CERCA DEL MAR
(Novela Corta)
CAPÍTULO 1
El pueblo de Santa Marina no figuraba en los mapas que los turistas solían consultar cuando llegaban a la costa, aunque estaba lo bastante cerca del mar como para que, en las mañanas despejadas, el olor salobre alcanzara las calles más alejadas y las gaviotas descendieran sobre los techos de las casas bajas buscando cualquier resto de comida. Tampoco estaba demasiado lejos de la gran ciudad, apenas una hora y cuarto en autobús por una carretera que serpenteaba entre campos, dunas y pequeñas urbanizaciones que habían crecido con los años alrededor de la ruta principal. Aquella proximidad había hecho de Santa Marina un lugar extraño, suspendido entre dos mundos que parecían tocarse sin llegar nunca a mezclarse del todo. Los que vivían allí desde siempre hablaban de la ciudad con cierta desconfianza, como si detrás de sus edificios altos, sus avenidas congestionadas y sus oficinas modernas existiera una manera de vivir que podía terminar cambiando las costumbres del pueblo. Los jóvenes, en cambio, miraban hacia ella con ilusión, porque allí estaban las universidades, los grandes comercios, los hospitales, los trabajos mejor pagados y las oportunidades que Santa Marina rara vez podía ofrecer.
Andrés había aprendido desde niño a querer precisamente aquello que otros consideraban una limitación. Había nacido en una casa modesta situada en la parte alta del pueblo, donde el camino descendía hacia los acantilados y, más allá de una franja de pinos, comenzaba a verse el mar. Su padre había trabajado durante casi cuarenta años en el pequeño astillero del puerto y su madre había atendido una panadería familiar hasta que una enfermedad en las articulaciones la obligó a retirarse. Andrés tenía treinta años y desde hacía varios años trabajaba como mecánico en un taller cercano a la carretera, aunque algunas tardes ayudaba en el astillero cuando aparecía algún trabajo urgente. No había estudiado en la ciudad ni había tenido oportunidad de elegir demasiado su camino, pero tampoco sentía vergüenza por ello. Conocía los motores de las embarcaciones, sabía reparar redes, podía distinguir por el olor cuándo una tormenta se acercaba y había aprendido de su padre que un hombre podía tener muy poco dinero y, sin embargo, conservar intacta su dignidad.
Cada domingo por la mañana asistía a la pequeña iglesia evangélica situada junto a la plaza principal. No era una congregación grande; apenas unas decenas de personas ocupaban las bancas de madera, pero Andrés había crecido entre aquellas paredes y encontraba allí una tranquilidad que no conseguía en ningún otro sitio. La fe de su madre había sido una de las pocas cosas que no se habían quebrado cuando su padre murió seis años atrás, y desde entonces Andrés había comprendido que creer no significaba vivir sin problemas, sino aprender a caminar cuando los problemas parecían no dejar espacio para seguir adelante.
Aquella mañana de septiembre, sin embargo, Andrés todavía no sabía que estaba a punto de comenzar una etapa de su vida en la que necesitaría más paciencia, más valor y más fe de la que jamás había imaginado.
Había salido temprano de su casa porque debía llevar unas herramientas al taller antes de asistir al culto. El aire estaba fresco y el cielo presentaba ese tono gris azulado que anunciaba un día cambiante. Desde la esquina podía escucharse el rumor lejano del mar, aunque todavía no era posible verlo entre las casas. Andrés caminaba con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta cuando oyó el ruido de un motor que se detenía detrás de él. Se volvió y vio un automóvil oscuro, demasiado elegante para aquella calle estrecha y de adoquines irregulares, estacionándose frente a una casa que llevaba varios meses vacía.
La puerta del conductor se abrió y apareció una mujer de unos veintisiete años, vestida con sencillez pero con una elegancia que no parecía pertenecer a Santa Marina. Llevaba el cabello oscuro recogido de manera descuidada, un abrigo claro y una carpeta bajo el brazo. Se quedó unos segundos mirando la fachada de la casa, como si tratara de reconocer en aquella construcción envejecida algo que pertenecía a su memoria.
Andrés habría continuado su camino, pero ella dejó caer las llaves.
Las llaves golpearon el suelo y quedaron a pocos centímetros de sus zapatos.
—Perdón —dijo ella mientras se agachaba.
Andrés las recogió antes que ella pudiera hacerlo y se las tendió.
—Creo que estas son suyas.
La mujer levantó la mirada y sonrió con cierta timidez.
—Sí. Gracias.
—No hay de qué.
Ella tomó las llaves, pero no se movió inmediatamente.
—¿Usted vive por aquí?
La pregunta hizo sonreír a Andrés.
—Desde que nací.
—Entonces quizá pueda ayudarme. Estoy buscando la casa de la señora Elena Valdés.
Andrés miró la vivienda frente a la que estaban.
—Si es esta, acaba de encontrarla.
La expresión de la mujer cambió ligeramente.
—¿La conoció?
—Sí. Todo el pueblo conoció a Elena. Murió hace unos meses.
—Lo sé. Era mi abuela.
Andrés guardó silencio por un instante. Ahora comprendía por qué la mujer le resultaba vagamente conocida. Elena había hablado muchas veces de una nieta que vivía en la ciudad, estudiaba diseño y trabajaba en una empresa de publicidad. Siempre había hablado de ella con orgullo, aunque también con cierta tristeza porque apenas podía verla unas pocas veces al año.
—Entonces usted es Silvana.
La joven pareció sorprendida.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Su abuela hablaba de usted.
Silvana bajó los ojos hacia las llaves que sostenía en la mano.
—Espero que hablara bien.
—Siempre.
Aquella respuesta consiguió que sonriera de nuevo.
—Eso me tranquiliza.
Andrés miró el reloj y comprendió que se estaba retrasando.
—Tengo que irme. Si necesita alguna cosa, pregunte por Andrés en el taller de la carretera.
—¿Andrés qué?
—Andrés Morales.
—Gracias, Andrés Morales.
—Bienvenida a Santa Marina, Silvana.
Él comenzó a caminar, pero después de unos pasos miró hacia atrás. Silvana seguía frente a la casa de su abuela. Lo observaba con una expresión que no consiguió interpretar antes de entrar en la vivienda.
No sabía entonces que aquella breve conversación iba a quedar grabada en la memoria de ambos.
Silvana había regresado a Santa Marina por una razón que no tenía nada que ver con el amor. Había recibido la casa de su abuela como herencia y debía decidir qué hacer con ella. Su madre, que vivía en la ciudad con su segundo esposo, había insistido en que la vendiera cuanto antes. La propiedad estaba deteriorada y, según ella, conservarla significaba asumir gastos innecesarios. Pero Silvana había prometido a su abuela, durante sus últimos meses de vida, que al menos iría a verla antes de tomar cualquier decisión.
El problema era que la casa estaba llena de recuerdos.
Había fotografías familiares en las paredes, una vajilla que nadie utilizaba desde hacía años, libros antiguos, cartas atadas con cintas y pequeños objetos que para cualquier otra persona carecían de valor, pero que para Silvana tenían el peso de una infancia que creía perdida. Su abuela había sido la única persona de la familia que nunca había cuestionado sus decisiones, ni siquiera cuando Silvana anunció que quería abandonar la carrera de administración que sus padres habían elegido para ella y estudiar diseño.
Durante las primeras horas de aquella mañana, mientras abría ventanas y limpiaba habitaciones, Silvana descubrió que no estaba preparada para desprenderse de aquella casa.
Encontró también una fotografía antigua en la que aparecía Elena junto a varias personas del pueblo. Reconoció algunos rostros, pero hubo uno que le llamó la atención. Era un muchacho de unos veinte años que permanecía de pie junto a su abuela, con una expresión seria y el cabello despeinado por el viento.
Detrás de la fotografía había una anotación escrita a mano.
"Andrés, hijo de Tomás y Marta. Un muchacho bueno. Nunca olvidaré lo que hizo aquella noche."
Silvana permaneció mirando la frase durante unos segundos. No entendía qué significaba, pero recordó al hombre que había encontrado esa mañana. No podía saber si era el mismo Andrés de la fotografía, aunque la coincidencia del nombre parecía demasiado evidente.
Guardó la fotografía en la carpeta que había llevado consigo.
Mientras tanto, en el taller, Andrés trabajaba sobre el motor de una camioneta vieja cuando su compañero Marcelo apareció con dos cafés.
—Te vi hablando con la nueva.
Andrés no levantó la cabeza.
—¿Qué nueva?
—No te hagas el distraído. La nieta de Elena.
—Me preguntó dónde estaba la casa.
—Claro.
—¿Qué significa ese "claro"?
Marcelo dejó uno de los cafés sobre la mesa.
—Nada. Simplemente me parece raro que una mujer como ella termine en este pueblo.
Andrés se limpió las manos con un trapo.
—¿Qué tiene de raro?
—Nada. Pero se nota que viene de otro mundo.
Andrés lo miró.
—La conociste durante treinta segundos.
—Treinta segundos alcanzan para algunas cosas.
—Y para otras no alcanzan ni treinta años.
Marcelo soltó una carcajada.
—No sabía que te habías vuelto filósofo.
—No me volví nada.
—¿Vas al culto?
—Sí.
—Entonces deja de discutir conmigo y anda.
Andrés sonrió y tomó el café.
No volvió a pensar en Silvana hasta que, al terminar el culto, la vio sentada en una de las últimas bancas.
Aquello lo sorprendió tanto que durante unos segundos creyó haberse equivocado. Silvana estaba sola, con las manos juntas sobre el regazo, escuchando al pastor con una atención que contrastaba con la expresión algo distante que había tenido por la mañana. Cuando terminó la reunión, la gente comenzó a saludarse en la puerta y Andrés se quedó atrás conversando con el pastor.
Al salir, la encontró junto al portón.
—No sabía que venías.
—Yo tampoco sabía que iba a venir.
—¿Tu abuela asistía aquí?
—Sí. Me dijo muchas veces que viniera con ella. Nunca lo hice.
Andrés no respondió. Había cierta tristeza en aquella confesión y comprendió que no era el momento de decir nada superficial.
—¿Te gustó?
Silvana miró hacia la iglesia.
—No sé si puedo decir que me gustó. Pero sentí algo que hacía mucho tiempo no sentía.
—¿Qué cosa?
—Paz.
Andrés sonrió.
—Entonces quizá vuelvas.
—Quizá.
Caminaron juntos unos metros sin haberlo planeado. La plaza estaba casi vacía y el viento comenzaba a levantarse. Desde allí se alcanzaba a percibir el olor del mar con mucha mayor intensidad.
—¿Siempre huele así? —preguntó Silvana.
—Cuando sopla desde el sur, sí.
—En la ciudad nunca se siente.
—Por eso algunos de nosotros nos quedamos.
Ella lo miró de reojo.
—¿Nunca quisiste irte?
Andrés tardó en responder.
—Muchas veces.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque mi padre enfermó. Después murió. Mi madre necesitaba ayuda. Luego el taller. Siempre apareció algo.
Silvana bajó la mirada.
—Eso suena a que tu vida decidió por ti.
—Puede ser.
—¿Y no te molesta?
—A veces. Pero no todo lo que no elegimos termina siendo malo.
Silvana permaneció en silencio.
Llegaron hasta la esquina donde sus caminos se separaban.
—Yo voy hacia la casa —dijo ella.
—Yo también.
—¿Vives cerca?
—A unas cuatro cuadras.
—Entonces puedes mostrarme dónde comprar comida. No conozco nada.
Andrés sonrió.
—Eso sí puedo hacerlo.
Caminaron juntos hasta un pequeño almacén situado frente a la plaza. Silvana compró algunas cosas y luego regresaron hacia la casa de Elena. Durante el trayecto hablaron de asuntos sencillos, de la ciudad, del pueblo, del clima y de la casa. Ninguno de los dos preguntó por relaciones anteriores ni por planes futuros. Sin embargo, al llegar frente a la puerta, ambos sintieron que la caminata había durado demasiado poco.
—Gracias por acompañarme —dijo Silvana.
—No tienes que agradecerme.
—Quizá mañana vuelva a necesitar un guía.
—Probablemente mañana ya conozcas el pueblo.
—No creo.
Andrés la miró.
—Santa Marina es pequeño.
—Pero parece tener muchas cosas que todavía no conozco.
Él sonrió.
—Entonces tendrás que quedarte un tiempo.
Silvana sostuvo su mirada durante unos segundos antes de entrar.
—Buenas noches, Andrés.
—Buenas noches, Silvana.
Él esperó hasta que la puerta se cerró y luego emprendió el camino hacia su casa.
No vio el automóvil que estaba estacionado unos metros más allá.
Dentro del vehículo, un hombre de unos treinta y cinco años observaba la casa de Elena. Había llegado desde la ciudad aquella misma tarde y llevaba más de veinte minutos esperando. Cuando vio a Andrés alejarse, tomó el teléfono y realizó una llamada.
—Ya llegó.
Escuchó la respuesta del otro lado.
—Sí, está sola.
Hubo una pausa.
—No, todavía no sabe nada.
El hombre miró nuevamente hacia la casa.
—Pero hay un problema.
La voz del otro lado preguntó algo que él respondió después de mirar hacia la calle.
—La nieta de Elena no está tan sola como pensábamos.
Cortó la comunicación y permaneció inmóvil durante algunos segundos.
En la casa, Silvana había dejado las bolsas sobre la mesa y todavía estaba pensando en la conversación con Andrés cuando escuchó un ruido en la puerta trasera. Se quedó quieta. El sonido volvió a repetirse, esta vez con mayor claridad. Alguien parecía estar intentando abrirla.
Silvana tomó el teléfono y caminó lentamente hacia el pasillo.
—¿Hay alguien ahí?
No recibió respuesta.
Se acercó unos pasos más. La casa estaba completamente silenciosa. Afuera, el viento golpeaba las ramas de los árboles contra las ventanas.
Entonces escuchó el ruido de una ventana abriéndose.
Silvana retrocedió.
Tomó el teléfono con ambas manos y marcó el primer número que recordó.
Andrés.
Él todavía no había llegado a su casa cuando contestó.
—¿Silvana?
—Andrés, no sé si estoy imaginando cosas, pero creo que alguien está entrando en la casa.
La expresión de Andrés cambió inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—En la casa de mi abuela.
—Cierra todas las puertas y quédate en una habitación con llave. No salgas.
—Pero...
—Silvana, hazme caso. Voy para allá.
—Andrés...
—¿Qué?
—Tengo miedo.
Hubo un silencio breve.
—No estás sola. Ya voy.
Andrés echó a correr hacia la casa mientras el viento comenzaba a llevar desde el mar un olor más fuerte y húmedo. No sabía quién estaba intentando entrar ni qué buscaba aquella persona, pero mientras avanzaba por las calles oscuras comprendió que el regreso de Silvana a Santa Marina acababa de cambiar algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Y, sin que ninguno de los dos pudiera imaginarlo todavía, aquella noche sería el primer paso de una historia en la que el amor tendría que atravesar mucho más que la distancia que separaba al pequeño pueblo de la gran ciudad.
CAPÍTULO 2
Andrés llegó a la casa de Elena con el corazón acelerado y las manos todavía entumecidas por el frío. Había corrido casi todo el trayecto sin detenerse y, aunque conocía cada una de las calles de Santa Marina desde niño, aquella noche le parecieron más largas y silenciosas que de costumbre. Las luces amarillentas de algunos postes se reflejaban sobre el pavimento húmedo y el viento que llegaba desde el mar arrastraba una llovizna fina que empezaba a pegarse a su rostro. Antes de entrar en el terreno de la vivienda se detuvo unos segundos para observar las ventanas. La de la cocina estaba entreabierta, exactamente como Silvana había dicho, pero no había ninguna silueta detrás de los cristales. La casa parecía tranquila, aunque Andrés sabía que aquella tranquilidad podía ser engañosa.
Sacó el teléfono y volvió a llamarla.
—Silvana, soy yo. ¿Dónde estás?
La voz de ella respondió casi en un susurro.
—En la habitación de mi abuela. Cerré con llave.
—Muy bien. No abras hasta que te diga.
—¿Estás afuera?
—Sí.
—¿Viste a alguien?
Andrés miró hacia el jardín lateral. Había huellas recientes sobre la tierra húmeda, pero no pudo distinguir si eran de una persona que hubiera entrado o simplemente de alguien que hubiera pasado por allí durante el día.
—Todavía no.
—Tengo mucho miedo.
—Voy a entrar por la puerta principal. Quédate donde estás y no hagas ruido.
Andrés cortó la comunicación y se acercó a la entrada. La puerta estaba cerrada, pero la llave que Silvana le había entregado aquella mañana había quedado en su poder porque ella había insistido en que quizá necesitaría ayuda para reparar alguna cerradura. La introdujo con cuidado, abrió lentamente y entró.
El interior estaba oscuro. Encendió la luz del pasillo y permaneció quieto, tratando de escuchar cualquier movimiento. Durante varios segundos solamente oyó el golpeteo de la lluvia contra las ventanas y el silbido del viento que se filtraba por alguna rendija.
—Silvana —llamó en voz baja—. Soy yo.
—Aquí estoy.
La puerta de la habitación se abrió apenas unos centímetros y apareció el rostro de la joven.
Andrés se acercó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Viste a alguien?
Silvana negó con la cabeza.
—No. Escuché algo detrás y después la ventana.
Andrés recorrió el pasillo hasta la cocina. La ventana estaba abierta y una de las hojas tenía una pequeña marca en la madera. No parecía haber sido forzada con violencia, pero el pestillo estaba levantado.
—¿La ventana estaba así cuando llegaste?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí. La cerré después de limpiar.
Andrés observó el suelo. Había unas pequeñas gotas de agua y, junto al marco, una marca de barro.
—Alguien estuvo aquí.
Silvana se abrazó a sí misma.
—¿Crees que querían entrar?
—Sí.
—¿Para robar?
Andrés no respondió inmediatamente.
—No lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
—Lo sé.
Él recorrió cada habitación sin encontrar a nadie. Revisó las puertas, las ventanas y el patio trasero, hasta que finalmente salió al exterior. Las huellas terminaban cerca de la pared lateral y luego se perdían sobre el camino de tierra.
Cuando regresó, Silvana estaba esperándolo junto a la puerta.
—¿Se fue?
—Sí, quien haya sido.
—¿Estás seguro?
—No puedo estar seguro de quién fue, pero no hay nadie dentro.
Silvana respiró profundamente.
—Gracias por venir.
—No podía dejarte sola.
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿Por qué?
La pregunta tomó a Andrés por sorpresa.
—Porque me llamaste.
—Podrías haber llamado a la policía.
—También.
—Pero viniste tú.
Andrés se encogió de hombros.
—Era más rápido.
Silvana sonrió ligeramente.
—No siempre tienes que encontrar una explicación para todo.
Él también sonrió.
—Eso me dicen.
La tensión comenzó a desaparecer lentamente. Silvana preparó café y ambos se sentaron en la cocina mientras afuera la lluvia golpeaba los vidrios. La situación había sido extraña, pero la presencia de Andrés había transformado el miedo inicial en una sensación de seguridad que Silvana no esperaba experimentar con alguien a quien conocía desde hacía apenas unas horas.
—Tu abuela sabía que algo así podía pasar —dijo Andrés de pronto.
Silvana levantó la mirada.
—¿Por qué lo dices?
—Porque Elena siempre cerraba esa ventana con una traba adicional. La instalé yo hace años.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
Andrés apoyó la taza sobre la mesa.
—Una vez alguien entró al patio. No llegó a robar nada, pero Elena se asustó. Mi padre y yo revisamos la casa y colocamos algunas medidas de seguridad.
—¿Cuándo fue?
—Hace unos siete años.
—Nunca me lo contó.
—Quizá no quiso preocuparte.
Silvana permaneció pensativa.
—Hay muchas cosas que no me contó.
—Tu abuela era reservada.
—Conmigo no.
Andrés la observó.
—Entonces quizá hay cosas que simplemente no alcanzó a contarte.
Silvana no respondió. Miró hacia la ventana y vio que la lluvia había comenzado a intensificarse. El mar estaba cerca, aunque desde aquella parte del pueblo no podía verse. Sin embargo, su presencia parecía llenar la noche con un rumor profundo y constante.
—¿Siempre se escucha el mar desde aquí? —preguntó.
—Cuando hay tormenta, sí.
—Me gusta.
—A algunas personas les molesta.
—A mí me tranquiliza.
Andrés sonrió.
—Entonces has llegado al lugar correcto.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos.
A la mañana siguiente, la noticia de lo ocurrido ya había recorrido medio pueblo. Santa Marina era demasiado pequeña para guardar secretos durante mucho tiempo. La señora Marta, que atendía el almacén de la plaza, fue la primera en acercarse a Silvana mientras compraba pan.
—Me enteré de lo que pasó anoche.
—No fue nada grave.
—Aquí todo empieza siendo nada grave hasta que deja de serlo.
Silvana sonrió por educación.
—Estoy bien.
Marta miró hacia la calle.
—¿Andrés estaba contigo?
—Sí. Me ayudó.
La mujer levantó las cejas.
—Ese muchacho siempre ha sido así.
—¿Así cómo?
—De ayudar sin preguntar demasiado.
—Parece una buena cualidad.
—Lo es, aunque a veces termina metiéndose en problemas que no son suyos.
Silvana pagó el pan.
—¿Andrés suele meterse en problemas?
Marta sonrió de una manera que a Silvana le pareció demasiado significativa.
—Desde pequeño. Su padre era igual.
—No sabía que su padre había muerto.
—Hace años.
—Lo siento.
—Andrés nunca habla demasiado de eso.
Silvana salió del almacén con la bolsa de pan entre las manos. Al cruzar la plaza vio a Andrés al otro lado de la calle, junto a su camioneta. Él levantó la mano al verla.
Silvana se acercó.
—Buenos días.
—¿Dormiste?
—Más o menos.
—¿Te llamaron de la policía?
—Sí. Pasaron temprano.
—¿Encontraron algo?
—Unas huellas, pero nada más.
Andrés frunció el ceño.
—¿Y la casa?
—La revisaron completa.
—Bien.
Silvana lo observó.
—Pareces preocupado.
—Lo estoy.
—¿Por mí?
—Sí.
Ella bajó la mirada.
—No estoy acostumbrada a que alguien se preocupe por mí de esa manera.
—Pues tendrás que acostumbrarte.
Silvana levantó los ojos y ambos quedaron mirándose durante un instante demasiado largo para ser considerado casual.
Una voz interrumpió la escena.
—Andrés.
Los dos se volvieron.
Era Marcelo.
—Tenemos trabajo.
—Ya voy.
Marcelo miró a Silvana y luego a Andrés.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Andrés.
—Me alegro.
Pero la manera en que Marcelo observó a ambos hizo evidente que ya había empezado a sacar sus propias conclusiones.
Durante los días siguientes, Silvana comenzó a acostumbrarse a Santa Marina. Descubrió que podía caminar desde la casa de su abuela hasta la playa en menos de veinte minutos, que el café de la esquina abría antes de las seis, que el panadero conocía por nombre a casi todos sus clientes y que las noticias circulaban por el pueblo con una rapidez que no tenía comparación con la ciudad.
También descubrió que Andrés aparecía con frecuencia.
A veces llegaba para reparar alguna cosa de la casa, otras para acompañarla hasta el mercado y algunas simplemente para conversar. No habían hablado de lo que estaba ocurriendo entre ellos porque ninguno quería ponerle un nombre a algo que todavía no entendían. Sin embargo, la cercanía crecía con naturalidad.
Una tarde caminaron hasta la playa.
El cielo estaba despejado y el mar se extendía frente a ellos con una tonalidad azul profunda. Había pocas personas sobre la arena. Algunas familias recogían sus cosas mientras el sol comenzaba a descender y un grupo de pescadores regresaba con una pequeña embarcación.
Silvana se quitó los zapatos y caminó descalza junto al agua.
—No recordaba que el mar pudiera sentirse tan grande.
—Desde la ciudad parece más pequeño.
—Todo parece más pequeño desde la ciudad.
Andrés la miró.
—¿La extrañas?
—¿A la ciudad?
—Sí.
Silvana pensó unos segundos.
—Extraño algunas cosas. Mis amigos. Mi trabajo. La comodidad. Pero últimamente me pregunto si realmente extraño la ciudad o solamente extraño la vida que tenía allí.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Que quizá puedo cambiar mi vida sin cambiar de lugar.
Andrés caminó unos pasos en silencio.
—Eso es más difícil de lo que parece.
—¿Por qué?
—Porque cambiar una vida implica admitir que la anterior ya no te alcanza.
Silvana lo miró sorprendida.
—Hablas como si hubieras pensado mucho en eso.
—Lo hice.
—¿Y qué decidiste?
Andrés contempló el horizonte.
—Todavía no lo sé.
El viento agitó el cabello de Silvana y Andrés tuvo que apartar la mirada.
—¿Crees que la fe sirve para tomar decisiones? —preguntó ella.
Él tardó unos segundos en responder.
—Creo que la fe no siempre te dice qué decisión tomar, pero puede darte fuerzas para tomarla cuando no sabes qué va a ocurrir después.
—Mi abuela decía algo parecido.
—Tu abuela tenía mucha fe.
—Sí.
Silvana se detuvo.
—Yo la perdí durante un tiempo.
Andrés también se detuvo.
—¿La fe?
—Sí.
—¿Por qué?
Ella respiró profundamente.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. Fue una enfermedad rápida. En pocos meses pasó de estar trabajando a no poder levantarse de una cama. Yo oraba todos los días. Todos. Estaba convencida de que Dios iba a sanarlo. Cuando murió, sentí que alguien me había engañado.
Andrés no dijo nada.
—Después dejé de ir a la iglesia —continuó ella—. Mi abuela nunca me presionó. Solamente me decía que Dios no se había ido porque yo estuviera enojada.
—Era sabia.
—Sí.
Silvana miró el mar.
—No sé si todavía creo como antes.
—No tienes que creer como antes.
Ella lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá la fe también cambia cuando uno cambia.
Silvana sonrió.
—Tú hablas distinto a los hombres que conocí en la ciudad.
—Eso no sé si es bueno.
—Lo es.
Continuaron caminando hasta que el sol desapareció parcialmente detrás de las nubes.
Cuando regresaron al pueblo, encontraron a una mujer esperándolos frente a la casa de Elena.
Era elegante, de unos cincuenta años, y llevaba un bolso oscuro.
Silvana se detuvo.
—Mamá.
Andrés sintió que algo en el ambiente había cambiado.
La mujer abrazó a su hija brevemente y luego miró a Andrés de arriba abajo. No fue una mirada abiertamente hostil, pero sí suficientemente fría para hacerle entender que ya había formado una impresión.
—¿Quién es él?
—Andrés.
—Andrés Morales —respondió él.
—¿Trabajas aquí?
—Sí.
—¿En qué?
—Soy mecánico.
La mujer asintió sin entusiasmo.
—Ya veo.
Silvana intervino.
—Él me ayudó cuando alguien intentó entrar en la casa.
—Me lo contó la policía.
—También me ha ayudado con otras cosas.
La mujer volvió a mirar a Andrés.
—Agradezco que hayas ayudado a mi hija.
—No fue nada.
—Seguramente.
Andrés comprendió que aquella conversación no tenía sentido para él y decidió marcharse.
—Nos vemos mañana, Silvana.
—Sí.
La madre de Silvana esperó hasta que Andrés se alejó.
—¿Qué significa "mañana"?
—Que probablemente nos veremos.
—Silvana.
—¿Qué?
—No has venido a Santa Marina para involucrarte con alguien.
Silvana frunció el ceño.
—No estoy involucrada con nadie.
—Espero que sea así.
—Mamá, apenas lo conozco.
—Precisamente.
—No entiendo qué estás tratando de decir.
Su madre miró hacia la calle.
—No quiero que cometas los mismos errores que tu abuela.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Qué errores?
La mujer evitó responder.
—Mañana hablaremos.
—No. Ahora.
—No aquí.
Entraron en la casa.
Aquella noche, mientras cenaban, Silvana insistió nuevamente.
—¿Qué quiso decir con que la abuela cometió errores?
Su madre dejó los cubiertos sobre el plato.
—Tu abuela se quedó en este pueblo cuando podría haber tenido una vida completamente diferente.
—¿Y eso fue un error?
—No. El error fue confiar demasiado en ciertas personas.
—¿En quién?
—En gente que no pertenecía a nuestro mundo.
Silvana comprendió inmediatamente.
—¿Estás hablando de Andrés?
—Estoy hablando de una forma de vida.
—No lo conoces.
—Conozco este pueblo.
—Eso no es lo mismo.
Su madre respiró profundamente.
—Silvana, hay cosas que todavía no sabes.
—Entonces cuéntamelas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque tu abuela me pidió que no lo hiciera.
Silvana se levantó lentamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que hay asuntos del pasado que deberían permanecer enterrados.
Silvana sintió un escalofrío.
—¿Y alguien está intentando desenterrarlos?
Su madre no respondió.
La pregunta quedó flotando en el comedor mientras afuera el viento volvía a golpear las ventanas.
Al día siguiente, Andrés estaba trabajando en el taller cuando recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Andrés Morales?
—Sí.
—Necesito hablar contigo.
—¿Quién es?
—Alguien que conoció a tu padre.
Andrés dejó la herramienta sobre la mesa.
—¿Qué quiere?
—Que dejes tranquila a Silvana.
Andrés permaneció en silencio.
—¿Quién habla?
—No importa.
—A mí sí.
—Entonces escucha bien. Hay historias que terminaron hace mucho tiempo y no deberían volver a comenzar.
La llamada terminó.
Andrés quedó mirando el teléfono.
Minutos después llegó Silvana.
—¿Qué te pasa?
Él levantó la mirada.
—¿Tu madre te habló de mi familia?
Silvana se quedó quieta.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí. ¿Por qué?
Andrés dudó antes de responder.
—Porque alguien acaba de llamarme para decirme que me aleje de ti.
Silvana palideció.
—¿Qué?
—No sé quién fue.
—¿Te amenazó?
—No exactamente.
—Andrés, dime la verdad.
Él la miró fijamente.
—Me dijo que hay historias que terminaron hace mucho tiempo y que no deberían volver a comenzar.
Silvana sintió que aquellas palabras tenían un significado que su madre conocía.
—Tenemos que hablar con ella.
—Sí.
Salieron juntos del taller.
Mientras caminaban hacia la casa, ninguno de los dos vio el automóvil oscuro que estaba estacionado al otro lado de la calle. El mismo hombre que había vigilado la vivienda días atrás observaba desde el interior.
Cuando Andrés y Silvana entraron en la casa, el hombre tomó nuevamente su teléfono.
—Ya están juntos.
Escuchó la respuesta.
—Sí. Parece que la historia se está repitiendo.
Miró hacia el mar, visible al fondo de la calle.
—Y esta vez no pienso permitir que lleguen demasiado lejos.
CAPÍTULO 3
Silvana cerró la puerta detrás de Andrés y permaneció unos segundos con la mano apoyada sobre el picaporte, como si necesitara aquel pequeño contacto con algo firme para ordenar las preguntas que se agolpaban en su cabeza. Desde que su madre había llegado a Santa Marina, la casa de su abuela parecía haber cambiado. Las mismas paredes, los mismos muebles, las mismas fotografías y hasta el mismo olor a madera antigua parecían guardar ahora un significado diferente. Antes de aquella conversación, Silvana había pensado que su regreso al pueblo sería solamente una interrupción breve en su vida de la ciudad, una obligación familiar que cumplir antes de vender la propiedad y regresar a su trabajo. Ahora, en cambio, tenía la sensación de haber abierto una puerta que durante años había permanecido cerrada y detrás de ella había encontrado una historia que su familia se había empeñado en ocultarle.
Su madre estaba sentada en el comedor, con una taza de café entre las manos, y no levantó la mirada cuando los vio entrar.
—Mamá, tenemos que hablar.
—Ya sé.
—Entonces no me hagas perder tiempo. Alguien llamó a Andrés para decirle que se alejara de mí y utilizó palabras que tienen relación con todo lo que tú me dijiste ayer.
La mujer levantó lentamente los ojos.
—¿Qué palabras?
—Que hay historias que terminaron hace mucho tiempo y que no deberían volver a comenzar.
La taza quedó suspendida entre sus manos durante un instante. Silvana observó cómo el rostro de su madre perdía el color.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó ella.
—No lo sé.
—¿A ti también te llamaron?
—No.
—Entonces quizá deberías preguntarle a Andrés quién fue.
—Ya lo hice. No sabe.
La madre de Silvana dejó la taza sobre la mesa y respiró profundamente antes de mirar al hombre que permanecía junto a la puerta. Andrés había decidido acompañarla hasta allí porque intuía que aquella conversación podía terminar siendo incómoda, pero no quería marcharse dejando sola a Silvana frente a una verdad que parecía pertenecer también a su propia familia.
—Creo que sería mejor que me fuera —dijo.
—No —respondió Silvana inmediatamente—. Quédate.
Su madre frunció el ceño.
—No creo que sea apropiado.
—Él ya está involucrado aunque tú no quieras reconocerlo.
Andrés intervino con calma.
—Señora, yo no quiero meterme en asuntos familiares, pero alguien me ha pedido que me aleje de su hija y necesito saber por qué.
La mujer lo observó durante unos segundos.
—Tu padre se llamaba Tomás Morales.
Andrés sintió un pequeño sobresalto.
—Sí.
—¿Sabes quién era Esteban Valdés?
El apellido hizo que Silvana mirara a su madre.
—¿Quién?
—Tu abuelo —respondió ella.
Silvana quedó inmóvil.
—Mi abuelo murió antes de que yo naciera.
—Sí.
—¿Qué tiene que ver con Andrés?
La madre tardó en responder.
—Mucho.
Andrés permaneció de pie, con las manos juntas frente a él.
—Mi padre conocía a Esteban Valdés.
—No solamente lo conocía —dijo la mujer—. Trabajó para él.
Andrés sintió que aquella frase despertaba recuerdos que hasta entonces habían permanecido incompletos. Su padre había trabajado durante años en distintos oficios antes de incorporarse al astillero. Siempre había evitado hablar demasiado de su pasado, y cuando Andrés preguntaba por qué había abandonado ciertos trabajos, se limitaba a responder que había cosas que era mejor dejar atrás.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó.
—Tu padre era encargado de mantenimiento en una empresa de transporte marítimo que pertenecía a mi padre.
—¿Y qué ocurrió?
La mujer miró hacia la ventana.
—Un accidente.
Silvana se acercó.
—¿Qué accidente?
—Una embarcación se incendió en el puerto.
Andrés frunció el ceño.
—Recuerdo eso.
—Tú eras muy joven.
—Mi padre estuvo involucrado.
—Sí.
—¿Fue su culpa?
La pregunta salió con una dureza que él mismo no esperaba.
La mujer negó lentamente.
—No.
Andrés soltó el aire que había estado conteniendo.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Mi padre acusó a Tomás de negligencia.
—¿Y lo despidió?
—Sí.
—¿Eso fue todo?
La mujer bajó la mirada.
—No.
El silencio se hizo pesado.
—Hubo dinero perdido —continuó—. Mucho dinero. Mi padre aseguró que Tomás había alterado algunos documentos relacionados con los seguros y que había provocado el accidente para beneficiarse.
Andrés dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque años después encontré los documentos.
Silvana la miró con incredulidad.
—¿Qué documentos?
—Los que demostraban que tu abuelo había cometido fraude.
Andrés permaneció en silencio.
—¿Y por qué no lo denunciaste?
Su madre cerró los ojos por un momento.
—Porque mi padre ya estaba muerto.
—Eso no responde.
—Y porque tenía miedo.
Silvana se acercó a la mesa.
—¿Miedo de quién?
Su madre no contestó.
—Mamá.
—De mi propia familia.
La respuesta dejó a los tres inmóviles.
Afuera comenzó a llover nuevamente. Las gotas golpeaban el cristal con un ritmo irregular y el sonido lejano del mar parecía acompañar aquella conversación.
—¿Qué hizo mi abuelo? —preguntó Silvana.
—Destruyó la reputación de Tomás. Hizo que todos creyeran que era un ladrón y un irresponsable.
Andrés apretó los puños.
—Mi padre nunca volvió a ser el mismo.
—Lo sé.
—Mi madre siempre me dijo que había perdido su trabajo injustamente, pero nunca me explicó por qué.
—Porque Tomás le pidió que no hablara.
—¿Por qué?
La mujer levantó la mirada.
—Porque tenía una familia que proteger.
Andrés comprendió entonces algunas cosas que durante años había considerado simples silencios. Las conversaciones interrumpidas cuando él entraba en una habitación, la incomodidad de su padre cuando alguien mencionaba a la familia Valdés, la manera en que había evitado determinados lugares de la ciudad y, sobre todo, aquella expresión que utilizaba cuando Andrés le preguntaba si alguna vez había pensado en regresar a trabajar a la ciudad.
"No todo lugar al que uno puede volver es un lugar al que conviene regresar."
Andrés había pensado durante años que se trataba solamente de una frase.
Ahora entendía que era una advertencia.
—¿Qué pasó después del accidente? —preguntó.
—Tu padre se quedó en Santa Marina. Consiguió trabajo en el astillero y comenzó de nuevo.
—¿Y mi abuelo?
—Continuó con sus negocios.
—¿Y tú?
La mujer miró a su hija.
—Yo me casé, me fui a la ciudad y traté de olvidar.
Silvana sintió un nudo en la garganta.
—¿Y la abuela?
—Ella sabía.
—¿Sabía todo?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué nunca me dijo nada?
—Porque quería protegerte.
—Todos dicen lo mismo. "Quería protegerte." Pero nadie piensa que esconder la verdad también puede hacer daño.
Su madre bajó la cabeza.
—Quizá tengas razón.
Andrés permaneció callado. Ya no sabía qué pensar respecto de Silvana. Lo que hasta entonces había parecido una relación sencilla comenzaba a quedar atrapado en una historia que había empezado mucho antes de que ambos nacieran.
—¿Qué tienen que ver las amenazas con todo esto? —preguntó.
La madre de Silvana levantó la mirada.
—No lo sé.
—Pero alguien sabe lo que ocurrió.
—Sí.
—¿Quién?
—No estoy segura.
—Entonces necesitamos averiguarlo.
La mujer negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si alguien está dispuesto a amenazarte por acercarte a mi hija, no quiero que sigas buscando.
Andrés miró a Silvana.
—No voy a decidir eso por miedo.
—Tú no entiendes.
—Entiendo bastante.
—No, Andrés. Tu padre perdió años de su vida por culpa de esta familia. No quiero que tú pierdas los tuyos.
La frase le dolió más de lo que esperaba.
—Con todo respeto, señora, mi padre perdió esos años porque alguien decidió mentir sobre él. No porque él hubiera hecho algo malo.
Silvana se acercó a Andrés.
—No estás solo en esto.
Su madre se levantó.
—Precisamente eso es lo que me preocupa.
La conversación terminó poco después. Andrés salió de la casa mientras Silvana permanecía en la puerta.
—Lo siento —dijo ella.
—No tienes que disculparte.
—Todo esto te afecta.
—A ti también.
—Sí, pero tú llevas toda la vida cargando con algo que ni siquiera conocías completamente.
Andrés miró hacia el mar.
—Quizá sea mejor conocerlo ahora.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
Silvana pareció sorprendida.
—Pensé que nunca tenías miedo.
Andrés sonrió.
—Eso sería una mentira.
—¿Entonces qué haces cuando tienes miedo?
—Camino.
—¿Hacia dónde?
—Depende.
Silvana lo miró.
—¿Y ahora?
Él volvió la mirada hacia ella.
—Ahora no lo sé.
Silvana dio un paso hacia él.
—Entonces caminemos juntos.
Andrés no respondió inmediatamente. Había algo en aquella frase que le produjo una emoción difícil de explicar, una mezcla de ternura y temor, como si la propuesta significara mucho más de lo que ambos estaban preparados para admitir.
—Está bien —dijo finalmente.
Comenzaron a caminar por la calle bajo una lluvia ligera.
Durante las semanas siguientes, la relación entre ellos se hizo cada vez más cercana. Ya no eran simplemente dos personas que habían coincidido por casualidad en un pueblo pequeño. Andrés comenzó a formar parte de los días de Silvana y ella empezó a ocupar un espacio creciente en la vida de él. Se encontraban después del trabajo, caminaban hasta la playa, conversaban frente a la iglesia o se sentaban en un banco de la plaza cuando el tiempo lo permitía. La gente comenzó a notar aquella cercanía y, como era inevitable en Santa Marina, comenzaron también los comentarios.
Una tarde, mientras Andrés compraba algunas herramientas en el almacén, Marcelo le habló con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—La gente está hablando.
—La gente siempre habla.
—Esta vez habla de Silvana.
Andrés dejó una caja sobre el mostrador.
—¿Qué dicen?
—Que ella no es para ti.
Andrés levantó la mirada.
—¿Quién lo dice?
—No importa.
—Sí importa.
—La mitad del pueblo.
Andrés soltó una pequeña risa amarga.
—Entonces tendré que comprarme un pueblo nuevo.
Marcelo no sonrió.
—No es solamente por la diferencia de dinero.
—¿Qué más?
—Su familia.
Andrés se quedó callado.
—Hay personas que todavía recuerdan lo de tu padre —continuó Marcelo—. Algunos creen que los Valdés destruyeron a tu familia. Otros dicen que fue al revés.
—¿Y tú qué crees?
—Que no sé suficiente para juzgar.
Andrés asintió.
—Eso es lo más sensato que he escuchado hoy.
Mientras tanto, Silvana enfrentaba una situación parecida en la ciudad. Su madre había regresado a casa, pero antes de marcharse había hablado con varias personas de la familia. Una de sus tías llamó esa misma semana.
—Me dijeron que estás pasando mucho tiempo con un hombre del pueblo.
—¿Y?
—Silvana, sabes lo que pienso.
—No, no lo sé.
—Es evidente.
—Entonces dilo.
—No pertenece a nuestro ambiente.
Silvana se quedó en silencio unos segundos.
—¿Qué ambiente?
—No quiero discutir.
—Yo tampoco. Pero quiero entender.
—Es un mecánico, Silvana.
La joven cerró los ojos.
—¿Y qué tiene de malo ser mecánico?
—Nada.
—Entonces el problema es que es pobre.
—No dije eso.
—No hace falta.
La llamada terminó poco después, pero dejó a Silvana inquieta. Aquella misma noche llamó a Andrés.
—¿Estás ocupado?
—Estoy en casa.
—¿Puedo verte?
—Claro.
Se encontraron en el camino que llevaba al acantilado. El cielo estaba despejado y la luna iluminaba el mar. Andrés había llevado una vieja manta que extendieron sobre la hierba.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Mi familia no te acepta.
Andrés miró hacia el agua.
—Ya me di cuenta.
—Dicen que no perteneces a mi mundo.
—Quizá tengan razón.
Silvana se volvió hacia él.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque tú no sabes cuál es mi mundo.
—¿Y tú sí?
Ella sonrió.
—No. Hace tiempo que tampoco.
Andrés permaneció en silencio.
—Quiero que sepas algo —dijo Silvana—. No me importa cuánto dinero tengas.
—Eso es fácil de decir ahora.
—No. Es fácil decir lo contrario. Lo difícil es sostenerlo cuando empiezan las críticas.
Andrés la miró.
—¿Y si algún día te cansas?
—Entonces te lo diré.
—¿Y si tu familia te obliga a elegir?
Silvana tardó en responder.
—No quiero que nadie me obligue a elegir.
—Pero quizá ocurra.
—Entonces elegiré yo.
Andrés bajó la mirada.
—No quiero que pierdas a tu familia por mí.
—Tampoco quiero perderte a ti por ellos.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Silvana se acercó lentamente y tomó la mano de Andrés.
—No sé cuándo empezó esto.
—Yo tampoco.
—Pero empezó.
Andrés entrelazó sus dedos con los de ella.
—Sí.
Se quedaron así, contemplando el mar.
Desde la carretera, un automóvil pasó lentamente.
Ninguno de los dos lo notó.
Dentro del vehículo, el mismo hombre que había estado vigilando la casa observó la escena desde lejos. Esta vez no llamó inmediatamente. Sacó del bolsillo una fotografía vieja, gastada en los bordes. En ella aparecían dos hombres jóvenes frente a una embarcación.
Uno era Tomás Morales.
El otro era Esteban Valdés.
El hombre dio vuelta la fotografía y leyó una inscripción escrita a mano.
"Si alguna vez ellos vuelven a encontrarse, todo saldrá a la luz."
Guardó nuevamente la fotografía y encendió el motor.
Al día siguiente, Andrés recibió un sobre sin remitente en el taller. Dentro había una copia de un documento antiguo relacionado con el incendio del puerto. Al final de la página aparecía una firma que reconoció inmediatamente.
Era la firma de su padre.
Pero debajo de ella había una anotación escrita con otra tinta.
"Tomás sabía quién provocó el incendio."
Andrés permaneció inmóvil frente al documento mientras afuera comenzaba a escucharse el rumor del mar.
Y, por primera vez desde que Silvana había llegado a Santa Marina, comprendió que quizá la persona que estaba intentando separarlos no tenía miedo de su amor, sino de aquello que ambos podían llegar a descubrir juntos.
CAPÍTULO 4
Andrés permaneció largo rato frente al documento sin atreverse a moverlo de la mesa donde lo había dejado después de leer aquella frase por tercera vez. La hoja era una copia antigua, amarillenta en los bordes y marcada por varios dobleces, pero la firma de su padre era inconfundible. Había visto aquella firma cientos de veces en recibos, documentos del taller y papeles familiares, y aunque habían pasado años desde la muerte de Tomás, Andrés habría podido reconocerla entre cientos de firmas. Lo que no conseguía comprender era la anotación que aparecía debajo, escrita con una tinta diferente y probablemente muchos años después: "Tomás sabía quién provocó el incendio". Aquellas palabras podían significar muchas cosas, pero todas conducían al mismo lugar, a una verdad que alguien había tratado de esconder durante décadas y que ahora comenzaba a aparecer precisamente cuando Silvana había regresado al pueblo.
Guardó la copia dentro de un cajón y cerró con llave. Durante unos minutos se quedó sentado, con los codos apoyados sobre la mesa y la mirada perdida en el suelo. Pensó en su padre, en las pocas veces que había hablado del incendio, en la manera en que evitaba mencionar a Esteban Valdés y en aquel extraño silencio que había acompañado los últimos años de su vida. Andrés siempre había creído que Tomás había sufrido una injusticia y que, después de perder su empleo, simplemente había decidido comenzar de nuevo en Santa Marina. Ahora sospechaba que la historia era mucho más compleja. Quizá su padre no había sido solamente una víctima, sino también alguien que había conocido una verdad peligrosa y había decidido callarla para proteger a su familia.
La puerta del taller se abrió y Marcelo entró con una caja de repuestos.
—¿Qué te pasa?
Andrés levantó la mirada.
—Nada.
Marcelo dejó la caja sobre el banco.
—Llevas diez minutos mirando el mismo tornillo sin tocarlo.
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso en ti.
Andrés no sonrió.
—Necesito preguntarte algo sobre el incendio del puerto.
Marcelo cambió de expresión.
—¿Qué incendio?
—El de hace treinta años.
—Era antes de que yo naciera.
—Pero tu padre trabajaba en el puerto.
Marcelo permaneció en silencio.
—Mi padre también —continuó Andrés—. ¿Alguna vez escuchaste algo?
—Mi viejo decía que aquel asunto estuvo lleno de mentiras.
—¿Qué mentiras?
—No lo sé. Nunca quiso hablar demasiado.
Andrés abrió el cajón, sacó la copia y se la mostró.
Marcelo la leyó lentamente.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Me lo dejaron en un sobre.
—¿Quién?
—No sé.
—Andrés, esto ya no es una historia vieja.
—Eso es lo que me preocupa.
Marcelo volvió a leer la anotación.
—¿Crees que alguien provocó el incendio?
—No lo sé.
—¿Y crees que tu padre sabía quién fue?
—Eso dice aquí.
Marcelo levantó la mirada.
—Entonces quizá deberías dejarlo en manos de la policía.
Andrés guardó nuevamente el documento.
—Tal vez.
—No digas "tal vez".
—Tengo que saber qué pasó.
—¿Por qué?
Andrés respiró profundamente.
—Porque toda mi vida creí que mi padre fue acusado injustamente y ahora resulta que quizá sabía mucho más de lo que me contó. Y porque la familia de Silvana está relacionada con todo esto.
Marcelo se pasó una mano por la cara.
—Entonces no estás investigando un incendio. Estás entrando en una historia que puede destruir a dos familias.
—Ya las destruyó una vez.
—Y no sabes si alguien quiere que vuelva a ocurrir.
Andrés no respondió.
Esa misma tarde, Silvana llegó al taller. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión preocupada.
—Tenemos que hablar.
Andrés supo inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Silvana dejó la carpeta sobre la mesa.
—Mi madre llamó esta mañana. Quiere que regrese a la ciudad.
—¿Por qué?
—Dice que la casa de mi abuela debe venderse cuanto antes y que no es conveniente que siga aquí.
Andrés guardó silencio.
—No quiere que esté contigo.
—Eso ya lo sabía.
—Ahora es peor.
—¿Qué te dijo?
Silvana abrió la carpeta.
—Me envió unos documentos de la propiedad.
Andrés los observó.
—¿Qué tienen?
—Una cláusula que no conocía.
—¿Qué clase de cláusula?
—Mi abuela no podía vender la casa sin autorización de una sociedad que aparece aquí.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué sociedad?
Silvana señaló el documento.
—Valdés y Asociados.
Andrés sintió un escalofrío.
—¿Tu abuelo?
—Eso parece.
—¿Por qué una propiedad de tu abuela tendría una cláusula así?
—No lo sé.
—¿Tu madre lo sabe?
—Le pregunté. No quiso responder.
Andrés tomó la carpeta.
—¿Puedo verla?
—Sí.
Leyeron juntos los documentos durante varios minutos. La casa había sido adquirida por Elena décadas atrás, pero la propiedad estaba vinculada a una antigua sociedad comercial. En caso de venta, parte del dinero debía ser destinado a una cuenta administrada por los antiguos socios. Sin embargo, la sociedad había sido disuelta años atrás.
—Esto no tiene sentido —dijo Andrés.
—Eso pensé.
—¿Tu abuela alguna vez habló de esto?
—No.
—Entonces hay algo más.
Silvana lo miró.
—¿Qué descubriste tú?
Andrés dudó.
—Recibí algo esta mañana.
Sacó la copia del cajón y se la entregó.
Silvana la leyó lentamente. Cuando terminó, levantó los ojos.
—¿Quién te dio esto?
—No lo sé.
—¿Por qué dice que tu padre sabía quién provocó el incendio?
—No tengo idea.
Silvana volvió a mirar la hoja.
—Tenemos que encontrar los documentos originales.
—¿Dónde?
—Quizá en la casa.
—Ya revisamos casi todo.
—No todo.
Silvana recordó entonces algo que había encontrado la noche anterior. Un pequeño mueble antiguo del dormitorio de su abuela tenía una cerradura que no había podido abrir.
—Hay un cajón que nunca pude abrir.
—¿Dónde?
—En la habitación.
Regresaron juntos a la casa.
El mueble estaba junto a una pared cubierta de fotografías. Andrés examinó la cerradura.
—Es antigua.
—¿Puedes abrirla?
—Sí, pero necesito una herramienta.
—Entonces espera.
—No.
Andrés tomó una pequeña navaja que llevaba consigo y trabajó sobre la cerradura durante unos minutos hasta escuchar un clic.
Silvana abrió el cajón.
Dentro había varias cartas, una libreta y un pequeño sobre cerrado.
—Esto es de mi abuela —dijo.
Sacó la primera carta.
La letra era de Elena.
"Si algún día Silvana encuentra estas cartas, significa que ya no estoy aquí para explicarle las cosas."
Silvana sintió que se le cerraba la garganta.
—No puedo leer esto.
Andrés se acercó.
—Puedes.
Ella continuó.
"Hay decisiones que tomé por miedo y otras por amor. Durante muchos años creí que callar protegería a mi familia, pero el silencio también puede convertirse en una forma de injusticia. Tomás Morales fue acusado de algo que no hizo. Yo lo supe desde el principio."
Andrés cerró los ojos.
Silvana siguió leyendo.
"Esteban sabía que Tomás había descubierto irregularidades en la empresa. También sabía que si hablaba, algunas personas perderían mucho más que dinero. La noche del incendio, Tomás vio a alguien salir del depósito antes de que comenzara el fuego."
Silvana dejó la carta sobre la cama.
—¿Quién?
Andrés tomó la siguiente página.
La respuesta estaba allí.
"Tomás nunca quiso decirme el nombre. Solamente me dijo que aquella persona tenía acceso a las instalaciones y que Esteban la estaba protegiendo."
Andrés sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Tu abuelo sabía.
—Sí.
—¿Y protegió a alguien?
Silvana continuó leyendo.
"Después del incendio, Esteban acusó a Tomás para evitar que la investigación llegara hasta la persona que realmente había provocado el fuego. Yo intenté convencerlo de que dijera la verdad, pero me amenazó con destruir a mi familia."
Silvana se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Andrés tomó la última hoja.
"Si alguna vez estas cartas salen a la luz, busca a Julián Ferrer. Él sabe lo que ocurrió aquella noche."
Silvana levantó la mirada.
—¿Quién es Julián Ferrer?
Andrés negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Tenemos que encontrarlo.
—Sí.
—¿Y si está muerto?
—Entonces tendremos que encontrar a alguien que lo conociera.
Silvana se sentó en la cama.
—Mi abuela sabía todo esto y nunca me dijo nada.
—Intentó protegerte.
—Sí, pero ahora entiendo por qué decía que algunas verdades llegan cuando uno está preparado.
Andrés se quedó junto a ella.
—Silvana.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—No quiero que sigas con esto si tienes miedo.
—Tengo miedo.
—Entonces puedes detenerte.
—No.
—¿Por qué?
Silvana sostuvo su mirada.
—Porque ya no quiero que nuestras vidas estén determinadas por secretos de personas que murieron hace años.
Andrés se sentó a su lado.
—No quiero que esto nos destruya.
—Entonces no dejemos que lo haga.
Sus manos se encontraron sobre la cama. Ninguno de los dos habló durante unos segundos.
Silvana fue la primera en acercarse.
—Andrés.
—Sí.
—Tengo que decirte algo.
—Dime.
—Creo que me estoy enamorando de ti.
Andrés sintió que todas las palabras desaparecían.
—Silvana...
—No quiero que respondas si no estás seguro.
—Estoy seguro.
Ella lo miró.
—¿Seguro de qué?
—De que me pasa lo mismo.
Se quedaron frente a frente y finalmente se besaron. Fue un beso breve y tembloroso, lleno más de incertidumbre que de seguridad, pero cuando se separaron ninguno quiso apartarse.
Afuera, el viento comenzó a soplar con fuerza y el mar golpeó los acantilados.
No sabían que alguien los observaba desde la calle.
El hombre del automóvil oscuro había visto a Andrés entrar en la casa y esperaba pacientemente. Cuando salió, encendió el motor y se dirigió hacia el extremo del pueblo.
A pocos kilómetros de Santa Marina, una pequeña vivienda abandonada permanecía junto a la antigua carretera costera. El hombre estacionó frente a ella y golpeó tres veces la puerta.
Un anciano abrió.
—¿Qué quieres?
—Volvió.
El anciano lo miró fijamente.
—¿Quién?
—La nieta de Elena.
El rostro del anciano cambió.
—Eso no puede ser.
—Está en la casa.
—Entonces ya encontró las cartas.
El hombre permaneció en silencio.
—¿Y Andrés Morales?
—Está con ella.
El anciano cerró los ojos.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Qué hacemos?
—Lo mismo que hicimos hace treinta años.
—¿Quieres que vuelva a ocurrir?
El anciano lo miró con dureza.
—No.
—Entonces dime qué hacemos.
—Primero debemos encontrar a Julián Ferrer.
El hombre frunció el ceño.
—Pensé que estaba muerto.
—Eso es lo que todos creen.
—¿Y no lo está?
El anciano negó lentamente.
—No.
Mientras tanto, en Santa Marina, Andrés y Silvana continuaban revisando las cartas de Elena. Habían encontrado una segunda referencia a Julián Ferrer, junto con una dirección antigua en la ciudad. Silvana tomó una fotografía de los documentos y guardó las cartas nuevamente en el cajón.
—Mañana iremos a la ciudad.
Andrés asintió.
—Sí.
—Mi madre se va a enfadar.
—Probablemente.
—Mi familia también.
—Seguramente.
Silvana lo miró.
—¿Te arrepientes?
Andrés negó.
—No.
—Yo tampoco.
Se abrazaron y permanecieron juntos frente a la ventana mientras la noche cubría lentamente el pueblo.
A lo lejos, las luces de la gran ciudad comenzaban a encenderse una tras otra. Desde Santa Marina parecían pequeñas estrellas sobre el horizonte, tan cercanas y tan lejanas al mismo tiempo.
Silvana apoyó la cabeza sobre el hombro de Andrés.
—¿Sabes qué me dijo mi abuela una vez?
—¿Qué?
—Que el mar parece separar los lugares, pero en realidad los conecta.
Andrés miró hacia el horizonte.
—Tenía razón.
—¿Crees que también puede conectar a las personas?
Él la miró.
—Creo que algunas personas encuentran el camino aunque todo parezca estar hecho para separarlas.
Silvana volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.
En ese mismo momento, a varios kilómetros de allí, el anciano que conocía el secreto de Julián Ferrer recibió una llamada.
—Ya sé dónde está —dijo una voz al otro lado.
El anciano se puso de pie.
—¿Dónde?
—En la ciudad.
—Entonces hay que llegar antes que ellos.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
El anciano miró por la ventana hacia el mar.
—Entonces tendremos que impedir que hable.
CAPÍTULO 5
La mañana siguiente comenzó con un cielo despejado que contrastaba con la inquietud que se había instalado en la casa de Elena. Silvana se levantó antes de que sonara la alarma y durante unos minutos permaneció sentada junto a la ventana del dormitorio, contemplando el horizonte. Desde allí no podía ver directamente el mar, pero podía escuchar su presencia en el rumor constante que llegaba desde los acantilados y que, mezclado con el canto de algunos pájaros, parecía formar parte de la vida cotidiana de Santa Marina. Había pasado la noche pensando en las cartas de su abuela, en la confesión que había hecho a Andrés y en aquel beso que había cambiado definitivamente la naturaleza de lo que existía entre ellos. Hasta entonces habían podido fingir que solamente estaban acercándose, que podían tomarse el tiempo necesario para descubrir qué sentían, pero después de aquella noche ya no había forma de negar que se habían convertido en algo más que dos personas unidas por una investigación del pasado.
Sin embargo, el amor recién descubierto tenía que convivir con una amenaza que ninguno de los dos comprendía del todo.
Andrés llegó temprano con su camioneta y encontró a Silvana cerrando la puerta de la casa.
—¿Estás lista?
—Hace una hora.
—Entonces tenemos ventaja.
—¿Sobre quién?
—Sobre quienes llevan treinta años tratando de esconder la verdad.
Silvana sonrió, aunque la preocupación seguía presente en sus ojos.
—No sé si deberíamos bromear con esto.
—Si dejamos de hacerlo, quizá nos volvamos locos.
Ella cerró con llave y se acercó a él.
—Anoche casi no dormí.
—Yo tampoco.
—¿Por lo que pasó?
Andrés la miró.
—Por muchas cosas.
Silvana entendió inmediatamente.
—Yo también.
No hablaron del beso. No era necesario. La forma en que se miraban decía suficiente.
Subieron a la camioneta y emprendieron el camino hacia la ciudad. La carretera costera estaba prácticamente vacía a esa hora. A un lado se extendían campos verdes y pequeños bosques, mientras al otro, en algunos tramos, aparecía el mar entre las dunas. Santa Marina iba quedando atrás lentamente y con ella la sensación de seguridad que, aunque imperfecta, ambos conocían.
—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó Andrés.
Silvana negó.
—No.
—Aunque todo haya terminado así.
—Precisamente por eso.
—No entiendo.
Ella lo miró.
—Si no hubiera venido, nunca habría conocido esta parte de mi familia. Ni a ti.
Andrés sonrió.
—Eso último me parece más importante.
—A mí también.
Durante algunos minutos viajaron en silencio. Después Silvana tomó la mano de Andrés que descansaba sobre la palanca de cambios.
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Cómo era tu padre?
Andrés tardó unos segundos en contestar.
—Era un hombre tranquilo. No hablaba demasiado, pero cuando lo hacía todos escuchaban. Le gustaba el mar aunque nunca aprendió a nadar bien. Decía que respetaba demasiado al agua como para confiarse.
Silvana sonrió.
—Mi abuela decía algo parecido.
—Tu abuela y mi padre tenían más cosas en común de las que imaginábamos.
—¿Crees que estuvieron enamorados?
Andrés la miró sorprendido.
—¿Qué?
—No ellos. Me refiero a que quizá fueron amigos de verdad.
—Puede ser.
—Hay algo en esas cartas. La forma en que ella habla de él.
Andrés permaneció callado.
—¿Te molesta? —preguntó Silvana.
—No.
—¿Entonces?
—Me cuesta imaginar a mi padre teniendo una amistad cercana con alguien de tu familia.
—Porque te contaron una historia incompleta.
—Sí.
La ciudad comenzó a aparecer en el horizonte. Los edificios crecían poco a poco y la carretera se transformaba en una avenida congestionada. Silvana miró por la ventana y sintió que estaba regresando a una vida que apenas unos días atrás le parecía completamente normal.
—¿Dónde está la dirección de Julián Ferrer?
—En un barrio antiguo cerca del puerto.
—¿Crees que seguirá viviendo allí?
—No lo sé.
Llegaron poco después del mediodía. La dirección correspondía a una casa pequeña, rodeada de edificios nuevos que parecían haberla dejado atrapada en otra época. La pintura estaba deteriorada y las persianas permanecían cerradas.
Silvana golpeó la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a golpear.
—¿Señor Ferrer?
Silencio.
Andrés miró alrededor.
—Quizá no esté.
—Tenemos que averiguar algo.
—Podemos preguntar a los vecinos.
Una mujer de unos sesenta años salió de la casa contigua.
—¿Buscan a Julián?
Silvana se acercó.
—Sí. ¿Lo conoce?
—Vivió aquí muchos años.
—¿Sabe dónde está?
La mujer dudó.
—Se fue hace tiempo.
—¿Cuánto?
—Dos o tres años.
—¿A dónde?
—No lo sé.
Andrés intervino.
—¿Está seguro de que se fue voluntariamente?
La mujer lo miró.
—¿Por qué pregunta eso?
—Estamos tratando de encontrarlo por un asunto familiar.
La mujer observó a Silvana.
—¿Usted es Elena Valdés?
—Soy su nieta.
La expresión de la mujer cambió.
—Entonces quizá deberían irse.
Silvana quedó desconcertada.
—¿Por qué?
—Porque si están buscando a Julián, hay gente que no quiere que lo encuentren.
La mujer cerró lentamente la puerta.
Andrés y Silvana se miraron.
—Eso fue tranquilizador —dijo él.
—Muchísimo.
Volvieron hacia la camioneta.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Silvana.
—Tenemos la dirección de una iglesia donde, según tu abuela, Julián solía ir.
—¿Una iglesia?
—Sí.
—Entonces vamos.
La iglesia estaba en una zona antigua de la ciudad, cerca del puerto. Era un edificio sencillo, con paredes blancas y un pequeño campanario. En el interior encontraron a un hombre mayor ordenando algunas sillas.
—Buscamos a Julián Ferrer —dijo Andrés.
El hombre dejó lo que estaba haciendo.
—¿Quiénes son ustedes?
—Mi nombre es Andrés Morales.
El anciano lo observó detenidamente.
—¿Morales?
—Sí.
—¿Hijo de Tomás?
Andrés sintió un escalofrío.
—Sí.
El hombre dejó caer lentamente la silla que tenía entre las manos.
—Entonces finalmente llegó el momento.
Silvana miró a Andrés.
—¿Usted conoció a mi padre? —preguntó él.
—Conocí a tu padre y conocí a Esteban Valdés.
—¿Es Julián Ferrer?
—No.
—Entonces, ¿dónde está?
El anciano miró hacia la puerta.
—Antes de decirles algo, necesito saber si alguien los siguió.
Andrés salió y observó la calle. No vio nada extraño.
—No.
—No puedes estar seguro.
—¿Qué quiere decir?
El anciano cerró la puerta de la iglesia.
—Julián está vivo.
Silvana contuvo la respiración.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo aquí.
—¿Por qué?
—Porque hace dos semanas alguien vino a buscarlo.
Andrés sintió que la tensión regresaba.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Lo amenazaron?
—No directamente.
—Entonces, ¿qué hicieron?
—Le dejaron una fotografía.
—¿De quién?
El anciano sacó una pequeña imagen de un cajón y la colocó sobre la mesa.
Era una fotografía de Tomás Morales junto a Esteban Valdés frente a una embarcación.
Andrés tomó la fotografía.
—Esta es mi padre.
—Sí.
—¿Quién la dejó?
—Un hombre que dijo que conocía la verdad.
—¿Y qué verdad?
El anciano lo miró.
—La verdad sobre el incendio.
Silvana se acercó.
—¿Qué sabe usted?
El hombre respiró profundamente.
—Sé que Tomás no provocó aquel incendio. Sé que Esteban lo acusó para proteger a alguien y sé que Julián fue testigo de algo que podía haber cambiado toda la historia.
—¿Por qué nunca habló? —preguntó Andrés.
—Porque tenía miedo.
—Todos tuvieron miedo.
—Y algunos todavía lo tienen.
Silvana apretó el brazo de Andrés.
—¿Dónde está Julián?
El anciano escribió una dirección en un papel.
—No vayan directamente.
—¿Por qué?
—Porque quizá los estén observando.
Andrés guardó el papel.
—¿Quién?
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Salieron de la iglesia y caminaron hasta la camioneta. Antes de subir, Andrés miró hacia el otro lado de la calle.
Un automóvil negro estaba estacionado allí.
—Silvana.
Ella siguió su mirada.
—¿Es el mismo?
—Creo que sí.
—¿Qué hacemos?
—No iremos a la dirección todavía.
Subieron a la camioneta y comenzaron a conducir sin dirigirse al lugar indicado.
Dieron varias vueltas hasta perderse entre las calles de la ciudad. Finalmente estacionaron cerca de un parque.
—Creo que lo perdimos —dijo Silvana.
Andrés miró por el espejo.
—No estoy seguro.
—¿Te arrepientes de haber venido conmigo?
—No.
—Podrías haberte quedado en Santa Marina.
—Y dejar que vinieras sola a buscar a un hombre que puede estar siendo perseguido.
—Gracias.
Andrés apagó el motor.
—Silvana, necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—Si esto se vuelve peligroso, ¿estarías dispuesta a detenerte?
Ella lo miró fijamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya no quiero vivir huyendo de lo que hicieron otros.
—Puede costarte mucho.
—Lo sé.
—Incluso nuestra relación.
Silvana sintió un pequeño estremecimiento.
—¿Ya la llamas relación?
Andrés sonrió.
—¿Tú no?
Ella tomó su mano.
—Sí.
Permanecieron unos segundos en silencio.
—Entonces no quiero detenerme —dijo Silvana.
Andrés se inclinó hacia ella y la besó.
El momento duró poco porque un golpe fuerte en la ventana los sobresaltó.
Un hombre estaba de pie junto a la camioneta.
Andrés bajó el cristal apenas unos centímetros.
—¿Qué quiere?
El hombre se inclinó.
—Si están buscando a Julián Ferrer, no sigan.
—¿Quién es usted?
—Alguien que intenta evitar que cometan un error.
—¿Dónde está Julián?
—Ya no importa.
—Para nosotros sí.
El hombre miró a Silvana.
—Tu abuela sabía que esto iba a suceder.
Silvana abrió la puerta.
—¿Qué quiere decir?
El hombre retrocedió.
—Que ella dejó algo más que cartas.
Antes de que Andrés pudiera detenerlo, el desconocido se alejó entre los árboles.
Andrés bajó de la camioneta, pero no consiguió alcanzarlo.
Cuando regresó, Silvana estaba pálida.
—¿Qué quiso decir con que mi abuela dejó algo más?
—No lo sé.
—Tenemos que volver a la casa.
Regresaron a Santa Marina al anochecer.
La casa parecía vacía, pero al entrar descubrieron que una de las ventanas del salón estaba abierta.
Andrés se detuvo.
—Quédate detrás de mí.
—No.
—Silvana.
—No voy a quedarme escondida.
Revisaron cada habitación.
No había nadie.
Sin embargo, sobre la mesa del comedor encontraron un objeto que ninguno de los dos había visto antes.
Era una pequeña caja de madera.
Silvana la tomó.
—Es de mi abuela.
—¿Estás segura?
—Sí.
En la tapa había una palabra grabada.
"MAR".
Andrés la observó.
—¿Puedes abrirla?
Silvana intentó levantar la tapa, pero estaba cerrada.
—No tiene cerradura.
Andrés examinó los bordes.
—Debe tener algún mecanismo.
Encontraron una pequeña ranura en la parte inferior. Silvana introdujo una moneda y presionó.
La caja se abrió.
Dentro había una llave antigua, una fotografía y una hoja doblada.
Silvana tomó primero la fotografía.
Era una imagen de Elena, Tomás Morales y un tercer hombre.
—¿Quién es él?
Andrés reconoció el rostro.
—Julián Ferrer.
Silvana abrió la hoja.
Solo había una frase.
"Cuando el mar devuelva lo que se llevó, busquen la vieja caseta del faro."
Andrés levantó la mirada.
—¿La vieja caseta?
—Está cerca de los acantilados.
—Lo sé.
—Entonces iremos mañana.
Andrés miró la llave.
—No.
Silvana frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque alguien entró en esta casa mientras estábamos fuera.
—¿Crees que buscaban la caja?
—Creo que sí.
—Entonces tenemos que encontrar antes que ellos lo que mi abuela escondió.
Andrés se acercó a la ventana.
A lo lejos, el mar comenzaba a cubrirse de sombras.
—Esta noche no saldremos.
Silvana se acercó.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Yo también.
—Entonces quédate conmigo.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Eso pienso hacer.
Mientras ambos permanecían junto a la ventana, un automóvil negro se detuvo lentamente frente a la casa. Nadie descendió.
Dentro, el conductor observó las luces encendidas y tomó el teléfono.
—Encontraron la caja.
La respuesta del otro lado fue inmediata.
—Entonces ya saben dónde buscar.
—¿Los seguimos?
Hubo un silencio.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ahora sabemos que la llave está con ellos.
El automóvil permaneció unos segundos más frente a la casa antes de alejarse por la carretera costera.
Dentro de la vivienda, Silvana levantó la mirada.
—Andrés.
—¿Sí?
—¿Qué crees que haya en la caseta del faro?
Él observó la llave que ella sostenía.
—Algo que mi padre quiso que encontráramos hace treinta años.
Afuera, el mar golpeó con fuerza contra los acantilados, y por primera vez aquella noche el sonido no pareció tranquilizador, sino como una advertencia que llegaba desde un pasado que todavía no había terminado de hablar.
CAPÍTULO 6
La mañana llegó a Santa Marina envuelta en una niebla espesa que había borrado parcialmente el horizonte y convertido el pueblo en una sucesión de calles húmedas, árboles oscuros y tejados apenas visibles detrás de una cortina blanca. El mar no podía verse desde la casa de Elena, pero se escuchaba con una fuerza inusual, como si las olas hubieran decidido acercarse durante la noche. Silvana despertó antes que Andrés y permaneció unos minutos junto a la ventana del dormitorio observando cómo la niebla se desplazaba lentamente sobre los jardines. La llave que habían encontrado la noche anterior estaba sobre la mesa de luz, dentro de un pequeño sobre para evitar que se perdiera, y la frase de su abuela seguía dando vueltas en su cabeza: "Cuando el mar devuelva lo que se llevó, busquen la vieja caseta del faro."
No sabía qué había querido decir Elena con aquellas palabras, pero comenzaba a comprender que su abuela había preparado aquel momento mucho antes de morir. No había dejado aquellas cartas por casualidad, ni había escondido la caja sin una razón concreta. Todo parecía formar parte de un camino que debía conducirla hacia una verdad que durante décadas había permanecido oculta. Lo que más inquietaba a Silvana era pensar que su abuela había sabido que algún día alguien intentaría descubrir lo ocurrido y que, en lugar de destruir las pruebas, había decidido conservarlas para que pudieran ser encontradas cuando ella ya no estuviera.
Andrés se levantó poco después y se acercó a la ventana.
—¿Hace mucho que estás despierta?
—No.
—¿Has dormido algo?
—Un poco.
—Eso no parece una respuesta convincente.
Silvana sonrió.
—Tú tampoco dormiste demasiado.
—No.
—¿En qué pensabas?
Andrés observó la llave sobre la mesa.
—En mi padre.
Silvana se acercó.
—Yo pensaba en mi abuela.
—Quizá ellos sabían que algún día nosotros estaríamos aquí.
—Eso suena extraño.
—Todo esto es extraño.
Ella tomó la llave.
—¿Vamos?
—Primero desayunamos.
—Andrés.
—No quiero entrar en una caseta abandonada al lado del mar con el estómago vacío.
Silvana terminó riendo.
—Está bien.
Prepararon café y algo de pan en la cocina. Por primera vez desde que había comenzado aquella historia, compartieron una mañana sencilla, casi doméstica, como si no existieran amenazas, secretos familiares ni personas siguiéndolos. Silvana descubrió que Andrés prefería el café sin azúcar y que, cuando estaba preocupado, golpeaba suavemente con los dedos sobre la mesa. Andrés descubrió que Silvana hablaba mucho más cuando estaba nerviosa y que tenía la costumbre de ordenar cualquier objeto que estuviera cerca mientras pensaba.
Cuando terminaron, salieron de la casa.
La vieja caseta del faro estaba situada a varios kilómetros del pueblo, en una zona donde los acantilados se volvían más pronunciados y el acceso era difícil durante los días de lluvia. El faro original había dejado de utilizarse décadas atrás, cuando se construyó una nueva estructura más moderna cerca del puerto, pero la pequeña caseta donde antiguamente se almacenaban herramientas y combustible seguía en pie.
Andrés condujo lentamente por un camino de tierra.
—¿Viniste alguna vez aquí?
—Muchas veces cuando era niño.
—¿Con tu padre?
—Sí.
—¿Qué hacían?
—A veces veníamos a pescar. Otras simplemente caminábamos.
—¿Nunca te habló de la caseta?
—No.
Silvana observó el paisaje.
—¿Tu padre tenía relación con mi abuela?
—Creo que sí.
—¿Y nunca te contó nada?
—No.
—Quizá quería protegerte.
Andrés sonrió con tristeza.
—Todos parecen haber decidido protegernos escondiéndonos la verdad.
Llegaron a una pequeña explanada. El viejo faro se levantaba unos metros más allá, todavía firme a pesar del deterioro. La caseta estaba parcialmente cubierta por vegetación y tenía una puerta metálica oxidada.
Silvana bajó de la camioneta y sostuvo la llave.
—Es esta.
Andrés miró alrededor.
—No veo a nadie.
—¿Eso es bueno?
—Por ahora.
La llave entró en la cerradura con facilidad. La puerta se abrió con un chirrido que resonó por el acantilado.
Dentro olía a humedad y madera vieja. Había estanterías vacías, algunas herramientas oxidadas y una mesa cubierta de polvo.
—No parece haber nada —dijo Silvana.
Andrés comenzó a revisar las paredes.
—Tu abuela no habría enviado a alguien aquí sin una razón.
Silvana caminó hacia una esquina.
—Mira esto.
Había una tabla de madera ligeramente desplazada.
Andrés se acercó.
—Ayúdame.
Entre ambos lograron moverla y descubrieron un hueco detrás de la pared.
Dentro había una pequeña caja metálica.
Silvana la sacó.
—Otra caja.
—Espero que esta vez sea más fácil.
La caja no tenía llave. Estaba cerrada con un pequeño broche que Andrés pudo abrir con una herramienta.
Dentro encontraron varios documentos, un viejo casete de audio y una fotografía.
Silvana tomó la fotografía.
Era la misma embarcación que aparecía en la imagen de su abuela, pero esta vez había varias personas alrededor.
Andrés se acercó.
—Ese hombre es mi padre.
—¿Y ese?
Señaló a un hombre joven que estaba junto al depósito.
Andrés tardó unos segundos en reconocerlo.
—Julián Ferrer.
Silvana tomó el casete.
—No tenemos dónde escucharlo.
Andrés revisó la caja.
—Hay una nota.
Silvana la leyó.
—"La grabación contiene la conversación que nunca debió existir."
Ambos se miraron.
—Tenemos que escucharla —dijo Andrés.
—Sí.
Guardaron todo y salieron.
No llegaron a la camioneta.
Un ruido detrás de ellos hizo que Andrés se volviera rápidamente.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Silvana se acercó.
—Andrés.
—Quédate detrás de mí.
Un hombre salió de entre los árboles.
Andrés dio un paso adelante.
—¿Qué quiere?
El desconocido levantó las manos.
—No quiero hacerles daño.
—Entonces diga quién es.
El hombre tenía unos cincuenta años y un rostro cansado.
—Me llamo Julián Ferrer.
Silvana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Usted?
—Sí.
Andrés lo observó fijamente.
—Nos dijeron que estaba escondido.
—Lo estaba.
—¿Por qué?
Julián miró la caja que Silvana llevaba en las manos.
—Porque sabía que algún día alguien encontraría esto.
—¿Qué es? —preguntó Silvana.
—La verdad.
Andrés dio un paso hacia él.
—¿Qué pasó la noche del incendio?
Julián bajó la mirada.
—Yo estaba allí.
—Eso ya lo sabemos.
—Vi quién entró en el depósito.
Andrés apretó los dientes.
—¿Quién?
Julián respiró profundamente.
—No fue Esteban Valdés.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Entonces quién?
Julián miró hacia el mar.
—Fue alguien en quien todos confiaban.
Antes de que pudiera continuar, se escuchó un ruido de motor.
Julián cambió inmediatamente de expresión.
—Tienen que irse.
—¿Quién viene? —preguntó Andrés.
—No hay tiempo.
—Julián, necesitamos saber quién fue.
—Si quieren saberlo, escuchen la grabación.
Andrés tomó la caja.
—Suba con nosotros.
—No.
—Van a matarlo.
Julián lo miró.
—Llevo treinta años huyendo. No voy a dejar que me encuentren ahora.
—Entonces venga.
Julián negó.
—No puedo.
El automóvil apareció al final del camino.
—¡Váyanse! —gritó Julián.
Andrés tomó a Silvana del brazo y corrieron hacia la camioneta.
Subieron y arrancaron mientras el otro vehículo avanzaba hacia ellos.
—¡Conduce! —dijo Silvana.
—Eso hago.
El camino era estrecho y lleno de piedras. Andrés aceleró mientras el automóvil negro los seguía a cierta distancia.
—¿Crees que nos alcanzará?
—No si llegamos a la carretera principal.
—¿Y Julián?
—No puedo volver ahora.
Silvana miró hacia atrás.
—Espero que esté bien.
—Yo también.
Después de varios minutos consiguieron llegar a la carretera. El automóvil negro desapareció detrás de una curva.
Andrés redujo la velocidad.
—Tenemos que escuchar la grabación.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Tienes reproductor de casetes?
—Mi padre guardaba uno.
Llegaron a Santa Marina cerca del mediodía. Andrés abrió una vieja caja que conservaba en el altillo y encontró el reproductor.
Colocaron el casete.
Durante unos segundos solamente se escuchó ruido.
Después apareció una voz.
Era la voz de Esteban Valdés.
—Tomás, ya te dije que esto no puede salir de aquí.
Otra voz respondió.
—No voy a encubrirlo.
Silvana miró a Andrés.
—Es tu padre.
La grabación continuó.
—No entiendes lo que está en juego.
—Entiendo perfectamente. Están falsificando documentos.
—No es asunto tuyo.
—Es un delito.
Hubo un golpe.
Después una tercera voz apareció.
Andrés se inclinó hacia el reproductor.
—Espera.
La tercera voz dijo:
—Tomás, deja esto ahora.
Silvana reconoció inmediatamente la voz.
—Mi abuelo.
La conversación continuó durante varios minutos. Esteban intentaba convencer a Tomás de guardar silencio. Tomás se negaba.
Entonces se escuchó algo que hizo que ambos se quedaran inmóviles.
La tercera voz volvió a hablar.
—Si no colaboras, tendremos que hacer que parezca que fuiste tú.
Andrés detuvo la grabación.
—Eso demuestra que mi padre fue amenazado.
Silvana estaba pálida.
—Pero todavía no sabemos quién provocó el incendio.
—Tenemos que seguir escuchando.
Volvió a reproducir el casete.
La discusión continuó hasta que una puerta se abrió.
Una voz masculina dijo:
—Ya está preparado.
Esteban respondió:
—Entonces hazlo.
La grabación terminó con un golpe seco.
Silvana se cubrió la boca.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—Tenemos que averiguarlo.
Andrés miró la caja.
—Hay más documentos.
Entre ellos encontraron una lista de empleados de la empresa y varios movimientos financieros. Uno de los nombres aparecía repetido varias veces.
Ricardo Salvatierra.
—¿Quién es? —preguntó Silvana.
Andrés negó con la cabeza.
—No lo conozco.
—Quizá Julián sí.
En ese momento sonó el teléfono.
Era el pastor de la iglesia.
—Andrés, necesito verte.
—¿Qué pasó?
—Encontré algo entre las cosas que Elena dejó en la iglesia.
—¿Qué cosa?
—Un sobre con tu nombre.
Andrés miró a Silvana.
—Voy para allá.
Antes de salir, guardaron los documentos y el casete.
La iglesia estaba vacía cuando llegaron. El pastor los esperaba en su despacho.
—Tu abuela me entregó este sobre hace varios meses.
—¿Por qué no me lo dio antes?
—Porque me pidió que esperara.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que tú y Silvana estuvieran juntos.
Los dos se miraron.
El pastor entregó el sobre a Andrés.
Dentro había una carta.
"Querido Andrés: si estás leyendo esto, significa que Silvana ha decidido permanecer en Santa Marina y que tú has decidido caminar a su lado. No sé qué habrá ocurrido entre ustedes, pero conozco lo suficiente a ambos para saber que ninguna amenaza será capaz de cambiar una decisión que hayan tomado con libertad."
Andrés continuó leyendo.
"Julián Ferrer no fue el único testigo. Hay otra persona que sabe lo que pasó aquella noche. Su nombre está en los documentos que escondí en la caseta del faro. Pero hay algo que debes entender: la verdad puede liberar, pero también puede provocar dolor. No permitas que la búsqueda de justicia destruya aquello que amas."
Silvana tomó la carta.
—¿Quién es la otra persona?
Andrés revisó los documentos.
El nombre estaba allí.
Marta Morales.
Su madre.
Andrés quedó completamente inmóvil.
—No puede ser.
Silvana lo miró.
—¿Tu madre?
—Sí.
—Entonces ella sabe quién provocó el incendio.
Andrés cerró los ojos.
—Tenemos que hablar con ella.
Salieron de la iglesia y caminaron hacia la casa de Andrés. El viento había aumentado y el cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras.
Cuando llegaron, encontraron a Marta sentada en el porche.
Parecía haber estado esperándolos.
—Ya encontraron la caseta —dijo.
Andrés se detuvo.
—Mamá.
Ella miró a Silvana.
—Y encontraron las cartas.
Silvana sintió un escalofrío.
—Usted sabía.
Marta bajó la mirada.
—Sí.
—¿Quién provocó el incendio? —preguntó Andrés.
Marta permaneció en silencio durante varios segundos.
—Alguien que todavía está vivo.
Andrés sintió que el mundo parecía detenerse.
—¿Quién?
Marta levantó la mirada hacia su hijo.
—El hombre que lleva treinta años tratando de impedir que ustedes descubran la verdad.
En ese instante, un automóvil negro pasó lentamente frente a la casa.
Marta lo vio.
Su rostro cambió por completo.
—Ya nos encontraron.
Andrés se levantó.
—¿Quién es?
Marta negó con la cabeza.
—No aquí.
—Mamá, dime quién es.
—Si quieres que Silvana viva tranquila, no preguntes más.
Silvana dio un paso hacia ella.
—Ya no quiero vivir tranquila si para hacerlo tengo que vivir con una mentira.
Marta la miró durante unos segundos.
Después entró en la casa y cerró la puerta.
Andrés y Silvana quedaron solos en el porche mientras el automóvil negro se alejaba hacia la carretera que conducía al mar.
—¿Qué hacemos? —preguntó Silvana.
Andrés tomó su mano.
—Seguimos.
—Aunque sea peligroso.
—Sí.
—Aunque nos quieran separar.
—Sí.
—Aunque tu madre tenga miedo.
Andrés la miró.
—No voy a dejarte sola.
Silvana apretó su mano.
En el interior de la casa, Marta se acercó a una vieja fotografía familiar que llevaba años guardada en un cajón. La sacó y la contempló con lágrimas en los ojos.
En la fotografía aparecían cuatro personas.
Tomás Morales.
Esteban Valdés.
Julián Ferrer.
Y un cuarto hombre.
Marta pasó lentamente el dedo por su rostro.
—Perdóname, hijo —susurró—. Ya no puedo seguir callando.
Y, mientras el viento del mar comenzaba a golpear con fuerza las ventanas, tomó una decisión que llevaba treinta años intentando evitar.
CAPÍTULO 7
Marta tardó varios minutos en regresar al porche. Durante ese tiempo, Andrés y Silvana permanecieron sentados frente a la casa sin decir una palabra, mientras el cielo se oscurecía lentamente sobre Santa Marina y el viento del mar hacía crujir las ramas de los árboles que bordeaban la calle. La incertidumbre era peor que cualquier amenaza concreta, porque ambos sabían que Marta poseía una parte de la verdad que habían estado buscando y que, por alguna razón, había decidido callarla durante treinta años. Andrés sentía una mezcla de enojo, tristeza y compasión que no conseguía ordenar. Le dolía descubrir que su madre había guardado un secreto semejante, pero al mismo tiempo recordaba que ella había vivido todos aquellos años junto a su padre, que había visto cómo la acusación contra Tomás lo había destruido poco a poco y que probablemente había pasado décadas temiendo que aquello que había quedado atrás regresara para alcanzarlos.
Cuando Marta finalmente abrió la puerta, llevaba una caja de cartón entre las manos.
—Entren —dijo.
Andrés se levantó inmediatamente.
—Mamá, ¿qué hay ahí?
—Lo que debí haberte entregado hace muchos años.
Silvana siguió a Andrés hasta la sala. Marta colocó la caja sobre una mesa y permaneció unos segundos con ambas manos apoyadas sobre la tapa antes de abrirla. Dentro había fotografías, cartas, recibos, una pequeña libreta y varios documentos protegidos con sobres transparentes.
Andrés reconoció inmediatamente algunas fotografías de su infancia, pero había otras que nunca había visto.
—¿Todo esto pertenece a papá?
—Parte sí. Parte pertenece a la época anterior al incendio.
—¿Por qué lo guardaste?
Marta lo miró.
—Porque tu padre me pidió que lo hiciera.
—¿Y por qué nunca me dijiste que existía?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
Andrés sintió que la paciencia comenzaba a agotársele.
—Papá está muerto.
—Lo sé.
—Entonces ya no tienes que cumplir ninguna promesa.
Marta cerró los ojos.
—Hay promesas que uno mantiene incluso cuando la persona que las pidió ya no está.
Silvana permaneció en silencio hasta que Marta sacó una fotografía.
—Este es el hombre que estaba con tu padre y con Esteban la noche del incendio.
Andrés tomó la imagen.
Reconoció el rostro.
—Ricardo Salvatierra.
Marta asintió.
—Sí.
—¿Quién era?
—El administrador de la empresa de Esteban.
—¿Y qué relación tenía con papá?
—Al principio ninguna. Después se hicieron enemigos.
—¿Por qué?
Marta tomó aire.
—Porque Tomás descubrió que Ricardo estaba falsificando documentos contables para desviar dinero de la empresa.
Andrés miró a Silvana.
—Eso coincide con la grabación.
—Sí.
—Entonces Ricardo provocó el incendio.
Marta negó lentamente.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Ricardo preparó el incendio, pero alguien más encendió el fuego.
El silencio cayó sobre la sala.
—¿Quién? —preguntó Andrés.
Marta miró hacia la ventana.
—Esteban.
Silvana sintió un escalofrío.
—¿Mi abuelo?
—Sí.
—Pero ¿por qué?
—Porque Ricardo tenía documentos que podían comprometerlo. Esteban creyó que destruyendo el depósito desaparecerían las pruebas.
Andrés apretó la fotografía.
—Y luego acusó a mi padre.
—Porque Tomás había descubierto parte de la operación y porque había estado en el lugar.
—¿Julián vio todo?
—Sí.
—¿Y tú?
Marta bajó la mirada.
—Yo vi a Ricardo salir del depósito. Después vi llegar a Esteban.
—¿Por qué no hablaste?
—Porque Ricardo me encontró antes de que pudiera hacerlo.
Andrés se quedó inmóvil.
—¿Te amenazó?
—Sí.
—¿Con qué?
Marta tomó la pequeña libreta de la caja.
—Con esto.
La abrió.
Entre las páginas había anotaciones de fechas, nombres y cantidades de dinero. Algunas estaban escritas por Tomás y otras por Marta.
—¿Qué es?
—Una copia de los movimientos que demostraban el fraude.
—¿Dónde están los originales?
—Desaparecieron la noche del incendio.
—¿Entonces esto no basta?
—Quizá no.
Andrés golpeó suavemente la mesa con la mano.
—Treinta años.
Marta lo miró.
—Sí.
—Treinta años creyendo que papá había perdido su trabajo por una acusación injusta, pero sin saber que existían documentos que podían demostrarlo.
—Tomás quería protegerte.
—Siempre vuelves a eso.
—Porque es verdad.
Andrés se levantó y caminó hasta la ventana.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ahora entiendo por qué nunca quiso hablar.
Marta comenzó a llorar.
—Tu padre pensaba que si mantenía el silencio, el asunto moriría con él.
Andrés se volvió.
—Y no murió.
—No.
—Nos alcanzó.
Marta asintió.
Silvana se acercó a Andrés.
—No estás solo.
Él tomó su mano.
Marta los observó.
—Precisamente eso era lo que tu padre temía.
—¿Qué?
—Que algún día la familia Valdés y la familia Morales volvieran a encontrarse.
Silvana se acercó.
—¿Por qué?
Marta miró a ambos.
—Porque antes de que ocurriera el incendio, Tomás y Elena intentaron denunciar juntos a Esteban.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Mi abuela y tu padre?
—Sí.
—¿Eran aliados?
—Mucho más que eso. Eran amigos.
—Entonces, ¿por qué ella nunca me lo dijo?
—Porque después del incendio Esteban la amenazó con destruir a Tomás y con hacerle daño a su familia.
Silvana sintió lágrimas en los ojos.
—Mi abuela vivió con esa culpa.
—Sí.
—¿Y qué pasó con Ricardo?
Marta volvió a la caja.
—Desapareció después del incendio.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—Pero está vivo —dijo Andrés.
Marta lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Alguien nos está siguiendo. Alguien sabe que estamos buscando la verdad.
Marta quedó pensativa.
—Entonces puede que haya regresado.
—¿Por qué ahora?
—Porque quizá teme que Julián hable.
—Julián está vivo.
Marta se puso de pie.
—¿Lo encontraron?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la caseta del faro.
Marta palideció.
—Entonces ya no queda mucho tiempo.
—¿Para qué?
—Para encontrar el último documento.
Andrés se acercó.
—¿Qué documento?
Marta tomó una hoja de la caja.
—El original de la denuncia que Tomás y Elena prepararon.
—¿Dónde está?
—Tu padre me dijo que lo escondió antes del incendio.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Mamá.
—Nunca me lo dijo.
Andrés apretó los labios.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
Silvana miró hacia la caja.
—Quizá mi abuela dejó otra pista.
Marta asintió.
—Probablemente.
El teléfono de Andrés comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
No hubo respuesta.
—¿Quién habla?
Una voz masculina respondió.
—Deja de buscar.
Andrés miró a Silvana.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce lo que ocurrió aquella noche.
—Entonces dime la verdad.
—La verdad no va a devolverte a tu padre.
—Pero puede limpiar su nombre.
—Tu padre eligió el silencio.
—Porque lo amenazaron.
—Y tú deberías aprender de él.
La llamada terminó.
Silvana observó a Andrés.
—¿Te dijo algo más?
—No.
Marta permaneció en silencio.
—¿Reconociste la voz? —preguntó Andrés.
Ella negó.
—No estoy segura.
—Mamá.
—No.
Pero su expresión decía otra cosa.
Andrés guardó el teléfono.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A la iglesia.
—¿Por qué?
—Porque el pastor tiene los documentos de Elena y quizá haya otra pista.
Salieron de la casa.
El cielo estaba cubierto y comenzaba a caer una lluvia fina. Marta decidió acompañarlos. Durante el trayecto nadie habló demasiado. Santa Marina parecía distinta aquella tarde, como si el pueblo entero estuviera observando en silencio lo que ocurría entre aquellas dos familias.
Cuando llegaron a la iglesia, el pastor los esperaba.
—Me imaginé que volverían.
—Necesitamos revisar todo lo que dejó Elena —dijo Silvana.
El pastor los condujo hasta un pequeño archivo.
—Aquí están sus pertenencias.
Pasaron más de una hora revisando documentos, fotografías y cuadernos. Finalmente Silvana encontró una carpeta escondida detrás de varios libros.
—Aquí hay algo.
La abrió.
Dentro había una carta dirigida a Marta.
"Si algún día Andrés pregunta por la verdad, dile que busque donde comenzó el fuego."
Andrés levantó la mirada.
—El depósito.
—Ya no existe —dijo Marta.
—Quizá quede algo.
—Han pasado treinta años.
—Pero el lugar sigue allí.
El antiguo depósito estaba situado junto al puerto, aunque gran parte del terreno había sido transformado en almacenes modernos. Sin embargo, según Marta, una sección del edificio original todavía permanecía detrás de una construcción nueva.
Fueron allí al caer la tarde.
La puerta estaba cerrada, pero una parte de la pared había quedado descubierta. Andrés pasó la mano sobre los ladrillos.
—Aquí.
—¿Qué?
—Hay algo detrás.
Con ayuda de una herramienta logró retirar dos ladrillos sueltos. Encontró un pequeño compartimiento metálico.
Silvana se acercó.
—Otra caja.
Andrés la sacó.
Dentro había un sobre protegido por plástico.
Marta comenzó a llorar.
—Es la letra de Tomás.
Andrés abrió el sobre.
Había varias páginas.
La primera comenzaba así:
"Si estás leyendo esto, significa que ya no puedo hablar."
Andrés sintió un nudo en la garganta.
Continuó leyendo.
"Esteban Valdés no actuó solo. Ricardo Salvatierra preparó el incendio, pero quien encendió el fuego fue..."
La frase terminaba abruptamente.
Faltaba la siguiente página.
—No está completa —dijo Silvana.
Andrés revisó el sobre.
—No.
Marta miró alrededor.
—Alguien la sacó.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Un ruido detrás de ellos hizo que se volvieran.
Una figura corrió hacia la salida.
Andrés salió tras ella.
—¡Espere!
Corrió por el callejón hasta llegar a una calle principal, pero el desconocido subió a una motocicleta y desapareció.
Andrés regresó agitado.
—No pude alcanzarlo.
Silvana sostuvo el sobre.
—Sabía que encontraríamos esto.
Marta miró la página incompleta.
—Entonces también sabe dónde está la otra.
—¿Dónde? —preguntó Andrés.
Marta permaneció en silencio.
—Mamá.
Ella respiró profundamente.
—Tu padre me dijo una vez que había dejado una copia con alguien de confianza.
—¿Con quién?
—Con Elena.
Silvana abrió los ojos.
—Entonces quizá mi abuela la escondió en la casa.
—Sí.
Regresaron rápidamente a Santa Marina.
La noche había caído cuando llegaron. Andrés estacionó frente a la casa y entraron.
Silvana encendió las luces.
—Tenemos que buscar.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Marta miró hacia el salón.
—Elena tenía un cuadro que nunca permitió que nadie moviera.
—¿Cuál?
Marta señaló una pintura del mar.
Era un cuadro antiguo que Silvana había visto desde que llegó.
—¿Por qué ese?
—Porque Esteban se lo regaló cuando se casaron.
Silvana se acercó.
—Nunca me gustó.
Andrés examinó el marco.
—Está sujeto por detrás.
Lo retiraron con cuidado.
Detrás había un pequeño compartimiento.
Silvana introdujo la mano.
—Hay algo.
Sacó un sobre.
Marta reconoció inmediatamente la letra.
—Es de Tomás.
Andrés abrió el sobre con manos temblorosas.
La página faltante estaba allí.
Leyó en voz alta:
"Ricardo Salvatierra preparó el incendio, pero quien encendió el fuego fue..."
Andrés bajó la mirada.
El nombre estaba escrito en la siguiente línea.
Silvana leyó por encima de su hombro.
Y entonces ambos quedaron paralizados.
No era Esteban Valdés.
No era Ricardo Salvatierra.
Era alguien mucho más cercano.
Alguien cuya presencia en aquella historia ninguno de los dos había imaginado.
Marta dio un paso atrás al ver el nombre.
—No puede ser.
Andrés levantó la mirada.
—Mamá, tú lo conocías.
Marta comenzó a llorar.
—Sí.
Silvana tomó la página.
—¿Quién es?
Marta respondió con voz quebrada.
—El hombre que se casó con mi hermana.
Andrés frunció el ceño.
—¿Mi tío?
Marta asintió.
—Tu tío Ernesto.
La habitación quedó en silencio.
Afuera, el mar golpeaba los acantilados con una fuerza creciente mientras la lluvia comenzaba a caer sobre Santa Marina.
Andrés volvió a leer el nombre.
—¿Dónde está ahora?
Marta cerró los ojos.
—En la ciudad.
Silvana miró a Andrés.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
Marta negó desesperadamente.
—No saben lo que están haciendo.
Andrés tomó la mano de Silvana.
—Sí lo sabemos.
Marta los miró con angustia.
—No. Todavía no entienden que Ernesto no fue solamente quien encendió el fuego. Fue quien consiguió que todos creyeran que Tomás era culpable.
Andrés sintió que la sangre se le helaba.
—¿Y por qué?
Marta bajó la mirada.
—Porque estaba enamorado de Elena.
Silvana abrió los ojos.
—¿Qué?
Marta respiró profundamente.
—Y estaba convencido de que si destruía a Tomás, algún día podría tenerla para él.
CAPÍTULO 8
Durante varios segundos ninguno de los tres pudo reaccionar ante lo que Marta acababa de decir. La lluvia golpeaba los cristales de la casa con una insistencia que parecía acompañar la tensión acumulada en aquella habitación, mientras desde la distancia llegaba el rumor profundo del mar y el viento hacía vibrar alguna ventana mal cerrada. Andrés permanecía de pie junto a la mesa, con la hoja entre los dedos y la mirada fija sobre el nombre de Ernesto, como si al contemplarlo pudiera encontrar alguna explicación que hiciera menos absurda aquella revelación. Había conocido a su tío durante toda su infancia, aunque después de la muerte de su padre las relaciones familiares se habían enfriado hasta convertirse prácticamente en una formalidad. Recordaba sus visitas ocasionales, su manera de hablar pausadamente, los consejos que le daba cuando era adolescente y aquella costumbre de observarlo con una mezcla de afecto y una extraña reserva que Andrés nunca había sabido interpretar.
—No puede ser —dijo finalmente—. Ernesto no era capaz de hacer algo así.
Marta permaneció junto a la ventana.
—Yo también quise creerlo durante muchos años.
—¿Entonces por qué nunca me dijiste nada?
—Porque cuando descubrí la verdad ya era demasiado tarde.
Silvana se acercó a la mesa y volvió a mirar el documento.
—¿Tu hermana sabía que Ernesto estaba enamorado de Elena?
Marta negó lentamente.
—No. O al menos nunca me dijo que lo supiera.
—Pero se casó con él.
—Sí.
—¿Y Elena?
Marta respiró profundamente.
—Elena nunca correspondió a sus sentimientos. Amaba a Esteban, aunque con el tiempo comenzó a descubrir quién era realmente el hombre con el que se había casado. También quería ayudar a Tomás porque sabía que la acusación era injusta. Ernesto interpretó aquella cercanía de una manera enfermiza. Creyó que Tomás estaba destruyendo su oportunidad de acercarse a Elena y que, si conseguía apartarlo, ella terminaría necesitando a alguien que la protegiera.
Andrés cerró los ojos durante unos segundos.
—Eso no explica por qué provocó un incendio.
—No fue un acto impulsivo. Fue algo preparado durante semanas.
Marta regresó a la mesa y comenzó a ordenar los papeles que habían encontrado.
—Ernesto trabajaba entonces en la administración del puerto. Tenía acceso a documentos, horarios y movimientos de los barcos. Ricardo Salvatierra se encargaba de la parte financiera de la empresa y Esteban controlaba las decisiones importantes. Entre los tres existía una relación que yo tardé mucho en comprender. Ricardo desviaba dinero, Ernesto facilitaba ciertos movimientos y Esteban utilizaba la empresa para cubrir operaciones que nunca debieron existir. Tu padre descubrió una parte del sistema y empezó a reunir pruebas.
—¿Y Julián?
—Julián también descubrió algunas cosas.
—¿Por qué nunca denunció?
—Porque vio lo que ocurrió con tu padre y tuvo miedo.
Silvana se sentó.
—Mi abuela tampoco denunció.
—Elena intentó hacerlo.
—Pero no pudo.
—No mientras Esteban siguiera teniendo poder.
Andrés levantó la mirada.
—¿Y después del incendio?
Marta tardó en contestar.
—Después del incendio Ernesto desapareció durante unos días. Luego volvió como si nada hubiera ocurrido. Cuando comenzaron las investigaciones, fue uno de los primeros en decir que Tomás había sido negligente. Incluso presentó declaraciones que parecían confirmar que tu padre había estado manipulando documentos.
—¿Eran falsas?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo vi los documentos originales.
—¿Dónde?
—En manos de Elena.
Silvana se levantó inmediatamente.
—Entonces mi abuela tenía más pruebas de las que pensamos.
—Sí.
—¿Dónde están?
Marta negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mamá, tenemos que encontrarlas.
—Tal vez ya no existan.
Andrés apretó la hoja.
—Mientras exista una posibilidad, vamos a buscarlas.
Marta lo miró con preocupación.
—Ernesto sigue siendo peligroso.
—Eso ya lo sabemos.
—No, Andrés. No lo sabes. Tú recuerdas al hombre que visitaba nuestra casa cuando eras niño. Pero no conociste al hombre que existía detrás de aquella apariencia.
Andrés se quedó callado.
—¿Qué hizo después? —preguntó Silvana.
Marta tomó una fotografía vieja.
—Se fue de Santa Marina poco después de la investigación. Tu tía se fue con él. Durante años vivieron en distintas ciudades. Finalmente se instalaron en la capital. Ernesto consiguió trabajo en una empresa de seguros y después comenzó su propio negocio.
—¿Sigue vivo?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace seis meses recibí una llamada.
Andrés se volvió hacia ella.
—¿De quién?
—De Ernesto.
El rostro de Andrés cambió.
—¿Qué quería?
—Me preguntó si todavía conservaba cosas de tu padre.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Te creyó?
—No.
Silvana miró a Marta con atención.
—¿Qué más dijo?
—Dijo que algunas historias debían permanecer enterradas.
Andrés sintió una presión en el pecho.
—La misma frase que nos dijeron por teléfono.
Marta asintió.
—Por eso sé que está relacionado.
—¿Te dijo dónde estaba?
—No. Pero me dijo algo que en ese momento no entendí.
—¿Qué?
—Que algún día el mar devolvería lo que se había llevado.
Silvana y Andrés se miraron.
—La misma frase de la nota de Elena —dijo ella.
—Sí.
Marta permaneció unos segundos en silencio.
—Entonces Ernesto sabía de las cartas.
—¿Cómo podía saberlo?
—Porque alguien se lo contó.
—¿Quién?
Marta no respondió.
Andrés comprendió.
—¿Esteban?
—Esteban murió hace años.
—Pero pudo haber dejado instrucciones.
—Sí.
Silvana comenzó a revisar las cartas de Elena.
—Tenemos que entender qué relación había entre Ernesto y mi abuela. Quizá ahí esté la razón por la que todos hicieron lo que hicieron.
Marta asintió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Ernesto tenía una hermana.
Andrés frunció el ceño.
—¿Y?
—Su hermana trabajaba en la casa de los Valdés.
Silvana dejó de revisar los papeles.
—¿Cómo se llamaba?
—Beatriz.
Marta tomó una fotografía.
—Ella fue quien le contó a Ernesto que Elena pensaba denunciar a Esteban.
Andrés miró la fotografía.
—¿Dónde está Beatriz?
—Murió hace diez años.
—¿Tenía hijos?
—Uno.
—¿Cómo se llama?
Marta dudó.
—Daniel.
Silvana sintió que algo encajaba.
—¿Daniel sigue vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En Santa Marina.
Andrés levantó la cabeza.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Qué hace?
Marta guardó la fotografía.
—Es dueño del café que está frente al puerto.
Andrés recordó al hombre. Había hablado con él varias veces. Daniel era un hombre de unos cincuenta años, tranquilo, reservado, que conocía a casi todos los habitantes del pueblo. Nunca había imaginado que pudiera tener relación con aquella historia.
—Tenemos que hablar con él.
—No esta noche —dijo Marta.
—¿Por qué?
—Porque si Ernesto sabe que estamos buscando a Daniel, puede intentar silenciarlo.
Andrés miró hacia la ventana.
—Ya estamos involucrados.
—Precisamente por eso debes tener cuidado.
Silvana tomó su abrigo.
—No podemos seguir escondiéndonos.
Andrés asintió.
—Vamos a hablar con Daniel.
Marta intentó detenerlos.
—Esperen.
Los dos se volvieron.
—¿Qué?
Marta tomó una pequeña llave que estaba dentro de la caja.
—Esto también pertenecía a Elena.
—¿Qué abre?
—No lo sé.
—¿Nunca preguntaste?
—Elena me la entregó después del incendio.
—¿Por qué?
—Me dijo que si algún día llegaba el momento de hablar, debía entregársela a Andrés.
Andrés tomó la llave.
—¿Por qué no me la diste antes?
Marta lo miró con lágrimas en los ojos.
—Porque durante años pensé que protegerte significaba mantenerte lejos de la verdad.
Andrés guardó la llave.
—Quizá todavía puedas protegerme ayudándome a encontrarla.
Marta lo abrazó.
Él permaneció inmóvil unos segundos y después correspondió al abrazo.
—Perdóname, hijo.
—No sé si puedo perdonarte todavía.
—Lo entiendo.
—Pero tampoco quiero perderte por esto.
Marta cerró los ojos.
—Entonces vuelve.
Andrés se separó de ella.
—Volveremos.
Él y Silvana salieron bajo la lluvia.
El café frente al puerto todavía tenía algunas mesas ocupadas. Desde la calle se veía a Daniel detrás del mostrador. Cuando vio entrar a Andrés y Silvana, levantó la mirada y pareció reconocer inmediatamente que aquella visita no tenía relación con un simple café.
—Estamos cerrando —dijo.
—Necesitamos hablar contigo.
Daniel observó a Andrés durante unos segundos.
—Sobre qué.
Silvana sacó la fotografía.
—Sobre tu madre.
El rostro de Daniel cambió.
—¿Quién les dio eso?
—Marta Morales.
Daniel dejó lentamente el vaso que estaba limpiando.
—Entonces finalmente habló.
Andrés sintió un escalofrío.
—¿Tú sabías?
—Sé algunas cosas.
—Necesitamos saberlas todas.
Daniel miró hacia la puerta.
—Cierren.
Andrés cerró con llave.
Daniel bajó las persianas.
—Hace años que esperaba que alguien viniera a preguntarme.
—¿Por qué no hablaste?
—Porque mi madre me hizo prometer que no lo haría.
—Todos prometieron callar —dijo Andrés—. Y mientras tanto mi padre cargó con una culpa que no le correspondía.
Daniel bajó la mirada.
—Lo sé.
—¿Qué sabes exactamente?
Daniel se sentó.
—Sé que Ricardo Salvatierra no actuó solo. Sé que Ernesto estuvo allí la noche del incendio. Sé que Esteban sabía lo que iba a ocurrir. Y sé que alguien sacó del depósito una carpeta antes de que comenzara el fuego.
Silvana se sentó frente a él.
—¿Quién?
—Mi madre.
Andrés quedó sorprendido.
—¿Beatriz?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Elena se lo pidió.
—Entonces ella salvó las pruebas.
Daniel asintió.
—Durante años tuvo la carpeta escondida.
—¿Dónde?
Daniel miró a Andrés.
—En esta misma cafetería.
Silvana observó el local.
—¿Dónde?
Daniel se levantó y caminó hacia una vieja estantería.
—Este edificio era diferente entonces. La parte posterior pertenecía a mi familia. Mi madre escondió la carpeta detrás de una pared falsa.
Movió un mueble pesado.
—Pero cuando ella murió, no encontré nada.
Andrés se acercó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces alguien la encontró antes que tú.
Daniel asintió.
—Probablemente.
—¿Quién?
—Ernesto.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Cómo sabes que fue él?
Daniel miró hacia la ventana.
—Porque vino aquí después de la muerte de mi madre.
—¿Cuándo?
—Dos días después del entierro.
—¿Qué quería?
—La carpeta.
—¿Se la diste?
—No la tenía.
—¿Y qué hizo?
Daniel tragó saliva.
—Me golpeó.
Silvana se levantó.
—¿Qué?
—Me dijo que si encontraba los documentos, debía entregárselos.
—¿Y luego?
—Nunca volvió.
Andrés observó la pared.
—Tenemos que revisar ese lugar.
Daniel retiró una tabla.
Detrás había un espacio estrecho.
—Aquí estaba la caja.
—¿Qué caja?
—Mi madre guardaba sus cosas en una caja de metal.
Andrés introdujo la mano.
No encontró nada.
Pero entonces sintió algo pegado al fondo.
Tiró suavemente.
Era un sobre pequeño.
Daniel quedó paralizado.
—Eso no estaba allí.
Andrés abrió el sobre.
Dentro había una fotografía y una nota.
La fotografía mostraba a Elena frente a una casa que Andrés no reconocía.
La nota decía:
"Si la carpeta desaparece, busquen la casa donde Ernesto escondió lo que no pudo destruir."
Silvana tomó la fotografía.
En la parte posterior había una dirección.
—Es en la ciudad.
Andrés la leyó.
—Un barrio antiguo.
Daniel se acercó.
—Conozco ese lugar.
—¿Qué es?
—La casa de Ernesto.
Silvana levantó la mirada.
—¿Todavía existe?
—Sí.
—¿Está habitada?
Daniel negó.
—Está vacía desde hace años.
Andrés guardó la fotografía.
—Vamos.
Daniel lo detuvo.
—No vayan solos.
—¿Por qué?
—Porque si la carpeta está allí, alguien más puede estar buscándola.
Andrés pensó en el hombre de la motocicleta.
—Entonces iremos preparados.
Daniel negó.
—No hablo de estar preparados.
—¿De qué hablas?
Daniel miró a Silvana.
—Hablo de que Ernesto sabe que ustedes están cerca.
El teléfono de Silvana comenzó a sonar.
Ella miró la pantalla.
Número desconocido.
No contestó.
Volvió a sonar.
Andrés hizo un gesto.
—Atiende.
Silvana respondió.
—¿Sí?
Durante unos segundos solo se escuchó respiración.
Después una voz masculina habló.
—Han hablado demasiado.
Silvana se quedó inmóvil.
—¿Ernesto?
La llamada terminó.
Andrés tomó el teléfono.
—Nos vamos.
Salieron del café.
La lluvia había disminuido, pero el puerto estaba cubierto por una niebla espesa. Daniel cerró la puerta detrás de ellos.
—Mi camioneta está aquí.
—Vamos con la nuestra —dijo Andrés.
Cuando llegaron al automóvil, Andrés se detuvo.
Había un papel debajo del limpiaparabrisas.
Lo tomó.
Era una fotografía.
La misma casa que aparecía en la imagen encontrada en el café.
Pero en esta fotografía había alguien parado frente a la puerta.
Ernesto.
En el reverso había una sola frase:
"Si quieren conocer la verdad, vengan antes del amanecer."
Silvana miró a Andrés.
—Es una trampa.
—Probablemente.
—Entonces no deberíamos ir.
Andrés miró el mar.
—Si no vamos, quizá nunca sepamos dónde está la carpeta.
Daniel se acercó.
—Voy con ustedes.
—No.
—Mi madre murió por guardar esta historia. Yo no pienso quedarme escondido.
Andrés lo miró durante unos segundos y finalmente asintió.
—Está bien.
Subieron a los vehículos.
La carretera hacia la ciudad se encontraba casi vacía. Silvana conducía mientras Andrés revisaba nuevamente la documentación. Daniel iba detrás de ellos.
Después de casi una hora, las luces de Santa Marina desaparecieron.
Silvana tomó la mano de Andrés.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Yo también.
—Pero no quiero volver atrás.
—Yo tampoco.
Andrés entrelazó sus dedos con los de ella.
—Pase lo que pase, seguimos juntos.
Silvana lo miró brevemente.
—Eso es lo único que tengo claro.
Continuaron avanzando.
Cuando llegaron al barrio antiguo, encontraron la casa al final de una calle estrecha. Era una construcción grande, abandonada, con las ventanas cubiertas de polvo y las paredes deterioradas por el tiempo.
Daniel estacionó detrás de ellos.
Andrés bajó del automóvil.
—Esperen aquí.
Silvana negó.
—Voy contigo.
—No.
—No pienso dejarte entrar solo.
Él la miró y finalmente cedió.
—Entonces juntos.
Caminaron hasta la puerta.
Estaba abierta.
Dentro olía a humedad.
Andrés encendió la linterna del teléfono.
—¿Qué buscamos?
Silvana levantó la fotografía.
—La casa tiene una habitación que aparece detrás de Elena.
Daniel señaló el pasillo.
—Al fondo.
Entraron.
La habitación estaba casi vacía.
Solo había una mesa, un armario y una pared cubierta de fotografías antiguas.
Silvana se acercó.
Reconoció a Elena.
Reconoció a Esteban.
Reconoció a Tomás.
Y luego vio otra fotografía.
Ernesto aparecía junto a Elena.
En el reverso había una fecha.
La misma noche del incendio.
Andrés tomó la fotografía.
—Estuvieron juntos esa noche.
Daniel señaló el armario.
—Miren eso.
Había un pequeño compartimiento oculto.
Andrés abrió la puerta.
Dentro encontraron una caja metálica.
La abrió.
Había documentos.
Silvana comenzó a revisarlos.
—Aquí está.
Era la carpeta original.
Andrés tomó el primer documento.
Su padre aparecía como testigo.
Elena aparecía como denunciante.
Y al final de la última página había tres firmas.
Tomás Morales.
Elena Valdés.
Y una tercera firma.
Andrés la reconoció inmediatamente.
Ernesto Ferrer.
—Él mismo firmó la denuncia —dijo Silvana.
Daniel se acercó.
—Entonces quiso destruirla porque sabía que podía condenarlo.
Andrés pasó las páginas.
—Hay algo más.
Dentro de la carpeta había un informe bancario y una fotografía de Ricardo Salvatierra entregando un sobre a Ernesto.
Pero debajo de la fotografía había una anotación escrita a mano:
"El dinero recibido por Ernesto fue entregado posteriormente a Esteban. Ambos acordaron culpar a Tomás."
Silvana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Tenemos todo.
Entonces se escuchó un ruido en el piso inferior.
Los tres quedaron inmóviles.
Pasos.
Alguien acababa de entrar en la casa.
Andrés cerró la carpeta.
—Apaguen las luces.
La oscuridad cubrió la habitación.
Los pasos comenzaron a subir lentamente por la escalera.
Silvana se acercó a Andrés.
Daniel respiraba con dificultad.
La puerta de la habitación comenzó a abrirse.
Una sombra apareció en el pasillo.
Y entonces una voz dijo desde afuera:
—Sé que están ahí.
Andrés reconoció aquella voz.
Era Ernesto.
CAPÍTULO 9
La voz de Ernesto atravesó la oscuridad de la habitación con una calma que resultaba mucho más inquietante que un grito. Andrés permaneció inmóvil junto a Silvana, sosteniendo la carpeta contra el pecho mientras intentaba distinguir algo detrás de la puerta entreabierta. Daniel se había colocado cerca de la pared, con una mano apoyada sobre el borde del armario, y durante unos segundos ninguno de los tres se atrevió siquiera a respirar con normalidad. Desde el pasillo llegaba el sonido de los pasos de Ernesto, lentos y seguros, como si conociera perfectamente la distribución de aquella casa y no tuviera ninguna duda acerca del lugar donde se encontraban.
—No quiero hacerles daño —dijo nuevamente—. Solo quiero que me entreguen la carpeta y todo terminará aquí.
Andrés miró a Silvana y negó lentamente con la cabeza. Ella comprendió que no pensaba obedecer.
—¿Qué vamos a hacer? —susurró.
—Salir por detrás.
Daniel señaló una puerta pequeña al fondo de la habitación.
—Da al patio.
Andrés abrió la puerta con cuidado y los tres comenzaron a avanzar en silencio. Sin embargo, antes de que pudieran llegar al otro extremo, Ernesto habló nuevamente desde el pasillo.
—Andrés, sé que tienes los documentos.
Andrés se detuvo.
—También sé que Marta te contó todo.
La voz parecía acercarse.
—Tu madre ha esperado demasiado para hablar.
Andrés sintió una mezcla de rabia y miedo.
—Entonces entra y habla conmigo.
Hubo unos segundos de silencio.
—No necesito entrar.
—¿Por qué?
—Porque todavía no entiendes qué ocurrió.
Andrés abrió la puerta del patio.
—Lo que ocurrió fue que destruyeron la vida de mi padre.
—Tu padre sabía demasiado.
—Y por eso lo acusaron.
—No fue tan sencillo.
—Entonces explícame.
Ernesto apareció finalmente en el marco de la puerta. Era un hombre mayor, de cabello completamente gris, pero conservaba la misma mirada que Andrés recordaba de su infancia. Vestía un abrigo oscuro y llevaba un paraguas cerrado en una mano. No parecía un hombre dispuesto a atacar a nadie, pero aquella tranquilidad resultaba casi amenazante.
—Tomás no era inocente de todo.
Andrés apretó la carpeta.
—¿De qué era culpable?
—De haber entrado donde no debía.
—Eso no es un delito.
—Descubrió información que podía destruir a varias personas.
—Incluyéndote.
Ernesto miró a Silvana.
—También a tu abuelo.
—Mi abuelo ya está muerto —respondió ella.
—Eso no significa que sus errores hayan muerto con él.
Silvana dio un paso adelante.
—¿Amabas a mi abuela?
Ernesto bajó la mirada.
—Sí.
—¿Y por eso hiciste todo esto?
—No fue solamente por amor.
—¿Entonces?
—Por miedo.
Andrés soltó una breve risa amarga.
—Todos dicen lo mismo. Mi madre tuvo miedo. Julián tuvo miedo. Elena tuvo miedo. Ahora tú dices que también tuviste miedo.
Ernesto lo miró fijamente.
—Porque cuando empiezas a destruir una mentira, descubres que debajo hay otras.
—Eso no te daba derecho a incendiar un depósito.
—No fui yo quien decidió provocar el incendio.
—Pero lo preparaste.
Ernesto guardó silencio.
Daniel intervino.
—Mi madre te vio.
Ernesto se volvió hacia él.
—Tu madre vio solamente una parte.
—Vio suficiente.
—No.
Daniel avanzó.
—Ella sacó la carpeta antes de que comenzara el fuego.
Ernesto quedó inmóvil.
—Entonces te contó.
—No. La encontré después.
—¿Dónde?
—En un lugar que nunca pudiste encontrar.
Ernesto miró la carpeta que Andrés sostenía.
—Eso es lo que crees.
—¿Qué quieres decir?
Ernesto dio un paso hacia ellos.
—Esa carpeta está incompleta.
Andrés la abrió.
—Tiene todos los documentos.
—No.
—¿Qué falta?
—La última declaración de Tomás.
Silvana sintió un escalofrío.
—La página que encontramos en Santa Marina.
Ernesto asintió.
—La que dice mi nombre.
—Tu nombre aparece en la página —dijo Andrés—. Eso te compromete.
—No tanto como crees.
Andrés avanzó hacia él.
—¿Qué significa eso?
Ernesto lo miró directamente.
—Que Tomás no terminó de escribir la verdad.
—¿Qué verdad?
—Quién dio la orden.
Daniel frunció el ceño.
—Esteban.
—No.
Silvana negó.
—¿Entonces quién?
Ernesto guardó silencio.
Andrés sintió que la tensión aumentaba.
—Habla.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque esa persona sigue viva.
—¿Quién?
Ernesto retrocedió un paso.
—Alguien que ustedes conocen.
Antes de que pudiera decir algo más, un ruido seco resonó en la planta baja.
Ernesto giró la cabeza.
—Ya vienen.
—¿Quiénes?
—Los que realmente quieren recuperar esos documentos.
—¿Estás trabajando con ellos?
—No.
—Entonces ayúdanos.
Ernesto miró hacia la escalera.
—Tienen que salir por la puerta trasera.
Andrés no se movió.
—Primero dime quién dio la orden.
—No hay tiempo.
—Dímelo.
Ernesto apretó los labios.
—Tu padre.
Andrés quedó paralizado.
—¿Qué?
—Tomás sabía que el incendio iba a ocurrir.
—Estás mintiendo.
—Él había preparado una forma de sacar los documentos del depósito.
—Eso no significa que provocara el incendio.
—No lo provocó.
—Entonces explica lo que acabas de decir.
Ernesto miró a Silvana.
—Tu abuela también lo sabía.
Silvana negó con la cabeza.
—No entiendo.
—Tomás descubrió que Esteban iba a destruir los documentos. Decidió adelantarse y sacar las pruebas. Pero alguien se enteró.
—¿Quién?
Ernesto respiró profundamente.
—Ricardo.
Un golpe fuerte hizo vibrar la puerta principal.
—Tenemos que irnos —dijo Ernesto.
Esta vez Andrés comprendió que no tenían otra alternativa.
Los cuatro bajaron por una escalera lateral y salieron al patio trasero. La lluvia había aumentado nuevamente y el terreno estaba cubierto de barro. Daniel corrió hacia una pequeña puerta que daba a otra calle.
—Por aquí.
Salieron.
Apenas llegaron a la esquina, escucharon el ruido de un vehículo arrancando.
Andrés miró hacia atrás.
Una camioneta negra salió de la calle y se alejó a toda velocidad.
—¿Quiénes eran? —preguntó Silvana.
Ernesto respondió:
—Los hombres que llevan años tratando de encontrar los documentos.
—¿Quién los manda?
Ernesto no contestó.
Andrés lo sujetó del brazo.
—No vas a volver a desaparecer.
Ernesto lo miró.
—Si me quedo, ustedes estarán en peligro.
—Ya estamos en peligro.
—No entiendes.
—Entonces haz que entienda.
Ernesto bajó la mirada.
—Hay alguien dentro de la familia Valdés que todavía protege aquella historia.
Silvana sintió un estremecimiento.
—¿Quién?
—Tu madre.
La expresión de Silvana cambió.
—Mi madre no.
—Ella sabía más de lo que te contó.
—Eso no significa que esté involucrada.
—No dije que estuviera involucrada.
—Entonces, ¿qué significa?
—Que sabe quién conserva la última prueba.
Andrés miró a Ernesto.
—¿Cuál es esa prueba?
—Una grabación.
—Ya tenemos una grabación.
—No. Esa es una copia.
Silvana abrió los ojos.
—¿Existe otra?
—La original.
—¿Dónde?
Ernesto respondió con dificultad.
—En poder de tu madre.
Silvana sacó inmediatamente el teléfono.
—Voy a llamarla.
Ernesto intentó detenerla.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si ella sabe que yo hablé, puede cometer un error.
—¿Qué error?
—Puede intentar destruirla.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Estás diciendo que mi madre podría destruir la prueba?
—Estoy diciendo que tiene miedo.
Andrés miró a Silvana.
—Tenemos que regresar.
Ernesto negó.
—Ustedes no pueden volver a Santa Marina todavía.
—¿Por qué?
—Porque los están esperando.
Daniel señaló la carretera.
—Podemos escondernos en algún lugar.
Ernesto pensó unos segundos.
—Conozco una casa cerca del puerto viejo.
—¿De quién?
—Era de Julián.
Andrés sintió un sobresalto.
—¿Julián tenía una casa allí?
—Sí.
—¿Dónde está?
Ernesto señaló hacia el sur.
—A unos veinte kilómetros.
Llegaron poco después a una pequeña construcción abandonada cerca de la costa. Era una antigua vivienda de pescadores, con las paredes deterioradas y las ventanas cubiertas con tablones. Ernesto abrió la puerta con una llave que llevaba en el bolsillo.
—Aquí nadie viene.
Entraron.
Daniel encendió una lámpara de querosén que todavía funcionaba.
Andrés colocó la carpeta sobre una mesa.
—Ahora vas a contarnos todo.
Ernesto permaneció de pie.
—No puedo contarles todo.
—Entonces cuenta lo suficiente.
El hombre se sentó.
—La noche del incendio, Tomás había descubierto que Esteban estaba utilizando la empresa para ocultar transferencias de dinero. Ricardo era quien manejaba las cuentas. Yo facilitaba algunos documentos porque necesitaba dinero y porque Esteban me había convencido de que nadie saldría perjudicado.
—¿Y luego?
—Tomás comenzó a sospechar.
—¿Cuándo supiste que quería denunciarlo?
—Elena me lo contó.
Silvana lo miró con indignación.
—¿Ella confiaba en ti?
—En aquel momento sí.
—¿Y tú la traicionaste?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Silvana no supo qué decir.
—Le conté a Esteban lo que ella planeaba hacer.
Andrés apretó los puños.
—¿Por qué?
—Porque estaba obsesionado con ella.
—Eso ya lo sabemos.
—No. No saben hasta dónde llegaba esa obsesión.
Ernesto miró el suelo.
—Estaba convencido de que Tomás era el único obstáculo entre Elena y él. Cuando Esteban descubrió que Elena quería denunciarlo, decidió destruir las pruebas.
—Y tú ayudaste.
—Sí.
—¿Ricardo también?
—Sí.
—¿Quién encendió el fuego?
Ernesto tardó en responder.
—Ricardo preparó el material. Yo debía hacerlo.
Andrés lo miró fijamente.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—¿Quién lo hizo?
Ernesto cerró los ojos.
—Esteban.
Silvana respiró profundamente.
—Entonces ¿por qué Tomás escribió tu nombre?
—Porque yo había aceptado hacerlo.
—Pero finalmente no lo hiciste.
—No.
—¿Por qué?
Ernesto miró a Silvana.
—Porque vi a Elena.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Estaba allí.
—¿Dónde?
—Cerca del depósito.
Silvana quedó inmóvil.
—Mi abuela estuvo allí esa noche.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había ido a buscar a Tomás.
Andrés sintió que todo adquiría otra dimensión.
—¿Y qué ocurrió?
—Esteban llegó detrás de ella. Discutieron. Elena le dijo que iba a denunciarlo. Esteban perdió el control.
—¿La amenazó?
—Sí.
—¿Y después?
—Yo había llegado con Ricardo. Vi a Esteban entrar al depósito. Ricardo me dijo que esperara. Entonces escuchamos un ruido. El fuego comenzó.
—¿Dónde estaba mi padre?
—Dentro.
Andrés cerró los ojos.
—¿Cómo salió?
—Por una puerta lateral.
—¿Quién la abrió?
Ernesto levantó la mirada.
—Yo.
Andrés lo miró sorprendido.
—Entonces lo salvaste.
—Intenté hacerlo.
—¿Y después lo acusaste?
Ernesto bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Esteban me dijo que si hablaba, Elena moriría.
Silvana sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Él amenazó a mi abuela?
—Sí.
—¿Y mi abuelo?
—Esteban convenció a todos de que Tomás había causado el incendio.
—Pero tú sabías que era mentira.
—Sí.
—Y callaste.
—Sí.
Andrés se apartó.
Durante unos segundos solo se escuchó el viento golpeando las paredes de la casa.
—¿Dónde está la grabación original? —preguntó finalmente.
Ernesto respondió:
—En la casa de Elena.
—Ya revisamos esa casa.
—No revisaron el lugar correcto.
Silvana lo miró.
—¿Dónde?
—En el viejo piano.
—¿El piano?
—Sí.
—Mi abuela tenía un piano antiguo en el salón.
—Dentro hay un compartimiento.
Andrés recordó que había visto el instrumento, pero nunca le había prestado atención.
—¿La grabación está allí?
—Sí.
—Entonces vamos.
Ernesto negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien ya sabe dónde está.
Daniel miró a Ernesto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace dos días vi a un hombre entrar en la casa.
Andrés se levantó.
—¿Quién?
Ernesto respondió después de unos segundos.
—El mismo hombre que los siguió hasta la caseta del faro.
Andrés comprendió que el círculo se cerraba.
—¿Ricardo?
Ernesto negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
Ernesto miró a Silvana.
—Tu hermano.
Silvana quedó completamente inmóvil.
—Yo no tengo hermano.
Ernesto bajó la mirada.
—Eso es lo que te hicieron creer.
La lámpara tembló ligeramente con una ráfaga de viento.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Silvana.
—Que Esteban tuvo otro hijo.
Andrés miró a Ernesto.
—¿Con quién?
Ernesto respondió:
—Con una mujer que trabajaba para él.
Silvana sintió que el mundo parecía detenerse.
—¿Dónde está?
Ernesto se levantó.
—En Santa Marina.
—¿Quién es?
—El hombre que lleva meses vigilando la casa de tu abuela.
Andrés recordó al desconocido del automóvil oscuro.
—¿Cómo se llama?
Ernesto lo miró.
—Gabriel Valdés.
Silvana palideció.
—Ese apellido...
—Sí.
—¿Por qué nunca apareció en la familia?
—Porque Esteban pagó para que su existencia permaneciera oculta.
—¿Y qué quiere?
Ernesto respondió:
—Lo mismo que todos ellos.
Andrés sintió que el teléfono vibraba en su bolsillo.
Era un mensaje.
Lo abrió.
Había una fotografía de Silvana entrando a la casa de Elena.
Debajo aparecía una frase:
"Tu familia te ha mentido durante toda tu vida."
Andrés levantó la mirada.
—Nos encontraron.
Ernesto tomó su abrigo.
—Entonces ya no podemos quedarnos aquí.
Salieron de la casa y caminaron rápidamente hacia los vehículos.
Pero antes de llegar a la carretera, una luz apareció entre los árboles.
Después otra.
Dos automóviles avanzaban hacia ellos.
Ernesto se detuvo.
—Son ellos.
Andrés miró a Silvana.
—Sube.
—¿Y tú?
—Voy contigo.
Daniel encendió el motor.
Los vehículos comenzaron a acercarse.
Andrés subió al automóvil junto a Silvana.
Ernesto entró detrás.
Daniel aceleró.
La primera camioneta intentó bloquearles el paso, pero Daniel giró bruscamente y tomó un camino de tierra que conducía hacia la costa.
La persecución comenzó.
Silvana miró por la ventana y vio las luces de los vehículos detrás de ellos.
—¡Van demasiado rápido!
—Tenemos que llegar al puente —respondió Daniel.
—¿Y después?
—Después tomamos la carretera vieja.
La camioneta se acercaba.
Andrés sostuvo la carpeta contra el pecho.
Ernesto miraba hacia atrás.
—No quieren la carpeta.
—¿Qué quieren entonces? —preguntó Andrés.
—Quieren a Silvana.
Ella se volvió.
—¿Por qué?
Ernesto la miró con gravedad.
—Porque tú eres la única persona que puede reclamar legalmente lo que quedó de la empresa de tu abuelo.
Silvana quedó sin palabras.
—¿Qué empresa?
—La que nunca desapareció.
Daniel frenó de golpe.
—¿Qué?
Frente a ellos, el camino estaba bloqueado por otro vehículo.
Daniel intentó retroceder, pero la camioneta que los perseguía ya estaba detrás.
Andrés abrió la puerta.
—¡No salgas! —gritó Silvana.
Pero Ernesto ya había bajado.
Levantó las manos.
—¡Déjenlos ir!
Una puerta se abrió en el vehículo delantero.
Un hombre descendió.
Andrés lo reconoció.
Era el desconocido que había visto junto a la casa de Elena.
Gabriel.
Se acercó lentamente.
—Ernesto —dijo—. Pensé que nunca ibas a hablar.
—Déjalos.
Gabriel sonrió.
—Ya es demasiado tarde.
Miró hacia el interior del vehículo.
Sus ojos se encontraron con los de Silvana.
—Hola, hermana.
Silvana sintió que la respiración se le cortaba.
Andrés salió del automóvil y se colocó delante de ella.
Gabriel lo observó.
—Tú eres Andrés Morales.
—Sí.
—Entonces debes saber que tu padre murió por culpa de una mentira.
—Lo sé.
—No sabes toda la verdad.
Gabriel dio un paso adelante.
—Y tampoco sabes quién está detrás de nosotros.
Desde el automóvil que estaba detrás descendió otro hombre.
Ernesto lo vio y palideció.
—Ricardo.
El hombre levantó la mirada.
A pesar de los años, Ernesto lo reconoció inmediatamente.
Ricardo Salvatierra había regresado.
CAPÍTULO 10
Ricardo Salvatierra permaneció unos segundos junto al automóvil sin pronunciar palabra, mientras la lluvia fina resbalaba por el cuello de su abrigo y el viento levantaba pequeñas nubes de polvo húmedo sobre el camino que conducía hacia la costa. Habían pasado décadas desde la última vez que Ernesto lo había visto, pero no había ninguna duda en sus ojos; aquel rostro envejecido, más delgado y endurecido por los años, conservaba todavía los mismos rasgos que había conocido la noche del incendio. Andrés también comprendió inmediatamente que aquel hombre no era una aparición casual, sino la pieza que faltaba en una historia que había comenzado mucho antes de que él naciera y que ahora parecía haber decidido entrar violentamente en su propia vida.
—Ricardo —repitió Ernesto, con una voz en la que se mezclaban sorpresa y temor.
El hombre cerró la puerta del vehículo y avanzó unos pasos.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Pensé que habías muerto.
—Eso fue lo que convenía que todos creyeran.
Andrés se colocó delante de Silvana, pero Ricardo levantó una mano.
—No vengo a hacerles daño.
—Eso mismo dijo Ernesto —respondió Andrés.
Ricardo dirigió una mirada hacia él.
—Tienes los ojos de tu padre.
—Y tú tienes la culpa de muchas de las cosas que le ocurrieron.
Ricardo no respondió inmediatamente. Miró a Silvana.
—Tú eres Elena.
Silvana frunció el ceño.
—No. Soy su nieta.
—Lo sé. Pero te pareces mucho a ella.
Gabriel permanecía a pocos metros, observándolos en silencio.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Silvana.
Ricardo bajó la mirada.
—Porque ya no puedo seguir huyendo.
Andrés soltó una risa amarga.
—Curioso momento para decidirlo.
—No fue una decisión voluntaria.
—Entonces, ¿qué quieres?
Ricardo miró a Ernesto.
—Quiero terminar lo que comenzó aquella noche.
Ernesto dio un paso hacia él.
—No vas a tocar a ninguno de ellos.
—No he venido por ellos.
—Entonces ¿por quién?
Ricardo señaló a Gabriel.
—Por él.
Gabriel permaneció inmóvil.
—No me vas a llevar.
—No puedes seguir ocultándote.
—¿Ocultarme de quién?
—De la verdad.
Gabriel soltó una carcajada breve.
—Tú no tienes derecho a hablar de verdad.
Andrés miró a ambos.
—¿Qué relación tienen?
Ricardo respondió:
—Gabriel es hijo de Esteban.
Silvana sintió un escalofrío.
—Ya lo sabemos.
—No saben toda la historia.
—Entonces habla.
Ricardo observó el cielo.
—No aquí.
Daniel salió del automóvil.
—¿Y dónde?
—En un lugar donde podamos hablar sin que nos encuentren.
Andrés no confiaba en él.
—¿Por qué deberíamos creerte?
Ricardo sacó una pequeña grabadora del bolsillo.
—Porque tengo esto.
Andrés reconoció inmediatamente el modelo.
—¿Otra grabación?
—La original.
Ernesto palideció.
—Pensé que había sido destruida.
—No.
—¿Dónde la encontraste?
—La guardé durante treinta años.
Silvana dio un paso hacia él.
—¿Qué contiene?
—La conversación completa de aquella noche.
Andrés miró la grabadora.
—Entonces vamos a escucharla.
Ricardo negó.
—Primero tenemos que llegar a Santa Marina.
—¿Por qué?
—Porque la grabación no es suficiente.
—¿Qué más falta?
Ricardo miró a Gabriel.
—Una firma.
Gabriel se tensó.
—No.
—Sí.
—No voy a hacerlo.
—Tendrás que hacerlo.
Silvana intervino.
—¿Qué firma?
Ricardo respondió:
—La de Gabriel.
—¿Por qué?
—Porque él es el heredero legal de Esteban.
Silvana lo miró confundida.
—Yo también soy su nieta.
—Pero él es su hijo.
—¿Y qué tiene que ver eso con la empresa?
Ricardo respiró profundamente.
—La empresa nunca fue disuelta legalmente.
Andrés recordó las palabras de Ernesto.
—La empresa que supuestamente desapareció.
—Exactamente.
—¿Quién la controla?
—Una sociedad creada poco antes del incendio.
—¿A nombre de quién?
Ricardo miró a Silvana.
—De Elena.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Mi abuela?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Esteban intentó transferirle parte de los bienes para protegerlos de los acreedores y de las investigaciones.
—Entonces ella era propietaria.
—De una parte.
—¿Y qué ocurrió?
—Después del incendio, Esteban falsificó documentos y transfirió el control a terceros.
Andrés miró a Ricardo.
—¿Y Gabriel?
—Gabriel nació meses después.
Silvana cerró los ojos.
—Entonces mi madre sabía que existía.
Ricardo asintió.
—Sí.
—¿Por eso me dijo que algunas cosas debían permanecer enterradas?
—Probablemente.
Silvana sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—Todos sabían.
Andrés tomó su mano.
—No todos.
Ella lo miró.
—Tú no.
—No.
Gabriel se acercó.
—Yo tampoco sabía toda la verdad.
Silvana lo observó.
—¿Cuándo supiste quién era tu padre?
—Hace cinco años.
—¿Y qué hiciste?
—Lo busqué.
—¿Lo encontraste?
—Sí.
—¿Por qué no te presentaste?
Gabriel miró a Ricardo.
—Porque me dijo que no era seguro.
Ricardo intervino.
—Yo intentaba protegerte.
—Tú intentabas protegerte.
—También.
La respuesta dejó a todos en silencio.
Finalmente Daniel habló.
—Tenemos que movernos.
Regresaron a los vehículos.
Ricardo subió al automóvil de Daniel, mientras Gabriel tomó el suyo. Andrés y Silvana viajaron juntos.
Durante el trayecto, Silvana permaneció mirando por la ventana.
—¿Estás bien?
—No.
—Lo imaginé.
—Toda mi vida creí que conocía a mi familia.
Andrés tomó su mano.
—Yo también creí conocer la mía.
—¿Te arrepientes de haber empezado a buscar?
Andrés la miró.
—No.
—Aunque esto termine separándonos.
—No va a separarnos.
—No puedes saberlo.
—No. Pero sí puedo elegir qué hacer ahora.
Silvana apoyó la cabeza en su hombro.
—Eso fue lo que me dijiste aquella tarde en la playa.
—Y sigo creyéndolo.
Continuaron en silencio hasta que las luces de Santa Marina aparecieron en el horizonte.
Al llegar al pueblo, Ricardo pidió detenerse en una antigua estación ferroviaria abandonada.
—Aquí.
Entraron en un pequeño edificio cubierto de polvo.
Ricardo colocó la grabadora sobre una mesa.
—Escuchen.
Presionó el botón.
Primero se escuchó un ruido de fondo, luego una voz.
Era Esteban.
—No podemos seguir esperando.
Otra voz respondió.
Era Ricardo, más joven.
—Tomás sospecha.
—Entonces hay que adelantarse.
—¿Y Elena?
—Elena no sabe nada.
La grabación continuó.
—¿Qué hacemos con los documentos?
—Los destruyes.
—¿Y Tomás?
—Él cargará con la culpa.
Después apareció la voz de Ernesto.
—No quiero hacerlo.
Esteban respondió con dureza.
—Ya estás dentro.
—Esto puede matar a alguien.
—Nadie tiene por qué morir.
Hubo un silencio.
Entonces se escuchó la voz de Elena.
—Esteban.
Todos quedaron paralizados.
La grabación continuó.
—¿Qué haces aquí?
—Vine por Tomás.
—Vete.
—Sé lo que estás haciendo.
—No sabes nada.
—Tengo los documentos.
Esteban comenzó a gritar.
—¡Dámelos!
—No.
Se escuchó un golpe.
Después una voz de Tomás.
—¡Déjala!
El sonido se volvió confuso.
Ricardo pausó la grabación.
Silvana tenía lágrimas en los ojos.
—¿Qué ocurrió después?
—Lo que escucharon en la primera grabación.
—¿Y el fuego?
Ricardo volvió a reproducir.
Se escuchó a Tomás:
—Si destruyes esto, voy a denunciarte.
Esteban respondió:
—No tendrás oportunidad.
Luego apareció la voz de Ernesto:
—Esteban, detente.
—Hazlo.
—No.
—¡Hazlo!
Después se escuchó otra voz.
Una voz que Andrés no reconoció.
—Yo lo haré.
Ricardo pausó la grabación.
Andrés lo miró.
—¿Quién era?
Ricardo cerró los ojos.
—Ese es el problema.
—¿Quién?
—La persona que realmente encendió el fuego no fue Esteban.
Ernesto lo miró.
—Tú dijiste que había sido él.
—Porque eso fue lo que todos creyeron.
—Entonces ¿quién?
Ricardo volvió a mirar la grabadora.
—La voz que escucharon.
—¿Quién era?
Ricardo respondió:
—Marta.
Andrés quedó paralizado.
—No.
—Sí.
—Mi madre no.
—Ella llegó al depósito después de recibir una llamada de Tomás.
—Estás mintiendo.
—Escucha.
Ricardo reprodujo nuevamente la grabación.
La voz se escuchó claramente.
—Yo lo haré.
Andrés reconoció finalmente el tono.
Era su madre.
Silvana miró a Andrés.
—No puede ser.
Ricardo detuvo la grabación.
—Marta no provocó el incendio intencionalmente.
Andrés respiró con dificultad.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Tomó el combustible porque quería amenazar a Esteban con destruir los documentos. Pero Ricardo había preparado el material inflamable en otra parte. Cuando Marta arrojó el combustible, el fuego se extendió inmediatamente.
—¿Y mi padre?
—Intentó sacar a Elena.
—¿Y por qué lo acusaron?
—Porque Esteban aprovechó el caos.
Andrés permaneció inmóvil.
—Mi madre cargó con esto durante treinta años.
—Sí.
—¿Y tú lo sabías?
—Sí.
—¿Por qué nunca hablaste?
Ricardo bajó la cabeza.
—Porque también fui responsable.
Silvana miró a Ricardo.
—¿Qué pasó con Marta después?
—Esteban la convenció de que si hablaba, te haría daño a ti y a Andrés.
—Pero ella no tenía la culpa.
—Tenía miedo.
Andrés sintió que las piernas le fallaban.
Se sentó.
—Tengo que verla.
—No puedes hacerlo todavía.
—Es mi madre.
—Precisamente.
—¿Por qué?
Ricardo miró hacia la ventana.
—Porque hay alguien que sabe que estamos aquí.
Daniel se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi teléfono dejó de tener señal hace cinco minutos.
Andrés levantó la mirada.
—Eso no significa nada.
—Sí significa.
Ricardo se levantó.
—Cuando alguien quiere impedir que una información salga, lo primero que hace es aislar a quienes la poseen.
Las luces de la estación se apagaron.
Todos quedaron a oscuras.
Se escuchó un ruido afuera.
Después otro.
Gabriel sacó el teléfono.
—Hay vehículos alrededor.
Andrés miró a Silvana.
—Quédate aquí.
—No.
—Silvana.
—No pienso separarme de ti.
Ricardo abrió una puerta lateral.
—Por aquí.
Salieron hacia las vías abandonadas.
Corrieron entre los antiguos galpones mientras escuchaban voces detrás.
Daniel conocía una salida hacia la carretera.
—Por allí.
Llegaron hasta un viejo camino y comenzaron a avanzar.
De pronto se escuchó un disparo.
Todos se detuvieron.
—¡Agáchense! —gritó Ricardo.
Otro disparo golpeó una pared cercana.
Andrés abrazó a Silvana y la cubrió con su cuerpo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te separes de mí.
Ricardo señaló una pequeña construcción.
—Entren allí.
Se refugiaron.
Gabriel cerró la puerta.
—¿Quién está disparando?
Ricardo respondió:
—No lo sé.
Andrés lo miró.
—Tú sabes más de lo que estás diciendo.
—Sí.
—Entonces habla.
Ricardo respiró profundamente.
—El hombre que realmente organizó todo no fue Esteban.
Ernesto quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Esteban era poderoso, pero alguien lo utilizó.
—¿Quién?
Ricardo miró a Gabriel.
—El padre de Gabriel no era quien dirigía la operación.
—¿Entonces quién?
Ricardo sacó un documento de su bolsillo.
—Una persona que tenía intereses en quedarse con los terrenos del puerto.
Andrés tomó el documento.
El nombre aparecía claramente.
Era un empresario conocido de la ciudad.
Silvana lo reconoció.
—Mi madre trabajó para él.
Andrés la miró.
—¿Quién es?
Silvana tragó saliva.
—Jorge Valdés.
Ricardo negó.
—No.
—¿Entonces?
—Su socio.
Andrés miró nuevamente el documento.
El nombre era Carlos Ferrer.
Ernesto abrió los ojos.
—Ferrer.
—El padre de Julián.
Silvana quedó desconcertada.
—¿Julián sabía todo?
Ricardo negó.
—No. Su padre murió poco después del incendio.
—Entonces ¿qué relación tiene con todo esto?
—La suficiente para explicar por qué Julián fue perseguido durante tantos años.
Andrés sintió que el misterio se hacía todavía más grande.
—¿Dónde está Julián ahora?
Ernesto respondió:
—No lo sé.
Ricardo miró hacia la puerta.
—Yo sí.
Todos lo miraron.
—Está en Santa Marina.
Andrés se levantó.
—¿Dónde?
—En la casa vieja del faro.
—Pero estuvimos allí.
—Después de que ustedes se fueron, regresó.
Silvana tomó la mano de Andrés.
—Tenemos que encontrarlo.
Ricardo negó.
—Primero debemos encontrar a Marta.
Andrés lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ella tiene la última parte de la grabación.
—¿Qué contiene?
Ricardo respondió:
—La voz de la persona que ordenó el incendio.
Afuera, un vehículo arrancó y se alejó.
El peligro parecía haberse retirado por el momento.
Andrés abrió la puerta.
—Vamos a buscar a mi madre.
Llegaron a la casa de Marta poco antes del amanecer.
La puerta estaba abierta.
Andrés bajó del automóvil y corrió hacia el interior.
—¡Mamá!
No hubo respuesta.
La casa estaba vacía.
La caja con los documentos había desaparecido.
Sobre la mesa había un papel.
Andrés lo tomó.
Solo decía:
"Tu madre está conmigo. Si quieres volver a verla, trae a Silvana."
Silvana se acercó.
—¿Quién lo escribió?
Andrés miró a Ricardo.
—Tú dijiste que esto terminaría.
Ricardo negó.
—Yo nunca dije eso.
Gabriel tomó el papel.
—Conozco esta letra.
Andrés lo miró.
—¿De quién es?
Gabriel levantó lentamente la mirada.
—De mi padre.
CAPÍTULO 11
Andrés permaneció inmóvil frente a la mesa mientras Gabriel sostenía todavía el papel entre sus dedos, incapaz de apartar la mirada de aquella letra que durante años había aparecido en documentos familiares, contratos y papeles que él mismo había encontrado en la casa de su madre sin comprender jamás qué clase de historia se escondía detrás de ellos. La casa de Marta estaba en silencio, pero no era el silencio tranquilo de las primeras horas de la mañana, sino uno cargado de una ausencia reciente que podía sentirse en cada habitación. Una silla permanecía ligeramente desplazada, una taza todavía estaba sobre la mesa y el abrigo de Marta ya no estaba junto a la puerta. Todo indicaba que se había marchado obligada, y aquella evidencia hizo que Andrés sintiera una desesperación que hasta entonces había conseguido mantener bajo control.
—¿Estás seguro de que es la letra de tu padre? —preguntó.
Gabriel volvió a mirar el papel.
—Sí.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque la vi durante toda mi infancia. Después de descubrir quién era realmente mi padre, conseguí algunas cartas que había escrito a mi madre. Esta letra es idéntica.
Silvana tomó el papel.
—¿Qué significa entonces?
Gabriel negó lentamente.
—Que mi padre no murió cuando todos dijeron que había muerto.
Ricardo se acercó a la mesa.
—Carlos Ferrer murió hace veinte años.
—Eso es lo que siempre dijeron.
—Yo estuve en su funeral.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Viste el cuerpo?
Ricardo guardó silencio.
—No —respondió finalmente.
Andrés sintió que aquella respuesta cambiaba nuevamente las dimensiones de la historia.
—Entonces pudo haber desaparecido.
—Sí.
—¿Y dónde está ahora?
Gabriel miró hacia la ventana.
—No lo sé.
Ricardo tomó el papel.
—Hay algo extraño.
—¿Qué?
—La tinta.
Andrés se acercó.
—¿Qué pasa con ella?
—Es demasiado reciente.
Daniel, que hasta entonces había permanecido en silencio, examinó el documento.
—¿Quieres decir que fue escrito hace poco?
—Sí.
—Entonces Carlos Ferrer está vivo.
Nadie respondió.
Andrés caminó por la casa buscando alguna señal de su madre. Abrió las puertas de las habitaciones, revisó el patio, miró detrás de los muebles y llamó varias veces a su teléfono, pero el aparato de Marta estaba apagado. En la cocina encontró una taza rota junto al fregadero y un pequeño pañuelo en el suelo.
Lo recogió.
Era de su madre.
—Se resistió —dijo.
Silvana se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
—Ella nunca deja las cosas así.
Gabriel observó la puerta trasera.
—Aquí hay marcas.
Andrés se acercó.
La cerradura estaba forzada.
—Entraron por aquí.
Daniel señaló el suelo.
—Hay huellas.
Las siguieron hasta el jardín, donde desaparecían cerca de la calle.
Ricardo permaneció junto a la puerta.
—No fue un secuestro improvisado.
—¿Qué quieres decir?
—Quien la llevó sabía exactamente qué buscaba y cuánto tiempo tenía.
Andrés se volvió hacia él.
—¿La grabación?
Ricardo asintió.
—Probablemente.
Silvana miró a Gabriel.
—¿Por qué quieren que vaya con ellos?
—Porque creen que tú tienes acceso a algo que ellos necesitan.
—La empresa.
—Sí.
—Pero no entiendo qué puedo hacer yo.
Ricardo respondió:
—Tu abuela dejó parte de sus derechos legales a tu nombre.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir.
—Nunca me dijeron nada.
—Porque el documento fue ocultado.
Andrés recordó la cláusula encontrada en la casa.
—La propiedad de Elena estaba vinculada a la empresa.
—Exactamente.
—Entonces la casa no era solamente una herencia.
—Era una garantía.
—¿De qué?
Ricardo miró a Silvana.
—De que algún día alguien pudiera recuperar los bienes que Esteban intentó robar.
Silvana respiró profundamente.
—¿Y Gabriel?
—Él tiene los derechos de heredero de Esteban.
Gabriel soltó una sonrisa amarga.
—Mi padre me ocultó toda mi vida y ahora resulta que soy importante para su legado.
—No para su legado —respondió Ricardo—. Para destruirlo.
Daniel se acercó.
—¿Qué hacemos?
Andrés tomó el papel.
—Vamos a encontrar a mi madre.
—¿Cómo?
Andrés miró a Gabriel.
—Dijiste que reconocías la letra.
—Sí.
—Entonces quizá también puedas reconocer el lugar.
—¿Qué lugar?
Andrés señaló el papel.
—Tu padre escribió la dirección.
Gabriel observó nuevamente el documento.
—No hay ninguna dirección.
—Hay algo debajo.
Silvana acercó la hoja a la ventana.
La luz del amanecer permitía distinguir unas marcas apenas visibles.
—Aquí hay números.
Ricardo tomó el papel.
—Son coordenadas.
Daniel se inclinó.
—¿Puedes interpretarlas?
Ricardo las anotó.
—Sí.
Andrés esperó.
—¿Dónde?
Ricardo levantó la mirada.
—En el antiguo astillero.
—¿El de Santa Marina?
—Sí.
Andrés recordó las historias de su padre.
—Ese lugar está abandonado desde hace años.
—Por eso mismo.
Llegaron al astillero poco después.
La entrada principal estaba cerrada, pero encontraron una abertura en la parte posterior. Daniel conocía el terreno porque había trabajado allí años atrás.
—El edificio de administración está al fondo.
Caminaron entre viejas estructuras metálicas y depósitos oxidados. El mar golpeaba contra el rompeolas con una fuerza constante y algunas gaviotas levantaban vuelo desde los techos.
Andrés sintió una extraña familiaridad.
Su padre había pasado muchas horas allí.
—Él trabajó aquí —dijo.
Marta también.
—¿Qué?
—Mi padre.
Silvana le tomó la mano.
—Lo sé.
—No. No lo entiendes. Aquí aprendí a caminar entre las estructuras cuando era niño. Él me traía algunas tardes. Yo creía que era solamente un lugar de trabajo.
Ricardo lo miró.
—Para él era mucho más que eso.
Entraron en el antiguo edificio de administración.
Había escritorios destruidos, archivos húmedos y muebles cubiertos de polvo.
Gabriel señaló una puerta.
—Mi padre tenía una oficina aquí.
Andrés abrió.
En una pared todavía podía verse una placa oxidada con el nombre de Carlos Ferrer.
—Aquí.
Registraron la habitación.
Después de varios minutos, Daniel encontró un cajón oculto debajo del escritorio.
—Hay algo.
Sacó un pequeño libro de contabilidad.
Ricardo lo abrió.
—Estos son movimientos de dinero.
Andrés miró las fechas.
—Son anteriores al incendio.
—Sí.
—Y posteriores.
Ricardo pasó varias páginas.
—Aquí aparecen pagos a nombres que no conozco.
Gabriel se acercó.
—Yo sí.
—¿Quiénes?
—Funcionarios.
Silvana observó una anotación.
—Hay una transferencia enorme dos días después del incendio.
Ricardo asintió.
—Eso explica la compra de los terrenos.
Andrés levantó la mirada.
—¿Qué terrenos?
—Los que rodeaban el puerto.
Daniel abrió los ojos.
—Pero esos terrenos hoy valen una fortuna.
—Exactamente.
Silvana comprendió.
—Entonces el incendio fue provocado para hundir el valor de la empresa y comprar los terrenos baratos.
—Sí.
—Y Esteban estaba involucrado.
—Sí.
—¿Carlos también?
Ricardo asintió.
—Él diseñó la operación financiera.
Gabriel cerró el libro.
—Mi padre destruyó muchas vidas.
—Sí.
—Incluida la de mi madre.
Nadie respondió.
Entonces escucharon un golpe en el pasillo.
Andrés levantó la mano.
Todos quedaron en silencio.
Otro golpe.
Daniel apagó la linterna.
La puerta comenzó a abrirse.
Un hombre apareció.
Era Julián Ferrer.
Andrés lo reconoció inmediatamente.
—Julián.
El anciano los observó.
—Sabía que llegarían.
Silvana se acercó.
—¿Dónde está Marta?
Julián negó.
—No lo sé.
Andrés dio un paso hacia él.
—Necesitamos encontrarla.
—Entonces tienen que dejar de buscar la grabación.
—No.
—Si continúan, la van a matar.
Andrés sintió que la rabia aumentaba.
—¿Quién?
Julián miró a Ricardo.
—Él sabe quién.
Ricardo sostuvo la mirada.
—No.
—Sí.
—Ya te dije que no.
Julián se volvió hacia Andrés.
—La persona que organizó todo esto nunca fue Esteban.
—Lo sabemos.
—No. Todavía no lo saben.
—Entonces habla.
Julián se acercó lentamente.
—Esteban era corrupto, pero no tenía suficiente capacidad para organizar una operación de esa magnitud. Carlos Ferrer tenía contactos, dinero y acceso a información. Él convenció a Esteban de que podía quedarse con los terrenos. Ricardo se encargó de las cuentas. Ernesto facilitó documentos. Y alguien más ayudó desde dentro de la familia Valdés.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Quién?
Julián respondió:
—Tu madre.
Silvana negó.
—No.
—Ella entregó información.
—¿Qué información?
—Los documentos que Elena había reunido.
—¿Por qué?
—Porque Carlos la chantajeó.
Silvana sintió que le faltaba el aire.
—¿Con qué?
—Con la vida de tu padre.
—Mi padre ya había muerto.
Julián la miró.
—No.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu padre no murió cuando te dijeron.
Andrés miró a Julián.
—¿Qué estás diciendo?
—El accidente que supuestamente terminó con su vida ocurrió después del incendio.
Silvana comenzó a llorar.
—¿Mi padre está vivo?
Julián bajó la mirada.
—No.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Lo mataron.
La respuesta cayó sobre ellos como un golpe.
—¿Quién? —preguntó Silvana.
Julián tardó en responder.
—Carlos Ferrer.
Gabriel retrocedió.
—Mi padre.
Julián asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu padre de Silvana descubrió la verdad.
Silvana se cubrió el rostro.
Andrés la abrazó.
Julián continuó.
—Carlos lo encontró cuando intentaba sacar los documentos de la empresa. Lo hizo desaparecer y luego obligó a tu madre a aceptar una versión falsa de su muerte.
—¿Por qué ella nunca me lo dijo?
—Porque estabas creciendo y ella creyó que podía protegerte.
—Todos creyeron que podían protegerme mintiéndome.
Andrés la abrazó con más fuerza.
—No tienes que atravesar esto sola.
Silvana se aferró a él.
Julián miró hacia la puerta.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque vienen.
Apenas terminó de decirlo, se escucharon motores afuera.
Julián tomó un pasillo lateral.
—Por aquí.
Corrieron hacia una puerta trasera.
Una camioneta entró en el patio.
Andrés ayudó a Silvana a subir a un vehículo abandonado que todavía funcionaba.
Daniel tomó el volante.
—¡Suban!
Julián entró detrás.
Ricardo se quedó afuera unos segundos.
—¡Ricardo! —gritó Andrés.
El hombre corrió y subió.
Daniel aceleró.
Los vehículos comenzaron a perseguirlos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Silvana.
Julián respondió:
—A la casa de Elena.
Andrés lo miró.
—¿Por qué?
—Porque Marta está allí.
Silvana se volvió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo ayudé a llevarla.
Andrés se quedó inmóvil.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Trabajas con ellos?
—No.
—Entonces ¿por qué la entregaste?
Julián cerró los ojos.
—Porque me obligaron.
—¿Quién?
—Carlos Ferrer.
Gabriel se volvió furioso.
—¡Mi padre está muerto!
Julián lo miró.
—No.
El vehículo quedó en silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Carlos Ferrer está vivo.
Gabriel quedó paralizado.
—¿Dónde?
—En la casa de Elena.
Silvana comenzó a temblar.
—Entonces tenemos que ir.
Llegaron a Santa Marina cuando comenzaba a amanecer.
La casa de Elena estaba iluminada.
Andrés se bajó del vehículo.
—Quédate aquí.
Silvana negó.
—Voy contigo.
Entraron.
Marta estaba sentada en una silla.
Tenía las manos libres.
Frente a ella estaba un hombre mayor.
Silvana lo reconoció por una fotografía.
Era Carlos Ferrer.
Julián permaneció en la puerta.
Carlos se volvió.
—Finalmente llegaron.
Andrés avanzó.
—Suelta a mi madre.
Carlos sonrió.
—Nunca estuvo secuestrada.
Marta levantó la mirada.
—Andrés, no te acerques.
—Mamá.
—Hazme caso.
Carlos se levantó.
—Tu madre vino voluntariamente.
—Mentira.
—No.
—¿Dónde está la grabación?
Carlos miró a Silvana.
—Eso es lo que vine a buscar.
—No la tenemos.
—Sí la tienen.
Silvana se colocó delante de Andrés.
—¿Qué quieres de mí?
Carlos la observó durante varios segundos.
—Lo que Elena debió entregarme hace treinta años.
—¿Qué?
—La propiedad de la empresa.
—No la tengo.
—Todavía no.
Carlos sacó un documento.
—Pero puedes firmar.
Andrés se interpuso.
—No va a firmar nada.
Carlos sacó un arma.
Marta comenzó a llorar.
—Por favor.
Carlos apuntó hacia Andrés.
—Entonces tendremos que hacerlo de otra manera.
En ese momento se escuchó un ruido detrás de la casa.
Carlos se volvió.
Julián entró.
—Se terminó, Carlos.
Carlos levantó el arma.
—Tú.
—Sí.
—Pensé que estabas muerto.
—Yo también pensé lo mismo de ti.
Julián sacó una pequeña grabadora.
—Tengo una copia.
Carlos palideció.
—¿De qué?
—De todo.
—No.
—La policía está afuera.
Carlos retrocedió.
Andrés miró hacia la ventana.
Efectivamente, varias luces aparecían en la calle.
Carlos intentó tomar a Silvana, pero Gabriel se abalanzó sobre él.
El arma cayó al suelo.
Andrés empujó a Carlos contra la pared.
—¡No vuelvas a acercarte a mi familia!
Carlos intentó liberarse.
Gabriel recogió el arma y la apartó.
La puerta principal se abrió.
Entraron agentes de policía.
Carlos quedó inmovilizado.
Marta comenzó a llorar.
Andrés corrió hacia ella.
—Mamá.
Ella lo abrazó.
—Perdóname.
—Ya hablaremos.
Silvana permaneció junto a la ventana, mirando el amanecer sobre el mar.
Julián se acercó.
—Hay algo que todavía no saben.
Ella se volvió.
—¿Qué?
Julián sostuvo la grabadora.
—La grabación completa no termina con el incendio.
Andrés se acercó.
—¿Qué contiene?
Julián miró hacia Carlos, que estaba siendo esposado.
—Contiene la conversación que ocurrió después.
—¿Entre quiénes?
Julián respondió:
—Entre Carlos Ferrer y tu padre.
Silvana quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Y qué dice?
Julián encendió la grabadora.
La voz de un hombre comenzó a escucharse.
—Si algo me ocurre, mi hija debe saber que nunca la abandoné.
Silvana se llevó una mano a la boca.
La voz continuó.
—Y hay algo más. El hombre que provocó todo esto no fue quien ustedes creen.
Andrés miró a Julián.
La grabación siguió.
—La persona que entregó los documentos a Carlos fue...
La voz se interrumpió.
Julián apagó la grabadora.
—La parte final está en otro lugar.
Andrés lo miró.
—¿Dónde?
Julián señaló el piano de la casa.
—Dentro de ese piano.
Andrés y Silvana se miraron.
Carlos, desde el otro extremo de la sala, levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que había aparecido, su rostro mostró verdadero miedo.
CAPÍTULO 12
La expresión de Carlos Ferrer cambió por completo cuando Julián señaló el viejo piano que permanecía junto a la pared del salón. Hasta ese instante había intentado conservar una actitud de seguridad, incluso después de que los agentes lo esposaran, pero aquella simple indicación pareció quitarle de repente la poca tranquilidad que le quedaba. Silvana lo observó con atención y comprendió que el miedo que acababa de aparecer en su rostro no tenía relación con el arresto ni con la posibilidad de pasar los próximos años en prisión, sino con aquello que todavía podía encontrarse dentro del instrumento que había pertenecido a su abuela.
—¿Qué hay en el piano? —preguntó uno de los agentes.
Julián respondió sin apartar la mirada de Carlos.
—La última prueba.
Carlos intentó intervenir.
—Ese piano no contiene nada.
—Entonces no tendrás inconveniente en que lo revisemos —respondió el agente.
Andrés se acercó al instrumento junto con Silvana. Era el mismo piano que Elena había conservado durante décadas, un mueble antiguo de madera oscura que parecía fuera de lugar en aquella casa que había permanecido tanto tiempo cerrada. Silvana recordaba haber visto a su abuela tocarlo algunas tardes, aunque nunca había sido una gran pianista; solía sentarse frente a él y tocar lentamente algunas melodías mientras miraba hacia las ventanas que daban al mar. Durante años Silvana había considerado aquellas escenas parte de los recuerdos más sencillos de su infancia, sin imaginar que aquel objeto aparentemente inofensivo podía guardar una parte decisiva de la historia familiar.
Andrés pasó las manos por el borde inferior.
—Aquí hay algo.
El agente se inclinó.
—¿Una cerradura?
—Sí.
Julián sacó la pequeña llave que Marta había entregado a Andrés.
—Prueba con esta.
Andrés la introdujo en la cerradura. Al principio no ocurrió nada, pero después de girarla con cierta dificultad se escuchó un clic. Una pequeña sección de madera se abrió y dejó al descubierto un compartimiento estrecho.
Dentro había una caja de metal.
Silvana contuvo la respiración.
Andrés la sacó con cuidado y la colocó sobre la mesa.
Carlos dio un paso hacia ellos.
—No abran eso.
Uno de los agentes lo detuvo.
—Usted se queda donde está.
Andrés abrió la caja.
Había varias cartas, una cinta de grabación, fotografías y un sobre sellado con el nombre de Silvana.
Ella lo tomó con manos temblorosas.
—Es de Elena.
—Ábrelo —dijo Andrés.
Silvana rompió el sello.
Dentro había una carta extensa.
Comenzó a leer.
"Silvana: si algún día encuentras estas palabras, significa que finalmente llegó el momento en que los silencios dejaron de proteger a quienes creían necesitarlos. Durante años pensé que callar era una forma de mantenerte a salvo, pero con el tiempo comprendí que un secreto puede convertirse en una herencia mucho más pesada que cualquier verdad."
Silvana tuvo que detenerse unos segundos.
Andrés permaneció junto a ella.
Continuó leyendo.
"Tu abuelo Esteban no fue el único responsable de lo ocurrido aquella noche. Tampoco lo fueron solamente Ricardo, Ernesto o Carlos. Cada uno tomó decisiones que fueron sumando miedo, ambición y cobardía hasta producir una tragedia que terminó destruyendo varias familias. Sin embargo, existe una persona cuya participación nunca fue conocida y cuya historia debe ser escuchada antes de juzgarla."
Silvana levantó la mirada.
—¿Quién?
Julián señaló la grabación.
—Escúchala.
Andrés colocó la cinta en la vieja grabadora que todavía estaba sobre la mesa. El aparato tardó unos segundos en funcionar y finalmente una voz comenzó a escucharse entre ruidos y pequeñas interferencias.
Era Elena.
—Tomás, tienes que irte.
—No voy a dejarte sola.
—Si te quedas, Esteban va a destruirte.
—Ya lo está haciendo.
La grabación se detuvo durante unos segundos.
Después apareció otra voz.
Era Marta.
—Elena, ¿qué ocurrió?
—Esteban descubrió que tenemos los documentos.
—Entonces tenemos que entregarlos.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque alguien nos está siguiendo.
Se escuchó una puerta cerrándose.
Después la voz de Tomás.
—Marta, escucha. Si algo me pasa, tienes que sacar a Andrés de aquí.
—No hables así.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
La grabación continuó.
—¿Qué vamos a hacer con la denuncia? —preguntó Marta.
—Elena la llevará mañana.
—¿Y si no llega?
—Entonces tú la entregarás.
La voz de Marta comenzó a temblar.
—Tomás...
—No tengas miedo.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
Después se escuchó un ruido fuerte.
La cinta se interrumpió nuevamente.
Silvana miró a Marta.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
Marta lloraba.
—Porque después de aquella noche ya no fui capaz de recordar las cosas sin sentir que todo había sido culpa mía.
—Pero no fue culpa tuya.
Marta bajó la cabeza.
—Yo llevé el combustible.
—Sin saber que estaba preparado para provocar un incendio.
—Sí.
Andrés se acercó a su madre.
—¿Quién te lo entregó?
Marta no respondió.
Julián miró a Carlos.
—Dilo tú.
Carlos permaneció en silencio.
—¿Quién se lo dio? —preguntó Andrés.
Carlos levantó la cabeza.
—No fui yo.
—Entonces ¿quién?
—Esteban.
Marta negó.
—No.
Carlos la miró.
—Tú lo sabes.
—No fue Esteban.
—Entonces habla.
Marta cerró los ojos.
—Fue Ernesto.
Andrés quedó inmóvil.
—¿Mi tío?
Marta asintió.
—Ernesto me dijo que si quería ayudar a Tomás debía llevar aquello al depósito. Me aseguró que solamente serviría para obligar a Esteban a entregar los documentos.
—¿Y tú le creíste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque confiaba en él.
Julián intervino.
—Ernesto tampoco sabía que Ricardo había preparado el combustible con materiales que podían incendiarse inmediatamente.
Andrés miró a Ricardo.
—¿Es verdad?
Ricardo asintió.
—Sí.
—Entonces todos manipularon a todos.
—Sí.
Carlos dio un paso adelante.
—Pero todavía no entienden quién dio la orden final.
Julián lo miró.
—Ya no importa.
—Sí importa.
—No.
—Porque si encuentran esa última grabación, sabrán que ninguno de ustedes conoce toda la verdad.
Silvana se volvió hacia él.
—¿Qué estás ocultando?
Carlos la miró.
—Tu madre.
Silvana palideció.
—¿Qué tiene mi madre?
—Ella fue quien entregó a Tomás.
Marta negó inmediatamente.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Yo jamás lo entregué.
—No directamente.
Andrés se acercó a Carlos.
—Explica.
Carlos respiró profundamente.
—Después del incendio, Tomás descubrió que los documentos todavía existían. Quería entregarlos a la policía. Tu madre lo supo.
—¿Y?
—Le pidió que esperara.
—¿Por qué?
—Porque Elena estaba amenazada.
Marta intervino.
—No.
—Sí.
Carlos continuó.
—Tu madre fue a ver a Elena y le dijo que si entregaban los documentos, matarían a Andrés y a Silvana.
Silvana miró a Marta.
—¿Es verdad?
Marta bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que algún día podría contártelo sin destruirte.
Silvana se acercó lentamente.
—Toda mi vida creí que mi madre simplemente no quería que estuviera con Andrés.
Marta la miró.
—Yo tampoco entendía por qué tu madre era tan dura contigo.
—¿Entonces?
—Porque ella sabía que la historia podía repetirse.
Silvana se volvió hacia Carlos.
—¿Qué pasó con mi padre?
Carlos respondió:
—Intentó escapar.
—¿Y tú lo mataste?
Carlos guardó silencio.
—¡Contesta!
—Sí.
Silvana sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
Andrés la abrazó.
Carlos continuó:
—Pero antes de morir dejó una copia de todos los documentos con alguien.
—¿Con quién?
Carlos miró a Julián.
—Con él.
Julián cerró los ojos.
—Sí.
Andrés lo miró.
—¿Por qué nunca nos lo dijiste?
—Porque tu padre me pidió que esperara hasta que Silvana fuera adulta.
—¿Por qué?
—Porque la documentación no solamente demostraba la responsabilidad de los involucrados en el incendio. También demostraba que los bienes de la empresa habían sido transferidos ilegalmente.
Silvana comprendió.
—Mi abuela quería recuperar la empresa.
—No para ella —dijo Julián—. Para reparar lo que había sido robado.
Carlos soltó una risa amarga.
—Elena siempre creyó que podía reparar las cosas.
—Y quizá pudo —respondió Silvana.
Carlos la miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque nunca entendió que algunas personas no quieren reparar nada. Solo quieren ganar.
Andrés tomó la carpeta.
—Entonces se terminó.
Carlos lo miró.
—No.
—La policía está aquí.
—Eso no significa que la historia termine.
Julián dio un paso adelante.
—La historia terminó para ti cuando decidiste secuestrar a Marta.
—No la secuestré.
—La llevaste contra su voluntad.
—Quería hablar con ella.
—Con un arma.
Carlos bajó la mirada.
Uno de los agentes se acercó.
—Señor Ferrer, será trasladado.
Antes de salir, Carlos miró a Gabriel.
—Tú no sabes quién eres.
Gabriel permaneció inmóvil.
—Soy exactamente lo que soy.
—No.
—¿Qué quieres decir?
Carlos sonrió.
—Pregúntale a tu madre.
Gabriel quedó desconcertado.
—Mi madre está muerta.
—Eso es lo que te dijeron.
Carlos salió escoltado.
Gabriel permaneció mirando la puerta.
—¿Qué quiso decir?
Julián se acercó.
—No lo sé.
—Mentira.
—No lo sé todo.
Andrés tomó la caja.
—Tenemos que revisar las cartas.
Silvana abrió otra.
Era de Tomás.
"Elena: si alguna vez Silvana conoce la verdad, dile que su padre no quiso abandonarla. Dile que la amó hasta el último momento y que nunca permitió que Carlos Ferrer decidiera por él."
Silvana comenzó a llorar.
Andrés la abrazó.
—Tu padre te amó.
—Yo siempre pensé que me había dejado.
—No lo hizo.
—Mi madre me dijo que murió sin poder despedirse.
—Quizá eso fue exactamente lo que ocurrió.
Silvana apoyó el rostro sobre el pecho de Andrés.
—Gracias por quedarte.
—No pienso irme.
Marta observó a ambos.
—Hay algo más.
Andrés se volvió.
—¿Qué?
Marta tomó una fotografía de la caja.
En ella aparecían Tomás, Elena y un hombre joven que Andrés no conocía.
—¿Quién es él?
Marta respondió:
—El hermano de tu padre.
Andrés frunció el ceño.
—Mi padre no tenía hermanos.
—Eso fue lo que siempre creíste.
—¿Quién es?
Marta miró a Julián.
Julián respondió:
—Se llamaba Samuel.
Andrés sintió un nuevo desconcierto.
—¿Dónde está?
—Murió hace muchos años.
—¿Y qué tiene que ver con todo esto?
Marta respondió:
—Fue quien descubrió que Carlos estaba detrás de la operación.
Andrés observó la fotografía.
—¿Entonces por qué nunca me hablaron de él?
—Porque Carlos lo hizo desaparecer de los registros familiares.
—¿Cómo?
—Compró documentos, cambió apellidos y utilizó contactos.
Silvana intervino.
—¿Y ahora qué hacemos?
Julián señaló la carpeta.
—Entregar todo a la justicia.
—¿Y la empresa?
—Habrá que demostrar legalmente los derechos de cada heredero.
Silvana miró a Gabriel.
—¿Y tú?
Gabriel negó.
—No quiero nada de mi padre.
—No se trata de quererlo.
—¿Entonces?
—De hacer lo correcto.
Gabriel miró la documentación.
—Si puedo ayudar a reparar algo, lo haré.
Andrés sonrió ligeramente.
—Entonces ya somos dos.
Gabriel lo miró.
—¿Dos?
—Tú y yo.
—¿Por qué?
—Porque ambos heredamos problemas que no provocamos.
Gabriel extendió la mano.
Andrés la estrechó.
La tensión de tantos años parecía comenzar a aflojarse, aunque nadie podía borrar lo ocurrido.
Horas después, la policía había llevado a Carlos, mientras Ricardo y Ernesto permanecían detenidos para prestar declaración. Julián había aceptado acompañar a los agentes y entregar todas las pruebas que conservaba. Marta descansaba en la cocina con Silvana, y Daniel había regresado al café para abrirlo después de una noche que parecía haber durado mucho más que cualquier otra.
Andrés salió al porche.
El amanecer había terminado de abrirse sobre el mar.
Silvana salió detrás de él.
—¿En qué piensas?
—En mi padre.
—Yo también pienso en el mío.
Se quedaron mirando el horizonte.
—Nunca imaginé que nuestras familias estuvieran unidas de esta manera —dijo ella.
—Yo tampoco.
—Y ahora que sabemos todo, ¿qué hacemos?
Andrés la miró.
—Lo mismo que hemos hecho desde el principio.
—¿Buscar la verdad?
—No.
—¿Entonces?
—Elegirnos.
Silvana sonrió entre lágrimas.
—Eso me gusta más.
Andrés la abrazó.
Durante unos minutos permanecieron allí, escuchando el mar.
Después Silvana se separó.
—Tengo que decirte algo.
—¿Qué?
—Cuando llegué a Santa Marina quería vender la casa.
—Lo recuerdo.
—Ahora no quiero venderla.
Andrés sonrió.
—También me gusta más esa decisión.
—No porque la casa sea perfecta.
—Lo sé.
—Porque allí estaba mi abuela.
—Y porque allí empezó todo.
Silvana lo miró.
—No quiero que termine.
—No va a terminar.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
En ese momento, el teléfono de Andrés vibró.
Era un mensaje de Julián.
"Hay una última cosa que deben ver."
Andrés abrió la fotografía adjunta.
Era una imagen antigua del puerto.
En el fondo aparecía Tomás junto a un barco.
Pero junto a él había una mujer.
Andrés amplió la fotografía.
La reconoció inmediatamente.
Era Marta.
Y detrás de ellos, parcialmente oculto por una estructura metálica, aparecía un hombre que ninguno de los dos había visto jamás.
Debajo de la fotografía Julián había escrito:
"Él fue quien recibió los documentos después del incendio."
Andrés levantó la mirada.
—Silvana.
Ella observó la pantalla.
—¿Quién es?
Andrés amplió nuevamente la imagen.
El rostro del hombre quedó más claro.
Marta apareció detrás de ellos.
Al ver la fotografía, se llevó una mano al pecho.
—Dios mío.
—¿Quién es? —preguntó Andrés.
Marta tardó varios segundos en responder.
—El hombre que todos creíamos muerto.
—¿Quién?
Marta miró a su hijo.
—Tu padre.
CAPÍTULO 13
Andrés permaneció mirando la fotografía sin comprender lo que acababa de escuchar, mientras Silvana se acercaba a Marta con una mezcla de incredulidad y temor que parecía haberle quitado de golpe las palabras. La imagen era antigua, estaba deteriorada en los bordes y tenía varias marcas producidas por el paso del tiempo, pero el rostro del hombre que aparecía detrás de Tomás podía distinguirse con suficiente claridad como para que Marta no pudiera atribuir aquella semejanza a un error de percepción. Andrés amplió nuevamente la fotografía y sintió que algo dentro de él se resistía a aceptar lo evidente, porque durante treinta años había vivido con una historia que parecía perfectamente establecida: su padre había muerto después del incendio, su cuerpo había sido identificado, su familia había realizado un funeral y su madre había pasado los años siguientes intentando reconstruir una vida marcada por la ausencia.
—Mamá, mírame —dijo Andrés, sin levantar demasiado la voz—. ¿Estás segura de lo que acabas de decir?
Marta tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sí.
—Ese hombre es mi padre.
—Sí.
—Pero papá murió.
—Eso fue lo que todos creímos.
Silvana tomó la fotografía de las manos de Andrés y volvió a observarla con detenimiento.
—¿Cómo puede ser posible?
Marta se sentó lentamente en una de las sillas de la cocina.
—Porque después del incendio nos hicieron creer que Tomás había muerto, pero nunca vimos realmente su cuerpo. Yo estaba convencida de que lo habían encontrado entre los restos del depósito porque eso fue lo que me dijeron, pero años después descubrí que aquella identificación no había sido realizada por un familiar, sino por una persona enviada por Esteban.
Andrés sintió que le faltaba el aire.
—¿Y tú nunca sospechaste nada?
—Durante mucho tiempo no. Después empezaron a aparecer cosas que no encajaban. Una cuenta bancaria que había sido utilizada después de la fecha en que supuestamente murió tu padre, una carta que llegó desde otra ciudad con una firma idéntica a la suya y, sobre todo, una llamada telefónica que recibí tres años después del incendio.
—¿Quién llamó?
Marta levantó los ojos.
—Un hombre que no dijo su nombre.
—¿Qué dijo?
—Solamente dijo que Tomás estaba vivo, que no intentara buscarlo y que algún día él volvería cuando pudiera hacerlo sin ponerlos en peligro.
Andrés se pasó una mano por el rostro.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
—Porque pensé que era una trampa. Después tuve miedo de que si hablaba podían hacerte daño. Ya había perdido demasiado y no estaba dispuesta a arriesgarte.
Silvana se acercó a ella.
—Pero si Tomás estaba vivo, ¿dónde estuvo todos estos años?
Marta negó con la cabeza.
—No lo sé.
Andrés se levantó.
—Tenemos que encontrarlo.
—Andrés...
—No puedo quedarme aquí sentado después de saber esto.
Silvana lo tomó de la mano.
—No vas a hacerlo solo.
Marta los observó.
—Julián debe saber algo.
El teléfono de Andrés volvió a vibrar. Era otro mensaje.
"Vengan al viejo embarcadero. No traigan a nadie más. Ya es hora."
Andrés miró a Silvana.
—Es Julián.
—Vamos.
Marta quiso levantarse.
—Yo también.
Andrés la detuvo.
—No, mamá.
—Es tu padre.
—Precisamente por eso no quiero que te expongas otra vez.
Marta insistió.
—He callado durante treinta años. No voy a quedarme en casa ahora.
Silvana intervino con suavidad.
—Tiene razón.
Andrés comprendió que no conseguiría convencerla.
—Entonces vamos los tres.
Salieron poco después y recorrieron el camino hacia el antiguo embarcadero. El cielo todavía estaba cubierto por una luz grisácea y el viento había aumentado durante la noche, levantando pequeñas olas que golpeaban contra las estructuras de madera. El lugar había sido utilizado décadas atrás por los trabajadores del puerto, pero ahora permanecía casi abandonado, con algunas embarcaciones pequeñas amarradas a los costados y una vieja construcción que había servido como oficina.
Julián estaba esperando junto a la puerta.
Cuando vio a Marta, bajó la cabeza.
—Sabía que terminarías viniendo.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó ella.
—Desde hace muchos años.
Andrés se acercó.
—¿Mi padre está vivo?
Julián lo miró directamente.
—Sí.
Andrés cerró los ojos durante unos segundos.
Escuchar aquella respuesta de manera tan clara produjo un efecto extraño en él, porque durante años había imaginado una conversación imposible con su padre, pero jamás había preparado su corazón para la posibilidad de que aquella conversación pudiera realmente ocurrir.
—¿Dónde está?
Julián señaló la puerta.
—Adentro.
Andrés se quedó inmóvil.
Silvana apretó su mano.
—Ve.
Él la miró.
—¿Y si no puedo?
—Puedes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevas toda la vida esperando este momento sin saber que lo esperabas.
Andrés respiró profundamente y entró.
La oficina estaba casi a oscuras. Había una mesa, dos sillas, algunos archivadores antiguos y una ventana desde la que podía verse el mar. En el extremo más alejado había un hombre sentado de espaldas.
Andrés reconoció la postura antes de reconocer el rostro.
El hombre se levantó lentamente.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Tomás Morales tenía el cabello completamente canoso y el rostro marcado por los años, pero sus ojos eran exactamente los mismos que Andrés recordaba de las pocas fotografías familiares que conservaba. Había algo en aquella mirada que no necesitaba ninguna explicación para ser reconocido.
—Andrés.
La voz quebró la distancia de tres décadas.
Andrés dio un paso.
—Papá.
Tomás intentó acercarse, pero se detuvo.
—No sabía si algún día tendría derecho a llamarte hijo.
Andrés sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Yo no sabía si alguna vez podría llamarte padre.
Tomás bajó la cabeza.
—Lo siento.
Andrés permaneció frente a él.
—¿Por qué?
—Porque me fui.
—¿Te fuiste?
—No tuve otra opción.
—Siempre hay una opción.
Tomás respiró profundamente.
—Esa noche no la tuve.
Le explicó entonces lo que había ocurrido después del incendio. Esteban había utilizado sus contactos para hacer creer que Tomás había muerto y había preparado una identificación falsa. Tomás, gravemente herido, había sido encontrado por un pescador que lo llevó a una pequeña clínica fuera de la región. Cuando recuperó el conocimiento, descubrió que Ricardo y Carlos habían comenzado a buscarlo porque sabían que todavía podía comprometerlos.
—¿Y entonces decidiste dejarnos?
—Decidí protegerlos.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
—Mamá sufrió durante treinta años.
—Lo sé.
—Yo crecí pensando que habías muerto.
—Lo sé.
Andrés levantó la voz por primera vez.
—Entonces ¿por qué no volviste?
Tomás tardó en responder.
—Porque cada vez que pensaba en regresar, encontraba una razón para esperar un poco más. Primero porque Carlos tenía poder. Después porque Ricardo seguía libre. Luego porque había personas que dependían de mi silencio. Y finalmente porque me avergonzaba demasiado regresar después de haber dejado que ustedes creyeran que estaba muerto.
Andrés lo miró fijamente.
—Eso no fue protección.
—No.
—Fue miedo.
Tomás asintió.
—Sí.
La respuesta sincera desarmó parte de la rabia de Andrés.
—¿Por qué ahora?
—Porque Julián me encontró.
Julián entró en ese momento.
—Y porque Carlos está detenido.
Tomás miró hacia la puerta.
Marta apareció detrás de Julián.
Cuando vio a Tomás, se llevó las manos al rostro.
—Dios mío.
Tomás caminó hacia ella.
—Marta.
Ella lloró.
—Te creí muerto.
—Lo sé.
—Te esperé durante años.
—Lo sé.
—Te odié.
Tomás bajó la cabeza.
—También lo entiendo.
—Y después me odié a mí misma por odiarte.
Tomás la abrazó.
Andrés permaneció observándolos.
Silvana se acercó a él.
—¿Estás bien?
Andrés negó lentamente.
—No sé.
—No tienes que saberlo ahora.
—Toda mi vida acaba de cambiar.
—Sí.
—Y al mismo tiempo siento que una parte de mi vida acaba de empezar.
Silvana apoyó su mano sobre la de él.
—Entonces quédate con eso.
Durante las horas siguientes, Tomás entregó a Julián los documentos que había conservado durante todos aquellos años. Había mantenido copias de contratos, registros bancarios, declaraciones y correspondencia que demostraban la participación de Carlos, Ricardo y Esteban en la operación fraudulenta, pero también había guardado pruebas que permitían aclarar definitivamente la responsabilidad de cada uno en el incendio.
Tomás explicó que había descubierto que Carlos Ferrer utilizaba la empresa de Esteban para adquirir terrenos estratégicos alrededor del puerto mediante sociedades falsas. Ricardo administraba las cuentas y falsificaba documentos. Esteban proporcionaba cobertura legal y política. Ernesto había sido utilizado como intermediario y, aunque participó en acciones graves, finalmente se negó a provocar deliberadamente el incendio. El fuego había sido preparado para destruir las pruebas y culpar a Tomás, mientras Carlos obtenía posteriormente los terrenos mediante empresas vinculadas.
—¿Y quién dio la orden? —preguntó Andrés.
Tomás miró a Julián.
—Carlos.
Julián asintió.
—La última grabación lo demuestra.
—Entonces aquella voz que decía que alguien debía hacerlo...
—Era Carlos.
Tomás explicó que Carlos había ordenado a Esteban preparar el escenario y había presionado a Ricardo para que manipulara los registros. La presencia de Marta aquella noche había alterado los planes, y el fuego se había extendido mucho más rápido de lo previsto. Tomás consiguió escapar por una puerta lateral que Ernesto había dejado abierta, pero quedó herido y perdió el conocimiento.
—Entonces Ernesto sí te ayudó.
—Sí.
—¿Por qué nunca lo dijo?
Tomás miró a Marta.
—Porque también tenía miedo.
Andrés permaneció en silencio.
Había pasado tantos años buscando un culpable absoluto que la verdad resultaba mucho más compleja. Había personas que habían actuado por ambición, otras por miedo, otras por cobardía y algunas que habían intentado hacer lo correcto demasiado tarde. Ninguno podía borrar las consecuencias de sus decisiones, pero al menos ahora cada historia podía ser llamada por su verdadero nombre.
Silvana abrió la carpeta.
—¿Y mi padre?
Tomás la miró con tristeza.
—Tu padre descubrió parte de la operación. Carlos lo supo.
—¿Lo mató?
—Sí.
Silvana cerró los ojos.
Andrés tomó su mano.
—Lo siento.
—Toda mi vida pensé que mi padre simplemente había muerto.
—Él intentó denunciar a Carlos —dijo Tomás—. Elena quiso ayudarlo. Tu madre también sabía parte de la verdad, pero Carlos la amenazó. Por eso durante años intentaron mantenerte lejos de todo.
Silvana respiró profundamente.
—Mi familia estuvo viviendo encima de una mentira.
—Sí.
—Y mi abuela pasó su vida tratando de arreglarla.
—Sí.
Silvana acarició la carta de Elena.
—Entonces al menos consiguió que llegáramos hasta aquí.
Tomás sonrió.
—Elena nunca dejó de creer que la verdad encontraría su camino.
Andrés miró a Silvana.
—Parece que tenía razón.
Pasaron los días siguientes entre declaraciones, documentos y reuniones con abogados. Carlos Ferrer fue procesado junto con Ricardo Salvatierra y otros implicados, mientras las investigaciones permitieron reconstruir definitivamente el fraude empresarial y la responsabilidad en el incendio. Ernesto, después de colaborar con la justicia, quedó sometido al proceso correspondiente por sus actos, pero también aportó información que permitió esclarecer varios aspectos que durante años habían permanecido ocultos. Gabriel decidió renunciar a cualquier beneficio económico relacionado con su padre hasta que los tribunales determinaran qué bienes habían sido obtenidos legítimamente, y esa decisión permitió que Silvana comprendiera que, aunque compartían una historia familiar dolorosa, no necesariamente tenían que repetir los errores de quienes los habían precedido.
Tomás regresó finalmente a Santa Marina.
No fue sencillo.
Andrés tuvo que acostumbrarse a tener un padre después de haber aprendido a vivir sin él, y Tomás tuvo que aceptar que no podía recuperar treinta años con unas pocas conversaciones. Algunas tardes caminaban juntos por el puerto y hablaban poco, porque había silencios que necesitaban tiempo para convertirse nuevamente en confianza. Otras veces Andrés preguntaba por su infancia, por su madre, por Elena y por los años posteriores al incendio, mientras Tomás respondía sin ocultar las partes más dolorosas de su historia.
Marta también comenzó a reconstruir su relación con Tomás.
No olvidó lo ocurrido, pero decidió dejar de vivir únicamente alrededor de aquello que había perdido.
Silvana, por su parte, tomó una decisión respecto de la casa de Elena.
No la vendería.
La restauraría.
La antigua casa junto al mar se convirtió poco a poco en un lugar donde comenzaron a reunirse vecinos, trabajadores del puerto y personas vinculadas a la comunidad. Silvana instaló allí su pequeño estudio de diseño y reservó algunas habitaciones para alojar temporalmente a jóvenes que llegaban desde la ciudad buscando trabajo o una nueva oportunidad. Andrés colaboraba reparando lo que necesitaba arreglo y, algunas tardes, después de terminar su jornada en el taller, llegaba con las manos todavía manchadas de grasa para ayudarla.
La iglesia también permaneció presente en sus vidas, aunque de una manera sencilla, como había estado desde el principio. Andrés seguía asistiendo los domingos y Silvana continuaba acompañándolo. Ella no había recuperado de golpe todas las respuestas que alguna vez había perdido, pero había comenzado a comprender que la fe no siempre consistía en entender por qué ocurren determinadas cosas, sino también en encontrar fuerzas para seguir caminando cuando todavía no se tienen todas las respuestas.
Una tarde, varios meses después, Andrés y Silvana caminaron hasta el lugar donde se habían conocido por primera vez.
El viento era suave y el mar estaba tranquilo.
Silvana llevaba en la mano la vieja llave de la casa de Elena.
—¿Te acuerdas de aquel día?
—Me acuerdo de que casi me caigo por ayudarte a recogerla.
—Eso no ocurrió.
—Pero pudo ocurrir.
—Siempre exageras.
Andrés sonrió.
—Y tú siempre finges que no te gusta.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—A veces pienso en todo lo que pasó desde aquel día.
—Yo también.
—Y me cuesta creer que una llave caída en la calle pudiera terminar cambiándonos la vida.
—No fue la llave.
—¿Entonces?
Andrés la miró.
—Fue que tú decidiste quedarte.
Silvana sonrió.
—Y tú decidiste acompañarme.
—Eso fue lo mejor que hice.
Continuaron caminando.
A lo lejos se veía el antiguo faro y, más allá, el puerto donde durante tantos años había permanecido escondida una verdad que finalmente había salido a la luz.
Silvana se detuvo.
—Andrés.
—¿Sí?
—¿Crees que Elena sabía que algún día estaríamos aquí?
—Creo que esperaba que algún día alguien encontrara la verdad.
—No te pregunté eso.
Andrés sonrió.
—Entonces sí.
—¿Por qué?
—Porque tu abuela siempre parecía saber más de lo que decía.
Silvana se rio.
—Eso es verdad.
Después quedó en silencio durante unos segundos.
—Tengo algo para ti.
Sacó de su bolso una pequeña caja.
Andrés la abrió.
Dentro había una fotografía.
Era la misma fotografía antigua donde aparecía Tomás junto a Elena y los demás, pero Silvana había conseguido restaurarla. En el reverso había escrito una frase de su abuela.
"Que la verdad no sea solamente aquello que descubrimos, sino aquello que elegimos hacer con lo que descubrimos."
Andrés leyó la frase y permaneció callado.
—Es de Elena —dijo Silvana.
—Sí.
—Quiero que la tengas.
Andrés guardó la fotografía cuidadosamente.
—Gracias.
Silvana lo miró.
—¿En qué piensas?
—En que mi padre volvió.
—Sí.
—En que tú te quedaste.
—Sí.
—En que mi madre dejó de cargar sola con todo esto.
—Sí.
—Y en que, después de tantos años, parece que nuestras familias finalmente pueden respirar.
Silvana tomó su mano.
—Nosotros también.
El sol comenzaba a descender sobre el horizonte y el reflejo dorado se extendía sobre el agua mientras ambos permanecían allí, sin necesidad de apresurarse hacia ningún lugar. Habían aprendido que algunas historias no terminan cuando se descubre la verdad, porque después de la verdad viene la difícil tarea de reconstruir aquello que fue roto, pedir perdón cuando corresponde, aceptar que algunas pérdidas nunca podrán repararse y decidir, aun así, que el pasado no tendrá la última palabra.
Andrés se volvió hacia Silvana.
—¿Quieres volver a casa?
Ella lo miró con una sonrisa.
—¿A cuál?
—A la casa de Elena.
—¿Nuestra casa?
Andrés asintió.
—Nuestra casa.
Silvana entrelazó sus dedos con los de él.
Regresaron caminando lentamente por la orilla mientras el cielo iba oscureciéndose y las primeras luces de Santa Marina comenzaban a encenderse a lo lejos. En algún momento, Andrés miró hacia atrás y vio el faro iluminado sobre los acantilados, mientras el sonido del mar acompañaba sus pasos y la mano de Silvana permanecía firmemente unida a la suya.
Al llegar a la casa, Silvana abrió la puerta con la vieja llave que había cambiado tantas cosas.
Dentro, el piano de Elena seguía en su lugar.
Andrés se acercó y pasó la mano sobre la madera.
—Nunca volveré a mirar un piano de la misma manera.
Silvana soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco.
Se acercó a él y apoyó la cabeza sobre su pecho.
En la habitación contigua se escuchaban las voces de Marta y Tomás conversando, y desde la ventana abierta llegaba el sonido constante del mar. Andrés miró a Silvana y comprendió que todavía quedaban heridas, preguntas y recuerdos difíciles, pero también comprendió que ya no necesitaban vivir huyendo de ellos.
—Te amo —dijo.
Silvana levantó la mirada.
—Yo también te amo.
Se abrazaron mientras afuera la noche terminaba de cubrir Santa Marina.
Y por primera vez desde que la verdad había comenzado a salir de las sombras, nadie tuvo necesidad de esconderse.
FIN

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