ISOBEL DE HARCOURT
(Novela)
CAPÍTULO 1
En el otoño de 1348, cuando las lluvias habían comenzado a cubrir de barro los caminos del condado de Kent y los árboles perdían sus hojas bajo un cielo gris que parecía no tener fin, Isobel de Harcourt permanecía de pie frente a la ventana estrecha de la casa donde había nacido, contemplando por última vez las tierras que durante generaciones habían pertenecido a su familia. Desde aquella ventana podía verse el viejo huerto de manzanos, ya casi desnudo, la pequeña capilla de piedra que se levantaba más allá del cercado, los campos que durante años habían alimentado a los Harcourt y, al fondo, una hilera de colinas suaves que se perdían entre la neblina. Había imaginado muchas veces que algún día abandonaría aquel lugar, pero siempre lo había hecho pensando en una boda, en un viaje o en alguna circunstancia elegida por ella. Nunca había pensado que saldría porque un hombre al que amaba profundamente había muerto y porque, con su muerte, también se habían terminado las pocas seguridades que todavía conservaba.
Su padre había fallecido seis días antes, después de una enfermedad que comenzó como una fiebre aparentemente común y que terminó llevándoselo en menos de una semana. Sir Geoffrey de Harcourt no había sido un gran señor ni había poseído un castillo, soldados o vastas extensiones de tierra. Había sido un terrateniente menor, respetado por quienes vivían en las aldeas próximas y suficientemente orgulloso como para haber procurado que su hija recibiera una educación poco habitual para una joven de su condición. Le había enseñado a leer algunos textos, a llevar las cuentas de la propiedad y a conocer los nombres de las plantas que podían aliviar ciertas dolencias. Pero las malas cosechas, los impuestos, las deudas contraídas años atrás y la guerra que consumía hombres y riquezas en Francia habían reducido lentamente su patrimonio hasta dejarlo casi vacío.
Isobel tenía veintidós años y había aprendido en los últimos meses que una casa podía seguir en pie aunque la familia que la habitaba ya no tuviera derecho sobre ella. Aquella mañana, mientras recogía las pocas pertenencias que pensaba llevar consigo, escuchó pasos en el corredor y supo inmediatamente quién era antes de que la puerta se abriera. Sir Aldric Harcourt, primo lejano de su padre y hombre que había aparecido con sorprendente rapidez después del funeral, entró sin llamar, envuelto en una capa oscura que todavía conservaba gotas de lluvia.
—El carro partirá antes del mediodía —dijo, mirando alrededor como si ya estuviera revisando una propiedad que le perteneciera—. Debes estar preparada.
Isobel cerró el pequeño baúl donde había guardado sus vestidos y se volvió hacia él con una expresión tranquila que ocultaba el cansancio de las últimas noches.
—Estoy preparada para marcharme, pero todavía no sé adónde voy.
—Eso ya está decidido. Lady Margaret ha aceptado recibirte en Wychcombe durante algún tiempo. Podrás servir allí y tendrás techo y comida. No es una mala solución para una muchacha que se ha quedado sin familia.
La joven bajó los ojos hacia el medallón de plata que había pertenecido a su madre y que llevaba colgado del cuello.
—Mi padre nunca habría querido que terminara sirviendo.
Aldric dejó escapar una respiración impaciente.
—Tu padre murió dejando deudas. La voluntad de los muertos no paga a los acreedores ni conserva las tierras. Debes aprender a distinguir entre lo que uno desea y lo que la vida permite.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier reproche, no porque fueran completamente falsas, sino porque contenían una verdad que Isobel había intentado no mirar de frente. Había pasado los últimos días esperando encontrar alguna salida, algún pariente dispuesto a ayudarla, algún documento escondido entre las pertenencias de su padre que demostrara que las deudas no eran tan graves como todos afirmaban. Pero no había aparecido nada. La propiedad sería entregada al acreedor principal y los muebles, los animales y casi todo cuanto había pertenecido a los Harcourt serían vendidos para cubrir las obligaciones pendientes.
—¿Y qué ocurrirá con los hombres que trabajaban aquí? —preguntó ella.
—Encontrarán otro señor.
—¿Y con Agnes, que ha servido a mi familia desde antes de que yo naciera?
—Es vieja, pero todavía puede encontrar trabajo en alguna aldea.
Isobel levantó finalmente la mirada.
—Podría haberla llevado conmigo.
Aldric negó con la cabeza.
—No tienes derecho a decidir sobre otra persona cuando ni siquiera puedes decidir sobre tu propia vida.
La frase quedó suspendida entre ambos. Isobel sintió deseos de responder, pero recordó las palabras de su padre pronunciadas muchos años antes, cuando ella era todavía una niña y se había quejado de que la injusticia de un mundo no podía ser cambiada.
"Hay momentos en los que luchar consiste en permanecer en pie sin permitir que la amargura te convierta en aquello que combates."
Nunca había entendido completamente aquellas palabras. Ahora empezaba a comprenderlas.
—¿Cuánto tiempo estaré en Wychcombe? —preguntó.
—Mientras seas útil.
Aldric se volvió hacia la puerta, pero antes de salir añadió con una frialdad que Isobel recordaría durante mucho tiempo:
—Y no esperes que alguien venga a rescatarte. Las guerras han llevado a muchos hombres lejos, las enfermedades se están extendiendo por las aldeas y los tiempos no son buenos para quienes esperan milagros.
Cuando la puerta se cerró, Isobel permaneció inmóvil durante varios segundos. Después tomó el pequeño baúl, lo dejó sobre la cama y se acercó nuevamente a la ventana. No sabía qué significaba exactamente esperar un milagro, pero sabía que su padre había vivido los últimos años repitiendo que mientras hubiera vida todavía existía alguna razón para levantarse cada mañana. Aquella enseñanza era quizá la única riqueza que no podían quitarle.
El carro esperaba en el patio cuando salió de la casa. Agnes estaba junto a él, envuelta en un viejo manto de lana, y al verla corrió hacia ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Mi niña, no quería que te fueras sola.
—No estaré sola para siempre —respondió Isobel, abrazándola con fuerza—. Y tú tampoco debes pensar que te he olvidado.
—No es lo mismo servir bajo tu padre que marcharte a cualquier lugar donde nadie te conozca.
—Quizá sea justamente eso lo que necesito.
Agnes la miró como si quisiera decirle que estaba equivocada, pero finalmente acarició su rostro.
—Tu madre hablaba así cuando las cosas se ponían difíciles. Decía que Dios no siempre nos muestra el camino completo, pero que eso no significa que no exista.
Isobel sintió un nudo en la garganta. Agnes era una de las pocas personas que todavía hablaba de sus padres como si estuvieran presentes.
—No sé qué camino existe ahora.
—Entonces da el siguiente paso y preocúpate del que venga después.
Isobel sonrió débilmente.
—Siempre fuiste mejor consejera que mi padre.
—No se lo digas jamás. Tenía demasiado orgullo para admitirlo.
Ambas rieron, aunque las lágrimas siguieron corriendo por sus rostros, y durante unos instantes el patio dejó de parecer tan frío. Isobel subió al carro, abrazó su pequeño baúl y miró una última vez la casa. La puerta principal estaba abierta y el viento movía las cortinas del salón donde había muerto su padre. Sintió que una parte de su vida quedaba allí, enterrada con él, y que ninguna fuerza del mundo podía devolverla.
El viaje hacia Wychcombe duró casi toda la jornada. El camino estaba en malas condiciones y el carro avanzaba lentamente entre charcos, árboles desnudos y campos donde algunos campesinos recogían lo poco que quedaba de las cosechas. De vez en cuando aparecía una carreta cargada con sacos de grano o un grupo de hombres armados que se dirigían hacia alguna fortaleza. Inglaterra vivía tiempos inciertos. La guerra con Francia había llevado a muchos jóvenes al otro lado del mar, y las historias que regresaban con los soldados hablaban de pueblos incendiados, hombres muertos y familias que nunca volverían a reunirse.
Pero había algo peor que la guerra, algo que todavía no tenía nombre claro en boca de la mayoría de la gente y que comenzaba a recorrer los caminos con una rapidez inquietante. En algunas aldeas había casas cerradas y puertas marcadas. Los viajeros hablaban de fiebres repentinas, de personas que enfermaban por la mañana y morían antes de que terminara el día. Otros aseguraban que aquello no era más que otra enfermedad pasajera, una de tantas que aparecían después de los inviernos duros. Isobel había escuchado rumores suficientes para sentir miedo, pero todavía no comprendía la magnitud de lo que se aproximaba.
Cuando finalmente divisaron Wychcombe, el sol estaba descendiendo detrás de las colinas. La residencia no era exactamente un castillo, aunque sus gruesos muros de piedra y sus torres cuadradas podían dar esa impresión a quien llegara desde el camino. Había pertenecido décadas atrás a una familia poderosa que había perdido sus tierras y posteriormente había sido adquirida por Lady Margaret de Wychcombe, una viuda de carácter firme que había convertido parte de la antigua residencia en un lugar donde se atendía a viajeros enfermos, soldados heridos y campesinos que no tenían dónde recibir ayuda.
Isobel descubrió que aquel lugar era muy distinto de todo cuanto había conocido.
En el patio había caballos, carros, hombres heridos y mujeres ocupadas llevando cubos de agua. El olor a paja húmeda, estiércol, humo y hierbas medicinales se mezclaba en el aire. Desde una de las habitaciones llegaban voces apagadas y gemidos de dolor. No era un lugar hermoso, pero estaba lleno de movimiento y, sobre todo, de personas que parecían comprender que sobrevivir dependía muchas veces de ayudarse unos a otros.
Una mujer alta, de cabello canoso y espalda todavía erguida, salió a recibirla.
—¿Tú eres Isobel de Harcourt?
—Sí, mi señora.
—No me llames mi señora cada dos palabras. Margaret será suficiente. Aquí todos trabajan.
Isobel inclinó la cabeza.
—Gracias por recibirme.
Lady Margaret la observó durante unos segundos.
—Tu primo me escribió. Dice que sabes leer, llevar cuentas y tratar animales.
—Mi padre me enseñó.
—Entonces no perderemos tiempo. Las caballerizas necesitan a alguien que sepa distinguir un caballo enfermo de uno simplemente cansado. Y yo necesito a alguien que no se asuste cuando las cosas se ponen difíciles.
Isobel miró alrededor.
—No creo que pueda prometer lo segundo.
Lady Margaret sonrió por primera vez.
—Nadie puede. La diferencia está en lo que hacemos después de sentir miedo.
Aquella noche Isobel recibió una pequeña habitación bajo las escaleras y una cena sencilla. Compartió mesa con tres mujeres que trabajaban en la cocina, un muchacho encargado de los animales y dos hombres heridos que podían caminar. Escuchó historias sobre soldados, comerciantes y campesinos que habían pasado por Wychcombe durante los últimos meses. Nadie hablaba demasiado de la guerra, pero todos tenían algún recuerdo relacionado con ella.
Después de cenar, Isobel fue a las caballerizas para conocer su nuevo trabajo. El muchacho que la acompañaba se llamaba Hugh y apenas tenía dieciséis años.
—Ese caballo negro es de Sir Walter —explicó mientras encendía un farol—. No le gusta que nadie se acerque por detrás. La yegua gris está preñada y necesita más avena. Los dos del fondo llegaron esta mañana con soldados heridos.
—¿Los soldados están aquí?
—En la sala grande.
Isobel pasó una mano por el cuello de la yegua gris y sintió que el animal temblaba.
—Está asustada.
—Todos estamos asustados.
La voz de Hugh sonó detrás de ella y ambos se volvieron. Lady Margaret estaba en la puerta.
—Hay un grupo que llegará esta noche —dijo—. Vienen desde Dover. Algunos hombres regresan de Francia. Es posible que necesitemos espacio para ellos.
—¿Son muchos?
—No lo sé.
—¿Y si no tenemos espacio?
Lady Margaret la miró con seriedad.
—Entonces encontraremos espacio.
Aquella respuesta quedó en la mente de Isobel mientras continuaba trabajando.
Poco después de medianoche, el ruido de ruedas sobre la piedra despertó a todo el patio. Los perros comenzaron a ladrar y varios hombres salieron con antorchas. Isobel, que se había acostado hacía menos de una hora, se levantó sobresaltada y se acercó a la puerta. Desde el corredor escuchó voces apresuradas.
—¡Necesitamos ayuda!
—¡Traigan agua!
—¡Hay heridos!
Lady Margaret apareció llevando una lámpara.
—Quédate aquí.
Pero Isobel ya estaba bajando las escaleras.
—Puedo ayudar.
—No sabes qué encontrarás.
—Sé limpiar heridas y atender caballos.
Lady Margaret la miró durante un instante y finalmente hizo un gesto para que la siguiera.
El carro que acababa de entrar llevaba seis hombres. Dos podían caminar y tres estaban heridos, pero el sexto permanecía tendido sobre una manta improvisada. Era joven, quizá unos pocos años mayor que Isobel, aunque el cansancio de su rostro lo hacía parecer más viejo. Tenía el cabello oscuro pegado a la frente por la lluvia y una herida profunda en el costado. Su ropa estaba cubierta de barro y sangre, y todavía llevaba colgado del hombro un arco roto.
—Este necesita atención inmediata —dijo uno de los hombres que lo acompañaban—. Lo encontramos en el camino. No sabemos cuánto tiempo llevaba inconsciente.
Isobel se arrodilló junto a él mientras Lady Margaret llamaba al encargado de curaciones.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Edmund Hale.
Isobel tomó la mano del herido para comprobar si estaba consciente. Sus dedos estaban helados.
—Edmund, ¿puedes oírme?
Los ojos del joven se abrieron apenas.
—¿Dónde estoy?
—En Wychcombe. Estás a salvo.
Edmund intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a caer nuevamente sobre la manta.
—No... no estoy a salvo.
—Aquí sí.
Él la miró con una mezcla de desconfianza y agotamiento.
—¿Cómo puedes saberlo?
Isobel no encontró una respuesta adecuada. En aquel momento todo cuanto había conocido se había derrumbado y tampoco sabía si ella misma estaba a salvo. Sin embargo, vio en los ojos de aquel desconocido la misma desesperación que había sentido al abandonar su casa y comprendió que, a veces, una persona necesita escuchar una certeza aunque quien la pronuncie no la posea.
—Porque todavía estás aquí —respondió—. Y mientras estés aquí, alguien intentará ayudarte.
Edmund permaneció mirándola unos segundos antes de cerrar nuevamente los ojos.
—Eso no es suficiente.
—Tendrá que serlo por esta noche.
Los hombres llevaron al herido al interior. Isobel ayudó a preparar agua caliente y vendas. Durante más de una hora permaneció ocupada junto a Lady Margaret y los encargados de curar a los soldados. Edmund tenía una herida grave, pero no parecía haber alcanzado ningún órgano vital. El problema era la pérdida de sangre y la fiebre que comenzaba a subir.
Cuando finalmente lo acomodaron en una habitación, Isobel salió al patio para respirar. La lluvia había disminuido y sobre las piedras mojadas brillaba una luna débil. Sintió frío y se envolvió mejor en su manto.
Lady Margaret apareció a su lado.
—Has trabajado bien.
—¿Sobrevivirá?
—No lo sé.
Isobel miró hacia la ventana iluminada.
—Parecía muy joven.
—La guerra está llena de hombres demasiado jóvenes para morir y demasiado cansados para seguir viviendo.
—¿Por qué regresan?
—Porque algunos han terminado su servicio, otros han sido heridos y otros simplemente quieren volver a casa.
—¿Y él?
Lady Margaret tardó un momento en responder.
—No sé dónde está su casa.
Al día siguiente, Isobel descubrió que Edmund había sido arquero en una compañía que había combatido en Francia. Había regresado con una herida que le impedía caminar y con la noticia de que la mayoría de los hombres de su grupo habían muerto o desaparecido. Uno de sus compañeros había llevado consigo una carta dirigida a alguien llamado Robert Hale, pero nadie sabía dónde encontrarlo. Edmund tampoco había preguntado por la carta desde que llegó.
Durante los días siguientes, Isobel comenzó a verlo con frecuencia. Primero se limitó a llevarle agua y comida. Después, cuando su estado mejoró ligeramente, empezó a ayudarlo a incorporarse. Edmund hablaba poco y parecía incómodo cada vez que alguien hacía algo por él. Un hombre acostumbrado a sostener un arco y combatir no aceptaba fácilmente que otra persona tuviera que ayudarlo a levantarse de una cama.
Una mañana, mientras Isobel cambiaba las vendas de su herida, Edmund apretó los dientes.
—No hace falta que pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de quien piensa que soy un hombre inútil.
Isobel continuó trabajando.
—No pienso eso.
—Todos lo hacen.
—Entonces todos están equivocados.
Edmund la observó.
—¿Siempre respondes así?
—Solo cuando alguien dice algo que no es cierto.
—Eso puede meterte en problemas.
—Ya estoy en problemas.
Él sonrió por primera vez.
—¿Qué clase de problemas?
Isobel terminó de vendarlo antes de responder.
—Perdí a mi padre, perdí mi casa y ahora trabajo limpiando establos.
—Eso no parece una vida muy prometedora.
—No he dicho que sea prometedora.
—Entonces, ¿por qué sonríes?
Isobel levantó la mirada.
—Porque todavía puedo hacerlo.
Edmund quedó en silencio. Por primera vez desde que había llegado, pareció no saber qué contestar.
Aquella conversación fue pequeña, casi insignificante, pero algo cambió entre ellos. No fue amor, ni siquiera amistad. Fue apenas el reconocimiento de que dos personas heridas de maneras diferentes habían encontrado en el otro una forma inesperada de no sentirse completamente solas.
Los días pasaron y Edmund comenzó a recuperar fuerzas. Isobel descubrió que tenía una manera irónica de observar el mundo y que, detrás de su silencio, escondía una memoria dolorosa. Una tarde le contó que había aprendido a usar el arco de su padre cuando tenía nueve años y que durante mucho tiempo había creído que aquello sería suficiente para proteger a quienes amaba.
—Después descubrí que un arco no puede proteger a nadie de todo —dijo.
Isobel estaba sentada cerca de la puerta mientras reparaba una manta.
—Mi padre decía que ninguna herramienta sirve para todo.
—Tu padre debía de ser un hombre sabio.
—Lo era.
—¿Murió en la guerra?
Isobel negó lentamente.
—Murió en su cama.
Edmund guardó silencio.
—A veces —continuó ella— creo que habría sido más fácil si hubiese muerto luchando por algo. Suena horrible decirlo, pero cuando alguien muere después de una enfermedad tan rápida, uno se queda preguntándose qué podría haber hecho para evitarlo.
—No habrías podido hacer nada.
—Lo sé.
—No parece que lo sepas.
Isobel dejó la manta sobre sus rodillas.
—Hay cosas que sabemos con la cabeza mucho antes de aceptarlas con el corazón.
Edmund bajó la mirada.
—Eso sí lo entiendo.
El invierno se aproximaba lentamente y con él llegaban rumores cada vez más inquietantes. En algunas aldeas habían muerto familias enteras. Los caminos estaban menos transitados. Algunos viajeros evitaban Wychcombe por miedo a enfermar, mientras otros acudían desesperados buscando ayuda. Lady Margaret ordenó que se limpiaran las habitaciones con mayor frecuencia y que nadie entrara sin necesidad en los espacios destinados a los enfermos.
Isobel comenzó a notar que la gente hablaba de la enfermedad con un miedo diferente. Ya no era una historia que venía de algún lugar lejano. Había llegado a pueblos cercanos.
Una tarde, mientras cepillaba un caballo, Hugh apareció corriendo desde el patio.
—Isobel, Lady Margaret quiere verte.
La joven dejó el cepillo y salió.
—¿Qué ocurre?
—Ha llegado un hombre de Canterbury. Dice que la enfermedad está allí.
Lady Margaret estaba junto a una mesa donde había varios documentos.
—Isobel, Edmund ha recibido noticias de su antiguo señor.
El corazón de la joven dio un pequeño vuelco, aunque no supo explicar por qué.
—¿Qué noticias?
—Su compañía ha sido reorganizada. Su señor necesita que algunos hombres regresen al servicio cuando estén en condiciones.
Edmund, que estaba de pie junto a la ventana, se volvió hacia ellas.
—Debo marcharme.
Isobel sintió que aquella frase tenía un peso extraño.
—Todavía no estás recuperado.
—Lo suficiente para caminar.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
Lady Margaret intervino.
—Nadie te obligará a partir mañana.
Edmund miró hacia el patio.
—Hay una promesa que hice antes de salir de Inglaterra.
Isobel permaneció en silencio.
—¿A quién? —preguntó finalmente.
—A un hombre que murió en Francia. Le prometí que llevaría noticias a su familia si yo conseguía regresar.
—Y ahora quieres cumplirla.
—Sí.
—¿Aunque todavía estés herido?
Edmund la miró directamente.
—Hay promesas que uno cumple precisamente porque sabe lo que significa perder la oportunidad de hacerlo.
Isobel comprendió entonces que la partida de aquel hombre era inevitable. No sabía cuánto tiempo lo conocía, pero había comenzado a acostumbrarse a verlo cada mañana, a escuchar sus pasos por el corredor y a recibir sus preguntas. La idea de que volviera a los caminos le produjo un vacío que no quiso reconocer.
Esa noche, mientras todos dormían, Isobel salió al patio. El cielo estaba despejado y las estrellas aparecían sobre las torres de Wychcombe. Pensó en su padre, en Agnes, en la casa perdida y en Edmund. Había aprendido que la vida podía cambiar en una sola semana y que ninguna persona tenía derecho a exigirle al futuro que cumpliera sus deseos.
Sin embargo, también había aprendido algo más.
La esperanza no siempre consistía en creer que todo terminaría bien. A veces era simplemente negarse a creer que todo estaba perdido.
Isobel cerró los ojos y respiró profundamente. No sabía qué le esperaba, ni cuánto tiempo permanecería en Wychcombe, ni si Edmund regresaría después de cumplir su promesa. Tampoco sabía qué significaban los rumores de enfermedad que llegaban desde las aldeas cercanas. Solo sabía que al día siguiente volvería a levantarse, alimentaría a los caballos, ayudaría a los enfermos y haría aquello que estuviera a su alcance.
Cuando regresó a la habitación, encontró sobre su cama un pequeño objeto que no estaba allí antes. Era un medallón de madera, sencillo y gastado, atado con un cordón oscuro. Lo tomó entre los dedos y vio que en la superficie había una pequeña marca tallada: una rama de espino.
Al salir nuevamente al corredor encontró a Edmund apoyado contra la pared.
—¿Esto es tuyo? —preguntó ella.
—Ahora es tuyo.
—¿Por qué?
—Porque me dijiste que mientras estuviera aquí alguien intentaría ayudarme.
Isobel lo miró sin comprender.
—No sé qué tiene que ver eso con este medallón.
Edmund respiró lentamente.
—Yo tampoco sé explicar algunas cosas.
Ella cerró la mano alrededor de la pequeña pieza de madera.
—¿Volverás?
La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla. Edmund no respondió inmediatamente. Se acercó unos pasos, todavía con cierta dificultad, y miró hacia el patio oscuro.
—No puedo prometerte eso.
Isobel sintió que aquellas palabras dolían, pero también comprendió que una promesa falsa habría sido mucho peor.
—Entonces, ¿qué puedo esperar?
Edmund la miró.
—Que mientras exista un camino de regreso, intentaré encontrarlo.
Ella sostuvo el medallón contra su pecho.
—Eso será suficiente.
Afuera comenzó a llover nuevamente, primero con suavidad y después con una fuerza que golpeó los tejados de Wychcombe. Ninguno de los dos sabía que aquella lluvia sería recordada muchos años después como la última noche tranquila antes de que la enfermedad transformara sus vidas y las de miles de personas. Tampoco sabían que el camino que Edmund estaba dispuesto a recorrer los separaría mucho más de lo que ambos podían imaginar, ni que Isobel tendría que aprender a vivir durante meses con una ausencia que no podía confirmar ni negar.
Por aquella noche, sin embargo, permanecieron allí, junto a una ventana estrecha desde la que apenas podían distinguirse las luces del patio, compartiendo el silencio de dos personas que todavía no se atrevían a llamar amor a lo que comenzaba a crecer entre ellas. Isobel apretó el pequeño medallón de madera entre los dedos y pensó que quizá la esperanza no era una promesa de que alguien regresaría, sino la decisión de seguir viviendo mientras se esperaba, y aquella certeza sencilla, nacida en una noche de lluvia, fue lo único que pudo llevar consigo cuando al amanecer comprendió que Edmund Hale había decidido partir.
CAPÍTULO 2
El amanecer llegó cubierto de una niebla espesa que había descendido durante la noche sobre los campos de Wychcombe, envolviendo las torres, los establos y los senderos interiores en una blancura húmeda que parecía borrar las distancias y convertir la residencia entera en un lugar suspendido entre la noche y el día. Isobel llevaba despierta desde mucho antes de que sonara la campana que anunciaba el comienzo de las tareas, porque había pasado las últimas horas escuchando la lluvia golpear los tejados y pensando en la conversación que había tenido con Edmund. No había dormido bien y, aunque intentaba convencerse de que su inquietud no tenía importancia, sabía que algo había cambiado desde que él le había entregado aquel pequeño medallón de madera. Lo llevaba ahora escondido bajo el vestido, sujeto al cordón que había pertenecido a su madre, y cada vez que caminaba sentía el leve peso contra el pecho como un recordatorio de una promesa que en realidad no era una promesa.
Cuando salió de su habitación encontró el corredor casi vacío. Las mujeres que trabajaban en la cocina ya habían comenzado a moverse y desde la planta baja llegaba el ruido de cubiertos, cubos y puertas. Isobel bajó lentamente y atravesó el patio. La niebla apenas permitía distinguir las siluetas de los caballos, pero reconoció inmediatamente la figura de Edmund junto al viejo abrevadero. Estaba ensillando un caballo oscuro y llevaba una capa gruesa sobre los hombros. Se movía con cierta dificultad, aunque procuraba ocultarla. Había dejado de utilizar el bastón durante los últimos días, pero Isobel podía notar que todavía no estaba completamente recuperado.
—No deberías estar haciendo eso tú solo —dijo ella mientras se acercaba.
Edmund levantó la cabeza y sonrió ligeramente.
—Buenos días para ti también.
—No has respondido.
—Y tú no has dicho buenos días.
Isobel se detuvo frente a él y cruzó los brazos.
—Buenos días. Ahora responde.
—Puedo ensillar un caballo.
—También puedes volver a abrirte la herida.
—Eso sería bastante inconveniente.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Isobel observó la venda que asomaba bajo su ropa.
—Todavía tienes fiebre algunas noches.
—Ya no.
—Lady Margaret me dijo que ayer tuviste.
Edmund dejó caer las riendas sobre el cuello del caballo y la miró.
—¿Lady Margaret habla demasiado?
—Solo cuando tiene razón.
—Entonces supongo que tendré que admitir que todavía no estoy completamente curado.
—Eso es lo primero sensato que dices esta mañana.
Él soltó una breve risa, pero enseguida su expresión cambió.
—Tengo que marcharme hoy.
Aunque Isobel ya lo sabía, escuchar aquellas palabras hizo que sintiera una presión incómoda en el pecho.
—¿Cuándo?
—En cuanto termine de hablar con Lady Margaret.
—¿A dónde irás primero?
—A Canterbury. Después tendré que seguir hacia el norte para encontrar a la familia de Thomas Avery.
—El hombre al que hiciste la promesa.
—Sí.
—¿Era amigo tuyo?
Edmund tardó unos segundos en responder.
—Era más que un compañero. Salvó mi vida una vez.
Isobel bajó la mirada.
—Entonces entiendo por qué quieres cumplir.
—No sabes cuánto.
El silencio se prolongó mientras la niebla comenzaba lentamente a levantarse. Isobel quiso preguntarle cuándo regresaría, pero recordó su conversación de la noche anterior. Él no había prometido regresar; solamente había dicho que mientras existiera un camino intentaría encontrarlo. Aquello podía significar semanas, meses o quizá nada.
—¿Sabes dónde está tu propia familia? —preguntó finalmente.
—Mi madre murió hace cinco años. Mi hermano menor se marchó a Londres y no he recibido noticias suyas desde hace dos inviernos.
—Entonces, ¿por qué no buscas primero a tu hermano?
Edmund acarició distraídamente el cuello del caballo.
—Porque no sé dónde está.
—Podrías intentar encontrarlo.
—Algún día lo haré.
—¿Y si él también te está buscando?
Edmund la miró con una expresión difícil de interpretar.
—Entonces espero que alguno de los dos tenga la suficiente paciencia para no darse por vencido.
Isobel comprendió que aquella respuesta hablaba de algo más que de su hermano. Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. Finalmente Edmund tomó las riendas.
—Tengo que irme.
—Lo sé.
—Quería despedirme antes de que empezaras tus tareas.
—¿Y qué habría ocurrido si no me hubieras encontrado?
—Habría dejado el medallón con Lady Margaret.
—Entonces supongo que tuve suerte.
Edmund sonrió.
—Eso creo.
Isobel quiso decir algo más, pero no encontró las palabras. Había imaginado muchas veces cómo sería despedirse de alguien que se marcha a la guerra o a un largo viaje. En las historias que había escuchado de niña siempre existían grandes declaraciones, lágrimas, promesas y abrazos. La realidad era mucho más sencilla y dolorosa. Allí estaban ellos, en un patio húmedo, rodeados de caballos y carros, sin saber si volverían a encontrarse.
—Edmund —dijo ella finalmente.
—¿Sí?
—No olvides el camino de regreso.
Él la miró durante unos segundos.
—No creo que pueda olvidarlo.
Entonces montó.
Isobel retrocedió para dejarle paso. Edmund avanzó lentamente hacia la puerta principal y, antes de atravesarla, volvió la cabeza. Sus ojos encontraron los de ella durante un instante. Después desapareció entre la niebla.
Isobel permaneció allí hasta que dejó de escuchar los cascos.
No sabía por qué le resultaba tan difícil regresar al trabajo. Había conocido a aquel hombre durante unas pocas semanas, pero la ausencia parecía haber comenzado antes incluso de que él abandonara Wychcombe. Cuando finalmente entró en las caballerizas, encontró a Hugh intentando sujetar a una yegua inquieta.
—¿Se ha marchado? —preguntó el muchacho.
—Sí.
—¿Volverá?
Isobel comenzó a preparar el alimento de los animales.
—Eso espero.
Hugh la observó.
—¿Lo quieres?
La joven se volvió bruscamente.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una pregunta sencilla.
—Tienes dieciséis años.
—Eso no significa que no pueda reconocer cuando dos personas se miran de una manera diferente.
Isobel negó con la cabeza.
—Ocúpate de la yegua.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a recibir.
Hugh sonrió y volvió a su tarea, pero Isobel no pudo evitar sonreír también. Aquella conversación sencilla le permitió respirar con mayor libertad. La vida continuaba y, aunque Edmund se hubiera marchado, todavía había animales que alimentar, enfermos que atender y habitaciones que limpiar.
Los días siguientes fueron difíciles. El frío aumentó y comenzaron a llegar personas de las aldeas vecinas buscando refugio. Algunos estaban enfermos, otros simplemente tenían hambre. Lady Margaret había ordenado que nadie fuera rechazado mientras existieran provisiones, aunque todos sabían que las reservas comenzaban a disminuir. Los precios del grano habían aumentado y cada vez resultaba más complicado conseguir alimentos suficientes.
Una tarde llegó un campesino con su esposa y dos niños. La mujer tenía fiebre y apenas podía mantenerse en pie. Isobel ayudó a llevarla al interior mientras Lady Margaret examinaba al resto de la familia.
—¿De dónde vienen? —preguntó.
—De Ashford.
—¿Cuándo comenzó la fiebre?
—Hace tres días.
Lady Margaret intercambió una mirada preocupada con la mujer encargada de las curaciones.
—¿Hay más enfermos en la aldea?
El hombre asintió.
—Muchos.
Isobel sintió que el temor comenzaba a extenderse por la habitación.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Cada día aparecen más.
Lady Margaret respiró profundamente.
—Llevaremos a la mujer a una habitación separada. Los niños se quedarán contigo.
—Pero nosotros no estamos enfermos —protestó el hombre.
—Precisamente por eso.
—No pueden separarnos.
—Si quieres protegerlos, tendrás que hacerlo.
El hombre quiso discutir, pero finalmente comprendió que no tenía otra opción.
Aquella noche Isobel no pudo dejar de pensar en la familia. Recordó las historias que había escuchado durante el viaje y los rumores sobre pueblos enteros afectados por una enfermedad desconocida. La palabra peste todavía no se pronunciaba con frecuencia, pero el miedo ya comenzaba a instalarse en cada conversación.
Al día siguiente llegó una carta para Lady Margaret. La mujer la leyó lentamente junto a una ventana y después llamó a Isobel.
—Tengo malas noticias.
—¿Qué ha ocurrido?
—La enfermedad ha llegado a Canterbury.
Isobel sintió inmediatamente que aquella noticia tenía relación con Edmund.
—¿Cuándo salió?
—Hace dos días.
—Entonces podría no haber llegado todavía.
—Podría.
—¿Cómo sabemos que está en Canterbury?
Lady Margaret dejó la carta sobre la mesa.
—No lo sabemos.
Isobel intentó mantener la calma.
—Dijo que iría allí primero.
—Lo sé.
—Quizá cambió de ruta.
—Quizá.
—O quizá todavía no ha llegado.
—También es posible.
Isobel miró la carta.
—No puedo hacer nada.
Lady Margaret se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.
—No.
—Odio esa respuesta.
—Yo también.
Durante las semanas siguientes, la incertidumbre se convirtió en una presencia permanente. Llegaban noticias contradictorias de distintas aldeas. Algunos viajeros afirmaban que la enfermedad estaba desapareciendo, mientras otros aseguraban que las muertes aumentaban cada día. Nadie sabía con exactitud cómo se propagaba ni cómo detenerla. Las autoridades locales empezaron a imponer restricciones sobre los desplazamientos y algunos caminos quedaron prácticamente vacíos.
Una mañana llegó un grupo de soldados. Uno de ellos traía noticias de la guerra y otro llevaba una carta para Lady Margaret. Isobel no prestó demasiada atención hasta que escuchó un nombre.
—Hale.
Se volvió de inmediato.
El soldado sostenía una pequeña bolsa de cuero.
—¿Edmund Hale? —preguntó Isobel.
El hombre la miró.
—¿Lo conoces?
—Estuvo aquí.
—Entonces quizá puedas decirme si esta bolsa es suya.
Isobel se acercó. Reconoció inmediatamente la correa gastada y una pequeña marca grabada en el cuero.
—Sí.
El soldado se la entregó.
—La encontramos en un puesto abandonado al sur de Canterbury.
El mundo pareció detenerse.
—¿Abandonado?
—Todos se marcharon.
—¿Edmund estaba allí?
—No lo sabemos.
—¿Había alguna carta?
—No.
—¿Alguna señal de él?
El hombre negó con la cabeza.
—Nada.
Isobel sostuvo la bolsa contra el pecho.
—¿Cuándo fue?
—Hace cinco días.
Ella cerró los ojos. No quería pensar en la posibilidad que aquella noticia sugería.
—Gracias —dijo finalmente.
El soldado se alejó.
Lady Margaret apareció a su lado.
—No significa que haya muerto.
—Lo sé.
—Podría haberse marchado antes.
—Lo sé.
—Entonces no te atormentes con algo que no sabemos.
Isobel apretó la bolsa entre sus manos.
—Pero tampoco puedo fingir que no tengo miedo.
—No tienes que hacerlo.
Aquella tarde Isobel revisó la bolsa. Dentro encontró una piedra pequeña, una cuerda, dos monedas y una hoja doblada que parecía haber sido arrancada de algún documento. No había ninguna carta. No había ninguna explicación.
Mientras guardaba nuevamente las cosas, descubrió una pequeña marca en el interior de la bolsa: una cruz trazada con carbón.
No supo qué significaba.
Durante varios días esperó alguna noticia. No llegó ninguna.
Fue entonces cuando apareció Sir Aldric.
Isobel estaba trabajando en las caballerizas cuando escuchó su voz en el patio. Salió y lo encontró hablando con Lady Margaret.
—Isobel —dijo él—. Necesito hablar contigo.
—¿Por qué?
—Tu situación ha cambiado.
—¿Qué quieres decir?
Aldric miró a Lady Margaret.
—Tu padre tenía una deuda con Sir Reginald de Ashcombe. La deuda no ha sido completamente saldada.
—Creía que las tierras habían sido entregadas.
—Lo fueron. Pero aún queda una obligación.
—¿Qué clase de obligación?
—Un matrimonio.
Isobel sintió que el frío del patio había penetrado hasta sus huesos.
—No entiendo.
—Sir Reginald tiene un hijo, William. Ha expresado interés en casarse contigo.
—No.
La respuesta salió inmediatamente.
Aldric frunció el ceño.
—Ni siquiera sabes lo que vas a decir.
—Acabas de decirme que quiere casarse conmigo para resolver una deuda de mi padre. Ya sé suficiente.
—Es una oportunidad.
—¿Para quién?
—Para ti.
Isobel miró a Lady Margaret, pero la mujer permaneció en silencio.
—No quiero casarme con un hombre que no conozco.
—No siempre se tiene el privilegio de elegir.
—Mi padre habría preferido verme pobre antes que entregarme como pago.
Aldric dio un paso hacia ella.
—Tu padre está muerto.
Isobel sintió que algo dentro de ella se endurecía.
—Precisamente por eso todavía puedo defender lo que él habría defendido.
Lady Margaret intervino con voz firme.
—Sir Aldric, creo que esta conversación ha terminado.
—Esto no es asunto suyo.
—Mientras Isobel esté bajo mi techo, sí lo es.
Aldric miró a ambas mujeres y finalmente se retiró.
Cuando se marchó, Isobel permaneció inmóvil.
—No puedo quedarme aquí para siempre —dijo.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—¿Y si no puedo pagar la deuda?
—Encontraremos otra solución.
—¿Y si no existe?
Lady Margaret la miró directamente.
—Entonces construiremos una.
Isobel quiso creerle.
Aquella noche, sola en su habitación, sacó el medallón de madera que Edmund le había dado. Lo sostuvo durante largo rato mientras observaba la pequeña rama de espino tallada en la superficie.
No tenía ninguna noticia de él. No sabía si estaba vivo, enfermo, escondido o muerto. No sabía si volvería a verlo. Sin embargo, tampoco podía aceptar que una ausencia fuera una prueba de muerte.
Guardó el medallón nuevamente bajo su vestido.
—Mientras exista un camino —murmuró.
No sabía si estaba repitiendo las palabras de Edmund o si se las estaba diciendo a sí misma.
Al día siguiente llegó otro viajero procedente de Canterbury. Traía noticias de que muchos caminos habían sido cerrados y de que algunos hombres habían abandonado sus hogares para evitar la enfermedad. También contó que un grupo de soldados había sido visto marchando hacia el oeste.
—¿Recuerda a alguno? —preguntó Isobel.
—No.
—¿Había un arquero joven?
El hombre pensó.
—¿Cómo se llamaba?
—Edmund Hale.
El viajero negó con la cabeza.
—No lo sé.
Aquella respuesta debería haberla decepcionado, pero por primera vez en varios días Isobel sintió algo parecido al alivio. Mientras no hubiera una noticia definitiva, Edmund continuaba siendo una posibilidad.
Esa misma tarde, mientras ayudaba a reparar una puerta de las caballerizas, encontró entre las tablas una pequeña pluma de flecha. No sabía si pertenecía a Edmund ni cómo había llegado allí. Podía haber estado abandonada durante meses. Aun así, la recogió y la guardó junto al medallón.
No porque creyera que aquello fuera una señal, sino porque necesitaba conservar algo que le recordara que la vida todavía podía sorprenderla.
Pasaron los días y el invierno se hizo más duro. Isobel trabajó hasta el cansancio, atendiendo animales, llevando comida a los enfermos y ayudando a Lady Margaret a organizar las provisiones. Poco a poco dejó de esperar cada mañana que llegara una noticia sobre Edmund. Aprendió que esperar no significaba permanecer inmóvil.
Una noche, mientras nevaba sobre Wychcombe, Lady Margaret entró en la cocina y encontró a Isobel leyendo junto al fuego.
—¿Qué lees?
—Un libro que perteneció a mi padre.
—¿Entiendes todo?
—No.
—Entonces quizá sea un buen libro.
Isobel sonrió.
—Mi padre decía que los libros importantes son aquellos que nos dejan pensando después de cerrarlos.
Lady Margaret se sentó frente a ella.
—Tu padre parece haber sido un hombre interesante.
—Lo era.
—¿Lo extrañas mucho?
—Todos los días.
—¿Y Edmund?
Isobel levantó la mirada.
Durante unos segundos no respondió.
—También.
Lady Margaret asintió.
—Entonces no dejes que ninguno de los dos desaparezca de tu corazón de una manera que te impida seguir viviendo.
Isobel cerró el libro.
—¿Cómo se hace eso?
—No lo sé.
—Creía que tendría una respuesta.
—Yo también soy una mujer que está aprendiendo.
Isobel sonrió.
Afuera, la nieve seguía cayendo.
En algún lugar más allá de aquellas colinas, un hombre herido recorría caminos que nadie podía considerar seguros. Isobel no sabía dónde estaba Edmund ni qué había encontrado en Canterbury. No sabía si alguna vez recibiría noticias suyas. Lo único que podía hacer era continuar.
Y continuó.
Porque la vida no le había prometido que las cosas saldrían como deseaba, pero tampoco le había dicho que debía renunciar antes de tiempo. Porque había aprendido de su padre que la esperanza no era negar el dolor, sino negarse a permitir que el dolor tuviera la última palabra. Porque había descubierto junto a Edmund que algunas promesas podían sobrevivir incluso cuando quienes las pronunciaban se encontraban separados por largas distancias.
Y porque, aunque todavía no lo sabía, el camino que había comenzado con la pérdida de su hogar apenas estaba empezando a revelar hacia dónde la conduciría.
CAPÍTULO 3
El invierno había terminado por apoderarse de Wychcombe con una dureza que nadie recordaba en los últimos años, y durante varias semanas los campos permanecieron cubiertos por una capa de escarcha que hacía crujir la tierra bajo los pasos de quienes salían al amanecer para atender los animales. Las ramas desnudas de los árboles parecían dibujadas contra un cielo casi siempre gris, los caminos se habían convertido en extensiones de barro y las pocas caravanas que todavía se atrevían a atravesar aquella parte del condado llegaban con rostros cansados y noticias cada vez más inquietantes. Isobel llevaba meses trabajando en las caballerizas, y aunque al principio había pensado que permanecer allí sería solamente una solución provisional, poco a poco había comenzado a sentir que Wychcombe era el único lugar donde todavía podía construir algo parecido a una vida. Había aprendido a conocer cada caballo, cada rincón de los establos y cada persona que vivía o trabajaba en la residencia, pero había una parte de ella que seguía viviendo en el camino que Edmund había tomado aquella mañana de niebla.
No había llegado ninguna carta.
Ningún viajero había traído noticias claras.
Nadie podía decirle dónde estaba.
A veces Isobel se reprochaba a sí misma que continuara esperando. Otras veces pensaba que abandonar aquella espera sería una forma de traicionar lo que había nacido entre ellos. Había aprendido, sin embargo, que esperar no significaba pasar las horas mirando el camino. Esperar significaba seguir viviendo sin cerrar completamente una puerta cuyo final todavía desconocía.
Aquella mañana estaba limpiando las heridas de una yegua cuando Hugh entró corriendo en la caballeriza.
—Isobel, Lady Margaret quiere verte.
—¿Ahora?
—Sí. Y dice que te pongas el vestido azul.
Isobel levantó una ceja.
—¿Por qué tendría que ponerme el vestido azul?
—No lo sé.
—Entonces no me sirve tu respuesta.
Hugh sonrió.
—También dijo que viene alguien importante.
—Eso explica todavía menos.
—Yo solamente transmito el mensaje.
—Pues transmite otro de mi parte.
—¿Cuál?
—Que si pretende que abandone el trabajo cada vez que llega una persona importante, tendrá que encontrar otra mujer que cuide de los caballos.
Hugh soltó una carcajada.
—Eso se lo diré.
—No te atrevas.
—Ya me atreví.
Isobel tomó un paño y se lo arrojó, pero el muchacho salió corriendo antes de que pudiera alcanzarlo. Durante unos segundos ella permaneció sonriendo, y aquella pequeña escena cotidiana le recordó cuánto había cambiado su vida. Meses atrás había sido hija de un terrateniente que jamás había imaginado terminar limpiando establos. Ahora podía discutir con un muchacho de dieciséis años sobre una yegua enferma y sentirse, por extraño que pareciera, parte de aquella comunidad.
Cuando finalmente entró en la residencia encontró a Lady Margaret en el salón principal junto a un hombre de unos cuarenta años que vestía una capa de buena calidad. A su lado había un joven de aproximadamente veinticinco años, alto, de cabello castaño y rostro serio. Isobel reconoció inmediatamente el escudo bordado en la capa.
Era el emblema de los Ashcombe.
Sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—Isobel —dijo Lady Margaret—, acércate.
La joven obedeció.
—Este es Sir Reginald de Ashcombe y este es su hijo William.
Isobel hizo una inclinación respetuosa.
—Mis señores.
Sir Reginald la observó con atención.
—He oído hablar de ti.
—Espero que bien.
—Depende de quién haya hablado.
William sonrió ligeramente.
—Padre.
Sir Reginald lo miró.
—¿Qué?
—No has venido a negociar un caballo.
—No.
Isobel sintió que el ambiente se volvía incómodo.
—Supongo que ya saben que no deseo casarme con William.
El joven pareció sorprendido por la franqueza.
—Me lo habían dicho —respondió.
—Entonces no comprendo por qué están aquí.
Sir Reginald se acomodó la capa.
—Porque las circunstancias han cambiado.
—¿Qué circunstancias?
—Tu deuda con mi familia.
—Mi padre no contrajo una deuda por mi culpa.
—Eso no cambia la obligación.
William intervino.
—Padre, quizá deberíamos hablar de otra manera.
Sir Reginald lo miró con severidad.
—Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Isobel observó al joven. Por primera vez tuvo la impresión de que William no estaba allí para imponerle el matrimonio, aunque tampoco sabía cuáles eran sus intenciones.
Sir Reginald continuó.
—No he venido a obligarte a aceptar nada hoy. He venido a ofrecerte una solución.
—¿Cuál?
—William puede casarse contigo y la deuda quedará cancelada.
—Ya conozco esa solución.
—No exactamente. Tu situación en Wychcombe no puede prolongarse indefinidamente.
Isobel apretó las manos.
—Puedo trabajar.
—¿Toda tu vida en una caballeriza?
—Si es necesario.
William intervino nuevamente.
—No creo que sea necesario hablar como si ella estuviera siendo castigada.
Su padre se volvió hacia él.
—¿Quieres que me calle?
—Quiero que la escuches.
El silencio que siguió fue tan profundo que Isobel pudo escuchar el crepitar de la leña.
Sir Reginald finalmente se levantó.
—Volveré en una semana.
—No necesito una semana.
—No es una pregunta.
—Entonces mi respuesta tampoco será una pregunta.
William la miró con una expresión que parecía contener respeto.
—¿Cuál es tu respuesta?
Isobel respiró profundamente.
—No.
Sir Reginald salió sin responder.
William permaneció unos segundos junto a la puerta.
—No sé si debería disculparme.
—¿Por qué?
—Por la forma en que mi padre ha venido.
—Tú no eres responsable de él.
—Eso no siempre resulta tan sencillo.
—Lo sé.
William asintió y se marchó.
Cuando quedaron solas, Lady Margaret se acercó a Isobel.
—No has temblado.
—Por dentro sí.
—Eso también cuenta como valentía.
Isobel miró hacia la puerta.
—¿Crees que volverá?
—Sí.
—Entonces tendré que seguir diciendo que no.
—Mientras esa sea tu decisión.
—Lo es.
Lady Margaret no respondió. Sabía que la cuestión no terminaría allí.
Durante las semanas siguientes, Sir Reginald no volvió, pero su ausencia no significó que hubiera renunciado. Llegaron mensajes, rumores y advertencias. Isobel descubrió que las deudas podían perseguir a una persona incluso cuando ya no poseía nada. Un escribano llegó con documentos que pretendían demostrar que la obligación seguía vigente. Lady Margaret los revisó durante horas y finalmente encontró errores suficientes para impedir que fueran utilizados inmediatamente.
Pero el verdadero problema era que Isobel no tenía dinero.
Una tarde, mientras llevaba harina a la cocina, encontró a William esperando junto a la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—He venido solo.
—Eso no responde.
—Quería hablar contigo.
—Si es sobre el matrimonio, ya sabes mi respuesta.
—No.
—¿No qué?
—No es sobre eso.
Isobel dejó el saco sobre una mesa.
—Entonces habla.
William pareció incómodo.
—Mi padre ha recibido noticias de que la enfermedad se ha extendido por el sur.
—Ya lo sé.
—También hay rumores de que algunos pueblos han quedado prácticamente vacíos.
—También lo sé.
—Y hay algo más.
Isobel lo miró.
—¿Qué?
William sacó de su bolsillo un pequeño papel.
—Un hombre llegó ayer a Ashcombe. Dice haber visto a un arquero llamado Edmund Hale.
Isobel sintió que el cuerpo entero se le tensaba.
—¿Dónde?
—Cerca de Rochester.
—¿Cuándo?
—Hace unas tres semanas.
—¿Está seguro?
—No.
Isobel cerró los ojos.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que era un hombre joven, herido, que viajaba con otros soldados.
—¿Y estaba vivo?
—Eso parece.
Por primera vez en meses, una esperanza intensa atravesó el miedo que la había acompañado.
—¿Por qué me cuentas esto?
William bajó la voz.
—Porque creo que tenías derecho a saberlo.
Isobel tomó el papel.
—Gracias.
—No lo he hecho para que cambies de opinión respecto a mí.
—No lo he pensado.
William sonrió.
—Lo imaginaba.
Antes de marcharse añadió:
—Hay algo más que quizá debas saber. Mi padre está convencido de que Edmund Hale murió.
—¿Por qué?
—Porque un grupo de hombres que viajaba con él desapareció durante la epidemia.
—Eso no significa que él muriera.
—Lo sé.
Isobel lo miró fijamente.
—¿Tú también crees que puede estar vivo?
William tardó unos segundos.
—Creo que no tenemos pruebas suficientes para afirmar lo contrario.
Aquella noche Isobel volvió a sacar el medallón de madera. Lo sostuvo junto al fuego mientras leía una y otra vez el breve mensaje que William le había llevado. No era una carta, ni siquiera una noticia confirmada. Era apenas un rumor transmitido por un hombre cuyo nombre nadie recordaba con seguridad.
Pero para ella significaba algo.
Edmund podía estar vivo.
Durante los días siguientes comenzó a trabajar con una energía renovada. No sabía por qué, pero sentía que cada tarea tenía un significado diferente. Ya no trabajaba únicamente para sobrevivir. Trabajaba porque había descubierto que podía seguir adelante incluso sin saber qué ocurriría.
Una mañana, mientras llevaba agua a una habitación donde había dos enfermos, escuchó una conversación entre Lady Margaret y el médico.
—Tenemos que reducir el contacto con los viajeros —decía él—. No podemos continuar recibiendo a todos.
—Si los rechazamos, morirán en los caminos.
—Si no lo hacemos, quizá muramos nosotros.
Lady Margaret guardó silencio.
—No te estoy diciendo que los abandones —continuó el médico—. Te estoy diciendo que debemos aceptar nuestros límites.
Isobel se retiró antes de que la vieran escuchar.
Aquellas palabras quedaron en su pensamiento.
Aceptar los límites.
Era algo que había tenido que aprender desde la muerte de su padre. No podía recuperar su casa. No podía traerlo de vuelta. No podía saber dónde estaba Edmund. No podía controlar la enfermedad. Pero sí podía decidir qué hacer con el día que tenía delante.
Ese descubrimiento comenzó a transformar su manera de vivir.
Cuando llegó la primavera, los campos comenzaron lentamente a recuperar su color. Los árboles florecieron y durante algunas semanas parecía que la naturaleza ignoraba completamente el sufrimiento de los hombres. Isobel encontraba algo de consuelo en aquella transformación. Había pasado un invierno entero creyendo que todo estaba muerto y, sin embargo, los brotes aparecían nuevamente en las ramas.
Una tarde se sentó junto al pequeño huerto de Wychcombe. Hugh se acercó con una cesta.
—Lady Margaret quiere que ayudes a llevar esto a la cocina.
—Déjalo ahí.
—¿En qué estás pensando?
—En nada.
—Eso nunca es cierto.
Isobel sonrió.
—En los árboles.
Hugh miró las ramas.
—¿Qué tienen?
—Parecían muertos hace unas semanas.
—Pero no lo estaban.
—Exactamente.
Hugh dejó la cesta.
—¿Crees que Edmund está vivo?
Isobel lo miró sorprendida.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque desde que William trajo aquella noticia pareces diferente.
—No lo sé.
—Pero tienes esperanza.
Isobel acarició una rama recién cubierta de pequeñas hojas.
—Sí.
—¿Aunque no tengas pruebas?
—La esperanza no siempre nace de las pruebas.
Hugh se quedó pensando.
—Eso suena como algo que diría Lady Margaret.
—Quizá todos terminamos diciendo las mismas cosas cuando la vida nos enseña suficiente.
El muchacho tomó la cesta.
—Entonces espero que tengas razón.
—Yo también.
Aquella misma noche llegó un jinete a Wychcombe.
Traía noticias de Rochester.
Isobel estaba en las caballerizas cuando escuchó el sonido de los cascos y salió al patio. El hombre preguntó por Lady Margaret y fue conducido inmediatamente al interior. Isobel intentó continuar con su trabajo, pero la incertidumbre era insoportable. Finalmente entró en la residencia.
Encontró al jinete hablando con Lady Margaret.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
El hombre la miró.
—¿Eres Isobel de Harcourt?
Ella asintió.
—Me dijeron que conocías a Edmund Hale.
El corazón volvió a golpearle con fuerza.
—Sí.
—Tengo una noticia.
Lady Margaret se acercó.
—¿Qué clase de noticia?
El jinete sacó una pequeña bolsa de cuero.
—Encontré esto en una posada de Rochester.
Isobel la reconoció inmediatamente.
Era la misma bolsa que había recibido meses atrás.
—¿Dónde la encontraste?
—En una habitación.
—¿Quién estaba allí?
—Nadie.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro días.
Isobel sintió que la esperanza se mezclaba con el miedo.
—¿Había alguna señal de Edmund?
El hombre negó con la cabeza.
—Solo esto.
Le entregó la bolsa.
Isobel la abrió con manos temblorosas.
Dentro había una hoja doblada.
Esta vez sí había palabras.
Reconoció la letra.
"Si alguien encuentra esto, que sepa que sigo hacia el norte."
No había nombre.
No había fecha.
No había explicación.
Pero era suficiente.
Isobel cerró los ojos y por primera vez desde la partida de Edmund dejó que las lágrimas corrieran libremente por su rostro.
Lady Margaret la abrazó.
—Está vivo.
—No lo sabemos con certeza.
—Tú sabes lo que necesitas saber por ahora.
Isobel apretó la carta contra el pecho.
—Está vivo.
Aquella noche, mientras las campanas de Wychcombe anunciaban el final de la jornada, Isobel salió al patio y miró hacia el camino. No esperaba verlo aparecer de inmediato. Sabía que todavía había distancia, peligros, enfermedad y guerra entre ellos. Sabía que una sola hoja de papel no podía garantizar un regreso.
Pero por primera vez desde que Edmund había partido, la espera tenía un rostro.
Tenía una letra.
Tenía un camino.
Y aquella pequeña certeza bastaba para que el corazón de Isobel volviera a imaginar un futuro que durante meses había parecido imposible.
Sin embargo, la misma noticia que le devolvía la esperanza también traía consigo una nueva dificultad. Edmund se dirigía hacia el norte, precisamente hacia las regiones donde la enfermedad comenzaba a avanzar con mayor rapidez. El camino que podía conducirlo de regreso era también un camino lleno de peligro.
Isobel sabía que no podía detenerlo.
Tampoco podía seguirlo.
Solo podía esperar.
Y mientras observaba las últimas luces del día sobre los campos, comprendió que quizá la esperanza verdadera no consistía en creer que el peligro desaparecería, sino en continuar creyendo que la vida podía abrir un camino incluso en medio de él.
Isobel tomó el medallón de madera entre sus dedos y lo sostuvo contra su pecho mientras el viento de primavera atravesaba el patio. Después regresó a las caballerizas, encendió una lámpara y continuó trabajando hasta que llegó la noche, porque había aprendido que esperar a alguien no significaba detener la propia vida, sino mantener encendida una pequeña luz mientras el otro buscaba el camino de regreso.
CAPÍTULO 4
La primavera había llegado a Wychcombe con una belleza engañosa, porque mientras los campos comenzaban a cubrirse de verde y los árboles recuperaban lentamente sus hojas, en los caminos continuaban apareciendo rostros demacrados, carretas cargadas con enfermos y viajeros que hablaban en voz baja de pueblos enteros donde las campanas habían dejado de sonar porque ya no quedaban suficientes personas para enterrar a los muertos. Isobel había aprendido a desconfiar de los días demasiado tranquilos, no porque creyera que la desgracia estuviera escondida detrás de cada puerta, sino porque después de tantos meses comprendía que la vida podía cambiar de un momento a otro sin pedir permiso. La noticia de que Edmund estaba vivo había devuelto una luz a su interior que durante mucho tiempo había permanecido casi apagada, pero aquella luz también la hacía temer más por él, porque ahora sabía que seguía recorriendo caminos peligrosos y que cada jornada que pasaba sin nuevas noticias podía esconder una dificultad que ella era incapaz de imaginar.
Habían transcurrido casi tres semanas desde que el jinete de Rochester había llegado a Wychcombe con la pequeña hoja escrita por Edmund. Isobel la había leído tantas veces que podía recordar cada palabra sin necesidad de abrirla. La había guardado en un pequeño compartimiento de su baúl, junto al medallón de madera y a la pluma de flecha que había encontrado en las caballerizas. No eran objetos valiosos, pero para ella habían adquirido un significado que ninguna moneda podía comprar. Eran pequeñas pruebas de que una parte de su vida no había desaparecido por completo.
Aquella mañana estaba preparando un caballo para un viajero cuando escuchó la voz de Lady Margaret detrás de ella.
—Isobel, deja eso y ven conmigo.
La joven levantó la cabeza.
—¿Ha ocurrido algo?
—Todavía no lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Isobel dejó el cepillo sobre una mesa y siguió a Lady Margaret hasta el salón. Allí encontró a un hombre que parecía agotado por un viaje largo. Tenía la ropa cubierta de polvo, una herida en la frente y los ojos hundidos. Junto a él había una muchacha de unos doce años que abrazaba un pequeño paquete contra el pecho.
—¿Quiénes son? —preguntó Isobel.
—Vienen de Rochester —respondió Lady Margaret—. El hombre se llama Martin y la niña, Alice.
Martin inclinó la cabeza.
—Nos dijeron que aquí ayudaban a los viajeros.
—Así es —respondió Lady Margaret—. Siéntate.
Martin obedeció.
—Mi esposa murió hace cinco días.
La muchacha bajó la cabeza.
Isobel sintió que el silencio se apoderaba de la habitación.
—Lo siento —dijo finalmente.
—No tenemos adónde ir —continuó Martin—. Teníamos una casa, pero los hombres que quedaron a cargo de la aldea ordenaron que quienes estaban enfermos abandonaran sus hogares.
—¿Están enfermos ustedes?
—No.
—¿Y ella?
—Tampoco.
Lady Margaret miró a Isobel.
—Llévala a la cocina y dale algo caliente.
La niña se resistió.
—No quiero separarme de mi padre.
Isobel se arrodilló frente a ella.
—No voy a separarte de él. Solo quiero que comas algo.
—¿Volveré con él?
—Sí.
La niña la miró con desconfianza.
—¿Cómo lo sabes?
Isobel comprendió que aquella pregunta se parecía demasiado a la que ella misma había hecho tantas veces durante los últimos meses. No podía prometerle aquello que no controlaba.
—No puedo saber qué ocurrirá mañana —respondió—, pero hoy tu padre está aquí y yo voy a ayudarte a cuidarlo.
La niña finalmente aceptó su mano.
Mientras caminaban hacia la cocina, Isobel pensó que quizá la esperanza comenzaba precisamente de aquella manera: no prometiendo un futuro que nadie podía garantizar, sino haciendo todo lo posible para que el presente fuera soportable.
Durante las semanas siguientes, Martin y Alice permanecieron en Wychcombe. El hombre ayudaba en las tareas del patio mientras la niña acompañaba a Isobel en las caballerizas. Alice se encariñó especialmente con los caballos y aprendió rápidamente a reconocer a los que estaban nerviosos.
—Ese no quiere que te acerques —le advirtió Isobel una mañana.
—Pero parece triste.
—Eso no significa que quiera compañía.
—¿Los caballos pueden estar tristes?
—Creo que sí.
Alice acarició lentamente el cuello del animal.
—Entonces quizá entiende cómo me siento.
Isobel la observó en silencio.
—Quizá.
—¿Tú también estás triste?
La joven sonrió ligeramente.
—A veces.
—¿Por Edmund?
Isobel suspiró.
—Hugh habla demasiado.
—Yo no soy Hugh.
—No.
—Entonces puedes decirme la verdad.
Isobel apoyó las manos sobre la cerca.
—Sí. A veces estoy triste por Edmund.
—¿Porque no vuelve?
—Porque no sé cuándo volverá.
Alice permaneció pensativa.
—Mi madre decía que si uno ama a alguien tiene que esperar.
Isobel sintió una punzada en el pecho.
—Tu madre era una mujer sabia.
—Sí.
—¿Qué más decía?
—Que esperar no sirve de nada si uno deja de vivir.
Isobel miró a la niña con sorpresa.
—Tu madre y mi padre habrían tenido mucho que hablar.
Alice sonrió.
—Quizá se conocían.
—El mundo es grande.
—Pero Dios es más grande.
Isobel no respondió inmediatamente. Había escuchado aquella frase muchas veces durante su infancia, pero ahora, en boca de una niña que había perdido a su madre, tenía una fuerza diferente. No era una afirmación solemne ni una enseñanza aprendida de memoria. Era simplemente la manera que Alice tenía de explicar que todavía podía creer en algo cuando no comprendía lo que estaba ocurriendo.
La conversación quedó interrumpida por la llegada de un grupo de viajeros. Entre ellos había dos soldados heridos y un comerciante que aseguraba haber recorrido varios condados. Isobel ayudó a atenderlos y durante la tarde escuchó noticias contradictorias sobre Edmund.
Un soldado dijo haber visto una compañía de arqueros cerca de Oxford.
Otro afirmó que algunos hombres habían partido hacia el norte.
El comerciante aseguró que un arquero llamado Hale había sido visto en una posada.
—¿Edmund Hale? —preguntó Isobel.
—No puedo asegurarlo —respondió el hombre—. Solo escuché el apellido.
—¿Cuándo fue?
—Hace una semana.
—¿Dónde?
—En un camino hacia Leicester.
La información era insuficiente, pero Isobel sintió que algo dentro de ella volvía a encenderse.
Aquella noche, sin embargo, recibió una noticia que volvió a llenarla de inquietud.
Sir Reginald había enviado una nueva carta.
Lady Margaret la abrió delante de Isobel.
—Quiere que abandones Wychcombe.
—¿Por qué?
—Dice que, debido a la enfermedad, no puede permitir que continúes aquí indefinidamente.
—¿Y qué propone?
Lady Margaret le entregó el documento.
—El matrimonio.
Isobel cerró los ojos.
—No.
—Lo sé.
—No voy a casarme con un hombre para pagar una deuda que ni siquiera contraje.
—Entonces habrá que encontrar otra solución.
—¿Cuánto debo?
Lady Margaret le explicó la cantidad. Isobel quedó en silencio. Era una suma que no podía reunir ni trabajando durante años.
—No puedo pagar eso.
—No sola.
—¿Qué quieres decir?
—Podrías trabajar para mí durante varios años y pagar una parte.
—¿Y el resto?
Lady Margaret no respondió.
Isobel comprendió entonces que aquella deuda podía convertirse en una cadena.
—¿Crees que debería aceptar?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Por qué?
—Porque un matrimonio debería ser una decisión de dos personas que desean compartir la vida, no un acuerdo entre hombres que utilizan una deuda para decidir el futuro de una mujer.
Isobel respiró profundamente.
—Entonces seguiré trabajando.
—Eso es lo que puedes hacer ahora.
—Y esperar.
Lady Margaret la miró.
—Sí.
—A Edmund.
—También.
La relación entre ambas mujeres se había vuelto cada vez más profunda. Lady Margaret no preguntaba demasiado, pero comprendía muchas cosas sin necesidad de que fueran dichas.
Unos días después, William regresó.
Esta vez llegó solo y sin escolta. Isobel estaba en el patio cuando lo vio desmontar.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
—¿Sobre mi deuda?
—No.
—¿Sobre tu padre?
—Tampoco.
Isobel dejó el cubo que llevaba.
—Entonces empieza.
William sonrió.
—Sigues siendo directa.
—No tengo tiempo para rodeos.
—Eso es precisamente lo que quería decirte.
Sacó una pequeña bolsa.
—¿Qué es?
—Dinero.
Isobel retrocedió.
—No puedo aceptarlo.
—No te lo estoy dando como regalo.
—Entonces menos.
—Escúchame primero.
—Te escucho.
—He hablado con mi padre. Está dispuesto a reducir considerablemente la deuda si tú aceptas trabajar para Ashcombe durante algunos años.
—¿En qué condiciones?
—Sin matrimonio.
Isobel quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque le dije que no pienso casarme con una mujer que no me quiere.
—Eso es bastante generoso.
—No es generosidad.
—Entonces, ¿qué es?
William la miró con seriedad.
—Creo que tienes derecho a elegir.
Isobel sintió que no sabía qué responder.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—No.
William dio un paso atrás.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Recibí noticias de Edmund.
El mundo volvió a detenerse.
—¿Qué noticias?
—Está vivo.
Isobel sintió que las piernas le temblaban.
—¿Dónde está?
—En York.
—¿Seguro?
—Un hombre que conozco viajó con una compañía de arqueros. Me dijo que entre ellos había un joven llamado Edmund Hale.
—¿Cuándo?
—Hace diez días.
Isobel se llevó una mano al pecho.
—¿Estaba herido?
—Caminaba con dificultad.
—Entonces sigue herido.
—Probablemente.
—¿Dijo algo de Wychcombe?
William negó con la cabeza.
—No.
—¿Preguntó por mí?
William vaciló.
—No lo sé.
La alegría de Isobel se mezcló con una punzada de decepción.
—Al menos está vivo.
—Sí.
—Eso es suficiente.
William la miró.
—¿De verdad?
Isobel sonrió entre lágrimas.
—Por ahora.
Esa noche Isobel escribió por primera vez una carta dirigida a Edmund. No sabía si encontraría alguna manera de enviarla, pero necesitaba poner por escrito todo aquello que no había podido decirle. Le contó que Wychcombe seguía en pie, que Lady Margaret estaba bien, que Hugh continuaba hablando demasiado y que había llegado una niña llamada Alice que había perdido a su madre. No escribió sobre la propuesta de matrimonio de William ni sobre la deuda. No quiso cargarlo con problemas que no podía solucionar desde York.
Al final escribió:
"Me preguntaste una vez qué podía esperar. Entonces no supe responderte. Ahora creo que puedo esperar que sigas luchando por regresar, y yo intentaré seguir viviendo mientras lo haces."
Cuando terminó, dobló la carta y la guardó junto al medallón.
Al día siguiente llegó un hombre que se dirigía hacia York. Isobel le pidió que llevara la carta.
—No puedo garantizar que encuentre a ese hombre —advirtió.
—Solo necesito que lo intente.
—Lo intentaré.
Isobel le entregó la carta.
—Gracias.
El hombre guardó el sobre.
—¿Es importante?
Isobel lo miró.
—Mucho.
La primavera avanzó y la enfermedad continuó extendiéndose. Las muertes aumentaban en algunos pueblos y disminuían en otros. Nadie comprendía realmente qué estaba sucediendo. Los médicos discutían, los sacerdotes daban explicaciones diferentes y los campesinos buscaban respuestas en cualquier cosa que pudiera ofrecerles un poco de consuelo.
En Wychcombe, Lady Margaret mantenía abiertas las puertas para los necesitados, aunque cada día resultaba más difícil hacerlo. Algunas noches no había suficientes camas y las personas dormían en los establos. Isobel comenzó a trabajar desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
Una tarde encontró a Lady Margaret sentada junto al fuego.
—Estás agotada.
—Todos lo estamos.
—No puedes seguir así.
—Tampoco tú.
—Entonces descansaremos mañana.
Lady Margaret sonrió.
—Eso sería maravilloso.
Isobel se sentó a su lado.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—No pareces tenerlo.
—El miedo no siempre se nota.
—¿Cómo haces para seguir adelante?
Lady Margaret contempló las llamas.
—Porque si me detengo demasiado tiempo a pensar en todo lo que puede ocurrir, dejo de hacer lo que todavía puedo hacer.
—Eso es lo que mi padre decía.
—Quizá por eso lo recuerdas.
Isobel guardó silencio.
—¿Crees que Edmund regresará? —preguntó después.
Lady Margaret no respondió inmediatamente.
—Creo que está vivo.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—Necesito algo más.
—Entonces tendrás que encontrarlo dentro de ti.
Isobel bajó la mirada.
—A veces temo que esperar sea una forma de engañarme.
—Y a veces esperar es la única manera de no dejar que el miedo decida por nosotros.
Aquellas palabras se quedaron con ella.
Durante las semanas siguientes, Isobel recibió una carta.
No era de Edmund.
Era de William.
En ella le informaba que Sir Reginald había aceptado la reducción de la deuda y que Isobel podía permanecer en Wychcombe mientras trabajara allí. La noticia significaba que, al menos por el momento, nadie podía obligarla a casarse.
Cuando terminó de leer, Isobel sintió un alivio profundo.
Pero había otra noticia.
William había recibido información de que Edmund y su compañía habían abandonado York.
Nadie sabía hacia dónde.
El camino volvía a abrirse delante de él.
Y para Isobel, el camino volvía a cerrarse.
Pasaron meses sin nuevas noticias.
El verano llegó y las cosechas comenzaron a recogerse. Los campos estaban llenos de trabajadores, pero también había parcelas abandonadas porque las familias que las cultivaban habían desaparecido. El mundo parecía intentar continuar mientras una parte de él se desmoronaba lentamente.
Una tarde, Isobel estaba en el huerto cuando escuchó campanas.
No eran las campanas habituales.
Eran rápidas y fuertes.
Corrió hacia la residencia.
—¿Qué ocurre?
Un hombre había llegado desde el camino principal.
—Hay enfermos en la aldea.
Lady Margaret ordenó cerrar las puertas.
—Nadie entra hasta que sepamos quiénes son.
Isobel observó desde la ventana cómo varias personas se acercaban al portón. Entre ellas había una mujer que llevaba un niño en brazos.
—Lady Margaret.
—Lo sé.
—No podemos dejarlos afuera.
—Si entran sin saber quién está enfermo, podemos poner en peligro a todos.
—Entonces debemos averiguarlo.
Lady Margaret la miró.
—Sí.
Durante las horas siguientes, Wychcombe volvió a convertirse en un lugar de refugio. Isobel atendió a los enfermos mientras intentaba proteger a los demás. La enfermedad se había vuelto una presencia concreta y terrible. Ya no era una noticia lejana.
Aquella noche, agotada, salió al patio.
Miró el cielo.
No había estrellas.
Pensó en Edmund.
Pensó en su padre.
Pensó en la pequeña rama de espino tallada en el medallón.
Y comprendió que la esperanza que había sentido meses atrás no podía depender de recibir buenas noticias constantemente. Si así fuera, no sería esperanza, sino simple alivio.
La esperanza debía sobrevivir incluso cuando las noticias eran malas.
Se llevó la mano al pecho.
—No sé dónde estás —murmuró—, pero sigo aquí.
No esperaba que Edmund pudiera escucharla.
No esperaba una señal.
No esperaba una respuesta.
Simplemente necesitaba decirlo.
Y mientras regresaba al interior, comprendió que su vida había cambiado de una manera que jamás habría imaginado. Ya no era únicamente la hija de un terrateniente arruinado ni la mujer que esperaba a un hombre desaparecido. Era alguien que había aprendido a cuidar de otros en medio de la enfermedad, a enfrentar amenazas sin rendirse, a aceptar lo que no podía controlar y a conservar una esperanza que no dependía de tener todas las respuestas.
Muy lejos de allí, en algún lugar del norte, Edmund Hale seguía avanzando.
Isobel no lo sabía.
Pero el camino de ambos, aunque todavía separado por largas distancias y peligros que ninguno podía imaginar, continuaba acercándolos lentamente hacia un encuentro que cambiaría nuevamente sus vidas.
CAPÍTULO 5
El verano de 1349 encontró a Inglaterra transformada de una manera que nadie habría podido imaginar cuando Isobel había llegado a Wychcombe meses atrás. Los caminos que antes estaban llenos de comerciantes, soldados, peregrinos y campesinos se habían vuelto silenciosos, las aldeas aparecían algunas veces completamente desiertas y las campanas de las iglesias sonaban con una frecuencia que hacía que la gente dejara de preguntarse por quién doblaban, porque todos habían aprendido que casi siempre anunciaban una nueva muerte. En Wychcombe las puertas permanecían abiertas para quienes necesitaban ayuda, pero el lugar ya no tenía el movimiento de otros tiempos. Había menos viajeros, menos caballos y menos voces en el patio, mientras que las habitaciones destinadas a los enfermos permanecían ocupadas casi constantemente. Isobel trabajaba desde el amanecer hasta después de la puesta del sol, y aunque el cansancio había comenzado a marcar su rostro, continuaba levantándose cada mañana con la misma determinación silenciosa que había aprendido de su padre.
Habían pasado varios meses desde la última noticia de Edmund. La carta que Isobel había enviado hacia York nunca recibió respuesta y nadie podía decirle si había llegado a manos del joven. Las noticias que alcanzaban Wychcombe eran cada vez más confusas. Algunos viajeros aseguraban que las compañías de arqueros habían sido dispersadas, otros hablaban de soldados que habían abandonado el servicio para regresar con sus familias y otros decían que numerosos hombres habían muerto durante el invierno. Cada rumor era una posibilidad y cada posibilidad una nueva forma de miedo.
Isobel había aprendido a no preguntar inmediatamente cuando llegaba un viajero. No porque hubiera dejado de importarle Edmund, sino porque había comprendido que escuchar un nombre equivocado podía producir una esperanza que después doliera más que la incertidumbre. Sin embargo, aquella mañana, cuando Hugh entró en las caballerizas con el rostro alterado, supo que algo había sucedido.
—Isobel, tienes que venir.
Ella dejó el cepillo sobre el lomo del caballo.
—¿Qué ocurre?
—Ha llegado un grupo desde el norte.
—¿Y?
—Uno de los hombres dice conocer a Edmund Hale.
Isobel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Dónde está?
—En la sala principal.
No esperó más. Atravesó el patio y entró en la residencia. Encontró a un hombre de unos treinta años sentado junto al fuego, con una pierna vendada y una expresión de agotamiento. Lady Margaret estaba frente a él.
—Esta es Isobel —dijo.
El hombre la observó.
—¿Tú eres la mujer de Wychcombe?
—Sí.
—Entonces quizá seas la persona que busco.
Isobel se acercó.
—¿Conoces a Edmund Hale?
El hombre asintió.
—Viajé con él durante un tiempo.
—¿Dónde está?
El hombre bajó la mirada.
—No lo sé.
Isobel sintió que el alivio y la decepción se mezclaban.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
—Hace unas seis semanas.
—¿Dónde?
—Cerca de Lincoln.
—¿Estaba bien?
—Estaba vivo.
La respuesta, aunque insuficiente, significó mucho para ella.
—¿Estaba herido?
—Todavía caminaba con dificultad, pero podía montar.
—¿Habló de Wychcombe?
El hombre la miró.
—Sí.
Isobel se quedó inmóvil.
—¿Qué dijo?
—Preguntó si alguien había enviado noticias desde el sur.
—¿Y?
—Le dije que no.
Ella cerró los ojos durante unos segundos.
—¿Dijo mi nombre?
El hombre dudó.
—No estoy seguro.
—¿Qué quieres decir?
—Dijo que había una mujer en Wychcombe.
Isobel sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Qué más?
—Nada.
Lady Margaret intervino.
—¿Hacia dónde se dirigió?
—Hacia Nottingham.
—¿Por qué?
—Había oído que algunos hombres estaban reuniéndose allí.
—¿Para la guerra?
—No exactamente. Muchos buscaban trabajo o intentaban regresar a sus familias.
Isobel tomó aire.
—¿Crees que llegará al sur?
El hombre la miró con seriedad.
—Si sigue vivo, sí.
Aquella frase podía haber parecido cruel en boca de otro, pero Isobel comprendió que era la única respuesta honesta que podía recibir.
—Gracias.
El hombre inclinó la cabeza.
—Él me ayudó cuando estaba herido. Le debía al menos esto.
Después de que el viajero se marchara a descansar, Isobel salió al patio. Necesitaba respirar. Lady Margaret la siguió.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
—Eso también es una respuesta.
Isobel apoyó las manos sobre la cerca.
—Está vivo.
—Eso parece.
—Y preguntó por nosotros.
—Sí.
—Entonces todavía recuerda.
Lady Margaret guardó silencio.
—No quiero volver a tener miedo —dijo Isobel.
—Eso no depende de ti.
—Quiero tener esperanza sin que duela.
—Eso tampoco depende de ti.
Isobel la miró.
—Entonces, ¿qué depende de mí?
—Lo que haces con el miedo cuando aparece.
La joven bajó la mirada.
—A veces quisiera que mi vida fuera más sencilla.
—La sencillez no siempre significa felicidad.
—Lo sé.
—Y tampoco olvides que Edmund puede estar enfrentando dificultades que desconoces. No puedes construir una historia completa con los pocos fragmentos que recibes.
—Entonces solo puedo esperar.
—Puedes vivir. Esperar es una parte de eso.
Las palabras de Lady Margaret acompañaron a Isobel durante los días siguientes. Continuó trabajando, pero comenzó a reservar algunas horas para enseñar a Alice a leer. La niña había aprendido rápidamente y mostraba una curiosidad que sorprendía a todos.
Una tarde, mientras estudiaban junto a una ventana, Alice preguntó:
—¿Edmund sabe que estás aquí?
—No lo sé.
—¿Y si no lo sabe?
—Entonces algún día quizá lo descubra.
—¿Y si nunca vuelve?
Isobel cerró el libro.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque mi madre tampoco volvió.
La respuesta dejó a Isobel sin palabras.
Alice continuó:
—Cuando murió, mi padre me dijo que debía seguir esperando que Dios cuidara de ella, aunque ya no pudiera verla.
Isobel tomó la mano de la niña.
—Tu padre quería que supieras que el amor no termina porque una persona deje de estar delante de nosotros.
—¿Eso significa que Edmund te quiere aunque esté lejos?
Isobel sonrió con tristeza.
—No sé qué siente Edmund.
—Pero tú sí sabes lo que sientes.
—Sí.
—Entonces eso debe ser suficiente.
Isobel acarició su cabello.
—Quizá.
Aquel verano, Wychcombe recibió una visita inesperada. Sir Reginald apareció nuevamente, acompañado por varios hombres. Isobel lo vio desde el patio y supo inmediatamente que aquella visita no traería buenas noticias.
Lady Margaret salió a recibirlo.
—Sir Reginald.
—Lady Margaret.
—¿Qué desea?
—Hablar sobre la deuda de Isobel.
—La deuda ya fue renegociada.
—Han cambiado las circunstancias.
—¿En qué sentido?
Sir Reginald sacó un documento.
—Los acuerdos anteriores quedan suspendidos debido a la situación actual.
Lady Margaret tomó el documento.
—No veo ninguna razón legal para eso.
—Hay razones suficientes.
Isobel se acercó.
—¿Qué quiere?
Sir Reginald la miró.
—Que abandones Wychcombe.
—¿Para ir adónde?
—A Ashcombe.
—¿Como esposa de William?
—Como futura esposa.
William no estaba con él.
—No.
—No puedes rechazar indefinidamente una obligación.
—No es una obligación.
—Tu padre aceptó ciertas condiciones.
—Mi padre está muerto.
—Precisamente.
Isobel sintió que el dolor se convertía en indignación.
—No utilizará su muerte para decidir mi vida.
Sir Reginald dio un paso hacia ella.
—No estás en posición de negociar.
Lady Margaret intervino.
—Sí lo está.
—Esto no le concierne.
—Mientras ella esté bajo mi protección, sí.
Sir Reginald miró a Isobel.
—Tu orgullo puede costarte caro.
—Mi libertad ya ha costado mucho.
—Te arrepentirás.
—Es posible.
El hombre se retiró.
Cuando desapareció del patio, Isobel se quedó inmóvil.
—Tengo miedo —dijo.
Lady Margaret la miró.
—Lo sé.
—Pero no voy a ceder.
—No te pediré que lo hagas.
Esa noche, sin embargo, llegó William.
Parecía preocupado.
—¿Mi padre estuvo aquí?
—Sí.
—Lo imaginaba.
—¿Sabías lo que pretendía?
—Sí.
Isobel cruzó los brazos.
—Entonces, ¿por qué no lo detuviste?
—Porque no puedo controlar todo lo que hace mi padre.
—Pero eres su hijo.
—Y tú eres la mujer que quiere obligar a casarse conmigo.
Isobel se quedó callada.
William continuó:
—No quiero casarme contigo de esa manera.
—¿De qué manera?
—Como si fueras una deuda.
—Entonces ayúdame.
—Lo haré.
—¿Cómo?
William respiró profundamente.
—Hay una forma de cancelar definitivamente la obligación.
—¿Cuál?
—Tendría que renunciar a cualquier derecho sobre la deuda.
—¿Puedes hacerlo?
—Legalmente, sí.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque significaría enfrentarme a mi padre.
Isobel lo miró.
—No quiero que destruyas tu relación con él por mí.
—No lo hago por ti.
—¿Entonces?
—Lo hago porque creo que es injusto.
Aquella palabra quedó flotando entre ambos.
—Gracias —dijo Isobel.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué ocurrirá cuando mi padre se entere.
La conversación terminó sin resolver nada.
Durante los días siguientes William intentó negociar con su padre, pero Sir Reginald se negó a ceder. La disputa comenzó a extenderse entre ambas familias y llegó a oídos de otras personas de la región. Algunos defendían a Sir Reginald y decían que las deudas debían pagarse. Otros consideraban que Isobel estaba siendo utilizada.
En medio de todo aquello, la enfermedad continuaba avanzando.
Una mañana llegó un grupo de hombres desde el oeste. Entre ellos había un soldado que llevaba una pequeña cruz de madera alrededor del cuello.
Isobel se acercó.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Sí.
—¿Conoce a Edmund Hale?
El hombre la observó.
—Ese nombre me resulta conocido.
—Era arquero.
—Había muchos.
—Joven, cabello oscuro, herido en el costado.
El soldado frunció el ceño.
—Creo que sí.
Isobel sintió que la esperanza regresaba.
—¿Dónde lo vio?
—En Nottingham.
—¿Cuándo?
—Hace poco más de un mes.
—¿Qué estaba haciendo?
—Trabajando con una compañía que transportaba alimentos.
—¿Estaba bien?
—Mejor que cuando lo vi por primera vez.
—¿Dijo algo?
—Sí.
Isobel esperó.
—Dijo que quería regresar al sur.
—¿A Wychcombe?
El hombre sonrió.
—No mencionó el lugar.
—¿Mencionó a alguien?
—Una mujer.
Isobel sintió que no podía respirar.
—¿Qué dijo?
—Dijo que había alguien esperando.
La joven cerró los ojos.
No necesitaba escuchar más.
Aquella noche escribió otra carta.
No sabía si llegaría.
No sabía si Edmund seguía en Nottingham.
No sabía siquiera si alguien encontraría la manera de entregársela.
Pero escribió.
"Hoy me dijeron que quieres regresar al sur. No sé si esta carta llegará hasta ti, pero quiero que sepas que aquí hay un lugar donde alguien recuerda tu nombre. No te pido que regreses por mí si el camino es demasiado peligroso. Solo quiero que regreses vivo."
Guardó la carta junto a la primera.
Al día siguiente, un comerciante partió hacia el norte y aceptó llevarla.
Pasaron dos semanas.
Después tres.
La enfermedad comenzó a disminuir en algunos lugares, pero en otros seguía provocando muertes. Las personas empezaban lentamente a regresar a los mercados, aunque con cautela. En Wychcombe, el número de enfermos había disminuido.
Por primera vez en mucho tiempo, Isobel tuvo una mañana sin emergencias.
Se sentó en el huerto y observó las flores.
Alice llegó corriendo.
—¡Isobel!
—¿Qué ocurre?
—Hay un hombre en el camino.
Isobel se levantó.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Cómo es?
—Lleva una capa oscura.
Isobel sintió un sobresalto.
Corrió hacia la entrada.
El hombre estaba todavía lejos.
Era alto.
Caminaba lentamente.
Llevaba un bastón.
Su caballo avanzaba detrás de él.
Isobel se detuvo.
No podía distinguir su rostro.
El hombre levantó la cabeza.
Durante un instante pareció mirarla directamente.
Después continuó caminando.
Isobel no se movió.
Lady Margaret apareció detrás de ella.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé.
—¿Lo conoces?
—No puedo verlo bien.
El hombre se acercó.
Cuando estuvo a pocos metros, Isobel comprendió que no era Edmund.
Era un soldado que traía una carta.
—¿Isobel de Harcourt?
—Sí.
—Tengo algo para ti.
Le entregó el sobre.
La joven reconoció inmediatamente la letra.
No necesitó abrirlo para saber de quién era.
Sus manos temblaron.
—¿Dónde está?
El soldado la miró.
—No lo sé.
—¿Cuándo lo viste?
—Hace cuatro días.
—¿Estaba vivo?
—Sí.
Isobel cerró los ojos.
—¿Qué dice la carta?
—No la he leído.
Ella rompió el sello.
La letra de Edmund apareció ante sus ojos.
"Isobel: sigo vivo. He intentado regresar antes, pero cada camino se ha cerrado delante de mí. No sé cuánto tiempo tardaré. No quiero darte una promesa que quizá no pueda cumplir, pero sí puedo decirte que no he olvidado el camino hacia Wychcombe."
Isobel tuvo que detenerse.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
Siguió leyendo.
"Me dijiste una vez que mientras estuviera allí alguien intentaría ayudarme. Desde entonces he pensado muchas veces en esas palabras. Tal vez no entendí entonces lo que significaban. Ahora sí. Hay personas que nos sostienen incluso cuando están lejos. Tú eres una de ellas."
Isobel apretó la carta.
El último párrafo era breve.
"Si algún día llego a tu puerta, espero encontrarte allí. Si no llego, quiero que vivas de todos modos. No permitas que mi ausencia sea el final de tu historia."
Isobel bajó lentamente la carta.
Lady Margaret la observó en silencio.
—¿Qué dice?
Isobel respiró profundamente.
—Que sigue vivo.
—¿Y que regresará?
Isobel negó con la cabeza.
—No lo promete.
—Entonces, ¿qué haces con eso?
Isobel miró hacia el camino por donde el mensajero había desaparecido.
—Espero.
—¿Con miedo?
—Sí.
—¿Con certeza?
—No.
—¿Con fe?
Isobel apretó el medallón de madera contra su pecho.
—Sí.
Y por primera vez comprendió que aquellas tres cosas podían existir juntas. Podía tener miedo y seguir esperando. Podía no tener certeza y continuar creyendo. Podía amar a alguien que estaba lejos sin convertir su ausencia en una prisión.
El verano continuó avanzando.
El mundo todavía estaba herido.
Las pérdidas no habían terminado.
Pero algo había cambiado dentro de Isobel.
Ya no esperaba únicamente que Edmund regresara.
Esperaba que ambos fueran capaces de encontrar una vida después de todo aquello.
Y mientras guardaba la carta junto al medallón, supo que todavía quedaban muchos caminos por recorrer antes de que aquella esperanza pudiera convertirse en realidad.
CAPÍTULO 6
El otoño comenzó a llegar a Wychcombe con una lentitud engañosa, como si la naturaleza necesitara tiempo para convencerse de que aquel año podía terminar igual que los anteriores, y durante las primeras semanas de septiembre los árboles conservaron todavía buena parte de sus hojas, mientras los campos mostraban el color apagado de una cosecha que había sido más pobre de lo esperado. Sin embargo, en las aldeas cercanas las señales de la enfermedad seguían siendo demasiado visibles para permitir que nadie creyera que los tiempos difíciles habían quedado atrás. Había casas cerradas, graneros sin actividad, iglesias donde cada vez acudían menos personas y caminos por los que podían transcurrir horas enteras sin que apareciera un viajero. Wychcombe había sobrevivido a meses que habían puesto a prueba la resistencia de todos sus habitantes, pero la supervivencia no había devuelto lo perdido, y cada vez que Isobel recorría los corredores recordaba los rostros de quienes habían pasado por allí y ya no estaban.
La carta de Edmund permanecía guardada en un pequeño cofre de madera junto a la cama. Isobel la había leído tantas veces que ya conocía cada palabra, incluso aquellas que había querido olvidar porque le recordaban la incertidumbre en la que ambos continuaban viviendo. No había una promesa de regreso, ni una fecha, ni un lugar preciso en el que pudiera encontrarlo, pero había algo que para ella había adquirido un valor que ninguna seguridad aparente habría podido sustituir: Edmund seguía caminando hacia alguna parte y, en medio de aquel mundo donde tantas personas habían desaparecido sin despedirse, todavía había alguien que recordaba el camino de vuelta.
A veces Isobel pensaba que aquello era suficiente y otras veces comprendía que no lo era en absoluto. Había noches en que se despertaba sobresaltada por un ruido en el patio y durante unos segundos imaginaba que alguien había llegado a caballo, que una voz conocida estaba preguntando por ella, que quizá Edmund había cumplido finalmente aquella frase que había escrito en la carta. Después recordaba que los sueños podían fabricar realidades mucho más convincentes que la verdad y volvía a acostarse con el medallón de madera entre los dedos, escuchando el viento contra las paredes de piedra.
Una mañana, mientras Isobel ayudaba a Lady Margaret a revisar las provisiones, llegó William de Ashcombe. Había cambiado desde la última vez que lo había visto. Parecía más cansado, llevaba una pequeña herida sobre la ceja y su caballo estaba cubierto de barro, como si hubiera recorrido una distancia considerable antes de llegar.
—No esperaba verte aquí —dijo Isobel mientras dejaba sobre la mesa un saco de harina.
—Yo tampoco esperaba venir —respondió William—, pero necesitaba hablar contigo antes de regresar a Ashcombe.
Lady Margaret lo observó con atención.
—¿Ha ocurrido algo?
William tardó unos segundos en contestar.
—Mi padre ha recibido noticias de que la deuda de Sir Geoffrey puede ser reclamada nuevamente por un acreedor de Londres, y cree que eso le da derecho a exigir que Isobel abandone Wychcombe.
Isobel sintió que el cansancio de los últimos meses regresaba de golpe.
—Creí que ese asunto estaba terminado.
—Yo también.
—¿Qué pretende ahora?
—Que aceptes el matrimonio.
—Ya le dije que no.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué sigues hablando de ello.
William apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Porque mi padre no entiende un no como una respuesta definitiva.
Lady Margaret intervino con serenidad.
—¿Y qué espera que hagamos?
—No lo sé todavía.
—Entonces has venido sin una solución.
—He venido para advertirles.
Isobel miró a William durante unos segundos.
—¿Por qué?
—Porque mi padre está dispuesto a utilizar cualquier medio legal que encuentre para obligarte a marcharte.
—¿Y tú?
William sostuvo su mirada.
—Yo no quiero que eso ocurra.
—No puedes enfrentarte a él para siempre.
—Quizá no.
—Entonces, ¿qué esperas conseguir?
—Tiempo.
Isobel soltó una pequeña risa amarga.
—Parece que todos estamos viviendo de eso.
William no respondió. Sabía que había verdad en aquellas palabras.
Durante los días siguientes, William comenzó a buscar documentos relacionados con la deuda de Sir Geoffrey. Viajó a una pequeña ciudad donde se conservaban registros de propiedades y obligaciones, habló con hombres que conocían los asuntos de su padre y finalmente regresó con noticias que sorprendieron a Isobel. Una parte considerable de la deuda había sido acumulada después de la muerte de Sir Geoffrey mediante intereses y reclamaciones que no estaban suficientemente respaldadas por documentos.
—Tu padre debía dinero —explicó William—, pero no tanto como mi padre afirma.
—¿Estás seguro?
—He visto los registros.
—Entonces podría liberarme de la deuda.
—Podría intentarlo.
—¿Por qué no lo hace?
William sonrió con tristeza.
—Porque algunas personas prefieren tener razón antes que ser justas.
Isobel bajó la mirada.
—No quiero que luches contra él por mí.
—No estoy luchando por ti.
—Eso dijiste la última vez.
—Y sigue siendo cierto.
—Entonces, ¿por qué?
William se quedó callado.
—Porque si un día tengo una familia, no quiero que mis hijos crean que su padre permaneció callado cuando podía haber hecho algo.
Aquella respuesta sorprendió a Isobel. Había imaginado a William como un joven atrapado entre la voluntad de su padre y sus propios intereses, pero comenzaba a comprender que también él estaba tratando de decidir qué clase de hombre quería ser.
—Gracias —dijo finalmente.
William asintió.
—Solo espero que sea suficiente.
La cuestión quedó suspendida durante varias semanas mientras William negociaba con su padre, pero la vida en Wychcombe no permitía que Isobel dedicara demasiado tiempo a preocuparse por asuntos legales. Habían comenzado a llegar familias enteras desde las aldeas cercanas, algunas buscando refugio y otras simplemente un lugar donde pasar la noche antes de continuar hacia alguna región que consideraban menos afectada por la enfermedad. Lady Margaret había decidido que Wychcombe no podía recibir a todos, pero tampoco podía cerrar completamente las puertas, y esa decisión colocó sobre Isobel una responsabilidad que nunca había imaginado cuando llegó allí.
Fue durante una tarde lluviosa cuando un hombre llamado Stephen llegó acompañado de una niña pequeña. La niña tenía fiebre y apenas podía mantenerse en pie. Stephen aseguró que su esposa había muerto tres días antes y que él había caminado con la niña durante dos jornadas.
—No sé qué hacer —dijo mientras sostenía a la pequeña entre sus brazos—. Ya no tengo casa.
Lady Margaret se acercó.
—Déjanos cuidar de ella.
—Si muere, no quiero que muera sola.
—No estará sola.
Isobel recibió a la niña.
—¿Cómo se llama?
—Eleanor.
La pequeña abrió los ojos apenas unos segundos.
—Mi mamá decía que los ángeles cuidan a los niños.
Isobel sintió un nudo en la garganta.
—Tu mamá quería que estuvieras tranquila.
—¿Ella está tranquila?
Isobel no supo qué responder.
Lady Margaret tomó suavemente la mano de Eleanor.
—Tu madre ya no puede sentir dolor.
La niña volvió a cerrar los ojos.
Durante aquella noche, Isobel permaneció junto a ella mientras Stephen dormía sentado cerca de la puerta. La fiebre subió y bajó varias veces. Isobel recordó los días en que había cuidado a Edmund y comprendió que algo de aquella experiencia había quedado en sus manos. Ya no temía tanto tocar una frente caliente ni escuchar una respiración irregular. Había aprendido a distinguir el cansancio de la gravedad, aunque también había aprendido que algunas personas podían parecer recuperarse y morir pocas horas después.
Cuando amaneció, Eleanor seguía viva.
Stephen despertó sobresaltado.
—¿Cómo está?
—Mejor.
El hombre cerró los ojos.
—Gracias.
—Todavía no sabemos cómo evolucionará.
—Pero sigue aquí.
—Sí.
Stephen se acercó a su hija.
—Entonces eso es suficiente por ahora.
Aquella frase se quedó en la memoria de Isobel.
Suficiente por ahora.
Tal vez la vida se había reducido a eso.
Un día.
Una respiración.
Una persona viva al amanecer.
Un caballo que todavía podía caminar.
Un techo que todavía podía proteger de la lluvia.
Una carta que demostraba que alguien, lejos de allí, continuaba avanzando.
Mientras tanto, Edmund había llegado a Nottingham.
El viaje desde Lincoln había sido más difícil de lo que había imaginado. La pierna todavía le dolía cuando caminaba durante muchas horas y algunas noches la antigua herida parecía despertar bajo la piel como si el cuerpo recordara la violencia que la había provocado. Había conseguido trabajo temporal acompañando caravanas de alimentos y, aunque el esfuerzo era considerable, prefería aquello a regresar a una compañía militar que quizá ya no existía de la misma manera.
Una tarde recibió noticias de que un grupo de hombres se dirigía hacia el sur.
—¿Hacia Londres? —preguntó Edmund.
—Algunos irán hasta allí.
—¿Y hacia el oeste?
—También.
—¿Conocen Wychcombe?
El hombre se encogió de hombros.
—¿Qué es Wychcombe?
Edmund sintió una pequeña decepción.
—Nada.
No explicó más.
Esa noche sacó del bolsillo un pequeño trozo de cuero donde había escrito varios nombres y lugares. Entre ellos estaba Wychcombe.
Lo observó durante un largo rato.
Después añadió una nueva palabra debajo.
Isobel.
No sabía si ella seguía allí.
No sabía si había recibido su carta.
No sabía si la enfermedad había llegado hasta Wychcombe con la misma fuerza que a otras regiones.
Pero sabía que quería regresar.
No porque esperara recuperar la vida que había perdido antes de la guerra, sino porque por primera vez desde su regreso había un lugar donde alguien lo había visto como algo más que un soldado, un herido o un hombre que debía cumplir una obligación. Isobel había conocido sus heridas y sus silencios, y aun así había permanecido cerca.
Al día siguiente, Edmund se unió a un grupo que viajaba hacia el sur.
El camino, sin embargo, volvió a cambiar sus planes.
A pocas jornadas de Nottingham encontraron una aldea donde la enfermedad había sido especialmente severa. No había nadie que pudiera atender a los enfermos y varios cuerpos permanecían sin sepultura.
—No podemos quedarnos —dijo uno de los hombres.
Edmund miró las casas.
—Hay gente viva.
—También podemos morir nosotros.
—Sí.
—Entonces debemos seguir.
Edmund permaneció en silencio.
Recordó a Thomas Avery.
Recordó la promesa que había hecho.
Recordó también a Isobel.
Finalmente desmontó.
—Sigan sin mí.
El hombre lo miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Ayudar.
—Eso puede matarte.
—También puede matarme el camino.
Y entró en la aldea.
Durante varios días Edmund ayudó a los pocos habitantes que todavía podían moverse. No tenía conocimientos suficientes para salvar a todos, pero sabía transportar agua, limpiar heridas, levantar cuerpos y mantener encendidos los fuegos. Cuando finalmente volvió a ponerse en marcha, estaba más delgado y agotado, pero había aprendido algo que no había comprendido durante la guerra: algunas batallas no tenían un enemigo visible y, precisamente por eso, requerían todavía más valor.
En Wychcombe, Isobel continuaba trabajando.
Una tarde recibió una visita inesperada de William.
—Tengo noticias.
Ella levantó la mirada.
—¿Buenas?
—Depende de cómo las mires.
—Eso no suena prometedor.
William sonrió.
—Mi padre ha aceptado cancelar la mayor parte de la deuda.
Isobel se quedó inmóvil.
—¿La mayor parte?
—El resto puede pagarse con trabajo durante algunos años.
—¿Trabajo?
—Sí.
—Entonces seguiré aquí.
—Eso parece.
—¿Y el matrimonio?
William negó con la cabeza.
—Ya no forma parte del acuerdo.
Isobel sintió que una carga invisible desaparecía de sus hombros.
—Gracias.
William la observó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—He escuchado noticias de Edmund.
El corazón de Isobel volvió a acelerarse.
—¿Dónde?
—Al sur de Nottingham.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente dos semanas.
—¿Está vivo?
—Eso dicen.
—¿Herido?
—No lo sé.
—¿Regresando?
William la miró.
—No puedo asegurarlo.
Isobel bajó la mirada.
—Nunca puedes asegurarlo.
—No.
—Pero sigues trayéndome noticias.
—Mientras pueda encontrarlas.
Ella levantó los ojos.
—Eso también importa.
William asintió.
—Entonces seguiré buscando.
Aquella noche Isobel salió al patio cuando ya había oscurecido. El aire era frío y húmedo, y desde la distancia llegaba el sonido de las ramas golpeando contra los muros. Se sentó cerca de la entrada de las caballerizas y sacó el medallón.
Pensó en Edmund caminando por algún camino desconocido.
Pensó en los enfermos que había atendido.
Pensó en su padre.
Pensó en todo lo que había perdido.
Y comprendió que la persona que había llegado a Wychcombe meses atrás ya no existía.
No porque hubiera dejado de ser la hija de Sir Geoffrey, sino porque había aprendido a vivir sin aquello que antes creía indispensable.
Había perdido una casa y había encontrado un hogar.
Había perdido una posición y había encontrado una tarea.
Había perdido certezas y había aprendido a caminar con preguntas.
Y había encontrado a Edmund, aunque la distancia le hubiera impedido conservarlo cerca.
No sabía qué ocurriría entre ellos.
Pero sabía que el recuerdo de aquel hombre había dejado de ser solamente una espera. Se había convertido en una parte de su propia historia.
Mientras guardaba el medallón, escuchó pasos detrás de ella.
Era Lady Margaret.
—¿Otra vez aquí?
—No podía dormir.
—Yo tampoco.
Isobel sonrió.
—¿Por qué?
—Porque cada noche parece que el mundo puede cambiar antes del amanecer.
—Eso es verdad.
Lady Margaret se sentó junto a ella.
—¿Piensas en Edmund?
—Sí.
—¿Mucho?
—Más de lo que quisiera.
—¿Y eso te hace infeliz?
Isobel tardó en responder.
—A veces.
—¿Y otras veces?
—Me recuerda que todavía puedo querer algo.
Lady Margaret permaneció en silencio.
Después dijo:
—Entonces no renuncies a ello por miedo al dolor.
Isobel miró hacia la oscuridad.
—Tengo miedo de que cuando finalmente llegue no seamos los mismos.
—No lo serán.
—Eso es lo que me preocupa.
—Quizá no sea un problema.
Isobel volvió la mirada.
—¿Por qué?
—Porque tampoco serán las mismas personas que se separaron.
La respuesta pareció sencilla, pero Isobel comprendió que escondía una verdad que todavía no sabía cómo aceptar.
Aquella misma noche, lejos de Wychcombe, Edmund descansaba junto a una hoguera improvisada. Había viajado durante dos días con un grupo de comerciantes y tenía la pierna dolorida. Uno de ellos había oído hablar de una residencia al oeste donde se recibían enfermos y viajeros.
—¿Cómo se llama? —preguntó Edmund.
—Wychcombe.
Edmund levantó la cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Wychcombe.
El hombre siguió hablando sin notar el cambio en su rostro.
—Dicen que una mujer llamada Margaret mantiene abierto el lugar.
Edmund permaneció en silencio.
—¿La conoces?
—Sí.
—Entonces quizá tengas suerte.
Edmund miró las llamas.
No dijo que aquella palabra significaba para él mucho más que suerte.
A la mañana siguiente emprendió el camino.
Durante las primeras horas avanzó con dificultad, pero el pensamiento de estar acercándose al sur hacía que cada paso pareciera menos pesado. El paisaje comenzaba a cambiar lentamente y, aunque todavía quedaban jornadas por delante, Edmund empezó a sentir algo que no había permitido que creciera dentro de él durante mucho tiempo.
No era certeza.
No era seguridad.
Era simplemente la posibilidad de regresar.
Y mientras avanzaba por el camino, con la vieja herida todavía molestándole y el recuerdo de Thomas Avery acompañándolo como una deuda que jamás desaparecería por completo, pensó en la mujer que quizá continuaba esperando en Wychcombe y en las palabras que había escrito en aquella carta. Había dicho que si algún día llegaba a su puerta esperaba encontrarla allí, pero ahora comprendía que aquello no dependía únicamente de ella, ni de él, ni siquiera de las decisiones que pudieran tomar. Había fuerzas más grandes que los deseos humanos recorriendo Inglaterra, enfermedades que podían cerrar caminos, guerras que podían volver a comenzar y pérdidas que podían aparecer sin anunciarse, y aun así, por primera vez desde que había abandonado Wychcombe, Edmund sintió que no estaba caminando solamente para alejarse de aquello que había sido, sino para acercarse a algo que todavía no sabía nombrar.
En Wychcombe, Isobel despertó antes del amanecer y bajó a las caballerizas. Los caballos estaban inquietos y el aire olía a lluvia. Mientras abría una de las puertas, escuchó el ruido lejano de un jinete que avanzaba por el camino.
No levantó inmediatamente la cabeza.
Había aprendido que no debía convertir cada sonido en una esperanza.
Sin embargo, cuando el ruido se hizo más claro y las pisadas del caballo comenzaron a acercarse, Isobel dejó lentamente lo que estaba haciendo y permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre la madera de la puerta, escuchando cómo el jinete se aproximaba a Wychcombe mientras la primera luz del día comenzaba a dibujar una línea gris sobre los campos todavía cubiertos de niebla.
CAPÍTULO 7
El sonido de los cascos se hizo cada vez más claro hasta que Isobel pudo distinguir el ritmo irregular del caballo avanzando por el camino de entrada a Wychcombe, y durante unos segundos permaneció junto a la puerta de la caballeriza sin atreverse a salir, porque una parte de ella quería creer que aquel hombre que se aproximaba podía ser Edmund y otra, mucho más prudente, le recordaba todas las veces en que había confundido un rumor con una certeza y una posibilidad con una realidad. El cielo comenzaba apenas a aclararse sobre los campos, y una niebla baja cubría los árboles y los cercos, haciendo que el jinete apareciera y desapareciera entre manchas de gris mientras el caballo avanzaba lentamente hacia el patio. Isobel sintió que el corazón le latía con una fuerza casi dolorosa, pero no permitió que sus piernas corrieran hacia la entrada, porque había aprendido durante aquellos meses que esperar no significaba correr detrás de cada esperanza que aparecía en el horizonte.
Cuando finalmente el jinete atravesó la puerta exterior, Isobel pudo ver que era un hombre de edad avanzada, envuelto en una capa oscura y con una pequeña bolsa colgada del hombro. El caballo estaba cansado y cubierto de barro, y el hombre parecía haber recorrido una distancia considerable. Isobel sintió una mezcla de alivio y decepción que intentó esconder mientras se acercaba.
—¿Busca a alguien? —preguntó.
El hombre desmontó con dificultad y sostuvo las riendas.
—Busco a Lady Margaret.
—Está dentro.
—¿Este es Wychcombe?
—Sí.
El hombre observó la residencia durante unos segundos.
—Me dijeron que aquí recibían a viajeros.
—Depende de lo que necesite.
—Necesito agua, algo de comida y un lugar donde descansar el caballo.
Isobel asintió.
—Eso podemos darle.
El hombre hizo una pausa antes de agregar:
—También traigo un mensaje.
Isobel sintió nuevamente aquel sobresalto.
—¿Para quién?
El viajero la miró con atención.
—Para Isobel de Harcourt.
Durante un instante, el mundo pareció detenerse.
—Soy yo.
El hombre buscó dentro de la bolsa y sacó un pequeño paquete envuelto en tela. No era una carta común. La tela estaba manchada de polvo y en uno de sus extremos había una marca de color oscuro que parecía sangre seca.
—Me lo entregaron hace tres días.
Isobel lo recibió con manos temblorosas.
—¿Quién?
—Un hombre llamado Edmund Hale.
Ella cerró los ojos durante unos segundos.
—¿Dónde está?
—No lo sé exactamente.
—¿Lo vio?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace cinco días.
—¿Dónde?
—A unas dos jornadas de aquí.
Isobel apretó el paquete contra el pecho.
—¿Estaba herido?
—Caminaba con dificultad, pero estaba vivo.
—¿Por qué no vino con usted?
El hombre pareció buscar las palabras adecuadas.
—Porque decidió quedarse.
—¿Dónde?
—En una aldea donde había enfermos.
Isobel comprendió entonces que Edmund no había seguido el camino directamente hacia Wychcombe. Había vuelto a detenerse para ayudar a otros, aun sabiendo que aquella decisión podía retrasar su regreso.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse allí?
—No lo sé.
—¿Está muy lejos?
—No tanto como para impedirle llegar, pero lo suficiente para que un hombre cansado necesite varios días.
Isobel miró el paquete.
—¿Dijo algo más?
—Me pidió que te dijera que todavía estaba intentando regresar.
Ella tragó saliva.
—¿Y por qué no vino él mismo?
—Porque había una familia enferma que no podía abandonar.
Isobel bajó la mirada.
No se sintió decepcionada.
Al contrario, aquella noticia le produjo una extraña mezcla de orgullo y temor.
—Gracias por traer esto.
—No tienes que agradecerme. Le debía un favor.
—¿Qué favor?
El hombre sonrió débilmente.
—Hace unas semanas mi hijo estaba enfermo y Edmund nos ayudó a encontrar un lugar donde pudieran atenderlo. Mi hijo sobrevivió.
Isobel cerró los dedos alrededor del paquete.
—Entonces quizá el favor era más grande de lo que él imaginaba.
El hombre asintió.
—Eso pensé.
Lady Margaret apareció en la entrada.
—¿Qué sucede?
Isobel levantó la mirada.
—Es de Edmund.
Lady Margaret no preguntó nada más. Se acercó y puso una mano sobre el hombro de la joven.
—Ve a leerlo.
Isobel entró en la casa y subió lentamente a su habitación. Cerró la puerta y se sentó junto a la ventana antes de abrir el paquete. Dentro encontró una pequeña bolsa de cuero, una tira de tela y una hoja doblada varias veces. La letra de Edmund apareció inmediatamente ante sus ojos.
No era una carta larga, pero cada palabra parecía haber sido escrita con esfuerzo.
—Isobel, si recibes esto, significa que alguien ha podido llevarlo hasta Wychcombe. Estoy más cerca que cuando escribí la última carta, aunque el camino se ha vuelto más difícil de lo que esperaba. Encontré una aldea donde casi todos los que podían marcharse ya lo habían hecho, pero quedaron varias familias que no tenían adónde ir. No sé cuánto tiempo permaneceré aquí. Quiero que sepas que pienso en ti y que no he olvidado lo que me dijiste aquella noche en Wychcombe, cuando creías que yo no iba a recordar nada de lo que hablábamos. Recuerdo mucho más de lo que imaginabas.
Isobel tuvo que detenerse.
Continuó leyendo después de secarse las lágrimas.
—No sé qué encontrarás cuando vuelva, ni sé qué encontraré yo. He cambiado desde que me fui, y supongo que tú también. Quizá eso sea lo que más me asusta. Pero si alguna vez llego a Wychcombe y tú todavía estás allí, no necesitaré que me expliques cuánto tiempo has esperado. Solo necesitaré verte.
Al final había una última frase.
—Cuida de ti, Isobel. Lo demás podrá esperar.
Ella dejó la carta sobre la mesa y permaneció inmóvil durante varios minutos. Había imaginado muchas veces qué sentiría al recibir noticias de Edmund, pero no había imaginado aquella sensación de cercanía que las palabras producían. No era lo mismo que tenerlo delante, desde luego, pero por primera vez en muchos meses tuvo la impresión de que la distancia entre ambos ya no era una ausencia absoluta. Ahora existía un camino concreto entre los dos, un camino que Edmund estaba recorriendo lentamente y que ella podía imaginar con mayor claridad.
La pequeña bolsa de cuero contenía algo más. Isobel la abrió y encontró una piedra pequeña, lisa, de color gris azulado.
No entendió su significado.
En el reverso de la carta había una línea añadida.
—La encontré junto al camino donde murió Thomas. No sé por qué la guardé. Tal vez porque algunas cosas pequeñas pesan más cuando uno ha perdido tantas cosas grandes.
Isobel sostuvo la piedra entre los dedos y comprendió que Edmund le estaba entregando algo mucho más íntimo que un objeto. Le estaba dejando entrar en una parte de su memoria que hasta entonces había mantenido cerrada.
Aquella tarde, cuando Lady Margaret la encontró en el jardín, Isobel todavía tenía la piedra en la mano.
—¿Qué te ha escrito?
—Que está cerca.
—Eso ya lo sabes.
—No. Esta vez es diferente.
Lady Margaret se sentó a su lado.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que quiere regresar.
—¿Antes no lo sabías?
—Lo suponía.
—¿Y ahora?
Isobel miró la piedra.
—Ahora me lo ha dicho.
Lady Margaret sonrió.
—Entonces guarda la carta.
—La guardaré.
—Y no dejes de vivir mientras esperas.
Isobel levantó los ojos.
—¿Crees que alguna vez dejaré de esperar?
—No lo sé.
—¿Tú dejarías de hacerlo?
Lady Margaret tardó en contestar.
—Cuando alguien importa de verdad, no creo que uno decida simplemente dejar de esperar. Lo que sí puede decidir es qué hace con los días mientras espera.
Isobel asintió lentamente.
Aquella conversación parecía haber cerrado un círculo que había comenzado muchos meses atrás, cuando ella había llegado a Wychcombe sin saber qué hacer con su vida. Ahora tenía una tarea, una habitación, personas a las que quería y una razón para seguir adelante que no dependía únicamente de la posibilidad de que Edmund regresara.
Sin embargo, aquella misma semana llegó una noticia que cambió el tono de la casa.
Uno de los hombres que trabajaban en las tierras de Wychcombe enfermó.
Al principio parecía un simple agotamiento. Después apareció la fiebre y, antes de que terminara el día, surgieron manchas oscuras en su piel.
Lady Margaret ordenó que lo aislaran.
—Nadie entra en esa habitación sin necesidad —dijo.
Isobel la miró.
—¿Y quién lo atenderá?
—Tú no.
—Puedo hacerlo.
—Ya has estado demasiado cerca de los enfermos.
—Eso no significa que debamos dejarlo solo.
Lady Margaret negó con la cabeza.
—No quiero perderte también a ti.
—No sabemos siquiera si voy a enfermar.
—Precisamente.
Isobel permaneció callada durante unos segundos.
—Cuando Edmund estuvo aquí, nadie sabía si iba a sobrevivir.
—Eso fue diferente.
—No lo fue.
—Sí lo fue.
—¿Por qué?
Lady Margaret la miró directamente.
—Porque entonces todavía no sabía cuánto significabas para mí.
Aquella confesión dejó a Isobel sin respuesta.
Lady Margaret se acercó y le tomó las manos.
—Has llegado a ser parte de esta casa. No quiero que confundas valentía con desprecio por tu propia vida.
Isobel bajó la mirada.
—Entonces déjame ayudar de otra manera.
—Eso sí.
Durante los días siguientes, Isobel se ocupó de preparar alimentos, hervir agua, limpiar habitaciones y llevar provisiones hasta la puerta de los enfermos. No entraba en las habitaciones salvo cuando era estrictamente necesario, pero permanecía disponible para quienes cuidaban a los afectados. La enfermedad parecía avanzar y retroceder sin ninguna lógica. Algunas personas se recuperaban después de varios días, mientras otras empeoraban rápidamente.
La incertidumbre volvió a instalarse en Wychcombe.
Una noche, mientras Isobel estaba en la cocina, escuchó a Hugh entrar corriendo.
—Lady Margaret quiere verte.
—¿Qué ocurre?
—Llegaron dos hombres.
—¿Enfermos?
—No.
—Entonces, ¿qué quieren?
—Dicen que vienen de la aldea donde está Edmund.
Isobel dejó lo que estaba haciendo.
—¿Dónde están?
—En el patio.
Corrió hacia allí.
Los dos hombres estaban junto a los caballos. Uno de ellos tenía una herida en el brazo y el otro llevaba una capa empapada.
—¿Conocen a Edmund Hale? —preguntó Isobel.
El primero asintió.
—Sí.
—¿Dónde está?
El hombre intercambió una mirada con su compañero.
—Se quedó allí.
Isobel sintió una presión en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque la enfermedad empeoró.
—¿Está enfermo?
—No.
La respuesta llegó rápidamente.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no viene?
—Porque está ayudando a otros.
Isobel cerró los ojos.
La misma historia volvía a repetirse.
Edmund estaba siempre a punto de regresar, pero siempre aparecía alguien que necesitaba su ayuda.
—¿Cuándo lo vieron?
—Ayer.
—¿Qué aspecto tenía?
—Cansado.
—¿La herida?
—Le duele, pero puede caminar.
—¿Preguntó por mí?
El hombre sonrió.
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Preguntó si Wychcombe estaba bien.
Isobel respiró profundamente.
—¿Y ustedes qué le dijeron?
—Que no sabíamos.
—Ahora lo saben.
El hombre asintió.
—Se lo diremos si volvemos a verlo.
Isobel sintió un impulso repentino.
—Esperen.
Entró rápidamente en la casa y regresó con una pequeña bolsa de tela.
—Entréguensela.
—¿Qué es?
—Alimentos secos, una venda limpia y unas hierbas.
El hombre tomó la bolsa.
—Se la daremos.
Isobel dudó.
—Y díganle algo más.
—¿Qué?
Ella bajó la voz.
—Díganle que Wychcombe sigue aquí.
El hombre sonrió.
—Creo que eso le gustará.
Los dos hombres partieron al amanecer.
Isobel observó cómo desaparecían por el camino.
Aquella mañana recibió otra noticia.
William había regresado a Ashcombe después de una discusión con su padre.
No sabía si la situación terminaría bien.
Al mediodía, sin embargo, llegó un mensajero con un documento.
Sir Reginald había firmado.
La deuda de Isobel quedaba definitivamente reducida y cualquier reclamación sobre Wychcombe quedaba suspendida mientras ella permaneciera trabajando allí.
No era una libertad completa, pero era suficiente para que nadie pudiera obligarla a abandonar aquel lugar.
William había cumplido su palabra.
Isobel guardó el documento y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que una parte de su vida dejaba de depender de decisiones tomadas por hombres que habían muerto o que estaban lejos.
Pero aquella tranquilidad duró poco.
Esa misma noche llegó un hombre herido desde el sur.
Había participado en un enfrentamiento entre grupos de hombres armados y llevaba una profunda herida en el costado. Mientras Lady Margaret lo atendía, Isobel escuchó una conversación que hizo que se acercara.
—¿Dijo que había soldados reuniéndose?
—Sí.
—¿Dónde?
—Cerca de una ciudad al sur.
—¿Qué soldados?
—Hombres que regresaban de Francia.
Isobel preguntó:
—¿Conoció a un arquero llamado Edmund Hale?
El hombre la miró.
—Sí.
—¿Dónde?
—En el camino.
—¿Hace cuánto?
—Unos diez días.
—¿Qué estaba haciendo?
—Intentaba encontrar una ruta hacia el sur.
El corazón de Isobel volvió a acelerarse.
—¿Dijo que iba a Wychcombe?
El hombre asintió.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Me preguntó por el camino.
—¿Y qué le dijo?
—Que debía tomar la ruta occidental.
Isobel respiró profundamente.
—Entonces puede estar cerca.
—Puede.
—¿Cuánto tardaría?
—Si no encuentra problemas, unos cuatro o cinco días.
Isobel quiso sonreír, pero no se atrevió.
Había aprendido que los caminos podían cambiar de dirección sin aviso.
—Gracias.
El hombre cerró los ojos.
—No me agradezca todavía.
—¿Por qué?
—Porque hay muchos caminos y muy poca seguridad.
Isobel asintió.
—Lo sé.
Aquella noche no pudo dormir.
No salió al patio ni recorrió los corredores como otras veces. Se quedó junto a la ventana observando la oscuridad, con la piedra que Edmund le había enviado en una mano y el medallón de madera en la otra. Pensó en la primera vez que lo había visto, herido y casi inconsciente, y recordó la manera en que él había intentado ocultar el dolor para no preocupar a nadie. Pensó en el hombre que había sido entonces y en el hombre que probablemente era ahora. La guerra había cambiado a Edmund, pero ella también había cambiado. Ya no esperaba que él volviera para recuperar la vida que habían dejado suspendida. Si alguna vez regresaba, tendrían que conocerse nuevamente.
Aquella posibilidad no la asustaba tanto como había esperado.
Al amanecer, Isobel bajó a las caballerizas.
El aire estaba frío.
Los caballos se movían inquietos.
Hugh estaba limpiando una montura.
—¿Dormiste?
—Un poco.
—Yo tampoco.
—¿Por qué?
—Porque todos dicen que Edmund puede estar cerca.
Isobel sonrió.
—No deberías escuchar todos los rumores.
—Pero este parece cierto.
—Eso mismo dijeron otras veces.
Hugh la miró.
—¿Quieres que sea él?
Isobel acarició el cuello de una yegua.
—Sí.
—Entonces espero que lo sea.
—Gracias.
Hugh volvió a su trabajo.
Isobel permaneció junto a los caballos durante un largo rato.
Más tarde, mientras ayudaba a Lady Margaret a ordenar unas provisiones, escucharon nuevamente el sonido de un caballo.
Esta vez no era un solo jinete.
Eran varios.
Los hombres atravesaron el patio y desmontaron.
Uno de ellos llevaba un estandarte pequeño.
Otro sostenía una lanza.
Isobel salió de la casa.
—¿Buscan Wychcombe?
—Sí.
—¿Qué necesitan?
El hombre que parecía estar al mando respondió:
—Un lugar donde pasar la noche.
—¿Son soldados?
—Algunos lo fuimos.
—¿Vienen del sur?
—Sí.
Isobel miró los rostros.
No reconoció ninguno.
El hombre continuó:
—Venimos de una aldea donde encontramos a un arquero herido.
El corazón de Isobel se detuvo por un instante.
—¿Edmund Hale?
El hombre la miró.
—Sí.
Ella dio un paso hacia adelante.
—¿Dónde está?
—No viene con nosotros.
—¿Por qué?
—Se quedó atrás.
Isobel cerró los ojos.
Otra vez.
Otra distancia.
Otra espera.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Está herido?
—No gravemente.
—¿Entonces por qué se quedó?
El hombre la miró con una expresión extraña.
—Porque había una niña enferma que no tenía a nadie.
Isobel no pudo evitar sonreír.
Era exactamente lo que Edmund habría hecho.
—¿Les dijo adónde iba después?
—Sí.
—¿Adónde?
El hombre señaló el camino.
—Hacia Wychcombe.
Isobel permaneció inmóvil.
—¿Cuándo?
—Cuando terminara de ayudar a la niña.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Dos días.
El mundo pareció volverse más silencioso.
Dos días.
Podía estar a un día.
Podía estar a unas horas.
Podía haber encontrado otro obstáculo.
Pero estaba avanzando.
Aquella noche Wychcombe quedó sumido en una quietud extraña. Nadie quería decirlo abiertamente, pero todos parecían esperar escuchar nuevamente los cascos de un caballo.
Isobel se quedó en la sala principal hasta tarde.
Lady Margaret se acercó.
—Deberías descansar.
—No tengo sueño.
—Lo sé.
—Si llega durante la noche, no quiero estar dormida.
Lady Margaret sonrió.
—Si llega durante la noche, estoy segura de que hará suficiente ruido para despertarte.
Isobel rió por primera vez en varios días.
—Quizá.
—Ven.
—En un momento.
Lady Margaret la dejó sola.
Isobel tomó la carta de Edmund y la leyó una vez más.
Después la guardó.
No quería volver a leerla.
Quería verlo.
Horas después, cuando la noche estaba avanzada, el viento cambió y comenzó a llover suavemente. Isobel finalmente se retiró a su habitación, aunque dejó la ventana entreabierta para escuchar cualquier sonido procedente del patio. Se acostó sin quitarse completamente el vestido y dejó el medallón junto a la almohada.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando despertó.
Al principio creyó que había sido un sueño.
Después escuchó el sonido.
Un caballo.
Luego otro.
Y después una voz en el patio.
Isobel se incorporó.
No pensó.
Se levantó, abrió la puerta y bajó las escaleras mientras el corazón parecía querer escaparle del pecho. Atravesó el corredor, abrió la puerta principal y salió al patio bajo la lluvia.
Había tres caballos.
Dos hombres desmontaban.
El tercero permanecía todavía sobre la silla.
Llevaba una capa oscura.
Tenía el rostro más delgado de lo que ella recordaba.
El cabello estaba más largo.
La barba cubría parte de su rostro.
Pero cuando levantó la cabeza y la miró, Isobel reconoció aquellos ojos antes de reconocer cualquier otra cosa.
Edmund no dijo su nombre inmediatamente.
Parecía incapaz de hacerlo.
Ella tampoco.
Durante unos segundos permanecieron separados por varios metros, bajo la lluvia, contemplándose como si ambos necesitaran comprobar que el otro era verdaderamente real.
Finalmente Edmund desmontó con dificultad.
Isobel dio un paso.
Él dio otro.
—Isobel —dijo.
Su voz era más grave.
Ella sintió que las lágrimas se mezclaban con la lluvia.
—Edmund.
Él intentó sonreír.
—He tardado demasiado.
Isobel negó lentamente con la cabeza.
—Has llegado.
Edmund bajó la mirada.
—No sabía si seguirías aquí.
—Yo tampoco sabía si tú llegarías.
Él respiró profundamente.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Te hice esperar.
—No me obligaste a hacerlo.
Edmund la miró.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
Isobel sintió que todas las palabras que había preparado durante meses desaparecían.
—Porque quería hacerlo.
Él cerró los ojos durante un instante.
Después se acercó.
No la abrazó inmediatamente.
Parecía temer que aquel gesto pudiera romper algo demasiado frágil.
Isobel fue quien acortó la distancia.
Cuando finalmente quedaron frente a frente, Edmund levantó una mano y tocó suavemente su rostro, como si necesitara confirmar que no estaba soñando.
—Has cambiado —dijo.
Isobel sonrió entre lágrimas.
—Tú también.
—¿Es malo?
—No.
—¿Entonces?
—Solo significa que tendremos que conocernos otra vez.
Edmund dejó escapar una respiración que parecía haber estado reteniendo durante meses.
—Me parece justo.
Isobel apoyó la frente contra su hombro.
No hubo grandes promesas.
No hubo palabras sobre el futuro.
No hubo necesidad de explicar los meses de distancia, porque ambos sabían que tendrían tiempo para hablar de ellos.
Por primera vez desde que había abandonado Wychcombe, Edmund permitió que el cansancio venciera su cuerpo y se apoyó en ella mientras Isobel lo sostenía con ambos brazos, sintiendo bajo la ropa mojada el cuerpo de un hombre que había atravesado caminos, enfermedades, pérdidas y miedo para llegar hasta aquella puerta. Lady Margaret observaba desde el umbral sin interrumpirlos, mientras la lluvia continuaba cayendo sobre el patio y los caballos permanecían tranquilos después del largo viaje, y en aquella noche oscura, cuando Inglaterra seguía sufriendo y nada podía garantizar que los días siguientes fueran sencillos, Isobel comprendió que el regreso de Edmund no borraba lo ocurrido ni devolvía el tiempo perdido, pero hacía posible algo que durante muchos meses había parecido demasiado frágil para nombrarlo: que después de tanta distancia, ambos pudieran comenzar de nuevo desde el mismo lugar, sin prometerse más de lo que podían cumplir y sin pedirle al futuro otra cosa que la oportunidad de caminar juntos mientras el camino se los permitiera.
CAPÍTULO 8
Durante los primeros días que siguieron al regreso de Edmund, Isobel descubrió que la felicidad podía tener una forma mucho más extraña de lo que había imaginado, porque había esperado durante tantos meses el momento en que él cruzara nuevamente las puertas de Wychcombe que, cuando finalmente ocurrió, no encontró dentro de sí la alegría desbordante que tantas veces había imaginado durante las noches de espera, sino una sensación mucho más profunda y silenciosa, casi difícil de reconocer, como si una parte de ella que había permanecido en tensión durante demasiado tiempo hubiera decidido finalmente descansar. Edmund estaba allí, podía verlo cada mañana, escucharlo caminar por el corredor, observarlo sentarse junto al fuego y reconocer la manera particular en que fruncía el ceño cuando sentía dolor en la pierna, pero al mismo tiempo había algo en él que pertenecía todavía a los caminos que había recorrido y a los hombres que había perdido, algo que no podía desaparecer simplemente porque hubiera regresado a un lugar seguro. Isobel comprendió muy pronto que no bastaba con haber esperado su regreso; ahora debía aprender a estar junto a él sin exigirle que volviera a ser el hombre que había conocido meses atrás.
Edmund permaneció varios días en la habitación que Lady Margaret había preparado para los enfermos recuperados, aunque insistió desde el principio en que no necesitaba cuidados especiales. La herida de la pierna no se había abierto nuevamente, pero el esfuerzo del viaje había provocado inflamación y fiebre leve, y Lady Margaret no aceptó ninguna discusión cuando ordenó que descansara.
—No has recorrido medio país para llegar hasta aquí y morir por no querer permanecer dos días en una cama —le dijo una mañana mientras revisaba la venda.
Edmund intentó incorporarse.
—No voy a morir.
—Eso mismo dicen todos los hombres que creen que descansar es una forma de cobardía.
—No soy cobarde.
—Precisamente por eso deberías aprender a obedecer.
Isobel, que estaba preparando agua junto a la ventana, tuvo que contener una sonrisa al ver la expresión resignada de Edmund.
—Lady Margaret siempre consigue lo que quiere —dijo.
Él la miró.
—¿También contigo?
—Especialmente conmigo.
—Entonces comprendo que no tenga ninguna posibilidad.
Lady Margaret salió de la habitación con una sonrisa apenas visible, dejándolos solos. Durante unos momentos ninguno habló. Isobel continuó ordenando las vendas y Edmund observó el movimiento de sus manos.
—Te recuerdo haciendo eso —dijo finalmente.
—¿Qué cosa?
—Preparando vendas.
—Han pasado muchos meses.
—Para mí parece ayer.
Isobel levantó la mirada.
—Para mí parece otra vida.
Edmund permaneció callado.
—¿Fue muy difícil? —preguntó ella después de unos segundos.
—Sí.
—¿La guerra?
—También.
—¿Qué fue lo más difícil?
Edmund bajó la mirada hacia sus manos.
—Regresar.
Isobel dejó la venda sobre la mesa.
—Pensé que regresar era precisamente lo que querías.
—Lo era.
—Entonces no entiendo.
—Cuando estás lejos, imaginas que volver significa encontrar las cosas donde las dejaste, pero después descubres que nadie ha estado esperando exactamente el mismo mundo que tú esperabas encontrar.
Isobel se sentó junto a la cama.
—¿Y qué encontraste?
Edmund la miró.
—A ti.
Ella sonrió.
—Eso no responde a la pregunta.
—Es la parte más importante de la respuesta.
Isobel bajó la mirada, intentando ocultar la emoción que le provocaban aquellas palabras.
—No quiero que pienses que tienes que decirme cosas porque has vuelto.
—No las digo porque haya vuelto.
—Entonces, ¿por qué?
Edmund respiró profundamente.
—Porque durante todo este tiempo pensé en las cosas que no había dicho antes de marcharme, y comprendí que algunas personas merecen saber lo que significan mientras todavía tenemos la oportunidad de decírselo.
Isobel no respondió. Extendió la mano y acomodó la manta sobre sus piernas, y en aquel gesto sencillo había una intimidad mucho mayor que cualquier declaración apasionada. Ambos habían pasado demasiado tiempo separados para creer que el regreso podía resolverlo todo en una sola conversación.
Los días siguientes fueron una sucesión de pequeñas cosas que les permitieron acostumbrarse nuevamente a la presencia del otro. Edmund comenzó a caminar por los corredores y después por el patio, apoyándose en un bastón que Hugh había preparado para él. A veces acompañaba a Isobel hasta las caballerizas y permanecía allí observándola trabajar, aunque ella protestaba porque debía descansar.
—Si sigues viniendo aquí, terminarás haciendo más de lo que puedes —le dijo una mañana.
—Solo estoy mirando.
—Eso no es descansar.
—¿Desde cuándo mirar es trabajar?
—Desde que miras como si quisieras levantarte cada cinco minutos.
Edmund sonrió.
—Quizá quiera ayudar.
—Quizá deberías esperar.
—He esperado bastante.
Isobel se volvió hacia él.
—Eso lo sé.
—Entonces no me pidas que espere demasiado ahora.
Ella dejó el cepillo sobre la mesa.
—No quiero perderte otra vez.
La sonrisa de Edmund desapareció.
—Yo tampoco quiero irme.
—Pero podrías tener que hacerlo.
—Sí.
—Y eso me asusta.
Edmund se acercó lentamente.
—A mí también.
Aquella confesión resultó más importante que cualquier promesa.
Isobel había esperado que Edmund regresara convertido en alguien completamente seguro de su futuro, pero encontró a un hombre que tenía tantas dudas como ella. La guerra había terminado para él, pero sus consecuencias continuaban presentes en cada recuerdo, en cada silencio inesperado y en la manera en que algunas noches despertaba sobresaltado por sueños que nunca contaba.
Una madrugada, Isobel escuchó ruido en el corredor. Salió de su habitación y encontró a Edmund junto a la ventana.
—¿No puedes dormir?
—No.
—¿Otra vez el mismo sueño?
Él la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes la misma expresión que cuando llegaste aquí.
Edmund permaneció unos segundos en silencio.
—A veces todavía escucho las voces.
—¿Las de los soldados?
—Las de los hombres que no regresaron.
Isobel se acercó.
—¿Quieres hablar?
—No.
—Está bien.
—Pero tampoco quiero estar solo.
Ella asintió.
Se quedó a su lado.
No hizo preguntas.
No intentó convencerlo de que debía olvidar.
Simplemente permaneció allí.
Después de un largo silencio, Edmund habló.
—Thomas tenía razón sobre una cosa.
—¿Sobre qué?
—Decía que un hombre no sabe cuánto puede soportar hasta que no le queda otra opción.
—¿Y tenía razón?
—Sí.
—¿Y sobre ti?
Edmund apoyó la espalda contra la pared.
—No sé cuánto soporté porque muchas veces no fui yo quien decidió seguir.
Isobel lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Algunas veces seguí porque alguien necesitaba ayuda. Otras porque recordaba una promesa. Otras porque pensaba que quizá volvería a verte.
Ella tomó su mano.
—Y ahora estás aquí.
—Sí.
—Entonces quizá todo aquello te trajo hasta aquí.
Edmund cerró los dedos alrededor de los de ella.
—Quizá.
No hablaron más.
Aquella noche Isobel comprendió que la fe no siempre se parecía a una respuesta. A veces era simplemente la capacidad de continuar caminando cuando no se sabía dónde terminaría el camino, y había algo en Edmund que le mostraba esa misma fuerza sin necesidad de nombrarla.
Mientras Edmund recuperaba fuerzas, Wychcombe continuaba enfrentando la enfermedad. La llegada del otoño había traído nuevos casos y Lady Margaret se encontraba cada vez más cansada. Había noches en que parecía no haber dormido y días en que olvidaba comer. Isobel comenzó a asumir parte de sus responsabilidades, organizando las provisiones y coordinando a quienes atendían a los enfermos.
Edmund quiso ayudar.
—No estás recuperado —le dijo Isobel.
—Puedo hacer algunas cosas.
—Puedes descansar.
—Eso ya lo hice.
—No suficiente.
—Entonces dime qué puedo hacer.
Isobel lo miró.
—Puedes hablar con los hombres que llegan del camino.
—¿Para qué?
—Muchos vienen asustados. Tú sabes cómo hablar con ellos.
Edmund comprendió.
Desde entonces comenzó a recibir a los viajeros que llegaban a Wychcombe. No era médico ni pretendía serlo, pero sabía escuchar, y en aquellos meses escuchar se había convertido en una forma de ayuda que muchas personas necesitaban tanto como un plato de comida.
Una tarde llegó una familia de cuatro personas. El padre tenía fiebre y los dos niños parecían exhaustos. Edmund habló con ellos mientras Lady Margaret preparaba una habitación.
—¿De dónde vienen?
—De un pueblo al este.
—¿Por qué se fueron?
El hombre miró a sus hijos.
—Ya no quedaba nadie.
—¿Nadie?
—Casi nadie.
Edmund asintió.
—Aquí podrán descansar.
—No tenemos dinero.
—No se les ha pedido.
—No podemos pagar.
—Entonces ayuden cuando puedan.
El hombre lo miró con sorpresa.
—¿Qué clase de lugar es este?
Edmund sonrió ligeramente.
—Uno que todavía no ha aprendido a cerrar las puertas.
Desde la distancia, Isobel escuchó aquellas palabras y comprendió que Edmund había comenzado a considerar Wychcombe como su propia casa.
Sin embargo, el regreso no estuvo exento de dificultades. Edmund recibió una carta de un antiguo compañero que le informaba que algunos hombres estaban siendo llamados nuevamente para el servicio. No era una orden directa, pero existía la posibilidad de que los antiguos arqueros fueran requeridos para nuevas campañas.
Cuando Isobel vio la carta sobre la mesa, supo inmediatamente que algo había cambiado.
—¿Qué dice?
Edmund no respondió.
—Edmund.
—Quieren reunir hombres.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—¿Y tienes que ir?
—No todavía.
—Pero podrían llamarte.
—Sí.
Isobel se sentó frente a él.
—¿Qué harás?
Edmund levantó la mirada.
—No quiero volver.
—Entonces no vuelvas.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque hay hombres que dependen de esas órdenes, porque algunos antiguos compañeros están allí y porque quizá no pueda simplemente decidir que la guerra terminó para mí.
—Pero ya has hecho suficiente.
—No sé si eso importa.
Isobel se acercó.
—Para mí importa.
Edmund la miró.
—¿Y si tuviera que marcharme otra vez?
Ella respiró profundamente.
—Entonces me dolería.
—¿Y después?
—Después seguiría viviendo.
—Eso es lo que más admiro de ti.
—No quiero que tengas que admirarme por sobrevivir a tu ausencia.
Edmund tomó su mano.
—No quiero pedirte eso.
—Entonces no me lo pidas.
Aquella conversación quedó suspendida durante varios días.
Finalmente llegó una noticia que alivió parte de la tensión: la convocatoria no incluía a los hombres que habían quedado fuera de las compañías originales y habían regresado a sus regiones. Edmund no tendría que partir inmediatamente.
No era una garantía para el futuro, pero bastaba para que ambos pudieran respirar.
A medida que pasaban las semanas, el vínculo entre ellos comenzó a hacerse más visible para quienes vivían en Wychcombe. Hugh se burlaba discretamente cuando veía a Edmund esperar a Isobel junto a las caballerizas y Alice había comenzado a preguntar cuándo se casarían, pregunta que Isobel evitaba responder.
Una tarde, mientras Isobel ayudaba a Alice a cepillar una yegua, la niña preguntó:
—¿Edmund se va a quedar?
—No lo sé.
—¿Por qué nunca sabes?
Isobel sonrió.
—Porque las personas no siempre pueden controlar lo que ocurre.
—Pero tú quieres que se quede.
—Sí.
—Entonces dile.
—Ya lo sabe.
Alice continuó cepillando al animal.
—¿Y él quiere quedarse?
Isobel miró hacia el patio.
Edmund estaba allí, conversando con Hugh.
—Creo que sí.
—Entonces es sencillo.
Isobel rió.
—No, Alice. Casi nunca es sencillo.
La niña la miró con la seriedad de quien cree tener una solución evidente.
—Los adultos complican todo.
Isobel no pudo evitar reír.
—Tal vez tengas razón.
Aquella misma tarde Edmund se acercó a Isobel.
—¿Qué te hacía reír?
—Alice.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Preguntó por qué no nos casamos.
Edmund se quedó quieto.
—Ah.
Isobel lo miró.
—No tienes que responder.
—No sé qué decir.
—Yo tampoco.
—Pensé en ello durante el camino.
—¿En casarte?
—En nosotros.
Ella guardó silencio.
—¿Y qué pensaste?
Edmund tomó aire.
—Que después de todo lo que ocurrió, no quiero hacer promesas simplemente porque tenemos miedo de volver a separarnos.
Isobel sintió alivio y al mismo tiempo una pequeña punzada.
—Estoy de acuerdo.
—Pero tampoco quiero fingir que no deseo una vida contigo.
Ella lo miró.
—Yo tampoco quiero fingir.
Edmund dio un paso hacia ella.
—Entonces quizá podamos empezar por eso.
—¿Por decir la verdad?
—Por decirla aunque nos asuste.
Isobel sonrió.
—Eso parece bastante difícil.
—Sí.
—Pero posible.
—Eso espero.
No se besaron aquella tarde. No hubo una escena preparada para sellar su reencuentro. Simplemente permanecieron juntos junto a la puerta de las caballerizas, mientras el sol descendía lentamente sobre los campos y el aire comenzaba a enfriarse, comprendiendo que algunas relaciones no necesitaban ser apresuradas para ser profundas y que el tiempo que habían pasado separados había cambiado la naturaleza de lo que sentían. Ya no eran dos jóvenes que habían comenzado a conocerse entre heridas y cuidados; eran dos personas que habían vivido pérdidas, miedo, incertidumbre y soledad, y que ahora tenían que decidir si podían construir algo sin borrar aquello que cada uno había llegado a ser.
Poco después, Edmund comenzó a ayudar regularmente en Wychcombe. Reparaba cercas, atendía caballos y acompañaba a los hombres que llegaban con heridas leves. Su presencia transformó discretamente la vida cotidiana de la residencia. Los niños lo seguían por el patio, Hugh le hacía preguntas sobre las campañas en Francia y algunos de los viajeros que habían sido soldados buscaban su compañía porque sabían que él entendía aquello que no podían explicar fácilmente a los demás.
Una noche, uno de ellos, un hombre llamado Robert, se sentó junto a Edmund cerca del fuego.
—¿Volverías a luchar si te llamaran?
Edmund tardó en responder.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—¿Tienes familia?
—Una esposa.
—Entonces quizá eso cambie tu respuesta.
Robert miró las llamas.
—Ella dice que si vuelvo a la guerra, no regresará a esperarme.
—¿Y qué harás?
—No lo sé.
Edmund permaneció en silencio.
—¿Tú tienes a alguien? —preguntó Robert.
Edmund miró hacia el otro lado de la sala, donde Isobel estaba hablando con Lady Margaret.
—Sí.
—¿Te esperó?
—Sí.
—Entonces tu respuesta debería ser sencilla.
Edmund sonrió.
—No lo es.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé cuánto puede perder una persona incluso cuando espera.
Robert asintió.
—Entonces quizá estamos todos aprendiendo lo mismo.
Isobel escuchó parte de la conversación y comprendió que Edmund todavía estaba tratando de encontrar su lugar en aquella nueva vida.
Durante el invierno, la enfermedad comenzó finalmente a disminuir. No desapareció por completo, pero el número de enfermos descendió lo suficiente como para que Wychcombe recuperara cierta normalidad. Algunas personas regresaron a sus aldeas. Otras permanecieron allí porque sus hogares habían desaparecido o porque ya no tenían familia a la cual regresar.
Entre ellas estaba Stephen, cuya hija Eleanor se había recuperado. La niña se había encariñado con Isobel y comenzó a ayudar en las caballerizas.
Una tarde, mientras Isobel enseñaba a Eleanor a montar, Edmund observaba desde la cerca.
—Tienes paciencia —dijo.
—No siempre.
—Con ella sí.
—Porque necesita aprender.
—¿Y si se cae?
—La ayudaré a levantarse.
Edmund sonrió.
—Eso también sirve para las personas.
Isobel lo miró.
—¿Estás hablando de ti?
—Quizá.
—Entonces todavía tienes mucho que aprender.
—Eso parece.
Eleanor consiguió mantener el equilibrio y avanzó unos metros.
—¡Isobel!
—Muy bien.
—¡Mira!
Edmund se acercó.
—Lo estás haciendo muy bien.
La niña sonrió.
—¿Tú sabes montar?
—Sí.
—¿Me enseñarás?
Edmund miró a Isobel.
—Si ella me lo permite.
—Puedes hacerlo.
—Entonces lo haré.
La escena era sencilla, pero para Isobel contenía algo que no había podido imaginar durante los meses de separación. No era una promesa de matrimonio ni una certeza sobre el futuro. Era simplemente una imagen de Edmund formando parte de la vida cotidiana de Wychcombe, ayudando a una niña a montar, hablando con los hombres del lugar y compartiendo con ella pequeños momentos que no tenían nada que ver con la guerra.
Aquella noche, cuando quedaron solos en el patio, Edmund se acercó.
—¿Estás contenta?
Isobel lo miró.
—Sí.
—¿Mucho?
—Más de lo que esperaba.
—Yo también.
—¿Sabes qué es extraño?
—¿Qué?
—Durante meses pensé que cuando regresaras todo cambiaría.
—¿Y cambió?
Isobel sonrió.
—Sí, pero no de la manera que imaginaba.
—¿Cómo entonces?
—Ahora comprendo que no necesitaba que regresaras para seguir viviendo.
Edmund la miró en silencio.
—Pero necesitabas saber que estabas vivo.
—Sí.
—¿Y ahora?
Isobel tomó su mano.
—Ahora quiero que vivas conmigo.
Edmund apretó suavemente sus dedos.
—Eso es mucho más de lo que esperaba cuando me fui.
—Yo también esperaba menos.
Permanecieron juntos bajo el cielo frío, sin necesidad de añadir nada más.
Sin embargo, mientras el invierno avanzaba, una nueva preocupación comenzó a crecer en Wychcombe. Los rumores sobre nuevas tensiones entre Inglaterra y Francia se extendieron nuevamente por los caminos, y algunos comerciantes hablaban de hombres armados que se estaban reuniendo en distintas regiones. Nadie sabía si habría otra campaña ni cuándo podría comenzar, pero para quienes habían vivido la guerra aquellos rumores bastaban para despertar antiguos temores.
Edmund recibió otra carta.
Esta vez no la ocultó.
Se la mostró a Isobel.
—¿Qué dice?
—Que algunos hombres están siendo llamados nuevamente.
Ella permaneció en silencio.
—¿Tienes que ir?
—Todavía no.
—Pero podría ocurrir.
—Sí.
Isobel miró la carta y después el rostro de Edmund.
—Cuando llegaste pensé que la parte difícil había terminado.
—Yo también.
—Quizá nunca termine del todo.
Edmund dejó la carta sobre la mesa.
—No quiero que vuelvas a esperar por mí.
—No puedo decidir eso.
—¿Qué quieres decir?
—Que si te marchas, no puedo prometerte que no tendré miedo, pero tampoco puedo prometerte que dejaré de vivir.
Edmund la miró.
—Eso es exactamente lo que me dijiste antes de que regresara.
—Porque sigue siendo verdad.
Él se acercó.
—Entonces hagamos un trato.
—¿Cuál?
—Si alguna vez tengo que marcharme, no nos despediremos como si fuera la última vez.
—¿Por qué?
—Porque ya sabemos que no podemos controlar el final de un camino.
Isobel lo miró durante unos segundos.
—¿Y qué haremos?
—Diremos la verdad antes de separarnos.
—¿Y después?
—Después cada uno seguirá viviendo.
Ella asintió.
—De acuerdo.
Edmund tomó su mano.
—Pero mientras pueda elegir, me quedaré.
Isobel apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces quédate hoy.
—Hoy sí puedo prometerlo.
Y permanecieron juntos mientras la noche descendía sobre Wychcombe, sin saber qué traería el siguiente amanecer, pero sin intentar obligarlo a responder antes de tiempo, porque después de todo lo que habían vivido ambos habían aprendido que algunas de las cosas más importantes no podían asegurarse mediante promesas, sino que debían construirse lentamente, día tras día, en la decisión de permanecer cuando era posible, en la voluntad de cuidar cuando alguien estaba herido y en la capacidad de conservar la esperanza sin convertirla en una exigencia dirigida al futuro.
CAPÍTULO 9
El invierno llegó a Wychcombe con una dureza que parecía querer recuperar de golpe todo el tiempo perdido durante los meses anteriores, y cuando las primeras nevadas cubrieron los campos, Isobel tuvo la impresión de que la tierra misma se había quedado sin fuerzas después de todo lo que había soportado. Los caminos volvieron a hacerse difíciles, los árboles quedaron desnudos contra un cielo gris y las noches se alargaron hasta parecer interminables, mientras en la residencia el fuego de la sala principal permanecía encendido desde antes del amanecer hasta bien entrada la madrugada. Sin embargo, aquella vez el frío no encontraba a Isobel sola. Edmund estaba allí, y aunque todavía caminaba con una ligera rigidez cuando el clima empeoraba, había recuperado suficiente fuerza para trabajar, ayudar a Lady Margaret y acompañar a los hombres que llegaban buscando refugio. Había una diferencia profunda entre tenerlo allí y simplemente imaginarlo allí, y esa diferencia aparecía en las cosas más pequeñas: en una taza que él dejaba sobre la mesa después de beber, en sus botas junto a la entrada, en el sonido de su voz desde las caballerizas, en la costumbre que había adquirido de buscar a Isobel con la mirada cada vez que entraba en una habitación. Ninguno de los dos hablaba demasiado del futuro, porque habían aprendido que el futuro podía ser una palabra peligrosa cuando se pronunciaba con demasiada seguridad, pero ambos habían comenzado a vivir como si aquel presente mereciera ser cuidado.
Una mañana, mientras la nieve caía con tanta intensidad que apenas podían verse los campos desde las ventanas, Lady Margaret reunió a Isobel, Edmund y William en la sala principal. William había llegado desde Ashcombe el día anterior y llevaba consigo noticias que no parecían tranquilizadoras. Su padre había enfermado durante el otoño, aunque no de la misma enfermedad que había asolado otras regiones, y la administración de sus tierras se había vuelto cada vez más complicada. Los hombres que antes trabajaban para él habían disminuido y algunas propiedades permanecían abandonadas porque nadie quería trasladarse hasta ellas. William, que había comenzado a hacerse cargo de una parte considerable de las obligaciones familiares, parecía más serio que nunca.
—Han llegado noticias de Londres —dijo William mientras extendía un documento sobre la mesa—. Se habla de nuevos movimientos de tropas y de que algunos hombres que regresaron de Francia podrían ser llamados nuevamente.
Edmund permaneció en silencio.
Isobel lo miró.
—¿Incluye a los arqueros?
—No tengo una lista completa.
—Pero podría incluirlos.
William asintió.
—Podría.
Lady Margaret se acercó a la ventana.
—Después de todo lo ocurrido, uno pensaría que los hombres que gobiernan comprenderían que ya hemos perdido demasiado.
William soltó una breve respiración.
—Los hombres que deciden estas cosas rara vez son los mismos que entierran a los muertos.
Nadie respondió.
Edmund tomó el documento.
—¿Cuándo podrían comenzar las convocatorias?
—No lo sé.
—¿Y quién las recibirá?
—Eso tampoco está claro.
Isobel sintió que una tensión conocida comenzaba a crecer dentro de ella.
—¿Estás pensando en volver?
Edmund dejó el documento sobre la mesa.
—Estoy pensando en lo que podría ocurrir.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
William intervino con cautela.
—Edmund, si te necesitan, probablemente recibirás una orden.
—Entonces tendré que decidir qué hacer.
Isobel lo miró.
—¿Y si decides marcharte?
Edmund sostuvo su mirada.
—No quiero hacerlo.
—Eso no responde.
—Porque todavía no tengo una respuesta.
La conversación terminó poco después, pero la inquietud permaneció en la casa. Isobel conocía demasiado bien la expresión de Edmund para no reconocer que estaba intentando prepararse para una posibilidad que ninguno de los dos quería aceptar. Aquella tarde lo encontró en las caballerizas limpiando una silla de montar que apenas necesitaba limpieza.
—La estás dejando sin cuero —dijo ella.
Edmund levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Llevas casi una hora limpiándola.
Él miró la silla y sonrió.
—No me había dado cuenta.
—Sí te habías dado cuenta.
—Quizá.
Isobel se acercó.
—Tienes miedo.
Edmund dejó el paño sobre la silla.
—Sí.
—Yo también.
—No quiero irme.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero esperar una orden para descubrir qué será de nosotros.
Isobel apoyó una mano sobre la madera de la caballeriza.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero quedarme.
—Entonces quédate mientras puedas.
Edmund la miró.
—¿Y si no puedo?
—Entonces iremos afrontándolo cuando llegue.
—Hablas como Lady Margaret.
—Eso es porque la escucho demasiado.
Edmund sonrió.
—No es malo.
—No.
—Isobel, cuando estuve lejos pensé muchas veces que si regresaba no sabría cómo vivir aquí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no quiero volver a la vida que tenía antes.
Ella bajó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque antes creía que vivir consistía en cumplir con lo que otros esperaban de mí. Ser soldado, obedecer órdenes, regresar cuando me llamaban, marcharme cuando me lo ordenaban. Después entendí que había personas que simplemente vivían esperando que terminara la guerra para empezar su verdadera vida, y nunca llegaban a hacerlo.
Isobel se acercó un poco más.
—¿Y tú?
—Yo quiero empezar ahora.
—¿Aquí?
—Aquí, si puedo.
Ella sintió una emoción profunda, pero no quiso convertir aquellas palabras en una promesa mayor de lo que eran.
—Entonces empieza hoy.
Edmund sonrió.
—Eso parece sencillo cuando lo dices tú.
—No dije que fuera sencillo.
—Solo posible.
—Exactamente.
Aquel mismo día, mientras la nieve continuaba cayendo, llegaron tres viajeros desde el norte. Eran un hombre de edad avanzada, una mujer joven y un muchacho de unos doce años. Habían caminado durante dos días y el niño tenía los pies lastimados. Lady Margaret los recibió, pero al poco tiempo descubrieron que la mujer llevaba consigo una pequeña bolsa de monedas que apenas alcanzaría para comprar comida durante una semana.
—No podemos quedarnos mucho tiempo —dijo ella—. Solo necesitamos descansar y continuar.
—No tienen que pagar —respondió Lady Margaret.
—No quiero que nos echen cuando se termine el dinero.
—Nadie los echará por eso.
La mujer miró a Isobel.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
Isobel no supo qué responder de manera sencilla.
—Porque alguna vez alguien hizo algo parecido por nosotros.
No era completamente cierto, pero tampoco era mentira. Wychcombe había sido para ella una puerta abierta cuando había perdido todo, y aquella memoria se había convertido en una forma de entender el lugar.
Edmund llevó al muchacho a la cocina y le preparó agua caliente para los pies. El niño permaneció callado durante varios minutos.
—¿Eres soldado? —preguntó finalmente.
—Lo fui.
—¿Mataste hombres?
Edmund se quedó quieto.
—Sí.
El muchacho bajó la mirada.
—¿Te arrepientes?
Edmund tardó en contestar.
—Me arrepiento de muchas cosas.
—¿De haber sido soldado?
—A veces.
—¿Y otras veces?
—Otras veces recuerdo que también protegí a hombres que no podían defenderse.
El muchacho asintió lentamente.
—Mi padre dice que los soldados son héroes.
Edmund terminó de vendarle el pie.
—Tu padre probablemente quiere que no tengas miedo de los hombres que llevan armas.
—¿Y tú eres un héroe?
Edmund sonrió con tristeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque los hombres reales somos demasiado complicados para caber en una palabra.
Isobel, que había escuchado desde la puerta, comprendió que aquella respuesta resumía algo que Edmund había aprendido a costa de mucho sufrimiento.
La familia permaneció en Wychcombe durante varias semanas. El niño recuperó la movilidad y comenzó a ayudar a Hugh en las caballerizas. La mujer trabajó en la cocina y el anciano se encargó de reparar algunas herramientas. Poco a poco dejaron de comportarse como visitantes y comenzaron a formar parte de la vida cotidiana de la residencia.
Para Isobel aquello tenía un significado especial. Wychcombe había dejado de ser simplemente el lugar donde ella había encontrado refugio y se había convertido en un espacio donde muchas personas heridas por las circunstancias podían reconstruir algo parecido a una vida.
Sin embargo, el invierno también trajo una pérdida.
El hombre que había llegado meses atrás con su hija Eleanor, Stephen, enfermó de manera repentina. Había sobrevivido a la epidemia anterior y parecía recuperado, pero una mañana comenzó a sentir fiebre y dolor en el pecho. Isobel permaneció junto a Eleanor mientras Lady Margaret atendía a Stephen.
—¿Va a morir? —preguntó la niña.
Isobel sintió que el corazón se le encogía.
—No lo sabemos.
—Pero tú sabes cuando alguien está muy enfermo.
—A veces.
—Entonces dime la verdad.
Isobel se arrodilló frente a ella.
—Está muy enfermo, Eleanor, pero todavía está aquí y vamos a hacer todo lo posible para ayudarlo.
La niña apretó los labios.
—No quiero perderlo.
—Lo sé.
—Ya perdí a mi mamá.
Isobel la abrazó.
—No estás sola.
—Eso me decía mi mamá.
—Y tenía razón.
Eleanor comenzó a llorar.
—¿Por qué Dios deja que la gente se muera?
Isobel permaneció en silencio durante unos segundos. No quería darle una respuesta fácil a una pregunta que ni siquiera los adultos podían resolver.
—No tengo una respuesta que pueda hacer desaparecer ese dolor —dijo finalmente—, pero sí sé que cuando alguien sufre, no deberíamos dejarlo solo.
—¿Eso es lo que haces tú?
—Lo intento.
—Entonces quiero intentarlo también.
Durante los días siguientes Eleanor permaneció cerca de su padre. Stephen empeoró lentamente y, finalmente, una madrugada murió mientras dormía. Lady Margaret fue quien se lo comunicó a la niña. Isobel estaba junto a ella y Edmund permanecía al otro lado de la habitación.
Eleanor no lloró inmediatamente.
Se quedó mirando a Lady Margaret.
—¿Ya no le duele nada?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
La niña miró a Isobel.
—Entonces quiero recordar su voz.
—Lo harás.
—¿Y si la olvido?
Edmund se acercó.
—Entonces otros podrán ayudarte a recordarla.
Eleanor lo miró.
—¿Tú también?
—Sí.
Aquella noche, después de que enterraran a Stephen en el pequeño cementerio cercano, Edmund permaneció largo rato junto a la tumba. Isobel lo encontró allí.
—No tienes que estar solo.
—Lo sé.
—¿Por qué estás aquí?
Edmund miró la tierra recién removida.
—Porque pensé en todos los hombres que quedaron enterrados lejos de sus familias.
—Thomas.
—Thomas y otros.
—¿Todavía piensas en él?
—Todos los días.
Isobel se colocó a su lado.
—¿Crees que algún día dejarás de hacerlo?
—No quiero.
—¿Por qué?
—Porque olvidar a alguien puede parecerse demasiado a aceptar que nunca existió.
Isobel tomó su mano.
—Entonces recuerda.
Edmund apretó sus dedos.
—Eso intento.
El invierno continuó avanzando y, poco a poco, la nieve comenzó a desaparecer. Los campos recuperaron algunos tonos verdes y los días se hicieron más largos. Con la llegada de la primavera, Wychcombe volvió a llenarse de actividad. Algunos viajeros que habían permanecido allí durante meses comenzaron a marcharse, y la residencia recuperó parte del movimiento que había tenido antes de la epidemia.
Fue entonces cuando llegó la orden.
Un mensajero apareció una mañana con un documento sellado.
Edmund lo recibió frente a Lady Margaret, Isobel y William, que había llegado de Ashcombe apenas dos días antes.
—¿Es para mí? —preguntó Edmund.
—Sí.
Rompió el sello.
Leyó.
No dijo nada.
Isobel sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué dice?
Edmund levantó la mirada.
—Me llaman.
El silencio que siguió fue largo.
William preguntó:
—¿Cuándo debes presentarte?
—En tres semanas.
Lady Margaret se sentó lentamente.
—¿Es obligatorio?
—Sí.
—¿Puedes negarte?
—No sin consecuencias.
Isobel sintió que la habitación se hacía más pequeña.
—¿Dónde?
—En la costa.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo dicen.
—¿Es una campaña?
—Parece que sí.
Isobel cerró los ojos durante unos segundos.
Habían hablado de aquella posibilidad, pero una cosa era imaginarla y otra verla escrita sobre un documento.
Edmund dobló la orden.
—No quiero ir.
Isobel levantó la mirada.
—Lo sé.
—Pero debo hacerlo.
—¿Debes?
—Sí.
Ella permaneció callada.
William se acercó.
—Hay hombres que están intentando conseguir excepciones para quienes tienen heridas antiguas.
Edmund negó con la cabeza.
—No quiero esconderme detrás de una herida.
—No sería esconderte.
—Quizá no.
—Podrías intentarlo.
Edmund lo miró.
—¿Por qué quieres ayudarme?
William sonrió ligeramente.
—Porque he pasado demasiado tiempo intentando decidir qué clase de hombre quiero ser.
Edmund asintió.
—Entonces gracias.
Durante las semanas siguientes, la vida en Wychcombe adquirió un ritmo extraño. Todos sabían que Edmund debía marcharse, pero nadie quería hablar demasiado sobre ello. Isobel continuó trabajando, atendiendo a los viajeros y ayudando a Lady Margaret, mientras Edmund reparaba cosas, entrenaba a Hugh con el arco y pasaba largas horas caminando por los campos.
Una tarde, mientras practicaba con un arco viejo, Isobel se acercó.
—No deberías esforzar la pierna.
—No lo hago.
—Te conozco.
—Eso es peligroso.
—Mucho.
Edmund disparó.
La flecha alcanzó el blanco cerca del centro.
—Todavía puedo hacerlo.
—Nunca dudé de eso.
—¿Entonces por qué me miras así?
—Porque quiero recordar cómo eres cuando estás aquí.
Edmund dejó el arco.
—No quiero que me recuerdes como un hombre que se fue.
—No puedo controlar eso.
—Entonces recuérdame también como el hombre que regresó.
Isobel sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Eso será más fácil.
Él se acercó.
—Quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
—Si regreso otra vez, ¿seguirás aquí?
Isobel lo miró directamente.
—No puedo prometerte que nada cambiará.
—No te pregunté eso.
—Entonces sí.
—¿Sí qué?
—Si regreso, intentaré estar aquí.
Edmund sonrió.
—Eso es suficiente.
—Y si no puedes regresar...
Ella se detuvo.
—No termines esa frase.
—¿Por qué?
—Porque todavía no tienes que marcharte.
Edmund comprendió.
La abrazó.
Esta vez no hubo miedo en el gesto, aunque ambos sabían que la separación se acercaba.
El día anterior a la partida, Isobel le entregó un pequeño paquete.
—¿Qué es?
—Ábrelo cuando estés lejos.
Edmund sonrió.
—¿No puedo abrirlo ahora?
—No.
—Entonces tendré que obedecer.
—Te conviene.
—¿Qué has puesto?
—Algo que te pertenece.
Él la miró con curiosidad.
—Eso no ayuda.
—Lo sé.
Esa noche, Edmund abrió el paquete.
Dentro estaba la piedra que él le había enviado meses atrás.
Había sido pulida y colocada dentro de una pequeña bolsa de cuero nueva.
Junto a ella había una hoja doblada.
—No quiero que pienses que tienes que regresar para recuperar esto —había escrito Isobel—. Te lo devuelvo porque ya no necesito tenerlo para saber que estás conmigo de alguna manera. Llévalo contigo y recuerda que hubo un lugar donde pudiste ser tú mismo sin tener que demostrar nada.
Edmund permaneció largo rato sentado junto al fuego.
Después guardó la piedra junto al medallón que Isobel conservaba.
A la mañana siguiente, el patio de Wychcombe estaba lleno de silencio.
Edmund había preparado su caballo.
Isobel permanecía frente a él.
Lady Margaret se acercó primero.
—Regresa si puedes.
Edmund asintió.
—Lo intentaré.
Después Hugh le estrechó la mano.
—No tardes demasiado.
—Haré lo posible.
William esperaba junto a la puerta.
—He enviado una carta a un hombre que conozco en la costa. Si puedo obtener información sobre tu unidad, te la haré llegar.
—Gracias.
—No me debes nada.
—Lo sé.
Finalmente Edmund quedó frente a Isobel.
Ninguno quiso hacer de aquel momento una despedida definitiva.
—No quiero decir adiós —dijo ella.
—Entonces no lo digas.
—¿Qué digo?
Edmund tomó sus manos.
—Di que nos veremos.
Isobel sonrió con tristeza.
—Nos veremos.
—Eso me gusta más.
Él montó.
Antes de partir, se inclinó hacia ella.
—Isobel.
—¿Sí?
—No dejes de vivir.
Ella apretó sus manos alrededor del medallón.
—No lo haré.
—Y no dejes que el miedo decida por ti.
—Tú tampoco.
Edmund sonrió.
—Trato hecho.
El caballo comenzó a avanzar.
Isobel permaneció inmóvil mientras él atravesaba el patio y tomaba el camino que descendía hacia los campos. No lloró hasta que dejó de verlo. Cuando finalmente las lágrimas aparecieron, no intentó detenerlas.
Lady Margaret se colocó a su lado.
—¿Quieres entrar?
Isobel negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Qué harás?
—Esperar un poco.
Lady Margaret miró el camino vacío.
—Entonces espera.
Isobel permaneció allí durante un largo rato, pero cuando finalmente regresó a la casa no lo hizo arrastrando los pies ni como una mujer que hubiera vuelto a quedar suspendida en el pasado. Había aprendido demasiado durante aquel año para permitir que una partida volviera a convertirla en la joven que había llegado a Wychcombe sin saber qué hacer con su vida. Tomó las tareas de la mañana, ayudó a preparar comida para los viajeros, revisó los establos y pasó parte de la tarde enseñando a Eleanor y a otros niños a leer. Cuando llegó la noche, subió a su habitación y abrió el pequeño cofre donde guardaba las cartas de Edmund. Las ordenó cuidadosamente y añadió una nueva hoja en blanco.
No sabía cuándo tendría noticias de él.
No sabía qué peligros encontraría en el camino.
No sabía si regresaría en semanas, meses o mucho más tiempo.
Pero sabía algo que antes no había sabido: podía amar a alguien sin abandonar su propia vida, podía esperar sin permanecer inmóvil y podía sentir miedo sin permitir que el miedo gobernara sus decisiones.
Al otro lado de Inglaterra, Edmund avanzaba hacia la costa con otros hombres. El camino estaba cubierto de barro por las últimas lluvias y el aire llevaba todavía el frío del invierno. En una pausa, desmontó junto a un pequeño arroyo y abrió la bolsa de cuero que llevaba bajo la capa. Sacó la piedra que Isobel le había devuelto y la sostuvo entre los dedos durante unos segundos.
Uno de los soldados lo observó.
—¿Qué es?
Edmund guardó la piedra.
—Un recuerdo.
—¿De una mujer?
Edmund sonrió.
—Sí.
—¿Te espera?
Él miró hacia el camino que todavía debía recorrer.
—No exactamente.
—¿Entonces?
Edmund tardó unos segundos en responder.
—Está viviendo.
El soldado pareció no entender.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Edmund montó nuevamente.
—Todo.
Continuaron avanzando mientras el cielo se oscurecía sobre los campos, y aunque ninguno de los hombres podía saber qué encontrarían al final del camino, Edmund llevó consigo aquella pequeña piedra, el recuerdo de Wychcombe y la certeza de que, por primera vez, no estaba marchándose de una vida para obedecer a otra persona, sino intentando regresar algún día a una vida que había comenzado a elegir por sí mismo. En Wychcombe, mientras tanto, Isobel encendía una lámpara junto a la ventana de su habitación y comenzaba a escribir una nueva carta, no porque necesitara convencer a Edmund de que regresara ni porque quisiera convertir su ausencia en una espera interminable, sino porque había cosas que todavía deseaba contarle y porque, mientras pudiera escribirle, podía mantener abierto aquel puente invisible entre los dos sin dejar de caminar por el camino que le correspondía recorrer.
CAPÍTULO 10
El otoño volvió a Wychcombe sin que Isobel pudiera señalar exactamente en qué momento había comenzado, porque después de la partida de Edmund los días parecían avanzar con una regularidad extraña, demasiado iguales entre sí para permitirle distinguir claramente una semana de otra, y sin embargo, cuando alguna mañana encontraba las primeras hojas amarillas sobre el patio o descubría que la luz desaparecía antes de terminar sus tareas, comprendía que el tiempo había seguido avanzando aunque una parte de ella permaneciera todavía vinculada al camino por el que Edmund se había marchado. Habían transcurrido varios meses desde aquella despedida y las cartas habían llegado al principio con cierta regularidad, aunque siempre después de largos intervalos que la obligaban a aceptar que el silencio no significaba necesariamente una desgracia. La primera había llegado desde la costa y contenía pocas noticias sobre la campaña, pero suficientes palabras personales para que Isobel pudiera imaginarlo vivo, cansado y todavía aferrado a la intención de regresar. La segunda había tardado casi el doble y hablaba de hombres que habían sido trasladados, de caminos vigilados y de una espera que parecía no tener una fecha clara. Después llegó un silencio más largo, y con él regresaron aquellos temores que Isobel creía haber aprendido a dominar.
No había vuelto a ser la joven que se quedaba inmóvil cada vez que escuchaba cascos en el camino, pero tampoco podía fingir que la ausencia de Edmund no le dolía. Había descubierto que la madurez no consistía en dejar de sentir miedo, sino en impedir que el miedo ocupara todos los espacios de la vida, y por eso continuaba trabajando, cuidando de los enfermos que todavía llegaban a Wychcombe, ayudando a Lady Margaret con las cuentas y enseñando a leer a los niños que permanecían allí. Eleanor se había convertido en una muchacha más segura y ya podía encargarse de varias tareas en las caballerizas, mientras Hugh había crecido lo suficiente como para discutir con Isobel cada vez que ella intentaba corregirlo. La casa había cambiado y, sin embargo, conservaba algo de la vida que Edmund había dejado atrás, como si su paso por allí hubiera modificado para siempre la forma en que todos recordaban aquellos meses.
Una mañana, mientras Isobel revisaba unos sacos de grano, Hugh apareció en la puerta con una expresión que ella conocía demasiado bien.
—Ha llegado un hombre.
Isobel levantó la cabeza.
—¿Trae noticias?
—No lo sé.
—¿De dónde viene?
—Del este.
—Entonces podría no saber nada.
—También podría saberlo.
Isobel dejó el saco y salió al patio. El hombre estaba desmontando de un caballo agotado y tenía la ropa cubierta de polvo. No parecía soldado, sino comerciante o mensajero. Lady Margaret ya se encontraba junto a él.
—¿Busca a alguien? —preguntó Isobel.
El hombre la miró.
—¿Eres Isobel?
—Sí.
Sacó una carta.
—Esto es para ti.
Ella reconoció la letra antes incluso de tocar el papel.
—¿De dónde la traes?
—De la costa.
—¿Cuándo te la entregaron?
—Hace nueve días.
Isobel sintió una punzada de inquietud.
—¿Por qué has tardado tanto?
—Los caminos estaban cerrados.
Ella tomó la carta.
—¿Viste a Edmund?
—No directamente.
—Entonces, ¿quién te la dio?
—Un hombre que regresaba de una guarnición.
Isobel apretó la carta.
—¿Dijo que Edmund estaba vivo?
—Sí.
Solo entonces se permitió respirar.
Subió a su habitación y cerró la puerta. La carta era más corta que las anteriores.
—Isobel, no sé cuándo podrás leer esto ni cuánto tiempo habrá pasado cuando llegue a Wychcombe. Las cosas aquí han cambiado y no sé cuánto durará nuestra permanencia en este lugar. Quiero que sepas que estoy bien, aunque cansado. He pensado muchas veces en lo que me dijiste antes de partir. No quiero que esperes como si tu vida dependiera de mi regreso. Si un día vuelvo, quiero encontrarte viviendo, no detenida en el mismo día en que me fui. Eso es lo que deseo para ti, aunque quizá sea difícil explicarlo.
Isobel tuvo que detenerse.
Continuó.
—No sé si podré escribirte pronto. Si ocurre, no pienses lo peor. Hay momentos en que el silencio es solamente silencio. Llevo conmigo la piedra que me devolviste y el recuerdo de Wychcombe. Eso me ayuda más de lo que puedo decirte.
Al final había una frase que hizo que Isobel cerrara los ojos.
—Si alguna vez dudas de que deseo regresar, recuerda esto: cuando pienso en el lugar al que quiero volver, siempre apareces tú.
Isobel dejó la carta sobre la cama y permaneció inmóvil durante varios minutos. Después se sentó y comenzó a llorar, pero no eran lágrimas de desesperación, sino una mezcla extraña de alivio, amor y cansancio. Había pasado demasiado tiempo tratando de ser fuerte para comprender que la fortaleza no exigía esconder el dolor.
Cuando bajó nuevamente, Lady Margaret estaba esperando.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Está bien?
—Eso dice.
—¿Y tú?
Isobel sonrió.
—No sé.
Lady Margaret la abrazó.
—Entonces no tienes que saberlo todavía.
Durante los meses siguientes no llegaron más cartas.
La guerra había vuelto a cerrar los caminos y los mensajeros se desplazaban con dificultad. Wychcombe recibió noticias fragmentarias de soldados que regresaban, de barcos que partían hacia Francia y de hombres que habían muerto lejos de sus familias. Cada historia añadía una nueva sombra sobre el futuro de Edmund.
Una tarde, William llegó a Wychcombe.
Había envejecido visiblemente. La muerte de su padre lo había obligado a asumir el control de Ashcombe y, aunque nunca había querido aquella responsabilidad, parecía haberla aceptado con una serenidad que Isobel admiraba.
—¿Has recibido noticias? —preguntó él.
—No desde hace tres meses.
William asintió.
—Yo tampoco.
Isobel lo miró sorprendida.
—¿Tú estabas esperando noticias?
—Tengo hombres en la costa. He preguntado por él.
—¿Por qué?
William sonrió.
—Porque es tu amigo.
Isobel bajó la mirada.
—Es más que eso.
William permaneció en silencio.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque no soy ciego.
Ella sonrió.
—No sabía que eras tan observador.
—He tenido que aprender.
William se sentó junto al fuego.
—Hay algo que quiero decirte.
—¿Qué?
—Mi padre dejó algunos documentos. Entre ellos encontré un registro de las deudas de tu familia.
Isobel sintió cierta tensión.
—¿Y?
—Hay una propiedad que quizá todavía te pertenece.
—¿Qué propiedad?
—Una pequeña parcela cerca de la antigua casa de tu padre. Fue incluida en una venta que nunca se completó legalmente.
Isobel se quedó inmóvil.
—¿Estás diciendo que todavía tengo una tierra?
—Eso parece.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Porque nadie se molestó en comprobarlo.
Isobel respiró lentamente.
—¿Qué puedo hacer con ella?
—Puedes reclamarla.
—¿Vale mucho?
—No demasiado.
—Entonces no entiendo por qué importa.
William la miró.
—Porque es tuya.
Aquella frase la acompañó durante semanas.
Isobel no había pensado en regresar a las tierras de su padre porque durante mucho tiempo había considerado aquel lugar como una vida perdida. Sin embargo, ahora comenzó a preguntarse si quizá podía recuperar una parte de su historia sin tener que regresar al pasado.
Lady Margaret la animó.
—Ve a verla.
—¿Y si no encuentro nada?
—Entonces sabrás que no había nada que encontrar.
—¿Y si encuentro demasiado?
—Entonces decidirás qué hacer.
Isobel partió con William una mañana clara. El viaje fue más largo de lo que esperaba y atravesaron caminos que había recorrido de niña, aunque muchas cosas habían cambiado. Algunas casas estaban abandonadas y otras habían sido reconstruidas. Cuando finalmente llegaron a las tierras de su padre, Isobel permaneció largo rato en silencio.
La antigua casa estaba parcialmente destruida.
El jardín había desaparecido.
Los muros estaban cubiertos de maleza.
—Aquí crecí —dijo.
William desmontó.
—Lo sé.
—Pensé que sentiría algo distinto.
—¿Qué sientes?
Isobel miró la casa.
—Tristeza.
—Es normal.
—Pero también alivio.
William la observó.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que mi vida no terminó aquí.
Caminaron por la pequeña parcela.
Había un viejo árbol junto a un muro.
Isobel se acercó.
—Mi padre me enseñó a montar aquí.
—¿Lo recuerdas?
—Todo.
William permaneció a cierta distancia.
—¿Quieres recuperar esta tierra?
Isobel pensó durante un largo momento.
—No para vivir aquí.
—Entonces, ¿para qué?
—Quizá para que alguien pueda vivir.
William comprendió.
—¿Quieres convertirla en algo parecido a Wychcombe?
—No sé si podré.
—Podrías intentarlo.
Aquella posibilidad comenzó a crecer lentamente en la mente de Isobel.
Cuando regresó a Wychcombe, habló con Lady Margaret.
—Quiero hacer algo con la tierra de mi padre.
—¿Qué?
—No lo sé todavía.
—Eso es un buen comienzo.
—Quiero que sea útil.
Lady Margaret sonrió.
—Entonces ya sabes más de lo que crees.
Durante los meses siguientes comenzaron a trabajar en la idea. La pequeña parcela no podía convertirse en una gran residencia, pero podía albergar animales, cultivar alimentos y ofrecer refugio temporal a algunas familias. William ayudó con los documentos y consiguió trabajadores de Ashcombe. Isobel comenzó a diseñar el lugar mientras continuaba con sus obligaciones en Wychcombe.
El proyecto le dio una nueva ocupación durante la ausencia de Edmund.
No sustituyó la espera.
La hizo más llevadera.
Pero una tarde ocurrió algo inesperado.
Llegó un hombre con una carta.
Esta vez no era de Edmund.
Era de un antiguo compañero.
—¿Dónde está él? —preguntó Isobel.
—No lo sé.
—¿Cuándo lo viste?
—Hace unas semanas.
—¿Estaba vivo?
—Sí.
—¿Herido?
—No.
—Entonces, ¿por qué no escribe?
El hombre bajó la mirada.
—Porque ya no está con nosotros.
Isobel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso?
—Abandonó la compañía.
—¿Por qué?
—No quería seguir luchando.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Se fue con otros hombres.
Isobel sintió que la angustia comenzaba a crecer.
—¿Hacia dónde?
—Hacia el sur.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas.
—Entonces podría estar regresando.
—Podría.
Ella cerró los ojos.
Otra vez aquella palabra.
Podría.
No era una promesa.
Pero tampoco era una sentencia.
Aquella noche Isobel salió al patio y encontró a Lady Margaret junto al pozo.
—Se ha ido de la compañía.
—¿Edmund?
—Sí.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—¿Crees que volverá?
Isobel respiró profundamente.
—No lo sé.
Lady Margaret la miró.
—¿Y qué harás?
—Seguiré trabajando.
—¿Y esperando?
—También.
—Entonces no ha cambiado tanto.
Isobel sonrió con tristeza.
—No.
—Solo has aprendido a hacer otras cosas mientras esperas.
—Eso sí.
Durante el invierno siguiente, Isobel dedicó buena parte de su tiempo a la pequeña propiedad de su padre. Poco a poco se convirtió en un lugar habitable. Repararon el techo, limpiaron los establos y plantaron semillas. Eleanor ayudaba siempre que podía y comenzó a considerarlo su segundo hogar.
Una tarde, mientras Isobel revisaba las primeras plantas, Eleanor preguntó:
—¿Esto será como Wychcombe?
—Quizá.
—¿Edmund vendrá?
Isobel sonrió.
—No lo sé.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
—Pero tú crees que sí.
Isobel miró hacia el camino.
—Sí.
—Entonces yo también.
Aquella respuesta sencilla la conmovió.
No necesitaba que Eleanor comprendiera las dificultades del mundo.
Solo necesitaba que supiera que esperar no significaba vivir en tristeza.
Los meses pasaron.
Llegó la primavera.
Después el verano.
Y entonces, cuando Isobel ya había aprendido a vivir con los largos silencios, apareció un jinete en la distancia.
No llevaba estandarte.
No llevaba uniforme.
Solo una capa gastada y un caballo oscuro.
Isobel estaba trabajando en el huerto cuando Eleanor gritó desde el camino.
—¡Hay alguien!
Isobel levantó la cabeza.
—¿Quién?
—No lo sé.
Ella caminó hacia la entrada.
El hombre desmontó.
Era Edmund.
Había cambiado otra vez.
Estaba más delgado, llevaba una cicatriz nueva junto a la mandíbula y caminaba con una ligera cojera, pero la sonrisa que apareció cuando la vio era la misma que había conocido en Wychcombe.
Isobel se quedó inmóvil.
Edmund avanzó unos pasos.
—He tardado.
Ella no respondió inmediatamente.
—Pensé que no volverías —dijo finalmente.
—Yo también lo pensé algunas veces.
—¿Por qué no escribiste?
—Porque no sabía dónde estaba.
—¿Dónde estuviste?
—En muchos lugares.
—Eso no responde.
—Lo sé.
Isobel se acercó.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
—No parece que hayas estado bien.
—No todo el tiempo.
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿Por qué volviste aquí?
Edmund sonrió.
—Porque recordé el camino.
Isobel comenzó a llorar.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque he esperado demasiado para escucharlas.
Él se acercó y la abrazó.
Esta vez ella no tuvo miedo de hacerlo.
Permanecieron así durante un largo rato, sin necesidad de explicar los meses de silencio ni las heridas que todavía llevaban consigo.
Cuando finalmente se separaron, Edmund miró las tierras.
—¿Qué es esto?
—La tierra de mi padre.
—Pensé que la habías perdido.
—Yo también.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
Isobel miró hacia el pequeño edificio que habían comenzado a reparar.
—Ayudar a otros.
Edmund sonrió.
—Eso suena a ti.
—¿Y tú?
—Todavía no sé.
—Entonces quédate mientras lo descubres.
Edmund la miró.
—¿Puedo?
—Sí.
—¿Estás segura?
—No.
Él sonrió.
—Eso también suena a ti.
Isobel tomó su mano.
—Pero esta vez no quiero esperar para decirte algo.
—¿Qué?
—Te quiero.
Edmund permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Yo también te quiero.
No hubo necesidad de decir más.
El camino seguía abierto y el futuro continuaba siendo incierto, pero aquella vez ambos estaban juntos frente a él, no como dos personas que esperaban que la vida les devolviera lo perdido, sino como dos personas que habían aprendido que algunas cosas podían reconstruirse de una manera diferente y que la esperanza no consistía en exigirle al futuro que cumpliera un deseo, sino en tener el valor de seguir construyendo mientras el futuro todavía permanecía sin decidir.
CAPÍTULO 11
Durante los primeros días después del regreso de Edmund, Isobel descubrió que la alegría también podía resultar desconcertante cuando había sido esperada durante demasiado tiempo, porque una parte de ella había imaginado tantas veces aquel momento que, al tenerlo finalmente delante, no sabía exactamente cómo comportarse con un hombre que seguía siendo Edmund y que, al mismo tiempo, había cambiado en aspectos que todavía no alcanzaba a comprender. Él se levantaba temprano, caminaba por las tierras de la pequeña propiedad y ayudaba a los trabajadores en todo aquello que no exigiera demasiado de su pierna, pero había momentos en que se quedaba quieto contemplando el horizonte con una expresión ausente que Isobel reconocía muy bien, pues la había visto en él después de la guerra anterior y sabía que no debía apresurarse a arrancarlo de aquellos silencios. La diferencia era que ahora Edmund no estaba obligado a esconderse detrás de ellos, porque sabía que había alguien dispuesto a permanecer cerca sin exigir explicaciones inmediatas, y esa seguridad parecía permitirle regresar poco a poco a la vida cotidiana que durante tantos años había considerado una posibilidad demasiado frágil para confiar en ella.
Lady Margaret fue una de las primeras en recibirlo en Wychcombe y no permitió que la emoción del reencuentro se convirtiera en una ceremonia excesiva, aunque cuando Edmund entró en el gran salón ella permaneció varios segundos mirándolo en silencio antes de acercarse para abrazarlo con una fuerza que sorprendió al propio Edmund.
—Has tardado demasiado —le dijo mientras se apartaba.
—Lo sé.
—Y vienes más delgado.
—También lo sé.
—Y cojeas más.
—Eso no lo sabía.
Lady Margaret le dio una palmada en el brazo.
—Entonces has vuelto sin aprender todo lo necesario.
Edmund sonrió por primera vez con una naturalidad que Isobel no había visto desde hacía mucho tiempo.
—Parece que algunas cosas no cambian.
—Gracias a Dios —respondió Lady Margaret, y después añadió, con una mirada que pasó brevemente de Edmund a Isobel—, aunque otras deberían cambiar de una vez.
Isobel comprendió perfectamente lo que quería decir, pero fingió no hacerlo mientras Eleanor corría hacia Edmund y se detenía delante de él, ya convertida en una niña mucho más alta que aquella que había conocido cuando su padre murió.
—¿Te acuerdas de mí?
Edmund se inclinó cuanto pudo.
—Me acuerdo de ti cuando apenas alcanzabas la altura de aquella mesa.
—Ahora soy más alta.
—Eso puedo comprobarlo.
—Y sé montar sola.
—Entonces tendrás que enseñarme.
Eleanor lo miró con seriedad.
—No sabes montar.
—Sé montar.
—Pero cojeas.
Edmund levantó las manos.
—Eso no significa que no sepa montar.
—Significa que no deberías montar sin que Isobel te vigile.
Isobel intervino desde la puerta.
—Por una vez estoy de acuerdo con Eleanor.
Edmund volvió la cabeza y la miró con una expresión divertida.
—Parece que he regresado a un lugar donde todos se han puesto de acuerdo contra mí.
—No contra ti —respondió Isobel—. A favor de que no vuelvas a marcharte por hacerte el valiente.
La sonrisa de Edmund se desvaneció ligeramente, aunque no por molestia, sino porque aquella frase tocaba una parte de su historia que ambos conocían demasiado bien.
—No quiero volver a marcharme así —dijo.
Isobel no respondió inmediatamente. Se acercó a él y tomó su mano, sin preocuparse por quienes pudieran estar observándolos.
—Entonces no hablemos todavía de marcharnos.
Aquella noche Edmund permaneció en Wychcombe, pero no durmió en la habitación que había ocupado años atrás, porque Lady Margaret había decidido que la pequeña propiedad necesitaba un hombre que pudiera vigilar las reparaciones y porque Isobel había comprendido que sería mejor que él tuviera unos días para recuperar fuerzas antes de volver a instalarse definitivamente allí. Edmund aceptó sin discutir, aunque durante la cena habló poco y observó mucho. Escuchó las conversaciones de los trabajadores, preguntó por quienes habían muerto y por quienes habían sobrevivido, recordó nombres que parecían haber desaparecido de la memoria de todos y preguntó por Martin, por Alice, por Hugh y por otros hombres y mujeres que habían formado parte de aquella comunidad improvisada. Cuando preguntó por Stephen, Isobel bajó la mirada y Edmund comprendió la respuesta antes de que ella pudiera pronunciarla.
—Lo siento —dijo.
—Murió mientras estabas fuera.
—¿Sufrió?
—Sí, pero no estuvo solo.
Edmund asintió.
—Eso importa.
—Sí.
—Gracias por haber estado con Eleanor.
Isobel lo miró.
—No tienes que agradecerme algo que también necesitaba hacer por mí misma.
Edmund permaneció en silencio unos instantes.
—A veces pienso que todos hemos aprendido a vivir rodeados de muertos.
—Quizá porque durante demasiado tiempo no supimos hacer otra cosa.
—¿Y ahora?
Isobel apretó suavemente su mano.
—Ahora podemos aprender otra vez.
A la mañana siguiente comenzaron a organizar el trabajo de la propiedad. Habían conseguido algunas herramientas, semillas, dos vacas y varias gallinas, y aunque el lugar todavía estaba lejos de convertirse en lo que Isobel imaginaba, había dejado de parecer una ruina. El viejo muro había sido reparado en varios tramos, el techo ya no dejaba entrar la lluvia y una de las habitaciones podía utilizarse como alojamiento para quienes necesitaran pasar allí algunos días. Edmund observó todo con atención y comprendió que aquella tierra no era solamente una herencia recuperada, sino el resultado de muchos meses de trabajo de Isobel.
—Has hecho mucho —dijo.
—No sola.
—Pero empezaste tú.
—Empezamos muchos.
—Eso no cambia que tú hayas comenzado.
Isobel sonrió.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre que descubre que una mujer ha hecho algo que él pensaba que tendría que hacer.
Edmund soltó una risa.
—No tengo esa cara.
—La tienes.
—Entonces tendré que aprender a esconderla.
—No quiero que escondas nada.
Él la miró con mayor seriedad.
—Eso puede ser difícil.
—Ya lo sé.
Edmund se apoyó en la cerca.
—Cuando estaba lejos pensaba muchas veces en esto.
—¿En esta tierra?
—En ti aquí. Me preguntaba qué estarías haciendo, si seguirías en Wychcombe, si habrías conseguido recuperar algo de las tierras de tu padre, si todavía guardarías la medalla.
Isobel llevó la mano al cuello y encontró el pequeño medallón de madera bajo la ropa.
—La tengo.
Edmund la miró.
—Nunca pensé que la conservarías tanto tiempo.
—Yo sí.
—¿Por qué?
—Porque fue lo único que me diste antes de irte.
—No fue lo único.
—¿Qué más te di?
—Una razón para regresar.
Isobel permaneció en silencio.
Edmund bajó la mirada.
—No quiero que pienses que regresé solamente por ti.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Porque durante mucho tiempo tuve miedo de que mi regreso significara que tú eras responsable de salvarme.
Isobel negó lentamente con la cabeza.
—Nunca pensé eso.
—Yo sí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que regresar fue una decisión mía.
Ella se acercó.
—Entonces podemos empezar desde ahí.
Los días siguientes fueron ocupados y sencillos. Edmund ayudaba con las reparaciones, aprendía a trabajar la tierra y acompañaba a los hombres cuando tenían que revisar los límites de la propiedad. Su antigua habilidad con el arco seguía intacta, aunque ya no podía practicar durante demasiado tiempo sin que la pierna le recordara sus heridas. Una tarde, Hugh encontró a Edmund intentando tensar un arco viejo detrás del establo.
—Lady Margaret dijo que no debías hacer eso.
Edmund lo miró.
—¿Te ha enviado para vigilarme?
—No.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—Porque quería verlo.
Edmund sonrió.
—¿Y qué piensas?
Hugh observó el arco.
—Que estás viejo.
—Tengo algunos años más que tú.
—Eso es viejo.
—Cuando tengas mi edad no pensarás lo mismo.
—No pienso llegar a esa edad.
Edmund bajó lentamente el arco.
—No digas eso.
Hugh lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque hay demasiados hombres que no llegaron a ella.
El muchacho permaneció callado.
Edmund apoyó el arco contra la pared.
—Perdona.
—¿Por qué?
—A veces hablo como si todavía estuviera allí.
Hugh asintió.
—Isobel dice que eso pasa.
—¿Te ha dicho eso?
—Sí.
—Entonces deberías escucharla.
—Lo hago casi siempre.
—¿Casi?
—Cuando no me manda a limpiar los establos.
Edmund soltó una carcajada.
Aquella noche Isobel encontró a Edmund sentado junto al fuego, mirando las llamas.
—Hugh me contó que intentaste practicar con el arco.
—Ese muchacho habla demasiado.
—También dijo que te llamó viejo.
—Eso fue lo más ofensivo.
Isobel se sentó junto a él.
—¿Te dolió la pierna?
—Un poco.
—¿Y por qué lo hiciste?
Edmund permaneció mirando el fuego.
—Porque durante mucho tiempo el arco fue lo único que me hizo sentir útil.
—Ahora tienes otras cosas.
—Lo sé.
—¿Te cuesta creerlo?
—A veces.
Isobel no respondió inmediatamente.
—¿Sabes qué me costó más cuando te fuiste?
—¿Qué?
—Pensar que yo no podía hacer nada.
Edmund la miró.
—Pero hiciste mucho.
—Sí, después.
—¿Y qué cambió?
—Comprendí que querer a alguien no significa tener poder sobre lo que le ocurre.
Edmund bajó la cabeza.
—Eso es difícil.
—Lo sé.
—Cuando estaba lejos, tenía miedo de morir y dejarte esperando.
—Y yo tenía miedo de que murieras.
—Entonces los dos tuvimos miedo.
—Sí.
—Pero ninguno dejó de vivir.
Isobel sonrió.
—No.
Edmund tomó su mano.
—Eso fue lo que me sostuvo algunas veces.
—¿Pensar que yo estaba viviendo?
—Pensar que tú seguías allí, haciendo algo con tus días, me ayudaba a no convertir mi vida en una espera también.
Isobel apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces quizá aprendimos lo mismo desde lugares distintos.
Durante aquel verano, la pequeña propiedad comenzó a transformarse en un lugar donde la gente podía llegar sin sentirse completamente perdida. Un viudo con dos hijos se instaló durante algunas semanas después de perder su casa por una inundación, una mujer enferma encontró allí descanso mientras esperaba noticias de unos parientes y varios trabajadores de aldeas cercanas comenzaron a acudir para intercambiar semillas y alimentos. Isobel descubrió que administrar una propiedad era más difícil que imaginarla, pero también descubrió que le gustaba aquella responsabilidad. Edmund, por su parte, encontró una satisfacción inesperada en enseñar a los jóvenes a trabajar con animales y a defenderse cuando fuera necesario, aunque siempre insistía en que el arco debía ser la última herramienta y no la primera.
Una tarde, mientras reparaban una valla, Edmund vio acercarse a William.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Traigo noticias.
Isobel dejó las herramientas.
—¿Buenas o malas?
William sonrió.
—Depende de lo que consideres bueno.
—Entonces empieza.
—La propiedad es oficialmente tuya.
Isobel se quedó inmóvil.
—¿Completamente?
—Completamente.
—¿Y la deuda?
—Cancelada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Isobel miró a William durante unos segundos.
—No sé cómo agradecerte.
—No me agradezcas a mí.
—¿A quién?
—A ti misma por haber sobrevivido lo suficiente para reclamarla.
Edmund observó a William con respeto.
—Has cambiado.
William sonrió.
—Todos hemos tenido que hacerlo.
Después de que William se marchara, Isobel permaneció mirando los documentos durante un largo rato.
—Es extraño —dijo.
—¿Qué?
—Durante años pensé que recuperar esto significaría volver a ser quien era.
—Y ahora sabes que no.
—Ahora sé que no quiero volver.
Edmund se acercó.
—Entonces ¿qué quieres?
Isobel miró la tierra.
—Quiero quedarme aquí.
—¿Conmigo?
Ella lo miró.
—Si quieres.
Edmund sonrió.
—Quiero.
—No sabes qué estás aceptando.
—Probablemente no.
—Habrá trabajo.
—Ya lo sé.
—Habrá inviernos.
—También lo sé.
—Habrá enfermedades.
Edmund respiró lentamente.
—Eso no podemos evitarlo.
—Y quizá tengamos que perder personas.
—Eso tampoco podemos evitarlo.
Isobel bajó la mirada.
—Entonces no puedo prometerte una vida tranquila.
—No quiero una vida tranquila.
—¿Qué quieres?
Edmund tomó sus manos.
—Una vida verdadera.
Aquella noche hablaron durante horas. No hablaron de grandes juramentos ni de un futuro perfecto, sino de cosas pequeñas que, después de todo lo vivido, parecían mucho más importantes. Hablaron de cuántos animales podrían mantener, de cómo ampliar el huerto, de construir dos habitaciones nuevas, de recibir a personas que no tuvieran otro lugar donde ir y de la posibilidad de que Eleanor quisiera quedarse allí cuando fuera mayor. Hablaron también de matrimonio, pero sin convertirlo en una respuesta apresurada a los años de separación.
—No quiero casarme contigo porque hayas vuelto —dijo Isobel.
—Ni yo contigo porque haya tenido miedo de perderte.
—Entonces, ¿por qué?
Edmund la miró.
—Porque ahora que hemos vivido separados sabemos que seguimos eligiéndonos.
Isobel permaneció callada.
—Eso sí me parece una razón.
El otoño llegó otra vez y con él las primeras lluvias. La tierra recién trabajada absorbió el agua y el olor del campo llenó las mañanas. Edmund construyó un banco junto al muro antiguo y allí solían sentarse después de terminar sus tareas. Algunas tardes Isobel leía las cartas antiguas que había guardado durante los años de separación, aunque ahora ya no las necesitaba para imaginarlo. Edmund había regresado y estaba allí, con sus heridas, sus silencios y sus recuerdos, y esa presencia concreta era muy diferente de la esperanza abstracta que había sostenido durante tanto tiempo.
Una tarde, Edmund sacó del bolsillo la pequeña bolsa de cuero.
Isobel la reconoció.
—¿Todavía la llevas?
—Siempre.
—Pensé que la habrías guardado en algún lugar.
—No.
Sacó la piedra gris azulada.
—¿Sabes por qué la conservé?
—Porque te la di.
—No solamente por eso.
—Entonces, ¿por qué?
Edmund miró la piedra.
—Porque me recordó que incluso en el lugar donde murió Thomas había algo pequeño que no había desaparecido.
Isobel no dijo nada.
—Durante la guerra aprendí a mirar las cosas grandes —continuó él—. Castillos, ejércitos, barcos, incendios, hombres muriendo. Después comprendí que todo aquello podía desaparecer en una sola noche y que, al final, lo que uno recuerda son cosas pequeñas. Una voz. Una mano. Una piedra. Una puerta abierta.
Isobel apoyó su mano sobre la de él.
—Y una mujer.
Edmund sonrió.
—Especialmente una mujer.
Ella rio suavemente.
—No estás aprendiendo a hablar menos.
—He pasado demasiado tiempo callado.
—Entonces habla.
Edmund guardó nuevamente la piedra.
—Quiero pedirte algo.
Isobel lo miró.
—¿Qué?
—No quiero que nuestra vida sea una promesa contra la muerte.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero que sea una vida. Con todo lo que eso significa.
Isobel asintió.
—Entonces tendremos que vivirla.
—Sí.
—Y cuando tengamos miedo…
—Nos lo diremos.
—Cuando alguno esté cansado…
—Lo reconoceremos.
—Cuando no sepamos qué hacer…
—Preguntaremos.
—Y cuando perdamos a alguien…
Edmund tomó aire antes de responder.
—No estaremos solos.
Isobel apoyó la cabeza sobre su hombro mientras la lluvia comenzaba a caer sobre el techo del establo. Permanecieron allí escuchando el agua durante un largo rato, hasta que Eleanor apareció corriendo desde la casa para avisarles que Lady Margaret había enviado comida y que no pensaba permitir que los dos siguieran trabajando bajo la lluvia. Edmund se levantó con una sonrisa, ofreció el brazo a Isobel y caminaron juntos hacia la casa, mientras detrás de ellos el campo oscuro comenzaba a recibir el agua que necesitaba para volver a dar fruto, y en aquel lugar que alguna vez había sido para Isobel solamente el recuerdo doloroso de una vida perdida, las ventanas iluminadas, las voces de quienes habían encontrado refugio y el ruido de los animales protegidos del frío parecían formar poco a poco una nueva historia que ya no dependía de aquello que habían perdido, sino de todo lo que todavía tenían delante.
CAPÍTULO 12
El invierno llegó a las tierras de Isobel con una dureza que parecía querer poner a prueba todo cuanto habían construido durante los últimos meses, porque las lluvias persistentes convirtieron los caminos en franjas de barro, el viento comenzó a filtrarse por las rendijas de las paredes recién reparadas y algunas noches el frío era tan intenso que los animales permanecían inquietos en los establos hasta que alguien acudía a comprobar que estuvieran protegidos, pero aquella vez la dureza del invierno no encontró a Isobel en la misma situación de años anteriores, cuando cada estación parecía traer consigo una amenaza distinta y ella apenas podía hacer otra cosa que esperar noticias de Edmund. Ahora tenía una casa que cuidar, tierras que trabajar, personas que dependían de ella y un hombre a su lado que, aunque todavía llevaba en el cuerpo las marcas de la guerra, había aprendido a permanecer sin sentir que permanecer era una forma de derrota. Los días no eran fáciles, pero tenían una estructura, y aquella estructura había comenzado a parecerse a una vida.
Edmund había asumido poco a poco responsabilidades que nadie le había pedido expresamente. Revisaba las cercas antes de cada tormenta, ayudaba a reparar los tejados, acompañaba a los hombres cuando tenían que viajar a la aldea cercana para intercambiar grano y se encargaba de que los jóvenes que trabajaban en la propiedad aprendieran a defenderse sin convertir la violencia en la primera respuesta a cualquier problema. Su pierna seguía doliéndole durante los días de humedad, y algunas mañanas Isobel lo encontraba caminando lentamente junto al establo, esperando a que el dolor cediera antes de comenzar las tareas. Él nunca se quejaba, pero tampoco intentaba ocultarlo cuando ella estaba cerca.
—Te duele —dijo una mañana mientras lo veía apoyado contra la puerta del establo.
—Un poco.
—Eso significa que te duele bastante.
—Has aprendido a traducirme.
—Después de todo este tiempo, algo tenía que aprender.
Edmund sonrió mientras intentaba apoyar el peso sobre la pierna herida.
—No quiero que el dolor decida lo que puedo hacer.
—Ni yo quiero que el orgullo decida lo que debes hacer.
—¿Eso significa que debo volver a la cama?
—Significa que hoy no vas a cargar sacos.
—Puedo hacerlo.
—No he preguntado si puedes.
Edmund la miró durante unos segundos y finalmente levantó las manos.
—Está bien.
—Gracias.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Aquella conversación habría parecido insignificante para cualquiera que no conociera todo lo que había sucedido entre ellos, pero para Isobel era una señal de cuánto habían cambiado. Antes, Edmund habría insistido hasta convertir una pequeña discusión en una batalla contra sí mismo, y ella habría tenido miedo de contradecirlo porque temía perderlo nuevamente. Ahora podían discutir sin que ninguno de los dos sintiera que el amor estaba en peligro, porque habían descubierto que querer a alguien no significaba permitirle hacerse daño para demostrar fortaleza.
Sin embargo, aquel invierno trajo consigo noticias que alteraron la tranquilidad de la propiedad. Primero fueron rumores de nuevas enfermedades en algunas aldeas, después llegaron viajeros que hablaban de familias enteras desaparecidas y finalmente apareció un sacerdote que había abandonado su parroquia después de que varios de sus habitantes murieran en pocas semanas. Las noticias ya no producían en Isobel el mismo terror de años atrás, pero tampoco podían dejarla indiferente. Habían visto demasiadas veces cómo una enfermedad comenzaba como una historia lejana y terminaba llamando a la puerta.
Una noche, mientras cenaban, Edmund levantó la mirada.
—¿Crees que volverá a ocurrir?
Isobel dejó la cuchara.
—¿La enfermedad?
—Sí.
—Quizá nunca se fue del todo.
Lady Margaret, que había venido a pasar algunos días con ellos, intervino desde el otro lado de la mesa.
—Las enfermedades no necesitan permiso para regresar.
Edmund miró el fuego.
—Entonces deberíamos prepararnos.
—Ya lo hacemos —respondió Isobel.
—No lo suficiente.
—Nunca será suficiente.
Lady Margaret observó a ambos.
—Pero tampoco podemos vivir esperando el próximo desastre.
Edmund asintió lentamente.
—Lo sé.
—Y tú sabes mejor que nadie lo que ocurre cuando un hombre vive esperando una desgracia —añadió Lady Margaret.
Edmund no respondió. Isobel le tomó la mano debajo de la mesa.
Durante los días siguientes organizaron reservas de grano, revisaron las habitaciones disponibles y acordaron que nadie sería rechazado si llegaba enfermo o necesitado, aunque tomarían precauciones para proteger a quienes vivían allí. Isobel había aprendido a convivir con el miedo sin permitirle convertirse en una autoridad absoluta, y Edmund, que había conocido la muerte en los campos de batalla, comprendía que no había ninguna preparación capaz de garantizar la seguridad completa.
Fue entonces cuando llegó una carta de William.
No era una carta personal, sino un mensaje dirigido a Isobel con noticias sobre algunas tierras cercanas y sobre la situación política del condado, pero al final William había añadido unas líneas que llamaron su atención.
—Hay hombres que preguntan por Edmund.
Isobel leyó aquella frase dos veces.
—¿Qué significa esto? —preguntó Edmund.
—William dice que algunos antiguos oficiales están intentando localizar a hombres que sirvieron durante las últimas campañas.
—¿Para qué?
—No lo explica.
Edmund permaneció en silencio.
—¿Crees que quieren volver a reclutarte?
—No lo sé.
—¿Y si lo hacen?
Él levantó los ojos.
—No pienso regresar a la guerra.
—¿Puedes negarte?
—No siempre.
Isobel sintió que aquella vieja angustia regresaba con una fuerza que no esperaba.
—No quiero volver a vivir aquello.
—Yo tampoco.
—Entonces tendremos que encontrar una manera.
Edmund tomó la carta y la dobló.
—No voy a decidir nada mientras tenga otras posibilidades.
—¿Qué posibilidades?
—Comprar mi libertad si es necesario.
Isobel lo miró sorprendida.
—¿Con qué dinero?
—Con el dinero que tenemos.
—Ese dinero lo necesitamos para la propiedad.
—La propiedad puede esperar.
—No.
—Isobel.
—No voy a permitir que entregues todo lo que hemos construido para pagar una deuda que quizá ni siquiera exista.
—Entonces tendremos que averiguar primero qué quieren.
Aquella respuesta fue suficiente para detener la discusión.
Unos días después llegó un hombre de Ashcombe con información más precisa. Había antiguos soldados buscando a Edmund, pero no parecía tratarse de una nueva campaña. Algunos nobles querían recuperar a hombres con experiencia para organizar la defensa de ciertas propiedades y caminos debido al aumento de bandidos y grupos armados que aprovechaban la debilidad de las autoridades. Edmund escuchó las noticias con atención.
—No es lo mismo que una campaña —dijo.
—No —respondió Isobel—, pero tampoco es algo que debamos aceptar sin pensarlo.
—No lo aceptaré.
—¿Estás seguro?
Edmund la miró.
—Por primera vez en mi vida, sí.
Aquella certeza sorprendió a Isobel porque no procedía de orgullo ni de desafío, sino de una comprensión profunda de lo que quería conservar. Edmund había pasado años obedeciendo órdenes porque creía que no existía otra posibilidad, y ahora comprendía que había responsabilidades que podía aceptar y otras que tenía derecho a rechazar.
Sin embargo, la paz de aquella decisión duró poco.
Una mañana, mientras Isobel revisaba el almacén, Eleanor apareció corriendo desde el camino.
—¡Isobel!
Ella salió inmediatamente.
—¿Qué sucede?
—Hay un hombre herido.
—¿Dónde?
—En el camino.
Edmund ya había escuchado el grito y salió del establo.
—¿Quién es?
—No lo sé —respondió Eleanor—. Está con dos hombres.
Los encontraron junto al viejo muro. Uno de ellos tenía una herida profunda en el brazo y el otro estaba ayudándolo a caminar. El tercero era apenas un muchacho que parecía aterrorizado. Edmund se acercó con rapidez, pero se detuvo antes de tocar al herido.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nos atacaron —respondió el hombre.
—¿Quiénes?
—No lo sabemos.
—¿Cuántos?
—Seis, quizá siete.
Isobel llamó a los trabajadores.
—Llévenlo adentro.
—No —dijo Edmund—. Primero revisemos si lo siguen.
El hombre herido levantó la cabeza.
—No nos siguen.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nos dejaron vivos.
Edmund lo miró con atención.
—Eso no me tranquiliza.
La propiedad permaneció en alerta durante varios días. Los hombres que habían atacado a los viajeros no aparecieron, pero las noticias de robos aumentaron. Algunas familias comenzaron a abandonar pequeñas aldeas y buscar refugio en lugares donde todavía existieran comunidades organizadas. Isobel comprendió entonces que la propiedad podía convertirse en algo mucho más importante de lo que había imaginado.
—No podemos recibir a todos —dijo una noche.
Edmund estaba sentado frente al fuego.
—No.
—Pero tampoco podemos cerrar las puertas.
—No.
—Entonces tendremos que decidir cómo hacerlo.
—Sí.
Isobel se sentó junto a él.
—A veces pienso que Wychcombe nos enseñó demasiado.
—¿Demasiado?
—Que una casa puede convertirse en refugio cuando todo lo demás parece perdido.
Edmund la miró.
—Eso no es demasiado.
—Puede ser peligroso.
—También puede ser necesario.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Yo también.
—Bien.
Isobel levantó la cabeza.
—¿Bien?
—Significa que todavía entendemos el peligro.
Ella sonrió.
—Eso ha sido casi una respuesta sabia.
—He tenido buenos maestros.
La primavera siguiente llegó con una noticia que nadie esperaba.
Lady Margaret enfermó.
Al principio pareció una indisposición menor. Estaba cansada y tenía fiebre, pero insistía en que necesitaba solamente descansar. Isobel la llevó a una habitación tranquila y pidió que nadie se acercara demasiado. Durante los primeros días la fiebre bajó, pero después regresó con mayor intensidad.
Edmund permaneció cerca, aunque Isobel tuvo que obligarlo a descansar.
—No puedes quedarte aquí toda la noche.
—Sí puedo.
—No.
—Isobel.
—Si te enfermas, tendré que cuidar de los dos.
—Entonces no me enfermaré.
—Eso no depende de ti.
Edmund la miró.
—Lo sé.
La enfermedad de Lady Margaret se prolongó durante semanas. Algunas mañanas parecía recuperarse y otras apenas podía levantarse. Isobel permanecía junto a ella y, mientras lo hacía, recordó todos los años en los que aquella mujer había sido su refugio, la persona que había recibido a una joven sin hogar cuando nadie más parecía dispuesto a hacerlo, la mujer que le había enseñado que el miedo no era una razón para dejar de actuar.
Una noche, Lady Margaret abrió los ojos y encontró a Isobel sentada junto a la cama.
—Estás cansada.
—No importa.
—Sí importa.
—Descansa.
Lady Margaret sonrió débilmente.
—Sigues dando órdenes.
—Aprendí de ti.
—Entonces aprendiste demasiado.
Isobel tomó su mano.
—No quiero perderte.
—No puedes decidir eso.
—Lo sé.
—Pero puedes decidir cómo vivir mientras me tienes.
Isobel bajó la mirada.
—Edmund está aquí.
—Lo sé.
—Y la propiedad está creciendo.
—También lo sé.
—Hay gente que depende de nosotros.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
Lady Margaret cerró los ojos unos segundos.
—Porque significa que tu vida se hizo más grande que tus pérdidas.
Isobel sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—No hables como si fueras a morir.
—No estoy diciendo eso.
—Entonces no lo digas.
Lady Margaret sonrió.
—Todavía mandas demasiado.
La recuperación fue lenta, pero llegó. Después de varias semanas la fiebre desapareció y Lady Margaret pudo caminar nuevamente por la casa, aunque ya no tenía la misma fuerza. Edmund la acompañó en su primer paseo hasta el huerto.
—¿Te das cuenta de que todos pensábamos que ibas a morir? —le dijo.
—Todos ustedes tienen muy poca paciencia.
—Estuvimos preocupados.
—Eso no es una enfermedad.
Edmund sonrió.
—No.
—Aunque quizá sea peor.
Cuando regresaron, Isobel estaba esperándolos.
—No deberías haber salido tanto tiempo.
Lady Margaret respondió:
—Ya estás hablando como si fueras yo.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Entonces todo está bien.
Durante aquel verano la vida volvió a estabilizarse, pero una nueva noticia llegó desde el sur. Habían muerto varios nobles importantes y las tensiones entre diferentes señores habían aumentado. Los caminos eran menos seguros y algunos comerciantes habían dejado de viajar. La pequeña propiedad de Isobel, precisamente porque ofrecía refugio, comenzó a recibir más personas de las que podía alimentar cómodamente.
Una tarde, Isobel reunió a Edmund, Lady Margaret, William y a varios trabajadores.
—Tenemos que decidir qué hacemos.
William miró los registros.
—Podemos conseguir más grano.
—¿A qué precio?
—Alto.
—No podemos pagarlo.
Edmund intervino.
—Podemos cultivar más.
—Eso tardará meses.
—Entonces debemos reducir el número de personas que llegan.
Isobel lo miró.
—¿Cómo?
Edmund permaneció callado.
Lady Margaret respondió antes que él.
—No podemos convertirnos en una fortaleza.
—Pero tampoco podemos alimentar a un centenar de personas con las reservas para cuarenta —dijo William.
Isobel observó a todos.
—No quiero cerrar la puerta.
Edmund tomó su mano.
—Entonces no la cierres.
—¿Y qué hacemos?
—Compartimos lo que tenemos y buscamos otra solución.
—No parece suficiente.
—Quizá no lo sea.
—Entonces podríamos perderlo todo.
Edmund la miró con serenidad.
—Sí.
Isobel sintió que la respuesta la golpeaba con fuerza.
No porque fuera desesperanzadora, sino porque era verdadera.
La vida que habían construido no estaba protegida contra el sufrimiento. Ninguna cantidad de trabajo, amor o fe podía garantizarles que todo permanecería intacto. Habían aprendido a vivir precisamente porque habían descubierto que la seguridad absoluta no existía.
William rompió el silencio.
—Puedo enviar hombres a varias aldeas.
—¿Para qué? —preguntó Isobel.
—Para averiguar quién necesita ayuda y quién puede ofrecerla.
Lady Margaret asintió.
—Eso sí podemos hacerlo.
Y así comenzaron una nueva red de ayuda entre pequeñas comunidades. No podían salvar a todos, pero podían evitar que algunas familias quedaran completamente abandonadas. Isobel organizaba alimentos, William coordinaba los intercambios y Edmund recorría los caminos con hombres de confianza para asegurarse de que los grupos de viajeros llegaran seguros. Aquella tarea agotaba a todos, pero también dio un nuevo sentido a la propiedad.
Una noche, después de regresar de una aldea distante, Edmund llegó exhausto.
Isobel lo esperaba junto al fuego.
—¿Qué ocurrió?
—Nada que no pudiéramos resolver.
—Eso no responde.
—Encontramos a una familia escondida en una casa abandonada.
—¿Están aquí?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Isobel cerró los ojos.
—No tenemos espacio.
—Lo sé.
—Tampoco suficiente comida.
—Lo sé.
—Entonces…
Edmund se acercó.
—Isobel, recuerda lo que dijiste cuando comenzamos.
—¿Qué dije?
—Que querías que esta tierra fuera útil.
Ella lo miró.
—No pensé que significaría esto.
—Yo tampoco.
—¿Te arrepientes?
Edmund negó con la cabeza.
—No.
Ella apoyó la frente contra su pecho.
—Yo tampoco.
Pasaron los meses y la propiedad continuó creciendo de manera irregular, entre dificultades, pérdidas y pequeñas victorias que nadie celebraba demasiado porque todos sabían lo fácil que era perder lo ganado. Isobel y Edmund finalmente comenzaron a hablar seriamente sobre casarse. No organizaron una gran ceremonia ni hicieron planes para una fecha inmediata. Querían que fuera algo sencillo, rodeados de las personas que habían formado parte de su historia.
Una tarde, mientras caminaban junto al viejo árbol donde Isobel había recordado su infancia, Edmund se detuvo.
—Quiero preguntarte algo.
—Ya sé qué vas a preguntar.
—¿Cómo?
—Porque llevas tres días intentando encontrar el momento.
Edmund sonrió.
—Entonces no tengo que preguntar.
—Sí tienes.
—Isobel.
Ella lo miró.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí quiero casarme contigo.
Edmund soltó una risa que se convirtió casi en un suspiro.
—No me has dejado terminar.
—No hacía falta.
—Podría haber preguntado otra cosa.
—No habrías venido hasta aquí para preguntarme si quería vender las gallinas.
—Es cierto.
Isobel sonrió.
—Entonces sí.
Él tomó su mano.
—No quiero que nuestro matrimonio sea una promesa de que nada malo volverá a suceder.
—No lo será.
—Quiero que sea una promesa de que, cuando suceda, estaremos juntos para enfrentarlo.
—Eso sí puedo prometerlo.
Se quedaron en silencio mientras el viento movía las ramas del árbol.
Sin embargo, antes de que pudieran fijar una fecha, llegó un mensajero desde Ashcombe con una noticia que volvió a cambiar el rumbo de sus planes. William había recibido información de que una nueva oleada de violencia podía extenderse por la región y que algunos caminos serían cerrados durante varias semanas. No sabían si el peligro llegaría hasta allí, pero los hombres de las propiedades cercanas estaban organizándose.
Edmund escuchó el informe sin hablar.
Después miró a Isobel.
—Tenemos que estar preparados.
Ella asintió.
—Lo estaremos.
—Puede que tengamos que retrasar la boda.
Isobel tomó su mano.
—Una boda puede esperar.
—¿Y nosotros?
—Nosotros no estamos esperando.
Edmund la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya estamos viviendo nuestra vida.
Aquel mismo día comenzaron a reforzar las puertas, almacenar alimentos y organizar turnos de vigilancia. La pequeña propiedad, que había comenzado como una tierra casi olvidada, se convirtió durante aquellas semanas en un refugio para varias familias. Edmund caminaba entre los hombres dando instrucciones, mientras Isobel organizaba los alimentos y cuidaba a los enfermos. Eleanor ayudaba en los establos y Lady Margaret, aunque todavía más débil que antes, se ocupaba de las mujeres y los niños.
Una noche, cuando todos dormían, Isobel salió al patio. El cielo estaba despejado y las estrellas aparecían sobre los tejados oscuros. Edmund estaba de pie junto a la puerta.
—No duermes.
—Tú tampoco.
—Estoy acostumbrándome.
—Eso no es bueno.
—No.
Isobel se acercó.
—¿Tienes miedo de que vengan?
—Sí.
—¿Crees que podremos detenerlos?
Edmund tardó en responder.
—No sé.
—Otra vez no sabes.
—Esta vez no quiero mentirte.
Ella apoyó su mano sobre la suya.
—Entonces no lo hagas.
Edmund miró el cielo.
—Hace años pensaba que la esperanza consistía en creer que todo terminaría bien.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que consiste en seguir haciendo lo correcto aunque no sepamos cómo terminará.
Isobel permaneció junto a él.
—Eso parece bastante difícil.
—Lo es.
—Entonces tendremos que hacerlo juntos.
Edmund giró hacia ella.
—Juntos.
Y permanecieron allí mientras la noche avanzaba sobre los campos, sin saber qué encontrarían al amanecer, pero rodeados por las luces débiles de las habitaciones donde dormían aquellos que habían llegado buscando protección, conscientes de que el mundo exterior seguía siendo incierto y de que ninguna promesa podía garantizarles que la paz duraría, aunque por primera vez Isobel comprendió que ya no necesitaba que el futuro fuera seguro para sentirse en casa, porque la casa estaba allí, en aquellas paredes imperfectas, en las personas que compartían el pan, en la mano de Edmund sostenida entre la suya y en la decisión silenciosa de permanecer cuando hubiera razones para huir, mientras al otro lado de las colinas comenzaban a escucharse, muy lejos todavía, sonidos que ninguno de los dos podía identificar con claridad y que anunciaban que la historia de sus vidas todavía no había terminado.
CAPÍTULO 13
La mañana siguiente amaneció envuelta en una niebla espesa que descendía desde las colinas y cubría los campos hasta convertir los árboles más cercanos en sombras apenas definidas, y durante las primeras horas nadie supo con certeza si los ruidos que habían escuchado durante la noche pertenecían a hombres que avanzaban por los caminos o simplemente a viajeros que buscaban refugio antes de que comenzara una nueva tormenta. Edmund había permanecido despierto durante buena parte de la madrugada junto con otros dos hombres, revisando las puertas, recorriendo los límites de la propiedad y escuchando cualquier sonido que pudiera revelar la presencia de extraños, mientras Isobel había ayudado a Lady Margaret a distribuir alimentos entre las familias que ocupaban las habitaciones disponibles. Al amanecer, cuando el cielo comenzó a aclararse lentamente, Edmund entró en la casa con barro hasta las rodillas y una expresión cansada que hizo que Isobel supiera que la noche había sido más larga de lo que había querido admitir.
—¿Los viste? —preguntó ella.
—No.
—¿Estás seguro?
—No completamente.
Isobel lo observó en silencio.
—Eso significa que sí los viste.
—Vi humo en la colina del norte.
—¿Humo de una casa?
—No lo sé.
—¿Y los hombres?
—Escuchamos caballos, pero no pudimos determinar cuántos eran.
Lady Margaret, que estaba cerca de la mesa, dejó lentamente el recipiente que llevaba en las manos.
—Entonces debemos actuar como si fueran muchos.
Edmund asintió.
—Eso pensaba.
—¿Y si no vienen?
—Habremos estado preparados para nada.
Lady Margaret sonrió con cansancio.
—He aprendido que estar preparado para nada es mucho mejor que estar desprevenido para algo.
Durante la mañana enviaron a dos hombres hacia el camino principal y otros dos hacia las tierras de William para averiguar qué estaba sucediendo. Las familias que habían buscado refugio en la propiedad permanecieron dentro de la casa y de los edificios anexos, mientras los trabajadores mantenían los animales bajo vigilancia. Isobel intentó comportarse con normalidad para no aumentar el temor de los niños, pero cada vez que se acercaba a una ventana buscaba instintivamente las colinas.
Edmund se acercó a ella mientras repartía pan.
—No mires tanto hacia afuera.
—¿Por qué?
—Porque los niños te están mirando a ti.
Isobel bajó los ojos y vio a una pequeña niña observándola.
—Tienes razón.
—No quiero que tengan miedo por nosotros.
—¿Y tú?
Edmund tardó un momento en responder.
—Yo ya conozco el miedo.
—Eso no significa que no puedas sentirlo.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Edmund miró alrededor antes de hablar.
—Tengo miedo de perder todo esto.
Isobel dejó el pan sobre la mesa.
—Yo también.
—No quiero volver a ser el hombre que era antes de regresar.
—No lo eres.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque aquel hombre habría pensado primero en sobrevivir.
Edmund la miró.
—¿Y yo?
—Tú estás pensando en cómo proteger a los demás.
—Eso también es sobrevivir.
—Sí, pero no es lo mismo.
Un mensajero llegó poco antes del mediodía. Traía noticias de Ashcombe. William había enviado hombres a revisar las aldeas cercanas y había descubierto que un grupo de bandidos estaba desplazándose por la región, aprovechando el desorden y el miedo que habían dejado años de guerra y enfermedad. No eran un ejército ni buscaban conquistar tierras, pero eran suficientes para poner en peligro a familias indefensas y viajeros que se encontraran en los caminos.
—¿Vienen hacia aquí? —preguntó Isobel.
—No lo sabemos —respondió el mensajero.
Edmund tomó el mensaje.
—¿Cuántos son?
—Tal vez veinte.
—Eso es demasiado para nosotros.
El mensajero asintió.
—William dice que enviará hombres antes de la noche.
—¿Cuántos?
—Diez.
Edmund miró hacia la puerta.
—No serán suficientes si realmente vienen.
Isobel sintió que el miedo regresaba.
—¿Qué hacemos?
Edmund respondió sin apartar los ojos del camino.
—No salimos a buscarlos.
—¿Y si vienen?
—Entonces defendemos la casa.
—¿Y si no podemos?
Él finalmente la miró.
—Entonces seguimos juntos.
Aquella tarde prepararon todo cuanto estaba a su alcance. Los hombres revisaron las puertas, trasladaron alimentos a habitaciones interiores y prepararon cubos de agua por si alguien intentaba incendiar alguna construcción. Edmund distribuyó instrucciones sin levantar la voz, procurando que nadie confundiera serenidad con ausencia de peligro. Isobel organizó a las mujeres y a los niños en las habitaciones más protegidas y pidió a Eleanor que permaneciera con ellos.
—No quiero que salgas —le dijo.
—Pero puedo ayudar.
—Ya ayudas.
—No estoy haciendo nada.
—Estás cuidando de los pequeños.
Eleanor miró a los niños.
—¿Eso es importante?
—Mucho.
—Entonces lo haré.
—Y si escuchas algo que te asuste, no salgas.
—¿Y tú?
Isobel sonrió.
—Yo estaré aquí.
—¿Con Edmund?
—Sí.
Eleanor asintió.
—Entonces no tengo miedo.
Aquella respuesta conmovió a Isobel porque sabía que la niña todavía podía sentir miedo, pero había aprendido a confiar en que no estaría sola frente a él.
Al caer la tarde, los hombres de William llegaron.
William venía con ellos.
Desmontó frente a la casa y se acercó a Isobel.
—¿Están todos dentro?
—Sí.
—¿Y Edmund?
—En la parte norte.
William miró hacia las colinas.
—No me gusta esto.
—A nadie.
—Si vienen, no podremos mantenerlos fuera mucho tiempo.
—Entonces tendremos que conseguir que no quieran entrar.
William sonrió brevemente.
—Eso suena más fácil de lo que es.
—Lo sé.
Edmund apareció en ese momento.
—William.
—¿Cómo estás?
—Cansado.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
William miró la pierna de Edmund.
—¿Puedes luchar?
Edmund negó.
—Puedo defender.
—Es diferente.
—Lo sé.
William bajó la voz.
—No quiero que te hagas matar.
—Yo tampoco.
—Entonces prométemelo.
Edmund sonrió.
—No puedo.
William suspiró.
—Sigues siendo difícil.
—Tú también.
Los dos se estrecharon la mano.
—Si ocurre algo —dijo William—, lleva a Isobel hacia el sur.
Edmund respondió:
—No sin ella.
William lo miró.
—Eso es exactamente lo que temía que dijeras.
La noche cayó sin que aparecieran los bandidos.
Durante varias horas solo se escucharon el viento y los animales inquietos. Los hombres permanecieron despiertos y las familias intentaron descansar. Isobel se sentó junto a Lady Margaret, que había recuperado parte de su fortaleza pero todavía se cansaba con facilidad.
—¿Tienes miedo? —preguntó Isobel.
—Mucho.
—Nunca te había escuchado decirlo.
—Porque antes pensaba que admitirlo era una debilidad.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que mentir sobre el miedo también puede ser peligroso.
Isobel sonrió.
—Eso lo aprendiste de Edmund.
—No.
—¿De quién?
Lady Margaret miró hacia la puerta.
—De la vida.
Cerca de la medianoche llegó finalmente el primer aviso. Un hombre había visto luces en el camino del norte. Edmund salió con William y varios hombres para comprobarlo. Isobel permaneció dentro, pero podía escuchar voces lejanas y el ruido de pasos sobre la tierra.
Pasó una hora.
Después otra.
Finalmente Edmund regresó.
—No eran ellos.
Isobel soltó el aire.
—¿Qué era?
—Tres viajeros.
—¿Por qué llevaban luces?
—Porque tenían miedo.
—¿Los dejaste entrar?
—Sí.
—¿Aunque podían ser una trampa?
—Los registramos primero.
Isobel sonrió.
—Estás aprendiendo.
—He tenido buenos maestros.
Aquella noche terminó sin ataque, y al amanecer llegó una noticia inesperada. Los bandidos habían cambiado de dirección después de encontrar resistencia en una propiedad cercana. William recibió información de que estaban alejándose hacia el oeste.
La amenaza no había desaparecido completamente, pero ya no parecía inmediata.
Por primera vez en varios días, la gente pudo respirar con tranquilidad.
Edmund salió al patio.
Isobel lo siguió.
—¿Se han ido?
—Por ahora.
—¿Y ahora qué?
Edmund miró el campo.
—Ahora trabajamos.
Isobel sonrió.
—Eso es muy poco romántico.
—Podemos trabajar juntos.
—Eso mejora bastante.
Los días siguientes recuperaron poco a poco su ritmo. Los viajeros continuaron llegando, aunque en menor número, y la propiedad siguió funcionando como refugio. William regresó a Ashcombe después de varias semanas, prometiendo mantenerse en contacto. Eleanor comenzó a ayudar a Isobel con las cuentas y descubrió que tenía una habilidad especial para recordar cantidades. Lady Margaret se recuperó suficientemente para volver a caminar por los campos y se convirtió, como siempre, en una presencia firme que nadie se atrevía a discutir demasiado.
Y mientras la vida retomaba su curso, Isobel y Edmund comenzaron a preparar su boda.
No querían una ceremonia grande. Querían que estuvieran presentes quienes habían formado parte de sus vidas, aquellos que habían compartido sus pérdidas y quienes habían llegado cuando todo parecía perdido. El día elegido fue una mañana clara de finales de primavera, cuando los campos comenzaban a recuperar el color y los árboles estaban llenos de hojas nuevas.
Isobel llevaba un vestido sencillo.
Lady Margaret la ayudó a prepararse.
—Estás nerviosa.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no puedo decir que no sé lo que estoy haciendo.
Lady Margaret rio.
—Nadie sabe lo que está haciendo.
—Eso no me tranquiliza.
—Debería.
Isobel se miró en el pequeño espejo.
—¿Crees que mi padre habría querido esto?
Lady Margaret permaneció en silencio unos segundos.
—No puedo hablar por él.
—Lo sé.
—Pero creo que habría querido verte vivir.
Isobel asintió.
—Eso me basta.
Cuando salió de la casa, Edmund la esperaba junto al árbol viejo. Vestía con sencillez y llevaba la pequeña piedra gris azulada en la bolsa de cuero que Isobel le había dado años atrás. Al verla, permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Estás hermosa.
—Tú también.
—No estoy seguro de que eso sea cierto.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque eres tú.
Edmund sonrió.
—Eso ha sido mejor.
La ceremonia fue sencilla. No hubo grandes discursos ni riquezas. Solo las personas que habían compartido con ellos los años difíciles y que ahora podían verlos comenzar una nueva etapa. Lady Margaret estuvo junto a Isobel, William junto a Edmund y Eleanor permaneció cerca de ellos, orgullosa de participar en algo que consideraba el acontecimiento más importante que había ocurrido en la propiedad.
Cuando llegó el momento de hablar, Edmund tomó las manos de Isobel.
—No puedo prometerte que no volveremos a sufrir.
Isobel respondió:
—Yo tampoco.
—No puedo prometerte que siempre sabré qué hacer.
—Yo tampoco.
—Pero puedo prometerte que no huiré de ti cuando tenga miedo.
Isobel respiró profundamente.
—Y yo puedo prometerte que no te pediré que seas fuerte cuando necesites descansar.
Edmund sonrió.
—Entonces creo que estamos preparados.
Isobel sostuvo sus manos.
—Lo estamos.
Después de la ceremonia, todos compartieron una comida sencilla. Hubo risas, historias y recuerdos de personas que ya no estaban allí para participar. Hugh contó una historia exagerada sobre Edmund que provocó las protestas del propio Edmund y las carcajadas de Eleanor. William habló con Lady Margaret sobre la cosecha y, durante un momento, Isobel observó a todos desde cierta distancia, sorprendida de que aquella reunión de personas heridas por la vida pudiera parecerse tanto a una familia.
Cuando llegó la tarde, algunos invitados comenzaron a marcharse.
Eleanor se acercó a Isobel.
—¿Ahora Edmund se queda para siempre?
Isobel miró a su esposo.
—Eso espero.
Edmund respondió desde unos pasos más allá.
—Si ella me deja.
Eleanor frunció el ceño.
—Ya están casados.
—Eso no significa que ella no pueda echarme.
—No creo que lo haga.
—Yo tampoco.
Eleanor sonrió y se alejó.
Isobel se acercó a Edmund.
—¿Te arrepientes?
—Todavía no.
—¿Todavía?
—Quería dejarte una pequeña posibilidad de cambiar de opinión.
Ella lo miró.
—Demasiado tarde.
Caminaron juntos hasta el límite de la propiedad. El sol comenzaba a descender y la luz dorada cubría los campos. Edmund se detuvo junto al muro antiguo y observó la casa.
—¿Recuerdas la primera vez que viniste aquí?
—Sí.
—Estabas convencida de que todo había terminado.
—Lo estaba.
—¿Y ahora?
Isobel miró la casa, los establos, los campos, a Eleanor corriendo detrás de unas gallinas y a Lady Margaret conversando con dos mujeres junto a la puerta.
—Ahora sé que algunas cosas terminan.
Edmund la miró.
—¿Eso es todo?
—No.
Isobel tomó su mano.
—También sé que otras comienzan sin que sepamos que estaban esperándonos.
Edmund apretó sus dedos.
—Yo nunca pensé que volvería.
—Yo tampoco pensé que esperaría tanto.
—¿Te arrepientes?
Isobel negó con la cabeza.
—No.
—Ni siquiera de los años difíciles.
Ella tardó en responder.
—Me arrepiento de las pérdidas, pero no de haber seguido viviendo.
Edmund miró hacia el horizonte.
—Thomas habría querido ver esto.
—¿La propiedad?
—No.
—¿Qué?
—A nosotros.
Isobel apoyó la cabeza en su hombro.
—Entonces cuéntale algún día.
—¿A quién?
—A Thomas.
Edmund sonrió.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—Hablaré con él cuando esté solo.
—¿Y qué le dirás?
Edmund observó la pequeña piedra que llevaba consigo.
—Que cumplí la promesa.
Isobel levantó la cabeza.
—¿Qué promesa?
—La de regresar.
—Pero dijiste que no sabías si podrías.
—No sabía.
—Y aun así regresaste.
—Sí.
—Entonces quizá algunas promesas se cumplen de maneras que uno no puede imaginar.
Edmund la miró.
—Eso también lo aprendí de ti.
El verano avanzó y la propiedad se consolidó como un pequeño refugio para quienes no tenían otro lugar. No era un lugar perfecto y nunca llegó a serlo, porque todavía había enfermedades, malas cosechas, conflictos y pérdidas, pero las personas que llegaban encontraban una puerta que se abría con prudencia, una mesa donde compartir comida y alguien dispuesto a escuchar antes de preguntar cuánto podían ofrecer a cambio. Isobel continuó administrando las tierras, Edmund siguió ayudando con los hombres y los animales, Eleanor creció junto a ellos y Lady Margaret se convirtió en la memoria viva de todo cuanto habían atravesado. Algunas noches hablaban de los años de guerra y de quienes habían muerto, pero ya no lo hacían desde el mismo lugar de dolor que antes, porque los recuerdos habían encontrado un espacio dentro de una vida que seguía creciendo.
Una tarde, años después de la primera vez que Isobel había llegado a Wychcombe, Edmund y ella caminaron hasta la colina desde la que podía verse el camino principal. El día estaba despejado y el aire era suave. Desde allí se distinguían las tierras cultivadas, los tejados de la propiedad y, a lo lejos, el viejo camino que durante tantos años había significado para Isobel espera, miedo y regreso.
Edmund se sentó sobre la hierba.
—¿En qué piensas?
—En todo.
—Eso es demasiado.
—Entonces en el camino.
—¿Qué camino?
—El que seguía cuando pensaba que mi vida había terminado.
Edmund miró hacia la distancia.
—Yo también recuerdo ese camino.
—Tú estabas en otro.
—Sí.
—Y, sin embargo, terminamos aquí.
—No sé si fue el destino.
Isobel sonrió.
—Yo tampoco.
—¿La fe?
—Quizá.
—¿La suerte?
—Puede ser.
—¿Nuestras decisiones?
—Sin duda.
Edmund la miró.
—Entonces no necesitamos decidir una sola explicación.
Isobel apoyó la cabeza sobre su hombro.
—No.
Permanecieron allí durante un largo rato, mientras el sol descendía lentamente y el camino comenzaba a llenarse de sombras. Ninguno necesitaba saber qué habría ocurrido si Edmund hubiera muerto en aquella guerra, si Isobel hubiera aceptado el matrimonio que le habían propuesto, si William no hubiera intervenido, si Lady Margaret no hubiera abierto las puertas de Wychcombe o si aquella carta nunca hubiera llegado. Había demasiados caminos posibles detrás de ellos y demasiadas cosas que nunca conocerían, pero ya no sentían la necesidad de reconstruir cada una de esas posibilidades, porque la vida que tenían delante era suficientemente real para ocupar sus manos y sus días. Edmund tomó la mano de Isobel y entrelazó sus dedos con los de ella, mientras el último resplandor del día tocaba los campos que habían trabajado juntos y la casa donde tantas personas habían encontrado refugio, y ella comprendió que el lugar al que habían regresado no era simplemente una tierra, una casa o un punto determinado en el mapa, sino la suma de todos aquellos momentos en que habían decidido permanecer, ayudarse y volver a empezar después de haber perdido algo, de modo que cuando finalmente se levantaron para regresar a casa no lo hicieron mirando hacia el horizonte con la ansiedad de quienes esperan que el futuro les devuelva algo, sino caminando juntos hacia las luces que comenzaban a encenderse en las ventanas, sabiendo que todavía habría inviernos, enfermedades, despedidas y días difíciles, pero también cosechas, niños creciendo, manos que se estrecharían en los momentos de necesidad, noches junto al fuego y mañanas en las que el sol volvería a entrar por las mismas ventanas, y mientras descendían lentamente por el sendero, Edmund se detuvo una vez más, tomó la pequeña piedra gris azulada que llevaba consigo y la guardó cuidadosamente junto al pecho, allí donde años atrás Isobel había guardado la medalla de espino, antes de continuar caminando a su lado hacia la casa que habían aprendido a construir no porque el mundo les hubiera prometido permanecer intacto, sino porque, después de todo cuanto habían perdido, habían decidido seguir viviendo y hacer de aquello que todavía tenían un lugar donde otros también pudieran encontrar refugio.
FIN

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