domingo, 20 de septiembre de 2026

 ASAEL, LA CRUZ Y EL PARAÍSO

(Novela)

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

Mucho antes de que Asael conociera el peso de una cruz sobre sus hombros, mucho antes de que los soldados romanos pronunciaran su nombre entre una lista de condenados y mucho antes de que su voz, debilitada por el dolor, pronunciara junto a otro hombre aquellas palabras que atravesarían los siglos —«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino»—, había existido un niño que corría descalzo por los caminos de una pequeña aldea de Judea y que todavía no sabía que la vida podía ser hermosa y cruel con una misma intensidad. Aquel niño había nacido en una casa sencilla, levantada con piedras irregulares y cubierta con ramas y barro endurecido, donde el invierno se sentía en las paredes y el verano parecía quedarse atrapado bajo el techo, pero donde durante muchos años había existido algo que Asael recordaría con una nostalgia que llegaría a dolerle más que cualquier herida: la certeza de que pertenecía a un lugar y de que, mientras cruzara aquella puerta al final del día, siempre habría alguien esperándolo. Su padre, Joram, era un hombre de espalda ancha y manos ásperas que se ganaba la vida transportando mercancías entre pequeñas aldeas y mercados de la región, llevando sacos de grano, vasijas de aceite, telas, herramientas y, cuando tenía suerte, alguna carga de vino que los comerciantes necesitaban trasladar con rapidez. No era dueño de las mercancías que transportaba y tampoco poseía una caravana propia; tenía un carro viejo, dos mulas de carácter desigual y una habilidad extraordinaria para hacer que ambas obedecieran incluso cuando el camino se volvía pedregoso o la carga demasiado pesada. Su esposa, Mara, se ocupaba de la casa, del pequeño huerto que tenían detrás de ella y de las tareas que podían proporcionarles unas pocas monedas adicionales, mientras sus dos hijos crecían observando el esfuerzo de ambos sin comprender todavía que la pobreza no era solamente la falta de dinero, sino también la constante necesidad de calcular cuánto quedaba de harina antes de decidir cuánto podía comerse cada uno.

Asael tenía nueve años cuando comenzó a acompañar con frecuencia a su padre en los viajes más cortos, y aquellas jornadas eran para él una aventura que parecía no tener relación alguna con las preocupaciones de los adultos. Se sentaba junto a Joram en el pescante del carro, sujetaba las riendas cuando su padre se lo permitía y preguntaba por cada lugar que aparecía detrás de una colina, convencido de que el mundo debía ser inmenso porque él todavía no había aprendido a medirlo. Su hermana Noemí, dos años menor, se quedaba algunas veces en casa con Mara y protestaba porque consideraba injusto que su hermano pudiera conocer otros pueblos mientras ella debía ayudar a su madre. Joram se reía cuando la escuchaba quejarse y le prometía que algún día también viajaría, aunque Mara solía mirarlo con una expresión que parecía decirle que no prometiera aquello que quizá nunca podrían cumplir. Asael no comprendía esas miradas. Para él, su padre podía hacer cualquier cosa. Si una rueda se desprendía, Joram sabía volver a colocarla; si una mula se negaba a avanzar, él encontraba la manera de hacerla caminar; si un comerciante intentaba pagarle menos de lo acordado, Joram se plantaba frente a él con una dignidad tranquila que hacía que Asael creyera que ningún hombre podía vencer a su padre.

—Algún día tendrás tu propio carro —le dijo Joram una mañana mientras atravesaban un camino estrecho entre dos laderas cubiertas de olivos—. Y quizá tengas algo mejor que eso.

—¿Qué puede ser mejor que un carro?

—Un oficio que nadie pueda quitarte.

Asael volvió la cabeza para mirarlo, intrigado.

—¿Qué oficio?

Joram sonrió y señaló las manos de su hijo.

—Todavía no lo sé. Pero tienes manos fuertes y ojos atentos. Aprende a mirar antes de decidir qué quieres hacer con ellas.

—Yo quiero hacer lo mismo que tú.

—Eso dices ahora.

—¿Y por qué no podría hacerlo?

—Porque tu vida será tuya, no la mía.

Aquella respuesta quedó flotando en la memoria del niño mucho más de lo que Joram habría imaginado. Asael no entendió entonces la profundidad de aquellas palabras. Pensó que su padre simplemente estaba hablando como hablaban los adultos cuando querían parecer sabios. Sin embargo, muchos años después, cuando recordara aquella conversación desde una oscuridad que todavía no podía imaginar, comprendería que Joram había intentado darle algo que él mismo nunca había tenido: la libertad de escoger su propio camino. El problema sería que Asael elegiría un camino que su padre jamás habría deseado para él.

En aquellos primeros años, sin embargo, no había señales evidentes de lo que vendría. Asael era un niño inquieto, pero no problemático. Le gustaba correr junto a otros muchachos, trepar por los árboles, nadar en los lugares donde el agua se acumulaba después de las lluvias y construir pequeños carros de madera con ramas y piedras. También tenía una costumbre que Mara consideraba extraña: se detenía a observar a los adultos cuando discutían, como si quisiera descubrir qué había detrás de las palabras. No era difícil verlo sentado cerca de la entrada de la casa mientras dos vecinos discutían por una deuda, o siguiendo con la mirada a un comerciante que discutía con Joram sobre el precio de un transporte. Asael percibía las diferencias entre los hombres mucho antes de comprender por qué existían. Había quienes hablaban y eran escuchados, quienes hablaban y eran ignorados, quienes podían equivocarse sin consecuencias y quienes cometían un pequeño error y perdían lo poco que poseían.

Una tarde, cuando regresaba con su padre de una aldea vecina, Asael vio a un campesino arrodillado junto al camino mientras dos hombres le retiraban de las manos un pequeño saco de trigo. El campesino suplicaba que le dejaran parte de la cosecha porque necesitaba alimentar a sus hijos, pero uno de los hombres respondió que la deuda debía pagarse. Joram detuvo el carro unos metros más adelante y observó la escena en silencio. Asael esperaba que interviniera, porque hasta entonces había creído que su padre siempre sabía qué hacer cuando alguien sufría una injusticia, pero Joram permaneció sentado con las manos sobre las riendas.

—¿Por qué no haces nada? —preguntó Asael.

Joram tardó en responder.

—Porque no todo lo que es injusto puede resolverse golpeando al hombre que tenemos delante.

—Pero le están quitando la comida.

—Lo sé.

—Entonces hay que impedirlo.

—¿Y después qué hacemos?

Asael frunció el ceño, incapaz de comprender.

—Lo ayudas.

Joram miró hacia el campesino y luego a su hijo.

—A veces ayudar significa dar lo que uno tiene. Otras veces significa hablar. Otras, esperar. Y algunas veces significa aceptar que uno no tiene poder suficiente para arreglar aquello que está viendo.

—Eso no es justo.

—No, hijo. No siempre lo es.

Aquella respuesta fue una de las primeras grietas en la imagen que Asael había construido de su padre. Hasta entonces había creído que los hombres buenos podían enfrentarse al mal y vencerlo. Descubrir que un hombre bueno podía mirar una injusticia y reconocer que no tenía fuerza suficiente para cambiarla le produjo una incomodidad que no supo expresar. Joram continuó conduciendo mientras el carro se alejaba, pero Asael permaneció mirando hacia atrás hasta que la escena desapareció detrás de la curva.

Mara hablaba de Dios con naturalidad, sin convertir la fe en un discurso permanente. Para ella, Dios estaba presente en las cosas pequeñas: en el pan que alcanzaba para todos cuando parecía que no alcanzaría, en la lluvia después de semanas de sequía, en la recuperación de un vecino enfermo, en el nacimiento de un niño o en la llegada segura de Joram después de un viaje peligroso. Cada noche, antes de dormir, acostumbraba reunir a sus hijos y orar. Asael a veces cerraba los ojos y otras veces los mantenía entreabiertos para mirar la llama de la lámpara de aceite, pero conocía de memoria las palabras que su madre pronunciaba. Daba gracias por el alimento, pedía protección para su esposo, protección para sus hijos y misericordia para quienes sufrían.

Una noche, después de una jornada particularmente difícil, Asael le preguntó por qué siempre pedía misericordia para otras personas.

—Porque todos la necesitamos —respondió Mara mientras acomodaba la manta sobre Noemí.

—Yo no necesito misericordia.

Mara lo miró con una sonrisa cansada.

—Todavía eres pequeño para saber cuánto la necesitas.

—Yo no hago cosas malas.

—Eso es bueno, pero no significa que seas perfecto.

—¿Tú tampoco eres perfecta?

Mara soltó una pequeña risa.

—Mucho menos de lo que quisiera.

—¿Y papá?

—Tu padre tampoco.

Asael sonrió.

—Entonces nadie es perfecto.

—Nadie.

—¿Y Dios?

Mara se quedó en silencio unos segundos.

—Dios no es como nosotros.

Aquella conversación terminó allí, pero Asael se quedó pensando en ella. Para un niño, la idea de un Dios que no cometía errores era difícil de comprender. Le parecía más sencillo confiar en su padre porque podía verlo, tocarlo y escuchar su voz, mientras que Dios parecía estar en todas partes y al mismo tiempo no podía verse. Aun así, la confianza de Mara era tan profunda que Asael asumía que debía existir algo detrás de aquella certeza.

El mundo alrededor de la familia, sin embargo, se hacía cada vez más difícil. Los impuestos pesaban sobre los campesinos y comerciantes, y la presencia romana recordaba a todos que Judea no era una tierra libre. Asael todavía no comprendía las complejidades de la política, pero conocía el miedo que aparecía cuando un grupo de soldados atravesaba la aldea. Los hombres bajaban la voz, las mujeres llamaban a los niños y los comerciantes procuraban no llamar la atención. Joram no odiaba abiertamente a Roma, pero tampoco ocultaba su desagrado cuando debía entregar parte de lo ganado en sus viajes.

—¿Por qué tenemos que pagarles? —preguntó Asael una vez.

—Porque pueden obligarnos.

—¿Y nosotros no podemos negarnos?

—Podemos.

—Entonces, ¿por qué no lo hacemos?

Joram lo miró largamente.

—Porque las personas que tienen espadas suelen decidir cuánto cuesta desobedecer.

Asael comprendió que el mundo de los adultos estaba lleno de respuestas que terminaban siempre en la misma palabra: miedo. El miedo estaba detrás de las deudas, detrás de los soldados, detrás de los comerciantes que explotaban a los trabajadores y detrás de los campesinos que aceptaban perder parte de sus cosechas. El miedo parecía estar en todas partes, aunque nadie quisiera reconocerlo.

A los once años, Asael comenzó a ayudar más seriamente a su padre. Aprendió a cargar sacos, a reparar las ruedas del carro y a revisar las correas que sujetaban las mercancías. Joram estaba orgulloso de la rapidez con que aprendía y algunas noches, cuando todos dormían, hablaba con Mara sobre el futuro de su hijo.

—Tiene cabeza para algo más que esto —decía.

—Lo sé.

—Quizá podamos mandarlo algún tiempo a estudiar.

Mara lo miraba con tristeza.

—¿Con qué dinero?

—Ya veremos.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre hemos encontrado una manera.

Mara no respondía. Ambos sabían que las posibilidades eran escasas, pero también sabían que renunciar demasiado pronto podía matar un sueño antes de que naciera. Asael ignoraba esas conversaciones. Él solamente sabía que su padre esperaba algo de él y que, por primera vez, comenzaba a sentirse orgulloso de poder ayudar.

Noemí seguía acompañándolo siempre que podía. Los dos tenían una relación estrecha, aunque discutían con frecuencia. Asael se sentía responsable de protegerla y ella detestaba que la tratara como si fuera mucho menor de lo que era.

—No puedes venir conmigo.

—¿Por qué?

—Porque es lejos.

—He ido otras veces.

—Hoy no.

—¿Quién decidió eso?

—Yo.

Noemí cruzaba los brazos.

—Tú no eres mi padre.

Asael intentaba mantener una expresión seria, pero terminaba riéndose.

—Y tú eres demasiado pequeña para discutir.

—Cuando sea grande no voy a obedecerte.

—Cuando seas grande quizá ya no quiera que me obedezcas.

—Entonces te vas a quedar solo.

—No pienso quedarme solo.

—Eso dicen todos los hombres.

Asael no sabía por qué aquella frase lo hizo callar. Noemí era una niña y seguramente había escuchado alguna conversación entre las mujeres del pueblo, pero la observación quedó grabada en él. Con el paso de los años, la vida demostraría que incluso las palabras pronunciadas sin importancia pueden convertirse en recuerdos dolorosos.

El invierno en que Asael cumplió catorce años comenzó con lluvias abundantes, pero terminó con una sequía que arruinó parte de las cosechas. Los campos que habían prometido abundancia se volvieron duros y agrietados, y los precios del grano comenzaron a subir. Joram trabajaba más que nunca, pero los comerciantes redujeron sus encargos porque tampoco podían vender con facilidad. La familia empezó a reducir las comidas. Mara fingía no tener hambre para que sus hijos pudieran comer un poco más, y Asael comenzó a darse cuenta de la mentira.

Una noche vio a su madre guardar un pedazo de pan para el día siguiente.

—¿No vas a comer?

—Ya comí.

—No es verdad.

—¿Y tú desde cuándo interrogas a tu madre?

—Desde que veo que todos comen menos tú.

Mara dejó el pan sobre la mesa.

—No tienes que preocuparte por mí.

—Sí tengo.

Ella lo miró con ternura y tristeza.

—Eso es lo que más me preocupa de ti.

—¿Por qué?

—Porque quieres arreglar cosas que todavía no sabes cómo arreglar.

Asael no respondió. Tomó el pan y lo partió en dos.

—Entonces comemos los dos.

Mara quiso protestar, pero su hijo ya le había acercado una mitad.

—Eso lo aprendiste de tu padre.

—No. Lo aprendí de ti.

Mara sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

Durante aquellas semanas, Joram comenzó a mostrar signos de agotamiento. Tosía con frecuencia y se quejaba de dolores en el pecho, aunque insistía en que no era nada. Asael lo acompañaba en los viajes más largos y comenzó a cargar parte del peso que antes correspondía exclusivamente a su padre. Una mañana, mientras preparaban el carro antes del amanecer, Joram tuvo que apoyarse contra una de las ruedas para recuperar el aliento.

—No deberías viajar hoy —dijo Asael.

—Tenemos una carga que entregar.

—Puedo llevarla yo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no tienes edad para hacer solo lo que yo hago.

—Entonces dime qué edad necesito.

Joram sonrió débilmente.

—Más de la que tienes.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre eres más pequeño de lo que crees.

Asael quiso insistir, pero vio el cansancio en el rostro de su padre y guardó silencio. Aquella sería una de las últimas conversaciones tranquilas que tendrían.

El viaje terminó peor de lo esperado. Un comerciante reclamó que una parte de la carga estaba dañada y se negó a pagar la cantidad acordada. Joram intentó explicar que el daño se había producido antes de recibir la mercancía, pero el hombre llevó la discusión hasta un funcionario local. La situación se volvió tensa. Asael estaba a pocos pasos cuando vio a su padre recibir un golpe en el rostro.

Todo ocurrió muy rápido.

Joram cayó de rodillas.

Asael avanzó impulsivamente, pero alguien lo sujetó del brazo.

—No —susurró Joram desde el suelo.

El muchacho se quedó inmóvil.

—¡Suélteme!

—No hagas una locura.

Asael miró a su padre. Vio sangre en su labio y una expresión que nunca había visto antes: no era miedo, sino una mezcla de humillación y resignación.

Los hombres se marcharon después de quedarse con parte de la carga y dejar a Joram con una deuda que no podía pagar. El viaje de regreso fue silencioso. Asael caminaba junto al carro mientras su padre permanecía sentado con la cabeza inclinada.

Finalmente el muchacho no pudo soportarlo.

—¿Por qué dejaste que te golpearan?

Joram no respondió inmediatamente.

—Porque si hubiera peleado, habrían golpeado también a ti.

—Podíamos defendernos.

—Quizá.

—Entonces debimos hacerlo.

—No siempre se gana peleando.

—Pero tampoco se gana dejándose golpear.

Joram miró a su hijo.

—Escúchame, Asael. Algún día tendrás que decidir qué clase de hombre quieres ser. Habrá ocasiones en que tendrás razón y aun así tendrás que soportar una injusticia. Habrá otras en que tendrás fuerza suficiente para responder y deberás preguntarte si hacerlo servirá para algo. No permitas que la rabia decida por ti.

Asael bajó la mirada.

—Yo nunca voy a permitir que nadie me humille así.

Joram no respondió.

Quizá porque sabía que no podía discutir con la determinación de un muchacho de catorce años. Quizá porque comprendía que algunas lecciones necesitan años para ser entendidas. O quizá porque, en lo más profundo, comenzó a sospechar que su hijo estaba entrando en una edad en la que las heridas podían transformarse en decisiones.

La enfermedad de Joram empeoró después de aquel viaje. Mara intentó convencerlo de que dejara de trabajar durante unos días, pero él insistió en que no podían permitirse ese descanso. Asael comenzó a asumir tareas cada vez más pesadas y Noemí ayudaba en la casa con una seriedad que no correspondía a su edad. La familia se acostumbró a hablar en voz baja por las noches, como si el volumen pudiera empeorar la enfermedad.

Una madrugada, Asael se despertó y escuchó toser a su padre.

Se levantó y lo encontró sentado junto a la puerta.

—¿Te duele?

Joram negó con la cabeza.

—No demasiado.

—Estás mintiendo.

—Eso también lo aprendiste de tu madre.

Asael se sentó a su lado.

Durante unos minutos permanecieron en silencio.

—¿Tienes miedo? —preguntó finalmente Asael.

Joram tardó en responder.

—Sí.

Era la primera vez que Asael escuchaba a su padre reconocer miedo.

—¿A qué?

—A dejaros solos.

Asael sintió un nudo en la garganta.

—No vas a morir.

Joram apoyó una mano sobre su hombro.

—Algún día sí.

—Pero no ahora.

—No lo sé.

—Entonces no hables de eso.

Joram lo miró con una ternura que Asael recordaría durante el resto de su vida.

—Está bien.

Aquella noche, antes de volver a acostarse, Joram llamó a su hijo.

—Asael.

—¿Sí?

—Pase lo que pase, cuida de tu madre y de Noemí.

—Lo haré.

—Y no confundas la fuerza con la violencia.

Asael asintió.

—Lo prometo.

Joram cerró los ojos.

—Eso es lo que quería escuchar.

La promesa quedó suspendida entre ambos como algo sagrado, aunque Asael todavía no sabía cuánto le costaría cumplirla.

Joram murió algunas semanas después, cuando el calor comenzaba a regresar a la región. No hubo una escena grandiosa ni palabras finales capaces de explicar toda una vida. Murió en la misma casa donde había criado a sus hijos, con Mara sosteniendo una de sus manos y Asael sentado al otro lado del lecho. Noemí lloraba en silencio junto a la pared. Afuera, la vida continuaba con una indiferencia que a Asael le pareció insoportable. Alguien pasó conduciendo un carro. Un perro ladró. Dos mujeres conversaron en la calle. Un niño rió. El mundo no se había detenido porque Joram hubiera muerto.

Asael no podía comprenderlo.

Durante varios días permaneció casi sin hablar. Mara se ocupó de los preparativos y recibió ayuda de algunos vecinos, pero la familia quedó inmediatamente enfrentada a una realidad que nadie quería mencionar: sin Joram, no tenían ingresos suficientes para sobrevivir.

Una tarde, Asael salió de la casa y caminó hasta el lugar donde su padre solía dejar el carro. Tocó una de las ruedas y recordó la conversación de años atrás.

«Algún día tendrás tu propio carro.»

Por primera vez, aquellas palabras no le parecieron una promesa.

Le parecieron una responsabilidad.

Mara apareció detrás de él.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

Asael no se volvió.

—No sé qué hacer.

—Nadie lo sabe cuando pierde a alguien.

—Tengo que trabajar.

—Sí.

—Tengo que conseguir dinero.

—Sí.

—No puedo dejar que nos falte comida.

Mara se acercó y puso una mano sobre su hombro.

—No tienes que convertirte en tu padre de un día para otro.

Asael finalmente la miró.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Ser responsable no significa cargar el mundo entero sobre tus hombros.

—¿Y qué significa?

Mara respiró profundamente.

—Significa hacer lo correcto incluso cuando nadie te está mirando.

Asael bajó los ojos.

—¿Y si hacer lo correcto no alcanza?

Mara comprendió que la pregunta no hablaba solamente del trabajo.

—Entonces sigues haciendo lo correcto.

—Aunque pasemos hambre.

—Aunque pases hambre.

—Aunque nadie nos ayude.

—Aunque nadie nos ayude.

—¿Y si Dios tampoco ayuda?

Mara quedó inmóvil.

Aquella era la primera vez que Asael expresaba en voz alta lo que había comenzado a crecer dentro de él desde el día en que vio a su padre golpeado.

—Dios no siempre ayuda de la manera que nosotros esperamos.

—Eso dicen quienes tienen comida.

Mara sintió el golpe de la frase, pero no respondió con enojo.

—Tu dolor no convierte en verdad todo lo que piensas.

Asael se alejó sin contestar.

Aquella noche no quiso participar en la oración familiar.

Mara no lo obligó.

Se sentó sola junto a Noemí y oró en voz baja.

Asael escuchó desde el otro lado de la habitación.

No sabía entonces que aquella sería una de las muchas noches en las que se sentiría lejos de Dios sin haber decidido todavía abandonarlo por completo.

Durante los meses siguientes, Asael trabajó cuanto pudo. Transportaba pequeñas cargas, reparaba herramientas, ayudaba a campesinos y hacía cualquier tarea que le proporcionara algunas monedas. El problema era que su edad y su falta de experiencia limitaban lo que podía ganar. Mara cosía para otras familias y Noemí colaboraba como podía, pero la deuda de Joram seguía pendiente y los acreedores comenzaron a presentarse.

Uno de ellos llegó una tarde cuando Asael estaba arreglando una herramienta.

—Tu padre debía dinero.

—Lo sé.

—Ahora la deuda es tuya.

Asael levantó la mirada.

—No tengo ese dinero.

—Entonces tendrás que trabajar para pagarlo.

—Ya trabajo.

El hombre observó la casa.

—Tienes pocas cosas.

Asael apretó los dientes.

—No vas a llevarte nada.

—No estoy aquí para discutir.

—Pues yo sí.

El hombre dio un paso hacia él.

—Muchacho, no confundas valentía con estupidez.

Asael sintió que algo ardía dentro de su pecho.

Recordó a su padre arrodillado junto al camino.

Recordó la sangre en su labio.

Recordó las palabras: «No permitas que la rabia decida por ti».

Pero aquella vez no respondió.

El hombre terminó marchándose con una advertencia.

Cuando Mara supo lo sucedido, abrazó a Asael.

—Has hecho bien.

—No hice nada.

—Precisamente.

—No sé cuánto tiempo podré seguir haciendo nada.

Mara lo miró con preocupación.

—¿Qué quieres decir?

Asael no respondió.

Esa noche, mientras caminaba solo por las afueras de la aldea, encontró a un muchacho apoyado contra un muro. Era unos años mayor que él y llevaba una bolsa sobre el hombro. Asael lo había visto varias veces, pero nunca habían hablado demasiado. Se llamaba Simeón.

—Te he visto trabajando con tu padre —dijo Simeón.

Asael lo miró con desconfianza.

—Mi padre murió.

—Lo sé.

—Entonces no hables de él.

Simeón asintió.

—Como quieras.

Hubo un silencio.

—Tu familia tiene problemas —dijo finalmente.

Asael frunció el ceño.

—Todos tienen problemas.

—Pero los tuyos tienen solución.

—¿Qué solución?

Simeón sonrió.

—Dinero.

—¿Y dónde lo consigo?

Simeón se separó lentamente del muro.

—Ahí está la pregunta correcta.

Asael lo observó sin saber todavía que aquella conversación, aparentemente insignificante, sería la primera puerta de un camino que tardaría muchos años en comprender.

Simeón comenzó a caminar y Asael permaneció quieto.

—¿Vienes? —preguntó el joven.

Asael no respondió.

Simeón continuó unos pasos y luego se volvió.

—No tienes que decidir ahora. Pero cuando descubras que trabajar hasta romperte la espalda no basta para alimentar a los tuyos, acuérdate de mí.

Asael lo vio alejarse.

Cuando regresó a casa, encontró a Mara junto a la lámpara, cosiendo en silencio. Noemí dormía. Asael se quedó unos segundos observándolas y después miró sus propias manos, las mismas manos que su padre había tomado una mañana para decirle que algún día podría hacer con ellas algo que todavía no sabía nombrar.

Por primera vez, Asael se preguntó si realmente era posible vivir honradamente cuando la vida parecía haber decidido que la honestidad no era suficiente.

No encontró respuesta.

Todavía no.

Pero la pregunta ya había entrado en su corazón, y algunas preguntas, cuando nacen en momentos de dolor, pueden convertirse en semillas que esperan durante años antes de mostrar en qué clase de árbol han comenzado a transformarse.

Aquella noche, mientras Mara apagaba la lámpara y Asael se acostaba junto a Noemí, el muchacho escuchó a su madre pronunciar una última oración.

—Señor, guarda a mis hijos cuando yo no pueda hacerlo.

Asael permaneció con los ojos abiertos en la oscuridad.

No sabía por qué aquella frase le produjo una sensación extraña.

No sabía que algún día recordaría aquella oración desde un lugar donde no existiría ninguna posibilidad de regresar.

No sabía que todavía tendría que perder mucho más antes de comprender lo que su madre había querido decir.

Y, sobre todo, no sabía que el camino que acababa de comenzar con la muerte de su padre lo llevaría, muchos años después, hasta una colina fuera de Jerusalén, donde tres cruces se levantarían contra el cielo y un hombre condenado le enseñaría, en las últimas horas de su vida, algo que ningún ladrón, ningún soldado, ningún sacerdote, ningún amigo y ninguna de las personas que había amado habían conseguido enseñarle.

Todavía era un muchacho.

Todavía tenía tiempo.

Todavía podía elegir.

Pero aquella noche, por primera vez, Asael comenzó a caminar muy cerca del borde.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

Los meses que siguieron a la muerte de Joram fueron los más difíciles que Asael había conocido hasta entonces, no porque cada día trajera una desgracia diferente, sino porque la ausencia de su padre había convertido las dificultades ordinarias en problemas que ahora parecían imposibles de resolver. Antes, cuando faltaba comida, Joram encontraba algún trabajo extraordinario; cuando una deuda amenazaba con dejar a la familia sin nada, buscaba al comerciante adecuado, aceptaba un viaje más largo o encontraba alguna forma de ganar unas monedas adicionales; cuando Noemí enfermaba, Joram caminaba hasta la aldea vecina para conseguir medicinas, y cuando Asael regresaba de una jornada de trabajo con las manos lastimadas, era su padre quien examinaba las heridas y le decía que todavía era demasiado pronto para pretender cargar con las responsabilidades de un hombre adulto. Ahora no había nadie que pudiera decirle aquello, y Asael comenzó a descubrir que la muerte no consistía solamente en dejar de ver a una persona, sino también en perder las pequeñas soluciones que esa persona proporcionaba sin que uno se diera cuenta. Mara intentaba sostener la casa con una serenidad que a veces parecía auténtica y otras veces apenas una máscara que se colocaba delante de sus hijos para que ellos no vieran cuánto miedo tenía, mientras Noemí había dejado de comportarse como una niña y se ocupaba de las tareas domésticas con una diligencia que preocupaba a su madre. Asael, por su parte, había convertido el trabajo en una obligación casi obsesiva, como si pudiera mantener a raya el dolor llenando cada hora del día con alguna tarea.

Salía antes del amanecer y regresaba cuando el cielo comenzaba a oscurecerse, aceptando cualquier encargo que pudiera proporcionarle unas pocas monedas. Transportaba pequeños sacos de grano, ayudaba a reparar cercas, cortaba ramas secas, descargaba mercancías en los mercados y acompañaba a campesinos que necesitaban llevar productos hasta otras aldeas. Había aprendido a negociar mejor, aunque todavía carecía de la experiencia de su padre, y muchas veces aceptaba cantidades inferiores a las que merecía porque temía perder un trabajo que podía necesitar al día siguiente. Cada vez que recibía unas monedas, las contaba dos veces antes de regresar a casa y, cuando llegaba, entregaba casi todo a Mara, conservando solamente lo necesario para comer durante la jornada siguiente. Aquello lo hacía sentir orgulloso y agotado al mismo tiempo, porque una parte de él estaba convencida de que finalmente estaba cumpliendo la promesa hecha a su padre, mientras otra empezaba a comprender que aquella responsabilidad no tenía un límite claro y que, cuanto más trabajaba, más parecía necesitar.

Una tarde regresó con una bolsa de harina sobre los hombros y encontró a Mara sentada junto a la puerta, mirando hacia el camino.

—Llegaste tarde.

—El comerciante quiso que llevara dos sacos más.

—Debiste decirle que no.

—Necesitábamos el dinero.

Mara observó las manos de su hijo.

—Estás sangrando.

Asael miró sus dedos y se encogió de hombros.

—No es nada.

—Eso mismo decía tu padre.

Asael dejó la bolsa junto a la pared y entró en la casa sin responder. Mara permaneció detrás de él durante unos segundos, porque había aprendido que determinadas comparaciones podían abrir heridas que todavía no estaban cerradas. No quería que su hijo olvidara a Joram, pero tampoco quería que intentara convertirse en él. Cuando Asael regresó a la mesa, ella le acercó un cuenco con agua.

—Lávate.

—Después.

—Ahora.

Asael obedeció, aunque lo hizo con cierta molestia.

—No tienes que demostrarme nada —dijo Mara.

—No estoy demostrando nada.

—Entonces deja de trabajar como si tuvieras que salvarnos tú solo.

Asael levantó la mirada.

—¿Quién va a hacerlo si no?

Mara no encontró una respuesta inmediata. No porque no creyera en Dios, sino porque sabía que una respuesta religiosa pronunciada demasiado pronto podía sonar como una evasión frente a una necesidad concreta.

—Todos debemos hacer nuestra parte.

—Yo estoy haciendo la mía.

—Sí, pero no quiero que pierdas la tuya.

Asael frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía eres mi hijo.

Aquellas palabras lo desarmaron por un instante, pero rápidamente volvió a encerrarse en sí mismo.

—Ya no soy un niño.

—Nunca dije que lo fueras.

—Entonces déjame hacer lo que tengo que hacer.

Mara lo miró largamente y finalmente asintió.

—Lo haré.

Pero desde aquella noche comenzó a observarlo con una preocupación que no desapareció.

El problema mayor no era solamente la pobreza. Era la deuda que Joram había dejado atrás. Los acreedores no tenían interés en escuchar explicaciones sobre una enfermedad ni en aceptar que la familia no había provocado las dificultades económicas. Querían dinero, y cada visita aumentaba la sensación de que la casa podía dejar de pertenecerles en cualquier momento. Uno de ellos regresó varias semanas después acompañado por otro hombre y exigió que se entregara una parte de las herramientas que Joram había utilizado durante años.

—Esas herramientas eran de mi padre —dijo Asael.

—Tu padre tenía una deuda.

—Y la pagaremos.

—¿Cuándo?

—Cuando podamos.

El hombre sonrió sin humor.

—Eso no es una fecha.

Asael dio un paso adelante.

—Te he dicho que pagaremos.

—Muchacho, no necesito tus promesas.

Mara intervino antes de que la discusión aumentara.

—Llévese las herramientas que considere necesarias y déjenos las que necesitamos para trabajar.

Asael se volvió hacia ella.

—Madre.

—Déjame hablar.

—Pero esas herramientas...

—Lo sé.

El hombre tomó algunas de las mejores herramientas de Joram y las guardó en una bolsa. Asael sintió que cada objeto que desaparecía era una parte de su padre que volvía a morir. Quiso impedirlo, pero Mara puso una mano sobre su brazo.

—No.

El hombre salió sin despedirse.

Asael permaneció inmóvil junto a la puerta.

—¿Por qué lo dejaste? —preguntó finalmente.

—Porque si nos quitaba todo, no podríamos trabajar.

—Ya nos quitó casi todo.

—Todavía no.

—¿Hasta cuándo vamos a seguir entregando cosas?

Mara no respondió.

Asael salió de la casa y caminó hasta las afueras de la aldea. El sol estaba descendiendo y las sombras de los olivos se extendían sobre el terreno seco. Allí encontró nuevamente a Simeón, sentado sobre una piedra, como si hubiera sabido que lo encontraría.

—Te dije que me recordaras.

Asael se detuvo.

—No necesito nada.

—Todos dicen eso antes de necesitarlo.

—¿Qué quieres?

Simeón se levantó lentamente.

—Quiero mostrarte una manera de ganar en una noche lo que tú ganas en varias semanas.

Asael lo miró con desconfianza.

—¿Robando?

Simeón soltó una breve risa.

—¿Robar? Depende de cómo quieras llamarlo.

—Si tomas algo que no es tuyo, es robar.

—¿Y cuando un comerciante compra trigo barato porque sabe que el campesino se está muriendo de hambre y después lo vende tres veces más caro?

Asael guardó silencio.

—¿Eso no es robar? —continuó Simeón—. Cuando un hombre se queda con el dinero de una familia porque tiene soldados que lo respaldan, ¿eso tampoco es robar? Cuando te cobran una deuda que tu padre no pudo pagar porque murió enfermo, ¿eso qué nombre recibe?

—No lo sé.

—Yo sí.

Simeón se acercó.

—Sobrevivir.

Asael recordó la conversación que había tenido con su padre años atrás, cuando habían visto a un campesino perder su trigo.

—Mi padre decía que no se debía hacer el mal aunque otros lo hicieran.

Simeón sonrió.

—Tu padre era un buen hombre.

—Sí.

—Y por eso murió pobre.

La frase cayó sobre Asael como un golpe.

—No hables de él.

—No lo digo para insultarlo.

—Entonces no vuelvas a mencionarlo.

Simeón levantó las manos.

—Como quieras.

Hubo un silencio.

—No tienes que venir conmigo hoy —dijo—. Pero algún día tendrás que decidir si quieres seguir contando monedas mientras otros hombres deciden cuánto vale tu vida.

Asael se alejó sin responder.

Durante varios días intentó olvidar la conversación, pero las palabras de Simeón regresaban cada vez que uno de los acreedores aparecía, cada vez que Mara reducía la cantidad de comida que se servía, cada vez que Noemí fingía no tener hambre y cada vez que Asael miraba las pocas herramientas que quedaban de su padre. No estaba convencido de que Simeón tuviera razón, pero tampoco podía negar que había señalado una realidad que nadie más parecía dispuesto a enfrentar. La diferencia entre trabajar honradamente y pasar hambre comenzaba a parecerle demasiado grande, mientras que la diferencia entre los hombres que tenían poder y quienes carecían de él parecía cada vez más injusta.

La oportunidad llegó durante una tarde de mercado. Asael había llevado unas pequeñas piezas de madera que había fabricado para un comerciante y esperaba recibir una cantidad modesta por ellas. Mientras esperaba, observó cómo un grupo de hombres descargaba una carreta llena de alimentos. El propietario discutía con varios compradores y se quejaba de los impuestos, del transporte y de las pérdidas. Asael reconoció a uno de los hombres que acompañaban a Simeón.

El hombre lo miró desde lejos y apenas hizo un gesto con la cabeza.

Asael entendió.

No sabía exactamente qué iba a ocurrir, pero siguió al grupo cuando el mercado comenzó a vaciarse.

Simeón lo esperaba detrás de una construcción abandonada.

—Pensé que no vendrías.

—Solo quiero saber qué haces.

—Claro.

—No voy a matar a nadie.

Simeón soltó una carcajada.

—Nadie ha hablado de matar a nadie.

—Ni de lastimar.

—Tampoco.

—Entonces dime qué vamos a hacer.

Simeón se acercó y habló en voz baja.

—Hay una carreta que pasará por el camino viejo. Lleva harina y aceite. No pertenece a un campesino pobre. El dueño ha estado almacenando mercancías para venderlas más caras cuando escasee el alimento.

Asael sintió una mezcla de alivio y temor.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco a uno de los hombres que trabaja para él.

—¿Y qué quieres hacer?

—Tomaremos una parte.

—¿Y si nos descubren?

—No nos descubrirán.

—¿Cómo lo sabes?

Simeón sonrió.

—Porque yo llevo años haciendo esto.

Aquella noche Asael participó por primera vez en un robo.

Todo sucedió con una rapidez que después le resultaría difícil recordar con claridad. La carreta apareció en el camino, dos hombres bloquearon el paso, Simeón amenazó al conductor y Asael ayudó a descargar varios sacos. No hubo violencia grave. Nadie murió. Nadie resultó herido. El corazón de Asael golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escuchar las voces de los demás. Cuando terminó, recibió una pequeña cantidad de dinero y observó los sacos que habían sido escondidos para distribuirlos entre algunas familias necesitadas.

—¿Ves? —dijo Simeón—. Nadie murió. Nadie perdió la vida. Y mañana varias familias comerán.

Asael tomó las monedas.

—Esto está mal.

—¿Qué parte?

—Todo.

—Entonces devuélvelo.

Asael miró el dinero.

No lo devolvió.

Cuando llegó a casa, Mara estaba despierta.

—¿Dónde estabas?

—Trabajando.

—¿A estas horas?

Asael evitó su mirada.

—Era un trabajo urgente.

Mara se levantó y se acercó.

—Mírame.

Asael la miró.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

Mara sostuvo sus ojos durante unos segundos.

—No me mientas.

Asael sintió que la irritación comenzaba a subir dentro de él.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

—La verdad es que conseguí dinero.

—¿Cómo?

—Trabajando.

—¿Dónde?

—Con unos hombres.

Mara palideció.

—¿Con quiénes?

Asael no respondió.

Mara comprendió.

—Simeón.

Asael apretó los labios.

—No hice nada malo.

—¿Qué hiciste?

—Tomamos comida de un comerciante.

Mara cerró los ojos.

—¿Tomamos?

—Era comida.

—¿Era tuya?

—No.

—Entonces sabes la respuesta.

—Ese hombre estaba acaparando alimentos.

—¿Y eso te convierte en dueño de lo que tenía?

—Al menos nosotros necesitábamos comer.

—Eso no convierte el robo en justicia.

Asael sacó las monedas y las puso sobre la mesa.

—Aquí está.

Mara miró el dinero como si fuera algo contaminado.

—No quiero esto.

—Lo necesitamos.

—No quiero que alimentes a tu familia con aquello que te puede destruir.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que vea cómo te enfermas? ¿Que vea a Noemí pasar hambre? ¿Que espere a que vengan a quitarnos la casa?

Mara sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer en sus ojos.

—Quiero que sigas siendo mi hijo.

Asael quedó en silencio.

—Tu padre murió pobre —dijo finalmente—. Tú misma lo dijiste.

—Tu padre murió siendo fiel a lo que creía.

—¿Y de qué le sirvió?

Mara recibió la pregunta como una herida.

—No vuelvas a hablar así de él.

—Es verdad.

—No.

—Sí.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé perfectamente lo que digo.

Mara se acercó a él.

—Tu padre podía mirarme a los ojos sin avergonzarse de lo que hacía.

Asael apartó la mirada.

—Yo no tengo tiempo para preocuparme por vergüenzas.

—Algún día tendrás que hacerlo.

Asael tomó las monedas.

—Necesitamos comer.

—Entonces trabajaremos.

—No alcanza.

—Encontraremos otra manera.

—Siempre dices eso.

—Porque todavía hay otra manera.

Asael salió de la casa.

Durante los días siguientes, Mara intentó no mencionar el asunto, pero Asael volvió a encontrarse con Simeón. Al principio fue solamente para aceptar trabajos ocasionales. Después comenzaron a ser más frecuentes. Simeón tenía una forma de presentar cada delito como una pequeña injusticia necesaria, y Asael encontraba cada vez más difícil discutir con él. Si robaban a un comerciante rico, era porque el hombre explotaba a sus trabajadores; si engañaban a un recaudador, era porque los impuestos eran injustos; si tomaban mercancías de una caravana, era porque los propietarios seguramente habían obtenido sus ganancias aprovechándose de otros.

La conciencia de Asael no desapareció de golpe.

Se fue acostumbrando.

Ese fue el verdadero peligro.

El primer robo le había producido miedo durante varios días. El segundo le produjo miedo durante una noche. El tercero comenzó a parecerle parte del trabajo.

Mientras tanto, en casa, Mara observaba el cambio. Asael llegaba con más dinero, pero hablaba menos. Había adquirido una mirada desconfiada y una manera de responder que antes no tenía. Noemí intentaba acercarse a él, pero Asael estaba cada vez menos disponible.

Una tarde, ella encontró una pequeña bolsa de monedas entre sus cosas.

—¿Dónde conseguiste esto?

—No es asunto tuyo.

—Antes me contabas todo.

—Antes era diferente.

—¿Diferente cómo?

—Noemí, déjame tranquilo.

La niña se quedó mirándolo.

—Mamá está preocupada.

—Mamá se preocupa por todo.

—También está preocupada por ti.

Asael sintió una mezcla de culpa y enojo.

—No necesito que nadie se preocupe por mí.

—Yo sí.

La respuesta lo dejó sin palabras.

Noemí se marchó.

Asael permaneció solo y miró las monedas.

Por primera vez comprendió que el dinero no estaba resolviendo nada. Estaba cambiando la casa, pero no de la manera que él había esperado.

Sin embargo, ya había dado un paso demasiado grande para sentirse capaz de retroceder.

Poco después, ocurrió algo que terminó de cambiar su relación con Simeón. Durante un viaje nocturno, uno de los hombres del grupo quiso quedarse con una parte mayor de lo robado. Hubo una discusión y el hombre amenazó a Simeón con un cuchillo. Asael intervino y consiguió desarmarlo.

Simeón lo miró con una mezcla de admiración y satisfacción.

—Tienes más valor del que creía.

Asael guardó silencio.

—No vuelvas a dudar de ti mismo —dijo Simeón—. Este mundo respeta a quienes saben defenderse.

Aquella frase fue peligrosa porque coincidía con una herida que Asael llevaba años arrastrando. Desde la muerte de su padre, una parte de él había sentido que debía demostrar que nadie volvería a humillarlo. Simeón le estaba ofreciendo una identidad nueva: ya no era el muchacho pobre que debía soportar abusos, sino un hombre capaz de provocar miedo.

Asael no sabía todavía que aquella sensación de poder sería una de las cosas más difíciles de abandonar.

Con el paso de los meses comenzó a conocer otros hombres que vivían de actividades ilegales. Algunos eran violentos, otros astutos, otros simplemente desesperados. Asael descubrió que el mundo del delito no estaba formado exclusivamente por monstruos, sino también por hombres que habían comenzado como él, justificando una pequeña transgresión hasta descubrir que cada nueva frontera era más fácil de cruzar que la anterior.

Uno de ellos, un hombre llamado Baruc, le dijo una noche mientras compartían comida junto a una fogata:

—Nunca robes por hambre.

Asael lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque cuando dejas de tener hambre, seguirás robando.

—¿Entonces por qué robas tú?

Baruc se encogió de hombros.

—Porque hace años dejé de preguntármelo.

Aquella respuesta quedó en la memoria de Asael.

Durante ese período, su relación con Mara se volvió más distante. Ella no lo expulsó de la casa ni dejó de amarlo, pero comenzó a establecer límites. No quería saber de dónde procedía el dinero y se negaba a gastar las monedas que sospechaba que habían sido obtenidas mediante delitos. Asael interpretó aquello como rechazo.

—¿Prefieres que pasemos hambre?

—Prefiero que podamos dormir tranquilos.

—Yo duermo tranquilo.

—Todavía.

Asael la miró con enojo.

—Siempre estás esperando que me pase algo.

—No. Estoy esperando que vuelvas.

—Estoy aquí.

Mara negó lentamente con la cabeza.

—Tu cuerpo está aquí.

Aquella frase lo acompañó durante días.

No obstante, Asael no regresó.

Simeón comenzó a confiarle tareas más delicadas. Ya no se trataba solamente de tomar mercancías de una carreta, sino de vigilar caminos, obtener información y decidir cuándo una carga era vulnerable. Asael descubrió que tenía habilidad para observar. Recordaba rostros, rutas y horarios. Sabía cuándo hablar y cuándo permanecer callado. Poco a poco comenzó a ganar más dinero.

Y cuanto más dinero ganaba, más difícil era abandonar aquel mundo.

Una tarde, mientras regresaba a la aldea, vio a una joven junto a un pequeño taller de tejidos. Era Tamar, a quien conocía desde la infancia, aunque durante los últimos años apenas habían hablado. Ella levantó la mirada y lo reconoció.

—Asael.

Él se detuvo.

—Tamar.

—Hace mucho que no te veía.

—He estado trabajando.

Ella sonrió.

—Eso parece.

Asael miró sus manos.

—¿Cómo está tu familia?

—Bien.

Hubo un silencio incómodo.

Tamar lo observó.

—Has cambiado.

—Todos cambiamos.

—Tú más.

Asael no supo qué responder.

Tamar se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No parece.

Asael sintió una incomodidad que no había sentido con ninguno de sus compañeros. Tamar lo conocía desde antes de que la pobreza, la muerte y el resentimiento comenzaran a endurecerlo.

—Estoy bien —repitió.

Ella asintió.

—Si alguna vez quieres hablar, sabes dónde encontrarme.

Asael se marchó.

Aquella noche pensó en ella durante mucho tiempo.

No sabía todavía que Tamar ocuparía un lugar central en su vida. No sabía que el amor sería durante un tiempo la única fuerza capaz de hacerle imaginar un futuro diferente. Tampoco sabía que precisamente ese amor terminaría convertido en una de las pérdidas que más contribuirían a su caída.

Por entonces, sin embargo, algo había comenzado a moverse dentro de él.

No era arrepentimiento.

Todavía no.

Era apenas una pequeña incomodidad, una sensación de que quizá el camino que había elegido podía llevarlo mucho más lejos de lo que pretendía.

Pero cada vez que esa duda aparecía, Asael recordaba el rostro golpeado de su padre, las herramientas que les habían quitado, las monedas que no alcanzaban y las noches en que su madre había fingido no tener hambre.

Entonces volvía a convencerse de que no tenía alternativa.

Esa fue la mentira más peligrosa de su vida.

Porque Asael todavía tenía alternativa.

Todavía podía detenerse.

Todavía podía volver a casa.

Todavía podía escuchar la voz de su madre.

Todavía podía recordar las palabras de Joram.

Pero el camino equivocado rara vez comienza con una decisión que parece definitiva. Comienza con una pequeña concesión, continúa con una segunda y, cuando uno quiere darse cuenta, aquello que alguna vez parecía imposible ya se ha convertido en una costumbre.

Asael todavía no era el hombre que algún día moriría en una cruz.

Pero comenzaba a convertirse en él.

Y mientras la noche descendía sobre la aldea, Mara permanecía junto a la puerta esperando que su hijo regresara, sin saber que cada día que pasaba lo alejaba un poco más de aquella casa, de aquella fe sencilla y de la voz de un padre que ya no podía detenerlo para decirle que todavía estaba a tiempo de escoger otro camino.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 3

 

Durante los meses que siguieron, Asael aprendió que una persona puede acostumbrarse casi a cualquier cosa si tiene una razón suficientemente fuerte para justificársela, y aquella fue quizá la transformación más profunda que se produjo en él, porque al principio todavía sentía miedo cuando escondía algo que no le pertenecía, todavía miraba hacia atrás cuando abandonaba un camino después de haber participado en un robo, todavía se despertaba algunas noches recordando el rostro de su madre mientras le preguntaba de dónde había salido el dinero que él había dejado sobre la mesa, pero con el paso del tiempo esas inquietudes fueron perdiendo fuerza y comenzaron a ser reemplazadas por una clase de seguridad que no era verdadera valentía, sino la tranquilidad engañosa de quien ha repetido tantas veces una conducta que ya no necesita convencerse de que está haciendo lo correcto. Simeón sabía aprovechar aquella transformación. Nunca le pedía a Asael que se considerara un criminal, porque aquella palabra habría despertado en él recuerdos de su padre y de las enseñanzas de Mara; prefería hablar de hombres que conocían los caminos, de personas que sabían defenderse, de quienes no permitían que otros decidieran por ellos, y así conseguía que Asael imaginara que cada nueva frontera que cruzaba no significaba una caída, sino un avance hacia una vida en la que nadie volvería a humillarlo como habían humillado a Joram. El muchacho que había visto morir a su padre enfermo y había observado cómo unos hombres se llevaban parte de las herramientas que habían pertenecido a sus manos comenzó a convencerse de que la única forma de no volver a ser débil era aprender a inspirar temor, aunque todavía no comprendía que el temor que los demás pudieran sentir por él terminaría convirtiéndose en una prisión mucho más difícil de abandonar que aquella pobreza de la que tanto había querido escapar.

Simeón comenzó a llevarlo más lejos de los lugares que Asael conocía, por senderos secundarios que atravesaban terrenos secos y colinas pedregosas, evitando los caminos principales cuando sabía que podían encontrarse con soldados romanos o con caravanas demasiado protegidas. Le enseñó a reconocer las huellas recientes de los animales, a calcular cuánto tiempo había pasado desde que un carro había atravesado un camino, a distinguir por el polvo si una caravana llevaba pocos hombres o una escolta más numerosa y a observar las costumbres de quienes viajaban, porque, según decía, ningún hombre era tan difícil de vencer como aquel cuyo comportamiento uno no conocía. Asael escuchaba con atención porque aquellas cosas le daban una sensación de capacidad que nunca había experimentado trabajando en los campos o ayudando a su madre. Había aprendido a manejar cargas, reparar una rueda, cuidar animales y soportar jornadas largas bajo el sol, pero ahora descubría que también podía moverse en la oscuridad, permanecer oculto durante horas y anticiparse a las decisiones de otros. Aquellas habilidades, que en otro contexto podrían haber servido para proteger a los viajeros o conducir mercancías con prudencia, fueron puestas al servicio de una vida que poco a poco iba alejándolo de todo aquello que Joram había querido enseñarle. En una ocasión, después de haber vigilado durante varias horas una pequeña caravana, Simeón le señaló a un hombre que caminaba detrás de los animales y le explicó que llevaba dinero escondido bajo la túnica. Asael no preguntó cómo lo sabía. Ya había aprendido que ciertas preguntas eran consideradas una forma de debilidad entre aquellos hombres.

—¿Y si nos equivocamos?

Simeón lo miró con una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Entonces aprenderemos para la próxima vez.

—Mi padre decía que un hombre debe pensar antes de actuar.

—Tu padre vivía pensando y murió sin tener nada.

Aquellas palabras golpearon a Asael con una fuerza que Simeón seguramente no imaginó, porque durante unos instantes el muchacho sintió que estaba defendiendo a su padre dentro de sí mismo, pero también recordó las herramientas que los cobradores habían retirado de la casa, las manos debilitadas de Joram, la enfermedad que había ido consumiendo su cuerpo y el silencio de Mara cuando tuvieron que aceptar que ya no podían pagar algunas deudas. Quiso responder que su padre había sido un hombre honrado, que había cumplido con su palabra, que había trabajado hasta enfermar y que había cuidado de su familia mientras otros se enriquecían sin importarles el sufrimiento ajeno, pero las palabras no salieron de su boca porque una parte de él temía que Simeón tuviera razón en algo que le dolía admitir. Si la honradez no había protegido a Joram, ¿qué podía protegerlo a él? Esa pregunta comenzó a acompañarlo incluso cuando estaba solo, y cada vez que regresaba a casa después de participar en alguna actividad que Mara jamás habría aprobado, la pregunta encontraba una respuesta sencilla y peligrosa: el mundo respetaba al fuerte, no al bueno. Asael todavía no sabía que aquella respuesta era una mentira construida sobre heridas verdaderas, y por eso le resultaba tan convincente.

Una tarde regresó antes de lo acostumbrado y encontró a Mara sentada junto a la puerta de la casa, reparando una prenda vieja con una aguja que había pertenecido a su madre. Noemí estaba dentro, preparando una pequeña cantidad de comida para la cena, y el olor apenas perceptible de las legumbres cocidas se mezclaba con el polvo que entraba desde el camino. Asael dejó una bolsa junto a la pared y trató de pasar sin llamar demasiado la atención, pero Mara levantó los ojos y lo observó durante unos segundos. No era la primera vez que lo miraba de aquella manera, pero había algo diferente en su expresión, algo que Asael no quiso interpretar porque sabía que hacerlo lo obligaría a enfrentar preguntas para las que todavía no estaba preparado.

—¿Dónde estabas?

—Trabajando.

—¿Con quién?

—Con unos hombres que necesitan ayuda para transportar mercancías.

Mara dejó la aguja sobre la tela.

—¿Qué mercancías?

Asael sintió una irritación inmediata, aunque la pregunta era razonable y su madre no había utilizado un tono acusador.

—Madre, no tengo que explicarte cada cosa que hago.

—No te he pedido que me expliques cada cosa que haces. Te he preguntado porque eres mi hijo y porque últimamente vuelves a casa con cosas que nosotros no podríamos comprar.

—Las conseguí trabajando.

—Eso es lo que dices.

—Porque es verdad.

Mara sostuvo su mirada y durante un instante Asael sintió que la mentira se hacía pesada dentro de su boca.

—No quiero saber solamente de dónde vienen las cosas, Asael. Quiero saber en qué hombre te estás convirtiendo para conseguirlas.

Él apartó la mirada con brusquedad.

—Estoy convirtiéndome en un hombre que puede cuidar de su familia.

—Tu padre pensaba que cuidar de su familia también significaba no perderse a sí mismo.

—Mi padre murió pobre.

—Sí.

—Y honrado.

—Sí.

—¿Y de qué le sirvió?

Mara respiró lentamente antes de responder, como si hubiera esperado aquella pregunta desde hacía meses.

—No sé si la honradez siempre evita la pobreza, hijo, pero sé que la deshonra puede llenar una casa de cosas y dejarla vacía de todo lo que realmente importa.

Asael sintió que la rabia le subía desde el pecho.

—Eso son palabras.

—Las palabras también pueden ser una forma de verdad.

—La verdad no pagó las deudas de mi padre.

—No.

—La verdad no compró comida cuando no teníamos.

—No.

—La verdad tampoco impidió que unos hombres entraran aquí y se llevaran sus herramientas.

Mara bajó los ojos por un momento.

—No, pero tampoco quiero que el dolor que sentimos entonces sea la razón por la que ahora hagamos daño a otros.

Asael tomó la bolsa y se la echó al hombro.

—No hago daño a nadie.

—Eso dices porque todavía no quieres mirar lo que ocurre cuando uno empieza a tomar algo que no le pertenece.

—No me conoces.

Mara levantó los ojos.

—Te conozco desde antes de que supieras pronunciar mi nombre.

Él no respondió, pero aquella frase lo acompañó mientras salía de la casa y caminaba hacia el camino principal. Había querido dejar a Mara atrás junto con sus preguntas, pero no podía dejar atrás el recuerdo de sus manos, de las noches en que ella había orado junto a su cama cuando era niño, de la manera en que había sostenido a Noemí después de la muerte de Joram y de todas las veces que le había dicho que Dios veía incluso aquello que los hombres conseguían ocultar. Asael había empezado a pensar que esas enseñanzas pertenecían a una época de su vida que ya había terminado, pero una parte de él seguía escuchándolas con claridad. Aquello era precisamente lo que más lo irritaba. Si hubiera conseguido olvidar completamente a su padre y a su madre, quizá habría podido vivir sin contradicciones, pero todavía existía dentro de él una voz que no había podido silenciar, aunque cada vez necesitara más esfuerzo para escucharla.

En aquellos días Tamar comenzó a ocupar un lugar más importante en sus pensamientos del que Asael estaba dispuesto a admitir. La había conocido desde niño, cuando ambos todavía corrían por los mismos caminos y sus preocupaciones consistían en regresar antes de que sus familias comenzaran a buscarlos, pero ahora ella había cambiado y él también. Tamar trabajaba con su familia en el pequeño taller de tejidos, donde pasaba largas horas entre telas, hilos y prendas que luego serían vendidas en el mercado. Tenía una forma tranquila de mirar a las personas que hacía que Asael se sintiera incómodo, porque no parecía impresionarse por las apariencias ni por las historias que otros contaban. Cuando él entraba en el taller, ella no veía solamente al muchacho que había crecido con ella ni al hombre que comenzaba a ser conocido en algunos caminos; parecía mirar más profundamente, como si intentara descubrir qué parte del niño que había conocido seguía escondida detrás de aquella nueva dureza.

Una tarde Asael se detuvo frente al taller con la intención de verla, aunque después se convenció a sí mismo de que solamente había pasado por allí porque necesitaba comprar una prenda. Tamar estaba ordenando varios rollos de tela cuando levantó la mirada y lo reconoció.

—No has venido a comprar nada.

Asael sonrió.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando quieres comprar algo preguntas el precio antes de entrar.

—Quizá hoy quería hacer las cosas de otra manera.

—Quizá.

Ella volvió a su trabajo, pero la sonrisa permaneció apenas visible en su rostro. Asael se apoyó contra una de las paredes y observó el movimiento de sus manos.

—¿No vas a preguntarme cómo estoy?

—Ya sé cómo estás.

—¿Ah, sí?

—Estás intentando que nadie note que no sabes cómo estás.

Asael soltó una risa breve, pero no respondió inmediatamente.

—Has cambiado.

—Tú también.

—¿Para bien?

Tamar dejó lo que estaba haciendo y lo miró directamente.

—No sé.

Aquella respuesta le dolió más que una acusación.

—Antes eras más amable.

—Antes tú también eras diferente.

—La gente cambia.

—Sí.

—Entonces no puedes esperar que siga siendo el mismo muchacho.

—No quiero que seas el mismo muchacho. Quiero que sigas siendo tú.

Asael sintió una incomodidad profunda y se incorporó.

—No sabes nada de lo que hago.

—Es verdad.

—Entonces no me juzgues.

—No te estoy juzgando.

—Todos lo hacen.

Tamar se acercó unos pasos.

—Yo no sé qué haces, Asael, pero sé que cuando eras niño no necesitabas demostrarle a nadie que eras fuerte.

Él guardó silencio.

—Y ahora parece que necesitas hacerlo todo el tiempo.

Asael estuvo a punto de marcharse, pero la voz de Tamar lo detuvo.

—Puedes hablar conmigo si algún día quieres hacerlo.

—No tengo nada que decir.

—Entonces puedes sentarte y no decir nada.

Aquella propuesta sencilla lo desarmó más que cualquier discurso. No aceptó, pero tampoco se fue inmediatamente. Permaneció allí unos minutos, hablando de cosas pequeñas, del mercado, del clima, de una familia que había llegado recientemente al pueblo y de una mujer que había encargado una prenda para su hija. Cuando finalmente salió del taller, llevaba la sensación extraña de haber estado durante un rato en un lugar donde no necesitaba aparentar nada. Esa sensación se convirtió en algo que comenzó a buscar con frecuencia.

Sin embargo, Simeón no veía con buenos ojos que Asael pasara tanto tiempo con Tamar. Una noche, mientras descansaban después de haber vigilado un camino durante varias horas, se lo hizo saber con la misma franqueza con la que acostumbraba hablar de cualquier asunto que pudiera interferir con sus planes.

—La muchacha del taller.

Asael no respondió.

—Te gusta.

—No es asunto tuyo.

—Todo lo que pueda hacerte perder la concentración es asunto mío.

—No voy a dejar de verla.

Simeón soltó una carcajada.

—Entonces todavía eres más joven de lo que pensaba.

—¿Qué quieres decir?

—Que todavía crees que puedes tener las dos cosas.

—¿Qué dos cosas?

—Una vida tranquila y la vida que estamos construyendo.

Asael lo miró con desconfianza.

—Yo no estoy construyendo nada contigo.

—Todos construimos algo, aunque no queramos reconocerlo.

—Yo quiero ganar dinero.

—Y lo estás haciendo.

—Quiero ayudar a mi madre.

—También.

—Quiero tener una vida mejor.

Simeón se acomodó contra una piedra.

—Entonces tendrás que decidir cuánto estás dispuesto a pagar por ella.

Asael no preguntó qué significaba aquello, porque una parte de él ya lo sabía. El precio había ido aumentando desde el primer robo, aunque todavía no había calculado cuánto terminaría costándole. Hasta entonces había pensado que cada delito era una cosa separada de la anterior, una decisión aislada que podía abandonar cuando quisiera, pero Simeón le estaba mostrando que no era así. Cada vez que aceptaba una nueva tarea, quedaba más comprometido con los hombres que la realizaban; cada secreto compartido se convertía en una cadena y cada dinero recibido creaba una necesidad que luego exigía conseguir más. Asael todavía podía retroceder, pero cuanto más avanzaba, más difícil resultaba imaginar cómo hacerlo sin perder aquello que había conseguido. El dinero que llevaba a casa había mejorado algunas cosas. Mara podía comprar más alimentos, Noemí tenía ropa en mejor estado y habían logrado reparar parte del techo. Aquellas mejoras se convirtieron en la justificación perfecta para continuar. Si el pecado producía algo bueno para su familia, pensaba Asael, entonces quizá no podía ser completamente malo.

La primera vez que Baruc le habló de esa contradicción fue después de una noche especialmente peligrosa. Habían detenido un carro en un camino estrecho y descubierto que los hombres que lo conducían estaban armados. La situación había terminado sin muertos, pero uno de los viajeros había recibido una herida en el brazo y Asael había pasado el resto de la noche con el corazón acelerado. Cuando finalmente se reunieron en un lugar apartado, Baruc observó el rostro de Asael durante unos segundos antes de hablar.

—Todavía te importa.

—¿Qué cosa?

—Lo que les pasa a los demás.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

Asael se sentó sobre una piedra.

—No quería que nadie saliera herido.

Baruc lo miró con una expresión casi divertida.

—Entonces todavía tienes una oportunidad.

—¿De qué?

—De entender que esto no termina donde tú quieres.

Asael se irritó.

—¿Y tú qué sabes?

Baruc se encogió de hombros.

—Más de lo que crees.

—Tú haces lo mismo que nosotros.

—Precisamente por eso lo sé.

—Entonces deja de hablar como si fueras diferente.

—No soy diferente.

Baruc se inclinó hacia él.

—Pero aprendí demasiado tarde que uno puede acostumbrarse a vivir de una manera que después parece imposible abandonar.

Asael pensó en Mara, en Tamar y en su padre. No dijo nada. Baruc tampoco volvió a insistir. Sin embargo, aquellas palabras quedaron flotando en su memoria durante días.

Mientras tanto, Noemí comenzó a notar que su hermano ya no era el mismo. Ella era todavía joven, pero había aprendido a observar los silencios de los adultos porque la muerte de su padre había obligado a todos en la casa a crecer demasiado rápido. Una noche, cuando Mara dormía, Noemí encontró a Asael junto a la puerta, revisando una pequeña bolsa de monedas.

—¿De dónde sacaste eso?

—Me lo pagaron.

—¿Por qué?

—Por trabajar.

Noemí se acercó.

—Mamá no cree eso.

Asael cerró la bolsa.

—Mamá se preocupa demasiado.

—Yo también me preocupo.

Él la miró y su expresión se suavizó.

—No tienes que hacerlo.

—Eres mi hermano.

—Y tú eres mi hermana pequeña. No quiero que tengas miedo.

—Entonces dime la verdad.

Asael sintió que algo se rompía dentro de él.

—Estoy intentando que nunca volvamos a pasar hambre.

Noemí lo observó en silencio.

—Papá también intentaba eso.

Asael bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Y tú dijiste que ibas a ser como él.

Aquella frase fue demasiado. Asael se levantó y salió de la casa sin responder, porque no quería que Noemí viera la lucha que se había apoderado de su rostro. Caminó durante largo rato bajo el cielo oscuro y terminó llegando hasta una elevación desde la que podía contemplar algunas luces lejanas. Allí recordó una conversación con su padre, muchos años atrás, cuando todavía no comprendía completamente lo que significaba ser responsable de una familia. Joram le había dicho que un hombre podía perder dinero y recuperarlo, podía perder un trabajo y encontrar otro, incluso podía perder una cosecha y volver a sembrar, pero que había pérdidas que no se reparaban con esfuerzo, porque una vez que uno entregaba algo de sí mismo a la oscuridad, no siempre sabía cómo recuperarlo. Asael no había entendido aquellas palabras entonces. Ahora comenzaba a hacerlo, pero comprender algo no significa necesariamente tener la fuerza para cambiarlo.

Al día siguiente, Simeón llegó con una propuesta diferente. Ya no se trataba de detener un carro pequeño ni de tomar alimentos de una caravana desprevenida. Había escuchado que un comerciante importante viajaría hacia una población cercana llevando dinero y mercancías de gran valor, y la oportunidad parecía demasiado grande para dejarla pasar. Simeón habló de la cantidad que podían obtener, de los hombres que acompañarían al comerciante y de la ruta que utilizaría. Asael escuchó con atención, pero esta vez no sintió la misma emoción de antes. Había algo en el asunto que le producía inquietud.

—¿Cuántos hombres?

—Cuatro.

—¿Armados?

—Probablemente.

—Entonces no es como las otras veces.

—Por eso pagará más.

Asael permaneció callado.

—Necesito saber si estás dentro.

—¿Cuándo?

—En tres noches.

—Tengo que pensarlo.

Simeón frunció el ceño.

—Pensar demasiado hace que otros se queden con lo que podría ser nuestro.

—No quiero que nadie muera.

—Nadie tiene que morir.

—Eso dijiste otras veces.

—Y nadie murió.

Asael recordó al hombre herido.

—Alguien casi murió.

Simeón lo observó con dureza.

—¿Quieres volver a cargar sacos toda tu vida?

Asael no respondió.

—¿Quieres que tu madre siga contando monedas para comprar comida?

Aquello era exactamente lo que Simeón necesitaba decir. Asael podía resistir una amenaza, un insulto o incluso una acusación, pero todavía le costaba resistirse cuando alguien utilizaba el miedo de perder nuevamente a su familia. Aquella noche regresó a casa con la decisión todavía sin tomar. Encontró a Mara dormida y a Noemí junto a ella. Se quedó un momento observándolas y sintió una ternura que casi había olvidado. Pensó que todo lo que estaba haciendo era por ellas, que el dinero de aquella última acción podría permitirles reparar la casa, comprar provisiones y vivir durante meses sin preocuparse por las deudas. Se dijo que después de eso se retiraría. Buscaría trabajo. Se dedicaría a otra cosa. Volvería a ver a Tamar. Tal vez podría construir una vida diferente. La frase «una última vez» parecía razonable porque siempre permitía imaginar que el final estaba cerca, aunque cada vez que Asael la pronunciaba el final se alejaba un poco más.

Dos días después fue al taller de Tamar. Ella estaba sola.

—Pareces preocupado.

—Tengo cosas en la cabeza.

—Puedes hablar.

—No sé si quiero hacerlo.

—Entonces quédate.

Asael la miró.

—¿Por qué haces eso?

—¿Qué cosa?

—Siempre me dices que me quede.

Tamar sonrió con tristeza.

—Porque cuando te vas pareces llevarte contigo todo lo que no has querido decir.

Asael se sentó cerca de la ventana. Durante un largo rato no habló. Tamar tampoco lo presionó. Finalmente él le contó una parte de la verdad, aunque ocultó los detalles más graves. Le dijo que estaba trabajando con hombres que hacían cosas que no aprobaba completamente, que a veces las cosas se complicaban y que tenía miedo de terminar convertido en alguien que ya no reconociera. Tamar escuchó sin interrumpirlo.

—¿Puedes salir de ahí?

—No sé.

—Entonces averígualo.

—No es tan sencillo.

—Nunca dije que lo fuera.

—Hay personas que dependen de mí.

—¿Tu madre?

—Ella y Noemí.

—Entonces hazlo por ellas.

Asael la miró fijamente.

—¿Y si no puedo?

Tamar se acercó.

—Entonces busca otra manera.

—No sabes lo que significa tener deudas, hambre y miedo.

—No, pero sé lo que significa perder a alguien que todavía está vivo porque se ha convertido en otra persona.

Aquellas palabras lo atravesaron. Asael comprendió que Tamar estaba hablando de él.

—¿Tú crees que ya me perdí?

Ella negó lentamente.

—No. Si lo creyera, no estaría hablando contigo.

Asael sintió deseos de decirle que la amaba, aunque todavía no estaba seguro de que pudiera pronunciar aquella palabra sin sentirse expuesto. Habían crecido juntos, habían compartido años de recuerdos y, sin embargo, nunca habían cruzado aquella frontera. Ahora la posibilidad de perderla le producía un miedo distinto al de perder dinero. Se acercó a ella y tomó su mano.

—No quiero que tengas miedo de mí.

Tamar apretó suavemente sus dedos.

—Entonces no hagas cosas que te conviertan en alguien a quien yo deba temer.

Aquella tarde Asael salió del taller convencido de que no participaría en el asalto. Había tomado la decisión mientras caminaba y por unas horas sintió una tranquilidad que no había experimentado en mucho tiempo. Pensó en regresar a casa, hablar con Mara y comenzar de nuevo. Pensó incluso en pedir trabajo en algún lugar donde nadie conociera sus actividades recientes. Pensó en Tamar y en la posibilidad de construir con ella una vida sencilla, semejante a la que alguna vez había imaginado cuando todavía era un muchacho. Pero antes de llegar a su casa encontró a Simeón esperándolo.

—Cambiaste de idea.

Asael se detuvo.

—No voy.

Simeón lo observó durante unos segundos.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces tendrás que devolver lo que recibiste.

—Todavía no he recibido nada.

—Sabes lo que quiero decir.

Asael sintió que el ambiente se hacía más pesado.

—No quiero hacerlo.

Simeón dio un paso hacia él.

—No te estoy preguntando si quieres.

—Ya dije que no.

—Entonces recuerda quiénes son los hombres con los que has estado trabajando.

—No necesito que me amenaces.

—No es una amenaza. Es una advertencia.

—Es lo mismo.

Simeón sonrió de una manera que Asael no había visto antes.

—Todavía crees que puedes decidir cuándo termina todo esto.

Aquella frase lo siguió hasta su casa. Durante toda la noche no consiguió dormir. Pensó en lo que había dicho Simeón, en lo que Tamar le había pedido, en la mirada de Noemí y en las palabras de Mara. La lucha que llevaba dentro ya no era entre pobreza y riqueza, ni entre debilidad y fuerza, sino entre dos hombres que comenzaban a disputarse el mismo cuerpo: el muchacho que todavía recordaba las enseñanzas de su padre y el hombre que había aprendido a vivir del miedo. Asael comprendió que no podía mantener ambas vidas para siempre. Una tendría que desaparecer.

Al amanecer salió de la casa y caminó hacia el lugar donde había quedado de encontrarse con Simeón. No llevaba armas visibles, pero sabía que aquella noche podía cambiarlo todo. Mientras avanzaba, pasó frente al taller de Tamar y la vio desde lejos. Ella estaba en la puerta hablando con alguien de su familia. Asael se detuvo durante unos segundos, pero no se acercó. Tamar levantó la mirada como si hubiera sentido su presencia y sus ojos se encontraron. Él quiso regresar, pero siguió caminando.

No sabía todavía que aquella decisión, aparentemente pequeña, iba a convertirse en una de las últimas oportunidades que tendría para abandonar el camino antes de que el camino comenzara a decidir por él. No sabía que el dinero que buscaba aquella noche no sería simplemente otra ganancia, sino el comienzo de una cadena de acontecimientos que cambiaría para siempre su relación con Tamar, con su familia y consigo mismo. Tampoco sabía que, mientras él caminaba detrás de Simeón hacia un futuro que imaginaba poder controlar, la vida estaba preparando para él pérdidas que no podrían compensarse con ninguna cantidad de monedas, y que algún día, muchos años después, cuando estuviera clavado a una cruz y ya no le quedara nada que ofrecer a nadie, recordaría aquella mañana en que todavía podía haber regresado y comprendería que algunas decisiones no se vuelven definitivas en el momento en que las tomamos, sino cuando dejamos pasar todas las oportunidades que nos fueron dadas para cambiarlas.

Aquella noche, cuando el sol desapareció detrás de las colinas y el camino quedó cubierto por una oscuridad espesa, Asael caminó junto a Simeón sin hablar. Llevaba dentro el recuerdo de Tamar, la voz de Mara, el rostro de Noemí y las palabras de su padre, pero también llevaba la determinación de quien ha convencido a su conciencia de que después tendrá tiempo para arreglar las cosas. Y mientras los dos hombres avanzaban hacia el lugar donde esperaría la caravana, Asael todavía no sabía que aquella sería la última vez que podría decirse a sí mismo, con cierta honestidad, que todo aquello tenía solución.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

La noche había caído completamente cuando Asael y Simeón llegaron al lugar que habían escogido para esperar la caravana, una zona estrecha del camino donde las colinas se acercaban tanto que los carros debían reducir la marcha y donde algunos árboles bajos, deformados por el viento, permitían esconderse sin quedar demasiado lejos de la ruta. Habían pasado horas desde que Asael había dejado atrás el taller de Tamar y, aunque había intentado convencerse de que su decisión era definitiva, cada paso que daba parecía llevarlo más lejos de la tranquilidad que había sentido aquella tarde. Simeón, en cambio, avanzaba con la seguridad de quien había realizado aquella clase de trabajo muchas veces y conocía el camino, la oscuridad y hasta los silencios de la noche. Había otros hombres esperándolos, entre ellos Baruc, que había llegado poco antes con información sobre la ruta. Asael los reconoció a todos, aunque apenas intercambió unas palabras con ellos. Se acomodaron detrás de unas rocas y esperaron. El viento levantaba polvo seco y lo llevaba de un lado a otro, y de vez en cuando se escuchaba el ruido distante de algún animal o el crujido de una rama. Asael mantenía las manos juntas para evitar que los demás notaran cuánto le temblaban los dedos. Había participado en otros robos, pero nunca había sentido aquella mezcla de miedo y resistencia interior. Sabía que aquella caravana llevaba dinero, pero también sabía que los hombres que viajaban con ella probablemente lucharían para defenderlo. Por primera vez comprendió con absoluta claridad que no estaban preparando simplemente un robo, sino una situación en la que cualquier movimiento podía convertirse en una muerte.

Simeón se acercó a él y habló en voz baja.

—Cuando lleguen, no te adelantes. Espera mi señal.

Asael asintió.

—¿Y si se resisten?

—Haz lo necesario.

—¿Qué significa eso?

Simeón lo miró fijamente.

—Significa que no permitas que te maten.

Aquella respuesta no tranquilizó a Asael. Al contrario, hizo que el peligro adquiriera una forma concreta. Hasta entonces había intentado pensar en aquella noche como una repetición de las anteriores, pero las palabras de Simeón habían eliminado cualquier posibilidad de engaño. Había hombres armados, una caravana, dinero y una decisión que tendría que tomarse en segundos. Asael recordó el rostro de Tamar y por un instante deseó levantarse, abandonar el lugar y regresar al pueblo, aunque sabía que ya no podía hacerlo sin enfrentarse a Simeón y a los demás. Entonces escuchó el sonido lejano de ruedas sobre piedra. Los hombres dejaron de hablar. Baruc levantó una mano y todos permanecieron inmóviles. El ruido se hizo más claro poco a poco, acompañado por el resoplido de los animales y por voces que llegaban distorsionadas desde la distancia. Asael sintió que su respiración se aceleraba. Cerró los ojos durante un instante y recordó a su padre.

Joram solía decirle que el miedo no siempre era cobardía, porque algunas veces el miedo era la forma que tenía el corazón de advertirle a un hombre que estaba a punto de entrar en un lugar del que quizá no podría salir igual. Asael había olvidado muchas de las enseñanzas de su padre, pero aquella regresó con una claridad dolorosa. Abrió los ojos y vio las sombras de los primeros animales acercándose por el camino. La caravana estaba llegando. Había tres carros y varios hombres a pie. Simeón hizo una señal y todos se prepararon. Asael apretó la mandíbula y sintió que el cuerpo comenzaba a moverse antes de que su voluntad pudiera detenerlo. Un hombre salió de detrás de las rocas y se colocó en medio del camino. Otro hizo lo mismo unos metros más adelante. Los animales se detuvieron bruscamente y uno de los conductores gritó sorprendido. Durante unos segundos nadie entendió exactamente qué estaba ocurriendo. Entonces Simeón apareció con el arma en la mano.

—¡Detengan los carros y nadie saldrá herido!

El hombre que estaba delante del primer carro levantó las manos.

—¡No tenemos nada para ustedes!

—Baja del carro.

—¡No!

Simeón avanzó.

—He dicho que bajes.

Uno de los escoltas llevó la mano hacia el arma que llevaba al costado. Asael lo vio y gritó antes de pensar.

—¡No lo hagas!

El hombre se detuvo durante una fracción de segundo, pero otro de los asaltantes se abalanzó sobre él. El camino se convirtió inmediatamente en un caos de gritos, animales asustados y hombres corriendo en distintas direcciones. Uno de los caballos se encabritó y golpeó con las patas el aire. Un carro comenzó a desplazarse hacia un costado. Baruc intentó detenerlo mientras Simeón luchaba con uno de los escoltas. Asael quedó frente a otro hombre que llevaba una espada corta. Durante un instante se miraron. El hombre parecía tan asustado como él, pero el miedo no tardó en convertirse en violencia. Se lanzó hacia Asael y este levantó el brazo para protegerse. Sintió el golpe, retrocedió y reaccionó de manera instintiva, sacando el cuchillo.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Asael golpeó.

El hombre cayó.

Y durante unos segundos el mundo pareció quedarse inmóvil.

Asael miró el cuchillo y luego al hombre que estaba tendido en el suelo. Había sangre. Mucha más de la que había imaginado posible por una herida que había producido en apenas un instante. El hombre intentó incorporarse, pero no pudo. Asael retrocedió con el rostro desencajado.

—¡Asael!

La voz de Simeón lo devolvió al presente.

—¡Toma la bolsa!

Asael miró hacia el carro. Una de las puertas estaba abierta y había varias bolsas en el interior. Corrió hacia allí porque necesitaba hacer algo, cualquier cosa que le permitiera apartar los ojos del hombre herido. Encontró una bolsa pesada y la tomó. Cuando regresó, la lucha había terminado. Dos de los escoltas habían huido y los otros estaban heridos. Simeón gritaba órdenes mientras los demás recogían lo que podían. Baruc pasó junto a Asael y lo golpeó en el hombro.

—¡Nos vamos!

Asael miró nuevamente hacia el hombre que había herido.

—Tenemos que ayudarlo.

Simeón se acercó.

—No tenemos tiempo.

—Está vivo.

—Entonces que tenga suerte.

—No podemos dejarlo así.

Simeón lo agarró por el brazo.

—¡Nos vamos ahora!

Asael se resistió.

—No.

Simeón lo empujó.

—¡No seas estúpido!

Asael miró a su alrededor. Los animales estaban descontrolados, uno de los carros había quedado atravesado en el camino y la noche parecía haberse convertido en un lugar desconocido. Comprendió que si permanecía allí podía ser capturado y quizá ejecutado, pero la idea de marcharse dejando atrás al hombre le resultaba insoportable. Se agachó junto a él. El hombre abrió los ojos y lo miró.

—Ayúdame.

Aquellas dos palabras atravesaron a Asael.

No supo qué responder. Le temblaban las manos.

—Lo siento.

El hombre respiró con dificultad.

—No… me dejes.

Asael quiso levantarlo, pero Simeón volvió a gritar desde la oscuridad.

—¡Asael!

Esta vez obedeció.

Se incorporó y corrió detrás de los demás.

No habló durante el regreso. Nadie le preguntó qué había ocurrido porque todos habían visto la escena. Baruc caminaba unos pasos delante de él y Simeón llevaba la bolsa de dinero. El grupo se separó cuando llegaron a un lugar acordado. Cada hombre tomó una dirección distinta para evitar que pudieran ser encontrados juntos. Asael caminó solo durante varias horas. La sangre del hombre seguía en su cuchillo. Intentó limpiarlo con un pedazo de tela, pero cuanto más frotaba, más convencido estaba de que aquella mancha no desaparecería. Finalmente arrojó la tela al suelo y siguió caminando. El cielo comenzaba a aclararse cuando llegó cerca del pueblo. No entró inmediatamente. Se sentó junto a un muro y permaneció allí hasta que escuchó las primeras voces de los comerciantes que comenzaban a abrir sus puestos. Tenía el cuerpo agotado, pero no sentía cansancio. Solo veía el rostro del hombre.

«Ayúdame».

Aquellas palabras se repetían en su mente.

Cuando finalmente regresó a casa, Mara estaba despierta. Se encontraba preparando algo para comer y levantó la mirada al verlo entrar. Asael intentó caminar directamente hacia su habitación, pero ella se dio cuenta de que algo estaba mal.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—Mírame.

Asael obedeció.

Mara palideció.

—Estás herido.

—No es nada.

—¿De quién es esa sangre?

Asael miró su ropa.

—No lo sé.

Mara se acercó.

—Asael.

Él apartó la mirada.

—No preguntes.

—¿Qué hiciste?

—No quiero hablar.

—Entonces yo voy a preguntarte hasta que me digas la verdad.

Asael cerró los ojos.

—Hice algo que no debía.

Mara permaneció inmóvil.

—¿Robaste?

Él no respondió.

—¿Heriste a alguien?

Asael levantó la cabeza.

—Fue en defensa propia.

Mara lo miró durante largo rato.

—¿Está vivo?

Asael recordó al hombre.

—No lo sé.

Mara retrocedió lentamente.

—¿No lo sabes?

—Me fui.

—¿Lo dejaste allí?

—No podía quedarme.

—¿Por qué?

—Porque nos habrían atrapado.

Mara se llevó una mano al rostro.

—Dios mío.

Asael sintió una mezcla de vergüenza y enojo.

—No reces por mí.

—No eres tú quien decide si voy a hacerlo.

—No quiero que me mires así.

—¿Cómo quieres que te mire?

—Como a tu hijo.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Mara.

—Eso es precisamente lo que estoy haciendo.

Aquella respuesta lo quebró. Durante unos segundos estuvo a punto de arrodillarse y confesarlo todo, pero el miedo volvió a imponerse. Le contó una versión incompleta, dijo que había participado en un robo, que un hombre había intentado atacarlo y que había reaccionado. Mara no lo interrumpió. Cuando terminó, ella se acercó y puso una mano sobre su rostro.

—Tu padre te enseñó a trabajar con las manos para construir, no para destruir.

Asael cerró los ojos.

—No quería que ocurriera.

—Pero ocurrió.

—Sí.

—Y ahora tendrás que vivir con ello.

Aquella frase se convirtió en una carga que Asael llevaría durante mucho tiempo. No había reproche en la voz de Mara, y precisamente por eso resultaba más difícil soportarla. Si ella lo hubiera insultado, quizá habría podido responder con rabia; si lo hubiera expulsado de la casa, habría podido convencerse de que nadie lo comprendía. Pero Mara simplemente estaba allí, delante de él, mirando al hombre en que se estaba convirtiendo.

Los días siguientes fueron extraños. Simeón distribuyó el dinero y Asael recibió una cantidad mayor de la que había ganado en los robos anteriores. La bolsa que llevaba a casa podía haber sido motivo de alegría, pero Asael no sentía nada. Guardó las monedas en un lugar oculto y evitó mirar a Mara cuando ella le preguntó de dónde habían salido. Noemí notó que su hermano estaba diferente, pero esta vez no hizo preguntas. Tamar, en cambio, sí.

Asael fue al taller varios días después. Tamar lo vio entrar y supo inmediatamente que algo había ocurrido.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No vuelvas a decirme eso.

Asael se quedó en silencio.

—Te conozco.

—No tanto como crees.

—Quizá no, pero sé cuándo estás intentando esconder algo.

Él se sentó.

—Hubo un problema.

—¿Con quién?

—Con unos hombres.

—¿Estás herido?

—No.

—Entonces dime qué pasó.

Asael bajó la mirada.

—Un hombre salió herido.

Tamar dejó la tela que tenía entre las manos.

—¿Por tu culpa?

Asael tardó demasiado en responder.

—Sí.

Tamar se quedó inmóvil.

—¿Murió?

—No lo sé.

—¿Y lo dejaste?

—No podía quedarme.

—¿Por qué?

—Porque me habrían capturado.

—¿Y qué habría pasado si te capturaban?

—Me habrían matado.

Tamar cerró los ojos.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

—No sé.

—Asael, esto no puede seguir.

—Lo sé.

—Entonces termina.

—No es tan sencillo.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

—No, porque tienes miedo.

Asael levantó la mirada.

—Sí.

Tamar se acercó.

—Entonces ten miedo y hazlo de todas formas.

Él quiso abrazarla, pero no se atrevió. Permanecieron en silencio durante varios momentos.

—Yo no quiero perderte —dijo finalmente.

Tamar lo miró con lágrimas en los ojos.

—Entonces deja de caminar hacia un lugar donde yo no puedo acompañarte.

Aquella conversación no terminó con una decisión. Asael salió del taller sabiendo que Tamar tenía razón, pero también sabiendo que el miedo seguía siendo más fuerte que su voluntad. Simeón conocía su debilidad y la utilizaba. Había otros hombres que sabían demasiado. Si Asael intentaba retirarse, podía convertirse en un enemigo. Además, el dinero ya había cambiado las expectativas de su familia. Habían comprado alimentos, reparado parte del techo y pagado una deuda pendiente. Asael podía decirse que todo aquello había sido por ellas, pero en el fondo sabía que también había empezado a disfrutar del poder que el dinero le proporcionaba.

Con el paso de las semanas, la historia del asalto se convirtió en un rumor. Se decía que un grupo de hombres había atacado una caravana, que uno de los escoltas había muerto y que las autoridades buscaban a los responsables. Asael escuchó la noticia en el mercado y sintió un frío que le recorrió el cuerpo. Nadie sabía que él había estado allí, pero cada vez que un soldado romano pasaba cerca, su corazón comenzaba a latir con fuerza. Simeón le aseguró que no había motivos para preocuparse.

—No te encontraron.

—Todavía.

—No te encontraron y eso es lo que importa.

—¿Y el hombre?

Simeón lo miró con indiferencia.

—Murió.

Asael sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque uno de los hombres que estaba allí regresó después.

—¿Sufrió?

Simeón se encogió de hombros.

—Todos sufrimos.

Asael se apartó.

—No vuelvas a hablarme así.

—¿Así cómo?

—Como si no importara.

Simeón sonrió.

—Eso es porque tú todavía crees que importa.

Aquella noche Asael no pudo dormir. Salió de la casa y caminó hasta las afueras del pueblo. Miró el cielo durante mucho tiempo. Recordó las oraciones de su madre y sintió una necesidad que no había experimentado desde la muerte de su padre. No sabía cómo hablar con Dios después de todo lo que había hecho. Había escuchado a Mara orar durante años y sabía algunas palabras, pero ahora ninguna parecía suficiente. Finalmente se sentó sobre una piedra y habló en voz baja, no como quien reza una oración aprendida, sino como quien confiesa una derrota.

—Si estás ahí, Dios, yo no sé qué hacer.

Permaneció en silencio.

—No sé si todavía puedes escucharme.

El viento pasó entre las ramas.

—No sé si merezco que me escuches.

No recibió respuesta.

—Pero no sé a quién más hablarle.

Asael bajó la cabeza. Durante unos minutos permaneció allí, sin pedir dinero, protección ni éxito. Solo permaneció sentado con el peso de lo que había hecho. Cuando regresó a casa, Mara estaba despierta.

—¿Dónde estabas?

—Afuera.

—¿Hablaste con Dios?

Asael se quedó quieto.

—¿Cómo sabes?

—Porque yo también tuve noches en las que no sabía qué decirle.

Él se sentó frente a ella.

—¿Y qué hiciste?

Mara respondió después de unos segundos.

—Le dije la verdad.

Asael sintió que aquellas palabras se parecían demasiado a las que Tamar le había dicho.

—¿Y si la verdad es demasiado terrible?

—Entonces sigue siendo verdad.

—¿Y si no hay perdón?

Mara lo miró con una ternura dolorosa.

—Eso no te corresponde decidirlo a ti.

Asael bajó los ojos.

—Tengo miedo.

Mara tomó su mano.

—Lo sé.

—No quiero convertirme en un hombre malo.

—Entonces no dejes de luchar contra aquello que te está convirtiendo en él.

—¿Y si ya es demasiado tarde?

Mara apretó su mano.

—Mientras puedas reconocer el camino de regreso, no está todo perdido.

Aquella conversación no solucionó nada, pero dejó en Asael una pequeña luz que no supo explicar. Durante los días siguientes intentó alejarse de Simeón. Buscó trabajo en un mercado, ayudó a un hombre a reparar un carro y pasó varias jornadas transportando mercancías de manera honesta. Por un momento creyó que podía volver a empezar. Tamar lo recibió con una alegría cautelosa y Mara parecía respirar con más tranquilidad. Pero la vida que había comenzado no era fácil. El dinero era escaso y las deudas seguían allí. Además, Simeón no estaba dispuesto a dejarlo marchar.

Una tarde lo encontró cerca del mercado.

—Necesito hablar contigo.

—No.

—No te estoy preguntando.

Asael siguió caminando.

Simeón lo alcanzó.

—Crees que puedes desaparecer después de lo que sabes.

—No quiero saber nada más.

—Pero ya sabes demasiado.

—Entonces haz lo que quieras.

Simeón lo sujetó por el brazo.

—Escúchame bien. La próxima vez que te llame, vas a venir.

Asael se soltó.

—No.

Simeón se acercó.

—Entonces tendrás que aprender qué ocurre cuando un hombre intenta abandonar una vida que no quiere dejarlo ir.

Asael se quedó inmóvil mientras Simeón se alejaba. En aquel momento comprendió que la puerta de regreso que había imaginado no estaba abierta como había pensado. Había cometido errores que no podían borrarse simplemente con la decisión de trabajar honestamente durante unas semanas. Había personas que sabían quién era, hombres que conocían sus actividades y autoridades que podían relacionarlo con el asalto. Si quería abandonar aquella vida, tendría que enfrentarse a las consecuencias. Y todavía no estaba preparado para hacerlo.

Tamar notó nuevamente el cambio cuando lo vio días después.

—Volvió a buscarte.

Asael asintió.

—Sí.

—¿Qué quiere?

—Que siga trabajando con ellos.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé.

Tamar respiró profundamente.

—Entonces yo sí sé lo que voy a hacer.

Asael la miró.

—¿Qué?

—Esperarte.

—No tienes que hacerlo.

—No voy a esperarte indefinidamente.

—Lo sé.

—Pero mientras tú luches por salir, yo estaré aquí.

Asael tomó su mano.

—No sé si puedo prometerte que voy a lograrlo.

—No te estoy pidiendo una promesa.

—¿Qué me estás pidiendo?

—Que no dejes de intentarlo.

Asael la abrazó entonces, y por primera vez en mucho tiempo permitió que las lágrimas aparecieran sin esconderlas. Tamar lo sostuvo en silencio. Afuera, el pueblo continuaba con su vida cotidiana, ajeno a aquella lucha que parecía ocupar todo el mundo de Asael. Él todavía no sabía que aquella mujer sería una de las pocas personas que seguirían creyendo que podía cambiar cuando otros ya lo considerarían perdido. Tampoco sabía cuánto dolor terminaría causando y cuánto dolor tendría que soportar antes de comprender completamente el significado de las palabras que Mara le había dicho aquella noche.

Durante un tiempo logró mantenerse alejado de los robos. Trabajó, ayudó en el mercado y comenzó a pensar seriamente en casarse con Tamar. No tenía grandes recursos, pero había descubierto que ella no necesitaba riquezas para imaginar una vida juntos. Una tarde caminaron hasta las afueras del pueblo y hablaron durante horas sobre una casa pequeña, sobre hijos, sobre trabajo y sobre la posibilidad de que Asael pudiera aprender un oficio estable. Él habló incluso de la posibilidad de construir carros como había hecho su padre, aunque nunca hubiera tenido la habilidad completa de Joram. Tamar sonrió.

—Podrías aprender.

—¿Crees que todavía puedo?

—Creo que puedes aprender cualquier cosa que estés dispuesto a aprender.

—He aprendido cosas que habría preferido no aprender.

—Entonces aprende otras.

Aquellas palabras parecieron abrirle un futuro. Asael comenzó a creer que podía recuperar una parte de sí mismo. Le pidió a Tamar que se casara con él y ella aceptó. No hubo una celebración grande, porque ninguna de las dos familias tenía dinero suficiente, pero hubo alegría. Mara lloró cuando escuchó la noticia y Noemí abrazó a su hermano con una felicidad que no había mostrado desde la muerte de Joram. Durante un tiempo, Asael creyó que finalmente había conseguido regresar.

Pero el pasado no había terminado con él.

Simeón volvió una noche, cuando Asael ya estaba comprometido con Tamar y comenzaba a construir una vida distinta. Llegó sin avisar y esperó cerca de la casa. Asael lo vio desde lejos y supo inmediatamente que aquella visita no era casual.

—¿Qué quieres?

Simeón respondió con una expresión fría.

—Un trabajo.

—No.

—Escúchame primero.

—Ya te escuché demasiadas veces.

—Esta vez es diferente.

—Siempre dices eso.

Simeón se acercó.

—Hay una caravana importante. Mucho dinero. Después de esto podrás retirarte.

Asael soltó una amarga sonrisa.

—Eso me dijiste la última vez.

—Esta vez es verdad.

—No.

—¿Quieres que vaya a hablar con Tamar?

Asael sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—No la metas en esto.

—Entonces no me obligues.

—No voy a hacerlo.

Simeón lo observó durante unos segundos.

—Piénsalo.

—No tengo que pensarlo.

Simeón comenzó a alejarse.

—Entonces prepárate.

Asael lo vio desaparecer en la oscuridad. Aquella noche comprendió que su pasado acababa de entrar nuevamente en su vida y que esta vez no bastaría con cerrar una puerta. El hombre que había querido dejar atrás seguía allí, esperando el momento de reclamar lo que creía que le pertenecía.

Y mientras Asael regresaba lentamente hacia la casa donde Tamar y su familia lo esperaban, llevando en el rostro una expresión que nadie supo interpretar, una certeza comenzó a crecer dentro de él: había creído que podía escapar de la oscuridad simplemente caminando hacia la luz, pero todavía no había comprendido que algunas sombras siguen a un hombre durante mucho tiempo, especialmente cuando nacieron de sus propias decisiones.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 5

 

Durante los días que siguieron a la visita de Simeón, Asael intentó comportarse como si nada hubiera ocurrido, pero descubrió que era imposible regresar a la tranquilidad que había conocido durante las semanas anteriores, porque ahora sabía que el pasado no había desaparecido y que bastaba con que un hombre apareciera en la oscuridad para recordarle que las decisiones tomadas años atrás todavía tenían poder sobre su presente. Tamar notó desde el primer momento que algo había cambiado en él, aunque Asael evitó hablar de la visita y se esforzó por mantener las conversaciones en asuntos cotidianos, como el trabajo, los preparativos de la boda y las pequeñas reparaciones que necesitaban hacer en la casa de Mara. Sin embargo, había algo en su manera de caminar, en la forma en que miraba hacia los caminos antes de entrar en el pueblo y en la costumbre reciente de permanecer despierto hasta muy tarde que no podía ocultarse. Tamar no insistió inmediatamente porque sabía que había ocasiones en las que una pregunta hecha demasiado pronto podía hacer que una persona se encerrara todavía más, pero durante aquellas noches comenzó a comprender que el hombre con quien había decidido casarse todavía estaba luchando contra una parte de su vida que ella no podía alcanzar. Asael, por su parte, se decía que podía resolverlo solo, que bastaría con rechazar a Simeón una vez más y mantenerse firme, pero en el fondo sabía que aquella no era la verdadera dificultad. El problema no consistía solamente en Simeón, sino en todo lo que Asael había hecho junto a él, en las personas que podían reconocerlo, en el dinero que había recibido, en el hombre cuya sangre había quedado sobre su cuchillo y en la posibilidad de que las autoridades terminaran descubriendo quién había participado en aquel asalto. Sobre todo, sabía que si Simeón decidía hablar, su vida entera podía quedar destruida antes de que siquiera hubiera comenzado la nueva etapa que tanto había deseado.

Una mañana, mientras ayudaba a reparar un carro en el mercado, Asael vio a dos soldados romanos entrar en la plaza acompañados por un hombre que llevaba una lista. No era extraño encontrar soldados en aquella zona, porque la presencia romana formaba parte de la vida cotidiana y los viajeros estaban acostumbrados a verlos vigilar los caminos, controlar mercancías o detener a quienes consideraban sospechosos, pero aquella mañana Asael sintió un miedo diferente. Los soldados caminaron lentamente entre los puestos y preguntaron por varias personas. El hombre de la lista mostró algunos nombres a los comerciantes y después continuó avanzando. Asael intentó concentrarse en el carro que tenía delante, pero sus manos habían comenzado a sudar. El dueño del carro, un hombre mayor que lo había contratado para ayudarlo durante varios días, notó su inquietud.

—¿Te pasa algo?

—No.

—Tienes la cara de alguien que ha visto un fantasma.

Asael intentó sonreír.

—No he dormido bien.

El hombre volvió a su trabajo sin hacer más preguntas, pero Asael comprendió que no podía permanecer allí. Se limpió las manos, recibió una pequeña cantidad por el trabajo realizado y abandonó el mercado por una calle secundaria. Caminó deprisa hasta que estuvo lejos de los soldados y entonces se detuvo junto a una pared. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que tuvo que respirar lentamente para recuperar el control. No sabía si lo estaban buscando, pero ya no podía vivir con la duda. Había pasado demasiado tiempo creyendo que mientras nadie pronunciara su nombre todo estaría bien. Ahora comprendía que el peligro podía aparecer en cualquier momento y que su vida dependía de circunstancias que él no controlaba. Aquella tarde fue a buscar a Simeón.

Lo encontró en un lugar apartado, junto a un grupo de hombres que hablaban en voz baja. Simeón levantó la mirada cuando Asael se acercó y supo inmediatamente que había cambiado de opinión, aunque no de la manera que esperaba.

—¿Qué quieres?

—Necesito saber si están preguntando por nosotros.

Simeón sonrió.

—Por nosotros siempre preguntan.

—No estoy jugando.

—Yo tampoco.

—Vi soldados con una lista.

—Los soldados siempre tienen listas.

—¿Aparece mi nombre?

Simeón lo miró durante unos segundos antes de responder.

—Todavía no.

—¿Todavía?

—No sé qué quieres que te diga.

Asael se acercó.

—Quiero que me digas la verdad.

—La verdad es que deberías haber pensado en esto antes de empezar.

Aquella respuesta provocó la rabia de Asael.

—Tú me llevaste.

—Tú decidiste venir.

—Era un muchacho.

—Ya no lo eres.

—Y tú sabías exactamente lo que estabas haciendo.

Simeón se encogió de hombros.

—Todos sabíamos.

Asael quiso golpearlo, pero se contuvo.

—Quiero salir.

Simeón soltó una carcajada.

—Otra vez con lo mismo.

—Esta vez es diferente.

—¿Por qué?

—Voy a casarme.

Simeón lo miró con una mezcla de burla y desprecio.

—¿Y crees que una mujer puede borrar lo que hiciste?

—No.

—Entonces deja de hablar como un niño.

—Quiero vivir de otra manera.

—Vive como quieras, pero no esperes que nosotros olvidemos lo que sabes.

—No voy a hablar.

—Eso espero.

—No necesitas amenazarme.

—No te estoy amenazando.

Asael sostuvo su mirada.

—Sí lo estás haciendo.

Simeón se acercó hasta quedar muy cerca.

—Entonces escucha bien. Hay cosas que se pueden olvidar y cosas que no. Tú sabes demasiado sobre nosotros y nosotros sabemos demasiado sobre ti. Mientras todos sigamos entendiendo eso, no habrá problemas.

Asael regresó a casa con una sensación de derrota que no había experimentado desde la muerte de Joram. No le contó a Mara lo que había ocurrido, pero ella lo observó durante la cena y comprendió que algo grave estaba sucediendo. Noemí también lo miró varias veces, aunque permaneció callada. Cuando terminaron de comer y Noemí se retiró, Mara se quedó junto a él.

—¿Es Simeón?

Asael levantó la cabeza.

—¿Por qué preguntas?

—Porque cada vez que aparece ese hombre vuelves a ser el muchacho que regresaba a casa con miedo de que yo descubriera algo.

Asael bajó la mirada.

—No puedo librarme de él.

—Entonces tendrás que enfrentarlo.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Y si me denuncia?

—¿Qué tienes que temer si no hiciste nada?

Asael permaneció en silencio.

Mara comprendió la respuesta.

—Hijo, no puedes construir una vida nueva mientras sigues escondiendo la antigua.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—Podría perderlo todo.

—Quizá.

—Podrían matarme.

Mara respiró profundamente.

—No quiero perderte.

Asael levantó los ojos.

—Entonces dime qué hacer.

Mara no respondió inmediatamente. Se acercó y se sentó junto a él.

—Tu padre siempre decía que las consecuencias de una decisión no desaparecen porque uno tenga miedo de enfrentarlas.

—Él no tenía que enfrentarse a esto.

—No. Pero tuvo que enfrentarse a otras cosas.

—Y murió.

—Sí.

—No quiero terminar como él.

Mara tomó su mano.

—Entonces no vivas huyendo de aquello que sabes que está mal.

Aquella noche Asael pensó por primera vez seriamente en entregarse a las autoridades. La idea le producía terror, pero también había algo liberador en imaginar que ya no tendría que mirar por encima del hombro. Sin embargo, no sabía qué castigo recibiría. Había escuchado historias sobre hombres crucificados por delitos menores, sobre condenados que eran exhibidos públicamente para que todos aprendieran a temer a Roma. La crucifixión no era una amenaza abstracta para él. Había visto cuerpos en los caminos y sabía que un hombre podía tardar horas o incluso días en morir. Pensar que aquel podía ser su destino lo hizo retroceder. Se dijo que todavía había otra manera, que podía convencer a Simeón de dejarlo ir, que podía marcharse a otra región y comenzar de nuevo. La posibilidad de huir volvió a parecerle más sencilla que la de confesar.

Pero antes de que pudiera decidir, ocurrió algo que alteró su vida de una manera que no había previsto.

Tamar estaba embarazada.

La noticia llegó en una tarde tranquila, cuando ella lo llevó a caminar lejos del pueblo porque quería hablar con él sin que nadie los interrumpiera. Asael notó que estaba nerviosa, pero no imaginó el motivo. Cuando finalmente se lo dijo, permaneció en silencio durante varios segundos. Después la abrazó con una fuerza que la hizo reír entre lágrimas. Por primera vez desde la muerte de su padre, Asael sintió una felicidad completa, limpia, sin miedo. La idea de ser padre transformó algo dentro de él. Comenzó a imaginar al niño creciendo en una casa diferente de aquella en la que él había crecido, una casa donde no faltara comida, donde nadie tuviera que preocuparse por las deudas y donde un padre pudiera enseñar a su hijo que la vida no debía construirse sobre el temor. Aquella misma noche pensó en Joram y comprendió que quizá aquella era la oportunidad de hacer algo que nunca había podido hacer con él: convertirse en el hombre que su padre había querido que fuera.

—Quiero que nuestro hijo tenga una vida distinta.

Tamar lo miró.

—Entonces tendremos que dársela.

—Lo haré.

—No basta con decirlo.

—Lo sé.

—¿Qué vas a hacer con Simeón?

Asael bajó la mirada.

—No lo sé.

—Tienes que decidir.

—Lo haré.

—¿Cuándo?

Asael no respondió.

Tamar comprendió que la felicidad de aquel momento estaba acompañada por un peligro que ninguno de los dos podía ignorar. Sin embargo, no quiso destruir aquella esperanza. Se acercó a él y puso la mano sobre su pecho.

—Quiero creer que podemos hacerlo.

—Podemos.

—Entonces no vuelvas atrás.

Asael besó su frente.

—No lo haré.

Durante algunas semanas, Asael pareció realmente decidido a abandonar el crimen. Trabajó más horas, aceptó encargos de transporte y comenzó a ahorrar cada moneda. Habló con Mara sobre la posibilidad de ampliar la casa y consiguió que Noemí ayudara a reparar algunas partes del techo. Tamar preparó lentamente las cosas necesarias para el nacimiento. La vida parecía recuperar una forma sencilla y Asael empezó a pensar que quizá el pasado finalmente perdería su fuerza. Pero las deudas no habían desaparecido y la llegada de un hijo significaba nuevos gastos. El miedo económico comenzó a regresar. Cada vez que miraba las pocas monedas que había conseguido ahorrar, pensaba en cuánto necesitarían para mantener al niño. Cada vez que recordaba las palabras de Simeón, imaginaba que quizá un solo trabajo podía proporcionarles lo necesario durante mucho tiempo.

Simeón volvió cuando Asael se encontraba más vulnerable.

—Me dijeron que vas a ser padre.

Asael sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién te lo dijo?

—La gente habla.

—Aléjate de mi familia.

—No he hecho nada.

—Pero podrías hacerlo.

Simeón sonrió.

—Necesitas dinero.

—Estoy trabajando.

—No suficiente.

—No es asunto tuyo.

—Claro que lo es. Si tienes una familia, tendrás más necesidades.

—No voy a robar.

—No te estoy pidiendo que robes.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Un último trabajo.

Asael negó con la cabeza.

—No.

—Piénsalo.

—Ya lo hice.

Simeón dio un paso atrás.

—No sabes lo que estás rechazando.

—Sí lo sé.

—Dinero suficiente para que tu hijo crezca sin hambre.

Asael apretó los puños.

—No uses a mi hijo.

—No lo estoy usando. Te estoy mostrando la realidad.

—La realidad es que quiero que mi hijo tenga un padre.

—Entonces asegúrate de que ese padre tenga dinero.

Simeón se marchó y Asael quedó solo. Aquella conversación fue el comienzo de una nueva lucha. El deseo de proteger a su hijo era más fuerte que cualquier deseo que hubiera tenido antes. Tamar comenzó a notar que Asael estaba nuevamente inquieto, pero él evitó contarle la visita de Simeón porque temía que ella le pidiera algo que no sabía si podía cumplir: cortar definitivamente con aquella vida.

Una noche, mientras estaban sentados juntos, Tamar habló de su futuro.

—He pensado en cómo podríamos llamar al niño.

Asael sonrió.

—Todavía falta.

—No tanto.

—¿Y qué nombres has pensado?

Tamar mencionó varios, pero Asael apenas escuchó. Estaba pensando en el dinero, en Simeón y en las amenazas que podían surgir si seguía negándose. Tamar se dio cuenta.

—No estás aquí.

—Sí estoy.

—Tu cuerpo sí.

Asael intentó sonreír.

—Estoy preocupado.

—¿Por el dinero?

—Por todo.

—¿Simeón volvió?

Asael guardó silencio.

—Volvió.

—Sí.

—¿Qué quiere?

—Lo de siempre.

—Asael.

—No voy a hacerlo.

Tamar lo miró con atención.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces dime la verdad aunque tengas miedo.

Asael cerró los ojos.

—Me ofreció dinero.

—¿Mucho?

—Sí.

—¿Y pensaste en aceptarlo?

Él tardó en responder.

—Sí.

Tamar apartó la mirada.

—Eso es lo que más me duele.

—No lo hice.

—Todavía.

—No quiero hacerlo.

—Pero estás pensando que nuestro hijo podría necesitar ese dinero.

—Quiero protegerlo.

—Y yo quiero que tenga un padre que pueda mirarlo sin vergüenza.

Asael sintió una punzada profunda.

—No sabes cuánto quiero eso.

—Entonces hazlo.

Él tomó las manos de Tamar.

—Voy a hacerlo.

—¿Cómo?

Asael no respondió.

Tamar retiró lentamente sus manos.

—Ese es el problema, Asael. Siempre quieres hacerlo, pero todavía estás buscando una forma que no te obligue a pagar el precio.

Aquella noche discutieron por primera vez de manera seria. No hubo gritos, porque ambos estaban demasiado heridos para levantar la voz, pero las palabras fueron más duras que cualquier grito. Tamar le dijo que no podía construir una familia mientras siguiera viviendo con secretos. Asael le respondió que ella no comprendía lo que significaba sentirse responsable de todos. Ella le recordó que también estaba embarazada y que no podía proteger al niño viviendo con miedo. Cuando finalmente se separaron, ninguno sabía qué decir.

Durante los días siguientes apenas se vieron. Asael trabajó más, intentando convencerse de que podía solucionar todo con esfuerzo. Sin embargo, el dinero seguía siendo insuficiente. El niño nació antes de lo esperado, en una noche difícil, y aunque al principio parecía saludable, comenzó a debilitarse durante las semanas siguientes. Los médicos y quienes tenían experiencia en esas cosas hicieron todo lo posible, pero la criatura no tenía fuerzas suficientes. Asael permaneció junto a Tamar durante horas, sosteniendo al pequeño entre sus brazos y rogando a Dios por primera vez de una manera que no le permitía esconder nada.

—No te lo lleves.

Tamar lloraba en silencio.

—No te lo lleves —repitió Asael.

No sabía a quién hablaba exactamente, pero las palabras salían de él con desesperación.

El niño murió siendo todavía muy pequeño.

La pérdida destruyó algo en Asael que ni siquiera el miedo había conseguido tocar. Durante días permaneció casi sin hablar. Tamar se encerró en su propio dolor y ambos dejaron de saber cómo acercarse. No se culpaban directamente, pero cada uno cargaba con pensamientos que no sabía expresar. Asael pensaba que quizá el dinero habría permitido mejores cuidados, que tal vez si hubiera aceptado el trabajo de Simeón habría podido pagar a alguien con más experiencia, comprar medicamentos o trasladarlos a otro lugar. Tamar sabía que aquella idea era injusta, pero también estaba demasiado herida para discutirla.

Una tarde, mientras estaban sentados en silencio, Asael habló.

—Voy a aceptar.

Tamar levantó la mirada.

—¿Qué?

—El trabajo.

—No.

—Necesito dinero.

—No necesitamos eso.

—Necesito hacer algo.

—No vas a recuperar a nuestro hijo robando.

Asael se levantó.

—No quiero recuperarlo.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero que nunca vuelva a pasar.

Tamar comenzó a llorar.

—No puedes controlar eso.

—Tengo que intentarlo.

—No puedes protegernos de todo.

—Entonces no sé para qué sirvo.

Tamar se acercó a él.

—Sirves para quedarte.

Asael negó con la cabeza.

—No sé cómo.

—Entonces aprende.

Él la miró, pero esta vez no respondió. Había una distancia entre ellos que no podía salvarse con palabras. Tamar terminó marchándose durante un tiempo a casa de unos familiares, porque ambos necesitaban estar separados para soportar el duelo. Asael interpretó aquella partida como un abandono, aunque en realidad Tamar también estaba intentando sobrevivir al dolor.

Fue entonces cuando aceptó definitivamente la propuesta de Simeón.

El trabajo fue más grande que cualquiera de los anteriores. Asael ya no tenía la ingenuidad de sus primeros años y sabía exactamente lo que podía ocurrir, pero la muerte de su hijo había dejado en él una especie de vacío que reducía el miedo. Participó en robos, transporte de mercancías ilegales y ataques contra hombres que viajaban por caminos secundarios. El dinero comenzó a llegar con más frecuencia. Asael dejó de preguntarse de dónde venía. Si alguna vez sentía remordimiento, lo enterraba bajo otra tarea. Si recordaba a Tamar, pensaba que algún día volvería con suficiente dinero para comenzar de nuevo. Si pensaba en su hijo, se convencía de que estaba haciendo todo aquello para evitar otra pérdida.

Pero las pérdidas no terminaron.

Mara envejeció rápidamente después de la muerte de su nieto. La tristeza se instaló en la casa y Asael comenzó a pasar menos tiempo allí. Noemí se casó con un hombre de otra población y se marchó, dejando a Mara prácticamente sola. Antes de irse, abrazó a su hermano durante mucho tiempo.

—No quiero perderte también.

Asael cerró los ojos.

—No me vas a perder.

—Entonces vuelve.

—Volveré.

—No me digas lo que quiero escuchar. Dime la verdad.

Asael no pudo responder.

Noemí se apartó y lo miró con lágrimas en los ojos.

—Todavía puedes volver.

Él asintió, aunque en su interior sabía que cada vez estaba más lejos.

Después de la partida de Noemí, Mara enfermó. Asael intentó estar con ella, pero sus actividades lo mantenían lejos durante largos períodos. Cuando finalmente regresó de uno de sus viajes, encontró la casa demasiado silenciosa. Mara estaba acostada y apenas tenía fuerzas para hablar. Asael se sentó junto a ella.

—Perdóname.

Mara abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Por no haber estado aquí.

Ella sonrió débilmente.

—Siempre pensaste que cuidar de nosotros significaba traernos cosas.

Asael sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

—Quería que no nos faltara nada.

—Nos faltó una cosa.

—¿Qué?

—Tú.

Asael tomó su mano.

—Estoy aquí.

—Ahora sí.

Mara murió pocos días después.

Asael quedó solo.

La muerte de su madre terminó de quebrar el último vínculo con la vida que había conocido de niño. La casa estaba llena de recuerdos, pero ninguno podía hablarle. Las herramientas de Joram seguían guardadas en un rincón. Una prenda de Mara permanecía sobre una silla. Había objetos pequeños de Noemí y algunos recuerdos de Tamar. Asael caminó por las habitaciones y comprendió que había conseguido aquello que tanto había deseado años atrás: dinero, respeto y la capacidad de inspirar miedo. Y, sin embargo, no tenía a nadie con quien compartirlos.

Tamar regresó una última vez.

Se encontraron cerca del lugar donde habían hablado tantas veces durante su juventud.

—Me voy.

Asael bajó la mirada.

—Lo sé.

—No puedo seguir esperando.

—Lo sé.

—No te odio.

Él levantó los ojos.

—Ojalá lo hicieras.

—¿Por qué?

—Porque sería más fácil.

Tamar negó lentamente.

—No quiero odiarte.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero recordar al muchacho que eras antes de que decidieras que el mundo solo podía entenderse con violencia.

Asael sintió que las lágrimas aparecían.

—Yo también lo recuerdo.

—Entonces búscalo.

Ella se marchó.

Asael no la siguió.

Aquella fue la última vez que la vio durante muchos años.

Desde entonces, su nombre comenzó a circular por los caminos. Ya no era solamente el muchacho que había aprendido de Simeón. Se había convertido en un hombre conocido entre quienes vivían de los robos y el contrabando. Algunos lo respetaban porque era decidido y no huía fácilmente de una pelea. Otros le temían porque sabían que había aprendido a usar la violencia. Él aceptaba aquel respeto porque le parecía mejor que volver a sentirse débil. Sin embargo, cada vez que regresaba a un lugar donde nadie lo conocía, descubría que el miedo que provocaba en otros no llenaba el vacío que llevaba dentro.

Fue en aquella etapa de su vida cuando comenzó a escuchar con más frecuencia historias sobre un hombre llamado Jesús de Nazaret.

Los relatos llegaban deformados por las voces de quienes los contaban. Algunos hablaban de milagros, otros de un profeta, otros de alguien que se acercaba a personas que todos evitaban. Asael escuchó una historia sobre un hombre enfermo al que Jesús había tocado cuando nadie más quería acercarse. En otra ocasión oyó decir que había hablado de amar a los enemigos. Aquella idea le pareció absurda.

—¿Amar a los enemigos? —preguntó.

Un viajero respondió:

—Eso dicen.

Asael soltó una risa amarga.

—Entonces no conoce a mis enemigos.

El viajero lo miró.

—Quizá conoce los suyos.

Asael no respondió.

Durante meses siguió escuchando noticias sobre Jesús. No lo buscó, pero las palabras comenzaron a acumularse dentro de él. Perdón. Misericordia. Reino de Dios. Pecadores. Pobres. Enfermos. Personas que podían comenzar de nuevo. Asael no sabía qué pensar. Había pasado demasiado tiempo creyendo que algunos hombres quedaban definidos para siempre por sus actos. La idea de que alguien pudiera mirar a una persona culpable y ofrecerle otra oportunidad le resultaba difícil de aceptar.

Una noche, mientras descansaba después de un largo viaje, recordó la conversación que había tenido con Mara años atrás.

«Mientras puedas reconocer el camino de regreso, no está todo perdido».

No sabía por qué aquellas palabras regresaban ahora.

Tal vez porque, aunque Asael todavía no lo comprendía, algo dentro de él comenzaba a cansarse de huir.

Y mientras el mundo continuaba avanzando hacia los acontecimientos que cambiarían la historia de Judea, Asael siguió caminando por los caminos, cargando dinero que ya no sabía para qué quería, recuerdos que no podía olvidar y una culpa que todavía no sabía entregar a nadie, sin imaginar que el hombre del que había escuchado tantas veces terminaría cruzándose con su propia historia y que, cuando eso ocurriera, Asael ya no tendría ninguna de las cosas que había creído necesitar para vivir, porque para entonces habría perdido la familia, el amor, la casa, la confianza y casi toda esperanza, y solamente le quedaría una pregunta que todavía no sabía formular: si un hombre ha llegado tan lejos en el camino equivocado, ¿puede todavía encontrar un lugar donde regresar?

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

Durante los años que siguieron a la muerte de Mara, Asael dejó de medir el tiempo por las estaciones, por las cosechas o por las fiestas que reunían a las familias en las poblaciones de Judea, porque para él los años comenzaron a distinguirse únicamente por los caminos recorridos, los trabajos clandestinos realizados, las noches pasadas lejos de cualquier hogar y las personas que entraban y salían de su vida sin dejar más huella que un nombre que pronto se convertía en recuerdo. Había conseguido aquello que durante su juventud había imaginado que necesitaba para no volver a sentirse impotente: sabía manejar una espada, conocía rutas que otros desconocían, podía reconocer a un hombre peligroso antes de que este hablara y había aprendido a distinguir cuándo una autoridad romana estaba buscando delincuentes y cuándo simplemente realizaba una inspección rutinaria. También había conseguido dinero suficiente para no preocuparse diariamente por el alimento, pero aquella seguridad material no había conseguido devolverle ninguna de las cosas que había perdido. Tamar se había marchado, Noemí vivía lejos y Mara estaba muerta. Joram llevaba tantos años bajo tierra que Asael apenas podía recordar el sonido de su voz, y el pequeño hijo que había imaginado sostener durante muchos años había quedado reducido a unos pocos recuerdos que le dolían más cuanto más intentaba conservarlos. En ocasiones, cuando regresaba a algún lugar después de semanas de ausencia, encontraba que la habitación donde dormía parecía más extraña que familiar, porque ya no había nadie esperando su llegada ni nadie que le preguntara dónde había estado. Había conseguido una libertad que se parecía demasiado al abandono y una independencia que no era otra cosa que la ausencia de vínculos.

A pesar de todo, seguía trabajando con los mismos hombres y aceptando tareas que antes le habrían producido miedo. Simeón había dejado de ser simplemente el hombre que lo había introducido en aquella vida y se había convertido en una especie de socio cuya presencia era inevitable. Con el tiempo, Asael comenzó a tomar decisiones por su cuenta y a realizar trabajos sin consultar con él, porque ya no necesitaba que alguien le explicara cómo hacerlo. Aquello modificó la relación entre ambos. Simeón seguía tratándolo como al muchacho que había conocido años atrás, pero Asael ya no aceptaba órdenes con la misma facilidad. Había aprendido a desconfiar incluso de quienes compartían sus propios delitos y sabía que cualquier hombre capaz de traicionar a un comerciante por dinero podía traicionar también a un compañero si encontraba una razón suficiente. Baruc, que continuaba moviéndose entre grupos distintos, era uno de los pocos hombres con quienes Asael podía hablar sin necesidad de fingir, aunque incluso entre ellos la amistad estaba limitada por el tipo de vida que llevaban. Una noche, después de regresar de un trabajo en el que habían conseguido una cantidad considerable de dinero sin que nadie resultara herido, Baruc se sentó junto a Asael y permaneció un largo rato en silencio antes de hablar.

—¿Sabes qué es lo extraño de nosotros?

Asael lo miró.

—Hay demasiadas cosas extrañas.

—Que todavía hablamos de cuánto hemos ganado, pero nunca hablamos de cuánto hemos perdido.

Asael observó las monedas que tenía delante.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes.

—No empieces.

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste tranquilo?

Asael se quedó callado.

—¿Cuándo fue la última vez que regresaste a un lugar y alguien te estaba esperando?

Asael levantó la mirada.

—¿Quieres hablar de esto o quieres beber?

Baruc soltó una pequeña risa.

—Quiero beber, pero también quiero saber cuánto tiempo más piensas seguir así.

—Hasta que no tenga que hacerlo.

—¿Y cuándo será eso?

—No lo sé.

—Ese es el problema.

Asael no respondió. Baruc tampoco insistió. Habían aprendido que algunas conversaciones no podían resolverse con palabras. Sin embargo, aquella pregunta quedó rondando en la mente de Asael durante mucho tiempo. «¿Cuándo será eso?» No tenía respuesta. Había imaginado que el dinero sería suficiente para permitirle retirarse, pero cada vez necesitaba más. Los gastos, los viajes, las pérdidas, los sobornos y la propia vida clandestina habían convertido el dinero en algo que desaparecía tan rápidamente como llegaba. Además, había descubierto que abandonar aquella actividad no era simplemente dejar de trabajar. Significaba desaparecer de los caminos donde otros conocían su nombre, renunciar a una parte de su reputación y aceptar que los hombres que alguna vez habían sido sus compañeros podían convertirse en sus enemigos. La vida que había elegido se había convertido en una red cuyos hilos estaban atados a demasiadas personas.

Fue durante uno de esos viajes cuando Asael escuchó por primera vez una historia sobre Jesús que no pudo olvidar. Se encontraba en una pequeña población, sentado junto a varios viajeros que habían llegado desde Galilea. Uno de ellos hablaba con entusiasmo de un hombre que había sanado a un enfermo y que después había sido criticado por hacerlo en un día en que algunos consideraban que no debía realizarse ningún trabajo. Otro viajero intervino y contó que aquel hombre se acercaba a personas rechazadas por la sociedad y que no parecía tener miedo de tocar a quienes todos evitaban. Asael escuchó sin participar en la conversación. Al principio no prestó demasiada atención, pero cuando alguien mencionó que Jesús había hablado de perdonar incluso a los enemigos, algo en su interior reaccionó.

—¿Perdonar a los enemigos? —preguntó.

Uno de los viajeros asintió.

—Eso enseñaba.

Asael soltó una risa amarga.

—Es fácil hablar de perdón cuando no has perdido nada.

El hombre lo miró.

—¿Y quién te dijo que no ha perdido nada?

Asael no respondió.

Otro viajero intervino.

—Dicen que también habla de personas que están perdidas.

Aquella palabra le produjo una incomodidad extraña.

—¿Perdidas?

—Sí.

—¿Y qué dice de ellas?

—Que pueden volver.

Asael dejó de sonreír.

—¿Volver a dónde?

El viajero se encogió de hombros.

—A Dios, supongo.

Aquella conversación terminó poco después, pero las palabras permanecieron en su memoria. Durante los días siguientes Asael se sorprendió pensando en ellas mientras recorría los caminos. «Pueden volver». No sabía por qué esa idea le resultaba tan perturbadora. Había pasado años intentando convencer a todos, incluso a sí mismo, de que no necesitaba regresar a ninguna parte. Había construido su identidad sobre la idea de que el pasado estaba muerto y que el futuro dependía únicamente de su fuerza. Sin embargo, cuando escuchó que un hombre hablaba de regresar, una parte de él sintió algo parecido a la esperanza.

No buscó a Jesús. Todavía no.

La vida continuó.

Durante una de sus travesías conoció a hombres que hablaban de resistencia contra Roma y que veían en la violencia una forma de recuperar la libertad de Israel. Asael no se identificaba completamente con ellos, pero entendía su rabia. Había visto a los soldados romanos imponer impuestos, castigos y controles, y sabía que muchas familias sufrían bajo aquella dominación. Algunos de aquellos hombres hablaban de una rebelión futura y trataban de reclutar a quienes conocían bien los caminos. Asael escuchó sus propuestas, pero no se comprometió. Había aprendido que la violencia podía presentarse con muchos nombres y que, aunque algunos la justificaran como justicia, seguía dejando cuerpos detrás.

Uno de los hombres le habló una noche.

—Necesitamos hombres como tú.

—No sabes quién soy.

—Sé lo suficiente.

—¿Y qué sabes?

—Que no tienes miedo.

Asael sonrió.

—Eso es lo que todos creen.

—¿Y no es verdad?

—A veces el miedo es lo único que me queda.

El hombre lo observó con atención.

—Entonces tienes más en común con nosotros de lo que piensas.

Asael negó con la cabeza.

—Yo no lucho por una causa.

—Todos luchan por algo.

Asael pensó en Tamar, en su hijo muerto, en Mara y en la casa vacía. Quizá durante años había luchado únicamente contra su propia sensación de impotencia. No había buscado justicia para otros. Había buscado poder para sí mismo, aunque algunas veces hubiera utilizado la pobreza de los demás para justificar sus acciones. Aquella comprensión le resultó amarga. Por primera vez reconoció que no había sido un héroe rebelde ni un defensor de los débiles, como Simeón había querido hacerle creer cuando era joven. Había sido un hombre herido que había aprendido a herir.

La idea lo acompañó durante mucho tiempo.

En otra ocasión escuchó nuevamente hablar de Jesús. Esta vez la conversación fue distinta. Un hombre mayor relató que había visto a una multitud seguirlo y que, en lugar de buscar riquezas o autoridad, Jesús había hablado con ellos durante largo tiempo. Otro dijo que aquel hombre había dicho que los primeros serían últimos y que quienes querían ser grandes debían servir. Asael escuchaba en silencio, tratando de comprender qué clase de hombre podía decir cosas semejantes en un mundo donde la fuerza parecía ser la única manera de sobrevivir.

—¿Es un revolucionario? —preguntó.

—No como los que conocemos.

—Entonces, ¿qué quiere?

—Dicen que anuncia el reino de Dios.

—¿Y cómo piensa conseguirlo?

—No lo sé.

—¿Con armas?

El hombre negó.

—No.

Asael soltó una pequeña carcajada.

—Entonces no durará mucho.

El hombre lo miró.

—Quizá.

Aquella respuesta quedó en su mente.

No sabía todavía cuánto tiempo duraría Jesús, pero comenzó a notar que su nombre aparecía cada vez más en los caminos. Algunos hablaban de él con admiración, otros con desconfianza y otros con abierta hostilidad. Los religiosos discutían sobre sus palabras. Los enfermos lo buscaban. Los pobres lo seguían. Los poderosos parecían observarlo con creciente preocupación. Asael no tenía interés en convertirse en discípulo de nadie, pero sentía curiosidad. En el fondo, había algo en aquel hombre que le recordaba las palabras de su madre. No porque Jesús hablara exactamente como Mara, sino porque ambos parecían insistir en que la vida no se reducía a lo que uno podía tomar, poseer o defender.

Una tarde, mientras atravesaba una población, Asael vio una multitud reunida en una calle estrecha. Preguntó qué sucedía y alguien le dijo que Jesús había estado allí poco antes. Asael llegó demasiado tarde. Solo quedaban algunas personas hablando entre sí y un grupo de niños corriendo detrás de los adultos. Se quedó parado durante unos minutos mirando el camino por donde había desaparecido la multitud. No sabía por qué había esperado encontrar algo diferente. Quizá una señal, una respuesta o simplemente la oportunidad de ver con sus propios ojos al hombre de quien tanto había oído hablar. Pero no ocurrió nada.

—Llegaste tarde —le dijo un anciano que estaba cerca.

Asael lo miró.

—¿A qué?

—A verlo.

Asael sonrió.

—Eso parece.

El anciano continuó caminando.

—A veces uno llega tarde y todavía puede encontrar lo que buscaba.

Asael se quedó inmóvil.

No supo si el hombre había hablado de Jesús o simplemente de la vida.

Aquella noche recordó la frase varias veces. «Llegaste tarde». No sabía que algún día esas palabras tendrían un significado mucho más profundo para él.

Los meses pasaron. Asael siguió cometiendo delitos, aunque empezó a sentir una resistencia interna que antes no existía. Había ocasiones en que se negaba a participar en acciones especialmente violentas y otras en que advertía a un viajero de un peligro sin explicar por qué. Sus compañeros comenzaron a considerarlo extraño. Simeón lo enfrentó en una ocasión.

—Te estás ablandando.

—No.

—Sí.

—No voy a matar a un hombre por unas monedas.

—Antes no pensabas así.

—Antes era diferente.

—No. Antes eras más útil.

Asael se quedó mirándolo.

—Tal vez eso es lo que está cambiando.

Simeón frunció el ceño.

—¿Qué te pasó?

Asael pensó en Jesús, aunque no lo mencionó.

—Estoy cansado.

—El cansancio se cura durmiendo.

—No este.

Simeón lo observó durante unos segundos.

—No te entiendo.

—Yo tampoco.

Aquella conversación marcó una distancia definitiva entre ellos. Asael seguía trabajando ocasionalmente con el grupo, pero ya no obedecía de manera automática. Comenzó a rechazar ciertas tareas y a conservar menos dinero de los robos. Algunos compañeros pensaron que escondía una fortuna en otro lugar, pero la realidad era mucho más sencilla: ya no encontraba placer en acumular monedas. El dinero que había deseado durante tantos años le parecía ahora una colección de objetos inútiles. Podía comprar comida, ropa y alojamiento, pero no podía comprar el regreso de Tamar, la vida de su hijo ni la voz de Mara. No podía comprar el perdón que comenzaba a necesitar.

Una noche, sentado solo en una habitación alquilada, sacó del bolsillo un pequeño trozo de tela que había pertenecido a Tamar. Lo había conservado durante años sin saber por qué. Era una parte de una prenda que ella había reparado cuando ambos eran jóvenes. Asael la sostuvo entre los dedos y lloró. No recordaba la última vez que había llorado de esa manera. No había nadie allí para verlo, y quizá por eso pudo permitirse hacerlo. Durante horas permaneció sentado recordando su infancia, la voz de Joram, las oraciones de Mara, las risas de Noemí y las tardes con Tamar. Recordó también el rostro del hombre al que había herido. Comprendió que todos aquellos recuerdos formaban parte de una sola vida y que él había pasado años intentando separar unas cosas de otras para no sentirse culpable.

Finalmente habló en voz baja.

—Dios, si todavía puedes encontrarme, no sé cómo volver.

No hubo respuesta, pero por primera vez Asael no exigió una.

Durante los meses siguientes, escuchó más enseñanzas atribuidas a Jesús. Una de ellas hablaba de un padre que recibía a un hijo que había desperdiciado todo lo que tenía. Asael no conocía la historia completa cuando la escuchó, pero la idea de un padre que recibía a alguien después de haberlo perdido todo lo golpeó profundamente. Preguntó quién era el padre.

—Dios —le dijeron.

—¿Y el hijo?

—Alguien que se había ido.

Asael pensó en Joram.

Pensó en Mara.

Pensó en Dios.

No sabía si podía llamarse hijo después de todo lo que había hecho, pero la palabra quedó dentro de él.

Poco después, una enfermedad obligó a Asael a permanecer varias semanas en una pequeña población. Durante ese tiempo no pudo participar en ningún robo. Se encontró obligado a vivir de manera sencilla, dependiendo de la ayuda de algunas personas que apenas lo conocían. Aquella experiencia cambió algo en él. Una mujer le llevó comida durante varios días sin preguntarle quién era. Un anciano le permitió dormir bajo su techo. Un muchacho le consiguió agua cuando tenía fiebre. Asael se sorprendió al descubrir que todavía existían personas dispuestas a ayudar sin exigir nada a cambio. Había pasado años creyendo que todo tenía un precio y que la gente solo actuaba por interés. Ahora encontraba gestos de generosidad que no podía explicar.

Cuando se recuperó, preguntó por Jesús.

—¿Dónde está ahora?

Le dijeron que se movía entre varias poblaciones y que probablemente se dirigía hacia Jerusalén.

Asael sintió curiosidad.

—¿Por qué va a Jerusalén?

—Por la fiesta.

—¿Y después?

—Nadie lo sabe.

Asael pensó que quizá aquella era su oportunidad de verlo. Durante algunos días consideró seguir el camino de Jesús, pero finalmente desistió. Tenía asuntos pendientes y sabía que acercarse a una multitud podía llamar la atención. Además, todavía no estaba dispuesto a reconocer que buscaba algo más que simple curiosidad. Temía descubrir que aquel hombre no podía darle lo que necesitaba. Temía descubrir que las palabras sobre perdón eran demasiado buenas para ser ciertas.

En una ocasión llegó a un pueblo poco después de que Jesús hubiera pasado. Escuchó a una familia hablar de él y decidió preguntar.

—¿Qué clase de hombre es?

Una mujer respondió:

—Un hombre que escucha.

—¿Eso es todo?

—No.

—¿Qué más hace?

—Hace que la gente quiera volver a empezar.

Asael sintió un nudo en la garganta.

—¿Incluso los que han hecho cosas malas?

La mujer lo miró.

—Especialmente ellos.

Asael no dijo nada más.

Aquella noche decidió que algún día lo buscaría.

Pero la vida no le permitió hacerlo de inmediato.

Un trabajo que parecía sencillo se complicó. Un grupo de hombres necesitaba transportar mercancías robadas y Asael aceptó participar porque todavía tenía deudas y porque, aunque había comenzado a cuestionar aquella vida, aún no había aprendido a abandonarla. El viaje terminó mal. Los soldados romanos interceptaron parte del grupo y varios hombres huyeron. Asael logró escapar, pero comprendió que la vigilancia sobre los caminos se estaba volviendo más intensa. Había rumores de que Roma estaba aumentando el control debido a los conflictos y robos que se multiplicaban en la región. Asael cambió de ruta y pasó varios días oculto.

Fue durante aquellos días cuando volvió a encontrarse con Baruc.

—Te están buscando.

—¿A mí?

—A varios.

—¿Por qué?

—Por el último asalto.

—No fui yo.

Baruc lo miró.

—Eso no importa.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando Roma decide que alguien es culpable, la verdad deja de ser la única preocupación.

Asael sintió un miedo que no había experimentado desde joven.

—¿Qué debo hacer?

—Desaparecer.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—Necesito un lugar.

Baruc lo observó durante unos segundos.

—Hay momentos en los que uno cree que necesita un lugar para esconderse, pero en realidad necesita un camino diferente.

Asael pensó en la historia del hijo que regresaba a su padre.

—¿Tú has pensado alguna vez en cambiar?

Baruc sonrió con tristeza.

—Todos pensamos en eso.

—¿Y?

—Algunos lo hacemos demasiado tarde.

Asael no olvidó aquella respuesta.

Finalmente decidió dirigirse hacia Galilea, no porque creyera que allí encontraría a Jesús, sino porque necesitaba alejarse de los hombres que lo buscaban. Durante el viaje escuchó nuevamente noticias sobre Jesús. Se decía que había hecho milagros, que había hablado de un reino que no era como los reinos de este mundo y que muchos estaban comenzando a creer que era el enviado de Dios. Otros decían que los líderes religiosos querían detenerlo. Asael escuchaba cada noticia con creciente interés.

Un día llegó a un lugar donde había una multitud reunida. Preguntó qué ocurría y le dijeron que Jesús había estado allí poco antes. Nuevamente había llegado tarde. Esta vez, sin embargo, Asael no se marchó inmediatamente. Se quedó observando a la gente. Vio enfermos, ancianos, niños, campesinos y viajeros. Vio rostros marcados por el cansancio y la pobreza. Pensó que quizá entendía por qué aquellas personas seguían a Jesús. Muchos de ellos, como él, habían llegado al límite de sus propias fuerzas.

Un hombre cercano comenzó a hablar de lo que Jesús había enseñado.

—Dijo que Dios busca a los perdidos.

Asael volvió la cabeza.

—¿Eso dijo?

—Sí.

—¿Y cómo sabe quién está perdido?

El hombre sonrió.

—Quizá porque conoce el camino.

Asael no preguntó más.

Aquella noche durmió cerca del camino y soñó con su madre. En el sueño, Mara estaba sentada junto a la puerta de la vieja casa y le decía que regresara. Asael caminaba hacia ella, pero nunca lograba llegar. Cada vez que se acercaba, la casa parecía alejarse. Se despertó antes del amanecer con el corazón acelerado. Permaneció tendido mirando el cielo hasta que apareció la primera luz.

Entonces tomó una decisión.

No sabía cuándo, pero iba a buscar a Jesús.

No sabía qué le diría.

No sabía si aquel hombre querría escuchar a alguien como él.

No sabía siquiera si todavía era posible regresar.

Pero por primera vez en muchos años, Asael comenzó a caminar no huyendo de algo, sino buscando a alguien.

Sin embargo, antes de encontrarlo, todavía tendría que atravesar una última etapa de oscuridad. Los hombres que lo perseguían estaban más cerca de lo que imaginaba, Simeón comenzaba a tomar decisiones sin consultarlo y las autoridades romanas estaban aumentando la vigilancia en los caminos. Asael todavía llevaba consigo las consecuencias de años de violencia y delito, y aunque en su corazón había comenzado a nacer una esperanza que no sabía nombrar, seguía siendo el hombre que había aprendido a sobrevivir con un arma en la mano.

La distancia entre aquel hombre y el que había sido de niño parecía enorme, pero Asael había empezado a comprender algo que durante toda su vida había rechazado: quizá el regreso no consistía en recuperar exactamente lo que había perdido, porque algunas cosas no podían recuperarse, sino en permitir que Dios hiciera algo nuevo con los restos de una vida que él mismo había destruido.

Todavía no sabía si eso era posible.

Todavía no sabía quién era realmente Jesús.

Todavía no sabía que el camino hacia Jerusalén estaba acercándose.

Y todavía no sabía que el hombre al que llevaba años escuchando nombrar, aquel que hablaba de perdón, misericordia y un reino diferente, estaba caminando también hacia un destino que terminaría cruzándose con el suyo de una manera que ninguno de los dos hombres habría podido imaginar.

Asael se levantó cuando el cielo comenzó a clarear, recogió sus pocas pertenencias y emprendió nuevamente el camino, mientras detrás de él quedaban los años de violencia, los nombres de los muertos, la casa vacía de su madre, el recuerdo de Tamar y la pequeña tumba de su hijo, y delante de él aparecía una posibilidad todavía incierta, tan frágil que podía romperse con una sola decisión equivocada, pero suficientemente viva como para hacer que un hombre que había pasado media vida huyendo comenzara, por primera vez, a preguntarse si todavía podía ser encontrado.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 7

 

Asael caminó durante varios días sin saber con exactitud hacia dónde lo llevaría el camino, porque por primera vez en muchos años no estaba siguiendo una ruta trazada por un trabajo, una deuda o una orden de alguien que le había prometido dinero a cambio de hacer algo que prefería no recordar después. Había preguntado por Jesús en distintos lugares y había recibido respuestas diferentes, algunas tan contradictorias que le resultaba imposible distinguir entre los hechos y las historias que la gente añadía a medida que pasaban de boca en boca, pero todas coincidían en algo que Asael no podía ignorar: Jesús se acercaba a Jerusalén y, con él, parecía crecer también la tensión entre quienes lo seguían y quienes comenzaban a verlo como una amenaza. Asael avanzaba con cautela, porque todavía temía encontrarse con soldados romanos y porque su nombre podía ser reconocido por hombres que habían escuchado rumores sobre los robos cometidos en los caminos, pero había otra razón que lo hacía caminar más despacio de lo necesario. Por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo de encontrar aquello que estaba buscando. Mientras más cerca creía estar de Jesús, más preguntas aparecían dentro de él. ¿Qué le diría? ¿Le hablaría de su padre, de Mara, de Tamar, de su hijo muerto? ¿Le confesaría que había robado, que había herido a un hombre y que había vivido durante años convencido de que la violencia era la única manera de no volver a sentirse débil? ¿Podría alguien como Jesús mirar todo aquello y ver algo diferente de lo que él mismo veía? Asael no tenía respuestas y, sin embargo, continuaba caminando porque había llegado a un punto en el que seguir huyendo le parecía más insoportable que enfrentarse a cualquier verdad.

Una tarde llegó a una pequeña población donde encontró a varias personas reunidas cerca de una fuente. Había oído que Jesús había pasado por allí unas horas antes, y la noticia produjo en él una mezcla de decepción y alivio. Preguntó hacia dónde se había dirigido la gente y le señalaron un camino que conducía hacia otra población. Asael estuvo a punto de seguirlos inmediatamente, pero se detuvo al escuchar a una mujer contar lo que había sucedido. Hablaba de un hombre enfermo al que Jesús había atendido y de cómo la gente había quedado sorprendida no solo por la curación, sino por la manera en que Jesús había hablado con aquella persona. Asael se acercó un poco más para escuchar, intentando no llamar la atención.

—¿Qué le dijo?

La mujer miró al hombre que le había hecho la pregunta.

—Le habló como si no fuera un enfermo, sino una persona.

Aquella respuesta hizo que Asael permaneciera inmóvil.

—¿Y qué diferencia hay?

—Toda.

La mujer continuó hablando con otra persona y Asael se apartó lentamente. No sabía por qué aquella frase había tocado una parte tan profunda de su interior. Durante años había sido definido por lo que hacía. Para Simeón había sido una herramienta útil. Para los soldados romanos habría sido un delincuente. Para los comerciantes, un ladrón. Para algunos hombres de los caminos, alguien peligroso. Para Tamar, había sido el hombre que amaba pero que no podía abandonar su oscuridad. Para Mara había sido siempre su hijo. Y para sí mismo, durante mucho tiempo, había sido un hombre culpable intentando demostrar que todavía podía ser fuerte. Pero aquella mujer había dicho que Jesús podía mirar a un enfermo y verlo como persona. Asael se preguntó si quizá alguien podía mirarlo a él de la misma manera.

Aquella noche durmió cerca de la población y al amanecer siguió el camino que le habían señalado. Llegó tarde nuevamente. La multitud ya se había dispersado y solamente quedaban algunas personas comentando lo ocurrido. Un muchacho que había estado allí le contó que Jesús había hablado sobre el perdón y sobre la necesidad de no juzgar a los demás. Asael escuchó con atención.

—¿Dónde está ahora?

—Se fue con algunos de sus seguidores.

—¿Hacia dónde?

El muchacho señaló el camino.

—Por allí.

Asael sonrió con cierta amargura.

—Siempre llego tarde.

El muchacho no entendió el significado de sus palabras.

—Si quieres verlo, tendrás que caminar más rápido.

Asael lo hizo.

Durante las jornadas siguientes, la distancia entre Asael y Jesús se redujo lentamente, aunque nunca llegó a desaparecer por completo. Cada vez que escuchaba que Jesús había pasado por algún lugar, sentía que estaba siguiendo una sombra que siempre desaparecía antes de que pudiera alcanzarla. Sin embargo, algo estaba cambiando. Asael ya no preguntaba únicamente dónde estaba Jesús, sino qué había dicho. Escuchaba las enseñanzas de quienes lo habían visto y trataba de reunirlas como piezas de un mensaje que todavía no conseguía comprender. Había oído que Jesús hablaba de amar a los enemigos, de perdonar, de servir, de confiar en Dios y de buscar primero el reino de Dios. También había escuchado historias sobre personas que habían abandonado vidas completamente diferentes después de encontrarse con él. Asael no sabía si aquello era realmente cierto, pero comenzaba a creer que quizá las palabras que había escuchado durante años no eran simples historias.

En uno de aquellos lugares conoció a un hombre que decía haber seguido a Jesús durante algún tiempo. Asael se sentó cerca de él y esperó hasta encontrar una oportunidad para preguntar.

—¿Es realmente como dicen?

El hombre lo miró.

—¿Cómo dicen que es?

—Que perdona.

—Perdona.

—¿A cualquiera?

—No sé si hay alguien que pueda decir quién merece o no merece perdón.

—Entonces, ¿qué hace?

—Llama a las personas a cambiar.

—¿Y si no pueden?

—Les enseña que no tienen que hacerlo solos.

Asael bajó la mirada.

—¿Habla alguna vez de personas que han hecho cosas graves?

El hombre permaneció callado durante unos segundos.

—Habla mucho de pecadores.

Aquella palabra hizo que Asael levantara la cabeza.

—¿Y qué dice de ellos?

—Que Dios los busca.

—¿Por qué?

—Porque siguen siendo suyos.

Asael sintió que algo dentro de él se quebraba lentamente. No lloró, pero tuvo que apartar la mirada. Pensó en Mara, en las palabras que había escuchado desde niño, en aquella frase que tantas veces había considerado ingenua: Dios ve lo que los hombres no ven. Quizá Dios había visto todos aquellos años de oscuridad y, aun así, seguía buscando.

—¿Tú crees que una persona puede cambiar después de haber hecho mucho daño?

El hombre respondió sin dudar.

—Sí.

—¿Aunque no pueda reparar todo lo que hizo?

—No siempre podemos reparar el pasado.

—Entonces, ¿qué queda?

—Arrepentirse y empezar a caminar de otra manera.

Asael guardó silencio.

—¿Y si ya es demasiado tarde?

El hombre lo miró con una expresión que Asael recordaría durante mucho tiempo.

—Eso no lo decides tú.

Después de aquella conversación, Asael caminó durante horas. El sol estaba alto y el camino era difícil, pero no sentía cansancio. Por primera vez había encontrado palabras que parecían responder directamente a las preguntas que llevaba años escondiendo. No podía reparar la muerte de su hijo. No podía devolverle a Tamar los años perdidos. No podía traer de vuelta a Mara. No podía borrar la sangre del hombre que había herido. Pero quizá todavía podía cambiar lo que quedaba de su vida.

El problema era que su pasado no estaba dispuesto a desaparecer.

Simeón apareció nuevamente cuando Asael menos lo esperaba. Lo encontró al anochecer, cerca de un lugar donde varios viajeros se habían detenido. Simeón estaba acompañado por dos hombres y su expresión no era la de alguien que hubiera venido a conversar.

—Te estamos buscando.

Asael no respondió.

—Pensaste que podías desaparecer.

—Necesitaba alejarme.

—¿De nosotros?

—De todo.

Simeón soltó una risa.

—Eso no funciona.

—Para mí sí.

—No.

Asael miró a los otros hombres.

—¿Qué quieren?

—Tenemos un trabajo.

—No.

—Todavía no te lo he explicado.

—No importa.

Simeón se acercó.

—Hay hombres que quieren que participes.

—No.

—Es dinero fácil.

—No.

—¿Qué te pasa?

—Estoy cansado.

—Eso ya me lo dijiste.

—Y sigue siendo verdad.

Simeón lo observó con atención.

—¿Es por ese hombre del que todos hablan?

Asael no respondió.

—¿Jesús?

Aquella vez el nombre pronunciado por Simeón produjo en Asael una reacción distinta.

—No sabes nada de él.

—Sé que está llenando la cabeza de gente con ideas peligrosas.

—¿Qué ideas?

—Que los pobres serán consolados, que los enemigos deben ser amados, que el poder no importa.

Asael sostuvo su mirada.

—Quizá por eso la gente lo sigue.

Simeón se acercó más.

—No te conviertas en uno de ellos.

—¿Y si quiero?

Simeón lo miró durante largo rato.

—Entonces ya no sé quién eres.

Asael respondió con calma.

—Yo tampoco lo sabía antes.

Simeón se marchó después de advertirle que no se interpusiera en sus asuntos. Asael quedó solo, pero no sintió el miedo que esperaba. Había algo nuevo dentro de él, una certeza todavía pequeña pero firme: no quería volver atrás. No sabía cómo avanzar, pero sabía que no quería seguir siendo el hombre que había sido.

Poco después se reencontró con Baruc. Fue un encuentro inesperado en un mercado. Baruc lo reconoció desde lejos y se acercó.

—Has cambiado.

—Todos me dicen eso.

—Porque es verdad.

—¿Tú también estás cansado?

Baruc sonrió.

—Más de lo que quiero admitir.

Asael lo miró.

—¿Has escuchado a Jesús?

Baruc negó con la cabeza.

—No.

—¿Quieres hacerlo?

Baruc permaneció callado.

—Quizá.

—Simeón dice que es peligroso.

—Simeón piensa que todo lo que no controla es peligroso.

Los dos hombres caminaron juntos durante un rato.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste hace años? —preguntó Asael.

—He dicho demasiadas cosas.

—Que uno puede acostumbrarse a una vida y después no saber cómo abandonarla.

Baruc suspiró.

—Sí.

—Creo que me está pasando.

—A mí también.

—Entonces, ¿por qué seguimos?

Baruc miró el camino.

—Porque saber que estás perdido no siempre significa saber regresar.

Aquella respuesta resumía demasiado bien la vida de ambos. Continuaron caminando hasta que llegaron a un lugar donde se separaron. Antes de irse, Baruc se detuvo.

—Si encuentras a Jesús, pregúntale algo por mí.

—¿Qué?

Baruc sonrió.

—Pregúntale si todavía hay lugar para hombres como nosotros.

Asael asintió.

—Lo haré.

Baruc se alejó sin saber que aquella sería una de las últimas veces que hablarían.

En los días siguientes, Asael siguió avanzando. La noticia de que Jesús se dirigía hacia Jerusalén se hizo cada vez más frecuente. Las poblaciones estaban llenas de rumores. Algunos esperaban que Jesús se manifestara como un rey. Otros temían que Roma respondiera con violencia. Había entusiasmo entre quienes lo seguían y preocupación entre quienes tenían autoridad religiosa. Asael caminaba entre aquellos grupos sin pertenecer completamente a ninguno. No era discípulo, no era enemigo y tampoco sabía todavía qué significaba creer.

Una tarde vio a una multitud enorme avanzar por el camino. Preguntó qué ocurría y le dijeron que Jesús estaba cerca. Asael sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza. Por primera vez, quizá tendría la oportunidad de verlo.

Siguió a la multitud.

El camino estaba lleno de personas. Algunos hablaban, otros cantaban, otros discutían. Asael avanzó lentamente, tratando de encontrar un lugar desde donde pudiera verlo. Finalmente, entre las personas que caminaban delante de él, distinguió a un hombre rodeado de discípulos. No pudo escuchar claramente lo que decía, pero sí pudo ver su rostro.

Jesús.

Asael se quedó inmóvil.

No supo qué esperaba encontrar. Tal vez había imaginado a un hombre poderoso, rodeado de guardias o vestido como un rey. En cambio, vio a alguien que caminaba entre la gente sin aparentar buscar ninguna posición de grandeza. Había cansancio en su rostro, pero también una serenidad que Asael no había visto en los hombres que conocía.

Intentó acercarse.

Una persona lo empujó accidentalmente y perdió el lugar que había conseguido. Avanzó nuevamente, pero la multitud lo separó del grupo. Por un instante creyó que Jesús había vuelto el rostro hacia él. No sabía si realmente lo había mirado o si había sido una ilusión causada por la distancia.

Asael quiso hablar.

No pudo.

Jesús siguió caminando.

Asael permaneció detrás de la multitud hasta que dejó de verlo.

Había llegado tarde otra vez.

Pero esta vez algo era diferente.

No había escuchado una enseñanza completa ni había hablado con él, pero había visto su rostro. Y esa mirada, real o imaginada, quedó grabada en su memoria.

Durante la noche, Asael no pudo dormir. Recordaba la serenidad de aquel hombre y pensaba en todas las palabras que había escuchado sobre él. Se preguntó si aquel era realmente el hombre que hablaba de perdón. Se preguntó si podía existir un reino diferente del que conocía. Se preguntó si alguien como él podía acercarse.

Al amanecer decidió seguirlo hasta Jerusalén.

No sabía que aquella decisión lo conduciría directamente hacia el final de su vida.

El camino hacia Jerusalén estaba lleno de peregrinos. Asael se mezcló entre ellos y avanzó con cautela. La ciudad se acercaba y con ella aumentaba también la tensión. Los rumores se multiplicaban. Algunos decían que Jesús sería recibido como rey. Otros aseguraban que las autoridades estaban decididas a detenerlo. Asael observaba todo aquello con una mezcla de curiosidad y temor. Había vivido demasiado tiempo entre hombres violentos para no reconocer los signos de una tormenta.

Al llegar a Jerusalén, encontró una ciudad distinta a cualquier otra que hubiera conocido. Había gente por todas partes, comerciantes, peregrinos, soldados y religiosos. El ambiente estaba cargado de expectativa. Asael buscó noticias sobre Jesús y finalmente supo dónde estaba. Intentó acercarse, pero nuevamente la multitud se lo impidió. Escuchó algunas palabras desde lejos, vio a personas acercándose a Jesús y comprendió que algo extraordinario estaba ocurriendo.

Durante aquellos días, Asael permaneció cerca, pero nunca consiguió hablar con él. Escuchó discusiones, vio enfrentamientos y comenzó a notar que la situación se volvía cada vez más peligrosa. Los soldados romanos estaban más presentes y las autoridades religiosas parecían seguir los movimientos de Jesús. Asael pensó en marcharse. Había llegado hasta allí buscando respuestas, pero ahora temía que quedarse pudiera ponerlo en peligro.

Una noche se encontró con Baruc nuevamente.

—¿Lo viste?

Asael asintió.

—Sí.

—¿Y?

—No sé qué decir.

—Entonces quizá era como imaginábamos.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Es diferente.

Baruc sonrió.

—Todos dicen eso.

—No, no entiendes.

—Entonces explícame.

Asael permaneció callado.

—No puedo.

Baruc lo miró.

—Entonces quizá ya entendiste algo que todavía no sabes explicar.

Asael levantó la mirada.

—¿Tú qué vas a hacer?

Baruc suspiró.

—Marcharme.

—¿Por qué?

—Esto va a terminar mal.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los hombres poderosos no soportan que alguien les quite el control.

Asael pensó en Simeón y en los soldados.

—Quizá tengas razón.

Baruc se levantó.

—Vete conmigo.

Asael negó.

—No.

—¿Por qué?

—Quiero saber cómo termina.

Baruc lo miró con preocupación.

—No siempre es bueno quedarse para saber cómo termina algo.

Asael respondió:

—Tal vez esta vez sí.

Baruc se marchó.

Asael no lo siguió.

Los acontecimientos se precipitaron durante los días siguientes. Jesús fue detenido. La noticia recorrió Jerusalén con una velocidad impresionante. Algunos de sus seguidores desaparecieron. Otros permanecieron ocultos. La multitud que había hablado de un reino parecía confundida. Asael observaba desde cierta distancia, tratando de comprender cómo aquel hombre que había visto rodeado de gente podía haber terminado detenido.

Escuchó diferentes versiones. Algunos decían que había sido entregado por uno de sus propios seguidores. Otros hablaban de acusaciones religiosas. Otros decían que sería llevado ante la autoridad romana. Asael sintió una inquietud profunda. Si Jesús era realmente quien decían, ¿por qué no escapaba? ¿Por qué no utilizaba su poder? ¿Por qué permitía que los acontecimientos avanzaran de aquella manera?

Al día siguiente, mientras permanecía cerca de una calle por donde habían pasado algunos soldados, escuchó un grito entre la multitud. La noticia se extendió rápidamente: Jesús había sido condenado.

Asael sintió un vacío en el pecho.

—No.

No sabía por qué había pronunciado aquella palabra.

La gente comenzó a moverse en una misma dirección. Asael siguió la corriente. Finalmente vio a Jesús nuevamente, pero esta vez la imagen era completamente diferente. Estaba golpeado, herido y obligado a avanzar bajo el peso de aquello que debía cargar. Asael sintió que el cuerpo se le paralizaba. Recordó la primera vez que había visto a un hombre herido por su propia mano. Recordó la sangre. Recordó la voz que le decía que lo ayudara.

Y ahora veía a Jesús.

La multitud gritaba. Los soldados daban órdenes. Jesús avanzaba con dificultad.

Asael quiso acercarse.

No pudo.

Una vez más, la multitud lo separó.

Pero esta vez Jesús cayó.

Asael dio un paso adelante.

Un soldado obligó a otro hombre a cargar aquello que Jesús llevaba.

La marcha continuó.

Asael siguió detrás.

No sabía todavía que aquella sería la última vez que tendría la posibilidad de caminar detrás de Jesús como un hombre libre.

Y mientras avanzaba hacia las afueras de Jerusalén, escuchando los gritos, los pasos y el ruido de la multitud, Asael comenzó a comprender que su propio camino también estaba llegando a un lugar del que ya no podría regresar, porque las autoridades romanas habían intensificado la búsqueda de los delincuentes de los caminos y porque el nombre de Asael había comenzado a aparecer entre los sospechosos de varios robos. Él todavía no lo sabía, pero algunos soldados ya estaban siguiendo pistas que conducirían hasta él.

La historia que había comenzado muchos años atrás en una casa pobre, junto a un padre enfermo y una madre que oraba, estaba acercándose a su última etapa. Asael había pasado gran parte de su vida creyendo que necesitaba ser fuerte para sobrevivir, había confundido fuerza con violencia, libertad con ausencia de límites y riqueza con seguridad, y ahora caminaba detrás de un hombre que parecía demostrar exactamente lo contrario, un hombre que no respondía al odio con odio y que avanzaba hacia la muerte sin abandonar las palabras que había enseñado durante su vida.

Asael todavía no sabía qué significaba todo aquello.

Pero ya no podía apartar la mirada.

Y cuando la multitud comenzó a subir hacia el lugar donde Jesús sería crucificado, Asael siguió caminando detrás de ellos, sin imaginar que en algún punto del camino su propia historia dejaría de ser solamente la historia de un hombre que buscaba a Jesús y comenzaría a convertirse en la historia de un hombre que tendría que morir junto a él.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 8

 

Asael llegó a las proximidades de Jerusalén cuando la ciudad comenzaba a recibir una cantidad de peregrinos que parecía no tener fin, y desde una de las elevaciones del camino pudo contemplar cómo las murallas se levantaban delante de él bajo la luz de una mañana clara, mientras las voces de quienes avanzaban hacia la ciudad se mezclaban con el ruido de los animales, el movimiento de los vendedores y el murmullo constante de quienes hablaban de la fiesta, de los acontecimientos recientes y, cada vez con mayor frecuencia, de Jesús de Nazaret. Había escuchado su nombre durante meses en caminos, aldeas, mercados y lugares donde se reunían hombres que necesitaban una respuesta para dolores que no sabían explicar, pero nunca había imaginado que llegaría a encontrarse tan cerca de él. Asael se detuvo durante unos instantes, observando el movimiento que se extendía ante sus ojos, y sintió una emoción que no quiso nombrar porque le parecía demasiado semejante a la esperanza, una palabra que había dejado de utilizar hacía mucho tiempo. No había llegado a Jerusalén como peregrino en busca de una celebración ni como hombre dispuesto a cumplir alguna obligación religiosa; había llegado siguiendo una pregunta que había nacido lentamente dentro de él, una pregunta que había comenzado muchos años antes, cuando todavía era un muchacho que veía injusticias y no comprendía por qué Dios parecía guardar silencio, y que ahora había adquirido un rostro concreto en la persona de aquel hombre del que todos hablaban. Asael sabía que podía estar equivocado, que las historias podían haber exagerado sus enseñanzas, que quizá Jesús no fuera más que otro hombre al que la multitud había elevado por encima de lo que realmente era, pero algo dentro de él se negaba a abandonar la búsqueda. Había pasado demasiados años corriendo detrás de dinero, de seguridad, de respeto y de una sensación de poder que nunca había conseguido conservar durante mucho tiempo. Ahora quería encontrar algo que no pudiera robarse, perderse ni destruirse, aunque todavía no sabía cómo llamarlo.

Entró en Jerusalén mezclándose con la multitud y procurando mantener el rostro bajo, porque su experiencia en los caminos le había enseñado que una ciudad llena de soldados podía convertirse rápidamente en una trampa para cualquier hombre que llevara demasiadas preguntas o demasiados antecedentes. Había escuchado rumores de que las autoridades buscaban a hombres relacionados con robos, contrabando y grupos violentos que aprovechaban el movimiento de peregrinos para ocultarse entre la gente. Asael sabía que su nombre podía aparecer en más de una conversación, aunque ignoraba hasta qué punto las autoridades habían conseguido información sobre él. Durante años había sobrevivido gracias a la capacidad de desaparecer cuando era necesario, de cambiar de ruta, de utilizar nombres que no eran el suyo y de reconocer a distancia la presencia de quienes podían representar una amenaza, pero Jerusalén era diferente. Allí no conocía todos los caminos, no sabía quién trabajaba para quién y no podía confiar en la multitud como había hecho en otras ocasiones. Sin embargo, aquella inseguridad no consiguió apartarlo de su objetivo. Preguntó por Jesús y descubrió que muchos sabían de quién hablaba. Algunos respondían con entusiasmo, otros con desconfianza y algunos bajaban la voz antes de pronunciar su nombre, como si incluso hablar de él pudiera atraer problemas.

—¿Dónde está Jesús? —preguntó Asael a un hombre que vendía frutas cerca de una de las entradas.

El hombre lo observó con atención antes de responder.

—¿El de Nazaret?

—Sí. Quiero saber dónde está.

El vendedor señaló hacia una calle por la que se desplazaba una multitud.

—Pregúntale a ellos. Parece que lo siguen a todas partes.

Asael agradeció con un movimiento de cabeza y continuó caminando, pero antes de doblar la esquina escuchó a un grupo de personas hablar con entusiasmo. Se acercó discretamente y descubrió que Jesús había llegado a Jerusalén y que una multitud se preparaba para recibirlo. Algunos hablaban de un rey, otros de un profeta y otros de alguien enviado por Dios. Asael sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza. Durante meses había escuchado historias sobre personas que habían sido sanadas, sobre pecadores recibidos con misericordia y sobre hombres que habían encontrado una nueva dirección después de encontrarse con Jesús, pero hasta entonces todo había sido distante. Ahora el rumor se convertía en presencia, y la presencia en posibilidad. Siguió a la multitud hasta una de las calles por donde Jesús debía pasar y se mantuvo detrás de varias personas, buscando una posición desde la cual pudiera verlo sin quedar atrapado en el centro del tumulto.

Cuando finalmente apareció Jesús, Asael sintió algo que no esperaba. No vio a un hombre que intentara imponerse sobre la multitud ni a alguien que buscara demostrar que tenía autoridad mediante la fuerza. Lo vio avanzar con tranquilidad mientras las personas a su alrededor levantaban ramas y lo recibían con palabras de alegría. El ruido creció hasta convertirse en una sola voz, pero Asael apenas escuchaba lo que gritaban. Miraba el rostro de Jesús y trataba de comprender qué había en aquel hombre que podía despertar tanta esperanza y tanta oposición al mismo tiempo. Había conocido hombres que arrastraban multitudes porque prometían riquezas, venganza o poder, y sabía que la gente podía seguir a alguien por razones muy diferentes. Pero allí había algo que no encajaba con ninguna de las experiencias que conocía. Jesús parecía recibir el entusiasmo de la gente sin alimentarlo con orgullo, como si supiera que las multitudes podían cambiar de opinión tan rápido como cambiaba el viento. Asael pensó en ello mientras avanzaba lentamente detrás del grupo, y por primera vez comprendió que quizá estaba presenciando algo que no podía juzgar con las categorías que había utilizado durante toda su vida.

Durante los días siguientes permaneció en Jerusalén, aunque no siempre consiguió acercarse a Jesús. Lo seguía de lejos cuando podía y preguntaba a otros qué había dicho cuando la multitud se lo impedía. Escuchó que había entrado en el templo y había provocado una fuerte reacción al enfrentarse con quienes habían convertido aquel lugar en un espacio de comercio. Algunos lo consideraban una amenaza, otros estaban convencidos de que era un profeta y otros simplemente esperaban que hiciera algo extraordinario que confirmara sus expectativas. Asael escuchó discusiones interminables en los mercados y en las calles, y cuanto más escuchaba, más difícil le resultaba permanecer indiferente. Una tarde se encontró cerca de un grupo de hombres que discutían sobre una enseñanza que Jesús había dado. Uno de ellos decía que Jesús hablaba de amar a los enemigos, mientras otro sostenía que aquello era imposible y que nadie podía sobrevivir aplicando semejantes palabras. Asael permaneció cerca sin participar hasta que uno de ellos lo miró.

—Tú pareces conocer el tema.

Asael negó con la cabeza.

—Solo escucho.

—Entonces escucha esto. Si alguien te hace daño, ¿vas a dejar que vuelva a hacerlo?

Asael permaneció unos segundos en silencio antes de contestar.

—No lo sé.

—Eso es lo que dice Jesús. Que debemos amar incluso a quienes nos hacen daño.

Asael bajó la mirada.

—¿Y si no puedes?

El hombre se encogió de hombros.

—Quizá por eso habla de Dios.

Aquella frase volvió a perseguirlo durante el resto del día. Amar a quienes hacían daño. Durante años había hecho exactamente lo contrario. Había convertido cada herida en una deuda y cada humillación en una razón para devolver el golpe. La violencia había sido su manera de decirle al mundo que nadie volvería a tratarlo como un hombre débil. Sin embargo, cuanto más avanzaba en aquella vida, más claro se volvía que la violencia no lo había liberado. Había aumentado sus enemigos, había destruido relaciones y había convertido su corazón en un lugar donde cada recuerdo doloroso encontraba una justificación para producir otro dolor. Jesús hablaba de una libertad que Asael no conocía, una libertad que no consistía en hacer lo que uno quisiera, sino en dejar de estar dominado por el odio. La idea le parecía imposible y, al mismo tiempo, extrañamente atractiva.

Una tarde logró acercarse más que nunca. Jesús estaba enseñando a una multitud y Asael se mantuvo detrás de un grupo de personas que se había detenido para escuchar. No podía ver claramente todo lo que ocurría, pero sí podía escuchar partes de sus palabras. Jesús hablaba de la necesidad de permanecer fieles a Dios, de no vivir preocupados únicamente por las riquezas y de no olvidar que la vida de una persona tenía un valor que no podía medirse por sus posesiones. Asael sintió que aquellas palabras lo atravesaban porque durante muchos años había confundido precisamente eso. Había pensado que si conseguía suficiente dinero podría proteger a quienes amaba, y cuando perdió a quienes amaba había continuado acumulando dinero como si todavía pudiera comprar algo que ya no estaba a la venta. Había guardado monedas, había escondido objetos y había aprendido a valorar las cosas por su precio, pero ninguna de ellas había conseguido devolverle a Tamar, a su hijo o a Mara.

Mientras Jesús hablaba, Asael recordó la pequeña casa donde había crecido. Recordó que su madre nunca había tenido mucho y, sin embargo, siempre parecía encontrar una forma de compartir algo con quien tenía menos. Recordó a su padre regresando cansado después de una jornada de trabajo y sentándose junto a ellos sin hablar demasiado. Recordó que en aquella casa nunca habían sido ricos, pero que había existido algo que él no había sabido valorar hasta perderlo: la sensación de pertenecer a algún lugar. Había pasado años intentando construir una vida donde nadie pudiera quitarle nada, y había terminado perdiéndolo todo precisamente porque había permitido que el miedo gobernara sus decisiones.

Después de aquella enseñanza, Asael permaneció en el lugar mientras la multitud comenzaba a dispersarse. Quería acercarse a Jesús, pero algo lo detenía. No era solamente el miedo a los soldados ni la posibilidad de ser reconocido. Era una vergüenza profunda que no sabía cómo explicar. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo podía presentarse ante un hombre que hablaba de misericordia después de haber vivido tantos años de violencia? ¿Podía decir simplemente que estaba arrepentido? ¿Sería suficiente? ¿Tenía derecho siquiera a pedir ser escuchado? Las preguntas se acumulaban hasta paralizarlo. Vio a algunos de los seguidores de Jesús acercarse a él, hablarle y recibir respuestas. Asael pensó en hacer lo mismo, pero cuando finalmente dio un paso adelante, un grupo de personas se interpuso y la oportunidad volvió a escapársele.

Aquella noche caminó sin rumbo por Jerusalén hasta que las calles comenzaron a vaciarse. Pensó en marcharse. Quizá era mejor regresar a los caminos y desaparecer antes de que las autoridades lo encontraran. Sin embargo, cada vez que imaginaba alejarse de la ciudad, recordaba el rostro de Jesús. No sabía qué esperaba encontrar en él, pero sí sabía que marcharse sin intentarlo sería otra forma de huir. Había huido de la verdad durante demasiado tiempo. Había huido de Tamar, de sus recuerdos, de Dios, de su propia conciencia y de la posibilidad de reconocer que había elegido mal. No quería volver a hacerlo.

Al día siguiente comenzó a escuchar rumores preocupantes. Varios hombres habían sido detenidos en las inmediaciones de la ciudad y algunos comerciantes hablaban de una búsqueda más amplia relacionada con robos ocurridos en los caminos. Asael escuchó a dos hombres mencionar que las autoridades estaban reuniendo información sobre grupos que habían atacado caravanas y sobre personas que habían participado en acciones violentas contra comerciantes. Sintió que el cuerpo se le tensaba. Sabía que no podía permanecer mucho tiempo en Jerusalén sin llamar la atención. Uno de los nombres que escuchó en una conversación lo inquietó especialmente porque pertenecía a un hombre con el que había trabajado años atrás. No estaba seguro de que las autoridades lo relacionaran directamente con él, pero comprendió que la red se estaba cerrando y que los años en los que había podido ocultarse entre los caminos estaban llegando a su fin.

Más tarde se encontró con Baruc, que había regresado a la ciudad por motivos que no quiso explicar. Baruc parecía más preocupado que de costumbre y miraba constantemente hacia las calles antes de hablar, como si esperara ver aparecer a alguien conocido.

—No deberías estar aquí —le dijo.

Asael lo miró con calma.

—Tú tampoco.

—Yo estoy de paso.

—Yo también.

Baruc soltó una risa apagada.

—Nunca fuiste bueno mintiendo.

Asael observó su rostro y comprendió que la conversación no sería sencilla.

—¿Qué sabes?

—Que están buscando a varios hombres de los caminos.

—¿Me buscan a mí?

Baruc guardó silencio durante unos segundos.

—Tu nombre ha aparecido.

Asael sintió que algo se cerraba dentro de su pecho, pero mantuvo el rostro sereno.

—¿Quién lo mencionó?

—No importa quién.

—Sí importa.

—Lo importante es que debes irte antes de que te encuentren.

Asael negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Qué estás esperando?

Asael miró hacia el lugar donde había visto a Jesús aquella mañana.

—Necesito hablar con él.

Baruc permaneció callado, observándolo como si intentara decidir si aquel deseo era una locura o algo que todavía podía comprender.

—No sé qué esperas que haga ese hombre por ti.

—Yo tampoco.

—Entonces quizá estás arriesgando demasiado por algo que ni siquiera entiendes.

Asael respondió después de un largo silencio.

—He arriesgado mi vida por cosas que entendía perfectamente y que no valían nada.

Baruc bajó la mirada.

—¿Y si no consigues hablar con él?

—Entonces me iré.

—Eso dijiste antes.

—Esta vez es diferente.

Baruc lo estudió durante unos segundos y finalmente asintió con tristeza.

—No sé qué te ha pasado, Asael, pero ya no pareces el hombre que conocí.

Asael respondió sin apartar los ojos de él.

—Ese es precisamente el problema. Yo tampoco quiero seguir siendo aquel hombre.

Baruc no supo qué contestar. Antes de separarse, le tomó brevemente el brazo y habló con una seriedad que Asael no le había visto muchas veces.

—Si te encuentran, no esperes misericordia.

Asael sostuvo su mirada.

—Eso ya lo sé.

—Entonces vete mientras puedas.

—Todavía no.

Baruc se marchó preocupado, y Asael permaneció unos momentos observando cómo desaparecía entre la gente. Sintió una tristeza profunda porque intuía que aquel encuentro podía ser una despedida, aunque ninguno de los dos hubiera tenido el valor de decirlo. Habían compartido caminos, peligros, secretos y años de una vida que ahora Asael empezaba a mirar desde fuera, como si perteneciera a otra persona. Baruc seguía dentro de aquel mundo porque todavía no encontraba la puerta de salida, y Asael sabía que él mismo había pasado años exactamente en la misma situación. No se consideraba mejor que Baruc; simplemente había llegado a un punto en el que ya no podía seguir ignorando lo que había perdido.

Aquella misma tarde volvió a escuchar a Jesús. Se acercó hasta donde pudo y permaneció detrás de la multitud. La enseñanza hablaba de personas que se preocupaban demasiado por las riquezas, por la seguridad y por aquello que podían acumular, y Asael sintió que aquellas palabras parecían recorrer directamente su historia. Había buscado seguridad acumulando bienes obtenidos de manera injusta. Había creído que el dinero podía proteger a quienes amaba y, cuando la vida le quitó aquello que más quería, había continuado acumulando como si pudiera comprar nuevamente lo perdido. Había vivido pendiente de lo que tenía y de lo que podía conseguir, sin comprender que el verdadero empobrecimiento de su vida había ocurrido mucho antes de quedarse sin familia.

Jesús hablaba de la confianza en Dios y Asael recordó las noches de su infancia en las que Mara oraba mientras él permanecía acostado fingiendo dormir. Entonces no entendía qué podía encontrar su madre en aquellas oraciones. Ahora comenzaba a comprender que quizá ella no había orado porque tuviera respuestas, sino porque sabía dónde llevar sus preguntas. Esa diferencia le dolió profundamente. Él había pasado toda la vida llevando sus preguntas a los caminos, al dinero, a la violencia, a Simeón, a sus propias fuerzas y finalmente al silencio, pero nunca había sabido depositarlas delante de Dios.

Después de la enseñanza, la multitud comenzó a dispersarse y Asael permaneció donde estaba. Miró el lugar por donde Jesús se alejaba y sintió que si volvía a dejarlo marchar quizá no tendría otra oportunidad. Había esperado demasiado tiempo. Había llegado tarde demasiadas veces. Esta vez no quería permitir que el miedo decidiera por él.

Comenzó a seguirlo.

No avanzó directamente, sino que se mantuvo a cierta distancia, aprovechando los espacios que dejaba la gente. Cada vez que Jesús se detenía para hablar con alguien, Asael esperaba. Cada vez que el grupo volvía a caminar, él avanzaba también. Durante un largo rato creyó que finalmente podría acercarse. La multitud era menos numerosa y los discípulos se encontraban alrededor de Jesús. Asael podía escuchar sus voces y distinguir con claridad el rostro que había buscado durante tanto tiempo.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Había imaginado aquel momento muchas veces y, sin embargo, ahora que estaba ocurriendo no sabía qué decir. Quería hablarle de Joram y de Mara, de Tamar y de su hijo, de los hombres a los que había herido y de los años en los que había vivido huyendo de sí mismo. Quería preguntarle si Dios todavía podía recibir a alguien como él. Quería saber si había alguna manera de empezar de nuevo cuando el pasado no podía borrarse. Quería simplemente escuchar una respuesta, aunque fuera una respuesta que le doliera, porque ya no soportaba seguir viviendo con preguntas que nunca se atrevía a formular.

Jesús se detuvo junto al camino para hablar con varias personas. Asael esperó unos instantes y después avanzó lentamente. Una mujer pasó delante de él y se acercó a Jesús. Después un hombre. Luego otro. Asael se mantuvo atrás, intentando no interrumpir. Finalmente apareció un espacio entre la gente y comprendió que podía acercarse. Dio un paso y después otro, mientras dentro de su pecho crecía una mezcla de miedo y esperanza que casi le impedía respirar. Jesús estaba de espaldas y Asael podía ver cómo sus discípulos hablaban entre ellos. Solo necesitaba avanzar unos pasos más.

Entonces una multitud volvió a cruzarse entre ambos.

Asael esperó.

Cuando el espacio volvió a abrirse, Jesús ya estaba comenzando a caminar.

Asael aceleró el paso.

—Jesús...

La palabra salió apenas audible, pero para Asael había sido suficiente. Creyó que Jesús se había detenido durante un instante y dio otro paso, pero antes de poder acercarse un soldado apareció a su lado y le sujetó el brazo con fuerza. Asael reaccionó instintivamente, intentando soltarse, pero se contuvo antes de golpearlo. Durante un segundo recordó quién había sido y cuántas veces aquella misma situación habría terminado con violencia. El cuerpo le pedía escapar, correr y luchar si era necesario, pero la mente le decía que no podía volver a vivir de aquella manera.

El soldado lo observó atentamente.

—Ven conmigo.

Asael no respondió.

Miró por encima del hombro.

Jesús seguía allí.

Tan cerca que por un instante Asael creyó que podía alcanzar su mirada.

La multitud volvió a interponerse y el soldado tiró de su brazo.

Asael resistió apenas un momento antes de dejarse conducir, pero mientras caminaba no dejó de mirar hacia atrás. Jesús desapareció entre las personas, y con él desapareció también la posibilidad de aquella conversación que Asael había imaginado durante meses. Sin embargo, mientras era llevado por el soldado hacia una calle lateral, comprendió algo que hasta entonces no había podido aceptar: no podía seguir huyendo de su pasado y, al mismo tiempo, esperar encontrar un futuro diferente. Tarde o temprano tendría que responder por aquello que había hecho, no solamente ante los hombres que lo perseguían, sino también ante la verdad que llevaba dentro.

El soldado continuó avanzando y Asael caminó junto a él sin intentar escapar. Todavía no sabía qué ocurriría después, ni cuánto sabían las autoridades sobre sus años en los caminos, ni si tendría una oportunidad de volver a ver a Jesús. Lo único que sabía era que había llegado hasta Jerusalén buscando una respuesta y que, aunque todavía no había podido hablar con aquel hombre, algo había cambiado definitivamente dentro de él. Ya no quería encontrar a Jesús para que alguien borrara las consecuencias de su pasado; quería encontrarlo porque por primera vez comprendía que necesitaba dejar de esconderse detrás de las razones con las que había justificado toda su vida.

Mientras la ciudad continuaba moviéndose alrededor de ellos, Asael volvió una última vez la cabeza hacia la calle por donde Jesús había desaparecido y sintió una extraña certeza que no podía explicar: quizá aquella conversación que no había podido tener no estaba perdida, quizá simplemente todavía no había llegado el momento, y aunque el miedo volvía a caminar junto a él, por primera vez desde que había abandonado la casa de su infancia Asael no estaba huyendo de algo, sino caminando hacia una verdad que, aunque pudiera costarle todo lo que todavía le quedaba, ya no estaba dispuesto a evitar.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 9

 

Durante un tiempo que Asael no supo medir con exactitud, porque en Jerusalén los días parecían tener una densidad distinta a la de los caminos por los que había vivido durante tantos años, permaneció en una especie de espera que no se parecía a ninguna de las esperas que había conocido antes. En otros tiempos había esperado que terminara una tormenta para poder asaltar una caravana, que llegara una determinada noche para encontrarse con Simeón, que un comerciante bajara la guardia, que un pago estuviera listo, que una herida dejara de doler o que una patrulla romana desapareciera de un camino; ahora, sin embargo, esperaba algo que no sabía nombrar, porque había llegado a Jerusalén siguiendo el rumor de un hombre al que apenas había visto de lejos y cuyas palabras habían comenzado a entrar en lugares de su memoria donde durante años no había permitido que entrara nadie. Después del intento fallido de acercarse a Jesús, cuando el soldado había tomado su brazo y él había terminado apartándose sin oponer resistencia, Asael había pasado buena parte de la noche caminando por calles secundarias, evitando las zonas donde había mayor presencia romana y procurando no pensar demasiado en lo ocurrido, aunque cada vez que intentaba ordenar sus pensamientos aparecía ante él el rostro de Jesús, sereno en medio de la multitud, como si no estuviera huyendo de nada, como si supiera exactamente hacia dónde iba y por qué estaba dispuesto a seguir avanzando a pesar de todo lo que lo esperaba. Esa diferencia comenzaba a resultarle insoportable, porque Asael había pasado buena parte de su vida huyendo y, por primera vez, comprendía que quizá no había estado huyendo solamente de los soldados, de las deudas, de la pobreza, de sus propios compañeros o de las consecuencias de sus actos, sino de sí mismo, de la memoria de lo que había sido y, sobre todo, de la posibilidad de reconocer que todavía podía haber algo diferente en él.

Fue precisamente aquella mañana, cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse sobre los tejados y los primeros comerciantes abrían sus puestos, cuando volvió a encontrar a Baruc. No lo vio acercarse, sino que lo descubrió apoyado contra una pared de piedra, oculto parcialmente bajo el borde de un manto gastado, observando la calle con una atención que Asael reconoció inmediatamente como la de un hombre que teme ser observado. Baruc parecía más delgado que la última vez que se habían visto, llevaba una barba crecida y una herida pequeña junto a la sien, todavía reciente, y aunque intentó sonreír cuando Asael se acercó, aquella sonrisa no logró disimular la preocupación que llevaba en los ojos. Durante unos segundos ninguno dijo nada, porque entre ellos existía una amistad construida sobre demasiadas noches peligrosas, demasiados caminos compartidos y demasiados secretos como para necesitar palabras inmediatas.

—Pensé que habías salido de Jerusalén —dijo finalmente Baruc, sin apartar los ojos de la calle.

—Pensé que tú habías hecho lo mismo.

—Yo también lo pensé.

Asael se quedó a su lado y miró en la misma dirección que él, fingiendo interesarse por dos hombres que discutían el precio de unas vasijas mientras intentaba descubrir qué había provocado aquella inquietud.

—¿Qué ha ocurrido?

Baruc tardó en responder. Se llevó una mano a la sien y tocó con cuidado la herida antes de bajarla.

—Están preguntando por nosotros.

Asael no necesitó preguntar quiénes eran ellos.

—¿Por los hombres de los caminos?

—Por algunos de ellos, sí, pero no solamente por ellos. Han empezado a relacionar varios robos con ciertos nombres, ciertos lugares y ciertas personas que creían que nunca podrían encontrar. Hay soldados preguntando en las posadas, en los mercados y hasta entre los vendedores que reciben mercancías de fuera. Han detenido a dos hombres esta madrugada.

Asael sintió que algo se cerraba dentro de su pecho, pero no mostró sorpresa.

—¿Han mencionado mi nombre?

Baruc lo miró por primera vez directamente.

—Todavía no delante de mí.

La palabra todavía quedó suspendida entre ambos con una gravedad que ninguno necesitó explicar. Asael había vivido demasiados años bajo la amenaza de que algún día alguien hablaría, de que una persona capturada recordaría un rostro, de que una deuda antigua reaparecería, de que un comerciante sobreviviente reconocería una voz o de que un soldado encontraría un objeto perdido después de uno de sus golpes. Aquello que durante años había parecido una posibilidad remota se estaba convirtiendo finalmente en una realidad que avanzaba hacia él con la paciencia inevitable de algo que no necesitaba correr para alcanzarlo.

—Debes irte —dijo Baruc.

—¿Adónde?

—A cualquier lugar que esté fuera de aquí.

Asael soltó una sonrisa cansada.

—Llevo media vida haciendo eso.

—Entonces hazlo una vez más.

—No.

Baruc frunció el ceño.

—¿No qué?

—No voy a volver a huir de la misma manera.

Baruc lo observó como si tratara de descubrir si aquello era una nueva locura o una decisión verdadera. Conocía a Asael desde los años en que todavía podían sentarse junto a un fuego y hablar de dinero como si el dinero fuera lo único que importaba, y había visto en él la dureza, la desconfianza, la violencia y también esa extraña capacidad de sentirse culpable que nunca había desaparecido del todo, incluso cuando Asael intentaba enterrarla bajo decisiones cada vez más graves. Ahora veía algo diferente, una especie de cansancio que no provenía del cuerpo, sino de muchos años sosteniendo una vida que ya no podía defender.

—¿Qué estás buscando aquí? —preguntó.

Asael miró hacia el extremo de la calle.

—A Jesús.

Baruc cerró los ojos durante un instante.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Entonces también sabes que no pienso marcharme.

—No sé qué esperas encontrar en él.

—Yo tampoco.

Aquella respuesta pareció desconcertar a Baruc más que cualquier explicación. Asael no tenía una teoría, no tenía una certeza, no había recibido ninguna señal extraordinaria que pudiera demostrarle que su decisión era correcta. Solamente sabía que las palabras que había escuchado de Jesús habían comenzado a perseguirlo con una fuerza que ninguna amenaza romana había conseguido igualar, porque aquellas palabras no lo perseguían para castigarlo, sino para preguntarle quién era y qué podía hacer todavía con aquello que quedaba de su vida. Había pasado años creyendo que el pasado era una condena inevitable y que lo único razonable consistía en sobrevivir el tiempo suficiente para no ser alcanzado por él, pero ahora empezaba a sospechar que quizá el verdadero problema no era que su pasado pudiera alcanzarlo, sino que él nunca había querido mirarlo de frente.

Baruc estaba a punto de responder cuando una figura apareció al otro lado de la calle y ambos reconocieron inmediatamente la forma de caminar antes incluso de distinguir el rostro. Simeón avanzaba entre la gente con la seguridad de quien siempre había creído que el peligro era un elemento natural de la vida y no una amenaza que pudiera detenerlo. Había envejecido, aunque no tanto como Asael esperaba, y su rostro conservaba aquella expresión dura que parecía haber sido grabada en él por los años de violencia, pero había algo diferente en su manera de mirar, una tensión nueva, una inquietud que no lograba ocultar completamente. Cuando los vio, no se sorprendió; simplemente cambió de dirección y se acercó.

—Así que todavía estás aquí —dijo a Asael.

—Todavía.

Simeón miró a Baruc.

—Y tú sigues respirando.

—Por ahora.

Simeón soltó una breve risa, aunque no había humor verdadero en ella.

—Siempre fuiste demasiado pesimista.

—Y tú demasiado confiado.

—Por eso sigo vivo.

Baruc se apartó unos pasos, dejando a los dos hombres frente a frente. Asael sintió que aquella conversación había estado esperando durante años para suceder, porque Simeón representaba una parte de su vida que había intentado abandonar sin enfrentarse verdaderamente a ella. No podía negar lo que aquel hombre había sido para él. Simeón había aparecido cuando Asael estaba desesperado, cuando la muerte de Joram había dejado a su familia sin recursos y cuando el mundo parecía decirle que la honestidad no servía para alimentar a los que tenían hambre. Había sido quien le enseñó a robar, quien le mostró caminos ocultos, quien le explicó cómo reconocer una patrulla antes de verla y cómo distinguir a un comerciante vulnerable de uno que podía convertirse en una amenaza. Pero también había sido quien había convertido su resentimiento en una forma de vida, quien le había enseñado a llamar justicia a la venganza y necesidad a la codicia, quien había conseguido que Asael confundiera la protección de los suyos con la acumulación de dinero y el respeto con el miedo que podía provocar.

—Necesito hablar contigo —dijo Simeón.

—Habla.

—No aquí.

—Entonces será en otro lugar.

Simeón lo condujo hasta un espacio más apartado, cerca de unos almacenes donde el movimiento de los comerciantes permitía ocultar conversaciones. Baruc se quedó atrás, vigilando la calle. Asael comprendió que aquello no era una visita casual.

—Hay una salida —dijo Simeón.

—Siempre hay una salida cuando quieres que alguien haga algo.

—Esta vez es diferente.

—Eso mismo dijiste antes de la caravana.

La expresión de Simeón se endureció.

—No voy a discutir el pasado.

—Yo sí.

—Pues tendrás tiempo para hacerlo cuando estemos lejos de aquí.

Asael lo miró fijamente.

—¿Qué quieres?

Simeón respiró profundamente.

—Un último golpe.

La respuesta no sorprendió a Asael, pero escuchar aquellas palabras hizo que una sensación fría le recorriera el cuerpo. Durante unos segundos permaneció en silencio, no porque estuviera considerando la propuesta, sino porque comprendió que aquella frase representaba todo lo que había intentado dejar atrás.

—No.

Simeón pareció no haber escuchado.

—Un convoy llegará en dos días por el camino del este. Llevará dinero, telas y mercancías de valor. Sabemos por dónde entrará y quiénes lo acompañarán. No será difícil.

—He dicho que no.

—No has escuchado cuánto podemos sacar.

—No necesito escucharlo.

—Podríamos desaparecer.

—Ya no quiero desaparecer.

Simeón dio un paso hacia él.

—¿Qué quieres entonces?

Asael sostuvo su mirada.

—Quiero dejar de ser el hombre que necesita desaparecer.

Simeón lo observó con una mezcla de incredulidad y desprecio.

—Te ha cambiado la cabeza ese hombre al que sigues.

—No sabes nada de él.

—Sé suficiente. He visto a muchos como él. Hombres que hablan de paz mientras otros hombres hacen el trabajo sucio por ellos.

—Tú no lo has visto.

—Y tú tampoco.

Aquella afirmación golpeó a Asael porque contenía una parte de verdad. Él había visto a Jesús desde lejos, había escuchado algunas de sus palabras entre la multitud y había sentido que aquellas palabras estaban dirigidas de alguna manera a su propia vida, pero no había hablado con él. No podía afirmar que lo conociera. Sin embargo, precisamente por eso necesitaba encontrarlo.

—No sé quién es —dijo Asael—, pero sé quién soy yo, y sé que no quiero volver a hacer lo que me estás proponiendo.

Simeón lo miró durante largo rato.

—¿Sabes qué eres tú? Eres un hombre que tiene miedo. Antes tenías miedo de morir y por eso robabas. Después tuviste miedo de perder a tu familia y por eso robaste más. Luego tuviste miedo de quedarte solo y seguiste robando. Ahora tienes miedo de descubrir que todo aquello no sirvió para nada y por eso buscas a un hombre que pueda decirte que no eres responsable de lo que hiciste.

Asael sintió que las palabras le dolían porque Simeón había aprendido a conocer sus debilidades durante demasiados años, pero no retrocedió.

—Soy responsable de lo que hice.

—Entonces huye.

—No.

—¿Quieres que te arresten?

—Si llega ese momento, no sé qué ocurrirá.

Simeón se acercó todavía más.

—Yo sí lo sé.

—Entonces quizá ha llegado el momento de que tú también dejes de huir.

Simeón lo golpeó.

El puño no fue tan fuerte como otros golpes que Asael había recibido a lo largo de su vida, pero tuvo un peso distinto porque ya no provenía de una pelea contra un enemigo desconocido, sino de un hombre que había sido parte de su historia. Asael sintió el sabor de la sangre en el interior de la boca y permaneció quieto, mientras Simeón respiraba con fuerza frente a él.

—No vuelvas a hablarme como si fueras mejor que yo —dijo Simeón.

Asael se limpió lentamente la sangre con el dorso de la mano.

—Nunca dije que fuera mejor.

—Entonces deja de comportarte como si hubieras cambiado.

—No sé si he cambiado, Simeón, pero sé que no quiero volver atrás.

Simeón sostuvo su mirada durante unos segundos más y finalmente se alejó sin despedirse. Baruc se acercó cuando lo vio desaparecer entre la multitud.

—¿Qué quería?

—Lo mismo de siempre.

—¿Y tú?

—Lo contrario.

Baruc bajó la cabeza.

—Entonces acabas de perder al único hombre que podía sacarte de esta ciudad.

Asael miró la dirección por la que Simeón había desaparecido.

—Quizá nunca fue él quien podía sacarme de aquí.

Aquella tarde, Baruc llevó a Asael hasta una casa abandonada en una zona apartada donde algunos hombres que habían trabajado con ellos utilizaban ocasionalmente una habitación para esconder mercancías. El lugar olía a humedad y madera vieja, y en una esquina había restos de alimentos, mantas y utensilios que demostraban que otros habían pasado allí noches enteras. Baruc cerró la puerta y se sentó contra la pared, agotado.

—No quiero seguir —dijo.

Asael lo miró.

—¿Con qué?

—Con todo esto.

No había dramatismo en su voz, y precisamente por eso Asael comprendió que hablaba en serio.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tiempo. Nunca tuve una razón para decirlo. Siempre había dinero, siempre había alguien que necesitaba hacer algo, siempre aparecía un trabajo que parecía demasiado bueno para rechazarlo. Después uno se acostumbraba y dejaba de preguntar para qué necesitaba tanto dinero.

Asael se sentó frente a él.

—¿Y ahora?

Baruc miró sus manos.

—Ahora me doy cuenta de que no recuerdo la última vez que gané algo sin tener miedo de perderlo.

Aquella frase quedó entre ambos durante un largo silencio. Asael pensó en todo lo que había tenido y perdido, en las monedas que había contado tantas noches, en los alimentos que había llevado a casa, en los vestidos que había comprado para Mara, en las cosas que creyó que podían compensar ausencias que no se compensaban con ninguna riqueza. Recordó a Tamar, recordando especialmente la forma en que ella había mirado sus manos cuando comprendió de dónde venía el dinero, como si estuviera intentando encontrar en ellas al muchacho que había conocido antes de que Simeón apareciera.

—Todavía puedes salir —dijo Asael.

Baruc levantó la mirada.

—¿Y tú?

—Yo también.

—Entonces salgamos juntos.

Asael casi sonrió.

—Yo tengo que quedarme.

—¿Por Jesús?

—Sí.

Baruc negó lentamente con la cabeza.

—Nunca pensé que te escucharía decir algo así.

—Yo tampoco.

No tuvieron tiempo de seguir hablando. Un ruido proveniente de la calle los hizo ponerse de pie. Se acercaron a la ventana y observaron cómo cuatro soldados romanos avanzaban acompañados por dos hombres del lugar. Uno de aquellos hombres señaló una vivienda cercana. Los soldados entraron y poco después sacaron a un individuo esposado. Baruc palideció.

—Ese es uno de los nuestros.

Asael sintió que el peligro había dejado de ser una amenaza lejana.

—¿Sabes quién es?

—Sí.

—Entonces tenemos que irnos.

Salieron por una puerta trasera y caminaron rápidamente por callejones estrechos, evitando llamar la atención. Sin embargo, mientras avanzaban, Asael comprendió algo que no había querido aceptar: la red se estaba cerrando. Los romanos ya no buscaban únicamente a hombres desconocidos que hubieran cometido robos en caminos lejanos; estaban reuniendo nombres, interrogando personas y relacionando grupos que durante años habían trabajado con la seguridad de que la distancia y el miedo impedirían cualquier investigación. Y él había dejado demasiadas huellas.

Al caer la tarde, el problema adquirió una dimensión que ninguno de los dos esperaba. Desde un lugar oculto pudieron observar una pequeña caravana detenida cerca de una de las entradas de la ciudad. Había soldados alrededor de varios carros y una multitud reunida a cierta distancia. Baruc reconoció inmediatamente uno de los vehículos.

—Ese carro pertenece a los hombres de Simeón.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé.

Esperaron hasta que pudieron acercarse a un vendedor que conocían de otras ocasiones. El hombre les explicó que horas antes un grupo había intentado robar parte de la carga y que uno de los soldados había resultado herido durante el enfrentamiento. Los atacantes habían huido, pero habían dejado detrás objetos y testimonios que podían relacionarlos con otros golpes anteriores.

—¿Han encontrado algo? —preguntó Baruc.

El vendedor lo miró con desconfianza.

—Una bolsa con herramientas, un cuchillo y una pieza de tela.

Asael sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Qué tela?

El hombre describió un trozo de tejido que Asael reconoció como parte de un antiguo lote utilizado por el grupo años atrás, cuando él todavía participaba en aquellas operaciones. No era una prueba suficiente para demostrar que hubiera estado allí, pero sí podía servir para que los soldados empezaran a relacionarlo con otros hombres.

Baruc lo miró.

—Tenemos que salir ahora.

Asael no respondió.

—Asael, ¿me escuchas?

—Sí.

—Entonces vámonos.

Por primera vez desde que había llegado a Jerusalén, Asael tuvo una oportunidad real de escapar. Un comerciante que saldría esa misma noche podía llevarlos hacia el sur, y Baruc conocía a un hombre que podía conseguirles ropa diferente y animales para continuar el viaje. Si actuaban con rapidez, podían abandonar la ciudad antes de que los soldados cerraran las rutas. Asael sabía que aquella posibilidad era verdadera, no una fantasía. Sabía que quizá nunca volvería a tener otra.

Caminaron hasta el lugar acordado mientras la noche descendía sobre Jerusalén. Baruc llevaba preparada una pequeña bolsa con comida y agua, y Asael apenas cargaba nada. En otro tiempo aquella ausencia de equipaje le habría parecido una ventaja; ahora le recordaba que había llegado al final de una vida que podía abandonar con las manos casi vacías.

El hombre que debía ayudarlos esperaba junto a un carro cubierto. Baruc habló con él en voz baja y después regresó.

—Podemos irnos.

Asael miró el carro.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Asael dio unos pasos hacia él y se detuvo.

—No.

Baruc lo miró con desesperación.

—No hagas esto.

—Tengo que quedarme.

—¿Por qué?

Asael levantó los ojos hacia las luces de Jerusalén.

—Porque todavía no he hablado con Jesús.

Baruc se pasó ambas manos por el rostro.

—Te estás jugando la vida por una conversación.

—Mi vida ya está en juego.

—Puedes morir.

—Lo sé.

—Entonces vete.

Asael permaneció en silencio durante largo rato. Pensó en Joram y en aquella tarde lejana en que su padre le había dicho que un hombre debía aprender a vivir con la conciencia limpia incluso cuando nadie pudiera recompensarlo por ello. Pensó en Mara, arrodillada junto a su cama, diciéndole que Dios veía lo que los hombres no podían ver. Pensó en Tamar, en la pequeña vida que habían esperado y perdido, en todas las veces que había confundido tener dinero con cuidar de alguien, en las noches en que había regresado a casa convencido de que proteger significaba traer algo material entre las manos, cuando quizá lo único que aquellos que amaba habían querido era que él estuviera allí. Pensó también en Jesús, no como una figura idealizada que pudiera borrar mágicamente su pasado, sino como aquel hombre al que había observado caminar entre personas heridas, pobres, enfermas, rechazadas y culpables, y que parecía hablarles sin tratarlas como residuos de sus propios errores.

—Yo he huido toda mi vida —dijo finalmente—. Si me voy ahora, volveré a hacer lo mismo.

Baruc lo miró con los ojos húmedos.

—¿Y qué vas a hacer si te encuentran?

—No lo sé.

—¿No tienes miedo?

Asael tardó en responder.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué te quedas?

—Porque por primera vez tengo miedo de perder algo que no es mi vida.

Baruc comprendió que no conseguiría convencerlo.

Se abrazaron sin decir nada. No era un gesto habitual entre hombres como ellos, acostumbrados a ocultar cualquier sentimiento que pudiera interpretarse como debilidad, pero aquella noche ninguno de los dos tuvo necesidad de protegerse detrás de la dureza. Cuando se separaron, Baruc tomó a Asael por los hombros.

—Si sobrevives a esto, busca otra vida.

Asael lo miró.

—Tú también.

—No sé si podré.

—Empieza por irte.

Baruc subió al carro. Antes de que partiera, volvió a mirar a Asael.

—¿Crees que ese hombre puede cambiar algo?

Asael contempló las luces lejanas.

—No sé si puede cambiar mi pasado.

—Eso no fue lo que pregunté.

Asael respiró profundamente.

—Quizá pueda enseñarme qué hacer con lo que queda.

El carro comenzó a alejarse y Asael permaneció inmóvil hasta que desapareció entre las sombras. Después volvió sobre sus pasos hacia la ciudad. Caminaba sin prisa, pero tampoco con tranquilidad, porque sabía que los soldados podían detenerlo en cualquier momento y que su nombre probablemente estaba siendo pronunciado en alguna habitación donde él no podía escucharlo. Sin embargo, por primera vez aquella posibilidad no lo empujaba a correr. Sentía miedo, un miedo profundo y real, pero ya no era el miedo que había gobernado toda su existencia. No era el miedo a perder dinero, ni a perder una ruta, ni a perder una oportunidad, ni siquiera el miedo a morir, sino el temor de llegar al final de su vida sin haber descubierto si todavía existía un camino de regreso.

Mientras avanzaba por una calle estrecha, escuchó voces detrás de él. Se detuvo durante un instante, pero no volvió la cabeza. Las voces se acercaron. Un grupo de soldados dobló la esquina. Asael pudo haber corrido hacia otra calle, pero permaneció quieto. Uno de los soldados lo miró, siguió caminando y pasó de largo. Asael soltó lentamente el aire que había contenido y continuó su camino.

No sabía que aquella sería una de las últimas veces que tendría la posibilidad de elegir libremente hacia dónde dirigirse. No sabía que la misma ciudad que le había ofrecido la oportunidad de encontrar a Jesús estaba a punto de convertirse en el escenario donde todas las decisiones anteriores de su vida terminarían alcanzándolo. No sabía que Simeón volvería a cruzarse con su destino, ni que Baruc tendría que tomar decisiones propias, ni que la red romana se cerraría con una rapidez mayor de la que cualquiera de ellos podía imaginar. Tampoco sabía que el hombre al que buscaba estaba entrando en las horas más oscuras de su propia vida y que, mientras Asael intentaba encontrarlo, otros hombres ya estaban preparando su captura. Solamente sabía que no quería marcharse.

Llegó finalmente a un lugar desde el que podía contemplar parte del movimiento de la ciudad. Se sentó junto a una pared y permaneció allí durante un largo rato, observando a las personas pasar, viendo familias que regresaban a sus alojamientos, comerciantes que cerraban sus puestos, peregrinos que hablaban de las noticias del día y hombres que discutían sobre Jesús, sobre sus enseñanzas y sobre lo que algunos dirigentes pensaban hacer con él. Asael escuchaba sin intervenir. Cada conversación añadía una pieza más a una historia que él todavía no comprendía, pero que sentía que debía conocer antes de que fuera demasiado tarde.

Pensó entonces en el título que nadie había pronunciado, pero que parecía estar escrito sobre su propia vida. Había llegado tarde a demasiadas cosas. Había llegado tarde a comprender a su padre cuando todavía podía escucharlo. Había llegado tarde a entender a Mara cuando todavía estaba viva. Había llegado tarde a Tamar, cuando ella todavía esperaba que pudiera elegir otra vida. Había llegado tarde a su propia familia, tarde a su propia conciencia, tarde a la posibilidad de detener una violencia que al principio parecía pequeña y terminó ocupando años enteros. Había llegado tarde incluso a Jesús aquella tarde, cuando intentó acercarse y no pudo. Sin embargo, sentado allí en medio de la noche, comprendió que llegar tarde no significaba necesariamente haber llegado al final. Quizá todavía existía una diferencia entre llegar tarde y llegar cuando ya no quedaba ninguna oportunidad.

Asael levantó la mirada hacia el cielo oscuro. Durante años había evitado rezar porque pensaba que no tenía derecho a hacerlo, como si la oración fuera un privilegio reservado para quienes habían sabido vivir correctamente. Pero las palabras de Mara regresaron con una claridad que no había tenido nunca antes: mientras puedas reconocer el camino de regreso, no está todo perdido. Entonces cerró los ojos y, sin saber exactamente a quién hablaba ni qué esperaba recibir, pronunció en voz baja una oración que no era una promesa ni una exigencia, sino simplemente el reconocimiento de un hombre que había llegado al límite de sus propias fuerzas.

—Dios, si todavía puedes encontrarme, aquí estoy.

No hubo respuesta visible, ni una voz desde el cielo, ni una señal que pudiera interpretar como confirmación. Solo continuó el ruido de Jerusalén alrededor de él, la ciudad despierta, las voces, los pasos, los animales, las puertas que se cerraban y las que se abrían, el murmullo de quienes hablaban de Jesús sin saber que, en algún lugar cercano, un hombre que había vivido casi toda su vida huyendo acababa de decidir quedarse. Asael abrió los ojos y se puso de pie lentamente. Tenía miedo, sabía que podía ser arrestado y comprendía que quizá no tendría otra oportunidad de escapar, pero aquella noche ya no quiso calcular las posibilidades como había hecho durante tantos años. Caminó hacia las calles donde esperaba encontrar nuevamente a Jesús, llevando consigo todo lo que había sido, todas las personas que había perdido, toda la culpa que no podía borrar y toda la esperanza que apenas comenzaba a comprender, porque por primera vez su camino no estaba determinado por el deseo de salvarse de las consecuencias de sus actos, sino por la necesidad de descubrir si todavía podía convertirse en alguien distinto antes de que la muerte terminara de cerrar sobre él la historia que había comenzado tantos años atrás.

Y así, mientras en distintos lugares de Jerusalén los soldados continuaban buscando a los hombres relacionados con los robos y las acciones violentas de los caminos, mientras Simeón avanzaba hacia un destino que todavía desconocía y Baruc se alejaba de la ciudad con la conciencia de que quizá aquella noche era la última oportunidad que tendría para abandonar una vida que ya no quería, Asael siguió andando entre las sombras, sin saber que las horas que se acercaban cambiarían definitivamente el significado de todo lo que había vivido, porque hasta entonces había considerado la muerte como el enemigo del que debía escapar a cualquier precio, pero ahora comenzaba a descubrir que había una pregunta mucho más profunda que la de cuánto tiempo podía seguir vivo: qué podía hacer con la vida que todavía le quedaba. Asael ya no estaba huyendo de la muerte; estaba intentando descubrir qué hacer con la vida que todavía le quedaba.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 10

 

La noche en Jerusalén había sido larga, pero para Asael había transcurrido con una rapidez extraña, como si cada hora hubiera llevado consigo algo que debía recordar y al mismo tiempo algo que debía olvidar. Había permanecido escondido durante buena parte de la madrugada, moviéndose entre calles secundarias y lugares donde la multitud pudiera protegerlo de las miradas de los soldados, pero cuando comenzó a amanecer comprendió que ya no podía seguir esperando. Sabía que los hombres que lo buscaban podían encontrarlo en cualquier momento, sabía que el nombre de algunos de sus antiguos compañeros ya circulaba entre las autoridades y sabía también que Baruc había abandonado la ciudad precisamente porque comprendía que permanecer allí significaba exponerse a un peligro cada vez mayor, pero nada de aquello consiguió apartarlo de la decisión que había tomado. Si iba a morir, si finalmente su pasado había alcanzado el momento en que ya no podía seguir escapando, quería al menos saber quién era Jesús, quería escucharlo sin la distancia de una multitud, quería estar suficientemente cerca para comprobar si aquellas palabras que habían comenzado a cambiarlo sin que él pudiera explicarlo eran realmente tan poderosas como le habían parecido desde lejos.

Durante las primeras horas de la mañana, Asael caminó por las calles procurando no llamar la atención. Había aprendido durante años a leer los movimientos de las personas, a distinguir cuándo alguien caminaba sin preocupación y cuándo lo hacía vigilando los alrededores, a reconocer la diferencia entre un grupo de comerciantes y una patrulla, a detectar la tensión que aparecía en una calle cuando los soldados habían recibido alguna orden. Aquella habilidad, que tantas veces le había servido para robar y escapar, ahora le permitía avanzar con prudencia. Sin embargo, mientras se acercaba al lugar donde había escuchado que Jesús enseñaría, Asael descubrió que algo en él había cambiado, porque por primera vez aquellas mismas habilidades no estaban orientadas a encontrar una vía de escape, sino a encontrar un camino para acercarse. Se mantuvo detrás de un grupo de peregrinos, esperó cuando una patrulla pasó delante de él y finalmente logró mezclarse con la gente que comenzaba a reunirse. Allí estaba otra vez la multitud, hombres y mujeres que hablaban en voz baja, algunos con entusiasmo, otros con preocupación y otros con una curiosidad casi indiferente, como si todavía no comprendieran que aquellos días estaban llevando a Jerusalén hacia acontecimientos que serían recordados mucho después de que todos ellos hubieran desaparecido.

Asael se quedó en el borde del grupo durante algunos minutos, hasta que consiguió verlo. Jesús estaba allí, rodeado de personas, pero no parecía pertenecer al movimiento de la multitud. Había hombres que intentaban acercarse, otros que querían escucharlo mejor y algunos que discutían entre sí sobre lo que decía, pero Jesús permanecía sereno, sin adoptar la postura de quien necesita imponerse para ser escuchado. Asael sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza y recordó la noche anterior, cuando había pedido a Dios que todavía pudiera encontrarlo. No sabía si aquella oportunidad era una respuesta, una coincidencia o simplemente una consecuencia de haber buscado durante suficiente tiempo, pero no quiso preguntárselo. Permaneció allí.

Jesús comenzó a hablar y Asael escuchó.

No todas las palabras llegaron con claridad, porque algunas personas se movían, otras hablaban entre ellas y la distancia no era pequeña, pero de pronto una frase consiguió atravesar el ruido de la multitud y quedó suspendida en la memoria de Asael con una fuerza que no pudo ignorar. Jesús hablaba de aquellos que buscaban salvar su vida aferrándose a ella, de aquellos que querían conservarlo todo y terminaban perdiéndolo, de la necesidad de no vivir dominados por el temor y de la importancia de confiar en Dios aun cuando el camino pareciera conducir hacia un lugar que nadie elegiría voluntariamente. Asael sintió que aquellas palabras se dirigían hacia una parte de su vida que jamás había conseguido explicar.

Había intentado salvar su vida durante años.

Había robado para sobrevivir, había golpeado para no ser golpeado, había amenazado para no ser amenazado, había acumulado dinero para proteger a quienes amaba, había huido para evitar la prisión y había cambiado de camino cada vez que alguien descubría sus huellas. Sin embargo, mientras más intentaba conservar su vida, más cosas perdía. Había conservado el dinero y perdido a Tamar; había protegido sus propios intereses y perdido a su hijo; había aprendido a defenderse y había perdido la paz; había evitado ser débil y había terminado convertido en un hombre que ya no sabía vivir sin desconfiar de todos. Ahora comprendía que quizá el problema no había sido solamente que hubiera cometido delitos, sino que había construido toda su existencia alrededor del miedo a perder algo.

Jesús continuó hablando.

Asael no entendió cada palabra, pero escuchó algo acerca del perdón, acerca del amor que no responde al mal de la misma manera, acerca de quienes cargan con culpas que otros consideran imperdonables y acerca de la posibilidad de que Dios mire al ser humano de una manera distinta a como lo miran los hombres. Asael bajó la cabeza. Recordó a Mara diciendo que Dios veía lo que nadie más podía ver. Durante años había considerado aquella enseñanza una ingenuidad de su madre, una frase propia de alguien que no había conocido las calles ni la violencia ni la injusticia. Ahora, escuchando a Jesús, comenzó a comprender que quizá Mara había sabido algo que él había tardado demasiado en descubrir.

Alguien cerca de él comenzó a hablar sobre los dirigentes y sobre el peligro que Jesús corría. Otro respondió que nadie se atrevería a arrestarlo en medio de la multitud. Asael escuchó sin intervenir. Había aprendido a desconfiar de las certezas pronunciadas por hombres que desconocían lo que podía hacer el miedo cuando se convertía en autoridad. Sabía que los poderosos podían esperar, podían observar y podían actuar cuando encontraban el momento adecuado.

Entonces Jesús pronunció unas palabras que Asael escuchó con mayor claridad que todas las anteriores.

—No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

Asael levantó lentamente la mirada.

No supo por qué aquella frase le produjo una sensación tan profunda. Tal vez porque llevaba años viviendo con el corazón turbado. Tal vez porque nunca había confiado realmente en nadie. Tal vez porque había pasado demasiado tiempo creyendo que todo dependía de su propia fuerza y que si dejaba de controlar las cosas, todo se derrumbaría. O tal vez porque, después de haber perdido casi todo, comenzaba a comprender que la fe no consistía en tener garantías de que nada malo ocurriría, sino en encontrar un lugar donde colocar el miedo cuando ya no podía seguir sosteniéndolo solo.

Jesús siguió hablando, y Asael permaneció inmóvil.

Por primera vez estaba lo suficientemente cerca como para observar su rostro sin depender de la distancia. No encontró en él la dureza que esperaba encontrar en un hombre rodeado de amenazas. Tampoco vio temor. Vio cansancio, sí, y una gravedad que parecía pesar sobre él de una manera que los demás no podían comprender, pero también encontró una serenidad que no había visto nunca en nadie que estuviera a punto de enfrentarse a un peligro verdadero.

Asael pensó que quizá eso era lo que había estado buscando sin saberlo.

No una promesa de que nunca sufriría, ni una garantía de que los romanos no lo encontrarían, ni siquiera una oportunidad de borrar el pasado, sino alguien capaz de mirar el sufrimiento sin permitir que el sufrimiento decidiera quién era.

Poco después, la multitud comenzó a dispersarse. Asael se quedó quieto unos instantes, tratando de ordenar lo que había escuchado. Había imaginado tantas veces aquel encuentro que ahora la realidad le parecía insuficiente y al mismo tiempo mucho más poderosa que sus expectativas. Había querido acercarse, hablar, contarle todo, decirle que había robado, que había matado sin querer y que después había seguido robando aun sabiendo que estaba destruyéndose, que había perdido a su hijo y que nunca había dejado de pensar que su propia vida había contribuido a aquella pérdida, que su madre había muerto esperando que él encontrara el camino de regreso, que Tamar se había marchado porque ya no podía soportar vivir junto al hombre en que se había convertido. Había querido decirle que estaba cansado.

Pero no consiguió hacerlo.

Jesús se alejó acompañado por algunos de sus seguidores y Asael permaneció atrás. Pensó que quizá tendría otra oportunidad. Había esperado durante años; podía esperar unas horas más.

No sabía que aquellas serían las últimas horas.

El cambio comenzó de manera casi imperceptible. Primero fueron rumores. Algunos hombres hablaban en voz baja. Otros miraban hacia los extremos de las calles. Después Asael vio grupos de personas moverse con una urgencia diferente. Había hombres que parecían buscar a alguien, y entre ellos había rostros que Asael reconoció como pertenecientes a las autoridades religiosas o a quienes trabajaban para ellas. El ambiente de la ciudad comenzó a transformarse.

Asael se apartó de la zona y buscó un lugar desde donde pudiera observar sin quedar expuesto. La experiencia le decía que algo estaba a punto de ocurrir. No sabía exactamente qué, pero conocía aquella sensación. Era la misma tensión que precedía a una emboscada, la misma inquietud que se apoderaba de los caminos cuando alguien había descubierto que una caravana estaba siendo vigilada.

Pasaron algunas horas.

La noticia finalmente llegó.

Jesús había sido detenido.

Asael sintió que el mundo se detenía durante un instante.

No comprendía cómo había podido suceder tan rápido. Apenas unas horas antes lo había visto rodeado de personas. Ahora estaba en manos de quienes querían acabar con él. La multitud que antes lo escuchaba se había dispersado y muchos de los que hablaban con entusiasmo ahora evitaban pronunciar su nombre en voz alta.

Asael quiso acercarse.

No sabía qué pretendía hacer. Tal vez solamente verlo. Tal vez comprobar que estaba bien. Tal vez cumplir la promesa que nunca había pronunciado de no volver a llegar tarde. Caminó siguiendo a grupos que avanzaban hacia la zona donde se hablaba de la detención, pero cuanto más se acercaba, mayor era la presencia de soldados.

Entonces comprendió que no podía intervenir.

No tenía poder para rescatar a Jesús, ni influencia, ni amigos, ni autoridad. Si intentaba acercarse, solamente conseguiría ser detenido. Y, aunque esa posibilidad ya no le importaba tanto como antes, todavía existía dentro de él un impulso que le decía que debía mantenerse al margen.

Fue entonces cuando escuchó detrás de él una voz que reconoció inmediatamente.

—Tú.

Asael se volvió.

Dos soldados lo observaban.

Uno de ellos señaló su rostro.

—Es él.

Asael no corrió.

Durante una fracción de segundo pensó hacerlo. Su cuerpo recordó lo aprendido durante años. Sus ojos buscaron una calle lateral, una puerta abierta, una esquina desde la que pudiera desaparecer. Pero antes de que sus piernas respondieran, comprendió que aquella era precisamente la vida de la que había decidido salir.

—¿Cómo te llamas? —preguntó uno de los soldados.

Asael guardó silencio.

El soldado dio un paso adelante.

—He preguntado cómo te llamas.

Asael respiró profundamente.

—Asael.

El soldado miró a su compañero.

—Es el nombre de la lista.

Aquella frase confirmó lo que ya sabía. Habían llegado hasta él.

Lo registraron y encontraron una pequeña bolsa con algunas monedas, una pieza de tela y un cuchillo. No era mucho, pero para quienes buscaban relacionarlo con los hombres de los caminos era suficiente para justificar una detención. Asael no resistió. No porque no pudiera hacerlo, sino porque ya no quería hacerlo.

Mientras le ataban las manos, miró hacia el lugar donde había visto desaparecer a Jesús.

No pudo verlo.

Pero recordó su voz.

No se turbe vuestro corazón.

Aquellas palabras regresaron a él precisamente cuando todo comenzaba a derrumbarse.

Fue llevado junto con otros detenidos. Caminó entre soldados y personas que observaban sin saber quién era ni qué había hecho. Algunos lo insultaron, otros simplemente lo ignoraron. Asael pensó que así debía ser. Durante años había sido un nombre en las historias de otros hombres, un rostro que aparecía en los recuerdos de quienes habían perdido algo durante un robo, una figura que podía ser temida sin ser conocida. Ahora él mismo caminaba hacia una condena que probablemente sería pronunciada sin que nadie quisiera escuchar su historia.

Lo condujeron a un lugar donde permaneció durante horas. Fue interrogado brevemente. Las preguntas fueron directas, relacionadas con robos, caminos, nombres y grupos. Asael respondió lo mínimo. No intentó justificar sus actos. Tampoco confesó cosas que no le preguntaban. Había aprendido que los hombres que tenían poder podían utilizar las palabras de un acusado para construir una historia que ya habían decidido creer.

Cuando finalmente lo llevaron a la prisión, el día comenzaba a caer.

El lugar era oscuro, húmedo y estrecho. Asael entró acompañado por otro detenido que parecía haber recibido una condena semejante. Lo empujaron hacia el interior y cerraron la puerta.

Durante algunos minutos no vio nada.

Después, sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad.

Había otro hombre sentado contra una pared.

Era de edad semejante a la suya, quizá algo mayor, con el rostro marcado por una cicatriz y una expresión que combinaba cansancio y desafío. Tenía las manos atadas y parecía haber estado allí algún tiempo.

—Así que finalmente mandaron a alguien —dijo.

Asael no respondió.

El hombre levantó la cabeza.

—No te preocupes. No voy a preguntarte si eres culpable. Aquí dentro todos lo somos de alguna manera.

Asael se sentó contra la pared opuesta.

—¿Cómo te llamas?

—Dimas.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

—¿Y tú?

—Asael.

Dimas lo observó durante unos segundos.

—He escuchado ese nombre.

Asael no se sorprendió.

—Probablemente.

—Caminos del sur.

—Entre otros lugares.

Dimas soltó una sonrisa cansada.

—Entonces sí eres tú.

Asael apoyó la cabeza contra la pared.

—Parece que ya no queda mucho que esconder.

Dimas se acomodó como pudo.

—¿Qué hiciste?

—Robé.

—¿Solo eso?

Asael miró el suelo.

—No.

Dimas asintió lentamente.

—Yo tampoco.

Durante un tiempo ninguno habló. El silencio de la prisión era diferente al silencio de los caminos. Allí no había viento, ni animales, ni ruedas, ni voces lejanas. Solo se escuchaban ocasionalmente pasos de soldados, el ruido metálico de alguna puerta y las voces apagadas de otros prisioneros.

Dimas fue quien volvió a hablar.

—¿Tienes familia?

La pregunta tomó a Asael desprevenido.

—La tuve.

—Eso significa que la perdiste.

—A casi todos.

Dimas permaneció callado.

—Yo tuve una mujer —dijo finalmente—. No sé si todavía me espera.

Asael levantó la mirada.

—¿La amas?

Dimas sonrió con tristeza.

—No sé si alguien puede amar a un hombre como nosotros durante mucho tiempo.

Asael pensó en Tamar.

—Algunas personas lo intentan.

Dimas comprendió que había tocado una herida.

—¿Cómo se llamaba?

Asael dudó antes de responder.

—Tamar.

Pronunciar aquel nombre después de tanto tiempo produjo un dolor que no esperaba. Recordó sus manos, su voz, la tienda donde trabajaba, las tardes en que habían hablado de una vida diferente, la forma en que ella había creído que podía cambiar. Recordó también el día en que ella comprendió que el hombre al que amaba no era simplemente un joven que había tomado malas decisiones, sino alguien que había permitido que esas decisiones se convirtieran en una identidad.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Dimas.

Asael comenzó a contar.

No lo hizo de una vez, sino lentamente, como quien abre una puerta que había mantenido cerrada durante demasiado tiempo. Habló de Joram, su padre, de los viajes con el carro y los animales, de las enseñanzas sobre el trabajo y la honestidad, de aquella tarde en que había visto a su padre humillado por un hombre que tenía dinero y autoridad. Habló de la enfermedad que terminó llevándoselo, de la pobreza que siguió a su muerte y de la desesperación que permitió que Simeón entrara en su vida.

Dimas escuchaba sin interrumpir.

Asael habló entonces de Mara.

Contó que su madre nunca dejó de creer que él podía elegir bien, incluso cuando las pruebas demostraban lo contrario. Recordó sus advertencias, sus oraciones y la forma en que siempre parecía saber cuándo él estaba mintiendo aunque intentara esconderlo. Le contó que había rechazado el dinero que él había llevado después de su primer robo y que aquella negativa le había dolido más que cualquier golpe, porque demostraba que para ella no era suficiente traer comida si para conseguirla había tenido que convertirse en otra persona.

Después habló de Tamar.

Dimas permaneció en silencio mientras Asael explicaba cómo habían intentado construir una vida distinta, cómo ella había querido creer en él y cómo él había seguido escuchando la voz de Simeón. Habló de la caravana, de la sangre, del hombre que había muerto después de haber sido herido durante el robo, de la culpa que nunca había conseguido expulsar de su memoria. Habló del hijo que tuvieron y de lo poco que duró su vida.

Al llegar a ese punto, Asael tuvo que detenerse.

Dimas bajó la mirada.

—Lo siento.

Asael respiró profundamente.

—Yo también.

—No es culpa tuya que haya muerto.

Asael levantó los ojos.

—Eso me decía Tamar.

—¿Y tú no le creías?

—Quería creerle.

—No es lo mismo.

Asael negó lentamente.

—No.

Durante un largo rato permanecieron en silencio.

Después Asael continuó hablando de Mara, de su muerte, de las últimas palabras que le había dicho y de cómo había abandonado definitivamente la casa familiar. Habló de los años posteriores, de los caminos, de los robos, de los hombres que había conocido, de la violencia y del dinero. Pero cuando llegó al momento presente, su voz cambió.

—Entonces escuché hablar de Jesús.

Dimas lo observó.

—¿Jesús de Nazaret?

—Sí.

—Yo también he oído hablar de él.

—¿Qué piensas?

Dimas soltó una risa breve.

—Nunca pensé que acabaríamos hablando de religión en una prisión.

—No sé si estoy hablando de religión.

—Entonces, ¿de qué hablas?

Asael tardó en responder.

—De un hombre que me hizo pensar que quizá todavía podía volver.

Dimas lo miró fijamente.

—¿Volver adónde?

Asael bajó la cabeza.

—No lo sé.

Aquella respuesta fue probablemente la más sincera que había dado en muchos años.

Dimas se apoyó contra la pared.

—¿Lo viste?

—Sí.

—¿Hablaste con él?

—No.

—Entonces todavía no sabes qué habría pensado de ti.

Asael levantó la mirada.

—Hoy lo escuché.

—¿Qué dijo?

Asael recordó la frase.

—Que no se turbara nuestro corazón.

Dimas sonrió débilmente.

—Eso parece difícil de obedecer aquí.

—Sí.

—¿Y crees que hablaba de hombres como nosotros?

Asael guardó silencio.

—No lo sé —respondió finalmente—, pero quiero creer que sí.

Dimas lo observó durante un largo rato.

—Quizá por eso te quedaste.

Asael sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Si querías escapar, podrías haberlo hecho.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando me trajeron vi tu cara. Era la cara de alguien que todavía podía correr.

Asael sonrió con tristeza.

—Ya no quiero correr.

Dimas cerró los ojos.

—Entonces somos dos hombres en una prisión que quizá han llegado demasiado tarde para casi todo.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.

Asael pensó que era exactamente así.

Había llegado tarde a su padre, tarde a su madre, tarde a Tamar, tarde a su hijo, tarde a la vida que pudo haber tenido. Había llegado tarde incluso a Jesús. Pero ahora, sentado junto a Dimas en una celda húmeda, comprendió que todavía existía una diferencia entre estar tarde y estar perdido definitivamente.

La puerta se abrió.

Ambos levantaron la cabeza.

Entró un soldado acompañado por otro hombre que llevaba una tablilla.

—Los dos —dijo el soldado.

Dimas se puso de pie lentamente.

Asael permaneció sentado durante un instante.

—¿Qué ocurre?

El hombre de la tablilla leyó los nombres.

—Dimas.

—Aquí.

—Asael.

Asael se levantó.

—Aquí.

El hombre revisó nuevamente la tablilla.

—Los dos han sido condenados.

Dimas miró a Asael.

—¿A qué?

El soldado respondió con indiferencia.

—A la crucifixión.

El mundo pareció quedar inmóvil.

Asael había imaginado la muerte muchas veces. Había visto hombres morir en caminos, había presenciado heridas que no tenían remedio y había sabido desde hacía años que, tarde o temprano, podía terminar ejecutado. Sin embargo, escuchar aquella palabra aplicada directamente a su nombre produjo algo distinto. La muerte había dejado de ser una posibilidad y se había convertido en una fecha.

Dimas preguntó:

—¿Cuándo?

El soldado respondió sin emoción.

—Mañana.

Después cerró la puerta.

Los dos hombres quedaron nuevamente solos.

Asael se sentó lentamente contra la pared.

Dimas hizo lo mismo.

Ninguno habló durante varios minutos.

Finalmente Dimas rompió el silencio.

—Mañana.

Asael miró sus manos.

—Sí.

—¿Tienes miedo?

Asael pensó en Jesús.

Pensó en Joram.

Pensó en Mara.

Pensó en Tamar.

Pensó en aquel hijo cuyo rostro apenas había podido conocer.

Pensó en todos los caminos que había recorrido huyendo de aquello que ahora ya no podía evitar.

—Sí —dijo—. Pero no como antes.

Dimas lo miró.

—¿Qué ha cambiado?

Asael levantó lentamente la cabeza.

—Antes tenía miedo de morir sin haber terminado de vivir. Ahora tengo miedo de morir sin haber encontrado el camino de regreso.

Dimas permaneció en silencio, y después apoyó la cabeza contra la pared. Afuera, la noche avanzaba sobre Jerusalén. En algún lugar de la ciudad, Jesús estaba siendo llevado hacia acontecimientos que Asael todavía no comprendía. Dentro de aquella celda, dos hombres condenados esperaban la mañana, cada uno acompañado por sus propios muertos, sus propias culpas y sus propias oportunidades perdidas. Asael cerró los ojos y recordó la voz que había escuchado unas horas antes, aquella voz que había dicho que no se turbara el corazón, y por primera vez comprendió que quizá la fe no consistía en creer que el día siguiente traería necesariamente una oportunidad de escapar, sino en creer que aun cuando el día siguiente trajera la muerte, la muerte no tendría la última palabra sobre aquello que Dios podía hacer con un hombre que había llegado tarde. Afuera, el cielo se había oscurecido completamente sobre Jerusalén, y Asael sabía que al amanecer caminaría hacia la cruz, pero mientras permanecía sentado junto a Dimas, esperando unas horas que ya no podían prolongarse, una certeza pequeña y todavía frágil comenzó a abrirse paso en medio de su miedo: quizá había pasado toda su vida buscando una manera de salvarse de la muerte, cuando lo que necesitaba realmente era descubrir, antes de morir, si todavía podía entregar su vida a alguien en quien finalmente pudiera confiar.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 11

 

Cuando llegó la mañana, Asael ya no sabía cuánto tiempo había permanecido despierto. Había pasado buena parte de la noche sentado contra la pared de la prisión, con las rodillas recogidas y las manos apoyadas sobre ellas, escuchando la respiración de Dimas y los ruidos apagados que llegaban desde otras celdas, mientras en su interior se sucedían recuerdos que parecían pertenecer a vidas diferentes y que, sin embargo, ahora se presentaban unidos por una misma línea que él podía recorrer desde su infancia hasta aquel amanecer. Había intentado dormir varias veces, pero cada vez que cerraba los ojos aparecía el rostro de Mara, después el de Joram, luego Tamar sosteniendo entre sus brazos al niño que apenas había tenido tiempo de conocer, y finalmente el rostro de Jesús entre la multitud, sereno, cansado y profundamente humano, pronunciando aquellas palabras que habían quedado resonando en él desde el día anterior. No se turbe vuestro corazón. Había escuchado tantas palabras en su vida, amenazas, promesas, insultos, juramentos, mentiras, órdenes, súplicas y advertencias, pero ninguna había conseguido permanecer dentro de él como aquella. Quizá porque nunca había comprendido lo que significaba un corazón turbado hasta que miró hacia atrás y descubrió que casi toda su vida había sido una larga huida de aquello que llevaba dentro. Ahora no podía huir. La puerta estaba cerrada, la sentencia había sido pronunciada y el camino que quedaba por delante terminaba en una cruz.

Dimas se movió al otro lado de la celda y abrió los ojos.

—¿Has dormido algo?

Asael negó lentamente con la cabeza.

—No.

—Yo tampoco.

Durante unos momentos permanecieron en silencio. Ninguno parecía encontrar palabras adecuadas para una mañana como aquella. Los dos sabían que en pocas horas estarían muertos, pero incluso esa certeza resultaba difícil de comprender mientras seguían sentados, respirando, escuchando los pasos de los soldados y sintiendo el frío de la piedra contra sus cuerpos. La muerte era demasiado grande para ser entendida de una sola vez. Se podía comprender una herida, una enfermedad, una caída, un golpe, incluso una espada, pero la idea de saber que dentro de unas horas dejarían de existir tenía algo que escapaba a la razón. Asael pensó que quizá así habían vivido siempre los hombres, evitando pensar en el final hasta que el final se encontraba frente a ellos, pero él había tenido una ventaja que otros no tenían: durante años había vivido convencido de que cualquier día podía ser el último. Había entrado en caminos oscuros, había enfrentado soldados, había robado a hombres armados y había dormido en lugares donde una traición podía costarle la vida. Sin embargo, nunca había comprendido verdaderamente lo que significaba morir porque siempre había supuesto que todavía tendría una salida.

Ahora no la había.

—¿Tienes miedo? —preguntó Dimas.

Asael miró hacia la pequeña abertura por donde comenzaba a entrar la luz.

—Sí.

—Yo también.

—Pero anoche tenía más miedo.

Dimas lo miró.

—¿Por qué?

Asael tardó en contestar.

—Porque todavía pensaba que tenía que escapar.

Dimas bajó la mirada y asintió lentamente, como si comprendiera perfectamente.

Poco después llegaron los soldados. Abrieron la puerta y les ordenaron levantarse. Asael sintió que sus piernas estaban débiles, no tanto por las cadenas como por la conciencia de que aquel era el último lugar desde el cual todavía podía recordar la vida que había llevado sin tener que contemplarla desde fuera. Se puso de pie y miró una vez más las paredes de la celda, aquellas piedras húmedas que durante la noche habían sido una prisión y que ahora, extrañamente, le parecían casi un refugio. Allí había comprendido cosas que había evitado durante años. Allí había dicho en voz alta el nombre de Tamar sin sentir la necesidad de esconderlo. Allí había hablado de Mara, de Joram y de su hijo. Allí había reconocido ante otro hombre que tenía miedo. Allí había comprendido que no necesitaba seguir fingiendo que era fuerte.

Los soldados los sacaron.

El aire de la mañana era frío y la ciudad comenzaba a despertar. Asael caminó con Dimas entre los soldados y otros hombres que se habían reunido para observar el paso de los condenados. Algunos miraban con indiferencia, otros con curiosidad, algunos con desprecio y otros con una compasión silenciosa que parecía no atreverse a manifestarse. Asael mantuvo la mirada baja al principio, pero después comenzó a levantarla poco a poco. Quería recordar aquella ciudad. Quería guardar en la memoria sus calles, sus piedras, sus rostros, el sonido de los animales y las voces que llenaban el aire. Durante años había creído que morir significaba desaparecer de un lugar, pero ahora comprendía que antes de desaparecer de la vida uno comienza a aferrarse a los pequeños detalles que nunca había considerado importantes.

Entonces lo vio.

Al principio no estaba seguro.

Había una figura delante de ellos, rodeada de soldados y de gente que gritaba. Un hombre avanzaba con dificultad cargando una cruz. Su cuerpo estaba herido y su rostro mostraba las marcas de una violencia que Asael no podía contemplar sin sentir que algo dentro de él se quebraba.

Era Jesús.

Asael se detuvo casi imperceptiblemente.

Dimas también lo reconoció.

—Es él —murmuró.

Asael no respondió.

No podía.

Había pasado meses, quizá años, escuchando hablar de aquel hombre. Había seguido sus pasos desde lejos, había buscado una oportunidad para acercarse y finalmente lo había encontrado, pero nunca había imaginado verlo así. No había esperado encontrarlo camino de la muerte. Lo había imaginado rodeado de personas, hablando, sanando, enseñando, caminando entre pobres y enfermos, pero no cargando una cruz mientras los soldados lo conducían hacia el lugar de ejecución.

Asael sintió que todo lo que había escuchado sobre Jesús se reunía en aquel instante.

El hombre que hablaba del perdón caminaba hacia la muerte.

El hombre que hablaba del amor a los enemigos era golpeado por sus enemigos.

El hombre que había hablado de confiar en Dios avanzaba hacia un lugar donde no parecía quedar ninguna razón humana para confiar.

Asael sintió que los recuerdos comenzaban a llegar.

Primero apareció Joram.

Lo vio junto al carro, con las manos endurecidas por el trabajo, enseñándole a sujetar correctamente una cuerda y diciéndole que un hombre podía ser pobre sin dejar de ser digno. Recordó aquella tarde en que había preguntado por qué su padre no hacía algo cuando un hombre más poderoso trataba injustamente a otro. Joram le había explicado que la fuerza no siempre consistía en devolver el golpe, porque algunas veces el verdadero poder era negarse a convertirse en aquello que uno odiaba.

Asael había olvidado aquella enseñanza durante años.

Ahora regresaba.

Después apareció Mara.

La vio arrodillada junto a su cama, orando cuando él todavía era niño, convencida de que Dios veía incluso aquello que los hombres escondían. Recordó la primera vez que ella encontró dinero robado entre sus cosas y no quiso aceptarlo. Recordó la tristeza de sus ojos, mucho más dolorosa que cualquier reproche. Recordó sus últimas palabras.

Mientras puedas reconocer el camino de regreso, no está todo perdido.

Asael cerró los ojos durante un instante mientras caminaba.

Había reconocido el camino demasiado tarde.

Pero lo había reconocido.

Después apareció Tamar.

La recordó en el taller de tejidos, inclinada sobre las telas, levantando la mirada cuando él entraba y sonriendo de una manera que hacía que durante unos minutos el mundo pareciera más sencillo. Recordó las tardes en que hablaban de una casa, de una vida honesta, de niños que crecerían sin conocer la violencia de los caminos. Recordó la forma en que ella había intentado convencerlo de que podía abandonar a Simeón. Recordó la sangre en sus manos después de la caravana. Recordó la mirada de Tamar cuando comprendió que él había vuelto a elegir aquella vida.

Recordó a su hijo.

Ese recuerdo fue el más difícil.

Durante mucho tiempo había evitado pensar en él porque cada recuerdo era una herida. Había sido tan pequeño que Asael no podía reconstruir su rostro con precisión. Conservaba fragmentos: el calor de su cuerpo, el sonido débil de su respiración, la mano diminuta que había sostenido durante unos instantes, el rostro agotado de Tamar, el miedo de aquella habitación y la sensación de impotencia que lo había acompañado después de la muerte.

Había creído que necesitaba dinero para protegerlos.

Había robado para tener dinero.

Y había terminado sin poder protegerlos.

Ahora veía a Jesús cargando una cruz y comprendía algo que durante años había sido incapaz de aceptar: no había podido controlar la vida. Había intentado hacerlo con violencia, con dinero, con miedo y con huidas, pero la vida nunca había obedecido sus planes.

La multitud comenzó a gritar.

Asael levantó la cabeza.

Jesús había caído.

Los soldados obligaron a otro hombre a cargar parte de la cruz y el camino continuó. Asael sintió una presión insoportable en el pecho. Quiso acercarse, pero las cadenas y los soldados lo obligaron a mantener el paso. Por un momento sus miradas se encontraron.

No supo si Jesús realmente lo había visto.

Fue apenas un instante.

Pero para Asael fue suficiente.

No encontró condena en aquella mirada.

Tampoco encontró aprobación.

Encontró algo que no sabía nombrar.

Una mirada que parecía atravesar todo lo que había sido sin detenerse solamente en sus delitos.

Asael bajó la cabeza y siguió caminando.

Dimas avanzaba junto a él.

—¿Te ha visto?

Asael tardó en responder.

—No lo sé.

—Parecía que sí.

Asael no quiso decir nada más.

El camino hacia el Gólgota se hizo cada vez más difícil. El ruido de la multitud aumentaba, pero para Asael el mundo parecía haberse reducido a tres hombres que avanzaban hacia la muerte y a una pregunta que llevaba años intentando responder: ¿podía un hombre ser algo distinto de todo lo que había hecho?

Había pasado demasiado tiempo pensando que la respuesta era no.

Ahora empezaba a pensar que quizá sí.

Cuando llegaron al lugar de la ejecución, los soldados comenzaron a preparar todo. Asael observó el suelo, las cruces, las herramientas y los hombres que realizaban su trabajo con una frialdad que parecía indicar que aquello formaba parte de una rutina conocida. Para ellos eran tres condenados más. Para Asael, en cambio, cada instante parecía tener un peso definitivo.

Dimas estaba a su lado.

—Tengo miedo —dijo.

Asael lo miró.

—Yo también.

Dimas respiró profundamente.

—Nunca pensé que terminaría así.

Asael casi sonrió.

—Yo tampoco.

Los soldados comenzaron a separar a los condenados.

Asael miró nuevamente a Jesús.

No entendía cómo podía seguir siendo sereno después de todo aquello.

Entonces escuchó su voz.

Jesús habló desde la cruz.

—Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Asael sintió que algo se rompía dentro de él.

Perdónalos.

No sabía si esas palabras estaban dirigidas a los soldados, a quienes habían participado en su condena, a los hombres que lo habían golpeado o a todos los que de alguna manera estaban allí. Pero Asael las escuchó como si hubieran sido pronunciadas directamente contra la fortaleza que había construido alrededor de su culpa.

Perdónalos.

Él había escuchado aquella palabra antes.

Mara había hablado de perdón.

Jesús había hablado de perdón.

Pero ahora el perdón no era una enseñanza pronunciada en un lugar seguro.

Era una palabra pronunciada por un hombre que estaba siendo ejecutado.

Asael miró sus propias manos.

Recordó la sangre.

Recordó al hombre de la caravana.

Recordó a quienes había amenazado.

Recordó las mercancías robadas.

Recordó las mentiras.

Recordó las noches en que había dormido con una mano sobre el cuchillo.

Recordó a Tamar llorando.

Recordó a Mara.

Recordó a Joram.

Y comprendió que por primera vez estaba escuchando hablar del perdón desde un lugar donde nadie podía acusar a quien lo pronunciaba de hacerlo fácilmente.

Los soldados continuaron con su trabajo.

Asael sintió el dolor físico, pero había otro dolor mucho más profundo, un dolor que no procedía del cuerpo, sino de la conciencia de estar frente a la verdad de su propia vida. Durante años había utilizado palabras como necesidad, pobreza, injusticia, supervivencia y venganza para explicar sus actos. Algunas circunstancias habían sido realmente injustas. Había sufrido pobreza. Había sido humillado. Había visto morir a su padre. Había perdido a su hijo. Había conocido la crueldad de hombres poderosos. Todo eso era verdad.

Pero también era verdad que había elegido.

Había elegido robar.

Había elegido regresar.

Había elegido obedecer a Simeón.

Había elegido callar.

Había elegido huir.

Había elegido violencia cuando todavía existían otros caminos.

No podía cambiarlo.

Pero podía reconocerlo.

Y quizá aquello era lo que había estado buscando.

No una explicación que lo absolviera de todo, sino una misericordia que pudiera recibir precisamente porque no tenía una explicación suficiente para justificarse.

A su lado, Dimas comenzó a hablar con uno de los hombres que estaba siendo crucificado junto a ellos. La conversación se volvió amarga. El otro condenado insultaba y desafiaba, reclamando que Jesús demostrara quién era y que los salvara a todos.

Asael escuchó.

Cada palabra le recordó al hombre que él mismo había sido durante años.

Un hombre que exigía una salida.

Un hombre que quería que el mundo le demostrara que no estaba equivocado.

Un hombre que pensaba que si sufría injusticia tenía derecho a devolverla.

Dimas respondió con dureza.

—¿Ni siquiera temes a Dios?

El otro hombre continuó insultando.

Entonces Dimas dijo algo que Asael nunca olvidaría.

—Nosotros recibimos lo que merecemos, porque nuestros hechos fueron malos, pero este hombre no ha hecho nada malo.

Asael levantó la mirada.

Dimas tenía razón.

Los dos sabían quiénes eran.

No había necesidad de fingir.

No había necesidad de construir otra historia.

No había necesidad de decir que eran inocentes.

Eran culpables.

Pero Jesús era diferente.

Asael miró hacia él.

Jesús permanecía allí.

Y en ese momento Asael comprendió que no quería morir simplemente lamentando su vida.

Quería entregarla.

No sabía exactamente qué significaba aquello.

No sabía qué podía hacer un hombre condenado en sus últimos momentos.

No podía reparar a Joram.

No podía devolverle la vida a Mara.

No podía devolver a Tamar los años perdidos.

No podía devolver la vida a su hijo.

No podía borrar la sangre de sus manos.

No podía reconstruir las casas que había dejado atrás ni regresar a los caminos para devolver cada cosa que había robado.

No podía hacer nada de eso.

Pero podía decir la verdad.

Podía reconocer que Jesús era diferente.

Podía confiar.

Asael respiró profundamente.

Miró a Jesús.

Durante años había tenido miedo de pronunciar el nombre de Dios porque pensaba que después de todo lo que había hecho no tenía derecho a hacerlo. Ahora, sin embargo, recordó que había escuchado a Jesús hablar de los perdidos, de los que necesitaban volver, de los que eran considerados indignos y de un Dios que buscaba a quienes otros habían dejado atrás.

Quizá él era uno de ellos.

Quizá había llegado tarde.

Pero todavía estaba allí.

Entonces reunió las pocas fuerzas que le quedaban y habló.

—Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

No fue una oración elaborada.

No fue una confesión extensa.

No fue una explicación de su vida.

Fue simplemente una petición.

Acuérdate de mí.

Asael había pasado la vida intentando que los hombres olvidaran lo que había hecho. Había cambiado de caminos, de refugios y de compañeros. Había evitado rostros conocidos y había dejado lugares antes de que alguien pudiera reconocerlo. Había querido desaparecer.

Ahora, en cambio, no pedía desaparecer.

Pedía ser recordado.

No por sus crímenes.

No por su fama.

No por el hombre en que se había convertido.

Pedía que Jesús se acordara de él.

El silencio que siguió pareció prolongarse más de lo posible.

Asael miró hacia Jesús.

Entonces escuchó su respuesta.

—De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Asael cerró los ojos.

No comprendió todo.

No necesitaba comprenderlo todo.

La palabra paraíso era demasiado grande para un hombre como él. Había conocido caminos de tierra, habitaciones pobres, cárceles, mercados, cuevas y campamentos ocultos. Había dormido bajo árboles y en lugares donde el peligro podía aparecer durante la noche. No sabía imaginar un lugar como aquel.

Pero comprendió una cosa.

Jesús no había dicho que estaría solo.

Había dicho conmigo.

Aquella palabra alcanzó una profundidad que Asael no había esperado.

Conmigo.

No con el hombre que había sido.

No con sus recuerdos.

No con su culpa.

No con el miedo.

Conmigo.

Asael sintió que las lágrimas le corrían por el rostro.

Durante toda su vida había creído que debía ganarse el derecho a recibir algo bueno. Había trabajado para ganar dinero, robado para conseguirlo, luchado para conservarlo y huido para no perderlo. Había entendido todas las relaciones como intercambios: yo doy algo y recibo algo; yo protejo y me protegen; yo ayudo y me ayudan; yo pago y obtengo; yo golpeo antes de que me golpeen. Ahora escuchaba una promesa que no había comprado, que no había merecido y que no podía pagar.

Era un regalo.

Y precisamente por eso le resultaba tan difícil aceptarlo.

Asael volvió a mirar a Jesús.

El ruido de la multitud continuaba, pero para él había disminuido hasta convertirse en un murmullo lejano. El dolor permanecía, pero ya no era lo único que sentía. Por primera vez en muchos años, su pasado seguía allí sin tener que esconderlo. Podía recordar a Joram sin sentirse únicamente culpable. Podía recordar a Mara y escuchar sus últimas palabras. Podía pensar en Tamar sin intentar convencerse de que había sido culpa de ella. Podía recordar a su hijo sin preguntarse qué habría podido comprar para salvarlo. Podía pensar incluso en aquellos a quienes había perjudicado y reconocer que nunca podría reparar completamente el daño, pero también comprender que su vida no necesitaba terminar con la mentira de que nunca había cambiado.

Había llegado tarde.

Sí.

Había llegado tarde a casi todo.

Pero no había llegado demasiado tarde para Jesús.

El cielo comenzó a oscurecerse.

Al principio Asael pensó que se trataba de una nube. Después observó que la luz disminuía de una manera extraña, como si el día mismo estuviera perdiendo su fuerza. La multitud comenzó a inquietarse. Algunas personas hablaban en voz baja. Otras miraban hacia el cielo. Los soldados parecían desconcertados.

Asael volvió a recordar su infancia.

Recordó el patio de su casa.

Recordó a Noemí corriendo detrás de él.

Recordó la voz de Joram.

Recordó a Mara llamándolo para comer.

Recordó el olor del pan.

Recordó los días en que todavía creía que la vida era larga.

Entonces comprendió que quizá todos los hombres viven pensando que tienen tiempo.

Hasta que descubren que no lo tienen.

Había desperdiciado años esperando el momento adecuado.

El momento para cambiar.

El momento para volver.

El momento para buscar a Jesús.

El momento para hablar con Tamar.

El momento para pedir perdón.

El momento para regresar a casa.

Siempre había pensado que habría otro día.

Ahora sabía que no lo habría.

Y, sin embargo, aquella certeza no lo llenó de desesperación.

Jesús había dicho que estaría con él.

Asael cerró los ojos.

No pidió que desapareciera el dolor.

No pidió que la cruz se apartara.

No pidió una vida diferente.

Por primera vez no pidió escapar.

Pensó en su padre y comprendió que quizá Joram había tenido razón aquella tarde, cuando le enseñó que la verdadera fuerza no consistía siempre en devolver el golpe. Pensó en Mara y comprendió que su madre tampoco se había equivocado cuando le dijo que Dios veía lo que los hombres no podían ver. Pensó en Tamar y deseó que algún día pudiera saber que, al final, había comprendido demasiado tarde lo que ella había intentado enseñarle durante tantos años. Pensó en su hijo y sintió un dolor profundo, pero también una paz que no podía explicar, porque por primera vez dejaba de preguntarse qué habría podido hacer y aceptaba que había cosas que ningún hombre podía controlar.

Después pensó en Baruc.

Deseó que hubiera conseguido salir.

Deseó que pudiera abandonar aquella vida.

Deseó que alguna vez pudiera caminar por un camino sin mirar hacia atrás para comprobar si alguien lo seguía.

Pensó incluso en Simeón.

No pudo justificarlo.

No pudo absolverlo.

Pero tampoco quiso morir llevando odio.

Entonces comprendió otra cosa.

El perdón que Jesús había pronunciado no significaba que el mal dejara de ser malo. No significaba que las heridas no hubieran existido. No significaba que las personas dañadas dejaran de importar. Significaba que el mal no tendría derecho a ocupar para siempre el corazón de quien había sido herido.

Asael había llevado demasiado tiempo dentro de sí la vida de los hombres que lo habían herido.

Ahora quería dejarla allí.

El cielo continuaba oscureciéndose.

La respiración comenzó a hacerse más difícil.

Dimas permanecía cerca.

Asael lo miró.

—Dimas.

—¿Sí?

—No estamos solos.

Dimas comprendió.

Miró hacia Jesús.

—No.

Los dos permanecieron en silencio.

Asael sintió que el cansancio se apoderaba de él. Ya no intentó resistirse. Había pasado demasiados años luchando contra todo. Ahora podía descansar.

Su mente regresó una última vez a la casa de su infancia.

Vio a Joram sentado junto al carro.

Vio a Mara en la puerta.

Vio a Noemí.

Vio a Tamar.

Vio al pequeño hijo que apenas había conocido.

Y después vio a Jesús.

No como lo había visto durante los últimos días, rodeado de gente, caminando por Jerusalén o hablando a las multitudes, sino como el hombre que había respondido a su petición cuando ya no tenía nada que ofrecer.

Acuérdate de mí.

Y Jesús había respondido.

Asael no sabía cómo sería el paraíso.

No podía imaginarlo.

No sabía qué ocurriría después de la muerte, ni cómo debía entender aquella promesa, ni qué significaba exactamente estar con Jesús. Pero por primera vez en su vida no necesitaba tener todas las respuestas.

Había pasado demasiados años creyendo que debía comprenderlo todo antes de confiar.

Ahora simplemente confiaba.

El dolor aumentó.

La respiración se volvió más lenta.

El mundo comenzó a perder sus contornos.

Y mientras el cielo se oscurecía sobre Jerusalén, Asael comprendió que había llegado tarde a muchas cosas, pero que la gracia había llegado a él antes de que fuera demasiado tarde, porque aquel hombre que durante toda su vida había corrido para salvarse finalmente podía dejar de correr, no porque hubiera conseguido escapar de la muerte, sino porque había encontrado, en el último tramo de su camino, a alguien en quien podía entregar aquello que nunca había sabido entregar: su pasado, su culpa, su miedo y la poca vida que todavía le quedaba.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 12

 

Durante los días que siguieron a la ejecución de Jesús, Jerusalén estuvo llena de rumores que viajaban de una casa a otra, de un mercado a otro y de una posada a otra con la velocidad de las noticias que nadie comprende completamente, pero que todos necesitan contar de alguna manera para intentar ordenar acontecimientos demasiado grandes para las palabras de quienes los habían presenciado. Algunos hablaban de la oscuridad que había cubierto la ciudad, otros de los gritos que habían escuchado cerca del lugar de las ejecuciones, otros discutían sobre quién era realmente aquel hombre de Nazaret y por qué sus seguidores habían desaparecido casi de repente, y otros preferían no hablar demasiado, como si pronunciar ciertos nombres pudiera traer problemas. La ciudad continuó viviendo porque las ciudades siempre continúan viviendo después de que alguien muere, los comerciantes volvieron a abrir sus puestos, los animales siguieron siendo conducidos por las calles, los viajeros buscaron alojamiento, las familias prepararon alimentos y los soldados continuaron cumpliendo órdenes, pero debajo de aquella actividad cotidiana había una sensación difícil de explicar, como si muchas personas hubieran presenciado algo que todavía no sabían interpretar y que necesitaría tiempo para encontrar un lugar dentro de sus recuerdos. En medio de todos aquellos rumores apareció también una noticia mucho más pequeña, una noticia que para casi nadie tenía importancia y que probablemente fue contada de manera diferente según quién la transmitiera: dos hombres habían sido crucificados junto a Jesús, dos condenados cuyos nombres apenas importaban para quienes los habían visto morir, dos hombres considerados culpables por la justicia de los hombres y destinados a desaparecer de la memoria como desaparecían tantos otros. Uno de ellos había insultado a Jesús hasta el final, según decían algunos; el otro había permanecido en silencio durante buena parte del tiempo y, antes de morir, había hablado con él. Nadie sabía exactamente qué había dicho, salvo que había mencionado el reino y que Jesús le había respondido de una manera que algunos repetían con asombro y otros con incredulidad. Para la mayoría, aquella conversación no era más que un detalle extraño dentro de una ejecución que ya había provocado suficientes rumores. Para Tamar, cuando la noticia finalmente llegó hasta ella, aquellas pocas palabras cambiarían para siempre la manera en que recordaría al hombre que había amado.

Tamar se enteró varios días después, lejos de Jerusalén, en una casa donde vivía con unos parientes desde hacía tiempo. La vida que había construido después de abandonar a Asael no había sido sencilla, pero había aprendido a vivir con una mezcla de resignación y esperanza que no siempre se parecía a la felicidad, aunque tampoco era desesperación. Había trabajado, había ayudado en la casa, había acompañado a personas que necesitaban de ella y había procurado no preguntar demasiado por los caminos, porque durante años cualquier noticia relacionada con Asael había sido capaz de abrir una herida que ella creía cerrada. Algunas veces escuchaba rumores sobre hombres perseguidos por los romanos y sentía miedo de que su nombre apareciera entre ellos; otras veces alguien mencionaba a un ladrón conocido de ciertas rutas y Tamar fingía no prestar atención. Con el tiempo había aprendido que no preguntar no significaba haber olvidado, sino simplemente haber encontrado una manera de seguir viviendo sin permitir que cada recuerdo volviera a dominar el presente. Había guardado pocas cosas de Asael: una pieza de tela que él había dejado una vez en la casa, un pequeño objeto que no tenía valor para nadie más y algunas palabras que nunca había podido olvidar. No había conservado sus promesas porque las promesas se habían vuelto demasiado dolorosas, pero sí había conservado la imagen del muchacho que había conocido antes de que la violencia entrara en su vida.

La noticia llegó por medio de un viajero que había pasado por Jerusalén y se detuvo a conversar con algunos hombres de la zona. Tamar estaba trabajando cuando escuchó mencionar el nombre de Jesús. Ya había oído hablar de él y recordaba que Asael había comenzado a interesarse por sus enseñanzas durante los últimos años que habían permanecido cerca el uno del otro. No había comprendido entonces por qué aquel hombre despertaba tanta inquietud en Asael, pero recordaba perfectamente algunas de las conversaciones que habían tenido. Él le había hablado de un hombre que decía cosas diferentes a las que decían los demás, un hombre que hablaba de perdón y que parecía acercarse a personas a quienes otros consideraban indignas. Tamar había pensado que quizá aquella búsqueda era otra de las muchas maneras que Asael tenía de escapar de su propia vida, una nueva puerta detrás de la cual esperaba encontrar una solución que no exigiera enfrentarse completamente a las consecuencias de sus decisiones. Sin embargo, ahora que escuchaba hablar de la muerte de Jesús, sintió una inquietud que no pudo explicar.

—¿Dijiste que hubo otros dos hombres crucificados con él? —preguntó.

El viajero asintió.

—Sí. Dos ladrones, según dijeron.

Tamar dejó de trabajar.

—¿Sabes sus nombres?

El hombre se encogió de hombros.

—Uno era Dimas, creo. Del otro no estoy seguro. Algunos dijeron que se llamaba Asael.

Tamar sintió que el mundo se detenía.

No dejó caer lo que tenía en las manos, ni gritó, ni preguntó inmediatamente nada más. Simplemente permaneció inmóvil, mirando hacia un punto de la pared como si necesitara encontrar allí alguna explicación que no podía venir de ninguna otra parte. El hombre continuó hablando sin darse cuenta de lo que acababa de provocar.

—Dicen que eran hombres peligrosos. Que llevaban años robando en los caminos y que finalmente los atraparon. Uno de ellos discutió con el otro y después habló con Jesús. No sé exactamente qué dijo. Algo sobre el reino de Dios.

Tamar sintió que las manos comenzaban a temblarle.

—¿Asael?

—Sí, creo que ese era el nombre.

Entonces tuvo que sentarse.

Durante tantos años había imaginado la muerte de Asael de muchas maneras que nunca había querido admitir. Algunas veces lo había imaginado envejeciendo solo en algún lugar desconocido; otras, muriendo durante un robo; otras, capturado por los romanos y ejecutado sin que nadie supiera dónde. Había aprendido a vivir con la posibilidad de que estuviera muerto, pero una posibilidad es diferente de una noticia. Mientras no supiera, podía conservar una pequeña parte de sí misma en la incertidumbre. Ahora esa incertidumbre había terminado. Asael había muerto, y lo había hecho en una cruz. Tamar cerró los ojos y por primera vez en muchos años permitió que los recuerdos regresaran sin intentar detenerlos. Vio al muchacho que había conocido antes de que se convirtiera en ladrón, al joven que entraba en la tienda de tejidos con una sonrisa tímida, al hombre que alguna vez había hablado de construir una casa y tener una familia, al padre que había sostenido a su hijo con manos torpes y temerosas, al hombre que después había regresado a los caminos convencido de que el dinero podía reparar lo que la vida le estaba quitando. Recordó también las discusiones, las noches en que había esperado que él regresara, el olor de la sangre en su ropa, las mentiras que finalmente dejaron de ser posibles, la tristeza de Mara y la mirada de Asael cuando ella le dijo que todavía podía volver. Recordó la última vez que se habían separado y las palabras que había pronunciado casi sin pensar, porque ya no sabía de qué otra manera podía hablarle: todavía puedes volver.

No sabía si él había entendido entonces. Ahora, sentada en aquella habitación, comprendió que quizá había vuelto de alguna manera que ella nunca había imaginado. El viajero seguía allí, incómodo ante el silencio.

—¿Lo conocías?

Tamar tardó en responder.

—Sí.

—Lo siento.

Ella levantó la mirada.

—¿Dijeron algo más?

El hombre pensó un momento.

—No sé si todo es cierto. Ya sabes cómo son estas historias cuando pasan de una persona a otra. Pero dijeron que, antes de morir, le habló a Jesús y que Jesús le respondió. Algunos dicen que le prometió estar con él en el paraíso.

Tamar sintió que las lágrimas finalmente aparecían. No lloró por el criminal que había sido, sino por el muchacho que había conocido; lloró por Joram, por Mara, por el niño que había muerto demasiado pronto y por todos los años que habían perdido, pero lloró también porque, por primera vez desde que había abandonado a Asael, comprendió que quizá él había encontrado al final aquello que durante tanto tiempo había buscado de maneras equivocadas. No sabía qué significaba el paraíso, no sabía qué había ocurrido en los últimos momentos de su vida y tampoco sabía si los rumores eran exactos, pero había algo que sí sabía: Asael había muerto hablando de Jesús. Aquello era suficiente para que una parte de su corazón que había permanecido endurecida durante años comenzara lentamente a ablandarse.

Esa noche Tamar no pudo dormir. Permaneció sentada cerca de una pequeña lámpara mientras todos los demás descansaban y dejó que los recuerdos pasaran delante de ella. Pensó en lo injusta que había sido la vida en algunos momentos, pero también en las decisiones que Asael había tomado. No quería convertirlo ahora en un hombre bueno simplemente porque había muerto. Sabía demasiado bien quién había sido. Había sufrido por sus decisiones y había tenido que reconstruir su vida después de ellas. No quería mentirse, no quería decir que todo había sido culpa de las circunstancias y no quería negar que Asael había hecho daño. Pero tampoco quería recordarlo únicamente como un ladrón condenado a morir, porque ella había conocido al niño antes del ladrón, al hijo antes del criminal, al hombre que había querido amar antes de que el miedo y la violencia deformaran todo lo que tocaba. Por primera vez comprendió que quizá perdonar no significaba olvidar, sino dejar de permitir que el daño siguiera gobernando el corazón.

Tamar se levantó y buscó la pequeña pieza de tela que había guardado durante años. La sostuvo entre las manos y recordó la última vez que había visto a Asael. Él había intentado hablar, pero ella había llorado demasiado para escuchar. Había querido decirle que todavía podía cambiar, que todavía podía dejar los caminos, que no necesitaba seguir demostrando nada a nadie. Él había respondido que no sabía cómo hacerlo. Ahora Tamar pensó que quizá aquella había sido la pregunta de toda su vida: no sabía cómo volver. Quizá nadie le había enseñado. Quizá había esperado encontrar el camino por sí mismo. Quizá había tenido que perderlo todo antes de dejar de creer que podía salvarse solo. Tamar guardó nuevamente la tela y después se arrodilló. No sabía exactamente qué palabras utilizar. Había pasado mucho tiempo sin orar de esa manera, aunque nunca había olvidado las enseñanzas que Mara le había transmitido cuando todavía estaban juntas. Cerró los ojos y habló en voz baja:

—Dios, si realmente lo encontraste cuando yo ya no pude hacerlo, gracias.

No añadió nada más porque no necesitaba hacerlo.

Muy lejos de allí, Baruc tampoco había conseguido escapar de los recuerdos de Asael. Había abandonado Jerusalén aquella noche, como habían acordado, y durante varios días había viajado hacia el sur evitando las rutas principales. Había cambiado de ropa, había reducido sus pertenencias y había procurado no llamar la atención. Podía haber seguido huyendo durante meses, incluso años, como había hecho tantas veces antes, pero algo había cambiado en él. La conversación con Asael junto a aquella casa abandonada regresaba una y otra vez a su memoria, especialmente una frase que al principio le había parecido extraña y después comenzó a comprender de otra manera: no sé qué hacer con lo que me queda. Baruc había pensado en su propia vida. ¿Qué le quedaba? Había dinero suficiente para vivir algún tiempo, aunque no demasiado. Tenía algunos contactos, pero la mayoría estaban relacionados con hombres a quienes ya no quería volver a ver. Tenía habilidades que le habían servido para robar, esconderse y sobrevivir, pero no sabía qué hacer con ellas fuera de aquella vida. Tenía recuerdos que prefería no tocar y nombres que no quería pronunciar. Tenía miedo, mucho miedo, y tenía la voz de Asael.

Durante una noche, mientras descansaba cerca de un camino, escuchó a unos viajeros hablar de las ejecuciones en Jerusalén. Uno mencionó a Jesús y los otros dos condenados. Baruc dejó de comer.

—¿Qué dijiste? —preguntó.

El viajero repitió la historia.

—Dos hombres fueron crucificados junto a él. Uno se llamaba Dimas y el otro, Asael, según dijeron.

Baruc bajó la mirada.

Ya lo sabía.

En algún lugar dentro de sí había sabido que no volvería a ver a Asael.

—¿Lo conocías? —preguntó el viajero.

Baruc tardó en responder.

—Sí.

—¿Era un hombre peligroso?

Baruc pensó en la pregunta. Podía responder que sí. Podía contar los robos, los caminos, las armas, las amenazas, la sangre. Pero también podía recordar al muchacho que había conocido antes de que la violencia se apoderara de él, al hombre que había empezado a dudar, al hombre que había rechazado el último golpe y había preferido quedarse en Jerusalén para encontrar a Jesús.

—Era un hombre perdido —dijo finalmente.

El viajero lo miró.

—¿No es lo mismo?

Baruc negó lentamente.

—No.

Esa noche Baruc tomó una decisión que todavía no sabía cómo llevaría a cabo. No volvería a los caminos. No sabía qué haría en adelante, pero sabía lo que no quería hacer. Al día siguiente vendió parte de lo que había robado. No todo, porque todavía tenía miedo, pero comenzó. No lo hizo como un héroe ni como un hombre transformado de repente. Lo hizo con torpeza, con dudas, incluso con momentos de arrepentimiento y otros en los que sintió deseos de regresar a la vida conocida. Había sido criminal durante demasiado tiempo como para convertirse en otra persona de un día para otro. Sin embargo, cada vez que pensaba en Asael, recordaba que su amigo había tenido una última oportunidad de huir y había decidido quedarse. Baruc comprendió que aquella decisión también lo obligaba a él. No podía afirmar que Asael había sido bueno, no podía borrar lo que había hecho, pero podía aceptar que había cambiado. Y si un hombre podía cambiar cuando ya no le quedaban caminos, quizá él podía comenzar a hacerlo mientras todavía tenía uno delante.

Pasaron las semanas. La noticia sobre Jesús no desapareció; al contrario, comenzaron a surgir nuevas historias. Algunos afirmaban que sus seguidores habían visto algo extraordinario, otros se burlaban, otros tenían miedo y otros comenzaban a reunirse en secreto. Baruc escuchaba sin saber qué creer. No estaba preparado para convertirse en alguien religioso, ni sabía cómo interpretar los acontecimientos, pero cada vez que escuchaba hablar de Jesús recordaba a Asael. Una tarde, mientras trabajaba descargando mercancías en un pequeño mercado, un hombre mencionó que uno de los condenados había pedido a Jesús que se acordara de él. Baruc dejó caer lo que llevaba y no pudo evitarlo. Aquella frase lo atravesó: acuérdate de mí. Era exactamente lo que Asael había querido durante toda su vida sin saberlo. No quería ser recordado como el criminal. Quería que alguien pudiera mirar más allá. Baruc permaneció inmóvil hasta que el hombre que estaba junto a él preguntó qué ocurría.

—Nada.

Pero sí ocurría algo. Por primera vez Baruc entendió que la historia de Asael no terminaba simplemente en una cruz. Había dejado algo en los que lo conocieron: una pregunta, una inquietud y una posibilidad. Y quizá eso era lo que hacen algunas vidas incluso cuando han sido imperfectas: dejan una huella que no coincide con aquello que fueron durante la mayor parte de su recorrido, sino con aquello que llegaron a comprender al final.

Mientras Baruc luchaba con sus propias decisiones, Noemí también recibió la noticia. Había pasado años lejos de la casa familiar. Había construido una vida sencilla junto a su esposo y había procurado no hablar demasiado de Asael, aunque nunca había dejado de preguntarse qué habría sido de él. Cuando escuchó su nombre, sintió primero un dolor profundo y después una extraña sensación de alivio, porque la incertidumbre había terminado. Recordó a su hermano cuando era niño, cómo la llevaba sobre los hombros cuando ella se cansaba, las tardes en que ambos esperaban el regreso de Joram, la voz de Mara y también la transformación de Asael. Había visto cómo su hermano dejaba de reír, cómo comenzó a regresar tarde, cómo evitaba mirar a su madre y cómo cada vez parecía tener más dinero y menos paz. Había querido ayudarlo, pero era demasiado joven para comprender qué podía hacer. Ahora era tarde. Sin embargo, cuando supo que había muerto hablando de Jesús, Noemí lloró de una manera diferente. No lloró solamente por el hombre que había perdido, sino por el niño que había sido.

Aquella noche, por primera vez después de muchos años, decidió regresar a la casa familiar. No sabía si todavía estaría en pie. Habían pasado demasiado tiempo. Pero necesitaba verla. El viaje fue largo. Cuando finalmente llegó al pueblo, encontró muchas cosas diferentes y otras que parecían no haber cambiado. Algunas casas habían sido reparadas, otras habían desaparecido, los caminos estaban más marcados y algunos árboles habían crecido. Sin embargo, cuando llegó frente a la casa donde había vivido con Joram, Mara y Asael, sintió que el tiempo se detenía. La puerta seguía allí. La abrió lentamente. El interior estaba casi vacío. Noemí permaneció en silencio. El polvo cubría parte del suelo y había señales de abandono, pero la estructura todavía conservaba algo de la casa que había conocido. Caminó hasta el lugar donde estaba la antigua mesa de Mara, pasó los dedos sobre la madera y recordó las noches en que se sentaban allí. Recordó a Joram contando alguna historia de sus viajes, a Mara sirviendo la comida, a Asael intentando parecer más grande de lo que era y a ella misma escuchando sin imaginar que algún día aquellos recuerdos serían todo lo que tendría.

Se sentó. Por un momento cerró los ojos y vio a Asael de niño, no al ladrón, no al hombre de los caminos, no al condenado, sino al niño que corría por el patio, al niño que hacía preguntas, al niño que quería aprender, al niño que todavía no sabía que un día tendría que elegir entre la amargura y la esperanza. Noemí lloró. Después se levantó y comenzó a revisar las pocas cosas que quedaban. En una esquina encontró una vieja herramienta de Joram. Era pequeña, gastada por los años, pero reconocible. La tomó entre las manos y pensó en su padre. Joram había utilizado aquella herramienta durante mucho tiempo. Asael probablemente también la había usado. La sostuvo contra el pecho. Entonces comprendió que aquella casa no debía convertirse simplemente en un lugar abandonado. Era el lugar donde Asael había comenzado. Y quizá eso era lo que más importaba, porque la historia de un hombre no comienza cuando comete su primer pecado. Comienza mucho antes, cuando es niño, cuando aprende a amar, cuando escucha una voz, cuando recibe una advertencia, cuando sueña y cuando todavía tiene delante muchos caminos.

Noemí salió de la casa y caminó hasta el lugar donde recordaba que Asael jugaba cuando era pequeño. El camino seguía allí, aunque había cambiado con los años. Se detuvo y miró hacia el horizonte. Pensó en cuánto había recorrido su hermano. Había salido de allí siendo un muchacho. Había regresado a muchos lugares, pero nunca realmente había vuelto a casa. Hasta el final, aunque no físicamente, había vuelto de otra manera: había vuelto al lugar donde las enseñanzas de Joram y Mara podían ser recordadas, había vuelto a reconocer que había amado y sido amado, había vuelto a admitir su culpa, había vuelto a buscar a Dios y había vuelto a pedir que alguien se acordara de él. Noemí respiró profundamente y entonces recordó algo que Mara había dicho muchas veces cuando eran pequeñas, una frase que en aquellos años parecía demasiado sencilla para tener importancia y que ahora adquiría un significado diferente: Dios ve el corazón. Noemí miró el camino y dijo en voz baja:

—Espero que te haya visto.

No necesitó decir más.

Con el paso del tiempo, la historia de Asael fue cambiando en boca de quienes la contaban. Algunos lo recordaban como un ladrón, otros como un hombre peligroso, algunos exageraban sus delitos y otros olvidaban sus nombres. Había quienes decían que había sido un hombre cruel y quienes afirmaban que al final se arrepintió. La mayoría nunca supo nada de Joram ni de Mara, de Tamar, del niño que murió, de Noemí, de Baruc o de los años de lucha interior que habían llevado a Asael hasta Jerusalén. Para muchos fue simplemente uno de los hombres crucificados junto a Jesús. Pero esa descripción, aunque verdadera, no era completa, porque un hombre nunca es solamente su peor acto, tampoco es únicamente su mejor momento. Es la historia entera de sus elecciones, de sus heridas, de sus pérdidas, de las personas que lo amaron, de las oportunidades que rechazó, de las decisiones que tomó cuando estaba herido, de las advertencias que escuchó y desobedeció, de las veces que cayó y de las veces que finalmente decidió levantarse.

Asael había sido todo eso. Había sido hijo, hermano, amigo, alguien amado, compañero, padre, ladrón, violento, culpable, fugitivo, un hombre perdido y finalmente un hombre que buscó. Quizá esa última palabra era la que Tamar necesitaba recordar. No había terminado siendo el hombre que ella había esperado, pero tampoco había terminado siendo exactamente el hombre que había sido durante sus años más oscuros. En algún momento había comenzado a buscar, y aunque la búsqueda había llegado tarde, había sido real.

Tamar nunca volvió a saber exactamente qué había ocurrido en los últimos minutos de Asael. Los rumores cambiaban. Algunos decían que había hablado con Jesús, otros afirmaban que había pedido perdón y otros aseguraban que había hablado del reino. Ella nunca supo cuánto había de verdad en cada versión. Tampoco quiso convertir las palabras de otros en certezas que nadie podía garantizarle. Le bastaba con saber que había hablado y que, cuando llegó el final, no había utilizado sus últimas fuerzas para insultar, amenazar o reclamar, sino que había pedido ser recordado. Aquello cambió algo dentro de ella. Durante años había pensado que la muerte de Asael sería una especie de cierre. Ahora comprendía que algunas muertes no cierran una historia, sino que obligan a quienes quedan vivos a decidir qué harán con aquello que aprendieron de ella.

Tamar decidió perdonar. No de una manera rápida ni sentimental, no olvidando, no negando y no diciendo que nada había ocurrido. Perdonó lentamente, con lágrimas, con recuerdos difíciles y con días en los que la herida volvía a doler. Perdonó porque comprendió que continuar odiando a un muerto no podía devolverle nada de lo perdido. Perdonó porque Mara había esperado hasta el final que su hijo encontrara el camino de regreso. Y quizá, pensó Tamar, si Mara había podido mantener esa esperanza durante tantos años, ella también podía aprender a vivir sin cargar para siempre con la parte más dolorosa de la historia.

Un día regresó a la casa de su familia y buscó aquella pequeña pieza de tela que había guardado. La sostuvo. Después la colocó entre otras cosas y dejó que el tiempo siguiera su curso. No sabía si volvería a amar de la misma manera, no sabía si tendría otra familia y no sabía qué quedaría de aquella historia cuando pasaran los años, pero sabía que ya no quería recordar a Asael únicamente desde el momento de su caída. Quería recordarlo también desde el comienzo, porque antes de ser el hombre que murió en una cruz había sido el muchacho que quiso hacer el bien y se equivocó de camino. Y quizá eso era lo que hacía que su historia fuera todavía más dolorosa y más humana.

Baruc, por su parte, tardó mucho en encontrar una vida distinta. No fue fácil. Hubo días en que volvió a robar, noches en que quiso regresar a los caminos y momentos en que pensó que Asael había tenido una clase de valor que él nunca tendría. Pero cada vez que aparecía la tentación de regresar, recordaba aquella última conversación: yo ya no quiero correr. Baruc comprendió que no podía vivir toda la vida escapando. Comenzó a trabajar con comerciantes, primero cargando mercancías y después transportándolas. Ganaba menos dinero y vivía con menos comodidades, pero por primera vez podía dormir sin tener un cuchillo debajo del cuerpo. No dejó de sentir miedo de las autoridades, no dejó de recordar a los hombres que había conocido y no dejó de cargar con la culpa de sus propios actos, pero comenzó a descubrir algo que Asael había descubierto demasiado tarde: la vida no tenía que ser grande para ser nueva. A veces bastaba con que fuera honesta.

Una tarde, años después, Baruc se encontraba reparando una carreta cuando un joven le preguntó por qué sabía tanto sobre los caminos. Baruc sonrió.

—Porque los conocí demasiado bien.

El joven no entendió.

Baruc tampoco explicó.

No necesitaba hacerlo.

Había cosas que no se podían transmitir completamente con palabras. Había aprendido de Asael que el pasado podía convertirse en una condena si uno lo utilizaba como excusa para seguir siendo el mismo, pero también podía convertirse en advertencia si uno tenía el valor de mirarlo sin esconderse. Por eso, cuando alguien le preguntaba por qué había cambiado de vida, nunca decía que había sido porque se había convertido de repente en un hombre bueno. Decía otra cosa:

—Un amigo murió antes de que yo aprendiera a vivir.

Y eso era suficiente.

Mientras tanto, la noticia de Jesús continuaba extendiéndose. La gente seguía hablando de él. Algunos rechazaban sus enseñanzas, otros comenzaban a seguirlas y otros todavía no sabían qué pensar. Pero el nombre de aquel hombre condenado junto a dos criminales quedó unido para siempre, aunque de una manera que nadie habría imaginado en aquel momento, a una de las frases más misteriosas pronunciadas durante una ejecución.

Para Tamar, aquella frase no era una explicación de lo que había ocurrido después de la muerte. Era una promesa que ella no pretendía explicar. No necesitaba hacerlo. El misterio debía permanecer misterio. Ella solamente podía recordar que Asael había pedido ser recordado y que Jesús le había respondido. Eso bastaba.

Una tarde, mucho tiempo después, Tamar caminó sola cerca de un camino que conducía hacia el lugar donde había vivido Asael durante su infancia. No buscaba nada concreto. Había pasado el tiempo y el dolor se había transformado. No había desaparecido, pero ya no era el dolor de una herida abierta. Era más parecido a una cicatriz que aparecía cuando uno tocaba determinado lugar de la memoria. Se detuvo frente a la casa. La puerta estaba cerrada. El lugar parecía más pequeño de lo que recordaba. Eso sucede con las casas de la infancia: cuando uno vuelve a ellas después de muchos años, descubre que no eran grandes, sino que uno era pequeño.

Tamar entró. Noemí había dejado algunas cosas allí. Sobre una mesa había una vieja herramienta de Joram. Tamar la reconoció. La tomó entre sus manos. Pensó en Asael niño, pensó en el hombre que había conocido, pensó en la cruz y comprendió algo que hasta entonces no había sabido expresar: quizá el verdadero dolor de Asael no había sido morir, sino descubrir demasiado tarde cuánto había amado aquello que había perdido. Durante años había creído que la riqueza era lo que podía conservar. Al final comprendió que las cosas verdaderamente valiosas no podían conservarse de esa manera: un padre, una madre, una hermana, una mujer, un hijo, una casa, una conciencia y la posibilidad de comenzar de nuevo. Nada de aquello podía comprarse.

Tamar dejó la herramienta sobre la mesa. Después abrió la puerta y salió. El sol comenzaba a descender. El mismo camino por el que Asael había corrido tantas veces cuando era niño se extendía delante de ella. Tamar caminó unos pasos y entonces se detuvo. Miró hacia atrás. Durante un instante imaginó a un niño corriendo por allí, no al criminal, no al condenado, no al hombre de la cruz, sino al niño que todavía no sabía lo que sería su vida, un niño que todavía podía elegir. Y Tamar comprendió que quizá allí estaba la lección que todos habían tardado tanto en aprender: una vida no queda determinada únicamente por el lugar donde comienza ni por el peor camino que toma, porque incluso después de años de equivocaciones puede existir un momento en que una persona reconozca que está perdida y decida buscar. No siempre tendrá tiempo para reparar todo, no siempre podrá recuperar a quienes perdió, no siempre podrá borrar las consecuencias y no siempre podrá regresar físicamente al lugar del que salió, pero puede volver su corazón, y algunas veces eso es lo único que todavía queda.

La tarde avanzó lentamente sobre el pueblo. El viento movió las ramas de los árboles y levantó un poco de polvo en el camino. La casa permaneció en silencio. Sobre la mesa, la vieja herramienta de Joram seguía donde Tamar la había dejado. En otra parte de la habitación, la madera conservaba pequeñas marcas de años anteriores, señales de una familia que había vivido allí, trabajado allí, discutido allí, amado allí y perdido allí. No había monumentos para Asael. No había una inscripción que explicara quién había sido. No había una piedra que dijera que aquel niño había terminado muriendo en una cruz junto a Jesús. El mundo no había detenido su marcha para recordar su nombre, y quizá eso era apropiado, porque Asael nunca había necesitado un monumento: había necesitado gracia.

Su vida no podía ser presentada como una historia sencilla en la que un hombre malo se convierte de repente en bueno y recibe una recompensa, porque la vida rara vez funciona de esa manera. Había decisiones que no podía deshacer, heridas que no podía reparar completamente y personas que nunca volverían a ser las mismas por causa de lo que él había hecho. La gracia no borraba esos hechos, no convertía el mal en bien ni la pérdida en algo que nunca hubiera ocurrido. La gracia hacía otra cosa: entraba en una historia rota y demostraba que la última palabra no tenía que pertenecer necesariamente a la culpa.

Asael había llegado tarde. Había llegado tarde a la honestidad, había llegado tarde a su familia, había llegado tarde a Tamar, había llegado tarde a su hijo, había llegado tarde a su madre y había llegado tarde a comprender las palabras de su padre. Había llegado tarde incluso a buscar a Jesús, pero había llegado. Eso era lo que quedaba. No la imagen de un hombre que consiguió reparar su vida, porque no tuvo tiempo, ni la imagen de un héroe, ni la imagen de un inocente, sino la de un hombre culpable que, en el último momento, dejó de esconderse. Un hombre que había pasado toda su existencia tratando de salvarse por sus propios medios y que finalmente comprendió que no podía hacerlo. Un hombre que no pudo regresar a su casa, pero pudo regresar en su corazón. Un hombre que no pudo reparar el pasado, pero pudo reconocerlo. Un hombre que no pudo comprar el perdón, porque el perdón no estaba a la venta. Un hombre que llegó tarde a casi todo, pero que descubrió, cuando ya no le quedaban caminos humanos, que todavía podía confiar.

La noche comenzó a caer sobre el pueblo. Noemí cerró la puerta de la casa, Baruc, lejos de allí, terminó su jornada y levantó la mirada hacia el cielo, y Tamar guardó la pieza de tela mientras cada uno continuaba viviendo. Y eso también formaba parte de la historia, porque cuando alguien muere, los que quedan reciben una responsabilidad silenciosa: decidir qué harán con aquello que la vida de esa persona dejó en ellos. Algunos olvidan, otros juzgan, otros repiten, otros aprenden, otros perdonan y otros cambian. Asael no pudo elegir lo que los demás harían con su memoria, pero había elegido lo último que estuvo en sus manos: había elegido quedarse, había elegido buscar, había elegido hablar, había elegido pedir y había elegido confiar. Y quizá aquella elección final era más importante que todas las anteriores precisamente porque no había sido tomada desde la comodidad, sino desde el lugar donde ya no podía obtener nada a cambio.

No pidió dinero, no pidió libertad, no pidió una vida larga y tampoco pidió que desaparecieran las consecuencias. Pidió solamente que Jesús se acordara de él, y Jesús respondió. Muchos años después, nadie pudo saber exactamente qué había pasado en los últimos instantes del hombre que había muerto junto a él. Nadie podía describir el paraíso sin convertir el misterio en una explicación humana. Nadie podía decir qué había visto Asael después de cerrar los ojos. Nadie podía regresar para contarlo. Y quizá precisamente por eso era mejor dejar aquella parte de la historia donde debía estar, detrás del velo de aquello que los hombres no pueden conocer completamente.

Lo que sí podía contarse era lo que había ocurrido antes: el niño, el padre, la madre, la hermana, el primer robo, la primera mentira, la sangre, la culpa, Tamar, el hijo, las pérdidas, Simeón, Baruc, los caminos, la soledad, la búsqueda, Jesús, la cruz y aquella última petición. Todo lo demás pertenecía al misterio. La casa de su infancia siguió en pie durante un tiempo. El camino siguió llevando viajeros de un lugar a otro. Las herramientas de Joram se fueron gastando hasta que finalmente nadie pudo utilizarlas. Los nombres cambiaron, las personas murieron y las generaciones pasaron, pero la historia permaneció, no como una historia acerca de un hombre perfecto, sino acerca de un hombre perdido; no como una historia acerca de alguien que logró arreglar su pasado, sino acerca de alguien que finalmente dejó de huir de él; no como una historia acerca de la facilidad del arrepentimiento, sino acerca de la posibilidad de regresar incluso cuando quedan muy pocas fuerzas.

Y quizá por eso la historia de Asael no debía terminar en la cruz. Debía terminar aquí, en la tierra donde había comenzado, junto a una mesa sencilla, una herramienta gastada y un camino que seguía extendiéndose hacia el horizonte, porque allí podía comprenderse mejor quién había sido realmente aquel hombre. Antes de ser un ladrón había sido un niño. Antes de ser un condenado había sido un hijo. Antes de conocer la violencia había conocido el amor de sus padres. Antes de aprender a huir había aprendido a caminar de la mano de Mara. Antes de perderse había tenido un hogar. Y antes de morir había vuelto a buscar el camino que alguna vez había conocido.

El sol desapareció completamente y la última luz quedó sobre los campos antes de extinguirse. La casa quedó en silencio y el camino quedó vacío, pero la historia de Asael no quedó vacía, porque la gracia no había llegado cuando él la merecía, ni cuando tenía una vida ordenada, ni cuando había reparado sus errores, ni cuando podía demostrar que había cambiado completamente. Había llegado cuando todavía era culpable, cuando todavía cargaba con todo lo que había hecho, cuando todavía tenía las manos manchadas por su pasado y cuando ya no podía ofrecer otra cosa que una petición: acuérdate de mí. Y quizá esa sea la razón por la que su historia sigue siendo difícil de olvidar, porque todos conocemos, de una manera u otra, lo que significa llegar tarde, llegar tarde a una palabra que debimos decir, llegar tarde a una persona que debimos valorar, llegar tarde a una decisión, llegar tarde a una oportunidad, llegar tarde a una reconciliación o llegar tarde a comprender lo que realmente importaba.

Asael llegó tarde a muchas cosas, pero no llegó tarde a la gracia. Y esa fue la última verdad que quedó sobre su historia, una verdad que no necesitaba explicar el misterio de lo que vino después de la muerte, porque bastaba con mirar hacia atrás y comprender que, cuando todo parecía terminado, cuando ya no quedaban caminos para escapar, cuando la culpa parecía tener derecho a pronunciar la última palabra y cuando el hombre que había pasado toda su vida huyendo ya no podía dar un solo paso más, todavía encontró a alguien que no le preguntó cuánto tiempo había perdido antes de responderle, sino que recibió la poca fe que le quedaba y le prometió compañía.

La casa de su infancia siguió en pie durante un tiempo. Después, como todas las casas, comenzó lentamente a desaparecer. La madera se deterioró, las paredes se agrietaron y el techo terminó cediendo, pero el camino permaneció, y quizá eso era suficiente, porque un camino no existe solamente para recordar dónde estuvo una persona, sino también para recordar que siempre hubo una dirección posible. Asael había pasado gran parte de su vida caminando en dirección contraria. 

Porque Asael había llegado tarde a muchas cosas, pero no llegó tarde a la gracia.

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