IRLANDA 1920
(Novela)
1
La lluvia había comenzado durante la madrugada y, aunque Eilidh Kelleher se había despertado varias veces por el ruido insistente del agua contra los cristales, no había conseguido distinguir en ningún momento si se trataba de una tormenta pasajera o de una de aquellas jornadas grises que parecían no tener principio ni final en el oeste de Irlanda. Cuando abrió los ojos poco antes de las seis, el cielo seguía completamente oscuro y el viento hacía crujir de vez en cuando las ramas desnudas de los árboles que crecían detrás de la casa, mientras el tejado recibía una lluvia fina y persistente que parecía extenderse sobre todo el valle como una segunda noche. Permaneció unos instantes inmóvil bajo las mantas, escuchando aquellos sonidos que conocía desde que era niña, y pensó, como le ocurría algunas mañanas, que probablemente podría reconocer cada estación del año sin necesidad de mirar por la ventana. El invierno tenía una manera más pesada de hacer gemir las paredes; la primavera traía el ruido del agua bajando por las laderas; el verano era engañosamente luminoso y breve, y el otoño llegaba acompañado por un viento que parecía buscar alguna rendija en la casa para entrar y llevarse consigo el calor de las habitaciones. Sin embargo, había días en los que todas las estaciones parecían reunirse en unas pocas horas, y aquel octubre estaba demostrando ser especialmente caprichoso. Eilidh se levantó, se colocó un vestido oscuro sobre la camisa de dormir, recogió su cabello frente al pequeño espejo de la habitación y bajó la escalera de madera procurando no hacer demasiado ruido, aunque sabía que su madre probablemente ya estaba despierta. Mairead llevaba muchos años levantándose antes que ella y había desarrollado una costumbre casi inflexible de comenzar el día cuando todavía no había amanecido, como si temiera que el mundo pudiera adelantarse a sus obligaciones si ella permanecía unos minutos más en la cama.
La cocina estaba fría cuando Eilidh entró, y el primer trabajo consistió en encender el fuego de la cocina de hierro. Las brasas de la noche anterior todavía conservaban algo de calor, de modo que no necesitó empezar desde cero, pero tuvo que añadir carbón y leña seca, soplar con paciencia hasta que aparecieron las primeras llamas y esperar a que el calor comenzara a extenderse por el ambiente. Sobre la mesa había un cuenco con patatas, una cesta de pan y una jarra de leche que Mairead había dejado preparada antes de acostarse. Aquella previsión era habitual en ella; podía olvidar una conversación, una visita o incluso una noticia importante, pero jamás olvidaba las tareas necesarias para que la pensión continuara funcionando. La Casa de los Brezos no era un establecimiento grande ni especialmente conocido fuera de la región. Tenía seis habitaciones, aunque durante buena parte del año solo dos o tres recibían huéspedes, y su clientela estaba formada principalmente por comerciantes que necesitaban pasar una noche antes de continuar viaje, familiares que visitaban a personas de los pueblos cercanos, trabajadores temporales y algún viajero que había escuchado hablar del lugar y prefería la tranquilidad de Glenmara a las posadas más concurridas de las localidades costeras. Para Mairead, sin embargo, aquella casa representaba mucho más que una fuente de ingresos. Había nacido allí, se había casado allí, había criado a su hija entre aquellas paredes y había aprendido a sobrevivir allí después de la muerte de su esposo. Eilidh nunca había sabido determinar cuándo la casa había dejado de ser simplemente una propiedad familiar para convertirse en algo parecido a una extensión de su madre, pero sospechaba que aquel cambio había ocurrido muchos años atrás, cuando la viudez obligó a Mairead a hacerse cargo de todo y ya no tuvo tiempo para pensar en otra vida.
—Has bajado temprano —dijo Mairead desde la puerta.
Eilidh se volvió y encontró a su madre sosteniendo una lámpara, todavía con el chal gris sobre los hombros. A pesar de que tenía poco más de cincuenta años, parecía mayor cuando estaba cansada, y últimamente estaba cansada con demasiada frecuencia. Había días en los que Eilidh veía en su rostro una dureza que no recordaba de su infancia, como si los años hubieran ido colocando capas de silencio sobre ella, hasta convertirla en una mujer a la que resultaba difícil saber qué le dolía y qué simplemente había aprendido a soportar. Mairead dejó la lámpara sobre una repisa y se acercó al fuego, extendiendo las manos hacia las llamas.
—La lluvia me despertó —respondió Eilidh mientras comenzaba a cortar el pan—. ¿Dormiste algo?
—Lo suficiente.
Eilidh levantó los ojos hacia ella, porque conocía perfectamente aquella respuesta y sabía que significaba casi siempre lo contrario.
—Eso quiere decir que no dormiste.
—Quiere decir que no necesito que mi hija se preocupe por mí antes de desayunar.
Eilidh sonrió ligeramente, aunque no insistió. Había aprendido que existían momentos en los que una conversación podía avanzar y otros en los que cualquier pregunta terminaba levantando una pared. Su madre era capaz de hablar durante media hora sobre el precio de la harina, el estado de los caminos o las reparaciones que necesitaba una ventana, pero podía quedarse en silencio durante horas si la conversación se acercaba demasiado a determinados años de su vida. Eilidh había crecido acostumbrándose a esas zonas prohibidas. Sabía que su padre había muerto cuando ella era pequeña, aunque apenas conservaba recuerdos de él, y sabía también que Mairead no quería hablar demasiado sobre aquella época. Durante su infancia había preguntado muchas veces dónde estaba enterrado Cormac Kelleher, y la respuesta siempre había sido la misma: lejos, en un lugar que su madre nunca llegó a nombrar con claridad. Cuando Eilidh había sido más pequeña aceptaba aquella explicación porque los niños aceptan muchas cosas cuando los adultos hablan con suficiente seguridad, pero al hacerse mayor había comenzado a comprender las contradicciones. Un muerto tenía una tumba, aunque estuviera lejos; un muerto dejaba cartas, fotografías, objetos, historias contadas por otros. Su padre parecía haber desaparecido de la vida de todos con una facilidad que resultaba extraña, y lo único que permanecía de él era el apellido, algunas frases que Mairead pronunciaba de manera excepcional y una caja de madera que durante años había permanecido cerrada en un armario de la planta superior.
—¿Crees que tendremos huéspedes esta semana? —preguntó Mairead mientras se sentaba junto a la mesa.
—Con este tiempo, probablemente solo tendremos huéspedes si están perdidos.
—Los que están perdidos suelen ser los que pagan con mayor puntualidad.
—Entonces tendremos una buena semana.
Mairead dejó escapar una pequeña risa, pero enseguida volvió a adoptar aquella expresión seria que parecía haberse convertido en su rostro habitual. Eilidh colocó delante de ella un plato con pan y queso, y ambas desayunaron mientras afuera la lluvia continuaba cayendo. Después comenzaron las tareas de la mañana, que consistían en limpiar las habitaciones vacías, revisar las sábanas, llevar agua caliente a las habitaciones ocupadas, encender el fuego del comedor y preparar una sopa que pudiera mantenerse caliente durante varias horas. Eilidh había aprendido desde niña a hacer cada una de aquellas cosas, y a los veintiséis años podía administrar prácticamente sola la pensión durante varios días si era necesario. Sin embargo, nunca había sentido que aquella habilidad fuera una elección. Había sido algo que simplemente había sucedido, igual que había sucedido el hecho de quedarse en Glenmara mientras otras jóvenes de su edad se marchaban a Galway, Cork o Dublín en busca de trabajo. Algunas regresaban después de unos años con vestidos diferentes, historias nuevas y una manera distinta de mirar el valle; otras no regresaban nunca. Eilidh había contemplado aquellas partidas con una mezcla de curiosidad y resignación, preguntándose en ocasiones cómo sería caminar por una calle donde nadie conociera su apellido, entrar en una estación sin saber quién llegaría en el siguiente tren o sentarse en una cafetería donde pudiera escuchar conversaciones de personas que jamás habían oído hablar de Glenmara. Nunca había confesado esos pensamientos a su madre porque sabía que Mairead interpretaría cualquier deseo de marcharse como una acusación contra la vida que ambas habían construido juntas, y Eilidh no quería hacerle daño.
A media mañana la lluvia disminuyó ligeramente y Eilidh salió al jardín para revisar una canaleta que se había desprendido de una de las paredes. El jardín descendía suavemente desde la casa hasta un pequeño arroyo que en verano parecía casi insignificante, pero que después de varios días de lluvia podía crecer hasta convertirse en una corriente rápida y ruidosa. Más allá del agua comenzaban los campos, divididos por antiguos muros de piedra cubiertos de musgo y separados entre sí por senderos estrechos. Al fondo se levantaban las colinas de Glenmara, verdes incluso bajo el cielo gris, aunque algunas zonas empezaban a adquirir los tonos pardos del otoño. Eilidh se quedó unos momentos contemplando el paisaje mientras sostenía la escalera con una mano. Conocía aquellas colinas como quien conoce el rostro de un familiar. Sabía dónde se acumulaba el agua después de una tormenta, qué sendero quedaba intransitable durante el invierno y dónde crecían los brezos más densos. También sabía que, detrás de una de las colinas, existía una antigua estación ferroviaria que llevaba años sin recibir trenes y que pocos jóvenes del pueblo visitaban ya. La estación había sido importante décadas atrás, cuando Glenmara tenía más movimiento y las mercancías llegaban con regularidad, pero ahora solo quedaban el edificio abandonado, un andén cubierto de hierba y un viejo cartel cuyo nombre apenas podía leerse. Eilidh había ido allí muchas veces durante su adolescencia, no por una razón concreta, sino porque desde el andén podía imaginar que el mundo empezaba después de las vías.
—Eilidh.
La voz de su madre la hizo volver la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—La puerta del granero.
—Ya voy.
Eilidh bajó de la escalera, aseguró la canaleta de la mejor manera que pudo y regresó a la casa. La mañana continuó sin acontecimientos importantes, pero poco después del mediodía ocurrió algo que Mairead no pudo explicar y que Eilidh recordaría durante mucho tiempo: un caballo apareció en el camino principal, avanzando lentamente bajo la lluvia, tirando de un carro pequeño en el que viajaba un hombre solo. La distancia impedía distinguir sus rasgos, pero Eilidh lo observó desde una ventana del comedor y comprendió inmediatamente que no se trataba de alguien del valle. Los habitantes de Glenmara conocían los carros y los caballos de los demás, conocían los abrigos, las voces y hasta la manera de caminar de quienes llevaban años viviendo allí. Aquel hombre era un desconocido.
—Parece que tenemos huésped —dijo Eilidh.
Mairead estaba ordenando unos platos y no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana, miró hacia el camino y permaneció inmóvil durante varios segundos.
—Quizá solo busca indicaciones.
—Con este tiempo no creo que quiera seguir viajando.
—No todos los que llegan hasta aquí vienen a quedarse.
Eilidh miró a su madre.
—Eso ha sonado como si supieras quién es.
Mairead apartó la mirada.
—No sé quién es.
El carro se detuvo frente a la casa unos minutos después. El hombre descendió con dificultad porque el terreno estaba resbaladizo, ató el caballo junto al pequeño cobertizo y recogió una maleta de cuero que parecía demasiado pequeña para un viaje largo. Luego se quedó unos segundos mirando la fachada de La Casa de los Brezos, como si estuviera tratando de confirmar que había llegado al lugar correcto. Eilidh sintió una curiosidad inesperada y, antes de que su madre pudiera decirle nada, caminó hasta la puerta. Abrió justo cuando el hombre levantaba la mano para llamar.
Era más joven de lo que había imaginado, aunque la expresión de su rostro lo hacía parecer mayor. Tenía unos treinta años, quizá algo más, el cabello oscuro humedecido por la lluvia y una barba de varios días que le daba un aspecto cansado. Vestía un abrigo negro gastado en los bordes, botas cubiertas de barro y llevaba un sombrero que se quitó inmediatamente al verla.
—Buenas tardes —dijo.
—Buenas tardes.
—¿Esta es La Casa de los Brezos?
—Sí.
El hombre miró brevemente hacia el camino y luego volvió a fijarse en ella.
—Me dijeron que podía encontrar alojamiento aquí.
—Si busca una habitación, tenemos algunas disponibles.
—Necesitaría quedarme unos días.
—¿Cuántos?
El hombre pareció dudar antes de responder.
—Tres, en principio.
—Tres noches, entonces.
—Sí.
Eilidh se hizo a un lado para dejarlo entrar.
—Será mejor que pase antes de que termine completamente empapado.
El hombre entró y dejó la maleta junto a la puerta. Mientras Eilidh cerraba, él observó el vestíbulo con una atención que no parecía propia de un huésped que acaba de llegar. Miró las paredes, la escalera, el pequeño reloj sobre la repisa y finalmente una fotografía antigua colocada encima de una mesa. Eilidh siguió su mirada y reconoció la fotografía: era una imagen de varias personas reunidas delante de la casa muchos años atrás, aunque el tiempo había oscurecido algunos rostros.
—¿Busca a alguien? —preguntó.
El hombre apartó la vista.
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Eilidh no insistió.
—Mi nombre es Eilidh Kelleher. Si necesita algo durante su estancia, puede decírmelo.
—Declan Rourke.
Ella sintió que aquel apellido le resultaba vagamente conocido, pero no consiguió recordar dónde lo había escuchado.
—¿Es usted de Dublín?
—Ahora vivo allí.
—Entonces ha viajado bastante para llegar hasta aquí.
—Un poco.
Eilidh señaló la escalera.
—Su habitación está en el primer piso. Puede dejar allí sus cosas y luego bajar a comer algo si quiere. La cena se sirve a las siete.
Declan tomó la maleta, pero antes de subir volvió a mirar la fotografía.
—¿Hace mucho que funciona esta pensión?
—Mi familia ha vivido aquí durante generaciones.
—¿Siempre fue una pensión?
—No. Antes era solamente una casa.
Declan asintió lentamente.
—¿Y los Kelleher siempre vivieron aquí?
Eilidh lo miró con atención.
—Sí.
Por primera vez desde que había entrado, Declan pareció verdaderamente sorprendido.
—Entiendo.
—¿Por qué?
—Por nada.
Eilidh estuvo a punto de hacer otra pregunta, pero escuchó los pasos de su madre detrás de ella y decidió guardar silencio. Mairead apareció en el vestíbulo y al ver al recién llegado su rostro cambió de una manera tan leve que quizá otra persona no lo habría notado. Eilidh, que había pasado toda su vida observándola, sí lo notó. Los dedos de Mairead se tensaron sobre el borde del delantal y durante un instante su mirada quedó fija en el hombre.
Declan también la reconoció.
No fue un reconocimiento evidente, pero hubo algo en la forma en que ambos se miraron que hizo que Eilidh sintiera que acababa de entrar en una conversación que había comenzado muchos años antes de su nacimiento.
—Madre —dijo Eilidh—, él es Declan Rourke. Se quedará tres noches.
Mairead no respondió inmediatamente.
—¿Rourke? —preguntó finalmente.
—Sí.
—¿De dónde es su familia?
Declan sostuvo su mirada.
—De varios lugares.
—No ha respondido.
—Mi padre nació en Galway.
Mairead bajó lentamente los ojos.
Eilidh sintió que algo estaba ocurriendo, pero todavía no podía comprender qué.
—Subiré mis cosas —dijo Declan.
Tomó la maleta y comenzó a subir la escalera. Eilidh esperó hasta que sus pasos desaparecieron en el piso superior.
—¿Lo conoces? —preguntó.
Mairead permaneció mirando la escalera.
—No.
—Lo has mirado como si lo conocieras.
—Te he dicho que no.
—¿Por qué te preguntó por nuestra familia?
—No lo sé.
—Madre.
Mairead se volvió hacia ella.
—No empieces, Eilidh.
Aquella frase hizo que Eilidh callara. No porque estuviera convencida, sino porque conocía el tono de su madre y sabía que insistir en aquel momento no conduciría a ninguna respuesta. Volvió a la cocina, aunque durante el resto de la tarde no pudo dejar de pensar en el apellido del huésped.
Rourke.
Había escuchado ese nombre antes.
No recordaba cuándo.
Mientras preparaba la cena, intentó reconstruir conversaciones de su infancia, nombres de vecinos, historias que había escuchado junto al fuego y comentarios que los adultos hacían cuando creían que los niños no estaban prestando atención. Finalmente recordó algo que le produjo un pequeño estremecimiento: muchos años atrás, cuando tenía unos diez años, había encontrado una vieja carta dentro de un libro que pertenecía a su madre. No había podido leerla completa porque Mairead se la había quitado de las manos inmediatamente, pero había visto claramente un apellido escrito al final.
Rourke.
No había vuelto a pensar en aquella carta durante años.
Ahora el nombre regresaba.
A las siete, Declan bajó al comedor con ropa seca y el cabello todavía húmedo. Se sentó donde Eilidh le indicó y agradeció la cena con una cortesía que parecía sincera. Mairead permaneció la mayor parte del tiempo en la cocina, entrando solamente para servir la sopa y retirar los platos. Eilidh notó que su madre evitaba mirar al huésped, mientras Declan parecía hacer un esfuerzo deliberado por no mirarla demasiado.
La conversación comenzó con asuntos insignificantes. Hablaron del clima, del estado de los caminos y de la dificultad de viajar por aquella región durante el otoño. Declan preguntó cuánto tiempo llevaba abierta la pensión y Eilidh le explicó que su madre había comenzado a recibir huéspedes varios años después de enviudar. Él escuchaba con atención, pero no parecía interesado únicamente en la pensión.
—¿Hay mucha gente viviendo en Glenmara? —preguntó.
—No demasiada.
—¿Y todos se conocen?
—Prácticamente.
—Debe ser difícil guardar secretos en un lugar así.
Eilidh levantó los ojos.
—Depende del secreto.
Declan sonrió débilmente.
—Tiene razón.
Mairead apareció en la puerta con una bandeja de té.
—¿Algo más?
—No, madre —respondió Eilidh.
Mairead dejó la bandeja y se disponía a salir cuando Declan habló.
—¿Conoció usted a Seamus Rourke?
La bandeja tembló ligeramente entre las manos de Mairead.
Eilidh sintió que el corazón le daba un golpe seco.
Su madre dejó la bandeja sobre la mesa.
—No.
Declan no apartó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí.
—Mi padre estuvo aquí.
Mairead permaneció inmóvil.
—Se equivoca.
—Tengo motivos para creer que no.
Eilidh miró a uno y a otro.
—¿Tu padre? —preguntó.
Declan volvió el rostro hacia ella.
—Seamus Rourke era mi padre.
—Nunca habías mencionado que tu padre hubiera estado aquí.
—Porque nunca estuve seguro.
Mairead habló con una firmeza que sorprendió a Eilidh.
—Su padre no estuvo aquí.
Declan tomó aire.
—Entonces quizá pueda explicarme por qué su nombre aparece en una libreta que perteneció a él.
Mairead palideció.
Eilidh la miró.
—¿Qué libreta?
—No es asunto tuyo —respondió Mairead.
—Si tiene que ver con mi casa, quizá sí.
Mairead cerró los ojos durante un instante, como si estuviera luchando contra un recuerdo que no quería dejar salir.
—Terminemos la cena.
Declan bajó la mirada.
—De acuerdo.
La conversación no continuó.
Después de cenar, Eilidh recogió los platos mientras Declan permanecía unos minutos junto a la ventana del comedor. Afuera, la lluvia había vuelto a intensificarse y la oscuridad cubría por completo el valle. Las colinas ya no podían verse y el sonido del arroyo llegaba desde el jardín con una fuerza mayor que durante la tarde.
Declan se acercó a la ventana.
—¿Siempre llueve así?
—No siempre.
—¿Cuándo deja de llover?
—Cuando quiere.
Él sonrió.
—Entonces entiendo por qué la gente de aquí parece tener tanta paciencia.
Eilidh dejó un plato sobre la bandeja.
—¿Has venido solamente para encontrar a tu padre?
Declan tardó en responder.
—No.
—¿Qué más buscas?
Él volvió a mirar hacia la oscuridad.
—Una respuesta.
—¿A qué pregunta?
—A una que llevo demasiado tiempo haciendo.
Eilidh quiso preguntar cuál era, pero algo en el rostro de Declan le indicó que no estaba preparado para hablar.
Aquella noche, cuando todos se retiraron a sus habitaciones, Eilidh permaneció despierta durante mucho tiempo. Desde su cama podía escuchar el viento y, ocasionalmente, el ruido de los pasos de Declan sobre el suelo del piso superior. Pensó en Seamus Rourke, en la reacción de su madre y en la vieja carta que había visto cuando era niña. Intentó recordar exactamente las palabras que había alcanzado a leer antes de que Mairead se la quitara.
No pudo.
Sin embargo, recordó una cosa con absoluta claridad.
Al final de la carta había un nombre.
No era el de Seamus.
Era el de su padre.
Cormac Kelleher.
Eilidh se sentó en la cama.
Durante toda su vida había creído que la historia de Cormac había terminado el día en que desapareció.
Por primera vez se preguntó si realmente había sido así.
En la habitación del otro lado del pasillo, Declan tampoco dormía. Había abierto su maleta y sacado el sobre que llevaba escondido desde que salió de Dublín. Dentro había varias hojas amarillentas, una fotografía y una pequeña libreta negra. Encendió una vela, abrió la libreta y recorrió con el dedo una de las páginas hasta encontrar el nombre que había buscado durante meses.
Glenmara.
Debajo aparecía una fecha.
Octubre de 1921.
Y debajo de la fecha, escrito con la misma letra temblorosa que aparecía en el resto de las páginas, había una sola frase que Declan había leído tantas veces que ya podía repetirla de memoria:
“Si alguna vez quieres saber qué ocurrió realmente, busca la casa de los Kelleher.”
Declan cerró los ojos.
Había tardado años en encontrar aquel lugar.
Y ahora estaba dentro de él.
Lo que todavía no sabía era que la mujer que había abierto aquella puerta no solamente llevaba el apellido que buscaba, sino que también era la hija del hombre cuya desaparición estaba unida a la de su propio padre.
Afuera, la lluvia continuaba cayendo sobre Glenmara, cubriendo los caminos, las piedras y los campos con una oscuridad húmeda y silenciosa, mientras la antigua casa permanecía iluminada por unas pocas lámparas y guardaba entre sus paredes dos historias que, durante años, habían avanzado por separado sin que nadie imaginara que algún día volverían a encontrarse.
2
La mañana siguiente amaneció cubierta por una niebla tan espesa que durante las primeras horas parecía imposible distinguir dónde terminaban los campos y comenzaban las colinas, y Eilidh tuvo la sensación de que Glenmara había desaparecido durante la noche para reaparecer en un lugar diferente, más pequeño, más silencioso y mucho más distante de cualquier otra parte del mundo. Se levantó antes de que sonara el reloj, como hacía casi siempre, pero aquella mañana no lo hizo únicamente por la costumbre de comenzar temprano las tareas de la pensión, sino porque había dormido mal y porque las palabras pronunciadas la noche anterior seguían dando vueltas en su cabeza con una insistencia que no había podido detener. Seamus Rourke. Cormac Kelleher. Octubre de 1921. Aquellos nombres y aquella fecha parecían haberse instalado en su memoria durante las pocas horas transcurridas desde la llegada de Declan, alterando recuerdos que hasta entonces había considerado demasiado lejanos para tener importancia. Mientras se vestía, recordó la vieja caja de madera que había visto innumerables veces en el armario de la habitación de su madre, aquella caja que Mairead había mantenido cerrada desde que Eilidh podía recordar y que siempre había tratado como si dentro guardara algo más peligroso que unos simples recuerdos. Durante su infancia había supuesto que allí se encontraban las pertenencias de su padre, quizá una fotografía, una carta o alguna prenda que hubiera pertenecido a Cormac, y en más de una ocasión había sentido el impulso de abrirla cuando su madre no estaba cerca. Nunca lo había hecho porque Mairead había sido muy clara al respecto, pero aquella prohibición, que de niña había aceptado como una de tantas reglas incomprensibles de los adultos, ahora adquiría un significado distinto. Si Seamus Rourke había estado realmente relacionado con su familia, si su nombre aparecía en documentos antiguos y si Declan había viajado desde Dublín hasta Glenmara siguiendo una pista que conducía precisamente a La Casa de los Brezos, entonces quizá aquella caja contenía una parte de la historia que su madre llevaba años negándose a contarle.
Cuando bajó a la cocina encontró a Mairead junto al fuego, preparando agua para el desayuno, y durante unos minutos ninguna de las dos habló. La niebla cubría las ventanas y hacía que la cocina pareciera más pequeña de lo habitual, mientras el olor del carbón y del pan recién calentado llenaba lentamente el ambiente. Eilidh observó a su madre mientras cortaba unas rebanadas y advirtió que sus manos se movían con una rigidez poco habitual. Mairead había sido siempre una mujer firme, de movimientos precisos y silenciosos, pero aquella mañana parecía distraída, como si parte de su atención permaneciera en otro lugar.
—No dormiste bien —dijo finalmente Eilidh.
Mairead no levantó la cabeza.
—Tú tampoco.
—Yo te pregunté primero.
—Entonces las dos sabemos la respuesta.
Eilidh se sentó frente a ella y esperó unos segundos antes de hablar, consciente de que cualquier palabra relacionada con la noche anterior podía provocar nuevamente el silencio de su madre.
—¿Quién era Seamus Rourke?
El cuchillo se detuvo sobre la tabla.
Mairead permaneció inmóvil durante varios segundos antes de continuar cortando el pan.
—Ya te dije que no lo conocía.
—No te pregunté si lo conocías.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Quiero saber quién era.
Mairead dejó el cuchillo sobre la mesa y levantó los ojos.
—Un hombre del que no necesitas saber nada.
—Eso mismo me dijiste de papá.
El rostro de Mairead cambió.
No fue un cambio grande, pero Eilidh vio cómo desaparecía de sus ojos la expresión cansada de aquella mañana y aparecía otra mucho más antigua, una dureza que parecía proceder de un tiempo en el que ambas todavía no se conocían como ahora.
—No vuelvas a hablar así de tu padre.
—¿Cómo?
—Como si yo hubiera querido ocultarte algo.
—¿Y no lo hiciste?
—Intenté protegerte.
—¿De qué?
Mairead se levantó y tomó la tetera.
—Del pasado.
Eilidh soltó una respiración lenta.
—El pasado no desaparece porque nadie hable de él.
—No, pero puede dejar de hacer daño.
—¿De verdad lo crees?
Mairead no contestó.
Eilidh comprendió que había llegado al límite de aquella conversación y decidió no continuar, aunque dentro de ella la frustración crecía. Se sirvió té y permaneció sentada mientras su madre preparaba el desayuno, pero ninguna volvió a mencionar a Declan ni a Seamus. Sin embargo, aquella aparente tranquilidad no podía durar mucho, porque unos minutos después se escucharon pasos en la escalera y Declan apareció en la puerta de la cocina. Había dormido poco, pero parecía más descansado que la noche anterior. Llevaba una camisa clara, el abrigo sobre un brazo y sostenía en la otra mano una pequeña libreta negra.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió Eilidh.
Mairead no dijo nada.
Declan observó la mesa y luego a Mairead.
—¿Puedo desayunar aquí?
—La cocina no es un comedor —respondió ella.
Eilidh intervino antes de que la situación se volviera incómoda.
—Siéntate. El comedor está demasiado frío todavía.
Declan tomó asiento frente a Eilidh. Mairead puso un plato delante de él y regresó junto al fuego. Durante unos minutos solo se escucharon los cubiertos y el viento contra las ventanas. Declan parecía querer hablar, pero comprendía que aquel no era el momento adecuado. Eilidh lo observaba de vez en cuando, intentando descubrir algo más acerca de aquel hombre que había aparecido en su vida sin explicación. Había una tristeza permanente en sus ojos, pero también una determinación que le resultaba difícil ignorar. No parecía haber viajado hasta Glenmara por simple curiosidad. Había algo que necesitaba encontrar y, después de lo ocurrido la noche anterior, Eilidh estaba cada vez más convencida de que aquella búsqueda también tenía algo que ver con su propia familia.
Cuando Mairead salió de la cocina para llevar una bandeja a una de las habitaciones, Eilidh aprovechó el momento.
—¿Qué dice la libreta?
Declan levantó la vista.
—¿Qué libreta?
—La que llevas contigo.
—Nada que te concierna.
—Anoche dijiste que tenía el nombre de mi casa.
Declan guardó silencio.
—No quiero descubrir cosas sobre mi madre a través de un extraño —continuó Eilidh—. Si sabes algo, prefiero que me lo digas.
Declan apoyó la mano sobre la libreta.
—No sé suficiente para decirte la verdad.
—Entonces dime lo que sabes.
Él la miró durante unos segundos.
—Mi padre desapareció en 1921.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Y por qué crees que estuvo aquí?
Declan abrió la libreta y buscó una página.
—Porque escribió este nombre.
Le mostró la palabra que había visto la noche anterior.
Glenmara.
Eilidh la observó.
—Eso podría significar cualquier cosa.
—También aparece una fecha.
—Octubre de 1921.
Declan levantó la mirada.
—Sí.
Eilidh sintió un escalofrío.
—El año en que murió mi padre.
—¿Tu madre te dijo que murió en 1921?
—Me dijo que desapareció en 1921. Durante años pensé que era lo mismo.
Declan cerró lentamente la libreta.
—No necesariamente.
Aquella respuesta quedó suspendida entre ellos. Eilidh comprendió entonces que ambos estaban intentando reconstruir historias que quizá se habían entrelazado mucho antes de conocerse.
—¿Qué recuerdas de tu padre? —preguntó ella.
Declan pareció sorprendido.
—Muy poco.
—Pero eras mayor que yo cuando desapareció.
—Tenía seis años.
—Entonces deberías recordar algo.
—Recuerdo una voz. Recuerdo sus manos. Recuerdo que olía a tabaco y a madera mojada cuando volvía de trabajar. Recuerdo una tarde en la que me llevó junto al río y me dijo que algún día tendría que aprender a no tener miedo de las cosas que no comprendía. Después recuerdo que dejó de estar.
Eilidh bajó los ojos.
—Eso es mucho.
—Para mí no.
—Yo recuerdo menos de mi padre.
Declan la observó.
—¿Qué recuerdas?
—Una puerta.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Una puerta?
—Una puerta de madera, junto al jardín. Recuerdo que alguien me levantaba para que pudiera alcanzar el pestillo. No sé si era él. Mi madre dice que yo era demasiado pequeña para recordarlo, pero yo siempre he tenido esa imagen.
—Quizá era tu padre.
—Quizá.
Por primera vez, Declan sonrió con cierta tristeza.
—Parece que los dos tenemos padres convertidos en recuerdos incompletos.
Eilidh no respondió, porque aquella frase había tocado algo que prefería mantener oculto.
Durante el resto de la mañana Declan salió de la pensión. Dijo que quería conocer el pueblo y hacer algunas preguntas, y Eilidh decidió no acompañarlo. Sin embargo, mientras trabajaba en las habitaciones, no pudo evitar pensar en él. Le sorprendía que un desconocido hubiera conseguido alterar de aquella manera la rutina de su vida. Durante años había sentido que Glenmara era un lugar inmóvil, donde los días se parecían demasiado entre sí y donde las historias de las personas parecían estar decididas antes de que ellas nacieran. La llegada de Declan había introducido una grieta en aquella sensación de permanencia. De repente, los mismos muros parecían esconder algo, los silencios de su madre tenían otro significado y la vieja estación ferroviaria que tantas veces había visitado durante su juventud aparecía en su imaginación como un lugar donde podía encontrarse una respuesta.
Después del mediodía, Eilidh recibió la visita de Nessa Kavanagh, la mujer que regentaba la pequeña tienda de comestibles del pueblo. Nessa tenía cuarenta años, aunque su cabello oscuro comenzaba a mostrar algunas canas y su rostro reflejaba una vida de trabajo continuo. Era una de las pocas personas a las que Mairead consideraba verdaderamente amigas, aunque incluso entre ellas existían asuntos que nunca habían sido mencionados. Nessa llegó con una cesta cubierta por un paño y la dejó sobre la mesa de la cocina.
—Te he traído huevos —dijo—. El viejo Kieran volvió a dejarme demasiados y antes de que se echen a perder prefiero que alguien los aproveche.
—Te los pagaré mañana.
—No me pagarás nada.
—Nessa.
—Eilidh, si algún día consigo cobrarte todo lo que te he regalado, tendré dinero suficiente para retirarme.
Eilidh sonrió.
—Entonces deberías seguir regalándome cosas.
Nessa se quitó el abrigo y se acercó al fuego.
—Tu madre no está.
—Salió a buscar unas medicinas.
Nessa miró hacia la puerta y después hacia Eilidh.
—¿El huésped sigue aquí?
Eilidh sintió que la pregunta tenía un significado diferente.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—Dijo tres noches.
Nessa guardó silencio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Eilidh.
—Nada.
—Has puesto la misma cara que puso mi madre ayer.
—Tu madre siempre tiene una cara determinada para cada cosa.
—¿Conoces a Declan Rourke?
Nessa se quedó quieta.
—¿Ese es su apellido?
—Sí.
—¿Rourke?
—Sí.
Nessa miró hacia la ventana.
—No lo conozco.
Eilidh sintió una mezcla de irritación y cansancio.
—Eso es exactamente lo que dice todo el mundo.
—¿Qué quieres decir?
—Mi madre dice que no conoce a su padre. Declan dice que su padre estuvo aquí. Tú dices que no conoces a Declan. Y todos parecen saber algo que yo no sé.
Nessa se sentó.
—Hay historias que fueron enterradas por buenas razones.
—¿También tú?
—No quiero que te hagas daño.
—Estoy cansada de que todos decidan qué puedo soportar.
Nessa bajó los ojos.
—Tienes derecho a estarlo.
—Entonces dime la verdad.
Nessa permaneció callada tanto tiempo que Eilidh pensó que no respondería.
—Tu padre era un hombre bueno —dijo finalmente.
Eilidh sintió que el pecho se le cerraba.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo sabes. Lo supones porque era tu padre.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que hubo cosas que ocurrieron antes de que tú nacieras y que nunca te contaron.
—¿Qué cosas?
Nessa levantó la vista.
—No soy yo quien debe contártelas.
—Entonces ¿quién?
—Tu madre.
—Ella nunca hablará.
—Quizá ahora tenga que hacerlo.
Eilidh no pudo evitar sentirse decepcionada.
—Todos dicen lo mismo y nadie dice nada.
Nessa tomó su abrigo.
—Porque todavía no ha llegado el momento.
—¿Qué momento?
Nessa se detuvo junto a la puerta.
—Cuando descubras que los nombres importan más de lo que parece, comprenderás por qué algunas personas han pasado tantos años evitando pronunciarlos.
Se marchó antes de que Eilidh pudiera pedirle una explicación.
Aquellas palabras permanecieron en la mente de Eilidh durante toda la tarde. Nombres. La palabra le recordó inmediatamente la conversación de Declan con el anciano Finbarr que todavía no había ocurrido, aunque ella no podía saberlo, y también la anotación de la libreta que había visto de manera fugaz. Empezaba a tener la sensación de que todo en aquella historia giraba alrededor de nombres que habían sido pronunciados alguna vez y después cuidadosamente borrados de las conversaciones familiares.
Declan regresó poco antes de que oscureciera. Venía cubierto de barro hasta las botas y parecía cansado. Eilidh estaba recogiendo leña junto a la puerta cuando lo vio acercarse.
—¿Encontraste algo?
Declan negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿A quién preguntaste?
—A varias personas.
—¿Y nadie recuerda a tu padre?
—Algunos sí.
Eilidh dejó un trozo de madera sobre la pila.
—Entonces sí encontraste algo.
Declan la miró.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando la gente llega a mi casa con secretos.
—Es una observación justa.
Entraron juntos. Eilidh le indicó que dejara el abrigo cerca del fuego.
—Nessa estuvo aquí.
Declan se volvió.
—¿Nessa Kavanagh?
Eilidh lo miró con sorpresa.
—¿Cómo sabes su nombre?
Declan tardó un instante en responder.
—Me lo mencionaron en el pueblo.
—¿Qué te dijo?
—Que no sabía nada.
—Eso también dijo.
Declan se quedó mirándola.
—¿Qué sabes realmente de ella?
—Nada que pueda ayudarte.
—Entonces quizá tengamos que hablar con alguien más.
—¿Quién?
—Finbarr Doyle.
Eilidh conocía el nombre.
—Vive cerca del río.
—Sí.
—Es un hombre difícil.
—Los hombres que recuerdan demasiado suelen serlo.
La frase hizo que Eilidh sonriera por primera vez aquel día.
—¿Cuándo quieres ir?
—Mañana.
—Puedo acompañarte.
Declan pareció dudar.
—No sé si es buena idea.
—Es mi familia la que está involucrada.
—Precisamente por eso.
—Y es mi casa la que aparece en tus papeles.
Declan sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
Aquella noche cenaron los tres. Mairead había regresado poco antes de la cena y parecía todavía más silenciosa que de costumbre. Cuando Declan mencionó que pensaba visitar a Finbarr al día siguiente, ella levantó la cabeza inmediatamente.
—No vayas.
Declan dejó el cubierto sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque no tiene nada que decirte.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque conozco a Finbarr.
Eilidh miró a su madre.
—¿También lo conoces desde entonces?
Mairead no respondió.
Declan habló con calma.
—No quiero hacerle daño a nadie.
—Entonces váyase —dijo Mairead.
La frase cayó sobre la mesa con una fuerza inesperada.
Eilidh miró a su madre.
—¿Quieres que se vaya?
—Sí.
Declan asintió lentamente.
—Si mi presencia le causa problemas, puedo marcharme mañana.
Eilidh sintió una punzada que no supo explicar.
—No puedes marcharte todavía.
Mairead la miró.
—Eilidh.
—No. Quiero saber qué está pasando.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sí lo sé.
Mairead se levantó.
—No, hija. No lo sabes.
Subió la escalera y desapareció.
Durante unos instantes ninguno de los dos habló.
—Lo siento —dijo Declan.
—No es culpa tuya.
—Quizá sí.
—No.
—Desde que llegué, todo ha cambiado.
Eilidh miró hacia la escalera.
—Quizá ya estaba cambiando y simplemente no nos habíamos dado cuenta.
Declan se quedó en silencio.
Aquella noche, después de que Declan se retirara, Eilidh esperó a que su madre se acostara. Sabía que no debía hacerlo, pero algo dentro de ella le impedía seguir aceptando las respuestas incompletas. Subió lentamente las escaleras y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Mairead. Escuchó durante unos segundos. No oyó nada.
Entró.
La habitación estaba oscura, iluminada únicamente por la luz tenue de una vela. Mairead dormía de espaldas. Eilidh avanzó hasta el armario y abrió la puerta. Allí estaba la caja.
La reconoció inmediatamente.
Era más pequeña de lo que recordaba.
La madera estaba oscurecida por los años y tenía una cerradura metálica oxidada.
Eilidh la tomó con ambas manos.
Por un instante sintió miedo.
No miedo de ser descubierta, sino miedo de descubrir algo que ya no pudiera olvidar.
La caja pesaba poco.
Buscó una llave en el cajón donde su madre guardaba botones, agujas y pequeños objetos de costura. No encontró nada.
Entonces recordó que Mairead siempre llevaba una pequeña llave en una cadena alrededor del cuello.
Miró hacia la cama.
Su madre dormía.
Eilidh sintió vergüenza.
Dejó la caja donde estaba.
Sin embargo, cuando se disponía a cerrar el armario, vio algo detrás de ella: un sobre amarillento que había quedado parcialmente oculto entre unas prendas.
Lo tomó.
En el exterior había un nombre.
Cormac.
Eilidh dejó de respirar durante unos segundos.
Aquella era la primera vez que veía una carta dirigida a su padre.
La sostuvo entre las manos, incapaz de decidir si abrirla.
Finalmente escuchó un movimiento detrás de ella.
Mairead estaba despierta.
—Eilidh.
Ella se volvió lentamente.
Su madre la miraba desde la cama.
Ninguna habló durante varios segundos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Mairead.
Eilidh sostuvo el sobre.
—Quiero saber quién era mi padre.
Mairead cerró los ojos.
—Ya sabes quién era.
—No. Sé su nombre. Eso es diferente.
Mairead se incorporó lentamente.
—Dame la carta.
—¿Por qué nunca me hablaste de ella?
—Porque no era para ti.
—¿Para quién era?
Mairead no respondió.
Eilidh miró el sobre.
—¿La escribió él?
—No.
Aquella respuesta la desconcertó.
—¿Entonces quién?
Mairead se quedó mirando la carta.
—Seamus Rourke.
El mundo de Eilidh pareció detenerse.
—¿Seamus?
Mairead asintió.
—Sí.
—¿Le escribió a papá?
—Sí.
—Entonces lo conocías.
Mairead bajó la mirada.
—Lo conocí.
Eilidh sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—¿Por qué me mentiste?
—Porque algunas verdades destruyen aquello que intentamos proteger.
—¿Qué verdad?
Mairead levantó los ojos.
—Que tu padre no murió como yo te dije.
Eilidh se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Mairead extendió la mano.
—Dame la carta.
Eilidh no se movió.
—Quiero leerla.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque antes necesito contarte algo.
—Entonces cuéntamelo.
Mairead miró hacia la ventana. Afuera, la niebla seguía cubriendo el valle y el viento había comenzado a levantarse.
—Tu padre no desapareció solo.
Eilidh sintió un frío que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación.
—¿Con quién estaba?
Mairead tardó tanto en responder que Eilidh pensó que volvería a guardar silencio.
Finalmente dijo:
—Con Seamus Rourke.
Y en aquel instante Eilidh comprendió que la llegada de Declan a La Casa de los Brezos no había sido una casualidad, sino el regreso de una historia que su madre había pasado más de veinte años intentando mantener enterrada.
3
Eilidh permaneció de pie frente a su madre sin saber qué decir, sosteniendo todavía entre las manos el sobre amarillento que llevaba el nombre de Cormac escrito en una caligrafía que no reconocía. La habitación parecía haberse vuelto demasiado pequeña para contener todo lo que acababa de escuchar, y durante unos instantes tuvo la sensación de que incluso el aire había cambiado, como si las paredes de la casa hubieran estado esperando durante años que aquellas palabras fueran pronunciadas y ahora, una vez liberadas, no supieran cómo devolverlas al silencio. Mairead seguía sentada en el borde de la cama, con los hombros inclinados y las manos entrelazadas sobre el regazo, y por primera vez desde que Eilidh podía recordar no parecía una mujer capaz de sostenerlo todo, sino alguien profundamente cansado que había pasado demasiados años cargando un peso que ya no podía esconder. La lámpara proyectaba una luz amarillenta sobre su rostro y hacía más visibles las líneas que el tiempo había dibujado alrededor de sus ojos, pero lo que más impresionó a Eilidh fue descubrir en ellos algo que nunca había visto con tanta claridad: miedo. No el miedo cotidiano de una mujer preocupada por el dinero, por una enfermedad o por el estado de los caminos, sino un miedo antiguo, arraigado, que parecía regresar desde una época que Mairead había intentado mantener cerrada bajo llave.
—¿Con Seamus Rourke? —repitió Eilidh finalmente, porque necesitaba escuchar nuevamente aquellas palabras para convencerse de que no las había imaginado.
—Sí.
—¿Y tú lo conocías?
—Sí.
—¿Y papá también?
—Sí.
—¿Eran amigos?
Mairead cerró los ojos durante un instante antes de contestar.
—Más que eso.
Eilidh sintió que la confusión aumentaba.
—¿Qué significa eso?
—Significa que durante un tiempo trabajaron juntos.
—¿En qué?
—No puedo explicártelo todo esta noche.
—Llevas veintiséis años diciéndome que no puedes explicarme las cosas.
Mairead recibió aquellas palabras sin defenderse, como si supiera que no tenía derecho a hacerlo.
—Tienes razón.
La respuesta sorprendió tanto a Eilidh que permaneció callada. Había esperado una nueva negativa, una advertencia o quizá alguna de las frases con las que su madre había cerrado tantas conversaciones durante su infancia, pero no llegó ninguna. Mairead parecía finalmente dispuesta a hablar, aunque la dificultad de hacerlo era evidente.
—Entonces empieza por lo que puedas contarme —dijo Eilidh, sentándose lentamente en una silla junto al armario—. No necesito que me cuentes todo de una vez. Solo necesito saber qué ocurrió con mi padre.
Mairead miró el sobre.
—Tu padre murió.
—Eso ya me lo dijiste.
—Pero no murió aquí.
—¿Dónde?
—No lo sé con certeza.
Eilidh apretó el sobre entre los dedos.
—Entonces ¿cómo sabes que murió?
—Porque alguien me lo dijo.
—¿Quién?
—Seamus.
El nombre volvió a caer entre ellas como una piedra.
—¿Cuándo?
—Poco después de que tu padre desapareciera.
—¿Y por qué no me dijiste que Seamus Rourke te había contado que papá había muerto?
Mairead bajó la mirada.
—Porque Seamus también desapareció.
—¿Desapareció después de hablar contigo?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no lo buscaste?
—Lo hice.
—¿Durante cuánto tiempo?
Mairead tardó en responder.
—Durante años.
Eilidh sintió que algo se quebraba dentro de ella, no porque aquella respuesta resolviera sus preguntas, sino porque abría muchas más.
—Toda mi vida pensé que no habías querido buscar a nadie.
—No sabes cuánto busqué.
—Nunca me hablaste de ello.
—Porque no encontré nada.
Eilidh se levantó y caminó lentamente hacia la ventana. La niebla seguía cubriendo el exterior y el cristal estaba empañado por el frío de la noche. Apoyó una mano sobre el marco y miró hacia el jardín sin distinguir siquiera el arroyo. Había imaginado tantas veces cómo sería conocer la verdad sobre su padre que había llegado a pensar que, cuando finalmente ocurriera, sentiría alivio. Sin embargo, el alivio no aparecía. Solo había una sensación de vacío, como si la historia que había aceptado durante toda su vida hubiera sido una habitación en la que de pronto alguien había abierto una puerta secreta.
—¿Seamus mató a mi padre? —preguntó.
Mairead levantó la cabeza.
—No.
La respuesta fue inmediata y firme.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo puedes estarlo?
—Porque conocía a ambos.
—Entonces dime qué pasó.
Mairead se quedó callada.
Eilidh se volvió hacia ella.
—¿Por qué dices que no puedes contarme todo esta noche?
—Porque hay cosas que deben explicarse en el orden correcto.
—¿Y quién decide cuál es ese orden?
—Quizá yo.
—No, madre. Esta vez no.
Mairead respiró profundamente.
—Está bien.
Abrió el cajón de la mesita y sacó una pequeña llave que llevaba colgada de una cadena. Eilidh reconoció inmediatamente aquella llave. Durante años había sido el objeto que despertaba su curiosidad cada vez que veía a su madre tocarlo distraídamente con los dedos. Mairead se levantó, caminó hasta el armario y abrió la caja de madera.
La tapa crujió.
Dentro había varios objetos envueltos en un paño, un reloj de bolsillo, una medalla metálica, dos fotografías y un pequeño cuaderno de tapas gastadas. Eilidh se acercó lentamente, pero Mairead levantó una mano para detenerla.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque antes quiero que entiendas una cosa.
—¿Cuál?
—Tu padre no fue un hombre que desapareció porque quisiera abandonar a su familia.
Eilidh sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Entonces ¿por qué se fue?
Mairead tomó la fotografía que estaba encima de los demás objetos.
—Porque alguien estaba buscando a hombres como él.
—¿Quién?
—Personas que querían saber quién había ayudado a determinadas familias durante aquellos años.
—No entiendo.
—No necesitas entenderlo todo ahora.
—Sí necesito.
Mairead sostuvo la fotografía entre sus dedos.
—Tu padre ayudaba a personas que necesitaban escapar.
Eilidh observó la imagen.
Era una fotografía antigua de tres hombres junto a una pared de piedra. Reconoció a Cormac porque había visto un retrato suyo durante la infancia, aunque aquel rostro le resultaba extraño y cercano al mismo tiempo. El hombre que estaba a su derecha era más joven que el recuerdo que tenía de él, pero tenía la misma expresión firme. El tercero era Seamus Rourke.
Eilidh miró la fotografía durante largo rato.
—¿Este es Seamus?
—Sí.
—¿Y el otro?
Mairead no contestó.
—¿Quién es?
—Alguien que también desapareció.
—¿Cómo se llamaba?
Mairead cerró los ojos.
—No importa.
—Todos los nombres parecen importar.
La frase hizo que su madre la mirara.
—Sí —dijo finalmente—. Todos.
Eilidh tomó la fotografía con cuidado.
—¿Por qué estaba papá con ellos?
—Porque durante aquellos años había personas que no podían permanecer donde estaban.
—¿Por razones políticas?
Mairead asintió.
—Entre otras cosas.
—¿Y papá las ayudaba?
—Sí.
—¿Seamus también?
—Sí.
—Entonces eran amigos.
—Eran compañeros.
La palabra pareció adquirir un peso especial.
—¿Y qué ocurrió en 1921?
Mairead miró la fotografía y luego a su hija.
—Una noche recibieron una advertencia.
—¿De quién?
—Nunca supe el nombre.
—¿Qué decía?
—Que habían descubierto quiénes ayudaban a determinadas personas a salir del valle.
—¿Y papá?
—Tu padre decidió que debía marcharse.
—¿Solo?
Mairead negó lentamente.
—Con Seamus.
Eilidh cerró los ojos.
Durante toda su vida había imaginado a su padre alejándose de la casa por una razón que nunca había comprendido. Ahora aquella imagen adquiría un significado completamente distinto.
—¿Y tú lo dejaste ir?
Mairead se llevó una mano al rostro.
—No quería dejarlo.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Porque no tenía elección.
—Siempre hay alguna elección.
Mairead la miró con tristeza.
—Eso es algo que una persona dice cuando todavía no ha tenido que elegir entre dos cosas que ama.
Eilidh quiso responder, pero no encontró palabras.
Mairead volvió a guardar la fotografía.
—Mañana hablaremos más.
—No.
—Eilidh.
—No quiero esperar hasta mañana.
—Estás cansada.
—He esperado veintiséis años.
Mairead permaneció en silencio.
—Entonces dime al menos una cosa —continuó Eilidh—. ¿Papá sabía que yo existía cuando se marchó?
Mairead la miró fijamente.
—Sí.
—¿Sabía que yo era su hija?
—Sí.
—¿Y quería volver?
Los ojos de Mairead se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Aquella palabra fue suficiente para quebrar algo dentro de Eilidh. Se llevó una mano a la boca y permaneció en silencio mientras las lágrimas descendían por su rostro. No lloraba solamente por el padre que había perdido, sino por el hombre que durante tantos años había imaginado como una ausencia sin voluntad, como alguien que simplemente había dejado de existir. Descubrir que había querido regresar era una verdad pequeña comparada con todo lo que aún desconocía, pero para ella significaba mucho.
Mairead se acercó y quiso tocarle el hombro, pero Eilidh retrocedió.
—Necesito estar sola.
Su madre asintió.
Eilidh salió de la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
Durante un largo rato permaneció en el pasillo, apoyada contra la pared, intentando controlar la respiración. La casa estaba en silencio y las lámparas proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de madera. Al otro lado del pasillo estaba la habitación de Declan. Eilidh pensó que él probablemente estaba despierto, pero no quería hablar con él todavía. Aquella noche necesitaba comprender primero lo que acababa de descubrir antes de compartirlo con alguien que, hasta hacía menos de dos días, era un completo desconocido.
Sin embargo, cuando bajó las escaleras encontró a Declan sentado junto al fuego del comedor.
Tenía la libreta abierta sobre las rodillas y parecía perdido en sus pensamientos.
Al verla, cerró el cuaderno.
—¿Estás bien?
Eilidh estuvo a punto de responder que sí, por costumbre, pero se detuvo.
—No.
Declan se levantó.
—¿Ocurrió algo?
—Mi madre me contó que nuestros padres desaparecieron juntos.
Declan quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Cormac Kelleher y Seamus Rourke.
Declan se acercó lentamente.
—¿Estás segura?
—Mi madre lo ha dicho.
—¿Te contó algo más?
—Que trabajaban juntos ayudando a personas que necesitaban escapar.
Declan bajó la mirada.
—Mi padre nunca me habló de eso.
—Tú eras un niño.
—Sí, pero mi madre tampoco me lo contó.
Eilidh se sentó junto al fuego.
—Creo que nuestras madres pensaron que era mejor no decir nada.
Declan tomó asiento frente a ella.
—¿Te habló de la noche en que desaparecieron?
—Muy poco.
—¿Qué dijo?
—Que recibieron una advertencia. Que alguien había descubierto quiénes estaban ayudando a otras personas. Mi padre se marchó con el tuyo.
Declan permaneció pensativo.
—Entonces la libreta tiene sentido.
—¿Qué dice?
Él la abrió.
—No mucho. Hay nombres, fechas y algunos lugares. Mi padre comenzó a escribirla durante los últimos meses que estuvo en Irlanda.
—¿Qué nombres aparecen?
Declan pasó algunas páginas.
—Algunos no significan nada para mí.
—¿Y Kelleher?
Él se detuvo.
—Sí.
Eilidh se inclinó hacia él.
Declan señaló una anotación.
—Aquí.
Ella leyó el apellido.
Kelleher — Glenmara — 1921.
Debajo había varias líneas tachadas.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Hay algo más?
Declan pasó otra página.
—Hay una palabra repetida.
—¿Cuál?
—"Estación".
Eilidh levantó la cabeza.
—La estación vieja.
—¿La conoces?
—Todo el mundo la conoce.
—¿Todavía existe?
—El edificio sí.
Declan cerró la libreta.
—Quiero ir mañana.
—Yo también.
—Puede ser peligroso.
—¿Por qué?
—Porque si mi padre dejó algo allí, quizá alguien más haya querido encontrarlo.
Eilidh comprendió que aquello podía ser cierto, pero también sintió que no estaba dispuesta a quedarse sentada esperando que otros decidieran qué parte de su propia historia podía conocer.
—Entonces iremos juntos.
Declan la miró.
—De acuerdo.
La conversación terminó allí, pero ninguno de los dos se levantó inmediatamente. El fuego crepitaba delante de ellos y el viento hacía vibrar los cristales. Eilidh observó el rostro de Declan y se preguntó qué clase de hombre podía convertirse alguien cuando crecía con la certeza de haber sido abandonado por su padre. Había algo en él que le resultaba familiar, no porque se pareciera físicamente a Cormac, sino porque reconocía aquella manera de mirar como si siempre estuviera esperando una respuesta que nunca llegaba.
—¿Tienes una fotografía de tu padre? —preguntó.
Declan sacó una pequeña imagen del interior de su libreta.
—Esta.
Eilidh la tomó.
Seamus aparecía sentado delante de una pared de piedra, con una expresión seria y las manos apoyadas sobre las rodillas. Parecía mucho más joven de lo que Eilidh había imaginado.
—Se parece a ti.
Declan sonrió.
—Eso dicen.
—¿Tú lo recuerdas?
—A veces.
—¿Qué significa eso?
—Que hay días en los que recuerdo su voz como si estuviera aquí, y otros en los que intento recordar su rostro y no consigo hacerlo.
Eilidh devolvió la fotografía.
—Yo casi no recuerdo el de mi padre.
—Quizá nuestros recuerdos se parecen más de lo que pensábamos.
Eilidh lo miró.
—Eso empieza a preocuparme.
Declan sonrió levemente.
—A mí también.
A la mañana siguiente, la niebla se había levantado y el valle aparecía bajo un cielo gris claro que permitía distinguir las colinas. Eilidh preparó el desayuno con una atención que no lograba concentrar. Mairead no había mencionado la conversación de la noche anterior y se comportaba como si todo pudiera continuar normalmente, pero la tensión entre ambas era evidente. Cuando Eilidh anunció que iría con Declan hasta la estación abandonada, su madre dejó caer la cuchara sobre la mesa.
—No.
—Voy a ir.
—Eilidh, no sabes qué puede haber allí.
—Precisamente por eso quiero verlo.
—No.
—Madre, ya no puedes seguir diciéndome que no.
Mairead la miró con una expresión de cansancio.
—No entiendes lo que estás haciendo.
—Estoy intentando entender lo que pasó.
Declan permanecía en silencio.
—No tienes que acompañarlo —dijo Mairead.
—No voy a acompañarlo a él. Voy a acompañar a la historia de mi padre.
Mairead apartó la mirada.
—Ten cuidado.
Eilidh sintió que aquella era la primera vez que su madre aceptaba realmente que ya no podía detenerla.
Ella y Declan salieron después del desayuno.
El camino hacia la estación atravesaba una parte del valle que Eilidh conocía bien, aunque durante aquella caminata todo parecía distinto. El aire estaba húmedo y frío, y el suelo se hundía ligeramente bajo las botas. Declan caminaba a su lado con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, observando cada detalle.
—¿Cuánto tiempo lleva abandonada? —preguntó.
—Más de diez años.
—¿Y nadie la utiliza?
—Algunas personas guardan herramientas allí.
—¿Tu padre venía?
Eilidh negó con la cabeza.
—No lo sé.
Caminaron unos minutos más.
—¿Te arrepientes de haberme contado lo que sabes? —preguntó Declan.
—Todavía no.
—¿Y tu madre?
—Probablemente sí.
—Lo siento.
Eilidh lo miró.
—No tienes que disculparte por existir.
Declan sonrió.
—Eso es bastante generoso.
—No lo digo por ti.
—Ya lo sé.
La estación apareció finalmente detrás de una hilera de árboles. Era un edificio bajo de piedra, con las ventanas rotas y el techo parcialmente cubierto de musgo. Las antiguas vías todavía podían distinguirse bajo la hierba, aunque ya no parecían conducir a ninguna parte. Eilidh sintió una extraña emoción al volver allí después de tantos años. Durante su adolescencia había acudido a aquel lugar para imaginar viajes que nunca había realizado. Ahora regresaba buscando respuestas.
Entraron por una puerta lateral.
Dentro olía a humedad, madera podrida y tierra.
Declan sacó una lámpara pequeña.
—¿Sabes dónde estaba la oficina del jefe de estación?
—Sí.
La habitación se encontraba al fondo. Había un escritorio viejo, una estantería vacía y varios documentos deteriorados por el tiempo. Declan comenzó a revisar cajones mientras Eilidh observaba las paredes.
—Aquí —dijo ella.
Había visto una pequeña marca junto al marco de una puerta.
Dos letras.
C.K.
Debajo aparecía una fecha.
1921.
Declan se acercó.
—¿Cormac Kelleher?
—Sí.
Él pasó los dedos por la madera.
—Entonces estuvo aquí.
—O alguien escribió sus iniciales.
—¿Crees que fue él?
Eilidh no respondió.
Declan siguió buscando.
Finalmente encontró una tabla suelta bajo el escritorio.
—Ayúdame.
La levantaron entre los dos.
Debajo había un pequeño compartimento.
Dentro encontraron un sobre cubierto de polvo.
Declan lo tomó con cuidado.
En el exterior había un nombre.
Mairead.
Eilidh sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—Es de mi padre.
Declan la miró.
—Todavía no sabemos eso.
—Lo sabemos.
Abrió el sobre.
Dentro había una hoja doblada.
La letra era firme, aunque algunas palabras estaban desdibujadas.
Eilidh comenzó a leer.
La primera línea decía:
“Mairead, si recibes esta carta, significa que no he podido regresar.”
Eilidh dejó de leer.
Declan permaneció a su lado sin decir nada.
Ella respiró profundamente y continuó.
La carta hablaba de una noche de octubre, de un camino que debían tomar antes del amanecer y de varias personas que dependían de ellos. Cormac explicaba que no podía regresar a casa porque alguien había descubierto sus movimientos. Decía que esperaba volver cuando todo terminara, pero que, si no lo conseguía, Mairead debía decirle a su hija que nunca se había marchado por voluntad propia.
Eilidh tuvo que detenerse.
Las lágrimas le impedían seguir.
Declan tomó suavemente la carta.
—Puedo leerla yo.
—No.
Eilidh se secó los ojos.
—Quiero hacerlo.
Continuó leyendo.
Cormac mencionaba a Seamus.
Decía que confiaba en él.
Decía que Seamus había prometido llevar la noticia a Mairead si algo salía mal.
Y entonces aparecía una frase que Eilidh leyó varias veces antes de comprenderla:
“Si yo no regreso, dile a nuestra hija que su padre pensó en ella hasta el último momento.”
Eilidh cerró los ojos.
Durante unos segundos no pudo hablar.
Declan permaneció junto a ella, sin tocarla, respetando aquel dolor que no le pertenecía pero que podía comprender mejor que nadie.
Finalmente Eilidh dijo:
—Mi madre tenía esta carta.
Declan la miró.
—¿Estás segura?
—El sobre que encontré anoche.
—Entonces ¿por qué estaba aquí otra copia?
Eilidh levantó la cabeza.
Aquella pregunta cambió nuevamente el sentido de todo.
Había dos cartas.
Una había permanecido escondida en la casa.
La otra había sido escondida en la estación.
Y ambas estaban relacionadas con Cormac.
Declan examinó el documento.
—Hay algo más.
En la parte inferior de la carta había una frase escrita después de la firma.
“Seamus sabe dónde encontrarme.”
Eilidh lo miró.
—Entonces Seamus sobrevivió.
Declan no respondió.
—Mi padre sobrevivió aquella noche.
—Eso parece.
—Entonces mi madre lo sabía.
—No necesariamente.
—Ella me dijo que Seamus le había contado que papá había muerto.
Declan guardó silencio.
Eilidh volvió a mirar la carta.
—Entonces alguien mintió.
Afuera, el viento comenzó a golpear las paredes de la antigua estación.
Y mientras ambos permanecían allí, con la carta de Cormac entre las manos, comprendieron que la historia que habían venido a buscar no estaba enterrada en una tumba ni perdida en un registro antiguo, sino escondida dentro de una cadena de silencios, cartas y decisiones tomadas muchos años atrás por personas que habían creído que ocultar la verdad era la única manera de mantener con vida a quienes amaban.
4
Durante varios minutos ninguno de los dos se movió dentro de la antigua estación, porque la frase escrita al pie de la carta parecía haber detenido incluso el paso del tiempo y había dejado suspendida en el aire una pregunta para la que ninguno de los dos estaba preparado: si Seamus sabía dónde encontrar a Cormac, entonces la desaparición de ambos no podía explicarse como una simple huida, y si Mairead había conservado durante veintiséis años una carta que demostraba que Cormac había pensado en su hija hasta el último momento, entonces el silencio que había mantenido no podía haber sido únicamente consecuencia del dolor. Eilidh permanecía junto a la ventana rota, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras observaba cómo una fina lluvia comenzaba a caer sobre las vías cubiertas de hierba. La carta seguía en manos de Declan, quien la había doblado con extremo cuidado y la había guardado dentro de un sobre limpio que llevaba en su equipaje, pero ninguno de los dos podía apartar de su mente aquellas palabras. Seamus sabía dónde encontrarme. No era una frase casual. Cormac la había escrito como quien deposita una última esperanza en una persona concreta, como quien confía en que, aunque él no pueda regresar, alguien llevará su voz hasta la mujer que espera en una casa del valle y hasta la niña que entonces todavía era demasiado pequeña para comprender que la ausencia de su padre acabaría convirtiéndose en una de las preguntas más persistentes de su vida.
—Tenemos que volver —dijo Eilidh finalmente, aunque su voz no expresaba deseo de regresar a la casa, sino la necesidad de enfrentarse a su madre antes de que el día avanzara demasiado.
Declan guardó la carta y cerró el pequeño compartimento que habían encontrado debajo del escritorio, procurando dejar la madera en la misma posición en que estaba antes de descubrirlo. Mientras lo hacía, observó nuevamente las iniciales grabadas en el marco de la puerta y después dirigió la mirada hacia las vías. Había algo que no terminaba de encajar. Si Cormac había estado allí, si había dejado una carta y si había confiado en que Seamus llevaría determinadas noticias a Mairead, entonces alguien había conocido aquella habitación y había tenido tiempo suficiente para esconder o retirar otros documentos. La estación había permanecido abandonada durante años, pero el compartimento no estaba tan deteriorado como el resto del edificio, y la tabla que lo cubría había sido colocada de una manera que indicaba que alguien había regresado allí mucho después de que la estación dejara de funcionar.
—Antes de irnos quiero revisar algo —dijo.
Eilidh se volvió.
—¿Qué?
—La tabla.
—Ya la hemos levantado.
—Sí, pero alguien la volvió a colocar después.
Ella se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
Declan señaló los bordes.
—Mira la madera. El polvo está acumulado en todas partes menos aquí. La tabla ha sido levantada varias veces.
Eilidh se arrodilló junto a él y examinó el suelo. Tenía razón. Bajo la tabla había marcas recientes, pequeñas líneas en el polvo que no podían pertenecer a los años en que la estación había estado activa.
—Entonces alguien sabía que esto estaba aquí.
—Eso parece.
—¿Quién?
Declan negó con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos.
Eilidh se levantó lentamente.
—Mi padre quizá dejó algo más.
—Es posible.
—Y quizá alguien lo encontró antes que nosotros.
—También es posible.
—¿Eso te preocupa?
Declan tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—A mí también.
Salieron de la estación y comenzaron a caminar hacia Glenmara bajo una lluvia que se volvía más persistente a cada minuto. Eilidh llevaba el abrigo cerrado hasta el cuello y avanzaba con paso firme, mientras Declan caminaba ligeramente detrás, atento al terreno resbaladizo. Ninguno habló durante buena parte del trayecto. La noticia que llevaban consigo era demasiado grande para convertirla inmediatamente en conversación, y Eilidh sentía que cada paso hacia la casa la acercaba no solamente a Mairead, sino a la posibilidad de que toda la versión de su infancia hubiera sido construida alrededor de una mentira. Cuando llegaron al puente de piedra sobre el río, ella se detuvo y miró el agua oscura.
—No quiero entrar en casa todavía.
Declan se detuvo a su lado.
—Podemos esperar.
—Mi madre sabe algo.
—Sí.
—Y no me lo ha contado.
—Probablemente porque cree que está protegiéndote.
—Eso ya no me parece una explicación suficiente.
Declan apoyó las manos sobre la piedra húmeda del puente.
—Mi madre hizo algo parecido.
Eilidh lo miró.
—¿Qué sabes de ella?
—Muy poco comparado con lo que debería saber.
—¿Te dejó algo?
—Cartas.
—¿De Seamus?
—No directamente. Algunas las escribió ella, otras pertenecieron a mi padre. La mayoría llegaron a mí después de su muerte.
—¿Qué dicen?
—Que durante años intentó averiguar qué había ocurrido en Irlanda. Encontró algunos nombres, pero nunca consiguió unirlos. Por eso tengo la libreta.
—¿Y por qué viniste precisamente ahora?
Declan bajó la mirada hacia el río.
—Porque encontré una anotación que no había comprendido.
—¿Cuál?
—"Glenmara no es el final".
Eilidh frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Y ahora?
Declan levantó la vista hacia ella.
—Ahora creo que significa que mi padre no desapareció aquí.
Eilidh permaneció pensativa.
—Quizá tampoco el mío.
La lluvia golpeaba suavemente las hojas de los árboles y el río seguía su curso bajo el puente. Por primera vez desde que Declan había llegado, Eilidh sintió que aquel hombre no era simplemente un visitante que había llegado con preguntas relacionadas con su familia. Había algo en él que la hacía sentir acompañada dentro de una incertidumbre que durante años había llevado sola. No era una confianza completa, todavía no, y tampoco podía llamarse amistad, porque apenas comenzaban a conocerse, pero existía entre ellos una comprensión que no necesitaba demasiadas explicaciones. Ambos sabían lo que significaba crecer alrededor de un nombre que nadie pronunciaba, aprender a convivir con una ausencia y descubrir, después de muchos años, que la historia podía ser diferente de aquello que habían creído.
—Vamos —dijo Eilidh—. Si seguimos aquí, llegaremos empapados.
Regresaron a La Casa de los Brezos poco antes del mediodía. Mairead estaba en la cocina, preparando pan, y levantó la mirada cuando entraron. Bastó con observar sus rostros para comprender que habían encontrado algo. Sus manos quedaron inmóviles sobre la mesa.
—¿Qué encontraron?
Eilidh cerró la puerta.
—Una carta.
Mairead palideció.
—¿Dónde?
—En la estación.
La mujer dejó lentamente el cuchillo sobre la mesa.
—No debiste ir allí.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
—Eilidh.
—Quiero saber por qué mi padre escribió una carta para ti y por qué tú conservaste otra copia durante todos estos años.
Mairead permaneció inmóvil.
Declan se mantuvo junto a la puerta, sin intervenir.
—¿La leíste? —preguntó Mairead.
—Sí.
—Entonces sabes lo que dice.
—Sé una parte.
Mairead cerró los ojos.
—No sabes lo que ocurrió después.
—Por eso te pregunto.
La mujer respiró profundamente.
—Cormac salió aquella noche con Seamus.
—Eso ya lo sé.
—Tenían que llevar a tres personas hasta la costa.
—¿Quiénes?
—Una familia.
—¿Qué familia?
—No recuerdo sus nombres.
Eilidh la observó fijamente.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—Todos estos años has dicho que no sabías nada.
—Porque no quería que supieras.
—Eso no es lo mismo.
Mairead levantó la mirada.
—No.
—Entonces dime la verdad.
La mujer se acercó a una silla y se sentó lentamente.
—Aquella noche tu padre vino a despedirse de mí.
Eilidh sintió un nudo en la garganta.
—¿Y tú sabías que quizá no volvería?
—Sabía que existía esa posibilidad.
—¿Y no me dijiste nada?
—Eras una niña.
—Ahora soy una mujer.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues callando?
Mairead miró hacia la ventana.
—Porque durante mucho tiempo pensé que hablar podía hacer que todo comenzara otra vez.
Declan se acercó un poco.
—¿Qué podía comenzar otra vez?
Mairead lo miró.
—La búsqueda.
—¿Quién buscaba a Seamus?
—No lo sé.
—¿Y a Cormac?
—A ellos y a otros.
—¿Por qué?
—Porque habían ayudado a personas que algunos querían encontrar.
Declan permaneció callado.
—¿Quién les daba información? —preguntó finalmente.
Mairead negó con la cabeza.
—No lo sé.
Eilidh recordó entonces las palabras de Nessa.
Todos los nombres importan.
—Nessa sabía algo —dijo.
Mairead levantó la cabeza.
—¿Hablaste con Nessa?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que mi padre era un buen hombre y que había cosas que no podían contarse todavía.
Mairead bajó la mirada.
—Nessa siempre supo más de lo que decía.
—Entonces iremos a verla.
—No.
—Sí.
—Eilidh, no.
—Si tú no quieres contarme lo que sabes, buscaré a quienes sí estén dispuestos a hacerlo.
Mairead pareció comprender que ya no podía detenerla.
—Ten cuidado con Nessa.
—¿Por qué?
—Porque conoce demasiados nombres.
La frase quedó suspendida entre las tres personas.
Declan miró a Eilidh.
—¿Qué significa eso?
Mairead no respondió.
Eilidh sintió nuevamente aquella mezcla de frustración y miedo que la acompañaba desde la noche anterior.
—Hay algo más —dijo—. La carta dice que Seamus sabía dónde encontrar a papá.
Mairead cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces Seamus sobrevivió.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Lo viste después de aquella noche?
Mairead tardó tanto en responder que la respuesta llegó antes que las palabras.
—Sí.
Eilidh sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—¿Cuándo?
—Dos días después.
Declan se adelantó.
—¿Dónde?
—Aquí.
—¿En esta casa?
Mairead asintió.
—Llegó de madrugada.
Eilidh la miraba sin poder creerlo.
—¿Seamus estuvo aquí?
—Sí.
—¿Y yo?
—Dormías.
—¿Qué te dijo?
Mairead se llevó las manos al rostro.
—Me dijo que Cormac no regresaría.
—¿Porque estaba muerto?
—Eso creyó él.
—¿Creyó?
—No había encontrado el cuerpo.
Eilidh sintió que las lágrimas volvían a aparecer.
—Entonces tampoco estaba seguro.
—No.
—¿Y por qué te dijo que había muerto?
—Porque necesitaba que aceptara que no regresaría.
—Eso no es una razón.
—Era la única que tenía.
—¿Y qué hizo Seamus después?
Mairead permaneció en silencio.
Declan volvió a preguntar.
—¿Adónde se fue?
—A la costa.
—¿Y luego?
—No lo sé.
Eilidh se acercó a la mesa.
—¿Cuándo volviste a verlo?
—Nunca.
—¿Y las cartas?
—Una llegó meses después.
—¿De él?
—Sí.
—¿Dónde está?
Mairead levantó lentamente la mirada.
—En la caja.
—Quiero verla.
—No.
—Madre.
—Todavía no.
Eilidh dio un paso atrás.
—¿Qué contiene esa carta?
Mairead no respondió.
—¿Dice dónde está Seamus?
La mujer apretó los labios.
—Dice que se va.
Declan intercambió una mirada con Eilidh.
—¿A dónde?
—América.
Aquella palabra produjo un silencio distinto. Ya no era solamente el pasado enterrado bajo las colinas de Glenmara, sino un lugar lejano al otro lado del océano.
Declan sintió que algo dentro de él se alteraba.
—¿América?
Mairead asintió.
—Eso escribió.
—¿Sabes a qué lugar?
—No.
—¿Nunca intentaste averiguarlo?
—Sí.
—¿Y?
—No encontré nada.
Declan sacó lentamente su libreta.
—Mi madre conservó una anotación que menciona América.
Mairead lo miró con una expresión que revelaba sorpresa.
—¿Qué anotación?
Declan abrió el cuaderno y buscó la página.
—No dice el lugar. Solo dice: "Si no puedo volver, quizá el mar sea la única distancia suficiente".
Mairead palideció.
—Esa es su letra.
Declan levantó la mirada.
—¿Estás segura?
—Sí.
Eilidh observaba a su madre.
—Entonces Seamus no abandonó a mi padre.
Mairead negó lentamente.
—No.
—¿Y tampoco te abandonó a ti?
Mairead no respondió.
Eilidh comprendió que aquella pregunta era demasiado dolorosa.
—Lo siento —dijo.
Mairead levantó la cabeza.
—No me tengas lástima.
—No te tengo lástima.
—Entonces no preguntes más por ahora.
Eilidh permaneció quieta.
Después de unos segundos asintió.
—Está bien.
Aquella tarde Nessa Kavanagh llegó a La Casa de los Brezos con una cesta de verduras y una expresión que cambió inmediatamente al encontrar a Mairead y Eilidh juntas en la cocina. Había sido amiga de Mairead durante muchos años, aunque su amistad había sobrevivido a épocas en las que ambas apenas podían verse y a otras en las que las visitas habían sido frecuentes. Era una mujer de cuarenta años, de cabello oscuro siempre recogido y manos ásperas por el trabajo en la tienda, pero tenía una mirada particularmente atenta, como si hubiera aprendido que en Glenmara las personas solían decir una cosa mientras sus ojos contaban otra.
—Traje las papas que encargaste —dijo, dejando la cesta sobre la mesa.
—Gracias —respondió Mairead.
Nessa miró a Eilidh.
—¿Y tú?
—Estuve en la estación.
Nessa se quedó inmóvil.
Mairead cerró los ojos.
—Eilidh.
—Encontramos una carta.
Nessa dirigió una mirada rápida hacia Declan, que acababa de entrar desde el comedor.
—Entonces ya empezó.
—¿Qué empezó? —preguntó Eilidh.
Nessa miró a Mairead.
—¿Cuánto le has contado?
—Lo suficiente para que deje de hacer preguntas.
Nessa negó con la cabeza.
—No parece que haya funcionado.
Eilidh se acercó.
—¿Qué sabes de mi padre?
Nessa suspiró.
—Sé que era un hombre que ayudaba a otros.
—¿A quiénes?
—A personas que necesitaban cruzar el valle sin ser vistas.
—¿Y Seamus?
—También.
—¿Los conocías?
—Sí.
—¿Sabías que se fueron juntos?
—Sí.
—¿Sabías que Seamus volvió?
Nessa miró a Mairead.
—Sí.
Eilidh sintió que la rabia volvía a crecer.
—¿Cuántas personas lo sabían?
—Más de las que imaginas.
—¿Y todos decidieron callar?
—Por miedo.
—¿A quién?
Nessa se sentó.
—A hombres que tenían ojos en todas partes.
Declan tomó asiento frente a ella.
—¿Ronan Vale?
Nessa lo miró fijamente.
—¿Quién te habló de Ronan?
—Nadie.
—Entonces ya sabes demasiado.
Eilidh frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver Ronan?
Nessa respondió después de unos segundos.
—Ronan transportaba mercancías entre los pueblos. Tenía acceso a caminos que otros no conocían y, durante un tiempo, llevaba mensajes.
—¿Para mi padre?
—Para varias personas.
—¿Era uno de ellos?
—No exactamente.
—¿Entonces qué era?
Nessa se inclinó hacia adelante.
—Un hombre que sabía cuándo convenía mirar hacia otro lado.
Declan entendió la insinuación.
—¿Y qué ocurrió?
—Una noche alguien le ofreció dinero para decir por dónde pasaría Cormac.
Eilidh se quedó helada.
—¿Lo hizo?
Nessa no respondió directamente.
—Después de aquella noche, Cormac y Seamus tuvieron que cambiar todos sus planes.
—Entonces alguien los traicionó.
—Eso es lo que se creyó.
—¿Y tú qué crees?
Nessa miró hacia la ventana.
—Creo que el miedo hizo que muchos hombres hicieran cosas que después no pudieron deshacer.
—¿Ronan sabe dónde estuvo mi padre?
—Probablemente.
—Entonces tenemos que hablar con él.
Nessa negó con la cabeza.
—No vayan directamente.
—¿Por qué?
—Porque si alguien vuelve a preguntar por aquellos años, Ronan podría asustarse.
Declan se levantó.
—¿Y qué hará un hombre asustado?
Nessa lo miró.
—Depende de cuánto tenga que perder.
Eilidh observó a la mujer.
—¿Dónde podemos encontrarlo?
Nessa tardó unos segundos antes de contestar.
—En el almacén viejo, junto al camino de Ballymore. Va allí al final de la tarde.
Mairead se levantó bruscamente.
—Nessa.
—Lo siento, Mairead.
—No debiste.
—Ya no puedes impedir que busque.
Mairead miró a su hija.
—No.
Eilidh se acercó y tomó el abrigo.
Declan hizo lo mismo.
Antes de salir, Nessa los detuvo.
—Si Ronan menciona el nombre de Finbarr Doyle, escúchenlo.
Declan se volvió.
—¿Por qué?
—Porque Finbarr estuvo allí aquella noche.
Eilidh sintió que una nueva pieza se incorporaba a la historia.
Finbarr Doyle.
El anciano que vivía cerca del río y que, según habían decidido aquella misma mañana, sería una de las primeras personas a las que visitarían.
—¿Qué sabe? —preguntó Eilidh.
Nessa bajó la voz.
—Más de lo que ha contado durante veinticinco años.
Salieron antes de que Mairead pudiera detenerlos nuevamente.
El cielo había comenzado a oscurecerse y una niebla baja descendía desde las colinas. El camino hacia el almacén viejo estaba casi vacío. Declan caminaba junto a Eilidh, pero esta vez ninguno de los dos hablaba. La conversación con Nessa había cambiado la naturaleza de lo que buscaban. Ya no estaban intentando simplemente reconstruir los últimos días de dos hombres desaparecidos. Ahora había una posible traición, personas que habían ayudado, otras que habían callado y alguien que podía haber sabido mucho más de lo que había querido reconocer.
—¿Estás segura de que quieres seguir? —preguntó Declan.
—Sí.
—Puede que descubramos cosas que duelan.
Eilidh continuó caminando.
—Ya duelen las cosas que no sé.
Declan guardó silencio.
Después de unos minutos, ella añadió:
—Además, tú también estás buscando a tu padre.
—Sí.
—Entonces no tienes que preguntarme si quiero seguir.
—Quizá debería hacerlo.
Eilidh lo miró.
—¿Por qué?
—Porque esto también es tu vida.
—Y la tuya.
—Sí.
—Entonces seguiremos.
Llegaron al almacén cuando la noche comenzaba a caer. El edificio era una construcción de piedra y madera, medio escondida entre árboles. Una lámpara encendida en el interior indicaba que alguien estaba allí. Declan se detuvo antes de acercarse.
—Espera.
—¿Qué ocurre?
—Escucha.
Desde dentro llegaba una voz.
—No debiste volver.
Otra voz respondió.
—No podía dejarlo así.
Eilidh miró a Declan.
—¿Conoces esas voces?
—No.
Se acercaron un poco más.
Entonces reconocieron la segunda.
Era Ronan Vale.
Y la primera pertenecía a Finbarr Doyle.
Declan hizo una señal para que Eilidh permaneciera detrás de él. Ambos se acercaron a la pared lateral, donde una de las ventanas estaba parcialmente abierta. Desde allí podían escuchar claramente.
—Han encontrado la estación —dijo Ronan.
El silencio de Finbarr fue largo.
—¿Quién?
—El hijo de Seamus.
Eilidh sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y la muchacha?
Ronan respondió:
—También.
Finbarr dejó escapar un suspiro.
—Entonces era cuestión de tiempo.
—Tenemos que hablar con Mairead.
—No.
—Ella debe saber que han encontrado la carta.
Eilidh miró a Declan.
La carta.
Ronan sabía que habían encontrado la carta.
Pero nadie, excepto ellos, Mairead y Nessa, sabía que existía.
Declan se acercó todavía más a la ventana.
Entonces Finbarr pronunció unas palabras que hicieron que Eilidh sintiera que el frío le recorría la espalda.
—Si han encontrado la carta de Cormac, también encontrarán el nombre del hombre que los entregó.
Dentro del almacén se hizo un silencio absoluto.
Y Eilidh comprendió que, después de veintiséis años, el valle estaba a punto de devolverles uno de los nombres que había intentado olvidar.
5
Eilidh permaneció inmóvil junto a la pared exterior del almacén, con una mano apoyada contra la piedra húmeda y la otra aferrada al borde de su abrigo, mientras intentaba ordenar lo que acababa de escuchar y contener el impulso de entrar inmediatamente para exigir una explicación, porque la frase pronunciada por Finbarr había cambiado de nuevo la dimensión de aquella historia que durante años había creído reducida a una desaparición sin testigos y a una muerte sin tumba. El nombre de Cormac había estado siempre presente en su vida como una ausencia, pero ahora aparecía unido a una palabra mucho más difícil de aceptar: entregado. Alguien lo había entregado. Alguien había informado sobre sus movimientos, había señalado un camino o había proporcionado una información que permitió que hombres peligrosos supieran dónde encontrarlo, y aquel hecho significaba que la desaparición de su padre no había sido únicamente consecuencia de las circunstancias violentas de 1921, sino también de una decisión humana tomada en algún momento por alguien que conocía el valle, conocía a Cormac y probablemente conocía a Mairead. Declan permanecía junto a ella, mirando hacia la ventana entreabierta, y aunque su rostro conservaba aquella serenidad contenida que parecía acompañarlo desde que había llegado a Glenmara, Eilidh pudo advertir en sus ojos la misma conmoción que sentía ella, porque la conversación que habían escuchado también había modificado la historia de Seamus y, quizá, la razón por la que había permanecido tantos años lejos de Irlanda.
—Tenemos que saber quién es —susurró Eilidh.
Declan negó lentamente.
—Primero tenemos que escuchar todo lo que digan.
—¿Y si se van?
—Entonces entramos.
Eilidh volvió a mirar por la abertura de la ventana y vio a Finbarr de espaldas, apoyado sobre una mesa, mientras Ronan caminaba de un lado a otro con evidente inquietud. La lámpara que colgaba del techo iluminaba parcialmente sus rostros y permitía distinguir el cansancio en las facciones del anciano, que parecía mucho más preocupado que sorprendido por la presencia de Ronan. Durante algunos segundos ninguno habló, y ese silencio fue interrumpido finalmente por el sonido de una silla que Finbarr arrastró sobre el suelo.
—No podemos seguir escondiéndolo —dijo el anciano—. Los muchachos han encontrado la estación, han encontrado la carta y probablemente ya saben que Seamus volvió.
—No saben todo —respondió Ronan.
—Saben suficiente.
—Todavía podemos detenerlos.
Finbarr levantó la cabeza.
—¿Detenerlos cómo?
Ronan no contestó.
—¿Vas a amenazarlos? —preguntó Finbarr—. ¿Vas a decirles que se olviden de sus padres, como hicimos nosotros?
—No quiero hacerles daño.
—Entonces deja que sepan la verdad.
—No sabes lo que puede ocurrir si la verdad sale a la luz.
—Han pasado veintiséis años.
—Eso no cambia nada.
Finbarr golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Lo cambia todo.
Ronan quedó inmóvil.
—Cormac está muerto —continuó Finbarr—. Seamus está al otro lado del océano o bajo tierra, y nosotros seguimos aquí, envejeciendo mientras fingimos que aquella noche no ocurrió. ¿Cuánto tiempo más piensas vivir así?
—Hasta que nadie pregunte.
—Ya están preguntando.
Ronan miró hacia la puerta.
—¿Quién más sabe?
—No lo sé.
—Mairead debe saberlo.
—Mairead sabe más que nosotros.
—¿Y Nessa?
—También.
—Entonces estamos perdidos.
Aquellas últimas palabras provocaron que Declan mirara a Eilidh. Ella comprendió que no podían permanecer allí mucho más tiempo.
Declan abrió la puerta.
El sonido hizo que ambos hombres se volvieran bruscamente. Ronan dio un paso atrás y Finbarr cerró los ojos durante un instante, como si hubiera esperado aquel momento desde hacía años.
—Pueden dejar de hablar de nosotros —dijo Declan mientras entraba—. Estamos aquí.
Eilidh lo siguió.
Ronan quedó pálido.
—¿Cuánto tiempo llevan ahí?
—Lo suficiente —respondió Eilidh.
Finbarr observó primero a Declan y luego a ella, y finalmente fijó la mirada en el rostro de la joven con una expresión que no era de sorpresa, sino de reconocimiento.
—Tienes los ojos de Cormac.
Eilidh sintió que aquellas palabras la atravesaban.
—¿Lo conoció bien?
—Lo suficiente.
—Entonces dígame quién lo entregó.
Finbarr miró a Ronan.
Ronan apartó la vista.
—No es tan sencillo —dijo.
—Para mí sí —respondió Eilidh—. Mi padre desapareció y durante veintiséis años me dijeron que había muerto sin que nadie pudiera explicarme dónde, cuándo ni cómo. Ahora descubro que usted sabe que alguien lo entregó y quiero saber quién fue.
Ronan tragó saliva.
—No fui yo.
—Todavía no te he acusado.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando en todos.
Finbarr se acercó lentamente a ella.
—Tu padre no fue entregado de la manera que imaginas.
—Entonces explíquelo.
—No puedo hacerlo aquí.
—¿Por qué?
El anciano miró hacia la ventana.
—Porque hay cosas que no conviene decir delante de ciertas paredes.
Declan observó el almacén.
—¿Alguien puede escucharnos?
Finbarr no respondió directamente.
—Venid a mi casa.
Ronan dio un paso hacia la puerta.
—Yo no voy.
Finbarr lo detuvo con una mirada.
—Tú vienes conmigo.
—No.
—Ronan.
—No puedo.
—Ya no puedes seguir huyendo.
Ronan permaneció unos segundos inmóvil y finalmente tomó su abrigo.
Los cuatro salieron del almacén cuando la noche había cubierto completamente el valle. El trayecto hasta la casa de Finbarr se realizó casi en silencio. Eilidh caminaba junto a Declan y podía sentir que el anciano los observaba de vez en cuando, como si intentara decidir cuánto podía contarles sin ponerlos en peligro. Ronan caminaba detrás, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza inclinada. No parecía el hombre que Eilidh había imaginado después de escuchar su nombre tantas veces en las últimas horas. No veía en él la seguridad de un traidor que hubiera vivido cómodamente con su secreto, sino la tensión de alguien que había pasado muchos años esperando que una determinada noche regresara para reclamarle una deuda.
La casa de Finbarr estaba cerca del río, pequeña y oscura, con una chimenea de piedra y una puerta que parecía haber sido reparada demasiadas veces. El anciano encendió una lámpara y los hizo pasar a una habitación principal donde había una mesa, cuatro sillas, una estufa y varios objetos de pesca acumulados junto a una pared. Eilidh había estado allí alguna vez durante su infancia, pero apenas conservaba recuerdos del lugar. Finbarr cerró la puerta con llave y después se quedó unos segundos mirando el cerrojo.
—Ahora sí —dijo—. Pregunta.
Eilidh tomó asiento.
—¿Qué ocurrió la noche en que desapareció mi padre?
Finbarr se sentó frente a ella.
—Cormac y Seamus recibieron un mensaje.
—¿De quién?
—De alguien que les dijo que debían cambiar la ruta.
—¿Quién llevó ese mensaje?
Finbarr miró a Ronan.
—Yo.
Eilidh sintió que se le helaban las manos.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque me lo pidió Ronan.
Eilidh giró la cabeza.
Ronan permanecía junto a la pared.
—¿Tú enviaste el mensaje?
—Sí.
—¿Quién te lo dio?
Ronan no contestó.
Finbarr intervino.
—Un hombre de fuera del valle.
—¿Quién?
—No sabíamos su nombre.
—¿Entonces cómo confiaron en él?
Finbarr bajó la mirada.
—No confiamos.
—Pero le hicieron caso.
—Porque dijo algo que solo alguien cercano podía saber.
Eilidh sintió que una sospecha comenzaba a formarse.
—¿Qué dijo?
—Que la casa de los Kelleher estaba siendo vigilada.
El silencio se volvió pesado.
—¿Mi casa?
—Sí.
—¿Quién la vigilaba?
—Nunca lo supimos con certeza.
—¿Y mi madre?
—Sabía que había peligro.
—¿Mi padre lo sabía?
—Sí.
—¿Entonces por qué volvió a la casa?
Finbarr respiró profundamente.
—Porque quería verte.
Eilidh cerró los ojos.
Aquella frase se parecía demasiado a la que había leído en la carta.
—¿La noche de la desaparición vino a despedirse de mí?
—Sí.
—¿Lo vio?
—Lo vi salir.
—¿Con Seamus?
—Sí.
—¿Adónde fueron?
—Hacia el oeste.
—¿Y después?
Finbarr permaneció callado.
Declan habló por primera vez.
—¿Usted los siguió?
—Hasta el camino de la costa.
—¿Qué ocurrió allí?
—Los perdí de vista.
—¿Y cuándo supo que Cormac había muerto?
Finbarr bajó la cabeza.
—Al día siguiente.
Eilidh sintió que una presión le cerraba el pecho.
—¿Encontraron el cuerpo?
—No.
—Entonces ¿cómo lo supieron?
—Seamus regresó.
Declan se inclinó hacia adelante.
—¿Cuándo?
—Dos días después.
—¿Herido?
—Sí.
Eilidh miró a Ronan.
—¿Tú lo viste?
Ronan asintió.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la costa.
—¿Qué dijo?
Ronan tardó en contestar.
—Que Cormac había muerto.
—¿Lo había visto morir?
—No.
—Entonces ¿por qué lo creyó?
—Porque estaba allí cuando ocurrió el ataque.
La habitación quedó en silencio.
Declan preguntó:
—¿Quién atacó?
Ronan cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Cuántos eran?
—Cuatro.
—¿Armados?
—Sí.
—¿Y Seamus escapó?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Ronan miró a Eilidh.
—Cormac hizo que escapara.
Eilidh sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer nuevamente.
—¿Cómo?
Ronan bajó la voz.
—Se quedaron atrás para que Seamus pudiera llevar a las personas que estaban ayudando hasta la costa.
—¿Mi padre se quedó?
—Sí.
—¿Para salvar a los demás?
—Sí.
Eilidh llevó una mano a la boca.
Durante un largo momento nadie habló.
Declan parecía luchar contra sus propias emociones.
—¿Y después? —preguntó.
—Seamus resultó herido —respondió Ronan—. Llegó hasta una casa de pescadores y permaneció escondido varios días. Cuando pudo regresar, buscó a Mairead.
—¿Por qué no se quedó?
—Porque pensaba que volver a Glenmara pondría en peligro a todos.
—Pero volvió una vez.
—Sí.
—¿Y después se marchó a América?
Ronan asintió.
—Eso creo.
Declan abrió su libreta.
—Mi padre dejó escrito que el mar era la única distancia suficiente.
Finbarr lo miró.
—Entonces cumplió lo que había decidido.
—¿Qué decidió?
—Desaparecer.
Declan levantó la mirada.
—¿Por qué?
Finbarr tardó en responder.
—Porque creía que mientras alguien supiera dónde estaba, aquellos hombres podían seguir encontrando a quienes había intentado proteger.
Declan cerró la libreta.
—Entonces mi padre no abandonó a mi madre.
—No.
—Ni a mí.
Finbarr negó lentamente.
—No.
Declan permaneció unos segundos con la mirada fija sobre la mesa.
Eilidh lo observó sin decir nada. Por primera vez comprendió que la verdad que estaba buscando no pertenecía únicamente a su familia. También estaba viendo cómo otra persona reconstruía delante de ella una parte de su propia vida que había sido construida sobre una ausencia. Sintió deseos de acercarse, pero no supo si debía hacerlo. Finalmente dejó su mano sobre la mesa, cerca de la de él, sin tocarlo. Declan bajó la mirada y pareció comprender el gesto.
Finbarr observó a ambos y continuó hablando.
—Hay algo que todavía no os he contado.
Eilidh volvió la atención hacia él.
—¿Qué?
—La persona que dio la información no sabía que Cormac y Seamus cambiarían de ruta.
—Entonces ¿cómo los encontraron?
Finbarr miró a Ronan.
—Porque alguien siguió a Cormac desde Glenmara.
Eilidh sintió que el miedo regresaba.
—¿Quién?
Ronan se separó de la pared.
—No lo vi.
—Pero sabes quién era.
—Tengo una idea.
—¿Quién?
Ronan miró hacia la ventana.
—Un hombre llamado Padraig Sloane.
Finbarr cerró los ojos.
—No digas ese nombre.
—Ya es demasiado tarde.
Eilidh repitió lentamente:
—Padraig Sloane.
El nombre no significaba nada para ella.
—¿Quién era?
—Un comerciante —respondió Ronan—. Pasaba por el valle con frecuencia y conocía a muchas personas. Nadie sospechaba de él porque parecía un hombre común.
—¿Y trabajaba para quienes perseguían a mi padre?
—No puedo demostrarlo.
—¿Pero lo cree?
—Sí.
Declan intervino.
—¿Dónde está ahora?
Ronan negó con la cabeza.
—Murió hace muchos años.
—¿Cuándo?
—1930.
—¿Y su familia?
—Se marcharon.
—¿A dónde?
Ronan respondió:
—No lo sé.
Eilidh sintió frustración.
—Entonces otra vez llegamos a un nombre muerto.
Finbarr negó con la cabeza.
—No necesariamente.
El anciano se levantó, caminó hacia una vieja cómoda y abrió un cajón.
Sacó una pequeña bolsa de tela.
—Cormac dejó esto conmigo.
Eilidh se levantó.
—¿Qué es?
Finbarr abrió la bolsa.
Dentro había una medalla pequeña, una llave y un trozo de papel doblado.
Eilidh reconoció la medalla inmediatamente.
—Era de mi padre.
—Sí.
—¿Por qué la tenía usted?
—Porque me pidió que la guardara.
—¿Cuándo?
—La noche anterior a su partida.
Eilidh tomó la medalla.
La sostuvo entre los dedos y sintió una emoción profunda, difícil de explicar. Era un objeto pequeño, gastado, sin un valor especial para nadie que no conociera su historia, pero había pertenecido a Cormac y había estado cerca de él cuando todavía estaba vivo. Durante tantos años había tenido solamente recuerdos incompletos de un hombre cuya voz apenas podía reconstruir, y ahora tenía en sus manos algo que él había tocado.
Declan observó el papel.
—¿Qué dice?
Finbarr lo desplegó.
Había una dirección.
No estaba en Glenmara.
No estaba siquiera en Irlanda.
Era una dirección de Liverpool.
Declan la leyó dos veces.
—¿Qué significa?
Finbarr miró a Ronan.
—Ese era el último lugar al que Seamus debía dirigirse antes de embarcar.
Declan sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Sabes si llegó?
—No.
—¿Y por qué Cormac tenía esta dirección?
—Porque ambos pensaban encontrarse allí.
Eilidh miró a Declan.
—Entonces quizá podamos averiguar qué ocurrió después.
Declan asintió.
—Sí.
Ronan se acercó a la mesa.
—Hay otra cosa.
Todos lo miraron.
—Seamus no fue solo a Liverpool.
—¿Con quién? —preguntó Declan.
Ronan bajó la voz.
—Con una mujer.
Declan frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
Ronan miró a Eilidh antes de responder.
—No lo sé.
Eilidh sintió que una nueva incertidumbre se abría ante ellos, pero antes de que pudiera preguntar algo más, Finbarr levantó la mano.
—Eso no es lo importante.
—¿Entonces qué lo es?
El anciano señaló la dirección.
—Lo importante es que Seamus dejó allí algo.
—¿Qué?
Finbarr respondió lentamente:
—Una carta.
Declan tomó el papel.
—¿Para quién?
Finbarr lo miró directamente.
—Para ti.
Declan quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque Cormac me pidió que, si Seamus no regresaba, buscara a su hijo.
Declan sintió que la respiración se le detenía.
—¿Mi padre sabía que yo existía?
—Sí.
—¿Y sabía dónde encontrarme?
—No en aquel momento.
—Entonces ¿por qué dejó una carta para mí?
Finbarr negó lentamente.
—No lo sé.
Eilidh se acercó a Declan y observó la dirección escrita en el papel. Había algo en aquella letra que le resultaba extrañamente familiar, aunque nunca la había visto antes. Quizá era porque cada nombre que aparecía ante ellos parecía conectado con otro y porque comenzaban a comprender que sus padres habían dejado rastros deliberadamente, pequeñas señales destinadas a sobrevivir a ellos mismos.
—Tenemos que ir a Liverpool —dijo.
Declan la miró.
—Sí.
—Pero antes debemos volver a Glenmara.
—¿Por qué?
Eilidh pensó en la caja de madera que había quedado en la habitación de Mairead.
—Porque mi madre todavía tiene la carta de Seamus.
Finbarr asintió.
—Y probablemente no sea la única cosa que guarda.
Ronan se quedó mirando el suelo.
—Hay algo más.
Eilidh se volvió.
—¿Qué?
Ronan levantó la cabeza.
—Padraig Sloane no fue quien entregó a Cormac.
El silencio que siguió fue inmediato.
—Entonces ¿quién fue? —preguntó Declan.
Ronan respiró profundamente.
—No estoy seguro.
—Acabas de decir que sabes quién fue.
—Sé quién dio la primera información.
—¿Quién?
Ronan miró a Finbarr.
El anciano no dijo nada.
Ronan cerró los ojos.
—Fue alguien de la casa.
Eilidh sintió que el cuerpo se le quedaba inmóvil.
—¿Qué casa?
Ronan respondió con una voz apenas audible:
—La Casa de los Brezos.
Nadie habló.
La lluvia comenzó a golpear el techo de la casa de Finbarr con mayor fuerza, mientras Eilidh miraba a Declan sin encontrar en su rostro una respuesta que pudiera tranquilizarla. Pensó en Mairead, en las habitaciones de la casa, en la caja cerrada, en las cartas, en las palabras que su madre había pronunciado durante la noche anterior y en la manera en que había reaccionado al escuchar el nombre de Seamus. Pensó también en las personas que habían pasado por aquella casa a lo largo de los años, huéspedes, viajeros, comerciantes, vecinos y desconocidos cuyos nombres apenas recordaba, y comprendió que una de esas personas podía haber sido el origen de todo.
—¿Quién de mi casa? —preguntó.
Ronan no contestó.
—¿Quién habló?
El hombre levantó la mirada hacia ella.
—Eso es lo que todavía estoy intentando averiguar.
Eilidh apretó la medalla de su padre entre los dedos.
Y por primera vez desde que Declan había llegado a Glenmara, el misterio dejó de encontrarse únicamente en el pasado: también podía estar escondido dentro de la casa donde ella había vivido toda su vida.
6
El regreso a La Casa de los Brezos se hizo bajo una lluvia persistente que había convertido los caminos del valle en largas franjas de barro oscuro, y aunque Eilidh conocía cada curva de aquella ruta, aquella noche tuvo la impresión de estar atravesando un lugar completamente desconocido, porque después de las palabras de Ronan la casa de su infancia había dejado de ser solamente el sitio donde había crecido junto a su madre, donde había aprendido a preparar el pan, a encender la cocina en las mañanas frías y a reconocer por los pasos quién de los huéspedes se acercaba por el pasillo, para convertirse también en el escenario posible de una traición ocurrida cuando ella todavía era demasiado pequeña para comprenderla. La Casa de los Brezos permanecía al otro lado de la colina, con algunas ventanas iluminadas y el humo de la chimenea elevándose lentamente sobre el techo, pero Eilidh no sintió el alivio habitual al verla. Se detuvo unos segundos antes de cruzar el pequeño jardín, mientras Declan permanecía a su lado sin presionarla, comprendiendo que aquella pausa no era causada por cansancio, sino por la necesidad de reunir el valor suficiente para entrar en un lugar que acababa de adquirir una dimensión distinta.
—No sé qué voy a encontrar —dijo Eilidh.
Declan observó la casa.
—Quizá nada.
—Ronan dijo que alguien de aquí dio la información.
—Dijo que todavía intenta averiguar quién fue.
—Pero cree que salió de esta casa.
—Sí.
Eilidh miró las ventanas.
—Mi madre estaba aquí.
—Era joven.
—Tenía una hija pequeña.
—Y estaba asustada.
—Eso no convierte a nadie en culpable.
Declan la miró.
—No.
—Entonces no quiero entrar pensando que mi madre hizo algo.
—No tienes por qué hacerlo.
—Pero tampoco puedo fingir que no escuchamos lo que escuchamos.
—Tampoco.
Eilidh respiró profundamente.
—¿Vendrás conmigo?
Declan asintió.
—Sí.
Entraron. Mairead estaba en la cocina, sentada junto a la mesa y cosiendo una pequeña reparación en una camisa. Levantó la mirada en cuanto oyó la puerta y observó primero a su hija y después a Declan. No preguntó dónde habían estado, porque la expresión de ambos le indicó que la conversación que había intentado aplazar finalmente había regresado a buscarla. Dejó la aguja sobre la mesa y esperó. Eilidh cerró la puerta, se quitó el abrigo mojado y lo dejó junto al fuego.
—Necesitamos hablar —dijo.
Mairead permaneció callada.
—Hemos estado con Finbarr y Ronan.
El rostro de Mairead cambió ligeramente.
—No debisteis ir.
—Ya lo hicimos.
—¿Qué os dijeron?
Eilidh se acercó a la mesa.
—Que mi padre y Seamus salieron juntos de Glenmara, que fueron perseguidos, que hubo un ataque en la costa y que Seamus volvió herido para decirte que Cormac había muerto.
Mairead bajó la mirada.
—Sí.
—También nos dijeron que alguien de esta casa proporcionó información sobre los movimientos de mi padre.
Mairead levantó la cabeza con rapidez.
—¿Quién os dijo eso?
—Ronan.
La mujer permaneció inmóvil.
—Ronan no sabe toda la historia.
—Entonces cuéntamela tú.
Mairead miró hacia la ventana.
—No sé quién habló.
—¿Nunca lo supiste?
—No.
—¿Sospechaste de alguien?
Mairead no contestó.
Eilidh sintió que la respuesta estaba escondida en aquel silencio.
—Madre.
—No quiero que empieces a sospechar de personas que quizá no tuvieron nada que ver.
—Entonces dame algo que me permita dejar de hacerlo.
Mairead cerró los ojos.
—Había huéspedes aquella semana.
Declan intervino con suavidad.
—¿Recuerda quiénes?
Mairead lo miró.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
—¿Nombres?
—Uno era un viajante que iba hacia Galway. Otro era un hombre que decía trabajar con ganado. Había una mujer que estuvo dos noches y un sacerdote que solamente pasó una noche.
Eilidh frunció el ceño.
—¿Los recuerda a todos?
—No sus apellidos.
—¿Y alguno volvió?
Mairead tardó unos segundos.
—El hombre del ganado.
—¿Cuándo?
—Unos meses después.
—¿Solo?
—Sí.
Declan sacó la libreta.
—¿Recuerda algo más?
—Que preguntó por Cormac.
Eilidh sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Qué dijo exactamente?
—Preguntó si había estado en casa.
—¿Y tú qué respondiste?
—Que no.
—¿Era verdad?
—No.
—Entonces ¿por qué mentiste?
Mairead se quedó mirando a su hija.
—Porque esa noche entendí que había personas buscando a tu padre.
Eilidh permaneció en silencio.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque aquel hombre no preguntó por él como quien pregunta por un conocido. Preguntó como quien intenta confirmar que alguien se encuentra en un lugar determinado.
Declan anotó algo.
—¿Qué aspecto tenía?
—No lo recuerdo bien.
—¿Alguna característica?
—Era alto, llevaba barba corta y tenía una cicatriz cerca de la ceja.
Declan dejó de escribir.
—¿Qué ocurre? —preguntó Eilidh.
—Ronan mencionó una cicatriz.
—¿Dónde?
—En la frente.
Mairead asintió.
—La tenía.
Declan cerró la libreta.
—¿Sabe su nombre?
—Creo que dijo llamarse O'Riada.
Eilidh repitió el apellido.
—O'Riada.
—Sí.
Declan pasó varias páginas.
—No aparece aquí.
—¿Por qué debería aparecer?
—Mi padre anotaba nombres de personas que consideraba relacionadas con sus viajes.
Mairead lo miró con atención.
—¿Tu padre dejó una libreta?
—Sí.
—¿Qué más tienes?
—Cartas de mi madre y algunos papeles.
Mairead bajó la mirada.
—Entonces quizá ha llegado el momento de que los veas.
Declan pareció sorprendido.
—¿Tú sabes algo de ellos?
—No de tus papeles, pero sé que Seamus dejó algo aquí antes de marcharse.
Eilidh sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué?
Mairead no respondió inmediatamente. Se levantó y caminó hacia la escalera.
—Venid.
Subieron al piso superior. La habitación de Mairead estaba al final del pasillo. La mujer abrió la puerta, se dirigió al armario y sacó la caja de madera que Eilidh había visto la noche anterior. La colocó sobre la cama y la abrió con la llave. Esta vez no intentó impedir que su hija mirara dentro.
Había varias cartas, algunas fotografías, un pañuelo azul cuidadosamente doblado, un pequeño crucifijo de madera, dos recibos antiguos, un reloj detenido y un sobre grande atado con una cinta.
Declan permaneció a cierta distancia.
—¿Esto es de Seamus? —preguntó.
—Parte.
—¿Cuál parte?
Mairead tomó el sobre grande.
—Esto.
Se lo entregó.
Declan lo abrió.
Dentro había un documento doblado y una fotografía.
La fotografía mostraba a Seamus junto a Cormac delante de un edificio que parecía ser la estación. Ambos estaban serios, pero había entre ellos una familiaridad que no podía confundirse con la simple relación entre dos hombres que habían coincidido por circunstancias peligrosas. Cormac tenía una mano sobre el hombro de Seamus.
Eilidh tocó la fotografía.
—Nunca había visto esto.
—Porque nunca quise que la vieras.
Declan dio vuelta la fotografía.
En el reverso había una fecha.
17 de octubre de 1921.
—¿Qué es el documento? —preguntó Eilidh.
Declan lo abrió.
Era una lista.
Nombres.
Fechas.
Lugares.
Y junto a algunos nombres había pequeñas marcas.
—¿Qué significa esto?
Mairead se acercó.
—No lo sé.
Declan examinó la primera página.
—Aquí aparece el nombre de Padraig Sloane.
Eilidh se inclinó.
—¿Y este?
—Ronan Vale.
Mairead cerró los ojos.
—No.
—¿Qué ocurre?
—No quiero que sigáis.
Eilidh la miró.
—¿Por qué?
—Porque ahora entiendo que esto es más grande de lo que pensaba.
Declan continuó leyendo.
Había otros nombres.
Algunos estaban tachados.
Otros acompañados de fechas.
Uno de ellos estaba encerrado en un círculo.
O'Riada.
Eilidh sintió un escalofrío.
—Es el hombre que volvió aquí.
Declan asintió.
—Sí.
—¿Qué significa la marca?
Mairead negó con la cabeza.
—No lo sé.
Declan giró el documento.
En la última página había una frase escrita con una letra diferente.
“No confiar en nadie que pregunte por la habitación seis.”
Eilidh miró a su madre.
—¿Qué había en la habitación seis?
Mairead palideció.
—Nada.
—No me mientas.
—No había nada.
—Entonces ¿por qué alguien escribió eso?
Mairead se quedó inmóvil.
Declan miró hacia el pasillo.
—¿La habitación seis sigue existiendo?
—Sí.
—¿Quién la ocupa?
—Nadie.
Eilidh sintió que una inquietud profunda se apoderaba de ella.
—Quiero verla.
Mairead negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la cerré después de que Seamus se marchara.
—¿Por qué?
—Porque allí ocurrió algo.
Declan la miró.
—¿Qué?
Mairead se sentó en la cama.
—La noche antes de que Cormac desapareciera, alguien entró en esa habitación.
Eilidh permaneció inmóvil.
—¿Quién?
—No lo vi.
—¿Qué hizo?
—No lo sé.
—¿Entonces cómo sabes que alguien entró?
—Porque escuché la puerta.
—¿Y luego?
—Escuché pasos.
—¿De madrugada?
—Sí.
—¿Fuiste a mirar?
—Sí.
—¿Qué encontraste?
Mairead miró a su hija.
—La ventana abierta.
Declan preguntó:
—¿Había algo dentro?
—Una caja pequeña.
—¿Qué contenía?
Mairead bajó la mirada.
—Nada.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Y la caja?
—Desapareció.
Eilidh se acercó.
—¿Quién pudo haberla tomado?
—No lo sé.
—¿Y por qué nunca me contaste esto?
—Porque después de aquella noche Cormac me pidió que no preguntara.
—¿Te pidió que no preguntaras?
—Sí.
—¿Por qué?
Mairead tardó en responder.
—Porque sospechaba que alguien de Glenmara estaba pasando información.
Declan cerró los ojos durante unos segundos.
—Entonces la persona que buscamos quizá nunca estuvo en esta casa.
Mairead lo miró.
—No.
—¿Qué quiere decir?
—Digo que Cormac nunca estuvo seguro.
Eilidh miró el documento.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Tenemos cuatro nombres, una habitación cerrada, una caja desaparecida, una lista de personas vigiladas y una carta que dice que Seamus sabía dónde encontrar a Cormac.
Declan la miró.
—Y una dirección en Liverpool.
Eilidh asintió.
—Sí.
Mairead se levantó.
—No vais a ir.
Declan respondió con calma.
—Necesitamos hacerlo.
—No sabéis lo que os espera.
—Tampoco lo sabía Seamus.
—Precisamente.
Eilidh tomó la fotografía de su padre.
—Quiero conocerlo.
Mairead la miró.
—Ya lo conoces.
—No. Conozco lo que tú me contaste.
La mujer guardó silencio.
—Quiero conocer al hombre que fue —continuó Eilidh—, no al hombre que tú decidiste convertir en un recuerdo incompleto.
Mairead bajó la mirada.
—Era bueno.
—Lo sé.
—Era terco.
Eilidh sonrió débilmente.
—Eso también lo sé.
—Y tenía una forma de mirar cuando estaba preocupado que se parecía mucho a la tuya.
Aquella comparación sorprendió a Eilidh.
Mairead acarició la fotografía.
—Nunca dejó de pensar en ti.
—Entonces ¿por qué no volvió?
—Porque tenía miedo de que su regreso pusiera en peligro a todos.
Declan preguntó:
—¿Y Seamus?
Mairead lo miró.
—Él también tenía miedo.
—¿De qué?
—De convertirse en la razón por la que alguien más muriera.
Declan bajó la mirada.
Aquella respuesta pareció tocar una parte de él que hasta entonces había mantenido cuidadosamente protegida.
Eilidh lo observó y comprendió que había preguntas que quizá no necesitaban ser formuladas.
Mairead volvió a guardar los documentos, pero Eilidh detuvo su mano.
—Quiero llevarme una copia de esa lista.
—No.
—Entonces déjame memorizar los nombres.
Mairead la miró durante unos segundos y finalmente asintió.
Declan sacó un lápiz.
—Los escribiremos.
Se sentaron los tres alrededor de la cama y comenzaron a copiar los nombres. Había doce en total. Algunos eran completamente desconocidos para Eilidh. Otros pertenecían a familias que todavía vivían en el valle. Uno de ellos era Ronan Vale. Otro era Padraig Sloane. El tercero era O'Riada. Junto a algunos aparecían pequeñas marcas que parecían indicar movimiento o vigilancia. Al llegar al último nombre, Eilidh se detuvo.
Kelleher, Mairead.
Levantó lentamente la mirada.
Su madre estaba pálida.
—¿Por qué aparece tu nombre?
Mairead no contestó.
Declan observó la página.
—¿Sabías que estabas vigilada?
—Sí.
—¿Quién te lo dijo?
—Cormac.
—¿Cuándo?
—La noche antes de irse.
Eilidh sintió que el pecho se le cerraba.
—Entonces la persona que dio la información pudo haber estado vigilándote a ti.
Mairead asintió.
—Sí.
—¿Y tú nunca te fuiste?
—No podía.
—¿Por mí?
—Por ti.
Eilidh se quedó en silencio.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Después Mairead abrió nuevamente la caja y sacó el sobre de Seamus.
—Hay algo que debes saber antes de que vayáis a Liverpool.
Eilidh levantó la cabeza.
—¿Qué?
Mairead extendió el sobre hacia Declan.
—Esta carta llegó seis meses después de la desaparición de Cormac.
Declan la tomó.
—¿Qué dice?
—Léela.
Él abrió el sobre.
La carta comenzaba con una frase que hizo que su rostro cambiara inmediatamente.
“Querida Mairead: no sé si alguna vez podré volver a Irlanda, pero necesito que sepas que Cormac no murió la noche que te dijeron.”
Eilidh dejó escapar el aire lentamente.
—¿Qué?
Declan siguió leyendo.
La carta explicaba que Seamus había descubierto después de separarse de Cormac que su compañero había sido llevado con vida del lugar del ataque. Había intentado encontrarlo, pero los hombres que los perseguían habían obligado a Seamus a escapar. No sabía dónde estaba Cormac, pero tenía razones para creer que había sobrevivido durante algún tiempo.
Eilidh se llevó una mano al pecho.
—Entonces mi padre quizá no murió aquella noche.
Mairead negó lentamente.
—Eso no significa que sobreviviera.
—Pero Seamus lo creyó.
—Sí.
Declan siguió leyendo.
La última parte hablaba de una persona que Seamus había encontrado en la costa, alguien que conocía el lugar donde habían llevado a Cormac, pero que se negó a hablar mientras permaneciera en Irlanda. Seamus decía que debía abandonar el país porque su presencia podía poner en peligro a Mairead y a la niña.
Después aparecía una dirección.
La misma de Liverpool.
Declan levantó la mirada.
—¿Por qué nunca me llegó esta carta?
Mairead respondió:
—Porque no estaba dirigida a ti.
—Pero hablaba de mi padre.
—Yo no sabía dónde estabas.
—Podías haberla enviado a mi madre.
—Lo intenté.
—¿Y?
—La devolvieron.
Declan volvió a mirar el papel.
—Entonces mi madre nunca la recibió.
Mairead negó.
—No.
Declan cerró los ojos.
Eilidh se acercó a él.
—Lo siento.
Declan respiró profundamente.
—Durante toda mi vida pensé que mi padre había decidido irse y que mi madre había intentado protegerme de esa verdad. Ahora descubro que quizá ambos fueron víctimas de algo que empezó antes de que yo pudiera comprenderlo.
Eilidh apoyó una mano sobre su brazo.
—No tienes que descubrirlo todo esta noche.
Declan la miró.
—Pero quiero hacerlo.
—Lo sé.
La mano de Eilidh permaneció sobre su brazo durante unos segundos antes de retirarse. Ninguno de los dos comentó el gesto, pero algo cambió entre ellos en aquel instante, una cercanía que no nacía de una declaración ni de una atracción repentina, sino de la confianza que comenzaba a crecer entre dos personas que habían descubierto que podían compartir el peso de una historia demasiado grande para llevarla por separado.
Mairead observó a ambos y volvió a cerrar la caja.
—Si vais a Liverpool, no vayáis solamente buscando a Seamus.
Declan guardó la carta.
—¿Qué debemos buscar?
—A la persona que conocía el lugar donde llevaron a Cormac.
—¿Sabes quién es?
Mairead miró hacia la ventana.
—Creo que sí.
Eilidh se volvió.
—¿Quién?
Mairead permaneció callada.
—Madre.
La mujer finalmente habló.
—Aodhan Byrne.
Declan frunció el ceño.
—¿Quién es?
—Un pescador de la costa oeste.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
Mairead respondió con dificultad.
—Cerca de Galway.
Declan miró a Eilidh.
—Entonces antes de Liverpool iremos a Galway.
Mairead asintió.
—Si todavía queréis seguir.
Eilidh tomó la fotografía de su padre y la guardó cuidadosamente dentro de su abrigo.
—Ahora más que nunca.
Aquella noche, después de que Mairead se acostara, Eilidh permaneció en la cocina junto a Declan. El fuego se había reducido y el viento golpeaba las paredes de la casa con fuerza. Sobre la mesa estaban la lista de nombres, la dirección de Liverpool y una pequeña hoja donde Declan había anotado el nombre de Aodhan Byrne.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
Eilidh tardó en contestar.
—Sí.
—Yo también.
—No pareces tenerlo.
—He aprendido a ocultarlo.
Eilidh lo miró.
—Yo también.
Declan sonrió ligeramente.
—Entonces somos dos mentirosos bastante buenos.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
Después volvió a mirar la fotografía.
—¿Crees que mi padre está muerto?
Declan guardó silencio durante unos segundos.
—No lo sé.
—Es la primera vez que alguien me responde eso sin intentar consolarme.
—Porque no quiero mentirte.
Eilidh asintió.
—Gracias.
El silencio entre ambos no resultó incómodo. Por primera vez desde que se habían conocido, pudieron permanecer juntos sin necesidad de llenar cada espacio con preguntas sobre el pasado. Afuera, el valle estaba cubierto por la oscuridad y la lluvia, y la Casa de los Brezos parecía aislada del resto del mundo. Sin embargo, sobre aquella mesa descansaban ahora los nombres que podían conducirlos hacia la verdad, y en la habitación de arriba Mairead guardaba todavía otros documentos que Eilidh no había visto.
Antes de subir, Declan tomó la lista.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si alguien de esta casa dio la información, ¿por qué Cormac dejó aquí sus documentos?
Eilidh se quedó pensando.
—Quizá porque confiaba en mi madre.
—¿Y si la persona que habló también tenía acceso a ellos?
—Entonces sabía exactamente dónde estaban.
Declan levantó la mirada.
—Eso significa que no estamos buscando solamente a alguien que conocía a tu padre.
Eilidh comprendió lo que quería decir.
—Estamos buscando a alguien que conocía la casa.
Los dos quedaron inmóviles.
En ese mismo momento, arriba, en la habitación de Mairead, una tabla del armario crujió bajo una presión que no provenía del viento.
Eilidh y Declan levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Escuchaste eso?
Declan ya estaba de pie.
Subieron rápidamente las escaleras y encontraron la puerta de la habitación entreabierta. Mairead dormía profundamente, pero el armario estaba abierto.
La caja de madera seguía sobre la cama.
Sin embargo, el sobre que contenía la carta de Seamus había desaparecido.
Eilidh se quedó paralizada.
Declan miró hacia la ventana.
Estaba abierta.
Sobre el alféizar había una pequeña huella de barro.
Y junto a ella, casi oculto entre las sombras, había un trozo de papel arrancado de la carta.
En él solo podían leerse cuatro palabras:
“No vayáis a Galway.”
7
La advertencia permaneció sobre el alféizar de la ventana durante varios segundos antes de que cualquiera de los tres pudiera reaccionar, porque aquellas cuatro palabras, escritas sobre un fragmento de papel arrancado de la carta de Seamus, tenían una fuerza mucho mayor que cualquier amenaza explícita y parecían demostrar que alguien había estado dentro de la habitación mientras ellos permanecían abajo, conversando sobre Galway y preparando el viaje que pensaban emprender al amanecer. Eilidh observaba la pequeña huella de barro junto a la ventana con una mezcla de miedo y rabia, mientras Declan examinaba el marco intentando descubrir por dónde había entrado aquella persona y Mairead, todavía sentada sobre la cama, parecía incapaz de apartar los ojos del lugar donde había estado el sobre. Durante tantos años había protegido aquella carta como si fuera una parte de su propia vida, y ahora alguien había conseguido entrar en su habitación, tomarla y dejar deliberadamente un mensaje para ellos, demostrando que no solamente conocía sus movimientos, sino que probablemente sabía lo que estaban buscando y hasta dónde habían llegado.
—¿Quién puede haber entrado? —preguntó Eilidh, aunque sabía que ninguno de los dos hombres podía darle una respuesta inmediata.
Declan se agachó junto a la ventana y examinó el barro sin tocarlo. La huella no era completa, pero podía distinguirse el dibujo de una suela pesada y una parte del borde exterior. Después observó el jardín y las piedras húmedas que conducían hacia el camino.
—Alguien llegó desde fuera —dijo—. No salió por la puerta.
—¿Cómo puedes saberlo?
—La puerta estaba cerrada cuando bajamos y nadie pasó por las escaleras después de que estuvimos en la cocina. Además, hay barro en el alféizar.
Mairead respiró profundamente.
—Podría haber sido alguien que conociera la casa.
Declan se incorporó.
—Eso es lo que más me preocupa.
Eilidh tomó el fragmento de papel.
—¿Reconoces la letra?
Mairead lo miró.
—No.
—¿Es la letra de Seamus?
—No.
Declan acercó el papel a la lámpara.
—Está escrito con tinta diferente.
—¿Qué significa?
—Que alguien tomó la carta, arrancó una parte y escribió esto después.
Eilidh apretó el papel.
—Entonces quien entró sabía exactamente qué carta buscaba.
Mairead bajó la mirada.
—Sí.
—¿Quién conocía su existencia?
—Muy pocas personas.
—¿Quiénes?
Mairead no respondió.
Eilidh insistió.
—Tú, Nessa, Finbarr, Ronan, quizá O'Riada y cualquiera que haya estado en esta casa.
—No O'Riada —dijo Mairead—. Él nunca supo de la carta.
Declan la miró.
—¿Cómo estás segura?
—Porque Cormac nunca habló de ella delante de él.
—¿Y Ronan?
—No lo sé.
La respuesta hizo que Eilidh levantara la cabeza.
—¿No confías en Ronan?
—Nunca he confiado completamente en él.
—Pero trabajó con mi padre.
—Sí.
—Entonces ¿por qué lo permitió?
Mairead se quedó callada.
Declan volvió a examinar la habitación. Había una silla junto a la ventana y una pequeña mesa donde Mairead solía guardar sus cosas. Sobre ella había un vaso de agua, una lámpara y un peine. No parecía faltar nada más.
—No vino a robar —dijo.
Eilidh lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tuvo tiempo de buscar y solamente se llevó una cosa.
—La carta.
—Sí.
—Entonces quería esa carta.
—O quería que creyéramos que la quería.
Mairead levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Declan señaló el fragmento de papel.
—Si quisiera ocultar la carta, podría habérsela llevado completa. Dejó deliberadamente este mensaje.
Eilidh sintió un escalofrío.
—Quiere que no vayamos a Galway.
—Exactamente.
Mairead se puso de pie.
—Entonces no vayáis.
Eilidh se volvió hacia ella.
—Ahora iremos precisamente por eso.
—Eilidh, escucha lo que estás diciendo.
—Alguien ha entrado en tu habitación.
—Lo sé.
—Ha tomado una carta que pertenece a mi padre.
—Lo sé.
—Y nos ha dicho que no vayamos a Galway.
—Porque quizá sabe que allí encontraréis algo que no quiere que encontréis.
Declan asintió.
—Eso mismo pienso.
Mairead negó con la cabeza.
—No comprendéis lo que estáis haciendo.
Eilidh se acercó a su madre.
—Tal vez no. Pero tú sí.
Mairead cerró los ojos.
—Hay recuerdos que no deberían abrirse.
—No estamos abriendo recuerdos. Estamos abriendo puertas que otros llevan veintiséis años cerrando.
La mujer permaneció en silencio.
Declan guardó el fragmento de papel en su libreta.
—Nos iremos al amanecer.
—No —respondió Mairead.
—Sí.
—Declan.
Él la miró.
—Señora Kelleher, durante toda mi vida pensé que mi padre había elegido abandonarnos. Ahora sé que probablemente pasó años intentando mantenernos a salvo. No voy a regresar a Dublin fingiendo que nunca descubrí esto.
Mairead sostuvo su mirada.
—Tu padre era un hombre que sabía cuándo detenerse.
Declan bajó la voz.
—Quizá por eso llegó tan lejos.
Eilidh miró a ambos y comprendió que aquella conversación no iba a cambiar nada. La decisión estaba tomada.
Sin embargo, antes de acostarse, ocurrió algo que ninguno de los tres esperaba. Mairead abrió nuevamente la caja de madera y sacó un pequeño paquete envuelto en tela.
—Hay algo que no os he enseñado.
Eilidh se acercó.
—¿Qué es?
Mairead desató la tela.
Dentro había una brújula antigua.
La tapa estaba rayada y el metal había perdido parte de su brillo.
—Era de Cormac.
Eilidh la tomó.
—¿Por qué nunca la vi?
—Porque la guardé después de que desapareció.
Declan examinó el objeto.
—¿Funciona?
—No lo sé.
Él la abrió.
La aguja comenzó a moverse lentamente y después se estabilizó.
—Sí.
Mairead observó la brújula.
—Cormac la llevaba cuando salió de casa.
Eilidh levantó la mirada.
—¿Cómo sabes que la llevaba aquella noche?
—Porque regresó por ella.
—¿Cuándo?
—Poco antes de marcharse.
—¿Y por qué la dejó contigo?
Mairead dudó.
—Porque dijo que quizá ya no la necesitaría.
Eilidh sintió una presión en el pecho.
—¿Eso fue todo?
—No.
Mairead se sentó.
—Me dijo algo que no comprendí hasta muchos años después.
—¿Qué?
—Que si algún día alguien volvía a preguntar por la brújula, significaría que la historia no había terminado.
Declan miró el objeto.
—¿Alguien preguntó por ella?
Mairead asintió.
—Sí.
—¿Quién?
—El hombre que volvió meses después y preguntó por Cormac.
—O'Riada.
—No estoy segura de que fuera él.
—¿Entonces quién?
Mairead miró la brújula.
—Nunca vi su rostro claramente.
Eilidh se quedó pensativa.
—¿Qué quería?
—Preguntó si Cormac había dejado una brújula.
Declan y Eilidh se miraron.
—¿Y qué respondiste?
—Que no.
—¿Dónde estaba?
—Debajo de mi ropa.
—¿Y nunca volvió?
—No.
Declan examinó la brújula con mayor atención.
—¿Hay algo escrito aquí?
Eilidh se acercó.
En la parte interior de la tapa había una inscripción casi borrada.
Glenmara, 1919.
Debajo aparecía una inicial.
A.
—A —dijo Eilidh—. ¿Qué significa?
Mairead negó lentamente.
—No lo sé.
Declan cerró la brújula.
—Tal vez Aodhan.
Eilidh lo miró.
—Aodhan Byrne.
Mairead permaneció inmóvil.
—¿Por qué no me dijiste antes que lo conocías?
—Porque no sabía si seguía vivo.
—Ahora sabemos que sí.
—Por eso tenéis que ir a verlo.
Aquella respuesta sorprendió a Eilidh.
—¿No acabas de decir que no debíamos ir?
—A Galway, sí.
—Pero acabas de decirnos que debemos encontrar a Aodhan.
—Porque quizá sea el único que pueda explicar lo que ocurrió.
Declan guardó la brújula.
—Entonces iremos.
Mairead miró a Eilidh.
—Y cuando habléis con él, preguntad por el faro.
—¿Qué faro?
—El de Blackwater Point.
Declan tomó nota.
—¿Qué tiene que ver con Cormac?
—No lo sé.
—¿Y Seamus?
Mairead tardó en responder.
—Todo.
La noche avanzó lentamente y ninguno durmió bien. Eilidh permaneció despierta durante horas, mirando el techo y escuchando los ruidos de la casa, que aquella noche parecían más numerosos que de costumbre. Cada crujido de las vigas le hacía pensar en la persona que había entrado en la habitación de su madre, y cada sonido procedente del exterior despertaba la posibilidad de que aquella persona todavía estuviera cerca. Finalmente se levantó y bajó a la cocina, donde encontró a Declan sentado junto a la ventana, con la libreta abierta y una taza de café delante.
—Tampoco puedes dormir —dijo ella.
—No.
Eilidh se sentó frente a él.
—¿Qué estás haciendo?
—Intento ordenar las fechas.
—¿Y has encontrado algo?
—Sí.
Declan giró la libreta hacia ella.
Había escrito una secuencia.
Octubre de 1921: desaparición.
Dos días después: regreso de Seamus.
Seis meses después: carta.
1922: salida hacia Liverpool.
Después: América.
—Hay un vacío —dijo.
—¿Dónde?
—Entre la salida de Seamus hacia Liverpool y su llegada a América.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Y por qué importa?
—Porque en ese intervalo pudo haber buscado a Cormac.
Eilidh permaneció mirando las fechas.
—Entonces quizá encontró algo.
—Eso creo.
—¿Y la carta?
—Puede haber sido escrita antes de que supiera que Cormac estaba muerto.
—O después.
—Sí.
Eilidh apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Qué crees que pasó con mi padre?
Declan la miró.
—Creo que sobrevivió al ataque.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué crees que pasó con Seamus?
Declan respiró profundamente.
—Creo que se pasó el resto de su vida intentando reparar algo que nunca pudo reparar.
Eilidh bajó la mirada.
—Quizá por eso escribió.
—Quizá.
—¿Crees que tuvo otra familia en América?
Declan tardó en responder.
—No lo sé.
—¿Te molestaría descubrirlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque durante toda mi vida imaginé que yo era lo único que había dejado atrás.
Eilidh comprendió.
—No tienes que decidir ahora cómo sentirte.
Declan la miró.
—Tampoco tú.
Aquella conversación se prolongó durante largo rato y, aunque ninguno volvió a mencionar directamente la creciente cercanía que comenzaba a existir entre ellos, ambos sintieron que algo se estaba construyendo de manera silenciosa. Hablaron de sus madres, de la infancia, de los lugares que habían querido conocer, de las decisiones que nunca habían podido tomar y de la forma en que una persona puede pasar años viviendo dentro de una historia que otros escribieron por ella. Eilidh le confesó que siempre había querido conocer una ciudad grande, no porque odiara Glenmara, sino porque sentía que había una parte del mundo que la esperaba más allá de las colinas. Declan le habló de Dublin, de sus calles llenas de gente, de las librerías, del ruido de los tranvías y de la sensación extraña de caminar entre miles de personas sin conocer casi a ninguna. Ella escuchó fascinada y, por primera vez, no sintió que el mundo exterior fuera un lugar imposible, sino algo que quizá algún día podría formar parte de su vida.
Cuando amaneció, prepararon el viaje.
Mairead insistió en que llevaran comida suficiente para dos días y una manta adicional, aunque el trayecto no debía ser demasiado largo. Antes de que salieran, entregó a Eilidh la brújula.
—No la pierdas.
—No lo haré.
Después miró a Declan.
—Y tú tampoco pierdas la libreta.
Él asintió.
—No lo haré.
Mairead abrazó a su hija durante un largo momento.
—Vuelve.
Eilidh cerró los ojos.
—Volveré.
No hubo una despedida semejante entre Mairead y Declan, pero cuando él estrechó su mano, la mujer sostuvo sus dedos durante unos segundos.
—Cuida de ella.
Declan respondió sin dudar.
—Lo haré.
Salieron al camino poco después de las siete. El cielo estaba despejado por primera vez en varios días y la luz del amanecer se extendía sobre las colinas, haciendo que el valle pareciera menos amenazante que durante las noches anteriores. Caminaron hasta el punto donde podían conseguir transporte hacia la costa. Eilidh llevaba una pequeña bolsa y la brújula guardada en el bolsillo interior del abrigo. Declan cargaba el equipaje y la libreta.
El viaje transcurrió lentamente. La carretera estaba deteriorada y el vehículo avanzaba con dificultad, pero ambos agradecieron aquellas horas porque les permitieron descansar un poco y organizar las preguntas que harían a Aodhan. Cuando llegaron a la zona costera, el aire había cambiado. El olor salado del mar reemplazó al de la tierra húmeda del valle y el viento era más fuerte.
—¿Has estado aquí alguna vez? —preguntó Declan.
—Cuando era niña.
—¿Con tu padre?
Eilidh negó.
—Con mi madre.
—¿Recuerdas algo?
—Un faro.
Declan la miró.
—Blackwater Point.
—Sí.
—Entonces quizá ya lo has visto.
Eilidh observó el horizonte.
—Quizá.
Encontraron la casa de Aodhan después de preguntar en una pequeña tienda cercana. Era una construcción baja junto a la costa, rodeada por redes, cajas de madera y aparejos de pesca. Un anciano salió cuando escuchó sus pasos. Tenía el rostro marcado por el viento y el cabello completamente blanco.
—¿Aodhan Byrne? —preguntó Declan.
El hombre los observó.
—Sí.
Eilidh dio un paso adelante.
—Soy Eilidh Kelleher.
El anciano quedó inmóvil.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después miró a Declan.
—Y tú eres el hijo de Seamus.
Declan sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo sabe?
Aodhan no respondió.
Sus ojos se fijaron en la brújula que asomaba ligeramente del bolsillo del abrigo de Eilidh.
—Todavía la tiene.
Eilidh sacó el objeto.
—¿La conoce?
Aodhan se llevó una mano al rostro.
—Pensé que nunca volvería a verla.
Declan dio un paso adelante.
—¿Qué sabe de nuestros padres?
Aodhan miró hacia el mar.
—Más de lo que me gustaría recordar.
—Necesitamos saber qué ocurrió.
El anciano permaneció en silencio.
Eilidh habló entonces.
—Mi padre murió hace veintiséis años, pero nadie pudo decirme dónde. Mi madre ha vivido todo este tiempo sin saber la verdad. Si usted estuvo allí, necesito que me diga lo que vio.
Aodhan la observó largamente.
—Tu padre llegó a mi casa.
Eilidh sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Cuándo?
—La noche del ataque.
Declan se quedó inmóvil.
—¿Cormac?
Aodhan asintió.
—Herido.
Eilidh tuvo que apoyarse en Declan.
—¿Estaba vivo?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
Aodhan miró nuevamente hacia el mar.
—Tres días.
Declan sintió que una fuerza invisible le cerraba el pecho.
—¿Y después?
Aodhan no respondió.
—¿Adónde fue? —preguntó Eilidh.
El anciano cerró los ojos.
—No se fue solo.
—¿Con quién?
Aodhan miró a Declan.
—Con alguien que había venido a buscarlo.
Declan comprendió antes de que el anciano pronunciara el nombre.
—Seamus.
Aodhan asintió.
—Seamus volvió por él.
Eilidh sintió que las lágrimas descendían por su rostro.
—Entonces mi padre no murió aquella noche.
—No.
—¿Y qué pasó después?
Aodhan respiró profundamente.
—Eso es lo que no debéis contarle a nadie todavía.
Declan frunció el ceño.
—¿Por qué?
El anciano señaló la brújula.
—Porque esa brújula no solamente indica el norte.
Eilidh la miró.
—¿Qué significa?
Aodhan respondió con voz grave:
—Indica el lugar donde Cormac dejó el último mensaje para su hija.
Declan y Eilidh se miraron.
—¿Dónde? —preguntó ella.
Aodhan señaló hacia el horizonte.
—En Blackwater Point.
El viento golpeó con fuerza las paredes de la casa mientras el anciano cerraba la puerta detrás de ellos y, por primera vez desde que había comenzado aquella búsqueda, Eilidh comprendió que quizá la verdad sobre su padre no estaba enterrada en el pasado, sino esperando todavía en algún lugar de aquella costa donde Cormac había logrado sobrevivir cuando todos los demás habían dejado de buscarlo.
8
La casa de Aodhan Byrne parecía todavía más pequeña desde el interior, como si los gruesos muros de piedra hubieran sido construidos no solamente para resistir los vientos de la costa, sino también para guardar dentro de ellos todo aquello que durante años había sido demasiado peligroso para decir en voz alta. El anciano cerró la puerta, colocó el pestillo y permaneció unos instantes con la espalda apoyada contra la madera, mirando a Eilidh y a Declan con una expresión en la que se mezclaban el cansancio, la cautela y una especie de resignación que no parecía propia de un hombre sorprendido por una visita inesperada, sino de alguien que había pasado demasiado tiempo esperando que aquella visita terminara ocurriendo. Afuera, el viento hacía crujir las redes colgadas junto a la pared y golpeaba las ventanas con pequeñas gotas de lluvia que habían comenzado a caer desde el mar, mientras dentro de la habitación una estufa de hierro desprendía un calor irregular que apenas conseguía vencer el frío acumulado en las piedras.
—Siéntense —dijo Aodhan finalmente—. Lo que tengo que contarles no puede decirse de pie ni mientras uno está pensando en marcharse.
Eilidh obedeció, aunque la tensión que sentía en el pecho no disminuyó. Declan tomó una silla cercana y dejó la libreta sobre sus rodillas. Aodhan se sentó frente a ellos y durante un largo momento contempló sus manos, grandes y deformadas por décadas de trabajo, como si necesitara reunir en ellas el valor suficiente para regresar a una noche que había intentado olvidar durante más de veinte años.
—Cormac llegó aquí tres noches después de la emboscada —comenzó—. No llegó caminando. Lo encontré cerca de los acantilados, poco antes del amanecer, y si no hubiera salido a revisar las redes aquella mañana probablemente habría muerto allí mismo.
Eilidh sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Qué heridas tenía?
—Una herida en el costado y otra en la pierna. Había perdido mucha sangre, pero todavía podía hablar. Lo llevé a esta casa y lo escondí durante tres días. No podía llevarlo a un médico porque había hombres preguntando por él en toda la costa, y cualquiera que hubiese visto a un desconocido herido habría tenido demasiadas preguntas que responder.
Declan abrió la libreta.
—¿Qué dijo?
Aodhan lo miró.
—Lo primero que preguntó fue por Seamus.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no sabía dónde estaba.
—¿Era verdad?
—En aquel momento sí.
Eilidh intervino.
—¿Cormac sabía que mi madre estaba esperando su regreso?
Aodhan asintió.
—Eso fue lo segundo que preguntó. Quería saber si alguien había llegado a Glenmara, si habían ido a la casa, si Mairead estaba a salvo. También preguntó por una niña.
Eilidh dejó de respirar durante un instante.
—¿Por mí?
—Por ti.
Aodhan no apartó la mirada.
—No sabía tu nombre. Cormac me preguntó si sabía algo de una niña que había nacido en Glenmara y cuyo padre había tenido que marcharse antes de conocerla.
Eilidh sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no quiso apartar la mirada del anciano.
—¿Qué más dijo?
—Dijo que no había podido verla y que aquella era la cosa que más lamentaba.
Declan bajó lentamente la libreta.
—¿Por qué no regresó?
Aodhan tardó en contestar.
—Porque no podía.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
—Mi padre pasó años creyendo que el suyo lo había abandonado —dijo Declan—. Mi madre murió sin saber dónde estaba. Eilidh creció sin conocer siquiera la voz de su padre. Necesitamos algo más que frases incompletas.
Aodhan aceptó el reproche sin defenderse.
—Tienes razón.
Se levantó lentamente y caminó hasta un viejo armario. Abrió la puerta inferior y sacó una caja de madera ennegrecida por el tiempo. La colocó sobre la mesa y buscó una llave pequeña que llevaba colgada de una cadena alrededor del cuello.
—Cormac dejó esto conmigo.
Eilidh miró la caja.
—¿Qué hay dentro?
—Lo que no pude entregar.
Abrió la tapa.
Dentro había varios papeles, un pañuelo oscuro, una fotografía pequeña y un sobre amarillento. Aodhan sacó primero la fotografía y la puso sobre la mesa. Eilidh la tomó con manos temblorosas.
Era Cormac.
Estaba de pie junto al mar, considerablemente más joven de lo que ella lo había imaginado, y llevaba una expresión seria pero tranquila. A su lado aparecía Seamus, con una mano apoyada sobre su hombro. Los dos miraban hacia la cámara.
Eilidh acercó la fotografía al rostro.
—Nunca había visto esta.
Declan la observó.
—Yo tampoco.
Aodhan señaló el fondo.
—Fue tomada aquí.
Eilidh volvió a mirar.
—¿Cuándo?
—Poco antes de que todo comenzara.
Declan señaló el hombre que aparecía parcialmente detrás de ellos.
—¿Quién es ese?
Aodhan no contestó inmediatamente.
—No lo sé con certeza.
—Pero lo conocía.
—Sí.
—¿Y qué hacía con ellos?
—Eso es precisamente lo que nunca pude averiguar.
Eilidh miró nuevamente la fotografía. El rostro del tercer hombre estaba parcialmente oculto por una sombra, pero parecía joven. Llevaba una gorra oscura y un abrigo pesado.
—¿Podría ser Padraig Sloane?
Aodhan negó.
—No.
—¿O'Riada?
—Tampoco.
Declan tomó la fotografía.
—Entonces tenemos otro nombre perdido.
Aodhan lo miró con seriedad.
—Quizá.
—¿Y qué significa la inscripción de la brújula?
El anciano extendió la mano.
—Déjamela.
Eilidh se la entregó.
Aodhan abrió la tapa y observó la inscripción durante varios segundos.
—Esto lo hizo Cormac.
—¿La inicial A?
—No significa Aodhan.
Declan se inclinó hacia él.
—Entonces ¿qué significa?
—No es una inicial.
—¿Qué es?
—Una indicación.
Aodhan señaló la letra.
—Cormac utilizaba letras para señalar puntos de encuentro. No escribía nombres completos porque sabía que si alguien encontraba sus cosas podía comprender demasiado.
Eilidh sintió una mezcla de esperanza y temor.
—¿Y qué lugar señala esta?
Aodhan giró la brújula.
—Blackwater Point.
—¿Por qué?
—Porque allí dejó algo.
Declan cerró la libreta.
—Vamos.
Aodhan lo detuvo con un gesto.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque si vais allí sin saber lo que buscáis, podéis no encontrarlo.
—Entonces díganos qué buscamos.
Aodhan abrió el sobre amarillento.
—Una carta.
Eilidh sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Para mí?
—No sé.
—¿De Cormac?
—Sí.
Declan extendió la mano.
—¿Por qué nunca la entregaste?
Aodhan lo miró.
—Porque me pidió que esperara.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que Seamus volviera.
—Y no volvió.
—Volvió.
Declan quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Seamus regresó.
—¿Cuándo?
—Un año después.
Eilidh levantó la cabeza.
—¿Seamus estuvo aquí?
—Sí.
—¿Habló de mi padre?
—Mucho.
—¿Y de mí?
—Más de lo que imaginas.
La respuesta hizo que Eilidh se cubriera la boca con una mano.
—¿Por qué no vino a vernos?
Aodhan bajó la mirada.
—Porque estaba convencido de que alguien vigilaba Glenmara.
Declan apretó la mandíbula.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Y tú?
—Yo tenía sospechas.
—¿Cuáles?
Aodhan miró hacia la ventana.
—Las mismas que ahora tenéis vosotros.
El silencio que siguió fue interrumpido únicamente por el ruido de la lluvia contra los cristales.
—Ronan —dijo Eilidh.
Aodhan no respondió.
—¿Ronan Vale?
—No.
Declan lo miró sorprendido.
—Entonces ¿quién?
Aodhan tomó el sobre y lo guardó nuevamente.
—Primero debéis ir al faro.
Eilidh se puso de pie.
—¿Y la carta?
—Después.
—¿Después de qué?
—Después de que encontréis el lugar.
Declan comprendió que no conseguirían más información de aquel hombre si seguían presionándolo.
—Está bien.
Aodhan también se levantó.
—Yo iré con ustedes.
La caminata hasta Blackwater Point comenzó poco después del mediodía. El cielo había adquirido un tono gris uniforme y el viento soplaba desde el oeste con tanta fuerza que obligaba a avanzar inclinándose ligeramente hacia adelante. Aodhan caminaba despacio, apoyándose en un bastón, pero conocía el sendero con precisión y no necesitaba detenerse para orientarse. Eilidh iba a su lado, mientras Declan caminaba unos pasos detrás, observando continuamente los alrededores.
—¿Siempre fue así de solitario este lugar? —preguntó Eilidh.
—Más antes —respondió Aodhan—. Había menos caminos y más silencio.
—¿Y Cormac venía aquí?
—Sí.
—¿Con Seamus?
—Muchas veces.
Eilidh sonrió débilmente.
—Mi madre nunca me habló de esto.
—Tu madre intentaba protegerte.
—Lo sé.
—No la juzgues demasiado.
—No la juzgo.
Aodhan la miró.
—Eso es bueno.
Eilidh bajó la mirada.
—Pero quiero saber.
—Eso también es bueno.
Caminaron unos minutos en silencio hasta que Aodhan señaló una pequeña construcción abandonada cerca del borde del acantilado.
—Allí.
El faro se levantaba unos metros más adelante, viejo y deteriorado, con la pintura desprendida y varias ventanas rotas. No había nadie alrededor. La puerta estaba entreabierta.
Declan se detuvo.
—¿Estaba así cuando viniste la última vez?
Aodhan frunció el ceño.
—No.
—Entonces alguien ha estado aquí.
Eilidh sintió que el miedo volvía a apoderarse de ella.
—¿Crees que nos siguieron?
Declan miró el sendero.
—No lo sé.
Aodhan señaló la puerta.
—Cormac entró por aquí.
—¿Cuándo?
—La última vez que lo vi.
—¿Y salió?
Aodhan negó lentamente.
—Yo no estaba dentro.
Declan avanzó.
—Entonces entremos.
El interior olía a humedad y madera podrida. Una escalera estrecha conducía hacia la parte superior y el suelo estaba cubierto de polvo, aunque había marcas recientes cerca de la entrada. Declan se agachó y observó una huella.
—Alguien estuvo aquí hace poco.
Aodhan palideció.
—Entonces no somos los primeros.
Eilidh sintió que la mano de Declan buscaba la suya y, aunque no dijo nada, entrelazó los dedos con los de él. No fue un gesto teatral ni una declaración de afecto, sino una reacción natural ante el temor de entrar en un lugar donde quizá alguien había estado esperando precisamente que ellos llegaran. Declan apretó suavemente su mano antes de soltarla cuando tuvo que utilizar ambas para abrir una puerta interior.
Subieron.
La luz entraba por una ventana rota y dibujaba sombras largas sobre las paredes. En el piso superior encontraron una habitación pequeña con una mesa, una silla y un armario vacío. Aodhan señaló una sección del suelo.
—Aquí.
Declan se arrodilló.
—¿Qué?
—Cormac escondió algo debajo de una tabla.
Con la punta de una navaja levantó cuidadosamente la madera. Debajo había un pequeño compartimento.
Estaba vacío.
Eilidh sintió una punzada de decepción.
—Alguien llegó antes.
Declan examinó el hueco.
—No necesariamente.
—¿Qué quieres decir?
—Mira.
En el fondo había una marca reciente, como si una caja hubiese sido retirada hacía poco.
Aodhan cerró los ojos.
—La carta.
—¿Estaba aquí?
—Sí.
—Entonces alguien la encontró.
Eilidh respiró profundamente.
—La misma persona que robó la carta de mi madre.
Declan no respondió.
Entonces escucharon un ruido abajo.
Los tres quedaron inmóviles.
Un golpe seco.
Después otro.
Alguien había cerrado la puerta del faro.
Declan hizo una señal para que permanecieran en silencio.
Se acercó a la escalera y miró hacia abajo.
Una sombra atravesó lentamente la entrada.
Eilidh sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Aodhan susurró:
—No hagáis ruido.
Declan retrocedió.
La persona comenzó a subir.
Un peldaño.
Después otro.
La madera crujió bajo el peso de sus pasos.
Eilidh miró a Declan y comprendió por su expresión que él también había reconocido algo.
No el rostro.
No todavía.
El modo de caminar.
El ritmo de aquellos pasos.
Aodhan se llevó una mano a la boca.
—Lo conozco.
Declan susurró:
—Yo también.
Los pasos continuaron acercándose hasta detenerse justo debajo de ellos.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces una voz masculina subió por la escalera.
—Sé que están aquí.
Eilidh sintió que el miedo le paralizaba las piernas.
La voz volvió a escucharse, más cerca.
—Y sé exactamente qué han encontrado.
Declan avanzó hacia la escalera.
—¿Quién eres?
El hombre soltó una breve carcajada.
—Pregúntale a Aodhan.
El anciano palideció.
Eilidh lo miró.
—¿Lo conoces?
Aodhan respondió con una voz apenas audible.
—Sí.
—¿Quién es?
El hombre comenzó a subir el último tramo de la escalera.
Aodhan cerró los ojos.
—El hombre que Cormac creyó que estaba muerto.
La figura apareció finalmente bajo la luz gris de la ventana.
Y Eilidh reconoció el rostro de la fotografía.
No era Padraig Sloane.
No era O'Riada.
Era el tercer hombre que había estado junto a Cormac y Seamus.
El hombre que durante todos aquellos años había permanecido sin nombre.
9
Durante unos segundos nadie se movió dentro del viejo faro, como si el tiempo hubiera quedado suspendido entre la aparición de aquel hombre y el reconocimiento que acababa de producirse en los rostros de Eilidh, Declan y Aodhan. La luz gris que entraba por la ventana rota caía de manera oblicua sobre las paredes húmedas y alcanzaba apenas el rostro del desconocido, pero era suficiente para confirmar que se trataba del mismo hombre que aparecía parcialmente oculto detrás de Cormac y Seamus en la fotografía que Aodhan había mostrado poco antes. Había envejecido de una manera evidente, con el cabello completamente encanecido en las sienes y profundas líneas alrededor de los ojos, pero conservaba aquella mirada penetrante que hacía imposible confundirlo con cualquier otra persona. Eilidh sintió que una parte de la historia de su padre, que durante toda su vida había permanecido cubierta por silencios y versiones incompletas, acababa de adquirir un rostro, aunque aquel rostro no significaba todavía una respuesta, sino una cantidad aún mayor de preguntas.
El hombre se quedó quieto en el último escalón y miró primero a Aodhan, después a Eilidh y finalmente a Declan, deteniéndose unos instantes en cada uno de ellos como si necesitara comprobar que realmente estaban allí. No parecía sorprendido por encontrarlos, y aquella tranquilidad resultaba más inquietante que cualquier actitud agresiva, porque demostraba que había llegado al faro sabiendo que probablemente los encontraría y que llevaba consigo una historia preparada para ser contada o, quizá, una mentira cuidadosamente construida durante muchos años.
—No he venido a hacerles daño —dijo finalmente—, pero tampoco puedo permitir que sigan buscando sin saber lo que están buscando.
Declan no se apartó de la escalera.
—Entonces empieza por decirnos tu nombre.
El hombre miró a Aodhan.
—¿Nunca se lo dijiste?
—No tuve oportunidad —respondió el anciano.
—Tuviste más de veinte años.
Aodhan sostuvo su mirada.
—También tú.
El desconocido bajó lentamente el último escalón y quedó frente a ellos.
—Me llamo Brendan Kearney.
Eilidh sintió que aquel nombre no le decía absolutamente nada.
—Nunca lo he oído.
—Precisamente.
Declan observó su rostro.
—¿Conociste a mi padre?
—Sí.
—¿Y a Cormac?
—También.
—¿Eras parte de lo que hacían?
Brendan tardó en responder.
—Sí.
—¿Qué hacían exactamente?
El hombre miró hacia la ventana.
—Ayudaban a personas que necesitaban desaparecer durante un tiempo.
Eilidh frunció el ceño.
—Eso ya lo sabemos.
—No sabéis ni la mitad.
—Entonces cuéntanos la otra mitad.
Brendan la miró con una expresión inesperadamente triste.
—Tienes los ojos de Cormac.
Eilidh sintió que aquellas palabras atravesaban algo muy profundo dentro de ella. Había escuchado muchas veces descripciones de su padre, pero nunca había conocido a nadie que pudiera comparar su rostro con el de él. Aodhan había hablado de su carácter, Mairead de su manera de caminar y Finbarr de su terquedad, pero aquel hombre acababa de decir algo tan sencillo que, precisamente por eso, resultaba más doloroso.
—¿Cómo era? —preguntó Eilidh.
Brendan respondió después de un breve silencio.
—Demasiado valiente para su propio bien.
Declan intervino.
—¿Y Seamus?
—Más prudente, aunque no siempre lo suficiente.
—¿Eran amigos?
—Eran hermanos sin serlo.
Aodhan cerró los ojos.
—Eso mismo decía Cormac.
Brendan asintió.
—Porque era verdad.
Eilidh miró el compartimento vacío bajo las tablas.
—¿Tú tomaste la carta?
Brendan no contestó inmediatamente.
—¿Qué carta?
—La que estaba aquí.
El hombre observó el suelo.
—Sí.
Declan dio un paso hacia él.
—¿También entraste en nuestra casa?
—Sí.
Eilidh sintió una oleada de indignación.
—¿Entraste en la habitación de mi madre?
—Sí.
—¿Y robaste la carta de Seamus?
—No la robé.
—¿Cómo llamas a tomar algo que no te pertenece?
—La retiré antes de que otra persona pudiera encontrarla.
Declan respondió con dureza.
—¿Y quién te dio derecho?
Brendan lo miró.
—El mismo derecho que me llevó a mantener con vida a tu padre cuando otros querían matarlo.
El silencio se hizo pesado.
Declan no respondió.
Brendan sacó del interior de su abrigo un pequeño paquete envuelto en cuero.
—La carta está aquí.
Eilidh dio un paso adelante.
—Devuélvemela.
Brendan no se movió.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si la lees ahora, vas a entender solamente una parte.
—Es una carta de mi padre.
—Precisamente por eso.
Declan se interpuso entre ambos.
—No tienes derecho a decidir cuándo puede leerla.
—Quizá no.
—Entonces entrégala.
Brendan miró a Declan durante unos segundos y finalmente extendió el paquete.
Eilidh lo tomó.
Sus manos temblaban.
El cuero estaba húmedo y frío. Desató el cordón lentamente y encontró dentro el sobre que Mairead había conservado durante años. La esquina estaba rasgada y una parte del papel había desaparecido.
—¿Por qué la arrancaste?
—Porque contenía un nombre.
Declan frunció el ceño.
—¿Qué nombre?
Brendan miró a Aodhan.
—El suyo.
Eilidh sintió que el aire parecía desaparecer de la habitación.
—¿El de Aodhan?
—Sí.
El anciano permaneció inmóvil.
—No —dijo.
Brendan lo miró.
—Sí.
—Cormac nunca escribió mi nombre.
—No escribió tu nombre completo.
—Entonces ¿qué escribió?
—Una inicial y una dirección.
Declan miró a Eilidh.
—La A de la brújula.
Brendan asintió.
—La brújula no señala Blackwater Point porque sí. Cormac utilizaba ese símbolo para indicar que la persona que debía recibir un mensaje era Aodhan.
Eilidh abrió la carta.
El papel estaba deteriorado y varias líneas eran apenas legibles. Reconoció inmediatamente la letra que había visto en la carta encontrada en la estación, aunque aquella escritura era más apresurada y desigual.
—¿Qué dice? —preguntó Declan.
Eilidh acercó el papel a la luz.
—Habla de la noche del ataque.
Brendan permaneció callado.
—Dice que no fue una emboscada improvisada —continuó ella—. Alguien sabía exactamente por dónde pasarían.
Declan miró a Brendan.
—Eso ya lo sabíamos.
—Aquí hay algo más.
Eilidh continuó leyendo.
—Cormac dice que sospechaban de alguien que llevaba información desde Glenmara hacia los hombres que los perseguían.
Aodhan murmuró:
—Ronan.
Brendan negó.
—No.
Declan se volvió.
—¿Entonces quién?
Brendan miró directamente a Eilidh.
—O'Riada.
La joven quedó inmóvil.
—Mairead sospechaba de él.
—Con razón.
—Pero Ronan dijo que no podía demostrarlo.
—Porque Ronan sabía que si hablaba, el siguiente nombre sería el suyo.
Declan apretó los labios.
—Entonces Ronan estaba implicado.
—Sí.
—¿Fue él quien entregó la ruta?
—No directamente.
—¿Qué hizo?
Brendan respondió después de una pausa.
—Llevó el mensaje equivocado.
Declan comprendió.
—El mensaje que cambió la ruta de Cormac y Seamus.
—Sí.
—¿A propósito?
—No.
Eilidh levantó la mirada.
—Entonces ¿por qué lo hizo?
—Porque alguien lo obligó.
—¿Quién?
Brendan no contestó.
Aodhan tomó la palabra.
—Sloane.
Brendan negó lentamente.
—No.
—Entonces dime quién.
Brendan se acercó a la mesa y dejó ambas manos sobre la madera.
—No era un solo hombre.
Declan abrió la libreta.
—¿Una organización?
—No exactamente.
—¿Cuántos?
—Tres hombres que actuaban por cuenta propia y utilizaban el miedo de otros para conseguir información.
Eilidh recordó el documento encontrado en la habitación seis.
—Tres nombres.
Brendan la miró.
—¿Qué nombres?
—Padraig Sloane, Ronan Vale y O'Riada.
Brendan cerró los ojos.
—Entonces ya habéis encontrado el documento.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la habitación seis.
Brendan dio un paso atrás.
—Entonces la persona que entró en vuestra casa sabía que habíais encontrado la lista.
Declan respondió:
—¿Fuiste tú?
—No.
—Pero tú entraste.
—Sí, para sacar la carta.
—Entonces alguien más sabe lo que estamos buscando.
Brendan asintió.
—Desde antes que vosotros.
Eilidh sintió que el temor volvía a apoderarse de ella.
—¿Quién?
Brendan la miró.
—No lo sé.
—No te creo.
—Es la verdad.
—Has sabido demasiado durante demasiado tiempo.
—Porque estuve allí.
—Entonces deberías saberlo.
Brendan bajó la mirada.
—No siempre sabemos quién está detrás de una puerta hasta que la puerta se abre.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Aodhan caminó hasta la ventana.
—¿Dónde está Cormac?
Brendan no respondió.
El anciano se volvió.
—No te he preguntado qué ocurrió aquella noche. Te he preguntado dónde está.
Brendan respiró profundamente.
—No lo sé.
Eilidh sintió una mezcla de desesperación y rabia.
—¿Está vivo?
Brendan miró hacia ella.
—Cuando lo vi por última vez, sí.
—¿Cuándo fue eso?
—Después de que salió de esta casa.
Aodhan giró bruscamente.
—Yo no lo vi salir con vida.
—Porque no estabas aquí.
—¿Adónde fue?
—Al norte.
Declan interrumpió.
—¿Con Seamus?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió después?
Brendan se acercó a la ventana.
—Seamus quería llevarlo a un lugar seguro. Cormac estaba herido y apenas podía caminar. Habían conseguido un contacto que podía sacarles del país durante un tiempo, pero el contacto estaba en Galway.
Eilidh sintió un escalofrío.
—Galway.
—Sí.
—La nota decía que no fuéramos allí.
Brendan se volvió.
—Por eso.
Declan comprendió.
—Quien dejó la nota sabe que Galway es importante.
—Sí.
—¿Y tú quieres que vayamos?
—No.
—Entonces ¿qué debemos hacer?
Brendan sacó otro papel de su abrigo.
—Ir a Galway no es el problema. Llegar allí por el camino que todos conocen sí lo es.
Declan tomó el papel.
Era un mapa antiguo de la costa.
Había una ruta marcada con tinta.
—¿Qué es esto?
—El camino que Cormac y Seamus utilizaron después de salir de aquí.
Eilidh se acercó.
—¿Dónde termina?
Brendan señaló una pequeña marca junto a la costa.
—En una antigua casa de pescadores.
Aodhan negó.
—Esa casa está abandonada desde hace años.
—Precisamente.
Declan levantó la mirada.
—¿Qué encontraron allí?
—Nada.
—Entonces ¿por qué es importante?
Brendan miró a Eilidh.
—Porque allí Cormac dejó una segunda carta.
Eilidh sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Para quién?
Brendan respondió:
—Para ti.
La joven cerró los ojos.
Durante toda su vida había imaginado a su padre como una figura borrosa, alguien cuya existencia estaba limitada a una fotografía, unas pocas palabras de su madre y recuerdos que ni siquiera sabía si realmente le pertenecían o habían sido construidos a partir de lo que otros le habían contado. Ahora tenía delante a un hombre que aseguraba que Cormac había dejado algo especialmente para ella, algo escrito cuando sabía que quizá no volvería a verla.
—¿Por qué no me la entregaste antes?
—Porque no sabía si estabas preparada.
Eilidh abrió los ojos.
—No vuelvas a decidir por mí.
Brendan aceptó aquellas palabras con un gesto lento.
—Tienes razón.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Acabas de decir que existe.
—Existe.
—Entonces ¿dónde?
—En la casa de pescadores.
—¿Y por qué no la has buscado?
Brendan la miró.
—Porque la última vez que fui, alguien me estaba esperando.
Declan preguntó:
—¿Quién?
—Nunca pude verlo.
—¿Qué ocurrió?
—Me dispararon.
Eilidh miró su hombro.
—¿Esa cicatriz?
Brendan asintió.
—Sí.
Aodhan lo observó.
—Entonces tú también huiste.
—Sí.
—Como Seamus.
Brendan guardó silencio.
Declan se quedó pensando.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a mi padre?
—En 1923.
—Dos años después de la desaparición.
—Sí.
—Entonces ¿por qué Seamus seguía buscando a Cormac?
Brendan lo miró.
—Porque no estaba dispuesto a creer que había muerto.
Eilidh apretó la carta contra el pecho.
—¿Y lo encontró?
—Sí.
Declan sintió que aquella respuesta cambiaba nuevamente todo lo que creían saber.
—¿Dónde?
—En una granja cerca del norte.
—¿Cormac estaba allí?
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé exactamente.
—¿Estaba herido?
—Todavía.
—¿Y después?
Brendan miró a Eilidh.
—Después llegó alguien antes que nosotros.
Aodhan comprendió.
—Los hombres de la red.
—Sí.
—¿Y Cormac?
Brendan bajó la mirada.
—Se lo llevaron.
Eilidh sintió que las piernas le fallaban.
Declan se acercó inmediatamente y la sostuvo por el brazo.
—¿Vivo?
Brendan respondió:
—Sí.
El silencio fue absoluto.
Eilidh apoyó una mano contra la pared.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Cómo puedes decir que estaba vivo?
—Porque lo vi.
—¿Y después?
—Después lo perdí.
—¿Cuánto tiempo?
Brendan tardó en responder.
—Dos días.
Eilidh se volvió hacia Aodhan.
El anciano estaba llorando.
—¿Qué sabes? —preguntó ella.
Aodhan no pudo contestar.
Declan se acercó a Brendan.
—Necesito que me cuentes exactamente qué ocurrió.
Brendan asintió.
—Cormac fue capturado.
—¿Por quién?
—Por hombres que buscaban nombres.
—¿Qué nombres?
—Los de todas las personas que habían ayudado a escapar a las familias.
—¿Y Cormac sabía esos nombres?
—Algunos.
—¿Los entregó?
Brendan lo miró con firmeza.
—Nunca.
Eilidh sintió una mezcla de orgullo y dolor.
—¿Lo torturaron?
Brendan apartó la mirada.
—No voy a contarte cosas que no vi.
—¿Qué viste?
—Vi cómo lo golpeaban. Vi que estaba demasiado débil para defenderse. Vi cómo preguntaban por Seamus y por otros hombres. Y vi a Cormac guardar silencio.
Declan cerró los ojos.
—¿Cómo escapaste tú?
—No escapé.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Seamus regresó.
Aodhan se llevó una mano al pecho.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Y lo sacó?
—A Cormac y a mí.
Declan miró a Brendan.
—Entonces Seamus pudo salvarlo.
Brendan no respondió.
—¿Qué ocurrió después?
—Cormac estaba muy mal.
—Pero vivo.
—Sí.
—¿Y Seamus?
—Herido.
—¿Los tres salieron juntos?
Brendan asintió.
—Hasta un punto.
—¿Cuál?
—Una carretera secundaria que llevaba hacia la costa.
Eilidh preguntó:
—¿Por qué se separaron?
Brendan la miró.
—Porque alguien estaba siguiendo a Seamus.
—¿Quién?
—El mismo hombre que había dado la información sobre ellos.
Declan sintió que finalmente estaban llegando al centro de aquella historia.
—¿Quién era?
Brendan abrió la boca, pero antes de responder se escuchó un golpe fuerte en la puerta del faro.
Los cuatro quedaron inmóviles.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Aodhan retrocedió.
—No estamos solos.
Declan hizo una señal para que nadie hablara.
El viento golpeaba las paredes y hacía difícil distinguir cualquier otro sonido, pero entonces escucharon pasos alrededor de la construcción.
Uno.
Dos.
Tres.
Alguien caminaba por el exterior.
Brendan sacó algo del interior del abrigo.
No era un arma.
Era un pequeño sobre.
Se lo entregó a Eilidh.
—Si algo me ocurre, abre esto.
—¿Qué contiene?
—El nombre.
—¿Qué nombre?
—El hombre que entregó a Cormac.
Declan miró hacia la puerta.
—¿Cuántos son?
Brendan respondió en voz baja.
—No lo sé.
Aodhan señaló la parte posterior del faro.
—Hay una salida.
Declan negó.
—¿Por dónde?
—Por debajo.
Brendan tomó una lámpara.
—Entonces vamos.
Descendieron rápidamente por la escalera mientras los golpes continuaban arriba. Eilidh guardó el sobre dentro del abrigo y siguió a Declan, que avanzaba detrás de Aodhan. Llegaron a una pequeña puerta de madera escondida detrás de unas cajas viejas. Aodhan sacó una llave y la abrió. Un pasadizo estrecho conducía hacia una pendiente cubierta de hierba que desembocaba en un sendero junto a los acantilados.
Cuando salieron, el viento los golpeó con fuerza.
—¡Por aquí! —gritó Aodhan.
Corrieron cuanto permitían las piedras mojadas y la oscuridad que comenzaba a caer. Eilidh perdió momentáneamente el equilibrio y Declan la sostuvo antes de que cayera.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te separes de mí.
—No pensaba hacerlo.
Siguieron avanzando hasta llegar a una pequeña depresión del terreno donde podían ocultarse de quienes estuvieran buscando en el faro. Desde allí vieron tres figuras salir de la construcción.
Eilidh sintió que el miedo le recorría el cuerpo.
Uno de los hombres permaneció en la puerta.
Otro comenzó a caminar hacia el sendero.
El tercero miró directamente hacia la oscuridad donde ellos se escondían.
Declan contuvo la respiración.
Brendan observó al hombre y su rostro cambió.
—Es él.
Aodhan susurró:
—¿Quién?
Brendan no respondió.
El hombre que estaba junto al faro levantó una lámpara y comenzó a caminar lentamente hacia ellos.
Eilidh apretó el brazo de Declan.
Brendan se inclinó hacia ella.
—Ahora tienes que elegir.
—¿Qué?
—Si quieres saber toda la verdad, debes ir a la casa de pescadores.
—¿Y tú?
—Yo voy a detenerlos.
Declan negó.
—No.
Brendan lo miró.
—Si vienen por mí, vosotros podéis escapar.
—No voy a dejarte.
—No me conoces.
—Pero conociste a mi padre.
Brendan sonrió con tristeza.
—Por eso precisamente quiero que te vayas.
Eilidh sacó el sobre.
—Tengo el nombre.
—Entonces ya no me necesitas.
—Sí te necesito.
Brendan la miró durante unos segundos.
—Entonces escucha bien. La casa de pescadores está al final del sendero que bordea los acantilados. Hay una puerta azul que no se ve desde el camino. Detrás de la tercera piedra encontrarás una llave. Cuando entres, busca una habitación con una ventana orientada al mar. Cormac escondió allí la carta.
—¿Y qué dice?
Brendan miró a Eilidh.
—Eso solamente puede decírtelo él.
Un disparo quebró el aire.
Los pájaros levantaron vuelo desde los acantilados.
Aodhan gritó que corrieran.
Declan tomó a Eilidh de la mano y ambos descendieron por el sendero mientras Brendan se dirigía en dirección contraria. Otro disparo resonó detrás de ellos, seguido por voces que se perdieron bajo el viento.
Eilidh corría sin saber exactamente hacia dónde la conducía aquel sendero, pero llevaba el sobre contra el pecho y la brújula en el bolsillo, y por primera vez desde que había comenzado aquella búsqueda sentía que no estaba persiguiendo únicamente una historia contada por otros, sino acercándose a una parte de su propia vida que había permanecido oculta durante demasiado tiempo.
Cuando llegaron a la tercera piedra, Declan se detuvo.
—Aquí.
Eilidh se agachó.
Debajo había una llave oxidada.
La tomó.
A pocos metros, casi oculta entre la vegetación y la oscuridad, apareció una pequeña casa con una puerta azul.
Declan la miró.
—¿Lista?
Eilidh sostuvo la llave.
—No.
—Yo tampoco.
Ella introdujo la llave en la cerradura.
Antes de girarla, escucharon a lo lejos un nuevo disparo.
Después otro.
Eilidh cerró los ojos durante un instante, respiró profundamente y giró la llave, mientras el viento del Atlántico golpeaba la puerta azul y, detrás de aquella madera envejecida, esperaba una carta escrita por un hombre que ella había pasado toda su vida creyendo perdido.
10
La puerta azul cedió con un ruido prolongado que pareció recorrer toda la pequeña casa, y durante unos segundos Eilidh permaneció inmóvil con la mano todavía apoyada sobre la cerradura, incapaz de dar el primer paso hacia el interior porque la idea de encontrar allí una carta escrita por su padre había dejado de ser una posibilidad remota para convertirse en algo tan concreto que le producía un temor diferente al que había sentido durante la huida del faro. Declan entró primero, levantando la lámpara que Aodhan había conseguido llevar consigo antes de abandonar el pasadizo, y esperó a que la luz revelara el interior antes de hacerle una señal para que entrara. La casa parecía abandonada desde hacía décadas, aunque el polvo que cubría los muebles no ocultaba por completo unas marcas recientes en el suelo, como si alguien hubiera recorrido aquellas habitaciones en los últimos días. Había una mesa pequeña junto a una pared, dos sillas, una estufa oxidada, un armario sin puertas y una escalera que conducía a un segundo nivel. El olor a madera húmeda, sal y ceniza vieja era tan intenso que Eilidh tuvo la sensación de estar entrando en un lugar que había permanecido esperando, inmóvil, desde la época en que su padre todavía caminaba por aquellas costas.
—Es aquí —dijo Aodhan desde la puerta.
Eilidh se volvió hacia él.
—¿Estás seguro?
—Sí.
El anciano había llegado con dificultad después de la carrera y respiraba con esfuerzo, pero sus ojos estaban fijos en la casa con una expresión que no dejaba dudas sobre el significado que aquel lugar tenía para él. Declan cerró la puerta y comprobó el pestillo antes de mirar a través de una de las ventanas.
—Tenemos que permanecer aquí hasta que sea seguro salir.
—No estarán buscándonos en esta casa —respondió Aodhan.
—¿Por qué?
—Porque quienes nos siguieron no saben que existe.
Eilidh observó las paredes.
—Entonces ¿cómo la conociste?
Aodhan se acercó lentamente a la mesa.
—Cormac me la mostró.
—¿Cuándo?
—Antes de desaparecer.
—¿La utilizaba para esconderse?
—A veces.
—¿Y Seamus?
—También.
Declan recorrió con la lámpara las paredes y el techo.
—¿Por qué nunca nos hablaste de ella?
Aodhan suspiró.
—Porque durante años pensé que cuanto menos recordara, menos posibilidades habría de que alguien volviera a utilizar estos lugares.
Eilidh dejó la bolsa sobre la mesa.
—Pero ahora alguien está intentando impedir que encontremos la verdad.
—Sí.
—Entonces quizá ya no importa guardar silencio.
Aodhan la miró.
—Eso mismo pensé cuando te vi llegar.
Declan levantó la lámpara hacia la escalera.
—La habitación orientada al mar.
Eilidh recordó las instrucciones de Brendan.
—Arriba.
Subieron lentamente. Los escalones crujían bajo el peso de sus cuerpos y algunos parecían a punto de quebrarse, por lo que Declan avanzó primero y comprobó cada uno antes de permitir que Eilidh lo siguiera. Aodhan permaneció abajo, demasiado cansado para subir, y les pidió que cerraran la puerta del piso superior cuando llegaran. El corredor era estrecho y terminaba en dos habitaciones. La primera tenía una ventana pequeña orientada hacia las colinas; la segunda daba directamente al océano.
Eilidh entró en ella.
No había casi muebles. Una cama vieja, una mesa, una silla y una ventana desde la que podía verse el mar golpeando las rocas bajo el cielo oscuro. La habitación estaba tan desnuda que durante unos segundos pensó que quizá Brendan se había equivocado o que alguien había llegado antes y había retirado lo que ellos buscaban. Declan dejó la lámpara sobre la mesa y comenzó a revisar las paredes.
—¿Qué hacemos?
—Buscar sin destruir nada.
—Brendan dijo que Cormac escondió aquí una carta.
—Y también dijo que había alguien que llegó antes que él.
Eilidh se volvió hacia la ventana.
—Quizá esa persona estuvo aquí.
—Es posible.
Ella recorrió la habitación con la mirada y entonces recordó las palabras exactas de Brendan: una ventana orientada al mar. No había dicho que la carta estuviera junto a la ventana, pero había elegido aquella característica para identificar la habitación. Se acercó al marco y lo examinó. La madera estaba carcomida y una de las bisagras parecía haber sido reparada recientemente.
—Declan.
Él se acercó.
—¿Qué ves?
—Esto.
Señaló una pequeña marca en la parte inferior del marco.
Había tres líneas grabadas en la madera.
Una vertical, otra inclinada y una tercera más corta.
Declan las observó.
—¿Un símbolo?
—No lo sé.
Eilidh sacó la brújula.
La aguja se movió lentamente.
Durante un momento pareció señalar hacia la ventana, pero luego cambió de dirección.
—No.
Declan miró el objeto.
—¿Qué ocurre?
—La brújula no está señalando el norte.
—¿Estás segura?
Eilidh la colocó sobre la mesa.
La aguja volvió a moverse.
Aodhan apareció en la puerta.
—No la pongas ahí.
Eilidh lo miró.
—¿Por qué?
El anciano señaló la mesa.
—Porque Cormac nunca dejaba la brújula sobre una superficie metálica.
Declan levantó el objeto.
—¿Qué tiene esto?
Aodhan se acercó.
—La mesa tiene una placa debajo.
Declan pasó la mano por la parte inferior.
Encontró un pequeño borde.
—Aquí hay algo.
Con cuidado levantó una pieza de madera y apareció una lámina de metal que ocupaba parte de la superficie.
—Esto no estaba aquí originalmente —dijo.
Aodhan asintió.
—No.
—¿Quién la puso?
—No lo sé.
Declan colocó la brújula sobre el suelo.
La aguja se estabilizó y señaló hacia una esquina de la habitación.
Eilidh siguió la dirección.
—Allí.
Había una tabla ligeramente más oscura que las demás.
Declan se arrodilló y la levantó con ayuda de la navaja.
Debajo apareció una pequeña caja de metal.
Eilidh se llevó una mano al pecho.
—La carta.
Declan sacó la caja.
Estaba cerrada.
—Necesitamos una llave.
Aodhan miró la cerradura.
—No.
—¿Qué?
—No necesita llave.
—Entonces ¿cómo se abre?
Aodhan señaló la tapa.
—Presiona el extremo izquierdo.
Declan obedeció.
La tapa se abrió con un clic.
Dentro había un sobre.
No estaba dirigido a Eilidh.
Tampoco a Mairead.
Llevaba solamente una palabra.
Seamus.
Declan quedó inmóvil.
Eilidh lo miró.
—Es para tu padre.
—Sí.
—Ábrelo.
Declan no respondió.
Parecía incapaz de tocarlo.
—Declan.
Él tomó el sobre.
Durante un instante lo sostuvo entre los dedos como si pesara mucho más que un simple papel.
—Toda mi vida he querido saber qué ocurrió con él —dijo—. Ahora tengo miedo de descubrirlo.
Eilidh se acercó.
—No tienes que hacerlo solo.
Declan la miró.
—¿Y si aquí está todo lo que no quería saber?
—Entonces lo leeremos juntos.
Él asintió.
Abrió el sobre.
Dentro había una sola hoja.
La letra era de Cormac.
Declan comenzó a leer en voz alta.
—“Seamus: si has llegado hasta aquí, significa que no pudimos seguir el camino previsto. No sé si esta carta llegará a tus manos, pero necesito dejar constancia de algo antes de que nos separemos otra vez. El hombre que nos traicionó no actuó solo. Hay alguien en Glenmara que sabe nuestros movimientos, pero no sé quién es. He cometido el error de confiar en la persona equivocada y no puedo permitir que Mairead ni la niña queden expuestas por mi culpa.”—
Eilidh cerró los ojos.
Declan continuó.
—“Si no regreso, no le digas a Mairead que me rendí. Dile que intenté volver. Si algún día puedes encontrar a mi hija, dile que su padre conocía su nombre aunque nunca pudo pronunciarlo delante de ella. Dile que la imaginaba caminando por la casa y que cada vez que pensaba en regresar lo primero que veía era la puerta de la habitación donde Mairead la acostaba.”—
La voz de Declan comenzó a quebrarse.
Eilidh no dijo nada.
—“Hay algo más. El hombre que nos siguió hasta la costa no es quien todos creen. Padraig Sloane es solamente un intermediario. O'Riada llevó información, pero tampoco es la cabeza. El nombre que buscas está en la lista, pero no donde debería estar. Mira el nombre de la persona que tuvo acceso a la casa de los Kelleher durante la semana anterior a nuestra partida. No busques al que preguntó por la habitación seis. Busca al que podía entrar sin que nadie sospechara.”—
Declan dejó de leer.
Aodhan se acercó.
—Sigue.
Declan continuó.
—“Seamus, si sobrevivo, iré hacia el norte. Si no me encuentras allí, busca en Blackwater Point. Si tampoco estoy allí, no regreses a Glenmara. La persona que nos traicionó tiene motivos para creer que tú sabes demasiado. Y si algún día lees estas palabras con la certeza de que ya no estoy vivo, no permitas que mi hija crezca pensando que fui un cobarde. No fui un buen hombre en todo lo que hice, Seamus, pero nunca dejé de intentar volver a casa.”—
Declan bajó la carta.
Durante unos segundos nadie habló.
Eilidh tenía lágrimas en los ojos.
—¿Eso es todo?
Declan miró el reverso.
—Hay algo escrito detrás.
Volvió la hoja.
Había una frase.
“El nombre está en la casa, pero no en el registro.”
Aodhan palideció.
—Entonces ya lo encontraron.
Declan lo miró.
—¿Quién?
—No lo sé.
Eilidh tomó la carta.
—Mi madre dijo que había cuatro huéspedes aquella semana.
—Sí.
—Y dijo que había un hombre que volvió después y preguntó por Cormac.
—Sí.
—Pero Cormac dice que busquemos a quien podía entrar sin despertar sospechas.
Declan comprendió.
—Alguien que no necesitaba registrarse.
Aodhan asintió.
—Alguien de confianza.
Eilidh pensó en la casa.
Mairead.
Nessa.
Finbarr.
Ronan.
Los huéspedes.
El sacerdote.
El viajante.
El hombre del ganado.
—¿Quién podía entrar en la Casa de los Brezos sin que mi madre sospechara?
Aodhan respondió:
—Cualquiera que ella conociera.
Eilidh sintió que una nueva posibilidad se abría ante ellos y, al mismo tiempo, le produjo una sensación desagradable.
—Nessa.
Declan negó.
—No tenemos ninguna prueba.
—Pero conoce a mi madre desde hace años.
—Eso no significa nada.
—Finbarr también.
—Y él ayudó a tu padre.
—Ronan.
Declan no respondió.
—Él llevaba mensajes.
—Pero Cormac sabía que Ronan era intermediario.
—Entonces quizá el nombre sea otro.
Aodhan levantó la carta.
—No dice que el traidor sea alguien que estuviera en la casa.
—Dice que podía entrar.
—Exactamente.
Eilidh sintió una idea repentina.
—El sacerdote.
Declan la miró.
—¿Por qué?
—Mi madre dijo que era uno de los cuatro huéspedes. Si era un sacerdote, nadie habría sospechado que entrara y saliera de la casa. Podía visitar a cualquiera, hablar con cualquiera, preguntar por cualquiera.
Aodhan negó.
—No.
—¿Lo conociste?
—Sí.
—¿Y confías en él?
—Murió hace años.
Eilidh quedó desconcertada.
—Entonces no pudo ser.
—No.
Declan miró la carta.
—Cormac escribió esto antes de desaparecer. Quizá el hombre que buscamos no tenía que ser uno de los cuatro huéspedes.
—¿Entonces quién?
Declan se quedó mirando el suelo.
—Alguien que conocía la casa.
Eilidh sintió un vacío en el estómago.
—Alguien que conocía la casa.
—Sí.
—¿Y que podía entrar sin que mi madre lo considerara extraño?
—Sí.
Aodhan se acercó a la ventana.
—Tenemos que volver.
—¿A Glenmara? —preguntó Eilidh.
—Sí.
Declan negó.
—No podemos regresar por el mismo camino.
—Hay otro.
—¿Cuál?
Aodhan señaló hacia el oeste.
—La vieja carretera costera.
Declan guardó la carta en la libreta.
—Antes de irnos necesito saber una cosa.
—¿Qué?
—¿Qué pasó después de que Cormac escribió esto?
Aodhan permaneció mirando el mar.
—Seamus lo encontró.
Declan levantó la cabeza.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no volvió con él?
Aodhan respiró lentamente.
—Porque cuando Seamus llegó, Cormac ya había sido trasladado.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Y tú cómo sabes que Seamus lo encontró?
—Porque me lo dijo.
—¿Cuándo?
—En 1923.
Declan quedó inmóvil.
—¿Seamus estuvo aquí en 1923?
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Me pidió ayuda.
—¿Para encontrar a Cormac?
—Para encontrar a quien lo había entregado.
Eilidh miró a Aodhan.
—Entonces Seamus sabía que mi padre estaba vivo.
—Durante un tiempo, sí.
—¿Y después?
—Después recibió una noticia.
—¿Qué noticia?
Aodhan tardó en responder.
—Que Cormac había muerto.
Eilidh bajó la mirada.
—¿Quién se lo dijo?
—Un hombre que apareció una noche.
—¿Quién?
Aodhan cerró los ojos.
—Ronan Vale.
Declan se quedó rígido.
—¿Ronan le dijo a Seamus que Cormac había muerto?
—Sí.
—¿Y Seamus le creyó?
—Durante un tiempo.
—Entonces quizá esa fue la mentira que lo hizo marcharse.
Aodhan asintió.
—Seamus estaba convencido de que si regresaba a Glenmara pondría a su hijo en peligro.
Declan apretó los puños.
—A mí.
—Sí.
—¿Sabía dónde estaba yo?
—Sí.
—¿Sabía quién era mi madre?
—Sí.
—Entonces ¿por qué nunca volvió?
Aodhan lo miró con tristeza.
—Porque había empezado a recibir cartas amenazantes.
Declan se quedó sin palabras.
—¿Cartas de quién?
—Nunca me lo dijo.
Eilidh se acercó a la mesa.
—¿Las conservas?
Aodhan asintió.
—Una.
—¿Dónde?
—Aquí.
Señaló el cajón de la mesa.
Declan lo abrió.
Había un pequeño paquete de papeles.
Sacó uno.
La hoja era mucho más reciente que las anteriores.
La letra no era de Seamus.
Eilidh la leyó en voz alta.
—“Deja de buscar al hombre que ya no puede volver. Si sigues preguntando por Cormac, la próxima carta no será para ti.”—
Declan levantó la mirada.
—¿Cuándo la recibiste?
—Un mes después de que Seamus se marchara.
—¿Quién la envió?
—No tenía firma.
—¿Y la segunda?
Aodhan negó.
—No hubo segunda.
—Porque Seamus se fue.
—Sí.
Eilidh tomó el papel.
En la parte inferior había una pequeña marca.
Tres líneas.
La misma marca que había encontrado en la ventana de la habitación.
—Declan.
Él se acercó.
—Es la misma.
Aodhan la miró.
—Entonces no es una casualidad.
Declan tomó la carta amenazante y la comparó con el símbolo.
—Quien entró en la habitación de tu madre conocía este lugar.
Eilidh sintió un escalofrío.
—Y quien escribió la amenaza de 1923 utilizó la misma marca.
—Sí.
Aodhan se volvió hacia la ventana.
—Entonces ha vuelto.
—¿Quién?
El anciano no respondió.
De pronto se escuchó un ruido fuera de la casa.
Los tres quedaron inmóviles.
Esta vez no era el viento.
Alguien caminaba sobre las piedras.
Declan apagó la lámpara.
La habitación quedó completamente oscura.
Eilidh sintió la mano de Declan sobre su brazo y permaneció inmóvil.
Aodhan hizo una señal para que no hablaran.
Los pasos se acercaron.
Luego se detuvieron frente a la puerta.
Pasaron varios segundos.
Una llave comenzó a girar lentamente en la cerradura.
Eilidh sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que pudiera escucharse desde el exterior.
Declan se acercó a la pared y tomó una barra de hierro que había encontrado junto a la escalera.
La puerta se abrió unos centímetros.
Una figura entró.
Permaneció quieta en la oscuridad.
Después cerró la puerta.
Eilidh reconoció la respiración.
No era un desconocido.
No era uno de los hombres del faro.
Era alguien cuya voz había escuchado muchas veces en Glenmara.
La figura avanzó hasta la mesa.
Aodhan levantó la lámpara de golpe.
La luz iluminó el rostro.
Eilidh sintió que las piernas le temblaban.
—Ronan.
Ronan Vale quedó inmóvil.
No llevaba arma visible y tenía el rostro empapado por la lluvia. Parecía agotado y asustado, pero su mirada no se dirigió primero a Eilidh ni a Declan, sino a la carta que ellos habían dejado sobre la mesa.
—Tenéis que salir de aquí —dijo.
Declan no bajó la barra.
—¿Por qué?
Ronan miró hacia la puerta.
—Porque ya saben que habéis encontrado la carta.
—¿Quiénes?
Ronan respiró profundamente.
—Los hombres que llevan veintiséis años intentando borrar los nombres.
Eilidh avanzó un paso.
—¿Y tú qué haces aquí?
Ronan la miró.
—Vengo a deciros la verdad.
Declan respondió:
—Llegas demasiado tarde.
Ronan negó.
—No.
Miró la carta.
—Llego justo antes de que sea demasiado tarde.
Eilidh se acercó.
—¿Qué verdad?
Ronan tragó saliva.
—La que Cormac intentó dejar escrita.
—¿Sobre quién?
Ronan cerró los ojos.
—Sobre Mairead.
Eilidh sintió que el mundo parecía detenerse.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?
Ronan abrió los ojos.
—Mucho más de lo que ella misma os ha contado.
Declan avanzó hacia él.
—Explícate.
Ronan miró nuevamente hacia la puerta.
—No aquí.
—Entonces ¿dónde?
—En la Casa de los Brezos.
Eilidh sintió que el miedo se transformaba en otra cosa.
—¿Por qué?
Ronan respondió en voz baja:
—Porque la persona que traicionó a Cormac no está en esta costa.
Hizo una pausa.
—Está en Glenmara.
Y antes de que cualquiera pudiera formular otra pregunta, se escuchó fuera el sonido de un caballo acercándose por el camino, seguido por voces que venían desde la oscuridad, haciendo evidente que el tiempo que les quedaba para regresar a la casa era mucho menor del que habían imaginado.
11
Durante unos instantes, la pequeña casa de pescadores pareció haberse convertido en un lugar sin salida, rodeado por la oscuridad de la costa y por el sonido cada vez más cercano de los cascos de los caballos sobre el camino. Ronan permanecía junto a la puerta, con el rostro tenso y la ropa empapada, mientras Declan sostenía todavía la barra de hierro y Eilidh observaba al hombre que durante los últimos días había pasado de ser un intermediario ambiguo a convertirse en una pieza fundamental de una historia que parecía extender sus raíces mucho más profundamente de lo que ninguno de ellos había imaginado. Aodhan, apoyado contra la pared, parecía comprender algo que los otros todavía no alcanzaban a ver, porque su expresión había cambiado desde el momento en que Ronan pronunció el nombre de Mairead. Afuera, las voces se hicieron más claras y el resoplido de los animales llegó hasta las ventanas, pero nadie se atrevió a moverse hasta que Ronan levantó una mano y señaló una pequeña puerta situada detrás de la estufa.
—Por ahí —dijo en voz baja—. Hay un sendero que baja hasta las rocas y después vuelve a subir hacia el camino viejo. Si salimos ahora, todavía podremos evitar a quienes vienen.
Declan no se movió.
—Primero habla.
—No tenemos tiempo.
—Llevamos días siguiendo pistas que nos han dado hombres que siempre saben una parte de la historia y esconden otra. No voy a salir corriendo detrás de ti sin saber por qué dices que Mairead está relacionada con la traición.
Ronan lo miró con cansancio.
—Porque ella recibió la primera advertencia.
Eilidh sintió que aquella frase le golpeaba con más fuerza que cualquier otra cosa que hubiera escuchado durante el día.
—¿Qué advertencia?
—La que hizo que Cormac cambiara el lugar de encuentro.
—¿Cuándo?
—La noche anterior a su desaparición.
Declan apretó la barra de hierro.
—Finbarr nos dijo que tú llevaste el mensaje que cambió la ruta.
—Sí.
—Y dijiste que no sabías que estaba equivocado.
—No lo sabía.
—¿Quién te lo dio?
Ronan vaciló.
—Mairead.
Eilidh dio un paso hacia él.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
—Mi madre nunca habría traicionado a mi padre.
—No estoy diciendo que lo hiciera.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
Ronan bajó la voz.
—Estoy diciendo que alguien utilizó a tu madre.
El silencio que siguió fue tan intenso que incluso los sonidos exteriores parecieron quedar momentáneamente apartados. Eilidh sintió una confusión dolorosa, porque aquella explicación podía ser cierta y, al mismo tiempo, no resolvía nada. Mairead había vivido veintiséis años cargando con secretos, había protegido la carta de Seamus, había ocultado la verdad sobre Cormac y había llegado incluso a pedirles que no continuaran buscando. Podía haber sido una mujer asustada y manipulada, pero también era posible que hubiera cometido un error que hubiera costado demasiado caro.
—¿Cómo? —preguntó finalmente.
Ronan miró a Aodhan.
—Porque alguien sabía que Cormac confiaba en ella.
Aodhan cerró los ojos.
—El mensaje.
Ronan asintió.
—El mensaje llegó a través de ella.
Declan preguntó:
—¿Qué decía?
—Que debían utilizar la carretera del este en lugar de la ruta habitual.
—¿Y por qué Cormac lo creyó?
—Porque llevaba la marca que él reconocía.
Eilidh recordó las tres líneas grabadas en la madera y el símbolo que había aparecido en la amenaza recibida por Aodhan años después.
—La marca.
Ronan asintió.
—La misma.
—¿Quién podía utilizarla?
—Alguien que conociera el sistema que usaban.
Declan miró a Aodhan.
—¿Quiénes lo conocían?
—Cormac, Seamus, Brendan y algunos otros.
Ronan negó.
—No solamente ellos.
—Entonces dime quién.
—No lo sé.
Declan avanzó hacia él.
—Siempre dices que no sabes.
Ronan soportó la mirada.
—Porque durante años tuve miedo de saberlo.
Aodhan habló con gravedad.
—Déjalo hablar.
Declan lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si ha venido hasta aquí después de tantos años, probablemente sabe que ya no puede seguir escondiéndose.
Ronan respiró profundamente.
—La noche que llevé aquel mensaje, pensé que estaba ayudando a Cormac. Había recibido instrucciones de una persona en quien confiaba y me aseguró que el camino original estaba vigilado. Yo solamente debía entregar la nueva dirección. Cuando comprendí que algo no estaba bien, ya era demasiado tarde.
—¿Cuándo lo comprendiste? —preguntó Eilidh.
—Cuando vi a los hombres esperándolos.
Declan bajó lentamente la barra.
—¿Viste la emboscada?
—Desde lejos.
—¿Y no hiciste nada?
Ronan cerró los ojos.
—Era joven y tenía miedo.
—Eso no explica que desaparecieras.
—Me dijeron que si hablaba, matarían a mi hermano.
Eilidh sintió que la rabia que había experimentado hacia aquel hombre durante los últimos días comenzaba a mezclarse con una compasión incómoda.
—¿Tu hermano?
—Tenía diecisiete años.
—¿Qué le ocurrió?
—Nada, porque obedecí.
Declan respondió con dureza.
—Eso no te convierte en inocente.
—Nunca he dicho que lo sea.
Ronan sacó un papel doblado del bolsillo.
—Pero tampoco soy el hombre que estáis buscando.
Se lo entregó a Eilidh.
Era una página arrancada de un registro.
Había varias anotaciones y una fecha.
Octubre de 1921.
Debajo aparecía una lista de nombres.
Eilidh reconoció inmediatamente algunos.
Padraig Sloane.
Ronan Vale.
O'Riada.
Y más abajo, escrito con otra tinta:
M. Kelleher.
Eilidh levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
—Que tu madre fue utilizada como punto de referencia.
—No entiendo.
—M. Kelleher no significa que Mairead perteneciera a la red. Significa que alguien utilizaba su casa como lugar de contacto.
Declan tomó el documento.
—La Casa de los Brezos.
Ronan asintió.
—Durante meses pasaron personas por allí sin que Mairead supiera quiénes eran realmente.
Eilidh sintió una presión en el pecho.
—¿Y la habitación seis?
—Era el lugar donde dejaban los mensajes.
—¿Quién lo sabía?
Ronan respondió:
—Yo.
Declan lo miró.
—¿Y quién más?
Ronan dudó.
—Cormac.
—¿Seamus?
—Sí.
—¿Finbarr?
—Probablemente.
—¿Nessa?
Ronan guardó silencio.
Eilidh entendió la pausa.
—Nessa.
—No puedo afirmarlo.
—Pero lo sospechas.
—Sí.
Eilidh se sentó lentamente.
La mujer que había visitado la casa durante años, que había conversado con Mairead, que conocía las preocupaciones de la familia y que siempre había demostrado una curiosidad particular por las personas que llegaban a Glenmara, de pronto aparecía bajo una luz distinta.
—¿Por qué nunca nos lo dijiste?
Ronan respondió:
—Porque cuando Cormac desapareció, todos empezamos a protegernos.
—¿Y mi madre?
—Tu madre se protegió de una manera diferente.
—¿Cómo?
—Callando.
Eilidh apretó los labios.
—Ella sabía algo.
—Sí.
—¿Qué sabía?
Ronan miró hacia la puerta.
—Que el mensaje había salido de la casa.
Declan levantó la cabeza.
—¿Quién se lo dijo?
—Cormac.
—¿Cuándo?
—La última vez que lo vio antes de marcharse.
Eilidh sintió que la habitación se estrechaba alrededor de ella.
—Entonces mi madre sabía que alguien de la casa estaba implicado.
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—Porque si lo hubiera dicho, quizá te habrían utilizado a ti.
Aquella respuesta dejó a Eilidh sin palabras.
Durante tantos años había interpretado el silencio de su madre como una forma de esconder la verdad, pero ahora comenzaba a comprender que quizá aquel silencio había sido también una forma desesperada de protección. No significaba que Mairead hubiera hecho todo correctamente, ni que sus decisiones no hubieran causado dolor, pero sí que detrás de cada omisión podía haber existido un miedo que Eilidh nunca había alcanzado a imaginar.
Los caballos pasaron frente a la casa.
Todos guardaron silencio.
Se escucharon voces.
Después los animales continuaron su camino.
Ronan esperó hasta que el ruido se perdió.
—Ahora tenemos que irnos.
Declan guardó el documento.
—¿Adónde?
—A Glenmara.
—¿Por qué?
—Porque si la persona que buscáis está allí, también estará buscando lo que habéis encontrado.
Eilidh se puso de pie.
—Mi madre.
—Sí.
—Tenemos que volver.
Aodhan asintió.
—Yo iré con vosotros.
Declan negó.
—No puedes.
—Puedo.
—Estás agotado.
—He esperado demasiado tiempo para volver a esa casa.
Ronan abrió la puerta trasera.
—Entonces no perdamos más tiempo.
El regreso fue largo y silencioso. Utilizaron la vieja carretera costera, avanzando durante horas por caminos estrechos y embarrados que apenas permitían el paso de un vehículo. En algunos tramos tuvieron que caminar, llevando las bolsas sobre los hombros mientras el viento aumentaba y la lluvia volvía a caer. Eilidh permaneció gran parte del trayecto junto a Declan, y aunque ninguno habló demasiado, la cercanía entre ambos había adquirido una confianza distinta después de todo lo que habían vivido. Ya no se trataba solamente de dos personas que investigaban juntas una historia familiar, sino de dos seres humanos que habían aprendido a sostenerse mutuamente cuando la incertidumbre se hacía demasiado pesada.
En un momento del camino, cuando Aodhan y Ronan se habían adelantado unos metros, Eilidh resbaló sobre una piedra y Declan la sostuvo por la cintura.
—Cuidado.
—Estoy bien.
—No tienes que demostrarlo cada vez.
Eilidh lo miró.
—¿Demostrar qué?
—Que puedes con todo.
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—No puedo con todo.
Declan no dijo nada.
Eilidh continuó caminando.
—Pero tampoco quiero que decidas por mí.
—No lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Ella sonrió apenas.
—Entonces estamos de acuerdo.
Siguieron caminando.
Después de un largo silencio, Eilidh habló nuevamente.
—¿Crees que tu padre sabía que Cormac estaba vivo?
Declan miró el camino.
—Ahora creo que sí.
—¿Y por qué nunca volvió a buscarlo?
—Porque alguien le hizo creer que estaba muerto.
—Ronan.
—Sí.
—Pero Ronan pudo haber sido obligado.
—Eso no cambia lo que ocurrió.
—No.
Declan la miró.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué piensas de tu madre ahora?
Eilidh tardó en responder.
—Creo que la he juzgado muchas veces sin conocer toda su historia.
—Eso no significa que debas perdonarle todo.
—No quiero perdonarle nada todavía.
Declan sonrió levemente.
—Entonces estamos de acuerdo otra vez.
La carretera continuó entre campos oscuros hasta que finalmente aparecieron las primeras casas de Glenmara. La lluvia había cesado y una neblina baja cubría el valle. Era casi medianoche cuando divisaron La Casa de los Brezos.
A primera vista parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
No había luz en las ventanas.
La puerta principal estaba cerrada.
Eilidh aceleró el paso.
—Mamá.
Declan la siguió.
Ronan se detuvo antes de llegar.
—Esperad.
Eilidh se volvió.
—¿Qué pasa?
—Hay algo extraño.
—¿Qué?
Ronan señaló la ventana de la habitación de Mairead.
—Está abierta.
Eilidh sintió un escalofrío.
—La dejamos cerrada.
Declan se adelantó.
La puerta principal estaba sin llave.
Entraron.
La casa estaba completamente silenciosa.
No había fuego encendido en la cocina.
No había lámparas.
No se escuchaba ningún movimiento.
—Mamá —llamó Eilidh.
Nadie respondió.
Subieron las escaleras.
La habitación de Mairead estaba vacía.
La cama estaba desordenada.
Sobre la mesa había una taza rota.
Eilidh se quedó inmóvil.
—No.
Declan recorrió la habitación.
—Hay señales de lucha.
Ronan entró detrás de ellos.
—¿Dónde está la caja?
Eilidh miró el lugar donde Mairead guardaba la caja de madera.
Había desaparecido.
—Se la llevaron.
Aodhan entró lentamente.
—No.
Declan se acercó a la ventana.
Había una huella de barro sobre el suelo.
Y junto a ella, una pequeña mancha oscura.
Eilidh se acercó.
—¿Sangre?
Declan asintió.
—Parece.
Ronan palideció.
—Tenemos que encontrarla.
Eilidh se volvió hacia él.
—¿Quién se llevó a mi madre?
Ronan no respondió.
—¡Ronan!
El hombre bajó la mirada.
—No lo sé.
Declan lo tomó por el brazo.
—Esta vez vas a decirnos todo.
Ronan cerró los ojos.
—Hay una persona que no hemos mencionado.
Eilidh sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Quién?
Ronan miró hacia la escalera.
—El hombre que tenía acceso a la casa sin necesidad de pedir permiso.
—¿Quién?
Ronan respondió finalmente:
—El médico.
Eilidh frunció el ceño.
—En Glenmara no tenemos médico permanente.
—En 1921 sí.
—¿Quién era?
Ronan levantó la mirada.
—El doctor Alistair Keane.
Aodhan retrocedió.
—No.
Ronan lo miró.
—Sí.
—Murió en 1924.
—Eso fue lo que todos creyeron.
Eilidh sintió que la sangre se le helaba.
—¿Estás diciendo que el médico que atendió a mi padre después de la emboscada no murió?
Ronan negó.
—Digo que su muerte fue una historia inventada.
Declan recordó la fotografía.
—El tercer hombre.
Ronan asintió.
—Él.
Eilidh se volvió hacia la ventana abierta.
—Entonces está vivo.
Ronan respondió:
—Y si se llevó a tu madre, probablemente también tiene la carta que Seamus escribió para tu padre.
Declan sacó lentamente la libreta.
—¿Por qué?
Ronan lo miró.
—Porque el doctor Keane no quería que Cormac regresara a Glenmara.
—¿Por qué?
Ronan tardó unos segundos en contestar.
—Porque Cormac descubrió quién estaba pagando a los hombres que perseguían la red.
—¿Quién?
Ronan respiró profundamente.
—Un hombre que no vivía en Glenmara.
Eilidh se acercó.
—¿Quién?
Ronan miró hacia la oscuridad del valle.
—Un hombre que había comprado tierras cerca de la estación.
Declan sintió un estremecimiento.
—¿Nombre?
Ronan abrió la boca.
Pero antes de pronunciarlo, escucharon un ruido proveniente de la planta baja.
Una puerta se cerró.
Los cuatro quedaron inmóviles.
Declan levantó la mano.
—Hay alguien en la casa.
Eilidh miró hacia las escaleras.
Ronan susurró:
—No puede ser.
Una figura apareció lentamente en el corredor inferior.
La luz de una lámpara iluminó parcialmente su rostro.
Era una mujer.
Eilidh reconoció la voz antes de ver claramente sus facciones.
—Nessa.
La mujer levantó la mirada.
No parecía sorprendida.
—Eilidh —dijo con una serenidad inquietante—. Has regresado.
Declan bajó lentamente la mano hacia la barra de hierro.
Nessa miró hacia la habitación de Mairead y después volvió los ojos hacia Eilidh.
—Llegas demasiado tarde.
Eilidh descendió un escalón.
—¿Dónde está mi madre?
Nessa no respondió.
—¿Dónde está Mairead?
La mujer apretó los labios.
—No la tengo yo.
—Entonces ¿quién?
Nessa levantó la lámpara.
—La persona que ha estado buscando vuestra familia durante veintiséis años.
Declan avanzó.
—¿Quién es?
Nessa lo miró.
—El hombre que compró las tierras de la estación.
Eilidh sintió que el mundo volvía a detenerse.
Nessa pronunció finalmente el nombre que había permanecido oculto durante todos aquellos años.
—Cormac no fue traicionado por un extraño.
Hizo una pausa.
—Fue traicionado por el hombre que Mairead creyó que podía confiar.
Y antes de que pudiera decir algo más, un golpe seco resonó en la puerta principal, seguido por una voz masculina desde el exterior que preguntó por Mairead Kelleher, como si quien estaba allí supiera perfectamente que ella había desaparecido y hubiera venido a comprobar si las personas que la buscaban ya habían regresado.
12
El golpe en la puerta principal volvió a escucharse antes de que cualquiera pudiera reaccionar, esta vez acompañado por una voz masculina que pronunció el nombre de Mairead con una familiaridad que hizo que Eilidh sintiera un frío repentino en la espalda, porque aquella voz no tenía la violencia de alguien que llega dispuesto a irrumpir por la fuerza, sino la tranquilidad calculada de quien está acostumbrado a entrar en lugares donde sabe que nadie se atreverá a detenerlo. Nessa permanecía junto a la escalera con la lámpara en la mano y observaba hacia la puerta como si estuviera esperando aquel momento desde hacía años, mientras Ronan había retrocedido hasta la pared y Aodhan parecía haber envejecido de golpe, con los hombros hundidos y la mirada fija en el suelo. Declan hizo una señal para que todos guardaran silencio y se acercó cuidadosamente al pasillo, pero antes de que pudiera llegar a la planta baja, Nessa levantó una mano para detenerlo.
—No abras —susurró.
Eilidh descendió un escalón.
—¿Quién es?
Nessa la miró.
—Alguien que no debería saber que has regresado.
—¿Quién?
La mujer dejó la lámpara sobre la mesa.
—El hombre que compró las tierras junto a la estación.
Declan se quedó inmóvil.
—¿El doctor Keane?
Nessa negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
—Su hijo.
El nombre pareció quedar suspendido en el aire antes de que una nueva voz llegara desde el otro lado de la puerta.
—Sé que están ahí.
Eilidh sintió que se le aceleraba el corazón.
—¿Cómo puede saberlo?
Nessa respondió en voz baja.
—Porque alguien se lo dijo.
Ronan bajó la cabeza.
Declan lo miró.
—¿Fuiste tú?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Nessa intervino.
—No fue Ronan.
—Entonces ¿quién?
Nessa respiró profundamente.
—Yo.
Eilidh la miró con incredulidad.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Tú le dijiste que habíamos vuelto?
—No sabía que volveríais esta noche.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Le hice llegar un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Que la carta había sido encontrada.
Declan sintió que la rabia comenzaba a crecer dentro de él.
—¿Por qué?
Nessa lo miró directamente.
—Porque necesitaba que viniera.
—¿Para qué?
—Para terminar esto.
Eilidh avanzó hacia ella.
—¿Qué significa “terminar esto”?
Nessa sostuvo su mirada.
—Que ya no podemos seguir escondiendo los nombres.
Otro golpe resonó en la puerta.
Esta vez más fuerte.
—Mairead —dijo la voz exterior—. Sé que no estás sola.
Nessa levantó la lámpara y se acercó a la puerta.
—No abras —repitió.
Declan respondió:
—Tenemos que saber quién es.
—Lo sabremos.
—¿Cómo?
Nessa señaló una pequeña ventana lateral.
—Por allí.
Todos se acercaron.
A través del cristal podían distinguir una figura bajo la lluvia.
Era un hombre alto, de unos cincuenta años, vestido con un abrigo oscuro y un sombrero que ocultaba parte de su rostro. Había otro hombre junto al camino, sosteniendo las riendas de un caballo.
Eilidh sintió que el desconocido levantaba la cabeza.
—¿Lo conoces? —preguntó Declan.
Nessa negó.
—Nunca lo he visto.
—Entonces ¿cómo sabes que es el hijo de Keane?
—Porque tiene la misma mirada.
Aodhan murmuró:
—No puede ser.
—Sí puede —respondió Nessa—. Alistair Keane no murió en 1924. Se marchó hacia Inglaterra. Su hijo permaneció aquí.
Ronan levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
Nessa respondió:
—Porque yo llevé la última carta de Keane.
Eilidh la miró.
—¿Qué carta?
Nessa cerró los ojos.
—La que decía que Cormac sabía demasiado.
El silencio que siguió fue tan profundo que Eilidh pudo escuchar claramente la respiración de Declan.
—¿Tú conocías a Keane? —preguntó.
—Sí.
—¿Y nunca se lo dijiste a mi madre?
—No podía.
—¿Por qué?
—Porque Mairead habría intentado buscarlo.
—¿Y eso era malo?
—En aquel tiempo, sí.
Eilidh sintió que la ira volvía a apoderarse de ella.
—Todos hablan de protegerme, de proteger a mi madre, de proteger a Seamus, de proteger a Cormac, y mientras tanto todos decidieron por nosotros.
Nessa bajó la mirada.
—Tienes derecho a estar enfadada.
—No necesito que me des la razón.
—No te la doy por eso. Te la doy porque yo también cometí errores.
Declan preguntó:
—¿Qué error?
Nessa respondió después de una pausa.
—Pensé que si mantenía oculto el nombre de Keane, podía evitar que volviera a hacer daño.
—¿Y no funcionó?
—No.
La voz exterior volvió a escucharse.
—Sé que están ahí.
Declan se acercó a Nessa.
—¿Qué quiere?
—La carta.
—¿Cuál?
Nessa miró a Eilidh.
—La de Cormac.
Eilidh llevó instintivamente una mano al bolsillo donde había guardado la carta dirigida a Seamus.
—No la tiene.
—Entonces te buscará a ti.
—¿Por qué?
—Porque Cormac escribió algo que puede demostrar quién fue responsable de la traición.
Declan miró hacia la puerta.
—¿Y el nombre está en la carta?
Nessa negó.
—Está en otra parte.
—¿Dónde?
—En el registro original de la estación.
Eilidh sintió que todo encajaba.
—El documento que encontramos no era el original.
—No.
—Entonces ¿dónde está?
Nessa respondió:
—En el antiguo despacho del jefe de estación.
Declan se volvió hacia ella.
—¿Sigue allí?
—Si nadie lo ha encontrado.
—Tenemos que ir.
Aodhan intervino.
—Primero debemos sacar a Mairead de donde la tengan.
Eilidh miró a Nessa.
—¿Sabes dónde está mi madre?
Nessa dudó.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la vieja casa de Keane.
Ronan reaccionó.
—Está abandonada.
—Eso creen todos.
Declan comprendió.
—La casa cerca de la estación.
Nessa asintió.
—Mairead fue llevada allí esta tarde.
Eilidh sintió un nudo en el estómago.
—¿Está herida?
—No lo sé.
—¿Quién la llevó?
—Dos hombres.
—¿Keane?
—Su hijo estaba con ellos.
Declan se acercó a la ventana.
—Entonces tenemos que salir por detrás.
Nessa negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque están vigilando el camino.
—Entonces ¿qué hacemos?
Nessa miró a la escalera.
—Hay una habitación debajo de la cocina.
Eilidh frunció el ceño.
—¿Debajo?
—Un espacio antiguo utilizado para guardar carbón.
—¿Y adónde conduce?
—A la parte trasera del terreno.
Ronan abrió los ojos.
—Yo conocía ese pasadizo.
Nessa lo miró.
—Entonces guíanos.
El grupo bajó silenciosamente hasta la cocina. Nessa movió una pequeña mesa y levantó una trampilla que estaba cubierta con una alfombra vieja. Debajo apareció una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad. Declan tomó la lámpara y comenzó a bajar. Eilidh lo siguió, después Aodhan, Ronan y finalmente Nessa.
El túnel era estrecho y húmedo, pero todavía podía recorrerse. A cada lado había pequeños nichos donde alguna vez habían almacenado sacos y herramientas. Después de unos minutos llegaron a una puerta de madera.
Ronan sacó una llave.
—Todavía funciona.
Abrió.
Salieron detrás de un grupo de árboles.
La lluvia había disminuido y la noche era fría.
—Por aquí —dijo Nessa.
Avanzaron agachados hasta alcanzar un viejo camino secundario. Desde allí podían ver la carretera principal y, más lejos, la silueta de la estación.
Declan señaló.
—La casa de Keane está detrás.
—Sí.
—¿Cuántos hombres?
—No lo sé.
—¿Y nosotros?
Nessa miró al grupo.
—Cinco.
Aodhan sonrió con cansancio.
—No es una mala cantidad.
Caminaron durante casi una hora antes de llegar a la vieja casa. Era una construcción de piedra de dos pisos, cubierta parcialmente por hiedra. Una luz aparecía detrás de una ventana del piso inferior.
Eilidh sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Está allí.
Declan la miró.
—No sabemos eso.
—Lo sé.
—Entonces espera.
Eilidh negó.
—No puedo.
—Eilidh.
—Es mi madre.
Declan se acercó.
—Y precisamente por eso no quiero que entres sin saber qué hay dentro.
Ella lo miró.
—No me pidas que me quede atrás.
—No te lo pediría.
—Entonces vamos juntos.
Declan asintió.
—Juntos.
Entraron por una puerta lateral que no estaba cerrada. El interior estaba oscuro y olía a humedad. Escucharon voces desde la planta superior.
Una de ellas era la de Mairead.
—No sé dónde está.
Otra voz respondió:
—Lo sabes.
—No.
—Tu hija ha vuelto.
Eilidh sintió que el cuerpo se le tensaba.
Declan la detuvo antes de que avanzara.
—Espera.
La voz masculina continuó.
—Sabemos que encontró la carta.
Mairead respondió:
—No os diré nada.
—Entonces sufrirás por su culpa.
Eilidh quiso subir.
Declan la sujetó.
—Ahora.
Subieron rápidamente.
La puerta de la habitación estaba abierta.
Mairead estaba sentada en una silla con las manos atadas, pero parecía ilesa. Frente a ella había un hombre de unos cincuenta años.
El desconocido del camino.
—Déjala —dijo Declan.
El hombre se volvió.
—Así que tú eres el hijo de Seamus.
Declan permaneció firme.
—Sí.
—Te pareces a él.
—Eso me han dicho.
El hombre sonrió.
—Tu padre cometió un error al regresar.
—¿Dónde está?
—¿Quién?
—Cormac.
El hombre dejó de sonreír.
—No deberías pronunciar ese nombre.
Eilidh avanzó.
—Yo sí.
El hombre la miró.
Durante un momento pareció sorprendido.
—La hija.
—Sí.
—Has crecido.
Eilidh sintió que una oleada de rabia la recorría.
—Nunca me has visto.
—No personalmente.
—Entonces ¿cómo sabes quién soy?
—Porque tu padre habló de ti.
Mairead cerró los ojos.
—No.
El hombre miró a Mairead.
—Él confiaba demasiado.
—¿Dónde está? —preguntó Eilidh.
—Muerto.
—No te creo.
—No importa lo que creas.
—A mí sí.
El hombre se acercó a ella.
—Tu padre murió porque no quiso entregar unos nombres.
Eilidh sostuvo su mirada.
—¿Qué nombres?
—Los de las personas que ayudaron a otros a escapar.
—¿Y quién los quería?
—Mi padre.
Declan intervino.
—El doctor Keane.
—Sí.
—¿Por qué?
El hombre respondió:
—Porque sabía que si aquellos nombres salían a la luz, muchas familias poderosas quedarían expuestas.
—¿Quiénes?
—No necesitas saberlo.
—¿Y Cormac?
—Cormac decidió convertirse en un problema.
Eilidh sintió que la voz se le quebraba.
—¿Lo mataste?
El hombre la miró.
—No.
—Entonces ¿quién?
—Mi padre.
Mairead comenzó a llorar en silencio.
Declan preguntó:
—¿Cuándo?
—En 1924.
Aodhan avanzó.
—Mientes.
El hombre se volvió.
—Tú.
Aodhan lo miró.
—Vi a Cormac vivo después de esa fecha.
El hombre quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—En 1925.
La expresión del hombre cambió.
—Eso es imposible.
—Entonces tu padre no te contó todo.
Eilidh sintió que una esperanza dolorosa se abría paso.
—¿Dónde estuvo?
Aodhan miró al hombre.
—¿Qué hiciste con él?
El desconocido guardó silencio.
Nessa apareció en la puerta.
—Yo puedo responder.
Todos se volvieron.
Nessa sostenía un viejo libro de registros.
—Cormac estuvo escondido en una propiedad al norte durante meses.
El hombre palideció.
—¿Dónde encontraste eso?
—En la estación.
Declan tomó el registro.
—El nombre.
Nessa abrió una página.
Había una anotación.
Cormac Kelleher — trasladado al norte bajo custodia privada.
Debajo aparecía una segunda línea.
Responsable: Alistair Keane.
Eilidh sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Entonces mi padre estaba vivo.
El hombre respondió:
—Durante un tiempo.
—¿Qué significa eso?
—Que murió después.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Eilidh dio un paso hacia él.
—Mientes.
El hombre bajó la mirada.
—No sé cuándo murió.
Declan se acercó.
—Entonces alguien más lo tuvo.
—Sí.
—¿Quién?
El hombre guardó silencio.
Nessa habló.
—El hombre que compró las tierras de la estación.
Todos la miraron.
—¿Quién?
Nessa señaló el registro.
Había un nombre escrito en una línea inferior.
Edmund Bellamy.
Eilidh lo leyó.
No significaba nada para ella.
Pero Aodhan sí lo reconoció.
—Bellamy.
Ronan retrocedió.
—No.
Declan lo miró.
—¿Lo conoces?
Ronan respondió:
—Sí.
—¿Quién era?
Ronan tragó saliva.
—El hombre que financiaba a los hombres de Keane.
Mairead levantó la cabeza.
—Y el hombre que vino a la Casa de los Brezos aquella noche.
Eilidh miró a su madre.
—¿Tú lo viste?
Mairead asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me amenazó.
—¿Con qué?
Mairead miró a Eilidh.
—Con llevarte lejos.
El hombre que estaba frente a ellos aprovechó la distracción para retroceder hacia la puerta.
Declan lo vio.
—No.
El desconocido salió corriendo.
Ronan intentó seguirlo, pero el hombre desapareció por la escalera.
Se escucharon pasos y después el ruido de una puerta cerrándose.
Declan bajó detrás de él.
Eilidh quiso seguirlo, pero Mairead la llamó.
—Eilidh.
Ella se volvió.
Su madre todavía estaba atada.
—Ayúdame.
Eilidh corrió hacia ella y comenzó a desatar las cuerdas.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Te hicieron daño?
—No.
—¿Te dijo dónde está Cormac?
Mairead cerró los ojos.
—No.
—Mamá.
—Pero sé algo que nunca te conté.
Eilidh se detuvo.
—¿Qué?
Mairead miró hacia la puerta.
—Antes de que Cormac desapareciera, me entregó una dirección.
—¿Cuál?
—No era en Glenmara.
—¿Dónde?
Mairead tomó aire.
—En Liverpool.
Declan regresó en ese momento, respirando con dificultad.
—Escapó.
Eilidh se volvió.
—Mamá acaba de decir que Cormac dejó una dirección en Liverpool.
Declan quedó inmóvil.
—La misma que Seamus.
Mairead asintió.
—Sí.
Nessa cerró el registro.
—Entonces todo conduce al mismo lugar.
Aodhan miró a Declan.
—No todo.
—¿Qué falta?
El anciano señaló el libro.
—La última página.
Declan la abrió.
Estaba arrancada.
Eilidh sintió que la frustración volvía a crecer.
—¿Quién la tiene?
Mairead respondió:
—Yo sé quién.
Todos la miraron.
—¿Quién?
Mairead bajó la voz.
—Seamus.
Declan quedó paralizado.
—¿Qué?
—Antes de marcharse, Seamus vino a verme.
—¿Cuándo?
—Después de recibir la noticia de que Cormac había muerto.
—¿Y qué te dijo?
Mairead sostuvo la mirada de Declan.
—Me dijo que no podía volver, pero que algún día tú llegarías buscando la verdad.
Declan apenas pudo hablar.
—¿Sabía que vendría?
—Sí.
—¿Cómo?
Mairead señaló la caja de madera que había desaparecido de su habitación.
—Porque dentro había algo más.
Eilidh la miró.
—¿Qué?
Mairead respiró profundamente.
—Una carta que Seamus escribió para ti.
Declan sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dónde está?
Mairead respondió:
—La tenía Cormac.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—¿Y cómo llegó hasta Cormac?
Mairead miró hacia la ventana.
—Porque Seamus se la entregó personalmente.
Declan no pudo apartar la mirada.
—Entonces se encontraron.
—Sí.
—¿Cuándo?
Mairead cerró los ojos.
—Antes de que Seamus partiera hacia América.
Declan se acercó.
—¿Y dónde ocurrió?
Mairead respondió:
—En Liverpool.
Aodhan tomó aire lentamente.
Nessa miró el registro.
Ronan permaneció en silencio.
Eilidh comprendió entonces que la historia que habían perseguido desde Glenmara no terminaba en aquella casa, ni en Blackwater Point, ni siquiera en la desaparición de Cormac. Había una última pieza que había viajado durante años de una persona a otra, una carta escrita por Seamus y entregada al hombre que todos habían creído muerto, y ahora aquella carta se encontraba lejos de Irlanda, en una ciudad donde quizá todavía podía existir alguien que supiera exactamente qué había ocurrido con Cormac Kelleher.
Declan tomó la mano de Eilidh.
—Tenemos que ir a Liverpool.
Ella asintió.
—Sí.
Mairead los observó y, por primera vez desde que habían comenzado a desenterrar el pasado, no intentó detenerlos.
Afuera, la lluvia había vuelto a caer sobre Glenmara y el valle estaba cubierto por una oscuridad profunda, mientras en algún lugar más allá del mar permanecía guardada la última parte de una historia que había comenzado veintiséis años antes y que, contra todos los esfuerzos de quienes habían intentado enterrarla, todavía conservaba nombres, cartas y recuerdos suficientes para ser encontrada.
13
La mañana en que dejaron atrás Glenmara para dirigirse hacia Liverpool amaneció cubierta por una lluvia fina y persistente que parecía haberse instalado sobre el valle con la intención de acompañarlos durante todo el trayecto. Desde la ventana de la Casa de los Brezos, Eilidh contempló durante unos minutos los campos oscurecidos por el agua, las piedras brillantes de los muros y las ramas desnudas de los árboles que se movían lentamente bajo el viento. Sobre la mesa del comedor estaban reunidos los documentos que habían conseguido durante las últimas semanas: las cartas de Seamus, la fotografía antigua, algunos papeles encontrados en la casa de los pescadores, la información proporcionada por O’Riada y las notas que Declan había ido escribiendo en su cuaderno negro. Todo aquello parecía demasiado frágil para contener una historia tan larga, pero Eilidh sabía que cada hoja representaba una parte de la verdad que durante años había permanecido enterrada bajo el silencio de otras personas.
Declan cerró su maleta y se volvió hacia Mairead, que había bajado lentamente las escaleras después de varios días de reposo. Todavía se la veía cansada, pero su mirada era mucho más firme que cuando la habían encontrado retenida en la vieja casa de Keane. Eilidh quiso convencerla de que no debía quedarse sola, pero Mairead había tomado una decisión y no parecía dispuesta a cambiarla.
—No voy a permitir que mi cansancio vuelva a decidir por mí —dijo mientras se acomodaba el chal sobre los hombros—. He pasado demasiados años dejando que otros hombres escribieran la historia de mi marido, de mi hija y de nuestra familia, y ahora que ustedes han encontrado una parte de la verdad necesito quedarme aquí y cuidar esta casa. Ustedes deben ir a Liverpool porque la carta de Seamus los llevó hasta allí y porque todavía falta saber qué ocurrió con Cormac después de que salió de Glenmara.
Eilidh se acercó a ella con preocupación.
—Puedo quedarme contigo. Declan puede ir solo.
Mairead negó lentamente con la cabeza.
—No. Esta vez tienes que ir tú, Eilidh. Has esperado toda tu vida para saber quién fue tu padre y qué ocurrió realmente con él. No permitas que ahora el miedo vuelva a decidir por ti.
—¿Y si encontramos algo que sea demasiado doloroso?
Mairead respiró profundamente antes de responder.
—Entonces tendrás que aprender a vivir con la verdad, como yo tuve que aprender a vivir con la incertidumbre. Durante años pensé que protegerte significaba ocultarte lo que sabía, pero ahora entiendo que también se puede hacer daño cuando se guarda demasiado silencio.
Eilidh abrazó a su madre con fuerza y permaneció unos instantes junto a ella, mientras Mairead le acariciaba el cabello como había hecho cuando era niña. Cuando finalmente se separaron, Eilidh tenía los ojos húmedos.
—¿Crees que vamos a encontrar algo que nos permita saber dónde terminó papá?
Mairead sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Creo que vas a encontrar algo que te permita dejar de imaginarlo, y eso puede ser más importante que cualquier tumba. Si encuentras algo sobre él, aunque sea doloroso, tráelo de vuelta contigo.
Declan había permanecido en silencio, pero entonces tomó el abrigo y se acercó.
—Volveremos, Mairead. Y cuando volvamos, no traeremos solamente más papeles. Traeremos una respuesta.
Mairead lo miró con una expresión que mezclaba confianza y temor.
—Eso espero, Declan. Pero recuerda algo mientras estés allí: algunas verdades llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarias.
El viaje hasta Liverpool fue largo y estuvo acompañado por conversaciones intermitentes que siempre terminaban regresando a los mismos nombres. Declan llevaba junto a él la carta que Seamus había dejado años atrás y que indicaba la dirección de Liverpool. Eilidh observaba el paisaje por la ventanilla, viendo cómo las colinas iban quedando atrás mientras el terreno cambiaba lentamente y la sensación de estar alejándose de Glenmara se hacía cada vez más evidente. Después de varias horas de silencio, Eilidh preguntó:
—¿Has pensado alguna vez qué vas a sentir si descubrimos que tu padre realmente estuvo vivo todos estos años y que decidió no regresar?
Declan permaneció unos momentos mirando por la ventanilla antes de responder.
—Sí, muchas veces, pero ahora la pregunta ha cambiado. Antes me preguntaba por qué no volvió. Ahora me pregunto qué tuvo que suceder para que creyera que no podía hacerlo. Si la carta dice la verdad, entonces quizá mi padre no eligió abandonarme, sino desaparecer para mantenerme con vida.
—Eso también puede ser difícil de aceptar.
—Lo sé. Pero prefiero una verdad difícil a una mentira sencilla. He vivido demasiado tiempo con una mentira sencilla.
Eilidh permaneció en silencio, contemplando el paisaje.
—Quizá eso sea lo que tenemos en común —dijo finalmente—. Tú creciste pensando que tu padre te había abandonado y yo crecí pensando que el mío había muerto aquella noche.
Declan volvió la mirada hacia ella.
—Y ahora ninguno de los dos sabe todavía exactamente cómo terminaron sus historias.
—Pero al menos sabemos que no terminaron donde nos dijeron.
—Eso ya es algo.
Llegaron a Liverpool al caer la tarde. La ciudad les pareció inmensa después de los caminos estrechos de Glenmara, y el movimiento de los muelles, los carros, las voces y las embarcaciones produjo en Eilidh una sensación de desorientación que no quiso reconocer delante de Declan. Él, sin embargo, parecía concentrado en localizar la dirección que aparecía en los papeles de Seamus.
—Mi madre guardó esta dirección durante años —explicó mientras caminaban—. Nunca supo exactamente qué significaba, pero dijo que mi padre la había mencionado varias veces antes de desaparecer.
—¿Crees que él estuvo aquí?
—Estoy casi seguro.
—¿Y qué esperas encontrar?
Declan tardó en contestar.
—Algo que me permita entender por qué se fue.
La dirección los condujo hasta una zona próxima a antiguos talleres y almacenes donde todavía se respiraba el olor del carbón, del aceite y del agua salobre que llegaba desde el puerto. Encontraron un pequeño establecimiento cuyo propietario escuchó con atención cuando Declan pronunció el nombre de Seamus Rourke. El hombre no pareció reconocerlo al principio, pero cuando Declan sacó la carta y le mostró la dirección escrita en ella, su expresión cambió.
—Esperen aquí —dijo el hombre.
Desapareció detrás de una puerta y regresó unos minutos después llevando una caja de madera vieja, cubierta de polvo y con una cerradura oxidada.
—Esto quedó aquí hace muchos años. Mi padre me dijo que no debía entregárselo a cualquiera, pero también me dijo que algún día alguien podría venir preguntando por Rourke.
Declan sostuvo la caja con ambas manos.
—¿Sabe quién la dejó?
El hombre negó con la cabeza.
—No personalmente, pero mi padre hablaba de un irlandés que estaba herido y que no quería que nadie supiera dónde se encontraba. Decía que era un hombre perseguido, aunque nunca me explicó por quién.
Dentro de la caja encontraron varios papeles, dos fotografías y un sobre dirigido a Declan. Al verlo, permaneció inmóvil durante varios segundos.
—Es su letra —murmuró Eilidh.
—Sí —respondió él—. Es la letra de mi padre.
Abrió el sobre con manos temblorosas y comenzó a leer. La primera línea hizo que levantara inmediatamente la mirada hacia Eilidh.
—¿Qué dice?
Declan tragó saliva.
—Dice: «Si has llegado hasta Liverpool acompañado por Eilidh Kelleher, entonces todavía no han conseguido separarnos».
Eilidh frunció el ceño.
—¿Separarnos?
—Sí.
Continuó leyendo. La carta explicaba que Cormac había sobrevivido al ataque inicial en Glenmara y que Seamus había pasado años intentando localizarlo. Explicaba también que los hombres que habían participado en la persecución no actuaban por iniciativa propia, sino que respondían a una estructura que había utilizado dinero, amenazas y falsos registros para impedir que determinados nombres llegaran a las autoridades. En una de las páginas aparecía el nombre de Edmund Bellamy. En otra, el de Alistair Keane. Más adelante se mencionaban Padraig Sloane, Ronan Vale y O’Riada, aunque Seamus dejaba claro que ninguno de ellos ocupaba el lugar principal dentro de aquella operación.
—Aquí está —dijo Declan después de unos minutos—. Dice que Cormac seguía vivo.
Eilidh sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Cuándo escribió esto?
Declan miró la fecha.
—Después de 1923.
Eilidh cerró los ojos durante un instante.
—Entonces todo lo que me dijeron cuando era niña era mentira.
—No todo. Tu madre realmente creyó durante años que Cormac había muerto. Pero alguien sabía que seguía vivo y permitió que esa mentira continuara.
La carta contenía otra revelación. Seamus confesaba que no había abandonado a Declan porque hubiese dejado de quererlo. Había permanecido lejos porque estaba convencido de que cualquier regreso podía poner en peligro a su hijo y a la mujer que había formado su hogar.
—Escribió que tenía miedo de que Bellamy llegara hasta ti —dijo Declan.
Eilidh puso una mano sobre su brazo.
—Declan, tú eras solamente un niño.
Él respiró profundamente.
—Lo sé ahora. Pero durante muchos años pensé que había sido yo quien no había sido suficiente para que regresara.
Eilidh negó con la cabeza.
—No vuelvas a pensar eso. Si un hombre se aleja para proteger a su hijo, el niño no tiene nada que reprocharse.
Declan la miró durante unos segundos.
—Eso es lo que necesitaba escuchar hace veinte años.
Continuaron leyendo hasta llegar a la parte que explicaba el destino de Cormac. Seamus decía que había conseguido reunirse con él y que ambos habían intentado encontrar una salida por mar. Cormac estaba enfermo y debilitado, pero todavía conservaba la esperanza de regresar a Glenmara. La carta explicaba que en 1925, durante una travesía, Cormac murió en el mar y que Seamus permaneció a su lado hasta el final.
Eilidh sostuvo la fotografía que habían encontrado en la caja y miró el rostro de su padre.
—Entonces estuvo vivo.
—Sí.
—Estuvo vivo después de que yo creciera sin él.
—Sí.
—¿Y pensaba en mí?
Declan buscó una línea de la carta y se la mostró.
—Escribió tu nombre. Dice que pidió que algún día supieras que nunca dejó de pensar en ti.
Eilidh permaneció en silencio durante un largo momento. Después apoyó la fotografía contra su pecho.
—Eso es lo único que necesitaba saber.
Fue entonces cuando una voz conocida surgió desde la puerta del establecimiento.
—No es lo único que necesitan saber.
Los dos se volvieron y encontraron a O’Riada observándolos. Su rostro parecía mucho más envejecido que la última vez que lo habían visto, pero la cicatriz sobre la ceja seguía siendo inconfundible.
—He venido porque sabía que acabarían llegando aquí —dijo.
Declan guardó rápidamente los documentos, aunque O’Riada levantó las manos para demostrar que no llevaba intención de enfrentarlos.
—¿Cómo sabía que estaríamos en Liverpool? —preguntó Eilidh.
—Porque Seamus sabía que, si algún día alguien encontraba sus cartas, terminaría siguiendo esta dirección. Y porque yo conocía el lugar donde dejó algunas cosas.
Declan se levantó y lo enfrentó con la mirada.
—Usted sabía que Cormac estaba vivo.
O’Riada bajó los ojos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde después del ataque. Lo vi con vida.
Eilidh dio un paso hacia él.
—¿Dónde?
O’Riada explicó que Cormac había sido trasladado de un lugar a otro, siempre bajo vigilancia, hasta que Seamus consiguió localizarlo.
—Yo no fui quien lo capturó —dijo—. Pero trabajé para hombres que sabían dónde estaba. Durante mucho tiempo tuve miedo de contar lo que sabía porque las amenazas no eran solamente contra mí. También podían llegar hasta mi familia.
Declan respondió con dureza:
—El miedo explica algunas cosas, pero no las justifica.
O’Riada asintió lentamente.
—Lo sé. Por eso estoy aquí ahora.
O’Riada confirmó que Cormac murió en 1925 y que Seamus estuvo con él.
—Lo vi después de que Cormac muriera —explicó—. Seamus estaba destruido. No parecía el mismo hombre. Me dijo que había prometido a Cormac que algún día alguien sabría la verdad.
—¿Por qué no volvió entonces? —preguntó Eilidh.
—Porque seguían buscando documentos y personas. Bellamy todavía tenía influencia y Keane seguía moviéndose entre lugares donde nadie sospechaba de él. Seamus creía que regresar significaría llevar el peligro directamente hasta ustedes.
—¿Y usted nunca intentó detener aquello?
O’Riada bajó la cabeza.
—No tuve el valor que ellos tuvieron.
La conversación llevó finalmente al nombre de Alistair Keane. O’Riada explicó que la muerte del médico en 1924 había sido utilizada para cerrar una línea de investigación.
—Keane no murió cuando dijeron que había muerto —afirmó—. Desapareció después de preparar una declaración. Sabía que Bellamy podía destruirlo si hablaba, pero también sabía que, si alguna vez alguien encontraba aquel documento, la historia cambiaría.
Declan dio un paso hacia él.
—¿Dónde está?
—En una iglesia abandonada, no lejos de aquí. Una iglesia que durante años sirvió para guardar documentos que no podían permanecer en manos de quienes los habían escrito.
La iglesia se encontraba casi cubierta por la vegetación. El interior estaba oscuro y húmedo, con bancos rotos y cristales desaparecidos de las ventanas. O’Riada los condujo hasta una pequeña escalera que descendía hacia una dependencia subterránea.
—Keane dejó una marca aquí —explicó—. Nunca entendí por qué escogió este lugar.
Declan examinó las piedras y encontró una que podía moverse. Detrás apareció una caja metálica envuelta en una tela vieja.
Dentro estaba la declaración de Keane.
Declan comenzó a leer mientras Eilidh y O’Riada permanecían junto a él. El documento reconocía que Edmund Bellamy había financiado operaciones destinadas a controlar determinadas rutas, comunicaciones y movimientos de personas. Keane admitía que había utilizado su profesión y su acceso a numerosas casas para obtener información. Reconocía que Cormac y Seamus habían sido considerados una amenaza porque conocían nombres y movimientos que podían comprometer a hombres poderosos.
Eilidh señaló una parte del documento.
—Aquí habla de la Casa de los Brezos.
Declan acercó la lámpara y leyó:
—«Alguien dentro del círculo de confianza de la casa facilitó información sobre los movimientos de Kelleher, aunque la persona utilizada no conocía el propósito de aquella información».
Eilidh sintió un escalofrío.
—Entonces mi madre no sabía nada.
O’Riada respondió:
—Eso parece. Pero todavía falta saber quién utilizó su nombre.
Declan pasó a la página siguiente y descubrió que faltaba una hoja.
—Aquí debería estar la parte que explica quién lo hizo.
O’Riada observó el documento.
—Entonces la última respuesta sigue en Glenmara.
Antes de marcharse encontraron otra fotografía. Cormac aparecía junto a Seamus frente a una embarcación. La fecha escrita detrás correspondía a 1925. Eilidh sostuvo la fotografía y permaneció contemplándola.
—Este es mi padre —dijo—. No el hombre que desapareció en 1921, sino este hombre.
Declan se acercó.
—Es el hombre que siguió viviendo, esperando regresar.
Eilidh apretó la fotografía contra el pecho.
—Entonces quiero que tenga un lugar donde su nombre pueda estar escrito sin miedo.
Regresaron a Irlanda con los documentos protegidos dentro del equipaje. El viaje de regreso fue menos silencioso que el anterior, aunque ninguno necesitaba hablar continuamente. La verdad había cambiado el peso de los silencios. Ahora conocían el destino de Cormac, sabían que Seamus no había abandonado a Declan por indiferencia y tenían pruebas concretas que relacionaban a Bellamy con la estructura que había perseguido a aquellos hombres. Sin embargo, faltaba una pieza.
Cuando llegaron a Glenmara, Eilidh propuso detenerse directamente en la estación.
—No quiero esperar hasta mañana.
Declan la miró y sonrió levemente.
—Yo tampoco.
Entraron en el edificio abandonado cuando comenzaba a oscurecer. El viento atravesaba las ventanas rotas y hacía vibrar una vieja puerta. Eilidh sostuvo la lámpara mientras Declan sacaba nuevamente la declaración de Keane.
—Mira esta frase —dijo él—. «La persona utilizada no conocía el propósito de la información».
—Y también dice que su nombre aparece en un registro.
—Exactamente.
—El registro que estaba en esta estación.
—Sí.
Los dos se dirigieron hacia la habitación seis.
La puerta seguía cerrada. Eilidh pasó los dedos por la madera y recordó todas las veces que había escuchado hablar de aquel lugar sin comprender por qué una habitación vacía podía despertar tanto miedo.
—¿Crees que la página sigue aquí?
Declan contestó mientras observaba la cerradura:
—Si Keane escribió la verdad, alguien quiso esconderla, no destruirla. Eso significa que probablemente sigue existiendo.
Eilidh abrió la puerta lentamente y entraron.
El polvo cubría el suelo, las paredes y los muebles abandonados. Declan recorrió con la lámpara cada rincón mientras Eilidh examinaba los cajones y los estantes.
—Aquí no hay nada —dijo ella después de varios minutos.
Declan siguió mirando las paredes.
—Todavía no hemos buscado donde alguien pensaría que nunca buscaríamos.
Eilidh se volvió hacia él.
—¿Dónde sería eso?
Él observó la pared que separaba la habitación del antiguo despacho.
—En la propia pared.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles. Luego Eilidh se acercó y comenzó a examinar los tablones. Había una zona donde la madera parecía ligeramente diferente. Declan pasó los dedos por una grieta y encontró una marca casi invisible.
—Mañana volveremos con Finbarr —dijo—. Si existe una página escondida aquí, vamos a encontrarla.
Eilidh asintió, pero antes de salir volvió la mirada hacia la habitación.
—Declan, ¿sabes qué es lo extraño?
Él se volvió.
—¿Qué?
Eilidh miró la vieja ventana, la misma por la que tantas veces había entrado la lluvia y por la que alguien había escapado con la carta de Seamus.
—Durante toda mi vida pensé que esta habitación guardaba algo que podía destruir nuestra familia. Ahora creo que quizá guardaba algo que podía devolvernos una parte de ella.
Declan la observó durante unos segundos antes de responder.
—Entonces encontremos esa parte.
Salieron de la estación mientras la noche comenzaba a cubrir las colinas de Glenmara. La lluvia empezó nuevamente, primero con gotas dispersas y después con mayor intensidad, pero ninguno aceleró el paso. Declan llevaba los documentos protegidos bajo el abrigo y Eilidh sostenía la fotografía de Cormac contra su pecho. Detrás de ellos quedaba la estación abandonada, silenciosa bajo la lluvia, guardando todavía una página que había sobrevivido a los hombres que habían intentado borrar sus nombres.
Cuando llegaron a la última curva del camino, Eilidh se detuvo un instante y miró hacia atrás. Declan permaneció a su lado sin preguntarle nada. Ella observó la silueta oscura de la estación y dijo finalmente:
—Mañana encontraremos la última página.
Declan respondió:
—Sí. Y cuando la encontremos, sabremos quién utilizó el nombre de tu madre y quién abrió la puerta para que aquellos hombres entraran en la historia de nuestra familia.
Eilidh volvió a caminar junto a él mientras la lluvia cubría lentamente los caminos y las luces de la Casa de los Brezos aparecían a lo lejos. Ninguno volvió a mirar atrás, pero ambos sabían que al día siguiente regresarían a la habitación seis, levantarían cada tablón que fuera necesario y buscarían hasta encontrar aquello que durante tantos años había permanecido oculto. En algún lugar detrás de aquellas paredes deterioradas seguía existiendo la última página del registro, y con ella el nombre que todavía faltaba para cerrar la historia de Cormac, Seamus y la casa que había guardado sus secretos durante más de dos décadas.
15
La mañana siguiente amaneció con un cielo gris y pesado que parecía descender sobre Glenmara hasta tocar las chimeneas de las casas y las ramas de los árboles. La lluvia de la noche había dejado los caminos convertidos en estrechas franjas de barro y las piedras de los muros cubiertas de una película brillante, pero Eilidh apenas reparó en el estado del tiempo cuando abrió los ojos. Había dormido poco, no porque tuviera miedo, sino porque la última conversación con Declan había dejado en su mente una inquietud distinta de todas las anteriores. Durante años había imaginado que encontrar la verdad consistiría en descubrir qué había ocurrido con Cormac, pero ahora comprendía que todavía quedaba una última puerta por abrir, una puerta que podía explicar de qué manera aquella tragedia había entrado en la Casa de los Brezos y por qué tantos hombres habían conseguido utilizar el nombre de su madre sin que ella llegara a saberlo.
Cuando bajó al comedor, encontró a Declan junto a la ventana, preparando café mientras Finbarr Doyle esperaba sentado junto a la mesa. El anciano había llegado antes del amanecer y tenía el abrigo todavía húmedo por la lluvia. Mairead permanecía cerca del fuego, escuchando en silencio, mientras Nessa Kavanagh había dejado una cesta de alimentos sobre la mesa y conversaba con ella en voz baja. Al ver entrar a Eilidh, Finbarr levantó la cabeza y le hizo una señal para que se acercara.
—Declan me contó anoche que encontraron la declaración de Keane y que falta una página —dijo Finbarr—. Si la página está donde creemos, hoy puede terminar una parte de esta historia.
Eilidh tomó asiento frente a él.
—¿Usted cree que realmente está en la habitación seis?
Finbarr apoyó ambas manos sobre su bastón y observó durante unos segundos el fuego antes de responder.
—Creo que alguien escondió esa página allí porque sabía que nadie tendría motivos para buscarla mientras la habitación permaneciera cerrada. La habitación seis fue utilizada para dejar mensajes durante años, pero también fue un lugar que muchos hombres evitaron porque conocían la historia que había ocurrido allí. Si alguien quería esconder algo sin destruirlo, aquel era precisamente el lugar donde debía hacerlo.
Declan colocó sobre la mesa una copia de la declaración de Keane.
—Hay algo que me preocupa —dijo—. Keane escribió que alguien dentro del círculo de confianza de la casa facilitó información sobre Cormac, pero también dejó claro que la persona utilizada podía no conocer el propósito de aquella información. Eso significa que debemos distinguir entre quien proporcionó un dato y quien realmente traicionó a Cormac.
Finbarr asintió lentamente.
—Esa diferencia puede cambiarlo todo.
Mairead se levantó entonces y se acercó a la mesa. Su rostro había recuperado parte de la serenidad que había perdido durante los últimos días.
—Entonces vayamos a la estación —dijo—. Ya no quiero que esa habitación siga decidiendo lo que podemos o no podemos saber.
Eilidh la miró sorprendida.
—¿Estás segura de querer venir?
—He esperado veintiséis años para entrar allí sin miedo. No pienso esperar un día más.
La decisión fue inmediata. Salieron de la Casa de los Brezos los cinco, mientras Nessa prometía quedarse cerca por si necesitaban ayuda. El camino hasta la estación parecía diferente bajo la luz gris de la mañana. Eilidh caminaba junto a Declan y llevaba la llave de la habitación seis en la mano. Finbarr iba detrás de ellos, apoyándose en su bastón, mientras Mairead avanzaba lentamente, pero sin detenerse. Cuando llegaron al edificio abandonado, Eilidh introdujo la llave en la cerradura y empujó la puerta.
El interior conservaba el olor a madera vieja, polvo y humedad. La ventana seguía dejando entrar una corriente de aire frío y las paredes mostraban las mismas manchas que habían visto la noche anterior. Declan colocó una lámpara sobre la mesa mientras Finbarr examinaba cuidadosamente la pared que habían señalado.
—Aquí —dijo el anciano finalmente—. Miren la madera junto al zócalo.
Eilidh se arrodilló y pasó los dedos por una pequeña hendidura.
—Parece una junta.
—Eso es lo que alguien quería que pareciera.
Declan tomó una herramienta pequeña que había traído consigo y comenzó a retirar cuidadosamente una de las tablas. La madera cedió después de varios intentos y dejó al descubierto un espacio estrecho detrás de la pared. Dentro había un paquete envuelto en una tela ennegrecida por los años. Nadie habló mientras Declan lo sacaba.
Mairead se acercó.
—Ábrelo.
Declan retiró lentamente la tela y encontró un libro de registro muy deteriorado. Varias páginas estaban intactas, otras habían sido arrancadas y una de ellas parecía haber sido escondida por separado. Finbarr extendió la mano.
—Déjame verla.
Declan le entregó la hoja. El anciano la sostuvo cerca de la lámpara y permaneció largo rato en silencio.
—Esta es —dijo finalmente—. La última página.
Eilidh se acercó tanto que pudo ver las anotaciones. Había nombres, fechas, indicaciones sobre movimientos y varias referencias a la Casa de los Brezos. Entre ellas aparecía claramente el nombre de M. Kelleher. Durante un instante el corazón de Eilidh se detuvo.
—Ahí está el nombre de mi madre.
Mairead observó la página sin tocarla.
—Yo nunca escribí eso.
—Lo sabemos —respondió Declan—. Mira la anotación que está debajo.
La frase había sido escrita con otra tinta, probablemente varios años después. Decía: «El nombre fue utilizado sin conocimiento de la persona. La casa sirvió como punto de contacto, pero la mujer que la protege no conoce al hombre que todavía la vigila.»
Mairead cerró los ojos y respiró profundamente.
—Entonces utilizaron mi nombre.
Finbarr asintió.
—Sí. Pero no fuiste tú quien los ayudó.
Eilidh recorrió la página con la mirada.
—Aquí hay otro nombre.
Declan acercó la lámpara. Debajo de la anotación aparecía una referencia a O’Riada y otra a un hombre cuyo apellido había sido parcialmente borrado. Sin embargo, junto a la tinta deteriorada se conservaba una inicial y una nota escrita en el margen.
Finbarr la leyó en voz baja.
—El hermano.
Declan lo miró.
—¿El hermano de quién?
Finbarr tardó unos segundos en responder.
—De O’Riada.
El silencio que siguió fue tan profundo que podía escucharse el ruido de la lluvia golpeando el techo de la estación.
—¿Su hermano? —preguntó Eilidh.
—Sí. Nunca te lo dije porque no estaba seguro de cuánto sabía O’Riada y porque durante años pensé que quizá era mejor dejar algunos nombres enterrados. Su hermano trabajaba como intermediario en aquella época. Murió en 1922. Después de su muerte, alguien utilizó su identidad para cubrir lo que había ocurrido realmente.
Declan volvió a leer la anotación.
—Entonces él no fue necesariamente quien ordenó el ataque.
—No —respondió Finbarr—. Fue una pieza. Los verdaderos responsables estaban más arriba.
Eilidh señaló otro nombre.
—Bellamy.
Esta vez Finbarr no respondió inmediatamente. Declan tomó la hoja y examinó la anotación. Junto al apellido aparecía una referencia a pagos realizados a intermediarios y a reuniones celebradas cerca de la estación. Más abajo aparecía el nombre de Keane.
—Aquí está la conexión definitiva —dijo Declan—. Bellamy pagaba, Keane organizaba y los intermediarios ejecutaban.
Mairead apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Y Cormac?
Finbarr la miró con tristeza.
—Cormac descubrió demasiado.
—¿Y Seamus?
—Intentó salvarlo.
Mairead permaneció inmóvil durante unos segundos y luego preguntó:
—¿Y todo esto empezó porque alguien utilizó mi casa?
Finbarr negó lentamente con la cabeza.
—No, Mairead. Todo esto empezó porque hubo hombres que quisieron controlar una situación y porque Cormac y Seamus se negaron a permanecer callados. La casa fue solamente uno de los lugares que utilizaron para vigilar sus movimientos.
Declan volvió a examinar la página y encontró una última anotación.
—Aquí dice que después de la desaparición de Cormac alguien regresó a la casa para buscar documentos.
Eilidh recordó inmediatamente la noche en que la carta de Seamus había desaparecido por la ventana.
—Keane.
—Probablemente —respondió Declan—. Pero hay algo más.
En el margen aparecía una frase escrita con una letra diferente: «El hijo de Bellamy continuará buscando lo que su padre no pudo destruir.»
Mairead levantó la mirada.
—Thomas.
Finbarr asintió.
—Sí. Y ahora sabemos por qué regresó después de tantos años.
Eilidh sintió una mezcla de miedo y alivio. El hombre que había perseguido a su familia durante las últimas semanas ya no era una figura sin rostro. Tenía un nombre, un padre, un propósito y una razón concreta para buscar aquellos documentos. Pero la amenaza todavía no había terminado.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, un ruido llegó desde el exterior de la estación. Declan levantó inmediatamente la cabeza. Finbarr hizo un gesto para que nadie hablara. Pasos sobre el barro se acercaban lentamente. Eilidh miró hacia la puerta y sintió que el miedo regresaba de golpe.
La puerta se abrió y Thomas Bellamy apareció en el umbral.
Llevaba el rostro mojado por la lluvia y la expresión endurecida. Durante unos segundos nadie se movió. Finalmente Thomas miró la página que Declan sostenía.
—Así que la encontraron.
Declan dio un paso adelante.
—Ya no tienes nada que buscar aquí.
Thomas soltó una breve risa amarga.
—Eso no lo decides tú.
—Tu padre ya no puede protegerte.
—Mi padre murió, pero no murió lo que construyó.
Eilidh intervino.
—Tu padre destruyó vidas para proteger sus intereses. ¿Eso es lo que pretendes continuar?
Thomas la miró fijamente.
—No sabes nada de mi padre.
—Sé suficiente —respondió Eilidh—. Sé que pagó a hombres para perseguir a mi padre. Sé que Keane trabajó para él. Sé que utilizaron el nombre de mi madre y que durante años intentaron borrar los documentos que podían demostrarlo.
Thomas permaneció en silencio.
Declan levantó la declaración de Keane.
—Tenemos esto.
La expresión de Thomas cambió.
—¿Dónde lo encontraron?
—En Liverpool.
—Entonces ya lo saben todo.
—No —respondió Declan—. Pero sabemos lo suficiente.
Thomas miró hacia la puerta y luego hacia la página.
—Si entregan esos documentos, destruirán lo que queda del nombre de mi familia.
Mairead se acercó lentamente.
—No, Thomas. Lo que destruyó el nombre de tu familia fueron las decisiones de tu padre. La verdad no puede hacer más daño que aquello que ya hizo.
Thomas la miró con una mezcla de rabia y cansancio.
—Usted no entiende.
—Entiendo más de lo que crees. Mi marido desapareció. Mi hija creció sin conocerlo. Otro hombre pasó años creyendo que su padre lo había abandonado. Y todo porque hombres como tu padre pensaron que sus secretos valían más que nuestras vidas.
Thomas bajó la mirada. Durante unos instantes pareció dispuesto a marcharse, pero luego sacó del bolsillo un arma pequeña. Declan se colocó delante de Eilidh inmediatamente.
—No hagas esto —dijo.
Thomas sostuvo el arma con mano temblorosa.
—No quiero matar a nadie.
—Entonces baja el arma.
Finbarr dio un paso adelante.
—Thomas, tu padre ya está muerto. Keane está muerto. Los hombres que participaron en esto han desaparecido. No tienes que continuar una guerra que comenzó antes de que tú nacieras.
Thomas respiró profundamente.
—Mi padre me dijo que nunca permitiera que esos documentos salieran a la luz.
—Tu padre también te mintió —respondió Finbarr—. Te hizo creer que proteger su nombre era más importante que salvar el tuyo.
Thomas permaneció inmóvil durante unos segundos que parecieron interminables. Finalmente bajó el arma y la dejó caer sobre el suelo. Desde el exterior se escucharon voces. Habían llegado dos hombres de la autoridad local acompañados por Nessa, quien había ido a buscarlos al ver que Thomas se dirigía hacia la estación. Thomas no opuso resistencia cuando se acercaron.
Antes de salir, se volvió hacia Eilidh.
—¿Encontraron el nombre?
Eilidh sostuvo la página.
—Encontramos la verdad.
Thomas la miró unos segundos y después dejó que se lo llevaran.
La tensión desapareció lentamente de la habitación, pero nadie habló durante un tiempo. Mairead se acercó a la página y la observó una vez más.
—Ahora sí terminó —dijo.
Declan negó suavemente con la cabeza.
—Terminó una parte.
Eilidh entendió inmediatamente.
—Inisharra.
Declan la miró.
—Sí. Tenemos que encontrar la tumba de Cormac.
El viaje hacia la pequeña isla fue realizado unos días después, cuando el tiempo permitió que una embarcación pudiera salir hacia la costa occidental. Aodhan Byrne los esperaba en el puerto y fue él quien les indicó el lugar donde debían desembarcar. Mairead decidió acompañarlos. Había pasado veintiséis años esperando aquel momento y no quería que nadie más le contara cómo era la tumba de Cormac.
El mar estaba inquieto, pero no peligroso. Durante la travesía, Mairead permaneció sentada cerca de la proa, mirando el horizonte. Eilidh se sentó a su lado.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Mairead tardó en contestar.
—Sí.
—Yo también.
—No sé qué voy a sentir cuando vea su nombre.
Eilidh tomó su mano.
—No tienes que sentir nada determinado.
Mairead sonrió débilmente.
—Eso me habría gustado escucharlo hace muchos años.
Cuando llegaron a Inisharra, Aodhan los condujo por un sendero estrecho entre hierbas altas y rocas húmedas. Finalmente se detuvo frente a una pequeña cruz de madera.
Debajo de ella había una inscripción sencilla:
CORMAC KELLEHER
1925
Mairead se quedó inmóvil. No lloró inmediatamente. Se acercó lentamente, apoyó una mano sobre la cruz y cerró los ojos.
—Te busqué durante tantos años —susurró—. Y estabas aquí.
Eilidh permaneció detrás de ella con Declan. Después de unos instantes se acercó y se arrodilló junto a la cruz.
—Hola, papá.
La voz se le quebró, pero continuó.
—No sé qué esperabas que dijera cuando algún día encontrara tu tumba. Durante mucho tiempo pensé que te preguntaría por qué te fuiste, por qué no volviste y por qué me dejaste crecer sin ti. Ahora sé que intentaste regresar. Sé que pensaste en mí. Y eso es suficiente para que pueda dejar de estar enojada contigo.
Mairead se arrodilló junto a su hija y tomó su mano.
—Nunca dejé de quererte —dijo mirando la cruz—. Pero durante mucho tiempo tuve miedo de que mi amor por ti no fuera suficiente para mantenerte a salvo. Perdóname por haber escondido tantas cosas.
Eilidh apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre.
—No tienes que pedir perdón por haber tenido miedo.
Declan permaneció unos pasos atrás hasta que Eilidh lo llamó.
—Ven.
Él se acercó y contempló el nombre de Cormac.
—Seamus estuvo aquí cuando murió —dijo—. Eso significa que mi padre cumplió su promesa.
Eilidh levantó la mirada.
—¿Qué promesa?
—Que algún día alguien sabría la verdad.
Durante largo rato permanecieron junto a la tumba sin hablar. El viento procedente del mar movía las hierbas alrededor de la cruz y llevaba hasta ellos el olor salobre del agua. Finalmente Mairead se puso de pie y respiró profundamente.
—Ya puedo volver.
Regresaron a Glenmara con una sensación que ninguno habría sabido describir completamente. La Casa de los Brezos seguía allí, pero por primera vez Eilidh sintió que ya no era solamente una casa marcada por ausencias. Mairead abrió las ventanas, retiró las telas que cubrían algunos muebles y permitió que entrara la luz. Nessa ayudó a limpiar las habitaciones y Finbarr reparó una de las puertas. La habitación seis de la estación permaneció cerrada unos días mientras las autoridades examinaban los documentos, pero la Casa de los Brezos volvió poco a poco a recibir viajeros.
Una tarde, mientras colocaban nuevamente platos sobre las mesas del comedor, Mairead observó a su hija.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Eilidh sonrió.
—Todavía no lo sé completamente.
—Eso no es verdad.
—¿Por qué?
—Porque desde que eras niña dices que quieres estudiar y trabajar con niños. Siempre hablaste de Galway como si fuera un lugar lejano, aunque solamente esté a unas horas de aquí.
Eilidh miró hacia la ventana.
—Quiero estudiar en Galway. Quiero trabajar con niños que tengan dificultades en sus casas, niños que quizá necesiten que alguien crea en ellos cuando nadie más lo haga. Pero no quiero abandonar la casa.
Mairead sonrió.
—Entonces no la abandones.
—¿Cómo puedo hacer las dos cosas?
—De la misma manera que tu padre intentó hacer dos cosas imposibles al mismo tiempo: amar a su familia y protegerla. No siempre consiguió lo que quería, pero nunca dejó de intentarlo.
Eilidh abrazó a su madre.
—Volveré siempre.
—Lo sé.
Declan, que había escuchado la conversación desde la puerta, intervino.
—Yo también tengo algo que decir.
Eilidh se volvió hacia él.
—¿Qué cosa?
Declan dejó sobre la mesa el cuaderno negro que había llevado desde Dublín.
—Voy a quedarme en Glenmara.
Eilidh lo miró sorprendida.
—¿Para siempre?
Declan sonrió.
—No sé si existe algo que pueda llamarse para siempre. Pero quiero quedarme por ahora. Quiero ayudar a Finbarr a ordenar los documentos y quizá convertir parte de la habitación seis en un archivo. También quiero encontrar una manera de terminar el trabajo que comenzó mi padre.
—¿Y Dublín?
—Dublín seguirá allí.
Eilidh bajó la mirada con una sonrisa.
—Entonces supongo que Glenmara tendrá que acostumbrarse a ti.
—Y tú tendrás que acostumbrarte a verme por aquí.
—Eso creo que puedo soportarlo.
Declan se acercó a ella.
—¿Y cuando te vayas a Galway?
—Volveré los fines de semana siempre que pueda.
—Entonces esperaré esos fines de semana.
Eilidh levantó los ojos.
—No quiero que me esperes como alguien que espera que vuelva porque tiene miedo de quedarse solo.
Declan sonrió.
—No te esperaré así. Te esperaré porque quiero compartir contigo los lugares que todavía no conocemos.
Durante los meses siguientes, la Casa de los Brezos recuperó lentamente su vida. Algunos viajeros comenzaron a regresar, los caballos volvieron a detenerse frente a la puerta y las conversaciones llenaron nuevamente el comedor durante las noches de invierno. La habitación seis de la estación fue abierta finalmente y los documentos encontrados allí quedaron bajo custodia, pero una copia del registro fue entregada a Mairead para que el nombre de Cormac pudiera quedar unido a la historia verdadera de Glenmara. El nombre de Seamus también apareció en aquellos documentos, no como el hombre que había abandonado a su familia, sino como el hombre que había intentado rescatar a su amigo y que había pasado años protegiendo a quienes amaba desde lejos.
Una mañana de primavera, Eilidh regresó de Galway con varios libros bajo el brazo. Había comenzado sus estudios y estaba trabajando algunas tardes con niños de una pequeña escuela cercana. Al llegar a la Casa de los Brezos encontró a Declan reparando una ventana.
—¿Otra vez arreglando cosas?
—Esta ventana estaba a punto de caer.
—Eso dijiste de la puerta.
—La puerta necesitaba arreglarse.
—Y la mesa.
—También.
Eilidh dejó los libros sobre una silla.
—Creo que vas a terminar reconstruyendo toda la casa.
Declan se limpió las manos y sonrió.
—Quizá eso no sea tan malo.
Eilidh se acercó a la ventana y miró el valle. El mismo paisaje que durante años había representado para ella un lugar cerrado comenzaba a parecerle diferente. Las colinas seguían allí, los caminos seguían siendo estrechos y la lluvia seguía llegando con la misma frecuencia, pero ahora sabía que un lugar no queda encerrado simplemente porque uno haya vivido mucho tiempo dentro de él. Había aprendido que podía salir, estudiar, regresar y volver a mirar las mismas montañas sin sentir que su vida tenía que terminar donde terminaba el camino.
Declan se colocó junto a ella.
—¿Qué estás pensando?
—En que durante años creí que el valle guardaba todos nuestros secretos.
—¿Y ahora?
Eilidh lo miró.
—Ahora creo que algunos secretos pertenecían a las personas, no al lugar.
Declan permaneció en silencio durante unos segundos.
—¿Te arrepientes de haber empezado esta búsqueda?
—No.
—¿Ni siquiera de los momentos en que tuviste miedo?
Eilidh negó con la cabeza.
—No. Si hubiera podido elegir una vida sin miedo, quizá habría elegido otra cosa, pero no habría encontrado a mi padre.
Declan tomó su mano.
—Y yo no habría encontrado al mío.
Salieron de la casa aquella tarde y comenzaron a caminar por el camino que descendía hacia el valle. Mairead los observó desde la puerta y luego regresó al interior, donde sobre una mesa permanecía una fotografía de Cormac junto a una pequeña nota escrita por Eilidh. La casa estaba nuevamente abierta, las habitaciones preparadas para los viajeros y la cocina llena de aromas que se escapaban por las ventanas. Ya no parecía un lugar que esperara a alguien que no volvería. Era una casa habitada por quienes habían decidido continuar.
Eilidh y Declan caminaron hasta la vieja estación. La puerta de la habitación seis estaba abierta y la luz del atardecer entraba por la ventana que durante tantos años había permanecido cerrada. Declan se detuvo en el umbral y miró el interior.
—¿Sabes qué me dijo mi padre en una de sus cartas?
—¿Qué?
—Que algunas personas pasan por la vida creyendo que los nombres son solamente nombres, pero que hay momentos en que un nombre es la última cosa que queda de una persona.
Eilidh entró lentamente en la habitación.
—Entonces ahora los nombres de nuestros padres están donde deben estar.
—Sí.
—Y nadie podrá volver a borrarlos.
Declan la miró.
—No mientras nosotros los recordemos.
Permanecieron allí unos instantes, pero ninguno sintió la necesidad de añadir nada más. Afuera, el viento movía las hierbas junto a las vías abandonadas y las nubes comenzaban a abrirse sobre las colinas. Eilidh tomó la mano de Declan y salieron nuevamente de la habitación. Caminaron juntos hacia la Casa de los Brezos, mientras el valle se extendía delante de ellos con sus caminos, sus muros de piedra, sus campos húmedos y sus casas dispersas.
Al llegar a la curva desde la que podía verse toda la propiedad, Eilidh se detuvo y miró la casa iluminada por las últimas luces del día. Pensó en Mairead, en Cormac, en Seamus, en los años de espera, en las cartas escondidas, en la habitación seis, en la pequeña cruz de Inisharra y en todos los nombres que habían sido ocultados por hombres que creyeron que podían decidir qué debía recordar una familia y qué debía olvidar. Luego volvió la mirada hacia Declan, que permanecía a su lado sin apresurarla.
—¿Seguimos? —preguntó él.
Eilidh sonrió.
—Sí. Seguimos.
Y siguieron caminando juntos hacia la casa mientras la tarde terminaba de caer sobre Glenmara, dejando atrás la estación, los documentos y los caminos que durante tantos años habían llevado a hombres desesperados en busca de nombres perdidos, mientras delante de ellos se abría un camino nuevo que ya no estaba marcado por las preguntas de quienes habían desaparecido, sino por las decisiones de quienes todavía permanecían allí para vivir lo que aquellos nombres habían dejado pendiente.
FIN

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