parte de mi trabajo.
Ella tomó el paraguas.
—Te lo devolveré mañana.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Entonces mañana.
Cuando salió del taller, Lorenzo permaneció junto a la puerta hasta que la perdió de vista entre las personas que cruzaban el puente. Matteo, que había observado la escena desde el fondo, dejó escapar una sonrisa.
—No digas nada —advirtió Lorenzo.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando.
—Eso no puedes prohibírmelo.
Lorenzo volvió a la mesa.
—Es una compañera de trabajo.
—Naturalmente.
—Y además se marchará dentro de unos meses.
—Eso también es natural.
Lorenzo lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
—Matteo.
—Solo digo que Venecia está llena de historias de personas que llegaron pensando quedarse poco tiempo y terminaron descubriendo que la ciudad tenía otros planes.
Lorenzo no respondió.
Aquella noche, después de cenar, Isabella se sentó junto a la ventana de su apartamento y contempló las luces reflejadas sobre el canal. Había dejado las cartas en el taller, pero la historia de Elena Bellandi continuaba ocupando su pensamiento. Tomó la pequeña cruz de madera que llevaba en la bolsa y la sostuvo entre los dedos, recordando a su abuela, quien siempre había insistido en que la fe no debía utilizarse para explicar rápidamente el dolor ajeno.
—Hay cosas que no entiendo —había dicho Isabella una vez, muchos años atrás, después de una pérdida familiar que había puesto a prueba todo aquello que creía—, pero eso no significa que Dios haya dejado de estar allí.
Su abuela no había intentado convencerla con argumentos.
—Entonces sigue caminando —le había respondido—. Hay respuestas que llegan mientras uno camina.
Isabella había pensado muchas veces en aquellas palabras y, sin saber por qué, aquella noche las relacionó con Lorenzo.
Al día siguiente regresó temprano al taller y encontró a Lorenzo examinando la tercera carta.
—Has madrugado.
—No pude dormir.
—¿Por las cartas?
—Por las cartas.
Él sonrió.
—Pensé que era el único.
Isabella dejó su bolso sobre una silla y se acercó.
La tercera carta contenía información más concreta. Elena mencionaba a su esposo Paolo Bellandi y describía la noche en que una embarcación había naufragado durante una tormenta. No había presenciado directamente el accidente, pero había esperado durante horas junto a otros familiares en el puerto hasta que quedó claro que no habría supervivientes. La tragedia había provocado una profunda crisis en la familia Bellandi y, según el relato, Elena había decidido transformar una antigua propiedad en un lugar donde pudieran recibir ayuda personas que no podían pagar atención médica.
—Aquí está —dijo Isabella—. Elena perdió a Paolo.
Lorenzo leyó el nombre.
—¿Y después fundó una obra de asistencia?
—Sí.
—¿Con dinero de la familia?
—Parece que sí al principio, pero después vendió varias propiedades.
Lorenzo frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque una mujer de esa posición difícilmente habría renunciado a una parte importante de su patrimonio sin oposición.
Isabella pasó a la siguiente página.
—Aquí dice que su familia se opuso.
—Entonces sí tiene sentido.
—¿Qué quieres decir?
—Que cuando alguien decide hacer algo que contradice lo que los demás esperan de él, siempre aparece alguien dispuesto a decirle que está cometiendo un error.
Isabella lo observó.
—Hablas como si lo conocieras.
Lorenzo bajó la mirada.
—Quizá.
Ella no insistió.
A media mañana llegó Elena Moretti desde la biblioteca para revisar el avance del trabajo. Cuando Isabella le mostró las cartas, la mujer quedó sorprendida.
—No sabíamos que existían.
—Estaban escondidas dentro del libro —explicó Lorenzo.
—¿Y quién era Elena Bellandi?
—Estamos intentando averiguarlo.
Elena examinó una de las páginas.
—La familia Bellandi desapareció prácticamente después de la segunda mitad del siglo XX. Algunos descendientes se trasladaron al continente.
—¿A Florencia? —preguntó Isabella.
—No lo sé.
—Necesitamos revisar los archivos familiares.
—Puedo solicitar acceso.
—Hazlo, por favor.
Elena asintió y se marchó poco después.
Cuando quedaron solos, Lorenzo se acercó a la ventana.
—¿Por qué crees que escondieron las cartas?
Isabella se colocó a su lado.
—Quizá Elena quiso protegerlas.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Y por qué esconderlas dentro de un libro?
—Porque quizá quería que alguien las encontrara algún día.
Lorenzo la miró.
—Eso parece demasiado romántico.
—No necesariamente.
—Entonces ¿qué sería?
Isabella pensó unos segundos.
—Una manera de dejar un testimonio.
Lorenzo volvió a mirar el canal.
—¿Crees que las personas pueden dejar algo de sí mismas después de morir?
Isabella comprendió que la pregunta no hablaba solamente de Elena.
—Sí.
—¿Aunque no sean famosas?
—Especialmente entonces.
Él permaneció en silencio y ella decidió no preguntar más.
Durante las semanas siguientes, la investigación se convirtió en una parte habitual de sus días. Descubrieron que Elena había mantenido correspondencia durante casi veinte años con varias personas, que la pequeña obra de asistencia había atendido a familias pobres y enfermos sin exigirles dinero y que, después de la muerte de Elena, parte de aquella actividad había continuado gracias a un grupo de mujeres vinculadas a una pequeña comunidad cristiana. Algunas cartas hablaban de alimentos repartidos durante inviernos especialmente duros, otras mencionaban medicamentos adquiridos con dinero propio y algunas describían funerales de personas que no tenían familia.
Lorenzo comenzó a leer aquellos documentos con una atención diferente.
Una tarde encontró una carta donde Elena escribía que había comprendido que ayudar a alguien no podía depender de que su vida terminara siendo comprendida por los demás.
—Mira esto —dijo.
Isabella leyó.
—Es hermoso.
—Es extraño.
—¿Por qué?
—Porque parece que ella estaba más segura de su fe después de perderlo todo.
Isabella se sentó.
—Quizá no estaba más segura.
—¿Entonces?
—Quizá simplemente había aprendido a vivir con sus preguntas.
Lorenzo permaneció callado.
—Eso es difícil —dijo finalmente.
—Mucho.
—Yo no puedo.
—Todavía no.
Él la miró.
—¿Todavía?
Isabella sonrió ligeramente.
—No sé lo que puedes hacer dentro de diez años.
—¿Y tú?
—Tampoco.
Aquella tarde, al salir del taller, caminaron juntos hasta el embarcadero. La lluvia había dejado el aire limpio y la ciudad parecía menos concurrida que de costumbre. Lorenzo compró dos cafés y se sentaron frente al agua.
—¿Por qué te quedaste en Venecia? —preguntó Isabella.
—Por mi trabajo.
—Eso ya lo sé.
—Por Matteo.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué preguntas?
—Porque quiero saber la verdadera razón.
Lorenzo miró el café.
—Después de la muerte de Andrea, mi madre quería marcharse. Mi padre ya no estaba bien y yo sentía que todo lo que conocíamos se había roto. Matteo me ofreció trabajo y decidí quedarme. Creo que necesitaba algo que pudiera reparar con mis manos.
Isabella no dijo nada.
—La gente me decía que con el tiempo entendería que Dios tenía un propósito, pero yo no quería escuchar eso.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco sé si quiero escucharlo.
—No tienes que hacerlo.
Lorenzo la miró.
—Tú eres diferente.
—¿Por qué?
—Porque cuando hablas de fe no parece que estés intentando convencerme.
—No estoy intentando convencerte.
—Ya lo sé.
—Solo intento ser honesta con lo que creo.
Lorenzo sonrió.
—Eso es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque hace que quiera seguir preguntándote cosas.
Isabella sostuvo su mirada y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Después ella desvió los ojos hacia el agua, pero no pudo evitar sonreír.
El tiempo comenzó a avanzar con una rapidez que ambos percibían aunque ninguno quisiera mencionarlo. Isabella había recibido noticias de Florencia sobre un posible proyecto permanente y Lorenzo había comenzado a recibir consultas de un estudio de restauración en Roma. Ninguna de las dos posibilidades era todavía concreta, pero bastaba para recordarles que su encuentro tenía una fecha de vencimiento que nadie había establecido oficialmente.
Una tarde, mientras trabajaban con las cartas, Isabella encontró un sobre que no habían visto antes. Estaba oculto detrás de una pequeña separación de la encuadernación y llevaba una fecha varios años posterior a las primeras cartas.
—Lorenzo.
Él se acercó.
—¿Qué encontraste?
—Otra carta.
La sacaron con cuidado y la extendieron sobre la mesa.
No estaba dirigida a Clara ni a ninguna de las personas mencionadas anteriormente.
Estaba dirigida a una persona llamada Giovanni.
Isabella comenzó a leerla.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
—Escucha.
Lorenzo se acercó.
—Elena habla de una persona que continuará su trabajo después de que ella muera.
—¿Quién?
—No lo dice.
—¿Y qué más?
Isabella continuó leyendo hasta llegar al final, donde apareció una frase que hizo que ambos permanecieran inmóviles.
—Aquí dice que si algún día alguien de su familia encuentra estas cartas, debe llevarlas a una persona que vive en Florencia.
Lorenzo levantó lentamente la mirada.
—¿Florencia?
Isabella asintió.
—Y el nombre está aquí.
Señaló la última línea.
Lorenzo leyó el apellido.
Conti.
Isabella dejó de respirar durante un instante.
—Ese es mi apellido.
Lorenzo la miró.
—¿Crees que es una coincidencia?
Ella volvió a leer la carta, buscando alguna explicación que permitiera apartar aquella sospecha, pero cuanto más examinaba el documento más evidente parecía que la referencia a Florencia no podía ser casual. La fecha de la carta correspondía a una época en la que sus propios bisabuelos todavía no habían nacido, y sin embargo el apellido aparecía escrito con claridad.
—Tengo que hablar con mi madre —dijo Isabella.
Lorenzo tomó suavemente la carta.
—Hazlo.
Ella guardó el documento con cuidado.
—Pero primero tenemos que averiguar quién era Giovanni.
—Y por qué Elena quería que alguien de los Conti recibiera estas cartas.
Isabella lo miró.
—Parece que mi familia está dentro de esta historia.
Lorenzo sostuvo su mirada.
—Entonces tendremos que descubrir qué parte.
Afuera comenzaba a oscurecer y las primeras luces de Venecia se reflejaban sobre el canal. Isabella recogió sus cosas lentamente, pero antes de marcharse volvió a mirar las cartas extendidas sobre la mesa y luego a Lorenzo, consciente de que aquel descubrimiento había cambiado la naturaleza de la investigación y, quizá, también la relación que estaba naciendo entre ellos.
—Mañana te contaré lo que descubra.
Lorenzo asintió.
—Aquí estaré.
Ella salió del taller y comenzó a caminar hacia su apartamento, llevando consigo una copia de la carta y una sensación de inquietud que no conseguía apartar. Lorenzo permaneció en la puerta observándola alejarse, hasta que la vio cruzar el puente y desaparecer entre las sombras de las calles venecianas. Después regresó lentamente a la mesa, tomó nuevamente el manuscrito y examinó el lugar exacto donde habían encontrado las cartas, descubriendo que detrás de la última hoja todavía quedaba un pequeño fragmento de papel que había pasado inadvertido. Lo extrajo con unas pinzas y lo colocó bajo la lámpara, y cuando consiguió distinguir las palabras parcialmente borradas comprendió que allí aparecía otro nombre que podía explicar por qué Elena Bellandi había ocultado su correspondencia durante tantos años, mientras afuera la lluvia comenzaba nuevamente a caer sobre Venecia y el agua golpeaba suavemente las ventanas del taller.
CAPÍTULO 3
A la mañana siguiente, Isabella llegó al taller mucho antes de la hora acostumbrada, pero encontró la puerta todavía cerrada y tuvo que esperar unos minutos bajo el alero de una antigua casa mientras una lluvia fina descendía sobre Dorsoduro y hacía brillar las piedras de la calle, y durante aquella espera volvió a sacar de su bolso la copia de la carta que había encontrado la tarde anterior, repasando una vez más el apellido Conti escrito en una caligrafía que pertenecía a otra época y que, sin embargo, parecía haber atravesado décadas para terminar precisamente en sus manos. Había llamado a su madre la noche anterior y la conversación había sido mucho más breve de lo que esperaba, porque cuando mencionó el nombre de Elena Bellandi se produjo un silencio extraño al otro lado del teléfono que inmediatamente despertó en Isabella una inquietud todavía mayor.
—¿Dónde encontraste ese nombre? —había preguntado su madre.
—En unas cartas antiguas que estamos restaurando.
—¿Cartas de quién?
—De Elena Bellandi.
Otro silencio.
—Mamá, ¿la conoces?
—No personalmente.
—Entonces ¿por qué has guardado silencio?
—Porque ese apellido aparece en una historia familiar que tu abuela nunca quiso contarme completamente.
Isabella se había incorporado en la silla.
—¿Qué historia?
—No puedo explicártela por teléfono.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que prefiero decirte mirándote a los ojos.
—Pero estoy en Venecia.
—Lo sé.
—Entonces tendrás que venir.
Su madre había tardado unos segundos en responder.
—Quizá sea mejor que regreses a Florencia.
Aquella frase había terminado la conversación de una manera que Isabella no había esperado, porque precisamente cuando comenzaba a sentir que su estancia en Venecia podía convertirse en algo más que un proyecto profesional, una parte de su pasado familiar parecía reclamarla. Había dormido poco y durante la madrugada había pensado en Lorenzo, en las cartas, en su abuela y en aquella extraña coincidencia que vinculaba el apellido Conti con Elena Bellandi. No quería mezclar sus sentimientos con una investigación histórica, pero sabía que ya era imposible separar completamente ambas cosas, porque Lorenzo se había convertido poco a poco en una presencia importante dentro de sus días y porque el simple hecho de imaginar que podía marcharse le producía una sensación que todavía no estaba preparada para nombrar.
La puerta del taller se abrió finalmente y Matteo apareció con un manojo de llaves.
—Llegas demasiado temprano.
—Necesitaba hablar con Lorenzo.
—Está dentro.
Isabella entró y encontró a Lorenzo junto a la mesa, revisando el pequeño fragmento de papel que había encontrado la noche anterior.
—Encontraste algo —dijo ella.
Él levantó la mirada.
—Sí.
—¿Qué dice?
—No estoy seguro.
Isabella se acercó y observó el fragmento bajo la lámpara.
—Parece un nombre.
—Eso pensé.
—¿Cuál?
Lorenzo movió ligeramente el papel.
—Giovanni Conti.
Isabella sintió un escalofrío.
—Es imposible.
—Eso dije cuando lo vi.
—Mi bisabuelo se llamaba Giovanni.
—¿Estás segura?
—Sí. Giovanni Conti. Nació en Florencia en 1892.
Lorenzo la observó.
—Esta carta es de mucho antes.
—Entonces no puede ser él.
—No.
—Pero ¿por qué aparece el mismo nombre?
—Eso tenemos que descubrirlo.
Isabella tomó asiento.
—Mi madre sabe algo.
—¿Qué te dijo?
—Que el apellido Bellandi aparece en una historia familiar que mi abuela nunca quiso contarle completamente.
Lorenzo permaneció callado.
—También me pidió que regresara a Florencia.
—¿Quieres regresar?
Isabella lo miró.
—No lo sé.
—Eso no parece una respuesta.
—Porque no tengo una respuesta.
Lorenzo apartó la mirada.
—Entonces quizá deberías ir.
Isabella sintió una pequeña decepción.
—¿Eso es lo que quieres?
—No.
—Pues no parece.
Él se quedó callado durante unos segundos antes de responder.
—No quiero que tomes una decisión por mí.
Aquella frase consiguió cambiar el tono de la conversación. Isabella comprendió que Lorenzo no estaba intentando alejarla, sino evitar que ella confundiera su deseo de permanecer en Venecia con una obligación sentimental. Sin embargo, había algo en su manera de protegerse que le resultaba familiar.
—Siempre haces eso —dijo.
—¿Qué cosa?
—Te adelantas a una pérdida.
Lorenzo la miró.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando crees que algo puede terminar, empiezas a comportarte como si ya hubiera terminado.
Él no respondió.
Matteo apareció en la puerta.
—Si van a discutir, al menos háganlo después del café.
Isabella sonrió a pesar de sí misma.
—No estamos discutiendo.
—Eso dicen las personas que están discutiendo.
El anciano desapareció nuevamente y Lorenzo se pasó una mano por el cabello.
—No quería molestarte.
—No me has molestado.
—Solo creo que deberías descubrir lo que ocurre con tu familia.
—Y yo creo que tú deberías dejar de decidir por mí.
Él sonrió ligeramente.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo de verdad?
—Sí.
Isabella abrió la carpeta donde había guardado la copia de la carta.
—Entonces trabajemos.
Durante las siguientes horas analizaron cuidadosamente el fragmento encontrado detrás de la última hoja. Descubrieron que formaba parte de una anotación mucho más extensa y que el nombre de Giovanni Conti aparecía asociado a una dirección de Florencia. La referencia no explicaba cuál era la relación entre aquel hombre y Elena Bellandi, pero sí indicaba que existía algún vínculo que había sido considerado suficientemente importante como para quedar registrado.
Isabella llamó nuevamente a su madre.
—Necesito que me digas qué sabes.
—Te dije que prefería hablar personalmente.
—Mamá, el nombre de Giovanni Conti está en las cartas.
—¿Qué cartas?
—Las de Elena Bellandi.
Su madre guardó silencio.
—¿Cómo conoces ese nombre?
—Porque aparece en documentos familiares.
—¿De cuándo?
—De hace casi un siglo.
Isabella cerró los ojos.
—Entonces dime qué ocurrió.
Su madre suspiró.
—Tu bisabuelo Giovanni tuvo una relación profesional con una familia veneciana, pero eso no es lo más importante.
—¿Qué es lo más importante?
—Su hermana menor, Teresa, desapareció durante varios años de los registros familiares.
—¿Desapareció?
—No literalmente. Se marchó de Florencia y nadie sabía exactamente dónde vivía.
—¿Y qué tiene que ver Elena?
—Según una carta que encontré hace muchos años, Teresa conoció a Elena Bellandi.
Isabella miró a Lorenzo.
—¿Sabes dónde está esa carta?
—No.
—¿La tiene la abuela?
—La tenía.
—¿Y ahora?
—Creo que está entre sus cosas.
—¿Dónde?
—En la casa de Florencia.
Isabella sintió que la investigación acababa de adquirir una dimensión completamente nueva.
—Voy a volver unos días.
—Me parece bien.
—Pero no quiero abandonar el proyecto.
—No te estoy pidiendo que lo abandones.
La conversación terminó de una manera más tranquila, aunque Isabella sabía que su madre todavía guardaba información que no estaba dispuesta a revelar por teléfono.
Lorenzo había escuchado solamente una parte.
—¿Cuándo te vas?
—Esta tarde.
Él asintió.
—Puedo acompañarte hasta la estación.
—No hace falta.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—Entonces ¿por qué quieres hacerlo?
Lorenzo sonrió.
—Porque quiero.
Isabella no respondió, pero aquella respuesta le produjo una alegría que no quiso mostrar demasiado.
Aquella tarde caminaron juntos hacia la estación mientras Venecia parecía más gris de lo habitual. El cielo estaba cubierto y el agua de los canales tenía un color oscuro, mientras las embarcaciones pasaban lentamente entre las fachadas antiguas. Isabella llevaba una pequeña maleta y la carpeta con los documentos, y Lorenzo caminaba a su lado.
—¿Cuánto tiempo estarás en Florencia?
—No lo sé.
—¿Dos días?
—Quizá tres.
—Bien.
—¿Bien?
—Así tendré tiempo para terminar de revisar las cartas.
Isabella lo miró.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—No solamente.
Ella sonrió.
—Pensé que habías decidido no adelantarte a las pérdidas.
—Estoy intentando aprender.
Cuando llegaron a la estación, Lorenzo tomó la maleta.
—Déjame.
—Puedo llevarla.
—Ya lo sé.
Subieron juntos al andén y permanecieron en silencio hasta que apareció el tren.
—Lorenzo.
—¿Sí?
—No quiero que pienses que me voy porque quiero alejarme de ti.
Él la miró.
—No lo pienso.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces dime algo.
—¿Qué?
—¿Quieres que vuelva?
Lorenzo tardó unos segundos en responder.
—Sí.
La palabra fue sencilla, pero Isabella sintió que tenía más peso que cualquier declaración elaborada.
—Entonces volveré.
El tren comenzó a moverse poco después y Lorenzo permaneció en el andén hasta que desapareció. Cuando finalmente se quedó solo, volvió lentamente hacia el taller, con una sensación que no había experimentado desde hacía muchos años: la de esperar el regreso de alguien.
En Florencia, Isabella encontró a su madre esperándola en casa. La recibió con un abrazo prolongado y después ambas se sentaron en la sala donde la familia había conservado durante décadas fotografías, cartas y pequeños objetos que nadie había querido tirar. Su madre abrió un armario y sacó una caja de madera.
—Esto perteneció a tu abuela.
—¿Está la carta?
—Creo que sí.
Abrieron la caja y comenzaron a revisar fotografías, documentos y cartas antiguas hasta encontrar un sobre amarillento con una inscripción casi borrada.
Isabella lo tomó con cuidado.
—Aquí está.
—No la abras todavía.
—¿Por qué?
—Porque quiero contarte primero lo que sé.
Isabella esperó.
—Teresa Conti era hermana de tu bisabuelo Giovanni. Tenía veinticuatro años cuando decidió marcharse de Florencia después de la muerte de una amiga muy cercana. Era una mujer profundamente religiosa, pero no de una manera que la hiciera vivir aislada. Se involucraba en obras de ayuda y durante un tiempo colaboró con personas que atendían a enfermos y familias pobres.
—¿Y conoció a Elena?
—Sí.
—¿Cómo?
—Durante una visita a Venecia.
Su madre abrió otro documento.
—Aquí aparece una fecha.
—¿Qué ocurrió después?
—Teresa regresó a Florencia durante un tiempo, pero volvió a Venecia.
—¿Y nunca regresó?
—Sí regresó, pero años después.
Isabella frunció el ceño.
—¿Por qué la familia no hablaba de ella?
—Porque tu bisabuelo consideraba que había abandonado sus responsabilidades familiares.
—¿Qué responsabilidades?
—Querían que Teresa se casara con un hombre elegido por la familia.
Isabella permaneció en silencio.
—Ella se negó.
—¿Y por eso la rechazaron?
—En parte.
—¿Qué hizo?
—Se marchó.
Isabella abrió lentamente el sobre.
Dentro había una carta escrita por Teresa.
La primera línea mencionaba a Elena Bellandi.
Isabella comenzó a leer mientras su madre permanecía a su lado.
La carta hablaba de la tragedia de Paolo, de la obra que Elena había comenzado y de la decisión de ambas mujeres de ayudar a personas que no tenían recursos. También mencionaba algo que Isabella no esperaba encontrar: una pequeña comunidad de mujeres que se reunían para orar y ayudar a familias necesitadas.
—Aquí dice que Elena le enseñó que la fe no consistía en entender por qué había ocurrido una tragedia, sino en decidir qué hacer después de ella.
Su madre asintió.
—Eso mismo decía tu abuela.
Isabella continuó leyendo hasta encontrar una frase que la dejó inmóvil.
—Mamá.
—¿Qué?
—Teresa escribió que Elena tenía un hijo.
—¿Un hijo?
—Sí.
Isabella siguió leyendo.
El niño se llamaba Marco.
Su madre se llevó una mano a la boca.
—Eso no aparece en ningún registro familiar.
—Porque probablemente fue ocultado.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Isabella volvió a leer.
Marco había sido enviado a Florencia durante un tiempo y Teresa había sido la persona encargada de cuidarlo.
—Mamá, hay algo más.
—¿Qué?
—Dice que Marco tenía una hija.
Las dos se miraron.
—¿Una hija llamada Elena?
Isabella negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿quién?
Isabella leyó el nombre.
—Clara Bellandi.
Su madre permaneció inmóvil.
—Ese nombre también aparece en nuestra familia.
—¿Cómo?
—No sé.
Aquella noche Isabella no pudo dormir. Había descubierto que las cartas no eran simplemente un conjunto de documentos históricos, sino el fragmento de una historia familiar que había sido silenciada durante generaciones. Sin embargo, había algo que todavía no comprendía y que la inquietaba especialmente: ¿por qué Elena había escondido las cartas dentro de un libro y por qué había dejado una referencia directa al apellido Conti?
A la mañana siguiente llamó a Lorenzo.
—Ya sé quién era Teresa.
—¿Y?
—Era mi antepasada.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué descubriste?
Isabella le contó todo.
Lorenzo escuchó atentamente.
—Entonces Elena y tu familia estaban relacionadas.
—Sí.
—Y las cartas fueron escondidas para que alguien de tu familia las encontrara.
—Eso parece.
—Hay algo que no sabemos.
—¿Qué?
—Por qué.
Isabella guardó silencio.
—Lorenzo, hay algo más.
—Dime.
—Elena tuvo un hijo.
—¿Qué?
—Y su nombre era Marco.
Lorenzo permaneció callado.
—¿Por qué te sorprende tanto?
—Porque el apellido Bellandi aparece en los registros de mi familia.
—¿Qué quieres decir?
—Mi abuelo tenía documentos antiguos que nunca entendí. Había un Marco Bellandi mencionado en ellos.
Isabella sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Dónde están esos documentos?
—Creo que en casa de mi madre.
—Entonces tenemos que buscarlos.
—Sí.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Lorenzo.
—Mañana.
—Estaré esperándote.
—Eso espero.
Cuando regresó a Venecia, Isabella encontró a Lorenzo en la estación. Él llevaba un abrigo oscuro y una pequeña sonrisa.
—¿Cómo fue?
—Complicado.
—Eso imaginaba.
Caminaron juntos hacia el taller y durante el trayecto Isabella le contó las novedades. Lorenzo parecía cada vez más intrigado.
Al llegar, Matteo los esperaba.
—Tengo algo para ustedes.
—¿Qué? —preguntó Lorenzo.
El anciano sacó una carpeta de un armario.
—He revisado los archivos antiguos del taller.
—¿Y?
—Encontré una referencia a un cliente que trajo este mismo libro hace treinta años.
Lorenzo abrió la carpeta.
—¿Quién?
Matteo señaló el nombre.
—Giovanni Bellini.
Lorenzo quedó inmóvil.
Isabella lo miró.
—¿Tu familia?
—Mi abuelo.
Matteo continuó.
—Y hay algo más.
Sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía el abuelo de Lorenzo junto a una mujer.
Lorenzo tomó la fotografía.
—No la conozco.
Isabella observó el rostro de la mujer.
—Es Elena Bellandi.
El silencio que siguió fue largo.
Lorenzo volvió a mirar la fotografía.
—Mi abuelo conoció a Elena.
—Y probablemente recibió el libro de sus manos —dijo Isabella.
Matteo señaló el reverso de la fotografía.
Había una inscripción escrita a mano.
Lorenzo la leyó lentamente.
—Para Giovanni, que comprendió que algunas historias necesitan esperar a que llegue la persona correcta.
Isabella lo miró.
—Quizá nosotros somos esa persona.
Lorenzo negó suavemente.
—No lo sé.
—Pero tenemos que descubrirlo.
Él guardó la fotografía.
—Sí.
Esa misma tarde comenzaron a revisar los documentos familiares de Lorenzo. Encontraron referencias a Elena, a Marco y a la pequeña obra de asistencia que había continuado durante años, pero también descubrieron una anotación que ninguno esperaba: el abuelo de Lorenzo había ayudado a transportar documentos de Elena a Florencia poco antes de su muerte.
—Entonces las cartas no fueron escondidas por accidente —dijo Isabella.
—No.
—Tu abuelo participó.
—Parece que sí.
Lorenzo tomó uno de los documentos y lo leyó nuevamente.
—Aquí hay una dirección.
—¿Dónde?
—Cannaregio.
—¿Qué hay allí?
—No lo sé.
Salieron antes de que anocheciera y caminaron hasta la dirección indicada. Encontraron una casa antigua que parecía haber sido reformada varias veces, pero junto a la puerta todavía permanecía una pequeña placa casi ilegible.
Lorenzo pasó los dedos sobre ella.
—Bellandi.
Isabella se acercó.
—¿Crees que Elena vivió aquí?
—Creo que sí.
Una mujer mayor apareció en la puerta.
—¿Buscan a alguien?
Lorenzo respondió:
—Estamos investigando a Elena Bellandi.
La mujer los observó con atención.
—¿Por qué?
Isabella mostró la fotografía.
—Encontramos esto.
La anciana tomó la fotografía y palideció ligeramente.
—¿Dónde la consiguieron?
—En unos documentos familiares.
—Entonces finalmente alguien volvió.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
La mujer miró hacia el interior de la casa.
—Pasen.
Entraron.
La anciana cerró la puerta y caminó lentamente hasta una habitación donde había un pequeño escritorio cubierto de fotografías antiguas.
—Mi madre conoció a Elena —dijo—. Y antes de morir me pidió que guardara una cosa.
Abrió un cajón.
Sacó una carta.
—Me dijo que algún día vendrían dos personas.
Isabella tomó el documento con manos temblorosas.
—¿Quiénes?
La mujer los miró.
—Un Bellini y una Conti.
Lorenzo e Isabella se miraron sin saber qué decir.
La anciana colocó la carta sobre la mesa.
—Esta carta llevaba treinta años esperando que ustedes llegaran.
Afuera, Venecia comenzaba a cubrirse de oscuridad y las primeras luces se reflejaban sobre el canal, mientras Lorenzo e Isabella se inclinaban sobre aquella nueva carta sin atreverse todavía a abrirla, conscientes de que acababan de cruzar una frontera invisible entre la investigación que los había unido y una historia familiar que parecía haberlos estado esperando mucho antes de que ellos mismos se conocieran.
CAPÍTULO 4
La carta permaneció durante varios minutos sobre el escritorio de aquella casa de Cannaregio sin que ninguno de los dos se atreviera a tocarla nuevamente, porque la presencia de aquel sobre amarillento parecía haber cambiado de alguna manera la naturaleza de todo cuanto hasta entonces habían estado buscando y porque, después de descubrir que un Bellini y una Conti habían sido mencionados expresamente como las personas que algún día podrían regresar por ella, abrirla significaba aceptar que la historia de Elena Bellandi ya no pertenecía solamente al pasado, sino que de una manera difícil de comprender había terminado alcanzándolos a ellos. La mujer que los había recibido permanecía de pie junto a la ventana, observándolos con una mezcla de curiosidad y cansancio, como si hubiera esperado durante demasiado tiempo aquel momento y, al mismo tiempo, como si una parte de ella hubiera deseado que nunca llegara.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó Isabella finalmente.
—Lucia Ferretti.
—¿Y su madre conoció personalmente a Elena?
—La conoció cuando era joven, mucho antes de que yo naciera, pero mi madre hablaba de ella con una admiración que nunca entendí completamente. Para ella, Elena era una mujer que había sufrido algo que podría haberla destruido y que, en lugar de encerrarse en su dolor, comenzó a ocuparse de personas que sufrían más que ella. Mi madre decía que eso no significaba que Elena fuera una mujer sin tristeza, sino precisamente lo contrario, porque conocía demasiado bien lo que significaba perder y por eso no podía pasar indiferente frente al dolor ajeno.
Lorenzo miró la carta.
—¿Por qué la guardó durante tantos años?
Lucia sonrió con cierta melancolía.
—Porque mi madre me lo pidió, y porque antes de morir me dijo que no debía entregarla a cualquiera. Me explicó que Elena había confiado determinados documentos a Giovanni Bellini y que una parte de la historia había quedado vinculada con la familia Conti, pero nunca quiso contarme todos los detalles. Solo me dijo que, si alguna vez aparecía un hombre llamado Bellini acompañado por una mujer llamada Conti, debía entregarles la carta.
Isabella acarició el borde del sobre.
—¿Y nunca preguntó por qué?
—Por supuesto que pregunté, pero mi madre era una mujer que sabía guardar silencios. Me decía que algunas respuestas llegan cuando uno está preparado para recibirlas y que otras no llegan nunca, y que ninguna de esas dos cosas debía impedirnos seguir viviendo.
Aquella frase produjo en Isabella una impresión particular, porque se parecía demasiado a algunas de las palabras que había escuchado de su abuela durante su infancia y porque, de pronto, comprendió que quizá la forma en que las mujeres de aquella familia hablaban de la fe había atravesado generaciones sin que nadie se hubiera ocupado de identificar el hilo que las unía. No se trataba de frases piadosas utilizadas para cerrar conversaciones difíciles, sino de una manera de aceptar que la existencia podía contener preguntas para las cuales no había respuestas inmediatas y que, aun así, era posible continuar caminando.
—¿Podemos leerla aquí? —preguntó Lorenzo.
Lucia asintió.
—Creo que para eso la he conservado.
Isabella abrió el sobre con extrema delicadeza y retiró una hoja doblada varias veces. La tinta estaba algo desvaída, pero la caligrafía permanecía perfectamente legible. La fecha correspondía a noviembre de 1948.
Querido Giovanni:
Si estas páginas han llegado hasta ti, significa que finalmente has comprendido lo que intenté explicarte durante tantos años. No te pido que perdones lo que ocurrió, porque sé que hay heridas que no se cierran por una orden ni por una decisión voluntaria, y tampoco te pido que encuentres una explicación que pueda hacer soportable aquello que hemos perdido. Te pido solamente que no permitas que la tristeza se convierta en la única verdad que puedas reconocer.
Lorenzo dejó escapar lentamente el aire.
Isabella continuó leyendo en voz alta, mientras Lucia permanecía inmóvil junto a la ventana.
La carta hablaba después de Paolo, de la tragedia que había ocurrido muchos años antes, de la forma en que Elena había quedado sola y de los primeros meses en los que había pensado abandonar Venecia para comenzar una vida nueva lejos de los recuerdos. Sin embargo, había algo diferente en aquella carta respecto de las anteriores, porque Elena no hablaba solamente de su propia historia, sino de una decisión que parecía haber cambiado el destino de varias personas.
Había descubierto que Marco, su hijo, no era el hombre que todos creían conocer.
Marco había nacido después de la muerte de Paolo, y Elena había permitido durante años que algunas personas creyeran que era hijo de un familiar cercano, porque temía que determinadas circunstancias de su nacimiento provocaran un conflicto que terminaría perjudicándolo. Giovanni Conti había sido una de las pocas personas que conocían la verdad y, según la carta, había prometido proteger al niño si Elena no conseguía hacerlo.
Isabella dejó de leer.
—¿Marco era hijo de Paolo?
Lucia negó lentamente.
—No lo sé.
Lorenzo tomó la carta.
—Aquí falta una página.
Isabella observó el papel.
—Sí.
Había una interrupción evidente en la numeración y la carta terminaba con una frase incompleta.
—¿Dónde está la siguiente página? —preguntó.
Lucia respondió con tranquilidad.
—No lo sé.
—¿Nunca estuvo aquí?
—Mi madre me entregó únicamente esta parte.
Lorenzo miró a Isabella.
—Tenemos que volver al taller.
—¿Por qué?
—Porque el libro puede contener la continuación.
Regresaron esa misma noche y encontraron a Matteo cerrando las persianas.
—¿Ya terminaron por hoy?
—Necesitamos revisar el libro —dijo Lorenzo.
Matteo los miró y comprendió inmediatamente que habían encontrado algo.
—Entonces entren.
El volumen de los Bellandi estaba protegido dentro de una caja especial. Lorenzo lo colocó sobre la mesa y comenzó a revisar nuevamente el lomo, mientras Isabella extendía la carta sobre una superficie limpia. La tensión entre ambos era distinta de la que habían sentido al principio de la investigación, porque ahora existía una certeza: alguien había organizado deliberadamente aquella cadena de documentos para que, muchos años después, pudiera ser reconstruida.
—Mira aquí —dijo Lorenzo.
Isabella se acercó.
—¿Qué encontraste?
—Una segunda cavidad.
—No puede ser.
—Eso dije la primera vez.
Con instrumentos finos, Lorenzo comenzó a separar cuidadosamente una parte del revestimiento interior. La operación exigía paciencia y precisión, porque cualquier movimiento brusco podía destruir documentos que quizá hubieran permanecido intactos durante décadas.
Después de varios minutos apareció un pequeño compartimiento.
Dentro había tres hojas.
Isabella sintió que le temblaban las manos.
—Son de Elena.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Reconozco la escritura.
Lorenzo retiró las hojas y las colocó junto a la carta encontrada en Cannaregio.
La primera estaba fechada en 1951.
La segunda, en 1954.
La tercera no tenía fecha.
Comenzaron por la primera.
Elena explicaba que Marco había sido enviado a Florencia bajo la protección de Teresa Conti porque Venecia se había convertido en un lugar demasiado peligroso para él debido a una disputa familiar. No hablaba de un peligro físico inmediato, sino de una disputa relacionada con una herencia y con documentos que demostraban que determinadas propiedades habían sido adquiridas mediante procedimientos que podían ser cuestionados legalmente.
Lorenzo leyó lentamente.
—Entonces todo esto también tenía que ver con dinero.
—Probablemente —respondió Isabella—, pero creo que había algo más.
—¿Por qué?
—Porque Elena no parece preocupada solamente por la herencia. Está preocupada por quién podría utilizar la historia de Marco para destruirlo.
La segunda carta era todavía más reveladora.
Elena hablaba de Giovanni y de Teresa, pero también mencionaba a un hombre llamado Carlo Bellini.
Lorenzo levantó la mirada.
—Mi bisabuelo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Carlo Bellini había sido padre de Giovanni Bellini, el hombre que había recibido el libro años después.
Isabella siguió leyendo.
Elena agradecía a Carlo por haber ayudado a ocultar determinados documentos y por haber protegido a Marco cuando algunos familiares habían intentado localizarlo. También hablaba de una pequeña caja que había sido entregada a Carlo y que debía permanecer cerrada hasta que Marco fuera adulto.
—¿Qué había en la caja? —preguntó Isabella.
—No lo dice.
—Entonces necesitamos encontrarla.
Matteo, que había permanecido en silencio al otro lado de la mesa, intervino.
—Quizá ya la encontraron hace mucho tiempo.
Lorenzo lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Tu abuelo vino aquí varias veces buscando documentos de la familia Bellandi, pero nunca habló de una caja. Recuerdo que una vez discutió con tu padre porque quería llevarse algunos papeles de la casa familiar.
—¿Mi padre sabía algo?
—No lo sé.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
Matteo bajó la mirada.
—Porque cuando murió tu hermano, dejaste de querer hablar de cualquier cosa relacionada con tu familia.
La expresión de Lorenzo cambió.
Isabella lo observó sin intervenir.
El nombre de Andrea había aparecido de manera inesperada y el ambiente se volvió más pesado.
—No fue solamente por Andrea —dijo Lorenzo después de un rato—. Fue porque después de su muerte todos parecían tener una explicación.
Matteo permaneció callado.
—Decían que Dios tenía un propósito, que había que aceptar su voluntad, que algún día comprendería, pero yo tenía diecinueve años y había visto desaparecer a mi hermano delante de mí. No quería explicaciones.
Isabella se acercó un poco más.
—No necesitas explicármelo.
Lorenzo la miró.
—Lo sé.
—Y tampoco necesitas creer porque alguien te diga que deberías hacerlo.
—Eso también lo sé.
Aquella respuesta no cerró la herida, pero hizo que Lorenzo sintiera que por primera vez alguien podía permanecer cerca de ella sin intentar cubrirla con palabras.
La tercera hoja no estaba firmada.
En ella Elena hablaba de una decisión que había tomado después de muchos años de dudas. Había decidido entregar todos los documentos relacionados con Marco a Giovanni Conti y a Carlo Bellini, pero había establecido una condición: ninguno de ellos debía revelar la verdad mientras pudiera perjudicar a los descendientes de las familias implicadas.
Al final aparecía una frase que hizo que Isabella dejara de respirar durante un instante.
Si algún día un Bellini y una Conti llegan juntos hasta estas páginas, no intenten separar sus historias para encontrar una explicación individual a lo que ocurrió, porque lo que empezó como una deuda entre dos familias terminó convirtiéndose en una responsabilidad compartida.
Lorenzo leyó la frase otra vez.
—Esto no puede ser una coincidencia.
—No.
—¿Elena podía saber que nosotros existiríamos?
—No.
—Entonces ¿cómo pudo escribir esto?
Isabella tocó suavemente el papel.
—No creo que estuviera escribiendo para nosotros.
—¿Entonces?
—Para quienes vinieran después.
Aquella noche regresaron caminando juntos por las calles húmedas de Venecia. Ninguno hablaba demasiado, porque ambos estaban intentando ordenar una historia que cada vez parecía menos lineal y porque las revelaciones de aquella tarde habían unido sus familias de una manera que ninguno había imaginado cuando se conocieron. Llegaron hasta un pequeño puente y se detuvieron mirando el agua.
—¿Tienes miedo? —preguntó Isabella.
—Sí.
—¿Por la historia?
—También.
—¿Por qué más?
Lorenzo tardó en responder.
—Porque todo esto empezó a importarme demasiado.
Isabella comprendió que no hablaba únicamente de las cartas.
—A mí también.
Permanecieron juntos bajo la lluvia ligera sin acercarse demasiado, pero tampoco intentando disimular la intimidad que había comenzado a crecer entre ellos. Lorenzo levantó una mano y apartó un mechón de cabello del rostro de Isabella, con un gesto tan natural que ambos quedaron sorprendidos por la cercanía que habían alcanzado sin haber tomado ninguna decisión consciente.
—Isabella.
—¿Sí?
—No quiero que esto sea solamente una consecuencia de las cartas.
—No lo es.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si mañana descubriéramos que todo esto era una equivocación, seguiría queriendo estar aquí contigo.
Lorenzo bajó lentamente la mano.
—Eso me asusta más que las cartas.
Ella sonrió.
—A mí también.
En los días siguientes continuaron investigando los archivos de las familias Bellini, Conti y Bellandi, y cuanto más avanzaban, más evidente se hacía que Elena había construido una red de correspondencia destinada a preservar una historia que otros habían querido borrar. Descubrieron que Marco había vivido durante algunos años en Florencia, que Teresa lo había cuidado junto con su propia familia y que, posteriormente, había regresado a Venecia. También encontraron referencias a Clara, la hija de Marco, que había trabajado como maestra y había mantenido una relación cercana con una pequeña comunidad cristiana de la ciudad.
Isabella se quedó mirando una fotografía.
—Es ella.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque mi abuela tenía una fotografía idéntica.
Lorenzo observó la imagen.
—Entonces Clara llegó hasta tu familia.
—Parece que sí.
—¿Y sabes qué pasó con ella?
—No.
Encontraron la respuesta en un registro parroquial antiguo. Clara había muerto en 1986 y había dejado una hija llamada Teresa.
Isabella palideció.
—Teresa.
—¿Tu abuela?
Ella asintió lentamente.
—Mi abuela se llamaba Teresa.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—Entonces tu abuela era descendiente directa de Elena.
—Sí.
—Y probablemente conoció toda esta historia.
—Ahora entiendo muchas cosas.
—¿Qué cosas?
Isabella tomó el pequeño crucifijo de madera que llevaba alrededor del cuello.
—Ella nunca me explicó de dónde venía exactamente, pero me decía que lo había recibido de una mujer que había aprendido a seguir adelante cuando había perdido todo.
Lorenzo miró el crucifijo.
—¿Crees que era de Elena?
—No lo sé.
—Podemos averiguarlo.
Isabella sonrió con tristeza.
—Sí.
Durante aquella semana, el trabajo en el taller se convirtió en una mezcla de restauración e investigación. Cada nueva capa de papel, cada anotación marginal y cada fragmento de tinta parecía revelar una pieza diferente de la historia. Lorenzo había comenzado a experimentar una sensación que no conocía desde hacía años: la restauración ya no era solamente una profesión, sino una manera de acercarse a preguntas que durante mucho tiempo había evitado. Isabella, por su parte, comenzó a comprender que su fe no estaba allí para cerrar el misterio, sino para permitirle permanecer dentro de él sin desesperarse.
Una tarde, mientras trabajaban, Isabella preguntó:
—¿Sigues pensando que Dios es una pregunta sin respuesta?
Lorenzo continuó trabajando durante unos segundos antes de contestar.
—Sí.
—¿Y eso ha cambiado?
—Tal vez ahora me molesta menos que antes.
—¿Por qué?
—Porque estoy empezando a entender que una pregunta puede acompañarte sin destruirte.
Isabella no dijo nada.
Lorenzo añadió:
—No estoy diciendo que crea.
—Ya lo sé.
—Pero tampoco quiero seguir huyendo.
Ella lo miró.
—Eso ya es mucho.
Él sonrió.
—No conviertas esto en una victoria.
—No lo haría.
—¿Ni siquiera un poquito?
—Quizá un poquito.
Lorenzo se rió y durante unos segundos la tensión acumulada durante aquellos días desapareció.
Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Al día siguiente recibieron una llamada de la biblioteca donde Isabella trabajaba.
La directora quería verla inmediatamente.
Isabella salió del taller con expresión preocupada y regresó una hora más tarde con una carpeta bajo el brazo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lorenzo.
—Han decidido adelantar la reorganización de la colección de Florencia.
—¿Y?
—Quieren que regrese antes de lo previsto.
Lorenzo dejó el instrumento que sostenía.
—¿Cuándo?
—En dos semanas.
Él permaneció callado.
—Pero tu contrato era de seis meses.
—Lo sé.
—¿Puedes negarte?
—Podría, pero tendría consecuencias profesionales.
—Entonces tendrás que ir.
Isabella lo miró.
—No quiero que vuelvas a hacer eso.
—¿Qué?
—Decirme que tengo que irme como si no te importara.
Lorenzo se acercó.
—Me importa demasiado.
Ella bajó la mirada.
—Eso es lo que me preocupa.
—A mí también.
Se quedaron frente a frente sin saber qué hacer con aquella cercanía. Finalmente Isabella apoyó la frente sobre el hombro de Lorenzo y él la abrazó con cuidado, sin apresurarse, como si ambos comprendieran que aquel momento no necesitaba promesas.
—No quiero que esto termine —murmuró ella.
—Yo tampoco.
—Entonces no hagamos nada por miedo.
Lorenzo cerró los ojos.
—De acuerdo.
Cuando se separaron, Isabella dejó sobre la mesa la carpeta que había recibido de Florencia.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La directora me entregó esto.
Abrió la carpeta y mostró una copia de un documento fechado en 1957.
Lorenzo lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿Qué es?
—Una transferencia de propiedad.
—¿A nombre de quién?
—Elena Bellandi.
—¿Y después?
Isabella señaló la última línea.
—A nombre de Marco Bellandi.
Lorenzo recorrió el documento con la mirada.
—Aquí aparece una segunda transferencia.
—Sí.
—¿A quién?
Isabella señaló el nombre.
—Giovanni Conti.
Ambos quedaron en silencio.
Pero debajo del nombre había una anotación que ninguno había visto antes.
La propiedad no había sido vendida.
Había sido entregada como garantía de una deuda.
Lorenzo levantó la mirada.
—¿Qué deuda?
Isabella negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Tenemos que averiguarlo.
—Antes de que me vaya.
—Sí.
Aquella noche, mientras Venecia se llenaba de luces reflejadas sobre los canales y los turistas comenzaban a desaparecer de las calles más pequeñas, Lorenzo e Isabella regresaron al archivo con una nueva urgencia. Sabían que tenían poco tiempo y que la historia de Elena todavía escondía algo fundamental, algo que explicaba por qué una propiedad había pasado de una familia a otra, por qué las cartas habían sido ocultadas durante décadas y por qué Elena había confiado finalmente sus documentos a un Bellini y a una Conti.
Encontraron el expediente después de varias horas.
La deuda había sido contraída en 1956.
El acreedor aparecía identificado como una institución de asistencia de Venecia.
Isabella leyó lentamente.
—No era una deuda personal.
—Entonces ¿qué era?
—Una deuda relacionada con la obra de Elena.
Lorenzo continuó leyendo.
—Ella había hipotecado la propiedad para financiar un hogar para familias sin recursos.
Isabella lo miró.
—Lo hizo todo por ellos.
—Y perdió la casa.
—Sí.
El documento terminaba con una nota manuscrita.
La propiedad debía quedar en manos de Giovanni Conti hasta que la obra pudiera sostenerse por sí misma.
Lorenzo dejó el documento sobre la mesa.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Las cartas no hablan solamente de Elena.
—¿De qué hablan?
—De una promesa.
Isabella tomó la hoja.
—¿Qué promesa?
—Que nadie heredaría solamente una propiedad.
Ella lo miró.
—¿Entonces qué heredaron?
Lorenzo volvió a señalar la anotación.
—Una responsabilidad.
En ese momento, el teléfono de Isabella comenzó a sonar.
Era su madre.
Isabella contestó.
—Mamá, ¿qué ocurre?
La voz de su madre llegó alterada.
—Encontré otra caja de tu abuela.
—¿Qué contiene?
—No estoy segura.
—¿Hay cartas?
—Sí.
—¿De Elena?
—No.
—Entonces ¿de quién?
Hubo un silencio.
—De Lorenzo.
Isabella sintió que el corazón se detenía por un instante.
—¿Cómo que de Lorenzo?
—No de él personalmente. De su familia.
—¿Qué dicen?
—No puedo explicártelo por teléfono.
—Mamá, por favor.
—Solo hay una cosa que necesitas saber.
—¿Qué?
—La historia de Elena Bellandi no terminó con Marco.
Isabella miró a Lorenzo.
—¿Entonces con quién?
Su madre respondió después de una pausa.
—Con Andrea Bellini.
Isabella palideció.
Lorenzo había escuchado el nombre.
Se levantó lentamente.
—¿Andrea?
Isabella sostuvo el teléfono con fuerza.
—Mamá, ¿qué tiene que ver Andrea con Elena?
La respuesta llegó entrecortada.
—Eso es precisamente lo que tienes que descubrir.
La llamada terminó y durante unos segundos ninguno de los dos se movió. Afuera, el agua golpeaba suavemente las piedras del canal, mientras una embarcación pasaba lentamente bajo el puente. Lorenzo miró a Isabella con una expresión que ella nunca había visto antes, una mezcla de desconcierto, miedo y algo más profundo que todavía no podía identificar.
—¿Qué dijo?
Isabella dejó el teléfono sobre la mesa.
—Dijo que Elena tenía una historia relacionada con Andrea.
Lorenzo negó lentamente.
—No puede ser.
—Eso fue lo que dijo.
—Andrea murió en 2004.
—Lo sé.
—Elena murió décadas antes.
—También lo sé.
Lorenzo caminó hacia la ventana.
—Entonces ¿cómo puede estar relacionado?
Isabella tomó nuevamente la carta de 1948.
—No lo sé.
Él permaneció mirando el canal.
—Tenemos que ir a Florencia.
Isabella se acercó.
—Sí.
—Y esta vez quiero ir contigo.
Ella lo miró durante unos segundos antes de responder.
—Entonces iremos juntos.
Sobre la mesa, entre las cartas de Elena, los documentos de las familias y la fotografía de dos personas que habían vivido mucho antes que ellos, quedó abierta la página donde aparecía por primera vez el nombre de Andrea Bellini, y mientras la lluvia volvía a caer sobre Venecia, una gota descendió por el cristal de la ventana y terminó perdiéndose en el reflejo de las luces del canal, mientras Lorenzo e Isabella comenzaban a guardar los documentos que llevarían consigo a Florencia.
CAPÍTULO 5
El viaje a Florencia comenzó al amanecer de un día particularmente frío de noviembre, cuando Venecia todavía parecía suspendida en una quietud gris y las primeras embarcaciones atravesaban lentamente los canales llevando trabajadores, estudiantes y empleados que se dirigían hacia sus ocupaciones, mientras Lorenzo y Isabella caminaban juntos hacia la estación con una pequeña maleta cada uno y una carpeta protegida dentro de una bolsa impermeable que contenía las copias de las cartas de Elena Bellandi, los documentos encontrados en los archivos y la fotografía que había terminado por convertirse en una especie de llave para abrir una puerta que ninguno de los dos había sabido siquiera que existía. Lorenzo llevaba varias horas sin dormir y había pasado buena parte de la noche revisando los documentos relacionados con Andrea, tratando de encontrar una explicación que permitiera separar la tragedia de su hermano de aquella historia ocurrida casi medio siglo antes, pero cuanto más buscaba, más comprendía que el problema no consistía solamente en descubrir una relación documental entre dos épocas aparentemente inconexas, sino en enfrentarse a la posibilidad de que su hermano hubiera conocido una parte de aquella historia que él jamás había imaginado y que, quizá, algunas de las cosas que Andrea había intentado decirle durante los últimos años de su vida tenían un significado diferente del que Lorenzo les había atribuido en aquel momento.
—No tienes que hacerlo si no quieres —dijo Isabella mientras atravesaban una calle todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior.
—¿Hacer qué?
—Buscar cosas sobre Andrea.
Lorenzo continuó caminando unos pasos antes de responder.
—Ya no puedo fingir que no existen.
—No me refiero a fingir.
—Lo sé.
—Entonces dime qué estás pensando.
Lorenzo miró hacia uno de los canales laterales, donde el agua reflejaba las fachadas todavía oscuras.
—Estoy pensando que durante doce años he intentado recordar a mi hermano sin recordar el día en que murió, y ahora tengo miedo de que todas esas cosas vuelvan juntas.
Isabella no intentó responder inmediatamente, porque sabía que había conversaciones que se dañaban cuando alguien pretendía llenarlas demasiado rápido con palabras tranquilizadoras.
—Mi abuela decía que algunos recuerdos no desaparecen, solamente cambian de lugar dentro de nosotros.
—¿Y tú crees eso?
—Sí, aunque durante mucho tiempo no entendí qué quería decir.
—¿Ahora sí?
—Creo que sí.
Lorenzo la miró.
—¿Y dónde están los tuyos?
Isabella sonrió ligeramente.
—En lugares donde todavía duelen, pero ya no mandan.
Él bajó la mirada y siguió caminando.
—Me gustaría llegar algún día a eso.
—Tal vez ya estés llegando.
No hubo una respuesta, pero cuando alcanzaron la estación Lorenzo tomó la mano de Isabella durante unos segundos para ayudarla a subir al tren y ninguno de los dos la soltó inmediatamente después. El gesto fue tan natural que solamente se dieron cuenta cuando ya estaban sentados frente a frente y la ciudad comenzaba a quedar atrás, con sus canales, sus puentes y sus edificios antiguos desapareciendo poco a poco mientras el tren avanzaba hacia tierra firme.
Durante el trayecto revisaron nuevamente los documentos, aunque ambos sabían que probablemente no encontrarían nada nuevo allí. La última información recibida desde Florencia había sido demasiado precisa para ignorarla: existía una caja perteneciente a la abuela de Isabella que contenía documentos relacionados con la familia Bellini y, según la madre de Isabella, uno de ellos mencionaba directamente a Andrea. El problema era que Andrea había muerto en 2004, mientras que las últimas cartas de Elena pertenecían a las décadas de 1950 y 1960, de modo que cualquier relación entre ambos tendría que haber ocurrido a través de generaciones posteriores.
—¿Qué edad tenía tu abuela cuando murió? —preguntó Lorenzo.
—Setenta y nueve.
—¿Y conoció a Andrea?
—Sí.
—¿Lo conocía bien?
—No estoy segura. Mi abuela viajaba algunas veces a Venecia y tenía amigos allí, pero nunca me habló demasiado de ellos.
—¿Tu familia sabía que Andrea era creyente?
Isabella levantó la mirada.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque en las cartas de Elena aparece muchas veces la palabra esperanza, y mi hermano hablaba de ella constantemente.
—Eso no significa que exista una conexión.
—No, pero tampoco significa que no exista.
Isabella cerró la carpeta.
—¿Andrea te habló alguna vez de Elena Bellandi?
Lorenzo tardó en contestar.
—No con ese nombre.
—¿Entonces?
—Cuando éramos adolescentes, encontró en la casa de mi abuelo una caja vieja con cartas y fotografías. Recuerdo que pasó varios días revisándolas. Le pregunté qué había encontrado y me dijo que eran cosas de familia que necesitaba entender antes de poder explicármelas.
—¿Y nunca volvió a hablarte de ellas?
—Sí, pero mucho después.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir.
Isabella lo observó atentamente.
—¿Qué te dijo?
Lorenzo apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos durante unos segundos.
—Me dijo que había descubierto algo acerca de nuestro apellido, algo que no tenía que ver con dinero ni con propiedades, sino con una promesa que alguien había hecho muchos años antes. Yo estaba preocupado por otras cosas y pensé que se refería a alguna historia familiar sin importancia.
—¿Y ahora?
—Ahora me pregunto si estaba hablando de Elena.
El tren avanzaba mientras el paisaje cambiaba lentamente y la niebla se levantaba sobre los campos. Isabella observó a Lorenzo y comprendió que aquel viaje tenía para él una importancia que iba mucho más allá de la investigación, porque por primera vez estaba regresando voluntariamente hacia un recuerdo que durante años había evitado. Ella no quería empujarlo ni convertir su presencia en una especie de obligación, pero tampoco podía negar que deseaba estar a su lado precisamente porque intuía que aquella búsqueda podía modificar la manera en que Lorenzo miraba su propia historia.
Al llegar a Florencia, la madre de Isabella los esperaba cerca de la estación. Saludó primero a su hija y después miró a Lorenzo con una expresión que mezclaba sorpresa y reconocimiento.
—Tú eres Lorenzo.
—Sí.
—Tu abuela hablaba de tu familia.
Lorenzo pareció desconcertado.
—¿Conoció a mi abuela?
—No personalmente, pero conocía a tu abuelo.
Isabella intervino.
—Mamá, necesitamos ver la caja.
—Está en casa.
Los tres caminaron juntos hasta el apartamento familiar. Durante el trayecto, la madre de Isabella evitó mencionar los documentos, como si necesitara encontrar el momento adecuado para hacerlo.
Una vez dentro, condujo a ambos hasta una habitación donde había un pequeño armario de madera que pertenecía a la abuela de Isabella.
—Lo encontré hace dos días, después de hablar contigo —dijo—. Había una caja escondida detrás de unas carpetas antiguas.
Sacó una caja rectangular cubierta por una tela.
Lorenzo se acercó.
—¿Puedo?
La madre de Isabella asintió.
Él retiró la tela y abrió la tapa.
Dentro había fotografías, sobres, pequeños documentos y un cuaderno de tapas negras.
Isabella tomó el cuaderno.
—Esto era de la abuela.
—Sí.
—¿Lo habías visto antes?
—No.
Lorenzo encontró una fotografía.
Su rostro cambió.
—Es Andrea.
Isabella se acercó.
En la fotografía aparecía Andrea mucho más joven, probablemente unos veinte años, sentado en un banco de piedra frente a una iglesia veneciana. A su lado estaba una mujer mayor.
—¿Quién es ella? —preguntó Isabella.
La madre respondió:
—Tu abuela.
Lorenzo observó la fotografía con atención.
—¿Cuándo fue tomada?
—En 1992.
—Andrea tenía diecinueve años.
—Sí.
Lorenzo permaneció mirando la imagen.
—Yo tenía siete.
—¿Qué hacía tu hermano con mi madre? —preguntó Isabella.
La mujer negó suavemente.
—No lo sé con exactitud, pero Andrea llegó a Venecia con tu abuelo y se separó de él durante unas horas. Encontró a mi madre en una iglesia y comenzaron a conversar.
—¿Sobre qué?
—Sobre Elena.
Lorenzo levantó la cabeza.
—¿Está segura?
—Mi madre me lo contó años después.
El silencio se hizo pesado.
—¿Qué le dijo? —preguntó él.
—Que Andrea estaba buscando una historia de su familia y que había encontrado una referencia a una mujer llamada Elena Bellandi.
Lorenzo se sentó.
—Entonces era verdad.
Isabella tomó el cuaderno.
—Tenemos que leerlo.
La madre de Isabella se retiró de la habitación para preparar café y los dejó solos.
El cuaderno contenía anotaciones de la abuela de Isabella, escritas durante varios años. Algunas hablaban de viajes, de personas conocidas y de asuntos familiares, pero otras estaban relacionadas directamente con Elena y con los Bellini. En una entrada fechada en 1992, la abuela había escrito que un joven llamado Andrea Bellini había llegado a Venecia buscando información sobre una mujer que había dedicado su vida a ayudar a familias necesitadas después de perder a su marido.
Lorenzo dejó de respirar durante unos segundos.
—Era él.
Isabella continuó leyendo.
La entrada decía que Andrea había preguntado por unas cartas y por una caja que supuestamente había pasado de Elena a Marco, de Marco a Clara y finalmente a una rama de la familia Conti.
—La caja —dijo Lorenzo.
—Debe ser la misma.
—¿Dónde está?
Isabella siguió leyendo.
La respuesta apareció unas páginas después.
La caja había permanecido durante décadas en manos de una mujer llamada Teresa Conti, pero en 1992 había sido entregada a Andrea.
Lorenzo se puso de pie.
—¿Mi hermano tuvo la caja?
—Eso parece.
—¿Y después?
Isabella pasó varias páginas.
—Aquí está.
La entrada correspondiente a 2004 era mucho más breve.
Andrea había regresado a Venecia pocos meses antes de su muerte y había entregado parte de los documentos a su abuelo, pero había conservado una carta.
—¿Qué carta?
—No dice.
—¿Dónde está?
Isabella siguió buscando.
La entrada siguiente indicaba que Andrea había hablado con su abuela poco antes de morir y que le había pedido que guardara un documento hasta que alguien de la familia Bellini pudiera comprenderlo sin convertirlo en una disputa.
Lorenzo se llevó una mano al rostro.
—Yo nunca supe nada de esto.
—Tenías diecinueve años.
—Él podría habérmelo contado.
—Quizá intentó hacerlo.
Lorenzo la miró.
—Me dijo que había algo que necesitaba entender.
—Y quizá esperaba poder hacerlo antes de hablar contigo.
—Pero murió.
Isabella se acercó.
—Sí.
Él permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Siempre pensé que la última conversación que tuvimos fue una conversación incompleta porque nos peleamos.
—¿Por qué discutieron?
—Por mi fe.
Isabella guardó silencio.
—Andrea quería que lo acompañara a la iglesia. Yo no quería. Le dije cosas horribles. Le dije que si Dios existía no tenía derecho a pedirme que confiara en él después de lo que había pasado.
—¿Y él qué respondió?
Lorenzo cerró los ojos.
—Me dijo que Dios no me pedía que fingiera que no estaba herido.
Isabella sintió un nudo en la garganta.
—¿Eso fue todo?
—No. Después me dijo que algún día entendería que la fe no era una explicación para la muerte de nuestro hermano, sino una manera de no permitir que la muerte tuviera la última palabra sobre nuestra vida.
Durante unos instantes, Isabella no supo qué decir.
Lorenzo se sentó nuevamente.
—Nunca volví a hablar con él.
—No pudiste.
—No.
—Pero él sabía que lo querías.
Lorenzo negó con la cabeza.
—No sé.
—Sí lo sabía.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque eras su hermano.
Él levantó la mirada.
—Eso no siempre es suficiente.
—Para alguien que te conoce desde niño, probablemente sí.
La madre de Isabella regresó con tres tazas de café y observó los rostros de ambos.
—Lo encontraron.
—Sí —respondió Isabella.
—¿Qué dice?
—Andrea tenía la caja.
La mujer dejó lentamente la bandeja sobre la mesa.
—Entonces finalmente apareció.
Lorenzo la miró.
—¿Usted sabía que la tenía?
—Sabía que había recibido algo de tu hermano.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque tu abuela me pidió que esperara.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que tú estuvieras preparado.
Lorenzo soltó una risa amarga.
—¿Y quién decide cuándo uno está preparado?
La mujer lo miró con serenidad.
—A veces nadie lo sabe.
—Entonces ¿por qué esperaron doce años?
—Porque después de la muerte de Andrea tú no querías escuchar nada relacionado con él, con la iglesia, con tu familia ni con aquella historia.
Lorenzo bajó la mirada.
—Eso es verdad.
La madre de Isabella abrió la caja y sacó un sobre pequeño.
—Esto es lo que dejó Andrea.
Lorenzo extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarlo.
—¿Puedo abrirlo?
—Sí.
El sobre no estaba dirigido a nadie. Dentro había una sola hoja.
La letra era la de Andrea.
Lorenzo reconoció inmediatamente la escritura y durante unos segundos no pudo continuar.
Isabella permaneció a su lado sin tocarlo.
Finalmente comenzó a leer.
No era una carta extensa, sino una especie de declaración escrita después de una visita a Venecia. Andrea explicaba que había descubierto la historia de Elena Bellandi y que había comprendido que su familia había recibido durante generaciones una responsabilidad que nadie había sabido nombrar correctamente. Había descubierto también que Elena había perdido a Paolo y que, en lugar de abandonar la ciudad, había comenzado una obra que continuó durante décadas. Lo que más había impresionado a Andrea no era la cantidad de personas ayudadas, sino una frase que Elena había escrito muchos años antes: que algunas personas esperan una explicación para comenzar a vivir nuevamente, mientras que otras comienzan a vivir y descubren la explicación mucho después.
Lorenzo detuvo la lectura.
—Eso suena a ella.
—Sí.
Continuó.
Andrea decía que había encontrado una relación entre aquella historia y la suya propia, aunque no explicaba cuál. Finalmente escribía que había decidido conservar una de las cartas de Elena porque creía que algún día Lorenzo necesitaría leerla.
La hoja terminaba allí.
—¿Dónde está la carta? —preguntó Isabella.
La madre de Isabella sacó otro sobre.
—Aquí.
Lorenzo lo tomó.
En el exterior estaba escrito:
Para Lorenzo, cuando pueda leer sin buscar culpables.
Él abrió el sobre.
La carta era de Elena.
No estaba dirigida a él, naturalmente, sino a alguien llamado Giovanni, pero Andrea había añadido una nota al margen explicando que aquella carta había sido escogida porque describía algo que él deseaba que su hermano entendiera algún día.
Elena hablaba de Paolo y de la noche en que lo perdió, pero no intentaba explicar por qué había ocurrido la tragedia. Contaba que durante meses había rezado pidiendo una respuesta y que no había recibido ninguna que pudiera considerar suficiente. Después describía el momento en que había comprendido que seguir esperando una explicación podía convertirse en otra forma de quedarse inmóvil.
Había escrito que continuaría llorando a Paolo, pero que no permitiría que su ausencia le impidiera amar a quienes todavía estaban vivos.
Lorenzo leyó en silencio hasta el final.
La última línea decía:
No sé por qué Dios permitió que aquel día sucediera, pero sí sé que no quiero utilizar mi dolor para negar todo el bien que todavía puedo hacer mientras permanezca aquí.
Lorenzo dejó caer lentamente la hoja sobre la mesa.
Isabella no dijo nada.
Él permaneció mirando el documento durante largo rato.
—Toda mi vida pensé que Andrea quería que yo encontrara una explicación.
—Quizá quería que encontraras otra cosa.
—¿Qué?
—Una forma de seguir viviendo.
Lorenzo levantó los ojos.
—¿Y si no puedo?
Isabella se sentó junto a él.
—Entonces no tienes que hacerlo todo de una vez.
Él la miró.
—¿Cómo haces para hablar de estas cosas sin tener respuestas?
—Porque no tengo todas las respuestas.
—Pero tienes fe.
—Sí.
—¿Y eso no te hace querer explicar lo inexplicable?
—No.
—¿Nunca?
—No.
Isabella tomó el pequeño crucifijo que llevaba al cuello.
—Mi abuela me enseñó algo que tardé años en entender. Me decía que creer no significa saber por qué, sino decidir en quién confiar mientras todavía no sabes por qué.
Lorenzo observó el crucifijo.
—Tu abuela y Elena parecían hablar el mismo idioma.
—Tal vez porque Elena llegó hasta nuestra familia.
—Y quizá también hasta la mía.
Pasaron el resto de la tarde revisando la documentación de Andrea. Descubrieron que había hecho varias visitas a Venecia entre 1992 y 2004, que había investigado archivos de iglesias y que había mantenido correspondencia con personas relacionadas con la antigua obra de Elena. También encontraron recibos, fotografías y anotaciones que demostraban que había seguido buscando una propiedad vinculada con Giovanni Conti.
La última anotación correspondía a marzo de 2004.
Necesito regresar una vez más a Venecia. Creo que finalmente sé dónde está la parte que falta.
Lorenzo leyó la frase varias veces.
—¿Qué parte falta?
Isabella señaló una referencia en el margen.
—Aquí aparece una dirección.
—¿Dónde?
—Dorsoduro.
Lorenzo levantó la mirada.
—Es nuestro barrio.
—Lo sé.
—¿Qué dirección?
Isabella se la mostró.
Lorenzo palideció.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre?
—Ese edificio ya no existe.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque allí estaba el antiguo taller de mi abuelo.
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Y qué hay ahora?
—Un edificio restaurado que pertenece a otra familia.
—Entonces tenemos que volver.
La decisión fue inmediata. A la mañana siguiente regresaron a Venecia, llevando consigo copias de todos los documentos. El viaje fue más silencioso que el anterior, pero ya no existía entre ellos la misma distancia. Isabella sabía que Lorenzo estaba procesando algo mucho más profundo que una investigación familiar y que, en algún lugar de su interior, estaba intentando reconciliar al muchacho que había perdido a su hermano con el hombre que ahora descubría que Andrea había seguido buscando respuestas hasta el final de su vida.
Cuando llegaron al antiguo barrio, Lorenzo caminó hasta una calle estrecha donde una casa había sido transformada completamente. Preguntaron por el propietario y después de varias gestiones consiguieron hablar con un hombre mayor que recordaba haber comprado el inmueble a la familia Bellini.
—¿Usted conoció a Giovanni Bellini? —preguntó Lorenzo.
—Sí.
—¿Y a Andrea?
El hombre lo observó.
—¿Eres su hermano?
—Sí.
—Entonces debes saber que vino aquí poco antes de morir.
Lorenzo sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Qué buscaba?
—Una caja.
—¿La encontró?
—No.
—¿Está seguro?
—Tu hermano pensó que estaba aquí, pero yo le dije que nunca había visto ninguna caja.
—¿Y qué hizo?
El hombre señaló una pequeña habitación que daba al patio.
—Pasó allí casi toda la tarde revisando papeles viejos.
Lorenzo entró.
La habitación estaba vacía, pero una parte de la pared conservaba un antiguo revestimiento de madera.
—Aquí había un escritorio —dijo el hombre—. Tu abuelo trabajaba allí.
Lorenzo pasó la mano sobre la madera.
—¿Cuándo retiraron el escritorio?
—Hace unos años.
—¿Dónde está?
El hombre dudó.
—Guardé algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé exactamente.
Los condujo hasta un depósito.
Después de revisar varias cajas, encontraron un pequeño compartimiento metálico perteneciente al antiguo escritorio.
Lorenzo lo abrió.
Dentro había un papel doblado.
Isabella se acercó.
La escritura era de Andrea.
Solo había una frase.
La caja nunca estuvo aquí. Elena sabía que vendríamos a buscarla.
Debajo había una segunda línea.
La dejó donde comenzó todo.
Lorenzo miró a Isabella.
—¿Dónde comenzó todo?
Ella pensó durante unos segundos.
—La primera carta estaba escondida en el libro.
—El libro llegó al taller.
—¿Y de dónde salió?
Lorenzo abrió lentamente los documentos.
—De la colección Bellandi.
Isabella negó con la cabeza.
—Pero Elena pudo haberla escondido allí antes.
—Entonces la caja podría estar relacionada con el libro.
—Tenemos que regresar al taller.
Salieron del edificio y caminaron rápidamente hacia el canal. Ninguno de los dos hablaba demasiado, porque una sospecha comenzaba a tomar forma.
Cuando llegaron al taller, Matteo estaba trabajando solo.
—Necesitamos revisar nuevamente el libro —dijo Lorenzo.
Matteo levantó la mirada.
—¿Qué encontraron?
—Una nota de Andrea.
El anciano dejó el instrumento sobre la mesa.
—Entonces ha llegado el momento.
Lorenzo se detuvo.
—¿Tú sabías algo?
Matteo respiró profundamente.
—Tu hermano vino aquí una semana antes de morir.
Lorenzo cerró los ojos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
—¿Qué buscaba?
—La caja.
—¿La encontró?
Matteo negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿qué pasó?
—Me pidió que cuidara el libro.
Lorenzo miró el volumen.
—¿Por qué?
Matteo abrió un cajón y sacó una llave pequeña.
—Porque me dijo que algún día llegarías con alguien de la familia Conti.
Isabella quedó inmóvil.
—¿Andrea dijo eso?
—Sí.
Matteo dejó la llave sobre la mesa.
—Y me pidió que no la entregara hasta que estuvieras preparado para abrir lo que había detrás.
Lorenzo miró la llave.
—¿Detrás de qué?
Matteo señaló el viejo armario que llevaba décadas en el taller.
—Detrás de esto.
Lorenzo tomó la llave y caminó lentamente hacia el armario mientras Isabella permanecía junto a él, y cuando introdujo la llave en la cerradura comprendió por primera vez que su hermano había dejado aquel camino preparado mucho antes de morir, como si hubiera confiado en que algún día Lorenzo regresaría al lugar donde había comenzado la historia.
La cerradura cedió con un sonido seco y el interior del armario reveló una serie de carpetas, herramientas antiguas y una caja de madera cubierta por una tela oscura.
Lorenzo la tomó entre las manos.
En la tapa había una inscripción apenas visible.
Elena Bellandi.
Debajo, grabadas con una letra más pequeña, aparecían otras dos palabras que hicieron que Isabella se acercara para leerlas.
Bellini. Conti.
Lorenzo levantó lentamente la tapa.
Dentro había una última carta, una fotografía y un pequeño objeto envuelto en un paño.
Isabella retiró el paño con cuidado.
Era una pequeña cruz de madera.
Ella llevó inmediatamente la mano al cuello.
El crucifijo que había heredado de su abuela era idéntico.
Lorenzo la miró.
—Isabella...
Ella no respondió, porque en ese instante comprendió que la historia que habían comenzado a investigar en Venecia no solamente había unido a Elena con sus antepasados, sino que había conservado durante generaciones un objeto que su abuela había llevado consigo hasta el final de su vida, y mientras Isabella acercaba lentamente la mano a aquella cruz, Lorenzo tomó la última carta de la caja y descubrió que en el exterior, escrita con la misma caligrafía de Elena, aparecía una frase que parecía haber esperado durante décadas para ser leída precisamente por ellos: Para la persona que llegue después de nosotros y necesite saber por qué decidimos no abandonar.
CAPÍTULO 6
La carta permaneció sobre la mesa durante varios minutos, protegida todavía por la sombra de las manos de Lorenzo e Isabella, mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales del taller y el sonido lejano de una embarcación que avanzaba por el canal parecía llegar desde un lugar demasiado distante para pertenecer a aquella habitación, porque ambos habían comprendido que ya no estaban ante otro documento histórico que pudiera ser clasificado, fechado y archivado como los anteriores, sino frente a algo que llevaba consigo una carga personal que ninguno de los dos estaba preparado para recibir completamente. La pequeña cruz de madera descansaba junto a la carta y parecía idéntica a la que Isabella llevaba alrededor del cuello, hasta en las pequeñas irregularidades que podían distinguirse en uno de sus extremos, y Lorenzo la observaba con una atención casi reverente mientras intentaba recordar si alguna vez había visto aquel objeto entre las pertenencias de su hermano, porque de pronto muchas escenas aparentemente insignificantes de su infancia comenzaron a regresar a su memoria con una nitidez que le resultaba dolorosa.
—Ábrela —dijo Isabella.
Lorenzo no respondió.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Sí tengo que hacerlo.
—No porque yo lo diga.
—Lo sé.
Tomó finalmente el sobre y lo abrió con cuidado, extrayendo una hoja doblada que parecía haber sido protegida de la humedad durante décadas. La tinta estaba descolorida en algunas zonas, pero la caligrafía de Elena permanecía reconocible. Lorenzo sostuvo el documento bajo la lámpara y comenzó a leer en silencio, mientras Isabella esperaba a su lado.
Querido Giovanni:
Si has recibido esta carta, probablemente ya hayas comprendido que la caja no contiene aquello que algunos hombres de nuestras familias han buscado durante años. No hay en ella un secreto capaz de devolver lo perdido ni un documento que pueda hacer justicia a quienes se fueron demasiado pronto, y por eso te ruego que no confundas la verdad con una forma de reparación, porque hay verdades que solamente sirven para mostrarnos aquello que ocurrió y no pueden cambiarlo, mientras que existen otras que pueden ayudarnos a decidir qué haremos con lo que todavía tenemos.
Lorenzo levantó la mirada.
—No habla de una herencia.
—Continúa.
Él volvió al documento.
Elena explicaba que después de la muerte de Paolo había descubierto que varias personas se habían acercado a ella únicamente por interés en las propiedades que habían pertenecido a su marido, mientras otras habían utilizado su dolor para convencerla de que debía abandonar Venecia y comenzar una nueva vida lejos de todo aquello. Ella había pensado seriamente en marcharse, pero una tarde había encontrado frente a la puerta de su casa a una niña enferma acompañada por su madre, una mujer que no tenía dinero para comprar medicinas, y aquella visita había cambiado algo dentro de ella. Elena había llevado a la niña hasta un médico, había pagado el tratamiento y después había descubierto que aquella familia no era la única que necesitaba ayuda. Durante los años siguientes había utilizado buena parte de sus recursos para sostener una pequeña red de asistencia que comenzó con unas pocas personas y terminó extendiéndose por distintos barrios de Venecia.
La carta no presentaba aquello como una obra heroica, sino como una sucesión de decisiones pequeñas tomadas en días normales, muchas veces en medio del cansancio, la tristeza y las dudas.
Lorenzo continuó leyendo.
No quiero que mis descendientes reciban solamente mi nombre, Giovanni. Quiero que sepan que hubo un tiempo en que todos nosotros tuvimos que decidir qué hacer con aquello que no podíamos cambiar. Paolo no volvió, y nunca volverá. Las personas a las que enterramos no regresan porque lloremos más ni porque encontremos mejores palabras para explicar su ausencia. Pero mientras haya alguien que necesite una mano, una comida, un techo, una visita o simplemente una persona que se siente a escucharle, nuestro dolor puede dejar de ser solamente una herida y convertirse también en una responsabilidad.
Isabella cerró los ojos durante un instante.
Lorenzo continuó.
Después aparecía una referencia a Marco y a Clara, pero Elena insistía en que la caja no debía abrirse para recuperar bienes, sino para conservar la memoria de una decisión. La propiedad entregada a Giovanni Conti había sido vendida finalmente y el dinero había servido para mantener durante varios años el hogar de asistencia que Elena había creado. La familia Bellini había participado en aquella administración y, con el tiempo, algunos descendientes habían olvidado el origen de la responsabilidad. Elena había querido impedir que la historia terminara convertida en una simple disputa por dinero.
La última parte de la carta estaba dirigida a quienes encontrarían algún día aquellos documentos.
Si algún día un Bellini y una Conti vuelven a encontrarse delante de estas páginas, no les pidan que repitan nuestras decisiones ni que vivan nuestras vidas, porque cada generación debe responder delante de sus propias circunstancias. Solo quiero que recuerden que el amor no se demuestra evitando toda pérdida, sino aprendiendo a permanecer cuando la pérdida ya ocurrió, y que la fe no siempre nos entrega explicaciones, pero puede sostenernos mientras seguimos haciendo aquello que sabemos que es bueno.
La carta terminaba con una firma.
Elena Bellandi.
Lorenzo dejó el documento sobre la mesa.
Durante un largo rato no dijo nada.
Isabella tomó la pequeña cruz y la sostuvo entre sus dedos.
—Es la misma.
—Sí.
—¿Cómo llegó hasta tu abuela?
—No lo sé.
—Tenemos que averiguarlo.
Lorenzo la miró.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que durante años pensé que Andrea estaba intentando convencerme de algo que yo no podía aceptar, pero ahora empiezo a sospechar que quizá nunca quiso convencerme de nada.
Isabella esperó.
—Quizá solamente quería que yo encontrara una manera de seguir adelante.
—Eso parece.
—Y yo confundí su fe con una explicación.
Isabella bajó la mirada hacia la cruz.
—Es fácil hacerlo cuando uno está herido.
—¿Tú también lo hiciste?
Ella tardó unos segundos.
—Sí.
Lorenzo pareció sorprendido.
—Nunca me lo habías contado.
—Porque no me gusta hablar de mi fe como si fuera una historia perfecta. Después de morir mi padre, hubo una época en la que yo también estaba enfadada con Dios.
—¿Tu padre murió antes que tu abuela?
—Sí. Yo tenía veintidós años.
—¿Y qué ocurrió?
—Lo mismo que le ocurre a mucha gente cuando pierde a alguien que ama. Durante un tiempo quise saber por qué, y como no encontré una respuesta que me pareciera suficiente, empecé a pensar que quizá creer era una forma de engañarme para soportarlo.
Lorenzo la observó con atención.
—¿Qué cambió?
—Nada de golpe.
—Entonces ¿cómo volviste?
—No volví de una sola vez. Seguí viviendo, trabajando, acompañando a mi madre, visitando a mi abuela, haciendo cosas que antes parecían pequeñas y que después descubrí que me habían sostenido. Un día comprendí que mi fe no había desaparecido; solamente había dejado de ser una respuesta y se había convertido en una pregunta que seguía abierta.
Lorenzo apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso puedo entenderlo.
—Por eso nunca intentaría decirte que tienes que creer porque alguien sufrió y después encontró esperanza.
—Gracias.
—La fe no funciona así.
—¿Entonces cómo funciona?
Isabella sonrió débilmente.
—A veces uno solamente descubre que todavía puede dar un paso.
El comentario quedó suspendido entre ellos mientras Matteo permanecía al fondo del taller, fingiendo ordenar unas herramientas para no interrumpirlos, aunque en realidad llevaba varios minutos escuchando en silencio. Finalmente se acercó y observó la cruz.
—Esa cruz perteneció a Elena.
Lorenzo e Isabella lo miraron simultáneamente.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Isabella.
Matteo tomó asiento.
—Porque tu abuelo me la mostró hace muchos años.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Mi abuelo tenía la cruz?
—No exactamente. La tuvo durante un tiempo.
—¿Y después?
—Se la entregó a tu hermano.
Lorenzo sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—Andrea la tuvo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu hermano había encontrado la historia de Elena y estaba convencido de que la cruz pertenecía a la misma cadena de documentos.
Isabella miró el crucifijo que llevaba al cuello.
—Pero mi abuela también tenía una igual.
Matteo negó suavemente.
—No igual.
—¿Qué quiere decir?
—Esta es la original.
Isabella miró su propio crucifijo.
—Entonces la mía...
—Es una réplica.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Mi abuela sabía que era una réplica?
—Probablemente.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
—Quizá porque no era importante para ella que fuera la original.
Isabella bajó la mirada.
La respuesta le produjo una sensación extraña, porque durante años había considerado aquella pequeña cruz como uno de los objetos más íntimos que poseía y, sin embargo, acababa de descubrir que su valor no dependía de su antigüedad ni de haber pertenecido directamente a Elena, sino de la historia que su abuela había decidido conservar y transmitir.
Lorenzo se levantó y caminó hacia una estantería.
—¿Dónde está la caja que recibió Andrea?
Matteo negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Entonces cómo llegó hasta aquí?
—Tu hermano la trajo una noche.
—¿Y después?
—Me pidió que la guardara.
—Pero acabamos de encontrarla.
—No.
Lorenzo se volvió.
—¿Qué?
—Esa no es la caja que Andrea trajo.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué estás diciendo?
—La caja que acabamos de abrir es una reproducción.
Isabella observó el objeto.
—¿Una reproducción?
—Sí. La hice yo.
Lorenzo se acercó.
—¿Por qué?
—Porque tu hermano me pidió que protegiera el contenido de la original.
—¿Dónde está la original?
Matteo se quedó mirando a Lorenzo.
—Andrea se la llevó.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—Matteo.
—Te estoy diciendo la verdad.
—¿Por qué me ocultaste esto durante doce años?
El anciano sostuvo la mirada de Lorenzo.
—Porque Andrea me pidió que lo hiciera.
—Está muerto.
—Lo sé.
—Entonces ya no puede pedirte nada.
—No, pero yo todavía puedo respetar su última voluntad.
Lorenzo dio un paso atrás.
—¿Y cuál era?
Matteo respiró profundamente.
—Que no te entregara ninguna respuesta mientras buscaras culpables.
Lorenzo cerró los ojos.
—Otra vez esa frase.
—¿Qué frase?
—Todo el mundo parece saber cuándo estoy preparado, excepto yo.
Matteo se levantó.
—Tal vez porque tú has estado esperando sentirte preparado para mirar aquello que todavía te duele.
Isabella se acercó a Lorenzo.
—Podemos irnos.
Él asintió.
Salieron del taller y caminaron durante largo tiempo sin rumbo definido, atravesando calles estrechas donde el ruido de los visitantes se mezclaba con las voces de los comerciantes y el sonido de los pasos sobre las piedras húmedas. Lorenzo parecía necesitar movimiento para ordenar sus pensamientos, pero cada vez que intentaba hacerlo terminaba regresando al mismo punto: Andrea había sabido mucho más de lo que él había imaginado, había investigado aquella historia durante años y había dejado documentos cuidadosamente preparados para que algún día su hermano pudiera encontrarlos.
—¿Crees que estaba tratando de protegerme? —preguntó finalmente.
—Creo que eso parece.
—¿Y si estaba equivocado?
—Puede ser.
Lorenzo la miró.
—Eso es lo que me gusta de hablar contigo.
—¿Qué cosa?
—Que no conviertes todo en una certeza.
Isabella sonrió.
—No tengo tantas certezas como crees.
Llegaron hasta una pequeña plaza donde había una iglesia abierta. Lorenzo se detuvo frente a la puerta.
—¿Quieres entrar?
Isabella lo miró sorprendida.
—¿Tú quieres?
—No lo sé.
—Entonces podemos entrar.
El interior estaba casi vacío. Una mujer encendía una vela cerca de una imagen religiosa y un anciano permanecía sentado en uno de los últimos bancos. Isabella avanzó unos pasos y Lorenzo la siguió. No rezaron inmediatamente. Se sentaron juntos y permanecieron en silencio.
Después de unos minutos, Lorenzo habló en voz baja.
—Cuando murió Andrea, vine aquí.
Isabella giró la cabeza.
—¿A esta iglesia?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Me senté en el mismo lugar durante casi una hora.
—¿Rezaste?
—No sabía qué decir.
—¿Y ahora?
Lorenzo miró hacia el altar.
—Tampoco sé.
Isabella tomó suavemente su mano.
—Entonces no tienes que decir nada.
Permanecieron allí unos minutos más, sin buscar una experiencia extraordinaria, sin esperar una respuesta sobrenatural, simplemente compartiendo un silencio que para Lorenzo resultaba diferente de los silencios que había conocido durante años, porque esta vez no estaba solo dentro de él.
Cuando salieron, la lluvia había comenzado nuevamente.
—¿Tienes frío? —preguntó Lorenzo.
—Un poco.
Él se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de Isabella.
—Te vas a mojar.
—Sobreviviré.
Ella sonrió.
—No quiero que te enfermes.
—Entonces tendrás que devolverme el abrigo.
—No pienso hacerlo todavía.
Caminaron juntos bajo la lluvia y, al llegar a un pequeño puente, Isabella se detuvo.
—Lorenzo.
—¿Sí?
—Creo que ya sé dónde debemos buscar la caja original.
Él la miró.
—¿Dónde?
—En Florencia.
—¿Por qué?
—Porque Elena dejó documentos allí, Teresa vivió allí y tu hermano estuvo investigando la relación entre las dos familias. Si Andrea tenía la caja, probablemente no la llevó a otro lugar al azar.
—¿Entonces?
—La llevó donde pensaba que alguien podría encontrarla.
Lorenzo comprendió.
—La casa de tu abuela.
—Sí.
Regresaron a Florencia dos días después y la madre de Isabella los recibió con una expresión que parecía confirmar que había estado esperando aquella visita.
—Sabía que regresarían.
—Necesitamos revisar nuevamente las cosas de la abuela —dijo Isabella.
—Ya las revisamos.
—No todo.
—¿Qué buscan?
Lorenzo respondió:
—Algo que Andrea Bellini pudo haber dejado aquí.
La mujer lo observó durante unos segundos.
—Hay una habitación que nunca hemos abierto desde que murió mi madre.
Isabella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ella me pidió que no lo hiciera.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que ha pasado suficiente tiempo.
La habitación estaba al final de un pasillo. La puerta permanecía cerrada y el polvo cubría parte de la cerradura. La madre de Isabella buscó una llave y abrió lentamente.
Dentro había muebles antiguos, cajas y fotografías.
Lorenzo comenzó a revisar las estanterías.
Isabella abrió un armario.
—Aquí hay algo.
Era una caja de madera más grande que la anterior.
Lorenzo se acercó.
—¿Es esta?
Isabella negó.
—No.
La abrió.
Dentro había documentos de su abuela, fotografías de viajes y una carpeta relacionada con la familia Bellini.
Entre los papeles encontraron un recibo de 2004.
Lorenzo lo leyó.
—Andrea estuvo aquí.
—¿Cuándo?
—Tres semanas antes de morir.
Isabella buscó entre los documentos.
—Aquí hay una nota.
Era de la abuela.
Andrea vino a verme. Me entregó la caja y me pidió que no la abriera hasta que Lorenzo pudiera conocer toda la historia de Elena.
Lorenzo sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—Entonces la caja estuvo aquí.
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
La madre de Isabella permaneció en silencio.
—Mamá.
—Yo no la tengo.
—¿Qué quieres decir?
—Mi madre me dijo que la caja debía permanecer aquí, pero después de su muerte descubrí que alguien había venido a buscarla.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Poco antes de que muriera.
Lorenzo levantó la mirada.
—¿Quién sabía que estaba aquí?
La mujer respondió lentamente.
—Tu hermano.
Isabella intervino.
—¿Andrea volvió?
—Sí.
—Pero eso no tiene sentido.
—No sé qué decirte.
Lorenzo comenzó a revisar nuevamente los documentos hasta encontrar una pequeña hoja.
La letra era de Andrea.
La caja ya no está en Florencia. La persona que la recibió sabe dónde debe llevarla.
Debajo aparecía una dirección.
Venecia.
Una dirección que Lorenzo reconoció inmediatamente.
—Es el antiguo domicilio de mi padre.
Isabella lo miró.
—Entonces tenemos que ir allí.
La madre de Isabella tomó la mano de su hija.
—Hay algo que no te he dicho.
—¿Qué?
—Tu abuela conocía a Andrea mejor de lo que yo imaginaba.
—¿Cómo?
—Porque durante los últimos meses antes de su muerte hablaban por teléfono.
Lorenzo quedó inmóvil.
—¿De qué hablaban?
—De ti.
Isabella lo miró.
—¿De mí?
—No, de Lorenzo.
Él sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué decía?
—Que estabas herido y que no sabía cómo acercarse a ti sin obligarte a volver a ser quien habías sido antes.
Lorenzo bajó la cabeza.
—Eso suena a él.
La mujer continuó.
—También decía que había algo que todavía necesitaba entregarte.
—¿Qué?
—Nunca lo supe.
—¿Y por qué no me lo dijo nadie?
—Porque después de su muerte estabas destruido.
Lorenzo cerró los ojos.
—Todos pensaron que no podía soportarlo.
—No queríamos hacerte más daño.
—Pero me dejaron vivir doce años pensando que había muerto sin decirme lo que quería decirme.
La madre de Isabella se acercó.
—Quizá todavía puedas escucharlo.
Lorenzo la miró.
—¿Cómo?
Ella señaló la caja.
—Hay una cosa que tu hermano dejó aquí.
Isabella abrió una carpeta.
Dentro había una grabación antigua en un pequeño dispositivo digital.
—¿Esto es suyo?
—Sí.
Lorenzo tomó el aparato.
—¿Qué contiene?
—Nunca lo escuché.
Se hizo un silencio absoluto.
Lorenzo pulsó el botón.
Durante unos segundos solo se escuchó ruido de fondo, como una respiración y el sonido distante de una calle, hasta que apareció la voz de Andrea.
—Si estás escuchando esto, Lorenzo, probablemente significa que finalmente encontraste la historia que yo no pude explicarte cuando todavía estaba contigo, y quizá también significa que ya no estás intentando descubrir quién tuvo la culpa de todo lo que nos ocurrió, porque durante mucho tiempo yo cometí el mismo error que tú, buscando una respuesta que pudiera ordenar el dolor y hacer que la pérdida tuviera algún sentido, hasta que comprendí que hay cosas que no se ordenan y que la fe no consiste en obligar a la realidad a responder nuestras preguntas, sino en aprender a caminar incluso cuando algunas preguntas permanecen abiertas.
Lorenzo cerró los ojos.
La voz de Andrea continuó.
—Sé que después de mi muerte probablemente te enfadarás conmigo, y tendrás derecho a hacerlo, porque no siempre supe hablarte de la manera que necesitabas, pero quiero que sepas algo que nunca fui capaz de decirte sin sentir que estabas huyendo de la conversación: no tienes que convertirte en la persona que yo fui, no tienes que creer exactamente como yo creía y tampoco tienes que aceptar mis respuestas, porque tu vida pertenece a Dios antes de pertenecernos a nosotros y porque la fe que vale la pena no es la que se impone desde afuera, sino la que uno descubre cuando decide seguir buscando a pesar de las heridas.
Lorenzo llevó una mano a la boca.
Isabella permaneció a su lado.
—La historia de Elena me enseñó que una persona puede perder casi todo y todavía encontrar una razón para quedarse, y eso es lo único que deseo para ti. No que olvides, no que dejes de llorar, no que conviertas nuestra pérdida en una historia bonita, sino que no cierres la puerta a todo lo que todavía puede ocurrir porque alguien que amabas ya no está. Si algún día vuelves a amar, no tengas miedo de que ese amor traicione a quienes perdiste, porque amar de nuevo no significa olvidar a los que se fueron, significa reconocer que la vida que ellos ya no pueden vivir todavía continúa en nosotros.
La grabación terminó.
Lorenzo permaneció sentado, incapaz de moverse.
Isabella se acercó y apoyó la cabeza sobre su hombro.
—No sabía que él pensaba así.
—Yo tampoco.
—Tal vez nunca pudiste conocer todo lo que llevaba dentro.
—Y él tampoco pudo conocer todo lo que llevaba dentro de mí.
—Pero ahora puedes empezar.
Lorenzo respiró profundamente.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
Isabella levantó la cabeza.
—No estoy pensando en irme de tu vida.
—Pero tienes que regresar a Florencia.
—Sí.
—Y yo tengo una oportunidad de trabajo fuera de Italia.
Isabella lo miró.
—¿Qué oportunidad?
Lorenzo sacó del bolsillo una carta que había recibido días antes.
—Un proyecto de restauración en Lisboa.
—¿Cuánto tiempo?
—Un año.
Ella guardó silencio.
—¿Cuándo tienes que responder?
—En diez días.
Isabella tomó la carta y la leyó.
—Es una oportunidad importante.
—Sí.
—Y tú quieres ir.
Lorenzo la miró.
—Quiero saber qué significa mi vida si dejo de decidir siempre desde el miedo.
Isabella asintió lentamente.
—Yo también.
—¿Qué significa eso para nosotros?
Ella sostuvo su mirada.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—Entonces no prometamos cosas que no sabemos si podremos cumplir.
Lorenzo sonrió con tristeza.
—Andrea habría dicho exactamente eso.
—Probablemente.
Ella tomó su mano.
—Pero tampoco huyamos antes de tiempo.
Lorenzo entrelazó sus dedos con los de ella.
—Eso sí puedo prometerlo.
Esa noche regresaron a Venecia con la grabación de Andrea y con una nueva dirección en la mano, sabiendo que todavía quedaba una última parte de la historia que debían encontrar antes de que Isabella regresara a Florencia y antes de que Lorenzo tuviera que decidir sobre el trabajo en Lisboa. Al llegar al taller, Matteo los esperaba despierto, como si hubiera sabido que regresarían aquella misma noche.
—Encontraron la grabación —dijo.
Lorenzo lo miró.
—Sí.
—Entonces ya sabes por qué tu hermano hizo todo esto.
—Creo que empiezo a saberlo.
Matteo se acercó a la mesa y sacó un sobre que había guardado durante años.
—Hay algo que todavía no te entregué.
Lorenzo miró el sobre.
—¿Qué es?
—La última carta que Andrea dejó aquí.
—¿Por qué esperaste hasta ahora?
—Porque él me pidió que la conservara hasta que tú hubieras escuchado su voz.
Lorenzo tomó el sobre.
En el exterior aparecía su nombre.
Isabella permaneció a su lado mientras él abría lentamente la carta.
Dentro había una sola hoja.
Lorenzo comenzó a leer y, a medida que avanzaba, su expresión cambió, porque aquella última carta no hablaba solamente de Elena, ni de Marco, ni de la caja, ni siquiera de la fe que Andrea había intentado compartir con él durante años, sino de una mujer que Andrea había conocido en Venecia poco antes de morir y cuyo nombre Lorenzo no había escuchado jamás.
Isabella se inclinó para leer por encima de su hombro.
El nombre aparecía al final de la primera página.
Clara Conti.
Lorenzo levantó la mirada.
—Isabella.
Ella reconoció inmediatamente el nombre.
—Es la hija de Marco.
—Sí.
—Pero murió en 1986.
—Entonces Andrea no pudo conocerla.
Lorenzo volvió a mirar la carta.
—No habla de ella.
—¿De quién habla?
Él avanzó hasta la última línea.
La respuesta estaba allí, escrita con la letra de Andrea, y debajo aparecía una fecha correspondiente a apenas unas semanas antes de su muerte.
Clara Conti tenía una hija.
Y esa hija había vivido en Venecia hasta hacía muy poco tiempo.
Lorenzo levantó lentamente la mirada hacia Isabella mientras afuera comenzaba a escucharse el sonido de una campana, y antes de que ninguno pudiera decir una palabra, alguien llamó tres veces a la puerta del taller.
CAPÍTULO 7
Los tres golpes que resonaron en la puerta del taller parecieron detener por un instante todo cuanto había ocurrido durante las últimas semanas, porque Lorenzo e Isabella permanecieron inmóviles frente a la mesa donde todavía estaba abierta la carta de Andrea, mientras Matteo levantaba lentamente la cabeza desde el fondo de la habitación y observaba hacia la entrada con una expresión de desconcierto que no tardó en transformarse en una especie de reconocimiento anticipado, como si aquellos golpes no fueran completamente inesperados para él, aunque tampoco hubiera imaginado que llegarían precisamente en aquel momento. Afuera, la lluvia había comenzado a caer con mayor intensidad y el viento arrastraba por las calles estrechas de Dorsoduro hojas húmedas y pequeños papeles que terminaban pegándose contra las puertas, mientras el canal reflejaba de manera temblorosa las luces amarillentas de las ventanas y las embarcaciones que pasaban lentamente, y dentro del taller el olor a cuero antiguo, papel húmedo y madera encerada parecía concentrar todavía más la sensación de estar en un lugar donde el tiempo había decidido detenerse.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó Isabella.
Matteo negó con la cabeza.
—No.
Lorenzo dobló la carta de Andrea con cuidado y la guardó dentro de la carpeta.
—Entonces será mejor abrir.
Caminó hasta la puerta y retiró el cerrojo. Durante un instante permaneció con la mano sobre el picaporte, como si alguna parte de él sospechara que después de abrir aquella puerta ya no habría posibilidad de regresar a la tranquilidad relativa que habían conocido antes de comenzar aquella investigación. Finalmente giró el mecanismo y abrió.
Una mujer de unos sesenta años permanecía bajo la lluvia, protegida por un paraguas oscuro. Llevaba un abrigo largo, el cabello gris recogido y una pequeña cartera de cuero que apretaba contra el pecho. Su rostro mostraba cansancio, pero también una determinación que no parecía propia de alguien que hubiera llegado allí por casualidad.
—¿Lorenzo Bellini?
—Sí.
La mujer miró hacia el interior.
—Necesito hablar con usted.
—¿Quién es usted?
Ella observó primero a Lorenzo y después a Isabella, como si quisiera comprobar que las personas que tenía delante correspondían a una descripción que llevaba mucho tiempo guardada en la memoria.
—Me llamo Elena Conti.
Isabella sintió que el nombre le recorría el cuerpo como una descarga.
—¿Conti?
La mujer la miró directamente.
—Sí.
—¿Tiene alguna relación con Clara Conti?
La mujer bajó lentamente el paraguas.
—Era mi madre.
Lorenzo se apartó de la puerta.
—Pase.
Elena entró, dejó el paraguas junto a la entrada y observó el taller durante unos segundos antes de mirar nuevamente a Lorenzo.
—Andrea me habló de este lugar.
Lorenzo sintió que la respiración se le hacía más pesada.
—¿Conoció a mi hermano?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En 2004.
—¿Dónde?
—Aquí en Venecia.
Isabella acercó una silla.
—Siéntese, por favor.
Elena se sentó y dejó la cartera sobre las piernas.
—He tardado mucho en venir.
—¿Por qué?
—Porque Andrea me pidió que no lo hiciera hasta que ustedes encontraran la caja.
Lorenzo miró a Matteo.
El anciano no parecía sorprendido.
—Entonces sabías que existía —dijo Lorenzo.
Elena miró a Matteo.
—Él lo sabía.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que Andrea muriera.
Lorenzo cerró los ojos brevemente.
—Todo el mundo sabía cosas que yo ignoraba.
—No era por falta de confianza en ti —dijo Elena.
—¿Entonces por qué?
—Porque Andrea tenía miedo de que intentaras resolver con documentos algo que solamente podía resolverse viviendo.
Lorenzo permaneció callado.
Elena abrió la cartera y sacó una pequeña fotografía.
—Esta era mi madre.
Isabella tomó la fotografía.
Clara Conti aparecía allí como una mujer joven, quizá de unos treinta años, sentada junto a Elena Bellandi en una mesa de madera. Ambas sonreían frente a una casa que Lorenzo reconoció como una de las propiedades relacionadas con la obra de asistencia de Elena.
—¿Cuándo fue tomada? —preguntó Isabella.
—En 1959.
—Entonces mi abuela conoció a Clara.
—Sí.
—¿Y mi bisabuelo Giovanni?
—También.
Isabella se quedó mirando la fotografía.
—¿Por qué nadie nos contó todo esto?
Elena respondió con una calma que parecía venir de muchos años de guardar secretos.
—Porque las familias suelen recordar los hechos que pueden explicar su orgullo y olvidar aquellos que les obligarían a reconocer sus errores.
Lorenzo se apoyó contra la mesa.
—¿Qué error cometieron?
—No fue uno solo.
Elena sacó una segunda fotografía.
—Cuando Elena Bellandi murió, dejó instrucciones muy precisas sobre la forma en que debían conservarse sus documentos. Quería que permanecieran separados entre varias personas para impedir que alguien pudiera apropiarse de ellos o utilizarlos para reclamar propiedades que ya no le pertenecían.
—¿Y funcionó?
—Durante un tiempo.
—¿Qué ocurrió?
—Las generaciones siguientes comenzaron a olvidar por qué existían esos documentos. Algunos pensaron que se trataba de una herencia escondida, otros creyeron que había dinero, y algunos simplemente dejaron de preocuparse.
Isabella observó la fotografía.
—¿Y Andrea?
—Andrea fue diferente.
—¿Por qué?
—Porque cuando encontró las primeras cartas no buscó dinero.
Lorenzo bajó la mirada.
—Buscó a Elena.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había escuchado la historia de su vida y porque, después de una conversación con tu abuela, comprendió que las cartas podían ayudarlo a entender algo que estaba ocurriendo dentro de él.
Lorenzo no respondió.
Elena continuó.
—Andrea estaba preocupado por ti.
—¿Por mí?
—Mucho.
—¿Qué le dijo?
—Que te había visto cambiar después de la muerte de vuestro hermano.
—Éramos nosotros dos.
—Lo sé.
—No había otro hermano.
Elena lo miró con tristeza.
—Perdóname. Quise decir después de la muerte de vuestro hermano mayor.
Lorenzo asintió.
—¿Qué decía de mí?
—Que te habías quedado con una pregunta que nadie sabía responder.
—¿Cuál?
—Por qué Dios permitió que muriera.
Lorenzo miró hacia la ventana.
—Esa pregunta todavía está aquí.
—Lo sé.
—¿Y Andrea encontró una respuesta?
Elena negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿qué encontró?
—Una forma distinta de vivir con ella.
La frase quedó suspendida en el aire.
Elena abrió la cartera y sacó un sobre.
—Andrea me entregó esto.
Lorenzo se acercó.
—¿Qué es?
—Una carta de mi madre.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Que la caja original no contiene aquello que todos creen.
Isabella frunció el ceño.
—Entonces ¿qué contiene?
Elena miró a ambos.
—Una lista.
—¿Una lista de qué?
—De nombres.
Lorenzo pareció confundido.
—¿Y por qué era tan importante?
—Porque eran los nombres de las personas que Elena había ayudado durante toda su vida.
Isabella comprendió lentamente.
—No era una herencia.
—No.
—Era memoria.
—Exactamente.
Elena explicó que Elena Bellandi había registrado durante décadas los nombres de personas que habían recibido ayuda de su pequeña obra, no para reclamar reconocimiento, sino para impedir que esas vidas fueran olvidadas. Había niños cuyos padres habían muerto, mujeres abandonadas, ancianos sin familia, trabajadores heridos en accidentes y familias que habían perdido sus viviendas. Algunos habían recibido dinero, otros comida, otros medicinas y otros simplemente compañía en momentos en que nadie más había estado dispuesto a acercarse. La lista había comenzado como un registro administrativo y había terminado convirtiéndose en algo mucho más íntimo, porque Elena había añadido pequeñas anotaciones sobre las personas, sus nombres completos, sus oficios, sus lugares de origen y, en algunos casos, las cosas que soñaban hacer si alguna vez conseguían salir de la pobreza.
—¿Y por qué esconder una lista así? —preguntó Lorenzo.
—Porque después de la muerte de Elena algunos miembros de la familia querían utilizar sus documentos para reconstruir las propiedades que ella había vendido o entregado. La lista demostraba que aquellas propiedades no habían sido desperdiciadas ni regaladas sin sentido. Habían sido convertidas en ayuda concreta para personas que no podían defenderse por sí mismas.
—Entonces la caja era una prueba.
—Sí.
—¿Y Andrea la encontró?
—Encontró una parte.
—¿Dónde está ahora?
Elena bajó la mirada.
—No lo sé.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Andrea me entregó algunos documentos y me dijo que había dejado la caja en un lugar seguro, pero nunca me explicó dónde.
—¿Entonces por qué vino?
—Porque encontré algo después de su muerte.
Sacó un pequeño papel doblado.
Isabella lo recibió.
Era una nota escrita por Andrea.
Si alguna vez encuentran a Elena Conti, díganle que la caja no está perdida. Está donde la memoria de Elena comenzó a ser protegida.
Isabella leyó la frase nuevamente.
—¿Dónde comenzó?
Elena respondió:
—En una iglesia.
Lorenzo levantó la mirada.
—¿Cuál?
—San Sebastiano.
El silencio fue inmediato.
El taller donde trabajaba Lorenzo estaba precisamente a pocos minutos de aquella iglesia.
—No puede ser —dijo él.
—Andrea estaba convencido de que sí.
—¿Buscó allí?
—Sí.
—¿Y no encontró nada?
—Encontró una referencia.
Elena sacó otro documento.
—Pero necesitaba otra persona para interpretarla.
Isabella lo tomó.
La hoja contenía una serie de números y letras que parecían corresponder a referencias de libros antiguos.
—Esto parece un catálogo.
—Lo es.
—¿De qué?
—De una biblioteca que ya no existe.
Lorenzo reconoció inmediatamente la escritura de Andrea.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Elena sonrió ligeramente.
—Por eso vine.
Durante las siguientes horas los cuatro revisaron los documentos. Matteo permaneció junto a ellos, aportando recuerdos de los años en que Andrea había acudido al taller. La presencia de Elena parecía haber cerrado una distancia que durante años había separado piezas dispersas de una misma historia, porque cada nuevo dato encontraba ahora un contexto y cada silencio parecía tener una razón.
Lorenzo recordó entonces algo que Andrea le había dicho cuando ambos eran adolescentes, mucho antes de que la tragedia cambiara sus vidas.
—Había una frase que repetía cuando hablábamos de libros.
—¿Cuál? —preguntó Isabella.
—Decía que un libro nunca debía juzgarse por una página aislada.
Elena sonrió.
—Eso lo aprendió de mi madre.
—¿Elena decía eso?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque decía que una vida también era un libro y que muchas personas condenaban a otros leyendo solamente la página de su peor día.
Lorenzo bajó la mirada.
—Andrea también decía eso.
Elena observó su rostro.
—Entonces aprendió bien.
Después de revisar las referencias durante varias horas, Isabella descubrió que los números correspondían a una antigua clasificación de documentos religiosos y que uno de los códigos conducía a un archivo cerrado desde hacía décadas dentro de San Sebastiano. La referencia final indicaba una pequeña capilla lateral que había sido remodelada en los años setenta.
—Tenemos que ir allí —dijo.
—Ahora está cerrada —respondió Matteo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo cuarenta años trabajando cerca.
Elena se levantó.
—Podemos pedir permiso.
Lorenzo miró el reloj.
—Es tarde.
—Mañana.
Isabella asintió.
—Mañana.
Elena se puso de pie.
—Hay algo que todavía necesito decirles.
Lorenzo la miró.
—¿Qué?
—Mi madre no quería que la historia de Elena se convirtiera en una historia de familias enfrentadas. Tampoco quería que se convirtiera en una historia religiosa utilizada para demostrar que quienes creen tienen respuestas mejores que quienes dudan.
Isabella la miró con atención.
—Eso se parece mucho a lo que ella escribía.
—Porque Elena sabía que la fe no podía utilizarse como un arma.
Lorenzo permaneció en silencio.
—¿Y qué pensaba de quienes dudaban?
—Que había que acompañarlos.
—¿Aunque no volvieran a creer?
—Sí.
Lorenzo bajó la mirada.
—Entonces quizá habría entendido a Andrea.
—Probablemente.
—Y a mí.
—Sobre todo a ti.
Aquella noche, Elena se alojó en una pequeña pensión cercana, mientras Lorenzo e Isabella regresaban al taller para ordenar los documentos. Matteo se marchó poco después, dejando a ambos solos.
Isabella preparó café.
—¿Quieres?
—Sí.
Ella le entregó una taza y se sentó frente a él.
—¿Cómo estás?
—No sé.
—Esa respuesta empieza a ser habitual.
—Es la única que puedo darte.
—Entonces está bien.
Lorenzo la miró.
—¿No te cansa estar siempre cerca de alguien que no sabe qué pensar?
—No.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco sé muchas cosas.
—Tú pareces tener más seguridad.
—Solo en algunas cosas.
—¿En cuáles?
Isabella sonrió.
—En que no quiero vivir huyendo.
Lorenzo permaneció callado.
—¿Y en nosotros? —preguntó finalmente.
Ella respiró lentamente.
—En nosotros no quiero tener una certeza artificial.
—¿Qué significa eso?
—Que no quiero decirte que todo va a salir bien porque no lo sé, pero tampoco quiero decirte que todo terminará mal porque tampoco lo sé.
—Entonces ¿qué podemos hacer?
—Estar aquí mientras estamos aquí.
Lorenzo sonrió.
—Eso suena muy sencillo.
—Las cosas importantes suelen serlo, aunque no sean fáciles.
Él extendió la mano sobre la mesa y ella colocó la suya encima.
—Tengo que decirte algo —dijo Lorenzo.
—Te escucho.
—La oferta de Lisboa sigue en pie.
—Lo sé.
—Y mañana tengo que responder.
Isabella lo miró.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero aceptar.
Ella permaneció en silencio durante unos segundos.
—Entonces acepta.
Lorenzo pareció sorprendido.
—¿No te preocupa?
—Sí.
—¿No quieres que me quede?
—Sí.
—Entonces...
—Quiero que elijas sin miedo.
Lorenzo bajó la mirada hacia sus manos.
—Eso también me preocupa.
—¿Qué?
—Que tú puedas hacer lo mismo y marcharte a Florencia.
—Voy a volver a Florencia.
—Lo sé.
—Pero no significa que vaya a desaparecer.
—¿Y si la distancia cambia todo?
—Puede hacerlo.
Lorenzo levantó la mirada.
—Eso es difícil de escuchar.
—Pero es verdad.
—Sí.
Isabella apretó ligeramente su mano.
—No quiero que nos prometamos eternidades porque tenemos miedo de que llegue el invierno.
Lorenzo sonrió.
—¿Y qué quieres prometer?
—Que vamos a decirnos la verdad.
—Eso sí puedo prometerlo.
—Y que ninguno de los dos va a abandonar al otro solamente porque la vida se complique.
—Eso también.
Se quedaron en silencio, mirándose, hasta que Lorenzo se levantó y caminó alrededor de la mesa. Se detuvo frente a Isabella y ella levantó el rostro. Ninguno habló. Él se inclinó lentamente y la besó por primera vez, sin urgencia y sin dramatismo, como si ambos comprendieran que aquel beso no solucionaba ninguna de las preguntas que tenían delante, pero sí expresaba algo que ya no necesitaba ser explicado.
Cuando se separaron, Isabella apoyó la frente contra la de él.
—Ahora sí tenemos un problema.
Lorenzo sonrió.
—¿Cuál?
—Que esto ya no es solamente una investigación.
—Lo sé.
A la mañana siguiente, los cuatro se dirigieron hacia San Sebastiano. El cielo estaba despejado después de varios días de lluvia y una luz suave comenzaba a entrar entre las fachadas, iluminando los canales con tonos dorados. El sacerdote encargado de la iglesia los recibió después de escuchar la explicación de Elena y aceptó acompañarlos hasta la antigua capilla lateral.
La habitación había sido utilizada durante años como depósito.
Había muebles viejos, cajas y algunos libros que esperaban ser trasladados.
Isabella revisó el documento.
—La referencia indica una estantería.
Lorenzo comenzó a revisar los libros.
—Aquí hay una numeración.
—¿Coincide?
—Sí.
Después de retirar varios volúmenes apareció un pequeño espacio en la pared.
—Aquí.
El sacerdote acercó una lámpara.
Dentro había una placa metálica con una inscripción.
Lorenzo la limpió cuidadosamente.
—Elena Bellandi.
Debajo aparecía una fecha.
Y una frase.
Para quienes necesiten recordar que todavía hay alguien esperando ayuda.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Mi madre hablaba de esto.
—¿Qué es? —preguntó Isabella.
—Una caja de donaciones.
—¿La caja original?
—No.
Elena negó.
—Pero aquí comenzó todo.
Encontraron detrás de la placa un pequeño compartimiento vacío, salvo por una hoja doblada.
Lorenzo la tomó.
Era una nota de Andrea.
Si han llegado hasta aquí, significa que ya comprendieron que la caja nunca fue el verdadero objetivo.
Debajo aparecía una segunda frase.
La persona que conserva la última parte de la historia vive donde el agua deja de ser frontera.
Isabella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Lorenzo pensó.
—Venecia.
—Eso es demasiado amplio.
Elena observó el papel.
—Mi madre utilizaba esa expresión.
—¿Cuál?
—Decía que había personas que vivían en las orillas de la vida y que nosotros debíamos aprender a cruzar el agua para encontrarlas.
Isabella miró a Lorenzo.
—¿Conoces algún lugar relacionado con eso?
Él permaneció pensativo.
Entonces recordó una conversación con Andrea ocurrida muchos años antes, cuando ambos habían visitado una pequeña isla durante una excursión familiar.
—Murano.
—¿Por qué?
—Andrea hablaba de una mujer que vivía allí.
—¿Quién?
—Nunca supe su nombre.
Elena se acercó.
—Yo sí.
Los tres la miraron.
—Se llamaba Marta.
—¿Marta qué?
Elena respiró profundamente.
—Marta Bellandi.
Lorenzo sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Otra Bellandi?
—La última persona que mi madre consideraba guardiana de la historia.
—¿Sigue viva?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En Murano.
Aquella misma tarde cruzaron la laguna. Durante el trayecto, Lorenzo permaneció junto a la baranda mirando cómo Venecia se alejaba detrás de ellos, mientras Isabella sostenía entre las manos la pequeña carpeta y Elena permanecía sentada junto a Matteo. La investigación había comenzado a parecerse cada vez menos a una búsqueda documental y cada vez más a un recorrido por las vidas de personas que habían dejado algo detrás para quienes vinieran después.
Cuando llegaron a Murano, caminaron por una calle estrecha hasta una pequeña casa cercana al agua. Elena golpeó la puerta.
Una voz femenina respondió desde el interior.
—¿Quién es?
Elena contestó:
—Soy Elena Conti.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer de casi ochenta años apareció frente a ellos.
Miró primero a Elena y después a Lorenzo.
Durante unos segundos no dijo nada.
Finalmente observó a Isabella.
—Tú llevas la cruz.
Isabella tocó instintivamente el pequeño crucifijo de madera.
—Sí.
La anciana sonrió.
—Entonces finalmente llegó.
Lorenzo la miró.
—¿Qué cosa?
Marta Bellandi abrió completamente la puerta.
—La última carta de Elena.
Y antes de que ninguno pudiera responder, la mujer se apartó para dejarlos entrar, mientras sobre una mesa del pequeño salón esperaba una caja de madera antigua que llevaba grabados dos apellidos en la tapa y que Lorenzo reconoció inmediatamente, aunque nunca antes la hubiera visto.
Bellini.
Conti.
Debajo, casi borrada por el tiempo, había una tercera inscripción.
Bellandi.
CAPÍTULO 8
La habitación en la que Marta Bellandi los recibió parecía haber sido construida alrededor de la memoria, no porque hubiera en ella objetos particularmente valiosos ni porque sus paredes estuvieran cubiertas de retratos familiares, sino porque cada cosa parecía conservar una historia que había sobrevivido a las personas que alguna vez la habían utilizado, desde el reloj detenido sobre una repisa hasta las pequeñas cajas de madera apiladas junto a una ventana que daba directamente al canal, y en medio de aquella sencillez, sobre una mesa rectangular cubierta por un paño de lino, se encontraba la caja que Elena había mencionado tantas veces en sus cartas y que durante semanas había aparecido ante Lorenzo como una posibilidad remota, casi como una metáfora de todo aquello que no podía recuperar de su pasado. Ahora estaba allí, a menos de dos metros de él, con los nombres Bellini, Conti y Bellandi grabados en la tapa, y Lorenzo comprendió que la verdadera dificultad no consistía ya en encontrarla, sino en aceptar que dentro de aquella pequeña caja podía haber respuestas capaces de modificar la manera en que había entendido a su hermano, a su familia y quizá incluso la propia historia de su vida.
Marta cerró la puerta y permaneció unos instantes apoyada contra ella, mirando a Elena Conti con una mezcla de afecto y tristeza que hizo comprender a Isabella que aquellas dos mujeres no se encontraban por primera vez, aunque jamás hubieran tenido una relación cercana. Elena se acercó lentamente y tomó las manos de Marta entre las suyas, mientras las dos se observaban sin necesidad de explicar quiénes eran ni por qué habían llegado hasta allí, porque parecía que los años de separación no habían conseguido borrar una historia que había pasado de una generación a otra como una llama protegida entre las manos durante una noche de viento.
—Mi madre hablaba de ti —dijo Elena finalmente—, aunque durante muchos años no entendí lo que quería decir cuando pronunciaba tu nombre.
Marta sonrió con una expresión cansada.
—Clara siempre decía que yo tenía demasiada memoria y muy poco sentido práctico.
—Probablemente tenía razón.
—Probablemente.
Elena soltó una pequeña risa y después miró hacia la caja.
—¿La conservaste todos estos años?
—Desde que Andrea me la entregó.
Lorenzo sintió que aquella frase volvía a abrir una herida.
—¿Andrea estuvo aquí?
Marta lo miró directamente.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Unas semanas antes de morir.
—¿Por qué nunca me dijo que había venido?
—Porque todavía no era el momento.
—Todos parecen haber sabido cuál era el momento menos yo.
Marta no respondió inmediatamente, sino que se acercó a la mesa y pasó los dedos por la tapa de la caja, deteniéndose sobre las letras Bellini.
—Andrea no quería que tú recibieras una historia preparada para convencerte de algo, Lorenzo, porque sabía que estabas herido y que cualquier intento de darte una respuesta religiosa demasiado rápida podía producir exactamente lo contrario de lo que pretendía.
—¿Y qué pretendía?
—Que algún día pudieras leer las palabras de quienes habían sufrido antes que tú y decidir por ti mismo qué hacer con ellas.
Lorenzo permaneció de pie frente a la mesa.
—Mi hermano siempre pensaba demasiado en mí.
—Era tu hermano.
—También podía haber hablado conmigo.
Marta asintió.
—Sí, podía.
La respuesta, tan sencilla y carente de defensa, desarmó a Lorenzo más que cualquier explicación.
Isabella observaba en silencio, comprendiendo que aquella mujer no estaba allí para justificar a Andrea, sino para permitir que Lorenzo viera también sus limitaciones, porque incluso las personas que amamos pueden equivocarse intentando protegernos.
Matteo fue quien rompió el silencio.
—¿Qué hay dentro?
Marta miró la caja.
—Lo último que Elena quiso que alguien encontrara.
—¿Cartas?
—Una carta.
—¿Solo una?
—Una carta puede contener más historia que una habitación llena de documentos.
Marta buscó una llave en el bolsillo de su vestido y la colocó sobre la mesa, pero no abrió inmediatamente la caja. Miró a Lorenzo, después a Isabella y finalmente a Elena, como si necesitara comprobar que las cuatro personas que habían llegado hasta allí comprendían la responsabilidad que estaban a punto de asumir.
—Antes de abrirla, necesito contarles algo sobre Clara.
Lorenzo se sentó.
Isabella ocupó la silla junto a él.
Elena permaneció de pie.
Marta se acomodó frente a ellos y comenzó a hablar.
Clara había nacido en 1930 y había crecido escuchando historias sobre Elena Bellandi, aunque su madre había evitado convertir aquellas historias en una especie de culto familiar. Elena Bellandi no quería que sus descendientes se sintieran superiores por llevar su sangre, porque había insistido siempre en que el valor de una persona no se heredaba junto con un apellido. Clara había aprendido desde pequeña que su abuela había sufrido una tragedia, que había conocido momentos en los que no encontraba razones para levantarse de la cama y que, sin embargo, había decidido ocuparse de otros seres humanos sin esperar que aquello borrara su dolor. Esa diferencia había sido fundamental para Clara, porque durante toda su vida había desconfiado de quienes utilizaban el sufrimiento como argumento para presentarse como personas moralmente superiores.
—Mi madre no era una mujer fácil —explicó Marta—. Podía ser dura, especialmente cuando alguien intentaba utilizar la historia de Elena para obtener reconocimiento, dinero o poder dentro de la familia, pero también tenía una ternura enorme hacia quienes sufrían. Cuando yo era niña la vi llevar comida a una mujer que había quedado sola con cuatro hijos, y recuerdo que aquella mujer quiso agradecerle de rodillas, pero mi madre se negó y le dijo que se levantara porque nadie debía arrodillarse ante quien simplemente había decidido ayudar.
Isabella sonrió.
—Eso se parece a Elena.
—Era exactamente lo que Elena le había enseñado.
Lorenzo miró la caja.
—¿Y qué ocurrió con la familia?
—Con el tiempo comenzaron los problemas. Algunos descendientes querían recuperar propiedades que Elena había utilizado para financiar su obra. Otros pensaban que los documentos podían demostrar derechos que ya habían caducado. Mi madre pasó años defendiendo los archivos, pero llegó un momento en que comprendió que no podía conservarlos todos en un solo lugar.
—Por eso los repartió.
—Sí.
—Entre los Bellini y los Conti.
—Entre personas que, según ella, habían demostrado que podían custodiar algo sin convertirlo en propiedad personal.
Lorenzo pensó en Andrea.
—¿Y mi hermano?
—Andrea comprendió eso muy rápido.
—¿Cómo lo conociste?
—Porque apareció una tarde preguntando por Elena, sin saber que mi madre había muerto pocos años antes.
—¿Qué buscaba?
Marta miró a Elena.
—Buscaba saber por qué tu familia había estado vinculada a la nuestra durante tantas décadas.
—¿Y qué encontrasteis?
—Que la relación no había comenzado por amistad, sino por necesidad.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—Cuando Paolo murió, Elena quedó prácticamente sola para enfrentarse a asuntos económicos que no sabía administrar. Algunas personas intentaron aprovecharse de ella. Giovanni Conti intervino porque había conocido a Paolo y porque comprendió que la viuda no estaba en condiciones de defenderse de quienes querían quedarse con sus propiedades.
Elena intervino.
—Eso aparece en las cartas.
—Sí, pero no aparece todo.
—¿Qué falta?
Marta miró hacia la caja.
—La razón por la que Giovanni aceptó proteger los documentos.
Lorenzo inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante.
—¿Cuál fue?
Marta no respondió.
Tomó la llave y abrió la caja.
El sonido de la cerradura al ceder fue pequeño, pero en aquella habitación pareció tener una importancia desproporcionada. Dentro había un paño blanco cuidadosamente doblado, una fotografía antigua, un pequeño cuaderno de tapas oscuras y un sobre amarillento cuyo borde estaba reforzado con una cinta que había perdido parte de su color. Sobre el sobre había una inscripción escrita a mano.
Para quien llegue aquí sin saber qué busca.
Isabella sintió un escalofrío.
—Es de Elena.
Marta asintió.
—Sí.
Lorenzo tomó la fotografía.
En ella aparecían tres personas delante de una casa veneciana. Elena Bellandi estaba sentada, junto a ella un hombre joven y detrás de ambos aparecía Giovanni Conti. En un extremo de la fotografía había un niño de aproximadamente diez años.
—¿Quién es el niño?
Marta se inclinó.
—Marco.
Lorenzo observó el rostro del niño.
—Entonces esta es la primera fotografía de Marco que hemos encontrado.
—Sí.
Isabella tomó el pequeño cuaderno.
—¿Podemos abrirlo?
—Andrea lo hizo.
Lorenzo la miró.
—¿Y tú?
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi madre me pidió que esperara hasta que llegaran un Bellini y una Conti.
Elena dejó escapar lentamente el aire.
—Entonces llegó el momento.
Isabella abrió el cuaderno.
Las primeras páginas estaban llenas de nombres y fechas, pero no se trataba de la lista de personas ayudadas por Elena, sino de otra cosa. Había registros de viajes, entregas de documentos y movimientos de cajas entre Venecia y Florencia. Algunas anotaciones estaban firmadas por Giovanni Conti, otras por Carlo Bellini y varias por Elena.
Lorenzo leyó en voz alta una de ellas.
—Octubre de 1961. El documento principal permanecerá en Venecia. La copia será llevada a Florencia. Ninguno de los dos debe conocer la ubicación del otro.
—¿Por qué? —preguntó Isabella.
Marta respondió.
—Porque alguien estaba buscando esos documentos.
—¿Quién?
—Nunca lo supimos con certeza.
—¿Y qué quería?
—El dinero que podía obtenerse de las propiedades.
Lorenzo pasó varias páginas.
—Aquí aparece Andrea.
La escritura cambiaba.
La anotación estaba fechada en 1992.
Andrea Bellini llegó hoy. Conoce la historia de Elena, pero todavía no comprende que la caja no debe abrirse para encontrar respuestas sobre el pasado, sino para decidir qué hacer con ellas.
Lorenzo cerró los ojos.
—Otra vez esa frase.
Isabella tocó su brazo.
—Andrea estaba intentando dejarte un camino.
—O estaba intentando decidir por mí.
—No creo que fuera eso.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si hubiera querido decidir por ti, habría dejado instrucciones, no preguntas.
Lorenzo la miró.
Marta asintió.
—Isabella tiene razón.
Él sonrió ligeramente.
—Empiezo a odiar que todos tengan razón.
—Eso también es algo que se aprende con los años —dijo Matteo desde el fondo.
Todos rieron suavemente y durante unos segundos la tensión disminuyó, pero el cuaderno todavía estaba abierto sobre la mesa y quedaban muchas páginas por descubrir.
En una de ellas encontraron una anotación que hizo que Lorenzo dejara de sonreír.
Andrea ha comprendido que el dolor no puede convertirse en una deuda que los vivos deban pagar eternamente.
Debajo había otra frase.
Si su hermano llega hasta aquí, no le entreguen una respuesta. Entréguenle la posibilidad de elegir.
Lorenzo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Por qué sabía que yo llegaría?
Marta respondió con suavidad.
—Porque te conocía.
—No podía saberlo.
—No con certeza.
—Entonces apostó.
—Sí.
—¿Y si nunca hubiera encontrado las cartas?
Marta lo miró.
—Entonces probablemente yo habría muerto con la caja cerrada.
Lorenzo permaneció en silencio.
Isabella pasó otra página.
Allí había un nombre.
Paolo Bellandi.
Debajo aparecía una fecha correspondiente a pocos días antes de su muerte.
Lorenzo leyó la anotación.
—Esto no estaba en las cartas.
Marta se inclinó.
—No.
—¿Qué significa?
—Que Paolo sabía que Elena estaba en peligro económico.
—¿Y qué hizo?
—Pidió ayuda a Giovanni.
Isabella levantó la mirada.
—Entonces la relación entre los Conti y los Bellandi comenzó antes de la tragedia.
—Sí.
—¿Y eso cambia algo?
Marta respondió:
—Cambia la forma de entender muchas cosas.
Paolo había sospechado que ciertas personas intentaban aprovecharse de su situación financiera y había dejado instrucciones para que, si algo le ocurría, Giovanni protegiera a Elena y a Marco. La tragedia no había sido provocada por aquella disputa, pero había dejado a Elena expuesta a quienes buscaban apropiarse de sus bienes. Giovanni había cumplido la promesa hecha a Paolo, y Carlo Bellini había ayudado después a ocultar determinados documentos cuando la presión aumentó.
Lorenzo comprendió entonces que el vínculo entre las familias no había nacido de una herencia, sino de una promesa.
—Mi bisabuelo sabía todo esto.
—Sí.
—¿Y nunca lo contó?
—Quizá creyó que proteger a alguien significaba también proteger su silencio.
Lorenzo negó con la cabeza.
—El silencio puede proteger, pero también puede herir.
Marta lo observó.
—Eso lo sabía Andrea.
Elena abrió finalmente el sobre.
—¿Quieres que lo lea Lorenzo?
Marta asintió.
Lorenzo tomó la carta.
El papel era frágil, pero la tinta se conservaba con claridad.
Querido desconocido:
Si has llegado hasta esta carta, significa que el tiempo ha hecho lo que siempre hace: ha llevado a los vivos hasta lugares que los muertos no pudieron abandonar. No sé quién serás ni qué apellido tendrás, pero probablemente llegarás con preguntas sobre mí, sobre Paolo, sobre Marco, sobre Giovanni y sobre quienes decidieron guardar estas páginas. Te advierto desde ahora que no encontrarás aquí una explicación capaz de devolver lo que perdimos.
Lorenzo tuvo que detenerse.
Isabella permaneció junto a él.
Continuó leyendo.
Cuando Paolo murió, pedí a Dios que me explicara por qué. Durante mucho tiempo pensé que mi fe consistía en esperar una respuesta. Después comprendí que quizá mi fe consistía en seguir caminando aunque la respuesta no llegara. No digo esto para afirmar que comprendí el sufrimiento, porque nunca lo comprendí. Lo que comprendí fue que mi dolor podía convertirse en una pared o en una puerta. Yo podía encerrarme detrás de él o permitir que alguien encontrara ayuda al otro lado.
Lorenzo bajó la carta.
La habitación permaneció en silencio.
—Es la misma idea que aparece en las otras cartas —dijo Isabella.
—Sí.
Lorenzo volvió a leer.
No confundas seguir adelante con olvidar. Hay personas que temen que vivir después de una pérdida sea una forma de traicionar a quien murió. No lo es. El amor verdadero no exige que detengamos nuestra vida en el lugar donde terminó la vida de otra persona. Si algún día amas a alguien después de haber perdido a alguien, no pienses que una cosa borra la otra. El corazón humano no funciona como una habitación en la que solo puede existir una presencia.
Lorenzo sintió que la carta se volvía borrosa.
Isabella lo miró.
Él respiró profundamente y continuó.
Y si alguna vez llegas hasta aquí con dudas sobre Dios, no permitas que nadie te obligue a resolverlas para poder seguir siendo una persona buena. Busca, pregunta, escucha, incluso protesta si es necesario, pero no conviertas tu herida en una condena contra todo aquello que todavía no comprendes. Yo no sé por qué perdí a Paolo. Solo sé que, después de perderlo, todavía había personas que necesitaban que alguien permaneciera.
Lorenzo dejó la carta sobre la mesa.
Nadie habló durante varios segundos.
Elena se secó discretamente una lágrima.
—Mi madre me leyó esa carta cuando yo tenía diecisiete años —dijo—. No entendí nada.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo algunas cosas.
Marta tomó la fotografía de Marco.
—Hay algo más.
Lorenzo levantó la mirada.
—¿Qué?
—Marco no era solamente el hijo de Elena.
—¿Qué quieres decir?
—Era también el hijo de una historia que nunca terminó de contarse.
Marta abrió el pequeño cuaderno por una página marcada.
Allí aparecía un nombre que Lorenzo reconoció de inmediato.
Andrea Bellini.
Pero debajo del nombre había una anotación que no habían visto antes.
Andrea descubrió que Marco tuvo una hija.
Isabella se inclinó.
—¿Clara?
—Sí.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Marta señaló la siguiente línea.
Clara tuvo una hija.
Elena Conti permaneció inmóvil.
—Yo.
Marta negó.
—No.
Elena la miró.
—¿Entonces quién?
Marta pasó el dedo por la página.
—Una mujer llamada Marta Bellandi.
Lorenzo la miró.
—Tú.
La anciana asintió.
—Sí.
—Entonces tú eres hija de Clara.
—Sí.
—Y no solo conocías la historia. Formas parte de ella.
—Todos formamos parte de ella, Lorenzo. La diferencia es que algunos lo descubrimos demasiado tarde.
Lorenzo se levantó y caminó hacia la ventana.
Desde allí podía verse el canal y, al otro lado, las luces de Murano comenzaban a encenderse mientras la tarde desaparecía lentamente. Pensó en Andrea, en la última conversación que habían tenido, en las cosas que había dejado sin decir y en aquellas que quizá había querido decir pero no había sabido cómo. Durante años había considerado que su hermano había muerto llevándose consigo una parte de su propia vida, pero ahora empezaba a sospechar que Andrea había pasado sus últimos meses intentando devolverle precisamente esa parte.
Isabella se acercó.
—¿Estás bien?
—No.
Ella esperó.
—Pero no estoy mal.
—¿Qué significa?
—Que por primera vez en mucho tiempo no siento que tenga que elegir entre extrañar a Andrea y seguir viviendo.
Isabella no respondió.
Lorenzo tomó su mano.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por quedarte.
Ella apretó sus dedos.
—Todavía no me he ido.
La frase quedó entre ambos con una intimidad que no necesitaba explicación.
Marta se acercó a la mesa y sacó una última hoja.
—Andrea dejó esto para ti.
Lorenzo regresó.
—¿Otra carta?
—No exactamente.
Era una hoja pequeña con una dirección.
Venecia. Dorsoduro. Calle del Forno. Casa 17.
Lorenzo palideció.
—Esa es la casa de mi abuelo.
—Lo sé.
—¿Por qué Andrea la escribió?
—Porque allí había algo que no pudo recuperar.
—¿Qué?
Marta negó con la cabeza.
—Nunca me lo dijo.
Lorenzo tomó el papel.
—La casa fue vendida hace años.
—Lo sé.
—Entonces no podemos entrar.
—Quizá sí.
—¿Cómo?
Marta abrió un cajón.
Sacó una llave antigua.
—Andrea me la dejó.
Lorenzo la observó.
—¿Esta llave abre la casa?
—No sé.
—¿Nunca intentaste usarla?
—No.
—¿Por qué?
Marta sonrió.
—Porque estaba esperando a que llegaran ustedes.
Aquella noche regresaron a Venecia con la llave guardada en un sobre y la carta de Elena protegida entre dos láminas de cartón. Durante el trayecto Lorenzo permaneció sentado junto a Isabella, mientras Elena y Matteo hablaban en voz baja al otro extremo de la embarcación. La ciudad apareció poco a poco frente a ellos, iluminada por cientos de ventanas, y Lorenzo sintió una mezcla extraña de nostalgia y expectativa, como si Venecia hubiera dejado de ser simplemente el lugar donde había nacido para convertirse en un enorme archivo de recuerdos que todavía no había aprendido a leer.
Al llegar al taller, Matteo propuso que fueran directamente a la casa del abuelo.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Es tarde.
—Precisamente.
Lorenzo entendió.
—Quieres decir que nadie estará allí.
—Eso quiero decir.
Isabella tomó el abrigo.
—Voy contigo.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Caminaron por las calles húmedas hasta Dorsoduro. La casa había cambiado poco exteriormente, aunque el portal había sido restaurado y las ventanas estaban iluminadas. Un cartel anunciaba que el edificio pertenecía ahora a una pequeña institución cultural.
Lorenzo se acercó a la puerta.
Introdujo la llave.
El mecanismo cedió.
Isabella lo miró sorprendida.
—¿Estás seguro?
—No.
Abrieron.
El interior estaba oscuro y olía a madera vieja. Una escalera conducía hacia el piso superior, donde habían vivido los abuelos de Lorenzo durante muchos años. La institución había conservado parte de la estructura original y algunas habitaciones permanecían vacías.
Lorenzo avanzó lentamente.
—Aquí pasaba los veranos.
—¿Con Andrea?
—Sí.
Llegaron a una habitación pequeña.
Había una estantería vacía.
Lorenzo se acercó.
—Aquí había un escritorio.
—¿Lo recuerdas?
—Perfectamente.
Revisó la pared.
Encontró una pequeña marca detrás de una moldura.
—Andrea escondía cosas aquí.
—¿Qué cosas?
—Cartas.
Retiró la moldura con cuidado.
Detrás había un pequeño hueco.
Pero estaba vacío.
Lorenzo respiró profundamente.
—No está.
Isabella se acercó.
—Mira abajo.
Había un pequeño sobre pegado a la parte inferior de la moldura.
Lorenzo lo retiró.
Tenía escrito su nombre.
Para Lorenzo.
Abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una sola hoja.
Si estás leyendo esto, significa que finalmente has dejado de buscar una explicación que pueda devolvernos el pasado. Eso me alegra, porque el pasado no necesita ser devuelto, sino comprendido. Hay algo que nunca te dije y que quizá debí decirte cuando todavía podía hacerlo frente a ti: después de tu muerte interior por la muerte de nuestro hermano, tuve miedo de perderte también, no físicamente, sino de esa manera en que una persona puede seguir caminando y dejar de estar realmente presente. No supe cómo ayudarte. Pensé que debía darte respuestas y terminé escondiéndote preguntas. Pensé que debía protegerte y terminé obligándote a caminar por un camino que no elegiste. Si algún día amas a alguien, no la protejas de la verdad por miedo a perderla. Y si algún día Dios vuelve a ser para ti algo más que una pregunta, que sea porque lo buscaste tú, no porque yo te llevé hasta Él.
Lorenzo dejó caer los brazos.
Isabella permaneció a su lado.
—¿Qué dice?
Él le entregó la hoja.
Ella la leyó lentamente y después volvió a mirarlo.
—Tu hermano te quería mucho.
—Sí.
—Y se equivocó.
—Sí.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Lorenzo la miró.
—Eso es lo que más me cuesta aceptar.
—¿Qué?
—Que alguien pueda amarte profundamente y aun así hacerte daño.
Isabella dobló la carta.
—Porque nosotros también somos capaces de hacer las dos cosas.
Lorenzo tomó la hoja.
—¿Tú crees que Dios funciona así?
Isabella lo miró durante unos segundos.
—Creo que Dios no necesita que finjamos que el dolor no existe para poder acercarnos a Él.
Lorenzo asintió lentamente.
—Todavía no sé si puedo creer.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Pero tú sí crees.
—Sí.
—¿Y no te molesta que yo dude?
—No.
—¿Nunca?
—Me molestaría más que fingieras creer para no perderme.
Lorenzo la observó.
—No quiero hacer eso.
—Entonces estamos bien.
Se quedaron en aquella habitación antigua mientras la noche se instalaba definitivamente sobre Venecia. Lorenzo guardó la carta de Andrea junto con las demás y después tomó la mano de Isabella. No sabían qué encontrarían al día siguiente, ni si la casa escondía algún documento capaz de cerrar finalmente la historia de Elena, ni cuánto tiempo podrían permanecer juntos antes de que las decisiones profesionales los llevaran en direcciones distintas. Pero por primera vez desde que había comenzado todo, Lorenzo no sintió la necesidad de conocer el final antes de dar el siguiente paso.
Cuando salieron de la casa, Matteo los esperaba en la calle con Elena.
—¿Encontraron algo? —preguntó.
Lorenzo mostró la carta.
—Sí.
Elena observó el rostro de Lorenzo y comprendió que algo había cambiado.
—Entonces ya no necesitas que nadie te explique a Andrea.
—No.
—¿Y qué necesitas?
Lorenzo miró a Isabella.
—Seguir buscando.
Elena sonrió.
—Entonces todavía queda mucho por hacer.
Regresaron juntos hacia el taller, pero antes de doblar la esquina, Lorenzo se detuvo de repente.
—Esperen.
Los demás se volvieron.
Lorenzo miró hacia el edificio de enfrente.
En una ventana del segundo piso había una luz encendida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Isabella.
—Esa casa estaba vacía.
Matteo observó la ventana.
—¿Estás seguro?
—Sí.
La luz se apagó.
Un instante después apareció una silueta detrás del cristal.
Lorenzo dio un paso hacia la entrada del edificio.
La figura levantó una mano y dejó algo sobre el alféizar.
Después desapareció.
Lorenzo corrió hasta la puerta, pero cuando llegó al segundo piso ya no había nadie. Solo encontró sobre el alféizar un sobre blanco, completamente seco a pesar de la lluvia que golpeaba la ventana.
Lo tomó.
En el frente había una frase escrita con tinta negra.
Para el Bellini que finalmente decidió leer hasta el final.
Lorenzo abrió el sobre.
Dentro había una fotografía reciente de Andrea tomada pocos días antes de su muerte.
Detrás de la fotografía había una dirección.
Y debajo de la dirección, una frase que hizo que Isabella se acercara hasta quedar junto a él mientras ambos comprendían que la historia que habían creído reconstruir todavía conservaba una pieza que ninguno de ellos había imaginado.
No busquen dónde murió Andrea.
Busquen dónde estuvo la última noche.
CAPÍTULO 9
Lorenzo permaneció durante varios segundos con la fotografía entre los dedos, incapaz de apartar los ojos del rostro de Andrea, porque aquella imagen no solamente mostraba a su hermano unos días antes de morir, sino que parecía devolverle una presencia que durante doce años había pertenecido exclusivamente a sus recuerdos y a unas pocas fotografías familiares demasiado conocidas para provocar ya sorpresa alguna. Andrea aparecía sentado en una mesa de madera, con una camisa clara y la expresión concentrada que Lorenzo recordaba de las tardes en las que ambos trabajaban juntos en el antiguo taller de su abuelo, pero había algo diferente en aquella fotografía, quizá la manera en que miraba hacia un punto situado fuera del encuadre o quizá la presencia de un sobre sobre la mesa, porque quien hubiera tomado la imagen parecía haber querido registrar precisamente ese momento y no una simple fotografía familiar. Isabella se acercó hasta quedar junto a él y observó la dirección escrita en el reverso, mientras Elena Conti y Matteo permanecían unos pasos detrás, conscientes de que aquella nueva pista podía conducirlos hacia una verdad que durante años había permanecido deliberadamente oculta.
—¿Reconoces el lugar? —preguntó Isabella.
Lorenzo negó lentamente con la cabeza.
—No.
—La dirección está en Venecia.
—Sí.
—¿La calle?
—La conozco.
—¿Qué hay allí?
Lorenzo volvió a mirar la fotografía.
—Un antiguo almacén de embarcaciones.
Matteo levantó la cabeza.
—Ya no existe.
—¿Estás seguro?
—Lo estaba.
Lorenzo guardó la fotografía.
—Entonces vamos a comprobarlo.
Elena se acercó.
—Yo también voy.
—No hace falta que vengas.
—Sí hace falta.
—Es tarde.
—He esperado doce años para entender qué hizo Andrea con la historia de mi familia. No voy a quedarme aquí mientras ustedes van a buscar la última pieza.
Lorenzo no discutió.
Los cuatro emprendieron el camino bajo una lluvia fina que había vuelto a cubrir las calles. Venecia estaba casi vacía a esa hora, salvo por algún grupo de turistas que regresaba lentamente hacia los hoteles y por los trabajadores nocturnos que atravesaban los puentes cargando bolsas y cajas. Las luces reflejadas sobre el agua convertían los canales en largas franjas temblorosas, y Lorenzo caminaba con la fotografía guardada dentro del bolsillo interior de su abrigo, sintiendo que el papel pesaba mucho más de lo que podía pesar una simple imagen.
La dirección correspondía a una zona cercana al extremo occidental de Dorsoduro, donde durante décadas habían existido pequeños depósitos relacionados con el transporte marítimo. Lorenzo recordaba haber pasado por allí cuando era niño, acompañando a su padre, y recordaba especialmente un edificio de ladrillos oscuros donde se reparaban pequeñas embarcaciones y donde su abuelo había enviado en alguna ocasión libros que necesitaban ser trasladados a otras islas.
—Aquí era —dijo Matteo.
Frente a ellos se levantaba un edificio completamente reformado.
Una placa indicaba que el inmueble pertenecía ahora a una empresa de servicios culturales.
—¿El almacén? —preguntó Isabella.
—Estaba aquí.
Lorenzo recorrió la fachada con la mirada.
—¿Y qué ocurrió con los antiguos propietarios?
—Fueron desalojados hace años.
—¿Quién compró el edificio?
Matteo señaló la placa.
—La fundación que aparece ahí.
Elena se acercó a la entrada.
—¿Y qué relación tenía Andrea con este lugar?
Lorenzo sacó nuevamente la fotografía.
—Estuvo aquí.
—Eso ya lo sabemos.
—No sabemos por qué.
Entraron en el vestíbulo después de identificarse ante el encargado de seguridad. Explicaron que buscaban información relacionada con una investigación familiar y mostraron la fotografía de Andrea. El hombre observó la imagen durante unos segundos y luego llamó a una mujer que trabajaba en la administración del edificio. Ella reconoció inmediatamente el lugar de la fotografía.
—La mesa todavía estaba aquí en 2004 —dijo—, aunque después fue retirada.
Lorenzo sintió que una parte de la historia comenzaba a recuperar su forma.
—¿Conoció a mi hermano?
—No personalmente, pero mi padre trabajaba aquí.
—¿Podemos hablar con él?
La mujer bajó la mirada.
—Murió hace seis años.
—Lo siento.
—No se preocupe.
—¿Dejó documentos?
—Probablemente.
La mujer los condujo hasta una pequeña oficina situada al fondo del edificio, donde conservaban algunos archivos antiguos. Después de revisar varias cajas encontró una carpeta con fotografías y registros de visitantes.
Lorenzo buscó la fecha.
Octubre de 2004.
El nombre de Andrea aparecía dos veces.
La primera visita había sido a las nueve de la mañana.
La segunda, a las ocho y cuarenta y cinco de la noche.
—Estuvo aquí dos veces el mismo día —dijo Isabella.
—¿Con quién? —preguntó Elena.
El registro no indicaba acompañantes.
Pero en la segunda visita había una anotación manuscrita.
Solicitó acceso al depósito antiguo. Traía autorización de Matteo Rinaldi.
Todos miraron a Matteo.
—Yo nunca le di una autorización escrita —dijo.
Lorenzo lo observó.
—¿Entonces cómo consiguió esto?
Matteo se quedó mirando el registro.
—Andrea vino a verme aquella mañana.
—¿Y qué te pidió?
—Que confirmara que trabajaba para mí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba entrar.
—¿Al depósito?
—Sí.
—¿Qué buscaba?
Matteo tardó unos segundos en responder.
—Un paquete.
Lorenzo sintió una presión en el pecho.
—¿Qué paquete?
—No lo sabía.
—¿Nunca te lo dijo?
—No.
—Matteo.
El anciano levantó la mirada.
—Me pidió que confiara en él.
—Y lo hiciste.
—Sí.
—¿Aunque no sabías qué estaba haciendo?
—Sí.
Lorenzo dio un paso hacia él.
—¿Por qué todos confiaban en Andrea más que en mí?
Matteo no respondió inmediatamente.
—Porque Andrea me pidió que no te cargara con una historia que todavía no podías soportar.
Lorenzo apretó la mandíbula.
—No era decisión suya.
—No.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Matteo lo miró con una tristeza profunda.
—Porque también tuve miedo.
Lorenzo quedó inmóvil.
—¿Miedo de qué?
—De que perdieras a tu hermano una segunda vez si descubrías que había estado intentando ayudarte.
La respuesta dejó a Lorenzo sin palabras.
Isabella intervino suavemente.
—¿Encontró el paquete?
Matteo negó.
—No lo sé.
La mujer que los había conducido hasta allí permanecía junto a la puerta.
—Hay algo más.
Lorenzo se volvió.
—¿Qué?
—Mi padre dejó una nota.
Ella sacó una pequeña hoja de un archivador.
—Nunca entendimos a qué se refería.
Lorenzo tomó el papel.
La escritura era antigua.
El joven Bellini vino a buscar la caja que Elena dejó antes de morir. No está aquí. Él cree que sí, pero se equivoca. La última persona que la tuvo fue una mujer llamada Marta.
Lorenzo miró a Elena.
—Eso confirma lo que dijo Marta.
—Sí.
—Entonces ¿qué buscaba Andrea aquí?
Elena observó el papel.
—Quizá no buscaba la caja.
Isabella comprendió antes que Lorenzo.
—Buscaba a alguien.
—¿A quién?
—A Marta.
Elena negó.
—Marta estaba en Murano.
—Entonces ¿por qué buscarla aquí?
Nadie respondió.
Lorenzo volvió a mirar la fotografía.
—Porque quizá la fotografía no fue tomada aquí.
Isabella tomó la imagen.
—¿Qué quieres decir?
—Mira el fondo.
Ella acercó la fotografía a la lámpara.
Detrás de Andrea había una ventana.
Al otro lado podía verse agua.
—El canal.
—Sí.
—Pero este edificio no tenía ventanas hacia el canal.
Matteo se acercó.
—El antiguo depósito sí.
—Entonces la fotografía fue tomada allí.
—Sí.
—Y alguien quiso que creyéramos que era una fotografía del lugar.
Isabella observó el reverso.
—La dirección está escrita por Andrea.
—¿Seguro?
—Sí. Reconozco su letra por las cartas.
Lorenzo tomó la fotografía.
—Entonces él quería que viniéramos aquí.
—O quería que encontráramos lo que estaba aquí.
La mujer recordó algo.
—Hay una habitación que no aparece en los planos actuales.
Lorenzo la miró.
—¿Dónde?
—En el subsuelo.
Matteo negó.
—El sótano fue cerrado durante las reformas.
—¿Podemos verlo?
La mujer dudó.
—Tendría que pedir autorización.
Elena se acercó.
—Por favor.
La mujer observó los documentos y finalmente asintió.
Bajaron por una escalera estrecha. El aire se volvió más húmedo y frío mientras descendían, y Lorenzo recordó el olor de los antiguos depósitos donde su abuelo guardaba herramientas y cajas. Al final de la escalera encontraron una puerta metálica.
La mujer abrió.
La habitación estaba casi vacía.
Había estanterías oxidadas, cajas sin identificar y una mesa de madera.
Lorenzo reconoció la mesa de la fotografía.
—Es esta.
Isabella se acercó.
—Entonces Andrea estuvo aquí.
Lorenzo pasó la mano por la superficie.
Había una pequeña marca tallada en una esquina.
Dos letras.
A.B.
—Lo hizo él.
Matteo observó la marca.
—Sí.
Lorenzo revisó la mesa.
Nada.
Después miró el suelo.
Una de las baldosas parecía diferente.
Se arrodilló.
—Aquí.
Con una herramienta pequeña consiguió levantar la pieza.
Debajo había un espacio vacío.
Pero en el fondo aparecía una hoja doblada.
Lorenzo la tomó.
Era otra nota de Andrea.
No busques la caja donde Elena la escondió. Busca el lugar donde alguien decidió devolverla.
Isabella leyó por encima de su hombro.
—¿Devolverla a quién?
Elena parecía haber entendido algo.
—A Clara.
—Pero Clara murió en 1986.
—Sí.
—Entonces no puede ser.
Elena tomó la nota.
—No dice que la devolvieran a Clara.
Marta había explicado que Clara tuvo una hija y que esa hija había conservado parte de los documentos. Pero todavía faltaba comprender por qué Andrea había seguido esa pista durante tantos años y qué había ocurrido durante las semanas anteriores a su muerte.
Lorenzo sacó el teléfono.
—Voy a llamar a Marta.
No hubo respuesta.
Intentó nuevamente.
Nada.
—Quizá está durmiendo —dijo Isabella.
—Es tarde.
—Sí.
Lorenzo guardó el teléfono.
—Mañana volveremos a Murano.
Elena negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Andrea dejó otra cosa aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi madre me habló de esta habitación.
Todos la miraron.
—¿Qué te dijo?
—Que en 1967 estuvo aquí con Giovanni Conti.
—¿Para qué?
—Para devolver una caja.
Lorenzo sintió que el círculo comenzaba a cerrarse.
—Entonces la caja pasó por aquí.
—Sí.
—¿Y después?
—No lo sé.
Isabella revisó nuevamente la nota.
—Aquí dice devolverla.
—Sí.
—No dice encontrarla.
—Exactamente.
Lorenzo se levantó.
—Andrea no buscaba la caja.
—¿Qué buscaba entonces?
—La persona que la había devuelto.
Elena palideció.
—Mi madre.
—Clara.
—Sí.
—Pero murió antes que Andrea.
—No necesariamente buscaba a Clara.
Isabella miró a Lorenzo.
—Buscaba a alguien que pudiera contar qué hizo Clara con la caja.
—Marta.
—Sí.
Elena permaneció en silencio.
—Pero si Marta tenía la caja, ¿por qué Andrea vino aquí?
Lorenzo miró la habitación.
—Porque Marta no se la entregó.
—¿Qué significa eso?
—Que quizá hubo otra caja.
Matteo respiró profundamente.
—Había dos.
Todos se volvieron.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Lorenzo.
—Dos cajas.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque Andrea me pidió que no lo hiciera.
—¿Dónde está la segunda?
Matteo negó lentamente.
—No lo sé.
—¿Quién la tuvo?
—Andrea.
Lorenzo sintió que el aire se volvía insuficiente.
—Entonces estaba con él cuando murió.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la vi.
—¿Dónde?
Matteo señaló el suelo.
—Aquí.
Lorenzo comprendió.
—¿Andrea dejó la segunda caja en este depósito?
—La dejó unas horas.
—¿Y después?
—Se la llevó.
—¿Adónde?
Matteo guardó silencio.
—Matteo.
—A una casa.
—¿Qué casa?
El anciano cerró los ojos.
—La de vuestro abuelo.
Lorenzo retrocedió.
—Pero allí no estaba.
—Porque Andrea la retiró.
—¿Cuándo?
—La noche anterior a su muerte.
El silencio fue absoluto.
Isabella tomó la mano de Lorenzo.
—Entonces la última noche estuvo allí.
Lorenzo la miró.
—En la casa de mi abuelo.
Elena se acercó.
—Tenemos que volver.
Regresaron a Dorsoduro poco antes de medianoche. La casa permanecía cerrada y las luces del edificio estaban apagadas. Lorenzo introdujo nuevamente la llave y entraron. Subieron hasta la habitación donde habían encontrado la carta.
—¿Dónde la habría escondido? —preguntó Isabella.
—Andrea conocía todos los escondites.
—¿Tú no?
—Conocía algunos.
Revisaron la habitación durante casi una hora. Abrieron cajones, levantaron tablas, examinaron molduras y revisaron los espacios detrás de las estanterías. No encontraron nada.
Lorenzo estaba agotado.
—No está aquí.
Isabella observó la habitación.
—Hay algo que no hemos mirado.
—¿Qué?
—La ventana.
—¿Por qué?
—Porque la fotografía de Andrea muestra una ventana.
Lorenzo se acercó.
El marco había sido restaurado.
Isabella examinó la madera.
—Esta pieza es más nueva.
Lorenzo tocó el borde.
—Sí.
Con cuidado retiraron una pequeña moldura.
Detrás había un hueco.
Y dentro del hueco, envuelta en tela, apareció una caja.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—La encontramos.
Sacó el objeto lentamente.
Era más pequeña que la caja que habían visto en Murano, pero tenía el mismo tipo de madera y un grabado en la tapa.
Bellandi.
Conti.
Bellini.
Isabella respiró profundamente.
—Ábrela.
Lorenzo negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez quiero saber qué estoy haciendo antes de abrirla.
Elena se acercó.
—Entonces ya has aprendido algo de todo esto.
Lorenzo la miró.
—¿Qué?
—Que no toda puerta debe abrirse solamente porque tenemos la llave.
Él sonrió ligeramente.
—Pero esta sí.
—Sí.
Lorenzo introdujo la llave.
La cerradura cedió.
Dentro había documentos, una pequeña libreta, un rosario antiguo y una fotografía.
Lorenzo tomó primero la fotografía.
Era Andrea.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía una mujer joven que Lorenzo no reconocía.
Detrás de ambos se veía el campanario de una iglesia.
Isabella tomó la fotografía.
—¿Quién es ella?
Elena observó la imagen y se llevó una mano al pecho.
—No puede ser.
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
Elena tardó varios segundos en responder.
—Mi madre.
Lorenzo miró nuevamente la fotografía.
—Clara.
—Sí.
—Pero ella murió en 1986.
Elena señaló la fecha escrita detrás.
—Esta fotografía no puede ser real.
Matteo se acercó.
—No es Clara.
Lorenzo lo miró.
—¿Entonces quién?
Matteo observó el rostro de la mujer.
—Es su hija.
Elena se quedó inmóvil.
—Marta.
—Sí.
—Pero Marta no se parece así.
—Porque la fotografía es de 2004.
Lorenzo comprendió lentamente.
—Entonces ella conoció a Andrea la noche antes de su muerte.
Nadie respondió.
En ese momento, el teléfono de Lorenzo comenzó a sonar.
Era Marta.
Lorenzo atendió inmediatamente.
—Marta.
La voz de la anciana llegó entrecortada.
—¿Encontraron la caja?
—Sí.
—Entonces escúchame con atención.
—Te escucho.
—No abras el cuaderno.
Lorenzo miró la libreta que tenía sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque Andrea no quería que lo hicieras todavía.
—Andrea murió hace doce años.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues hablando como si pudiera decidir?
Marta guardó silencio.
Después respondió:
—Porque la última persona que vio a Andrea con vida fui yo.
Lorenzo sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Qué?
—Andrea vino a verme la noche antes de morir.
—¿En Murano?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
—Me entregó la caja.
Lorenzo miró la caja que tenía delante.
—Entonces ¿qué caja tengo yo?
Marta tardó unos segundos.
—La que Andrea quería que encontrases.
—¿Y la que te entregó?
—La que yo debía conservar.
—¿Qué contiene?
—Una carta.
—¿De quién?
—De Andrea.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Dónde está?
Marta respondió con una voz cada vez más baja.
—En la iglesia.
—¿Cuál?
—La iglesia donde tu hermano estuvo por última vez antes de morir.
Lorenzo sintió que una antigua sensación regresaba a su pecho, aquella mezcla de miedo y dolor que durante años había evitado recordar.
—¿San Sebastiano?
—No.
—¿Entonces cuál?
Marta respiró profundamente.
—Santa Maria della Salute.
La llamada terminó.
Lorenzo permaneció con el teléfono en la mano.
Isabella se acercó.
—¿Qué dijo?
Él levantó la mirada.
—Que Andrea estuvo allí la última noche.
Elena observó la caja.
—Entonces ya sabemos dónde comenzar.
Lorenzo guardó la fotografía dentro del sobre y cerró la caja.
—No.
Isabella lo miró.
—¿No?
—Ahora sabemos dónde terminó.
Matteo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Lorenzo tomó la libreta.
—Andrea no dejó esta caja para que encontráramos el final.
Abrió la primera página.
Había una frase escrita con su letra.
El comienzo de la historia está en Venecia. La respuesta está donde uno decide quedarse cuando ya no tiene razones para hacerlo.
Lorenzo levantó los ojos.
—Tenemos que descubrir dónde estuvo Andrea esa noche antes de llegar a Santa Maria della Salute.
Isabella lo miró con una expresión de inquietud.
—¿Crees que alguien estuvo con él?
Lorenzo contempló la fotografía de Marta junto a Andrea.
—Ahora estoy seguro.
Elena tomó el rosario que había encontrado dentro de la caja y lo sostuvo entre sus manos.
—Entonces tenemos que saber quién.
Lorenzo guardó la libreta, la fotografía y los documentos en una carpeta impermeable. Después apagó la luz de la habitación y cerró cuidadosamente la ventana, mientras Isabella esperaba junto a la puerta y Matteo observaba en silencio la antigua casa que había guardado durante tantos años una parte de la historia de dos familias. Cuando salieron nuevamente a la calle, Venecia estaba casi completamente silenciosa, y al otro lado del canal comenzaban a distinguirse las primeras luces de la madrugada, pero antes de cruzar el puente Lorenzo se detuvo y miró hacia el agua, porque había recordado algo que Andrea le había dicho la última vez que hablaron, una frase que entonces le había parecido una simple observación sobre los barcos y que ahora adquiría un significado completamente diferente.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Isabella.
Lorenzo permaneció mirando el canal.
—Andrea me dijo que aquella noche no iba a estar solo.
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Te dijo con quién?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Entonces tenemos que encontrar a esa persona.
Lorenzo sacó nuevamente la fotografía de Marta y Andrea.
En el reverso había una segunda inscripción que no habían visto antes porque la luz de la habitación había sido demasiado tenue.
No confíes en quien diga que Andrea murió aquella noche.
Lorenzo levantó lentamente la fotografía hacia la luz del amanecer y leyó la última línea, escrita con una letra que ninguno de ellos reconocía.
Porque alguien lo vio salir con vida de Venecia.
CAPÍTULO 10
Lorenzo permaneció bajo la primera claridad de la mañana con la fotografía entre las manos, mientras Isabella leía nuevamente aquella frase escrita en el reverso y Elena Conti observaba desde unos pasos más atrás con una expresión que mezclaba incredulidad y reconocimiento, porque después de tantos años había llegado a comprender que las últimas horas de Andrea Bellini estaban relacionadas con una parte de la historia que su madre Clara había intentado proteger hasta el final de su vida, y Matteo, que había permanecido callado durante todo el trayecto de regreso, parecía finalmente dispuesto a contar aquello que durante doce años había considerado una promesa que no podía romper. Venecia comenzaba a despertar alrededor de ellos, los primeros barcos de servicio atravesaban los canales, algunas ventanas se iluminaban lentamente y el sonido lejano de una persiana que se levantaba se mezclaba con el movimiento del agua contra las piedras, mientras Lorenzo volvía a mirar la fotografía tratando de comprender qué podía significar aquella última advertencia, porque una cosa era descubrir que alguien había visto a Andrea salir con vida de un lugar y otra completamente distinta era aceptar que la versión que había escuchado durante años sobre la muerte de su hermano podía haber sido incompleta.
—Tenemos que ir a Santa Maria della Salute —dijo Elena.
Lorenzo guardó la fotografía.
—Sí.
Matteo lo detuvo antes de que comenzara a caminar.
—No todavía.
Lorenzo se volvió.
—¿Por qué?
—Porque ahora ya no estamos buscando documentos.
—¿Qué estamos buscando?
Matteo sostuvo su mirada.
—La verdad sobre lo que ocurrió aquella noche.
—Eso es exactamente lo que quiero.
—Entonces tienes que escucharme antes.
Lorenzo permaneció inmóvil mientras Matteo se apoyaba contra la baranda del puente. Durante algunos segundos pareció buscar las palabras adecuadas, como si supiera que cualquier frase podía abrir una herida que ya había comenzado a cicatrizar de una manera extraña.
—La noche en que murió Andrea, yo lo vi —dijo finalmente.
Lorenzo sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Qué viste?
—Lo vi salir del taller.
—¿A qué hora?
—Poco después de las diez.
—¿Y adónde iba?
—Me dijo que tenía que entregar algo.
—¿La caja?
—No.
—¿Entonces qué?
—Una carta.
Lorenzo bajó la mirada.
—¿Para quién?
—No me lo dijo.
—¿Y por qué nunca me contaste esto?
Matteo respiró profundamente.
—Porque esa misma noche recibí una llamada.
—¿De quién?
—De Andrea.
—¿Después de que salió?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que había encontrado a la persona que buscaba.
Lorenzo levantó la cabeza.
—¿Marta?
—Sí.
Elena cerró los ojos.
—Entonces se encontraron.
—Sí.
—¿Y qué ocurrió después?
Matteo miró a Elena.
—Andrea me dijo que debía confiar en él y que, si no regresaba, entregara la información solamente cuando Lorenzo encontrara las cartas de Elena y estuviera acompañado por una Conti.
Isabella intervino.
—Por eso esperaste.
—Sí.
—¿Pero qué pasó aquella noche?
—Después de la llamada, intenté localizarlo varias veces. No respondió. Cerca de la medianoche recibí otra llamada, esta vez de la policía.
Lorenzo apretó los labios.
—El accidente.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la laguna.
—¿A qué distancia de Venecia?
—No muy lejos.
—¿Y lo encontraron inmediatamente?
—No.
Lorenzo miró la fotografía.
—Entonces alguien pudo verlo salir antes del accidente.
—Exactamente.
—¿Quién?
Matteo señaló la fotografía.
—La mujer que estaba con él.
Elena dio un paso hacia ellos.
—Marta.
—Sí.
—Pero Marta dijo que lo vio la noche anterior.
—Y lo vio.
—Entonces ella sabe qué ocurrió.
—Sabe una parte.
Lorenzo tomó su teléfono.
—La llamaremos.
—Ya la llamé —dijo Matteo.
—¿Cuándo?
—Mientras ustedes revisaban la casa.
—¿Y qué dijo?
Matteo lo miró con gravedad.
—Que debemos ir a la basílica.
No necesitaron decir nada más. Atravesaron la ciudad hasta llegar al embarcadero y tomaron una embarcación hacia la zona de Dorsoduro. Durante el trayecto Lorenzo permaneció sentado junto a Isabella, pero ninguno de los dos habló demasiado, porque cada uno parecía estar intentando ordenar una historia que hasta entonces había tenido un principio y un final perfectamente definidos y que ahora comenzaba a revelar una parte intermedia desconocida. Lorenzo recordaba la muerte de Andrea como una imagen fija, una llamada telefónica, el rostro de su padre, el funeral, la iglesia llena de personas que hablaban de la voluntad de Dios mientras él permanecía sentado sin poder entender cómo alguien podía pronunciar aquella palabra con tanta tranquilidad cuando el hombre que más había amado acababa de desaparecer. Durante años había evitado reconstruir aquella noche porque consideraba que cualquier detalle adicional solo serviría para aumentar el dolor, pero ahora descubría que el dolor no siempre se reduce evitando mirar hacia atrás, porque algunas heridas permanecen abiertas precisamente porque una parte de la historia nunca ha sido contada.
—¿Tienes miedo? —preguntó Isabella.
Lorenzo la miró.
—Sí.
—Yo también.
—¿De qué?
—De que encontremos algo que cambie lo que creemos saber.
—Eso ya ocurrió.
—Entonces tengo miedo de que cambie todavía más.
Lorenzo tomó su mano.
—Si ocurre, lo enfrentaremos.
Isabella sonrió apenas.
—Eso sí es una promesa.
—No sé hacer muchas.
—Con esa basta.
Cuando llegaron a la basílica, el cielo comenzaba a despejarse. La enorme cúpula se elevaba sobre ellos mientras el agua golpeaba lentamente los pilotes del embarcadero y la ciudad parecía recuperar su ritmo cotidiano. Entraron y caminaron hacia una de las zonas laterales, donde una mujer los esperaba sentada en uno de los bancos.
Era Marta.
Lorenzo se detuvo frente a ella.
—¿Por qué nunca me dijiste que viste a Andrea esa noche?
Marta levantó los ojos.
—Porque Andrea me pidió que no lo hiciera.
—Ya murió.
—Lo sé.
—Entonces la promesa terminó.
—No.
—¿Por qué no?
Marta se levantó con dificultad.
—Porque una promesa no termina necesariamente cuando muere quien la pidió.
Lorenzo sintió una mezcla de enojo y tristeza.
—¿Qué ocurrió?
Marta miró a Isabella.
—¿Ella sabe todo?
—Sí.
—Entonces puedo hablar.
Se sentaron.
Marta comenzó a contar que Andrea había llegado a Murano poco después de las nueve de la noche, llevando consigo una carpeta y la segunda caja que habían encontrado en la casa del abuelo. No parecía asustado ni desesperado, pero sí estaba profundamente concentrado, como alguien que había tomado una decisión difícil y necesitaba comprobar que todavía tenía fuerzas para llevarla hasta el final.
—Me dijo que había descubierto algo sobre Elena que podía cambiar la forma en que las familias entendían aquella historia —explicó Marta—, pero que no quería que los documentos fueran utilizados para reclamar propiedades ni para convertir a Elena en una especie de heroína familiar. Quería que la historia se conservara tal como había sido vivida, con sus pérdidas, sus errores y sus decisiones.
—¿Qué había descubierto? —preguntó Isabella.
—Que Elena no había dejado la caja para sus descendientes.
—Entonces ¿para quién?
—Para cualquiera que necesitara recordar que una vida podía continuar después de una pérdida.
Lorenzo cerró los ojos.
—Eso está en las cartas.
—Sí, pero había algo más.
Marta sacó un sobre de su bolso.
—Andrea me pidió que lo conservara hasta que llegara el momento.
Lorenzo lo miró.
—¿Es la carta que mencionaste?
—Sí.
—¿Por qué no me la diste antes?
—Porque Andrea me pidió que no lo hiciera hasta que estuvieras acompañado por una persona de la familia Conti y hubieras leído la última carta de Elena.
Isabella extendió la mano.
—Estamos aquí.
Marta le entregó el sobre a Lorenzo.
Él lo abrió.
La primera línea era de Andrea.
Querido hermano:
Si estás leyendo esto, probablemente estés enojado conmigo, y tendrás razones para estarlo. No quiero defenderme porque algunas decisiones que tomé fueron equivocadas, aunque nacieron de un deseo sincero de protegerte. Durante años creí que debía llevarte hasta una respuesta porque yo tenía una fe que tú habías perdido, y tardé demasiado en comprender que la fe de una persona no puede ser prestada por otra. Tú necesitabas hacer tu propio camino, aunque ese camino estuviera lleno de preguntas.
Lorenzo tuvo que detenerse.
Isabella permaneció a su lado.
Continuó leyendo.
La noche en que te escribo esto he comprendido algo que me ha costado años aceptar. Elena no venció el dolor porque dejó de sufrir. Lo venció porque decidió que el sufrimiento no tendría la última palabra sobre lo que haría con su vida. Yo no sé si algún día tú volverás a creer en Dios, y no quiero que lo hagas por mí. Si algún día lo haces, que sea porque después de haberlo buscado con todas tus preguntas descubres que todavía puedes confiar. Si no ocurre, seguirás siendo mi hermano y seguirás siendo digno de amor.
Lorenzo bajó la carta.
Marta observaba en silencio.
—¿Eso fue todo?
—No.
Había una segunda página.
Andrea había escrito que la caja contenía documentos que demostraban que la familia había decidido proteger a determinadas personas durante décadas, pero que la verdadera herencia de Elena era una lista de nombres. Había descubierto que varias de aquellas personas, una vez ayudadas, habían continuado ayudando a otros, creando una cadena silenciosa que había llegado hasta generaciones posteriores. Algunas habían fundado pequeños talleres, otras habían cuidado enfermos y otras habían ayudado a familias que ni siquiera conocían la existencia de Elena Bellandi.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi hermano? —preguntó Lorenzo.
Marta respondió:
—Andrea descubrió que él mismo formaba parte de esa cadena.
—¿Cómo?
—Porque después de la muerte de vuestro hermano mayor, tú comenzaste a alejarte de todos, pero Andrea siguió visitando a una familia que había conocido a través de Elena. Les llevaba comida y dinero cuando podía.
Lorenzo la miró sorprendido.
—Nunca me dijo eso.
—No quería que lo admiraras por hacerlo.
—Entonces ¿por qué lo hizo?
—Porque alguien lo había ayudado a él cuando era joven.
—¿Quién?
Marta miró a Elena.
—Tu hermano no quería que supieras que una parte de la ayuda que recibisteis después del accidente de vuestra familia provenía de una persona vinculada a Elena.
Lorenzo sintió que el mundo se desplazaba bajo sus pies.
—¿Qué estás diciendo?
Elena respondió con suavidad.
—Que la historia continuó mucho después de que Elena muriera.
Marta explicó que Andrea había descubierto que, durante los años posteriores a la muerte de su hermano mayor, la familia Bellini había recibido ayuda económica de manera anónima. No había sido una gran cantidad, pero había permitido pagar determinados gastos y evitar que la familia tuviera que abandonar el taller. El dinero procedía de una pequeña fundación creada décadas antes por personas que habían recibido ayuda de Elena.
—¿Andrea sabía que eso había ocurrido?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sabía que estabas buscando una razón para tu dolor y temía que convirtieras aquella ayuda en una prueba de que Dios había intervenido de alguna manera específica.
Lorenzo miró hacia el altar.
—¿Y tú qué crees?
Marta sonrió tristemente.
—Creo que hay cosas que podemos agradecer sin necesidad de explicar completamente cómo llegaron hasta nosotros.
Isabella bajó la mirada.
Lorenzo permaneció unos segundos en silencio.
—¿Andrea salió de aquí contigo?
—Sí.
—¿Adónde fue?
—Dijo que tenía que entregar la caja.
—¿A quién?
Marta dudó.
—A una persona que vivía en Venecia.
—¿Quién?
—No lo sé.
Lorenzo frunció el ceño.
—Tienes que saberlo.
—Conocía su nombre.
—¿Cuál?
Marta lo miró.
—Isabella.
La joven levantó la cabeza.
—¿Yo?
—No tú.
Marta respiró profundamente.
—Tu madre.
Isabella quedó inmóvil.
—Mi madre.
—Sí.
—¿Qué relación tenía con Andrea?
—Ninguna que yo supiera.
—Entonces ¿por qué fue a verla?
—Porque Andrea había descubierto que alguien de la familia Conti había conservado un documento que podía demostrar que la segunda caja pertenecía a Elena.
Isabella sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Mi madre nunca me habló de eso.
—Quizá no lo sabía.
—¿Y qué ocurrió?
—Andrea fue a verla esa noche.
Lorenzo miró a Isabella.
—¿Dónde vivía tu madre entonces?
—En Florencia.
—¿Cómo podía verla en Venecia?
Isabella recordó algo.
—Mi madre viajaba con frecuencia a Venecia por trabajo.
—¿Ese año?
—Sí.
Marta asintió.
—Andrea la encontró en un pequeño hotel.
—¿Qué le entregó?
—No la caja.
—Entonces ¿qué?
—Una copia de un documento.
—¿Y después?
—Tu madre le dijo que no podía ayudarlo.
Isabella se quedó en silencio.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De que la historia volviera a dividir a las familias.
Lorenzo recordó las palabras de Elena sobre los documentos y la herencia.
—¿Andrea se fue solo?
—Sí.
—¿Y después?
—Regresó a Venecia.
—¿Dónde ocurrió el accidente?
Marta miró hacia la ventana.
—Eso es lo que no sabemos.
Lorenzo sintió nuevamente la tensión.
—¿Cómo que no?
—Porque Andrea no murió en el lugar que todos creyeron.
Matteo intervino.
—Eso es lo que nunca quisiste contarme.
Marta negó.
—No podía.
—¿Por qué?
—Porque cuando encontré a Andrea aquella noche todavía estaba vivo.
Lorenzo se puso de pie.
—¿Qué?
Marta levantó la mirada.
—Lo encontré cerca del embarcadero.
—¿Herido?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Me dijo que había tenido un accidente con una embarcación.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté llamar a emergencias.
—Entonces ¿por qué aparece que murió en otro lugar?
—Porque antes de que llegara la ayuda, Andrea se levantó.
Lorenzo se quedó sin palabras.
—¿Se levantó?
—Sí.
—¿Y caminó?
—Con dificultad.
—¿Adónde?
—Dijo que tenía que llegar a Santa Maria della Salute.
—¿Por qué?
—Porque allí debía encontrarse con alguien.
—¿Con quién?
Marta negó.
—Nunca me lo dijo.
Lorenzo sintió que todo encajaba y al mismo tiempo se volvía más confuso.
—Entonces la última persona que lo vio con vida fuiste tú.
—Sí.
—¿Y después?
—Lo vi subir a una embarcación.
—¿Solo?
—No.
—¿Con quién?
Marta señaló la fotografía.
—Con esa mujer.
Lorenzo miró nuevamente la imagen.
La mujer junto a Andrea era Marta.
—Pero tú dijiste que lo viste subir a una embarcación.
—Sí.
—Entonces ¿quién tomó esta fotografía?
Marta permaneció en silencio.
Isabella comprendió.
—Alguien más estaba con ustedes.
Marta asintió.
—Sí.
—¿Quién?
La anciana miró a Elena.
—Tu madre.
Elena quedó inmóvil.
—Clara estaba muerta.
—No era Clara.
—¿Entonces?
Marta tomó la fotografía.
—Era una mujer que trabajaba con mi madre.
—¿Quién?
Marta dijo un nombre.
—Lucia Ferretti.
Lorenzo recordó inmediatamente a la mujer de Cannaregio que les había entregado una carta.
—Lucia.
—Sí.
—Entonces ella vio a Andrea.
—Sí.
—¿Y por qué nunca nos dijo?
Marta respondió:
—Porque Andrea se lo pidió.
—Otra vez.
—Él sabía que la investigación terminaría llegando hasta ustedes.
—¿Y qué quería proteger?
—A una persona.
Lorenzo miró a Isabella.
—¿A quién?
Marta sostuvo su mirada.
—A tu madre.
Isabella palideció.
—No entiendo.
—Tu madre no estaba involucrada en nada malo. Andrea descubrió que había recibido el documento de alguien que quería recuperar la caja, pero ella se negó a entregarlo. Andrea temía que aquella persona pudiera hacerle daño.
—¿Quién?
Marta no respondió.
En ese momento Lorenzo recordó una anotación del cuaderno.
La última persona que la tuvo fue una mujer llamada Marta.
Y comprendió que quizá habían estado interpretando mal la frase desde el principio.
—La última persona que tuvo la caja no era Marta —dijo.
Marta lo miró.
—No.
—Era mi madre.
—No.
Lorenzo se volvió hacia Isabella.
—Era la tuya.
Isabella cerró los ojos.
—Mi madre.
Marta asintió.
—Sí.
—¿Y qué hizo con ella?
—La devolvió.
—¿A quién?
Marta tomó aire.
—A Andrea.
El silencio que siguió fue tan profundo que Lorenzo pudo escuchar el movimiento del agua contra los muros de la basílica.
—Entonces Andrea tenía la caja cuando salió de Venecia.
—Sí.
—¿Y murió?
Marta bajó la mirada.
—Eso es lo que creemos.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—No.
Todos lo miraron.
—¿Qué quieres decir?
Lorenzo sacó la fotografía y la colocó junto a la carta de Andrea.
—Si alguien vio a Andrea salir con vida, y si la caja estaba con él, entonces tenemos que encontrar el registro del accidente.
Matteo comprendió.
—La policía.
—Sí.
—Han pasado doce años.
—Los documentos siguen existiendo.
Elena miró a Marta.
—¿Dónde ocurrió exactamente?
—Cerca de la laguna, en dirección al Lido.
—¿Y encontraron la embarcación?
—Sí.
—¿Y a Andrea?
—Sí.
Lorenzo respiró profundamente.
—Entonces iremos allí.
El trayecto hasta el archivo policial fue largo y silencioso. Lorenzo había dejado de sentirse como alguien que buscaba una explicación para una pérdida personal y comenzaba a sentirse como alguien que reconstruía una historia que había sido fragmentada deliberadamente por personas que creían estar protegiendo a los demás. La diferencia era importante, porque ya no buscaba que alguien le dijera si Dios había permitido o provocado algo, ni necesitaba que las cartas de Elena justificaran la muerte de Andrea; quería saber qué había ocurrido, y por primera vez entendía que conocer la verdad no significaba necesariamente encontrar consuelo, sino aceptar la realidad tal como hubiera sido, aunque resultara más difícil que la versión que había aprendido a soportar.
En el archivo encontraron el expediente después de varias horas.
El accidente estaba registrado.
Una pequeña embarcación había sido encontrada a la deriva.
Andrea había sido trasladado con vida.
Lorenzo leyó aquella línea varias veces.
—Con vida.
Isabella se acercó.
—Sí.
—Entonces no murió en el accidente.
El documento indicaba que Andrea había sufrido heridas graves y había sido trasladado hacia un centro médico, pero en una hoja posterior aparecía una anotación que cambiaba completamente la reconstrucción.
Paciente trasladado nuevamente por solicitud propia.
Lorenzo sintió un estremecimiento.
—¿A dónde?
La respuesta aparecía debajo.
Santa Maria della Salute.
—Llegó allí.
—Sí.
—Entonces la última noche de Andrea no terminó en el accidente.
Isabella tomó la hoja.
—Terminó en la basílica.
Lorenzo miró a Matteo.
—Tenemos que volver.
Cuando regresaron, el templo estaba casi vacío. La luz de la tarde entraba por los ventanales y se extendía sobre el suelo de mármol. Lorenzo caminó lentamente hasta uno de los bancos laterales y se detuvo.
—Aquí.
—¿Qué?
—Creo que estuvo aquí.
Isabella se sentó junto a él.
Marta permaneció unos metros atrás con Elena y Matteo.
Lorenzo cerró los ojos.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después recordó una escena de su infancia.
Andrea sentado en una iglesia.
Una mano sobre su hombro.
Una frase.
Cuando no entiendas algo, no huyas de la pregunta.
Lorenzo abrió los ojos.
—Hay algo que no hemos encontrado.
—¿Qué?
—La carta.
Marta se acercó.
—¿Cuál?
—La que Andrea dijo que debía entregar aquí.
Buscaron durante casi una hora. Finalmente encontraron, detrás de una pequeña placa de madera situada bajo uno de los bancos, un sobre antiguo.
Lorenzo lo abrió.
La carta no estaba dirigida a él.
Estaba dirigida a Isabella.
Ella la recibió con manos temblorosas.
La letra era de Andrea.
Querida Isabella:
Si algún día lees esto, probablemente significa que Lorenzo ha llegado contigo hasta el final de esta historia. No te conozco lo suficiente para decirte quién eres, pero conozco lo suficiente a tu familia para saber que no has llegado aquí por casualidad. Hay personas que creen que la fe consiste en tener todas las respuestas. Elena me enseñó algo diferente. La fe también puede consistir en permanecer cuando todavía no sabemos qué ocurrirá. Si alguna vez Lorenzo decide confiar en ti, no intentes llevarlo hacia Dios. Camina con él mientras busca. Y si algún día él vuelve a creer, no pienses que fue porque tú lo salvaste. Nadie salva a otra persona de esa manera. Solo podemos acompañarnos mientras aprendemos a vivir.
Isabella dejó caer una lágrima.
Continuó leyendo.
Hay otra razón por la que te escribo. Si alguna vez ustedes dos llegan hasta aquí, significa que ambos han decidido no dejar que el miedo gobierne sus decisiones. No sé si permanecerán juntos. No sé si la distancia los separará. No sé qué harán con sus vidas. Pero quiero pedirte algo: no permitas que Lorenzo confunda amar con aferrarse. Después de una pérdida, uno puede querer retener a la persona que ama porque teme perderla también. Eso no es necesariamente amor. A veces el amor consiste en abrir la mano y confiar.
Isabella cerró los ojos.
Lorenzo permaneció a su lado.
—¿Qué dice?
Ella le entregó la carta.
Él la leyó.
Cuando terminó, se quedó mirando el papel.
—Sabía de nosotros.
—No podía saberlo.
—No sabía que serías tú.
—Entonces ¿qué sabía?
Lorenzo la miró.
—Que algún día podría amar a alguien.
Isabella tomó su mano.
—Y tenía razón.
Permanecieron juntos durante unos minutos sin hablar. Después Lorenzo sacó del bolsillo la oferta de Lisboa que había recibido semanas atrás.
—Tengo que decidir mañana.
—Lo sé.
—Y tú tienes que volver a Florencia.
—Sí.
—Entonces quizá esto sea lo que quiso decir.
—¿Andrea?
—Que amar no es aferrarse.
Isabella lo miró.
—¿Quieres irte?
—Sí.
Ella asintió lentamente.
—Yo también quiero volver a Florencia.
—Lo sé.
—Pero no quiero que esto termine.
Lorenzo tomó su mano con fuerza.
—Yo tampoco.
No prometieron que la distancia sería fácil, ni que el tiempo conservaría intactos los sentimientos que apenas estaban comenzando a comprender, porque ambos sabían demasiado bien que las promesas absolutas podían convertirse en otra forma de miedo, pero decidieron algo más difícil y más verdadero: que no abandonarían la relación solamente para evitar la posibilidad de sufrir, que continuarían escribiéndose, que visitarían al otro cuando pudieran y que cada uno seguiría construyendo su propia vida sin exigir que el otro renunciara a su camino para demostrar amor.
Al salir de la basílica, Lorenzo miró el agua.
—¿Sabes qué es lo extraño?
—¿Qué?
—Durante años pensé que Andrea murió intentando darme una respuesta.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que murió intentando dejarme libre para encontrar la mía.
Isabella apoyó la cabeza sobre su hombro mientras caminaban hacia el embarcadero. Detrás de ellos, Marta cerró cuidadosamente la caja que había llevado durante tantos años y Elena guardó las cartas de su familia dentro de una carpeta nueva, mientras Matteo observaba a Lorenzo con una expresión que no era de triunfo ni de alivio, sino de afecto silencioso.
Dos días después, Lorenzo aceptó el trabajo de restauración en Lisboa.
Una semana más tarde, Isabella regresó a Florencia.
Antes de separarse en la estación, se abrazaron durante largo tiempo, conscientes de que aquella despedida no tenía la seguridad de las despedidas de las historias donde los personajes saben exactamente cuándo volverán a encontrarse. Isabella tomó el pequeño crucifijo de madera que llevaba siempre consigo y lo sostuvo entre sus dedos.
—Mi abuela decía que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos algo que no sabíamos que necesitábamos aprender.
Lorenzo sonrió.
—¿Y qué aprendiste?
—Que puedo querer a alguien sin necesitar controlar el futuro.
—Yo aprendí algo parecido.
—¿Qué?
—Que quizá todavía puedo creer en algo que no puedo demostrar completamente.
Ella lo miró con ternura.
—No necesitas decir más.
Lorenzo la abrazó nuevamente.
—Escríbeme.
—Lo haré.
—Aunque estés ocupada.
—Aunque estés en Lisboa.
—Aunque tengas miedo.
—Especialmente entonces.
El tren comenzó a moverse.
Isabella permaneció junto a la puerta hasta que la distancia hizo imposible distinguir su rostro. Lorenzo siguió allí durante varios minutos después de que el tren desapareciera, con la carta de Andrea dentro del bolsillo y la pequeña caja de Elena guardada en una bolsa de cuero, mientras sobre Venecia comenzaba a caer una lluvia suave que hacía brillar las vías y los adoquines.
Los meses siguientes pasaron lentamente y, al mismo tiempo, con una rapidez que Lorenzo no supo explicar. Lisboa le ofreció un trabajo exigente y distinto de todo cuanto había conocido en Venecia, porque allí restauró manuscritos que habían pasado por conventos, guerras, incendios y bibliotecas particulares, y cada volumen parecía recordarle que el tiempo podía destruir una parte de las cosas sin conseguir necesariamente borrarlas por completo. Isabella, desde Florencia, continuó trabajando en la biblioteca y comenzó a especializarse en conservación documental, y aunque la distancia hizo que algunos días fueran difíciles, ambos mantuvieron la costumbre de escribirse cartas largas, sin convertirlas en informes sobre lo que habían hecho, sino compartiendo dudas, descubrimientos, pequeñas alegrías y momentos de cansancio, de modo que poco a poco la relación dejó de depender de la presencia física y comenzó a construirse sobre una confianza que ninguno de los dos había esperado encontrar tan pronto.
Durante el primer año se visitaron varias veces.
Durante el segundo, menos.
Durante el tercero, cada uno tuvo nuevas responsabilidades.
Durante el cuarto, una decisión profesional llevó a Isabella fuera de Italia durante algunos meses.
Y cuando llegó el quinto año, las cartas comenzaron a espaciarse.
No hubo una pelea ni una traición ni una escena definitiva que pudiera explicar la distancia, sino algo mucho más difícil de señalar, porque la vida empezó a ocupar los espacios que antes pertenecían a ellos, y ambos, fieles a la promesa que habían hecho, se negaron a exigir al otro que abandonara sus proyectos para demostrar que todavía existía amor.
Lorenzo continuó restaurando.
Isabella continuó conservando.
Ambos siguieron adelante.
Y durante años la caja permaneció guardada.
Hasta que una mañana de octubre, diez años después de aquella primera investigación, Lorenzo recibió una llamada de Florencia.
La voz que escuchó al otro lado de la línea pertenecía a Isabella.
Habían pasado años desde la última conversación larga entre ellos.
Ella no explicó demasiado.
Solo dijo que había encontrado algo entre los documentos de su abuela.
Algo que nadie había visto.
Algo relacionado con la última carta de Elena.
Y antes de que Lorenzo pudiera preguntarle qué era, Isabella añadió una frase que hizo que todos los años transcurridos parecieran desaparecer de repente.
—Lorenzo, tienes que volver a Venecia.
Él permaneció junto a la ventana del taller que había abierto años atrás en Lisboa, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales, mientras en su escritorio descansaba todavía la fotografía de Andrea que nunca había sido capaz de guardar definitivamente, y cuando Isabella volvió a hablar, su voz llegó más baja, casi como si tuviera miedo de pronunciar lo que acababa de descubrir.
—Encontré una carta que Andrea escribió después de la noche en que supuestamente murió.
Lorenzo cerró los ojos.
—¿Después?
—Sí.
—¿Dónde está?
Isabella respiró profundamente.
—En Venecia.
—¿Quién la tenía?
—No lo sé.
—¿Y qué dice?
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea.
—Dice que si algún día nosotros dos volvemos a encontrarnos, tenemos que abrir la última caja de Elena.
Lorenzo miró la vieja fotografía.
—¿La caja que nunca abrimos?
—Sí.
—¿Dónde está?
La respuesta de Isabella llegó apenas un instante después.
—En el lugar donde comenzó todo.
Lorenzo tomó el abrigo que estaba sobre la silla y salió del taller sin apagar la luz de su escritorio, mientras en algún lugar de Venecia una caja cerrada desde hacía décadas esperaba todavía que dos personas que habían aprendido a vivir con el tiempo, con la distancia y con sus propias preguntas regresaran para descubrir qué había decidido Elena Bellandi guardar en su última carta.
CAPÍTULO 11
Lorenzo llegó a Venecia una mañana de noviembre, diez años después de aquella primera vez en que había abierto junto a Isabella las páginas del viejo libro Bellandi sin imaginar que entre sus hojas encontraría una historia capaz de atravesar varias generaciones y, mucho más difícil todavía, capaz de atravesarlo a él mismo, porque durante los años transcurridos desde entonces había aprendido que algunas investigaciones terminan cuando se encuentra un documento, mientras que otras continúan mucho después de que la última página ha sido leída, no porque falten respuestas sino porque ciertas respuestas necesitan tiempo para encontrar un lugar dentro de quien las recibe. El tren entró lentamente en Santa Lucia y Lorenzo permaneció sentado unos segundos después de que los demás pasajeros comenzaran a levantarse, mirando por la ventana la superficie gris de la laguna y las fachadas que aparecían detrás de la niebla, sintiendo una emoción que no era exactamente nostalgia, aunque contenía algo de ella, ni tampoco temor, aunque el recuerdo de Andrea seguía unido a aquella ciudad de una manera que nunca había conseguido separar completamente, sino una mezcla difícil de definir entre la sensación de regresar a un lugar conocido y la conciencia de que, después de diez años, también él era otro hombre. Había vivido en Lisboa, había viajado por España, Francia y Alemania para restaurar colecciones antiguas, había trabajado con instituciones que jamás habría imaginado conocer cuando tenía treinta y un años y había aprendido a hablar de conservación, patrimonio y restauración con una seguridad profesional que su antiguo maestro Matteo probablemente habría celebrado, pero en medio de todo aquello había conservado una pequeña costumbre que nadie conocía demasiado: cada vez que terminaba de restaurar un libro particularmente deteriorado, escribía en una hoja aparte la fecha, el estado inicial y las decisiones que había tomado, porque necesitaba recordar que restaurar no significaba devolver un objeto a lo que había sido antes, sino permitir que pudiera continuar siendo lo que era sin ocultar las huellas del tiempo.
Cuando bajó del tren, encontró a Isabella esperándolo junto al acceso principal de la estación, y durante unos segundos ninguno de los dos se movió, porque la distancia de los años no podía medirse solamente en calendarios ni en viajes cancelados, sino también en los pequeños cambios que cada uno había experimentado sin que el otro pudiera acompañarlos diariamente. Isabella tenía algunas canas que no estaban allí la última vez que se habían visto durante una estancia breve en Florencia, llevaba el cabello algo más corto y vestía un abrigo oscuro sobre una bufanda clara, mientras que Lorenzo había envejecido también de una manera que él mismo apenas había advertido, con algunas líneas alrededor de los ojos y una forma diferente de sostenerse, más tranquila, menos defensiva, como si finalmente hubiera dejado de vivir esperando que algo inesperado pudiera volver a desaparecer. Se miraron durante unos segundos que parecieron mucho más largos que cualquier conversación que hubieran mantenido por teléfono durante los años anteriores, y fue Isabella quien dio el primer paso, acercándose para abrazarlo con una naturalidad que hizo que Lorenzo comprendiera que, pese a todo lo ocurrido, había cosas que el tiempo no había conseguido convertir en extrañas.
—Pensé que llegarías más tarde —dijo ella.
—Tomé el primer tren.
—Lo imaginé.
—¿Encontraste la carta?
Isabella sonrió ligeramente.
—Ni siquiera has preguntado cómo estoy.
Lorenzo bajó la mirada y después volvió a mirarla.
—¿Cómo estás?
—Ahora mejor.
—Yo también.
—Entonces estamos empatados.
Caminaron juntos hacia el embarcadero, y durante los primeros minutos hablaron de asuntos aparentemente insignificantes, del viaje, del clima, de la cantidad de turistas que todavía recorrían la ciudad a pesar de la temporada, de la restauración de algunos edificios y de las nuevas exposiciones que Isabella había visto durante los últimos meses, pero ambos sabían que aquella conversación superficial era solamente una forma de recuperar el ritmo perdido antes de entrar en aquello que los había llevado nuevamente a encontrarse. Lorenzo no preguntó todavía por la carta porque había aprendido, después de tantos años, que algunas cosas necesitaban ser escuchadas cuando el corazón estaba preparado para recibirlas, y quizá por eso no sintió impaciencia cuando Isabella propuso primero pasar por el taller de Matteo.
—¿Matteo sigue allí? —preguntó Lorenzo.
—Sí.
—Pensé que se había jubilado.
—Lo hizo.
—Entonces ¿qué hace en el taller?
—Lo mismo que hacen algunas personas que se jubilan sin saber qué significa la palabra.
Lorenzo sonrió.
—Eso sí parece Matteo.
El taller había cambiado poco por fuera, aunque el interior estaba mejor iluminado y varias de las herramientas antiguas habían sido sustituidas por equipos modernos. Matteo tenía ahora casi ochenta años y caminaba con cierta dificultad, pero conservaba la mirada aguda que Lorenzo recordaba de su juventud, y cuando lo vio entrar junto a Isabella no mostró sorpresa, como si hubiera sabido durante mucho tiempo que aquella puerta volvería a abrirse para ambos.
—Llegaste —dijo.
Lorenzo lo abrazó.
—Llegué.
—Has tardado.
—Diez años no me parecen una demora pequeña.
—Para los libros sí.
—Para las personas también.
Matteo miró a Isabella.
—Y tú.
—Yo también.
El anciano sonrió.
—Entonces ya puedo morir tranquilo.
—No digas eso —protestó Isabella.
—No pienso hacerlo todavía, pero quería comprobar que seguías creyendo que podía.
Lorenzo miró alrededor.
—¿Dónde está la caja?
Matteo se volvió hacia una estantería.
—No la tengo.
—¿Cómo que no?
—La tiene Isabella.
Lorenzo miró a su lado.
Isabella abrió su bolso y sacó una pequeña llave.
—La caja nunca estuvo aquí.
—¿Dónde?
—En Florencia.
—Pero dijiste que estaba en Venecia.
—La carta estaba en Venecia.
Lorenzo respiró profundamente.
—Entonces empecemos por el principio.
Isabella sacó un sobre de color crema.
—La encontré hace tres semanas.
—¿Dónde?
—En una caja de documentos de mi abuela que había permanecido cerrada desde que murió mi madre.
—¿Tu madre murió?
Isabella asintió lentamente.
—Hace dos años.
Lorenzo tomó su mano sin decir nada.
—Lo siento.
—Gracias.
—¿Fue ella quien guardó la carta?
—Sí.
—¿Sabía lo que contenía?
—Creo que sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque yo tampoco lo sabía.
Lorenzo comprendió entonces que la última década había dejado pérdidas en ambos caminos que ninguno había conocido completamente, y durante unos instantes no hablaron, porque el dolor de Isabella no necesitaba ser incorporado inmediatamente al misterio para tener importancia propia. Ella respiró profundamente y abrió el sobre.
—Mi madre encontró la carta de Andrea después de la muerte de mi abuela.
—¿Cuándo?
—En 2010.
—Entonces la tuvo seis años antes de morir.
—Sí.
—¿Y por qué la guardó?
—Porque Andrea se la pidió.
Lorenzo cerró los ojos.
—Otra promesa.
—Sí.
—¿Qué decía?
Isabella sacó varias hojas.
—Que no debíamos abrir la última caja hasta que hubiéramos vuelto a encontrarnos.
Lorenzo la miró.
—Eso parece demasiado preciso.
—Lo es.
—¿Cómo podía saber que nos encontraríamos?
—No lo sabía.
—Entonces ¿por qué lo escribió?
—Porque esperaba que si alguna vez nos separábamos por demasiado tiempo, ninguno de los dos confundiera la distancia con el final.
Lorenzo permaneció callado.
Isabella le entregó la primera hoja.
La letra de Andrea era inconfundible.
Si has llegado hasta aquí, probablemente han pasado muchos años. Quizá no estés con Isabella. Quizá ella haya elegido otro camino. Quizá tú también. No quiero pedirte que regreses a Venecia por mí ni que conviertas esta historia en una deuda. Solo quiero que, si alguna vez vuelven a encontrarse, lean juntos la última carta de Elena, porque hay cosas que solamente pueden comprenderse cuando dos personas han vivido suficiente tiempo como para descubrir que no todo lo que se pierde estaba destinado a desaparecer.
Lorenzo dejó la hoja sobre la mesa.
—¿La última carta estaba en la caja?
—Sí.
—¿Y por qué no la abrimos entonces?
Isabella señaló la llave que tenía en la mano.
—Porque no teníamos la llave.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
Lorenzo miró a Matteo.
El anciano asintió.
—Entonces ya no hay nada que esperar.
La caja había sido trasladada nuevamente a Venecia unos días antes y se encontraba en una pequeña habitación de la biblioteca donde Isabella había trabajado en 2016. Caminaron hasta allí bajo una lluvia fina, y Lorenzo reconoció cada esquina de la ciudad con una sensación extraña, porque algunos lugares permanecían casi idénticos mientras otros habían cambiado por completo, pero en ambos casos los recuerdos aparecían de manera inesperada, como si la ciudad hubiera conservado no solamente sus edificios sino también las versiones anteriores de quienes habían caminado por ellos. Al llegar a la biblioteca, una antigua compañera de Isabella los recibió y les permitió entrar en el depósito.
La caja estaba sobre una mesa.
Era la misma que habían visto años atrás en Murano, pero ahora tenía una pequeña etiqueta con la fecha de traslado y una nota escrita por la madre de Isabella.
Para cuando llegue el momento.
Isabella colocó la llave en la cerradura.
Lorenzo puso su mano sobre la tapa.
—¿La abrimos juntos?
—Sí.
La cerradura cedió.
Dentro había una sola carta, envuelta en una tela azul, junto con un pequeño objeto de madera que Lorenzo reconoció inmediatamente.
El crucifijo.
Isabella lo tomó.
—Este era el original.
—Sí.
—Entonces tu abuela tenía una réplica.
—Mi abuela quiso que el original permaneciera con la familia Bellandi.
Lorenzo tocó la madera.
—¿Y Andrea lo devolvió?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque entendió que no necesitaba poseerlo para recordar.
Isabella abrió la carta.
El papel era mucho más antiguo que los anteriores y la tinta estaba parcialmente descolorida. Elena había escrito aquella última carta varios años antes de morir.
A quien encuentre estas páginas:
Si has llegado hasta aquí, ya sabes que mi vida no terminó como yo habría querido y que muchas personas que amé desaparecieron antes de que yo pudiera despedirme de ellas. También sabes que después de perder a Paolo decidí permanecer en Venecia, aunque hubo momentos en que habría preferido marcharme a cualquier lugar donde nadie conociera mi nombre ni mi historia. Durante muchos años pensé que permanecer significaba resistir, pero con el tiempo comprendí que permanecer no consiste simplemente en quedarse físicamente en un lugar, sino en decidir que aquello que hemos vivido no determinará por completo aquello que haremos con lo que todavía tenemos delante.
Lorenzo escuchó mientras Isabella leía.
Elena explicaba que había cometido errores, que había confiado en personas equivocadas, que había discutido con familiares, que había vendido propiedades demasiado pronto y que en algunos momentos había utilizado su propia convicción como una manera de esconder el miedo. No quería que las generaciones posteriores la recordaran como una mujer perfecta, porque consideraba que idealizar a alguien era una forma de quitarle humanidad. Lo que deseaba conservar era la decisión que había tomado después de la tragedia: ayudar a otros sin esperar que aquella ayuda eliminara su propio dolor.
La carta continuaba diciendo que Giovanni Conti y Carlo Bellini habían protegido sus documentos no porque fueran héroes, sino porque habían comprendido que algunas responsabilidades se vuelven más importantes cuando nadie obtiene beneficio de ellas. Elena había pedido que la caja pasara de generación en generación y que nunca fuera utilizada para reclamar propiedades ni para establecer quién tenía derecho a sentirse heredero de su historia. Había querido que los descendientes de las dos familias recordaran que la verdadera herencia no eran las tierras, ni las casas, ni los documentos, sino la capacidad de permanecer cerca de alguien que sufría sin exigirle que dejara de sufrir para poder recibir ayuda.
Después aparecía una parte dirigida específicamente a un futuro Bellini y a una futura Conti.
Si un día un Bellini y una Conti llegan juntos hasta esta carta, no busquen entre sus apellidos una explicación de por qué están allí. Tal vez se encuentren por trabajo, por amistad, por casualidad o por circunstancias que ninguno de los dos haya previsto. No intenten descubrir si su encuentro estaba escrito antes de que nacieran, porque hay preguntas que no necesitan ser resueltas para ser significativas. Si llegan a quererse, no conviertan ese amor en una prueba de que la historia de nuestras familias debía terminar de determinada manera. Ámense porque han elegido hacerlo, no porque crean que una carta antigua los obliga.
Isabella dejó de leer.
Lorenzo la miró.
—Continúa.
Ella respiró profundamente.
—¿Estás seguro?
—Sí.
La última parte decía:
Y si alguno de los dos ha llegado hasta aquí cargando una pérdida que todavía no comprende, no le digan que Dios tenía una explicación preparada. No hagan eso. Yo misma pasé años esperando una respuesta que nunca llegó de la forma que esperaba. Lo único que puedo decir es que, en medio de mis preguntas, encontré fuerzas para levantarme cada mañana y acercarme a personas que necesitaban ayuda. No sé explicar de dónde vino toda esa fuerza. Puedo llamarla fe, gracia, amor o simplemente el deseo de no permitir que la oscuridad decidiera por mí, pero no quiero imponerle a nadie una palabra. Quiero dejarle libertad para buscar la suya.
Lorenzo bajó la mirada.
Isabella continuó leyendo.
Si alguna vez pierden a alguien, no crean que deben permanecer detenidos junto a su tumba para demostrar que lo amaron. Si alguna vez vuelven a amar, no crean que están traicionando a quien perdieron. Si alguna vez dudan de Dios, no crean que sus preguntas los hacen indignos. Y si algún día encuentran nuevamente aquello que creían perdido, no intenten recuperar exactamente lo que fueron antes, porque nadie puede regresar a un lugar llevando consigo los mismos años que dejó al marcharse.
La carta terminaba con una última indicación.
La historia debe permanecer completa, pero las personas deben permanecer libres.
Isabella cerró los ojos.
Lorenzo tomó el crucifijo y lo colocó nuevamente dentro de la caja.
—Ahora entiendo por qué Andrea esperó.
—¿Qué entiendes?
—Porque nosotros no éramos los últimos destinatarios.
—¿Entonces quién?
Lorenzo señaló la carta.
—Nosotros mismos, pero después de haber vivido.
Isabella lo miró durante unos segundos.
—Eso suena a algo que habría dicho Andrea.
—Quizá.
—¿Y qué vas a hacer con todo esto?
Lorenzo miró la caja.
—Lo mismo que Elena quería.
—¿Qué?
—Conservarlo, pero no poseerlo.
Decidieron entregar los documentos a la biblioteca para que fueran catalogados y puestos a disposición de investigadores, conservando las cartas personales bajo condiciones que respetaran la intimidad de las personas mencionadas. Elena Conti se encargó de reunir los documentos familiares restantes, mientras Marta, ya demasiado mayor para viajar con frecuencia, envió desde Murano las últimas páginas que conservaba. Matteo entregó finalmente a Lorenzo una pequeña carpeta que había mantenido escondida durante años, y dentro de ella aparecieron los últimos registros de Andrea, incluyendo una anotación fechada el día de su muerte.
Lorenzo la leyó varias veces.
No voy a regresar a casa esta noche. Tengo que terminar algo.
Debajo había una segunda línea.
Si no regreso, que nadie piense que me fui por miedo.
Lorenzo permaneció mirando aquella frase.
—¿Qué crees que quería decir?
Isabella estaba junto a él.
—Creo que quería terminar una promesa.
—¿Y lo hizo?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
Ella tomó su mano.
—Porque estamos aquí.
Aquella tarde visitaron juntos Santa Maria della Salute. No había nadie esperándolos, ni una nueva caja escondida, ni una puerta secreta, ni una inscripción que cambiara la historia una vez más. Simplemente caminaron por el templo y se sentaron en uno de los bancos laterales donde años atrás Lorenzo había descubierto la última carta de Andrea. Permanecieron en silencio durante un largo rato, observando la luz que entraba por los ventanales y se reflejaba sobre el mármol, y Lorenzo recordó al joven que había sido después de la muerte de su hermano, aquel muchacho que había entrado allí buscando una respuesta inmediata y había salido convencido de que no existía ninguna. Ahora, diez años después, comprendía que quizá la diferencia no estaba en haber encontrado una respuesta sino en haber aprendido a vivir sin exigir que todas las respuestas fueran inmediatas.
—¿Todavía dudas? —preguntó Isabella.
Lorenzo sonrió.
—Mucho.
—Me alegra.
—¿Te alegra?
—Sí.
—Pensé que esperabas que te dijera que finalmente creo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si después de todo esto dejaras de hacer preguntas, pensaría que no eres tú.
Lorenzo la miró.
—Creo que ahora puedo decir algo que antes no podía.
—¿Qué?
—No sé por qué murió Andrea.
—Yo tampoco.
—No sé por qué mi familia tuvo que pasar por ciertas cosas.
—Yo tampoco.
—No sé por qué algunas personas reciben ayuda y otras no.
—Yo tampoco.
—Pero ya no necesito convertir esas preguntas en una razón para alejarme de todo lo que todavía puedo amar.
Isabella tomó su mano.
—Eso sí lo entiendo.
Lorenzo miró hacia el altar.
—Quizá eso sea creer.
—Quizá.
—¿No vas a corregirme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no necesitas que nadie lo haga.
Salieron de la basílica cuando comenzaba a oscurecer y caminaron hacia el embarcadero. Venecia se extendía alrededor de ellos con las mismas aguas que habían visto diez años antes, aunque ahora ambos sabían que una ciudad puede conservar los mismos puentes mientras las personas que los cruzan cambian completamente. Hablaron de sus trabajos, de los años que habían vivido separados y de todo aquello que no se habían contado, incluyendo relaciones que habían terminado, oportunidades que habían rechazado, momentos de soledad que cada uno había atravesado sin saber que el otro también estaba intentando construir una vida que no dependiera de una ausencia. No buscaron justificar aquellos años ni convertirlos en un error que debía ser corregido, porque comprendieron que habían necesitado vivirlos para llegar hasta aquel momento con una libertad diferente de la que tenían cuando se habían despedido en la estación.
—¿Vas a volver a Lisboa? —preguntó Isabella.
—Sí.
—¿Cuándo?
—En unos días.
Ella guardó silencio.
—¿Y después?
—No lo sé.
—¿Quieres volver a Venecia?
Lorenzo miró el canal.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tengo trabajo aquí.
Isabella sonrió.
—Esa es una respuesta profesional.
—También tengo otra.
—¿Cuál?
—Porque tú estás aquí.
Ella lo miró sin responder.
—No quiero que regreses por mí si eso significa que abandonarás lo que construiste.
—No quiero volver para abandonar mi vida.
—Entonces ¿por qué?
—Porque quizá puedo construir una vida nueva.
Isabella bajó la mirada.
—Yo tampoco quiero volver a ser quien era.
—No te lo pediría.
—¿Y si no funciona?
Lorenzo respiró profundamente.
—Entonces habremos intentado algo real.
—Eso es muy poco romántico.
—Después de todo lo que hemos vivido, creo que es bastante romántico.
Ella rió.
—Quizá.
Lorenzo se detuvo frente a ella.
—Isabella.
—¿Sí?
—No quiero prometerte que nunca tendremos miedo, ni que nunca discutiremos, ni que la distancia no volverá a aparecer, ni siquiera que sabré siempre qué hacer.
—Eso me parece bien.
—Quiero prometerte algo más sencillo.
—¿Qué?
—Que cuando tenga miedo, te lo diré.
Isabella lo miró durante unos segundos.
—Yo también.
—Y cuando no entienda algo.
—También.
—Y cuando quiera irme.
—También.
—¿Aunque duela?
—Especialmente si duele.
Lorenzo sonrió.
—Entonces creo que esta vez podemos intentarlo.
Isabella acercó el rostro y lo besó, y aquel beso no tuvo la urgencia de los primeros años ni la incertidumbre de la despedida en la estación, sino una serenidad que solo podía existir después de haber conocido la distancia y haber comprendido que amar a alguien no significaba impedir que el tiempo hiciera su trabajo. Permanecieron juntos durante unos instantes mientras las luces de la ciudad comenzaban a reflejarse sobre el agua, y cuando se separaron ninguno necesitó decir que el pasado había quedado atrás, porque no era cierto; Andrea seguía formando parte de Lorenzo, Elena seguía formando parte de las familias Bellandi y Conti, las pérdidas seguían siendo pérdidas y los años separados seguían existiendo, pero ahora todo aquello podía ocupar un lugar diferente, no como una cadena que los obligara a repetir una historia, sino como una parte de sus vidas que podían recordar sin quedar atrapados en ella.
Unos días después, Lorenzo regresó al taller de Matteo para recoger algunas herramientas antiguas que había decidido trasladar definitivamente a Venecia. Encontró al anciano sentado junto a la ventana, revisando una pequeña caja de fotografías.
—¿Te quedas? —preguntó Matteo.
—Todavía no lo sé.
—Eso significa que sí.
—Quizá.
Matteo le entregó una fotografía.
Era una imagen de Andrea y Lorenzo cuando eran adolescentes, sentados frente al antiguo taller de su abuelo.
—No sabía que existía.
—Andrea me pidió que la guardara.
Lorenzo la observó.
—¿Por qué?
—Porque dijo que algún día entenderías que tu hermano no era solamente el hombre que murió.
Lorenzo guardó la fotografía.
—Lo estoy entendiendo.
Matteo sonrió.
—Entonces puedo cerrar el taller tranquilo.
—No.
—¿No?
—No lo cierres.
—¿Qué quieres hacer?
—Restaurarlo.
Matteo lo miró durante varios segundos.
—Sabía que acabarías diciendo eso.
—¿Por qué?
—Porque siempre fuiste mejor reparando cosas de lo que creías.
Lorenzo no respondió.
Al salir, llevó consigo la fotografía y una pequeña caja de herramientas. Isabella lo esperaba al otro lado del puente.
—¿Qué te dijo?
—Que soy peor de lo que pensaba.
—Eso no parece nuevo.
—Y que debería restaurar el taller.
—Eso sí es nuevo.
Caminaron juntos.
La ciudad estaba entrando en la tarde y el cielo tenía ese tono gris azulado que Lorenzo recordaba de su juventud, pero ahora el gris no le parecía una amenaza, sino simplemente el color de un día que estaba terminando. Al pasar frente a una iglesia, Isabella se detuvo unos segundos.
—¿Quieres entrar?
Lorenzo miró la puerta.
—Sí.
Entraron.
No había ceremonia ni música ni nadie esperando. Se sentaron juntos en uno de los últimos bancos. Isabella sacó de su bolso el pequeño crucifijo de madera que durante años había llevado consigo y lo sostuvo entre las manos.
Lorenzo la observó.
—¿Puedo verlo?
Ella se lo entregó.
Él lo sostuvo cuidadosamente.
—¿Sabes qué pensaba cuando te conocí?
—¿Qué?
—Que la fe era una respuesta demasiado fácil para preguntas demasiado difíciles.
—¿Y ahora?
Lorenzo miró el crucifijo.
—Ahora creo que quizá no sea una respuesta.
—¿Entonces qué es?
Lorenzo permaneció un largo momento en silencio antes de devolverle el objeto.
—Una forma de seguir caminando mientras todavía haces las preguntas.
Isabella guardó el crucifijo.
—Eso me basta.
Lorenzo tomó su mano.
Permanecieron allí durante unos minutos, sin intentar convertir aquel momento en algo extraordinario, porque la vida que tenían delante no necesitaba una señal espectacular para comenzar de nuevo, y cuando finalmente se levantaron, Lorenzo miró hacia la puerta abierta de la iglesia y después hacia Isabella, como si durante un instante pudiera ver superpuestas todas las edades de su propia vida, al muchacho que había perdido a su hermano, al hombre que había rechazado durante años aquello que no podía comprender, al restaurador que había encontrado unas cartas escondidas entre páginas antiguas y al hombre que ahora podía salir de aquella iglesia sin haber obtenido todas las respuestas, pero sin sentir que necesitaba huir de las preguntas.
Al día siguiente comenzaron a trasladar parte del taller.
El trabajo fue lento, porque había herramientas que no podían moverse fácilmente y estanterías que necesitaban ser restauradas antes de volver a utilizarse, pero Lorenzo no tenía prisa. Isabella trabajaba junto a él en la organización de los documentos, y durante las tardes revisaban las cartas de Elena antes de entregarlas definitivamente a la biblioteca. Elena Conti regresó algunas veces desde Florencia, Marta continuó enviando documentos desde Murano y Matteo apareció casi todos los días con alguna excusa que ninguno de ellos creyó jamás, mientras la historia de las tres familias comenzaba finalmente a abandonar los espacios secretos donde había permanecido escondida durante décadas para convertirse en un archivo accesible, no como una leyenda familiar sino como testimonio de personas reales que habían sufrido, se habían equivocado, habían amado, habían perdido y, pese a todo, habían continuado.
Una tarde, mientras Lorenzo restauraba la cubierta de un libro antiguo, Isabella entró en el taller llevando una pequeña caja.
—Encontré esto.
Él levantó la mirada.
—¿Otra caja?
—No exactamente.
Ella la abrió.
Dentro había una hoja de papel doblada.
Lorenzo la reconoció inmediatamente.
Era la última página de la lista de Elena.
Había cientos de nombres escritos durante décadas, y junto a algunos aparecían anotaciones que indicaban que las personas ayudadas habían continuado ayudando a otros. En la última línea había un nombre que Lorenzo nunca había visto.
Andrea Bellini.
Al lado, Elena había escrito una sola anotación.
Ayudó sin decir que había aprendido a hacerlo aquí.
Lorenzo pasó lentamente el dedo sobre el nombre de su hermano.
—No sabía que Elena lo conocía.
—Quizá nunca lo conoció personalmente.
—Entonces ¿cómo sabía?
Isabella señaló una nota al pie.
La respuesta estaba escrita en una letra diferente.
Porque alguien se lo contó.
Lorenzo miró a Isabella.
—¿Quién?
Ella sonrió.
—No lo sabemos.
—¿Y vamos a buscarlo?
Isabella cerró la caja.
—No.
—¿Por qué?
—Porque por una vez podemos dejar una pregunta sin resolver.
Lorenzo sonrió.
—Eso sí es nuevo.
Ella se acercó y lo besó suavemente antes de volver hacia la mesa donde estaban ordenando los documentos.
Afuera, el canal comenzaba a reflejar las luces de la tarde y los sonidos de Venecia entraban por la ventana abierta, mezclándose con el ruido de las herramientas, el movimiento de las páginas y las voces de las personas que cruzaban el puente. Lorenzo volvió al libro que estaba restaurando y pasó lentamente el pincel por el borde de la cubierta, mientras Isabella trabajaba al otro lado de la habitación y sobre la mesa descansaban las cartas de Elena, la fotografía de Andrea y el pequeño crucifijo de madera que había atravesado tantas generaciones sin necesitar que nadie explicara completamente por qué había sobrevivido. Lorenzo levantó los ojos hacia Isabella, ella lo miró desde el otro extremo del taller y durante un instante ambos sonrieron, no porque hubieran descubierto finalmente el secreto de la vida ni porque pudieran garantizarse el futuro, sino porque habían aprendido a caminar juntos sin exigirle al mañana que les prometiera lo que todavía no podía darles, y mientras la luz iba desapareciendo lentamente sobre los canales, Lorenzo volvió a inclinarse sobre el libro abierto, tomó una página deteriorada entre sus dedos y comenzó a restaurarla con paciencia, dejando que la historia siguiera adelante.
FIN

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