jueves, 24 de septiembre de 2026

 EL HOMBRE MÁS RICO DEL MUNDO

(Novela)

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

A las cuatro de la mañana, cuando la ciudad todavía permanecía sumergida en una oscuridad espesa y silenciosa, Ramón ya estaba despierto. No necesitaba despertador porque su cuerpo había aprendido a reconocer aquella hora después de tantos años de levantarse cuando los demás todavía dormían. Abría los ojos antes de que sonara cualquier ruido en las calles, antes de que los primeros colectivos comenzaran a pasar a lo lejos y mucho antes de que aparecieran las primeras luces detrás de los cerros. Durante unos segundos permanecía inmóvil sobre el colchón viejo que compartía con su esposa, mirando el techo de chapa de la pequeña vivienda, escuchando el golpeteo irregular de alguna gota de agua que había quedado después de la lluvia de la noche anterior. Luego respiraba profundamente, apartaba la manta y se sentaba en el borde de la cama con cuidado para no despertar a Elena, aunque casi siempre ella ya estaba despierta. Después de tantos años de dormir juntos en aquella casa, ambos habían aprendido a moverse en la oscuridad sin necesidad de hablar.

La vivienda no podía llamarse realmente casa, aunque para Ramón lo era porque allí habían nacido sus hijos, allí habían pasado enfermedades, cumpleaños, noches de frío y tardes de verano, y allí habían compartido el poco alimento que muchas veces alcanzaba apenas para todos. Estaba construida con chapas de diferentes tamaños, trozos de madera, cartones gruesos y algunas placas que Ramón había conseguido durante años de trabajo en el campo de basura. Las paredes tenían agujeros que habían sido cubiertos con bolsas de plástico, telas viejas y pedazos de cartón. El suelo tampoco era un suelo verdadero, sino una mezcla endurecida de tierra y basura antigua que con los años había quedado comprimida bajo el peso de las viviendas improvisadas que se levantaban alrededor del vertedero. Cuando llovía demasiado, el agua encontraba siempre algún camino para entrar, formando pequeños charcos oscuros que Ramón intentaba contener con trapos, latas y tablas. Algunas noches, cuando el viento soplaba con fuerza, toda la vivienda parecía respirar y crujir como si fuera a levantarse del suelo y desaparecer en medio de la oscuridad.

Ramón tenía cincuenta años, aunque cualquiera que lo mirara por primera vez habría pensado que tenía muchos más. Su rostro estaba profundamente marcado por el sol, el polvo y los años de preocupación. Tenía el cabello casi completamente gris, las manos ásperas y llenas de pequeñas cicatrices, las uñas permanentemente oscuras a pesar de que se las lavaba siempre que podía y una espalda que había comenzado a doblarse antes de tiempo por tantas horas agachado sobre montones de desperdicios. Sus botas de goma tenían agujeros que había reparado varias veces con pedazos de caucho y pegamento barato, y los guantes que utilizaba para trabajar estaban tan gastados que algunas veces podía sentir directamente a través de ellos el filo de una lata, un pedazo de vidrio o una punta oxidada. Aun así, cada mañana se los ponía con cuidado, porque sabía que sin ellos sus manos no durarían mucho.

Aquella madrugada Elena encendió una pequeña lámpara de querosén y Ramón se levantó. Se puso un pantalón viejo, una camisa gruesa y una chaqueta que había encontrado años atrás entre unas bolsas de ropa. Después se colocó los guantes en el bolsillo, tomó la linterna y salió al pequeño espacio que hacía las veces de patio. Allí estaba su carrito, construido poco a poco con madera, hierro, alambre y dos ruedas de bicicleta que no tenían exactamente el mismo tamaño. Una de ellas hacía un ruido metálico cada vez que giraba, pero Ramón había aprendido a reconocerlo y sabía cuándo debía ajustar el alambre que mantenía sujeto el eje. No era un vehículo elegante ni cómodo, pero para él representaba una herramienta indispensable. Con aquel carrito podía transportar cartón, botellas de plástico, metales, cables, latas y cualquier otra cosa que tuviera algún valor para los compradores que recibían el material reciclable.

Antes de salir, Ramón miró hacia el interior de la vivienda. Sus tres hijos dormían juntos en dos colchones viejos colocados sobre una estructura de madera. El mayor, Julián, tenía diez años y ya comenzaba a entender demasiado bien las dificultades de la familia. Después estaba Mateo, de ocho, y finalmente Ana, que tenía seis. Los tres asistían a la escuela, aunque por las tardes ayudaban a separar el material que Ramón y Elena recogían. Ramón insistía en que estudiaran, incluso cuando necesitaba desesperadamente unas manos más para trabajar, porque dentro de su corazón todavía existía una esperanza que no sabía explicar. Él no había podido estudiar, pero quería que sus hijos tuvieran una oportunidad diferente. No sabía exactamente cómo conseguirla, pero estaba convencido de que el camino de ellos no podía terminar en aquel campo de basura.

Tomó el carrito y comenzó a caminar. Elena salió detrás de él para despedirlo y le acomodó la bufanda alrededor del cuello.

—Abrígate, viejo. Hoy va a hacer frío.

—Después sale el sol —respondió Ramón.

—Pero ahora está helado.

Ramón sonrió ligeramente y levantó la linterna.

—No te preocupes. He pasado peores fríos.

Elena lo miró unos segundos antes de regresar al interior. Sabía que aquello era verdad, pero también sabía que Ramón decía aquella frase cada vez que quería evitar que ella se preocupara. Había pasado peores fríos, peores hambres y peores noches, pero cada año parecía dejarle menos fuerzas. Aun así, cada mañana volvía al mismo lugar.

El camino hacia el campo de basura era corto, aunque parecía más largo cuando todavía estaba oscuro. A medida que se acercaba, el olor comenzaba a hacerse más intenso. Primero aparecía como un olor distante, una mezcla desagradable de humedad, comida descompuesta y humo. Después se hacía más fuerte hasta convertirse en una presencia permanente que penetraba la ropa y parecía quedarse pegada a la piel. Los que vivían lejos del vertedero decían que no soportaban aquel olor, pero Ramón ya casi no lo percibía. Su cuerpo se había acostumbrado de tal manera que solamente notaba cuando el olor cambiaba, cuando algún camión descargaba animales muertos, productos químicos, alimentos podridos o residuos especialmente fuertes.

El campo de basura era enorme. Desde un pequeño montículo situado en uno de sus extremos se podía observar una extensión interminable de bolsas negras, cartones mojados, botellas, restos de muebles, electrodomésticos rotos y montañas de desperdicios que parecían no terminar nunca. Durante el día llegaban camiones continuamente y cada descarga provocaba una carrera entre los pepenadores, que se acercaban para buscar primero aquello que pudiera venderse. De noche, las luces de los camiones iluminaban durante algunos segundos las montañas de residuos y después desaparecían, dejando nuevamente todo en penumbra.

Ramón conocía aquel lugar mejor que cualquier mapa. Sabía dónde solían descargar los camiones de los barrios más pobres y dónde llegaban los residuos de las zonas donde la gente tenía más dinero. Sabía qué días había más cartón, qué lugares escondían metales y cuáles eran peligrosos porque entre las bolsas podían aparecer vidrios, agujas o productos químicos. También conocía a casi todos los hombres y mujeres que trabajaban allí, porque habían pasado juntos demasiadas mañanas, demasiadas lluvias y demasiados momentos de hambre.

—¡Ramón! —gritó una voz desde la oscuridad.

Era Samuel, un hombre unos años menor que él, que llevaba también un carrito improvisado.

—¿Ya empezaste? —preguntó Samuel.

—Hace rato.

—Dicen que acaba de llegar un camión grande de la zona nueva.

Ramón levantó la cabeza.

—¿Mucho cartón?

—Parece que sí.

—Entonces vamos.

Los dos avanzaron rápidamente. No necesitaban decir mucho más. En aquel lugar cada minuto podía significar unos kilos adicionales de material y unos pesos más al final de la mañana. Ramón dejó el carrito junto a una montaña reciente de bolsas y comenzó a trabajar. Introducía el palo entre los desperdicios, abría las bolsas, apartaba restos de comida y objetos inútiles y buscaba cartón seco, botellas limpias, latas y metales. Cuando encontraba algo aprovechable, lo colocaba en el carrito. Cuando encontraba algo peligroso, lo apartaba con el palo.

El trabajo era monótono y agotador. Agacharse, levantar, revisar, separar, volver a agacharse. Una y otra vez. El cuerpo se acostumbraba al movimiento, pero la espalda nunca dejaba de doler. A veces Ramón se enderezaba durante unos segundos, apoyaba ambas manos sobre la cintura y miraba el cielo para descansar. En aquellas madrugadas había aprendido a reconocer las estrellas mejor que muchas personas que habían estudiado astronomía. No sabía sus nombres, pero sabía cuándo aparecían y cuándo desaparecían, y podía calcular aproximadamente cuánto faltaba para que amaneciera.

Mientras trabajaba, pensaba en el pan.

No en grandes cosas. No pensaba en comprar una casa de ladrillos ni en tener un automóvil ni en viajar. Sus pensamientos eran mucho más pequeños porque la necesidad había reducido sus sueños hasta convertirlos en objetos cotidianos. Pensaba en conseguir suficiente cartón para comprar harina. Pensaba en si habría aceite para cocinar. Pensaba en las zapatillas de Julián, que comenzaban a romperse por la suela. Pensaba en el cuaderno de Ana, que necesitaba para la escuela. Pensaba en la tos de Mateo, que llevaba varios días sin desaparecer. Pensaba en Elena, que también trabajaba demasiado y comenzaba a quejarse de dolores en las rodillas.

Cada mañana hacía la misma cuenta mental.

Cincuenta kilos de cartón.

Un poco de plástico.

Algo de metal.

Quizá algunos cables.

Si tenía suerte, podría reunir lo suficiente.

Ramón no esperaba milagros. Hacía muchos años que había dejado de esperar milagros.

Había escuchado hablar de Dios desde pequeño, aunque nunca había tenido una relación cercana con la religión. Su madre había creído en Dios y algunas veces lo llevaba a una pequeña iglesia cuando él era niño, pero la vida se había encargado de empujar aquella fe hacia un rincón de su memoria. Después había muerto su madre, Ramón había abandonado la escuela, había comenzado a trabajar y, poco a poco, la necesidad había ocupado todo el espacio de su vida. Dios se había convertido para él en una palabra que escuchaba en las iglesias, en los funerales o cuando alguien pedía ayuda, pero no en alguien que pudiera estar cerca de un hombre como él.

Ramón tenía una idea muy concreta acerca de Dios. Dios pertenecía a lugares limpios. A iglesias con ventanas, bancos ordenados, pisos barridos y personas vestidas con ropa limpia. Dios estaba donde había velas, música, imágenes o predicadores. No estaba allí.

No podía estar allí.

Una vez, Julián le había preguntado algo que Ramón no había sabido responder.

—Papá, ¿Dios está en todos lados?

Ramón estaba reparando una rueda del carrito y había continuado trabajando mientras respondía.

—Eso dicen.

—Entonces también está aquí.

Ramón había mirado alrededor. Había bolsas rotas, moscas, ratas, humo y barro.

—Dios no vive en la basura, hijo.

—¿Por qué?

—Porque Dios es santo y la basura es sucia.

Julián había guardado silencio unos segundos.

—Pero si está en todos lados, ¿cómo puede no estar aquí?

Ramón no había encontrado una respuesta. Había terminado diciendo:

—Algún día lo vas a entender.

Pero en realidad quien no entendía era él.

Aquella mañana de martes había llovido durante toda la noche. El campo estaba especialmente difícil. El barro se pegaba a las botas y hacía más pesado cada paso. Las bolsas estaban húmedas y algunas se rompían apenas Ramón intentaba moverlas. El cielo seguía cubierto y una llovizna fina caía sobre el campo, formando pequeñas gotas sobre las bolsas negras.

A pesar de todo, los camiones continuaban llegando.

A las siete de la mañana ya había llenado buena parte del carrito. No era suficiente, pero al menos tenía material para vender. Continuó buscando hasta que escuchó el ruido de otro camión acercándose. Levantó la cabeza y vio las luces atravesar la niebla de la mañana.

El camión avanzó lentamente hasta una zona donde todavía había espacio y comenzó a descargar. Las bolsas cayeron unas sobre otras formando una nueva montaña. Ramón esperó unos segundos y después se acercó. Había aprendido que los primeros minutos después de una descarga eran importantes, porque algunos objetos quedaban visibles antes de que fueran cubiertos por otros residuos.

Samuel apareció por el otro lado.

—¡Vamos!

Ramón avanzó con su palo.

Entre las primeras bolsas encontró varias cajas de cartón casi intactas. Las tomó rápidamente. Después apareció una bolsa con ropa limpia. No era de su talla, pero podría servir para los niños. La dejó aparte. Encontró juguetes rotos, revistas, zapatos, latas, botellas y un pequeño ventilador que quizá podría reparar.

Entonces vio una caja de madera.

Estaba parcialmente cubierta por una bolsa negra y apenas sobresalía una esquina. Ramón pasó el palo por debajo y la sacó. Era pequeña, de unos treinta centímetros de largo, con madera oscura y vieja. Tenía un candado oxidado.

Ramón la levantó y la sacudió suavemente.

Algo se movió dentro.

No era metal pesado. Parecía papel.

Durante unos segundos sintió una emoción que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Quizá dinero.

Quizá joyas.

Quizá algo que pudiera vender por una cantidad suficiente para comprar comida durante varios días.

Miró alrededor. Samuel estaba ocupado al otro lado. Otros pepenadores se encontraban a cierta distancia, revisando las bolsas. Ramón metió rápidamente la caja debajo de unos cartones dentro del carrito.

No la abriría allí.

Si tenía algo valioso, debía protegerlo.

Continuó trabajando, pero desde ese momento ya no pudo concentrarse de la misma manera. Cada vez que encontraba algo, su pensamiento volvía a la caja. ¿Qué habría dentro? ¿Billetes? ¿Una colección de monedas? ¿Algún objeto antiguo? La madera parecía demasiado cuidada para ser una simple caja vacía. Alguien la había conservado durante mucho tiempo.

A las diez de la mañana, Ramón regresó a su vivienda con el carrito cargado. Elena y los niños ya estaban esperando. Julián se acercó para ayudarlo a descargar.

—¿Trajiste bastante?

—Más o menos.

—Encontré ropa —dijo Ana.

Ramón sonrió.

—La vi.

Después miró hacia el carrito y comprobó que la caja seguía escondida bajo los cartones.

—¿Qué es eso? —preguntó Elena.

Ramón se quedó quieto.

—Nada.

Elena lo conocía demasiado bien.

—Cuando dices "nada", normalmente es algo.

Ramón levantó los cartones y sacó la caja.

Los niños se acercaron inmediatamente.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Julián.

Ramón sostuvo la caja entre las manos.

—No sé.

—¿Tiene dinero?

—No sé.

—Ábrela —dijo Mateo.

Ramón miró a Elena.

Ella sonrió.

—Ábrela, viejo. A lo mejor hoy nos cambió la suerte.

Ramón colocó la caja sobre una mesa improvisada hecha con una puerta vieja. Intentó abrir el candado con las manos, pero estaba completamente oxidado. Buscó un pedazo de hierro, lo introdujo entre el candado y la argolla y comenzó a hacer fuerza. Después de varios intentos, el metal cedió con un ruido seco.

Todos guardaron silencio.

Ramón levantó la tapa.

Dentro había un libro.

Un libro negro, grueso, con las esquinas gastadas y las hojas muy finas.

Ramón lo tomó lentamente.

En la tapa había unas letras doradas casi borradas.

Julián se acercó.

Leyó en voz alta:

—Santa Biblia.

Ramón miró el libro.

Después miró a su esposa.

Después volvió a mirar el libro.

Su rostro perdió la expresión de esperanza que había tenido unos minutos antes.

—¿Una Biblia?

Julián tomó el libro.

—Sí, papá.

Ramón se sentó lentamente en una silla vieja.

Había esperado dinero.

Había esperado alguna cosa que pudiera vender.

Había esperado un pequeño milagro que le permitiera comprar comida.

Y había encontrado una Biblia.

La ironía le pareció casi cruel.

—La gente tira de todo —dijo finalmente—. Hasta la Palabra de Dios.

Julián abrió el libro.

Las páginas estaban llenas de marcas. Había líneas subrayadas, palabras encerradas en círculos y anotaciones hechas con tinta azul. Algunas páginas tenían fechas escritas en los márgenes. Parecía que alguien había leído aquella Biblia durante muchos años.

—Papá —dijo Julián—, esta Biblia parece importante.

Ramón extendió la mano y tomó el libro.

No sabía todavía por qué, pero al tocarlo sintió algo extraño. No era una sensación sobrenatural ni una voz ni una señal. Era simplemente la impresión de que aquel libro no había terminado allí por accidente.

Miró nuevamente la caja.

Miró la Biblia.

Y luego, sin saberlo todavía, comenzó la historia que cambiaría para siempre su vida.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2

 

Durante varios minutos nadie dijo nada. La pequeña vivienda permaneció en silencio mientras Ramón sostenía la Biblia entre sus manos y sus tres hijos se inclinaban sobre la mesa para mirar las páginas. Afuera, el campo de basura continuaba con su actividad de siempre: motores que arrancaban, camiones que llegaban, voces de hombres y mujeres que discutían por algún objeto encontrado, ladridos de perros que buscaban comida y el ruido constante de las bolsas arrastradas por el viento. Pero dentro de aquella casa improvisada parecía haberse detenido el tiempo. Ramón había imaginado encontrar dinero, alguna joya o quizá un teléfono que pudiera vender, y por un momento se sintió decepcionado. Había esperado que aquella caja escondiera algo capaz de solucionar, aunque fuera durante unos días, los problemas de su familia. Sin embargo, ahora tenía delante un libro que no sabía leer bien, que no podía vender por una cantidad significativa y que, en su opinión, pertenecía a un mundo completamente diferente al suyo.

—¿Y para qué vamos a querer una Biblia? —preguntó Mateo, mirando a su padre con la sinceridad de sus ocho años.

Ramón se encogió de hombros y dejó el libro sobre la mesa.

—No sé. Tal vez podamos venderla.

Julián levantó inmediatamente la cabeza.

—Pero está muy vieja.

—Precisamente por eso quizá alguien quiera comprarla.

—¿Quién va a comprar una Biblia vieja que alguien tiró a la basura?

Ramón no respondió. Tenía que reconocer que su hijo había planteado una pregunta razonable. Durante años había aprendido a distinguir entre aquello que tenía valor y aquello que no lo tenía. Un kilo de cartón podía convertirse en dinero. Un kilo de cobre valía mucho más. Una botella de plástico limpia tenía un precio pequeño, pero cuando se juntaban cientos podía representar una comida. Un juguete roto casi nunca servía. Una silla sin una pata podía utilizarse como madera. Un libro viejo, en cambio, dependía de quién lo quisiera. La mayoría terminaba nuevamente en el campo de basura.

Elena tomó la Biblia y comenzó a pasar las páginas con cuidado.

—Mira esto, viejo.

Ramón se acercó.

En varios lugares había notas escritas a mano. Algunas palabras estaban subrayadas con tinta amarilla y otras con rojo. Había pequeños números al lado de ciertos versículos y comentarios escritos en los márgenes. La letra era pequeña, ordenada y firme, muy distinta de las letras grandes y torcidas con las que Ramón apenas podía escribir su nombre.

—Alguien la leyó mucho —dijo Elena.

—Sí.

—Y durante muchos años.

Julián había comenzado a revisar las páginas con mayor curiosidad. Él sabía leer mejor que su padre porque iba regularmente a la escuela y había descubierto que aquella Biblia contenía muchas cosas diferentes de los cuentos y libros escolares que conocía. Había historias de hombres y mujeres, guerras, familias, viajes, reyes, profetas y palabras de Jesús. Pero todavía no entendía qué significaba todo aquello.

—Papá, aquí hay algo escrito al principio.

Ramón levantó la vista.

—¿Dónde?

—En esta primera hoja.

Julián acercó el libro hacia la luz de la lámpara. La tinta estaba algo descolorida, pero podía leerse.

—Léelo —dijo Ramón.

Julián comenzó lentamente.

—"Esta Biblia fue de mi padre. Me la regaló cuando cumplí quince años. Hoy cumplo ochenta y ya no veo bien para leerla. La regalo para que alguien más encuentre el tesoro que yo encontré en ella."

Ramón frunció el ceño.

—¿Qué tesoro?

Julián continuó.

—"El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo. Que el que la encuentre lo venda todo para quedarse con el tesoro. Con amor, Don Ernesto, 12 de mayo de 2024."

El silencio volvió a llenar la vivienda.

Ramón miró a su hijo.

—¿Eso dice?

—Sí.

—Léelo otra vez.

Julián repitió lentamente la frase. Ramón permaneció inmóvil, tratando de recordar dónde había escuchado algo parecido. No sabía mucho de la Biblia, pero la palabra "tesoro" había llamado su atención de una manera especial. Él conocía los tesoros del campo de basura. Sabía que entre miles de bolsas podían aparecer objetos inesperados. Había encontrado relojes, monedas, teléfonos, cadenas, herramientas y una vez incluso un sobre con varios billetes que alguien había arrojado por error. No había sido rico por aquello, pero durante varias semanas había podido comprar comida con tranquilidad.

—¿Qué quiere decir que encontró un tesoro? —preguntó Mateo.

—No sé —respondió Ramón.

—¿Tal vez dejó plata dentro?

Julián negó con la cabeza.

—Dice que encontró el tesoro en ella.

Ramón levantó una ceja.

—¿En la Biblia?

—Eso parece.

—Entonces no es un tesoro de verdad.

Julián volvió a mirar la frase.

—Tal vez sí.

Ramón soltó una pequeña risa.

—Hijo, los tesoros son monedas, oro, joyas. Esto es un libro.

—Pero dice tesoro.

—Porque seguramente lo dice de otra manera.

—¿Y cómo se sabe?

Ramón no respondió. Había pasado muchos años diciéndose que las cosas eran como parecían. Si una botella podía venderse, tenía valor. Si un pedazo de hierro podía venderse, tenía valor. Si una cosa no podía venderse, no servía. La vida le había enseñado a pensar así porque no había tenido otra opción.

Elena cerró la Biblia.

—No la vendas todavía.

Ramón la miró.

—¿Por qué?

—Porque los chicos tienen curiosidad y quieren leerla. Déjala unos días.

—Necesitamos dinero.

—Lo sé.

—Podríamos conseguir aunque sea unos pesos.

—También lo sé, pero quizá no valga nada para quien la compre.

Ramón suspiró.

—Una Biblia vieja no nos va a dar de comer.

Elena bajó la mirada.

—Tal vez no.

Aquella respuesta quedó flotando en el aire. Ninguno sabía que precisamente aquellas palabras terminarían siendo importantes.

Durante los días siguientes, la Biblia permaneció sobre la mesa. Ramón volvió a trabajar en el campo de basura porque no podía darse el lujo de quedarse en casa. El hambre no esperaba a que uno comprendiera las cosas espirituales. A las cuatro de la mañana del día siguiente volvió a ponerse las botas, tomó su carrito y se internó nuevamente entre los desperdicios. La caja de madera había quedado en una esquina de la vivienda y la Biblia descansaba encima de un pequeño estante. Cada vez que Ramón regresaba, la miraba de reojo. No sabía por qué lo hacía. Era simplemente un libro viejo, pero las palabras escritas por aquel desconocido, Don Ernesto, habían quedado dando vueltas en su cabeza.

"El tesoro que yo encontré."

Ramón se preguntaba qué podía haber encontrado aquel hombre.

Quizá Don Ernesto era rico.

Probablemente había tenido una casa grande, dinero y una vida cómoda. Quizá para él hablar de tesoros era fácil porque nunca había tenido que revolver basura para comprar pan. Ramón imaginaba que los ricos podían darse el lujo de hablar de cosas invisibles. Él, en cambio, necesitaba cosas concretas. Necesitaba arroz, harina, aceite, zapatos, medicamentos y comida. Necesitaba que sus hijos tuvieran cuadernos. Necesitaba reparar el techo antes de que llegaran las próximas lluvias.

Una Biblia no podía solucionar nada de aquello.

Pero la frase continuaba persiguiéndolo.

El jueves por la tarde, mientras separaban cartón en la vivienda, Julián tomó nuevamente la Biblia.

—Papá, quiero leerla.

Ramón levantó la mirada.

—Lee lo que quieras.

—Pero hay muchas palabras que no entiendo.

—Pregúntale a la maestra mañana.

—Quiero leerla ahora.

Ramón observó a su hijo. Después miró a Elena, que estaba doblando unas cajas de cartón.

—Está bien. Lee.

Julián abrió el libro y comenzó a pasar las páginas. Después de unos minutos encontró una sección que le resultaba conocida.

—Aquí habla de Jesús.

Ramón continuó separando cartón.

—¿Qué dice?

—Que Jesús ayudaba a la gente.

—Eso está bien.

—Y que sanaba enfermos.

Ramón dejó de trabajar.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Cómo?

—No sé. Acá lo cuenta.

Julián empezó a leer algunos episodios. Habló de personas enfermas que habían sido sanadas, de hombres que habían sido rechazados, de personas pobres que seguían a Jesús y de gente que no tenía nada. Ramón escuchaba mientras trabajaba. Al principio no prestaba demasiada atención, pero poco a poco comenzó a detener las manos cada vez que Julián encontraba algo que le parecía importante.

—Papá, aquí dice que Jesús estaba con gente que todos rechazaban.

—¿Con quiénes?

—Con pecadores.

Ramón sonrió irónicamente.

—Eso sí que no me sorprende. La gente siempre rechaza a alguien.

Julián continuó leyendo.

—Aquí dice que algunos se enojaban porque Jesús comía con ellos.

Ramón dejó una caja sobre el suelo.

—¿Jesús comía con gente así?

—Sí.

—¿Aunque fueran pobres?

—Sí.

—¿Aunque estuvieran enfermos?

—Sí.

—¿Aunque nadie los quisiera?

Julián asintió.

Ramón no dijo nada más.

Aquella noche, después de cenar, los niños se acostaron. Elena permaneció junto a Ramón mientras él arreglaba una de las ruedas del carrito. La Biblia estaba nuevamente sobre la mesa.

—Viejo —dijo ella.

—¿Qué?

—¿Te acordás de lo que decía el principio?

—El tesoro.

—Sí.

Ramón continuó trabajando.

—¿Qué crees que quiso decir ese hombre?

—No sé.

—¿Y si realmente encontró algo?

Ramón soltó una risa breve.

—¿Qué va a encontrar un hombre dentro de un libro?

Elena lo miró.

—No sé. Pero la gente no escribe cosas así si no significan algo.

Ramón levantó la cabeza.

—¿Vos creés en Dios?

La pregunta sorprendió a Elena.

—Sí.

—¿De verdad?

—Siempre creí.

—¿Y nunca me dijiste?

—¿Para qué? Vos siempre decías que Dios no tenía nada que ver con nosotros.

Ramón bajó la mirada.

—Porque no tiene sentido que Dios se preocupe por gente como nosotros.

Elena permaneció callada durante unos segundos.

—Quizá precisamente por eso deberíamos preguntarnos si estamos equivocados.

Ramón dejó de trabajar.

Aquella frase le molestó, aunque no sabía exactamente por qué.

—No quiero que los chicos se llenen la cabeza con cosas que no sirven.

—Leer no les hace daño.

—No digo que leer haga daño.

—Entonces, ¿qué te molesta?

Ramón miró la Biblia.

—Que me haga pensar.

Elena sonrió suavemente.

—Tal vez eso no sea malo.

Ramón no contestó.

Al día siguiente, Julián regresó de la escuela con una pregunta.

—Papá, ¿qué significa Reino de los Cielos?

Ramón estaba descargando cartón.

—No sé.

—La maestra de religión dijo que es donde Dios reina.

—¿Y dónde queda?

—No sé.

—Entonces preguntale.

Julián se quedó pensativo.

—¿Puede estar acá?

Ramón miró alrededor.

—¿Acá?

—Sí.

—¿En el campo de basura?

—Sí.

Ramón se limpió las manos en el pantalón.

—Hijo, ya te dije que Dios no vive acá.

Julián sostuvo la Biblia.

—Pero si Dios reina, ¿no puede reinar en cualquier lugar?

Ramón sintió que aquella pregunta volvía a dejarlo sin respuesta.

—Andá a ayudar a tu madre.

Julián obedeció, pero antes de irse dejó la Biblia sobre la mesa.

Esa noche llovió nuevamente. El agua comenzó a filtrarse por varios lugares del techo y Ramón tuvo que colocar recipientes debajo de las goteras. Elena intentaba mantener secos los colchones mientras los niños se refugiaban en el rincón menos húmedo de la vivienda. Afuera, el campo de basura se transformó en una mezcla de barro, agua sucia y desperdicios. El olor aumentó hasta hacerse insoportable.

Ramón permaneció despierto durante buena parte de la noche.

Escuchaba a sus hijos dormir y a Elena moverse de un lado a otro intentando contener el agua. Pensaba en la frase de Julián.

"¿Puede estar acá?"

Miró la Biblia.

La tomó.

No sabía leer suficientemente bien como para comprenderla por sí mismo, pero abrió una página al azar y observó las letras. Muchas le resultaban incomprensibles. Entonces recordó que Julián podía leer.

Esperó hasta que el niño despertó.

—Julián.

—¿Qué, papá?

—Vení.

El niño se acercó.

Ramón le entregó la Biblia.

—Buscá algo que hable de que Dios está con la gente.

Julián abrió el libro y comenzó a buscar. Pasaron varios minutos. Finalmente encontró un pasaje.

—Aquí hay uno.

—Léelo.

Julián comenzó a leer lentamente.

—"No temas, porque yo estoy contigo..."

Ramón cerró los ojos.

—Otra vez.

El niño repitió la frase.

—¿Eso está en la Biblia?

—Sí.

—¿Y qué más dice?

Julián continuó leyendo.

Ramón escuchó en silencio.

Aquella noche no tuvo una experiencia extraordinaria. No vio ninguna luz ni escuchó una voz. No sintió que el cielo se abriera. Pero algo comenzó a cambiar dentro de él, aunque todavía no sabía ponerle nombre. Por primera vez en muchos años se permitió pensar que quizá había estado equivocado. Quizá Dios no estaba reservado para las personas que tenían casas bonitas. Quizá la pobreza no significaba que Dios hubiera abandonado a alguien. Quizá el lugar donde una persona vivía no determinaba el lugar donde Dios podía encontrarla.

A la mañana siguiente, Ramón volvió al campo de basura bajo una lluvia ligera. Caminaba con dificultad porque el barro se pegaba a sus botas. Llevaba el carrito vacío y la linterna en la mano. Mientras avanzaba, recordó las palabras que Julián había leído.

"No temas, porque yo estoy contigo."

Aquellas palabras no le dieron dinero.

No arreglaron su casa.

No curaron a Mateo.

No cambiaron el precio del cartón.

Pero, de alguna manera, hicieron que Ramón caminara de otra manera.

A media mañana encontró un pequeño montón de libros mojados. Casi todos estaban destruidos. Los tomó uno por uno y los revisó. Algunos eran revistas, otros manuales viejos y varios estaban completamente ilegibles. De repente encontró otra Biblia, mucho más pequeña, pero las páginas estaban empapadas.

La sostuvo entre las manos.

Pensó en la caja.

Pensó en Don Ernesto.

Pensó en el tesoro.

Y por primera vez aquella palabra no le produjo risa.

La guardó en el carrito.

Cuando regresó a casa, Julián estaba esperándolo.

—Papá, ¿qué encontraste?

Ramón levantó la Biblia mojada.

—Otra.

Julián abrió los ojos.

—¿Otra Biblia?

—Sí.

—¿Y por qué las tiran?

Ramón miró el campo de basura.

—Eso mismo me pregunto.

Se quedó un momento en silencio y luego añadió:

—Quizá alguien que ya no la quería pensó que no servía.

Julián miró a su padre.

—¿Y vos qué pensás?

Ramón miró la Biblia que había encontrado días atrás, la que había pertenecido a Don Ernesto.

—Todavía no sé.

Pero aquella tarde ocurrió algo diferente. Ramón se sentó junto a su hijo y abrió la Biblia.

—Leeme otra vez lo del tesoro.

Julián sonrió.

—¿Ahora?

—Ahora.

El niño buscó el pasaje y comenzó a leer.

Ramón escuchó cada palabra.

Cuando terminó, permaneció callado durante largo rato. Luego miró a Julián y preguntó:

—¿Vos qué creés que significa?

Julián pensó unos segundos.

—Que hay cosas que valen más que todo lo que tenemos.

Ramón bajó los ojos hacia sus manos ennegrecidas.

Aquella respuesta se quedó con él durante el resto del día.

Porque Ramón había pasado toda su vida aprendiendo a medir el valor de las cosas por su precio. Sabía cuánto valía un kilo de cartón, cuánto pagaban por el cobre, cuánto podía obtener por una bolsa llena de botellas, cuánto necesitaba para comprar un kilo de carne y cuánto debía juntar para pagar una reparación. Pero nunca había aprendido a preguntarse cuánto valía una vida.

Y aquella Biblia parecía estar comenzando a enseñárselo.

Esa noche, mientras los niños dormían y Elena preparaba una sopa sencilla, Ramón tomó nuevamente el libro y volvió a mirar la primera página.

"Hoy cumplo ochenta y ya no veo bien para leerla. La regalo para que alguien más encuentre el tesoro que yo encontré en ella."

Debajo aparecía el nombre.

Don Ernesto.

Ramón pasó lentamente el dedo sobre aquellas letras.

—¿Quién sos, Don Ernesto? —murmuró.

Elena lo escuchó desde el otro lado de la habitación.

—¿Qué dijiste?

Ramón cerró la Biblia.

—Nada.

Pero ya no era nada.

Era una pregunta.

Y aquella pregunta iba a llevarlo mucho más lejos de lo que podía imaginar.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 3

 

Durante los días siguientes, la Biblia permaneció sobre la mesa como si fuera un visitante silencioso que nadie había invitado, pero que tampoco quería marcharse. Ramón continuaba saliendo cada madrugada hacia el campo de basura y regresaba con el cuerpo agotado, las botas cubiertas de barro y el carrito cargado de cartón, plástico, latas y algunas piezas de metal, pero desde que había leído aquellas palabras escritas por Don Ernesto ya no podía mirar el libro de la misma manera. Al principio había pensado venderlo, después había decidido conservarlo unos días por curiosidad de los niños y finalmente había comenzado a sentir que aquella Biblia tenía algo que decirle, aunque él no supiera leerla por sí mismo. Cada noche, cuando terminaba de cenar y los niños se acostaban, Ramón buscaba la caja de madera, sacaba el libro y lo abría en las páginas que Julián había marcado. No entendía todas las palabras, pero algunas comenzaban a quedarse en su memoria, especialmente aquellas que hablaban de personas pobres, de hombres y mujeres que sufrían, de gente que había sido despreciada y de un Jesús que parecía acercarse precisamente a quienes los demás preferían mantener lejos. Aquello desconcertaba a Ramón porque toda su vida había pensado que Dios estaba arriba, muy lejos, en un lugar limpio y luminoso donde solamente podían llegar las personas que habían tenido una vida diferente a la suya. Sin embargo, las historias de la Biblia parecían insistir en algo que le resultaba difícil aceptar: Dios no parecía tener miedo de acercarse a la miseria humana.

Una mañana, mientras Ramón y Julián estaban separando cartón bajo un techo improvisado junto a la vivienda, el niño volvió a abrir la Biblia por el lugar del tesoro. Había estado pensando en aquel pasaje desde hacía varios días y finalmente decidió preguntarle a su padre algo que llevaba tiempo queriendo saber.

—Papá, ¿qué significa vender todo para comprar el campo?

Ramón siguió doblando una caja durante unos segundos antes de responder.

—Significa que el hombre quería tanto el tesoro que vendió lo que tenía para quedarse con él.

—Pero si el tesoro estaba escondido en el campo, ¿por qué no lo sacó y se lo llevó?

Ramón levantó la cabeza.

—Porque el campo no era suyo.

—Entonces necesitaba comprar el campo.

—Sí.

—¿Y por qué dice que se fue contento?

Ramón dejó la caja sobre el suelo. Aquella pregunta era sencilla, pero contenía algo que él no sabía explicar.

—Porque sabía que había encontrado algo que valía mucho.

Julián sonrió.

—Entonces él era pobre antes y rico después.

Ramón negó lentamente.

—No necesariamente. Podía seguir siendo pobre.

—Pero tenía el tesoro.

—Sí.

—Entonces era rico.

Ramón se quedó callado. Miró las montañas de basura que se extendían delante de ellos y después observó sus propias manos. Tenía razón el niño, aunque Ramón no supiera todavía por qué. El hombre de la historia quizá no había ganado dinero, pero había encontrado algo que consideraba más valioso que todo lo que poseía.

Julián cerró la Biblia.

—¿Y cuál es el tesoro?

Ramón respondió casi automáticamente:

—El Reino de los Cielos.

—¿Y qué es eso?

Ramón volvió a quedarse sin palabras.

—No sé.

Julián lo miró con una expresión de confianza.

—Podemos buscarlo.

Aquella frase provocó una sonrisa en Ramón.

—¿Buscar el Reino de los Cielos?

—Sí.

—¿Dónde?

—En la Biblia.

Ramón miró el libro y después a su hijo.

—Está bien. Busquémoslo.

Fue así como comenzaron a leer juntos. No podían hacerlo durante horas porque necesitaban trabajar, pero cada tarde, después de separar el material recogido, Julián escogía algún pasaje y se lo leía a su padre. Algunas veces Elena se sentaba con ellos y otras veces Mateo y Ana también escuchaban. Ramón descubrió que las historias bíblicas eran mucho más cercanas a la vida que había imaginado. Había hombres que tenían miedo, familias que pasaban dificultades, personas enfermas, gente que perdía seres queridos, trabajadores cansados y personas que no sabían qué hacer con su futuro. Había discusiones, injusticias, hambre, pobreza, traición y dolor. Pero también había esperanza, perdón, compasión y promesas.

Una tarde Julián llegó a una parte del Evangelio donde Jesús hablaba de las aves y de los lirios. Leyó lentamente mientras Ramón reparaba una de las ruedas del carrito.

—"Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta."

Ramón levantó la cabeza.

—¿Dios alimenta a los pájaros?

—Eso dice.

Ramón miró hacia afuera. Sobre una montaña de desperdicios había varias gaviotas picoteando entre bolsas rotas.

—¿Y a nosotros?

Julián continuó leyendo.

—"¿No valéis vosotros mucho más que ellas?"

Ramón dejó la herramienta.

Durante unos segundos miró a su hijo sin decir nada. La pregunta le había salido de manera espontánea, pero ahora las palabras parecían haber respondido por sí mismas.

¿No valían ellos más que las aves?

Ramón había vivido durante años sintiendo exactamente lo contrario. Cuando la gente pasaba cerca del campo de basura, muchas veces ni siquiera los miraba. Algunos cerraban las ventanas de sus vehículos para no sentir el olor. Otros se tapaban la nariz. Algunos hablaban de los pepenadores como si fueran parte del paisaje desagradable del vertedero. Ramón había terminado acostumbrándose a aquella mirada. Había comenzado a pensar que realmente valía menos.

—Papá —dijo Julián—, ¿vos creés que Dios piensa que valemos mucho?

Ramón tragó saliva.

—No sé, hijo.

—La Biblia dice que sí.

Ramón bajó la mirada.

—Entonces quizá la Biblia tenga razón.

Aquella noche, Ramón no pudo dormir fácilmente. No dejaba de pensar en una idea que le resultaba nueva y casi incómoda: quizá su pobreza no era la medida de su valor. Quizá una persona podía vivir en una casa de chapa, trabajar entre basura y tener las manos llenas de heridas sin dejar de ser valiosa para Dios. Aquello no cambiaba sus circunstancias, pero empezaba a cambiar la manera en que las veía.

Al día siguiente, mientras trabajaba, Ramón encontró una billetera. Estaba húmeda y cubierta de barro, pero dentro había dinero. No era una fortuna, pero para su familia representaba una cantidad importante. Podía comprar comida durante varios días y quizá pagar parte de las medicinas que Mateo necesitaba. Miró alrededor. Nadie parecía haberlo visto. Por un instante pensó en guardarla sin decir nada. Había encontrado dinero otras veces y nunca se había sentido culpable. La necesidad era una explicación suficientemente poderosa para muchas decisiones.

Sin embargo, recordó las palabras que había leído la noche anterior.

"Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas."

Ramón apretó la billetera entre los dedos.

No sabía si Dios realmente estaba cuidándolo, pero por primera vez quiso actuar como si creyera que podía hacerlo.

Abrió la billetera y encontró una identificación. Había un nombre y una dirección.

Ramón decidió buscar al dueño.

No fue sencillo. Tuvo que caminar hasta una zona distante del campo y preguntar por la dirección. Cuando finalmente encontró la casa, una mujer salió corriendo al verlo.

—¿Encontró una billetera?

Ramón levantó la mano.

—¿Es esta?

La mujer comenzó a llorar.

—Sí. Pensé que la había perdido para siempre.

Ramón se la entregó.

—Estaba entre la basura.

La mujer revisó el contenido y después sacó un billete.

—Por favor, acepte esto.

Ramón negó con la cabeza.

—No.

—Pero quiero agradecerle.

—No hace falta.

La mujer lo miró sorprendida.

—¿Por qué lo hizo?

Ramón tardó en responder.

—Porque alguien me está enseñando que hay cosas que valen más que el dinero.

No supo explicar nada más.

Cuando regresó, Julián estaba esperándolo.

—¿La devolviste?

—Sí.

—¿Y te dieron algo?

—Quisieron.

—¿Y no aceptaste?

Ramón negó con la cabeza.

Julián sonrió.

—Entonces encontraste otro tesoro.

Ramón lo miró.

—¿Cuál?

—Que podías hacer lo correcto.

Ramón soltó una carcajada.

—Vos estás aprendiendo demasiado rápido.

—Es la Biblia.

Ramón tomó el libro y lo levantó.

—Entonces tendremos que seguir leyendo.

La lectura comenzó a convertirse en una costumbre familiar. No era una familia acostumbrada a sentarse alrededor de una mesa para estudiar las Escrituras. No tenían sillas suficientes y muchas veces tenían que compartir un banco de madera. Algunas noches la lámpara apenas iluminaba las páginas y otras veces el ruido de la lluvia obligaba a todos a acercarse. Pero cada vez que Julián leía, Ramón escuchaba con atención.

Una tarde encontraron la historia de un hombre llamado Zaqueo. Julián explicó que era un cobrador de impuestos despreciado por la gente y que Jesús había ido a su casa.

Ramón interrumpió.

—¿Jesús fue a la casa de un hombre que nadie quería?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería salvarlo.

Ramón permaneció pensativo.

—Entonces Jesús no esperaba que Zaqueo fuera bueno antes de acercarse.

—Parece que no.

—Primero se acercó y después cambió.

—Sí.

Ramón miró hacia la puerta.

El campo de basura se extendía frente a ellos.

—¿Y si Jesús hiciera eso con nosotros?

Julián sonrió.

—Tal vez ya lo está haciendo.

Ramón no contestó.

Aquella posibilidad empezó a crecer dentro de él.

Por primera vez pensó que quizá Jesús no estaba esperando que él limpiara su vida para acercarse. Quizá se acercaba precisamente porque su vida estaba rota.

La idea le produjo una mezcla de esperanza y miedo.

Una noche, después de que los niños se durmieran, Ramón le habló a Elena.

—Creo que estoy empezando a entender lo que significa el tesoro.

Elena dejó de doblar una camisa.

—¿Qué significa?

—No sé explicarlo bien.

—Inténtalo.

Ramón miró la Biblia.

—Creo que el tesoro no es algo que uno pueda vender.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Quiero decir que quizá es algo que cambia lo que uno considera valioso.

Elena permaneció en silencio.

—Antes yo pensaba que lo único importante era conseguir dinero para sobrevivir. Si encontraba cien kilos de cartón, era feliz. Si encontraba metal, me sentía afortunado. Si conseguía comprar carne, pensaba que ese había sido un buen día. Ahora sigo necesitando esas cosas, pero ya no quiero que sean lo único que me haga sentir que mi vida vale.

Elena se acercó.

—¿Y qué quieres que la haga valer?

Ramón tomó la Biblia.

—Esto.

Elena lo miró con ternura.

—¿La Biblia?

—Lo que dice.

Ramón abrió una página.

—Dice que Dios ama a las personas. Dice que Jesús vino por los que estaban perdidos. Dice que el Reino de los Cielos es un tesoro. Yo creo que durante toda mi vida estuve buscando algo sin saber qué era.

—¿Y ahora lo encontraste?

Ramón negó lentamente.

—Todavía lo estoy buscando.

Aquella respuesta fue más honesta que cualquier otra que pudiera haber dado.

Los días pasaron. Ramón continuó trabajando, pero su manera de tratar a las personas comenzó a cambiar. Cuando algún pepenador encontraba algo valioso, ya no sentía inmediatamente la necesidad de competir. Si una mujer mayor necesitaba ayuda para levantar una bolsa pesada, la ayudaba. Si un niño se acercaba buscando una botella, Ramón le indicaba dónde podía encontrar algunas. No se volvió perfecto. Seguía enojándose cuando le robaban material, seguía preocupándose cuando el dinero no alcanzaba y seguía sintiendo miedo cuando alguno de sus hijos enfermaba. Pero algo había comenzado a cambiar en el interior.

Una mañana, Samuel lo observó mientras ayudaba a una mujer a cargar su carrito.

—¿Qué te pasa?

Ramón sonrió.

—Nada.

—Estás raro.

—¿Raro?

—Antes no ayudabas a nadie si no te convenía.

Ramón soltó una carcajada.

—Puede ser.

—¿Encontraste dinero?

—No.

—¿Entonces qué encontraste?

Ramón pensó en la Biblia.

—Un libro.

Samuel se burló.

—¿Un libro te volvió loco?

—Puede ser.

—¿Qué libro?

—Una Biblia.

Samuel dejó de reír.

—¿Y qué haces con eso?

—La leo.

—¿Vos?

—Bueno, me la lee mi hijo.

Samuel negó con la cabeza.

—Ramón, nosotros necesitamos comida, no religión.

La frase le dolió, pero Ramón no se enojó.

—Yo también necesito comida.

—Entonces trabaja.

—Eso hago.

—¿Y para qué leer la Biblia?

Ramón miró el campo.

—Porque quizá necesito algo más.

Samuel lo observó durante unos segundos.

—¿Algo más que comida?

—Sí.

Samuel no respondió. Se alejó empujando su carrito.

Ramón se quedó pensando.

No quería convertirse en alguien que hablaba de Dios sin entenderlo. Tampoco quería utilizar la Biblia como una forma de escapar de la realidad. Necesitaba seguir trabajando. Necesitaba alimentar a sus hijos. Pero comenzaba a comprender que el hambre del cuerpo no era la única hambre que una persona podía tener.

Aquella tarde, mientras Julián leía, llegaron a una frase de Jesús que Ramón había escuchado alguna vez pero nunca había entendido.

—"Yo soy el pan de vida."

Ramón frunció el ceño.

—¿Pan?

—Sí.

—¿Jesús dijo que era pan?

—Así parece.

Ramón miró la olla vacía que Elena acababa de lavar.

—Eso sí que lo entiendo.

Julián siguió leyendo.

Ramón escuchó en silencio y después preguntó:

—¿Quiere decir que Jesús alimenta el corazón?

—No sé.

—Entonces tenemos que seguir buscando.

Julián asintió.

La búsqueda continuó durante semanas.

Cada día Ramón encontraba nuevas preguntas. Algunas respuestas parecían claras y otras no. Descubrió que la Biblia no era simplemente un libro de reglas, como había pensado. Era una historia sobre Dios y las personas. Descubrió que Jesús hablaba constantemente de pobres, ricos, enfermos, perdidos, pecadores, trabajadores, padres, hijos y personas que buscaban esperanza. Descubrió que el Reino de los Cielos no parecía ser un lugar reservado para unos pocos privilegiados, sino una realidad en la que Dios invitaba a las personas a entrar.

Y entonces volvió a pensar en la parábola del tesoro.

El hombre encontró el tesoro escondido en un campo.

Ramón conocía un campo.

Un campo enorme.

Un campo que nadie quería.

Un campo lleno de cosas que otros consideraban inútiles.

Un campo donde él había pasado media vida buscando pequeñas cosas de valor.

La comparación comenzó a resultarle inquietante.

Una tarde salió solo hasta una parte elevada del vertedero. Se sentó sobre un viejo neumático y contempló el paisaje. El sol estaba descendiendo y la luz naranja iluminaba las montañas de basura. Durante unos minutos, aquel lugar parecía diferente. Las bolsas brillaban bajo la luz, las gaviotas volaban sobre las montañas de desperdicios y el viento movía algunos papeles por el suelo.

Ramón sacó la Biblia del bolsillo.

La había empezado a llevar consigo.

Abrió nuevamente Mateo 13.

Leyó el versículo con ayuda de Julián en su memoria.

"El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo..."

Ramón miró alrededor.

—¿Será posible? —murmuró.

No sabía qué estaba preguntando.

Quizá preguntaba si Dios podía encontrarlo allí.

Quizá preguntaba si realmente podía haber algo valioso en aquel lugar.

Quizá preguntaba si su propia vida podía contener algo que todavía no había descubierto.

Entonces recordó lo que había dicho a sus hijos años atrás.

"Dios no vive en la basura."

Aquella frase le pareció ahora triste.

Quizá no había sido Dios quien se había mantenido lejos.

Quizá había sido él quien había decidido que Dios no podía acercarse.

Ramón cerró los ojos.

Por primera vez en muchos años habló con Dios, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo.

—Si estás ahí, Señor, yo no sé mucho de ti. No sé rezar bien. No sé leer bien. No sé si estoy haciendo las cosas como corresponde. Pero si de verdad amas a personas como nosotros, ayúdame a entenderlo. Porque yo estoy cansado de sentir que no valgo nada. Estoy cansado de pensar que mi vida es solamente buscar basura para que mis hijos puedan comer. Si hay un tesoro del que habla esta Biblia, ayúdame a encontrarlo.

Abrió los ojos.

Nada había cambiado a su alrededor.

Seguía sentado sobre un neumático viejo.

Seguía oliendo a basura.

Seguía teniendo las manos sucias.

Seguía siendo pobre.

Pero por primera vez Ramón tuvo la sensación de que quizá su historia no estaba determinada por aquellas cosas.

Guardó la Biblia contra el pecho y se levantó.

Cuando regresó a casa, Julián corrió hacia él.

—Papá, ¿dónde estabas?

—En el campo.

—¿Encontraste algo?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Qué?

Ramón miró la Biblia.

—Todavía no lo sé.

Julián frunció el ceño.

—¿Cómo que no sabes?

Ramón se sentó junto a él.

—Creo que estoy empezando a encontrarlo.

Y esa noche, por primera vez, Ramón no pensó en vender la Biblia.

Ni siquiera pensó en cuánto podía valer.

La sostuvo entre sus manos y comprendió que aquel libro viejo, encontrado dentro de una caja oxidada en medio de una montaña de basura, había comenzado a hacer algo que ningún objeto de valor había conseguido hacer jamás: estaba cambiando la manera en que Ramón se veía a sí mismo.

Todavía no sabía quién era Don Ernesto.

Todavía no entendía completamente quién era Jesús.

Todavía no comprendía qué significaba realmente el Reino de los Cielos.

Pero ya había comenzado la búsqueda.

Y, sin saberlo, el hombre que durante toda su vida había revolvido basura para encontrar pequeños objetos de valor estaba a punto de descubrir que el mayor tesoro no estaba escondido debajo de las bolsas, ni dentro de una caja, ni en las manos de los ricos, sino en una verdad que podía transformar para siempre la vida de alguien que había llegado a creer que no valía nada.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

 

La mañana siguiente amaneció cubierta por una neblina baja que parecía haberse quedado atrapada sobre el campo de basura, y cuando Ramón salió de su casa todavía no había suficiente luz para distinguir con claridad las montañas de desperdicios que se levantaban a pocos metros de distancia, pero él ya conocía el camino de memoria y avanzó empujando su carrito mientras el barro se pegaba a las botas y el frío le atravesaba la ropa. Había dormido poco, no porque hubiera ocurrido algo extraordinario durante la noche, sino porque su cabeza no había dejado de trabajar. Las palabras de la Biblia se mezclaban con recuerdos de toda su vida, y especialmente con aquella frase que durante tantos años había repetido con absoluta seguridad a sus hijos: "Dios no vive en la basura". Ahora aquella afirmación comenzaba a parecerle una mentira que él mismo se había contado para justificar su distancia de Dios. No sabía todavía qué significaba tener fe, ni entendía completamente quién era Jesús, pero había comenzado a descubrir algo que le resultaba difícil aceptar: quizá Dios nunca había estado tan lejos como él había imaginado, quizá había sido Ramón quien había decidido que un hombre como él no podía acercarse a Dios. Aquella idea lo acompañó mientras entraba en el campo y comenzaba su trabajo, porque cada bolsa que abría parecía recordarle que durante años había buscado cosas de valor sin preguntarse nunca si él mismo tenía algún valor.

El campo estaba especialmente lleno aquella mañana. Durante la noche habían llegado varios camiones y los residuos se habían acumulado formando nuevas montañas. Los pepenadores se movían rápidamente de un lado a otro, buscando cartón, plástico, metal y cualquier cosa que pudiera convertirse en unos cuantos pesos. Ramón saludó a algunos conocidos y comenzó a trabajar. El ruido de las bolsas al romperse, las ruedas de los carritos, los motores de los camiones y las voces de los trabajadores llenaban el ambiente. A pesar de todo, Ramón sentía una tranquilidad extraña. No era felicidad todavía, porque seguía teniendo problemas y sabía que al final del día tendría que vender el material para comprar comida, pero había algo diferente en su interior. Ya no sentía que cada jornada fuera simplemente una lucha sin sentido. Mientras buscaba cartón, pensaba en la Biblia. Mientras levantaba botellas, recordaba las palabras de Jesús. Mientras veía a otros hombres competir por los mejores residuos, se preguntaba qué significaría realmente encontrar el tesoro del que hablaba aquella parábola.

Cerca del mediodía, cuando el sol comenzó a aparecer entre las nubes, Ramón vio a Samuel sentado sobre una caja de plástico. El hombre parecía cansado y tenía una expresión preocupada. Ramón se acercó empujando el carrito.

—¿Qué te pasa?

Samuel levantó la cabeza.

—Nada.

—No parece nada.

—Mi mujer está enferma.

Ramón dejó el carrito.

—¿Qué tiene?

—No sé. Lleva varios días con fiebre y no tengo dinero para llevarla al médico.

Ramón se quedó callado. Sabía perfectamente lo que significaba aquella frase. No tener dinero para un médico no era una expresión; era una realidad que podía convertirse rápidamente en tragedia. Samuel miró el carrito de Ramón.

—¿Y vos qué harías?

Ramón respiró profundamente.

—Buscar ayuda.

—¿Dónde?

Ramón pensó en la Biblia.

—En la iglesia.

Samuel soltó una carcajada amarga.

—¿En la iglesia? ¿Qué van a hacer? ¿Pagarme el médico?

—No sé.

—Entonces no me sirve.

Ramón comprendió su frustración porque él mismo había pensado de esa manera durante toda su vida. Sin embargo, recordó que cerca del campo había una pequeña iglesia de chapa de la que alguna vez había oído hablar. Nunca había entrado. Había pasado delante muchas veces y había visto personas reunidas allí, pero siempre había pensado que aquel lugar no era para él.

—Hay una iglesia cerca —dijo.

—Ya sé.

—Podemos preguntar.

Samuel lo miró con desconfianza.

—¿Vos ahora sos religioso?

Ramón negó con la cabeza.

—No sé qué soy.

—Entonces, ¿por qué querés ir?

Ramón miró sus propias manos.

—Porque quizá Dios pueda ayudarnos.

Samuel permaneció callado durante unos segundos y finalmente se levantó.

—Vamos.

Dejaron los carritos bajo la vigilancia de otros trabajadores y caminaron hasta la pequeña iglesia. Era una construcción sencilla, hecha de chapa y madera, con una puerta pintada varias veces y un pequeño cartel que decía "Iglesia de Cristo". No había nada elegante en el lugar. No tenía piso brillante ni grandes ventanas ni bancos lujosos. Había unas pocas sillas, una mesa, una cruz de madera y varias Biblias. Ramón se quedó parado en la entrada.

—¿Qué pasa? —preguntó Samuel.

—Nada.

—Entonces entra.

Ramón dio un paso.

Un hombre de unos sesenta años se acercó. Vestía sencillamente y tenía una expresión tranquila.

—Buenos días.

Ramón bajó la mirada.

—Buenos días.

—¿En qué puedo ayudarles?

Samuel explicó la situación de su esposa. El hombre escuchó con atención y después llamó a una mujer que pertenecía a la congregación. Entre ambos buscaron una manera de conseguir que Samuel pudiera llevar a su esposa a un centro de salud. No tenían dinero suficiente para resolver todos los problemas, pero conocían a una enfermera que podía ayudar y entre varias personas reunieron algo para el transporte.

Ramón observó todo en silencio.

No hubo discursos.

No hubo preguntas sobre cuánto dinero tenían.

No hubo nadie que les dijera que primero debían convertirse en personas mejores para merecer ayuda.

Simplemente los ayudaron.

Cuando salieron de la iglesia, Samuel llevaba algo de dinero en el bolsillo y una dirección donde podían atender a su esposa.

—No entiendo —dijo.

Ramón tampoco entendía completamente.

—¿Qué?

—Pensé que nos iban a pedir algo.

—Yo también.

—¿Por qué ayudaron?

Ramón miró hacia la pequeña iglesia.

—Porque dicen que Jesús ayudaba a la gente.

Samuel lo miró.

—¿Y vos les creés?

Ramón tardó unos segundos.

—Estoy empezando.

Aquella tarde, Ramón volvió a casa pensando en lo sucedido. Julián estaba sentado junto a la mesa con la Biblia abierta.

—Papá, ¿fuiste a la iglesia?

Ramón se sorprendió.

—¿Cómo sabés?

—Samuel pasó y le contó a mamá.

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Y cómo era?

—Chiquita.

—¿Bonita?

Ramón pensó.

—Sí.

—¿Tenía piso limpio?

Ramón soltó una carcajada.

—No tanto.

—¿Entonces Dios estaba ahí?

Ramón se quedó mirándolo.

—Creo que sí.

Julián sonrió.

—Entonces también puede estar aquí.

Ramón bajó la mirada.

—Sí, hijo. Creo que puede.

Aquella frase representaba para Ramón un cambio enorme. Durante años había dicho exactamente lo contrario. Ahora comenzaba a sospechar que el problema no era la basura, sino la idea que él tenía de Dios. Había confundido santidad con distancia. Había pensado que porque Dios era santo debía estar lejos de las personas sucias, pobres y quebrantadas. Pero cuanto más leía acerca de Jesús, más difícil le resultaba mantener aquella idea.

Esa noche Julián encontró una historia que parecía hecha para Ramón. Era la de un hombre enfermo que nadie quería tocar. El niño leyó lentamente mientras Ramón escuchaba.

—Dice que era leproso.

—¿Qué era eso?

—Una enfermedad de la piel. La gente se alejaba de ellos.

Ramón recordó inmediatamente algunas personas que había visto en el campo de basura. Personas que todos evitaban porque estaban enfermas, sucias o simplemente porque olían mal.

—¿Y Jesús qué hizo?

Julián siguió leyendo.

—Lo tocó.

Ramón levantó la cabeza.

—¿Lo tocó?

—Sí.

—¿Aunque estaba enfermo?

—Sí.

Ramón permaneció inmóvil.

Durante años había pensado que Dios no quería tocar su vida porque él era un hombre sucio. Pero allí estaba Jesús tocando a un hombre que todos evitaban. No parecía que Jesús huyera de la miseria humana. Parecía acercarse.

—Léelo otra vez —pidió Ramón.

Julián volvió a leer.

Ramón cerró los ojos.

—Entonces Jesús no tenía miedo de tocar a los que nadie quería tocar.

—Eso parece.

Ramón miró sus manos.

—Tal vez tampoco tenga miedo de tocarme a mí.

Elena, que estaba preparando la cena, escuchó aquellas palabras y no dijo nada. Sabía que su esposo estaba atravesando un cambio profundo y que no convenía apresurarlo. Ramón necesitaba descubrir por sí mismo aquello que estaba leyendo.

Pasaron varios días. Samuel volvió al campo de basura con noticias de su esposa. Había recibido atención médica y estaba mejorando. Cuando encontró a Ramón, se acercó.

—Gracias.

Ramón sonrió.

—Yo no hice nada.

—Me llevaste a la iglesia.

—Ellos te ayudaron.

—Pero vos me llevaste.

Samuel se quedó mirando a Ramón.

—¿Sabés algo? Estuve pensando en lo que me dijiste.

—¿Qué cosa?

—Eso de que quizá Dios pueda ayudarnos.

Ramón sintió una emoción difícil de describir.

—¿Y qué pensaste?

Samuel se encogió de hombros.

—Que quizá nunca le di una oportunidad.

Ramón sonrió.

—Yo tampoco.

Aquella conversación fue corta, pero significó mucho para ambos. Ramón comprendió que quizá el tesoro no era algo que uno guardaba solamente para sí. Si realmente estaba descubriendo algo valioso, tendría que compartirlo.

Una tarde, después de terminar su trabajo, Ramón llevó la Biblia al campo de basura. Se sentó sobre una pila de cartones y comenzó a leer con ayuda de Julián, que había ido con él. Algunos trabajadores se acercaron por curiosidad.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó una mujer llamada Marta.

—La Biblia.

—¿Y para qué?

Ramón respondió:

—Porque encontré una que alguien tiró a la basura.

—¿Y qué tiene de especial?

Ramón levantó el libro.

—Todavía no lo sé todo, pero dice que Dios ama a personas como nosotros.

Marta soltó una risa.

—¿A nosotros?

—Sí.

—¿A los que vivimos aquí?

—Sí.

—¿Y quién te dijo eso?

Ramón señaló el libro.

—Esto.

Marta se sentó junto a ellos.

—A ver.

Julián abrió la Biblia.

Poco a poco se acercaron otras personas. Algunos continuaron trabajando mientras escuchaban y otros se quedaron unos minutos. Ramón no predicaba porque no sabía hacerlo. Simplemente decía lo que había aprendido.

—Yo pensaba que Dios estaba lejos porque nosotros vivimos entre basura. Pensaba que Dios solamente estaba en lugares limpios. Pero estoy descubriendo que Jesús se acercaba a la gente que todos rechazaban.

Uno de los hombres preguntó:

—¿Y eso qué cambia?

Ramón pensó antes de responder.

—Cambia que ya no pienso que soy basura.

Nadie se rió.

La frase quedó suspendida en medio del campo.

Ramón continuó.

—Yo trabajo con basura. Vivo al lado de la basura. Mi ropa huele a basura. Mis manos están sucias por la basura. Pero yo no soy basura.

Marta bajó la mirada.

—Yo tampoco.

—Ninguno de nosotros lo es.

Julián miró a su padre con orgullo.

Ramón nunca había hablado de aquella manera. No estaba acostumbrado a decir que su vida tenía valor. Durante muchos años había aceptado silenciosamente la idea de que los pobres tenían que conformarse con recibir lo que los demás descartaban. Ahora empezaba a comprender que una persona podía vivir de recoger lo que otros tiraban sin convertirse ella misma en algo descartable.

Esa noche, al regresar a casa, Ramón tomó la Biblia y la puso cuidadosamente dentro de la caja de madera. Cerró la tapa y guardó la caja debajo de su cama.

Elena lo observó.

—¿Por qué la escondes?

—Porque no quiero que se moje.

—¿Antes no te importaba?

Ramón sonrió.

—Antes pensaba venderla.

—¿Y ahora?

—Ahora vale demasiado.

Elena sonrió.

—¿Cuánto?

Ramón negó con la cabeza.

—No se puede medir con dinero.

Aquella misma noche, mientras los niños dormían, Ramón y Elena hablaron durante largo rato. Ramón le contó lo que había sentido en el campo, lo que había aprendido sobre Jesús y la manera en que comenzaba a cambiar su forma de pensar.

—¿Sabés qué me preocupa? —dijo.

—¿Qué?

—Que estoy empezando a creer de verdad.

Elena sonrió.

—¿Y eso te preocupa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si es verdad, entonces tengo que cambiar.

Elena se acercó.

—Tal vez todos necesitamos cambiar alguna vez.

Ramón permaneció en silencio.

—No quiero ser solamente un hombre que lee una Biblia —continuó—. Si esto es verdad, quiero vivirlo.

—Entonces empezá por casa.

Ramón la miró.

—¿Cómo?

—Amando más. Perdonando más. Ayudando cuando puedas. Enseñando a los chicos que no son menos que nadie. Eso también es vivir lo que estás leyendo.

Ramón asintió.

Al día siguiente hizo algo que nunca había hecho. Antes de salir hacia el campo, reunió a sus tres hijos.

—Quiero decirles algo.

Los niños lo miraron.

—Ustedes no son basura.

Julián sonrió.

—Ya sabemos.

—No. Quiero que lo sepan de verdad. No importa dónde vivamos. No importa cuánto dinero tengamos. No importa si nuestra casa es de chapa o si nuestras manos están sucias. Ustedes valen mucho.

Ana se acercó y abrazó a su padre.

Ramón cerró los ojos.

Durante años había querido darles una casa mejor, ropa mejor y comida suficiente. Seguía queriendo todo eso. Pero comprendió que había algo que podía darles incluso antes de tener dinero: la certeza de que sus vidas tenían valor.

Esa mañana caminaron juntos hacia el campo.

Julián llevaba la Biblia.

Ramón llevaba el carrito.

Elena se quedó preparando a los niños para la escuela.

Antes de separarse, Julián preguntó:

—Papá, ¿hoy vamos a buscar el tesoro?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿En qué parte?

Ramón miró las enormes montañas de desperdicios.

—En todas partes.

Y comenzaron a trabajar.

A media mañana, mientras Ramón revisaba una montaña de bolsas, encontró algo que le llamó la atención. Era una pequeña caja metálica, vieja y oxidada. La abrió pensando que quizá tendría monedas. Dentro había solamente una fotografía antigua. En ella aparecía una familia sonriente frente a una casa grande. Ramón observó la imagen durante unos segundos y sintió una tristeza inesperada.

Alguien había amado a esas personas.

Alguien había guardado aquella fotografía.

Y, por alguna razón, había terminado en la basura.

Ramón la guardó en el bolsillo.

No porque valiera dinero.

Porque había comprendido que algunas cosas no debían medirse por su precio.

Cuando terminó la jornada, regresó a casa con el bolsillo lleno de pequeños objetos encontrados. Entre ellos estaba la fotografía.

Se la mostró a Julián.

—Mirá.

El niño la observó.

—¿Quiénes son?

—No sé.

—¿Por qué la guardaste?

Ramón respondió:

—Porque alguien pensó que esa familia era importante.

Julián sonrió.

—Como Dios piensa que nosotros somos importantes.

Ramón sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Sí, hijo.

Miró la Biblia.

Luego miró a sus hijos.

Y finalmente contempló por la puerta abierta el campo de basura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Por primera vez, aquel lugar no le pareció solamente un sitio de miseria.

Seguía siendo sucio.

Seguía siendo peligroso.

Seguía siendo un lugar duro donde la gente luchaba por sobrevivir.

Pero ahora Ramón sabía que allí también podían existir historias, encuentros, preguntas y esperanzas.

Y quizá, incluso, un tesoro.

Aquella noche abrió la Biblia una vez más. Julián buscó el pasaje del tesoro escondido y comenzó a leer. Ramón escuchó hasta el final. Después tomó el libro entre sus manos y recordó el día en que había encontrado la caja.

Había pensado que quizá contenía dinero.

Había pensado que una Biblia no servía.

Había pensado venderla.

Ahora se daba cuenta de que no había sido él quien había encontrado simplemente un libro. Había encontrado una pregunta que todavía necesitaba responder.

¿Qué era realmente el tesoro?

Sabía que tenía que ver con Jesús.

Sabía que tenía que ver con el Reino de los Cielos.

Sabía que tenía que ver con descubrir que Dios lo amaba.

Pero todavía no había comprendido la profundidad de todo aquello.

Y, mientras cerraba la Biblia, Ramón sintió que la búsqueda apenas comenzaba.

Porque todavía no había conocido a Jesús de la manera en que aquellas páginas parecían invitarlo a conocerlo.

Todavía no había entregado su vida.

Todavía no había comprendido qué significaba realmente creer.

Todavía no había descubierto que el tesoro escondido no era solamente una verdad capaz de consolarlo, sino una Persona que podía cambiar completamente la dirección de su vida.

Ramón apagó la lámpara.

Afuera, el campo de basura permanecía oscuro.

Las ratas se movían entre las bolsas.

El viento arrastraba papeles.

A lo lejos se escuchaba un camión acercándose.

Mañana volvería a levantarse a las cuatro.

Volvería a ponerse sus botas agujereadas.

Volvería a empujar su carrito.

Volvería a buscar cartón, plástico y metal.

Pero ya no sería exactamente el mismo hombre.

Porque había comenzado a descubrir que una persona puede vivir rodeada de cosas que el mundo considera desechables y, aun así, ser profundamente valiosa para Dios.

Y mientras dormía, con la Biblia guardada cuidadosamente bajo su cama, Ramón no sabía que muy pronto aquella búsqueda iba a llevarlo hasta una pequeña iglesia, hasta una conversación que transformaría su comprensión del Evangelio y, finalmente, hasta una decisión que cambiaría no solamente su propia vida, sino también la de muchos de los hombres y mujeres que cada madrugada entraban con él en aquel enorme campo de basura.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5

 

Durante las semanas siguientes, la vida de Ramón comenzó a adquirir un ritmo diferente, aunque desde afuera casi nada parecía haber cambiado. Cada madrugada seguía levantándose antes de las cuatro, se ponía las mismas botas agujereadas, tomaba la linterna de pilas gastadas y empujaba el mismo carrito construido con maderas y ruedas de bicicleta hasta el campo de basura, donde pasaba horas agachándose, levantando bolsas, separando cartón, recogiendo botellas y apartando todo aquello que pudiera venderse. Seguía regresando con la espalda dolorida y las manos ennegrecidas, seguía contando las monedas antes de comprar alimentos y seguía preocupándose cuando alguno de sus hijos enfermaba. La casa continuaba siendo de chapa y cartón, el techo seguía dejando entrar agua cuando llovía y el olor del vertedero continuaba impregnando la ropa de toda la familia. Sin embargo, había algo que había cambiado profundamente: Ramón ya no miraba aquellas circunstancias como una prueba de que Dios se había olvidado de él. La Biblia encontrada en la caja de madera había comenzado a enseñarle que su pobreza no era una condena, que sus manos sucias no lo hacían menos digno y que la presencia de Dios no dependía de la limpieza de las paredes que lo rodeaban. Aun así, había muchas cosas que todavía no entendía y una de ellas era cómo podía convertirse en un verdadero seguidor de Jesús. Leer las palabras de la Biblia le resultaba cada vez más hermoso, pero también más desafiante, porque cuanto más conocía a Jesús, más comprendía que no bastaba con admirarlo desde lejos.

Una tarde, después de una jornada particularmente difícil, Ramón regresó a casa antes de lo habitual. Había llovido durante varias horas y el campo de basura estaba prácticamente convertido en un pantano. Había conseguido poco material y, además, una de las ruedas del carrito se había roto. Caminaba empujándolo con dificultad cuando vio a Julián sentado frente a la vivienda con la Biblia sobre las rodillas. El niño estaba leyendo en voz baja mientras esperaba a su padre. Ramón dejó el carrito junto a la pared y se sentó a su lado.

—¿Qué estás leyendo?

—La historia de Jesús.

—¿Cuál?

—Cuando llamó a sus discípulos.

Ramón observó las páginas.

—¿Y qué hicieron?

—Lo siguieron.

Ramón guardó silencio.

—¿Así nomás? —preguntó después.

—Eso parece.

—¿Dejaron todo?

—Algunos sí.

Ramón miró hacia el campo de basura.

—Eso es difícil.

Julián cerró la Biblia.

—Papá, ¿vos seguirías a Jesús?

La pregunta tomó a Ramón por sorpresa. Durante unos segundos no supo qué responder. Había pensado muchas veces en Jesús, había comenzado a orar y había ido varias veces a la pequeña iglesia de la calle de tierra, pero todavía no se había atrevido a decir que era cristiano. Sentía que no sabía suficiente, que no conocía las palabras adecuadas y que quizá alguien podría preguntarle cosas que no sabría responder.

—No sé —dijo finalmente.

—¿Por qué?

—Porque seguir a alguien significa cambiar la vida.

—¿Y no querés cambiarla?

Ramón sonrió con tristeza.

—Sí quiero.

—Entonces, ¿qué te falta?

Ramón miró a su hijo.

—Valor.

Julián pareció sorprendido.

—¿Valor para qué?

—Para creer que Jesús realmente me quiere a mí.

El niño abrió nuevamente la Biblia y buscó una página.

—Papá, acá dice que Jesús vino a buscar a los perdidos.

Ramón bajó la mirada.

—Yo estoy perdido.

—Entonces vino por vos.

Aquella respuesta fue tan sencilla que Ramón no encontró ninguna manera de discutirla.

Esa noche decidió volver a la iglesia.

No sabía exactamente por qué. Quizá necesitaba hablar con alguien. Quizá necesitaba entender qué significaba realmente creer. Quizá necesitaba escuchar de boca de otra persona aquello que estaba empezando a descubrir por medio de la Biblia.

La iglesia estaba ubicada al final de una calle de tierra, detrás de un pequeño almacén y frente a un terreno vacío. Era una construcción sencilla de chapa y madera. Cuando Ramón llegó, había unas quince personas reunidas. Algunas eran ancianas, otras familias con niños y también había trabajadores que, como él, vivían en las zonas cercanas al campo de basura. No había nadie vestido con ropa elegante. Algunos llevaban las mismas prendas de trabajo que habían usado durante el día. Otros tenían zapatos gastados. Ramón se sintió extraño al principio porque todavía llevaba su ropa sucia del vertedero y olía intensamente a basura.

Se quedó cerca de la puerta.

El pastor lo vio y se acercó.

—Ramón, qué bueno verte.

Ramón bajó la mirada.

—No sabía si podía entrar así.

El pastor miró su ropa y después sonrió.

—¿Así cómo?

—Sucio.

—Aquí nadie viene porque esté limpio.

Ramón levantó los ojos.

—¿No?

—Venimos porque necesitamos a Cristo.

Aquellas palabras tocaron algo profundo en él.

Se sentó en una de las últimas sillas.

Durante el culto escuchó canciones que no conocía, oraciones sencillas y una lectura del Evangelio. Después el pastor habló acerca de Jesús y de la manera en que había recibido a personas que todos consideraban indignas. Ramón escuchaba atentamente. No se trataba de una prédica complicada. El pastor hablaba con palabras sencillas, pero cada una parecía encontrar un lugar dentro de él.

—Jesús no vino solamente para las personas que tienen la vida en orden —dijo el pastor—. Vino para los que saben que están perdidos. No tenemos que limpiar nuestra vida primero para acercarnos a Cristo. Venimos a Cristo y Él comienza a limpiarnos desde adentro.

Ramón sintió que aquellas palabras habían sido pronunciadas directamente para él.

Durante años había pensado que primero tenía que ser diferente para acercarse a Dios. Ahora comenzaba a comprender que era precisamente porque no podía cambiar por sí mismo que necesitaba a Jesús.

Cuando terminó la reunión, Ramón permaneció sentado.

El pastor se acercó.

—¿Qué estás pensando?

Ramón tardó en responder.

—Que yo siempre pensé que Dios no podía quererme.

—¿Por qué?

—Porque soy pobre. Porque vivo entre basura. Porque no sé leer bien. Porque hice cosas de las que no estoy orgulloso. Porque durante muchos años pensé que no necesitaba a Dios.

El pastor se sentó a su lado.

—Ramón, Jesús no murió por personas que ya estaban perfectas. Murió por pecadores.

—¿Entonces me quiere aunque yo haya sido así?

—Sí.

—¿Y qué tengo que hacer?

El pastor respondió con calma.

—Creer en Él. Arrepentirte de tu pecado. Entregarle tu vida. No se trata de comprar la salvación ni de ganarla trabajando. Se trata de confiar en Cristo.

Ramón permaneció en silencio.

—Yo no tengo mucho que entregarle.

El pastor sonrió.

—Tienes tu vida.

Aquella noche Ramón regresó caminando lentamente. La luna iluminaba parcialmente la calle de tierra y el campo de basura se veía oscuro a la distancia. Llevaba las manos en los bolsillos y pensaba en las palabras del pastor. "Tienes tu vida."

Nunca había considerado su vida como algo que pudiera entregar. Siempre había pensado que su vida consistía en sobrevivir, trabajar y proteger a sus hijos. Pero ahora comenzaba a comprender que quizá Jesús no quería solamente resolver sus problemas. Quería convertirse en el centro de su vida.

Cuando llegó a casa, Elena estaba despierta.

—¿Cómo te fue?

Ramón se sentó.

—Creo que entendí algo.

—¿Qué?

—No tengo que ser bueno para que Jesús me quiera.

Elena sonrió.

—Eso es importante.

—Pero sí tengo que dejar que Él cambie mi vida.

—También.

Ramón tomó la Biblia.

—Creo que quiero hacerlo.

—¿Qué cosa?

—Seguir a Jesús.

Elena se quedó mirándolo.

—¿Estás seguro?

Ramón respiró profundamente.

—No estoy seguro de muchas cosas. Pero de esto sí.

Elena tomó su mano.

—Entonces ora.

Ramón bajó la cabeza.

Durante unos segundos no dijo nada. No sabía cómo comenzar. Había escuchado oraciones muchas veces, pero nunca había orado así. Finalmente habló con palabras sencillas.

—Señor Jesús, yo no sé rezar bien. No sé leer bien. No sé mucho de la Biblia. Pero sé que estoy cansado de vivir pensando que no valgo nada. Si de verdad viniste por personas como yo, quiero que vengas a mi vida. Perdóname por las cosas malas que hice. Perdóname por las veces que fui un mal esposo, un mal padre y un hombre que pensó que podía vivir sin ti. Quiero conocerte. Quiero seguirte. No tengo mucho para darte, pero te doy mi vida. Ayúdame a aprender.

Elena comenzó a llorar en silencio.

Ramón también.

No hubo música.

No hubo aplausos.

No hubo ninguna señal espectacular.

Solamente un hombre pobre, sentado en una casa de chapa y cartón, hablando con Jesús por primera vez con el corazón abierto.

Cuando terminó, permaneció unos segundos con la cabeza inclinada.

Después levantó la mirada.

—Creo que encontré el tesoro.

Elena sonrió.

—Todavía estás empezando.

—Sí.

—Entonces seguí buscando.

Al día siguiente, Ramón se levantó a la misma hora de siempre. Nada había cambiado externamente. Se puso las botas, tomó el carrito y salió al campo. Pero mientras caminaba tenía una sensación diferente. No sentía que hubiera dejado de ser pobre. Tampoco esperaba que Dios le diera dinero de repente. Simplemente sentía que ya no caminaba solo.

Cuando llegó al campo, Samuel estaba esperando.

—¿Dónde estabas ayer?

—En la iglesia.

—¿Otra vez?

—Sí.

Samuel se rio.

—Te estás volviendo religioso.

Ramón sonrió.

—No sé si religioso. Estoy aprendiendo a seguir a Jesús.

Samuel dejó de reír.

—¿Y eso qué significa?

—Todavía estoy aprendiendo.

—¿Te van a dar plata?

Ramón negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿qué ganás?

Ramón miró el campo.

—Esperanza.

Samuel se quedó callado.

—Y algo más —agregó Ramón.

—¿Qué?

—Sé que Dios me ama.

Samuel no respondió inmediatamente.

—Eso está bien —dijo finalmente.

Ambos comenzaron a trabajar.

Aquella mañana Ramón encontró poco cartón, pero descubrió algo que llamó su atención. Entre las bolsas había un pequeño paquete envuelto en plástico. Lo abrió y encontró varios juguetes viejos. Uno de ellos era un automóvil de metal, todavía entero. Lo tomó y pensó en Ana, que siempre había querido uno parecido.

Más tarde encontró una muñeca y un par de zapatos casi nuevos.

No eran tesoros en términos económicos, pero para sus hijos significaban mucho.

Cuando regresó a casa, los niños se alegraron.

—¡Papá!

Ramón sonrió.

—Hoy encontré algo para ustedes.

Aquella noche, mientras los niños jugaban, Ramón observó la escena desde la puerta. No tenía una casa grande ni dinero suficiente, pero por primera vez sentía gratitud por lo que sí tenía. Su familia. Sus hijos. Elena. La Biblia. La oportunidad de comenzar nuevamente.

Sin embargo, el cambio no fue fácil.

Durante los días siguientes, Ramón comenzó a enfrentarse con sus propias costumbres. Había cosas que había hecho durante años y que ahora comprendía que estaban mal. A veces se enojaba rápidamente. Otras veces mentía para conseguir un mejor precio por el material. Algunas veces guardaba cosas que pertenecían a otros. No había pensado demasiado en ello porque todos a su alrededor hacían cosas parecidas para sobrevivir.

Ahora, sin embargo, la Biblia comenzaba a mostrarle que seguir a Jesús implicaba algo más profundo que asistir a una reunión.

Una tarde un comprador le ofreció pagarle menos de lo acordado.

Ramón se enojó.

—Eso no fue lo que dijiste.

—Es lo que puedo pagar.

—Siempre haces lo mismo.

El hombre se encogió de hombros.

Ramón sintió ganas de insultarlo. Estaba a punto de hacerlo cuando recordó las palabras de Jesús sobre amar incluso a quienes nos hacen mal.

No fue fácil.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero la próxima vez acordamos antes.

El hombre lo miró sorprendido.

—¿No vas a pelear?

Ramón respiró.

—No.

Cuando se alejó, sintió que había ganado una batalla que nadie había visto.

No había ganado dinero.

Había ganado dominio sobre su propio enojo.

Esa noche se lo contó a Elena.

—Hoy casi me peleo con un hombre.

—¿Y qué hiciste?

—No me peleé.

—Eso es bueno.

—Pero me costó.

—Cambiar cuesta.

Ramón asintió.

—Ahora entiendo que el tesoro no solamente me hace sentir bien. También me pide que cambie.

La vida continuó avanzando. Ramón comenzó a asistir regularmente a la iglesia. Allí aprendió más acerca de Jesús, del perdón, de la gracia y de la esperanza. No comprendía todo, pero no tenía miedo de preguntar. Cuando alguien utilizaba una palabra que no entendía, levantaba la mano. Cuando no sabía encontrar un libro de la Biblia, le pedía ayuda a Julián. Poco a poco comenzó a leer algunas palabras por sí mismo. Al principio eran solamente nombres sencillos y versículos cortos. Después pudo reconocer frases completas.

Un domingo, el pastor le pidió que compartiera su testimonio.

Ramón sintió miedo.

—Yo no sé hablar.

—No necesitas hablar bonito.

—¿Qué digo?

—Di lo que Cristo hizo contigo.

Ramón se puso de pie frente a la pequeña congregación.

Tenía las manos temblando.

—Yo encontré una Biblia en el campo de basura —comenzó—. Pensé que no servía para nada. Después descubrí que estaba equivocado. Esa Biblia me enseñó que Dios ama a personas como nosotros. Yo pensaba que Dios no vivía en la basura. Pensaba que estaba lejos. Pero ahora creo que Él estaba buscándome allí.

La gente permaneció en silencio.

Ramón continuó.

—Yo encontré una Biblia, pero en realidad encontré algo más. Encontré a Jesús. Todavía estoy aprendiendo. Todavía me enojo. Todavía tengo miedo. Todavía soy pobre. Todavía vivo en una casa de chapa. Pero ahora sé que mi pobreza no decide cuánto valgo. Sé que Jesús me ama. Y eso es más grande que cualquier cosa que haya encontrado entre la basura.

Cuando terminó, nadie habló durante unos segundos.

Después el pastor se acercó y lo abrazó.

Ramón regresó a su asiento con lágrimas en los ojos.

Julián estaba sonriendo.

—Papá, lo hiciste bien.

—Casi me muero de vergüenza.

—Pero hablaste.

—Sí.

—Entonces estás aprendiendo.

Ramón sonrió.

Aquella tarde, al regresar a casa, encontró a un grupo de hombres discutiendo cerca del campo. Uno de ellos estaba acusando a otro de haberle robado una bolsa de materiales. La discusión comenzó a subir de tono. Ramón se acercó.

—Esperen.

—No te metas.

—Podemos resolverlo sin pelearnos.

—¿Y vos qué sabés?

Ramón pensó en lo que había aprendido.

—Sé que una pelea no devuelve nada.

Los hombres continuaron discutiendo.

Ramón no consiguió solucionar el problema inmediatamente, pero logró que se separaran y hablaran después. Aquella noche comprendió algo más: el tesoro que había encontrado no podía quedarse dentro de una caja de madera ni encerrado en una Biblia. Tenía que convertirse en una manera distinta de vivir.

Una semana después, Samuel apareció en la iglesia.

Ramón estaba sentado en una de las últimas filas cuando lo vio entrar.

Después del culto se acercó.

—¿Qué haces acá?

Samuel sonrió.

—Vine a escuchar.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber qué fue lo que encontraste.

Ramón sintió una alegría profunda.

—Entonces siéntate.

Samuel se sentó.

El pastor comenzó a hablar.

Ramón observó a su amigo y comprendió que la historia de la Biblia encontrada en la basura no estaba terminando con él. Quizá apenas estaba comenzando.

Aquella noche, al regresar a su casa, Ramón sacó la caja de madera. La abrió y contempló la Biblia. Pasó los dedos por la tapa gastada y recordó el primer día en que había pensado venderla.

Ahora comprendía que había recibido algo mucho más grande de lo que había imaginado.

Tomó una hoja de papel y, con la ayuda de Julián, escribió lentamente una frase.

Ramón todavía escribía con letras grandes y torcidas.

Pero esta vez quería escribir algo que no olvidaría.

"El tesoro no estaba en la caja."

Julián leyó.

—¿Qué sigue?

Ramón pensó unos segundos.

—Escribe: "El tesoro estaba en lo que decía la Biblia."

Julián escribió.

Ramón agregó:

—Y después: "Y lo que decía la Biblia me llevó a Jesús."

Miró las palabras durante largo rato.

Aquella hoja no tenía ningún valor para nadie más.

Pero para Ramón era el comienzo de una nueva historia.

Una historia que todavía tendría dificultades, pérdidas, dudas y pruebas.

Una historia en la que descubriría que creer no significaba dejar de sufrir.

Una historia en la que tendría que aprender a confiar cuando las respuestas no llegaran.

Una historia en la que su familia atravesaría momentos que pondrían a prueba aquella nueva fe.

Pero también una historia en la que descubriría que el tesoro que había encontrado no dependía de la cantidad de dinero que tuviera, de la casa en que viviera ni de la basura que lo rodeara.

Porque ahora Ramón había comenzado a comprender la verdad que durante tantos años había estado escondida para él: una persona puede perder todas sus cosas y seguir teniendo esperanza si ha encontrado a Cristo.

Cerró la caja.

La colocó junto a la cama.

Luego apagó la lámpara.

Antes de dormir, miró hacia sus hijos.

Julián dormía abrazado a la Biblia pequeña que habían encontrado días atrás. Mateo respiraba tranquilamente y Ana tenía una mano sobre su muñeca nueva.

Ramón sonrió.

Después cerró los ojos.

Afuera, el campo de basura seguía extendiéndose bajo la oscuridad, lleno de cosas que otras personas habían considerado inútiles.

Pero para Ramón aquel lugar ya no era solamente un campo de desperdicios.

Era el lugar donde Dios lo había encontrado.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 6

 

Los días que siguieron a aquella primera confesión pública de Ramón no fueron días extraordinarios en el sentido en que él había imaginado alguna vez que podían serlo los acontecimientos importantes de una vida, porque el campo de basura continuó recibiendo camiones desde muy temprano, las bolsas siguieron acumulándose unas sobre otras, los perros continuaron revolviendo desperdicios, las gaviotas descendían sobre los montones cuando aparecía comida y el olor pesado de los residuos seguía impregnando todo cuanto se encontraba alrededor, desde las paredes de la pequeña vivienda hasta las manos de los hombres y mujeres que trabajaban allí, pero para Ramón había comenzado una etapa distinta porque ahora entendía que la fe no consistía únicamente en lo que sentía durante una reunión en la iglesia ni en las palabras que podía encontrar marcadas en las páginas de aquella Biblia que había llegado hasta sus manos de una manera tan extraña, sino en lo que hacía cuando nadie lo observaba, en la forma en que trataba a Elena cuando estaba cansado, en la paciencia que tenía con sus hijos, en la honestidad con que vendía el material recogido y, sobre todo, en la manera en que miraba a los demás hombres y mujeres que trabajaban junto a él. Antes había aprendido a reconocer el valor de una botella de plástico, de un pedazo de cobre o de una caja de cartón porque sabía que cada uno de esos objetos podía transformarse en unas monedas para llevar comida a su casa, pero ahora comenzaba a aprender otra clase de mirada, una que no calculaba el precio de las personas según lo que podían producir ni las clasificaba según la ropa que llevaban, la casa donde vivían o la cantidad de dinero que tenían en los bolsillos. Aquello no significaba que Ramón hubiera dejado de ser el hombre de carácter fuerte que había sido durante tantos años, ni que de repente pudiera responder con paciencia a cada provocación o tomar siempre las decisiones correctas, pero sí significaba que ahora, cuando reaccionaba mal, algo dentro de él le impedía sentirse tranquilo, porque las palabras de Jesús habían empezado a ocupar un lugar en su conciencia que antes solamente ocupaban el cansancio, la necesidad y el miedo.

Una mañana, mientras Ramón separaba botellas de plástico de una montaña de residuos húmedos, escuchó una voz detrás de él y al darse vuelta vio a una mujer que conocía de vista pero con quien casi nunca había hablado. Se llamaba Marta y trabajaba desde hacía varios años en una zona del vertedero donde solían llegar residuos de los comercios. Era una mujer de unos cuarenta años, delgada, de rostro cansado y manos endurecidas por el trabajo, que llevaba siempre un pañuelo alrededor de la cabeza para protegerse del sol y que aquel día parecía especialmente preocupada. Ramón la saludó y siguió trabajando, pero ella permaneció allí unos segundos hasta que finalmente preguntó si podía hablar con él. Ramón dejó la botella que tenía en la mano y se apoyó sobre el mango del carrito.

—¿Qué pasó?

—Necesito preguntarte algo.

—Preguntame.

Marta miró hacia los demás trabajadores antes de acercarse un poco más.

—Dicen que vos encontraste una Biblia acá.

Ramón sonrió.

—Sí.

—Y que ahora vas a la iglesia.

—Sí.

—¿Y es verdad que creés que Dios te puede escuchar aunque seas como nosotros?

Ramón sintió que la pregunta era más profunda de lo que parecía.

—Creo que Dios escucha a todos los que lo buscan.

—Pero nosotros vivimos acá.

—Yo también.

—Vos sabés lo que quiero decir.

Ramón guardó silencio. Sabía exactamente lo que quería decir porque durante muchos años él había pensado lo mismo. Marta no estaba preguntando si Dios podía escucharla físicamente, sino si podía escucharla a pesar de todo lo que ella consideraba vergonzoso de su vida.

—Yo también pensaba que Dios estaba lejos de nosotros —respondió Ramón—. Pensaba que había que ser otra clase de persona para acercarse a Él. Pero estoy aprendiendo que Jesús buscaba justamente a los que otros dejaban de lado.

Marta bajó la mirada.

—Mi hijo está enfermo.

Ramón sintió un nudo en el pecho.

—¿Qué tiene?

—No sé exactamente. Hace semanas que tiene fiebre y no tenemos dinero para hacerle todos los estudios.

Ramón permaneció callado. No tenía dinero suficiente para resolver aquello, y no quería decirle algo que sonara bonito pero no sirviera para nada. Había aprendido que la fe no consistía en fingir que los problemas no existían.

—Yo tampoco puedo pagar los estudios —dijo finalmente—, pero puedo acompañarte.

Marta lo miró.

—¿A dónde?

—A la iglesia. El pastor conoce gente que puede ayudar.

Marta dudó.

—No tengo ropa para ir.

Ramón negó con la cabeza.

—No importa.

—Estoy sucia.

—Yo también.

Ella sonrió por primera vez.

—Entonces vamos así.

Aquel mismo día, cuando terminaron de trabajar, Ramón acompañó a Marta hasta la iglesia. El pastor los recibió, escuchó el problema y comenzó a hacer llamadas. No resolvieron todo inmediatamente, pero consiguieron orientar a Marta hacia un centro de salud donde podía llevar a su hijo y recibir atención sin tener que pagar lo que no podía pagar. Ramón comprendió entonces que la iglesia no era un lugar donde los problemas desaparecían por arte de magia, sino un lugar donde las personas podían dejar de enfrentarlos completamente solas. Aquello era importante para él porque durante toda su vida había aprendido a soportar en silencio. Si alguien tenía hambre, buscaba comida. Si alguien estaba enfermo, esperaba. Si faltaba dinero, trabajaba más. Si había miedo, lo escondía. Ahora empezaba a descubrir que pedir ayuda no era una señal de debilidad y que ayudar a otro no significaba tener respuestas para todo.

Cuando regresó al campo al día siguiente, varios hombres ya habían escuchado lo ocurrido.

Samuel se acercó mientras Ramón acomodaba unas cajas.

—Dicen que ahora también sos enfermero.

Ramón se rio.

—No.

—Entonces, ¿qué sos?

—Uno que acompañó a una mujer.

Samuel se quedó pensativo.

—Eso antes no lo hacías.

Ramón continuó trabajando.

—Antes pensaba primero en mí.

Samuel lo miró.

—¿Y ahora?

Ramón levantó la caja y la colocó sobre el carrito.

—Ahora estoy aprendiendo que Jesús hizo que yo dejara de pensar solamente en mí.

Samuel no respondió, pero esa vez no hizo ninguna broma.

Aquella noche, en casa, Julián estaba intentando leer una de las partes más difíciles de la Biblia y Ramón lo escuchaba atentamente. El niño tropezaba con algunas palabras, regresaba al comienzo de la frase y volvía a intentarlo. Ramón había comenzado a disfrutar de aquellos momentos porque, aunque él todavía dependía de Julián para leer muchas cosas, ya no sentía vergüenza por ello. Antes se avergonzaba de no saber leer y evitaba que sus hijos descubrieran cuánto le costaban las palabras. Ahora entendía que aprender no era humillante y que pedir ayuda no disminuía su dignidad.

—Papá —dijo Julián después de cerrar la Biblia—, ¿por qué Jesús ayudaba a tanta gente?

Ramón pensó antes de responder.

—Porque amaba a las personas.

—¿A todas?

—Eso parece.

—¿Incluso a las que hacían cosas malas?

—Sí.

Julián volvió a abrir la Biblia.

—Entonces es difícil seguirlo.

Ramón sonrió.

—Mucho.

—¿Vos podés hacerlo?

Ramón soltó una pequeña carcajada.

—No siempre.

—¿Y entonces?

—Entonces vuelvo a Jesús.

Julián lo miró.

—¿Eso es lo que significa arrepentirse?

Ramón se quedó pensando.

—Creo que sí. Reconocer que uno se equivocó y volver a Dios.

Elena, que estaba preparando la cena, intervino desde el otro lado de la habitación.

—Y pedir perdón cuando sea necesario.

Ramón la miró.

—Eso también.

Ella sonrió.

—Especialmente eso.

Ramón comprendió inmediatamente que Elena estaba pensando en algunas discusiones que habían tenido durante los últimos años. No necesitó que ella dijera más. Después de cenar, cuando los niños salieron afuera, Ramón se acercó a su esposa.

—Elena.

—¿Qué?

—Quiero pedirte perdón.

Ella dejó lo que estaba haciendo.

—¿Por qué?

—Por muchas cosas.

—Ramón...

—No, dejame decirlo. Durante años pensé que porque trabajaba mucho tenía derecho a estar enojado con todos. Llegaba cansado y descargaba mi mal humor con vos o con los chicos. Pensaba que llevar comida a la casa era suficiente. Pero ahora entiendo que ustedes necesitaban también un marido y un padre que los escuchara.

Elena no respondió enseguida.

—Yo también cometí errores.

—Seguro, pero hoy estoy hablando de los míos.

Ella se acercó y lo abrazó.

—Entonces acepto tu perdón.

Ramón cerró los ojos.

Aquel abrazo fue para él una experiencia distinta a cualquier cosa que hubiera vivido durante las últimas semanas. Había pensado que seguir a Jesús consistía principalmente en aprender cosas de la Biblia, pero estaba descubriendo que también significaba entrar en lugares de su propia vida que había evitado durante años. Había recuerdos que dolían, palabras que había pronunciado, decisiones que había tomado y heridas que había dejado en otras personas. No podía borrar el pasado, pero podía comenzar a vivir de otra manera.

Pocos días después ocurrió algo que puso a prueba todo aquello. Ramón estaba trabajando cuando encontró una bolsa con varias prendas nuevas y un sobre con dinero. El sobre estaba parcialmente abierto y dentro había una cantidad considerable de billetes, mucho más de lo que él ganaba en varias semanas. Miró alrededor. Nadie parecía haberlo visto. Durante unos segundos sintió que aquella podía ser la respuesta a muchas de sus necesidades. Podría comprar alimentos, reparar el techo, arreglar la rueda del carrito y quizá comprar medicamentos para Ana, que llevaba dos días con tos. Pensó incluso que nadie sabría jamás que había encontrado aquel dinero.

Entonces recordó el momento en que había devuelto aquella billetera encontrada semanas atrás.

Pero esta vez la tentación era mucho mayor.

Ramón se sentó sobre una caja y sostuvo el sobre entre las manos. Miró el dinero y después miró la Biblia que llevaba en una bolsa de tela. No necesitaba abrirla para recordar lo que había aprendido.

—Señor —murmuró—, esto es demasiado.

No recibió ninguna respuesta audible.

No apareció nadie para decirle qué hacer.

Solamente estaba él, sentado entre bolsas de basura, con hambre, cansancio y una necesidad real de dinero.

Después de varios minutos, Ramón se puso de pie.

—Esto no es mío.

Buscó entre los residuos cercanos hasta encontrar un documento que indicaba el nombre de una empresa. Preguntó a otros trabajadores si sabían de dónde había llegado aquella carga y finalmente consiguió averiguar que pertenecía a un pequeño comercio cuyo dueño había arrojado accidentalmente la bolsa entre los residuos. Ramón logró localizarlo con ayuda del encargado del vertedero y le entregó el sobre.

El hombre quedó completamente sorprendido.

—¿Sabés cuánto dinero hay acá?

—Sí.

—¿Y no sacaste nada?

Ramón negó con la cabeza.

—No es mío.

El hombre lo miró durante varios segundos.

—Podrías habértelo quedado.

Ramón sonrió.

—Podría.

—¿Por qué no lo hiciste?

Ramón pensó en la pregunta.

—Porque estoy aprendiendo que no todo lo que encuentro me pertenece.

El hombre quiso darle una recompensa.

Ramón la rechazó al principio, pero finalmente aceptó solamente una pequeña cantidad cuando el hombre insistió y le dijo que quería agradecerle honestamente. No consideró aquello un premio por ser bueno, sino una oportunidad para comprar los medicamentos que necesitaba su hija.

Cuando regresó a casa, Elena lo escuchó contar lo sucedido.

—¿Y qué sentiste cuando viste el dinero?

—Que podía resolver muchas cosas.

—¿Y después?

—Que si me quedaba con él, iba a ganar dinero pero perder algo más importante.

Elena asintió.

—Ahora entendés mejor lo del tesoro.

Ramón miró la Biblia.

—Sí.

Aquella misma semana, el pastor comenzó a pedirle que ayudara con algunas tareas de la iglesia. Ramón colaboraba limpiando, acomodando sillas y ayudando a repartir alimentos. Al principio le parecía extraño porque había pasado toda su vida trabajando para sobrevivir y ahora encontraba satisfacción en hacer cosas por las que nadie le pagaba. Sin embargo, poco a poco comenzó a descubrir que servir a otros podía ser también una forma de gratitud. No quería que la iglesia se convirtiera para él en otro lugar donde solamente recibir. Había recibido mucho y quería comenzar a dar.

Una tarde, mientras acomodaba unas cajas de alimentos, el pastor le dijo:

—Ramón, quiero preguntarte algo.

—Decime.

—¿Qué pensás hacer con todo esto que estás aprendiendo?

Ramón frunció el ceño.

—¿A qué te referís?

—Con la Biblia, con tu historia, con lo que Dios está haciendo en tu vida.

Ramón se quedó callado.

—No sé.

—Tal vez no tengas que hacer algo grande.

—Yo tampoco podría.

El pastor sonrió.

—No hace falta hacer algo grande. Pero quizá puedas contarle a otros lo que encontraste.

Ramón miró las cajas.

—¿A quién?

—A la gente del campo de basura.

Ramón sintió que algo dentro de él se encendía.

—Ellos no me van a escuchar.

—Algunos no.

—Se van a reír.

—Probablemente.

—Van a decir que me volví loco.

—Es posible.

Ramón sonrió.

—Entonces no sé por qué debería hacerlo.

El pastor respondió:

—Porque vos sabés lo que era pensar que Dios no tenía nada que ver con gente como ustedes.

Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Ramón durante toda la noche. Sabía que el pastor tenía razón. Él había vivido durante años con esa idea y ahora sabía cuánto dolor podía producir. Había hombres y mujeres trabajando a pocos metros de él que probablemente pensaban exactamente lo mismo. Tal vez algunos nunca habían abierto una Biblia. Tal vez otros habían sido heridos por personas religiosas. Tal vez algunos estaban convencidos de que Dios se ocupaba únicamente de quienes tenían dinero, educación o una casa limpia.

Ramón decidió que al día siguiente llevaría su Biblia al campo.

No preparó un discurso.

No escribió una enseñanza.

No pensó en convertirse en predicador.

Simplemente llevaría la Biblia y hablaría de lo que había vivido.

Al amanecer siguiente, antes de salir de casa, Julián lo vio guardar el libro en una bolsa.

—¿La llevás?

—Sí.

—¿Vas a leer?

—Tal vez.

—¿A quién?

Ramón sonrió.

—A quien quiera escuchar.

El niño pareció orgulloso.

—Entonces llevá también la hoja.

—¿Qué hoja?

Julián señaló el papel donde habían escrito juntos aquella frase.

Ramón la tomó y la dobló cuidadosamente.

—Tenés razón.

Salió de casa con el carrito vacío, la Biblia protegida dentro de una bolsa y aquella hoja guardada en el bolsillo. Mientras caminaba hacia el campo de basura, el cielo comenzaba a aclararse y una franja de luz aparecía detrás de las montañas. Ramón avanzaba por el mismo camino que había recorrido miles de veces, pero aquella mañana llevaba consigo algo que nunca había llevado antes. No era dinero, ni herramientas, ni una mercancía que pudiera vender. Llevaba una historia.

Cuando llegó al lugar donde trabajaban los demás, dejó el carrito y sacó la Biblia.

Samuel fue el primero en verlo.

—¿Otra vez con ese libro?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Ahora qué vas a hacer?

Ramón miró alrededor. Había hombres, mujeres y algunos jóvenes separados en distintos sectores, todos buscando entre los residuos. Durante unos segundos sintió miedo. Después recordó aquella noche en que había orado por primera vez.

No sabía hablar bien.

No sabía explicar la Biblia.

No sabía responder todas las preguntas.

Pero sabía lo que había encontrado.

Se subió sobre una pequeña montaña de cartón compactado para que algunos pudieran verlo.

—Escuchen un momento.

Varias personas levantaron la cabeza.

Uno de los hombres se rio.

—¿Ahora vas a predicar?

Ramón tragó saliva.

—No sé predicar.

—Entonces, ¿qué querés?

Ramón levantó la Biblia.

—Quiero contarles algo que me pasó.

Algunos siguieron trabajando, pero otros se quedaron mirando.

Ramón respiró profundamente.

—Yo pensé durante muchos años que porque vivía acá no podía acercarme a Dios. Pensaba que Él estaba en los lugares lindos y que nosotros no éramos importantes. Un día encontré esta Biblia dentro de una caja que alguien había tirado. Empecé a leerla con mi hijo y descubrí algo que no sabía. Descubrí que Jesús buscaba a personas que todos rechazaban. Descubrí que Dios ama a los que otros consideran insignificantes. Y descubrí que yo no soy basura.

Nadie se rio esta vez.

Ramón continuó hablando.

—No les estoy diciendo que desde que encontré la Biblia mi vida se volvió fácil. Sigo trabajando acá. Sigo teniendo problemas. Sigo siendo pobre. Pero ahora sé que Dios me ve. Sé que puedo hablar con Él. Sé que puedo pedirle perdón. Sé que puedo empezar de nuevo. Y quiero que ustedes sepan que ustedes también tienen valor.

Una mujer dejó de trabajar.

Un joven levantó la mirada.

Samuel permaneció en silencio.

Ramón abrió la Biblia.

—Yo encontré un tesoro acá.

Miró aquel enorme campo de residuos.

—Y creo que todavía hay gente acá que no sabe que también puede encontrarlo.

Nadie respondió inmediatamente.

Pero Ramón ya no tenía miedo.

Había comprendido que el tesoro no era suyo para esconderlo.

Y mientras bajaba lentamente de la montaña de cartón, con la Biblia entre las manos y varios rostros siguiéndolo con curiosidad, todavía no podía imaginar que aquellas primeras palabras pronunciadas entre montones de basura serían el comienzo de algo que terminaría cambiando no solamente su propia vida, sino también la de muchas personas que, como él, habían pasado demasiado tiempo creyendo que por haber sido descartadas por el mundo también habían sido olvidadas por Dios.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7

 

Durante los días siguientes, Ramón descubrió que hablar de Jesús delante de otras personas era mucho más difícil que hablar de Jesús dentro de su propia casa. En la pequeña vivienda podía sentarse junto a Elena y los niños, abrir la Biblia sobre una mesa que había construido con madera recuperada y decir lo que pensaba sin preocuparse demasiado por equivocarse, porque allí todos conocían sus limitaciones y nadie esperaba de él palabras elegantes, pero el campo de basura era diferente. Allí había hombres que lo conocían desde hacía años, mujeres que habían compartido con él jornadas enteras de trabajo, personas que sabían perfectamente que Ramón había tenido mal carácter, que había discutido por unos pocos pesos, que alguna vez había engañado a un comprador para conseguir un mejor precio y que no siempre había tratado con paciencia a su propia familia. Algunos habían conocido también los peores años de su vida, cuando llegaba a casa borracho o se encerraba en silencio después de una jornada particularmente dura, y por eso ahora les resultaba extraño verlo caminando con una Biblia bajo el brazo y hablando de perdón, esperanza y Jesús. Ramón comprendía que no podía exigir que todos creyeran inmediatamente, porque él mismo había tardado muchos años en abrirse a aquella posibilidad, pero tampoco quería esconder lo que estaba descubriendo. Había encontrado un tesoro y, cuanto más comprendía su valor, menos sentido tenía guardarlo únicamente para sí.

La primera consecuencia de aquellas conversaciones fue que algunos comenzaron a burlarse de él, especialmente un hombre llamado Jacinto, que llevaba más de veinte años trabajando entre los residuos y desconfiaba profundamente de cualquier persona que hablara de religión. Jacinto era fuerte, de pocas palabras y acostumbraba a decir que la gente que predicaba en las iglesias solamente aparecía cuando necesitaba dinero o cuando quería convencer a alguien de algo. Una mañana, mientras Ramón separaba latas de aluminio, Jacinto pasó junto a él y señaló la Biblia que estaba apoyada sobre una caja.

—¿Todavía con eso?

Ramón levantó la mirada.

—Todavía.

—¿No te cansaste?

—No.

Jacinto soltó una carcajada.

—¿Y ya encontraste cuánto oro hay adentro?

Ramón sonrió.

—No hay oro.

—Entonces no es un tesoro.

—Depende de lo que uno considere tesoro.

Jacinto se agachó para recoger una botella.

—Yo considero tesoro cualquier cosa que pueda vender.

Ramón continuó trabajando.

—Yo pensaba igual.

—¿Y ahora no?

—Ahora sigo necesitando vender cosas para comer, pero aprendí que hay cosas que valen más que el dinero.

Jacinto lo miró con cierta desconfianza.

—Eso lo dice cualquiera que no tiene plata.

Ramón no respondió. Sabía que discutir no serviría. Además, comprendía que Jacinto hablaba desde una vida tan dura como la suya y que quizá detrás de aquella ironía había heridas que él desconocía. Por eso siguió trabajando mientras Jacinto se alejaba.

Sin embargo, no todos reaccionaron de la misma manera. Una mujer llamada Rosa comenzó a acercarse algunas tardes para escuchar cuando Ramón leía. Rosa vivía con dos nietos pequeños y había quedado sola después de que su hija se marchara de la ciudad. No sabía leer y al principio se mantenía a distancia, como si tuviera miedo de entrar en una conversación que no comprendía. Un día se acercó mientras Ramón estaba leyendo acerca de Jesús y los niños.

—¿Qué dice ahí?

Ramón levantó la Biblia.

—Que los niños son importantes para Jesús.

Rosa miró hacia donde jugaban sus nietos.

—Eso me gusta.

—¿Por qué?

—Porque muchas veces parece que los pobres no importamos y que los chicos que nacen en lugares como este tampoco tienen oportunidades.

Ramón cerró la Biblia.

—Yo pensaba eso de mis hijos.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que Dios tiene un propósito para ellos.

Rosa permaneció en silencio.

—¿Podés leerme esa parte?

Ramón volvió a abrir la Biblia y comenzó a leer lentamente. Como todavía le costaba pronunciar algunas palabras, se detenía cuando encontraba una frase difícil y Julián, que algunas veces lo acompañaba al campo después de la escuela, lo ayudaba. Rosa escuchó atentamente hasta el final.

—¿Eso está en la Biblia?

—Sí.

—Nunca lo había escuchado.

—Yo tampoco.

Rosa miró a Ramón.

—Entonces seguí leyendo.

Aquella petición fue sencilla, pero para Ramón significó mucho. Comprendió que quizá no necesitaba convertirse en un gran predicador. Bastaba con abrir las páginas que él mismo había descubierto y permitir que otras personas escucharan.

A partir de entonces comenzó una pequeña costumbre. Al terminar la jornada, cuando el sol empezaba a bajar y el trabajo disminuía, algunos trabajadores se acercaban alrededor de Ramón. No siempre eran los mismos. Unos escuchaban durante cinco minutos y se marchaban. Otros hacían preguntas. Algunos discutían. Otros permanecían callados. Ramón leía un pasaje y luego hablaban acerca de lo que habían entendido. No siempre sabía responder, pero había aprendido a decir una frase que al principio le costaba mucho:

—No sé.

Antes habría sentido vergüenza de admitirlo. Ahora entendía que decir que no sabía era mejor que inventar una respuesta.

Una tarde, Jacinto volvió a acercarse.

—Tengo una pregunta.

Ramón lo miró.

—Decime.

—Si Dios ama a los pobres, ¿por qué permite que vivamos así?

La pregunta dejó a todos en silencio.

Ramón sintió que tenía delante una pregunta mucho más grande que él. Miró la Biblia, pero no encontró una respuesta inmediata que pudiera solucionar tantos años de hambre, abandono y desigualdad.

—No sé explicarte por qué pasan todas las cosas —respondió—. Yo también me lo pregunto.

Jacinto cruzó los brazos.

—Entonces, ¿qué sentido tiene creer?

Ramón respiró profundamente.

—Para mí tiene sentido porque antes pensaba que mi sufrimiento demostraba que Dios se había olvidado de mí. Ahora sé que mi sufrimiento no significa que no me ame.

Jacinto no contestó.

Ramón continuó.

—No sé por qué Dios permite todo lo que ocurre. Pero sí sé que Jesús no se quedó lejos del sufrimiento. Se acercó a los enfermos, a los pobres, a los rechazados. Y también sé que nosotros podemos acercarnos a los que sufren.

Jacinto miró el suelo.

—Eso no arregla el hambre.

—No.

—Ni arregla una casa.

—No.

—Entonces no alcanza.

Ramón asintió.

—Tal vez no alcanza para solucionar todo. Pero alcanza para empezar a cambiar algo.

Jacinto se quedó pensativo.

Aquella conversación permaneció en la mente de Ramón durante varios días. Él también tenía preguntas. Su fe todavía era joven y no quería fingir que había encontrado respuestas para todos los problemas del mundo. Sin embargo, había algo que sí comenzaba a comprender: seguir a Jesús no significaba explicar cada misterio, sino aprender a vivir de una manera distinta en medio de los misterios que todavía no podía comprender.

Una tarde regresó a casa más cansado que de costumbre. Había discutido con un comprador y después había tenido problemas con el carrito. Una de las ruedas se había desprendido y había perdido varias horas de trabajo. Cuando llegó, Elena estaba intentando reparar una parte del techo porque una tormenta se acercaba. Ramón sintió que la frustración se acumulaba dentro de él.

—¿Todavía no arreglaste eso?

Elena se volvió.

—Estoy intentando.

—Siempre terminamos igual.

—Ramón, no empieces.

—Estoy cansado.

—Yo también.

Aquellas palabras hicieron que Ramón se detuviera.

Durante un instante sintió que iba a responder como lo había hecho tantas veces antes. Iba a levantar la voz, culparla por algo y descargar sobre ella el cansancio del día. Pero miró a Elena y recordó la conversación que habían tenido semanas atrás.

—Perdón.

Elena lo observó sorprendida.

—¿Qué?

—Perdón. Estoy enojado, pero no es culpa tuya.

Ella dejó la herramienta.

—Vení.

Ramón se acercó.

—Ayudame con el techo.

Durante la siguiente hora trabajaron juntos mientras las primeras gotas comenzaban a caer. No solucionaron completamente el problema, pero lograron cubrir la parte más dañada. Cuando terminaron, estaban empapados y cansados. Elena comenzó a reírse.

—¿De qué te reís?

—De nosotros.

—¿Por qué?

—Porque siempre terminamos arreglando las cosas con pedazos de basura.

Ramón también comenzó a reír.

—Y todavía seguimos acá.

—Sí.

Ramón la abrazó.

Aquella noche comprendió nuevamente que la fe no había eliminado las dificultades de su matrimonio, pero estaba enseñándole a enfrentarlas de una manera diferente.

Mientras tanto, Julián había comenzado a cambiar también. El niño siempre había sido responsable en la escuela, pero ahora tenía un interés creciente por leer. Buscaba palabras en el diccionario, preguntaba el significado de expresiones que encontraba en la Biblia y comenzó a escribir pequeñas frases en un cuaderno. Una noche se acercó a su padre.

—Papá, quiero ser maestro.

Ramón dejó de arreglar una de las ruedas del carrito.

—¿Maestro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero enseñar a leer a chicos como nosotros.

Ramón sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eso sería hermoso.

—¿Vos creés que puedo?

Ramón apoyó una mano sobre su hombro.

—Claro que sí.

—Aunque vivamos acá.

—Precisamente porque vivís acá sabés cosas que otros chicos no saben.

Julián sonrió.

—¿Y si no tenemos dinero?

—Entonces trabajaremos y estudiaremos. No sé cómo, pero vamos a intentarlo.

Elena escuchó la conversación desde el otro lado de la habitación.

—Los tres van a estudiar mientras podamos ayudarlos.

Ramón la miró.

—Sí.

Durante los días siguientes, aquella decisión se convirtió en una prioridad. Ramón empezó a separar una pequeña cantidad de dinero cada semana para comprar cuadernos y útiles. No era mucho, pero quería que sus hijos entendieran que la pobreza no debía convertirse en una excusa para abandonar sus sueños. Él mismo no había podido continuar estudiando y todavía sentía dolor cuando recordaba el día en que tuvo que dejar la escuela para ayudar a su familia. No quería que sus hijos vivieran exactamente la misma historia.

Una mañana, mientras caminaba hacia el campo, Ramón encontró un cuaderno casi nuevo entre las bolsas. Lo recogió, lo limpió cuidadosamente y lo llevó a casa.

—Para Julián.

El niño lo abrió con entusiasmo.

—¿Es mío?

—Sí.

—¿Dónde lo encontraste?

—En el campo.

Julián pasó las páginas.

—Está casi nuevo.

Ramón sonrió.

—A veces la basura todavía puede servir para algo.

Julián levantó la mirada.

—Como nosotros.

Ramón se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Que a veces otros creen que algo no sirve, pero sí sirve.

Ramón abrazó a su hijo.

—Exactamente.

La frase quedó flotando entre ellos durante unos segundos.

Más tarde, Ramón llevó aquella idea consigo al campo. Miró a los hombres que trabajaban agachados entre los residuos, a las mujeres que empujaban carros improvisados, a los jóvenes que habían dejado la escuela para ayudar a sus familias y a los niños que esperaban alguna oportunidad. Por primera vez comenzó a ver el lugar de una manera distinta. No veía solamente basura. Veía personas. Personas con nombres, historias, heridas, sueños y preguntas.

Aquella tarde decidió hacer algo que nunca había hecho.

Después de terminar su jornada, se acercó a varios trabajadores y les preguntó cómo estaban.

No les preguntó cuánto habían recogido.

No les preguntó cuánto pensaban vender.

Les preguntó cómo estaban.

Uno le contó que tenía problemas con su esposa. Otro habló de una deuda. Una mujer le dijo que estaba preocupada porque su hija quería abandonar la escuela. Ramón escuchó a todos sin ofrecer soluciones rápidas. Había aprendido que escuchar también era una manera de amar.

Cuando regresó a casa, le contó a Elena.

—Hoy entendí algo.

—¿Qué?

—Durante años pensé que todos acá necesitaban dinero.

—¿Y ahora?

—También necesitan que alguien los escuche.

Elena sonrió.

—Eso es más difícil.

—Sí.

—Pero quizá también más importante.

Ramón se quedó pensando.

Aquella noche abrió la Biblia y encontró nuevamente la historia del buen samaritano. La leyó lentamente. Ya había escuchado aquella historia antes, pero ahora le parecía diferente. Comprendió que el samaritano no solamente sintió compasión por el hombre herido. Se detuvo. Se acercó. Vendó sus heridas. Lo llevó a un lugar seguro y se ocupó de él.

Ramón cerró la Biblia.

—Julián.

—¿Sí?

—Creo que estoy entendiendo algo.

—¿Qué?

—La compasión no es solamente sentir pena por alguien.

—¿Qué es entonces?

—Acercarse.

Julián asintió.

—Como vos hiciste con Marta.

Ramón sonrió.

—Sí.

Al día siguiente, Ramón comenzó a acercarse todavía más a las personas del campo. No siempre hablaba de la Biblia. A veces simplemente ayudaba a cargar un carro, acompañaba a alguien hasta el centro de salud o compartía un poco de comida. En ocasiones se sentaba junto a un trabajador y escuchaba durante media hora sin mencionar siquiera a Jesús. Había comprendido que hablar del Evangelio no significaba pronunciar palabras religiosas en cada conversación. También significaba vivir de tal manera que las personas pudieran descubrir que algo había cambiado.

Una tarde encontró a Jacinto sentado solo.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Ramón se sentó a su lado.

—Cuando decís nada, generalmente pasa algo.

Jacinto soltó una risa amarga.

—Mi hermano murió.

Ramón guardó silencio.

—Lo siento.

—Hace tres días.

—¿Estabas con él?

—Sí.

Jacinto miró hacia el campo.

—Murió pobre.

Ramón no supo qué decir.

Jacinto apretó los labios.

—No quiero que me digas que Dios tiene un plan.

Ramón asintió.

—No te lo voy a decir.

—¿Entonces qué vas a decir?

Ramón respiró profundamente.

—Que lo siento. Y que si querés hablar, te escucho.

Jacinto lo miró durante largo rato.

—¿Y tu Jesús?

Ramón respondió con suavidad.

—También está acá.

Jacinto no dijo nada.

Ramón permaneció sentado junto a él.

No intentó explicar la muerte.

No intentó justificar el dolor.

Simplemente se quedó.

Cuando el sol comenzó a desaparecer, Jacinto dijo:

—¿Podés leerme algo?

Ramón sacó la Biblia.

—Sí.

—Algo que hable de la esperanza.

Ramón abrió el libro con manos temblorosas y comenzó a buscar.

Tardó unos minutos.

Finalmente encontró un pasaje.

—Creo que esto puede servir.

Jacinto asintió.

Ramón empezó a leer.

La voz le tembló al principio, pero poco a poco se afirmó. Jacinto escuchó en silencio. Cuando terminó, ninguno de los dos habló inmediatamente.

Después Jacinto dijo:

—Nunca pensé que iba a pedirte que me leyeras la Biblia.

Ramón sonrió ligeramente.

—Yo tampoco pensé que iba a terminar leyéndola.

Jacinto bajó la cabeza.

—Quizá tu tesoro no sea tan malo.

Ramón miró la Biblia.

—Todavía estoy descubriendo cuánto vale.

Aquella noche, mientras regresaba a su casa, Ramón sintió que algo había cambiado nuevamente. No sabía hasta dónde llegaría aquella pequeña historia iniciada con una caja de madera encontrada entre residuos, ni cuántas personas terminarían escuchando acerca del tesoro escondido en el campo, pero sabía que ya no podía guardar aquella noticia solamente para sí. El campo de basura seguía siendo un lugar duro, peligroso y lleno de necesidades, pero ahora Ramón caminaba por él con una convicción que no había tenido cuando comenzó a trabajar allí: aquellos hombres y mujeres no eran desperdicios humanos, sus hijos no estaban condenados a repetir sus historias y ninguna vida debía ser considerada inútil simplemente porque había sido golpeada por la pobreza. Cuando llegó a la casa, Julián salió corriendo para recibirlo y Elena estaba preparando la cena. Ramón dejó la Biblia sobre la mesa y miró a su familia con una gratitud que no podía explicar completamente. Había encontrado un tesoro en un lugar donde todos los demás solamente veían basura, pero ahora comenzaba a comprender que quizá la verdadera riqueza consistía en aprender a mirar como Jesús miraba, porque donde el mundo veía personas descartadas, Él veía hombres y mujeres que todavía podían ser encontrados, levantados, perdonados y transformados. Y Ramón, que durante tantos años había pensado que él mismo era uno de los olvidados, comenzaba a descubrir que el tesoro no solamente había cambiado su manera de mirar a Dios, sino también la manera en que miraba a cada persona que encontraba entre la basura.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7

 

Durante los días siguientes, Ramón descubrió que hablar de Jesús delante de otras personas era mucho más difícil que hablar de Jesús dentro de su propia casa. En la pequeña vivienda podía sentarse junto a Elena y los niños, abrir la Biblia sobre una mesa que había construido con madera recuperada y decir lo que pensaba sin preocuparse demasiado por equivocarse, porque allí todos conocían sus limitaciones y nadie esperaba de él palabras elegantes, pero el campo de basura era diferente. Allí había hombres que lo conocían desde hacía años, mujeres que habían compartido con él jornadas enteras de trabajo, personas que sabían perfectamente que Ramón había tenido mal carácter, que había discutido por unos pocos pesos, que alguna vez había engañado a un comprador para conseguir un mejor precio y que no siempre había tratado con paciencia a su propia familia. Algunos habían conocido también los peores años de su vida, cuando llegaba a casa borracho o se encerraba en silencio después de una jornada particularmente dura, y por eso ahora les resultaba extraño verlo caminando con una Biblia bajo el brazo y hablando de perdón, esperanza y Jesús. Ramón comprendía que no podía exigir que todos creyeran inmediatamente, porque él mismo había tardado muchos años en abrirse a aquella posibilidad, pero tampoco quería esconder lo que estaba descubriendo. Había encontrado un tesoro y, cuanto más comprendía su valor, menos sentido tenía guardarlo únicamente para sí.

La primera consecuencia de aquellas conversaciones fue que algunos comenzaron a burlarse de él, especialmente un hombre llamado Jacinto, que llevaba más de veinte años trabajando entre los residuos y desconfiaba profundamente de cualquier persona que hablara de religión. Jacinto era fuerte, de pocas palabras y acostumbraba a decir que la gente que predicaba en las iglesias solamente aparecía cuando necesitaba dinero o cuando quería convencer a alguien de algo. Una mañana, mientras Ramón separaba latas de aluminio, Jacinto pasó junto a él y señaló la Biblia que estaba apoyada sobre una caja.

—¿Todavía con eso?

Ramón levantó la mirada.

—Todavía.

—¿No te cansaste?

—No.

Jacinto soltó una carcajada.

—¿Y ya encontraste cuánto oro hay adentro?

Ramón sonrió.

—No hay oro.

—Entonces no es un tesoro.

—Depende de lo que uno considere tesoro.

Jacinto se agachó para recoger una botella.

—Yo considero tesoro cualquier cosa que pueda vender.

Ramón continuó trabajando.

—Yo pensaba igual.

—¿Y ahora no?

—Ahora sigo necesitando vender cosas para comer, pero aprendí que hay cosas que valen más que el dinero.

Jacinto lo miró con cierta desconfianza.

—Eso lo dice cualquiera que no tiene plata.

Ramón no respondió. Sabía que discutir no serviría. Además, comprendía que Jacinto hablaba desde una vida tan dura como la suya y que quizá detrás de aquella ironía había heridas que él desconocía. Por eso siguió trabajando mientras Jacinto se alejaba.

Sin embargo, no todos reaccionaron de la misma manera. Una mujer llamada Rosa comenzó a acercarse algunas tardes para escuchar cuando Ramón leía. Rosa vivía con dos nietos pequeños y había quedado sola después de que su hija se marchara de la ciudad. No sabía leer y al principio se mantenía a distancia, como si tuviera miedo de entrar en una conversación que no comprendía. Un día se acercó mientras Ramón estaba leyendo acerca de Jesús y los niños.

—¿Qué dice ahí?

Ramón levantó la Biblia.

—Que los niños son importantes para Jesús.

Rosa miró hacia donde jugaban sus nietos.

—Eso me gusta.

—¿Por qué?

—Porque muchas veces parece que los pobres no importamos y que los chicos que nacen en lugares como este tampoco tienen oportunidades.

Ramón cerró la Biblia.

—Yo pensaba eso de mis hijos.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que Dios tiene un propósito para ellos.

Rosa permaneció en silencio.

—¿Podés leerme esa parte?

Ramón volvió a abrir la Biblia y comenzó a leer lentamente. Como todavía le costaba pronunciar algunas palabras, se detenía cuando encontraba una frase difícil y Julián, que algunas veces lo acompañaba al campo después de la escuela, lo ayudaba. Rosa escuchó atentamente hasta el final.

—¿Eso está en la Biblia?

—Sí.

—Nunca lo había escuchado.

—Yo tampoco.

Rosa miró a Ramón.

—Entonces seguí leyendo.

Aquella petición fue sencilla, pero para Ramón significó mucho. Comprendió que quizá no necesitaba convertirse en un gran predicador. Bastaba con abrir las páginas que él mismo había descubierto y permitir que otras personas escucharan.

A partir de entonces comenzó una pequeña costumbre. Al terminar la jornada, cuando el sol empezaba a bajar y el trabajo disminuía, algunos trabajadores se acercaban alrededor de Ramón. No siempre eran los mismos. Unos escuchaban durante cinco minutos y se marchaban. Otros hacían preguntas. Algunos discutían. Otros permanecían callados. Ramón leía un pasaje y luego hablaban acerca de lo que habían entendido. No siempre sabía responder, pero había aprendido a decir una frase que al principio le costaba mucho:

—No sé.

Antes habría sentido vergüenza de admitirlo. Ahora entendía que decir que no sabía era mejor que inventar una respuesta.

Una tarde, Jacinto volvió a acercarse.

—Tengo una pregunta.

Ramón lo miró.

—Decime.

—Si Dios ama a los pobres, ¿por qué permite que vivamos así?

La pregunta dejó a todos en silencio.

Ramón sintió que tenía delante una pregunta mucho más grande que él. Miró la Biblia, pero no encontró una respuesta inmediata que pudiera solucionar tantos años de hambre, abandono y desigualdad.

—No sé explicarte por qué pasan todas las cosas —respondió—. Yo también me lo pregunto.

Jacinto cruzó los brazos.

—Entonces, ¿qué sentido tiene creer?

Ramón respiró profundamente.

—Para mí tiene sentido porque antes pensaba que mi sufrimiento demostraba que Dios se había olvidado de mí. Ahora sé que mi sufrimiento no significa que no me ame.

Jacinto no contestó.

Ramón continuó.

—No sé por qué Dios permite todo lo que ocurre. Pero sí sé que Jesús no se quedó lejos del sufrimiento. Se acercó a los enfermos, a los pobres, a los rechazados. Y también sé que nosotros podemos acercarnos a los que sufren.

Jacinto miró el suelo.

—Eso no arregla el hambre.

—No.

—Ni arregla una casa.

—No.

—Entonces no alcanza.

Ramón asintió.

—Tal vez no alcanza para solucionar todo. Pero alcanza para empezar a cambiar algo.

Jacinto se quedó pensativo.

Aquella conversación permaneció en la mente de Ramón durante varios días. Él también tenía preguntas. Su fe todavía era joven y no quería fingir que había encontrado respuestas para todos los problemas del mundo. Sin embargo, había algo que sí comenzaba a comprender: seguir a Jesús no significaba explicar cada misterio, sino aprender a vivir de una manera distinta en medio de los misterios que todavía no podía comprender.

Una tarde regresó a casa más cansado que de costumbre. Había discutido con un comprador y después había tenido problemas con el carrito. Una de las ruedas se había desprendido y había perdido varias horas de trabajo. Cuando llegó, Elena estaba intentando reparar una parte del techo porque una tormenta se acercaba. Ramón sintió que la frustración se acumulaba dentro de él.

—¿Todavía no arreglaste eso?

Elena se volvió.

—Estoy intentando.

—Siempre terminamos igual.

—Ramón, no empieces.

—Estoy cansado.

—Yo también.

Aquellas palabras hicieron que Ramón se detuviera.

Durante un instante sintió que iba a responder como lo había hecho tantas veces antes. Iba a levantar la voz, culparla por algo y descargar sobre ella el cansancio del día. Pero miró a Elena y recordó la conversación que habían tenido semanas atrás.

—Perdón.

Elena lo observó sorprendida.

—¿Qué?

—Perdón. Estoy enojado, pero no es culpa tuya.

Ella dejó la herramienta.

—Vení.

Ramón se acercó.

—Ayudame con el techo.

Durante la siguiente hora trabajaron juntos mientras las primeras gotas comenzaban a caer. No solucionaron completamente el problema, pero lograron cubrir la parte más dañada. Cuando terminaron, estaban empapados y cansados. Elena comenzó a reírse.

—¿De qué te reís?

—De nosotros.

—¿Por qué?

—Porque siempre terminamos arreglando las cosas con pedazos de basura.

Ramón también comenzó a reír.

—Y todavía seguimos acá.

—Sí.

Ramón la abrazó.

Aquella noche comprendió nuevamente que la fe no había eliminado las dificultades de su matrimonio, pero estaba enseñándole a enfrentarlas de una manera diferente.

Mientras tanto, Julián había comenzado a cambiar también. El niño siempre había sido responsable en la escuela, pero ahora tenía un interés creciente por leer. Buscaba palabras en el diccionario, preguntaba el significado de expresiones que encontraba en la Biblia y comenzó a escribir pequeñas frases en un cuaderno. Una noche se acercó a su padre.

—Papá, quiero ser maestro.

Ramón dejó de arreglar una de las ruedas del carrito.

—¿Maestro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero enseñar a leer a chicos como nosotros.

Ramón sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eso sería hermoso.

—¿Vos creés que puedo?

Ramón apoyó una mano sobre su hombro.

—Claro que sí.

—Aunque vivamos acá.

—Precisamente porque vivís acá sabés cosas que otros chicos no saben.

Julián sonrió.

—¿Y si no tenemos dinero?

—Entonces trabajaremos y estudiaremos. No sé cómo, pero vamos a intentarlo.

Elena escuchó la conversación desde el otro lado de la habitación.

—Los tres van a estudiar mientras podamos ayudarlos.

Ramón la miró.

—Sí.

Durante los días siguientes, aquella decisión se convirtió en una prioridad. Ramón empezó a separar una pequeña cantidad de dinero cada semana para comprar cuadernos y útiles. No era mucho, pero quería que sus hijos entendieran que la pobreza no debía convertirse en una excusa para abandonar sus sueños. Él mismo no había podido continuar estudiando y todavía sentía dolor cuando recordaba el día en que tuvo que dejar la escuela para ayudar a su familia. No quería que sus hijos vivieran exactamente la misma historia.

Una mañana, mientras caminaba hacia el campo, Ramón encontró un cuaderno casi nuevo entre las bolsas. Lo recogió, lo limpió cuidadosamente y lo llevó a casa.

—Para Julián.

El niño lo abrió con entusiasmo.

—¿Es mío?

—Sí.

—¿Dónde lo encontraste?

—En el campo.

Julián pasó las páginas.

—Está casi nuevo.

Ramón sonrió.

—A veces la basura todavía puede servir para algo.

Julián levantó la mirada.

—Como nosotros.

Ramón se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Que a veces otros creen que algo no sirve, pero sí sirve.

Ramón abrazó a su hijo.

—Exactamente.

La frase quedó flotando entre ellos durante unos segundos.

Más tarde, Ramón llevó aquella idea consigo al campo. Miró a los hombres que trabajaban agachados entre los residuos, a las mujeres que empujaban carros improvisados, a los jóvenes que habían dejado la escuela para ayudar a sus familias y a los niños que esperaban alguna oportunidad. Por primera vez comenzó a ver el lugar de una manera distinta. No veía solamente basura. Veía personas. Personas con nombres, historias, heridas, sueños y preguntas.

Aquella tarde decidió hacer algo que nunca había hecho.

Después de terminar su jornada, se acercó a varios trabajadores y les preguntó cómo estaban.

No les preguntó cuánto habían recogido.

No les preguntó cuánto pensaban vender.

Les preguntó cómo estaban.

Uno le contó que tenía problemas con su esposa. Otro habló de una deuda. Una mujer le dijo que estaba preocupada porque su hija quería abandonar la escuela. Ramón escuchó a todos sin ofrecer soluciones rápidas. Había aprendido que escuchar también era una manera de amar.

Cuando regresó a casa, le contó a Elena.

—Hoy entendí algo.

—¿Qué?

—Durante años pensé que todos acá necesitaban dinero.

—¿Y ahora?

—También necesitan que alguien los escuche.

Elena sonrió.

—Eso es más difícil.

—Sí.

—Pero quizá también más importante.

Ramón se quedó pensando.

Aquella noche abrió la Biblia y encontró nuevamente la historia del buen samaritano. La leyó lentamente. Ya había escuchado aquella historia antes, pero ahora le parecía diferente. Comprendió que el samaritano no solamente sintió compasión por el hombre herido. Se detuvo. Se acercó. Vendó sus heridas. Lo llevó a un lugar seguro y se ocupó de él.

Ramón cerró la Biblia.

—Julián.

—¿Sí?

—Creo que estoy entendiendo algo.

—¿Qué?

—La compasión no es solamente sentir pena por alguien.

—¿Qué es entonces?

—Acercarse.

Julián asintió.

—Como vos hiciste con Marta.

Ramón sonrió.

—Sí.

Al día siguiente, Ramón comenzó a acercarse todavía más a las personas del campo. No siempre hablaba de la Biblia. A veces simplemente ayudaba a cargar un carro, acompañaba a alguien hasta el centro de salud o compartía un poco de comida. En ocasiones se sentaba junto a un trabajador y escuchaba durante media hora sin mencionar siquiera a Jesús. Había comprendido que hablar del Evangelio no significaba pronunciar palabras religiosas en cada conversación. También significaba vivir de tal manera que las personas pudieran descubrir que algo había cambiado.

Una tarde encontró a Jacinto sentado solo.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Ramón se sentó a su lado.

—Cuando decís nada, generalmente pasa algo.

Jacinto soltó una risa amarga.

—Mi hermano murió.

Ramón guardó silencio.

—Lo siento.

—Hace tres días.

—¿Estabas con él?

—Sí.

Jacinto miró hacia el campo.

—Murió pobre.

Ramón no supo qué decir.

Jacinto apretó los labios.

—No quiero que me digas que Dios tiene un plan.

Ramón asintió.

—No te lo voy a decir.

—¿Entonces qué vas a decir?

Ramón respiró profundamente.

—Que lo siento. Y que si querés hablar, te escucho.

Jacinto lo miró durante largo rato.

—¿Y tu Jesús?

Ramón respondió con suavidad.

—También está acá.

Jacinto no dijo nada.

Ramón permaneció sentado junto a él.

No intentó explicar la muerte.

No intentó justificar el dolor.

Simplemente se quedó.

Cuando el sol comenzó a desaparecer, Jacinto dijo:

—¿Podés leerme algo?

Ramón sacó la Biblia.

—Sí.

—Algo que hable de la esperanza.

Ramón abrió el libro con manos temblorosas y comenzó a buscar.

Tardó unos minutos.

Finalmente encontró un pasaje.

—Creo que esto puede servir.

Jacinto asintió.

Ramón empezó a leer.

La voz le tembló al principio, pero poco a poco se afirmó. Jacinto escuchó en silencio. Cuando terminó, ninguno de los dos habló inmediatamente.

Después Jacinto dijo:

—Nunca pensé que iba a pedirte que me leyeras la Biblia.

Ramón sonrió ligeramente.

—Yo tampoco pensé que iba a terminar leyéndola.

Jacinto bajó la cabeza.

—Quizá tu tesoro no sea tan malo.

Ramón miró la Biblia.

—Todavía estoy descubriendo cuánto vale.

Aquella noche, mientras regresaba a su casa, Ramón sintió que algo había cambiado nuevamente. No sabía hasta dónde llegaría aquella pequeña historia iniciada con una caja de madera encontrada entre residuos, ni cuántas personas terminarían escuchando acerca del tesoro escondido en el campo, pero sabía que ya no podía guardar aquella noticia solamente para sí. El campo de basura seguía siendo un lugar duro, peligroso y lleno de necesidades, pero ahora Ramón caminaba por él con una convicción que no había tenido cuando comenzó a trabajar allí: aquellos hombres y mujeres no eran desperdicios humanos, sus hijos no estaban condenados a repetir sus historias y ninguna vida debía ser considerada inútil simplemente porque había sido golpeada por la pobreza. Cuando llegó a la casa, Julián salió corriendo para recibirlo y Elena estaba preparando la cena. Ramón dejó la Biblia sobre la mesa y miró a su familia con una gratitud que no podía explicar completamente. Había encontrado un tesoro en un lugar donde todos los demás solamente veían basura, pero ahora comenzaba a comprender que quizá la verdadera riqueza consistía en aprender a mirar como Jesús miraba, porque donde el mundo veía personas descartadas, Él veía hombres y mujeres que todavía podían ser encontrados, levantados, perdonados y transformados. Y Ramón, que durante tantos años había pensado que él mismo era uno de los olvidados, comenzaba a descubrir que el tesoro no solamente había cambiado su manera de mirar a Dios, sino también la manera en que miraba a cada persona que encontraba entre la basura.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 9

 

La búsqueda de Don Ernesto comenzó de una manera mucho menos sencilla de lo que Ramón había imaginado, porque una cosa era desear encontrar a un anciano cuyo nombre aparecía escrito en una Biblia y otra muy diferente descubrir dónde podía estar una persona de la que apenas conocía algunos datos. Ramón sabía que se llamaba Ernesto, que había recibido aquella Biblia de su padre cuando tenía quince años, que al momento de escribir la nota tenía ochenta años y que había decidido desprenderse del libro porque su vista ya no le permitía leerlo como antes, pero no conocía su apellido, no sabía dónde vivía, ignoraba qué barrio había producido la basura en la que había aparecido la caja y tampoco tenía ninguna idea de si aquel hombre seguía viviendo en la misma ciudad. Durante varios días pensó que quizá estaba persiguiendo una historia imposible, pero cada vez que miraba la primera página de la Biblia volvía a sentir la misma convicción: necesitaba encontrarlo. No quería devolverle el libro, porque ahora comprendía que aquel tesoro había llegado a su vida precisamente para ser compartido, pero sí quería estrechar la mano del hombre que había escrito aquellas palabras y decirle que la decisión que había tomado había tenido consecuencias que probablemente jamás habría imaginado. Por eso, una tarde se presentó nuevamente en la iglesia con la caja de madera bajo el brazo y la Biblia protegida dentro de una bolsa limpia, y encontró al pastor revisando unos papeles sobre una mesa.

—¿Encontraste algo? —preguntó Ramón apenas entró.

El pastor levantó la mirada.

—Encontré una posibilidad.

Ramón dejó la caja.

—¿Qué posibilidad?

—Hablé con un hombre que conoce bastante bien las empresas que trabajan con los residuos de la zona. Me dijo que la basura que llega al campo proviene de muchos lugares, pero que hay ciertos sectores donde se concentran las cargas de barrios determinados.

—¿Y eso ayuda?

—Puede ayudar. También me dijo algo más. Hace unos años había una asociación de vecinos de una zona residencial que llevaba alimentos y ropa a un hogar de ancianos. Tal vez podríamos averiguar si allí conocen a algún Ernesto de ochenta años.

Ramón sintió que una pequeña esperanza se encendía.

—¿Vamos?

El pastor sonrió.

—No hoy. Primero tenemos que preguntar un poco más.

Ramón asintió, aunque la espera le resultaba difícil. Había aprendido a esperar cuando se trataba de las cosas de Dios, pero esta vez sentía una impaciencia especial. Quería saber quién era aquel hombre y por qué había elegido precisamente una Biblia para esconderla entre los desperdicios. Quería preguntarle qué había significado para él durante tantos años, qué había encontrado en sus páginas cuando tenía quince años y por qué había pensado que alguien como Ramón podía necesitarla. Sobre todo, quería saber si Don Ernesto había imaginado alguna vez que el libro terminaría en manos de un hombre que apenas podía leer, que vivía entre basura y que durante años había creído que Dios estaba demasiado lejos de él.

Mientras la búsqueda avanzaba lentamente, la pequeña comunidad del campo seguía creciendo. Ya no era Ramón quien leía siempre. Teresa había comenzado a hacerlo con frecuencia, Julián continuaba enseñando a los niños y Jacinto había adquirido la costumbre de hacer preguntas que muchas veces obligaban a todos a pensar. Incluso algunas personas que al principio se habían burlado comenzaron a acercarse discretamente. Ramón se sentía agradecido, pero también empezaba a descubrir que cuando una persona comparte su fe con otros puede encontrarse con situaciones que no sabe resolver. Una tarde, por ejemplo, una mujer llegó llorando y le contó que su marido la había abandonado con tres hijos. Otra persona pidió dinero para pagar un alquiler atrasado. Un joven quería dejar de trabajar en el campo pero no encontraba otra ocupación. Ramón escuchaba a todos y hacía lo que podía, pero algunas noches regresaba a casa sintiendo que el peso de tantas necesidades era demasiado grande para sus hombros.

Una de esas noches se sentó junto a Elena después de acostar a los niños.

—No puedo ayudar a todos.

Elena continuó doblando ropa.

—No.

—A veces siento que todos vienen a mí porque creen que tengo respuestas.

—¿Y las tenés?

—No.

—Entonces deciles la verdad.

Ramón la miró.

—¿Cuál?

—Que no tenés todas las respuestas.

Él bajó la cabeza.

—Me cuesta.

—¿Por qué?

—Porque ahora que creen que sé de Jesús, esperan que sepa qué hacer.

Elena dejó la ropa sobre la mesa.

—Ramón, vos no sos Jesús.

Él sonrió.

—Ya lo sé.

—A veces parece que no.

Ramón soltó una carcajada.

—Tenés razón.

Elena se acercó.

—Vos encontraste una Biblia. Encontraste a Jesús. Empezaste a cambiar. Pero eso no significa que tengas que cargar con los problemas de todo el mundo.

Ramón permaneció en silencio.

—Podés escuchar —continuó ella—. Podés ayudar cuando puedas. Podés orar. Podés llevar a alguien a la iglesia. Pero también tenés que recordar que sos un hombre, no Dios.

Aquellas palabras le hicieron bien. Ramón comprendió que hasta su deseo de servir podía convertirse en una carga si olvidaba sus propios límites. Al día siguiente, cuando una persona le pidió ayuda con un problema que no podía resolver, Ramón respondió de una manera que meses atrás jamás habría imaginado.

—No sé cómo solucionarlo, pero puedo acompañarte a hablar con alguien que quizá pueda ayudarte.

No prometió más de lo que podía cumplir.

Y descubrió que eso también era parte de aprender a vivir con honestidad.

Un sábado por la mañana, el pastor llegó al campo acompañado por dos miembros de la iglesia. Traían varias cajas de alimentos y una cantidad de Biblias nuevas. Ramón los ayudó a descargarlas. Cuando terminó, el pastor lo llamó aparte.

—Tenemos una noticia.

—¿Encontraron a Don Ernesto?

—Todavía no.

Ramón sintió una pequeña decepción.

—Pero descubrimos algo.

El pastor sacó un papel.

—La empresa que recogió parte de los residuos de un barrio donde podría haber salido la caja tiene registros de una asociación vecinal. En esos registros aparece un hombre llamado Ernesto Salvatierra.

Ramón abrió los ojos.

—¿Es él?

—No sabemos.

—¿Qué edad tiene?

—Ochenta años.

Ramón sintió que el corazón le latía más fuerte.

—¿Dónde vive?

El pastor le mostró una dirección.

Ramón la repitió varias veces para memorizarla.

—¿Podemos ir?

—Sí, pero primero vamos a confirmar que sea la misma persona.

Ramón tomó aire.

—¿Y si es él?

—Entonces lo sabremos.

Durante todo el resto del día Ramón estuvo distraído. Trabajaba, pero su mente estaba en otra parte. Ernesto Salvatierra. Ochenta años. La misma edad de la nota. La coincidencia parecía demasiado grande para ignorarla. Sin embargo, Ramón se obligó a no adelantarse. Había aprendido que la esperanza también debía caminar junto a la paciencia.

Esa noche volvió a leer la nota.

"Recibí esta Biblia de mi padre cuando tenía quince años."

Ramón se preguntó qué habría vivido aquel muchacho a esa edad. Quizá su padre se la había entregado en un momento difícil. Quizá habían leído juntos. Quizá la Biblia había acompañado a Ernesto durante décadas. Tal vez había sido testigo de una muerte, de un matrimonio, de hijos nacidos, de enfermedades, de pérdidas y de momentos de alegría. Para Ramón comenzó a resultar casi increíble pensar que aquel libro había recorrido tantos años antes de terminar en sus manos.

Julián se sentó junto a él.

—¿Qué pensás?

—Que una Biblia puede viajar mucho.

—¿Cómo?

—De una persona a otra.

—Como ésta.

—Sí.

Julián miró la nota.

—¿Creés que Don Ernesto la tiró?

Ramón permaneció callado.

—No lo sé.

—¿Y si fue así?

—Entonces quiero preguntarle por qué.

—¿Estás enojado?

Ramón negó con la cabeza.

—No. Si no la hubiera tirado, yo nunca la habría encontrado.

Julián sonrió.

—Entonces hizo algo bueno.

Ramón lo miró.

—Quizá sin saber lo que iba a pasar.

Al día siguiente, Ramón y el pastor fueron a la dirección que habían conseguido. Era una zona muy diferente del lugar donde Ramón vivía. Las calles estaban pavimentadas, las casas tenían paredes firmes y había árboles en las veredas. Ramón sintió cierta incomodidad al caminar allí con sus botas gastadas y su ropa de trabajo. Durante un instante volvió a sentir aquella antigua idea de que Dios y las personas importantes pertenecían a lugares limpios y ordenados, pero enseguida recordó todo lo que había aprendido.

—¿Estás bien? —preguntó el pastor.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Solo estoy pensando.

Llegaron a una casa pequeña, aunque bien cuidada, con un jardín delantero. El pastor tocó el timbre. Nadie respondió. Volvió a tocar. Después de unos minutos apareció una mujer de unos cincuenta años.

—¿Sí?

El pastor explicó que buscaban a Ernesto Salvatierra.

La mujer se mostró sorprendida.

—¿Quiénes son ustedes?

—Venimos de una iglesia cercana. Estamos buscando a Don Ernesto por una cuestión relacionada con una Biblia.

La mujer frunció el ceño.

—¿Una Biblia?

Ramón dio un paso adelante.

—Encontré una.

La mujer miró a Ramón.

—¿Dónde?

—En un campo de basura.

El rostro de la mujer cambió.

—Entonces son ustedes.

Ramón sintió un estremecimiento.

—¿Qué quiere decir?

La mujer abrió un poco más la puerta.

—Mi padre habló de esa Biblia.

Ramón miró al pastor.

—¿Don Ernesto es su padre?

—Sí.

—¿Está aquí?

La mujer negó lentamente.

—No.

Ramón sintió que el corazón se le detenía por un instante.

—¿Dónde está?

—En un hogar de ancianos desde hace algunos meses.

—¿Está bien?

La mujer suspiró.

—Es un hombre fuerte, pero ya está muy mayor. Tiene problemas de vista y camina con dificultad. Desde que murió mi madre se fue debilitando bastante.

Ramón bajó la mirada.

—¿Él escribió esta nota?

Sacó la copia que llevaba.

La mujer la leyó.

—Sí. Reconozco su letra.

Ramón sintió una emoción profunda.

—Entonces es él.

La mujer lo miró.

—¿Qué hizo mi padre con la Biblia?

Ramón respondió con sinceridad.

—La encontró alguien que la tiró... y después la encontré yo.

La mujer pareció desconcertada.

—¿Mi padre la tiró?

—Eso creemos.

—Sí, puede ser. Él me dijo que quería que alguien la encontrara.

Ramón abrió los ojos.

—¿Lo dijo?

—Sí. Hace unos meses me habló de eso. Me dijo que ya no podía leerla bien y que no quería que terminara olvidada en un armario.

Ramón sintió que una pieza del misterio comenzaba a encajar.

—¿Por qué la tiró en la basura?

La mujer sonrió con cierta tristeza.

—Porque dijo que quería esconderla donde alguien que necesitara esperanza pudiera encontrarla.

Ramón permaneció inmóvil.

Aquella frase confirmó algo que durante semanas solamente había sospechado.

—¿Él sabe quién la encontró?

—No.

—¿Podemos verlo?

La mujer dudó.

—Supongo que sí.

Ramón sintió que la emoción le cerraba la garganta.

—Quiero darle las gracias.

La mujer observó su rostro.

—¿Qué pasó cuando la encontraste?

Ramón tardó unos segundos en responder.

—Me cambió la vida.

La mujer quedó en silencio.

—Entonces creo que a mi padre le gustaría escucharlo.

Antes de marcharse, les indicó el nombre del hogar donde se encontraba Ernesto y les explicó que podían visitarlo al día siguiente. Ramón salió de aquella casa con el pastor y caminó unos metros sin hablar.

—¿Qué estás pensando? —preguntó el pastor.

Ramón miraba hacia adelante.

—Que Don Ernesto sabía lo que estaba haciendo.

—Parece que sí.

—No la tiró porque no la quisiera.

—No.

—La tiró porque quería que alguien la encontrara.

El pastor sonrió.

—Y alguien la encontró.

Ramón respiró profundamente.

—Yo.

—Sí.

—Pero todavía no entiendo por qué yo.

El pastor respondió con calma.

—Quizá no necesitás entenderlo todo.

Ramón asintió.

Aquella noche casi no pudo dormir. Pensaba constantemente en el encuentro que tendría al día siguiente. Imaginaba a un anciano de ochenta años, quizá sentado junto a una ventana, quizá sin recordar algunas cosas, quizá demasiado débil para mantener una conversación larga. Ramón tenía miedo de llegar demasiado tarde. También tenía miedo de no saber qué decir. Había imaginado durante semanas aquel momento, pero ahora que estaba cerca descubría que las palabras no aparecían con facilidad.

A la mañana siguiente, antes de salir, Julián se acercó.

—¿Vas a verlo?

—Sí.

—¿A Don Ernesto?

—Sí.

—Decile gracias de mi parte.

Ramón sonrió.

—Lo voy a hacer.

Elena le dio un abrazo.

—No tengas miedo.

—Tengo miedo.

—Entonces andá con miedo.

Ramón se rio.

—Eso ya me lo enseñaron.

—¿Quién?

—Jesús.

Salió de casa con la Biblia en una bolsa de tela. No quería llevarla para mostrársela a Don Ernesto como si fuera una propiedad. Quería que aquel anciano pudiera volver a verla. Quizá sería la última vez que la tendría entre sus manos.

Cuando llegaron al hogar de ancianos, una enfermera los condujo por un pasillo largo hasta una habitación donde un hombre mayor estaba sentado junto a una ventana. Tenía el cabello completamente blanco, un cuerpo delgado y un par de anteojos gruesos apoyados sobre el rostro. A su lado había un bastón.

El pastor se acercó primero.

—Don Ernesto.

El anciano levantó la cabeza.

—¿Sí?

—Venimos a hablarle de una Biblia.

Ernesto quedó inmóvil.

—¿La encontraron?

Ramón sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Sí.

El anciano miró hacia él.

—¿Vos?

Ramón asintió.

—Yo.

Ernesto extendió una mano temblorosa.

—Acercate.

Ramón se aproximó.

—¿Cómo te llamás?

—Ramón.

El anciano sonrió.

—Entonces el tesoro llegó donde tenía que llegar.

Ramón no pudo contener las lágrimas.

Sacó lentamente la Biblia de la bolsa y la colocó entre las manos del anciano.

Ernesto pasó los dedos sobre la tapa gastada.

—Pensé que quizá nunca sabría quién la había encontrado.

Ramón se sentó junto a él.

—Yo quería encontrarlo a usted.

—¿Por qué?

Ramón respiró profundamente.

—Porque quería darle las gracias.

El anciano levantó la mirada.

—¿Por qué?

Ramón sostuvo sus manos.

—Porque esta Biblia me enseñó que yo no era basura.

Ernesto cerró los ojos durante unos segundos.

—Entonces valió la pena.

Ramón lloró.

El anciano también.

Y mientras ambos permanecían en silencio, con la vieja Biblia entre sus manos, Ramón comprendió que finalmente había encontrado la respuesta a una pregunta que llevaba semanas haciéndose. El tesoro no había aparecido por casualidad en aquel campo de basura. Había sido colocado allí por un hombre que había pasado toda una vida descubriendo que las palabras de Dios podían sostener a una persona incluso cuando todo lo demás desaparecía. Ahora, después de tantos años, aquel tesoro había llegado a otro hombre que necesitaba exactamente lo mismo.

Pero Ramón todavía no sabía que la conversación que acababa de comenzar con Don Ernesto iba a revelar una historia mucho más profunda acerca de aquella Biblia, de la oración que había acompañado su despedida y del motivo por el cual el anciano había elegido precisamente un campo de basura para esconderla.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 10

 

Don Ernesto permaneció durante varios segundos con la Biblia apoyada sobre las piernas, acariciando con los dedos la tapa negra, gastada y marcada por los años, como si no estuviera tocando solamente un libro sino una parte de su propia historia que había regresado inesperadamente después de haberla dejado ir. Ramón lo observaba sin decir nada, porque comprendía que aquel momento pertenecía al anciano y que cualquier palabra apresurada podía romper algo que estaba ocurriendo en silencio. El pastor se había quedado unos pasos atrás, respetando la intimidad de ambos, mientras la luz de la tarde entraba por la ventana de la habitación y caía sobre las manos temblorosas de Don Ernesto. Finalmente, el anciano levantó la cabeza y miró a Ramón por encima de sus gruesos anteojos.

—Pensé muchas veces en este momento —dijo—, aunque no sabía si alguna vez iba a suceder.

—Yo también lo imaginé muchas veces —respondió Ramón—, pero nunca pensé que lo iba a encontrar así.

—¿Así cómo?

Ramón sonrió con cierta tristeza.

—Con usted sentado en una habitación y yo con la Biblia en las manos.

Don Ernesto soltó una pequeña risa.

—Yo imaginaba que quien la encontrara vendría a reclamarme algo.

—¿Qué podría reclamarle?

—No sé. Tal vez que había sido un irresponsable por tirar una Biblia a la basura.

Ramón negó con la cabeza.

—Yo no vine a reclamarle nada.

—Ya me lo dijiste.

—Vine a agradecerle.

El anciano bajó nuevamente la mirada hacia el libro.

—Entonces tengo que contarte por qué lo hice.

Ramón se acomodó en la silla. Había esperado aquella explicación desde el día en que encontró la caja, y ahora que finalmente estaba frente al hombre que podía dársela comprendió que no quería interrumpirlo. Don Ernesto respiró lentamente y comenzó a hablar con una voz débil, pero clara, que por momentos parecía recuperar la firmeza de un hombre mucho más joven.

—Mi padre me dio esta Biblia cuando yo tenía quince años. No era nueva. Ya había pertenecido a su padre, y antes de eso, según me contó, había sido de un amigo suyo. Cuando me la entregó, yo no entendía demasiado. Era un muchacho que pensaba que la vida consistía en trabajar, divertirse y hacer lo que uno quisiera mientras pudiera. Mi padre me dijo que algún día entendería que uno puede pasar toda la vida buscando cosas y terminar descubriendo que estaba buscando en el lugar equivocado.

Ramón sonrió.

—Eso me pasó a mí.

—A mí también.

—¿Cuándo lo entendió?

Don Ernesto se quedó pensando.

—No fue un solo día. La mayoría de las cosas importantes no suceden de esa manera. Durante años leí esta Biblia sin comprender todo lo que decía. Algunas cosas las entendí enseguida y otras tardaron décadas. Hubo momentos en que pensé que tenía mucha fe y después descubrí que solamente estaba tranquilo porque todo me iba bien. Hubo momentos en que creí que confiaba en Dios y luego llegó una dificultad y me di cuenta de que todavía quería controlar cada cosa. Con el tiempo aprendí que la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en seguir confiando cuando todavía no las tenemos.

Ramón escuchaba atentamente.

—¿Y qué pasó con su padre?

—Murió cuando yo tenía treinta y tantos años.

—¿Y la Biblia siguió con usted?

—Siempre.

Don Ernesto pasó una mano por la tapa.

—La llevé conmigo cuando me casé. La tuve en mi casa durante más de sesenta años. Mi esposa la conocía perfectamente. A veces se enojaba conmigo porque yo la dejaba abierta sobre la mesa y después ella tenía que apartarla para poner los platos.

Ramón sonrió.

—Elena se enoja conmigo por cosas parecidas.

—Entonces las esposas de hombres que leen la Biblia deben tener algo en común.

Ambos rieron.

Por primera vez desde que habían comenzado a hablar, Ramón sintió que la distancia entre ellos desaparecía. No eran un hombre pobre que vivía entre residuos y un anciano que había pasado su vida en otro ambiente. Eran dos hombres que habían aprendido, cada uno a su manera, que una misma palabra podía acompañar una existencia entera.

—¿Y su esposa?

El rostro de Don Ernesto cambió.

—Murió hace un año.

Ramón guardó silencio.

—Después de eso —continuó el anciano—, la Biblia empezó a pesarme de otra manera. No porque hubiera dejado de amarla, sino porque mis ojos ya no podían leerla bien. Tenía que acercarla demasiado, y las letras se confundían. Mi hija me consiguió una edición con letras grandes, y esa me ayuda bastante, pero yo no quería que esta terminara guardada en una caja. Pensé que quizá todavía podía cumplir una misión.

—Entonces decidió tirarla.

—Decidí esconderla.

Ramón levantó la mirada.

—¿Esconderla?

—Sí. Tirarla a la basura habría sido sencillo. Pero yo quería que alguien la encontrara. Por eso fabriqué la caja.

Ramón recordó la pequeña caja de madera y el candado oxidado.

—¿Usted la hizo?

—La hizo mi padre hace muchos años. Yo la había guardado en un depósito. Cuando decidí despedirme de la Biblia, pensé que era el lugar apropiado para protegerla un poco. Le puse el candado porque quería que quien la encontrara tuviera que hacer un esfuerzo para abrirla.

Ramón sonrió.

—Nosotros tuvimos que romperlo.

—Lo imaginé.

—Julián pensó que adentro podía haber dinero.

Don Ernesto soltó una carcajada.

—Entonces mi plan funcionó.

Ramón también rió.

—Al principio yo pensé lo mismo.

—¿Y qué encontraste?

Ramón miró la Biblia.

—Algo mucho más grande.

El anciano asintió lentamente.

—Eso esperaba.

Después se hizo un silencio largo. Don Ernesto parecía cansado y cerró los ojos unos instantes. Ramón pensó que quizá debían marcharse, pero el anciano volvió a hablar.

—Hay algo que nunca le conté a mi hija.

—¿Qué cosa?

—La razón exacta por la que elegí ese lugar.

Ramón esperó.

—No quería esconderla en cualquier basurero.

—¿Por qué?

—Porque durante muchos años conocí personas que se sentían como basura.

Aquellas palabras golpearon a Ramón de una manera especial.

—¿Personas pobres?

—Algunas. Pero no solamente pobres. Personas abandonadas, enfermas, ancianos que nadie visitaba, hombres que habían cometido errores y pensaban que ya no podían cambiar, mujeres que habían sido rechazadas por sus familias, muchachos que creían que no servían para nada. Durante un tiempo trabajé con una organización que visitaba barrios muy necesitados. Allí aprendí algo que tardé demasiado en comprender: cuando alguien se acostumbra a que los demás lo miren como si no valiera nada, termina creyéndolo.

Ramón bajó la cabeza.

—Yo lo creía.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

Don Ernesto lo miró fijamente.

—Porque así estaba escrito en tu cara cuando llegaste.

Ramón sonrió con tristeza.

—¿Mi cara?

—Sí. La cara de alguien que piensa que Dios tiene cosas más importantes que hacer que mirarlo a él.

Ramón no respondió.

—Yo también pensé eso alguna vez —añadió Don Ernesto—. No porque hubiera vivido en la pobreza, sino porque uno puede sentirse indigno incluso teniendo una casa, una familia y comida en la mesa. La basura no siempre está en las calles. A veces está en la memoria de una persona. A veces está en lo que otros le dijeron durante años.

Ramón recordó a varios de los hombres y mujeres del campo. Recordó a Jacinto después de la muerte de su hermano, a Teresa llorando mientras leía, a Rosa preguntando si Dios podía escucharla, a Lucía sosteniendo una Biblia como si hubiera encontrado algo que nadie le había ofrecido antes.

—¿Usted pensó en alguien específico cuando tiró la Biblia?

Don Ernesto asintió.

—Sí.

—¿En quién?

—En alguien que todavía no conocía.

Ramón frunció el ceño.

—No entiendo.

—Pensé en un hombre que alguna vez recogería esa Biblia entre cosas que otros habían considerado inútiles. Pensé que quizá sería alguien cansado, alguien que creyera que su vida no tenía valor. Pensé que quizá tendría hambre. Pensé que quizá llevaría ropa vieja y tendría las manos sucias. Pensé que quizá no habría terminado la escuela. Y le pedí a Dios que, cuando encontrara la Biblia, no solamente leyera sus páginas, sino que entendiera que para Dios él tenía un valor que ninguna persona podía quitarle.

Ramón sintió que las lágrimas le llenaban nuevamente los ojos.

—¿Usted oró por mí?

Don Ernesto sonrió.

—No sabía tu nombre.

—Pero oró por alguien como yo.

—Sí.

Ramón se inclinó hacia adelante.

—Entonces Dios escuchó.

Don Ernesto cerró los ojos.

—Eso parece.

El silencio que siguió fue diferente de los anteriores. Ramón ya no estaba simplemente escuchando una historia. Sentía que de alguna manera había sido incluido en una oración pronunciada antes de que él supiera que existía.

—¿Cuándo la tiró? —preguntó.

—Hace unos dos meses.

Ramón calculó mentalmente.

—Más o menos cuando la encontré.

—Lo sé por la fecha que le dije a mi hija.

—¿Y usted supo que alguien la había encontrado?

—No.

—¿Entonces cómo sabía que yo vendría?

—No lo sabía.

Ramón sonrió.

—Yo pensé que usted había planeado todo.

—Planeé la Biblia. No planeé tu llegada.

Aquella respuesta hizo reír a Ramón.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Porque si usted hubiera planeado todo, tendría que preguntarle muchas cosas.

Don Ernesto sonrió.

—Preguntame.

Ramón lo pensó.

—¿Por qué una Biblia?

El anciano respondió sin dudar.

—Porque quería dejar un mensaje que no dependiera de mí. Si hubiera dejado dinero, alguien lo habría gastado. Si hubiera dejado comida, se habría terminado. Si hubiera dejado una carta con mis propias palabras, quizá alguien la habría leído y olvidado. Pero la Biblia contiene palabras que me acompañaron durante más de sesenta años. Yo quería que alguien encontrara algo que no dependiera de lo que yo pudiera hacer por él.

Ramón miró el libro.

—Y funcionó.

—Contame.

Ramón comenzó entonces a relatar todo lo que había ocurrido desde aquel día. Le habló de Julián leyendo la primera nota, de Elena dudando pero escuchando, de las primeras preguntas que surgieron en la familia, de cómo había comenzado a comprender las palabras de Jesús, de Samuel, de Marta, de Jacinto, de Teresa, de Rosa y de Lucía. Le habló también de sus propias luchas, de las veces que había tenido miedo, de las ocasiones en que no sabía qué hacer y de cómo había aprendido que creer en Dios no significaba dejar de enfrentar las dificultades. Don Ernesto escuchaba sin interrumpir, y de vez en cuando asentía o sonreía. Cuando Ramón terminó, el anciano permaneció callado durante unos instantes.

—Entonces la Biblia no se quedó solamente con vos.

—No.

—Eso era lo que esperaba.

—Pero yo tampoco sabía cómo compartirla.

—Nadie sabe al principio.

—Ahora tenemos varias Biblias nuevas.

Don Ernesto levantó las cejas.

—¿Varias?

—El pastor consiguió algunas y las llevó al campo. Teresa ya lee para otros. Julián enseña a los niños. Hay gente que está empezando a leer por su cuenta.

El anciano miró hacia la ventana.

—Entonces el tesoro se está multiplicando.

Ramón recordó exactamente aquella frase que había dicho semanas atrás.

—Sí.

Don Ernesto se acomodó en la silla.

—Ramón, quiero pedirte algo.

—Lo que sea.

—No dejes que conviertan esto en una historia sobre mí.

Ramón lo miró sorprendido.

—¿Cómo?

—No quiero que la gente diga: "Qué hombre tan bueno fue Don Ernesto". Si la historia termina ahí, no sirve de mucho. Yo solamente puse una Biblia en un lugar donde alguien pudiera encontrarla. El mérito no está en mí.

—Pero usted hizo algo importante.

—Sí, pero lo importante es lo que Dios hizo después.

Ramón asintió lentamente.

—Entiendo.

—Y tampoco quiero que pienses que porque encontraste un tesoro tu vida va a ser fácil.

Ramón sonrió.

—Eso ya lo aprendí.

—La fe no te va a quitar todas las enfermedades. No va a llenar mágicamente tu casa de dinero. No va a impedir que algún día tengas que llorar. No va a hacer que todos te respeten. Pero puede cambiar la manera en que atravesás esas cosas.

Ramón pensó en Ana enferma, en la muerte del hermano de Jacinto, en sus propios temores y en las dificultades diarias.

—Eso es lo que estoy descubriendo.

Don Ernesto tomó aire.

—Entonces estás aprendiendo bien.

Cuando llegó el momento de despedirse, Ramón sintió que no quería marcharse.

—¿Puedo volver?

—Claro.

—Voy a traer a Julián.

—Quiero conocerlo.

Ramón sonrió.

—Y a Elena.

—También.

Don Ernesto le devolvió la Biblia.

—Llevátela.

Ramón dudó.

—Pensé que quizá usted quería conservarla.

—Ya la conservé durante sesenta años. Ahora es tuya.

—Pero...

—Ramón, una cosa que aprendí leyendo este libro es que algunas cosas no fueron hechas para guardarlas.

Ramón recibió la Biblia con ambas manos.

—La voy a cuidar.

—No.

Ramón lo miró sorprendido.

—¿No?

—No la cuides demasiado. Usala.

Ramón sonrió.

—Eso voy a hacer.

Al salir del hogar, caminó junto al pastor en silencio. La Biblia pesaba poco en sus manos, pero aquella tarde le parecía más valiosa que nunca. Ya no era solamente el libro encontrado en una caja oxidada. Ahora conocía parte de su historia. Sabía que había pertenecido a un muchacho de quince años, que había acompañado a un hombre durante más de seis décadas y que había sido colocada deliberadamente entre los desperdicios con una oración detrás de ella. Sin embargo, mientras avanzaba hacia la calle, Ramón comenzó a pensar en algo que no había mencionado durante la conversación.

—Pastor.

—¿Sí?

—Don Ernesto dijo que quería que alguien encontrara la Biblia.

—Sí.

—Pero nosotros encontramos otras Biblias después.

El pastor lo miró.

—¿Qué estás pensando?

Ramón apretó la Biblia contra el pecho.

—Que quizá no deberíamos esperar a que alguien encuentre otra por casualidad.

El pastor comprendió poco a poco.

—¿Qué querés hacer?

Ramón miró hacia el horizonte.

—No lo sé todavía.

Pero aquella misma noche, al regresar al campo de basura, Ramón vio las montañas de residuos bajo la luz débil de los focos y comprendió que por primera vez ya no las veía solamente como un lugar donde hombres y mujeres buscaban cosas para vender. Ahora veía también un territorio lleno de personas que podían estar esperando algo que ni siquiera sabían nombrar. Recordó las palabras de Don Ernesto y pensó en todos aquellos que se sentían descartados, en quienes llegaban al campo después de haber sido despedidos, abandonados o humillados, en los ancianos que recogían cartón, en las madres que separaban botellas mientras sus hijos jugaban cerca, en los jóvenes que no encontraban otra oportunidad y en quienes, como él mismo había hecho durante años, caminaban entre toneladas de basura creyendo que su propia vida tenía el mismo valor que aquello que recogían. Entonces comprendió que quizá el siguiente paso no consistía simplemente en contar que había encontrado un tesoro, sino en hacer algo para que otros pudieran encontrarlo también.

Cuando llegó a su casa, Julián salió corriendo.

—¿Lo viste?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Y?

—Tenías razón.

—¿En qué?

—Es un hombre que sabe mucho.

Julián abrió los ojos.

—¿Te contó por qué puso la Biblia ahí?

Ramón miró a Elena, que había salido detrás del niño.

—Sí.

—¿Por qué?

Ramón dejó la Biblia sobre la mesa.

—Porque estaba orando por alguien que se sintiera como basura.

Julián se quedó quieto.

Elena comprendió inmediatamente lo que aquellas palabras significaban.

—¿Por vos?

Ramón asintió.

—Por mí.

Julián se acercó a la mesa.

—Entonces Dios sabía que ibas a encontrarla.

Ramón miró a su hijo.

—Sí. Pero también aprendí algo más.

—¿Qué?

Ramón tomó la Biblia y la abrió.

—Que si Dios puede usar una Biblia vieja, una caja rota y un hombre como yo, también puede usar cualquiera de nosotros.

Julián sonrió.

—¿Incluso a mí?

—Especialmente a vos.

Elena se acercó y apoyó una mano sobre el hombro de Ramón.

—¿Y ahora qué?

Ramón miró a su familia, luego la Biblia y finalmente la oscuridad que se extendía detrás de la pequeña ventana de la casa. Pensó en Don Ernesto, en su oración y en aquella frase que todavía resonaba dentro de él: algunas cosas no fueron hechas para guardarlas. Entonces tomó una decisión que todavía no sabía cómo llevaría adelante, pero que ya no podía apartar de su corazón.

—Ahora tenemos que pensar en cuántas personas todavía están buscando el tesoro sin saber que existe.

Y aquella noche, mientras Ramón, Elena y sus hijos se sentaban alrededor de la vieja mesa, la Biblia permaneció abierta entre ellos, no como un objeto que debía conservarse intacto, sino como una puerta que acababa de abrirse hacia una tarea mucho más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 11

 

Durante los días que siguieron a la visita de Ramón al hogar donde vivía Don Ernesto, algo comenzó a cambiar en el campo de basura, aunque desde afuera nadie habría podido descubrirlo. Las mismas montañas de residuos seguían extendiéndose bajo el cielo gris de las mañanas, los camiones continuaban llegando con su carga de bolsas rotas, cartones mojados, restos de comida y objetos que en otros lugares habían dejado de ser útiles, y los hombres y mujeres que trabajaban allí seguían levantándose antes del amanecer para buscar aquello que pudiera venderse, repararse o aprovecharse. Ramón seguía empujando su viejo carro con las ruedas de bicicleta, seguía regresando a casa con las manos sucias y la espalda dolorida, y seguía contando las monedas antes de entregárselas a Elena para comprar comida, pero dentro de él había aparecido una inquietud nueva que no desaparecía cuando comenzaba la jornada ni cuando terminaba. Ya no podía mirar una bolsa abandonada sin pensar que quizá, entre aquellas cosas que alguien había considerado inútiles, podía encontrarse algo capaz de cambiar una vida. No necesariamente otra Biblia, porque había entendido que el verdadero tesoro no consistía en encontrar un objeto determinado, sino en descubrir las palabras que hablaban de Dios y de su amor, pero tampoco podía dejar de pensar en las personas que todavía caminaban entre los residuos sintiéndose olvidadas. Desde que había hablado con Don Ernesto, Ramón tenía la sensación de que la oración de aquel anciano no había terminado al encontrarlo a él, sino que apenas había comenzado a producir sus primeros frutos.

Una mañana, mientras separaba botellas de plástico de una enorme bolsa negra, Jacinto se acercó con una expresión distinta a la habitual. Durante las últimas semanas había cambiado su manera de tratar a Ramón. Ya no se burlaba de sus conversaciones sobre Jesús y tampoco hacía comentarios irónicos cuando veía la Biblia bajo su brazo. No se había convertido de repente en un hombre diferente ni había dejado de tener dudas, pero había empezado a escuchar, y para Ramón aquello tenía más valor que cualquier declaración apresurada. Jacinto dejó caer una caja de cartón junto al carro y se quedó mirando la Biblia que Ramón había apoyado sobre una parte seca del suelo.

—¿Seguís llevando ese libro a todas partes?

—Casi.

—¿No tenés miedo de que se arruine?

—Claro que sí, pero Don Ernesto me dijo que no la cuidara demasiado.

—¿Cómo que no la cuidaras?

—Que la usara.

Jacinto soltó una risa.

—Ese viejo debe ser bastante raro.

—Un poco.

—¿Y qué más te dijo?

Ramón siguió trabajando mientras respondía.

—Me contó que la recibió de su padre cuando tenía quince años y que la conservó durante más de sesenta años. Me dijo que cuando ya no pudo leerla bien pensó que debía entregársela a alguien.

—Y por eso la tiró acá.

—Sí.

Jacinto permaneció unos segundos en silencio.

—¿Y por qué acá?

Ramón levantó la cabeza.

—Porque quería que la encontrara alguien que se sintiera sin valor.

Jacinto miró alrededor. El campo parecía más inmenso que nunca bajo la claridad de la mañana.

—Entonces tuvo bastante para elegir.

Ramón dejó de trabajar.

—Sí.

Jacinto bajó la mirada.

—A veces yo me siento así.

Ramón no respondió inmediatamente. Ya había aprendido que algunas confesiones necesitaban silencio antes que consejos. Jacinto tomó otra caja y comenzó a aplastarla con el pie.

—Desde que murió mi hermano, no sé qué hacer conmigo mismo. Antes trabajaba, volvía a casa, hablaba con él, nos peleábamos por cualquier tontería, después nos reíamos y al día siguiente empezábamos otra vez. Ahora vuelvo y la casa parece más grande. Hay cosas suyas por todos lados. La silla donde se sentaba, una camisa que todavía no pude tirar, sus herramientas. Y me pregunto para qué sigo levantándome.

Ramón dejó el cartón.

—Porque todavía estás acá.

—Eso no me alcanza.

—A mí tampoco me alcanzaba antes.

Jacinto lo miró.

—¿Y qué cambió?

Ramón tomó la Biblia.

—Descubrí que mi vida no empieza ni termina con lo que tengo o con lo que otros piensan de mí. No puedo explicarte todo, Jacinto, pero sé que Jesús me hizo entender que Dios no se olvidó de mí.

—¿Y de mi hermano?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Ramón sintió el peso de aquella responsabilidad y recordó algo que Don Ernesto le había dicho: la fe no significa tener todas las respuestas. Por eso no intentó fabricar una explicación que no poseía.

—No sé responderte todo —dijo finalmente—. Pero sí sé que Jesús habló de vida eterna y de esperanza. Y sé que Dios no mira a tu hermano como lo miraría alguien que simplemente desapareció del mundo.

Jacinto tragó saliva.

—¿Podés leerme algo?

Ramón abrió la Biblia y buscó lentamente una de las páginas marcadas. Jacinto se sentó sobre un bloque de cemento mientras Ramón leía. No hablaron mucho después de eso, pero cuando Jacinto se levantó ya no parecía estar buscando una respuesta inmediata, sino dispuesto a continuar buscando. Para Ramón aquello era suficiente. Había aprendido que la fe no siempre llegaba a una persona como una puerta que se abría de golpe; algunas veces aparecía como una pequeña grieta por donde comenzaba a entrar luz.

Ese mismo día, al regresar a su casa, Ramón encontró a Julián sentado frente a la mesa con varios niños alrededor. Había conseguido unos cuadernos usados que la iglesia había llevado y había organizado una pequeña clase de lectura. Mateo estaba allí, aunque parecía más interesado en dibujar que en leer, y Ana se encontraba a un lado, hojeando un libro infantil con las páginas dobladas. Elena estaba preparando la comida y observaba la escena con una mezcla de cansancio y orgullo.

—Llegaste justo a tiempo —dijo ella.

—¿Para qué?

—Para ver lo que está haciendo tu hijo.

Ramón miró a Julián.

—¿Qué estás haciendo?

—Les estoy enseñando a leer.

—¿Quién te dijo que podías?

Julián levantó los hombros.

—Nadie. Pero yo sé leer mejor que ellos.

Ramón sonrió.

—Eso no significa que seas maestro.

—Todavía no.

Elena soltó una pequeña carcajada.

—Dice que quiere serlo.

Ramón se sentó junto a ellos.

—¿Y qué vas a enseñarles?

—Primero las letras. Después palabras. Después quiero enseñarles a leer la Biblia.

Ramón sintió un orgullo profundo, pero también recordó algo que le había dicho a Don Ernesto: el tesoro no debía quedarse guardado. Miró a su hijo y comprendió que aquello ya estaba sucediendo de una manera que él no había planeado. La Biblia había llegado a Ramón, Ramón había llegado a sus hijos, y ahora sus hijos estaban llevando lo aprendido a otros niños.

—Entonces vas a necesitar muchos libros.

—Sí.

—Y muchos cuadernos.

—Sí.

—Y paciencia.

Julián lo miró con seriedad.

—También.

Ramón se echó a reír.

—Entonces estás empezando bien.

Aquella noche, después de cenar, Ramón habló con Elena acerca de Don Ernesto. Le contó que el anciano había orado durante años por alguien que encontraría la Biblia, aunque nunca había sabido quién sería. Elena escuchó mientras doblaba unas prendas.

—Debe haber sido extraño para él verte.

—Sí.

—¿Y para vos?

—Más extraño todavía.

—¿Qué pensaste cuando te dijo que había orado por alguien como vos?

Ramón tardó en responder.

—Pensé que quizá durante mucho tiempo yo había estado mirando mi vida desde el lugar equivocado.

Elena dejó la ropa sobre la mesa.

—¿Cómo?

—Yo pensaba que Dios miraba desde arriba y veía nuestras casas, nuestra ropa, nuestro trabajo y nuestra pobreza, y que probablemente prefería mirar para otro lado. Ahora estoy empezando a entender que Dios mira a las personas antes que a las cosas.

Elena lo observó en silencio.

—Eso es lo que te está cambiando.

—Sí.

—Pero no quiero que olvides algo.

—¿Qué?

—Que nosotros seguimos teniendo que pagar la comida mañana.

Ramón sonrió.

—No lo olvido.

—Ni el alquiler.

—Tampoco.

—Ni las medicinas cuando alguien se enferma.

—Eso tampoco.

Elena se acercó y se sentó frente a él.

—Me alegra que tengas fe, Ramón. Mucho. Pero quiero que sigamos siendo nosotros. No quiero que empieces a pensar que por creer en Dios tenemos que dejar de trabajar, de preocuparnos o de buscar una vida mejor.

Ramón tomó su mano.

—No quiero eso.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Creo que la fe me está enseñando precisamente lo contrario.

—¿Qué cosa?

—Que tengo que hacer mejor lo que puedo hacer, ayudar más y quejarme menos.

Elena sonrió.

—No te prometo que voy a dejar de recordarte cuando te quejás.

—No esperaba milagros tan grandes.

Ambos rieron, y durante unos instantes la pequeña casa se llenó de una alegría sencilla que no dependía de que hubiera abundancia en la mesa.

Dos días después, Ramón volvió al hogar de Don Ernesto acompañado por Julián. El niño estaba nervioso. Había imaginado muchas veces al hombre que había dejado la Biblia en el campo, pero no sabía qué decirle. Cuando entraron en la habitación, Don Ernesto levantó la cabeza y, al ver al muchacho, sonrió.

—Así que vos sos Julián.

—Sí, señor.

—El que encontró el tesoro conmigo sin saberlo.

Julián se sonrojó.

—Yo pensé que podía haber dinero.

Don Ernesto rió.

—Eso también me contaron.

Ramón se sentó mientras Julián se acercaba a la cama.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Todo lo que quieras.

—¿Por qué escribió esa nota?

Don Ernesto miró a Ramón.

—Porque quería que quien encontrara la Biblia supiera que no había sido un accidente.

Julián asintió.

—¿Usted sabía que iba a encontrarla mi papá?

—No. Pero esperaba que fuera alguien que necesitara escuchar lo que Dios tenía que decirle.

—Mi papá necesitaba mucho.

Don Ernesto miró a Ramón.

—Eso parece.

—Antes decía que Dios no vivía donde nosotros vivimos.

El anciano permaneció callado.

—¿Y ahora qué dice?

Ramón respondió:

—Ahora digo que Dios puede encontrarnos en cualquier lugar.

Don Ernesto sonrió.

—Entonces la Biblia hizo su trabajo.

Julián sacó de su mochila un cuaderno.

—Yo también quiero hacer algo.

—¿Qué?

—Estoy enseñando a leer a los niños del campo.

Los ojos del anciano se iluminaron.

—¿Y les enseñás la Biblia?

—Todavía no a todos. Primero tienen que aprender a leer.

Don Ernesto extendió una mano y tomó la del niño.

—Nunca pienses que enseñar a alguien a leer es una cosa pequeña. Tal vez un día alguien pueda leer por sí mismo las palabras que cambien su vida.

Ramón observó aquella escena y comprendió que había algo más profundo ocurriendo. Don Ernesto había entregado una Biblia; Ramón había encontrado una esperanza; Julián estaba aprendiendo a compartirla. El tesoro comenzaba a tomar formas que ninguno de ellos había previsto.

Antes de despedirse, Don Ernesto llamó a Ramón.

—Quiero hablarte de algo.

—Claro.

—He estado pensando desde que viniste.

—¿En qué?

—En lo que me contaste sobre el campo.

Ramón se acercó.

—¿Sobre qué parte?

—Sobre todas esas personas que están empezando a reunirse. Dijiste que algunos todavía no tienen Biblia.

—Sí.

—¿Cuántos son?

Ramón pensó.

—No sé exactamente. Cada semana aparece alguien nuevo.

—¿Y cuántas Biblias tienen?

—Algunas. No suficientes.

Don Ernesto quedó pensativo.

—Entonces tendremos que hacer algo.

Ramón esperó.

—¿Qué cosa?

—Conseguir más.

—Eso sería maravilloso, pero no quiero que usted gaste dinero que necesita para sus cosas.

El anciano negó con la cabeza.

—No estoy hablando de gastar lo poco que me queda. Estoy hablando de algo que llevo pensando desde hace años.

—¿Qué?

Don Ernesto señaló un armario pequeño.

—Tengo algunos ahorros. No son muchos. Pero también conozco personas que podrían ayudar. Quiero comprar Biblias.

Ramón se quedó inmóvil.

—¿Cuántas?

Don Ernesto sonrió.

—Las suficientes para que nadie tenga que esperar a encontrar una entre la basura.

Aquella frase quedó grabada en Ramón.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Pero...

—Ramón, cuando te di aquella Biblia sin saber quién la encontraría, yo no sabía que un día estaría hablando con vos. Ahora sé algo que antes solamente podía imaginar: hay muchas personas que necesitan encontrar el tesoro.

Ramón bajó la mirada.

—No sé cómo agradecerle.

—No me agradezcas. Ayudame.

—¿A hacer qué?

Don Ernesto sostuvo su mirada.

—A llevarlas donde hacen falta.

Durante el viaje de regreso, Ramón permaneció en silencio. Julián iba sentado a su lado, abrazando el cuaderno, mientras el pastor conducía. Afuera, la ciudad pasaba lentamente detrás de las ventanas y Ramón pensaba en lo que Don Ernesto acababa de proponer. Cien Biblias. Tal vez más. El número todavía no estaba decidido, pero por primera vez podía imaginar algo que semanas atrás habría considerado imposible: que las mismas personas que vivían entre los residuos pudieran recibir una Biblia nueva, no encontrada por casualidad, no húmeda ni rota, no abandonada por alguien que ya no la quería, sino entregada expresamente porque alguien creía que ellas merecían tenerla. Aquella diferencia parecía pequeña, pero para Ramón era enorme. Durante años había recibido objetos usados porque era lo que podía permitirse. Ahora alguien estaba diciendo que esas personas podían recibir algo nuevo.

Al llegar al campo, Ramón vio a Teresa junto a Rosa y a otros trabajadores. Jacinto estaba un poco más lejos, separando metales. Ramón levantó la mano para saludarlos, pero no les contó todavía el plan. Quería esperar a que estuviera confirmado. Sin embargo, aquella noche, mientras se sentaban alrededor de una mesa improvisada, Ramón no pudo contenerse completamente.

—Hay algo que quizá va a pasar.

Teresa lo miró.

—¿Qué?

—Don Ernesto quiere conseguir Biblias para nosotros.

Rosa abrió los ojos.

—¿Para todos?

—Para los que las necesiten.

Jacinto se acercó.

—¿El viejo de la residencia?

—Sí.

—¿Y por qué haría eso?

Ramón respondió con una sonrisa.

—Porque parece que él también encontró un tesoro hace muchos años.

Jacinto cruzó los brazos.

—¿Y qué tesoro encontró?

Ramón levantó la Biblia.

—Este.

Nadie se burló. Nadie hizo un comentario. Durante unos segundos todos permanecieron mirando el libro, mientras el ruido de los camiones y el viento sobre las chapas llenaban el espacio alrededor de ellos. Entonces Teresa habló.

—Si llegan esas Biblias, yo quiero una.

—¿Para vos?

—Sí. Quiero aprender a leerla sola.

Rosa levantó la mano.

—Yo también.

Jacinto permaneció callado.

Ramón lo miró.

—¿Y vos?

Jacinto tardó en contestar.

—Yo no sé si puedo entenderla.

—No tenés que entenderla toda de una vez.

—¿Y si no creo?

Ramón sonrió.

—Entonces empezás leyendo.

Jacinto bajó la mirada.

—Bueno.

Fue una palabra pequeña, pero Ramón comprendió que algunas veces una palabra pequeña podía contener el principio de una historia enorme.

Aquella noche, después de que todos se marcharan, Ramón quedó solo frente a su casa. Elena había acostado a los niños y Julián había dejado sobre la mesa el cuaderno con las primeras palabras que estaba enseñando a leer. Ramón abrió su Biblia y contempló durante unos instantes las páginas gastadas. Pensó en el muchacho de quince años que la había recibido de su padre, en el hombre de ochenta años que había decidido entregarla, en la oración que había pronunciado sin conocerlo, en la caja de madera que había viajado hasta el campo de basura y en todos aquellos que ahora comenzaban a acercarse. Entonces comprendió que la historia de aquella Biblia todavía estaba lejos de terminar. Don Ernesto había creído que la misión del libro sería encontrar a una sola persona, pero la providencia de Dios parecía estar llevando la historia mucho más lejos. Ramón cerró los ojos y oró en voz baja, sin palabras complicadas y sin intentar hablar como alguien que sabía más de lo que realmente sabía.

—Señor, si esto viene de vos, ayudanos a hacerlo bien. No quiero que nadie piense que somos importantes por tener una Biblia. Quiero que entiendan que vos los amás. Y si podemos ayudar a alguien, mostrarnos cómo.

Cuando terminó, no sintió ninguna voz ni vio ninguna señal extraordinaria. Solo escuchó el ruido lejano de un camión descargando residuos y el viento golpeando una lámina de metal. Pero sonrió, porque ya había aprendido que la fe no siempre llegaba acompañada de algo espectacular. A veces era simplemente levantarse al día siguiente y seguir caminando. A veces era compartir una Biblia. A veces era enseñar a leer. A veces era sentarse junto a un hombre que sufría y admitir que uno no tenía todas las respuestas. Y a veces era aceptar que el tesoro que uno había encontrado no había sido puesto en sus manos para quedarse allí, sino para pasar de unas manos a otras hasta alcanzar a personas que todavía no sabían que estaban siendo buscadas.

Ramón guardó cuidadosamente la Biblia dentro de una bolsa limpia, apagó la lámpara y entró en su casa. Afuera, el campo de basura continuaba extendiéndose bajo la oscuridad, enorme, silencioso por momentos y ruidoso en otros, lleno de objetos descartados y de historias que nadie conocía. Pero aquella noche, por primera vez, Ramón no pensó que aquel lugar fuera solamente el sitio donde terminaban las cosas que el mundo ya no quería. Pensó también que podía convertirse en el lugar donde muchas personas comenzaran a descubrir que ellas mismas no habían sido descartadas por Dios.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 12

 

Durante las semanas siguientes, la vida de Ramón adquirió un ritmo diferente porque, aunque las dificultades de siempre seguían presentes y nada había cambiado de manera extraordinaria en las condiciones materiales de su familia, algo nuevo había comenzado a ocupar sus pensamientos. Cada mañana, cuando se levantaba antes del amanecer y salía con el carro hacia el campo de basura, llevaba consigo la Biblia que Don Ernesto le había entregado, protegida dentro de una bolsa de plástico para evitar que la humedad la dañara, y mientras caminaba entre las montañas de residuos pensaba en aquella conversación que había tenido con el anciano. Don Ernesto había prometido conseguir Biblias, y Ramón no sabía exactamente cuándo llegarían ni cuántas serían, pero había aprendido a no confundir una promesa con algo que ya se posee. Por eso continuaba trabajando, recogiendo cartón, separando metales, cargando botellas y buscando aquello que pudiera vender, mientras en el fondo de su corazón esperaba. Elena, por su parte, había comenzado a hablar con las mujeres de la pequeña iglesia acerca de las necesidades de las familias del campo, Julián seguía enseñando a leer a los niños y cada vez había más personas que se acercaban a Ramón para pedirle que les explicara alguna parte de la Biblia. Incluso Jacinto había dejado de esconder su curiosidad y, algunas tardes, se sentaba junto al grupo y escuchaba sin hacer comentarios. El cambio no había sido repentino ni uniforme, pero el campo de basura ya no parecía exactamente el mismo, porque allí donde antes solo había trabajadores preocupados por conseguir suficiente material para vender, ahora también había personas que comenzaban a hacerse preguntas sobre Dios, sobre el sentido de sus vidas y sobre una esperanza que hasta entonces les había parecido reservada para otros.

Una mañana, cuando el cielo todavía estaba oscuro y Ramón acababa de comenzar a separar una pila de bolsas húmedas, escuchó el ruido de un vehículo que no reconoció. Levantó la cabeza y vio una camioneta acercándose lentamente por el camino de tierra. Pensó que podía tratarse de alguien de la municipalidad o de alguna persona que venía a buscar un objeto perdido, pero cuando el vehículo se detuvo y se abrió la puerta del acompañante, reconoció al pastor. Detrás de él descendieron dos hombres de la iglesia y, finalmente, con la ayuda de un bastón, apareció Don Ernesto. Ramón se quedó inmóvil, incapaz de creer que aquel anciano hubiera recorrido el camino hasta el campo de basura. Don Ernesto llevaba ropa sencilla, un abrigo oscuro y sus gruesos anteojos, y aunque parecía cansado, había una expresión de alegría en su rostro que hizo que Ramón dejara inmediatamente el trabajo y se acercara.

—¿Qué hace usted acá?

Don Ernesto sonrió.

—Vine a buscar el tesoro.

Ramón miró alrededor.

—¿Cuál?

—El que encontraste.

Ramón soltó una carcajada y lo abrazó con cuidado. Don Ernesto correspondió al abrazo, y durante unos segundos ninguno de los dos habló. Los trabajadores que estaban cerca comenzaron a acercarse, algunos por curiosidad y otros porque ya conocían la historia del anciano que había dejado la Biblia en el campo. Jacinto apareció detrás de una montaña de cartones y se quedó observando. Teresa llegó poco después, seguida por Rosa y varios niños. Don Ernesto miró a todas aquellas personas y luego a Ramón.

—¿Son ellos?

—Algunos —respondió Ramón—. Cada semana vienen más.

El anciano recorrió el lugar con la mirada y respiró profundamente.

—Entonces no me equivoqué.

—¿En qué?

—En esconder la primera Biblia aquí.

Ramón señaló la camioneta.

—¿Trajo las otras?

Don Ernesto sonrió.

—Sí.

Uno de los hombres abrió la parte trasera del vehículo y comenzaron a aparecer cajas. Ramón se acercó lentamente. Había imaginado aquel momento muchas veces, pero ninguna de sus imaginaciones se parecía a lo que estaba viendo. Dentro de las cajas había Biblias nuevas, limpias, cuidadosamente empaquetadas. No eran libros deteriorados por la humedad ni ejemplares que alguien hubiera abandonado. Eran libros nuevos que habían sido comprados expresamente para las personas que trabajaban allí.

Teresa se llevó una mano a la boca.

—¿Son todas para nosotros?

Don Ernesto respondió con suavidad.

—Son para todos los que quieran recibirlas y leerlas.

Rosa comenzó a llorar.

—Nunca tuve una Biblia nueva.

—Entonces hoy vas a tener una —dijo el anciano.

Jacinto permanecía apartado.

Ramón lo llamó.

—Vení.

—¿Para qué?

—Para que elijas una.

Jacinto se acercó lentamente. Miró las cajas y después a Don Ernesto.

—¿Usted es el hombre que dejó la otra Biblia?

—Sí.

—¿Por qué hizo eso?

Don Ernesto respondió con una sonrisa.

—Porque quería que alguien la encontrara.

Jacinto bajó la mirada.

—Yo fui uno de los que pensó que eso no servía para nada.

—Y ahora podés comprobarlo por vos mismo.

Jacinto tomó una Biblia. La sostuvo con ambas manos y pasó los dedos por la tapa nueva. Después la abrió y hojeó las páginas.

—No sé leer mucho.

—Entonces aprendé —dijo Julián desde atrás.

Todos rieron, y Jacinto miró al niño con una expresión que mezclaba vergüenza y afecto.

—Ese chico no pierde oportunidad.

—Por eso va a ser maestro —respondió Ramón.

Don Ernesto observó a Julián.

—Entonces necesitará libros.

—Sí —dijo el niño.

—Y tendrá que enseñar a otros.

Julián asintió.

—Eso quiero.

Mientras repartían las Biblias, Ramón comprendió que aquel momento era diferente de todos los anteriores. Cuando él había encontrado la primera Biblia, había sentido que había recibido algo destinado especialmente a él. Ahora veía que el verdadero sentido de aquel primer hallazgo era mucho más amplio. Una Biblia había despertado preguntas en una familia; esas preguntas habían llevado a Ramón a una iglesia; la iglesia había comenzado a acercarse al campo; las personas del campo habían comenzado a escuchar; Don Ernesto había escuchado el relato y ahora había traído muchas Biblias. El proceso no parecía obra de una sola persona, sino una cadena de pequeñas decisiones que habían terminado reuniéndose allí.

Don Ernesto pidió que no repartieran todos los libros de una vez.

—Quiero hacer algo distinto.

Ramón lo miró.

—¿Qué?

—Quiero que algunas personas encuentren las Biblias.

Jacinto levantó una ceja.

—¿Como usted hizo con la primera?

—Exactamente.

Ramón comprendió entonces la idea.

—¿Quiere esconderlas?

—Sí.

Uno de los hombres de la iglesia preguntó:

—¿Por qué no entregarlas directamente?

Don Ernesto respondió:

—Porque quiero que algunos comprendan que el tesoro puede aparecer en el lugar menos esperado.

Ramón sonrió.

—Entonces vamos a hacerlo.

Durante toda aquella tarde, un pequeño grupo comenzó a recorrer distintas zonas del campo. No dejaron las Biblias en lugares donde pudieran mojarse o destruirse, sino en sitios protegidos, dentro de bolsas resistentes y pequeñas cajas. Algunas fueron colocadas entre montones de cartón, otras detrás de estructuras de madera, algunas cerca de lugares donde los trabajadores acostumbraban descansar y otras en sectores donde los hombres y mujeres pasaban diariamente. Don Ernesto no quería que fueran imposibles de encontrar, sino que parecieran pequeños descubrimientos. Cada vez que colocaban una, Ramón recordaba el día en que había encontrado la suya y pensaba en la sorpresa que sentiría alguien al abrir una caja y descubrir un libro nuevo esperando allí.

—¿Cuántas llevamos? —preguntó Ramón después de varias horas.

Uno de los hombres revisó una lista.

—Sesenta y cuatro.

Don Ernesto sonrió.

—Todavía faltan.

—¿Cuántas compró? —preguntó Teresa.

El anciano respondió:

—Cien.

Teresa abrió los ojos.

—¿Cien?

—Cien.

Ramón sintió una emoción profunda.

—Entonces serán cien personas que tendrán una oportunidad de encontrar el tesoro.

—O más —dijo Don Ernesto.

Ramón lo miró.

—¿Más?

—Una Biblia puede ser leída por muchas personas.

La frase quedó flotando en el aire mientras continuaban trabajando.

Cuando terminaron, el sol comenzaba a bajar y el campo adquiría ese color gris y anaranjado que Ramón conocía desde hacía años. Don Ernesto estaba agotado y tuvo que sentarse sobre una caja, pero parecía satisfecho. Ramón se acercó y le ofreció agua.

—Debería estar descansando.

—Estoy descansando.

—Eso no parece descanso.

—Para mí lo es.

Ramón se sentó junto a él.

—¿Pensó alguna vez que esto iba a pasar?

—No.

—¿Qué pensaba que iba a pasar?

Don Ernesto miró las montañas de basura.

—Pensaba que quizá alguien encontraría la Biblia, la leería y seguiría con su vida. No sabía que Dios iba a hacer algo más grande.

Ramón guardó silencio.

—Pero todavía falta algo —dijo Don Ernesto.

—¿Qué?

—Que ustedes no se queden solamente con las Biblias.

Ramón comprendió.

—La iglesia.

—La comunidad.

—Sí.

Don Ernesto asintió.

—El libro puede enseñarte quién es Jesús, pero después tenés que vivir lo que aprendés.

Ramón miró hacia donde estaban Elena y otras mujeres repartiendo comida entre los trabajadores.

—Estamos intentando hacerlo.

—Seguí intentándolo.

Durante los días siguientes comenzaron a aparecer las primeras historias. Una mujer encontró una Biblia dentro de una caja de cartón que estaba a punto de cargar en su carro. Un hombre descubrió otra debajo de una tabla. Dos niños encontraron una pequeña caja mientras buscaban una pelota que habían perdido. Un joven halló una junto a un montón de botellas y corrió hasta Ramón para preguntarle qué significaba. Algunos se quedaron con ellas. Otros las llevaron a sus casas. Algunos comenzaron a leer inmediatamente. Otros las guardaron durante días antes de abrirlas. Hubo quienes se rieron y quienes dijeron que aquello no tenía sentido, pero incluso las personas que no querían una Biblia comenzaron a hablar de ellas. El campo entero parecía haber adquirido una conversación nueva.

Una tarde, Teresa llegó corriendo.

—¡Ramón!

—¿Qué pasó?

—Encontré una.

Ramón sonrió.

—¿Dónde?

—Debajo de un cartón.

—¿La abriste?

—Todavía no.

—Entonces abrila.

Teresa sostuvo la Biblia contra el pecho.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De no entender.

Ramón respondió:

—No tenés que entender todo hoy.

—¿Y si encuentro cosas que no sé explicar?

—Entonces preguntás.

—¿A quién?

—A mí, al pastor, a Julián, a cualquiera que pueda ayudarte.

Teresa sonrió.

—¿Y si ninguno sabe?

Ramón levantó los hombros.

—Entonces buscamos juntos.

Aquella respuesta se convirtió en una de las cosas que más se repitieron entre ellos. Nadie fingía saberlo todo. Ramón había aprendido de Don Ernesto que la fe no consistía en aparentar respuestas. Por eso, cuando alguien preguntaba algo difícil, él prefería decir “no sé” antes que inventar una explicación. Eso hizo que muchos confiaran más en él.

Una tarde Jacinto se acercó con su Biblia abierta.

—Ramón.

—¿Sí?

—Encontré algo que no entiendo.

—Eso nos pasa a todos.

—Acá dice que Jesús lloró.

Ramón miró la página.

—Sí.

—¿Por qué lloraría si sabía que iba a hacer algo?

Ramón pensó unos segundos.

—Tal vez porque amar significa también sentir el dolor de otros.

Jacinto permaneció callado.

—Eso me gusta —dijo finalmente.

—¿Por qué?

—Porque yo lloré por mi hermano y pensé que eso significaba que me faltaba fe.

Ramón negó con la cabeza.

—No creo que llorar signifique eso.

Jacinto cerró los ojos.

—Entonces quizá estoy empezando a entender.

No hubo una conversión espectacular ni una escena extraordinaria. Jacinto simplemente permaneció sentado durante un largo rato leyendo, mientras Ramón continuaba trabajando cerca de él. Aquella escena representaba mejor que cualquier discurso lo que estaba sucediendo en el campo: personas que antes no tenían respuestas estaban comenzando a buscar.

La presencia de las Biblias también produjo algunas dificultades. No todos estuvieron contentos. Algunos trabajadores pensaron que la iglesia quería controlar a la gente. Otros sospecharon que Don Ernesto buscaba algo a cambio. Un hombre llamado Ezequiel tomó una Biblia y la arrojó al suelo.

—No necesito esto —dijo.

Ramón se agachó y la recogió.

—Está bien.

—¿No vas a decirme que estoy equivocado?

—No.

—¿Entonces?

—Si algún día querés leerla, acá va a estar.

Ezequiel lo miró con desconfianza.

—¿Nada más?

—Nada más.

El hombre se marchó, pero tres días después regresó y encontró a Ramón trabajando.

—¿La tenés?

—¿Qué cosa?

—La Biblia.

Ramón sonrió.

—¿La querés?

Ezequiel asintió.

Ramón se la entregó.

—Esta vez no la tires.

El hombre sonrió ligeramente.

—No prometo nada.

—Con que la leas primero, alcanza.

Mientras tanto, Don Ernesto regresó al hogar. Su salud no le permitía permanecer mucho tiempo fuera, pero antes de marcharse había pedido a Ramón que continuara visitándolo. La relación entre ambos se había vuelto más cercana. Ya no era simplemente el hombre que había dejado una Biblia en la basura y el hombre que la había encontrado. Eran dos amigos que habían descubierto que una historia iniciada décadas atrás podía seguir escribiéndose mucho después.

Una tarde, Ramón llevó a Don Ernesto una lista de los nombres de las personas que habían recibido las Biblias. El anciano la leyó lentamente.

—¿Cuántas son?

—Casi todas.

—¿Y cuántas comenzaron a leer?

—No sabemos todavía.

Don Ernesto sonrió.

—No importa.

—¿No?

—El resultado no depende de nosotros.

Ramón guardó la lista.

—Quiero contarle algo.

—Decime.

—Cuando encontré la primera Biblia pensé que había encontrado un objeto.

Don Ernesto esperó.

—Después pensé que había encontrado un mensaje. Después pensé que había encontrado a Jesús. Ahora creo que también encontré una responsabilidad.

El anciano asintió.

—Eso es importante.

—Tengo miedo de hacerlo mal.

—Lo vas a hacer mal algunas veces.

Ramón sonrió.

—Gracias por la confianza.

—Te lo digo porque yo también lo hice mal muchas veces.

—¿Y qué hizo?

Don Ernesto miró por la ventana.

—Creí que tenía que hacer grandes cosas para Dios y no presté suficiente atención a las pequeñas oportunidades que tenía delante. Después entendí que una visita, una comida compartida, una conversación o una palabra de ánimo podían tener un valor que uno nunca conocería.

Ramón recordó cuántas veces había pensado que para servir a Dios necesitaba saber mucho.

—Entonces quizá yo pueda hacer algo.

—Ya lo estás haciendo.

Ramón se quedó en silencio.

—Pero no olvides a tu familia —añadió Don Ernesto.

—Nunca.

—Ni a tu esposa.

—Ella no me dejaría olvidarla.

Don Ernesto rió.

—Eso está bien.

Cuando Ramón regresó al campo esa noche, encontró a Elena esperándolo. Había preparado la cena y los niños ya estaban dormidos. Ramón dejó el carro a un lado y se sentó junto a ella.

—¿Cómo está Don Ernesto?

—Cansado, pero bien.

—¿Y las Biblias?

—Casi todas encontradas.

Elena sonrió.

—Entonces ahora el campo tiene cien tesoros.

Ramón negó con suavidad.

—No. Tiene cien puertas.

—¿Puertas?

—Sí. Cada Biblia puede abrir una puerta para alguien.

Elena apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Nunca pensé que aquella caja iba a cambiar tantas cosas.

Ramón miró hacia afuera.

—Yo tampoco.

—¿Y qué creés que viene ahora?

Ramón permaneció unos instantes mirando el campo iluminado por algunas luces lejanas. Ya no quería adelantarse a lo que vendría. Había aprendido a caminar paso a paso, igual que cuando recorría el terreno buscando algo que pudiera servir. Sin embargo, dentro de él comenzaba a crecer una convicción: el tesoro no había llegado al campo para permanecer escondido entre residuos. Había comenzado a pasar de unas manos a otras, de una familia a otra, de una vida a otra. Y mientras cerraba la puerta de su casa aquella noche, Ramón pensó en Don Ernesto, en su padre, en la vieja Biblia negra y en la oración que había atravesado más de sesenta años para encontrarlo a él. Luego miró a Elena y sonrió, porque comprendió que todavía quedaban muchas personas por encontrar el tesoro, y que quizá el siguiente capítulo de aquella historia no consistiría en descubrir otra Biblia, sino en descubrir qué sucedería con todas aquellas vidas que ya la habían encontrado.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 13

 

Durante las semanas que siguieron a la llegada de las cien Biblias, el campo de basura comenzó a vivir una transformación que nadie habría podido explicar mirando únicamente las montañas de residuos, porque desde lejos todo parecía igual que antes, con los camiones entrando y saliendo, los trabajadores empujando sus carros, las bolsas acumulándose unas sobre otras y el viento llevando papeles y plásticos de un lado a otro, pero entre aquellas mismas montañas había aparecido una comunidad que antes no existía. Las personas ya no se acercaban a Ramón únicamente para preguntarle cuánto pagaban por el kilo de cartón o si había llegado algún camión de determinada zona, sino también para pedirle que leyera un pasaje, hacerle una pregunta acerca de Jesús, contarle una preocupación familiar o simplemente sentarse unos minutos con otros. Algunas tardes se reunían cerca de la pequeña casa de Ramón, donde Elena preparaba mate o repartía algo de comida cuando había suficiente, y allí Julián continuaba enseñando a leer a los niños mientras los adultos conversaban. La iglesia de la calle de tierra había comenzado a enviar personas para ayudar, pero Ramón insistía en que aquello no podía convertirse en una actividad reservada para quienes ya asistían a la congregación. El campo pertenecía a todos los que trabajaban allí, y él quería que cualquiera pudiera acercarse sin sentirse obligado a nada. Había aprendido que muchas personas rechazaban cualquier conversación religiosa porque durante años habían sentido que otros se acercaban a ellas para decirles qué debían hacer, pero se alejaban cuando necesitaban ayuda concreta, y Ramón no quería repetir esa historia. Por eso seguía trabajando junto a ellos, compartiendo cuando podía, escuchando más de lo que hablaba y tratando de demostrar con su vida aquello que estaba aprendiendo de la Biblia.

Sin embargo, el crecimiento también comenzó a traer dificultades. No todos estaban contentos con lo que sucedía y algunos empezaron a decir que Ramón estaba convirtiendo el campo en una iglesia. Un hombre llamado Ezequiel, que al principio había rechazado la Biblia que le ofrecieron y después había comenzado a leerla a escondidas, fue quien primero expresó abiertamente sus dudas.

—Ramón, tengo que preguntarte algo.

—Decime.

—¿Qué gana la iglesia con todo esto?

Ramón dejó el cartón que estaba separando.

—¿A qué te referís?

—A las Biblias, a la comida, a la gente que viene, a las reuniones. Nadie hace cosas gratis.

Ramón pensó antes de responder.

—Yo no puedo hablar por todos, Ezequiel. Solo puedo decirte por qué lo hago yo.

—¿Y por qué?

—Porque alguien hizo algo parecido conmigo.

—¿Don Ernesto?

—Él primero. Después otros.

Ezequiel cruzó los brazos.

—¿Y si mañana se van?

Ramón miró alrededor.

—Entonces nosotros seguiremos acá.

—¿Y si te cansás?

—También puede pasar.

—¿Y si la iglesia deja de traer comida?

—Seguiremos trabajando.

Ezequiel pareció desconcertado.

—Entonces, ¿qué cambia?

Ramón tomó la Biblia que llevaba consigo y respondió con sencillez.

—Que ahora sabemos que nuestra vida tiene valor aunque nadie nos traiga nada.

Ezequiel no contestó, pero aquella conversación se repitió de distintas maneras durante los días siguientes. Algunos tenían miedo de que la ayuda fuera una forma de control. Otros habían conocido personas que hablaban mucho de Dios y después desaparecían cuando llegaban los problemas. Ramón no se molestaba con ellos. Había aprendido que la desconfianza no siempre era rebeldía; muchas veces era una herida que todavía no había tenido oportunidad de cicatrizar. Por eso continuó haciendo lo mismo que había hecho desde que encontró la Biblia: trabajar, escuchar, compartir lo que tenía y hablar de Jesús cuando alguien quería escucharlo.

Una tarde, mientras Ramón y Julián acomodaban unas tablas para ampliar el espacio donde los niños estudiaban, llegó una noticia que cambió el ambiente de la familia. El pastor apareció caminando rápidamente desde el camino de tierra y llamó a Ramón aparte. Su rostro no mostraba la alegría habitual.

—¿Qué pasó?

—Es Don Ernesto.

Ramón sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué le pasó?

—Su hija llamó a la iglesia. Está más débil.

Ramón dejó inmediatamente las herramientas.

—¿Está enfermo?

—Su salud venía deteriorándose. Ahora parece que empeoró.

Ramón miró a Elena, que había escuchado la conversación. Ella asintió sin necesidad de que él preguntara.

—Vamos.

El viaje hasta el hogar fue silencioso. Ramón llevaba la Biblia sobre las piernas y no dejaba de mirar por la ventana. Recordaba al anciano caminando por el campo con su bastón, las cajas de Biblias, la sonrisa que había tenido al ver a Jacinto recibir una de ellas, y sobre todo la frase que había repetido tantas veces: el tesoro no era para guardarlo. Por primera vez Ramón pensó que quizá el tiempo que le quedaba a Don Ernesto podía ser corto y sintió una tristeza profunda que no sabía cómo expresar.

Cuando entró en la habitación, encontró al anciano recostado. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Su hija estaba sentada junto a él.

—Papá, vino Ramón.

Don Ernesto abrió los ojos lentamente y sonrió.

—Sabía que vendrías.

Ramón se acercó.

—Claro que iba a venir.

—¿Cómo están?

—Bien.

—¿Las Biblias?

—Casi todas entregadas.

Don Ernesto sonrió.

—Entonces valió la pena.

Ramón se sentó junto a la cama.

—Todavía no terminó.

—Eso espero.

—La gente está leyendo.

—¿Jacinto?

—También.

—¿Teresa?

—Sí.

—¿Los niños?

—Julián les está enseñando.

Don Ernesto cerró los ojos nuevamente.

—Entonces puedo descansar un poco.

Ramón sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer.

—No diga eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía quiero que venga al campo otra vez.

El anciano abrió los ojos.

—Tal vez.

—Usted prometió que íbamos a esconder más Biblias.

—Ya escondimos cien.

—Pero pueden ser más.

Don Ernesto sonrió.

—Entonces tendrás que hacerlo sin mí.

Ramón negó con la cabeza.

—No quiero.

—Ramón, escuchame. Una de las cosas más importantes que aprendí en todos estos años es que no podemos aferrarnos a las personas como si fueran nuestro tesoro. Las personas pasan por nuestra vida, nos enseñan, nos acompañan y después siguen su camino o parten de este mundo. Pero Dios permanece.

Ramón bajó la cabeza.

—No estoy preparado.

—Nadie está preparado para despedirse.

—Yo no quiero despedirme.

—Entonces no te despidas todavía.

Ramón levantó la mirada.

—¿Qué quiere decir?

—Quedate conmigo un rato.

Ramón tomó su mano. Permanecieron así durante varios minutos sin hablar. La hija de Don Ernesto salió de la habitación para dejarlos solos. El anciano comenzó a recordar episodios de su juventud, pequeñas historias de su padre, los primeros años de matrimonio y momentos en los que la Biblia había sido una compañía. Ramón escuchaba con atención, porque comprendía que aquellos recuerdos eran otra parte del tesoro que Don Ernesto estaba entregando. En un momento, el anciano señaló el libro que Ramón llevaba.

—¿Todavía la tenés?

—Sí.

—Abrila.

Ramón la abrió.

—¿Qué quiere que lea?

—Lo que quieras.

Ramón pensó en todas las páginas marcadas y finalmente eligió un pasaje que había aprendido a valorar especialmente. Lo leyó lentamente. Don Ernesto cerró los ojos y permaneció escuchando. Cuando Ramón terminó, el anciano habló con voz casi apagada.

—Ahora entendés por qué no quería que esa Biblia terminara guardada.

—Sí.

—¿Qué entendiste?

Ramón respondió después de pensar.

—Que las palabras pueden llegar a personas que nosotros nunca vamos a conocer.

Don Ernesto sonrió.

—Eso es.

Cuando Ramón regresó al campo esa noche, no contó inmediatamente a todos lo que había sucedido. Necesitaba procesarlo. Elena comprendió que estaba preocupado y no lo presionó. Después de cenar, mientras los niños dormían, Ramón salió de la casa y se sentó frente a la puerta. Elena se sentó junto a él.

—¿Está muy mal?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

Ramón tardó en contestar.

—Que quizá tenga que seguir sin él.

Elena apoyó una mano sobre la suya.

—Eso algún día nos pasa con todas las personas que amamos.

—Lo sé.

—Pero no significa que todo lo que hicieron desaparezca.

Ramón miró la oscuridad.

—Eso me dijo él.

—Entonces escuchalo.

Ramón permaneció en silencio.

—¿Sabés qué pienso? —continuó Elena—. Que Don Ernesto no te dio solamente una Biblia.

—¿Qué más?

—Te dio una responsabilidad.

Ramón la miró.

—Eso mismo me dijo.

—Entonces no la conviertas en una carga. Hacé lo que puedas.

Ramón sonrió.

—Siempre tenés una forma de decir las cosas que parece sencilla.

—Porque muchas veces son sencillas.

Durante los días siguientes, la situación de Don Ernesto empeoró. Ramón lo visitaba cada vez que podía, pero no quería abandonar el campo ni a su familia. Aquello también formaba parte de lo que estaba aprendiendo: servir a Dios no significaba descuidar las responsabilidades que tenía delante. Mientras tanto, en el campo comenzaron a suceder pequeñas cosas que demostraban que el trabajo de las últimas semanas estaba dando frutos. Teresa comenzó a leer en voz alta para un grupo de mujeres. Rosa llevó su Biblia a casa y comenzó a leer con sus hijos. Ezequiel, que había desconfiado al principio, pidió a Julián que le enseñara algunas palabras que no comprendía. Jacinto comenzó a llegar temprano a las reuniones y dejó de esconder la Biblia debajo de su chaqueta cuando alguien se acercaba. Incluso algunos hombres que nunca habían querido participar empezaron a escuchar desde lejos.

Una tarde, Ramón llegó al pequeño espacio de reunión y encontró a Jacinto discutiendo con Ezequiel.

—No estoy diciendo que Dios vaya a arreglarnos la vida —decía Jacinto—. Estoy diciendo que ahora sé que no estoy solo.

—Eso lo decís porque te sentís mejor —respondió Ezequiel.

—No.

—Entonces explicame qué cambió.

Jacinto se quedó callado.

Ramón intervino.

—No tienen que convencerse uno al otro.

Los dos hombres lo miraron.

—Pero él dice que encontró algo.

—Lo encontré —respondió Jacinto.

—¿Qué?

Jacinto sostuvo la Biblia.

—Esperanza.

Ezequiel negó con la cabeza.

—Eso es una palabra.

—Para vos quizá.

Ramón comprendió que aquella conversación no podía resolverse con argumentos. Se acercó a ambos.

—Miren, ninguno de nosotros puede obligar al otro a creer. Si la Biblia dice algo, tenemos que aprender a vivirlo y dejar que nuestras vidas hablen. Si yo digo que Jesús me enseñó a perdonar y sigo odiando a todos, mis palabras no valen mucho. Si digo que Dios ama al que sufre y después paso junto a alguien que necesita ayuda sin hacer nada, tampoco valen mucho. Por eso no quiero que discutamos para ganar una discusión. Quiero que aprendamos a vivir lo que estamos leyendo.

Ezequiel permaneció en silencio. Jacinto asintió.

Aquella noche, cuando todos se habían ido, Ramón se quedó pensando en aquellas palabras. Comprendió que el verdadero desafío apenas comenzaba. Encontrar la Biblia había sido una cosa. Leerla había sido otra. Compartirla había sido otra. Pero vivirla todos los días sería mucho más difícil. No bastaba con reunir personas alrededor de un libro. Había que aprender a perdonar cuando alguien ofendía, ayudar cuando no sobraba nada, resistir la tentación de aprovecharse de otro, cuidar a los enfermos, acompañar a quienes estaban solos y mantenerse unidos cuando aparecieran desacuerdos. El tesoro no podía medirse por la cantidad de Biblias distribuidas, sino por lo que aquellas palabras comenzaran a producir en las personas.

Fue entonces cuando Ramón tomó una decisión. Habló con el pastor y con Elena y propuso que comenzaran una pequeña reunión semanal en su casa. No quería que fuera una iglesia formal ni una actividad complicada. Quería que fuera un lugar donde cualquier persona pudiera llegar, escuchar, hacer preguntas, orar y recibir ayuda cuando fuera posible.

—Pero tu casa es muy pequeña —le recordó Elena.

—Lo sé.

—Ya somos muchos.

—Lo sé.

—¿Dónde van a entrar?

Ramón miró el patio.

—Afuera.

Elena sonrió.

—Entonces necesitaremos más sillas.

—Podemos usar cajas.

—Eso no son sillas.

—Para nosotros sí.

Y así comenzaron. La primera reunión fue pequeña, pero la segunda tuvo más personas. La tercera obligó a colocar bancos improvisados bajo una cubierta de plástico. Julián se ocupó de los niños, Teresa ayudó a las mujeres y Jacinto comenzó a colaborar con los hombres. Ramón no predicaba como alguien que hubiera estudiado durante años. Hablaba desde su experiencia y leía la Biblia con ellos. Cuando alguien hacía una pregunta que no sabía responder, decía la verdad.

—No sé.

Y después agregaba:

—Pero podemos buscarlo juntos.

Aquella sencillez hizo que las personas se sintieran seguras.

Una tarde, cuando terminaba una de las reuniones, llegó una mujer que Ramón nunca había visto. Se llamaba Miriam y había comenzado a trabajar en el campo hacía pocos días. Permaneció lejos durante casi toda la reunión, pero cuando todos se marcharon se acercó.

—¿Vos sos Ramón?

—Sí.

—Me dijeron que acá encontraron un tesoro.

Ramón sonrió.

—¿Quién te dijo?

—Una mujer llamada Teresa.

—Entonces sí.

Miriam miró alrededor.

—Yo no tengo nada.

Ramón comprendió que aquella frase no hablaba de dinero.

—¿Qué querés decir?

—Que no tengo familia. No tengo casa propia. No terminé la escuela. Llegué acá porque no encontré otro trabajo. Y escuché que ustedes hablan de que Dios valora a la gente.

Ramón sintió que las palabras de Don Ernesto regresaban a su memoria.

—Sí.

—¿También a personas como yo?

Ramón abrió la Biblia.

—Especialmente a quienes creen que no valen.

Miriam comenzó a llorar.

Ramón no le dio un discurso. Se sentó junto a ella y permaneció en silencio hasta que pudo hablar. Después le ofreció una Biblia.

—Esta es tuya.

—¿Puedo llevármela?

—Sí.

—¿Y si no entiendo?

—Volvé mañana.

Miriam apretó el libro contra el pecho.

—Gracias.

Cuando se marchó, Ramón quedó mirando la puerta improvisada de la casa. Elena se acercó.

—¿Qué pensás?

—Que ahora entiendo la oración de Don Ernesto.

—¿Por qué?

—Porque él pidió que la Biblia llegara a alguien que pensara que no valía nada. Y parece que Dios sigue respondiendo esa oración.

La salud de Don Ernesto continuó deteriorándose, pero antes de que terminara aquella semana, su hija llamó a Ramón para decirle que quería hablar con él. Ramón fue al hogar y encontró al anciano mucho más débil que la última vez. Sin embargo, cuando Ramón entró, Don Ernesto abrió los ojos.

—¿Cómo está el campo?

—Lleno.

—¿De basura?

Ramón sonrió.

—También.

—¿Y de personas?

—Cada vez más.

Don Ernesto cerró los ojos con satisfacción.

—Entonces seguí.

Ramón tomó su mano.

—Voy a seguir.

—No te olvides de los niños.

—No.

—No te olvides de los que dudan.

—No.

—No te olvides de los que te rechacen.

Ramón sintió un nudo en la garganta.

—No.

—Y cuando tengas miedo, acordate de algo.

—¿Qué?

Don Ernesto abrió lentamente los ojos.

—Vos no encontraste el tesoro. El tesoro te encontró a vos.

Ramón no pudo contener las lágrimas.

—No sé si puedo.

—Sí podés.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ya empezaste.

Ramón apoyó la frente sobre la mano del anciano y permaneció así durante unos momentos. Afuera, el mundo continuaba moviéndose, los vehículos circulaban, la gente caminaba por las calles y la vida seguía su curso, pero dentro de aquella habitación el tiempo parecía haberse detenido. Ramón comprendió que Don Ernesto no estaba simplemente despidiéndose de una Biblia que había tenido durante décadas. Estaba entregando a otro hombre una historia que debía continuar.

Cuando Ramón regresó al campo esa tarde, el sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas. Encontró a Julián enseñando a un grupo de niños, a Teresa leyendo en voz alta, a Jacinto ayudando a Ezequiel a comprender un pasaje y a Elena preparando una olla para compartir con varias familias. Se detuvo unos segundos y contempló la escena. Recordó el día en que había pensado que Dios no vivía allí. Recordó las palabras que había repetido durante años a su hijo: que Dios estaba en las iglesias bonitas y que ellos estaban demasiado sucios para acercarse. Ahora veía niños aprendiendo a leer junto a montañas de residuos, hombres que habían perdido personas queridas buscando esperanza en las páginas de una Biblia, mujeres que habían vivido con vergüenza descubriendo que podían levantar la cabeza, y familias enteras reuniéndose en una casa construida con materiales que otros habían descartado. El lugar seguía siendo pobre. El trabajo seguía siendo duro. El olor seguía siendo desagradable. Las enfermedades, las deudas y el cansancio seguían existiendo. Pero algo había cambiado de manera definitiva: las personas ya no miraban su pobreza como prueba de que Dios las había olvidado.

Ramón caminó hasta donde estaba Julián y se agachó junto a los niños.

—¿Qué están leyendo?

—Una historia de Jesús.

—¿Y qué aprendieron?

Uno de los pequeños respondió:

—Que Jesús veía a la gente que otros no querían ver.

Ramón miró hacia el campo y después a los niños.

—Entonces sigan aprendiendo.

Julián levantó la mirada.

—Papá, ¿mañana vas a ir a ver a Don Ernesto?

Ramón sintió que el corazón se le apretaba.

—Sí.

—¿Le vas a decir que seguimos usando las Biblias?

Ramón sonrió.

—Sí.

—Decile que el tesoro todavía está acá.

Ramón abrazó a su hijo.

—Se lo voy a decir.

Y mientras la tarde terminaba sobre el campo de basura, Ramón comprendió que la prueba verdadera del tesoro no estaba en cuántas personas habían encontrado una Biblia, sino en lo que harían con aquello que habían encontrado. La historia de la vieja Biblia de Don Ernesto había comenzado muchos años atrás, cuando un muchacho de quince años recibió un libro de manos de su padre, había atravesado décadas de pérdidas, alegrías, errores y aprendizajes, había llegado a una caja de madera y finalmente había terminado entre los residuos para encontrarse con un hombre que se creía descartado. Ahora aquella historia estaba en manos de muchas personas, y Ramón sabía que todavía habría dificultades, dudas, pérdidas y momentos en que alguno de ellos querría abandonar el camino, pero también sabía algo que antes jamás habría imaginado: el tesoro no necesitaba una vida perfecta para producir esperanza. Bastaba con que alguien lo encontrara, lo abriera y estuviera dispuesto a compartirlo, y por eso, cuando Ramón levantó la mirada hacia el cielo oscurecido y vio las primeras luces encenderse alrededor del campo, no pensó en todo lo que todavía faltaba, sino en todas aquellas personas que ya no estaban caminando solas entre la basura.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 14

 

Durante los días siguientes, Ramón comenzó a vivir con una sensación extraña que no sabía explicar, porque cada vez que entraba al hogar donde estaba Don Ernesto sentía que podía ser la última vez que hablaría con él, pero al mismo tiempo se negaba a pensar que aquella despedida pudiera llegar tan pronto. La salud del anciano había empeorado de manera evidente y su cuerpo parecía haber perdido la poca fuerza que todavía conservaba cuando había visitado el campo de basura para llevar las cien Biblias, pero su mente continuaba lúcida y, cuando Ramón entraba en la habitación, sus ojos parecían recuperar una claridad que hacía olvidar por algunos minutos la fragilidad de su cuerpo. Ramón comenzó a visitarlo casi todos los días, aunque eso significara terminar más tarde su trabajo o regresar a casa con menos material recogido, y Elena nunca se lo reprochó. Al contrario, cada mañana le preparaba algo para llevarle y le preguntaba cómo estaba, mientras Julián insistía en saber si el anciano había preguntado por él. Don Ernesto había llegado a formar parte de la familia de una manera inesperada, porque ya no era simplemente el hombre que había dejado una Biblia dentro de una caja de madera, sino alguien que había entrado en la historia de todos ellos y había ayudado a Ramón a descubrir una parte de sí mismo que durante años había permanecido enterrada bajo el cansancio, la vergüenza y la convicción de que personas como él no podían esperar demasiado de la vida.

Una tarde, Ramón entró en la habitación y encontró a Don Ernesto despierto, mirando por la ventana. Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes y una lluvia fina comenzaba a caer sobre los árboles del patio. Ramón dejó sobre la mesa una pequeña bolsa con comida.

—Te traje algo.

Don Ernesto sonrió.

—Siempre llegás con algo.

—Elena lo preparó.

—Entonces seguramente está mejor de lo que yo merezco.

—No diga eso.

—¿Qué?

—Que no merece algo.

Don Ernesto lo miró con atención.

—¿Por qué?

—Porque antes yo hablaba así.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy aprendiendo que nadie debería hablar de sí mismo de esa manera.

El anciano sonrió.

—Entonces sí aprendiste.

Ramón se sentó junto a la cama.

—¿Cómo se siente hoy?

—Cansado.

—¿Mucho?

—Bastante.

Ramón guardó silencio.

—Pero no tengo miedo —agregó Don Ernesto.

Ramón lo miró.

—Yo sí tengo miedo.

—¿De qué?

—De perderlo.

Don Ernesto permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—Ramón, durante muchos años pensé que perder a alguien significaba que todo lo vivido con esa persona desaparecía. Después entendí que no es así. Cuando mi padre murió, pensé que se había llevado consigo todo lo que me había enseñado. Después comprendí que cada vez que yo repetía una de sus palabras, cada vez que hacía algo que había aprendido de él, una parte de su vida seguía caminando conmigo. Cuando murió mi esposa pensé que la casa iba a quedar vacía para siempre. Y quedó vacía, sí, pero también quedó llena de recuerdos. Las personas se van, pero no pueden llevarse todo lo que sembraron.

Ramón bajó la cabeza.

—Usted sembró mucho.

—No exageres.

—No estoy exagerando.

—Entonces decime qué sembré.

Ramón respiró profundamente.

—Una Biblia.

Don Ernesto sonrió.

—Eso es un objeto.

—Una oración.

El anciano dejó de sonreír.

—Eso es más importante.

—Una esperanza.

Don Ernesto miró hacia la ventana.

—Eso tampoco fue solamente mío.

—Y después cien Biblias.

—Eso sí fue mío.

Ramón sonrió.

—Y muchas personas que ahora están aprendiendo.

El anciano cerró los ojos.

—Entonces quizá mi vida no fue tan pequeña como a veces pensé.

Ramón tomó su mano.

—Nunca fue pequeña.

Aquella conversación quedó interrumpida por la llegada de la hija de Don Ernesto, que entró silenciosamente y se acercó a la cama. Saludó a Ramón con afecto y se sentó junto a su padre. Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas, de la comida, del clima y de los niños. Don Ernesto preguntó por Julián y por los otros pequeños del campo. Quiso saber si continuaban reuniéndose y si las Biblias habían llegado a las familias. Ramón respondió a cada pregunta con paciencia, y el anciano parecía tranquilizarse cada vez que escuchaba que el trabajo continuaba.

—Papá —dijo finalmente su hija—, tenés que descansar.

—Estoy descansando.

—No parece.

—Todos me dicen lo mismo.

Ramón sonrió.

—Tiene razón.

Don Ernesto lo miró.

—No te pongas de su lado.

La hija del anciano rió.

—Por fin alguien que me entiende.

La conversación terminó con una alegría sencilla que hizo que Ramón saliera de la habitación con menos tristeza de la que había sentido al entrar. Sin embargo, aquella noche recibió una llamada que le hizo comprender que el tiempo podía ser mucho más breve de lo que había imaginado. La hija de Don Ernesto le pidió que volviera al día siguiente, porque su padre quería verlo.

Ramón llegó temprano. Don Ernesto estaba despierto, pero muy débil. El anciano levantó una mano cuando lo vio entrar.

—Acercate.

Ramón obedeció.

—Tengo algo para vos.

—¿Qué?

—Mi hija te va a entregar una caja.

Ramón miró hacia la mujer.

—¿Una caja?

Ella asintió y salió de la habitación. Regresó unos minutos después con una pequeña caja de madera. Ramón reconoció inmediatamente el tipo de madera y la forma en que estaba construida.

—Es otra como la primera.

Don Ernesto sonrió.

—Mi padre hizo varias.

Ramón tocó la tapa.

—¿Qué hay adentro?

—Nada que valga dinero.

—Entonces seguramente vale mucho.

El anciano soltó una pequeña risa.

—Adentro hay algunas cartas, fotografías y una hoja que escribí hace muchos años. No quiero que la leas ahora. Quiero que la guardes.

—¿Por qué?

—Porque algún día vas a necesitar recordar que esta historia no empezó con vos.

Ramón acarició la caja.

—¿Dónde comenzó?

—Mucho antes. Con mi padre. Y antes de él, con personas que le hablaron de Jesús. La fe siempre llega a nosotros desde alguna parte. A veces ni siquiera sabemos quién oró por nosotros antes de que naciéramos.

Ramón pensó en aquella frase durante varios segundos.

—Entonces alguien oró por mí antes de que yo supiera que necesitaba oración.

—Exactamente.

—¿Y ahora qué hago con esto?

—Guardalo hasta que llegue el momento.

Ramón asintió, aunque no comprendía.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

Don Ernesto tomó aire.

—Quiero que sigas trabajando en el campo.

Ramón frunció el ceño.

—Por supuesto.

—No, quiero decir algo más. No abandones a la gente porque ahora tengas una iglesia.

—No tenemos una iglesia.

—Precisamente.

Ramón sonrió.

—¿Qué quiere que haga?

—Que sigas siendo uno de ellos.

Aquellas palabras tuvieron un peso enorme. Ramón había comenzado a recibir reconocimiento dentro de la pequeña comunidad y algunas personas empezaban a llamarlo hermano, líder o incluso maestro, pero él nunca se había sentido cómodo con títulos. Ahora comprendía por qué Don Ernesto insistía en aquello.

—No quiero convertirme en alguien que se aleje de la gente que conoció cuando estaba en la misma situación.

—Entonces no lo hagas.

—¿Y si algún día tengo más?

—Compartí más.

—¿Y si algún día sé más?

—Enseñá más.

—¿Y si algún día puedo ayudar más?

—Ayudá más.

Ramón sonrió.

—Usted siempre hace que parezca fácil.

—No dije que fuera fácil.

Don Ernesto cerró los ojos.

—Dije que era sencillo.

Ramón permaneció junto a él hasta el mediodía. Antes de marcharse, Don Ernesto le pidió que leyera la Biblia. Ramón buscó un pasaje y comenzó a leer. El anciano escuchaba con los ojos cerrados. Cuando terminó, Ramón esperó unos segundos.

—¿Está bien?

Don Ernesto abrió los ojos.

—Sí.

—¿Quiere que siga?

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora quiero escucharte a vos.

Ramón se quedó desconcertado.

—¿A mí?

—Sí. Decime qué cambió en tu vida.

Ramón miró la Biblia.

—Antes yo pensaba que Dios estaba lejos. Ahora creo que siempre estuvo cerca, pero yo no sabía reconocerlo. Antes pensaba que mi pobreza significaba que valía menos. Ahora sé que no. Antes pensaba que trabajar entre basura era prueba de que mi vida no tenía importancia. Ahora entiendo que puedo trabajar aquí y seguir siendo amado por Dios. Antes creía que la gente importante era la que tenía dinero, casas grandes y ropa limpia. Ahora sé que una persona puede ser importante aunque el mundo no la vea. Y antes pensaba que necesitaba que mi vida cambiara por completo para tener esperanza. Ahora sé que puedo tener esperanza incluso mientras sigo enfrentando los mismos problemas.

Don Ernesto permaneció en silencio.

—Eso es más de lo que aprendí a decir yo a tu edad.

Ramón sonrió.

—Yo todavía me enojo.

—Todos nos enojamos.

—Todavía tengo miedo.

—Todos tenemos miedo.

—Todavía me preocupo por el dinero.

—Eso también es normal.

—Entonces no cambié tanto.

Don Ernesto abrió los ojos.

—Cambiaste en algo fundamental.

—¿En qué?

—Ahora sabés hacia dónde mirar cuando tenés miedo.

Ramón sintió que aquellas palabras se quedaban dentro de él.

Al día siguiente, la noticia llegó temprano. Don Ernesto había fallecido durante la madrugada. Su hija llamó a Ramón antes de que saliera a trabajar y él permaneció largo rato sentado en la cama, mirando la oscuridad de la habitación. Elena se despertó al escuchar su silencio.

—¿Qué pasó?

Ramón tardó en responder.

—Don Ernesto murió.

Elena lo abrazó.

Ramón no lloró inmediatamente. Se quedó quieto, como si su mente se negara a aceptar la noticia. Después tomó la Biblia y la sostuvo contra el pecho. Recordó la primera vez que había abierto la caja, la nota escrita a mano, la visita al hogar, las cien Biblias y aquella última conversación. Finalmente comenzó a llorar, no con desesperación, sino con la tristeza profunda de quien sabe que una presencia importante ha dejado de estar físicamente a su lado.

—Voy a ir al velorio —dijo.

—Claro.

—Después tengo que trabajar.

Elena lo miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Por qué?

Ramón respondió con lágrimas en los ojos.

—Porque él me pidió que siguiera.

El funeral fue sencillo. La familia de Don Ernesto permitió que Ramón y algunos miembros de la pequeña iglesia estuvieran presentes. Jacinto llegó, Teresa también, y hasta Ezequiel apareció con su Biblia bajo el brazo. Julián llevaba una flor que había cortado del pequeño jardín junto a la casa. Cuando llegó el momento de despedirse, Ramón se acercó al ataúd y dejó la Biblia sobre sus manos por unos segundos antes de retirarla nuevamente.

—Esta no me la puedo quedar —susurró—. Todavía tenemos trabajo.

La hija de Don Ernesto escuchó y sonrió entre lágrimas.

—A él le habría gustado eso.

Ramón regresó junto a su familia. No hubo discursos largos. El pastor habló de esperanza y de la confianza de Don Ernesto en Dios, pero después dejó espacio para que otros compartieran recuerdos. Ramón habló de la caja de madera, aunque no contó todavía lo que contenía la segunda caja que el anciano le había entregado. Habló de cómo una Biblia había llegado hasta el campo de basura y de cómo cien más habían seguido sus pasos. Habló de las personas que habían comenzado a leer y de los niños que ahora estaban aprendiendo. Cuando terminó, miró a la familia.

—Yo pensé que él me había dado una Biblia. Ahora entiendo que me dio una misión.

La hija de Don Ernesto lloró.

—Mi padre decía que algún día alguien entendería.

Después del funeral, Ramón regresó al campo. No quería esperar al día siguiente. Necesitaba caminar entre las montañas de residuos y recordar que aquel era el lugar donde todo había comenzado. El cielo estaba cubierto y el viento levantaba papeles. Ramón caminó hasta el sitio aproximado donde había encontrado la caja original. Se quedó allí durante unos minutos.

Jacinto llegó detrás de él.

—¿Estás bien?

Ramón se volvió.

—No.

Jacinto se quedó a su lado.

—Yo tampoco.

—¿Pensaste alguna vez que ibas a llorar por un viejo que conociste hace tan poco?

—No.

Jacinto bajó la mirada.

—Pero siento que lo conocía.

Ramón sonrió.

—Eso es porque también te dejó algo.

Jacinto levantó su Biblia.

—Sí.

Los dos permanecieron en silencio.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Jacinto.

Ramón miró el campo.

—Seguir.

—¿Nada más?

—Seguir.

Jacinto asintió.

—Entonces voy a ayudarte.

Aquella misma tarde, Ramón reunió a los demás. No hizo un discurso de despedida. Simplemente les contó que Don Ernesto había muerto y que quería que recordaran algo.

—Él no quería que habláramos de él como un hombre especial. Quería que habláramos de Jesús. Por eso no vamos a hacer de esto una historia sobre un anciano que dejó una Biblia. Vamos a hacer que la Biblia siga hablando.

Teresa levantó su ejemplar.

—¿Y cómo?

Ramón respondió:

—Leyéndola. Viviéndola. Ayudando a otros. Perdonando. Compartiendo. Enseñando a los niños. Acompañando al que esté solo. Y cuando alguien llegue diciendo que no vale nada, vamos a recordarle lo que nosotros aprendimos.

Ezequiel habló desde el fondo.

—Que no es basura.

Ramón lo miró y sonrió.

—Exactamente.

Aquella noche, Ramón volvió a su casa y colocó la segunda caja de madera sobre la mesa. Elena y los niños estaban allí.

—¿La vas a abrir?

—Sí.

Ramón levantó la tapa lentamente. Dentro había varias fotografías antiguas, algunas cartas cuidadosamente dobladas y un sobre amarillento. Sacó primero una fotografía donde aparecía un muchacho de unos quince años junto a un hombre mayor. Ramón reconoció inmediatamente el rostro joven de Don Ernesto.

—Ese es él —dijo Julián.

—Sí.

Debajo había otra fotografía de una mujer, probablemente su esposa, y después varias cartas que Ramón no quiso leer porque comprendió que pertenecían a la intimidad de aquella familia. Finalmente tomó el sobre. En el frente, con la letra que ya conocía, aparecía escrito: “Para quien encuentre el tesoro después de mí”.

Ramón abrió el sobre con cuidado. Dentro había una hoja doblada. La desplegó y comenzó a leer en voz alta, mientras Elena y los niños escuchaban.

La carta no era larga, pero hablaba de la primera vez que Don Ernesto había leído la parábola del tesoro escondido, de cómo había comprendido que el Reino de Dios no era una recompensa para personas perfectas, sino una realidad que podía cambiar la vida de quienes descubrían su verdadero valor. Contaba que durante décadas había pensado en cómo compartir aquello con alguien que no tuviera acceso a libros, que se sintiera rechazado o que creyera que Dios estaba demasiado lejos. Explicaba que, cuando sus ojos dejaron de permitirle leer, comprendió que había llegado el momento de entregar la Biblia. Había escrito que no sabía quién la encontraría, pero confiaba en que Dios conocía el nombre de esa persona antes que él. Al final de la hoja había una frase que hizo que Ramón detuviera la lectura por unos segundos: “Si llegaste hasta aquí, no pienses que recibiste una historia para guardarla. Recibiste una historia para continuarla”.

Ramón levantó la mirada. Julián tenía los ojos llenos de lágrimas. Elena permanecía en silencio. Mateo y Ana se habían acercado a la mesa.

—Papá —dijo Julián—, ¿qué significa?

Ramón volvió a mirar la carta.

—Que ahora nos toca a nosotros.

—¿A nosotros?

—Sí.

—¿Qué vamos a hacer?

Ramón tomó la Biblia y después la carta.

—Seguir contando la historia.

Elena sonrió.

—¿Y dónde empieza?

Ramón miró hacia la puerta, detrás de la cual se extendía el campo de basura.

—Donde todavía haya alguien que crea que no vale nada.

Aquella noche, antes de dormir, Ramón volvió a salir al exterior. El campo estaba oscuro y silencioso, aunque a lo lejos se escuchaban los motores de algunos camiones. Levantó la mirada hacia el cielo y recordó la primera oración que había hecho semanas atrás, cuando todavía no sabía si Dios estaba allí. Ahora no necesitaba preguntarlo de la misma manera. Sabía que seguiría teniendo días difíciles, que quizá volvería a dudar, que su familia continuaría viviendo con necesidades y que el trabajo seguiría siendo duro, pero también sabía que su vida ya no podía regresar al punto en que estaba antes de encontrar aquella caja. Don Ernesto había muerto, pero la esperanza que había puesto en manos de Ramón no había muerto con él. La Biblia continuaba abierta sobre la mesa de su casa, las cien copias seguían pasando de unas manos a otras y los niños continuaban aprendiendo a leer. La historia había dejado de pertenecer a una sola persona y se había convertido en una cadena de vidas transformadas poco a poco.

Ramón entró nuevamente en la casa y encontró a Julián todavía despierto.

—Papá.

—¿Qué pasa?

—¿Mañana vamos a trabajar?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Y después vamos a leer?

—Sí.

—¿Y después vamos a enseñar?

—Sí.

Julián sonrió.

—Entonces el tesoro sigue vivo.

Ramón se sentó junto a su hijo y lo abrazó con fuerza.

—Sí, hijo. Sigue vivo.

Y mientras la noche avanzaba sobre el campo de basura, Ramón comprendió que Don Ernesto había tenido razón desde el principio: algunas cosas no fueron hechas para guardarse. La Biblia podía pasar de una mano a otra, una oración podía atravesar décadas, una palabra podía alcanzar a alguien que todavía no había nacido, y una vida aparentemente pequeña podía dejar una huella mucho mayor de lo que su dueño había imaginado. Don Ernesto ya no estaría allí para caminar con su bastón entre las montañas de residuos ni para sonreír cuando alguien encontrara una Biblia escondida, pero su misión continuaría en Ramón, en Elena, en Julián, en Jacinto, en Teresa, en Rosa, en Ezequiel y en todos aquellos que habían comenzado a descubrir que Dios no los había olvidado. Ramón apagó la luz, cerró la puerta y dejó la vieja Biblia sobre la mesa, abierta en la página que tantas veces había leído, mientras afuera el viento movía lentamente los papeles sobre el campo y la oscuridad cubría las montañas de basura que, para él, ya nunca volverían a ser simplemente un lugar donde terminaban las cosas, porque allí había comenzado una historia que todavía tenía una última parte por contar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 15

 

La mañana siguiente a la muerte de Don Ernesto amaneció con una claridad extraña sobre el campo de basura, como si después de varios días de nubes el cielo hubiera decidido abrirse para dejar entrar una luz más limpia, pero Ramón no encontró en aquella mañana ninguna sensación de alivio porque al levantarse recordó inmediatamente que ya no podría visitar al anciano, escuchar su voz cansada ni recibir una de aquellas respuestas que siempre parecían sencillas después de haber sido pronunciadas. Durante unos minutos permaneció sentado en el borde de la cama mientras Elena preparaba el desayuno y los niños todavía dormían, sosteniendo entre las manos la vieja Biblia que Don Ernesto le había entregado. La abrió por una página marcada y permaneció mirándola sin leer. Pensó en el muchacho de quince años que había recibido aquel libro de manos de su padre sin saber que seis décadas después sus palabras llegarían a un hombre que vivía entre montañas de residuos, y pensó también en la última carta que había leído la noche anterior, aquella frase que seguía repitiéndose dentro de su cabeza: “Recibiste una historia para continuarla”. Durante mucho tiempo Ramón había creído que su historia estaba determinada por el lugar donde había nacido, por la pobreza de su familia, por el trabajo que hacía y por las cosas que nunca había podido conseguir, pero ahora comenzaba a entender que una historia no queda definida únicamente por aquello que uno recibe, sino también por aquello que decide hacer con lo recibido. Don Ernesto le había dejado una Biblia, pero también le había dejado una responsabilidad; y Ramón sabía que no podía cumplirla intentando convertirse en alguien distinto de quien era, sino permaneciendo junto a las personas que conocía, trabajando con ellas, escuchándolas y hablando de Jesús desde el mismo lugar desde el que él había aprendido a creer.

—¿Vas a ir al campo? —preguntó Elena desde la cocina.

—Sí.

—¿Hoy también?

—Sí.

Elena dejó una taza sobre la mesa y se acercó a él.

—Podrías descansar.

Ramón levantó la mirada.

—Si descanso demasiado, empiezo a pensar.

—Y eso es malo.

—A veces.

Elena sonrió y se sentó a su lado.

—Entonces andá a trabajar.

Ramón tomó su mano.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no pedirme que sea alguien que no soy.

Elena lo miró con afecto.

—Yo me enamoré de Ramón, no de un hombre que tuviera que convertirse en otra persona para demostrar algo.

Él sonrió.

—Eso también lo aprendí.

—¿Qué cosa?

—Que Dios no necesita que finja.

Elena apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Entonces ya aprendiste bastante.

Cuando Ramón llegó al campo, encontró a varias personas esperándolo. No había convocado una reunión ni había anunciado nada, pero desde que la noticia de la muerte de Don Ernesto se había extendido, muchos querían verlo. Teresa llevaba su Biblia contra el pecho, Jacinto tenía la suya bajo el brazo y Ezequiel había llegado acompañado de Miriam. Los niños se habían sentado alrededor de Julián, que había preparado unos cuadernos sobre una mesa improvisada. Ramón miró aquella escena y sintió una emoción profunda, porque comprendió que el campo había cambiado de una manera que no dependía de paredes, carteles ni edificios. Allí estaban las mismas personas que meses atrás caminaban buscando cartón, plástico, metales y cualquier objeto que pudiera venderse, pero ahora también llevaban Biblias, preguntas, preocupaciones y una esperanza que todavía estaba aprendiendo a crecer. Ramón dejó su carro a un lado y se acercó al grupo.

—¿Qué pasó?

Jacinto respondió:

—Queríamos saber qué vamos a hacer.

Ramón sonrió.

—Trabajar.

Todos rieron.

—No me refiero a eso —dijo Teresa—. Después de Don Ernesto.

Ramón miró alrededor antes de responder.

—Vamos a seguir haciendo lo que empezamos.

—¿Y qué empezamos? —preguntó Miriam.

Ramón levantó su Biblia.

—Aprender.

—¿Solamente?

—No. También compartir.

—¿Y después?

—Vivirlo.

Ezequiel se cruzó de brazos.

—Eso suena bonito, pero no es tan fácil.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces ¿qué hacemos cuando nos peleamos?

—Pedimos perdón.

—¿Y cuando alguien nos engaña?

—Buscamos justicia sin convertirnos nosotros en injustos.

—¿Y cuando no tenemos comida?

Ramón guardó silencio unos segundos.

—Compartimos lo que podamos y seguimos buscando trabajo.

—¿Y cuando alguien se enferma?

—Lo llevamos al médico y oramos.

Ezequiel lo miró fijamente.

—¿Y cuando Dios no hace lo que pedimos?

Ramón respiró profundamente.

—Seguimos confiando.

No era una respuesta perfecta, y Ramón sabía que no podía serlo. Había aprendido que la fe no era una fórmula que garantizara que cada problema terminaría como uno quería. Don Ernesto había vivido suficientes años para comprenderlo, y Ramón había visto suficiente sufrimiento en el campo para no convertir la esperanza en una promesa falsa. Pero también había aprendido que la ausencia de una respuesta inmediata no significaba la ausencia de Dios. Por eso no quiso ofrecerles una vida sin dolor. Quiso ofrecerles algo más verdadero: una manera diferente de atravesar el dolor.

Aquella misma semana comenzaron a organizar el pequeño espacio junto a la casa de Ramón. No tenían dinero para construir un salón, pero encontraron unas chapas que todavía podían utilizarse, varias tablas en buen estado y algunos bancos que la iglesia de la calle de tierra les regaló. Los hombres levantaron una estructura sencilla mientras las mujeres limpiaban el terreno y los niños recogían papeles. Ramón insistió en que nadie debía llamarlo iglesia, porque no quería que las personas pensaran que para pertenecer tenían que abandonar su trabajo o cambiar su manera de vestir. El pastor estuvo de acuerdo y propuso que aquel lugar fuera simplemente un espacio de encuentro donde pudieran leer la Biblia, orar, enseñar a los niños y ayudarse unos a otros. Poco a poco comenzaron a reunirse más personas, no solamente los que habían recibido una de las cien Biblias, sino también algunos trabajadores que todavía desconfiaban, familiares que venían de otros barrios y personas que habían escuchado hablar del hombre que había encontrado un tesoro entre la basura. Ramón siempre aclaraba que el tesoro no era la caja, ni la Biblia como objeto, ni siquiera la historia de Don Ernesto, porque todo eso podía desaparecer. El verdadero tesoro era Cristo y el Reino de Dios que había comenzado a descubrir en aquellas páginas. Cuando alguien le preguntaba qué había encontrado realmente, él ya no respondía hablando de dinero ni de una vida fácil. Decía que había encontrado una razón para dejar de considerarse inútil, una esperanza que no dependía de la cantidad de dinero que tuviera en el bolsillo y un Salvador que no había tenido miedo de acercarse a personas que otros preferían evitar.

Un domingo, después de la reunión, Teresa se acercó a Ramón con una expresión de preocupación.

—Tengo algo que decirte.

—Decime.

—Mi hija quiere dejar la escuela.

Ramón la miró.

—¿Por qué?

—Dice que necesita trabajar.

—¿Cuántos años tiene?

—Doce.

Ramón guardó silencio.

—Yo sé que necesitamos dinero —continuó Teresa—, pero no sé qué hacer.

Ramón miró hacia donde Julián enseñaba a leer a varios niños.

—Hablemos con el pastor y con la maestra. Tal vez podamos encontrar una forma de ayudarla sin que deje la escuela.

Teresa comenzó a llorar.

—Pensé que me ibas a decir que tuviera fe.

—La fe no me impide ayudarte a buscar una solución.

Aquella conversación fue importante para Ramón porque comprendió que el evangelio que había empezado a descubrir no podía reducirse a palabras pronunciadas durante una reunión. Si Dios amaba a las personas, entonces ellos debían aprender a cuidar sus vidas concretas, sus hijos, sus estudios, sus trabajos y sus necesidades. La iglesia ayudó a conseguir materiales escolares y una familia ofreció cubrir algunos gastos durante unos meses. No solucionaron la pobreza de Teresa, pero consiguieron que su hija continuara estudiando. Para Ramón aquello era una pequeña victoria que nadie anunciaría en ningún periódico, pero que tenía un enorme significado para una familia.

También hubo otras historias menos felices. Un hombre llamado Ezequiel perdió parte de su trabajo después de una discusión con el encargado del lugar donde vendía materiales, y durante varias semanas regresó a casa sin suficiente dinero. En otra ocasión, una tormenta destruyó parte de la estructura de varias viviendas. Ana volvió a enfermar y la familia tuvo que gastar dinero que había reservado para comida. La vida no se convirtió en una sucesión de milagros. Ramón seguía llegando cansado, Elena seguía preocupándose por las cuentas y los niños seguían creciendo en medio de dificultades. Pero ahora, cuando una familia tenía un problema, ya no enfrentaba la situación completamente sola. Alguien llevaba comida, otro ayudaba a reparar una chapa, alguien acompañaba a una persona al centro de salud, otro prestaba una bicicleta o ayudaba a conseguir trabajo. No siempre podían resolver los problemas, pero habían aprendido a no mirar hacia otro lado.

Una tarde, Ramón estaba reparando una rueda de su carro cuando Julián se acercó.

—Papá.

—¿Qué pasa?

—Tengo una idea.

—Eso me preocupa.

Julián sonrió.

—Quiero hacer un cartel.

—¿Para qué?

—Para la casa.

Ramón dejó la herramienta.

—¿Qué querés escribir?

Julián le mostró una hoja en la que había escrito varias palabras con letra grande. Ramón las leyó lentamente y después sonrió.

—Está bien.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Me ayudás?

—Claro.

Pasaron varias horas intentando pintar las letras sobre una tabla que habían encontrado en el campo. No tenían pintura suficiente y algunas letras quedaron torcidas, pero cuando terminaron, Ramón contempló el resultado y sintió que aquel cartel expresaba mucho de lo que había ocurrido. Con ayuda de Julián corrigió algunas palabras y finalmente quedó escrito:

ACÁ SE ENCONTRÓ EL TESORO EN EL CAMPO DE BASURA.
EL REINO DE LOS CIELOS ES COMO UN TESORO ESCONDIDO.
YO ERA POBRE Y TRISTE Y ENCONTRÉ A JESÚS ENTRE LA BASURA Y AHORA SOY RICO Y FELIZ.
SI TÚ ENCONTRASTE UNA BIBLIA EN LA BASURA, ACÁ TE ESPERAMOS PARA CONTARTE DEL TESORO VERDADERO.

Ramón permaneció largo rato frente al cartel.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿No te parece demasiado?

—No.

—¿Por qué?

—Porque es verdad.

Julián sonrió.

—Entonces hay que ponerlo.

Con la ayuda de Jacinto y Ezequiel, colocaron el cartel sobre la entrada de la pequeña estructura. Desde aquel día, muchas personas comenzaron a detenerse para leerlo. Algunos se reían. Otros preguntaban quién era el hombre que había encontrado la Biblia. Algunos simplemente seguían caminando. Pero hubo quienes entraron. Una mujer llegó una tarde con una Biblia vieja que había encontrado entre unos residuos y preguntó si podía quedarse a leer. Un hombre llevó a su hijo enfermo y pidió que oraran por él. Un muchacho que no sabía leer pidió a Julián que le enseñara. Una anciana que vivía sola comenzó a asistir cada semana. Poco a poco, el lugar se convirtió en algo que Ramón nunca había planeado, una pequeña comunidad donde personas diferentes encontraban un espacio para escuchar, aprender y ayudarse.

Meses después, Ramón recibió una carta de la hija de Don Ernesto. La abrió sentado frente a la casa mientras Elena preparaba la comida. La mujer le contaba que había encontrado otra caja con recuerdos de su padre y que, entre ellos, había una fotografía del día en que él recibió la Biblia de su propio padre. Decía también que había encontrado una pequeña anotación donde Don Ernesto había escrito muchos años atrás: “Algún día quisiera que este libro llegara a alguien que pensara que Dios se olvidó de él”. Ramón leyó la frase dos veces y permaneció callado.

—¿Qué dice? —preguntó Elena.

Ramón le mostró la carta.

—Lo pensó hace muchos años.

—Y terminó llegando a vos.

—Sí.

—¿Qué vas a hacer con la carta?

Ramón dobló cuidadosamente el papel.

—Guardarla.

—¿En la caja?

—Sí.

—Entonces la historia sigue creciendo.

Ramón sonrió.

—Sí.

La noticia de la pequeña comunidad comenzó a extenderse y algunas personas de otros barrios empezaron a acercarse. El pastor ayudó a organizar estudios bíblicos, pero Ramón insistió en que el espacio siguiera abierto para quienes nunca habían entrado en una iglesia. No quería que nadie tuviera que presentarse limpio, con buena ropa o con conocimientos previos para sentirse bienvenido. Recordaba demasiado bien al hombre que había sido y no quería olvidar aquella sensación de estar fuera de todo. Una tarde, mientras hablaba con un grupo de nuevos visitantes, Ramón miró sus propias manos, todavía llenas de suciedad después de una jornada de trabajo, y sonrió.

—Yo antes pensaba que para acercarme a Dios tenía que limpiarme primero.

Una mujer preguntó:

—¿Y ahora qué pensás?

Ramón respondió:

—Ahora creo que Jesús se acercó a nosotros cuando todavía estábamos sucios.

Nadie respondió durante unos segundos. Después Ramón abrió la Biblia y comenzó a leer.

Los años no cambiaron de repente la vida material de la familia. Ramón siguió trabajando en el campo de basura. Elena continuó administrando cada peso con cuidado. Julián creció y comenzó a ayudar a otros niños a leer. Mateo se volvió experto en reparar pequeñas cosas y Ana empezó a acompañar a su madre en las actividades con las mujeres. Algunas personas dejaron el campo porque consiguieron otros trabajos; otras se mudaron; algunas murieron; otras llegaron. La comunidad también cambió. Algunos comenzaron a asistir regularmente a la iglesia de la calle de tierra, otros siguieron reuniéndose junto a la casa de Ramón y otros simplemente pasaban de vez en cuando. No todos siguieron creyendo de la misma manera, y Ramón aprendió a aceptar eso sin resentimiento. Nunca quiso obligar a nadie. Había encontrado la fe como un regalo y quería ofrecerla del mismo modo.

Una mañana, varios años después de aquel primer descubrimiento, Ramón volvió a encontrar una pequeña caja entre los residuos. Se quedó mirándola durante unos segundos. Era de madera, aunque más pequeña y mucho más deteriorada que la primera. Sintió un escalofrío y llamó a Julián, que ya era un joven adulto.

—Mirá esto.

Julián se acercó.

—¿Otra caja?

—Sí.

—¿La abrimos?

Ramón sonrió.

—Sí.

La caja estaba vacía.

Julián comenzó a reír.

—Tanto misterio para nada.

Ramón también rió.

—No necesariamente.

—¿Qué querés decir?

Ramón tomó la caja y la miró.

—Tal vez alguien estaba buscando un lugar donde guardar algo.

—¿Y qué?

Ramón pensó unos segundos.

—No sé.

Julián lo miró.

—¿La vas a guardar?

—Sí.

—¿Para qué?

Ramón sonrió.

—Nunca se sabe.

Y guardó la pequeña caja junto a la antigua caja de Don Ernesto. No porque creyera que dentro debía aparecer otro milagro, sino porque había aprendido a mirar las cosas con una esperanza distinta. Ya no necesitaba que cada acontecimiento tuviera una señal extraordinaria. Sabía que la vida estaba compuesta por pequeños actos de fidelidad que, con el tiempo, podían producir consecuencias que uno nunca llegaba a conocer completamente.

Una tarde, mientras Ramón regresaba de trabajar, encontró a un grupo de niños reunidos frente al cartel. Uno de ellos señalaba las palabras y leía lentamente.

—“Acá… se… encontró… el… tesoro”.

Ramón se detuvo.

—Muy bien.

El niño continuó leyendo con esfuerzo. Ramón se acercó y lo ayudó con algunas palabras. Cuando terminó, el pequeño sonrió.

—¿Es verdad?

—Sí.

—¿Vos lo encontraste?

—Sí.

—¿Y eras pobre?

Ramón soltó una pequeña risa.

—Sigo siendo pobre.

El niño pareció confundido.

—Pero ahí dice que sos rico.

Ramón se agachó para quedar a su altura.

—Soy rico de otra manera.

—¿Tenés mucho dinero?

—No.

—¿Entonces?

Ramón señaló la casa, donde estaban Elena, sus hijos y varios amigos.

—Tengo personas que amo. Tengo esperanza. Tengo a Jesús. Tengo una familia que me acompaña. Tengo gente que me ayuda y a la que puedo ayudar. Y tengo un tesoro que no se puede comprar.

El niño miró el cartel nuevamente.

—¿Puedo encontrarlo yo?

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Dónde?

Ramón señaló la Biblia que llevaba bajo el brazo.

—Empezá por ahí.

El niño recibió el libro con cuidado.

Aquella noche, Ramón regresó a casa más tarde de lo habitual. Elena estaba sentada afuera y había dejado una taza para él. Se sentó a su lado y contempló el campo de basura bajo la luz de la luna. El lugar seguía siendo enorme. Seguía oliendo mal. Seguía siendo un lugar de trabajo duro y de pobreza. Seguía conteniendo objetos que la gente había decidido descartar. Pero Ramón ya no podía verlo solamente de esa manera. Había conocido allí a personas que lloraban, reían, dudaban, creían, ayudaban y comenzaban de nuevo. Había visto niños aprender a leer, familias compartir comida, hombres reconciliarse, mujeres encontrar esperanza y personas que habían vivido durante años sintiéndose invisibles descubrir que podían levantar la cabeza. Había aprendido que Dios no había necesitado un templo hermoso para encontrarlos. No había necesitado un edificio limpio ni ropa elegante ni grandes recursos. Había usado una Biblia gastada, una caja de madera, una oración pronunciada por un anciano y un hombre que se creía demasiado pequeño para ser visto.

Elena lo miró.

—¿En qué pensás?

Ramón sonrió.

—En todo.

—Eso es mucho.

—Sí.

—¿Y qué aprendiste?

Ramón permaneció en silencio durante un momento antes de responder.

—Que yo pasé media vida buscando cosas que pudiera vender para sobrevivir y pensé que algún día, si tenía suficiente dinero, sería feliz. Después encontré una Biblia entre la basura y descubrí que había algo que no podía vender porque no tenía precio. Aprendí que Dios no me ama porque tenga algo que ofrecerle. Me ama porque soy suyo. Aprendí que la pobreza no define mi valor, que el trabajo humilde no me hace inferior y que una persona puede vivir entre basura sin convertirse en basura. También aprendí que la fe no me quitó los problemas. Sigo cansándome, sigo preocupándome, sigo perdiendo personas que amo y sigo teniendo días malos. Pero ahora sé que no camino solo.

Elena tomó su mano.

—Eso es mucho.

—Sí.

—¿Y Don Ernesto?

Ramón miró hacia el cielo.

—Creo que estaría contento.

—¿Lo extrañás?

—Todos los días.

—¿Y qué harías si pudieras hablar con él?

Ramón sonrió con los ojos húmedos.

—Le diría que la historia continuó.

Elena apretó su mano.

—Y continúa.

Ramón asintió.

Al día siguiente, como había hecho durante tantos años, Ramón se levantó antes del amanecer. Se puso las botas gastadas, tomó sus guantes, revisó las ruedas del carro y guardó la Biblia dentro de una bolsa limpia. Antes de salir, miró a Elena y a los niños que todavía dormían. Besó a su esposa en la frente y salió silenciosamente. El aire estaba frío y el cielo comenzaba apenas a aclararse. Caminó hacia el campo de basura empujando su carro, igual que había hecho cientos y cientos de veces, pero ya no era el mismo hombre que había salido de aquella casa el día en que encontró la caja de madera. Entonces caminaba pensando solamente en cuánto podría recoger para vender. Ahora seguía recogiendo cartón, botellas, metales y cualquier cosa aprovechable, porque necesitaba trabajar y alimentar a su familia, pero llevaba también dentro de sí una riqueza que no dependía de lo que encontrara en el suelo. Mientras avanzaba entre las montañas de residuos, encontró una lata oxidada, un pedazo de cobre, varias botellas y un montón de cartón seco. Los colocó en el carro y continuó caminando. De vez en cuando se detenía para saludar a alguien, preguntar cómo estaba su familia o entregar una palabra de ánimo. Más adelante encontró a Jacinto, que seguía trabajando, aunque ahora tenía su propio pequeño negocio de reciclaje y ayudaba a otros trabajadores a vender mejor sus materiales. Se saludaron y continuaron sus caminos. Un poco después encontró a Teresa, que venía acompañada de su hija, ya adolescente, y las dos llevaban sus Biblias. Ramón sonrió al verlas. No necesitó preguntar nada.

Cuando el sol comenzó a levantarse sobre el campo, Ramón se detuvo sobre una de las pequeñas elevaciones de residuos desde donde podía observar una gran parte del terreno. Durante unos instantes contempló los camiones, los carros, las personas que comenzaban la jornada y las casas humildes que rodeaban el lugar. Sacó la Biblia de la bolsa y la sostuvo contra el pecho. Pensó en Don Ernesto, en su padre, en la primera oración, en la caja de madera, en las cien Biblias y en todas las personas que habían encontrado esperanza desde aquel día. Después sonrió y continuó empujando su carro.

Un trabajador joven que acababa de comenzar en el campo lo vio pasar.

—¡Ramón!

Él se volvió.

—¿Qué pasa?

—¿Es verdad lo que cuentan?

—¿Qué cuentan?

—Que encontraste un tesoro acá.

Ramón sonrió.

—Sí.

—¿Y dónde está?

Ramón levantó la Biblia.

—Conmigo.

El joven miró el libro.

—¿Y qué tenía?

Ramón se acercó.

—Tenía algo que yo necesitaba mucho más que dinero.

—¿Qué?

Ramón pensó en todas las palabras que podría decir, pero finalmente respondió con la sencillez que había aprendido de Don Ernesto.

—Esperanza.

El joven permaneció mirándolo.

—¿Y sirve?

Ramón sonrió.

—Sí. Pero tenés que abrirla.

El joven extendió la mano y Ramón le entregó la Biblia.

Después continuó su camino, empujando el viejo carro entre las montañas de basura mientras el sol iluminaba lentamente el campo. Sus botas seguían gastadas, sus manos seguían sucias y su ropa seguía llevando el olor del trabajo. No tenía una casa grande, ni una cuenta bancaria importante, ni riquezas que pudiera mostrar a nadie. Seguía siendo un hombre de cincuenta y tantos años que sobrevivía recogiendo aquello que otros descartaban. Pero mientras avanzaba entre los residuos, Ramón sonreía con una alegría que no dependía de las cosas que encontraba ni de las que podía vender, porque sabía que poseía algo que ningún camión podía llevarse, ninguna tormenta podía destruir y ninguna persona podía quitarle. Había encontrado el tesoro en el campo de basura y había descubierto que el tesoro no era oro, ni plata, ni dinero escondido dentro de una caja. Era Jesús. Era el Reino de Dios. Era saber que su vida tenía valor. Era haber aprendido que Dios podía encontrar a un hombre en el lugar donde todos los demás solamente veían desperdicios. Era haber descubierto que una persona puede tener muy poco y, sin embargo, ser rica en esperanza, amor y fe. Era saber que todavía tendría días difíciles, pero que ya no tendría que enfrentarlos creyendo que estaba solo. Por eso, cuando llegó a la parte más alta del campo y vio delante de sí las enormes montañas de basura iluminadas por la primera luz de la mañana, Ramón se detuvo, respiró profundamente y sonrió antes de volver a empujar su carro.

Y mientras caminaba, con la Biblia protegida bajo el brazo y el corazón lleno de una riqueza que no podía medirse con ninguna balanza, Ramón pensó que, si alguna vez alguien le preguntaba quién era el hombre más rico del mundo, no necesitaría pensar demasiado antes de responder, porque él sabía que no era el hombre que tenía más dinero, ni la casa más grande, ni el negocio más importante, sino aquel que había aprendido a reconocer un tesoro cuando lo encontró en el lugar donde nadie más quería buscar. Ramón siguió avanzando entre la basura, recogiendo lo que todavía podía servir, saludando a quienes encontraba y llevando consigo aquella vieja Biblia que había atravesado tantas décadas para llegar hasta sus manos, mientras detrás de él quedaban las primeras luces del pequeño lugar de reunión, el cartel torcido que anunciaba el tesoro y las voces de los niños que comenzaban otra jornada de lectura. Y así, sin dejar de ser el hombre que recogía basura para mantener a su familia, Ramón siguió caminando con la certeza de que había encontrado algo que ninguna basura del mundo podría volver a esconder: el conocimiento de que Dios lo había visto, lo había buscado y lo había amado allí mismo, en medio del campo de basura, y que por eso, aunque sus manos siguieran sucias y sus bolsillos siguieran casi vacíos, podía sonreír y decir con toda verdad que era, y sería para siempre, el pepenador más rico del mundo.

 

 

FIN

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