LA BUENOS AIRES DIFÍCIL
(Novela)
CAPÍTULO 1
Buenos Aires, otoño de 1977.
La ciudad parecía haber aprendido a respirar en voz baja. No era un silencio absoluto, porque Buenos Aires jamás podía ser completamente silenciosa, pero había algo distinto en sus sonidos, una especie de prudencia que se había instalado en las calles y que hacía que las conversaciones terminaran antes de tiempo, que las miradas se desviaran cuando aparecía un uniforme, que determinadas palabras fueran reemplazadas por otras más inofensivas y que muchas familias hubieran adquirido, casi sin darse cuenta, la costumbre de cerrar las cortinas un poco antes de que anocheciera. Los colectivos continuaban recorriendo las avenidas, los cafés seguían recibiendo clientes, los comercios levantaban sus persianas cada mañana y las madres llevaban a sus hijos a la escuela como lo habían hecho siempre, pero debajo de aquella aparente normalidad existía una tensión que nadie necesitaba explicar porque todos parecían comprenderla de una manera instintiva. Había autos que circulaban lentamente y se detenían en lugares donde nadie esperaba que se detuvieran, había vecinos que desaparecían de un día para otro y cuyos nombres dejaban de pronunciarse en las reuniones familiares, había padres que aconsejaban a sus hijos que no preguntaran demasiado y jóvenes que aprendían que una conversación aparentemente inocente podía convertirse en un peligro si alguien escuchaba desde una mesa cercana. En aquella Buenos Aires de 1977, mientras una parte de la sociedad intentaba continuar con su vida cotidiana y otra sufría en silencio la violencia política y la represión, Noela caminaba cada mañana por la calle Corrientes con una carpeta apretada contra el pecho y una Biblia pequeña dentro del bolso, convencida de que todavía era posible vivir sin permitir que el miedo terminara de apoderarse del corazón.
Tenía veinticuatro años y trabajaba como secretaria en un estudio contable ubicado en un antiguo edificio de oficinas cercano al centro. Su vida no tenía nada de extraordinario desde afuera. Vivía con sus padres y su hermano menor en una casa modesta del barrio de Flores, ayudaba a su madre con las tareas domésticas, asistía varias veces por semana a una pequeña iglesia evangélica del barrio y procuraba visitar los domingos a una tía anciana que vivía sola. Sin embargo, dentro de aquella vida aparentemente sencilla había una profundidad que pocas personas conocían. Desde niña había aprendido a orar con su madre antes de dormir, y aunque durante los últimos años había comenzado a hacerse preguntas que antes no se atrevía siquiera a formular, seguía creyendo que Dios no abandonaba a quienes atravesaban las noches más oscuras. Noela no tenía una fe ingenua; había visto suficiente dolor para saber que creer no significaba estar protegida contra la tragedia. Su padre había perdido el empleo durante una crisis económica, una prima había emigrado del país después de recibir amenazas y un muchacho conocido de la iglesia había dejado de aparecer un domingo sin que nadie supiera con certeza qué había ocurrido. Por eso, cuando Noela hablaba de fe, no lo hacía desde una comodidad ajena al sufrimiento, sino desde una lucha interior que muchas veces la obligaba a cerrar los ojos, juntar las manos y repetir lentamente las mismas palabras hasta que el miedo dejara de ocupar todo el espacio de su pensamiento.
Aquella mañana de abril había salido de su casa unos minutos más tarde de lo habitual. Su madre la había detenido antes de cruzar la puerta para entregarle un abrigo que había quedado olvidado sobre una silla y luego había insistido en que regresara temprano, algo que venía repitiendo desde hacía semanas con una preocupación que Noela percibía perfectamente aunque ninguna de las dos la mencionara de manera directa.
—No vuelvas tarde, hija. Últimamente no me gusta cómo está todo.
—Voy a volver temprano, mamá. No te preocupes.
—Eso me decís siempre, pero después te quedás hablando en la iglesia o acompañando a alguien hasta la parada y se te hace de noche.
Noela había sonreído mientras acomodaba el bolso sobre su hombro.
—Si Dios quiere, voy a estar acá antes de las nueve.
Su madre la había mirado durante unos segundos antes de responder.
—Dios quiera que sí.
Aquella respuesta, pronunciada con una seriedad poco habitual, había acompañado a Noela durante todo el trayecto. Mientras viajaba en colectivo observó por la ventanilla los rostros de los pasajeros, algunos dormidos, otros concentrados en los diarios y otros mirando hacia adelante con una expresión que parecía indicar que cada persona llevaba consigo una preocupación que prefería no compartir. En un asiento cercano, dos hombres conversaban en voz baja sobre un conocido que había sido detenido días atrás. Noela no alcanzó a escuchar todos los detalles, pero oyó una frase que le produjo un estremecimiento.
—No preguntes demasiado porque después nadie sabe quién escuchó.
El otro hombre no respondió. Miró hacia el conductor, luego hacia la puerta y finalmente guardó silencio. Noela bajó los ojos hacia su bolso y tocó con los dedos la pequeña Biblia que llevaba dentro. No la abrió. No hacía falta. Conocía de memoria algunos de los pasajes que tantas veces había leído en momentos de angustia y, sin mover los labios, recordó una de aquellas promesas que su madre le había enseñado cuando era niña: aunque anduviera en valle de sombra, no tendría que caminar sola.
Cuando llegó a la oficina, encontró a sus compañeros alrededor de la radio. Una noticia había interrumpido la programación habitual y durante algunos minutos nadie trabajó. El jefe del estudio apareció en la puerta, observó a todos con expresión severa y les recordó que tenían trabajo pendiente. La radio fue apagada y cada uno regresó a su escritorio. Noela ocupó su lugar junto a la ventana y comenzó a ordenar unos documentos, pero la sensación de inquietud no desapareció. Hacía tiempo que tenía la impresión de que Buenos Aires se estaba convirtiendo en una ciudad donde todos conocían a alguien que tenía miedo, aunque casi nadie supiera explicar exactamente de qué debía cuidarse.
Fue cerca del mediodía cuando conoció a Juan Carlos.
El encuentro no tuvo nada de extraordinario. No hubo música imaginaria ni una revelación inmediata ni esa clase de acontecimientos que las novelas suelen utilizar para anunciar que dos personas están destinadas a encontrarse. Juan Carlos entró al estudio llevando una carpeta marrón debajo del brazo y preguntó por el contador que llevaba los asuntos de una pequeña empresa familiar. Tenía veintisiete años, vestía un saco oscuro que parecía haber conocido demasiadas jornadas de trabajo y llevaba el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás. Había en sus movimientos una mezcla de seguridad y prudencia que llamó la atención de Noela, aunque ella misma no supo explicar por qué.
—Disculpe, ¿el señor Bianchi está?
Noela levantó la vista.
—Sí, pero está atendiendo a otra persona. Si quiere puede esperar.
—No tengo problema.
—Puede sentarse allí.
Juan Carlos agradeció con un gesto y ocupó una silla ubicada frente al escritorio de Noela. Abrió la carpeta y comenzó a revisar unos papeles. Durante varios minutos no hablaron. Noela continuó con su trabajo, pero de vez en cuando levantaba la vista y encontraba al desconocido leyendo con atención. Finalmente, uno de los papeles cayó al suelo y ella se levantó para recogerlo antes que él.
—Se le cayó esto.
—Gracias. Siempre digo que tengo todo ordenado y después termino haciendo esto.
—Entonces somos dos.
Juan Carlos sonrió.
—¿También se le caen los papeles?
—No. A mí se me pierde la paciencia.
Él soltó una breve risa, pero enseguida volvió a adoptar una expresión seria. Noela descubrió que aquella sonrisa le había cambiado completamente el rostro.
—Eso sí es más difícil de ordenar —respondió él.
La conversación habría terminado allí si no fuera porque el contador seguía ocupado y el tiempo comenzó a pasar. Juan Carlos miró el reloj, después los papeles y finalmente volvió a mirar a Noela.
—¿Hace mucho que trabaja acá?
—Unos tres años.
—Entonces conoce a todo el mundo.
—Lo suficiente como para saber quién llega tarde y quién nunca trae los papeles completos.
—Yo pertenezco al segundo grupo.
—Me había dado cuenta.
Él volvió a sonreír.
—Entonces ya estoy condenado.
Noela intentó contener la risa, pero no pudo. Hacía mucho que no conversaba con un desconocido de aquella manera, con una naturalidad que parecía pertenecer a otra época. Durante los siguientes minutos hablaron de cosas pequeñas, del tránsito, del trabajo, de los colectivos y del clima frío que había llegado demasiado temprano. Nada de aquello parecía importante, pero después Noela recordaría que precisamente en aquellas conversaciones aparentemente insignificantes había comenzado algo que ninguno de los dos podía imaginar.
Cuando finalmente el contador salió de su despacho, Juan Carlos se levantó para recibirlo. Antes de entrar, sin embargo, volvió la mirada hacia Noela.
—Gracias por hacerme esperar.
—No fue culpa mía.
—Ya sé. Pero me hizo más llevadera la espera.
Noela sintió una pequeña incomodidad que no supo interpretar.
—Que le vaya bien.
—A usted también.
Juan Carlos desapareció detrás de la puerta del despacho y Noela volvió a sus papeles. Intentó concentrarse, pero durante unos segundos permaneció mirando la puerta cerrada. Se reprochó mentalmente aquella distracción y continuó trabajando. Sin embargo, cuando salió de la oficina al terminar la jornada, lo primero que hizo fue mirar hacia la calle esperando encontrarlo, aunque sabía perfectamente que no tenía ninguna razón para pensar que él estaría allí.
No estaba.
Caminó hacia la parada del colectivo y se convenció de que aquello había sido simplemente una conversación agradable. Nada más.
Durante los días siguientes volvió a pensar en él varias veces, pero no lo comentó con nadie. Tampoco esperaba volver a verlo. La vida en aquellos años tenía una forma particular de imponer sus propias interrupciones y Noela estaba acostumbrada a que las personas aparecieran y desaparecieran de la rutina sin dejar demasiadas explicaciones.
Sin embargo, el viernes de aquella misma semana Juan Carlos regresó.
Esta vez llevaba menos papeles y parecía más tranquilo.
—¿Otra vez usted?
Noela levantó una ceja.
—¿Le parece mal?
—No, pero empiezo a sospechar que el contador me está haciendo venir solamente para conversar con usted.
—Entonces tendría que pagarme honorarios.
—¿Cuánto cobra?
Noela soltó una carcajada.
—Vaya directamente con el contador.
—Era una pregunta seria.
—Y yo le di una respuesta seria.
La conversación volvió a fluir con facilidad. Juan Carlos le contó que trabajaba en una pequeña empresa de transporte propiedad de un tío suyo y que estudiaba por las noches. Noela descubrió que le gustaba leer, aunque tenía poco tiempo para hacerlo, y que los domingos acostumbraba visitar a su padre, que vivía solo desde que su madre había fallecido. Él descubrió que Noela tenía un hermano menor al que protegía demasiado, que le gustaba caminar por las plazas de Buenos Aires y que asistía a una iglesia cercana a su casa.
—¿Una iglesia?
—Sí.
—¿Todos los domingos?
—Casi siempre.
—¿Y qué hacen?
Noela lo miró con cierta sorpresa.
—Lo mismo que en otras iglesias, supongo.
—Nunca fui a una iglesia evangélica.
—No es tan diferente como piensa.
—¿Y qué piensa usted que pienso?
Noela se quedó callada un instante.
—Que seguramente cree que todos cantamos con los ojos cerrados y hablamos solamente de cosas buenas.
Juan Carlos sonrió.
—¿Y no es así?
—No. También hablamos de cosas difíciles.
—¿Como cuáles?
Noela bajó la voz sin darse cuenta.
—De lo que está pasando.
Juan Carlos dejó de sonreír.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio. La conversación había llegado a un territorio distinto. Desde la calle llegaba el ruido de los motores y de los pasos apresurados de los peatones, pero dentro de la oficina parecía haberse instalado una quietud diferente.
—Es mejor no hablar de algunas cosas —dijo Juan Carlos finalmente.
Noela lo observó.
—¿Porque son peligrosas?
—Porque nunca sabés quién puede estar escuchando.
—Eso es triste.
—Sí.
—Pero no podemos vivir toda la vida con miedo.
Juan Carlos la miró fijamente.
—No dije que debamos vivir con miedo. Dije que debemos tener cuidado.
Noela comprendió que detrás de aquella frase había algo que él no estaba dispuesto a explicar. No insistió. Había aprendido que en aquellos tiempos el respeto también consistía en saber cuándo detener una pregunta.
Aquella tarde, antes de marcharse, Juan Carlos se acercó al escritorio.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Depende.
—¿Siempre es tan desconfiada?
—Desde que lo conozco.
—Entonces todavía tengo alguna posibilidad.
Noela sonrió.
—No se haga ilusiones.
—Ya es tarde.
Él salió de la oficina y Noela quedó nuevamente sola con sus pensamientos.
Esa noche, durante la cena, su padre comentó que habían detenido a un hombre del barrio. Noela dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿Quién?
Su padre la miró con severidad.
—No preguntes.
—Pero papá...
—Noela, escuchame. No preguntes.
Su madre permaneció en silencio. El hermano menor siguió comiendo sin comprender completamente la conversación.
—Era amigo de ustedes —dijo Noela.
—Precisamente por eso no quiero hablar.
—¿Y si necesita ayuda?
El padre dejó el vaso sobre la mesa.
—Hay momentos en los que ayudar también puede poner en peligro a toda una familia.
Noela sintió que algo dentro de ella se quebraba, no por la respuesta de su padre, sino porque comenzaba a comprender que la prudencia que todos exigían podía convertirse poco a poco en indiferencia. Miró a su madre y descubrió en sus ojos la misma preocupación.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó en voz baja.
Su padre tardó en responder.
—Seguimos viviendo.
Aquella noche Noela se encerró en su habitación, abrió la Biblia y se sentó junto a la cama. No buscó un pasaje determinado. Simplemente pasó las páginas hasta detenerse en un texto que había leído muchas veces. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de terminar la lectura. No entendía por qué Dios permitía que existieran circunstancias capaces de convertir la amistad en sospecha, la solidaridad en peligro y el silencio en una forma de supervivencia. Durante unos minutos quiso reclamarle a Dios, pero terminó haciendo algo diferente. Se arrodilló junto a la cama y comenzó a orar.
—Señor, no entiendo lo que está pasando, pero no quiero que el miedo me convierta en una persona distinta. Ayudame a tener cuidado sin volverme indiferente, ayudame a saber cuándo hablar y cuándo callar, y si alguna vez tengo que elegir entre protegerme y hacer lo correcto, dame sabiduría.
No recibió una respuesta audible. Nadie llamó a su puerta. La ciudad continuó con sus ruidos nocturnos y algún automóvil pasó lentamente por la calle. Sin embargo, cuando terminó de orar, sintió una serenidad que no podía explicar. No era la seguridad de que nada malo ocurriría, sino la convicción de que, ocurriera lo que ocurriera, su vida no estaba completamente abandonada al azar.
Los encuentros con Juan Carlos comenzaron a repetirse. Primero en la oficina, después en una confitería cercana y finalmente en una plaza donde ambos coincidieron una tarde de domingo. Ninguno de los dos había planeado encontrarse allí. Juan Carlos había ido a caminar después de visitar a su padre y Noela había llevado a su hermano menor a jugar. Cuando sus miradas se cruzaron, ambos sonrieron con una naturalidad que ya no necesitaba explicaciones.
—Parece que Buenos Aires es más chica de lo que pensábamos —dijo él.
—O usted me está siguiendo.
—No me atrevería.
—Más le vale.
Caminaron juntos durante un rato mientras el hermano de Noela corría unos metros delante de ellos. Hablaron de libros, de música, de sus familias y de los sueños que cada uno había tenido antes de que la realidad les enseñara a moderarlos. Juan Carlos confesó que alguna vez había querido estudiar arquitectura, pero que las circunstancias económicas lo habían obligado a trabajar desde muy joven. Noela le contó que deseaba algún día abrir una pequeña biblioteca para niños del barrio.
—¿Una biblioteca?
—Sí. Un lugar donde puedan leer, estudiar y sentirse seguros.
Juan Carlos la miró con una expresión que ella no había visto antes.
—Eso dice bastante de usted.
—¿Qué cosa?
—Que en una época en la que todos están pensando cómo protegerse, usted está pensando cómo proteger a otros.
Noela bajó la mirada.
—No sé si puedo hacer eso.
—Tal vez no pueda hacer todo lo que quiere, pero seguramente puede hacer algo.
Ella permaneció en silencio. Aquellas palabras quedaron resonando dentro de ella.
Al llegar la noche, Juan Carlos acompañó a Noela hasta la parada del colectivo. Antes de despedirse, permanecieron unos segundos sin saber qué decir. Él parecía querer preguntarle algo, pero finalmente no lo hizo.
—Nos vemos.
—Si Dios quiere —respondió ella.
Juan Carlos la miró.
—¿Siempre dice eso?
—Cuando realmente quiero que algo suceda.
—Entonces espero que Dios quiera que nos volvamos a ver.
Noela sonrió.
—Yo también.
El colectivo llegó unos minutos después y ella subió. Desde la ventanilla lo vio permanecer en la parada hasta que el vehículo comenzó a alejarse. Juan Carlos levantó una mano y ella respondió con el mismo gesto.
Mientras atravesaba las calles iluminadas de Buenos Aires, Noela apoyó la cabeza contra el vidrio y comprendió que algo estaba cambiando. Todavía no sabía qué nombre darle, ni quería apresurarse a hacerlo. Solo sabía que había aparecido en su vida alguien cuya presencia hacía que las calles parecieran menos frías y que, por primera vez en mucho tiempo, esperaba con ilusión que llegara el día siguiente.
Pero aquella esperanza convivía con una realidad que ninguno de los dos podía ignorar.
Durante los meses siguientes, Buenos Aires continuaría siendo una ciudad hermosa y dolorosa al mismo tiempo, una ciudad de plazas, cafés, teatros y avenidas, pero también de ausencias, silencios y puertas que se cerraban demasiado rápido. Noela y Juan Carlos todavía no sabían cuánto les exigiría aquella época, ni cuánto tendría que resistir el amor cuando la vida dejara de ofrecerles caminos sencillos. Solo sabían que se habían encontrado en un tiempo en el que encontrarse ya era, de alguna manera, un acto de esperanza.
Y aquella noche, mientras Noela regresaba a Flores con la pequeña Biblia todavía dentro de su bolso, volvió a recordar la oración que había hecho en su habitación unos días antes. Miró las luces de la ciudad reflejadas en la ventanilla y, sin decirlo en voz alta, volvió a confiar en que Dios podía sostener aquello que todavía no comprendía.
En una ciudad que había comenzado a acostumbrarse al miedo, Noela todavía quería creer que algunas cosas podían sobrevivir al silencio.
CAPÍTULO 2
El invierno de 1977 llegó a Buenos Aires con una crudeza que parecía prolongar el clima de incertidumbre que se había instalado en la ciudad, y aunque el frío no tenía relación alguna con las noticias que circulaban en voz baja ni con las ausencias que empezaban a formar parte de la conversación cotidiana, Noela sentía que todo contribuía a darle a la ciudad una apariencia más distante, como si las calles, los edificios y hasta los rostros de las personas hubieran aprendido a esconder algo. Las mañanas comenzaban oscuras y terminaban demasiado pronto, los negocios cerraban sus puertas antes de lo acostumbrado y en los colectivos las conversaciones eran cada vez más cuidadosas, mientras en algunas casas las familias preferían mantener la radio encendida para llenar los silencios que de otro modo podían resultar insoportables. Noela seguía trabajando en el estudio contable y continuaba asistiendo a la iglesia, pero su vida había adquirido una expectativa nueva desde aquellas primeras conversaciones con Juan Carlos, una expectativa que procuraba mantener en secreto incluso ante sí misma porque sabía que en aquellos tiempos cualquier alegría podía parecer una imprudencia cuando tantas familias tenían razones para llorar. Juan Carlos había comenzado a visitarla con mayor frecuencia y, aunque ninguno de los dos había pronunciado todavía la palabra amor, sus encuentros habían dejado de ser simples coincidencias para convertirse en una necesidad silenciosa que ambos esperaban durante la semana.
Aquella mañana de junio, Noela llegó a la oficina antes que de costumbre. Había salido de su casa con el cielo todavía gris y había caminado varias cuadras antes de tomar el colectivo, pensando en una conversación que había tenido con Juan Carlos la tarde anterior. Él le había hablado de su padre, de las dificultades económicas de la empresa donde trabajaba y de una propuesta que podía llevarlo durante algunas semanas fuera de Buenos Aires. Noela había escuchado sin interrumpir, pero había sentido una inquietud que no había querido expresar. La posibilidad de que él se alejara, aunque fuera temporalmente, le había revelado algo que hasta entonces había intentado ocultar: ya no le resultaba indiferente su presencia.
Cuando entró al estudio encontró sobre su escritorio un pequeño sobre blanco. Lo tomó con curiosidad y descubrió que su nombre estaba escrito con una letra que reconoció inmediatamente. Lo abrió con cuidado y encontró una hoja doblada.
—Noela, paso por vos a la salida. No te escapes. Juan Carlos.
Ella sonrió sin poder evitarlo. Guardó el papel dentro de su agenda y comenzó a trabajar, aunque durante buena parte de la mañana encontró motivos para mirar el reloj. Cerca del mediodía recibió una llamada telefónica. Era Juan Carlos.
—¿Recibiste mi mensaje?
—Sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Vas a dejar que te acompañe?
—Todavía no decidí.
—Entonces tengo varias horas para convencerte.
—No creo que puedas.
—No me conocés bien.
—Creo que ya te conozco bastante.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Eso es bueno o malo?
Noela sonrió.
—Todavía estoy evaluándolo.
—Entonces nos vemos a las seis y me das el veredicto.
—Está bien.
—Noela...
—¿Qué?
—Me alegra que hayas dicho que sí.
La llamada terminó y ella permaneció unos segundos con el teléfono en la mano. No era una declaración de amor, pero había algo en aquellas palabras que la hizo sentirse extrañamente feliz. Volvió a sus tareas con una sonrisa que uno de sus compañeros no tardó en advertir.
—¿Buenas noticias?
Noela levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque hace una hora que estás sonriendo.
—No estoy sonriendo.
—Sí, estás sonriendo.
Ella negó con la cabeza y continuó escribiendo, pero sabía que ya no podía ocultarlo completamente. Había alguien que estaba empezando a ocupar un lugar importante en su vida y eso la llenaba de alegría y de temor al mismo tiempo.
A las seis de la tarde Juan Carlos la esperaba en la vereda. Llevaba un abrigo oscuro y una bufanda que parecía demasiado grande para él. Cuando Noela salió, levantó la mano para saludarla y comenzó a caminar a su lado.
—Pensé que no ibas a venir.
—Te dije que iba a venir.
—Necesitaba comprobarlo.
—¿Por qué?
—Porque últimamente tengo miedo de que todo lo bueno desaparezca demasiado rápido.
Noela lo miró sin responder. La frase había sido pronunciada con naturalidad, pero detrás de ella había una verdad que ambos conocían.
Caminaron varias cuadras sin hablar de asuntos políticos ni de noticias. Hablaron de cosas sencillas, de una película que Noela quería ver, de un libro que Juan Carlos había comprado de segunda mano y de un restaurante económico que él quería mostrarle. Finalmente se detuvieron frente a una pequeña confitería.
—¿Entramos?
—¿Vas a invitarme?
—Pensaba hacerlo.
—Entonces podemos entrar.
Se sentaron junto a una ventana. El lugar estaba relativamente lleno y una radio sonaba al fondo. Juan Carlos pidió café para ambos y algo para comer. Durante unos minutos observaron a las personas que entraban y salían.
—Quiero preguntarte algo —dijo él.
—Preguntá.
—¿Tenés miedo?
Noela lo miró.
—¿De qué?
—De todo esto.
Ella tardó en responder.
—Sí.
—Yo también.
—Pensé que no tenías miedo.
—Tengo miedo desde que era chico. Lo que cambia es lo que uno hace con ese miedo.
Noela apoyó las manos sobre la mesa.
—Mi mamá dice que la fe no consiste en no tener miedo.
—¿Y en qué consiste?
—En seguir caminando aunque tengas miedo.
Juan Carlos permaneció pensativo.
—Me gusta eso.
—A mí también.
—¿Vos realmente creés que Dios puede cambiar las cosas?
Noela miró por la ventana antes de responder.
—Creo que puede sostenernos cuando nosotros no podemos cambiar las cosas.
Juan Carlos bajó la mirada hacia la taza.
—Mi padre dejó de creer hace años.
—¿Por qué?
—Después de que murió mi madre. Decía que si Dios existía, no podía permitir ciertas cosas.
Noela no intentó contradecirlo.
—Quizá esa sea una de las preguntas más difíciles.
—¿Y vos qué le responderías?
—Que yo tampoco tengo una respuesta completa.
Juan Carlos levantó los ojos.
—Eso me sorprende.
—No quiero inventar respuestas solamente para que todo parezca sencillo.
Él sonrió ligeramente.
—Eso también me gusta de vos.
Noela sintió que el corazón comenzaba a latirle con mayor rapidez.
—¿Qué cosas te gustan de mí?
Juan Carlos pareció sorprendido por la pregunta.
—¿Querés que empiece ahora?
—No sé. Quizá.
—Me gusta que no fingís saberlo todo. Me gusta que podés hablar de cosas serias y cinco minutos después reírte por cualquier tontería. Me gusta que cuando hablás de tu hermano parecés otra persona, como si fueras capaz de defenderlo de cualquier cosa. Y me gusta que tenés una manera de mirar que hace que uno quiera decirte cosas que normalmente no diría.
Noela permaneció en silencio. El ruido de la confitería parecía haberse alejado.
—Eso fue demasiado —dijo finalmente.
—¿Demasiado qué?
—Demasiado sincero.
—Me pediste que empezara.
—No sabía que ibas a hacerlo de verdad.
Juan Carlos sonrió.
—Entonces ahora es tu turno.
—No.
—¿Por qué?
—Porque yo no tengo esa facilidad para hablar.
—Podés intentarlo.
Noela respiró profundamente.
—Me gusta que no te comportás como si fueras invencible. Me gusta que te preocupás por tu padre aunque él sea difícil. Me gusta que no hablás mal de las personas cuando no están presentes. Y me gusta que, cuando caminamos juntos, siento que puedo olvidarme por un rato de todo lo que pasa afuera.
Juan Carlos la observó sin decir nada.
—Eso último es bastante importante.
—No te agrandes.
Los dos rieron.
Sin embargo, cuando salieron de la confitería, el ambiente había cambiado. Una patrulla pasó lentamente por la esquina y ambos callaron durante unos segundos. Noela notó que Juan Carlos miraba con atención el vehículo hasta que desapareció.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me digas nada cuando sé que pasa algo.
Él la miró.
—A veces es mejor no hablar.
—Eso ya me lo dijiste.
—Y te lo voy a repetir las veces que sea necesario.
—No quiero que el miedo nos enseñe a callarnos entre nosotros.
Juan Carlos se detuvo.
—Eso nunca.
Noela sostuvo su mirada.
—¿Lo prometés?
—Te prometo que, mientras pueda, voy a decirte la verdad.
Aquella promesa tendría un peso mucho mayor del que ambos podían imaginar.
Los meses siguientes fueron una mezcla de momentos pequeños y circunstancias cada vez más difíciles. Juan Carlos comenzó a acompañarla algunos días hasta su casa, aunque nunca llegaba directamente a la puerta porque prefería evitar preguntas innecesarias. Noela empezó a conocer a su padre, un hombre reservado que parecía haber envejecido más desde la muerte de su esposa. Él, a su vez, conoció a los padres de Noela y fue recibido con cierta cautela por su padre, que observaba a todos los hombres que se acercaban a su hija con una atención que Juan Carlos comprendió inmediatamente.
Una noche, después de cenar en casa de Noela, su padre lo acompañó hasta la puerta.
—Juan Carlos.
—Sí, señor.
—No quiero meterme en la vida de ustedes.
—Entiendo.
—Pero estos no son tiempos normales.
Juan Carlos asintió.
—Lo sé.
—Entonces cuidala.
Él miró hacia el interior de la casa, donde Noela hablaba con su madre.
—Eso quiero hacer.
—No siempre vas a poder.
Juan Carlos guardó silencio.
—Pero quiero que sepas algo —continuó el padre de Noela—. Cuidarla no significa esconderla del mundo. Significa no llevarla innecesariamente hacia el peligro.
—Lo entiendo.
—Espero que sea así.
Juan Carlos estrechó su mano y se marchó.
Esa misma noche, mientras caminaba hacia la parada del colectivo, comprendió que el vínculo con Noela estaba adquiriendo una dimensión que ya no podía tratar como un simple noviazgo reciente. Había comenzado a imaginar un futuro con ella, aunque la palabra futuro parecía difícil de pronunciar en una época donde demasiadas personas habían dejado de hacer planes.
El verano de 1978 llegó sin que ninguno de los dos hubiera hablado todavía de matrimonio, pero la relación se había fortalecido. Buenos Aires recibió visitantes extranjeros por el Mundial y durante algunas semanas la ciudad pareció transformarse. Las calles se llenaron de banderas, celebraciones y multitudes, y por momentos la vida cotidiana parecía recuperar una alegría que contrastaba con la realidad que permanecía debajo de aquella superficie. Noela y Juan Carlos caminaron varias tardes por el centro y observaron cómo la gente festejaba los partidos.
—Mirá toda esta gente —dijo Noela.
—Parece otra ciudad.
—Quizá necesitamos momentos así.
—¿Para olvidarnos?
—No. Para recordar que todavía estamos vivos.
Juan Carlos la tomó de la mano. Era la primera vez que lo hacía en público durante un tiempo prolongado y Noela sintió una mezcla de felicidad y nerviosismo.
—Noela.
—¿Sí?
—Quiero decirte algo.
—Decime.
—Te amo.
Ella no respondió inmediatamente. Se quedó mirándolo mientras alrededor de ellos la ciudad seguía celebrando.
—¿Hace cuánto querías decirme eso?
—Desde hace bastante.
—¿Y por qué esperaste?
—Porque quería estar seguro.
Noela sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo también te amo.
Juan Carlos apretó suavemente su mano.
No hubo necesidad de decir nada más. En medio de una multitud que celebraba una victoria deportiva, ellos encontraron un pequeño espacio de intimidad. Sin embargo, aquella felicidad no borraba la realidad. En los días siguientes comenzaron a llegar nuevamente noticias de personas detenidas, familiares que buscaban respuestas y relatos que nadie se atrevía a confirmar en voz alta. La alegría colectiva convivía con una angustia profunda que parecía no tener lugar en los diarios ni en las conversaciones oficiales.
Una tarde, Juan Carlos recibió una llamada que cambió su expresión. Noela estaba con él cuando atendió.
—¿Quién era?
—Un compañero del trabajo.
—¿Pasó algo?
—Necesito irme.
—¿Ahora?
—Sí.
Noela comprendió que algo serio había ocurrido.
—¿Querés que vaya con vos?
—No.
—Juan Carlos...
—Noela, por favor.
Ella lo dejó marcharse, aunque la preocupación permaneció durante horas. Esa noche no recibió noticias. Tampoco al día siguiente. Recién después de dos días apareció frente a su casa.
Noela abrió la puerta y lo abrazó inmediatamente.
—¿Dónde estabas?
—Resolviendo algo.
—Me asustaste.
—Lo sé.
—¿Qué pasó?
Juan Carlos miró hacia la calle antes de entrar.
—No puedo contarte todo.
Ella sintió una punzada de tristeza.
—Me prometiste que me dirías la verdad.
—Y te la estoy diciendo.
—No. Me estás diciendo que no podés contarme.
Él cerró los ojos unos segundos.
—Hay cosas que no quiero que conozcas porque saberlas podría ponerte en peligro.
—¿Y si ya estoy en peligro por estar con vos?
Juan Carlos no respondió.
Noela comprendió que aquella pregunta había tocado una verdad que ambos habían intentado evitar.
—No quiero perderte —dijo él.
—Entonces no me alejes.
Juan Carlos la abrazó con fuerza.
—Nunca pensé que amar a alguien pudiera dar tanto miedo.
Noela apoyó la cabeza sobre su pecho.
—A mí tampoco.
Permanecieron así durante largo rato, mientras afuera comenzaba a caer una lluvia fina sobre las calles de Flores. En aquella casa modesta, lejos de los grandes acontecimientos que ocupaban los titulares y de las decisiones que se tomaban en lugares inaccesibles para ellos, dos jóvenes intentaban construir una relación en medio de una época que parecía empeñada en enseñarles que cualquier esperanza podía ser frágil.
Pero Noela no quería renunciar.
Esa noche, antes de que Juan Carlos se marchara, ella tomó su mano.
—Vamos a hacer una cosa.
—¿Qué cosa?
—Cada vez que uno de los dos tenga miedo, vamos a orar.
Juan Carlos la miró.
—¿Aunque yo no sepa qué decir?
—No hace falta saber.
—¿Y si Dios no responde?
Noela sostuvo su mirada.
—Entonces seguimos orando.
Él sonrió.
—Está bien.
Se quedaron en silencio y Noela comenzó a orar. No pidió que desaparecieran todos los problemas ni que el mundo se transformara de un día para otro. Pidió solamente que pudieran conservar el amor sin convertirlo en una excusa para imprudencias, que pudieran protegerse sin volverse indiferentes y que, si alguna vez llegaba una prueba que ninguno pudiera evitar, tuvieran la fortaleza para atravesarla sin perder la fe.
Cuando terminó, Juan Carlos permaneció unos segundos con los ojos cerrados.
—Nunca había hecho esto con alguien.
—¿Qué cosa?
—Pedirle a Dios que cuide algo que realmente me importa.
Noela entrelazó sus dedos con los de él.
—Entonces empezamos bien.
Juan Carlos la besó suavemente en la frente antes de salir. Noela lo observó alejarse desde la puerta hasta que desapareció en la esquina. Después cerró y apoyó la espalda contra la madera. Tenía miedo, pero debajo del miedo había algo que comenzaba a ser más fuerte.
No sabía qué les esperaba.
No sabía cuánto tiempo podrían caminar juntos sin que aquella época interviniera entre ellos.
No sabía cuántas veces tendría que volver a arrodillarse para pedir fuerzas.
Pero sabía que Juan Carlos ya formaba parte de su vida y que, desde aquel momento, su oración había cambiado. Ya no pedía solamente por ella y por su familia. También pedía por él.
Y mientras la lluvia continuaba cayendo sobre Buenos Aires, Noela comprendió que algunas historias de amor no comienzan cuando dos personas se dicen que se aman, sino cuando, aun sabiendo que podrían perderse, deciden permanecer uno al lado del otro y confiar en que la fe puede sostener aquello que las circunstancias intentan destruir.
CAPÍTULO 3
El año 1978 avanzaba sobre Buenos Aires con una mezcla extraña de normalidad y amenaza que había terminado por instalarse en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad, y Noela había aprendido que podían ocurrir dos cosas aparentemente contradictorias al mismo tiempo: una familia podía sentarse a cenar, discutir sobre el precio de la comida, hablar de una película o celebrar un cumpleaños mientras, a pocas cuadras de allí, otra familia esperaba noticias de alguien que no regresaba a casa; una pareja podía enamorarse, hacer planes y pensar en un futuro compartido mientras alrededor de ellos había personas que habían dejado de atreverse a imaginar siquiera el día siguiente. Desde que Juan Carlos le había dicho que la amaba, Noela sentía que su relación había adquirido una profundidad distinta, pero también una vulnerabilidad que antes no había querido reconocer. Amar a alguien significaba tener algo que perder, y en aquella Buenos Aires donde tantas familias vivían pendientes de una llamada, de una puerta que podía golpearse de madrugada o de una noticia que jamás llegaba, el amor parecía convertirse en una forma de valentía y, al mismo tiempo, en una fuente permanente de temor. Juan Carlos intentaba protegerla ocultándole determinadas cosas, mientras Noela luchaba para que esa protección no terminara convirtiéndose en distancia, porque había comprendido que el silencio impuesto por las circunstancias podía ser necesario frente a ciertos peligros, pero podía resultar devastador cuando comenzaba a instalarse entre dos personas que necesitaban confiar una en la otra.
Durante aquel invierno se veían siempre que podían. Algunas tardes caminaban por el centro, otras se encontraban en una confitería discreta donde ya conocían al mozo y, cuando el clima lo permitía, se sentaban en alguna plaza donde podían conversar sin llamar demasiado la atención. Noela había empezado a reconocer el estado de ánimo de Juan Carlos con una facilidad que le sorprendía. Sabía cuándo estaba preocupado aunque sonriera, cuándo había dormido poco aunque insistiera en que se encontraba bien y cuándo una llamada telefónica había alterado sus planes aunque él dijera simplemente que tenía que resolver algo. También había descubierto que Juan Carlos tenía la costumbre de mirar hacia atrás cuando caminaban por determinadas calles, especialmente después de anochecer, y que algunas veces cambiaba espontáneamente de recorrido sin explicar la razón.
Una tarde, mientras caminaban por una avenida casi vacía, Noela decidió hablar.
—Estás preocupado.
—No.
—Sí.
—¿Cómo sabés?
—Porque cuando estás preocupado mirás hacia atrás cada veinte pasos.
Juan Carlos soltó una pequeña sonrisa.
—Entonces me conocés demasiado.
—Quizá.
—No quiero que te preocupes por cosas que no podés solucionar.
—No estoy preguntando para solucionarlas.
—Entonces, ¿para qué?
—Para saber cómo estás.
Juan Carlos disminuyó el paso.
—Estoy bien.
—Eso no me alcanza.
Él la miró durante unos segundos y finalmente respiró profundamente.
—Hay personas que están teniendo problemas.
—¿Personas que conocemos?
—Algunas.
—¿Y vos estás involucrado?
Juan Carlos no respondió inmediatamente.
—Noela, hay preguntas que no puedo contestar.
—Lo entiendo.
—No, no lo entendés.
Ella se detuvo.
—Entonces explicámelo.
—Si te cuento ciertas cosas, después no puedo garantizar que estés segura.
—¿Y si no me contás nada?
—Tal vez pueda mantenerte al margen.
—Pero yo ya estoy involucrada porque te amo.
Juan Carlos cerró los ojos durante un instante. Aquella frase parecía haberlo golpeado más profundamente de lo que esperaba.
—Precisamente por eso tengo miedo.
Noela se acercó.
—No quiero que tomes decisiones por mí.
—Quiero cuidarte.
—Entonces confiá en mí.
Juan Carlos tomó sus manos.
—Confío en vos más de lo que imaginás.
—Entonces hablame.
—No puedo hablarte de todo.
—De todo no. Pero de algo.
Él guardó silencio.
—Tengo miedo de que algún día desaparezcas —dijo ella finalmente— y que yo no sepa dónde estás, ni qué te pasó, ni siquiera si tengo derecho a preguntar.
Juan Carlos la abrazó.
—No voy a desaparecer.
—No podés prometer eso.
—Tenés razón.
La honestidad de aquella respuesta hizo que Noela sintiera un nudo en la garganta.
—Eso es lo que más miedo me da.
—A mí también.
Permanecieron abrazados durante un largo momento, mientras alrededor de ellos Buenos Aires continuaba su movimiento indiferente. Un colectivo pasó levantando agua de la calle, dos personas cruzaron la avenida apresuradamente y desde una ventana llegó el sonido de una radio. La vida continuaba, pero para ellos aquella conversación había dejado una herida que ninguno sabía cómo cerrar.
Esa misma semana ocurrió algo que transformó todavía más la relación entre ambos. Noela llegó a su casa una noche y encontró a su padre sentado en la cocina con una expresión que inmediatamente le indicó que había sucedido algo. Su madre permanecía junto a él, con las manos cruzadas sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Su padre tardó en responder.
—Nos llamó tu tía.
—¿Le pasó algo?
—No.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Su hijo no volvió a casa.
Noela sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—¿Ya hicieron la denuncia?
Su padre bajó la mirada.
—Están tratando de averiguar.
—¿Y nadie sabe nada?
—No.
Noela se sentó.
—¿Quién es el hijo de mi tía?
—Martín.
Ella conocía a Martín. Había jugado con él durante su infancia y lo había visto algunas veces durante las reuniones familiares.
—Pero no puede ser.
Su madre comenzó a llorar.
—No sabemos qué pensar.
Noela miró a su padre.
—Hay que hacer algo.
—Estamos tratando de hacerlo sin empeorar las cosas.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tenemos que ser prudentes.
Noela sintió una mezcla de desesperación y enojo.
—Siempre prudencia. Siempre silencio. Siempre esperar.
—Porque no sabemos contra quién estamos tratando.
—¿Y mientras esperamos qué hacemos?
Su padre no respondió.
Aquella noche Noela llamó a Juan Carlos. La conversación fue breve.
—Necesito verte.
—¿Qué pasó?
—Mi primo desapareció.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—Noela, ¿estás segura?
—Sí.
—¿Tu familia está haciendo gestiones?
—Sí.
—Voy para allá.
—No, Juan Carlos.
—Voy.
—No quiero que te metas en esto.
—No me estoy metiendo. Estoy con vos.
Cuando llegó, Noela salió a encontrarlo en la puerta. No necesitó decir nada. Él la abrazó y permaneció así durante varios minutos.
—No sé qué hacer —dijo ella.
—Lo sé.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Quiero creer que está bien.
—Tenemos que esperar.
—Odio esa palabra.
—Yo también.
Juan Carlos la acompañó hasta la casa y habló con su padre durante unos minutos. No ofreció soluciones falsas ni aseguró que todo terminaría bien. Simplemente se comprometió a preguntar discretamente a algunas personas que conocía. Noela comprendió entonces que el hombre al que amaba no era solamente alguien que sabía acompañarla en los momentos felices, sino alguien dispuesto a permanecer cerca cuando no había respuestas.
Los días siguientes fueron difíciles. La familia de Noela hizo llamadas, visitó oficinas y buscó información por diferentes medios, pero nadie podía ofrecer una explicación clara. Cada puerta parecía conducir a otra puerta cerrada. Cada pregunta generaba más silencio. La angustia comenzó a afectar a su madre, que apenas dormía, mientras su padre intentaba mantener una calma que Noela sabía que no sentía.
Juan Carlos comenzó a verla casi todos los días.
Una tarde se encontraron en la iglesia. El pastor había terminado la reunión y algunas personas permanecían conversando. Noela estaba sentada en uno de los últimos bancos, con la cabeza inclinada.
Juan Carlos se sentó junto a ella.
—¿No querés hablar?
—No sé qué decir.
—Entonces no digas nada.
—¿Vos creés que Dios está escuchando?
—Sí.
—¿Aunque yo esté enojada?
—También.
—¿Aunque le pregunte por qué?
—También.
Noela levantó los ojos.
—¿Y si no responde?
—Seguimos creyendo.
—A veces me parece demasiado fácil decirlo.
Juan Carlos negó lentamente con la cabeza.
—No creo que sea fácil.
—¿Entonces?
—Creo que es lo único que podemos hacer cuando no entendemos.
Noela tomó su mano.
—Quiero que algún día podamos vivir sin tener que hablar de desapariciones.
—Yo también.
—Quiero una vida normal.
—Yo también.
—Una casa, hijos, trabajo, domingos tranquilos.
Juan Carlos sonrió.
—¿Ya estás pensando en hijos?
Noela lo miró con una mezcla de vergüenza y ternura.
—Tal vez.
—Entonces tenemos mucho que hacer.
—¿Qué?
—Conseguir una casa, encontrar un trabajo mejor, casarnos, aprender a vivir juntos y después pensar en hijos.
—Parece bastante.
—Sí.
—¿Y si no podemos?
Juan Carlos apretó su mano.
—Entonces vamos a hacer todo lo que podamos.
La frase quedó suspendida entre ambos. No era una promesa de que tendrían todo lo que soñaban, sino la decisión de intentarlo.
Al cabo de varias semanas, llegó una noticia que no era la que esperaban. La familia de Martín recibió información indirecta de que había sido detenido. Nadie podía confirmar dónde se encontraba ni en qué condiciones, pero por primera vez existía una señal concreta. La esperanza regresó a la casa de Noela, aunque acompañada por un temor todavía mayor.
Su padre comenzó a realizar gestiones con más intensidad. Juan Carlos también intentó averiguar lo que podía. Noela comprendió entonces que el amor no consistía únicamente en los momentos de ternura, sino también en acompañar a alguien cuando la realidad parecía destruir cualquier certeza.
Una noche, mientras caminaban juntos, Juan Carlos recibió una advertencia.
—Noela, tenemos que cambiar algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—No quiero que nos veamos siempre en los mismos lugares.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién observa.
—¿Te están siguiendo?
—No estoy seguro.
—Entonces sí.
—No necesariamente.
—Juan Carlos.
—No quiero mentirte.
—Entonces no lo hagas.
Él permaneció en silencio.
—Creo que algunas personas están preguntando por mí.
Noela sintió un vacío en el estómago.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Tiene que ver con lo que estabas haciendo?
—Puede ser.
—¿Y qué vas a hacer?
—Tener cuidado.
—¿Vas a dejar de verme?
—No.
—¿Aunque sea peligroso?
—No voy a dejarte.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces no me prometas que nada va a pasar.
—¿Qué querés que te prometa?
—Que si algún día tenés que irte, me vas a dejar una señal.
Juan Carlos la miró.
—¿Qué clase de señal?
—Una carta. Algo que me diga que estás vivo.
Él asintió.
—Te lo prometo.
Noela cerró los ojos durante unos segundos.
—Y yo te prometo otra cosa.
—¿Cuál?
—Que no voy a dejar que el miedo decida por mí.
Juan Carlos la abrazó.
—Eso es lo que más admiro de vos.
La relación continuó, pero la alegría comenzó a mezclarse cada vez más con la preocupación. Había días en que podían conversar durante horas y otros en que apenas conseguían verse unos minutos. Algunas noches Noela esperaba una llamada que nunca llegaba. Otras veces era Juan Carlos quien desaparecía durante varios días debido a circunstancias que no podía explicar.
A pesar de todo, seguían buscando pequeños espacios de normalidad. Celebraron el cumpleaños de Noela en familia, compartieron una torta sencilla y Juan Carlos le regaló un libro usado que había encontrado en una librería de viejo.
—No podía comprar algo nuevo.
—No me importa.
—Está bastante gastado.
—Eso significa que alguien lo leyó antes.
—Pensé que te gustaría.
Noela abrió el libro y encontró una pequeña nota dentro.
—¿Esto lo escribiste vos?
—Sí.
Ella la leyó en silencio.
—No la leas ahora.
—¿Por qué?
—Porque me da vergüenza.
Noela sonrió.
—Ahora tengo que leerla.
Juan Carlos intentó quitarle el papel, pero ella lo escondió detrás de su espalda.
—Demasiado tarde.
Ambos rieron. Durante unos minutos fueron simplemente dos jóvenes enamorados celebrando un cumpleaños, sin pensar en la situación política, en los desaparecidos ni en las amenazas.
Más tarde, cuando quedaron solos, Noela se acercó a él.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por seguir acá.
Juan Carlos la miró.
—¿Dónde más estaría?
—No sé.
—Con vos.
Ella lo abrazó.
—Eso es todo lo que quería escuchar.
A finales de 1978, la situación comenzó a cambiar nuevamente. Noela percibía que Juan Carlos estaba más preocupado y que su familia también se había vuelto más cautelosa. Una noche, su padre le pidió que se sentara.
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó?
—Juan Carlos vino a verme.
Noela sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué te dijo?
—Que quizá tenga que irse de Buenos Aires por un tiempo.
—¿Por qué?
—No me explicó demasiado.
—¿Y vos qué le dijiste?
—Que si realmente cree que corre peligro, tiene que hacerlo.
Noela se levantó.
—No puede irse.
Su padre la miró con tristeza.
—A veces amar a alguien también significa aceptar que tiene que alejarse para sobrevivir.
—No quiero perderlo.
—Nadie quiere perder a las personas que ama.
Noela comenzó a llorar.
—¿Y si no vuelve?
Su padre se acercó y la abrazó.
—No puedo prometerte que volverá.
—Entonces, ¿qué hago?
—Lo mismo que has hecho hasta ahora. Vivir un día a la vez.
Aquella noche Noela esperó a Juan Carlos. Cuando finalmente llegó, ella ya sabía que algo estaba por ocurrir.
—¿Te vas?
Él no intentó negarlo.
—Quizá.
—¿Cuándo?
—Todavía no sé.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tampoco sé.
Noela sintió que la angustia le cerraba la garganta.
—No quiero que te vayas.
—Yo tampoco quiero irme.
—Entonces quedate.
—Si pudiera hacerlo sin ponerte en peligro, lo haría.
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Y si la distancia nos cambia?
—No creo que pueda cambiar lo que siento por vos.
—No podés saberlo.
—No, no puedo.
—Entonces tengo miedo.
—Yo también.
Se abrazaron durante largo rato. Noela comprendió que el verdadero desafío de su amor comenzaba precisamente allí, cuando las circunstancias dejaban de permitirles controlar el futuro.
Antes de marcharse, Juan Carlos sacó de su bolsillo un pequeño papel doblado.
—Guardalo.
—¿Qué es?
—Una dirección.
Noela lo abrió.
—¿Para qué?
—Si tengo que irme, voy a intentar comunicarme desde ahí.
—¿Y si no podés?
—Entonces recordá lo que hablamos.
—¿La señal?
—La señal.
Noela cerró los dedos alrededor del papel.
—Voy a esperarte.
—No quiero que detengas tu vida.
—No estoy deteniendo mi vida.
—Prometeme que vas a seguir viviendo.
Ella respiró profundamente.
—Te lo prometo.
Juan Carlos la besó en la frente y después en los labios, con una ternura que hizo que ambos comprendieran que aquella despedida podía ser mucho más importante de lo que querían admitir.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Noela permaneció inmóvil durante unos segundos. Después entró en su habitación, abrió la Biblia y se arrodilló junto a la cama. Esta vez no encontró palabras fáciles. Lloró mientras oraba, pidió fuerzas y finalmente pronunció una frase sencilla que parecía resumir todo lo que sentía.
—Señor, si no puedo tener el futuro que deseo, ayudame a confiar en vos con el futuro que tenga.
Afuera, Buenos Aires seguía respirando bajo la noche. Los colectivos continuaban recorriendo las calles, algunas ventanas permanecían iluminadas y la ciudad parecía seguir su marcha como si las historias individuales fueran demasiado pequeñas para alterar su ritmo.
Pero para Noela, aquella noche marcaba el comienzo de una nueva etapa.
Había aprendido que amar no significaba tener garantías, que la fe no eliminaba las lágrimas y que resistir no era vivir sin miedo, sino negarse a permitir que el miedo destruyera aquello que todavía podía conservarse. Juan Carlos se alejaba de ella porque quería protegerla, pero la distancia que comenzaba a abrirse entre ambos no tenía la fuerza suficiente para borrar lo que habían construido.
Todavía no sabían cuánto tendrían que esperar.
Todavía no sabían qué noticias llegarían.
Todavía no sabían cuántas veces la esperanza sería puesta a prueba.
Solo sabían que, en medio de una ciudad donde tantas historias habían sido interrumpidas por la violencia y el silencio, ellos habían decidido confiar en que el amor podía resistir incluso cuando la presencia física dejara de ser posible, sostenido por una fe que no prometía una vida sin sufrimiento, pero que les enseñaba a no caminar solos cuando el sufrimiento llegara.
CAPÍTULO 4
El comienzo de 1979 encontró a Noela acostumbrándose a una ausencia que se negaba a convertirse en costumbre, porque cada mañana, al despertar, durante unos segundos todavía esperaba escuchar el ruido de los pasos de Juan Carlos en la vereda o verlo aparecer al final de la calle con aquella manera suya de caminar que ella había aprendido a reconocer desde lejos, y solo después de abrir completamente los ojos recordaba que él ya no estaba en Buenos Aires, que las circunstancias lo habían obligado a alejarse y que ahora la relación entre ambos dependía de unas pocas cartas que podían tardar días en llegar, de llamadas breves que debían realizarse con prudencia y de una confianza que estaba siendo puesta a prueba mucho antes de que ellos hubieran tenido la oportunidad de construir la vida que imaginaban. Noela continuaba trabajando en el estudio contable, visitaba a su tía, ayudaba a su madre y asistía a la iglesia, procurando mantener una rutina que le permitiera no quedarse atrapada en la espera, pero había momentos en que cualquier detalle cotidiano despertaba un recuerdo de Juan Carlos y entonces la distancia adquiría una dimensión insoportable. Una taza de café en la confitería donde se habían dicho por primera vez que se amaban, una canción escuchada por casualidad en la radio, una calle determinada, un libro dejado sobre la mesa o incluso el simple sonido de un colectivo frenando frente a la casa podían devolverle durante unos segundos la sensación de que él todavía estaba cerca. Sin embargo, Noela había hecho una promesa y se negaba a quebrarla: no detendría su vida mientras esperaba.
La primera carta llegó un martes por la tarde, casi tres semanas después de la partida de Juan Carlos. Noela estaba ordenando unos documentos cuando el cartero llamó a la puerta de la casa. Su madre salió a recibirlo y regresó con varios sobres en la mano. Noela estaba en la cocina preparando mate cuando escuchó que la llamaban.
—Noela, hay una carta para vos.
Ella dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y salió al comedor. Reconoció la letra antes de tomar el sobre.
—¿De quién es?
Su madre la observó con una sonrisa discreta.
—No hace falta que te lo pregunte.
Noela apretó el sobre contra el pecho.
—¿Hace cuánto está ahí?
—Acaba de llegar.
—Gracias, mamá.
Su madre hizo ademán de retirarse, pero antes de hacerlo se detuvo.
—Noela.
—¿Sí?
—Leé tranquila.
Ella entendió lo que su madre quería decir y asintió. Entró en su habitación, cerró la puerta y se sentó junto a la ventana. Durante unos segundos simplemente sostuvo la carta entre las manos, como si aquel pequeño sobre tuviera la capacidad de acercar físicamente a Juan Carlos. Finalmente lo abrió.
La carta no era demasiado larga. Juan Carlos le contaba que estaba bien, que había conseguido trabajo temporal y que procuraba mantener una vida discreta. Le hablaba de las calles de aquella ciudad que todavía le resultaban extrañas, de una pensión donde apenas tenía espacio para guardar sus cosas y de la comida sencilla que preparaba algunas noches. Después aparecían unas líneas sobre ella.
Noela leyó aquella parte dos veces.
Él decía que la extrañaba, que algunas veces caminaba solo y tenía la impresión de que ella iba a aparecer en la esquina, que había descubierto que la distancia podía hacer que una persona estuviera presente de una manera diferente y que todas las noches pedía a Dios que la protegiera. También le decía que no quería que ella viviera pendiente de cada carta, porque sabía que eso podía hacerle daño.
Al final había escrito una frase que hizo que Noela comenzara a llorar.
"Si alguna vez no recibís noticias mías durante un tiempo, no pienses inmediatamente lo peor. Quiero que recuerdes que lo que sentimos no depende de una carta ni de una llamada. Si tengo que guardar silencio para protegerte, ese silencio no significa que haya dejado de amarte."
Noela permaneció varios minutos mirando aquella frase. Después tomó una hoja y comenzó a escribirle una respuesta. No quiso contarle cuánto había llorado al leer su carta porque sabía que él ya tenía suficientes preocupaciones. Le habló de su madre, de su padre, del trabajo y de su hermano, que había empezado a estudiar con mayor entusiasmo desde que Juan Carlos le había regalado un libro. También le contó que el domingo habían orado por él en la iglesia.
Antes de terminar, dudó unos segundos y escribió:
"Yo tampoco quiero que el miedo decida por nosotros. Pero tampoco quiero que la prudencia termine convirtiéndose en una forma de olvidarnos."
Se detuvo, volvió a leer la frase y decidió conservarla.
Cuando salió de su habitación, encontró a su madre preparando la cena.
—¿Estás mejor?
—Sí.
—¿Era una buena carta?
Noela sonrió.
—Era de él.
Su madre dejó de cortar las verduras y la miró.
—Eso ya responde la pregunta.
Noela se acercó y la abrazó.
—Mamá, ¿vos creés que esto puede funcionar?
—¿Qué cosa?
—Lo nuestro.
Su madre la acarició suavemente.
—No puedo saberlo, hija.
—Eso no es lo que quería escuchar.
—Pero es la verdad.
—Entonces, ¿qué puedo hacer?
—Amarlo mientras esté presente, esperarlo sin dejar de vivir y confiar en Dios cuando no puedas controlar lo que ocurra.
Noela permaneció en silencio.
—¿Y si lo pierdo?
Su madre tardó unos segundos en contestar.
—Entonces vas a llorar, vas a sufrir y vas a necesitar mucho tiempo para levantarte. La fe no significa que nunca vamos a perder nada. Significa que incluso cuando perdemos algo que amamos profundamente, Dios no deja de ser Dios.
Noela abrazó nuevamente a su madre.
—A veces me gustaría tener tu fe.
—Noela, yo también tengo miedo. La fe no es ausencia de miedo.
Aquellas palabras se quedaron con ella durante toda la noche.
En las semanas siguientes, las cartas comenzaron a convertirse en una especie de puente entre ambos. No llegaban con regularidad y algunas veces transcurrían quince o veinte días sin noticias, pero cuando aparecía un sobre con la letra de Juan Carlos, Noela sentía que el tiempo se detenía. Él evitaba escribir detalles que pudieran comprometer a otras personas y ella hacía lo mismo. Habían desarrollado una especie de lenguaje cuidadoso, una forma de hablar de determinados asuntos sin nombrarlos directamente. Si Juan Carlos decía que había tenido "días difíciles", Noela entendía que algo había ocurrido. Si escribía que "todo estaba tranquilo", ella sabía que debía interpretar la frase con prudencia. Ninguno quería convertir sus cartas en documentos capaces de perjudicar al otro.
Una tarde, sin embargo, llegó una carta diferente.
Noela la recibió en el trabajo. El sobre estaba arrugado y tenía varias marcas de haber sido manipulado. La letra de Juan Carlos era la misma, pero el contenido era mucho más breve.
"Noela: estoy bien. No puedo escribir más por ahora. No te preocupes. Voy a intentar comunicarme pronto. Confiá en Dios. Juan Carlos."
Nada más.
Noela sintió que el corazón se le detenía.
Guardó la carta en el bolso y continuó trabajando, pero durante el resto de la jornada fue incapaz de concentrarse. Cuando llegó a su casa llamó inmediatamente al número que Juan Carlos le había dejado. Nadie respondió. Volvió a intentarlo una hora después. Tampoco obtuvo respuesta.
Su padre la encontró sentada junto al teléfono.
—¿Qué pasó?
—Llegó una carta.
—¿Y?
Noela se la entregó.
Su padre la leyó lentamente.
—¿Cuándo llegó?
—Hoy.
—No significa necesariamente que haya ocurrido algo.
—¿Entonces por qué escribió así?
—No lo sé.
—Eso es lo que me preocupa.
Su padre dejó la carta sobre la mesa.
—Noela, tenés que esperar.
Ella cerró los ojos.
—Otra vez esa palabra.
—No hay otra.
—No puedo.
—Sí podés.
—¿Y si le pasó algo?
—No sabemos que le haya pasado algo.
—Pero tampoco sabemos que esté bien.
Su padre se acercó a ella.
—Tenés razón.
Noela comenzó a llorar.
—Quiero ir a buscarlo.
—¿Dónde?
—No sé.
—Precisamente por eso no podés ir.
—Entonces, ¿qué hago?
—Orá.
Noela levantó la mirada.
—¿Eso es todo?
—No. También podés seguir viviendo, trabajando, cuidando a tu madre y a tu hermano, y estar preparada para cuando llegue una noticia.
Ella respiró profundamente.
—¿Cómo hacés para soportarlo?
Su padre miró hacia la ventana.
—No siempre lo soporto. Algunas veces simplemente sigo adelante porque no hay otra alternativa.
Aquella noche Noela no durmió bien. Cerca de las tres de la madrugada se levantó, fue hasta la cocina y encontró a su padre despierto.
—¿Vos tampoco dormís?
—No.
—¿Pensando en él?
—En muchas cosas.
Noela se sentó frente a él.
—Papá, ¿vos sabés algo que no me hayas contado?
Él la miró directamente.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces perdoname.
—No tenés que pedirme perdón.
—Estoy asustada.
Su padre tomó sus manos.
—Lo sé.
—No quiero perderlo.
—Lo sé.
—¿Y si Dios permite que pase?
Su padre guardó silencio durante unos segundos.
—No tengo una respuesta que pueda quitarte ese miedo.
—¿Entonces?
—Entonces tenemos que aprender a confiar incluso cuando no tenemos respuestas.
Noela apoyó la cabeza sobre el hombro de su padre.
—Mamá dice lo mismo.
—Porque tu madre tiene razón algunas veces.
Ella sonrió entre lágrimas.
—¿Solamente algunas veces?
—No abuses.
Por primera vez en aquella noche Noela logró reírse.
Los días pasaron sin noticias. La ausencia comenzó a convertirse en una presencia constante dentro de la casa. Su madre preguntaba discretamente si había llegado alguna carta, su padre evitaba hacerlo pero miraba el buzón cada vez que escuchaba al cartero y Noela llevaba el pequeño papel con la dirección de Juan Carlos dentro de la Biblia.
En la iglesia, el pastor notó su preocupación.
—Noela, hace semanas que estás distraída.
—Estoy esperando noticias de alguien.
—¿Juan Carlos?
Ella levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque cada vez que alguien menciona una familia separada o alguien que está atravesando una dificultad, vos bajás la cabeza y comenzás a orar.
Noela sonrió débilmente.
—¿Se nota tanto?
—Más de lo que pensás.
—Tengo miedo.
El pastor se sentó junto a ella.
—La fe no consiste en negar el miedo.
—Ya me lo dijeron.
—Entonces seguí escuchándolo.
Noela permaneció en silencio.
—¿Usted cree que Dios puede permitir que lo pierda?
El pastor no respondió inmediatamente.
—Creo que Dios no nos prometió que nunca sufriríamos pérdidas.
—Eso no me consuela.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué me puede decir?
—Que no confundas la fidelidad de Dios con la forma en que nosotros queremos que termine una historia.
Noela lo miró atentamente.
—¿Qué significa eso?
—Que podés pedirle a Dios que Juan Carlos vuelva, y debés hacerlo si eso es lo que hay en tu corazón. Pero también podés pedirle que te sostenga si las cosas no suceden como esperás.
Noela bajó los ojos.
—No quiero tener que hacer esa segunda oración.
—Nadie quiere.
—Entonces, ¿por qué debería hacerla?
—Porque amar también significa aceptar que no podemos controlar completamente la vida de la persona que amamos.
Aquellas palabras fueron difíciles de aceptar, pero Noela comprendió que había una verdad en ellas.
Dos semanas después llegó otra carta.
Esta vez el sobre estaba limpio y la letra parecía más firme.
"Estoy bien. Perdoname por haberte preocupado. Tuve que permanecer lejos de donde estaba y no pude comunicarme. No quiero que vengas. No quiero que intentes averiguar nada. Estoy trabajando y esperando que las cosas puedan tranquilizarse. Te amo. No olvides eso."
Noela leyó la carta varias veces. Después la llevó a su padre.
—Llegó.
Él la leyó.
—Parece estar bien.
—Sí.
—Entonces agradezcamos.
Aquella noche toda la familia se reunió alrededor de la mesa y oraron. Noela cerró los ojos mientras su padre hablaba. No pidió explicaciones. Agradeció simplemente porque Juan Carlos estaba vivo y porque, aunque lejos, había conseguido hacer llegar una señal.
Pero la tranquilidad duró poco.
Un sábado por la mañana, mientras Noela acompañaba a su madre al mercado, vio a dos hombres detenidos junto a un automóvil. No había nada extraordinario en la escena, pero uno de ellos llevaba una carpeta similar a las que había visto en otras ocasiones y el otro observaba cuidadosamente a las personas que entraban y salían de los comercios. Noela sintió una inquietud inmediata.
—Mamá, volvamos.
—¿Por qué?
—No me siento bien.
Su madre la miró.
—¿Qué viste?
—Nada.
—Noela.
—Nada, mamá. Vamos.
Caminaron rápidamente hasta la esquina. Noela miró hacia atrás y vio que uno de los hombres parecía observarlas. No sabía si realmente las estaba mirando o si su propio miedo estaba interpretando cualquier movimiento como una amenaza. No quiso comprobarlo.
Cuando llegó a casa llamó a Juan Carlos, pero la comunicación no pudo establecerse.
Durante los días siguientes comenzó a sentir que la tensión que antes pertenecía únicamente a su relación con él se estaba extendiendo a toda su vida. Ya no caminaba por ciertas calles después de anochecer, evitaba mencionar nombres en lugares públicos y guardaba las cartas de Juan Carlos en un compartimento escondido de su habitación. Su madre comenzó a preocuparse.
—Estás cambiando.
—¿En qué sentido?
—Vivís mirando hacia atrás.
Noela permaneció callada.
—No quiero que el miedo te quite la vida —continuó su madre.
—No puedo evitarlo.
—Sí podés.
—¿Cómo?
—Recordando que el miedo puede advertirte de un peligro, pero no tiene derecho a convertirse en el dueño de tu vida.
Noela abrazó a su madre.
—Estoy intentando.
—Entonces seguí intentando.
Aquella misma noche llegó una llamada.
Noela atendió.
—¿Hola?
Hubo silencio.
—¿Hola?
Una voz respondió finalmente.
—Soy yo.
Noela sintió que las piernas le temblaban.
—Juan Carlos.
—No puedo hablar mucho.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—No puedo decirte.
—¿Cuándo volvés?
—No lo sé.
—Te extraño.
—Yo también.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—¿Vos tenés miedo?
—Todos los días.
Noela cerró los ojos.
—Entonces quedate conmigo un minuto.
Hubo silencio.
—Estoy acá.
—No cortes.
—No quiero hacerlo.
—¿Pensás en nosotros?
—Todo el tiempo.
—¿Seguís queriendo casarte conmigo?
Juan Carlos respiró profundamente.
—Más que antes.
Noela comenzó a llorar.
—Entonces no te olvides.
—Nunca.
—¿Me lo prometés?
—Te lo prometo.
La llamada terminó pocos minutos después.
Noela permaneció junto al teléfono durante un largo rato. Su madre apareció en la puerta.
—¿Era él?
Ella asintió.
—Está vivo.
Su madre la abrazó.
—Entonces agradezcamos.
Noela lloró sobre el hombro de su madre, pero esta vez las lágrimas no eran solamente de miedo. También había alivio.
Durante los meses siguientes, la relación se sostuvo de aquella manera irregular. A veces una carta, otras una llamada de pocos minutos y en ocasiones largos períodos de silencio. Noela aprendió a vivir sin exigir certezas que ninguno de los dos podía tener. Juan Carlos aprendió que protegerla no significaba ocultarle todo y comenzó a compartir con ella más de sus pensamientos, aunque siguiera evitando detalles que pudieran ponerla en riesgo.
En una de sus cartas escribió que había descubierto que la fe de Noela se había convertido también en su refugio. Le confesó que algunas noches, cuando sentía que no podía soportar la incertidumbre, repetía las oraciones que ella le había enseñado. Noela guardó aquella carta junto a las anteriores.
Una tarde, mientras caminaba por una plaza, encontró a un anciano sentado en un banco leyendo una Biblia. Noela se detuvo unos segundos.
—¿Puedo preguntarle algo?
El hombre levantó la mirada.
—Claro.
—¿Usted cree que la fe alcanza para atravesar cualquier cosa?
El anciano cerró el libro.
—No sé si alcanza para cualquier cosa, pero sé que sin ella algunas noches serían mucho más largas.
Noela sonrió.
—Estoy esperando a alguien.
—¿Está lejos?
—Sí.
—¿Lo ama?
—Mucho.
—Entonces no lo convierta en su dios.
Ella quedó sorprendida.
—¿Cómo?
—Si ama a una persona como si su vida dependiera completamente de ella, cualquier pérdida puede destruirla. Ame profundamente, pero deje que Dios sea el fundamento.
Noela pensó en aquellas palabras durante varios días. Comprendió que había empezado a depositar en Juan Carlos una parte de sus esperanzas que solo Dios podía sostener. Lo amaba y quería compartir su vida con él, pero necesitaba aprender que el amor humano, por más profundo que fuera, no podía garantizarle el futuro.
Cuando llegó la siguiente carta, Noela respondió de una manera diferente. Le dijo que lo amaba, que lo esperaba, pero también que estaba aprendiendo a vivir cada día sin convertir la ausencia en el centro de toda su existencia.
Juan Carlos respondió semanas después.
"Eso es lo que más deseo para vos. No quiero que seas una mujer que simplemente espera que yo vuelva. Quiero que seas la mujer que conocí aquella tarde y que todavía pueda caminar, trabajar, reírse, ayudar a otros y creer aunque yo no esté cerca. Si algún día volvemos a estar juntos, quiero encontrarte viva por dentro, no detenida en una estación esperando un tren."
Noela leyó aquella frase con lágrimas en los ojos.
Comprendió que Juan Carlos no estaba pidiéndole que lo olvidara.
Le estaba pidiendo que siguiera viviendo.
Y lo hizo.
Continuó trabajando, acompañó a su madre, ayudó a su hermano con sus estudios y comenzó a colaborar con unos niños del barrio que necesitaban apoyo escolar. Poco a poco, aquella antigua idea de abrir algún día una pequeña biblioteca volvió a ocupar espacio en su corazón. Los niños comenzaron a visitarla algunas tardes en la casa de su tía y Noela les prestaba libros que había conseguido entre vecinos y amigos.
Una tarde, mientras ordenaba unos ejemplares usados, su hermano la observó.
—¿Por qué hacés esto?
—Porque me gusta.
—Pero Juan Carlos no está.
Noela se quedó quieta.
—¿Qué tiene que ver?
—Pensé que estabas triste porque él no está.
—Lo extraño.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto?
Noela sonrió.
—Porque él me dijo que siguiera viviendo.
Su hermano asintió como si hubiera comprendido algo importante.
—Entonces hacelo.
Ella le revolvió el cabello.
—Eso intento.
Al caer la tarde, Noela cerró la pequeña biblioteca improvisada y salió a la vereda. Buenos Aires seguía siendo la ciudad contradictoria que había conocido desde niña, hermosa en algunas de sus tardes y dolorosa en otras, llena de personas que seguían trabajando, estudiando, enamorándose y formando familias mientras otros vivían atravesados por la incertidumbre. Noela sabía que nada había cambiado realmente en lo esencial, pero algo había cambiado dentro de ella. Ya no entendía la resistencia solamente como la capacidad de soportar el sufrimiento, sino también como la decisión de seguir haciendo el bien cuando el miedo invitaba a encerrarse, de continuar amando cuando la distancia parecía absurda y de conservar la fe sin convertirla en una garantía de que todo terminaría como ella quería.
Esa noche recibió una nueva carta.
La abrió lentamente.
Juan Carlos le decía que estaba intentando regresar, aunque todavía no podía darle una fecha. Le contaba que había conseguido ahorrar algo de dinero y que estaba pensando seriamente en casarse con ella cuando pudiera volver a Buenos Aires. También le confesaba que tenía miedo de hacer planes porque había aprendido que cualquier plan podía deshacerse en cuestión de horas.
Noela leyó hasta el final.
Entonces encontró una última frase.
"Si Dios nos permite volver a encontrarnos, quiero que nuestro primer día juntos no sea solamente una celebración de que sobrevivimos, sino el comienzo de una vida en la que podamos usar todo lo que sufrimos para amar mejor."
Noela apoyó la carta sobre la mesa y cerró los ojos.
No sabía cuándo volvería.
No sabía si volvería.
No sabía cuánto más tendría que esperar ni qué nuevas pruebas encontrarían en el camino.
Pero aquella noche, por primera vez, comprendió que esperar no era quedarse inmóvil. Esperar también podía significar crecer, servir, aprender, amar y confiar. Podía significar mantener abierta una puerta sin dejar de caminar por las demás habitaciones de la vida.
Tomó su Biblia y la abrió sobre la mesa. Después colocó junto a ella la carta de Juan Carlos.
Durante unos minutos permaneció en silencio.
Finalmente oró.
—Señor, cuidalo dondequiera que esté. Y mientras espero, enseñame a no desperdiciar los días que me das.
Noela apagó la luz de la cocina y guardó cuidadosamente la carta junto a las anteriores. Afuera, la noche había cubierto las calles de Buenos Aires y el sonido distante de un automóvil se mezclaba con el rumor de la ciudad. Ella subió lentamente a su habitación, sabiendo que al día siguiente volvería a trabajar, que los niños regresarían a buscar libros, que su madre necesitaría ayuda y que quizá durante mucho tiempo seguiría sin saber cuándo volvería a ver a Juan Carlos.
Pero ya no sentía que estuviera simplemente esperando.
Estaba resistiendo.
Y en aquella resistencia había descubierto una forma más profunda de amor: un amor que no exigía garantías para permanecer fiel, que no confundía la ausencia con abandono y que encontraba en la fe una fuerza capaz de sostenerlo incluso cuando las circunstancias parecían empeñadas en demostrar lo contrario.
CAPÍTULO 5
El otoño de 1979 encontró a Noela convertida en una mujer distinta de aquella joven que, dos años antes, había conocido a Juan Carlos entre papeles contables y conversaciones aparentemente insignificantes en una oficina del centro de Buenos Aires, porque la espera, cuando se prolonga durante meses y está atravesada por la incertidumbre, modifica lentamente la manera en que una persona mira el mundo, y Noela había aprendido a reconocer en los rostros de los demás aquello que antes solamente había percibido en sí misma: la preocupación escondida detrás de una conversación cotidiana, la esperanza que alguien intentaba disimular para no exponerse a una nueva decepción, el cansancio de quienes llevaban demasiado tiempo buscando respuestas y la necesidad de aferrarse a pequeños gestos de normalidad para no permitir que el miedo ocupara cada espacio de la vida. Juan Carlos seguía lejos, aunque sus cartas habían comenzado a llegar con algo más de frecuencia, y aquella posibilidad de regreso que él había mencionado en su última comunicación había despertado en Noela una ilusión que procuraba mantener bajo control, porque ya había aprendido que construir expectativas demasiado concretas podía resultar doloroso cuando las circunstancias se encargaban de modificarlas sin previo aviso. Aun así, cada vez que escuchaba pasos en la vereda, cada vez que alguien llamaba a la puerta o cada vez que el cartero se acercaba a la casa, su corazón reaccionaba antes que su razón, y aunque después intentara mostrarse tranquila, su madre había aprendido a reconocer aquella expresión en sus ojos.
—Noela, ¿querés que atienda yo?
—No, mamá, voy yo.
—No hace falta que corras cada vez que escuchás el timbre.
—No estoy corriendo.
—Estás caminando bastante rápido.
Noela sonrió mientras atravesaba el pasillo.
—Quizá tengo apuro.
—Quizá estás esperando algo.
Noela se detuvo junto a la puerta y miró a su madre.
—¿Y si estoy esperando?
—Entonces espero que algún día llegue.
Noela abrió la puerta, pero solamente encontró al vecino que venía a devolverle unos libros que había llevado para sus hijos. Agradeció, cerró y volvió a la cocina.
—No era él —dijo su madre.
Noela dejó los libros sobre la mesa.
—No.
—Ya va a llegar.
—Eso espero.
Su madre continuó preparando la comida.
—No te digo que va a llegar porque yo lo sepa. Te lo digo porque no quiero que pierdas la esperanza.
Noela se acercó a ella.
—A veces pienso que la esperanza también puede hacernos sufrir.
—Claro que puede.
—Entonces, ¿por qué conservarla?
—Porque perder la esperanza no evita el sufrimiento; solamente hace que suframos sin tener hacia dónde mirar.
Noela guardó silencio. Aquella respuesta le pareció tan sencilla como profunda y volvió a pensar en ella mientras preparaba la mesa para la cena. Había descubierto que su madre no tenía respuestas para todo, pero poseía una sabiduría nacida de haber atravesado sus propias dificultades sin permitir que las circunstancias endurecieran completamente su corazón.
Durante aquellas semanas, Juan Carlos había escrito que posiblemente regresaría a Buenos Aires antes de que terminara el invierno. No había dado una fecha concreta y había insistido en que no quería que Noela organizara nada alrededor de aquella posibilidad. Sin embargo, ella no podía evitar imaginar el momento. Pensaba en la primera vez que volvería a verlo, en lo que sentiría al escuchar su voz sin la distancia de un teléfono de por medio y en la posibilidad de caminar nuevamente junto a él por las calles que habían recorrido tantas veces. Había conservado todas sus cartas dentro de una caja de madera que su padre le había regalado años atrás, y algunas noches las leía en orden, descubriendo en aquellas páginas la transformación de ambos. Las primeras hablaban de miedo y distancia; las posteriores contenían planes, recuerdos y una esperanza más serena. En todas aparecía la misma certeza: Juan Carlos seguía amándola.
Una tarde recibió una llamada en el estudio contable. La voz al otro lado era masculina y preguntó por ella.
—¿Noela?
—Sí.
—Soy Juan Carlos.
El mundo pareció detenerse.
—¿Dónde estás?
—En Buenos Aires.
Ella se levantó tan rápidamente que su silla se desplazó hacia atrás.
—¿En Buenos Aires?
—Sí.
—¿Cuándo llegaste?
—Hace unas horas.
Noela sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Por qué no me avisaste antes?
—Quería asegurarme de que podía hacerlo.
—¿Dónde estás?
—No puedo decirte por teléfono.
—Entonces decime cuándo puedo verte.
—Esta tarde, si podés.
—Puedo.
—A las siete, en la plaza donde nos encontramos aquella vez.
Noela cerró los ojos.
—Voy a estar ahí.
—Noela.
—¿Qué?
—No le digas a nadie más.
Ella comprendió.
—Está bien.
—Y tené cuidado.
—Vos también.
—Te quiero.
La llamada terminó.
Noela permaneció unos segundos junto al teléfono. Su compañero de escritorio la observó desde el otro lado de la oficina.
—¿Todo bien?
Ella respiró profundamente.
—Sí.
—Parecés haber visto un fantasma.
Noela sonrió.
—Algo parecido.
Durante las horas siguientes fue incapaz de concentrarse. Revisó documentos varias veces, cometió errores que normalmente jamás habría cometido y miró el reloj con una frecuencia que terminó resultándole ridícula. Cuando finalmente llegó la hora de salir, guardó sus cosas y se dirigió hacia la plaza. El trayecto le pareció interminable. Buenos Aires estaba cubierta por una tarde fría y gris, y las personas caminaban con el abrigo cerrado hasta el cuello. Noela llegó unos minutos antes y se quedó junto a uno de los árboles donde habían conversado tantas veces.
Esperó.
Un hombre pasó frente a ella.
No era Juan Carlos.
Después apareció una pareja.
Tampoco.
Un colectivo se detuvo en la esquina y varias personas bajaron. Noela observó a cada una de ellas hasta que finalmente lo vio.
Juan Carlos estaba al otro lado de la calle.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió. Él parecía más delgado, llevaba el cabello algo más largo y había en su rostro una seriedad que Noela no recordaba. Pero era él. No había ninguna duda.
Juan Carlos cruzó la calle y se detuvo frente a ella.
—Hola.
Noela intentó responder, pero las palabras no salieron.
Él sonrió.
—¿No vas a decir nada?
Ella lo abrazó con tanta fuerza que Juan Carlos apenas alcanzó a sostenerla.
—Pensé que no ibas a volver.
—Volví.
—No sabés cuánto te esperé.
—Lo sé.
—No, no lo sabés.
—Tenés razón.
Permanecieron abrazados durante un largo rato, sin importarles que algunas personas los observaran. Noela lloraba y reía al mismo tiempo, mientras Juan Carlos acariciaba suavemente su cabello.
—Estás más flaca —dijo él.
—Vos también.
—Yo tuve una vida bastante complicada.
—Yo también.
—Pero estás hermosa.
Noela lo miró.
—Vos seguís sabiendo cómo hacerme sonrojar.
—Eso no lo olvidé.
Caminaron durante casi una hora sin rumbo definido. Juan Carlos le contó que había logrado regresar porque las circunstancias que lo habían obligado a alejarse habían cambiado parcialmente, aunque seguía teniendo razones para actuar con cautela. Noela evitó preguntarle detalles. Sabía que algunas cosas era mejor no conocerlas.
—¿Te vas a quedar?
—Eso espero.
—No quiero que me digas quizá.
—Entonces voy a decirte que quiero quedarme.
—Eso sí me gusta.
—Pero todavía tenemos que tener cuidado.
—Lo sé.
—No quiero que pienses que porque regresé todo volvió a ser como antes.
Noela se detuvo.
—No pienso eso.
—¿Qué pensás?
—Que tenemos una oportunidad.
Juan Carlos sonrió.
—Eso es exactamente lo que pienso yo.
Se sentaron en un banco de la plaza. Durante unos minutos hablaron de sus familias, de los cambios que habían ocurrido durante su ausencia y de la pequeña biblioteca que Noela había organizado para los niños del barrio.
—Quiero verla.
—¿La biblioteca?
—Sí.
—No es realmente una biblioteca.
—Para vos quizá no, pero para mí sí.
—Entonces quiero mostrártela.
—Me encantaría.
Aquella noche Juan Carlos acompañó a Noela hasta cerca de su casa. Antes de despedirse, ella tomó sus manos.
—Tengo algo para vos.
—¿Qué?
Sacó de su bolso una pequeña Biblia.
—Esta.
Juan Carlos la miró sorprendido.
—¿La llevaste todo este tiempo?
—No siempre esta misma, pero una Biblia siempre estuvo conmigo.
—¿Por qué me la das?
—Porque quiero que la tengas.
Él la recibió con cuidado.
—Noela, no sé si soy digno de esto.
—No tenés que ser digno.
—¿Entonces?
—Solo tenés que leerla cuando tengas miedo.
Juan Carlos pasó los dedos sobre la tapa.
—La voy a guardar.
—No. Usala.
Él sonrió.
—Está bien.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
—No vuelvas a desaparecer sin decirme nada.
Juan Carlos bajó la mirada.
—Voy a hacer todo lo posible.
—No quiero todo lo posible. Quiero que lo intentes.
—Lo voy a intentar.
—Entonces estamos de acuerdo.
Él se acercó y la besó suavemente.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Noela entró en su casa con el corazón lleno de una alegría que había olvidado que era posible sentir. Su madre estaba esperando en la cocina.
—Volvió.
Noela no necesitó explicar.
—Sí.
Su madre la abrazó.
—Gracias a Dios.
—Sí.
—¿Está bien?
—Está diferente.
—Vos también.
Noela sonrió.
—¿Eso es bueno?
—Todavía no lo sé.
—Mamá.
—Estoy hablando en serio. Los dos pasaron por cosas que no pueden simplemente borrar.
Noela se sentó.
—Quiero que todo sea como antes.
—No va a ser como antes.
Ella la miró.
—¿Por qué?
—Porque antes no sabían lo que saben ahora.
Noela permaneció callada.
—Tal vez eso no sea necesariamente malo —continuó su madre—. Algunas experiencias nos cambian y nos hacen valorar cosas que antes dábamos por seguras.
—Tengo miedo de que él haya cambiado demasiado.
—Y él seguramente tiene miedo de que vos hayas cambiado.
Noela sonrió.
—Eso puede ser verdad.
—Entonces van a tener que conocerse otra vez.
Durante los meses siguientes, Noela y Juan Carlos comenzaron a reconstruir su relación. No fue sencillo. Había días en que él permanecía callado durante horas y otros en que necesitaba salir a caminar sin explicar demasiado. Algunas veces se sobresaltaba ante determinados ruidos o cambiaba de tema cuando una conversación se acercaba a ciertos acontecimientos. Noela comprendió que la distancia no había sido solamente geográfica. Juan Carlos había vivido experiencias que lo habían marcado y no podía regresar siendo exactamente el mismo hombre que había partido.
Una tarde, mientras tomaban café, ella decidió preguntarle.
—¿Qué te pasó durante todo este tiempo?
Juan Carlos dejó la taza sobre la mesa.
—Muchas cosas.
—Eso ya lo sé.
—No quiero contarte algunas.
—¿Porque pueden ponernos en peligro?
—En parte.
—¿Y en parte?
Él permaneció en silencio.
—Porque me cuesta hablar de ellas.
Noela tomó su mano.
—No tenés que hacerlo ahora.
—Quiero que entiendas algo.
—Decime.
—Hubo noches en las que pensé que nunca volvería a verte.
—Yo también.
—Pero vos estabas en mi cabeza todo el tiempo.
Noela sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Yo hablaba con vos aunque no estuvieras.
—¿Cómo?
—Te contaba cosas.
Juan Carlos sonrió.
—¿En voz alta?
—Algunas veces.
—Entonces quizás yo hice lo mismo.
—¿Con quién?
—Con Dios.
Noela lo miró con sorpresa.
—¿Vos?
—Sí.
—¿Orabas?
—No sabía hacerlo bien.
—No importa.
—A veces solamente decía tu nombre.
Noela apretó su mano.
—Eso también es una oración.
Él la observó.
—Creo que empecé a entenderlo allá.
—¿Qué cosa?
—Que tener fe no significa estar seguro de que todo va a salir bien. Significa poder seguir adelante aunque no sepas cómo va a terminar.
Noela sonrió.
—Eso me lo dijo mi mamá.
—Entonces tu mamá y yo estamos de acuerdo.
—No te acostumbres.
Los dos rieron.
La relación comenzó a recuperar cierta normalidad, pero el contexto continuaba siendo difícil. Juan Carlos había encontrado nuevamente trabajo, aunque procuraba mantener un perfil bajo. Noela seguía con la pequeña biblioteca para niños y comenzó a dedicarle más tiempo. Los domingos se encontraban con sus familias y, cuando podían, salían a caminar por Buenos Aires. Hablar de casamiento empezó a surgir de manera natural.
Una tarde, sentados en un banco frente a una iglesia, Juan Carlos sacó un pequeño papel de su bolsillo.
—¿Qué es eso?
—Nada.
—Dámelo.
—No.
—Entonces definitivamente quiero verlo.
Ella intentó quitárselo y él levantó la mano.
—Es una dirección.
—¿Otra vez una dirección?
—Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
—Es de una casa.
Noela lo miró.
—¿Una casa?
—La vi ayer.
—¿Y?
—Es pequeña.
—¿Y?
—Tiene dos habitaciones.
Noela sonrió.
—Seguí.
—Tiene una cocina bastante vieja.
—Eso no suena muy romántico.
—Esperá. También tiene un patio.
—Eso mejora.
—Y está en un barrio tranquilo.
Noela lo miró fijamente.
—¿Estás pensando en nosotros?
—Sí.
—¿En serio?
—Quiero casarme con vos.
Noela bajó la mirada.
—Juan Carlos...
—No te lo digo para que respondas ahora.
—¿Por qué?
—Porque quiero que lo pienses.
Ella levantó los ojos.
—Ya lo pensé.
—¿Y?
—Sí.
Juan Carlos sonrió.
—¿Sí qué?
—Sí, quiero casarme con vos.
Él tomó sus manos.
—Entonces tenemos que hablar con nuestros padres.
—Sí.
—Y conseguir dinero.
—Sí.
—Y arreglar la casa.
—Sí.
—Y comprar muebles.
—Juan Carlos.
—¿Qué?
—Estás haciendo una lista.
—Estoy tratando de entender cómo funciona esto.
Noela se rió.
—Primero tenemos que comprometernos.
—¿Eso significa que ya somos novios formales?
—No seas tonto.
—Necesito saber.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Significa que estamos pensando seriamente en casarnos.
—Entonces me alcanza.
A partir de aquel día comenzaron a ahorrar. No tenían mucho dinero, pero cada uno guardaba una parte de su salario. Noela vendió algunos objetos que ya no utilizaba y Juan Carlos tomó trabajos adicionales durante los fines de semana. La pequeña casa que habían visto necesitaba reparaciones, pero tenía un patio donde Noela imaginaba plantas y una mesa bajo la ventana. Juan Carlos hablaba de pintar las paredes y construir una estantería para los libros.
Una noche, mientras revisaban los gastos, Noela hizo una cuenta.
—Si seguimos así, vamos a necesitar casi un año.
—Tal vez menos.
—¿Cómo?
—Puedo conseguir más trabajo.
—No quiero que te mates trabajando.
—No me voy a matar.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Quiero que tengamos una vida, no solamente una casa.
Juan Carlos la miró.
—Tenés razón.
—No quiero que nuestro matrimonio empiece con vos agotado y yo preocupada.
—Entonces vamos a hacerlo más despacio.
—Eso.
Él sonrió.
—¿Sabés qué me gusta?
—¿Qué?
—Que después de todo lo que pasamos todavía discutimos por cosas normales.
Noela soltó una carcajada.
—Eso es porque no estamos muertos.
—Gracias a Dios.
La expresión quedó suspendida entre ambos y Noela lo miró con ternura.
—Sí. Gracias a Dios.
Pero mientras ellos comenzaban a hacer planes, una noticia inesperada volvió a introducir la incertidumbre en sus vidas. Una tarde, Juan Carlos recibió una llamada de su antiguo compañero de trabajo. Cuando colgó, su rostro había cambiado.
—¿Qué pasó?
—No sé cómo decirte esto.
—Decime la verdad.
—Hay gente preguntando nuevamente por algunos de nosotros.
Noela sintió que la alegría de las últimas semanas se apagaba lentamente.
—¿Por vos?
—No estoy seguro.
—¿Tenés que irte otra vez?
—No sé.
—Juan Carlos...
—No quiero irme.
—Entonces no te vayas.
—No depende solamente de mí.
Noela cerró los ojos.
—No quiero volver a empezar.
—Yo tampoco.
—Habíamos empezado a hacer planes.
—Lo sé.
—Tenemos una casa.
—Todavía no es nuestra.
—Pero iba a serlo.
Juan Carlos la abrazó.
—No quiero que vuelvas a pasar por lo mismo.
—No quiero que tomes una decisión por miedo.
—No es solamente miedo.
—¿Entonces qué es?
—Responsabilidad.
Noela se apartó.
—¿Y yo qué soy?
—La persona que más quiero proteger.
—No quiero ser una persona protegida. Quiero ser tu compañera.
Juan Carlos quedó en silencio.
—Si nos casamos, ¿qué vas a hacer? —continuó ella—. ¿Vas a decidir solo cuándo podemos vernos, dónde podemos vivir y qué puedo saber?
—No.
—Entonces empezá ahora.
Él la miró profundamente.
—Tenés razón.
Aquella noche no resolvieron nada. Se separaron con un abrazo largo y una promesa de hablar nuevamente al día siguiente.
Noela regresó a su habitación, abrió la caja de madera donde guardaba las cartas y las extendió sobre la cama. Leyó algunas al azar. En una de ellas, escrita durante los meses de separación, Juan Carlos le había pedido que no detuviera su vida. En otra le había dicho que quería encontrarla viva por dentro cuando regresara. Ahora comprendía que aquellas palabras también se aplicaban a él.
Tomó la Biblia y se arrodilló.
—Señor, no quiero perderlo otra vez. Pero tampoco quiero que nuestro amor esté gobernado por el miedo. Si tenemos que luchar, enseñanos a hacerlo juntos.
Noela permaneció largo rato en oración. Cuando finalmente se levantó, sintió que no tenía respuestas, pero sí una determinación nueva.
Al día siguiente Juan Carlos la esperaba en la plaza.
—Pensé mucho anoche.
—Yo también.
—No quiero irme.
—¿Eso significa que te quedás?
—Significa que voy a quedarme mientras pueda hacerlo sin ponerte en peligro.
—Eso me alcanza.
—Y quiero que si alguna vez tenemos que tomar una decisión difícil, la tomemos juntos.
Noela sonrió.
—Eso sí me alcanza.
Juan Carlos sacó del bolsillo una pequeña caja.
Noela lo miró sorprendida.
—¿Qué es?
—Abrila.
Dentro había un anillo sencillo, sin grandes adornos.
—No podía comprar algo mejor.
Noela levantó la mirada.
—No necesito algo mejor.
—Es un compromiso.
Ella tomó el anillo entre sus dedos.
—¿Querés que me lo ponga?
—Sí.
Juan Carlos tomó su mano y colocó el anillo en su dedo.
—Ahora sí estamos comprometidos.
Noela lo abrazó.
—Ahora sí.
Se quedaron juntos durante un largo rato, sin saber que aquella alegría tendría que enfrentarse muy pronto a nuevas pruebas. Pero en ese momento no necesitaban conocer el futuro. Bastaba con saber que estaban juntos nuevamente, que habían conseguido recuperar una parte de lo que creían perdido y que la fe que los había sostenido durante la distancia seguía presente.
Cuando regresaron caminando hacia la casa de Noela, ella miró el anillo y después a Juan Carlos.
—¿Sabés qué pensé cuando te vi en la plaza?
—¿Qué?
—Que después de tanto tiempo me parecía imposible que estuvieras ahí.
—A mí también.
—¿Y ahora?
Juan Carlos sonrió.
—Ahora quiero creer que podemos construir algo que no pueda quitarnos nadie.
Noela tomó su brazo.
—Hay cosas que nadie puede quitarnos aunque nos quiten muchas otras.
—¿Qué cosas?
Ella miró hacia el cielo gris de Buenos Aires.
—La fe. Los recuerdos. Lo que aprendimos. Y el amor que decidimos vivir.
Juan Carlos la miró sin responder. Siguieron caminando juntos mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre la ciudad. Ninguno de los dos sabía cuánto duraría aquella tregua ni qué nuevas dificultades encontrarían, pero después de haber conocido la ausencia habían aprendido a valorar profundamente la presencia, y después de haber experimentado el miedo habían comprendido que la resistencia no siempre consistía en enfrentarse abiertamente a las circunstancias, sino también en levantarse cada mañana, trabajar, amar, cuidar a los demás, conservar la esperanza y seguir creyendo cuando no existían garantías.
Aquella tarde, por primera vez en mucho tiempo, Noela no miró hacia atrás mientras caminaba.
Miró hacia adelante, junto a Juan Carlos, y siguió andando bajo la lluvia.
CAPÍTULO 6
El invierno de 1979 comenzó a cubrir Buenos Aires con mañanas grises y tardes prematuramente oscuras, y mientras la ciudad continuaba su marcha entre colectivos atestados, comercios que levantaban sus persianas, estudiantes que acudían a sus clases y familias que intentaban conservar una apariencia de normalidad, Noela y Juan Carlos empezaron a preparar el casamiento con una mezcla de ilusión y prudencia que reflejaba perfectamente el tiempo que les había tocado vivir. Habían conseguido alquilar aquella pequeña casa que Juan Carlos había encontrado meses atrás, aunque todavía no podían mudarse definitivamente porque necesitaban reparar algunas cosas antes de instalarse, y cada vez que tenían un rato libre iban juntos a limpiarla, pintar una pared, arreglar una ventana o calcular cuánto dinero necesitarían para comprar los muebles indispensables. No tenían grandes recursos ni aspiraban a una vida lujosa; querían solamente una mesa donde pudieran sentarse a comer, una cama que fuera realmente de los dos, algunos estantes para los libros de Noela, una cocina sencilla y un pequeño espacio donde pudieran recibir a sus familias los domingos. Para ellos, aquella casa representaba mucho más que cuatro paredes, porque después de tantos meses de separación y de tantas conversaciones interrumpidas por el miedo, disponer de un lugar propio significaba recuperar la posibilidad de hacer planes. Sin embargo, ambos sabían que los planes seguían siendo frágiles, y que la realidad podía cambiar en cualquier momento, de modo que habían aprendido a disfrutar cada pequeño avance sin confundirlo con una garantía de futuro.
El primer sábado de julio fueron juntos a comprar pintura. Juan Carlos había conseguido un descuento gracias a un conocido y estaba orgulloso de haber encontrado un precio que entraba dentro del presupuesto.
—No puedo creer que hayas conseguido todo esto por tan poco.
—Tengo mis contactos.
—Tus contactos son una señora que conociste en el almacén y un hombre que vende pintura.
—No importa cómo los llamemos. Funcionaron.
Noela miró las latas que llevaban entre los dos.
—¿De qué color vamos a pintar el dormitorio?
—Blanco.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque parece una sala de hospital.
—Entonces elegí vos.
—Un color claro.
—Eso no es un color.
—Sí lo es.
—Noela, si seguimos hablando así, vamos a terminar pintando la casa dentro de diez años.
Ella sonrió.
—Quiero que sea una casa alegre.
—Entonces elegí.
—Crema.
—Está bien.
—¿No vas a discutir?
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo de que cambies de idea.
Noela se rió y apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro.
—Te quiero.
—Yo también.
Caminaron unas cuadras hasta la casa. Era pequeña, antigua y necesitaba arreglos, pero tenía una ventana grande en la cocina que dejaba entrar una cantidad de luz que a Noela le encantaba. El patio era apenas un rectángulo de tierra con algunas plantas descuidadas, pero ella ya imaginaba allí macetas, una mesa pequeña y quizá un árbol.
—¿Qué estás mirando?
—El patio.
—Está bastante feo.
—Ahora sí.
—¿Y después?
—Después va a ser distinto.
Juan Carlos dejó las latas de pintura en el suelo.
—¿Qué vas a poner?
—Flores.
—¿Sabés cuidar flores?
—Voy a aprender.
—Eso puede terminar mal.
—¿Por qué?
—Porque yo ya te conozco.
Noela le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Ayudame.
—Está bien.
Entraron a la casa y comenzaron a limpiar. Durante varias horas trabajaron sin descanso. Retiraron muebles viejos, limpiaron ventanas y barrieron el suelo. Cerca del mediodía se sentaron en el piso de la cocina para comer unos sándwiches que Noela había llevado de su casa.
—¿Estás cansado?
—Mucho.
—Todavía falta pintar.
—Eso no me lo recuerdes.
Noela se rió.
—¿Te arrepentís?
—De casarme con vos, no.
—No pregunté eso.
—Yo quería dejarlo claro.
Ella lo miró con ternura.
—A veces pienso que todavía no entiendo cómo llegamos hasta acá.
—Yo sí.
—¿Cómo?
—Nos conocimos.
—Eso no explica nada.
—Después nos enamoramos.
—Tampoco.
—Después casi nos separamos.
—Eso sí lo recuerdo.
—Y seguimos juntos.
Noela bajó la mirada.
—Por la fe.
Juan Carlos asintió.
—También.
—¿También?
—Por la decisión de los dos.
Ella levantó los ojos.
—Eso es importante.
—Mucho.
Permanecieron en silencio unos segundos. Noela comprendió que aquella frase resumía una parte esencial de lo que habían vivido. La fe los había sostenido, pero no había eliminado su responsabilidad. Habían tenido que elegir permanecer, elegir perdonar, elegir esperar y elegir volver a confiar después de los momentos en que el miedo había levantado una barrera entre ambos.
Por la tarde, mientras pintaban la habitación, Juan Carlos recibió una visita inesperada. Un hombre de unos treinta años apareció en la puerta y preguntó por él. Noela estaba en el otro extremo de la casa y escuchó solamente una parte de la conversación.
—Necesito hablar con vos.
—¿Ahora?
—Sí.
—No puedo.
—Es importante.
Juan Carlos salió al patio con el hombre. Hablaron durante varios minutos. Noela intentó no escuchar, pero percibió el cambio en la voz de Juan Carlos.
Cuando el desconocido se marchó, ella se acercó.
—¿Quién era?
—Un conocido.
—¿Qué quería?
—Preguntarme algunas cosas.
—¿Sobre qué?
—Sobre gente que conocí durante el tiempo que estuve afuera.
Noela dejó el pincel sobre una mesa improvisada.
—¿Es peligroso?
—No lo sé.
—¿Te están buscando?
—No tengo pruebas de eso.
—Pero lo pensás.
Juan Carlos respiró profundamente.
—Sí.
Noela se acercó.
—¿Qué vamos a hacer?
—Nada por ahora.
—¿Nada?
—Seguir con nuestra vida.
—¿Aunque exista peligro?
—No quiero que el peligro sea la única razón por la que decidamos algo.
Noela lo miró.
—¿Y si tenés que irte otra vez?
—No quiero.
—Eso ya me lo dijiste.
—Porque sigue siendo verdad.
Ella tomó su mano.
—No quiero que la casa se convierta en un sueño que nunca vamos a poder vivir.
—Tampoco yo.
—Entonces tenemos que hablar de todo.
—Sí.
Se sentaron en el patio. Juan Carlos le contó lo poco que podía contarle. Había personas de su antiguo entorno que estaban siendo buscadas y otras que habían tenido que abandonar sus casas. Él no sabía si su nombre estaba realmente comprometido, pero tampoco podía descartar la posibilidad.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Porque quería darte un poco de tranquilidad.
—No podés protegerme ocultándome todo.
—Lo sé.
—Prometeme que no vas a volver a hacerlo.
Juan Carlos bajó la mirada.
—Te lo prometo.
—Y si llega el momento en que tengamos que elegir entre quedarnos o irnos, vamos a decidir juntos.
—Sí.
—Aunque la decisión sea difícil.
—Aunque sea muy difícil.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces sigamos pintando.
Juan Carlos sonrió.
—Eso sí puedo hacerlo.
Continuaron trabajando hasta que anocheció. Cuando cerraron la casa, caminaron hacia la parada del colectivo. Antes de separarse, Juan Carlos tomó el rostro de Noela entre sus manos.
—Quiero casarme con vos.
—Yo también.
—No importa cuánto tardemos.
—No importa.
—Y si tenemos que esperar, esperaremos.
—Pero no vamos a vivir solamente esperando.
—No.
—Vamos a vivir.
Él la besó y después la acompañó hasta la parada.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de preparativos. Las familias comenzaron a hablar sobre la ceremonia y, aunque ninguno tenía demasiado dinero, todos aportaron lo que podían. La madre de Noela comenzó a preparar algunas cosas para la celebración, mientras el padre de Juan Carlos se ofreció a ayudar con los arreglos de la casa.
Una tarde, mientras Noela y su madre acomodaban unas telas, ella preguntó:
—Mamá, ¿vos estás contenta?
—Mucho.
—¿Aunque tengas miedo?
—Claro.
—¿No te parece raro?
—¿Qué cosa?
—Estar preparando una boda mientras afuera pasan tantas cosas.
Su madre dejó la tela sobre la mesa.
—No es raro.
—A veces siento que estamos viviendo en dos mundos.
—Todos estamos viviendo así.
—¿Cómo?
—Uno es el mundo que vemos y otro es el mundo que sabemos que existe aunque no lo veamos.
Noela permaneció callada.
—Pero no permitas que el segundo destruya completamente al primero —continuó su madre—. Si las personas dejan de casarse, de tener hijos, de estudiar, de trabajar, de cantar, de reunirse y de amar porque tienen miedo, entonces el miedo habrá conseguido mucho más que asustarnos.
Noela abrazó a su madre.
—¿De dónde sacás esas cosas?
—De haber vivido.
—Quiero tener tu fortaleza.
—Ya la tenés.
—No estoy segura.
—Yo sí.
Mientras tanto, Juan Carlos comenzó a pasar más tiempo con su padre. Una noche, después de cenar, hablaron sobre el matrimonio.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿La amás?
—Más que a nadie.
Su padre bajó la mirada.
—Entonces cuidala.
—Eso intento.
—No siempre vas a poder.
Juan Carlos recordó las palabras que el padre de Noela le había dicho meses atrás.
—Lo sé.
—Tu madre habría querido conocerte así.
Juan Carlos quedó en silencio.
—¿Así cómo?
—Pensando en formar una familia.
—Ella siempre quiso eso.
—Sí.
El padre respiró profundamente.
—Después de que murió, yo dejé de pensar en el futuro.
—Yo también tuve esa época.
—Pero ahora estás pensando en una casa.
Juan Carlos sonrió.
—Una casa pequeña.
—Las casas pequeñas pueden contener grandes historias.
—Eso espero.
Su padre lo miró.
—Noela tiene algo que vos necesitás.
—¿Qué cosa?
—Esperanza.
Juan Carlos permaneció pensativo.
—Ella también dice que necesita mi fortaleza.
—Entonces quizá se necesiten mutuamente.
La boda estaba prevista para octubre. No sería una ceremonia grande. Se casaría por civil y después habría una sencilla reunión familiar. En la iglesia realizarían una ceremonia pequeña, con sus familiares y algunos amigos cercanos. Noela había elegido un vestido modesto que su madre estaba ajustando. Juan Carlos había comprado un traje usado en buen estado. Todo parecía avanzar.
Pero una mañana de septiembre, una noticia volvió a sacudirlos.
Un conocido de Juan Carlos había desaparecido.
Noela lo supo por él.
—¿Quién?
—Ricardo.
—¿El que vino a la casa?
—No.
—¿Lo conocía?
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Desde antes de irme.
Noela sintió un peso en el pecho.
—¿Sabés algo?
—No.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo que pensar.
—¿En qué?
—En si seguir adelante con la boda es responsable.
Noela lo miró con incredulidad.
—¿Por qué decís eso?
—Porque si realmente están preguntando por personas de mi entorno, casarme con vos podría ponerte en peligro.
—Juan Carlos, yo ya estoy comprometida con vos.
—Eso no significa que tengas que exponerte.
—¿Y qué querés hacer?
Él no respondió.
—Decime.
—Quizá tengamos que suspender la boda.
Noela sintió que el mundo se detenía.
—No.
—Escuchame.
—No.
—Noela.
—No quiero escucharte.
—Tenemos que ser racionales.
—No me hables de racionalidad cuando estás decidiendo por miedo.
—No es miedo.
—Entonces mirame y decime que no tenés miedo.
Juan Carlos la miró.
No pudo hacerlo.
Noela comenzó a llorar.
—Eso pensé.
Él se acercó.
—No quiero que te pase nada.
—Y yo no quiero que vos vivas huyendo.
—¿Qué hacemos entonces?
—No sé.
—Precisamente ese es el problema.
—No, el problema es que creemos que tenemos que elegir entre amar y estar seguros.
Juan Carlos guardó silencio.
—No sé qué va a pasar —continuó Noela—. No sé si vamos a casarnos en octubre, si vamos a tener que esperar o si la vida nos va a obligar a cambiar todos nuestros planes. Pero no quiero que decidamos nuestra vida antes de que las circunstancias lo hagan por nosotros.
Juan Carlos tomó sus manos.
—Tenés razón.
—No siempre.
—Pero ahora sí.
—Eso me gusta más.
Se abrazaron.
Aquella noche, sin embargo, Noela no pudo dormir. Se levantó y fue hasta la cocina. Allí encontró a su padre leyendo.
—¿Vos tampoco dormís?
—No.
—Juan Carlos está pensando en suspender la boda.
Su padre dejó el libro.
—¿Por qué?
—Por miedo.
—Es comprensible.
—No quiero comprenderlo.
—Eso también es comprensible.
Noela se sentó.
—¿Qué harías vos?
—¿Querés mi opinión?
—Sí.
—Le diría a Juan Carlos que no tome una decisión definitiva en medio del miedo.
—Eso mismo pensé.
—Pero también le diría que no ignore un peligro real.
Noela suspiró.
—Entonces no hay respuesta.
—Hay una.
—¿Cuál?
—Hablen. Oren. Busquen información confiable y decidan juntos.
Noela apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Y si la respuesta no es la que queremos?
—Entonces tendrán que aprender a obedecer la realidad sin renunciar a la esperanza.
Ella miró a su padre.
—¿Cómo se hace eso?
—No sé.
—¿Nunca lo hiciste?
—Muchas veces.
—¿Y cómo?
—Con dificultad.
Noela sonrió.
—Gracias por tu sinceridad.
—No siempre puedo darte algo mejor.
Durante los días siguientes Juan Carlos intentó averiguar qué estaba sucediendo. Noela evitó presionarlo. Cada uno continuó con sus responsabilidades y siguieron preparando la casa. Una tarde, mientras limpiaban el dormitorio, encontraron detrás de una pared un pequeño agujero donde alguien había escondido papeles antiguos. Juan Carlos los revisó rápidamente y descubrió que no tenían relación con ellos. Sin embargo, aquel hallazgo le recordó que la casa había pertenecido a otras personas y que cada vivienda de Buenos Aires podía contener historias que sus nuevos habitantes desconocían.
—¿Te arrepentís de haberla alquilado?
—No.
—¿Aunque nos dé miedo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que el miedo determine dónde puedo vivir.
Noela sonrió.
—Entonces terminemos de pintar.
—Eso.
La última semana de septiembre recibieron una noticia inesperada: el padre de Juan Carlos había encontrado información que indicaba que la situación inmediata no parecía estar relacionada directamente con él. No era una garantía, pero sí una razón para continuar con cautela sin cancelar los planes.
Juan Carlos llamó a Noela.
—Podemos seguir.
—¿Con la boda?
—Sí.
Noela comenzó a llorar.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro de que quiero casarme con vos.
—Eso no fue exactamente lo que pregunté.
—No puedo estar seguro de lo que va a pasar. Pero sí puedo estar seguro de lo que quiero hacer.
Ella cerró los ojos.
—Entonces sigamos.
—Sigamos.
La boda se acercaba y la casa empezaba a tomar forma. La pintura crema cubría las paredes del dormitorio, los estantes de madera ocupaban una de las habitaciones y el patio comenzaba a llenarse de macetas. Noela había conseguido algunas plantas de una vecina y las cuidaba con dedicación.
Un domingo por la tarde, Juan Carlos estaba colocando una repisa cuando Noela entró con una caja.
—¿Qué traés?
—Mis libros.
—Pensé que ibas a traerlos después.
—No puedo esperar.
—Entonces empezamos a vivir juntos antes de casarnos.
—No seas ridículo.
Él tomó uno de los libros.
—¿Cuántos tenés?
—No sé.
—Demasiados.
—Nunca son demasiados.
—Eso lo vamos a discutir.
—No.
Juan Carlos colocó el libro en el estante.
—¿Dónde va este?
—Ahí.
—¿Y este?
—Al lado.
—¿Y este?
—También.
—Entonces tu sistema consiste en ponerlos juntos.
—Exactamente.
Ambos rieron.
Después se sentaron en el suelo rodeados de libros.
—¿Estás feliz? —preguntó Juan Carlos.
Noela lo miró.
—Sí.
—¿Aunque tengas miedo?
—Sí.
—Yo también.
—¿Sabés qué aprendí?
—¿Qué?
—Que la felicidad y el miedo pueden existir al mismo tiempo.
Juan Carlos asintió.
—Y que la fe también.
—Sí.
—¿Cómo podés tener fe cuando tenés miedo?
Noela tomó uno de los libros.
—Porque la fe no me dice que no va a pasar nada malo. Me dice que, si pasa, no voy a estar sola.
Juan Carlos la miró largamente.
—Eso es lo que quiero recordar siempre.
—Entonces recordalo.
Él tomó su mano.
—Voy a hacerlo.
A medida que se acercaba octubre, la casa comenzó a parecer verdaderamente un hogar. No era grande ni perfecta, pero cada objeto tenía una historia. La mesa había pertenecido a los padres de Noela, las sillas eran diferentes entre sí, la cama había sido comprada usada y los estantes los había construido Juan Carlos. En la cocina había una pequeña radio que funcionaba solamente si se golpeaba suavemente en un costado. Nada combinaba demasiado, pero ambos sentían que aquel lugar les pertenecía.
Una tarde, Noela plantó las primeras flores.
Juan Carlos la observó desde la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
—Nuestro patio.
—Todavía parece tierra.
—Dale tiempo.
Él se acercó y se agachó junto a ella.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
—¿Y si no crecen?
—Las voy a cuidar.
—¿Y si llueve demasiado?
—Las voy a cuidar.
—¿Y si hace demasiado calor?
—Las voy a cuidar.
Juan Carlos sonrió.
—Entonces van a estar bien.
Noela levantó la mirada.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque cuidar algo no significa controlar todo lo que le pasa.
Juan Carlos permaneció pensativo.
—Eso también sirve para nosotros.
—Sí.
—Entonces vamos a cuidarnos.
—Mientras podamos.
—Mientras podamos.
Se abrazaron en medio del pequeño patio.
El sol comenzaba a caer sobre Buenos Aires y por unos minutos la ciudad pareció distante. No desaparecieron las preocupaciones ni las noticias difíciles, pero ellos tenían delante una casa, una fecha y una decisión compartida. Habían llegado hasta allí después de atravesar separaciones, miedo y dudas, y todavía no sabían qué precio tendrían que pagar por seguir adelante. Pero algo dentro de ambos había cambiado. Ya no creían que el amor fuera simplemente la posibilidad de ser felices juntos. Habían descubierto que amar también era resistir, sostener al otro cuando las fuerzas faltaban, aceptar que la fe no siempre entregaba respuestas inmediatas y continuar construyendo aun cuando el mundo alrededor pareciera empeñado en derribar todo lo que pudiera parecer esperanza.
Esa noche, antes de regresar a sus respectivas casas, Noela y Juan Carlos se sentaron en la sala todavía casi vacía. Noela sacó la pequeña Biblia que él había recibido meses atrás.
—¿La estuviste leyendo?
—Sí.
—¿Mucho?
—Algunas noches.
—¿Y?
Juan Carlos pasó las páginas lentamente.
—Hay cosas que todavía no entiendo.
—Yo tampoco.
—Pero hay algo que sí entiendo.
—¿Qué?
—Que cuando no sé qué hacer, necesito volver a Dios.
Noela apoyó su mano sobre la de él.
—Entonces no estamos tan perdidos.
—No.
—¿Oramos?
—Sí.
Se tomaron de las manos.
Juan Carlos comenzó a orar, con palabras sencillas y torpes, agradeciendo por la vida, por la posibilidad de estar juntos nuevamente, por sus familias y por aquella pequeña casa que todavía olía a pintura fresca. Pidió sabiduría para tomar decisiones y protección para quienes amaban. Noela continuó la oración y pidió algo más difícil: que Dios les permitiera aceptar su voluntad incluso si alguna vez no coincidía con sus propios planes.
Cuando terminaron, permanecieron en silencio.
Noela miró las paredes recién pintadas, los libros ordenados en los estantes y el pequeño patio visible a través de la ventana.
—Juan Carlos.
—¿Sí?
—Pase lo que pase, esta casa ya es parte de nuestra historia.
Él sonrió.
—Todavía ni siquiera vivimos acá.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque la construimos antes de habitarla.
Juan Carlos tomó su mano.
—Entonces quizá nuestro amor sea igual.
—¿Cómo?
—Lo empezamos a construir antes de saber cuánto iba a costar.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Y todavía falta mucho.
—Sí.
—¿Estás preparado?
Juan Carlos la miró.
—No.
Ella sonrió.
—Yo tampoco.
—Pero estoy dispuesto.
—Yo también.
Afuera, la noche cubrió lentamente las calles de Buenos Aires. Dentro de aquella pequeña casa, dos personas permanecieron juntas durante unos minutos más, sabiendo que el futuro podía ser incierto, pero convencidas de que no necesitaban conocer cada acontecimiento para dar el siguiente paso. La fe no les había prometido que serían preservados de toda pérdida, ni que el sufrimiento desaparecería de sus vidas, ni que el amor bastaría por sí solo para vencer las circunstancias; les había enseñado algo más humilde y, para ellos, mucho más profundo: podían caminar juntos sin tener todas las respuestas, podían construir aun sabiendo que todo podía ser puesto a prueba y podían confiar en que una vida sostenida por Dios no dependía únicamente de la facilidad de sus circunstancias.
Cuando salieron de la casa, Juan Carlos cerró la puerta y guardó la llave en el bolsillo.
—¿Nos vemos mañana?
—Mañana.
—¿Y después?
Noela sonrió.
—Después también.
Caminaron juntos hasta la esquina y se despidieron con un abrazo. Ninguno de los dos sabía que aquella casa, aquellos libros y aquellas flores recién plantadas llegarían a adquirir un significado mucho mayor del que imaginaban, porque todavía quedaban acontecimientos capaces de poner a prueba no solamente sus planes de matrimonio, sino también su capacidad de permanecer fieles cuando el amor tuviera que enfrentarse nuevamente con la pérdida, la incertidumbre y decisiones que ninguno de los dos estaba preparado para tomar.
Pero aquella noche no pensaron en eso.
Aquella noche, por un breve instante, fueron simplemente Noela y Juan Carlos, dos jóvenes enamorados que habían conseguido una casa pequeña en Buenos Aires y que todavía creían que el futuro podía comenzar allí.
CAPÍTULO 7
Octubre de 1979 llegó a Buenos Aires con una primavera irregular, de mañanas templadas que podían transformarse en tardes frías y de cielos que cambiaban de color con una rapidez que parecía acompañar el estado de ánimo de una ciudad acostumbrada a vivir entre celebraciones públicas, silencios privados y noticias que muchas veces llegaban a las casas después de haber pasado por varias voces. Para Noela, sin embargo, aquel mes tenía un significado diferente porque, después de casi dos años de incertidumbres, separaciones y conversaciones que habían quedado inconclusas por miedo a lo que podía suceder al día siguiente, finalmente había llegado el momento de casarse con Juan Carlos. No había desaparecido la preocupación que los acompañaba desde que se habían conocido, ni tampoco habían olvidado a las personas que habían perdido contacto con sus familias, pero habían decidido que el temor no podía ocupar todos los espacios de sus vidas y que, si iban a construir una familia, tenían que comenzar precisamente por defender esos pequeños espacios de normalidad que tanto les había costado recuperar. La casa estaba lista, aunque todavía faltaban algunos detalles, las flores del patio comenzaban a crecer y los libros de Noela ya ocupaban buena parte de los estantes, mientras que sobre una de las paredes de la sala habían colgado una fotografía sencilla de sus familias, como si quisieran decirle a aquel lugar que la historia de ellos no comenzaba allí, sino mucho antes.
La mañana de la boda amaneció nublada. Noela se despertó antes de que sonara el despertador y permaneció unos minutos mirando el techo, escuchando los ruidos apagados de la casa y tratando de comprender que aquel día que durante tanto tiempo había parecido una posibilidad remota finalmente había llegado. Su madre entró en la habitación cuando todavía no había amanecido completamente y encontró a su hija sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—¿No dormiste?
—Dormí un poco.
—Eso no parece una respuesta convincente.
Noela sonrió.
—Estoy nerviosa.
Su madre se sentó junto a ella.
—Es normal.
—Tengo miedo.
—También es normal.
—¿Y si algo sale mal?
—Algo va a salir mal.
Noela la miró sorprendida.
—Mamá.
—No hablo de algo terrible. Hablo de la vida. Quizá se retrase alguien, quizá llueva, quizá se rompa un botón del vestido o quizá tu padre se ponga nervioso y diga algo que nadie entienda.
—Eso último seguramente va a ocurrir.
Ambas rieron.
La madre de Noela tomó el rostro de su hija entre las manos.
—Lo importante es que no olvides por qué estás haciendo esto.
—Porque lo amo.
—Sí.
—Y porque quiero compartir mi vida con él.
—Exactamente.
Noela respiró profundamente.
—¿Y si algún día las cosas se ponen muy difíciles?
Su madre tardó unos segundos en responder.
—No te cases pensando que todo será fácil. Casate sabiendo que habrá días buenos y días malos, y que el amor no consiste solamente en disfrutar los buenos. Cuando lleguen los días difíciles, recordá quiénes son ustedes, recordá lo que han atravesado y, sobre todo, no dejen de hablarse.
Noela bajó la mirada.
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué falta?
—No dejen de orar juntos.
Noela abrazó a su madre.
—Gracias.
Mientras tanto, Juan Carlos se preparaba en la casa de su padre. Había dormido poco y se había levantado varias veces durante la noche. El traje estaba colgado detrás de la puerta y los zapatos habían sido limpiados la tarde anterior. Sobre la mesa había una pequeña caja que contenía los anillos. Juan Carlos la abrió y comprobó nuevamente que estaban allí.
Su padre apareció en la puerta.
—¿Ya los revisaste?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—No sé.
—Probablemente diez.
Juan Carlos cerró la caja.
—No quiero perderlos.
—No los vas a perder.
—¿Y si los dejo en algún lado?
—Entonces Noela te mata antes de casarse con vos.
Juan Carlos se rió.
—Eso sí me preocuparía.
Su padre entró en la habitación.
—¿Estás preparado?
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Nadie está preparado para casarse.
Juan Carlos lo miró.
—¿Vos estabas preparado cuando te casaste con mamá?
—No.
—¿Y cómo salió?
Su padre sonrió.
—Bastante bien.
Hubo un silencio.
—Papá.
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Su padre se acercó.
—¿De la boda?
—No.
—¿De qué, entonces?
—De que todo esto sea demasiado bueno para durar.
El padre lo miró con seriedad.
—No comiences tu matrimonio pensando en cuándo puede terminar.
—No puedo evitarlo.
—Sí podés. No podés controlar lo que sucederá, pero sí podés decidir cómo entrarás en esta nueva etapa.
Juan Carlos guardó silencio.
—Tu madre me enseñó algo —continuó su padre—. Cuando uno ama de verdad, no puede vivir todo el tiempo calculando cuánto puede perder.
—¿Y qué hace?
—Ama.
Juan Carlos asintió lentamente.
—Voy a intentarlo.
—No. Vas a hacerlo.
Juan Carlos tomó la caja con los anillos y la guardó cuidadosamente.
—Vamos.
La ceremonia civil fue sencilla. Algunos familiares estuvieron presentes y otros llegaron unos minutos antes, todavía agitados por el tránsito y por la incertidumbre de no saber si encontrarían lugar para estacionar. Noela llevaba un vestido claro y sencillo, sin adornos excesivos, mientras Juan Carlos vestía el traje que había preparado con tanto cuidado. Cuando se vieron, ambos sonrieron con una mezcla de emoción y nerviosismo que hizo innecesario cualquier comentario.
—Estás hermosa —le dijo él.
—Vos también estás bastante bien.
—¿Bastante?
—No quiero exagerar.
—Después de todo lo que tuve que pagar por este traje, esperaba una evaluación mejor.
Ella se rió.
—Estás perfecto.
Juan Carlos le tomó la mano.
—Ahora sí.
La ceremonia pasó rápidamente, aunque para ellos pareció durar mucho más. Escucharon las palabras legales, respondieron cuando correspondía y finalmente firmaron los documentos que convertían en realidad aquello que habían imaginado tantas veces. Cuando salieron del edificio, Noela miró a Juan Carlos y durante unos segundos ninguno habló.
—¿Y ahora?
—Ahora estamos casados.
—Suena extraño.
—A mí me gusta.
—A mí también.
Se abrazaron mientras algunos familiares los rodeaban para felicitarlos. El padre de Noela lloró discretamente y fingió que algo le había entrado en el ojo cuando su esposa lo miró. El padre de Juan Carlos abrazó a ambos con una emoción que no intentó esconder.
—Cuidense —les dijo.
—Lo haremos —respondió Noela.
—Y vuelvan temprano a la casa.
Juan Carlos sonrió.
—¿Por qué?
—Porque todavía tienen que aprender a vivir juntos.
—Eso puede llevar años.
—Entonces empiecen hoy.
La ceremonia en la iglesia se realizó por la tarde. Era pequeña, como habían planeado, y no había demasiadas personas. Noela había querido que fuera un momento íntimo, sin grandes discursos ni solemnidades innecesarias. El pastor habló sobre el matrimonio como una alianza de amor, responsabilidad y fidelidad, y evitó presentarles una vida sin dificultades. Les recordó que el matrimonio no era una promesa de ausencia de sufrimiento, sino una decisión de permanecer juntos aun cuando el sufrimiento llegara.
Noela escuchó con atención.
Cuando llegó el momento de los votos, Juan Carlos tomó las manos de ella.
—No puedo prometerte que nunca vas a tener miedo —dijo con voz temblorosa—, porque yo también voy a tenerlo. Tampoco puedo prometerte que siempre voy a saber qué hacer, porque sé que muchas veces voy a equivocarme. Pero puedo prometerte que no quiero enfrentar la vida sin vos, que voy a escucharte, que voy a intentar cuidarte sin decidir por vos y que, cuando alguno de los dos no encuentre fuerzas, vamos a buscar juntos dónde encontrarlas.
Noela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Cuando llegó su turno, respiró profundamente.
—No puedo prometerte que nunca voy a llorar ni que siempre voy a ser fuerte, porque no sería verdad. Tampoco puedo prometerte que no voy a tener miedo de perderte, porque ese miedo ya existe. Pero sí puedo prometerte que no quiero huir cuando las cosas se pongan difíciles, que voy a hablar cuando necesite hablar, que voy a perdonar cuando sea necesario perdonar y que quiero caminar con vos poniendo nuestra confianza en Dios, no porque eso nos garantice una vida sin dolor, sino porque quiero que nuestra vida tenga un lugar donde sostenerse cuando nosotros no podamos sostenerla solos.
Juan Carlos apretó sus manos.
—Te amo.
—Yo también.
El pastor pronunció las palabras finales y la pequeña iglesia se llenó de aplausos. Noela y Juan Carlos se besaron mientras sus familias sonreían, y durante unos instantes la realidad exterior pareció quedar muy lejos.
Después de la ceremonia comenzó a llover.
Primero fueron unas gotas pequeñas que golpearon las ventanas de la iglesia. Después el agua empezó a caer con mayor intensidad y los invitados se quedaron en la entrada buscando paraguas. Juan Carlos miró el cielo.
—Parece que Buenos Aires decidió celebrar con nosotros.
Noela se rió.
—A mí me gusta la lluvia.
—Eso decís ahora.
—¿Por qué?
—Porque todavía no tenemos auto.
—Ni aunque tuviéramos.
—Cierto.
El padre de Noela apareció con un paraguas.
—Tomen.
—¿Y ustedes?
—Tenemos otro.
Juan Carlos tomó el paraguas y lo abrió sobre ambos.
Caminaron juntos hasta el auto de un familiar. La lluvia había convertido las calles en superficies brillantes y las luces se reflejaban sobre el asfalto. Buenos Aires parecía distinta bajo el agua. Los negocios cerraban, los colectivos avanzaban lentamente y las personas corrían buscando refugio.
Cuando finalmente llegaron a la casa, Noela abrió la puerta y encendió la luz.
Se quedó quieta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Por qué te quedaste ahí?
Ella miró alrededor.
—Es nuestra casa.
Juan Carlos cerró el paraguas.
—Sí.
—Ahora sí.
Él se acercó.
—Ahora sí.
Noela dejó el bolso sobre una silla.
—¿Sabés qué me gusta?
—¿Qué?
—Que no es perfecta.
—Eso es evidente.
Ella le dio un pequeño empujón.
—No seas tonto.
—¿Entonces?
—Que la hicimos nosotros.
Juan Carlos miró las paredes, los muebles, los libros, las plantas que podían verse a través de la ventana y la pequeña mesa donde habían comido tantas veces durante los meses anteriores.
—Sí.
—Quiero recordar esto.
—Yo también.
La noche de bodas no tuvo lujos ni grandes celebraciones. Cenaron algo sencillo que habían dejado preparado y hablaron durante horas, sentados frente a frente en aquella casa que durante meses había sido solamente un proyecto. Hablaron de sus familias, de la ceremonia, de las cosas que habían salido mal y de aquellas que habían salido mejor de lo esperado. Hablaron también del futuro, aunque esta vez con una libertad que antes no se habían permitido.
—¿Querés tener hijos? —preguntó Noela.
Juan Carlos sonrió.
—Sí.
—¿Cuántos?
—No sé.
—Yo quiero tres.
—Eso tenemos que negociarlo.
—¿Por qué?
—Porque tres son muchos.
—No.
—Dos.
—Tres.
—Uno.
—Eso es una provocación.
Él se rió.
—Entonces dos o tres.
—Está bien.
—¿Y vos?
—¿Yo qué?
—¿Qué querés para nuestra vida?
Juan Carlos se quedó pensativo.
—Quiero una vida tranquila.
—Eso es difícil.
—Lo sé.
—¿Algo más?
—Quiero que sigamos teniendo una mesa donde podamos hablar.
Noela sonrió.
—Eso sí podemos hacerlo.
—Quiero que haya libros.
—Muchos.
—Quiero que nuestros hijos sepan que pueden preguntarnos cualquier cosa.
—Eso también.
—Y quiero que nunca tengamos que esconder quiénes somos.
Noela lo miró.
—Eso quizá sea lo más difícil.
—Sí.
—Pero podemos intentarlo.
Juan Carlos tomó su mano.
—Y quiero que sigamos orando juntos.
Ella asintió.
—Siempre.
Durante los días posteriores a la boda, comenzaron a descubrir que vivir juntos era diferente de imaginarlo. Había pequeños desacuerdos sobre horarios, compras, tareas domésticas y el modo de organizar la casa. No eran problemas importantes, pero les permitieron comprender que el amor no eliminaba las diferencias.
Una mañana, Juan Carlos se levantó temprano y encontró que Noela había dejado varios libros sobre la mesa de la cocina.
—Noela.
—¿Qué?
—¿Por qué hay libros acá?
—Porque estaba leyendo.
—La cocina no es una biblioteca.
—Todavía.
—¿Qué significa todavía?
—Que algún día va a serlo.
Juan Carlos tomó uno de los libros.
—¿Y dónde pongo esto?
—En el estante.
—Está lleno.
—Entonces construí otro.
—Ah.
—¿Qué?
—Creo que acabo de entender cómo funciona nuestro matrimonio.
Noela levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Vos llenás los estantes y yo construyo nuevos.
Ella sonrió.
—Me parece justo.
La vida comenzó a adquirir un ritmo nuevo. Noela continuó trabajando y también siguió dedicando algunas tardes a los niños del barrio que acudían a la pequeña biblioteca que había iniciado meses atrás. Juan Carlos continuó con su trabajo y comenzó a considerar la posibilidad de estudiar nuevamente con mayor regularidad. Los domingos visitaban a sus familias y por las noches acostumbraban sentarse en el patio cuando el tiempo lo permitía.
Sin embargo, la situación del país seguía presente.
Había conversaciones que se interrumpían cuando alguien entraba en una habitación. Había nombres que se pronunciaban en voz baja. Había familias que esperaban noticias que no llegaban y otras que habían aprendido a no hacer determinadas preguntas en determinados lugares. Noela y Juan Carlos no podían ignorarlo, pero tampoco querían permitir que la tensión consumiera cada momento de su vida.
Una tarde, mientras Noela regresaba del trabajo, notó que alguien parecía seguirla. No estaba segura. Cambió de vereda y caminó más rápido. La persona continuó a cierta distancia. Noela entró en un comercio y permaneció allí unos minutos. Cuando volvió a salir, ya no vio a nadie.
Llegó a casa alterada.
Juan Carlos la esperaba.
—¿Qué pasó?
—Creo que alguien me siguió.
Él se puso de pie inmediatamente.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Lo reconociste?
—No.
—¿Dónde ocurrió?
Ella le explicó.
Juan Carlos la escuchó sin interrumpir.
—¿Querés que deje de ir al trabajo sola?
—No.
—Noela.
—No quiero empezar a vivir encerrada.
—Pero si alguien te siguió...
—No sabemos si me siguió.
—¿Y si sí?
Ella se acercó.
—Entonces tendremos que ser más cuidadosos.
—No quiero que te pase nada.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
—Y yo no quiero perderte a vos.
Juan Carlos cerró los ojos.
—Pensé que después de casarnos iba a sentirme más tranquilo.
—¿Y no?
—No.
Noela apoyó la frente contra la de él.
—Quizá porque ahora tenés más que perder.
—Exactamente.
—Entonces aprendamos a cuidar lo que tenemos sin convertirlo en una prisión.
Juan Carlos la abrazó.
—Te amo.
—Yo también.
Aquella noche hablaron durante mucho tiempo. Decidieron modificar algunas rutinas, avisarse siempre cuando llegaran a algún lugar y evitar determinadas calles a ciertas horas. No era una solución absoluta, pero era una manera concreta de actuar sin permitir que el miedo decidiera completamente por ellos.
Antes de dormir, Noela tomó la pequeña Biblia que había llevado consigo desde que era soltera.
—¿Leemos algo?
—Sí.
Se sentaron juntos.
Noela pasó las páginas.
—Elegí vos.
Juan Carlos señaló un pasaje.
—Ese.
Ella comenzó a leer en voz baja.
Después cerró la Biblia.
—¿Qué pensás?
—Que necesitamos recordar que nuestra confianza no puede depender de que mañana sea fácil.
—Sí.
—Y también que confiar no significa dejar de tener cuidado.
—Eso aprendimos hace tiempo.
Juan Carlos apagó la luz.
—No quiero volver a vivir separados.
Noela tomó su mano.
—Yo tampoco.
La casa quedó en silencio.
Afuera, la lluvia volvió a caer sobre los techos de Buenos Aires y los sonidos de la ciudad se hicieron más apagados. Noela permaneció despierta unos minutos, escuchando la respiración de Juan Carlos, y pensó en todo lo que habían atravesado para llegar hasta allí. Había habido momentos en que había creído que nunca volvería a verlo, noches en que había llorado sobre cartas que no sabía si recibirían respuesta y días en que había tenido que aprender a continuar sin saber si el hombre que amaba regresaría. Ahora él estaba a su lado. Podía escuchar su respiración, podía tomar su mano y podía despertar junto a él al día siguiente.
Pero la felicidad que sentía no era ingenua. Sabía que el amor no convertía la vida en un lugar seguro. Sabía que una boda no cerraba las heridas del pasado y que la fe no era una fórmula para evitar el sufrimiento. Había aprendido algo distinto durante aquellos años: que creer no significaba negar la oscuridad, sino negarse a pensar que la oscuridad tenía la última palabra.
Juan Carlos abrió los ojos.
—¿Estás despierta?
—Sí.
—¿En qué pensás?
—En nosotros.
—¿Y?
—Que todavía no puedo creer que estemos acá.
Él sonrió.
—Yo sí.
—¿Por qué?
—Porque desde que te conocí tuve la sensación de que algún día iba a llegar esta noche.
Noela se acercó y apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Entonces dormite.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—Está bien.
Poco después, ambos se quedaron dormidos mientras la lluvia continuaba golpeando suavemente las ventanas. En la sala, sobre la mesa, permanecían abiertos algunos libros que habían dejado allí después de cenar, y en el pequeño patio las flores recién plantadas comenzaban a resistir el agua de octubre. La casa todavía era sencilla, todavía necesitaba reparaciones y todavía guardaba más espacios vacíos de los que ellos podían llenar, pero por primera vez aquellos espacios no parecían representar carencias, sino posibilidades. Allí querían aprender a vivir, allí querían recibir a sus familias, allí esperaban algún día escuchar las voces de sus hijos y allí querían envejecer si la vida se los permitía.
La mañana siguiente llegó demasiado pronto. Juan Carlos se levantó para preparar café y encontró a Noela todavía dormida. La miró durante unos segundos antes de salir de la habitación y, mientras ponía agua a calentar, escuchó un ruido en la puerta de entrada. Alguien había dejado un sobre debajo de ella.
Juan Carlos se quedó inmóvil.
Miró hacia la habitación.
Después caminó lentamente hasta la puerta y recogió el sobre.
No tenía remitente.
Solamente estaba escrito un nombre.
Juan Carlos.
Lo sostuvo entre las manos durante varios segundos, sin abrirlo, mientras una sensación conocida comenzaba a instalarse nuevamente en el pecho. La casa que la noche anterior había parecido un refugio lleno de futuro permanecía silenciosa a su alrededor, y por primera vez desde la boda, Juan Carlos comprendió que quizá la tranquilidad que acababan de conquistar no iba a durar demasiado.
CAPÍTULO 8
Juan Carlos permaneció unos segundos junto a la puerta con el sobre entre las manos, sin atreverse todavía a abrirlo, porque después de tantos meses había aprendido que algunas noticias comenzaban mucho antes de ser leídas y que, en determinadas circunstancias, un papel dejado bajo una puerta podía alterar la tranquilidad de una familia con una facilidad que parecía imposible. El sobre era sencillo, de papel blanco, ligeramente arrugado en una de las esquinas, y llevaba únicamente su nombre escrito con tinta azul. No había dirección, no había firma, no había ninguna indicación que permitiera saber quién lo había dejado allí. Miró hacia la calle a través de la pequeña ventana que daba al frente de la casa, pero solamente vio a un hombre caminando hacia la esquina, una mujer que esperaba el colectivo y un repartidor que acomodaba unas cajas en la vereda de enfrente. Nadie parecía observar la casa. Nadie parecía haber dejado nada. Juan Carlos sintió entonces que la incertidumbre podía ser más inquietante que una amenaza concreta, porque al menos frente a una amenaza uno sabía dónde mirar.
Escuchó pasos detrás de él y guardó rápidamente el sobre en el bolsillo interior de su saco.
—¿Qué hacés levantado tan temprano?
La voz de Noela lo hizo darse vuelta.
—Me desperté.
—Eso ya lo veo.
Ella se acercó todavía somnolienta y lo abrazó por la espalda.
—¿Preparaste café?
—Sí.
—Entonces mi matrimonio está funcionando mejor de lo que esperaba.
Juan Carlos intentó sonreír.
—Todavía estamos en período de prueba.
—¿Cuánto dura?
—Toda la vida.
Noela levantó la mirada hacia él y enseguida notó que algo había cambiado.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Juan Carlos.
—De verdad, nada.
Ella lo conocía demasiado bien para aceptar aquella respuesta.
—Cuando decís nada mirando hacia otro lado, generalmente significa que pasa algo.
Él respiró profundamente.
—Encontré un sobre debajo de la puerta.
La expresión de Noela cambió inmediatamente.
—¿Para vos?
—Tiene mi nombre.
—¿Lo abriste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estabas dormida.
—No tenías que esperarme.
—Sí tenía.
Noela extendió la mano.
—Dámelo.
Juan Carlos sacó el sobre del bolsillo y se lo entregó. Ella lo observó durante unos segundos.
—¿Reconocés la letra?
—No.
—¿Pensás que puede ser de alguien que conocés?
—No lo sé.
—Abrámoslo.
Juan Carlos asintió.
Noela rasgó cuidadosamente uno de los extremos y sacó una hoja doblada. La desplegó sobre la mesa de la cocina. Había solamente unas pocas líneas.
Juan Carlos leyó en silencio y luego volvió a leerlas.
—¿Qué dice?
Él tardó unos segundos en responder.
—Dice que alguien quiere verme.
—¿Quién?
—No lo dice.
—¿Dónde?
Juan Carlos le mostró la hoja.
El mensaje indicaba una dirección y una hora. No mencionaba ningún nombre.
Noela volvió a leerlo.
—¿Vas a ir?
—No sé.
—¿Cuándo es?
—Esta noche.
Ella se sentó.
—¿Y si es una trampa?
—Puede ser.
—¿Y si no?
—También puede ser.
—Entonces no sabemos nada.
—Exactamente.
Noela permaneció mirando el papel.
—No quiero que vayas solo.
—No voy a ir solo.
—¿Con quién?
—Todavía no sé.
—Entonces no vas.
Juan Carlos levantó la mirada.
—Noela.
—No estoy tratando de controlarte.
—Ya lo sé.
—Estoy tratando de que no hagas algo sin pensar.
—Yo también.
—Entonces pensemos juntos.
Él se sentó frente a ella.
—Está bien.
Durante el desayuno analizaron una y otra vez las posibilidades. El mensaje podía provenir de alguien que necesitara hablar con él, de alguien que conociera parte de su pasado o de una persona que simplemente intentara atraerlo hacia un lugar determinado. No tenían manera de saberlo. Lo único evidente era que quien había dejado el sobre conocía su nombre y sabía dónde vivía. Aquello era suficiente para inquietarlos.
Antes de salir hacia el trabajo, Juan Carlos tomó la hoja y la guardó en un lugar seguro.
—No le digas a nadie por ahora.
—¿Ni a mis padres?
—Todavía no.
—No me gusta esconder cosas.
—A mí tampoco.
—Entonces ¿por qué?
—Porque primero quiero averiguar qué significa.
Noela lo miró fijamente.
—Prometeme algo.
—¿Qué?
—Que si sentís que hay peligro, te vas.
—Sí.
—No intentes demostrar nada.
—No.
—Y que me vas a llamar.
—Te voy a llamar.
—Aunque sean las diez de la noche.
—Aunque sean las tres de la mañana.
Noela se acercó y lo besó.
—Entonces andá.
—Te amo.
—Yo también.
Juan Carlos salió de la casa y caminó hasta la esquina. Noela permaneció en la puerta observándolo alejarse. Cuando desapareció entre la gente, cerró lentamente.
El resto de la mañana transcurrió con una tensión que le impedía concentrarse. En la oficina intentó trabajar como siempre, atendiendo llamadas, ordenando papeles y respondiendo consultas, pero cada vez que miraba el reloj imaginaba a Juan Carlos acercándose a aquella dirección desconocida. Había aprendido a convivir con la incertidumbre, pero aquella vez era diferente porque el miedo había entrado directamente en su propia casa.
Durante el descanso llamó a su madre.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí.
—Te noto rara.
Noela guardó silencio.
—Mamá.
—¿Qué pasó?
—Nada grave.
—Eso tampoco suena convincente.
Noela decidió contarle.
Su madre escuchó sin interrumpir.
—¿Y Juan Carlos va a ir?
—No sabemos todavía.
—¿Vos querés que vaya?
—Quiero que esté seguro.
—No siempre podemos tener las dos cosas.
—Eso es lo que me preocupa.
Su madre respiró profundamente.
—Hablaste con él.
—Sí.
—Entonces confiá en que no está tomando la decisión a la ligera.
—Tengo miedo.
—Claro que sí.
—A veces siento que mi fe debería hacerme sentir menos miedo.
—No confundas fe con ausencia de miedo.
Noela cerró los ojos.
—Eso me lo dijiste antes.
—Porque todavía necesitás recordarlo.
—¿Y cómo se hace para confiar cuando uno no sabe qué va a pasar?
—De la misma manera que se aprende cualquier cosa difícil, un día a la vez.
Noela permaneció unos segundos en silencio.
—Voy a intentar hacerlo.
—No intentes hacerlo sola.
Después de la llamada, Noela regresó al trabajo.
Juan Carlos, mientras tanto, había decidido no acudir directamente a la dirección indicada. Antes de hacerlo, habló con un antiguo conocido que todavía mantenía algunos contactos confiables. No quiso mencionar demasiados detalles por teléfono y solamente le pidió que averiguara si aquel lugar podía relacionarse con alguna persona conocida.
La respuesta llegó por la tarde.
El lugar era un pequeño café en una zona bastante transitada. No parecía tener ninguna relación evidente con organizaciones políticas ni con personas de su pasado.
Aquello no resolvía nada.
A las seis de la tarde, Juan Carlos llamó a Noela.
—¿Vas a ir?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque si alguien conoce mi nombre y nuestra dirección, necesito saber qué quiere.
—¿Vas solo?
—No.
—¿Con quién?
—Con un amigo.
Noela respiró aliviada.
—Prometeme que si algo no te gusta, te vas.
—Te lo prometo.
—¿Y después?
—Voy a volver a casa.
—Te voy a esperar.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—No quiero que pases la noche preocupada.
—Voy a preocuparme igual.
Juan Carlos sonrió.
—Entonces al menos dejame llegar a casa para que puedas hacerlo tranquila.
Ella soltó una pequeña risa.
—Sos imposible.
—Pero me querés.
—Demasiado.
—Eso me salva.
La llamada terminó.
Poco después, Juan Carlos se encontró con su amigo y juntos se dirigieron al café. Llegaron unos minutos antes de la hora indicada. El lugar estaba bastante lleno y nadie parecía prestarles atención. Se sentaron en una mesa desde la cual podían observar la entrada.
Pasaron diez minutos.
Después quince.
Finalmente, un hombre entró.
Juan Carlos lo reconoció.
Era un antiguo compañero de trabajo.
El hombre miró alrededor y se acercó.
—¿Juan Carlos?
—Sí.
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó?
El hombre se sentó.
—No mucho tiempo.
Juan Carlos lo observó.
—¿Fuiste vos quien dejó el sobre?
—Sí.
—¿Por qué no pusiste tu nombre?
—Porque no sabía quién podía encontrarlo.
Juan Carlos miró a su amigo.
—¿Qué querés decir?
El hombre bajó la voz.
—Hay personas preguntando por algunos de nosotros.
—¿Por mí?
—No puedo asegurarlo.
—Entonces ¿por qué me buscaste?
—Porque alguien dijo que quizá podían utilizar información de nuestro pasado para llegar hasta vos.
Juan Carlos sintió un frío en el cuerpo.
—¿Qué información?
—No lo sé exactamente.
—Necesito saberlo.
—Yo también.
El hombre sacó un papel doblado.
—Esto apareció entre unas cosas que tenía guardadas.
Juan Carlos lo abrió.
Reconoció algunos nombres.
El suyo estaba allí.
No era una lista oficial ni llevaba ninguna identificación clara. Eran nombres escritos a mano, junto a algunas referencias que podían significar muchas cosas o ninguna. Pero verlo allí fue suficiente para comprender que la tranquilidad que había intentado recuperar después de regresar a Buenos Aires podía haber sido más frágil de lo que imaginaba.
—¿De dónde salió esto?
—No lo sé.
—¿Quién lo escribió?
—No lo sé.
—¿Quién lo tiene ahora?
—Tampoco lo sé.
Juan Carlos levantó la mirada.
—Entonces no sabés nada.
El hombre asintió con tristeza.
—Sé que tenemos que cuidarnos.
—Eso ya lo hacemos.
—No alcanza.
El amigo de Juan Carlos intervino.
—¿Qué recomendás?
—No llamar la atención, no repetir nombres, no confiar en cualquiera y, sobre todo, no pensar que porque durante unos meses no pasó nada significa que todo terminó.
Juan Carlos guardó el papel.
—¿Por qué me ayudás?
El hombre lo miró.
—Porque una vez vos me ayudaste a mí.
Juan Carlos recordó el momento.
—No hice tanto.
—Para mí sí.
El hombre se levantó.
—No vuelvas a este lugar.
—¿Y vos?
—Yo tampoco.
—¿Vamos a volver a vernos?
El hombre dudó.
—Si podemos.
Se marchó sin despedirse.
Juan Carlos permaneció sentado unos segundos.
—Nos vamos —dijo su amigo.
—Sí.
Regresó a casa cerca de las diez. Noela había permanecido despierta, sentada en la sala con un libro cerrado sobre las piernas. Cuando escuchó la llave, se levantó rápidamente y abrió la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Tenemos que hablar.
Ella cerró la puerta.
—¿Fue una trampa?
—No.
—¿Entonces?
Juan Carlos dejó el saco sobre una silla.
—Alguien me avisó que están preguntando por personas de mi antiguo entorno.
Noela palideció.
—¿También por vos?
—No lo sabemos.
—Pero tu nombre apareció.
—Sí.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Qué hacemos?
Juan Carlos se acercó.
—Primero respiramos.
—No me digas eso.
—Necesito que no tomemos decisiones ahora.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Noela se abrazó a él.
—No quiero perderte.
—No me vas a perder esta noche.
—No podés prometerme eso.
Juan Carlos la miró.
—Tenés razón.
Ella cerró los ojos.
—Entonces no me prometas cosas que no podés cumplir.
—Te prometo solamente lo que sí puedo cumplir.
—¿Qué?
—Que voy a hablar con vos.
—¿Y?
—Que no voy a desaparecer sin avisarte si tengo alguna posibilidad de hacerlo.
Noela lloró en silencio.
—Eso sí te lo acepto.
Se quedaron abrazados durante largo rato.
Después Juan Carlos le mostró el papel. Noela lo leyó con atención.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Y por qué tu nombre está ahí?
—No lo sé.
—Odio esta frase.
—Yo también.
Ella dobló nuevamente el papel.
—¿Querés que oremos?
Juan Carlos asintió.
Se sentaron en el suelo de la sala. Noela tomó sus manos y comenzó a orar. No pidió que Dios hiciera desaparecer mágicamente el peligro ni que les garantizara un futuro sin dolor. Pidió sabiduría para no actuar impulsivamente, protección para las personas que estaban involucradas, claridad para distinguir entre prudencia y miedo y fortaleza para permanecer unidos si las circunstancias volvían a exigirles decisiones difíciles.
Cuando terminó, Juan Carlos permaneció con los ojos cerrados.
—¿Qué pensás?
—Que necesito aprender nuevamente a confiar.
—¿En Dios?
—Sí.
—¿Y en mí?
Juan Carlos abrió los ojos.
—También.
—Entonces empezá por decirme todo.
Él sonrió débilmente.
—Está bien.
Hablaron hasta pasada la medianoche. Juan Carlos le contó detalles que antes había preferido guardar, no porque fueran secretos entre ellos, sino porque temía que conocerlos pudiera ponerla en peligro. Noela escuchó sin interrumpir. Algunas cosas le resultaron difíciles de comprender y otras le produjeron una angustia que apenas pudo contener, pero no lo juzgó.
—¿Por qué nunca me dijiste todo esto?
—Porque quería que pudieras dormir.
—No dormía.
—Lo sé.
—Entonces sufrimos los dos por separado.
—Sí.
—No quiero volver a hacerlo.
—Yo tampoco.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Qué va a pasar con nuestra casa?
—Nada.
—¿Cómo podés estar seguro?
—No puedo.
—Entonces no me digas nada.
—Está bien.
Ella tomó su mano.
—Sea lo que sea, vamos a seguir viviendo.
—Sí.
—Vamos a trabajar.
—Sí.
—Vamos a cuidar nuestras plantas.
—Eso también.
—Y vamos a abrir la biblioteca mañana.
Juan Carlos sonrió.
—¿Aunque tengas miedo?
—Precisamente porque tengo miedo.
La mañana siguiente, Noela abrió las ventanas de la casa y dejó entrar el aire fresco. El patio estaba húmedo y algunas flores habían quedado inclinadas por la lluvia. Ella salió con una pequeña herramienta y comenzó a acomodar la tierra.
Juan Carlos apareció detrás.
—¿Qué hacés?
—Cuidándolas.
—Pensé que ibas a dormir.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tenemos cosas que hacer.
Él se agachó junto a ella.
—¿Necesitás ayuda?
—Sí.
Trabajaron juntos durante casi una hora. No hablaron demasiado. No era necesario. La incertidumbre seguía allí, pero también estaba la vida cotidiana que habían decidido defender.
Ese mismo día, Noela abrió la puerta de la pequeña biblioteca. Tres niños llegaron primero, después otros dos y finalmente una madre con su hija. Los libros volvieron a pasar de unas manos a otras, las preguntas volvieron a llenar la habitación y durante unas horas la casa recuperó una normalidad que parecía imposible la noche anterior.
Juan Carlos observaba desde la puerta.
Uno de los niños se acercó.
—¿Vos sos el marido de Noela?
—Sí.
—¿Vas a trabajar acá?
—A veces.
—¿Sabés leer?
Juan Carlos sonrió.
—Un poco.
—Entonces podés ayudarme con este.
El niño le entregó un libro.
—¿Qué parte no entendés?
—Esta.
Juan Carlos se sentó junto a él.
Noela los observó desde el otro extremo de la habitación y sintió una emoción difícil de explicar. Aquella escena era pequeña, casi insignificante frente a todo lo que sucedía alrededor, pero representaba exactamente aquello que ella había aprendido a defender durante los meses anteriores: la posibilidad de hacer algo bueno incluso cuando no podía solucionar lo malo.
Por la noche, cuando cerraron la biblioteca, Juan Carlos encontró una pequeña maceta caída en el patio.
—Se cayó.
—Ya la vi.
—¿La arreglamos?
—Sí.
Él tomó la maceta y comenzó a acomodar la tierra.
—¿Sabés qué pienso?
—¿Qué?
—Que estamos haciendo algo extraño.
—¿Qué cosa?
—Intentamos construir una vida mientras no sabemos si el mundo nos va a dejar hacerlo.
Noela se agachó junto a él.
—Tal vez así es como se construye una vida.
—¿Sin garantías?
—Nunca hubo garantías.
Juan Carlos levantó la mirada.
—¿No te arrepentís?
—¿De qué?
—De haberte casado conmigo.
Ella lo miró con una ternura profunda.
—Ni por un segundo.
—Aunque sabías que podía ser difícil.
—Precisamente por eso.
—No quiero que seas valiente por obligación.
—No lo soy.
—Entonces ¿por qué?
—Porque te amo.
Juan Carlos bajó la mirada.
—Eso no siempre alcanza.
—No.
—¿Entonces?
Noela tomó su mano.
—Por eso tenemos fe.
Él apretó sus dedos.
—Sí.
Durante los días siguientes no ocurrió nada que pudiera confirmar ni descartar el peligro. La ausencia de noticias no trajo tranquilidad completa, pero sí les permitió continuar con sus rutinas. Juan Carlos fue más cuidadoso con sus desplazamientos y redujo algunos contactos. Noela también modificó ciertos horarios, aunque se negó a abandonar su trabajo o la biblioteca.
Una tarde recibió una llamada.
—¿Noela?
—Sí.
—Soy yo.
Reconoció la voz inmediatamente.
—¿Juan Carlos?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Entonces ¿por qué llamás?
—Quería escuchar tu voz.
Ella sonrió.
—Podrías haber esperado hasta llegar.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces te espero.
—Voy a llegar tarde.
—No importa.
—No te quedes despierta.
—No prometo eso.
—Noela.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por seguir ahí.
Ella sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—No pienso irme.
—Yo tampoco.
La comunicación se cortó.
Noela permaneció unos segundos con el teléfono en la mano. Después miró hacia la ventana. El cielo estaba despejado y una franja de luz anaranjada atravesaba los edificios. Pensó que quizá la vida consistía precisamente en eso: en aprender a recibir pequeños momentos de certeza en medio de grandes espacios de incertidumbre.
Cuando Juan Carlos llegó aquella noche, encontró a Noela esperándolo en la puerta.
—Te dije que no te quedaras despierta.
—Y yo te dije que no prometía nada.
—Sos terrible.
—Pero estoy acá.
Él dejó el saco y la abrazó.
—Eso es lo único que importa.
Permanecieron abrazados durante unos segundos, hasta que Noela preguntó:
—¿Trajiste pan?
Juan Carlos soltó una carcajada.
—¿Eso era lo que querías decirme?
—Sí.
—Después de todo lo que pasó, ¿me preguntás por el pan?
—La vida continúa.
—Tenés razón.
—¿Y?
—Me olvidé.
Noela se separó de él.
—Entonces vas a volver a salir.
—Ahora mismo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya es tarde.
—Entonces mañana.
—Mañana.
Entraron juntos a la casa.
Sobre la mesa estaba la pequeña Biblia.
Juan Carlos la tomó.
—¿Leemos?
—Sí.
Se sentaron uno al lado del otro. Afuera, la ciudad continuaba con sus ruidos habituales, pero dentro de aquella casa recién construida había una quietud diferente. No era la tranquilidad de quienes creen que nada malo puede ocurrir, sino la de quienes han aceptado que no pueden controlar el futuro y, aun así, han decidido no entregarle el presente al miedo.
Juan Carlos cerró la Biblia después de leer.
—No sé qué va a pasar.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Yo tampoco.
—¿Te preocupa?
—Sí.
—A mí también.
—Entonces estamos iguales.
Él sonrió.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
—Porque si vamos a tener miedo, prefiero tenerlo con vos.
Noela levantó la mirada.
—Y si vamos a tener esperanza, también.
Juan Carlos la besó suavemente.
Después apagaron las luces de la sala y se quedaron juntos en la cocina, hablando de cosas pequeñas, de las flores del patio, de los libros que necesitaban reparar, de una visita que querían hacer a sus familias el domingo y de cómo podían ahorrar para comprar una mesa nueva. Hablaron de futuro sin negar el presente y hablaron del presente sin permitir que el futuro los paralizara. Afuera, algunos colectivos seguían circulando por las calles y las luces de los edificios permanecían encendidas como pequeñas señales de vida detrás de las ventanas.
En aquella noche de octubre de 1979, mientras Buenos Aires continuaba viviendo entre silencios y preguntas sin respuesta, Noela y Juan Carlos hicieron algo que para ellos se había convertido en una forma de resistencia: cerraron la puerta de su casa, se sentaron juntos a la mesa y siguieron imaginando el día siguiente. No sabían cuánto tiempo tendrían para cumplir aquellos planes, ni qué nuevas pruebas aparecerían en el camino, pero todavía podían mirarse a los ojos, todavía podían tomar sus manos y todavía podían elegir caminar juntos. Y mientras Juan Carlos apagaba la última luz de la casa, Noela tomó su mano en la oscuridad y ambos permanecieron allí unos instantes, sin decir nada, escuchando la lluvia que comenzaba nuevamente a golpear las ventanas.
CAPÍTULO 9
El final de 1979 encontró a Noela y Juan Carlos intentando acostumbrarse a una vida que, a pesar de las dificultades que continuaban rodeándolos, empezaba a tener la forma de un hogar verdadero. Habían aprendido que casarse no significaba dejar atrás el miedo, sino descubrir que el miedo podía ocupar un lugar diferente cuando ya no se lo enfrentaba en soledad, y aquella certeza les permitía disfrutar de pequeñas cosas que antes parecían demasiado insignificantes como para llamar felicidad: desayunar juntos antes de salir al trabajo, discutir por la distribución de los libros, cuidar las plantas del patio, recibir los domingos a sus padres y terminar algunas noches sentados en la cocina mientras escuchaban la radio con el volumen bajo. La casa había dejado de ser un proyecto y se había convertido en una presencia cotidiana, con sus paredes imperfectas, sus muebles desparejos y sus pequeños problemas domésticos, pero también con una intimidad que ninguno de los dos había conocido antes. Sin embargo, la tranquilidad que habían conseguido no era completa, porque el sobre sin remitente seguía guardado en un cajón y el nombre de Juan Carlos continuaba apareciendo en conversaciones que ninguno de los dos podía comprender del todo, como una sombra que no se mostraba abiertamente pero que tampoco desaparecía.
Durante las primeras semanas de noviembre, Juan Carlos comenzó a llegar más tarde del trabajo. Noela sabía que no necesariamente significaba algo malo, porque la empresa estaba atravesando un período de mucho movimiento, pero había algo diferente en él. Antes, cuando entraba por la puerta, solía dejar el saco sobre una silla, preguntarle cómo había sido su día y comenzar a hablar de cualquier cosa, desde el precio del pan hasta alguna reparación pendiente en la casa. Ahora entraba más silencioso, miraba por la ventana antes de cerrar las cortinas y muchas veces permanecía unos minutos con las llaves todavía en la mano, como si necesitara convencerse de que realmente había llegado.
Una noche, mientras Noela preparaba la cena, él permaneció demasiado tiempo mirando hacia la calle.
—¿Qué estás buscando?
—Nada.
—Otra vez esa palabra.
Juan Carlos se volvió.
—¿Qué palabra?
—Nada.
—No estoy buscando nada.
—Entonces vení a ayudarme.
—¿Qué hago?
—Cortá el pan.
—Eso sí puedo hacerlo.
Noela lo observó mientras se acercaba a la mesa.
—¿Pasó algo hoy?
—No.
—Juan Carlos.
—Hubo una persona preguntando por mí en la oficina.
Ella dejó de revolver la comida.
—¿Quién?
—No lo conozco.
—¿Qué quería?
—Preguntó si yo seguía trabajando allí.
—¿Y qué le dijeron?
—Que sí.
Noela sintió que la preocupación regresaba.
—¿Cómo era?
—No sabría describirlo.
—¿Te habló?
—No directamente.
—¿Entonces cómo sabés que preguntaba por vos?
—Me lo contó un compañero.
Ella se acercó.
—¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé.
—¿Querés que nos vayamos de la casa?
—No.
—¿Querés que deje de trabajar?
—Tampoco.
—Entonces decime qué puedo hacer.
Juan Carlos dejó el cuchillo.
—Seguir siendo vos.
Noela lo miró.
—Eso parece muy poco.
—Para mí es mucho.
—Tengo miedo de que algo te pase.
—Yo también.
—No quiero que volvamos a estar separados.
—Yo tampoco.
—Entonces tenemos que pensar.
—Sí.
Aquella conversación no resolvió nada, pero los ayudó a comprender que la amenaza de la incertidumbre podía ser enfrentada de la misma manera que habían enfrentado otras dificultades: hablando antes de que el silencio levantara una pared entre ellos.
A partir de entonces comenzaron a prestar mayor atención a sus rutinas. Noela evitaba llevar consigo información innecesaria, Juan Carlos dejó de visitar determinados lugares y ambos acordaron avisarse siempre dónde estaban. No era una vida completamente normal, pero tampoco estaban dispuestos a renunciar a todo lo que habían construido.
Una tarde, mientras Noela estaba en la biblioteca, llegó una mujer con un niño de unos ocho años. La mujer parecía agotada y llevaba una bolsa de tela en una mano.
—¿Acá prestan libros?
—Sí.
—Me dijeron que podía venir.
—Claro. ¿Qué libro necesita?
La mujer miró al niño.
—Algo para él.
El niño permanecía callado.
—¿Qué te gusta leer?
El niño se encogió de hombros.
—No sé.
Noela sonrió.
—Eso se puede solucionar.
Buscó algunos libros y colocó tres sobre la mesa.
—Podés elegir uno.
El niño tomó uno de aventuras.
—Este.
—Muy bien.
La mujer miró a Noela.
—Gracias.
—No tiene que agradecerme.
—Sí tengo.
—No es necesario.
La mujer apretó la bolsa contra el cuerpo.
—A veces uno necesita que alguien haga algo pequeño para poder seguir.
Noela la miró con atención.
—Todos necesitamos eso alguna vez.
La mujer sonrió débilmente.
—Gracias.
Cuando se marchó, Noela permaneció pensativa.
Juan Carlos llegó poco después.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Otra vez.
Ella sonrió.
—No, esta vez de verdad.
—¿Quién era?
—Una mujer con su hijo.
—¿Qué necesitaba?
—Un libro.
Juan Carlos miró los estantes.
—¿Y eso la ayudó?
—No sé.
—¿Entonces?
—Quizá no podamos saberlo.
Él la abrazó.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
Durante diciembre, la ciudad comenzó a llenarse de movimiento. Las vidrieras mostraban adornos navideños y las calles estaban más concurridas. Noela había pensado que aquel sería el primer diciembre realmente feliz de su vida adulta, pero descubrió que la felicidad no llegaba de una sola manera. Había alegría, pero también recuerdos. Pensaba en Martín, en las personas que seguían sin noticias de sus familiares y en todos aquellos que habían aprendido a celebrar con una silla vacía junto a la mesa.
Una tarde, mientras envolvía algunos regalos sencillos, Juan Carlos entró con una bolsa.
—¿Qué compraste?
—Nada.
—No me digas nada.
—Compré algo para vos.
—Entonces no es nada.
Noela abrió la bolsa y encontró un pequeño reloj.
—Juan Carlos.
—No es nuevo.
—No importa.
—Era de mi padre.
Ella levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Es demasiado importante.
—Por eso quiero que lo tengas.
Noela sostuvo el reloj entre las manos.
—¿Por qué me lo das?
—Porque quiero que cuando mires la hora recuerdes que, aunque a veces el tiempo parezca estar en nuestra contra, seguimos teniendo momentos que podemos compartir.
Ella lo abrazó.
—Es hermoso.
—No tanto como vos.
—Eso fue bastante cursi.
—Estoy casado. Puedo permitírmelo.
Ella se rió.
Aquella Navidad fue sencilla. Sus padres se reunieron en la casa y compartieron una cena modesta. Hubo risas, historias familiares y regalos pequeños. Por unas horas, la preocupación quedó fuera de la puerta. Juan Carlos observó a Noela mientras hablaba con su madre y sintió una gratitud profunda por aquella escena doméstica.
Después de la cena, su padre se acercó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parecés convencido.
Juan Carlos miró hacia la mesa.
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso en Navidad.
—Estoy agradecido.
Su padre sonrió.
—Eso es mejor.
—Por todo.
—¿Por qué?
—Por haber vuelto.
El padre lo abrazó.
—Yo también.
En ese momento, Noela se acercó.
—¿Interrumpo?
—No.
—Entonces vení.
Juan Carlos volvió con ella.
Más tarde, cuando todos se marcharon, los dos quedaron solos en la casa. Noela recogía los platos mientras Juan Carlos apagaba las luces.
—Fue una buena Navidad.
—Sí.
—¿Estás contenta?
—Mucho.
—Yo también.
—¿Qué pensás?
Juan Carlos se quedó quieto.
—Que tengo miedo de acostumbrarme demasiado a esto.
Noela dejó el plato.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque tenemos derecho a ser felices.
—Lo sé.
—Aunque no sepamos cuánto durará.
—Lo sé.
—Entonces no arruinemos el momento pensando en el final.
Juan Carlos se acercó.
—Tenés razón.
—Siempre.
—No abuses.
Ella sonrió.
—Vení.
Se abrazaron en medio de la cocina.
El año nuevo llegó sin que nada se resolviera. En enero de 1980, Buenos Aires continuaba con su vida cotidiana y ellos habían aprendido a mantener un equilibrio entre prudencia y normalidad. Juan Carlos comenzó a trabajar algunas horas adicionales y Noela amplió la biblioteca. Cada vez llegaban más niños y algunos adultos comenzaron a acercarse para pedir libros. El pequeño proyecto que ella había iniciado casi como una manera de mantenerse ocupada durante la ausencia de Juan Carlos se había convertido en un lugar donde muchas personas encontraban algo más que lecturas.
Una tarde llegó un hombre joven.
—¿Buscás algún libro?
—No.
—Entonces ¿qué necesitás?
—Quiero hablar con Juan Carlos.
Noela sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Quién sos?
—Un conocido.
—¿De dónde?
—Del trabajo que tuvo antes.
Ella permaneció en silencio.
—¿Está?
—No.
—¿Cuándo vuelve?
—No lo sé.
El hombre miró alrededor.
—Decile que preguntó Daniel.
—¿Daniel qué?
—Solamente Daniel.
—¿Por qué?
—Él va a entender.
El hombre se marchó.
Noela cerró la puerta de la biblioteca antes de tiempo.
Cuando Juan Carlos regresó, ella le contó.
—¿Daniel?
Él palideció.
—Sí.
—¿Quién es?
—Alguien que conocí hace años.
—¿Es peligroso?
—No lo sé.
—¿Por qué vino?
—No lo sé.
—Otra vez.
—Noela, necesito que entiendas algo.
—Decime.
—Hay cosas de mi pasado que no desaparecieron cuando me fui.
—Ya lo sé.
—No quiero que te involucres.
—Estoy involucrada desde el día en que me casé con vos.
—No de esa manera.
—Entonces explicame.
Juan Carlos se sentó.
—Daniel trabajaba conmigo. Después se fue. Perdimos contacto. No sé por qué apareció ahora.
—¿Creés que está en problemas?
—Puede ser.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé.
—¿Lo vas a buscar?
Juan Carlos tardó en responder.
—Quizá.
—¿Solo?
—No.
—Bien.
Ella se sentó frente a él.
—No quiero que el miedo vuelva a separarnos.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero que arriesgues tu vida.
—Lo sé.
—Entonces prometeme que cualquier decisión la vamos a tomar juntos.
—Te lo prometo.
Los días siguientes estuvieron llenos de incertidumbre. Juan Carlos intentó averiguar dónde estaba Daniel, pero no consiguió información clara. Algunos contactos habían desaparecido, otros no querían hablar y otros simplemente no sabían nada.
Una noche recibió una llamada.
—¿Juan Carlos?
—Sí.
—Soy Daniel.
Juan Carlos se incorporó.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—¿Qué querés?
—Necesito verte.
—¿Por qué?
—Tengo algo que darte.
—¿Qué cosa?
—Una dirección.
—¿De quién?
Daniel guardó silencio.
—Juan Carlos, hay personas que necesitan saber qué pasó con alguien.
—¿Con quién?
—Con Martín.
Juan Carlos quedó inmóvil.
Noela estaba en la otra habitación y se acercó al escuchar su nombre.
—¿Martín?
Juan Carlos hizo una señal para que esperara.
—¿Sabés dónde está?
—No.
—Entonces ¿qué sabés?
—Sé que hay información que quizá pueda ayudar a su familia.
Juan Carlos sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Dónde nos encontramos?
Daniel le dio un lugar.
—Voy a ir.
—No vengas solo.
—No puedo hacer otra cosa.
—Entonces no voy.
—Juan Carlos.
—No.
—Es importante.
—También es importante que siga vivo.
Daniel permaneció callado.
—Te voy a llamar mañana.
La comunicación terminó.
Noela lo miró.
—¿Qué dijo?
Juan Carlos le contó.
Ella cerró los ojos.
—Martín.
—Sí.
—¿Creés que puede estar vivo?
—No lo sé.
—¿Y si la información es verdadera?
—No lo sé.
Noela tomó sus manos.
—Tenemos que ir.
—Sí.
—Pero juntos.
—Sí.
—Y con alguien más.
—Sí.
Aquella noche casi no durmieron. Noela recordó las conversaciones de años anteriores, cuando todavía esperaba noticias de su primo. Había aprendido a vivir con la ausencia de respuestas, pero ahora una posibilidad nueva había aparecido y con ella regresaba una esperanza que le daba miedo aceptar.
Al día siguiente se reunieron con una persona de confianza y decidieron no acudir directamente al lugar indicado. Primero intentaron verificar la información. Pasaron horas sin resultados.
Finalmente, por la tarde, llegó una noticia.
No era la que esperaban.
Daniel había sido detenido.
Juan Carlos recibió la noticia por medio de un conocido.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Sabés quién lo detuvo?
—No.
Juan Carlos colgó.
Noela lo miró.
—¿Daniel?
Él asintió.
—Lo detuvieron.
Ella se llevó una mano a la boca.
—¿Y la información?
—No sabemos.
—¿Qué vamos a hacer?
Juan Carlos permaneció de pie frente a la ventana.
—No podemos hacer nada imprudente.
—Pero tampoco podemos quedarnos sin hacer nada.
—Lo sé.
—¿Qué hacemos?
Él se volvió.
—Buscamos ayuda.
Aquella fue la primera vez que Noela comprendió que la resistencia que habían imaginado durante tanto tiempo no consistía necesariamente en grandes actos ni en gestos heroicos. A veces resistir significaba buscar a alguien que supiera qué hacer, acompañar a una familia que esperaba noticias, guardar silencio cuando hablar podía poner a otros en peligro, abrir una puerta para quien necesitaba un libro o simplemente negarse a aceptar que el sufrimiento de los demás no era asunto propio.
Durante los días siguientes, Noela comenzó a visitar discretamente a la familia de Daniel. No podía ofrecer respuestas, pero podía acompañarlos. La madre de Daniel lloraba constantemente.
—No sé dónde está mi hijo.
Noela tomó su mano.
—Lo siento.
—¿Vos sabés algo?
—No.
—Entonces ¿por qué venís?
Noela sintió un nudo en la garganta.
—Porque no quiero que esté sola.
La mujer comenzó a llorar nuevamente.
—Eso es todo lo que puedo hacer —continuó Noela—. No tengo respuestas.
—A veces estar es mucho.
Noela asintió.
Cuando regresó a casa, Juan Carlos la esperaba.
—¿Cómo está?
—Muy mal.
—¿Te dijo algo?
—No.
—¿Y vos?
—Yo tampoco.
Juan Carlos la abrazó.
—Estás haciendo mucho.
—No siento que sea suficiente.
—Quizá no lo sea.
—Entonces ¿para qué hacerlo?
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Noela apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Tengo miedo de que un día nos toque a nosotros.
Juan Carlos cerró los ojos.
—Yo también.
—¿Y qué hacemos con ese miedo?
—Lo llevamos.
—¿Solamente?
—Y seguimos.
Ella lo miró.
—Eso es muy parecido a lo que me dijiste cuando nos conocimos.
—Porque todavía lo creo.
La situación se mantuvo incierta durante semanas. La información sobre Daniel nunca llegó a confirmarse por completo y la familia continuó buscando respuestas. Noela y Juan Carlos siguieron ayudando dentro de sus posibilidades, aunque cada vez eran más conscientes de que la prudencia era necesaria.
Una noche, mientras cenaban, Juan Carlos dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Quiero preguntarte algo.
—Decime.
—¿Te arrepentís de haberte casado conmigo?
Noela lo miró sorprendida.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Ni siquiera ahora?
—No.
—¿Por qué?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—Porque cuando me casé con vos no me casé solamente con los días fáciles.
Juan Carlos bajó la mirada.
—Pero esto es mucho.
—Sí.
—Podríamos haber elegido otra vida.
—Quizá.
—Una más tranquila.
—Quizá.
—Una menos peligrosa.
—Quizá.
—¿Y no te preguntás qué habría pasado?
Noela sonrió.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no puedo vivir casada con una vida que no elegí.
Juan Carlos levantó los ojos.
—Te amo.
—Yo también.
—No sé qué nos espera.
—Yo tampoco.
—Pero quiero seguir.
—Entonces sigamos.
Después de cenar salieron al patio. Las flores habían crecido mucho y algunas ya comenzaban a abrirse. Juan Carlos se agachó para acomodar una de las plantas.
—Mirá.
—¿Qué?
—Esta sobrevivió.
Noela se acercó.
—Todas sobrevivieron.
—Pensé que esta no.
—Yo no.
—¿Por qué?
—Porque la cuidamos.
Juan Carlos la miró.
—¿Eso alcanza?
—No siempre.
—Pero esta vez sí.
Noela tomó su mano.
—A veces hay que hacer todo lo que uno puede y después confiar.
—En Dios.
—Sí.
Permanecieron juntos bajo la noche cálida. Noela sabía que todavía podían llegar malas noticias, que podían aparecer nuevas amenazas y que la incertidumbre no había terminado. Pero también sabía que había algo que el miedo todavía no había conseguido quitarles: la capacidad de amarse, de ayudarse y de creer que incluso en una época en la que muchas cosas parecían escapar al control de las personas, todavía existían decisiones que podían tomar.
Juan Carlos se inclinó y besó su frente.
—Mañana tengo que ir a trabajar temprano.
—Yo también.
—Entonces tenemos que dormir.
—Sí.
Entraron a la casa.
Antes de apagar la luz, Noela tomó la Biblia de la mesa y la guardó en el cajón.
—¿Por qué la guardás?
—Para que mañana esté acá.
—¿Y si la necesitás esta noche?
Ella lo miró.
—Entonces sé dónde encontrarla.
Juan Carlos sonrió.
—Eso me gusta.
Se acostaron juntos. La ciudad seguía despierta más allá de las ventanas, pero dentro de la casa reinaba un silencio sereno. Noela cerró los ojos mientras Juan Carlos tomaba su mano. Ninguno de los dos sabía qué sucedería con Daniel, qué nuevas noticias llegarían ni cuánto tiempo podrían mantener aquella vida que con tanto esfuerzo habían construido. Tampoco sabían que el nuevo año traería acontecimientos capaces de alterar definitivamente la manera en que entendían el amor, la pérdida y la esperanza. Por aquella noche, sin embargo, no intentaron descifrar el futuro. Permanecieron juntos, sosteniendo en silencio las manos del otro, mientras la lluvia volvía a caer sobre el patio y las flores que habían plantado meses atrás continuaban creciendo en la oscuridad.
CAPÍTULO 10
El año 1980 comenzó para Noela y Juan Carlos con una normalidad cuidadosamente construida, como si ambos hubieran comprendido que después de tantos meses de incertidumbre la única manera de continuar era concederle a la vida cotidiana el espacio que todavía podía ocupar. Enero trajo días calurosos, persianas bajas durante las horas de mayor sol, ventiladores que apenas conseguían mover el aire de las habitaciones y tardes en las que Buenos Aires parecía querer olvidar durante unas horas las tensiones que permanecían debajo de aquella apariencia de normalidad. En la pequeña casa, las ventanas permanecían abiertas desde temprano y el patio se había convertido en el lugar preferido de ambos, especialmente al caer la tarde, cuando las flores que Noela había plantado meses atrás necesitaban ser regadas y Juan Carlos se sentaba junto a ella con una radio pequeña, escuchando las noticias con el volumen suficientemente bajo como para poder conversar. Habían aprendido a no hablar constantemente de los problemas, pero tampoco a fingir que no existían, y aquella forma de equilibrio les permitía seguir adelante sin que la preocupación terminara ocupando todos los espacios de su matrimonio.
La noticia sobre Daniel seguía sin resolverse. Habían pasado semanas desde su detención y nadie podía confirmar dónde estaba ni qué había ocurrido con él. Noela había continuado visitando a su familia siempre que podía, llevando algún alimento, ayudando con trámites sencillos o simplemente sentándose junto a su madre cuando las palabras ya no parecían tener ninguna utilidad. Juan Carlos, por su parte, había intentado averiguar algo mediante conocidos, pero cada intento terminaba en una respuesta incompleta, una llamada que no debía prolongarse o un silencio que decía más que cualquier explicación. En aquellos días, Noela comprendió que la ausencia no siempre llegaba como una puerta que se cerraba de golpe; algunas veces entraba lentamente en una casa, ocupaba una silla, se instalaba en las conversaciones y terminaba convirtiéndose en una presencia permanente que nadie había invitado.
Una tarde de febrero, mientras Noela ordenaba los libros de la biblioteca, una mujer apareció en la puerta.
—¿Está Noela?
—Sí, soy yo.
—Me dijeron que usted conocía a la familia de Daniel.
Noela sintió que se tensaba.
—Sí.
La mujer entró lentamente.
—Soy su hermana.
—¿Cómo está?
La mujer bajó la mirada.
—Mal.
Noela cerró el libro que tenía en las manos.
—¿Supieron algo?
—No.
—Lo siento mucho.
—Mi madre quiere saber si usted sabe algo.
—No sé nada que pueda confirmar.
—¿Pero su marido conocía a Daniel?
—Sí.
—¿Y tampoco sabe?
—Está intentando averiguar.
La mujer permaneció unos segundos en silencio.
—¿Usted cree que está vivo?
Noela sintió un dolor profundo.
—No puedo decirle algo que no sé.
—Todos me dicen eso.
—Lo sé.
—Yo necesito que alguien me diga algo.
Noela se acercó y tomó su mano.
—Ojalá pudiera.
La mujer comenzó a llorar.
—¿Por qué nadie nos dice dónde están?
Noela no tuvo respuesta.
La mujer permaneció allí durante casi una hora. Antes de marcharse, miró los libros.
—¿Para qué hace esto?
—¿La biblioteca?
—Sí.
—Porque los chicos necesitan un lugar donde aprender.
—¿Y eso cambia algo?
Noela la miró.
—No sé si cambia el mundo. Pero cambia una tarde.
La mujer asintió.
—A veces una tarde es mucho.
Cuando se fue, Noela cerró la puerta y permaneció un momento apoyada contra ella. Después miró los estantes llenos de libros y comprendió nuevamente por qué había decidido mantener aquel pequeño espacio abierto. No podía responder las preguntas de aquella mujer, no podía devolverle a su hermano ni podía modificar las circunstancias que habían provocado su desaparición, pero todavía podía ofrecer algo que no parecía insignificante cuando todo alrededor parecía construido sobre el silencio: un lugar donde una persona pudiera sentirse acompañada.
Esa noche Juan Carlos llegó más temprano de lo habitual.
—¿Qué pasó?
—Vino la hermana de Daniel.
Él dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Qué quería?
—Saber si nosotros sabemos algo.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Que no sabemos.
Juan Carlos se sentó.
—Me duele.
—A mí también.
—Siento que estoy fallándole.
—¿A Daniel?
—A todos.
Noela se acercó.
—No podés cargar con lo que no está en tus manos.
—Pero quizá podría hacer más.
—¿Qué?
Juan Carlos no respondió.
—Decime qué más podrías hacer.
—No lo sé.
—Entonces no te castigues por no hacer algo que ni siquiera sabés cómo hacer.
Él la miró.
—A veces pienso que mi pasado está entrando en nuestra casa.
Noela tomó su mano.
—Entonces tendremos que decidir qué lugar le damos.
—¿Y si no podemos decidir?
—Siempre podemos decidir algo.
—¿Qué?
—Que no nos destruya.
Juan Carlos permaneció en silencio.
—¿Creés que podemos hacerlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ya hemos pasado por cosas que pensé que no íbamos a soportar.
Él sonrió débilmente.
—Y todavía estamos acá.
—Sí.
—Eso es verdad.
La vida continuó durante marzo y abril. Noela empezó a notar que Juan Carlos estaba más cansado. A veces regresaba del trabajo con dolor de cabeza y otras veces se quedaba dormido sentado en la mesa. Ella intentaba convencerlo de que descansara, pero él insistía en que necesitaba trabajar más porque quería ahorrar dinero y mejorar la casa.
—No podés seguir así.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Estoy cansado.
—Eso también significa que no estás bien.
Juan Carlos sonrió.
—Ahora sos médica.
—No. Soy tu esposa.
—Eso es peor.
—Mucho peor.
Él dejó el plato.
—Necesitamos comprar una mesa nueva.
—Podemos esperar.
—No.
—La actual todavía sirve.
—Cada vez que nos sentamos se mueve.
—Eso es porque vos apoyás los codos.
—La mesa tiene que soportarme.
—La mesa no tiene la culpa.
Ambos rieron.
Aquellas conversaciones domésticas eran pequeñas victorias. Después de haber vivido tanto tiempo pendientes de noticias, llamadas y silencios, discutir sobre una mesa era una forma inesperada de felicidad.
Una tarde, Juan Carlos llegó con un paquete.
—¿Qué es?
—Abrilo.
Noela lo hizo y encontró una máquina de escribir usada.
—¿Para qué?
—Para vos.
—Juan Carlos, no teníamos que gastar en esto.
—La conseguí barata.
—¿Para qué la quiero?
—Para la biblioteca.
Noela lo miró sorprendida.
—¿Qué querés que haga?
—Podés escribir fichas de los libros, preparar material para los chicos, incluso quizá escribir esas historias que siempre decís que algún día vas a escribir.
Ella pasó los dedos sobre las teclas.
—¿Te acordaste?
—Me acuerdo de todo.
Noela lo abrazó.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque seguramente vas a escribir tanto que después no voy a poder leer nada de lo que pongas.
—Eso no es cierto.
—Te conozco.
—Y yo a vos.
—Entonces estamos empatados.
Durante las semanas siguientes, la máquina de escribir ocupó un lugar permanente sobre una pequeña mesa de la biblioteca. Noela comenzó a preparar fichas de lectura para los niños y algunas páginas donde anotaba historias breves que escuchaba de las personas que acudían al lugar. No escribía nombres completos ni detalles que pudieran comprometer a nadie. Solamente registraba fragmentos de vidas, pequeñas escenas, recuerdos de familias que intentaban seguir adelante. Sin darse cuenta, empezó a descubrir que escribir era otra manera de conservar aquello que el miedo intentaba borrar.
Una tarde, mientras trabajaba, encontró un papel doblado dentro de un libro que había sido devuelto.
Lo abrió.
Solamente había una frase escrita a mano.
No olviden a los que faltan.
Noela permaneció inmóvil.
Juan Carlos llegó poco después.
—¿Qué tenés?
Ella le mostró el papel.
Él lo leyó.
—¿Quién lo escribió?
—No sé.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de este libro.
Juan Carlos miró el estante.
—¿Quién lo tuvo prestado?
—No lo sé.
—¿Cuándo apareció?
—Hoy.
Él permaneció en silencio.
—¿Qué pensás?
—Que tenemos que tener cuidado.
—Eso ya lo hacemos.
—Más.
Noela guardó el papel.
—¿Querés que cierre la biblioteca?
—No.
—¿Entonces?
—No quiero que vivamos encerrados.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero que alguien utilice este lugar para dejar mensajes.
—¿Qué hacemos?
—Por ahora, nada.
Noela lo miró.
—¿Otra vez nada?
Juan Carlos sonrió.
—Esta vez significa observar.
—Me gusta más.
La biblioteca continuó funcionando, aunque comenzaron a registrar mejor los préstamos y a prestar atención a quién entraba y salía. Noela se resistía a convertir aquel lugar en un espacio dominado por la sospecha, pero entendía que la prudencia era necesaria.
En mayo llegó una noticia que cambió nuevamente el equilibrio de la casa.
El padre de Juan Carlos había recibido una visita.
Cuando Juan Carlos llegó, su padre lo esperaba.
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó?
—Preguntaron por vos.
Juan Carlos sintió un vacío en el estómago.
—¿Quién?
—Dos hombres.
—¿Qué querían?
—Saber dónde trabajás, dónde vivís y si seguís casado.
Juan Carlos se quedó inmóvil.
—¿Les dijiste?
—No.
—¿Qué les dijiste?
—Que no sabía nada.
—¿Te creyeron?
—No lo sé.
Juan Carlos se sentó.
—¿Estás seguro de que eran quienes pensás?
—No puedo estar seguro.
—Entonces quizá no sea nada.
Su padre lo miró.
—No quiero que minimices esto.
—No lo hago.
—¿Noela sabe?
—Todavía no.
—Tenés que decírselo.
Juan Carlos asintió.
Cuando regresó a casa, encontró a Noela escribiendo.
—Tenemos que hablar.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
Juan Carlos se sentó frente a ella.
—Preguntaron por mí en la casa de mi padre.
Noela dejó de escribir.
—¿Quiénes?
—No sabemos.
—¿Qué querían?
—Información sobre mí.
—¿Dónde vivo?
—Sí.
—¿Dónde trabajo?
—Sí.
—¿Si estoy casado?
—Sí.
Noela permaneció en silencio.
—¿Qué hacemos?
—Todavía no lo sé.
—¿Nos vamos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos si realmente existe una amenaza concreta.
—¿Y si existe?
—Entonces tendremos que actuar.
—¿Cuándo?
—Cuando sepamos algo.
Ella respiró profundamente.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—No quiero volver a escuchar que tenemos que separarnos.
—No te lo voy a pedir.
—¿Aunque fuera necesario?
—Lo hablaremos.
—Eso me tranquiliza.
—No quiero que vuelvas a sentir que estoy decidiendo por vos.
Noela se acercó y lo abrazó.
—Gracias.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo que ninguno esperaba.
Cerca de la medianoche escucharon tres golpes en la puerta.
Juan Carlos se levantó inmediatamente.
—Quedate atrás.
—No.
—Noela.
—No me voy a esconder.
—Por favor.
Ella permaneció detrás de él mientras Juan Carlos se acercaba a la puerta.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Volvieron a golpear.
—¿Quién es?
Una voz respondió desde afuera.
—Juan Carlos.
Él reconoció la voz.
—¿Quién?
—Soy yo.
Juan Carlos abrió solamente una pequeña parte de la puerta.
Era Daniel.
Noela sintió que el corazón se le detenía.
Daniel estaba mucho más delgado que la última vez que lo habían visto, tenía el rostro cansado y llevaba una pequeña bolsa en la mano. Miró rápidamente hacia la calle antes de entrar.
Juan Carlos cerró la puerta.
—¿Cómo saliste?
—No puedo explicarlo ahora.
—¿Dónde estabas?
—No puedo explicarlo.
—Daniel.
—Juan Carlos, escuchame.
—¿Qué pasó?
Daniel miró a Noela.
—Perdón por venir acá.
Ella se acercó.
—¿Estás bien?
Daniel tardó en responder.
—Estoy vivo.
Noela sintió que las lágrimas aparecían inmediatamente.
—Eso es suficiente por ahora.
Daniel bajó la mirada.
—Necesito decirte algo.
—Decime.
—No puedo quedarme.
Juan Carlos lo miró.
—¿Por qué viniste?
Daniel sacó un sobre de la bolsa.
—Para entregarte esto.
—¿Qué es?
—Información.
Juan Carlos lo tomó.
—¿Sobre qué?
Daniel miró a Noela.
—Sobre Martín.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué sabés?
Daniel respiró profundamente.
—Sé que estuvo en un lugar del que fue trasladado.
Noela sintió que le faltaba el aire.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—¿Está vivo?
Daniel bajó la mirada.
—Cuando lo vi, sí.
Noela comenzó a llorar.
—¿Cuándo?
—Hace meses.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque no podía.
—¿Dónde estaba?
—No puedo decirlo.
—Necesito saber.
—Lo sé.
Juan Carlos abrió el sobre.
Había una dirección, una fecha y algunos nombres.
—¿Esto es verdadero?
—Sí.
—¿Cómo lo conseguiste?
—No importa.
—Sí importa.
—Juan Carlos, si querés ayudar a su familia, entregales esto a alguien que pueda investigar.
—¿Por qué no lo hacés vos?
Daniel sonrió con tristeza.
—Porque yo ya no puedo quedarme.
Noela se acercó.
—¿Te van a buscar?
—Probablemente.
—¿Adónde vas?
—No lo sé.
Juan Carlos lo miró.
—Podés quedarte acá.
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—Tenemos lugar.
—Precisamente por eso no puedo.
—No entiendo.
—Si me quedo, los pongo en peligro.
Noela intervino.
—Ya estás acá.
Daniel la miró.
—Por eso tengo que irme ahora.
Juan Carlos cerró el sobre.
—Esperá.
—No.
—Al menos hasta que amanezca.
—No puedo.
—Daniel.
—No puedo quedarme.
Juan Carlos lo abrazó.
—Cuidate.
Daniel apretó los ojos.
—Vos también.
Se separaron.
Daniel miró a Noela.
—Gracias por la biblioteca.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo sabés?
—Escuché hablar de ella.
—¿Por qué me agradecés?
—Porque lugares así recuerdan que todavía somos personas.
Noela no supo qué responder.
Daniel abrió la puerta.
—Esperá —dijo ella.
Él se volvió.
—¿Qué?
—¿Creés que Martín puede seguir vivo?
Daniel la miró durante varios segundos.
—No lo sé.
Ella cerró los ojos.
—Gracias por decirme la verdad.
Daniel salió.
Juan Carlos cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Noela permaneció en medio de la sala con las manos temblando.
—Estuvo con él.
—Sí.
—Lo vio.
—Sí.
—Entonces existe una posibilidad.
—Sí.
—¿Qué hacemos?
Juan Carlos levantó el sobre.
—Mañana buscaremos a alguien que pueda verificar esto.
—¿Y esta noche?
Él se acercó.
—Esta noche estamos juntos.
Noela comenzó a llorar.
—Tengo miedo de tener esperanza.
Juan Carlos la abrazó.
—Yo también.
—Porque si después descubrimos que no...
—Lo sé.
—No quiero volver a perderlo.
—Lo sé.
—¿Por qué Dios permite que uno tenga esperanza cuando puede doler tanto?
Juan Carlos permaneció callado durante unos segundos.
—No tengo una respuesta.
—Yo tampoco.
—Pero quizá la fe no consiste en tener respuesta para todo.
Noela apoyó el rostro contra su pecho.
—¿Entonces en qué consiste?
—En seguir confiando incluso cuando no entendemos.
Ella lloró en silencio.
—Quiero creer eso.
—Yo también.
La mañana llegó lentamente. Ninguno de los dos había dormido demasiado. El sobre permanecía sobre la mesa, junto a la pequeña Biblia y la máquina de escribir de Noela. Tres objetos que pertenecían a mundos aparentemente diferentes habían terminado reunidos en el mismo lugar: la información de un pasado peligroso, la fe que los había sostenido y las páginas que Noela utilizaba para registrar historias. Ella los observó durante largo rato antes de comenzar a preparar café.
Juan Carlos apareció en la cocina.
—¿Dormiste algo?
—Un poco.
—Yo tampoco.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
—¿Estás preparado?
—No.
—Yo tampoco.
Juan Carlos tomó el sobre.
—Pero vamos a hacerlo.
Noela se acercó.
—Juntos.
—Juntos.
Salieron de la casa poco después de las ocho. Antes de cerrar la puerta, Noela miró hacia el patio. Las flores estaban abiertas y la luz de la mañana caía sobre ellas.
—Esperá.
—¿Qué pasa?
Ella regresó unos pasos, se agachó y acomodó una de las plantas que había quedado inclinada.
Juan Carlos la observó.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Por qué?
—Porque si vamos a ocuparnos de todo lo demás, alguien tiene que ocuparse de esto.
Él sonrió.
—Tenés razón.
Noela se levantó.
—Vamos.
Cerraron la puerta y caminaron juntos hacia la calle.
El sobre estaba guardado en el bolsillo interior del saco de Juan Carlos. La dirección escrita en aquella hoja podía significar una pista verdadera o una nueva decepción, pero por primera vez en mucho tiempo tenían algo concreto que seguir. Noela caminaba junto a su esposo con el corazón dividido entre la esperanza y el temor, consciente de que cualquier respuesta podía transformar para siempre la manera en que había aprendido a convivir con la ausencia de Martín. Juan Carlos llevaba la mirada fija hacia adelante, tratando de concentrarse en cada paso y no en todas las posibilidades que podían esperarlos.
Cuando llegaron a la esquina, Noela tomó su mano.
—¿Estás conmigo?
Juan Carlos la miró.
—Siempre.
Y siguieron caminando.
CAPÍTULO 11
La dirección que Daniel había entregado a Juan Carlos correspondía a una casa antigua situada en una calle tranquila de la zona sur de Buenos Aires, lejos de los lugares que ellos frecuentaban habitualmente y en un barrio donde las fachadas envejecidas, los árboles grandes y las veredas angostas parecían guardar una historia propia detrás de cada persiana cerrada. Durante el trayecto, Noela y Juan Carlos hablaron poco, no porque no tuvieran nada que decirse, sino porque ambos comprendían que cualquier conversación podía terminar llevándolos hacia una pregunta para la cual todavía no tenían respuesta. Juan Carlos llevaba el sobre en el bolsillo interior de su saco y lo tocaba de vez en cuando, casi inconscientemente, como si necesitara comprobar que seguía allí, mientras Noela miraba por la ventanilla y trataba de reconstruir mentalmente todo lo que Daniel había dicho la noche anterior: había visto a Martín, sabía que había estado vivo meses atrás, conocía una fecha y una dirección, pero no podía explicar cómo había obtenido aquella información ni por qué había decidido aparecer precisamente en su casa después de haber sido detenido. La posibilidad de encontrar una respuesta acerca de su primo, después de tanto tiempo de silencio, había vuelto a despertar una esperanza que Noela había aprendido a mantener bajo control, porque sabía que la esperanza podía ser una fuente de fuerza, pero también podía convertirse en una herida cuando se apoyaba sobre algo que todavía no podía comprobar.
—¿Estás pensando en lo mismo que yo? —preguntó Juan Carlos mientras caminaban desde la parada.
—Probablemente.
—Que no sabemos qué vamos a encontrar.
—Eso.
—Y que quizá no encontremos nada.
Noela lo miró.
—Sí.
—¿Te arrepentís de haber venido?
—No.
—Aunque resulte ser una pista equivocada.
—Tampoco.
Juan Carlos asintió lentamente.
—Yo tampoco.
Llegaron a la dirección poco antes del mediodía. La casa tenía una puerta de madera oscura, un pequeño jardín delantero y una ventana cubierta parcialmente por una cortina blanca. No había ningún cartel ni indicación que explicara quién vivía allí. Juan Carlos sacó el papel y comprobó nuevamente la dirección antes de guardarlo.
—¿Entramos?
Noela respiró profundamente.
—Sí.
Golpearon una vez. Nadie respondió. Juan Carlos volvió a golpear, esta vez con mayor fuerza, y después de unos segundos escucharon pasos detrás de la puerta. Una mujer de unos cincuenta años abrió apenas y los observó con una expresión de cautela.
—¿Sí?
Juan Carlos habló con serenidad.
—Buscamos a una persona que pudo haber vivido aquí.
—¿A quién?
—No estamos seguros.
La mujer miró primero a Juan Carlos y después a Noela.
—¿Qué nombre tienen?
Juan Carlos sacó el papel.
—Tenemos esta dirección y una fecha. Nos dijeron que aquí podríamos encontrar información relacionada con un hombre llamado Martín.
La mujer se quedó inmóvil.
Noela percibió inmediatamente el cambio en su rostro.
—¿Lo conoce? —preguntó.
La mujer abrió un poco más la puerta.
—Entren.
La sala era pequeña y estaba llena de muebles antiguos. Sobre una pared había fotografías familiares, algunas de ellas tan antiguas que las personas retratadas parecían pertenecer a otra época. La mujer cerró la puerta con cuidado y permaneció de pie frente a ellos.
—¿Quiénes son ustedes?
—Soy Noela. Martín era mi primo.
La mujer la observó detenidamente.
—¿El muchacho que desapareció?
Noela sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
—Sí.
—Entonces ustedes son de su familia.
—Sí.
La mujer se sentó lentamente.
—Yo sabía que algún día alguien vendría.
Juan Carlos intercambió una mirada con Noela.
—¿Por qué?
—Porque el nombre de Martín quedó acá.
—¿Qué significa eso?
La mujer señaló una carpeta que estaba sobre una mesa.
—Esperen.
Se levantó y entró en otra habitación. Durante unos minutos solamente se escuchó el ruido de algunos cajones. Finalmente regresó con una carpeta gruesa, gastada en los bordes.
—Esto pertenecía a mi marido.
—¿Quién era su marido?
—Se llamaba Esteban.
—¿Y qué relación tenía con Martín?
—No sé exactamente qué relación tenían. Esteban murió hace dos años. Antes de morir me pidió que guardara esto.
Noela sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿Qué hay ahí?
La mujer apoyó la carpeta sobre la mesa.
—Papeles, nombres, algunas direcciones y notas.
Juan Carlos se acercó.
—¿Podemos verlo?
—Sí, pero primero necesito saber algo.
—¿Qué?
—¿Quién les dio esta dirección?
Juan Carlos dudó.
Noela respondió.
—Un hombre llamado Daniel.
La mujer cerró los ojos durante un instante.
—Entonces todavía está vivo.
Juan Carlos la miró.
—¿Lo conoce?
—Lo conocí hace años.
—¿Y Esteban?
—También.
—¿Eran amigos?
La mujer tardó en responder.
—Digamos que estaban relacionados por algunas cosas que ninguno de los dos quería contarme.
Noela miró la carpeta.
—¿Martín estuvo aquí?
—No personalmente.
La esperanza de Noela se contrajo.
—Entonces, ¿por qué está su nombre?
La mujer abrió la carpeta y comenzó a revisar los documentos. Finalmente encontró una hoja amarillenta y la puso sobre la mesa.
El nombre de Martín aparecía escrito a mano.
Debajo había una fecha.
Noela la reconoció.
—Esa fecha coincide con la que nos dio Daniel.
—Sí.
—¿Qué significa?
—No lo sé completamente.
Juan Carlos examinó la hoja.
—Aquí hay una dirección.
—Sí.
—¿Es otro lugar?
—Era un depósito que Esteban utilizaba.
—¿Todavía existe?
—Creo que sí.
Noela señaló otro nombre.
—¿Quién es este hombre?
La mujer se inclinó.
—No lo sé.
—¿Nunca lo vio?
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Y qué hacía aquí?
—Habló con mi marido.
—¿Sobre Martín?
La mujer negó con la cabeza.
—No escuché la conversación.
Juan Carlos volvió a revisar las hojas.
—¿Hay algo que diga dónde estaba Martín?
—Hay una anotación.
—¿Cuál?
La mujer señaló una línea casi ilegible.
Juan Carlos acercó la carpeta hacia la ventana para aprovechar la luz.
—Dice traslado.
Noela sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Traslado a dónde?
—No está escrito.
—¿Entonces no sabemos nada?
—Sabemos que alguien registró su nombre y que hubo un traslado.
—¿Eso significa que estuvo allí?
La mujer la miró.
—Eso parece.
Noela permaneció en silencio. Había esperado tanto tiempo una respuesta que ahora aquella pequeña evidencia resultaba al mismo tiempo demasiado grande y demasiado insuficiente.
—Necesito saber si estaba vivo —dijo finalmente.
La mujer sostuvo su mirada.
—No puedo asegurarlo.
—Pero alguien lo vio.
—Eso parece.
—¿Cuándo?
—Según esto, en una fecha posterior a su desaparición.
Noela cerró los ojos.
Juan Carlos puso una mano sobre su hombro.
—Es algo.
Ella asintió.
—Sí.
La mujer volvió a guardar algunos documentos.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Esteban tenía un cuaderno.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Lo perdió?
—Después de su muerte busqué muchas cosas. El cuaderno no apareció.
Juan Carlos se quedó pensativo.
—¿Podría haberlo llevado alguien?
—Es posible.
—¿Daniel?
La mujer no respondió.
—¿Usted cree que Daniel sabía todo esto?
—Creo que sabía bastante más de lo que decía.
Noela se levantó.
—¿Podemos llevar una copia de esta hoja?
La mujer dudó.
—No puedo entregarles los originales.
—No los necesitamos.
—Puedo copiarla.
La mujer fue hasta un pequeño escritorio y comenzó a reproducir los datos a mano. Noela permaneció a su lado, observando cada palabra. Cuando terminó, le entregó la copia.
—No sé si esto les servirá.
—Nos sirve —dijo Noela.
La mujer la miró.
—¿Qué van a hacer?
Juan Carlos guardó la copia.
—Buscar a alguien que pueda ayudarnos a verificar la información.
—Tengan cuidado.
—Lo tendremos.
Antes de salir, Noela volvió a mirar las fotografías familiares.
—¿Su marido quería que alguien encontrara esto?
La mujer permaneció en silencio.
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Porque durante sus últimos meses me dijo varias veces que había cosas que no debían desaparecer con él.
Noela sintió una extraña tristeza.
—Gracias.
La mujer abrió la puerta.
—Espero que encuentren a su primo.
Noela la miró.
—Yo también.
Cuando salieron a la calle, caminaron varias cuadras sin hablar. La información que llevaban era escasa, pero tenía algo diferente de todas las respuestas vagas que habían recibido durante años: una fecha, un lugar, una anotación concreta y una persona que podía confirmar que el nombre de Martín había aparecido en aquellos documentos. No era una respuesta definitiva, pero tampoco era solamente una esperanza construida sobre palabras. Para Noela significaba algo mucho más profundo: por primera vez desde la desaparición de su primo, el silencio había dejado una pequeña grieta.
—No sé qué sentir —dijo ella finalmente.
—Yo tampoco.
—Quiero alegrarme porque hay una posibilidad.
—Podés hacerlo.
—Pero también tengo miedo de alegrarme demasiado.
Juan Carlos se detuvo.
—Noela, no tenés que controlar cada emoción.
—Si me ilusiono y después no es cierto...
—Entonces lo enfrentaremos.
—¿Juntos?
—Juntos.
Ella tomó su mano.
—Eso es lo que más necesito.
Regresaron a casa entrada la tarde. La pequeña biblioteca estaba abierta y había cuatro niños leyendo en silencio. Noela dejó el bolso sobre una silla y se acercó a ellos como si aquella jornada no hubiera alterado nada.
—¿Cómo van?
Uno de los chicos levantó un libro.
—Encontré un cuento que me gusta.
—¿Cuál?
—Este.
—Entonces llevátelo.
—¿A casa?
—Sí.
—¿Y si lo pierdo?
—No lo vas a perder.
—¿Y si mi hermano lo rompe?
Noela sonrió.
—Entonces tendremos que arreglarlo.
El niño sonrió.
—Bueno.
Juan Carlos observó la escena desde la puerta. Había aprendido a admirar aquella capacidad de Noela para continuar haciendo pequeñas cosas aun cuando su corazón estaba atravesado por problemas que nadie más podía ver. Ella podía recibir una noticia capaz de cambiarle el día entero y, pocos minutos después, concentrarse en un niño que necesitaba ayuda para comprender una historia. No era indiferencia ni olvido; era una manera de no permitir que el dolor le quitara la capacidad de cuidar a otros.
Cuando los niños se marcharon, Noela cerró la biblioteca.
—¿Qué pensás?
—Que necesitamos hablar con alguien.
—¿Con quién?
—Con alguien que pueda ayudarnos a verificar esa dirección.
—¿Y si no encontramos a nadie?
—Seguiremos buscando.
—¿Hasta dónde?
Juan Carlos se acercó.
—Hasta donde podamos sin ponerte en peligro.
Ella lo miró seriamente.
—Otra vez no.
—¿Qué?
—No quiero que mi seguridad sea una excusa para dejarme afuera.
—No es una excusa.
—Entonces decime la verdad.
—Tengo miedo.
Noela tomó su mano.
—Yo también.
—No quiero perderte.
—Y yo no quiero perderte a vos.
—Entonces tenemos que ser cuidadosos.
—Sí.
—Pero juntos.
—Sí.
Se abrazaron en medio de la biblioteca vacía. Afuera comenzaba a caer la tarde y el ruido de la calle entraba por la ventana abierta.
—Hay algo que no te dije —dijo Juan Carlos.
Noela levantó la mirada.
—¿Qué?
—Cuando Daniel vino aquella noche, me dijo algo antes de irse.
—¿Qué cosa?
—Me dijo que no confiara en cualquier persona que dijera conocer la historia de Martín.
Noela se quedó pensativa.
—¿Por qué?
—No lo explicó.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no quería aumentar tu miedo.
—Juan Carlos.
—Lo sé.
—Prometimos no ocultarnos cosas.
—Sí.
—Aunque sean difíciles.
—Sí.
Noela respiró profundamente.
—Entonces no lo hagas otra vez.
—No lo haré.
Aquella noche oraron juntos antes de acostarse. Noela no pidió una respuesta concreta ni un milagro determinado, porque había aprendido que la fe no podía convertirse en una exigencia para que Dios resolviera las cosas exactamente como ellos querían. Solamente pidió fuerzas para caminar por el día siguiente, claridad para distinguir lo verdadero de lo falso y serenidad para no tomar decisiones dominadas por el miedo. Juan Carlos permaneció a su lado, con la cabeza inclinada, y cuando terminaron ninguno de los dos dijo nada durante unos instantes. No necesitaban convertir aquella oración en una explicación; bastaba saber que podían compartir incluso aquello que no sabían cómo nombrar.
Dos días después, Juan Carlos recibió una llamada en el trabajo.
—¿Juan Carlos?
—Sí.
—Soy Ricardo.
Juan Carlos se quedó inmóvil.
—¿Ricardo?
—Necesito hablar con vos.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo por teléfono.
—¿Estás bien?
—Por ahora.
—¿Qué querés?
—Hablar de Daniel.
Juan Carlos sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Qué sabés?
—Más de lo que debería.
—Decime dónde.
—Mañana, seis de la tarde, en el café de la calle Rivadavia.
—¿Vas a ir?
—Si no voy, vas a entender que pasó algo.
—Ricardo, esperá.
La comunicación se cortó.
Juan Carlos permaneció unos segundos mirando el teléfono.
Aquella tarde volvió a casa antes de lo habitual.
—¿Qué pasó? —preguntó Noela.
—Me llamó Ricardo.
Ella dejó lo que estaba haciendo.
—¿Ricardo, el que desapareció?
—Sí.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Qué quiere?
—Hablar sobre Daniel.
Noela se sentó.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Vas solo?
—No.
Ella lo miró.
—Bien.
—Pero tampoco quiero que vengas.
—No voy a ir al encuentro.
—Gracias.
—Voy a estar cerca.
—Noela...
—No voy a discutir esto.
—Podría ser peligroso.
—Precisamente por eso no pienso dejarte solo.
Juan Carlos sonrió.
—Te casaste conmigo para tener una vida tranquila.
—Nunca dije eso.
—Es verdad.
—Además, vos tampoco cumpliste la parte de la tranquilidad.
Él se sentó a su lado.
—¿Sabés qué me preocupa?
—¿Qué?
—Que todo esto termine afectándote.
—Ya me afecta.
—Lo sé.
—Pero hay una diferencia entre estar afectada y estar derrotada.
Juan Carlos la miró.
—¿De dónde sacás esa fuerza?
Noela bajó la mirada.
—Algunas veces no la tengo.
—No parece.
—Porque aprendí a pedirla.
Él tomó su mano.
—A Dios.
—Sí.
—Yo todavía no sé hacerlo como vos.
—No necesitás hacerlo como yo.
—Entonces, ¿cómo?
—Como puedas.
Al día siguiente, la espera hasta las seis pareció interminable. Juan Carlos salió de casa con anticipación y Noela lo acompañó hasta unas cuadras antes del café. Habían acordado que ella permanecería en un lugar desde el cual pudiera verlo entrar y salir sin estar directamente involucrada. Noela llevaba un pequeño bolso y dentro de él había una libreta, una lapicera y su Biblia. No sabía por qué la había llevado, pero sentirla allí le daba cierta calma.
—¿Me esperás?
—Sí.
—Si no salgo en veinte minutos...
—No me voy.
—Noela.
—No me voy.
Juan Carlos la miró durante unos segundos.
—Te amo.
—Yo también.
Él se alejó.
Ricardo llegó pocos minutos después. Entró al café y se sentó frente a Juan Carlos. Era un hombre distinto del que Juan Carlos recordaba: más delgado, con el cabello más largo y una expresión permanentemente alerta.
—Gracias por venir —dijo Ricardo.
—¿Qué pasó?
—Daniel no te contó todo.
—Eso ya lo sé.
—¿Te habló de Martín?
—Sí.
Ricardo bajó la voz.
—Lo que te entregó es verdadero.
Juan Carlos sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Lo viste?
—No personalmente.
—Entonces, ¿cómo lo sabés?
—Porque vi el registro.
—¿Dónde?
—En un lugar donde no debería haberlo visto.
—¿Y qué decía?
Ricardo miró alrededor antes de responder.
—Que Martín fue trasladado.
—¿A dónde?
—Eso es lo que no sé.
—¿Cuándo?
Ricardo mencionó una fecha.
Coincidía con la anotación de la carpeta.
Juan Carlos apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Quién puede saberlo?
Ricardo sacó un pequeño papel.
—Hay un hombre.
—¿Quién?
—Se llama Ernesto.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo lo encuentro?
—Por medio de su hermano.
—¿Dónde vive?
Ricardo le dio otra dirección.
—¿Por qué me ayudás?
Ricardo permaneció en silencio.
—Porque yo también perdí gente.
Juan Carlos no respondió.
—Y porque hay cosas que uno puede intentar olvidar, pero después descubre que olvidar no las hace desaparecer.
Juan Carlos guardó el papel.
—¿Qué pasó con Daniel?
Ricardo bajó la mirada.
—Lo dejaron salir.
—¿Quiénes?
—No sé.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que viniera a tu casa.
Juan Carlos se quedó inmóvil.
—¿Sabías que iba a ir?
—Sí.
—¿Por qué no me avisaste?
—Porque no podía.
—¿Daniel está en peligro?
Ricardo levantó los ojos.
—Todos estamos en peligro de alguna manera.
—Eso no responde.
—Sí.
Juan Carlos sintió una mezcla de rabia y miedo.
—¿Qué quiere decir?
—Que si Daniel vuelve a aparecer, no lo busques.
—¿Por qué?
—Porque quizá no vuelva.
Ricardo se levantó.
—Tengo que irme.
—Esperá.
—No.
—¿Hay algo más?
Ricardo se detuvo.
—Sí.
—¿Qué?
—No confíes en quien te entregue una respuesta demasiado fácil.
Luego salió del café.
Juan Carlos permaneció sentado unos segundos. Después se levantó y caminó hacia la calle. Noela lo vio aparecer y cruzó rápidamente.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Tenemos otra dirección.
—¿De Martín?
—Sí.
Noela cerró los ojos.
—Dios mío.
—Hay alguien que puede saber dónde fue trasladado.
—¿Quién?
—Un hombre llamado Ernesto.
—¿Y dónde está?
—Tenemos la dirección de su hermano.
Noela respiró profundamente.
—Entonces vamos.
—Mañana.
—¿Por qué no hoy?
—Porque primero quiero averiguar quién es.
Ella asintió.
—Está bien.
Caminaron juntos de regreso a casa. La ciudad seguía moviéndose alrededor de ellos con su tráfico, sus comercios, sus colectivos y sus conversaciones cotidianas, y aquella normalidad tenía para Noela algo casi extraño, porque ella llevaba dentro una pregunta que parecía demasiado grande para caber en las calles que recorrían. Cuando llegaron a la esquina de su casa, Juan Carlos se detuvo.
—Esperá.
—¿Qué?
Él miró hacia la puerta.
Había un hombre parado a unos metros.
Noela lo vio también.
El desconocido permaneció inmóvil durante unos segundos y después comenzó a caminar lentamente hacia ellos.
Juan Carlos tomó la mano de Noela.
—No digas nada.
El hombre se acercó.
—¿Juan Carlos?
—Sí.
—Tengo algo para vos.
Sacó un sobre del bolsillo.
Noela sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—¿Quién te lo dio? —preguntó Juan Carlos.
El hombre miró a ambos.
—Un hombre que dijo que ustedes sabrían qué hacer.
—¿Quién?
El desconocido dejó el sobre en la mano de Juan Carlos.
—Se llama Daniel.
Juan Carlos levantó la mirada.
—¿Dónde está?
El hombre ya comenzaba a alejarse.
—No lo sé.
—¡Esperá!
Pero el desconocido siguió caminando hasta perderse entre la gente.
Juan Carlos miró el sobre.
Noela permaneció junto a él.
—¿Lo abrimos acá?
—No.
—Vamos a casa.
Entraron, cerraron la puerta y permanecieron unos segundos en silencio. Juan Carlos dejó el sobre sobre la mesa, al lado de la pequeña Biblia que Noela había dejado allí aquella mañana. Ninguno de los dos lo tocó inmediatamente.
Finalmente, Noela se sentó.
—Abrilo.
Juan Carlos rompió cuidadosamente el borde.
Dentro había una sola hoja.
La desplegó.
Leyó en silencio.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice?
Juan Carlos levantó los ojos.
—Dice que alguien sabe dónde estuvo Martín.
Noela se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Él volvió a mirar la hoja.
—No da el nombre.
—¿Entonces qué dice?
Juan Carlos tragó saliva.
—Dice que para encontrarlo tenemos que buscar primero a Ernesto.
Noela tomó aire lentamente.
—La misma persona.
—Sí.
—¿Y después?
Juan Carlos volvió a mirar la hoja.
—Después dice que preguntemos por el nombre completo de Martín.
Noela frunció el ceño.
—¿Por qué?
Juan Carlos no respondió.
—Juan Carlos.
Él le entregó la hoja.
Noela leyó la última línea.
Porque todavía figura en un registro.
La habitación quedó en silencio mientras ella sostenía el papel entre las manos. Después levantó lentamente la mirada hacia su esposo.
—Entonces alguien todavía tiene su nombre.
Juan Carlos tomó su mano.
—Sí.
Noela cerró los ojos por un instante y apretó sus dedos.
—Vamos a buscarlo.
—Sí.
—Pero juntos.
—Siempre juntos.
Y aquella noche permanecieron sentados frente a la mesa, revisando una y otra vez las direcciones y los nombres que habían ido reuniendo, mientras afuera Buenos Aires seguía avanzando bajo la oscuridad y dentro de aquella pequeña casa dos personas intentaban reconstruir, con unas pocas hojas de papel y una esperanza que todavía no se atrevían a llamar certeza, el camino perdido de un hombre cuyo nombre se negaba a desaparecer.
CAPÍTULO 12
La mañana siguiente comenzó mucho antes de que amaneciera por completo, porque Noela había dormido poco y Juan Carlos había pasado buena parte de la noche revisando los papeles que tenían sobre la mesa, tratando de encontrar alguna relación entre las fechas, los nombres y las direcciones que habían ido apareciendo durante las últimas semanas. La hoja que habían recibido la tarde anterior permanecía doblada dentro de la Biblia de Noela, no porque pensaran que aquel lugar pudiera protegerla de algo, sino porque ninguno de los dos sabía dónde guardarla y, de alguna manera, les había parecido natural colocarla junto a aquello que tantas veces había acompañado sus momentos de incertidumbre. La dirección de Ernesto estaba escrita en una libreta, junto con el nombre de su hermano, y alrededor de esos datos Juan Carlos había hecho pequeñas anotaciones que después había tachado, como si escribir demasiado pudiera convertir una sospecha en una certeza peligrosa. Noela lo observaba desde la puerta de la cocina mientras preparaba café y veía en su rostro la misma concentración que había aparecido otras veces cuando una situación parecía exigirles algo más que paciencia. Habían aprendido que la prudencia no significaba quedarse inmóviles, pero también habían aprendido que avanzar sin medir las consecuencias podía poner en riesgo aquello que más amaban, y por eso aquella mañana necesitaban tomar una decisión que no fuera dictada ni por el miedo ni por una esperanza descontrolada.
—¿Encontraste algo? —preguntó Noela.
—Nada que no hayamos visto.
—Entonces deberías dormir un poco.
—Después.
—Siempre decís después.
Juan Carlos levantó la mirada.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
—¿Estás arrepentida?
—¿De qué?
—De haber empezado a buscar.
Noela dejó la taza sobre la mesa y se sentó frente a él.
—No.
—Aunque esto pueda terminar mal.
—Todo puede terminar mal.
—Eso no es una respuesta tranquilizadora.
—No estoy intentando tranquilizarte. Estoy intentando decirte que no podemos vivir tomando decisiones solamente porque algo podría salir mal.
Juan Carlos permaneció en silencio.
—Pero tampoco podemos hacer como si nada estuviera pasando —continuó ella—. Martín lleva demasiado tiempo siendo solamente un nombre que aparece en las conversaciones familiares cuando alguien recuerda lo que ocurrió, y ahora tenemos una fecha, un registro y personas que aseguran haber visto documentos relacionados con él. No sé qué vamos a encontrar, pero necesito saberlo.
—Yo también.
—Entonces vamos a buscar.
Juan Carlos asintió.
—Hoy.
—Hoy.
Salieron después de las nueve, dejando la biblioteca cerrada por primera vez en varios días. Noela había avisado a una vecina que volverían por la tarde y que, si algún niño preguntaba por ella, le dijera que regresaría al día siguiente. El trayecto hacia la dirección del hermano de Ernesto fue largo y silencioso, interrumpido solamente por algunos comentarios sobre el camino y por la necesidad de comprobar varias veces que seguían en la dirección correcta. A medida que avanzaban, Noela sentía una mezcla de ansiedad y serenidad que no lograba explicar. No estaba tranquila, porque la posibilidad de descubrir algo sobre Martín hacía que cada minuto pareciera demasiado importante, pero tampoco estaba dominada por el miedo como había ocurrido en otras ocasiones. Había algo diferente en ella desde que Daniel había aparecido aquella noche: por primera vez, la ausencia de su primo había dejado de ser una historia detenida en el pasado y se había convertido en una pregunta que todavía podía tener una respuesta.
La casa del hermano de Ernesto estaba ubicada en una zona humilde, en una calle donde varias viviendas compartían paredes y donde las puertas parecían haber sido reparadas muchas veces. Juan Carlos comprobó la dirección y golpeó. Nadie respondió. Volvió a golpear y finalmente una voz preguntó desde adentro quién era.
—Buscamos a Ernesto.
Hubo un silencio.
—¿Quién lo busca?
—Nos dieron esta dirección.
La puerta se abrió unos centímetros.
Un hombre de unos sesenta años apareció detrás.
—¿Quiénes son ustedes?
—Mi nombre es Juan Carlos. Ella es mi esposa, Noela.
El hombre miró a Noela.
—¿Qué quieren con Ernesto?
—Necesitamos información.
—Ernesto no vive acá.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
Juan Carlos sacó el papel.
—Nos dieron esta dirección.
El hombre lo observó.
—¿Quién?
—Ricardo.
El rostro del hombre cambió.
—Pasen.
Entraron en una pequeña sala. El hombre cerró la puerta y permaneció unos segundos junto a ella antes de sentarse.
—¿Qué quieren saber?
Noela respondió.
—Buscamos a mi primo Martín.
El hombre la observó con atención.
—¿Martín qué?
Ella pronunció el apellido completo.
El hombre bajó la mirada.
—Entonces es verdad.
—¿Qué cosa?
—Que alguien estaba buscando a su familia.
—¿Quién?
—No lo sé.
Juan Carlos intervino.
—¿Ernesto conoció a Martín?
—Sí.
Noela sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Cómo lo conoció?
—Eso nunca me lo explicó completamente.
—¿Pero sabe dónde estuvo?
El hombre tardó en responder.
—Sé dónde pudo haber estado.
—¿Dónde?
—En un lugar que ya no funciona como antes.
Juan Carlos se inclinó hacia adelante.
—Necesitamos una dirección.
—No es tan sencillo.
—Entiendo.
—No, no entiende. Mi hermano desapareció durante semanas después de intentar averiguar ciertas cosas. Cuando volvió, no era el mismo hombre. Nunca me dijo exactamente qué había visto, pero desde entonces evitó hablar de nombres.
Noela sintió un escalofrío.
—¿Ernesto está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo.
Juan Carlos lo miró.
—Señor, no queremos hacerle daño.
—Ya lo sé.
—Entonces ayúdenos.
El hombre miró a Noela.
—¿Por qué quiere encontrarlo?
—Porque es mi primo.
—Eso ya lo sé.
—Porque mi familia lleva años esperando saber qué pasó con él.
El hombre permaneció en silencio.
—Y porque todavía tengo la esperanza de que esté vivo.
—¿Aunque hayan pasado tantos años?
—Sí.
—¿Por qué?
Noela bajó la mirada.
—Porque mientras no sepa lo contrario, no quiero enterrarlo dentro de mí.
El hombre la observó largamente.
—Mi hermano decía algo parecido.
Juan Carlos preguntó:
—¿Qué decía?
—Que una persona desaparecida no deja de existir porque los demás dejen de pronunciar su nombre.
Noela sintió que aquellas palabras le resultaban extrañamente familiares, como si fueran parte de una conversación que todavía no había terminado.
—¿Puede llevarnos hasta él?
El hombre negó con la cabeza.
—No.
—¿Puede darle nuestro mensaje?
—Eso sí.
—¿Le dirá que somos nosotros?
—Sí.
—¿Y que buscamos a Martín?
—También.
Juan Carlos sacó un papel.
—Escriba la dirección de donde podemos encontrarlo.
El hombre dudó.
—No puedo.
—Entonces escriba una forma de contactarlo.
Después de varios segundos, el hombre tomó la lapicera y anotó un número de teléfono.
—Llámelo mañana.
—¿A qué hora?
—Después de las ocho de la noche.
Noela guardó el papel.
—Gracias.
Cuando se levantaron, el hombre los acompañó hasta la puerta.
—Una cosa más.
Noela se volvió.
—¿Sí?
—Si Ernesto les habla de un cuaderno, no le digan que ustedes saben que existe.
Juan Carlos lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si menciona el cuaderno, significa que confía en ustedes.
Noela asintió.
—Entendido.
Salieron a la calle. Durante varios minutos caminaron sin hablar.
—¿Qué pensás? —preguntó Noela.
—Que estamos cada vez más cerca de algo.
—¿De Martín?
—De la verdad.
Ella respiró profundamente.
—A veces no sé si quiero la verdad.
Juan Carlos se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque puede doler.
—Sí.
—Pero también puede terminar con años de incertidumbre.
—Sí.
—Entonces prefiero saber.
Continuaron caminando. Esa tarde regresaron a casa y abrieron nuevamente la biblioteca. Noela necesitaba hacer algo con las manos, concentrarse en una tarea sencilla que le permitiera recuperar por unas horas la sensación de normalidad. Ordenó los libros, revisó los préstamos y ayudó a dos niños con una tarea escolar. Juan Carlos reparó una estantería que estaba comenzando a inclinarse y después salió a comprar unas herramientas. Cuando regresó, Noela estaba escribiendo a máquina.
—¿Qué hacés?
—Una historia.
—¿Sobre qué?
—Sobre una mujer que espera.
—¿Es sobre vos?
Noela sonrió.
—Tal vez.
—¿Y cómo termina?
—No lo sé.
—Entonces no es una historia terminada.
—Quizá algunas historias no se terminan mientras uno todavía está viviendo dentro de ellas.
Juan Carlos la observó.
—Eso fue bastante profundo.
—No te acostumbres.
Él rió.
—¿Querés cenar afuera?
Noela dejó de escribir.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hace mucho que no hacemos algo sin hablar de Daniel, Martín, Ernesto, Ricardo, sobres, direcciones o personas desaparecidas.
Ella sonrió.
—Me parece una excelente idea.
Aquella noche caminaron hasta un pequeño restaurante donde habían ido algunas veces antes de casarse. Se sentaron junto a una ventana y hablaron durante casi una hora de cosas que no tenían relación con la situación que los había llevado hasta allí. Recordaron una discusión absurda sobre el color de las paredes de la casa, hablaron de la mesa nueva que todavía necesitaban comprar y discutieron sobre qué libro debería ocupar el lugar principal de la biblioteca. En un momento, Noela lo miró y comprendió que aquellos instantes sencillos eran precisamente los que más quería proteger. No necesitaban grandes acontecimientos para sentirse unidos; bastaba una comida compartida, una conversación sin miedo y la posibilidad de regresar juntos a casa.
—¿Sabés qué me gusta de nosotros? —preguntó ella.
—¿Qué?
—Que todavía podemos reírnos.
—Yo me río de vos bastante.
—Eso no cuenta.
—Entonces no sé.
—Que después de todo lo que pasó seguimos teniendo ganas de vivir.
Juan Carlos dejó el tenedor.
—Eso sí.
—¿Te parece poco?
—No.
—A mí tampoco.
Cuando regresaron, la casa estaba oscura. Juan Carlos abrió la puerta y encendió la luz. No había nada fuera de lugar. La biblioteca seguía cerrada y el patio permanecía tranquilo. Sin embargo, sobre la mesa de la cocina había un papel que ninguno de los dos había dejado allí.
Juan Carlos se acercó lentamente.
—¿Qué es?
Noela permaneció detrás de él.
—No lo sé.
Él tomó el papel.
Había una sola dirección escrita.
Era diferente de las anteriores.
Debajo aparecía una hora.
No había firma.
Noela sintió que el miedo volvía a instalarse en su pecho.
—No podemos ir.
Juan Carlos la miró.
—No sabemos quién lo dejó.
—Precisamente.
—Tenés razón.
—Podría ser una trampa.
—Sí.
—Entonces no vamos.
Juan Carlos guardó el papel.
—No esta noche.
—¿Y mañana?
—Primero averiguaremos quién puede estar detrás de esto.
Noela se acercó.
—Prometeme que no vas a ir solo.
—Te lo prometo.
—No porque piense que no podés cuidarte.
—Lo sé.
—Sino porque ya aprendimos que el amor también significa saber cuándo no avanzar.
Juan Carlos la abrazó.
—¿Te arrepentís de haberte casado conmigo?
Ella sonrió contra su pecho.
—Nunca.
—Incluso con esto.
—Incluso con esto.
—Yo tampoco.
Esa noche volvieron a orar juntos. La oración fue breve, sencilla y sin grandes palabras. Noela pidió que Dios los guardara de tomar decisiones impulsivas y que les diera sabiduría para distinguir una puerta que debía abrirse de otra que debía permanecer cerrada. Juan Carlos pidió que, si la verdad sobre Martín estaba realmente al alcance de sus manos, pudieran encontrarla sin perderse ellos mismos en el camino. Después se acostaron, pero ninguno durmió profundamente.
A la mañana siguiente, Juan Carlos llamó al número que habían recibido.
—¿Ernesto?
—¿Quién habla?
—Me dieron su número.
—¿Quién?
—Su hermano.
Hubo silencio.
—¿Qué quiere?
—Hablar sobre Martín.
La respiración del otro lado cambió.
—¿Quién es usted?
—Juan Carlos.
—¿Y ella?
Juan Carlos miró a Noela.
—Noela.
—¿La prima?
—Sí.
—Entonces sé quiénes son.
Noela se acercó al teléfono.
—Necesito hablar con usted.
—Lo sé.
—¿Conoció a Martín?
—Sí.
—¿Lo vio después de que desapareció?
Silencio.
—Sí.
Noela cerró los ojos.
—¿Cuándo?
—Después de su traslado.
—¿Dónde?
—No puedo hablar por teléfono.
—¿Puede encontrarse con nosotros?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
—¿Dónde?
Ernesto dio una dirección.
Juan Carlos tomó nota.
—¿Iremos solos?
—Sí.
—¿Es seguro?
Ernesto tardó en responder.
—Nada es completamente seguro.
La llamada terminó.
Noela miró a Juan Carlos.
—¿Qué hacemos?
—Vamos.
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces...
—Pero necesitamos escucharlo.
Noela asintió.
Antes de salir, tomó su Biblia.
Juan Carlos la miró.
—¿La llevás?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me acompaña.
—Entonces llevála.
La reunión tuvo lugar en una pequeña iglesia cerrada al público durante aquella hora. Ernesto los esperaba en una habitación lateral. Era un hombre de unos cincuenta años, de rostro cansado y manos inquietas. Cuando vio a Noela, se puso de pie.
—Usted es la prima.
—Sí.
—Se parece a él.
Noela sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿A Martín?
—En los ojos.
—¿Lo conoció bien?
—Lo suficiente para recordar su voz.
—Necesito saber qué ocurrió.
Ernesto señaló las sillas.
—Siéntense.
Juan Carlos permaneció de pie.
—Preferimos escucharlo primero.
Ernesto asintió.
—Martín estuvo en un lugar donde yo también estuve.
Noela contuvo la respiración.
—¿Dónde?
Ernesto pronunció el nombre de un antiguo centro clandestino de detención que había sido mencionado en los documentos que habían encontrado.
—¿Cuándo?
—No puedo darles una fecha exacta.
—¿Pero estaba vivo?
—Sí.
Noela llevó una mano a la boca.
—¿Cuándo lo vio?
—Durante un período breve.
—¿Habló con usted?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Ernesto miró al suelo.
—Me preguntó por su familia.
—¿Por nosotros?
—No sabía sus nombres. Habló de una prima llamada Noela.
Ella cerró los ojos.
—¿Qué más?
—Dijo que quería que supieran que no había dejado de pensar en ustedes.
Noela comenzó a llorar.
Juan Carlos se acercó y le tomó la mano.
—¿Sabe qué pasó después?
Ernesto respiró profundamente.
—Fue trasladado.
—¿A dónde?
—Eso no lo sé.
—¿Quién lo trasladó?
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas que sabían esas cosas todavía están vivas.
Juan Carlos comprendió el peso de aquella respuesta.
—¿Y el registro?
Ernesto lo miró.
—¿Qué registro?
—Tenemos una copia donde aparece el nombre de Martín y la palabra traslado.
Ernesto cerró los ojos.
—Entonces encontraron el camino.
Noela lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Que alguien dejó esos documentos para que ustedes los encontraran.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Daniel?
Ernesto permaneció en silencio.
Juan Carlos insistió.
—¿Fue Daniel?
—Daniel sabía algunas cosas.
—¿Está vivo?
Ernesto bajó la mirada.
—La última vez que lo vi, sí.
Noela preguntó:
—¿Cuándo fue?
—Poco antes de que desapareciera nuevamente.
—¿Qué significa nuevamente?
Ernesto la miró.
—Que la primera vez que estuvo detenido no fue la última.
Noela sintió que el miedo volvía a recorrerla.
—¿Y ahora?
—No lo sé.
—¿Está buscando a Martín?
—Sí.
—¿Por qué?
Ernesto dudó.
—Porque una persona me pidió que lo hiciera.
—¿Quién?
—Su marido.
Juan Carlos quedó inmóvil.
—¿Yo?
—No directamente.
—¿Entonces quién?
Ernesto sacó un pequeño cuaderno del bolsillo.
—Esteban.
Juan Carlos reconoció el nombre.
—El hombre de la casa de la carpeta.
—Sí.
—¿Dónde está ese cuaderno?
Ernesto lo levantó.
—Ahora lo tengo yo.
Noela miró el objeto.
—¿Está el nombre de Martín?
—Sí.
—¿Qué dice?
Ernesto abrió una página.
—Dice que después del traslado había una persona que podía conocer el destino final.
—¿Quién?
Ernesto miró a Juan Carlos.
—Un funcionario.
—¿Dónde está?
—Eso es lo que todavía estoy tratando de averiguar.
Noela sintió una mezcla de esperanza y cansancio.
—¿Entonces todavía no sabemos dónde está Martín?
Ernesto negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Pero sabe que estuvo vivo?
—Sí.
—¿Después de su desaparición?
—Sí.
—¿Y eso consta en el cuaderno?
—Sí.
Noela lloró en silencio.
Juan Carlos se acercó.
—Gracias.
Ernesto cerró el cuaderno.
—No me agradezca todavía.
—¿Por qué?
—Porque encontrar la verdad puede llevarlos a lugares que quizá preferirían no conocer.
Noela respondió con serenidad.
—Ya hemos vivido demasiado tiempo sin conocerla.
Ernesto la observó.
—Entonces voy a decirles algo que nunca le dije a nadie.
Noela levantó la mirada.
—¿Qué?
—Martín no estaba solo cuando lo vi.
Juan Carlos frunció el ceño.
—¿Con quién estaba?
Ernesto negó con la cabeza.
—No sé quién era.
—¿Hombre o mujer?
—Una mujer.
Noela sintió que el aire parecía desaparecer de la habitación.
—¿Cómo era?
—No puedo describirla bien.
—¿Pero hablaba con Martín?
—Sí.
—¿La conocía?
—Parecía conocerlo.
Juan Carlos preguntó:
—¿Dijo algún nombre?
Ernesto miró nuevamente el cuaderno.
—Sí.
—¿Cuál?
Ernesto pasó una página.
—Dijo un nombre que aparece aquí.
Noela se inclinó.
—¿Cuál?
Ernesto señaló la línea.
Noela leyó.
Era un nombre que ninguno de los dos había escuchado antes.
—¿Quién es? —preguntó Juan Carlos.
Ernesto cerró el cuaderno.
—Eso es lo que tienen que averiguar.
Noela miró a su esposo.
Juan Carlos le tomó la mano.
—Lo haremos.
Ernesto se levantó.
—Entonces guarden esto.
Le entregó a Juan Carlos una pequeña hoja arrancada del cuaderno.
—¿Qué es?
—Una dirección.
—¿De quién?
—De la mujer.
Noela tomó la hoja.
—¿Dónde vive?
Ernesto señaló el papel.
—En otra ciudad.
Juan Carlos la leyó.
Noela permaneció a su lado.
—Tenemos que ir.
Juan Carlos la miró.
—Sí.
Y mientras Ernesto volvía a guardar el cuaderno bajo su abrigo, Noela apretó entre sus dedos aquella dirección desconocida y sintió que, después de tantos años, el nombre de Martín ya no estaba solamente asociado con una ausencia, sino también con un camino que todavía podía recorrerse.
CAPÍTULO 13
La dirección que Ernesto había entregado correspondía a una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, a varias horas de viaje desde la capital, y durante todo el trayecto Noela permaneció junto a la ventanilla con la hoja doblada dentro de su Biblia, mientras Juan Carlos conducía con las dos manos firmemente apoyadas sobre el volante y una concentración que no parecía provenir solamente de la necesidad de mantener el automóvil en la ruta. Habían salido temprano, cuando todavía quedaban en las calles de Buenos Aires restos de una noche que comenzaba a desaparecer bajo la luz gris de la mañana, y ninguno de los dos había encontrado una manera sencilla de hablar acerca de lo que podía ocurrir cuando llegaran. Ernesto había sido claro en una cosa: la mujer cuyo nombre aparecía en el cuaderno había conocido a Martín después de su desaparición y podía haber sido una de las últimas personas que lo vio, pero no sabía si seguía viviendo en aquella dirección ni si estaría dispuesta a hablar. Para Noela, sin embargo, aquella incertidumbre ya no tenía la misma dimensión que meses atrás, porque ahora sabía que Martín había estado vivo después del momento en que su familia había perdido toda noticia de él, sabía que había preguntado por los suyos y sabía que, en medio de circunstancias que ninguno de ellos podía comprender por completo, había pronunciado su nombre. Durante años había imaginado tantas veces aquel momento que ahora le parecía extraño tener finalmente una posibilidad concreta de acercarse a él, aunque fuera a través del relato de otra persona.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Juan Carlos después de un largo silencio.
—Mucho.
—Yo también.
—¿Y si no está?
—Preguntaremos.
—¿Y si está y no quiere hablar?
—Esperaremos.
—¿Y si lo que sabe es peor de lo que imaginamos?
Juan Carlos la miró brevemente antes de volver los ojos a la carretera.
—Entonces lo sabremos juntos.
Noela apretó la Biblia entre sus manos.
—Eso es lo que me ayuda.
—¿Qué cosa?
—Saber que no voy sola.
—Nunca vas sola.
Ella apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos durante unos minutos. No estaba pidiendo que la historia terminara como ella deseaba, porque después de todo lo ocurrido había aprendido que la fe no consistía en exigirle a Dios un desenlace determinado. Su oración era más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil: quería tener valor para aceptar la verdad, cualquiera que fuese, y quería conservar la capacidad de amar incluso si aquella verdad no podía devolverle aquello que había perdido. Desde que se había casado con Juan Carlos había comprendido que el amor no era únicamente compartir los días felices ni construir una casa con libros, plantas y una mesa alrededor de la cual conversar; también era permanecer cuando la vida obligaba a atravesar lugares oscuros, sostener la mano del otro cuando no había respuestas y aceptar que algunas heridas no desaparecían porque uno tuviera fe. Pensó en su madre, en las conversaciones de aquellos años, en las noches en que había llorado preguntándose por qué Dios permitía determinadas cosas, y recordó algo que una vez le había dicho su padre: creer no significaba entenderlo todo, sino seguir caminando sin convertir la incomprensión en desesperación.
Llegaron poco después del mediodía. La casa era pequeña y estaba ubicada en una calle arbolada, frente a una plaza donde algunos niños jugaban y varias personas mayores conversaban sentadas en bancos. Juan Carlos estacionó el automóvil a cierta distancia y ambos permanecieron unos minutos dentro.
—¿Querés que vaya primero? —preguntó él.
—No.
—Podría hacerlo.
—No.
—Está bien.
Noela respiró profundamente.
—Vamos juntos.
Caminaron hasta la puerta. Juan Carlos golpeó dos veces. Una mujer apareció detrás de la ventana y permaneció observándolos durante unos segundos antes de abrir.
Tenía unos cincuenta años, quizá algunos más, y una expresión que mezclaba cansancio y desconfianza.
—¿Sí?
Juan Carlos habló primero.
—Buscamos a una mujer llamada Elena.
La mujer se quedó quieta.
—¿Para qué?
Noela dio un paso adelante.
—Nos dijeron que podía conocer a un hombre llamado Martín.
La mujer la miró directamente.
—¿Quiénes son ustedes?
—Soy Noela. Martín era mi primo.
La mujer abrió un poco más la puerta.
—Pasen.
La sala estaba casi vacía. Había una mesa, dos sillas, una biblioteca pequeña y varias fotografías antiguas. La mujer cerró la puerta y permaneció de pie frente a ellos.
—¿Quién les dio mi nombre?
—Un hombre llamado Ernesto.
Elena bajó la mirada.
—Entonces el cuaderno volvió a salir.
Juan Carlos preguntó:
—¿Usted conoció a Esteban?
—Sí.
—¿Y a Martín?
Elena respiró lentamente.
—Sí.
Noela sintió que las piernas le temblaban.
—¿Cuándo?
—Hace mucho tiempo.
—¿Después de que desapareció?
—Sí.
—¿Estaba vivo?
Elena la miró.
—Sí.
Noela cerró los ojos.
Durante unos segundos no pudo hablar.
—¿Dónde lo vio?
—En un lugar donde ninguno de nosotros quería estar.
—¿Era un centro de detención?
Elena no respondió directamente.
—Yo también estaba detenida.
Juan Carlos la observó con atención.
—¿Estuvo con él?
—Durante un tiempo.
—¿Hablaron?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
Elena se sentó.
—Preguntaba constantemente por su familia. Quería saber si alguien estaba buscándolo.
Noela se sentó frente a ella.
—¿Le dijo mi nombre?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Elena miró hacia la ventana.
—Dijo que tenía una prima llamada Noela y que ella no iba a dejar de buscarlo.
Noela comenzó a llorar.
—Eso es cierto.
Elena asintió.
—Lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque Martín hablaba de ustedes.
—¿Qué más decía?
—Hablaba de su madre, de sus hermanos, de su casa, de las cosas que hacía antes. Hablaba de la vida cotidiana como si recordar aquellas cosas fuera una manera de seguir siendo él mismo.
Noela se secó las lágrimas.
—¿Cuánto tiempo estuvo con usted?
—No puedo decirlo con exactitud. Perdíamos la noción de los días.
Juan Carlos preguntó:
—¿Qué ocurrió después?
Elena bajó la voz.
—Un día se llevaron a varios.
—¿A Martín?
—Sí.
—¿Adónde?
—No lo sé.
—¿Estaba vivo cuando se lo llevaron?
—Sí.
Noela respiró profundamente.
—¿Lo volvió a ver?
Elena permaneció en silencio.
—Necesito que me diga la verdad.
—No lo volví a ver.
La respuesta cayó sobre la habitación con una dureza que ninguno de los tres intentó suavizar. Noela había llegado allí esperando quizá encontrar una última pieza que cerrara la historia, pero ahora comprendía que lo que tenía delante era solamente una parte del camino. Martín había estado vivo. Había hablado. Había recordado a su familia. Había sido trasladado. Después, nada. Aquel límite era brutal precisamente porque llegaba después de una esperanza que durante años había permanecido dormida. Sin embargo, incluso aquella respuesta significaba algo que Noela necesitaba conservar: su primo no había desaparecido del mundo en el instante en que dejaron de tener noticias de él; había existido después de aquel momento, había pensado en ellos y había pronunciado su nombre.
—¿Sabe si dejó algo? —preguntó ella.
Elena la miró.
—Sí.
—¿Qué?
—Una carta.
Noela levantó la mirada.
—¿Una carta para quién?
—Para usted.
Juan Carlos se quedó inmóvil.
—¿Dónde está?
Elena se levantó y entró en una habitación. Regresó unos minutos después con un sobre viejo, amarillento y cuidadosamente cerrado. Lo sostuvo entre las manos antes de entregárselo a Noela.
—Estuve años preguntándome si debía buscarla.
—¿Por qué no lo hizo?
—Porque tenía miedo.
Noela comprendió.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy cansada de tener miedo.
Noela recibió el sobre.
Su nombre estaba escrito en la parte delantera.
Noela.
Reconoció inmediatamente la letra.
No necesitaba que nadie se lo confirmara.
—Es de él.
—Sí.
—¿La leyó?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
Noela acarició el sobre con los dedos.
—Gracias.
Elena volvió a sentarse.
—Hay algo que debe saber.
—¿Qué?
—La carta no dice dónde está Martín.
Noela cerró los ojos.
—Está bien.
—Puede ser dolorosa.
—También está bien.
—¿Quiere leerla ahora?
Noela miró a Juan Carlos.
Él tomó su mano.
—Como quieras.
Noela abrió el sobre lentamente. Dentro había una hoja doblada varias veces. La letra de Martín era irregular, como si hubiera escrito con prisa o en condiciones difíciles. Noela comenzó a leer en silencio y después de unas líneas las lágrimas le impidieron continuar. Juan Carlos la observó y esperó. Finalmente ella le entregó la hoja.
—Leela vos.
Juan Carlos tomó la carta.
Noela miró hacia la ventana mientras él leía.
La carta hablaba de cosas sencillas. Martín decía que recordaba la casa de su familia, las reuniones de los domingos, las conversaciones con Noela y las veces que habían discutido por cosas insignificantes. Decía que no sabía si aquella carta llegaría a sus manos, pero que necesitaba escribirla porque mientras pudiera poner su nombre sobre un papel todavía podía sentir que no había sido completamente borrado. Le pedía a su familia que no viviera esperando solamente una noticia, porque él no quería convertirse en una ausencia que consumiera todas las vidas que había dejado atrás. Y hacia el final había una frase que Juan Carlos leyó dos veces antes de levantar la mirada.
—¿Qué dice? —preguntó Noela.
Juan Carlos le devolvió la hoja.
—Leela.
Noela volvió a mirar la carta.
Si alguna vez llega este papel a tus manos, quiero que recuerdes que el amor de ustedes llegó hasta mí cuando yo estaba lejos de todo lo que conocía. Si no puedo volver, no quiero que mi ausencia les quite la vida. Quiero que sigan adelante, que amen, que formen sus familias y que no tengan miedo de recordar mi nombre.
Noela permaneció inmóvil durante largo rato.
—Es él.
Juan Carlos asintió.
—Sí.
—Es exactamente como hablaba.
—Sí.
Ella continuó leyendo.
La última parte estaba dirigida especialmente a ella.
Martín le decía que había sabido que asistía a una iglesia y que, aunque él nunca había sido un hombre de mucha fe, había descubierto que en momentos de miedo los recuerdos de las conversaciones que habían tenido acerca de Dios le habían dado cierta tranquilidad. No decía que comprendiera todas las respuestas ni que estuviera seguro de lo que sucedería, pero decía que quería creer que la vida no terminaba en aquello que los hombres podían hacer unos contra otros. Le pedía que, si alguna vez volvía a sentirse culpable por no haber podido encontrarlo, recordara que nadie puede cargar con la responsabilidad de salvar a otra persona de todas las desgracias del mundo. Y terminaba diciéndole que, si podía, cuidara a quienes todavía estuvieran a su alrededor.
Noela dejó caer la carta sobre su regazo.
—Nunca pude salvarlo.
Juan Carlos se inclinó hacia ella.
—No tenías que salvarlo.
—Pero lo busqué durante años.
—Y él lo sabía.
—No fue suficiente.
—Para él significó algo.
Noela lloró.
—¿Cómo podés saberlo?
—Porque te pidió que siguieras viviendo.
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—Tengo tanto dolor.
—Lo sé.
—Y al mismo tiempo siento paz.
Juan Carlos le tomó la mano.
—Quizá pueden existir las dos cosas.
Elena los observaba desde la otra silla.
—Eso es lo que me enseñó Martín.
Noela levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que uno puede tener miedo y aun así seguir siendo capaz de amar.
Aquellas palabras quedaron en silencio entre ellos.
Después de un rato, Noela preguntó:
—¿Nunca supo qué ocurrió con él?
Elena negó lentamente.
—No.
—¿Nunca escuchó nada?
—Nada que pudiera comprobar.
—¿Y el cuaderno?
—Esteban intentó averiguarlo.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta poco antes de morir.
—¿Y por qué no se lo entregó a mi familia?
Elena bajó la mirada.
—Porque tenía miedo de que buscarlos pusiera en peligro a otros.
Juan Carlos comprendió entonces por qué tantas piezas habían tardado tanto tiempo en reunirse. Cada persona había tenido una parte de la historia, pero ninguna había poseído la historia completa. Algunos habían callado para proteger a otros, algunos por miedo y otros porque sencillamente no sabían qué hacer con aquello que habían visto. El resultado había sido una ausencia que parecía no tener límites, una historia fragmentada que había pasado de mano en mano durante años hasta llegar finalmente a Noela.
—¿Puedo quedarme con la carta? —preguntó.
Elena asintió.
—Es suya.
Noela se levantó.
—Gracias por haberla guardado.
—No me dé las gracias.
—¿Por qué?
—Porque durante mucho tiempo pensé que guardar una carta era suficiente. Ahora entiendo que lo importante era que llegara a usted.
Antes de marcharse, Noela abrazó a Elena.
—Dios la bendiga.
Elena cerró los ojos.
—Ojalá también a usted.
Regresaron a Buenos Aires al día siguiente. Durante el viaje, Noela llevó la carta contra su pecho y permaneció largos períodos mirando el paisaje sin hablar. Juan Carlos no intentó llenar aquel silencio, porque sabía que algunas emociones necesitaban espacio para acomodarse. De vez en cuando le tomaba la mano sobre la consola del automóvil y ella entrelazaba sus dedos con los suyos. La tristeza seguía allí, profunda y definitiva, porque aquella carta no podía responder la pregunta que durante tantos años había atormentado a la familia: qué había ocurrido con Martín después de su traslado. Pero ahora había algo que antes no existía. Había una voz. Una letra. Un recuerdo concreto. Había palabras escritas por él mismo y una certeza que nadie podría quitarle: durante sus últimos momentos conocidos, Martín había pensado en su familia y había querido que ellos continuaran viviendo.
Cuando llegaron a casa, Noela abrió la puerta de la biblioteca y permaneció allí durante varios minutos. Los libros seguían en los estantes, algunos torcidos, otros gastados por el uso. La máquina de escribir permanecía sobre la mesa. Un niño había dejado un dibujo entre dos libros y una pequeña planta necesitaba agua. Todo parecía exactamente igual y, sin embargo, para ella todo había cambiado.
—¿Querés cerrar por hoy? —preguntó Juan Carlos.
Noela negó con la cabeza.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Podemos hacerlo mañana.
—No quiero que la casa se quede en silencio.
Juan Carlos comprendió.
Poco después llegaron los primeros niños. Noela los recibió con una sonrisa y comenzó a ayudarlos con sus tareas. Uno de ellos se acercó con un libro en la mano.
—¿Puedo llevarme este?
—Sí.
—¿Aunque sea grande?
—Aunque sea grande.
—¿Y si no lo entiendo?
—Lo leemos juntos.
El niño sonrió y se sentó frente a ella.
Juan Carlos observó desde la puerta mientras Noela explicaba una historia. En algún momento ella levantó los ojos y sus miradas se encontraron. Él supo entonces que aquella biblioteca, que había nacido como una pequeña idea durante la ausencia de Juan Carlos, se había convertido en algo mucho más grande que una colección de libros. Era una manera de afirmar que la vida podía continuar sin negar el dolor, que recordar a quienes faltaban no significaba quedarse detenido en el pasado y que cuidar a otros podía ser una forma silenciosa de mantener viva la esperanza.
Esa noche, cuando quedaron solos, Noela colocó la carta de Martín dentro de una carpeta.
—¿Dónde la vas a guardar?
—Aquí.
—¿Con los otros documentos?
—No.
—¿Dónde?
Noela señaló un estante de la biblioteca.
—Entre los libros.
Juan Carlos sonrió.
—Tiene sentido.
—Quiero que esté donde pueda verla.
—¿No te va a hacer demasiado daño?
—Sí.
—Entonces...
—Pero también me hace bien.
Juan Carlos no respondió.
Noela abrió la Biblia y colocó dentro de ella una pequeña fotografía familiar que había llevado durante años. Después puso la mano sobre la carta.
—Hoy entendí algo.
—¿Qué?
—Que amar a alguien no significa necesariamente tenerlo para siempre.
Juan Carlos permaneció junto a ella.
—No.
—A veces significa llevarlo con uno.
—Sí.
—Y seguir.
—Sí.
Noela levantó la mirada.
—Tengo miedo de que un día duela menos y sentir que lo estoy olvidando.
Juan Carlos la abrazó.
—No vas a olvidarlo.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque hay personas que dejan de estar delante de nosotros y, sin embargo, siguen formando parte de quienes somos.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Quiero creer eso.
—Entonces creelo.
—¿Vos creés?
Juan Carlos tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿En qué?
—En que lo que vivimos no queda reducido a lo que perdimos.
Noela cerró los ojos.
—Eso también lo aprendí.
Durante los meses siguientes, la vida comenzó lentamente a recuperar una forma nueva. Noela siguió con la biblioteca y Juan Carlos continuó trabajando, aunque ambos conservaron la costumbre de hablar cada noche sobre lo ocurrido, sin obligarse a encontrar una conclusión definitiva. La familia de Noela recibió la carta de Martín y la noticia de que había sido visto con vida después de su desaparición produjo al mismo tiempo dolor y consuelo. Su madre lloró durante horas cuando leyó las palabras de su hijo, pero después pidió que se las leyeran nuevamente. Su padre guardó una copia y dijo que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenían algo concreto que recordar. Nadie supo explicar qué había sucedido con Martín después de aquel traslado, y la incertidumbre permaneció como una herida abierta, pero ya no era la misma herida de antes. Había una voz que había conseguido atravesar los años y llegar hasta ellos.
Noela y Juan Carlos continuaron viviendo en su pequeña casa. Compraron finalmente la mesa nueva que tantas veces habían postergado y la colocaron cerca de la ventana. La biblioteca creció hasta ocupar una habitación completa. Algunas familias comenzaron a llevar libros usados y cuadernos, y Noela aceptaba todo aquello que pudiera servir. En ocasiones, alguien preguntaba por qué había comenzado aquella tarea y ella respondía que había aprendido que un libro podía ser una compañía cuando alguien se sentía solo. Nunca explicaba toda la historia, porque había cosas que pertenecían a su intimidad y no necesitaban ser contadas para ser verdaderas.
Una tarde de primavera, mientras regaba las plantas del patio, Juan Carlos salió con dos tazas de café.
—¿Sabés qué día es hoy?
Noela pensó unos segundos.
—¿Nuestro aniversario?
—No.
—¿El cumpleaños de tu padre?
—Tampoco.
—Entonces no sé.
Juan Carlos le entregó una taza.
—El día que compramos esta casa.
Noela miró alrededor.
—Parece que fue hace una vida.
—Y fue hace poco más de un año.
—Pasaron demasiadas cosas.
—Sí.
Ella se sentó.
—¿Te arrepentís de algo?
Juan Carlos se sentó junto a ella.
—De algunas cosas que hice antes de conocerte.
—No te pregunté eso.
—Entonces no.
—¿De haberte casado conmigo?
—Nunca.
Noela sonrió.
—Yo tampoco.
Permanecieron en silencio durante unos minutos, escuchando los sonidos de la calle y el murmullo de la radio que llegaba desde la cocina. Después Noela miró las flores.
—Martín habría querido esto.
—¿Qué cosa?
—Una casa tranquila.
—Sí.
—Una mesa.
—La tenemos.
—Libros.
—Muchos.
—Y alguien que cuide las plantas.
Juan Carlos sonrió.
—Eso también.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—No tenemos todo lo que soñamos.
—No.
—Pero tenemos mucho.
—Sí.
—Y todavía podemos agradecer.
Juan Carlos tomó su mano.
—Sí.
Noela miró hacia la ventana de la biblioteca. Sobre uno de los estantes estaba la carta de Martín dentro de su carpeta, rodeada de libros que habían pasado por las manos de decenas de niños. Cerca de ella descansaba la pequeña Biblia que había llevado desde el comienzo de su relación y que ahora estaba gastada en los bordes por el uso. Noela no necesitaba pensar que aquella Biblia había protegido a nadie ni que la fe podía impedir que la vida causara heridas. Había aprendido algo más humilde y más profundo: la fe no había evitado la pérdida, pero había evitado que la pérdida tuviera la última palabra sobre su manera de vivir.
Esa noche cenaron juntos. Hablaron de cosas sencillas, de un libro que uno de los niños había recomendado, de una reparación que Juan Carlos necesitaba hacer en la cocina y de la posibilidad de pintar nuevamente una de las paredes. Después recogieron los platos y se sentaron en la mesa nueva. Noela sacó la carta de Martín y la volvió a leer. Esta vez no lloró. Juan Carlos permaneció junto a ella sin interrumpirla, y cuando terminó, ella dobló cuidadosamente la hoja y volvió a guardarla.
—¿Querés orar? —preguntó él.
—Sí.
Se tomaron de las manos.
Noela no pidió que el pasado cambiara, porque sabía que eso era imposible. Tampoco pidió que desapareciera la tristeza, porque había llegado a comprender que algunas tristezas forman parte del amor y no necesitan ser expulsadas para que la vida continúe. Dio gracias por Juan Carlos, por la familia que todavía tenía, por las personas que habían ayudado a que aquella carta llegara hasta ella y por la fuerza recibida en momentos en que había pensado que ya no podía seguir. Juan Carlos añadió unas pocas palabras, pidiendo solamente que pudieran conservar un corazón dispuesto a amar, a perdonar y a ayudar a otros aun cuando el mundo no ofreciera garantías.
Cuando terminaron, Noela permaneció con los ojos cerrados durante unos segundos.
—¿En qué pensás? —preguntó Juan Carlos.
—En que durante mucho tiempo pensé que la historia de Martín terminaba en su ausencia.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso que su historia también está en lo que dejó en nosotros.
Juan Carlos apretó suavemente su mano.
—Eso es verdad.
Noela abrió los ojos.
—Y nosotros todavía tenemos que vivir la nuestra.
—Sí.
Ella se levantó y llevó la carta hasta la biblioteca. La colocó nuevamente entre los libros, en el mismo lugar donde había decidido guardarla. Después apagó la luz de la habitación y regresó a la cocina. Juan Carlos estaba esperando junto a la puerta.
—¿Nos vamos?
—Sí.
Cerraron la casa. Antes de apagar la última luz, Noela miró una vez más hacia la biblioteca. Allí estaban los libros, la máquina de escribir, la pequeña Biblia y la carta que había atravesado tantos años para llegar hasta ella. Cerró la puerta sin prisa y se reunió con Juan Carlos en el pasillo. Él tomó su mano y caminaron juntos hacia la habitación, mientras afuera la ciudad continuaba con sus ruidos, sus luces y sus silencios, y dentro de aquella casa permanecían las huellas de quienes habían amado, de quienes habían partido y de quienes todavía estaban allí para aprender que algunas pérdidas no desaparecen, pero pueden dejar de ser solamente heridas cuando el amor consigue transformarlas en memoria, la memoria en gratitud y la fe en una fuerza silenciosa para seguir caminando.
CAPÍTULO 14
Los años siguientes no borraron lo ocurrido, pero hicieron algo que al principio Noela había considerado imposible: consiguieron que el dolor dejara de ocupar cada rincón de su vida y se convirtiera lentamente en una parte de su historia, una parte que seguía siendo importante, que algunas veces volvía con una fuerza inesperada, pero que ya no tenía el poder de detenerla. La casa continuó siendo pequeña, la biblioteca siguió creciendo y la mesa que habían comprado después de tantas postergaciones se convirtió en el centro de innumerables conversaciones, algunas alegres y otras difíciles, porque Noela y Juan Carlos habían aprendido que una vida compartida no se construye únicamente con momentos extraordinarios, sino también con esas noches en que uno llega cansado, deja las llaves sobre la mesa, pregunta cómo estuvo el día y descubre que detrás de una respuesta aparentemente sencilla puede haber una preocupación, una alegría o una necesidad de ser escuchado. La carta de Martín permaneció entre los libros, protegida por una carpeta sencilla, y nadie volvió a recibir noticias comprobables acerca de lo que había sucedido con él después de su traslado. La familia siguió esperando durante un tiempo, buscando información cuando aparecía alguna posibilidad y aprendiendo, con una lentitud dolorosa, que algunas preguntas podían acompañar a una persona durante toda la vida sin recibir una respuesta completa.
Noela nunca dejó de pensar en Martín, pero tampoco permitió que la búsqueda se transformara en una condena para quienes todavía estaban allí. Algunas veces visitaba a su tía y se sentaban juntas a recordar, no solamente los últimos meses, sino también la infancia de Martín, sus bromas, sus discusiones, las tardes en que había llegado a casa con alguna historia absurda y las veces en que había hecho reír a todos durante una comida familiar. Con el tiempo, aquellas conversaciones dejaron de terminar siempre en lágrimas. Una tarde, mientras tomaban mate, su tía sacó de un cajón una fotografía antigua.
—Mirá esto.
Noela tomó la fotografía.
—No la había visto.
—Era el verano antes de que todo cambiara.
Martín aparecía en el centro de la imagen, mucho más joven, con una sonrisa que parecía no tener ninguna relación con el hombre que Noela había imaginado durante los años de incertidumbre.
—Era un chico.
—Todos éramos chicos.
—Parece otra vida.
—Lo era.
Noela acarició el borde de la fotografía.
—A veces pienso que lo recuerdo demasiado serio.
Su tía sonrió.
—Entonces recordalo como era.
—¿Cómo era?
—Molesto.
Noela comenzó a reír.
—Sí, eso sí lo recuerdo.
—Y hablador.
—Muchísimo.
—Y siempre llegaba tarde.
—Eso también.
Durante unos minutos ambas rieron recordando pequeñas historias familiares. Cuando la risa terminó, su tía volvió a mirar la fotografía.
—¿Sabés qué me ayudó con los años?
—¿Qué?
—Entender que recordarlo solamente por cómo desapareció era hacerle una injusticia.
Noela asintió lentamente.
—Yo también lo entendí.
—Entonces estamos aprendiendo.
—Sí.
—Y eso es vivir.
Noela regresó a su casa aquella tarde con una sensación extraña de gratitud. No porque la pérdida hubiera dejado de doler, sino porque finalmente había conseguido recordar a Martín como una persona completa y no solamente como un nombre escrito en un documento, una fotografía guardada en un cajón o una pregunta sin respuesta. Había comprendido que el amor también podía ser una forma de memoria y que recordar a alguien no exigía permanecer permanentemente en el lugar donde se lo había perdido.
Mientras tanto, la relación entre Noela y Juan Carlos había cambiado profundamente. Ya no necesitaban hablar de la posibilidad de separarse cada vez que aparecía una dificultad, porque habían aprendido a enfrentarlas desde otro lugar. Juan Carlos seguía siendo prudente, algunas veces demasiado, y Noela seguía teniendo una tendencia a querer resolver las cosas inmediatamente, pero habían aprendido a reconocer esas diferencias sin convertirlas en conflictos. Él había descubierto que protegerla no significaba decidir por ella, y ella había comprendido que permitirle cuidarla no significaba renunciar a su propia libertad. Aquello que antes habían tenido que aprender a través del miedo ahora formaba parte natural de su matrimonio.
Una noche, mientras ordenaban la biblioteca, Noela encontró la primera Biblia que había llevado durante sus años de noviazgo.
—Mirá.
Juan Carlos la tomó.
—Está destruida.
—No está destruida.
—Tiene las tapas gastadas.
—Eso significa que fue usada.
—Eso sí.
Noela la abrió.
—¿Te acordás de cuando te la di?
—Sí.
—Estabas muerto de miedo.
—No estaba muerto de miedo.
—Estabas aterrorizado.
—Eso es una exageración.
—No.
Juan Carlos sonrió.
—Bueno, quizá un poco.
—¿Y ahora?
Él miró las páginas.
—Ahora sigo teniendo miedo algunas veces.
—Yo también.
—Pero ya no pienso que tener miedo significa que algo va necesariamente a salir mal.
Noela cerró la Biblia.
—Eso aprendimos juntos.
Juan Carlos dejó el libro sobre la mesa.
—¿Sabés qué otra cosa aprendí?
—¿Qué?
—Que yo creía que necesitaba tener todas las respuestas antes de poder confiar.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que algunas veces uno tiene que caminar con preguntas.
Noela sonrió.
—Eso suena a algo que yo habría dicho.
—Por eso lo aprendí de vos.
Ella lo abrazó.
—No me culpes.
—Demasiado tarde.
La biblioteca se había convertido, para entonces, en un lugar mucho más grande de lo que Noela había imaginado cuando colocó allí los primeros libros. Algunas madres comenzaron a acercarse para pedir orientación escolar, varios adolescentes se quedaban después de las clases para leer y, de vez en cuando, alguien simplemente entraba para conversar. Noela descubrió que muchas personas no necesitaban necesariamente una solución cuando llegaban; algunas solamente necesitaban que alguien las escuchara sin preguntar demasiado, sin exigir explicaciones y sin convertir sus problemas en una historia ajena. Esa experiencia hizo que comprendiera de otra manera lo que significaba acompañar a alguien. Había pasado años deseando que alguien le diera respuestas acerca de Martín y, finalmente, había descubierto que también podía ofrecer a otros algo que nadie había podido darle a ella: presencia.
Una tarde llegó una adolescente que tenía problemas en su casa. Noela la encontró sentada junto a una ventana, llorando silenciosamente.
—¿Querés hablar?
—No.
—Está bien.
—¿No me va a preguntar qué pasó?
—Si querés contármelo, me lo vas a contar.
La muchacha levantó la mirada.
—¿Y si no quiero?
—Entonces podemos quedarnos acá sin hablar.
—¿No le molesta?
—No.
Después de unos minutos, la adolescente comenzó a hablar. Noela la escuchó sin interrumpirla y solamente cuando terminó le preguntó si quería llevarse un libro.
—¿Un libro?
—Sí.
—¿Para qué?
—A veces un libro no resuelve nada, pero puede acompañarnos mientras encontramos cómo resolverlo.
La muchacha sonrió apenas.
—¿Usted siempre habla así?
Noela rió.
—No. Mi marido dice que hablo demasiado.
—¿Y él?
—Él también habla demasiado, pero todavía no lo sabe.
La muchacha sonrió de verdad.
Desde la puerta, Juan Carlos había escuchado la última frase.
—Eso es una mentira.
Noela se volvió.
—¿Ves?
La adolescente se rió.
—Creo que tiene razón.
—No te metas de su lado —dijo Noela—. Todavía no conocés todos sus defectos.
—Los estoy descubriendo de a poco —respondió Juan Carlos.
Aquella escena sencilla se convirtió para Noela en una de esas imágenes que conservaría durante mucho tiempo. No porque hubiera sucedido algo extraordinario, sino porque allí estaba condensada buena parte de lo que había aprendido durante aquellos años: el dolor no tenía que desaparecer para que apareciera la alegría, la memoria no tenía que convertirse en tristeza permanente y la fe no necesitaba convertirse en una explicación para cada desgracia. Podía ser, simplemente, la confianza suficiente para levantarse al día siguiente y volver a abrir una puerta.
En una de las últimas visitas que hizo a su madre antes de que terminara aquel año, Noela encontró a la mujer revisando una caja de fotografías.
—¿Todavía guardás todo eso?
—¿Y qué querés que haga?
—No sé.
—Vos también guardás cosas.
Noela sonrió.
—Es verdad.
Su madre tomó una fotografía.
—Mirá.
Era una imagen de Noela y Juan Carlos el día de su boda, tomada bajo la lluvia.
—Estabas nerviosa.
—Muchísimo.
—Y él también.
—Muchísimo.
—Pero parecían felices.
Noela miró la fotografía.
—Lo éramos.
—¿Y ahora?
Ella tardó unos segundos.
—Ahora también.
Su madre la observó.
—¿Más?
—Distinto.
—¿Qué significa eso?
Noela sonrió.
—Que ahora sé cuánto cuesta.
Su madre dejó la fotografía sobre la mesa.
—El amor siempre cuesta.
—Sí.
—Pero vale la pena.
Noela bajó la mirada.
—Eso creo.
—No, hija. No lo creas solamente.
Noela levantó los ojos.
Su madre le tomó la mano.
—Vivilo.
Aquella palabra la acompañó durante todo el camino de regreso.
Una tarde de diciembre, Juan Carlos llegó a casa con una noticia que no tenía relación con el pasado.
—¿Qué pasó? —preguntó Noela.
—Me ofrecieron otro puesto.
—¿Dónde?
—En otra empresa.
—¿Es mejor?
—Paga un poco más.
—¿Y qué querés hacer?
—No lo sé.
—¿Qué te preocupa?
—Que tendría que viajar más.
Noela dejó el libro que estaba leyendo.
—Entonces hablémoslo.
—¿No te molesta?
—No.
—Pensé que quizá...
—No vuelvas a decidir lo que yo voy a sentir.
Juan Carlos sonrió.
—Tenés razón.
—Ya aprendiste.
—A fuerza de repetición.
Se sentaron a conversar durante largo rato. Revisaron horarios, distancias, gastos y posibilidades. Noela no le dijo qué debía hacer y Juan Carlos tampoco esperó que ella tomara la decisión por él. Habían llegado finalmente a aquella forma de matrimonio que habían prometido construir en sus votos: dos personas capaces de caminar juntas sin dejar de ser ellas mismas.
Cuando terminaron, Juan Carlos preguntó:
—¿Qué harías vos?
Noela pensó.
—Te diría que elijas lo que te permita trabajar y vivir, no solamente ganar más.
—Eso estaba pensando.
—Entonces ya sabés.
—¿Y si me equivoco?
—Lo enfrentaremos.
—¿Juntos?
—Siempre.
Juan Carlos la abrazó.
—Eso sí que no cambió.
—No.
Una noche particularmente calurosa, Noela salió al patio después de cenar. Las plantas habían crecido mucho y algunas flores ocupaban espacios que antes estaban vacíos. Juan Carlos apareció detrás de ella con dos sillas.
—¿Qué hacés?
—Pensé que podríamos sentarnos afuera.
—Buena idea.
Se acomodaron bajo la luz tenue que llegaba desde la cocina. La ciudad sonaba a lo lejos y por primera vez en mucho tiempo Noela sintió que el silencio de la noche no era una amenaza. Durante los primeros años había aprendido a temer los teléfonos, las puertas, los pasos en la vereda y los golpes inesperados. Ahora todavía podía sobresaltarse ante ciertos sonidos, pero ya no vivía esperando que cada ruido anunciara una desgracia.
—¿Sabés qué pensé hoy? —dijo Noela.
—¿Qué?
—Que durante mucho tiempo creí que superar una pérdida significaba dejar de sentirla.
Juan Carlos la escuchó.
—¿Y ahora qué pensás?
—Que quizá significa aprender a vivir con ella sin dejar que te quite todo lo demás.
—Creo que tenés razón.
—No sé si quiero decir superar.
—Entonces, ¿qué palabra usarías?
Noela miró las flores.
—Continuar.
Juan Carlos tomó su mano.
—Me gusta más.
—A mí también.
Permanecieron en silencio durante unos minutos. Noela pensó en Martín, en Daniel, en las personas que habían cruzado su vida durante aquellos años y en todos aquellos nombres que probablemente nunca conocería. Pensó también en la niña que había sido antes de que la historia de su país entrara tan violentamente en la vida cotidiana de tantas familias, y en la mujer que había llegado a ser después de atravesar miedo, espera, amor, incertidumbre y pérdida. No se sentía más fuerte porque hubiera sufrido más, ni creía que el sufrimiento fuera necesario para convertirse en una mejor persona. Simplemente había descubierto que algunas heridas podían enseñarle a uno una manera diferente de mirar a los demás.
—Juan Carlos.
—¿Sí?
—¿Seguís teniendo miedo?
Él tardó en responder.
—Sí.
—Yo también.
—Pero ya no estamos solos.
Noela apretó su mano.
—No.
—Y eso cambia todo.
Ella miró hacia la ventana de la biblioteca. La luz estaba encendida y desde allí se veía el estante donde guardaba la carta de Martín. Se levantó, entró en la casa y volvió unos minutos después con la carpeta.
—¿Qué hacés?
—Quiero leerla.
—¿Ahora?
—Sí.
Abrió la carpeta y sacó la carta. La leyó lentamente. Esta vez no necesitó detenerse. Las palabras seguían siendo dolorosas, pero también habían adquirido otro significado con el paso del tiempo. Martín había pedido que siguieran viviendo, que amaran, que no tuvieran miedo de recordar y que no permitieran que su ausencia les quitara la vida. Noela había tardado mucho en comprender que cumplir aquel deseo no significaba olvidarlo. Al contrario, significaba demostrar que el amor podía sobrevivir incluso cuando la presencia desaparecía.
—¿Sabés qué siento? —preguntó cuando terminó.
—¿Qué?
—Que él tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Juan Carlos sonrió.
—¿Nos conocía tanto?
—Más de lo que pensábamos.
Ella dobló la carta y la guardó.
—¿La dejamos acá?
—Sí.
Noela volvió a colocarla entre los libros. Después tomó la pequeña Biblia y la dejó a su lado.
—Ahora sí.
—¿Qué?
—Ahora siento que está bien.
Juan Carlos no preguntó qué significaba exactamente. No necesitaba hacerlo.
Pasaron algunos minutos más antes de que regresaran al patio. Noela apagó la luz de la biblioteca y cerró la puerta. Luego se sentó nuevamente junto a Juan Carlos.
—¿Qué querés hacer mañana?
Él sonrió.
—Trabajar.
—Eso no cuenta.
—Entonces, después del trabajo, comprar helado.
—Eso sí cuenta.
—¿Chocolate?
—Vainilla.
—Siempre elegís vainilla.
—Porque es mejor.
—Eso es discutible.
—No.
—¿Querés discutir?
—Por supuesto.
Juan Carlos comenzó a reír.
—Entonces estamos bien.
Noela apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Sí.
La noche siguió avanzando alrededor de ellos. No había una respuesta definitiva sobre Martín, ni una explicación capaz de ordenar todos los acontecimientos de aquellos años, ni una forma de recuperar lo perdido. Tampoco existía una promesa de que el futuro estaría libre de dificultades. Lo que sí existía era aquella casa, aquella mesa, aquella biblioteca, aquellas flores que habían sobrevivido a varios descuidos y aquel matrimonio construido no sobre la ausencia de problemas, sino sobre la decisión diaria de enfrentarlos juntos. Existía también la memoria de quienes habían faltado y la convicción de que sus vidas no podían reducirse a la manera en que habían terminado sus historias. Para Noela, la fe había dejado de ser una respuesta abstracta y se había convertido en una compañía silenciosa, una certeza que no le explicaba por qué había sufrido ni le garantizaba que nunca volvería a sufrir, pero que le permitía mirar el día siguiente sin pensar que todo estaba perdido. Y el amor de Juan Carlos, lejos de ser una promesa de que nada doloroso ocurriría, había sido la presencia concreta de alguien dispuesto a quedarse, a escuchar, a equivocarse y volver a intentarlo, a caminar con ella cuando no había respuestas y a celebrar con ella las pequeñas alegrías que la vida todavía ofrecía.
Antes de entrar, Noela miró una última vez hacia las flores del patio.
—¿Qué mirás?
—Nada.
—Eso nunca es nada.
Ella sonrió.
—Pensaba que hace unos años no imaginaba que íbamos a llegar hasta acá.
Juan Carlos se levantó y le ofreció la mano.
—Yo tampoco.
Noela la tomó.
—Pero llegamos.
—Sí.
Entraron juntos en la casa y cerraron la puerta detrás de ellos. Sobre la mesa quedó la Biblia que habían usado tantas veces, en la biblioteca permanecieron los libros esperando a los niños del día siguiente y, entre sus páginas, guardada con cuidado, continuó la carta de Martín. Afuera, la noche siguió su curso sobre una ciudad que también había aprendido lentamente a mirar de frente sus heridas. Dentro de aquella pequeña casa, Noela y Juan Carlos caminaron hacia la habitación tomados de la mano, sin saber cuánto tiempo les concedería la vida ni qué nuevas pruebas encontrarían en el futuro, pero sabiendo algo que los años ya no podían quitarles: que habían amado de verdad, que habían sufrido sin dejar de buscarse, que habían aprendido a permanecer cuando huir parecía más sencillo y que, aunque la pérdida hubiera cambiado para siempre sus vidas, no había conseguido destruir aquello que el amor, sostenido por la fe, había construido entre ellos.
FIN

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