martes, 15 de septiembre de 2026

 A PESAR DE TODO

(Novela Corta)

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

Madrid, primavera de 1990.

Madrid parecía haber despertado aquella mañana con una luz distinta. El cielo todavía conservaba algunas nubes grises sobre los edificios de la ciudad, pero entre ellas comenzaban a abrirse claros por donde el sol se filtraba con una tibieza que anunciaba el final del invierno. En las calles se mezclaban el ruido de los autobuses, el murmullo de los peatones, el sonido metálico de las persianas de los comercios que comenzaban a levantarse y el aroma del café que escapaba de los bares cuando sus puertas se abrían para recibir a los primeros clientes. La ciudad estaba cambiando, como cambiaban muchas ciudades europeas en aquellos años, y aunque todavía conservaba costumbres antiguas, edificios envejecidos y familias aferradas a formas tradicionales de pensar, también comenzaba a respirar un aire diferente, especialmente entre los jóvenes que soñaban con construir una vida distinta a la que habían conocido sus padres.

Juan Ignacio Álvarez caminaba por una de aquellas calles con una carpeta bajo el brazo y una expresión de concentración que contrastaba con sus veintiséis años. Hacía apenas unos meses que había terminado sus estudios de ingeniería y todavía sentía una mezcla de orgullo y temor cada vez que alguien lo presentaba como ingeniero. Había pasado tantos años escuchando aquella palabra como una meta lejana que ahora le resultaba extraño llevarla consigo en una tarjeta de presentación. Su primer empleo no era exactamente el puesto que había imaginado durante sus años de universidad, pero le permitía comenzar a trabajar en proyectos reales, conocer el mundo profesional y, sobre todo, demostrar que los esfuerzos de su familia no habían sido en vano.

Su padre, empleado durante toda su vida en una empresa de suministros industriales, había insistido siempre en que una carrera universitaria podía cambiar el destino de un hombre, pero también le había enseñado que ninguna profesión garantizaba la felicidad. Su madre, mucho más religiosa y sensible, acostumbraba decirle que los títulos abrían puertas, pero que solamente Dios podía enseñar a una persona qué debía hacer cuando las puertas comenzaban a cerrarse. Juan Ignacio no siempre había comprendido aquellas palabras. Durante la universidad le habían parecido frases propias de una madre que quería proteger a su hijo, pero con el tiempo habían comenzado a adquirir un significado que todavía no sabía explicar.

Aquella mañana se dirigía a una reunión relacionada con un pequeño proyecto de remodelación urbana en el que participaba la empresa para la que trabajaba. El proyecto contemplaba la recuperación de una zona deteriorada, con nuevos espacios peatonales, algunas estructuras de servicio y una amplia superficie ajardinada que debía integrarse con las construcciones existentes. Para Juan Ignacio era una oportunidad importante porque, aunque su participación todavía era secundaria, le habían confiado algunas mediciones y cálculos que podían demostrar que estaba preparado para asumir mayores responsabilidades.

Al doblar una esquina, consultó el reloj y aceleró el paso. Había salido con suficiente tiempo, pero un autobús detenido delante de una parada había provocado una pequeña aglomeración de peatones que le obligó a desviarse. Mientras intentaba avanzar sin tropezar con nadie, escuchó detrás de él una voz femenina que parecía dirigirse a alguien.

—¡Cuidado con esas plantas! Si las golpeas otra vez, voy a tener que empezar de nuevo.

Juan Ignacio se volvió instintivamente y vio a una joven que sostenía entre los brazos una caja de madera llena de pequeñas plantas. Tenía el cabello castaño, recogido de manera sencilla, y vestía unos pantalones oscuros, una blusa clara y una chaqueta verde que parecía elegida más por comodidad que por elegancia. Su rostro mostraba una concentración casi absoluta en aquello que llevaba, pero también cierta preocupación porque otra persona, un muchacho que caminaba delante de ella cargando herramientas, acababa de girar bruscamente.

La caja se inclinó y varias pequeñas macetas estuvieron a punto de caer.

Juan Ignacio reaccionó antes de pensarlo. Dejó la carpeta sobre el borde de una ventana baja, se acercó y sostuvo la caja por uno de sus extremos.

—Creo que así será más fácil —dijo.

La joven levantó la mirada y durante un instante pareció sorprendida de encontrar ayuda tan repentinamente.

—Gracias. Si se cae una más, mi jefe va a pensar que soy incapaz de transportar una planta de un sitio a otro.

—No creo que sea culpa suya. Esa caja parece diseñada para poner a prueba la resistencia de cualquiera.

Ella sonrió y aquella sonrisa produjo en Juan Ignacio una impresión que no supo explicar. No fue una sonrisa exagerada ni una de esas expresiones estudiadas que había visto tantas veces en personas que querían causar buena impresión. Era espontánea, ligeramente tímida y al mismo tiempo llena de una serenidad que parecía venir de un lugar mucho más profundo que aquel momento.

—Eso es exactamente lo que le dije ayer —respondió ella—, pero me contestó que las plantas no se quejan y que yo tampoco debería hacerlo.

—Un hombre sabio.

—Un hombre que nunca ha cargado veinte macetas por una escalera.

Juan Ignacio soltó una breve carcajada mientras ambos acomodaban la caja.

—Entonces retiro lo de sabio.

Ella volvió a sonreír. El muchacho de las herramientas, que se había dado cuenta de que faltaban los dos, regresó unos metros.

—María del Carmen, tenemos que estar allí antes de las nueve.

—Ya voy, Pedro.

El nombre quedó en la mente de Juan Ignacio. María del Carmen. Le pareció un nombre antiguo, hermoso y extraño al mismo tiempo, como si perteneciera a otra generación y, sin embargo, encajara perfectamente con aquella joven.

—¿Trabaja en jardinería? —preguntó mientras recogía la carpeta.

—Paisajismo —corrigió ella con cierta diversión—. Aunque mi madre dice que es una forma elegante de llamar a alguien que planta árboles donde otros quieren poner cemento.

—Entonces tiene una profesión bastante necesaria.

—Eso espero. Si no, voy a terminar dándole la razón a mi madre.

—¿Y qué dice su madre exactamente?

María del Carmen lo miró unos segundos antes de responder.

—Que debería buscar un trabajo más serio.

Juan Ignacio volvió a sonreír, pero notó algo en la expresión de ella que le hizo comprender que aquella frase no era completamente graciosa.

—Supongo que todos los padres tienen una opinión sobre lo que deberían hacer sus hijos.

—Sí. El problema aparece cuando creen que esa opinión debe convertirse en una orden.

Pedro volvió a llamarla desde la esquina y María del Carmen levantó una mano para indicarle que ya iba.

—Tengo que marcharme.

—Claro.

Ella tomó nuevamente la caja y después se detuvo.

—Gracias por ayudarme.

—Ha sido un placer.

—¿Trabaja por aquí?

—En realidad, sí. Soy ingeniero y estamos trabajando en uno de los proyectos de esta zona.

María del Carmen abrió ligeramente los ojos.

—Entonces quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

—Madrid es grande.

—Pero no tanto como parece.

Ella siguió caminando y Juan Ignacio permaneció unos segundos inmóvil, observándola alejarse con la caja entre los brazos. Finalmente recordó que tenía una reunión, recogió la carpeta y continuó su camino, pero algo había cambiado en aquella mañana. No sabía qué era ni quería ponerle nombre. Simplemente sentía que había conocido a alguien que, por alguna razón, había dejado una pequeña huella en una jornada que hasta entonces parecía completamente ordinaria.

La reunión se prolongó más de lo previsto. Juan Ignacio tomó notas, revisó planos y participó cuando le solicitaron información técnica, pero en algunos momentos su pensamiento se desviaba hacia aquella joven. Le sorprendía descubrir cuánto había retenido de una conversación tan breve. Recordaba su nombre, la manera en que había hablado de su trabajo, la preocupación por las plantas y, especialmente, aquella frase acerca de los padres y las órdenes. No sabía por qué, pero intuía que detrás de su manera tranquila de hablar había una historia que todavía no conocía.

Cuando salió del edificio, ya era casi mediodía. Caminó hacia una cafetería cercana donde solía comer algo ligero antes de regresar a la oficina. Mientras esperaba un café y un bocadillo, revisó nuevamente los documentos de su carpeta. En uno de los planos reconoció la zona donde había encontrado a María del Carmen. El proyecto incluía precisamente una intervención paisajística y, al leer el nombre de la empresa encargada de esa parte del trabajo, comprendió que probablemente ella estaba vinculada al mismo proyecto.

Aquella coincidencia le provocó una sonrisa.

—¿Qué te hace tanta gracia?

La voz de su compañero Andrés lo hizo levantar la cabeza.

—Nada.

—Cuando un hombre dice nada mientras sonríe mirando unos planos, normalmente significa algo.

—Estás imaginando demasiado.

Andrés se sentó frente a él.

—¿Problemas con el proyecto?

—Ninguno.

—¿Entonces?

Juan Ignacio cerró la carpeta.

—He conocido a una paisajista que trabaja en la obra.

Andrés arqueó las cejas.

—Ah. Ahora entiendo.

—No entiendes nada.

—Todavía no, pero puedo intentarlo.

Juan Ignacio negó con la cabeza, divertido.

—Solo hemos hablado unos minutos.

—Eso no impide que pueda gustarte.

—Tampoco significa que me guste.

—Por supuesto.

Andrés bebió un sorbo de café y lo observó con una expresión burlona.

—¿Cómo se llama?

Juan Ignacio dudó un instante.

—María del Carmen.

—Nombre peligroso.

—¿Por qué?

—Porque un nombre así no se olvida fácilmente.

Juan Ignacio volvió a mirar los planos y trató de cambiar de conversación, aunque en el fondo sabía que su compañero había acertado en algo. No podía olvidar aquel nombre.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, María del Carmen terminaba de acomodar las plantas junto a sus compañeros. Tenía veinticuatro años y había estudiado diseño de jardines y paisajismo con una dedicación que había sorprendido incluso a algunos de sus profesores. Desde niña había sentido una fascinación especial por los árboles, los jardines y aquellos pequeños espacios donde la naturaleza parecía encontrar un lugar en medio del cemento. Su padre, sin embargo, jamás había considerado aquello una verdadera profesión.

Don Eduardo Villalba era un hombre respetado dentro de su círculo social, propietario de una empresa dedicada a la construcción y acostumbrado a relacionarse con personas que consideraba importantes. Había imaginado para su hija una vida muy diferente: una carrera universitaria tradicional, un matrimonio con un hombre de buena familia y una existencia ordenada que no diera motivos para comentarios. Para él, el paisajismo era poco más que una afición y no comprendía por qué María del Carmen insistía en convertirlo en su profesión.

Su madre, doña Mercedes, compartía buena parte de esas ideas, aunque expresaba sus preocupaciones de una manera más afectuosa. Amaba profundamente a su hija, pero tenía miedo de que sus decisiones la llevaran por un camino que la familia consideraba inconveniente.

María del Carmen había aprendido a vivir con aquella desaprobación. No era una mujer rebelde en el sentido convencional. No buscaba provocar a sus padres ni despreciaba sus valores. De hecho, había crecido en una familia profundamente creyente y conservadora, donde la fe ocupaba un lugar importante. Desde pequeña había aprendido a orar antes de dormir y había acompañado a su madre a la iglesia durante años. Sin embargo, también había aprendido que creer en Dios no significaba dejar de pensar, ni que honrar a los padres implicaba renunciar a toda decisión personal.

Aquella tarde, cuando regresó a casa, encontró a su padre en el salón revisando unos documentos. Él levantó la mirada al escucharla entrar.

—Llegas tarde.

—El trabajo se complicó un poco.

—Siempre se complica cuando haces algo que no deberías estar haciendo.

María del Carmen dejó el bolso sobre una silla.

—Papá, no quiero discutir.

—Yo tampoco. Por eso te pregunto cuándo vas a comenzar a pensar seriamente en tu futuro.

Ella respiró profundamente antes de responder.

—Estoy pensando seriamente en mi futuro. Precisamente por eso trabajo.

—Eso no es un futuro, María del Carmen. Es un empleo temporal.

—No es temporal.

—¿Y cuánto piensas ganar con eso?

Ella guardó silencio.

—Eso es lo que imaginaba —continuó su padre—. Tu madre y yo hemos hecho muchos sacrificios para darte oportunidades que otras personas no han tenido. No entiendo por qué quieres conformarte con tan poco.

—Porque para mí no es poco.

—Eso lo dices ahora. Cuando tengas treinta años y veas que tus amigas están casadas, con hijos y una vida estable, quizá pienses de otra manera.

María del Carmen sintió que aquellas palabras le dolían más de lo que quería admitir.

—¿Y si mi vida estable no tiene que parecerse a la de mis amigas?

Don Eduardo dejó los papeles sobre la mesa.

—Mientras vivas bajo este techo, tienes que respetar ciertas cosas.

—Las respeto.

—Entonces empieza a comportarte como una hija que entiende lo que su familia espera de ella.

La joven bajó la mirada. Había aprendido que algunas discusiones no se ganaban con argumentos. Su padre no estaba interesado en escucharla; quería que obedeciera. Por eso decidió retirarse.

—Voy a subir a mi habitación.

—Haz lo que quieras.

Ella caminó hacia las escaleras y, cuando estuvo lejos de la mirada de su padre, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Entró en su habitación, cerró la puerta y se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver parte del jardín familiar, cuidadosamente diseñado por un jardinero contratado por su padre. Era hermoso, pero carecía de algo que ella siempre había buscado: libertad.

Se quedó allí durante unos minutos hasta que finalmente juntó las manos y comenzó a orar en silencio.

No pidió que su padre cambiara. Tampoco pidió que las circunstancias fueran diferentes. Solamente pidió sabiduría para no equivocarse y fortaleza para seguir adelante sin guardar resentimiento en su corazón.

En aquel mismo momento, Juan Ignacio se encontraba en el pequeño apartamento que alquilaba cerca del centro de Madrid. Había preparado una cena sencilla y estaba revisando algunos cálculos cuando sonó el teléfono. Era su madre.

—Hola, mamá.

—¿Cómo estás, hijo?

—Bien. Cansado, pero bien.

—Tu padre dice que trabajar es la mejor medicina para cualquier joven.

Juan Ignacio sonrió.

—Papá piensa que dormir es una pérdida de tiempo.

—Y tú has heredado esa costumbre.

La conversación avanzó entre asuntos familiares y preguntas sobre su trabajo. Finalmente, su madre le preguntó si había conocido gente nueva.

—Sí —respondió él sin pensar demasiado.

—¿Una muchacha?

Juan Ignacio se quedó callado.

—Mamá...

—No he dicho nada malo.

—No es eso. Simplemente conocí a alguien hoy.

—¿Y te ha gustado?

—No sé.

—Entonces seguramente sí.

Él soltó una carcajada.

—Solo hablamos unos minutos.

—A veces unos minutos alcanzan para que una persona nos haga pensar durante horas.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—¿Cómo se llama?

—María del Carmen.

Su madre guardó silencio unos segundos.

—Es un nombre hermoso.

—Sí.

—¿Es creyente?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—No lo sé. Supongo que sí, pero no hablamos de eso.

—Pues no tengas prisa. Conoce primero su corazón.

Juan Ignacio apoyó la espalda contra la silla y miró por la ventana. Madrid comenzaba a iluminarse con las primeras luces de la noche.

—Mamá, ¿tú crees que Dios puede poner personas en nuestro camino?

—Creo que Dios puede hacerlo. Lo que nunca debemos hacer es confundir nuestros deseos con la voluntad de Dios.

Aquella frase quedó flotando en su pensamiento después de terminar la llamada.

Durante las semanas siguientes, Juan Ignacio y María del Carmen volvieron a encontrarse varias veces. Al principio fueron encuentros relacionados estrictamente con el proyecto. Ella necesitaba consultar algunas cuestiones sobre determinadas estructuras y él debía coordinar ciertos aspectos técnicos que afectaban a los jardines. Sin embargo, poco a poco comenzaron a conversar más allá del trabajo.

Una tarde, después de revisar juntos unos planos, María del Carmen le propuso caminar hasta una cafetería cercana.

—¿Tiene prisa?

—No.

—Entonces podemos tomar algo.

Juan Ignacio aceptó.

Caminaron lentamente mientras Madrid comenzaba a llenarse de gente. Hablaron de sus estudios, de sus familias y de las cosas que habían soñado cuando eran niños. Juan Ignacio descubrió que María del Carmen tenía una sensibilidad especial para observar detalles que otros ignoraban. Podía detenerse delante de un árbol viejo y explicar por qué le parecía hermoso, o señalar una plaza deteriorada y describir cómo podría transformarse.

—¿Nunca pensaste en trabajar en otra cosa? —preguntó él.

—Sí. Muchas veces.

—¿Y?

—Siempre termino volviendo a esto.

—Entonces quizá sea tu lugar.

María del Carmen lo miró.

—Eso espero.

—¿No estás segura?

—Estoy segura de lo que quiero hacer. Lo que no sé es cuánto tiempo tardará mi familia en aceptarlo.

Juan Ignacio comprendió entonces que el problema era más profundo de lo que había imaginado.

—¿Tus padres son muy estrictos?

—Mi padre sí.

—¿Y tu madre?

—Mi madre tiene miedo.

—¿De qué?

María del Carmen tardó unos segundos en responder.

—De que me equivoque.

Juan Ignacio caminó unos pasos en silencio.

—Quizá todos los padres tengan miedo de eso.

—Sí, pero algunos confían más que otros.

Llegaron a la cafetería y se sentaron junto a una ventana. Afuera, los automóviles avanzaban lentamente y las luces comenzaban a reflejarse sobre el pavimento.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué esperan tus padres de ti?

—Que sea feliz.

María del Carmen sonrió.

—Eso es una suerte.

—Aunque mi padre cree que para ser feliz tengo que trabajar doce horas al día.

Ella rió.

—Entonces nuestros padres podrían llevarse bien.

La conversación continuó durante más de una hora. Cuando finalmente salieron, ambos habían olvidado el tiempo.

Al llegar a una esquina donde debían separarse, María del Carmen se detuvo.

—Me ha gustado hablar contigo.

—A mí también.

—Nos vemos mañana.

—Claro.

Ella comenzó a caminar y después se volvió.

—Juan Ignacio.

—¿Sí?

—Gracias por escucharme.

Él sintió que aquellas palabras tenían un significado mayor que el aparente.

—Siempre que quieras hablar, puedes hacerlo.

María del Carmen sonrió y siguió caminando.

Aquella noche, ambos llegaron a sus respectivas casas con la misma sensación: algo estaba comenzando, aunque ninguno se atrevía todavía a llamarlo amor.

Y quizá era mejor así, porque algunas historias necesitan tiempo para revelar aquello que llevan dentro. No siempre comienzan con grandes declaraciones ni con acontecimientos extraordinarios. A veces nacen de una caja de pequeñas plantas que casi cae al suelo en una calle cualquiera de Madrid, de una conversación breve entre dos desconocidos y de una mirada que permanece en la memoria mucho después de que las palabras hayan terminado.

Sin embargo, mientras Juan Ignacio comenzaba a descubrir que aquella joven estaba ocupando un lugar cada vez más importante en sus pensamientos, María del Carmen sabía que había una dificultad que todavía no podía ignorar. Su padre jamás aceptaría fácilmente que ella construyera su vida lejos de las expectativas familiares, y mucho menos si la persona que aparecía en su horizonte no pertenecía al mundo social que él había imaginado para su hija.

Todavía ninguno de los dos sabía hasta dónde llegarían las consecuencias de aquel encuentro, ni cuánto dolor tendrían que atravesar antes de comprender que el amor verdadero no siempre encuentra un camino sencillo, pero también que las dificultades no necesariamente significan que un camino sea equivocado.

Por ahora, solamente sabían que al día siguiente volverían a verse.

Y eso era suficiente.

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

Durante las semanas que siguieron, Juan Ignacio y María del Carmen fueron descubriendo que aquel primer encuentro en una calle de Madrid no había sido una simple coincidencia destinada a desaparecer después de unos días, sino el comienzo de una relación que crecía con una naturalidad que ninguno de los dos había buscado deliberadamente. El proyecto en el que trabajaban les proporcionaba una excusa perfecta para verse con frecuencia, aunque pronto ambos comprendieron que las conversaciones que mantenían al terminar las tareas tenían poco que ver con planos, cálculos, árboles o estructuras. Habían comenzado hablando de trabajo porque era lo que los había unido, pero cada encuentro les permitía entrar un poco más en la vida del otro, conocer sus recuerdos, sus temores, sus esperanzas y aquellas pequeñas experiencias que normalmente no se cuentan a cualquiera.

Madrid atravesaba una primavera particularmente agradable y las tardes parecían prolongarse más allá de lo habitual. Después de trabajar, caminaban algunas veces por calles tranquilas, otras por parques donde María del Carmen encontraba siempre alguna especie vegetal que despertaba su entusiasmo, y en ocasiones simplemente se sentaban en una cafetería a conversar mientras el ruido de la ciudad se mezclaba con sus voces. Juan Ignacio descubrió que ella podía hablar durante largos minutos sobre un jardín sin resultar aburrida, porque no se limitaba a explicar cómo combinar plantas o diseñar espacios, sino que veía en la naturaleza una especie de lenguaje capaz de expresar cosas que las personas no siempre sabían decir.

Una tarde, mientras caminaban por una zona arbolada, ella se detuvo frente a un grupo de árboles jóvenes que habían sido plantados recientemente.

—Mira estos.

Juan Ignacio se acercó.

—¿Qué tienen de especial?

—Todavía no lo ves, pero dentro de algunos años van a cambiar completamente este lugar.

—¿Y cómo puedes estar tan segura?

—Porque un árbol necesita tiempo. No puedes mirarlo hoy y decidir que no sirve porque todavía es pequeño.

Juan Ignacio la observó con atención.

—Eso parece aplicarse a algo más que a los árboles.

María del Carmen sonrió.

—Quizá.

—¿A las personas?

—También. Hay personas que son juzgadas demasiado pronto.

—¿Y tú te sientes juzgada?

Ella tardó en contestar. Continuó caminando unos metros antes de responder.

—A veces. Sobre todo por mi familia.

—¿Siguen sin aceptar tu trabajo?

—Mi padre sigue pensando que estoy desperdiciando mi vida.

—¿Y eso te hace dudar?

—No de lo que hago. De mí misma, algunas veces.

Juan Ignacio se quedó en silencio. Quería decirle que no debía dudar, que era evidente que tenía talento y que cualquier persona que la conociera podría darse cuenta, pero comprendió que aquello no era suficiente. El problema no estaba en su capacidad profesional, sino en la necesidad de sentirse aceptada por aquellos a quienes amaba.

—No quiero que pienses que estoy siempre hablando de mis padres —dijo ella.

—No lo pienso.

—Es que forman parte de mi vida.

—Lo entiendo.

—Y tampoco quiero que creas que los considero malas personas. Mi padre puede ser duro, pero ha trabajado toda su vida para que a nosotros no nos faltara nada. Mi madre es una mujer maravillosa. Simplemente tienen una idea muy concreta de cómo debería ser mi vida.

—¿Y tú tienes otra?

—Sí.

—¿Cuál?

María del Carmen lo miró con una expresión serena.

—Quiero trabajar en algo que ame, formar una familia algún día, tener una casa con un jardín grande, ayudar a otras personas cuando pueda y, sobre todo, vivir sin tener que fingir que soy alguien diferente para que los demás estén tranquilos.

Juan Ignacio sintió una emoción profunda al escucharla. No porque aquella descripción fuera extraordinaria, sino porque reconoció en ella una honestidad que cada vez admiraba más.

—No me parece pedir demasiado.

—A mi padre sí.

—Quizá algún día cambie de opinión.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No sé.

—¿Por qué?

—Porque mi padre no cambia de opinión con facilidad.

—Entonces tendrá que aprender.

María del Carmen sonrió.

—Hablas como si lo conocieras.

—No lo conozco, pero conozco a los hombres que creen tener todas las respuestas.

—¿Y tú no crees tenerlas?

—No. Afortunadamente.

Ella volvió a reír y siguieron caminando.

A medida que pasaban los días, Juan Ignacio comenzó a reconocer que sus sentimientos por María del Carmen estaban creciendo. No había ocurrido de manera repentina. No podía señalar una fecha concreta ni recordar una conversación específica que hubiera transformado su amistad en algo diferente. Simplemente había comenzado a pensar en ella cuando no estaban juntos, a esperar sus llamadas, a buscar cualquier motivo para prolongar los encuentros y a preocuparse por cuestiones que antes no le habrían importado.

Una mañana llegó temprano a la oficina y encontró sobre su escritorio un pequeño sobre.

—¿Qué es esto? —preguntó a Andrés, que estaba trabajando en la mesa contigua.

—Lo dejaron para ti.

Juan Ignacio abrió el sobre y encontró una fotografía de uno de los jardines del proyecto. En la parte posterior había una nota escrita a mano: «Para que recuerdes que incluso las cosas difíciles pueden llegar a florecer».

Reconoció inmediatamente la letra.

Andrés lo observó con una sonrisa.

—Ahora sí puedo decir que estás perdido.

Juan Ignacio guardó la fotografía.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—Es una compañera de trabajo.

—Una compañera de trabajo que te deja mensajes sobre cosas que florecen.

—No exageres.

—Juan Ignacio, llevo trabajando contigo más de dos años. Nunca antes habías guardado una fotografía de un jardín en el bolsillo.

Juan Ignacio no respondió.

Aquella tarde encontró a María del Carmen junto a una de las zonas que estaban preparando. Ella llevaba las manos manchadas de tierra y estaba hablando con dos trabajadores. Cuando terminó, se acercó a él.

—¿Recibiste la fotografía?

—Sí.

—¿Te gustó?

—Mucho.

—Entonces funcionó.

—¿Qué querías decir con lo que escribiste?

Ella lo miró unos segundos.

—Que algunas cosas necesitan tiempo.

—¿Lo dices por el jardín?

—También.

Juan Ignacio sintió que el corazón le latía con mayor fuerza.

—María del Carmen, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Qué somos?

Ella bajó la mirada.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Pero sabes que somos algo.

—Sí.

Ella respiró profundamente.

—Me gusta estar contigo.

—A mí también.

—Y no quiero que esto sea solamente una amistad.

Juan Ignacio sonrió.

—A mí tampoco.

María del Carmen levantó los ojos y ambos permanecieron en silencio durante unos segundos. No hubo una declaración solemne ni una promesa definitiva. Solamente una mirada prolongada que parecía decir aquello que todavía no se atrevían a expresar.

Esa noche, María del Carmen regresó a su casa más tarde de lo habitual. Había pasado parte de la tarde con Juan Ignacio y después habían caminado durante un largo rato. Cuando entró, encontró a sus padres conversando en el comedor. Su madre levantó la mirada y sonrió, pero su padre permaneció serio.

—¿Dónde estabas?

—Con una amiga.

—¿Una amiga?

María del Carmen comprendió inmediatamente que aquella pregunta no era inocente.

—Sí.

—¿Con quién?

Ella dudó.

—Con Juan Ignacio.

Su padre dejó lentamente los documentos que tenía delante.

—¿Quién es Juan Ignacio?

—Un ingeniero que trabaja en el proyecto.

—¿Un ingeniero?

—Sí.

—¿Qué clase de familia tiene?

María del Carmen sintió que el tono de la conversación estaba cambiando.

—No lo sé todo sobre su familia.

—Pero sabes quién es.

—Claro que sí.

—¿Y por qué estás saliendo con él?

—Porque me gusta estar con él.

Su padre la miró fijamente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta más sincera que puedo darte.

—María del Carmen, quiero que entiendas algo. No hemos trabajado durante toda nuestra vida para que ahora tomes decisiones impulsivas.

—No estoy tomando una decisión impulsiva.

—¿Cuánto tiempo hace que lo conoces?

—Unas semanas.

—Exactamente.

Ella permaneció en silencio.

—Tu padre tiene razón —intervino su madre con suavidad—. No queremos que sufras.

María del Carmen se volvió hacia ella.

—¿Y si precisamente me hacen sufrir intentando evitar que sufra?

Su madre quedó callada.

Don Eduardo se puso de pie.

—No voy a permitir que esta relación avance.

Aquellas palabras fueron tan contundentes que María del Carmen sintió un nudo en el pecho.

—No puedes decidir eso por mí.

—Mientras seas mi hija y vivas aquí, sí puedo pedirte que respetes nuestra voluntad.

—Pedirme no es lo mismo que obligarme.

El rostro de su padre se endureció.

—No quiero volver a hablar de este hombre.

María del Carmen sintió que una mezcla de tristeza y enojo comenzaba a crecer dentro de ella, pero recordó las palabras de su madre acerca de no tomar decisiones impulsivas y decidió retirarse antes de decir algo que pudiera empeorar la situación.

Subió a su habitación, cerró la puerta y se sentó junto a la ventana. Había pasado de una tarde luminosa a una noche cargada de incertidumbre. Sacó de su bolso una pequeña Biblia que llevaba consigo desde hacía años y la abrió al azar. Sus ojos se detuvieron en unas palabras que conocía desde niña: la exhortación a confiar en Dios aun cuando el camino no fuera claro.

María del Carmen apoyó la Biblia sobre sus piernas y comenzó a orar.

—Señor, no sé qué hacer.

Las lágrimas empezaron a caer lentamente.

—No quiero desobedecer a mis padres, pero tampoco quiero vivir una vida que ellos hayan elegido por mí. Si Juan Ignacio no es la persona que me conviene, ayúdame a verlo. Y si lo es, dame paciencia para no destruirlo todo por desesperación.

Aquella oración no solucionó inmediatamente sus problemas, pero le dio una serenidad que no había sentido unos minutos antes.

Al día siguiente, Juan Ignacio notó que algo había cambiado. María del Carmen estaba más callada y parecía evitar conversaciones personales.

—¿Ocurrió algo?

—Sí.

—¿Tus padres?

Ella asintió.

—Saben que estamos saliendo.

Juan Ignacio sintió cierta tensión.

—¿Y qué dijeron?

—No están de acuerdo.

—¿Por qué?

—Por muchas razones. Principalmente porque creen que no eres adecuado para mí.

—¿Te dijeron eso?

—No exactamente. Pero lo dejaron claro.

Juan Ignacio intentó disimular la decepción.

—¿Y tú qué piensas?

—Que quiero seguir conociéndote.

—Eso es lo único que necesitaba saber.

Ella lo miró con preocupación.

—Pero no quiero que esto se convierta en una guerra entre tú y mi familia.

—Yo tampoco.

—Mi padre puede ser muy difícil.

—No quiero enfrentarlo.

—Entonces tendremos que tener paciencia.

Juan Ignacio tomó su mano.

—No quiero perderte por culpa de algo que todavía no ha sucedido.

María del Carmen apretó suavemente sus dedos.

—Yo tampoco.

Durante los meses siguientes, la relación se hizo más profunda, pero también más complicada. Juan Ignacio conoció algunos detalles de la vida familiar de María del Carmen y comprendió que la oposición de sus padres no era solamente una cuestión de diferencias personales. Don Eduardo pertenecía a un círculo social donde las apariencias tenían un peso considerable. Había imaginado para su hija un matrimonio con alguien de una familia conocida, con estabilidad económica y vínculos sociales semejantes a los suyos. Juan Ignacio, aunque comenzaba una carrera prometedora, no tenía apellido importante ni fortuna familiar. Su padre era un trabajador y su madre una mujer dedicada a su hogar y a la iglesia. Para María del Carmen, aquello carecía de importancia. Para su padre, era fundamental.

Una tarde, mientras tomaban café, ella se lo explicó.

—Mi padre piensa que el amor no es suficiente.

Juan Ignacio dejó la taza sobre la mesa.

—¿Y tú qué piensas?

—Que el amor no lo resuelve todo, pero sin amor tampoco quiero construir mi vida.

—Tiene cierta lógica.

—¿Te preocupa?

—Sí.

—¿Por mí?

—Por nosotros.

Ella extendió la mano sobre la mesa.

—No quiero que tengas miedo.

Juan Ignacio la miró.

—No tengo miedo de quererte. Tengo miedo de que las circunstancias terminen haciéndonos daño.

María del Carmen permaneció en silencio unos instantes.

—Entonces tendremos que aprender a atravesarlas.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la memoria de Juan Ignacio.

Poco después, él recibió una noticia importante. La empresa había decidido incorporarlo a un nuevo proyecto de mayor responsabilidad, lo que significaba mejores ingresos y la posibilidad de independizarse económicamente de manera definitiva. Cuando se lo contó a María del Carmen, ella se alegró sinceramente.

—Sabía que lo conseguirías.

—Todavía no he conseguido nada.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

—Porque no estás esperando que las cosas te lleguen. Estás trabajando por ellas.

Juan Ignacio sonrió.

—Quizá algún día tu padre piense lo mismo.

Ella bajó la mirada.

—Ojalá.

La relación continuó creciendo entre encuentros discretos, conversaciones largas y pequeños momentos que para ellos comenzaron a adquirir una importancia enorme. No necesitaban grandes acontecimientos para sentirse unidos. Bastaba caminar juntos, compartir una comida sencilla o sentarse en un banco de una plaza mientras hablaban de la vida que algún día querían construir.

Una tarde, Juan Ignacio llevó a María del Carmen hasta un pequeño terreno situado en las afueras de Madrid. La zona todavía no estaba urbanizada y había allí una parcela abandonada que él había conocido durante una visita profesional.

—¿Por qué me has traído aquí?

—Quiero enseñarte algo.

Caminaron unos metros hasta llegar a una pequeña elevación desde donde se veía el horizonte.

—Algún día —dijo él— me gustaría tener una casa.

María del Carmen sonrió.

—¿Aquí?

—No necesariamente aquí.

—¿Y cómo sería?

Juan Ignacio la miró.

—No lo sé todavía.

—Entonces no es un buen proyecto para un ingeniero.

—Los mejores proyectos comienzan con una idea incompleta.

Ella rió.

—Eso suena bien.

—Tendría un jardín grande.

—Eso ya me gusta.

—Y una biblioteca.

—Me gusta más.

—Y una cocina donde tú puedas trabajar.

—No cocino demasiado bien.

—Aprenderemos.

María del Carmen lo miró con ternura.

—Hablas como si fuera sencillo.

—No lo será.

—Entonces ¿por qué lo dices?

Juan Ignacio tomó su mano.

—Porque hay cosas que vale la pena intentar aunque sean difíciles.

Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero sonrió.

—Eso también lo creo.

Permanecieron allí hasta que comenzó a oscurecer. Ninguno sabía que aquel pequeño sueño, pronunciado casi como un juego, terminaría adquiriendo con el tiempo una importancia mucho mayor de la que podían imaginar.

Cuando Juan Ignacio regresó a su apartamento aquella noche, encontró una carta de su padre. La abrió pensando que se trataba de algún asunto familiar, pero descubrió que su padre había decidido visitarlo durante el siguiente fin de semana.

La noticia lo alegró, aunque también despertó cierta inquietud. Todavía no había hablado con sus padres acerca de María del Carmen. Su madre sospechaba que existía alguien, pero él había preferido esperar antes de contar todos los detalles.

Al mismo tiempo, en la casa de los Villalba, don Eduardo había tomado una decisión. No quería limitarse a expresar su desaprobación. Quería averiguar quién era aquel joven que comenzaba a ocupar un lugar importante en la vida de su hija.

Y para eso pensaba utilizar todos los medios que tenía a su alcance.

María del Carmen todavía no lo sabía, pero la relación que hasta entonces había parecido sencilla estaba a punto de entrar en una etapa diferente. El amor había comenzado a crecer, pero junto a él también habían empezado a crecer las barreras.

Y mientras los dos jóvenes seguían confiando en que el tiempo y la comprensión podrían vencer aquellas diferencias, sus familias comenzaban a caminar en direcciones opuestas, convencidas de que estaban protegiendo aquello que consideraban más valioso.

La primavera madrileña continuaba avanzando, los jardines del proyecto comenzaban lentamente a transformarse y aquellos árboles jóvenes que María del Carmen había mostrado a Juan Ignacio empezaban a echar nuevas hojas. Nadie podía saber todavía cuánto tendrían que resistir antes de convertirse en árboles fuertes, pero ella había aprendido una verdad que ahora comenzaba a comprender también en su propia vida: algunas cosas no crecen porque el camino sea fácil, sino porque encuentran raíces suficientemente profundas para soportar las temporadas difíciles.

 

 

 

 

CAPÍTULO 3

 

El verano de 1990 llegó a Madrid con una intensidad que parecía borrar de las calles cualquier resto de la primavera, y mientras las temperaturas aumentaban y muchos habitantes de la ciudad buscaban refugio en las vacaciones, Juan Ignacio y María del Carmen descubrieron que para ellos aquel tiempo no traería descanso, sino una etapa en la que tendrían que decidir cuánto estaban dispuestos a luchar por una relación que había comenzado casi sin darse cuenta y que, precisamente por haber nacido de una manera tan natural, les resultaba cada día más difícil imaginar fuera de sus vidas. Las largas tardes después del trabajo, las conversaciones en pequeñas cafeterías, los paseos por parques y las horas compartidas junto a los proyectos de paisajismo habían hecho que se conocieran profundamente, y aunque todavía eran jóvenes y ninguno pretendía saber exactamente qué les depararía el futuro, ambos habían llegado a una certeza que ya no podían negar: lo que sentían no era una simple ilusión pasajera.

Juan Ignacio había comenzado a ocupar un lugar más importante dentro de la empresa. El nuevo proyecto en el que participaba exigía de él mayor responsabilidad, y sus superiores empezaban a confiarle tareas que meses atrás habrían considerado demasiado complejas para un ingeniero recién incorporado. Aquella evolución profesional le producía satisfacción, pero también lo obligaba a enfrentarse a una realidad que hasta entonces había podido ignorar: si quería construir una vida independiente, tendría que hacerlo prácticamente desde cero. No contaba con una familia adinerada que pudiera proporcionarle una vivienda ni con contactos que le facilitaran cada paso. Tenía su preparación, su trabajo, la educación recibida de sus padres y una confianza creciente en que Dios podía orientar sus decisiones, pero nada de aquello garantizaba que el camino fuera sencillo.

Una tarde, después de terminar una jornada especialmente agotadora, encontró a María del Carmen esperándolo junto a la entrada de un parque donde habían quedado en encontrarse. Ella llevaba un vestido ligero de color azul y una carpeta llena de dibujos bajo el brazo, y cuando lo vio aparecer sonrió con una alegría que consiguió hacerle olvidar por unos minutos el cansancio.

—Pensé que no ibas a venir.

—Yo también lo pensé cuando salí de la oficina.

—¿Ha sido tan complicado?

—Mucho. Mi jefe decidió que un problema que llevaba tres días intentando resolver debía quedar solucionado hoy.

—¿Y lo resolviste?

—Todavía no sé si lo resolví o si simplemente conseguí que dejara de preguntarme por él.

María del Carmen soltó una carcajada y comenzó a caminar junto a él.

—Eso significa que estás aprendiendo a ser ingeniero de verdad.

—¿Por qué?

—Porque todos los trabajos tienen problemas que nadie sabe solucionar y personas que quieren que los soluciones inmediatamente.

—Entonces quizá elegí la profesión equivocada.

—No. Tú naciste para complicarte la vida.

Juan Ignacio la miró con fingida indignación.

—Eso es una acusación bastante grave.

—Es una observación profesional.

—¿Profesional?

—Soy paisajista. Observo cómo crecen las cosas.

—¿Y qué has observado de mí?

Ella disminuyó ligeramente el paso.

—Que tienes más paciencia de la que crees.

—¿Eso es bueno?

—Será necesario.

La última palabra cambió ligeramente el tono de la conversación. Juan Ignacio entendió que María del Carmen quería hablar de algo serio.

—¿Ha pasado algo?

—Mi padre habló conmigo ayer.

—¿Sobre nosotros?

Ella asintió.

—Quiere que termine contigo.

Juan Ignacio guardó silencio mientras continuaban caminando.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no podía hacerlo simplemente porque él lo ordenara.

—¿Se enfadó?

—Mucho.

—¿Te ha amenazado con algo?

—No exactamente, pero dijo que si sigo adelante contigo dejará de ayudarme económicamente y que no permitirá que utilice ningún contacto suyo para conseguir trabajo.

Juan Ignacio sintió una punzada de preocupación.

—Eso es serio.

—Lo sé.

—No quiero que pierdas oportunidades por mi culpa.

María del Carmen se detuvo y lo miró directamente.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No. Es precisamente lo que no quiero que hagas. No eres una culpa que tengo que cargar.

—No quise decirlo de esa manera.

—Lo sé, pero necesito que entiendas algo. Si renuncio a mi trabajo o a mis sueños para que mi padre esté contento, tarde o temprano voy a terminar resentida. Y si renuncio a ti únicamente por miedo, quizá también termine resentida conmigo misma.

Juan Ignacio respiró profundamente.

—No quiero que elijas entre tu familia y yo.

—Yo tampoco quiero hacerlo.

—Entonces tendremos que encontrar otra solución.

—¿Cuál?

Juan Ignacio tardó unos segundos en responder.

—No lo sé todavía.

María del Carmen sonrió con tristeza.

—Me gusta que digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no intentas fingir que tienes todas las respuestas.

Continuaron caminando hasta sentarse en un banco. Durante unos minutos ninguno habló. A su alrededor, algunas familias paseaban, los niños corrían por los senderos y los árboles proyectaban sombras sobre el suelo. La normalidad de aquella escena contrastaba con la tensión que ambos llevaban dentro.

—Mi madre está preocupada —dijo finalmente María del Carmen—. Ella no es como mi padre, pero tampoco quiere enfrentarse a él.

—¿Y tú?

—Yo tampoco quiero enfrentarme a él. Es mi padre.

—Pero tampoco quieres obedecerlo.

—Exactamente.

Juan Ignacio tomó su mano.

—Entonces quizá lo primero que tenemos que hacer es demostrarle que esto no es una aventura.

—¿Cómo?

—Con tiempo.

—¿Crees que el tiempo puede cambiarlo?

—No lo sé.

—Entonces estamos igual que antes.

—No exactamente.

—¿Qué ha cambiado?

Juan Ignacio la miró con serenidad.

—Ahora sabemos que esto es importante para los dos.

Ella apretó su mano.

—Sí.

Aquella misma semana, Juan Ignacio recibió la visita de sus padres. Llegaron a Madrid un sábado por la mañana y se instalaron en un pequeño hotel cercano al apartamento de su hijo. Su madre fue la primera en preguntarle directamente por María del Carmen.

—¿Cuándo vamos a conocerla?

Juan Ignacio sonrió.

—¿Quién te dijo que quería presentártela?

—Nadie. Soy tu madre.

Su padre intervino desde el otro lado de la mesa.

—Tu madre sabe cuándo estás enamorado.

—No estoy seguro de que esté enamorado.

—Entonces estás cerca.

Juan Ignacio bajó la mirada y sonrió.

—Se llama María del Carmen.

—¿A qué se dedica?

—Es paisajista.

Su padre asintió lentamente.

—¿Y qué tal es?

Juan Ignacio tardó unos segundos en contestar.

—Es una mujer extraordinaria.

Su madre sonrió.

—Entonces ya está.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es.

Juan Ignacio decidió contarles lo que estaba sucediendo con la familia de ella. Su padre escuchó atentamente sin interrumpir y su madre permaneció pensativa.

—¿La familia se opone? —preguntó finalmente su padre.

—Sí.

—¿Por qué?

—Por diferencias sociales, principalmente.

El hombre dejó escapar un suspiro.

—Eso no es nuevo.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando tu madre y yo nos casamos, mi familia tampoco estaba contenta.

Juan Ignacio lo miró sorprendido.

—Nunca me contaste eso.

—Porque pensé que no era necesario.

—¿Y qué ocurrió?

Su padre sonrió.

—Que tuvimos que aprender que los padres pueden querer a sus hijos y, al mismo tiempo, equivocarse.

La madre de Juan Ignacio intervino.

—Pero tampoco debes pensar que todo conflicto significa que tienes razón. Hay que escuchar, esperar y orar.

—Eso es lo que estamos intentando.

—Entonces no tengas prisa.

Juan Ignacio guardó silencio.

—Y recuerda algo —añadió su madre—: si algún día decides casarte con ella, no solamente te casarás con la mujer que amas. También tendrás que aprender a respetar a su familia, incluso si ellos no te respetan a ti.

Aquellas palabras quedaron en su pensamiento.

Al día siguiente, Juan Ignacio llevó a María del Carmen a conocer a sus padres. Se encontraron en un restaurante pequeño y tranquilo. La madre de él la recibió con afecto inmediato, mientras su padre se mostró más reservado, aunque cordial. Después de los primeros minutos de conversación, María del Carmen comenzó a sentirse cómoda.

—Juan Ignacio nos ha hablado mucho de ti —dijo su madre.

María del Carmen miró a Juan Ignacio.

—Espero que solamente cosas buenas.

—Casi todas.

—Mamá.

Los cuatro rieron.

La comida transcurrió con naturalidad y al terminar caminaron juntos por una zona cercana. La madre de Juan Ignacio aprovechó un momento en que ambos jóvenes quedaron unos pasos detrás para hablar con su esposo.

—Me gusta.

—A mí también.

—¿Y entonces?

—Entonces tendremos que confiar en nuestro hijo.

María del Carmen escuchó solamente una parte de aquella conversación, pero comprendió que la familia de Juan Ignacio no la estaba juzgando por su apellido ni por su posición económica. Aquello le produjo una emoción que no quiso mostrar.

Cuando se despidieron, la madre de Juan Ignacio abrazó a María del Carmen.

—Espero que nos volvamos a ver pronto.

—Yo también.

—Y no tengas miedo.

María del Carmen la miró sorprendida.

—¿Miedo?

—A veces el miedo hace que tomemos decisiones que después lamentamos.

La joven asintió.

—Gracias.

Aquella noche, mientras caminaban de regreso, Juan Ignacio notó que ella estaba callada.

—¿Qué piensas?

—Que tus padres son diferentes a los míos.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es bueno.

—¿Te sentiste incómoda?

—Al principio. Después no.

Juan Ignacio sonrió.

—Mi madre ya te adoptó.

—Lo noté.

Ambos rieron.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Unos días después, don Eduardo recibió información sobre Juan Ignacio que confirmó sus prejuicios. Descubrió que el joven apenas comenzaba su carrera profesional, que su familia no pertenecía al círculo social que él consideraba apropiado y que no disponía de los recursos económicos que esperaba para quien pudiera convertirse en esposo de su hija.

Cuando María del Carmen llegó a casa aquella tarde, encontró a su padre esperándola.

—He investigado quién es ese hombre.

Ella sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que sé de dónde viene, quiénes son sus padres y cuánto gana.

—No tienes derecho a investigarlo de esa manera.

—Tengo derecho a protegerte.

—No necesitas protegerme de Juan Ignacio.

—Eso lo decidiré yo.

María del Carmen permaneció firme.

—No.

Su padre se quedó mirándola.

—¿Cómo dices?

—Digo que no puedes decidir por mí con quién puedo hablar o a quién puedo amar.

—Mientras vivas en esta casa, tendrás que respetar mis reglas.

—Las respeto, pero no puedo entregar mi voluntad.

—Ese muchacho no tiene nada que ofrecerte.

—Tiene mucho que ofrecerme.

—¿Dinero?

—No.

—¿Posición?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué?

María del Carmen sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer, pero se negó a dejar que su padre interpretara aquello como debilidad.

—Tiene carácter, honestidad, trabajo, fe y un corazón que me respeta.

Su padre permaneció en silencio.

—¿Fe? —preguntó finalmente.

—Sí.

—No me digas que ahora vas a justificar todo porque va a la iglesia.

—No estoy justificando todo. Te estoy diciendo quién es.

—Los hombres pueden decir cualquier cosa cuando quieren conquistar a una mujer.

—Juan Ignacio no me ha prometido riquezas.

—Eso es evidente.

—Me ha prometido que trabajará para construir su futuro.

—¿Y tú estás dispuesta a esperar?

—Sí.

—¿Cuánto?

—El tiempo que sea necesario.

Su padre golpeó suavemente la mesa con la mano.

—¡No entiendes lo que estás haciendo!

—Sí lo entiendo.

—Estás poniendo en riesgo tu futuro.

—No. Estoy intentando decidirlo.

La conversación terminó abruptamente. María del Carmen subió a su habitación y cerró la puerta. Aquella noche lloró durante largo rato, pero también sintió que algo dentro de ella se había fortalecido. No quería convertir su relación con Juan Ignacio en una batalla contra su padre, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar a ella solamente para evitar un conflicto.

Mientras tanto, Juan Ignacio había comenzado a buscar un apartamento más grande. No quería apresurar una boda ni hacer planes que todavía no podían cumplir, pero deseaba demostrar que estaba dispuesto a asumir responsabilidades. Después de varias visitas encontró un pequeño piso en una zona modesta de Madrid que podía pagar con sus ingresos, aunque tendría que administrar cuidadosamente cada peseta.

Cuando María del Carmen lo visitó, observó las habitaciones vacías y sonrió.

—Es pequeño.

—Lo sé.

—Pero tiene buena luz.

—Eso es lo que dices porque eres paisajista.

—Y porque me gusta.

Juan Ignacio abrió una puerta.

—Aquí podría ir una biblioteca.

—¿Y dónde pondrías los libros?

—Todavía no los tengo.

—Entonces tendrás que trabajar más.

—Eso parece.

Ella caminó hasta una ventana desde donde podía verse una pequeña terraza.

—Aquí podríamos poner plantas.

Juan Ignacio la miró.

—¿Podríamos?

Ella se volvió.

—¿He dicho podríamos?

—Sí.

—Entonces supongo que tendrás que acostumbrarte.

Juan Ignacio se acercó y la abrazó.

—No sabes cuánto deseo que llegue ese día.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Yo también.

No sabían que aquel pequeño apartamento, todavía vacío, acabaría convirtiéndose en uno de los símbolos más importantes de su historia. En ese momento solamente representaba una posibilidad, una puerta abierta hacia una vida que todavía parecía lejana.

Poco después, Juan Ignacio decidió hablar con don Eduardo. No quería seguir siendo un nombre que el padre de María del Carmen conocía solamente por investigaciones y comentarios ajenos. Quería mirarlo a los ojos y explicarle sus intenciones.

Cuando se lo comunicó a María del Carmen, ella se preocupó.

—No sé si es buena idea.

—Quiero hacerlo con respeto.

—Mi padre puede ser muy duro.

—Lo sé.

—Puede decirte cosas desagradables.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué quieres ir?

Juan Ignacio la miró.

—Porque si quiero pedirte algún día que compartas tu vida conmigo, debo ser capaz de mirar a tu padre a los ojos.

Ella no pudo responder inmediatamente.

—Tengo miedo —admitió finalmente.

—Yo también.

—¿Y si sale mal?

—Entonces saldrá mal.

—No pareces preocupado.

—Estoy preocupado. Pero no quiero que el miedo decida por nosotros.

María del Carmen tomó su mano.

—Voy a estar contigo.

—Eso es lo que necesito.

La reunión se produjo una semana después. Don Eduardo recibió a Juan Ignacio en su despacho. Era una habitación amplia, decorada con fotografías de proyectos, diplomas y algunos objetos que demostraban la posición que había alcanzado durante años de trabajo. Juan Ignacio entró vestido con sencillez pero con cuidado, consciente de que aquel hombre estaba acostumbrado a medir a las personas por su apariencia y sus logros.

—Siéntese.

—Gracias.

Don Eduardo permaneció detrás de su escritorio.

—Sé que está saliendo con mi hija.

—Sí.

—También sé que ella está muy ilusionada.

—Yo también.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Juan Ignacio respiró profundamente.

—No he venido a pedirle que confíe en mí inmediatamente.

—¿Entonces?

—He venido a decirle que respeto a su hija y que mis intenciones con ella son serias.

—Todos los jóvenes dicen eso.

—Lo entiendo.

—¿Qué puede ofrecerle?

Juan Ignacio no respondió inmediatamente.

—No puedo ofrecerle el nivel económico que usted puede ofrecerle.

Don Eduardo levantó una ceja.

—Al menos es sincero.

—Pero puedo ofrecerle trabajo, esfuerzo, fidelidad y el compromiso de construir junto a ella una vida que no dependa de lo que otros piensen.

—Eso suena muy bonito.

—No pretendo impresionarlo.

—¿Entonces qué pretende?

—Que me conozca.

El hombre permaneció callado durante unos segundos.

—No creo que sea conveniente que continúe con mi hija.

Juan Ignacio sintió la dureza de aquellas palabras, pero mantuvo la calma.

—Lo respeto.

—¿Entonces terminará la relación?

—No puedo prometerle eso.

—¿Por qué?

—Porque la decisión no me pertenece solamente a mí.

Don Eduardo se levantó.

—Eso confirma lo que pensaba.

Juan Ignacio también se puso de pie.

—Quizá con el tiempo pueda cambiar de opinión.

—No cuente con ello.

Juan Ignacio salió del despacho con una sensación de tristeza, pero también con la conciencia tranquila. Había hablado con respeto y no había cedido a la provocación. Cuando María del Carmen lo esperaba afuera, supo por su expresión que las cosas no habían salido bien.

—¿Qué pasó?

—Tu padre no cambia de opinión fácilmente.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

Juan Ignacio tomó su mano.

—No tienes que sentirlo.

—Pero te ha tratado mal.

—No.

—¿No?

—Me ha dicho lo que piensa. Eso es diferente.

María del Carmen lo abrazó y ambos permanecieron así durante unos segundos.

—¿Sigues queriéndome?

Juan Ignacio sonrió.

—Más que antes.

Ella cerró los ojos.

—Entonces tendremos que seguir adelante.

—Sí.

Mientras regresaban a casa, comenzó a llover sobre Madrid. Caminaron bajo la lluvia sin apresurarse, compartiendo un pequeño paraguas que apenas los protegía. La ciudad parecía distinta bajo aquella tormenta repentina, pero ninguno de los dos quiso separarse.

—Mira —dijo María del Carmen.

—¿Qué?

—La lluvia.

—Ya la veo.

—No. Mira cómo cae sobre los árboles.

Juan Ignacio observó las hojas mojadas.

—¿Y qué ves?

—Que siguen de pie.

Él la miró y comprendió que aquella frase no hablaba realmente de los árboles.

Continuaron caminando mientras la lluvia aumentaba y las luces de los automóviles se reflejaban sobre las calles. Todavía no sabían qué pruebas tendrían que enfrentar ni cuánto dolor podía esconderse detrás de aquella oposición familiar. Solamente sabían que el amor que había nacido entre ellos ya no podía tratarse como una aventura pasajera y que, para permanecer juntos, tendrían que aprender a luchar sin convertirse en enemigos de quienes los rodeaban.

Aquella noche, cada uno oró por separado. Juan Ignacio pidió sabiduría para no actuar impulsivamente y fortaleza para permanecer fiel a sus convicciones. María del Carmen pidió algo parecido, pero añadió una petición que hasta entonces nunca había pronunciado con tanta claridad: que Dios tocara el corazón de su padre.

Ninguno recibió una respuesta inmediata, pero ambos sintieron que podían descansar por aquella noche.

Afuera, Madrid seguía bajo la lluvia. Y en algún lugar de la ciudad, detrás de una ventana iluminada, dos jóvenes comenzaban a comprender que el amor no solamente se demuestra cuando todo resulta favorable, sino también cuando las circunstancias obligan a elegir entre el temor y la esperanza.

 

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

El otoño llegó a Madrid casi sin que Juan Ignacio y María del Carmen se dieran cuenta de que el verano había terminado. Las hojas comenzaron a cubrir las aceras, las tardes se hicieron más cortas y el aire adquirió esa frescura que obligaba a recuperar los abrigos guardados durante los meses anteriores. Para cualquier otra persona aquellos cambios podían parecer simplemente parte del ritmo natural de la ciudad, pero para ellos significaban el comienzo de una etapa distinta, porque después de varios meses de una relación cada vez más profunda habían llegado a un punto en el que ya no podían esconderse detrás de la excusa del trabajo ni fingir ante sí mismos que aquello era solamente una amistad.

Juan Ignacio había avanzado profesionalmente más rápido de lo que esperaba. La empresa había quedado satisfecha con su desempeño y le había ofrecido participar durante varios meses en un proyecto fuera de Madrid, relacionado con la supervisión técnica de unas obras en Valencia. La propuesta representaba una oportunidad importante para su carrera, una de esas ocasiones que un ingeniero joven difícilmente podía rechazar si quería demostrar que estaba preparado para asumir responsabilidades mayores. Sin embargo, desde el mismo instante en que recibió la noticia, su primera preocupación no fue el salario ni la experiencia profesional, sino María del Carmen.

Aquella tarde se encontraron en una cafetería cercana al lugar donde trabajaban. Juan Ignacio llevaba varios minutos intentando encontrar la manera adecuada de hablarle del asunto, mientras ella lo observaba con curiosidad.

—Estás muy callado.

—Estoy pensando cómo decirte algo.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

—No necesariamente.

—Entonces dilo antes de que me preocupe más.

Juan Ignacio dejó la taza sobre el plato y la miró directamente.

—Me han ofrecido trabajar durante unos meses en Valencia.

María del Carmen permaneció en silencio.

—¿Cuándo?

—Dentro de unas semanas.

—¿Cuánto tiempo?

—Todavía no lo saben exactamente. Entre cuatro y seis meses.

Ella bajó la mirada y comenzó a mover lentamente la cucharilla.

—Es una buena oportunidad.

—Sí.

—Entonces deberías aceptarla.

—Eso es lo que pienso.

—¿Y por qué estás preocupado?

—Porque no quiero que la distancia cambie lo que tenemos.

María del Carmen levantó los ojos.

—¿Crees que podría cambiar?

—No quiero descubrirlo de esa manera.

Ella extendió la mano sobre la mesa.

—Juan Ignacio, si lo nuestro depende de vernos todos los días, entonces no es tan fuerte como creemos.

Él tomó su mano.

—Eso no significa que no vaya a echarte de menos.

—Yo también te voy a echar de menos.

—Mucho.

—Muchísimo.

Los dos sonrieron, aunque aquella sonrisa estaba acompañada por una tristeza que ninguno intentó ocultar.

—¿Cuándo te vas?

—Dentro de tres semanas.

María del Carmen respiró profundamente.

—Entonces tenemos tres semanas para aprovechar.

Aquella decisión parecía sencilla cuando la pronunciaron, pero las semanas siguientes demostraron que ninguna separación resulta fácil cuando dos personas todavía están intentando defender su relación de circunstancias que no controlan. La noticia también llegó a oídos de la familia de María del Carmen, y su padre reaccionó de una manera que Juan Ignacio no esperaba.

—Quizá la distancia haga que finalmente comprendas que esta relación no tiene futuro —le dijo a su hija.

María del Carmen lo miró con tristeza.

—No deberías alegrarte por una dificultad que nos duele.

—No me alegro. Estoy pensando en tu bienestar.

—Entonces podrías confiar en mí.

—Confiar no significa dejarte cometer errores.

—¿Y si no es un error?

Don Eduardo permaneció callado.

—Algún día tendrás que aceptar que no puedo vivir toda mi vida tratando de cumplir tus expectativas.

—Lo que quiero es que tengas una vida digna.

—¿Y quién decide qué es una vida digna?

Su padre se levantó de la mesa.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

—Entonces deja que el tiempo decida.

María del Carmen sintió que aquellas palabras encerraban una especie de desafío, pero decidió no responder.

Durante las semanas que precedieron al viaje de Juan Ignacio, ambos intentaron aprovechar cada momento. Pasearon por lugares que ya se habían convertido en parte de su historia, visitaron jardines, compartieron comidas sencillas y pasaron largas tardes hablando de aquello que esperaban hacer cuando él regresara. María del Carmen incluso comenzó a buscar información sobre pequeñas viviendas que pudieran alquilar algún día, aunque todavía no sabía si aquello era un proyecto real o simplemente una manera de mantener viva la esperanza.

Una tarde, mientras caminaban cerca de un parque, Juan Ignacio se detuvo frente a un árbol cubierto de hojas amarillas.

—¿Sabes qué me gusta del otoño?

—¿Qué?

—Que parece una despedida, pero en realidad es parte de un ciclo.

María del Carmen lo miró.

—Eso suena muy filosófico para un ingeniero.

—Estoy aprendiendo de ti.

Ella sonrió.

—¿Y qué has aprendido?

—Que no todo lo que parece terminar realmente termina.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Quiero creer eso.

—Yo también.

El día de la partida llegó demasiado rápido. La estación estaba llena de personas que iban y venían con equipajes, familias que se despedían y viajeros que parecían llevar consigo historias completamente diferentes. Juan Ignacio había preparado una maleta pequeña y llevaba una carpeta con documentos de trabajo. María del Carmen estaba a su lado intentando conservar la serenidad.

—No quiero llorar.

—No tienes que hacerlo.

—Si empiezo, no voy a parar.

Juan Ignacio sonrió con tristeza.

—Entonces no empieces.

—Eso es muy fácil decirlo.

—Lo sé.

Ella lo abrazó con fuerza.

—Prométeme que me vas a llamar.

—Todos los días.

—Aunque estés cansado.

—Aunque esté muerto.

María del Carmen se separó inmediatamente.

—No digas eso.

—Perdón.

—No vuelvas a decirlo.

Juan Ignacio comprendió que aquella reacción no era exagerada. Ella tenía un miedo que todavía no quería reconocer, el temor de que algo ocurriera durante aquella separación y que el destino aprovechara la distancia para arrebatarle lo que acababa de encontrar.

—Te quiero —dijo finalmente él.

María del Carmen cerró los ojos.

—Yo también te quiero.

No hubo más palabras. El tren partió pocos minutos después y ella permaneció en el andén observando cómo desaparecía hasta que ya no pudo distinguirlo.

Durante las primeras semanas, la distancia pareció incluso fortalecer su relación. Se llamaban por las noches, intercambiaban cartas y Juan Ignacio buscaba cualquier oportunidad para regresar a Madrid durante un fin de semana. Le contaba detalles del trabajo, de los problemas que encontraba en la obra y de las personas con las que tenía que tratar. María del Carmen le hablaba de sus proyectos, de los nuevos jardines que estaba diseñando y de las discusiones con su padre.

Una noche, durante una llamada particularmente larga, ella le confesó algo.

—Mi padre está intentando convencerme de que acepte una propuesta de matrimonio.

Juan Ignacio guardó silencio.

—¿Con quién?

—Con un hombre que conoce desde hace años.

—¿Lo conoces tú?

—Sí.

—¿Te gusta?

—No.

—¿Entonces?

—No puedo casarme con alguien que no amo solamente para que mi padre esté tranquilo.

Juan Ignacio respiró profundamente.

—¿Y qué te ha dicho él?

—Que es un hombre estable, de buena familia, con una posición económica excelente y con un futuro asegurado.

—Parece que tu padre está buscando un balance financiero.

—No bromees.

—Perdón.

Ella suspiró.

—Se llama Rodrigo. Es correcto, educado y no me ha hecho nada malo. El problema es que no siento nada por él.

—Entonces no debes aceptar.

—Eso creo.

—¿Lo has visto recientemente?

—Sí.

—¿Y él sabe de nosotros?

—Sí.

—¿Qué piensa?

—No le gusta.

Juan Ignacio permaneció en silencio unos segundos.

—No quiero que te sientas obligada a defenderme todo el tiempo.

—No lo hago por ti solamente.

—¿Por quién entonces?

—Por mí.

Aquella respuesta tranquilizó a Juan Ignacio.

—Eso es lo importante.

La conversación terminó poco después, pero aquella noticia marcó un antes y un después. Hasta entonces la oposición de los padres de María del Carmen había sido una dificultad abstracta, algo que ambos esperaban superar con paciencia. Ahora existía una alternativa concreta que su familia consideraba mucho más conveniente que Juan Ignacio.

Rodrigo comenzó a aparecer con mayor frecuencia en la casa de los Villalba. Su familia tenía negocios importantes y mantenía relaciones sociales que encajaban perfectamente con las expectativas de don Eduardo. Era un hombre educado, de buena presencia y económicamente estable, pero carecía de aquello que María del Carmen necesitaba para imaginar una vida junto a él.

Una tarde, su madre intentó hablar con ella.

—No quiero que pienses que estamos intentando obligarte.

—Pero lo están haciendo.

—Tu padre cree que Rodrigo sería una buena elección.

—Para él.

—Para nosotros.

María del Carmen miró a su madre con tristeza.

—Mamá, ¿alguna vez te has preguntado qué habría pasado si tú hubieras elegido tu vida en lugar de obedecer a tus padres?

Mercedes quedó en silencio.

—Yo amé a tu padre —respondió finalmente— y también tuve que luchar para que mi familia aceptara nuestra relación.

María del Carmen se sorprendió.

—Nunca me lo habías contado.

—Porque las cosas fueron diferentes.

—Pero no tanto.

Su madre bajó la mirada.

—Quizá tengas razón.

—¿Entonces por qué no me entiendes?

Mercedes tomó su mano.

—Porque tengo miedo de que repitas mis errores.

—¿Qué errores?

—Confiar demasiado en que el amor puede superar cualquier dificultad.

—¿Y no puede?

—Puede superar muchas, pero no todas.

—Entonces ¿qué debo hacer?

Su madre la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—No lo sé.

Aquella respuesta fue quizá la primera vez que María del Carmen comprendió que su madre no estaba realmente en contra de ella. Simplemente estaba atrapada entre el amor por su hija y el temor de enfrentarse a su esposo.

Mientras tanto, en Valencia, Juan Ignacio comenzó a experimentar una presión creciente en el trabajo. El proyecto había sufrido retrasos y algunos problemas estructurales obligaban a revisar los cálculos. Durante varios días apenas tuvo tiempo para descansar. Aun así, procuraba llamar a María del Carmen cada noche.

Una noche, sin embargo, el teléfono no sonó.

María del Carmen esperó hasta casi medianoche. Pensó que quizá estaría trabajando, pero el silencio comenzó a inquietarla. Al día siguiente tampoco recibió noticias.

Llamó al alojamiento donde se hospedaba y le informaron que Juan Ignacio había salido temprano hacia la obra.

Intentó tranquilizarse.

—Seguramente está ocupado.

Pero aquella sensación de inquietud no desapareció.

Al día siguiente recibió finalmente una llamada.

—María del Carmen.

La voz de Juan Ignacio sonaba cansada.

—¿Dónde estabas?

—Tuvimos un accidente en la obra.

Ella sintió que el corazón se le detenía.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Qué pasó?

—Un trabajador resultó herido. No fue grave, gracias a Dios, pero estuvimos varias horas resolviendo todo.

—¿Tú estabas cerca?

—Sí.

—Juan Ignacio...

—Estoy bien.

Ella cerró los ojos.

—No vuelvas a desaparecer así.

—Te lo prometo.

—Tuve miedo.

—Lo siento.

—Pensé que podía haberte pasado algo.

—A mí también me hizo pensar.

—¿En qué?

Juan Ignacio permaneció callado unos segundos.

—En que no quiero seguir viviendo como si siempre tuviéramos tiempo.

Aquella frase la sorprendió.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando vuelva a Madrid quiero hablar contigo de nuestro futuro.

María del Carmen sintió que una emoción profunda le recorría el cuerpo.

—¿Estás hablando de casarnos?

—Sí.

Ella comenzó a llorar.

—Juan Ignacio...

—No te estoy pidiendo que decidas ahora. Solo quiero que sepas que es lo que deseo.

—Yo también.

Después de aquella conversación, ambos comenzaron a escribir cartas que hablaban abiertamente del futuro. Juan Ignacio ahorraba parte de su salario con la intención de comprar un pequeño apartamento. María del Carmen continuaba trabajando y guardando parte de sus ingresos. No tenían grandes recursos, pero estaban convencidos de que podían construir algo juntos.

Sin embargo, mientras ellos hacían planes, don Eduardo también tomaba decisiones.

Un viernes por la tarde recibió en su despacho a un antiguo conocido que trabajaba en una empresa de ingeniería. Durante la conversación mencionó el nombre de Juan Ignacio y dejó caer que aquel joven estaba relacionado sentimentalmente con su hija.

El hombre escuchó y después hizo un comentario que don Eduardo interpretó como una oportunidad.

—Si quieres proteger a tu hija, quizá puedas conseguir que ese muchacho entienda que Madrid no es el único lugar donde puede trabajar.

Don Eduardo permaneció pensativo.

—¿Qué quieres decir?

—Hay empresas que necesitan ingenieros en otros lugares.

La conversación continuó durante algunos minutos y terminó con una idea que podía cambiar completamente el futuro de Juan Ignacio.

Mientras tanto, María del Carmen no sabía nada de aquello. Aquella noche se encontraba en su habitación leyendo una de las cartas de Juan Ignacio cuando su padre entró sin llamar.

—Tenemos que hablar.

Ella levantó la mirada.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu futuro.

—Ya hemos hablado muchas veces.

—Esta vez es diferente.

—¿Por qué?

—He hablado con Rodrigo y con su familia.

María del Carmen se puso de pie.

—Papá, ya te dije que no quiero casarme con él.

—Todavía no tienes que casarte.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que le des una oportunidad.

—No.

—No puedes saber lo que sientes si no lo conoces.

—Lo conozco.

—No lo suficiente.

María del Carmen apretó la carta de Juan Ignacio entre sus dedos.

—No puedo hacer esto.

—¿Por qué?

—Porque amo a otra persona.

Su padre la observó fijamente.

—Ese hombre está lejos.

—Volverá.

—¿Y si no vuelve?

—Volverá.

—¿Y si un día deja de amarte?

Ella sintió que la pregunta penetraba profundamente.

—Entonces tendré que enfrentar ese dolor.

—¿Y prefieres sufrir antes que aceptar una vida segura?

María del Carmen levantó los ojos.

—Prefiero arriesgarme a vivir de verdad.

Su padre salió de la habitación sin responder.

Ella volvió a sentarse y tomó la Biblia que tenía sobre la mesa. Abrió nuevamente sus páginas y comenzó a orar. No sabía qué sucedería, pero había decidido que no permitiría que el miedo se convirtiera en el dueño de sus decisiones.

En Valencia, Juan Ignacio recibió aquella misma semana una propuesta laboral inesperada. Un conocido de su empresa le ofrecía trasladarse durante un tiempo a otra ciudad, con un sueldo considerablemente mayor y posibilidades de ascenso.

Al principio pensó rechazarla.

Después recordó el pequeño apartamento, el futuro que había imaginado con María del Carmen y la necesidad de demostrar que podía sostener una familia.

Tomó el teléfono y llamó a María del Carmen.

—Tengo que contarte algo.

—¿Qué pasó?

—Me han ofrecido otro trabajo.

—¿Dónde?

Juan Ignacio le explicó las condiciones.

María del Carmen permaneció en silencio.

—Es una buena oportunidad —dijo finalmente.

—Sí.

—¿Quieres aceptarla?

—No lo sé.

—Entonces no decidas solamente por dinero.

Juan Ignacio cerró los ojos.

—Eso mismo estaba pensando.

—¿Cuándo vuelves a Madrid?

—Dentro de dos semanas.

—Entonces espera.

—¿Por qué?

—Porque quiero que tomemos esta decisión juntos.

Juan Ignacio sonrió.

—Está bien.

Aquella conversación terminó con una promesa sencilla: no tomarían decisiones importantes separados.

Pero ninguno de los dos sabía que las circunstancias estaban preparando una prueba mucho más dura que la distancia. Las diferencias sociales, la presión familiar y las oportunidades profesionales comenzarían a cruzarse de una manera que pondría a prueba no solamente su amor, sino también la fe que ambos habían aprendido a considerar como el fundamento de sus vidas.

El otoño avanzaba y Madrid se preparaba para el invierno. Los árboles perdían sus últimas hojas y las calles se llenaban de luces tempranas. María del Carmen caminaba cada tarde por los mismos lugares donde había estado con Juan Ignacio, tratando de conservar la esperanza. Había aprendido que esperar no significaba quedarse inmóvil, sino continuar viviendo mientras se confiaba en que aquello que parecía incierto podía encontrar un camino.

Y Juan Ignacio, lejos de Madrid, comenzaba a comprender que el futuro no se construye solamente con planos, cálculos y decisiones racionales. Hay momentos en los que una persona debe elegir qué valores está dispuesta a defender incluso cuando hacerlo implica perder algo que considera importante.

Todavía faltaban dos semanas para su regreso.

Dos semanas que parecían pocas.

Pero que serían suficientes para cambiar muchas cosas.

 

 

 

 

CAPÍTULO 5

 

Las dos semanas que faltaban para el regreso de Juan Ignacio transcurrieron con una lentitud que María del Carmen no había experimentado hasta entonces. Cada día parecía prolongarse más de lo normal, no porque hubiera dejado de tener obligaciones o porque el trabajo se hubiera vuelto menos exigente, sino porque ahora llevaba dentro una mezcla de esperanza y preocupación que convertía cualquier noticia en motivo de inquietud. Juan Ignacio había prometido volver a Madrid para hablar con ella acerca de la propuesta laboral que había recibido en Valencia, y ambos habían decidido no tomar ninguna determinación importante hasta encontrarse personalmente, pero aquella promesa había quedado rodeada por demasiadas circunstancias que escapaban a su control. El padre de María del Carmen seguía insistiendo en que aquella relación era inconveniente, Rodrigo continuaba apareciendo en reuniones familiares y, sin que ella lo supiera todavía, don Eduardo había comenzado a mover algunos contactos para influir en el futuro profesional de Juan Ignacio.

La joven intentaba concentrarse en su trabajo. Un nuevo proyecto de restauración de un jardín antiguo había llegado al estudio donde trabajaba y le exigía buena parte de su tiempo. El lugar pertenecía a una institución cultural que quería recuperar un espacio deteriorado para convertirlo en un pequeño jardín abierto al público, y María del Carmen se había entusiasmado desde el primer momento con la posibilidad de devolverle vida a un terreno que durante años había permanecido descuidado. Para ella, aquel proyecto tenía algo especial porque le permitía demostrar que su profesión no era una simple afición, como todavía insistía su padre, sino una actividad capaz de transformar lugares y también la manera en que las personas se relacionaban con ellos.

Una tarde se encontraba revisando unos planos cuando su compañera Teresa entró en el despacho y la encontró completamente concentrada.

—Llevas más de una hora mirando el mismo dibujo.

María del Carmen levantó la cabeza.

—¿Tanto tiempo?

—Sí. Y no creo que estés pensando en los árboles.

—Estoy pensando en muchas cosas.

Teresa se sentó frente a ella.

—¿Juan Ignacio?

María del Carmen sonrió débilmente.

—¿Tan evidente es?

—Desde que se fue, pareces estar contando los días.

—Vuelve dentro de poco.

—Entonces deberías estar contenta.

—Lo estoy.

—Pero hay algo más.

María del Carmen cerró la carpeta.

—Su trabajo.

—¿Problemas?

—Le ofrecieron trasladarse a otra ciudad.

Teresa frunció el ceño.

—¿Y él quiere hacerlo?

—No lo sabe. Me dijo que quiere decidirlo conmigo.

—Eso es una buena señal.

—Sí, pero mi padre utilizará cualquier distancia para intentar separarnos.

Teresa la observó con atención.

—¿Todavía se opone?

—Más que antes.

—¿Por qué?

—Porque cree que Juan Ignacio no está a nuestra altura.

—¿A vuestra altura?

—A la altura que él considera adecuada.

Teresa permaneció unos segundos en silencio.

—María del Carmen, no puedes vivir toda tu vida intentando demostrarle a tu padre que tiene razón o que está equivocado.

—Lo sé.

—Entonces tendrás que decidir qué quieres.

María del Carmen miró por la ventana.

—Eso es precisamente lo que estoy intentando hacer.

Aquella misma tarde, cuando regresó a casa, encontró a su padre conversando con Rodrigo en el salón. El joven se puso de pie al verla entrar y la saludó con cortesía.

—Buenas tardes, María del Carmen.

—Buenas tardes.

—Rodrigo vino a conversar conmigo sobre unos negocios —explicó don Eduardo.

—Me alegro.

Ella se disponía a subir cuando su padre la llamó.

—Quédate un momento.

María del Carmen se sentó frente a ellos.

—¿Qué ocurre?

Rodrigo habló primero.

—Tu padre me ha comentado que estás considerando independizarte profesionalmente.

—Estoy considerando muchas cosas.

—Podría ayudarte.

Ella lo miró con cierta sorpresa.

—¿Ayudarme?

—Tengo algunos contactos que podrían facilitarte un puesto en una empresa importante.

—Gracias, pero prefiero conseguirlo por mi cuenta.

—No tienes por qué hacerlo todo sola.

—No quiero deberle mi trabajo a nadie.

Rodrigo sonrió.

—No sería una deuda.

—Para mí sí lo sería.

Don Eduardo intervino.

—No seas orgullosa.

—No estoy siendo orgullosa.

—Rodrigo está intentando ayudarte.

—Lo sé y se lo agradezco.

—Entonces acepta.

María del Carmen negó lentamente con la cabeza.

—No quiero.

Rodrigo permaneció callado, pero su expresión cambió.

—Entiendo.

—No es algo personal.

—Quizá sí lo sea.

—No.

—¿Es por Juan Ignacio?

Ella no respondió.

Rodrigo se puso de pie.

—Será mejor que me marche.

—No tienes que hacerlo —dijo don Eduardo.

—Creo que sí.

Después de despedirse, salió de la casa.

Don Eduardo permaneció mirando a su hija.

—Estás desperdiciando una oportunidad.

—No quiero que Rodrigo compre mi futuro.

—No está comprando nada.

—Entonces no entiendo por qué todos esperan que acepte algo que no quiero.

—Porque a veces una persona necesita que otros le muestren lo que no puede ver por sí misma.

—¿Y si lo que no puedo ver es precisamente lo que tú estás tratando de impedirme?

Su padre se levantó.

—No quiero que vuelvas a hablarme de ese muchacho.

María del Carmen respiró profundamente.

—No puedes borrar de mi vida a una persona solamente porque no te gusta.

—Puedo impedir que formes una familia con él.

Ella lo miró con tristeza.

—Quizá puedas intentarlo.

Su padre quedó inmóvil.

—¿Eso es una amenaza?

—No. Es una realidad.

María del Carmen subió a su habitación sin añadir nada más. Una vez allí, abrió el cajón donde guardaba las cartas de Juan Ignacio y las leyó nuevamente. Algunas eran sencillas y hablaban de trabajo, de Madrid y de cosas cotidianas. Otras expresaban de manera más abierta el deseo de construir una vida juntos. En una de ellas, Juan Ignacio había escrito que no quería que el futuro dependiera de la aprobación de personas que no conocían realmente la profundidad de lo que estaban viviendo.

Aquella frase la hizo llorar.

No porque estuviera segura de que él tuviera razón en todo, sino porque sabía que ambos estaban entrando en una etapa donde tendrían que demostrar que el amor que sentían podía mantenerse firme sin convertirse en una lucha de orgullo contra sus familias.

Dos días después, Juan Ignacio recibió una llamada inesperada de su superior.

—Necesito hablar contigo.

—¿Ha ocurrido algo?

—Quiero comentarte una posibilidad profesional.

—¿Tiene que ver con la propuesta de Valencia?

—No exactamente.

El ingeniero se presentó en la oficina y encontró a su jefe acompañado por otro ejecutivo de la empresa.

—Siéntate.

Juan Ignacio obedeció.

—Hemos recibido una recomendación para ti.

—¿De quién?

El ejecutivo respondió:

—De una persona que considera que tienes capacidad para asumir un puesto de mayor responsabilidad.

Juan Ignacio escuchó las condiciones y quedó sorprendido. El puesto implicaba un salario considerablemente superior y la posibilidad de trabajar en un proyecto importante fuera de Madrid durante un periodo prolongado.

—¿Por qué me ofrecen esto?

—Porque alguien ha hablado bien de ti.

—¿Quién?

Su jefe evitó responder directamente.

—Eso no es lo importante.

Juan Ignacio salió de la reunión inquieto. La oferta era demasiado conveniente y había algo en la manera en que había sido presentada que despertaba sus sospechas. Esa misma noche llamó a María del Carmen.

—Tengo que contarte algo.

—¿Qué sucede?

—Me ofrecieron un puesto nuevo.

Ella escuchó las condiciones.

—Es una excelente oportunidad.

—Sí, pero no sé si quiero aceptarla.

—¿Por qué?

—Porque parece que alguien está intentando sacarme de Madrid.

María del Carmen quedó en silencio.

—¿Crees que mi padre está detrás?

—No lo sé.

—Yo sí lo creo.

—No quiero acusarlo sin pruebas.

—Lo conozco.

—Precisamente por eso no quiero que esto se convierta en una guerra.

—Tampoco yo.

—Voy a investigar un poco antes de decidir.

—Hazlo.

—¿Te preocupa?

—Mucho.

—A mí también.

Ella suspiró.

—Quiero que vuelvas.

—Voy a volver.

—No importa lo que te ofrezcan.

Juan Ignacio sonrió.

—Eso quería escuchar.

—¿Por qué?

—Porque necesito saber que todavía quieres que vuelva aunque el futuro sea complicado.

—Quiero que vuelvas incluso si no sabemos qué ocurrirá después.

Aquella conversación terminó con una promesa que ambos consideraron sencilla pero fundamental: no permitirían que otras personas tomaran decisiones en su lugar.

Cuando Juan Ignacio finalmente regresó a Madrid, María del Carmen lo esperaba en la estación. Había llegado temprano y llevaba varios minutos mirando el reloj. Al verlo aparecer entre los viajeros, sintió que toda la tensión de las últimas semanas desaparecía de repente.

Él dejó la maleta en el suelo y la abrazó.

—Te he echado de menos.

—Yo más.

—Eso es imposible.

—No puedes demostrarlo.

Juan Ignacio rió.

—Entonces tendremos que dejarlo en empate.

Permanecieron abrazados durante unos segundos, sin preocuparse por las personas que pasaban alrededor.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Ahora sí.

Caminaron hasta una cafetería donde podían conversar tranquilos. Juan Ignacio le contó los detalles de las ofertas laborales y las sospechas que tenía.

—Creo que alguien está intentando influir en mi trabajo.

—Mi padre tiene contactos.

—Lo sé.

—Y no se detendrá.

Juan Ignacio permaneció pensativo.

—No quiero que esto termine enfrentándonos con él.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero abandonar mi carrera.

—No debes hacerlo.

—Entonces tendremos que encontrar una tercera opción.

María del Carmen sonrió.

—Eso me gusta.

—¿Qué?

—Que sigas pensando en nosotros como un equipo.

Juan Ignacio tomó su mano.

—Porque lo somos.

Después de la conversación, caminaron durante largo rato. Hablaron de la posibilidad de casarse, de conseguir una vivienda y de comenzar una vida independiente. No podían permitirse grandes lujos, pero habían aprendido a valorar otras cosas. Juan Ignacio estaba dispuesto a ahorrar durante años y María del Carmen quería continuar trabajando.

Sin embargo, había una pregunta que ninguno se atrevía a evitar.

—¿Estás dispuesta a casarte conmigo aunque tu padre no lo apruebe? —preguntó finalmente Juan Ignacio.

María del Carmen guardó silencio.

—No quiero que respondas por presión.

—No siento presión.

—Entonces dime la verdad.

Ella lo miró.

—Sí.

Juan Ignacio sintió que una mezcla de emoción y temor lo atravesaba.

—Yo también estoy dispuesto.

—Pero no quiero que nos casemos solamente para escapar de nuestras familias.

—Yo tampoco.

—Quiero que sea porque estamos preparados.

—Entonces esperaremos.

Ella sonrió.

—Eso quería escuchar.

Durante los días siguientes comenzaron a preparar lentamente su futuro. Juan Ignacio decidió rechazar la oferta que implicaba abandonar Madrid y conservar su puesto actual, aunque aquello significara avanzar más despacio profesionalmente. No era una decisión fácil, porque sabía que podía perder una oportunidad importante, pero tampoco quería aceptar un traslado impuesto indirectamente por las circunstancias.

Cuando comunicó su decisión a su jefe, el hombre pareció decepcionado.

—Estás renunciando a una gran oportunidad.

—Lo sé.

—¿Por razones personales?

—Sí.

—Espero que no te arrepientas.

Juan Ignacio sonrió.

—Yo también.

No sabía si aquella decisión sería la correcta, pero tenía la conciencia tranquila.

Mientras tanto, María del Carmen comenzó a recibir más encargos profesionales. Uno de sus diseños fue seleccionado para un proyecto importante y eso le permitió demostrar que su trabajo podía abrirle un camino propio. Por primera vez, su padre tuvo que reconocer que su hija estaba progresando.

Una noche, durante la cena, don Eduardo dejó sobre la mesa un sobre.

—¿Qué es?

—Una propuesta para tu estudio.

María del Carmen abrió el documento y lo leyó.

—¿De dónde viene?

—De una empresa que conozco.

—¿Por qué me la das?

—Porque es buena.

Ella levantó la mirada.

—¿Estás intentando ayudarme?

—No quiero que pienses que todo lo que hago es para perjudicarte.

María del Carmen sintió una emoción inesperada.

—Gracias, papá.

Él asintió.

—Pero eso no significa que haya cambiado de opinión sobre Juan Ignacio.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé.

—Y tampoco quiero que te cases todavía.

—No estoy pensando en casarme mañana.

—Bien.

Aquella conversación, aunque no solucionó el conflicto, representó un pequeño cambio. Por primera vez, don Eduardo había reconocido indirectamente la capacidad profesional de su hija.

Pero aquella misma noche ocurrió algo que nadie esperaba.

Mientras Juan Ignacio regresaba a su apartamento después del trabajo, recibió una llamada de su madre.

—Hijo, tienes que venir cuanto antes.

—¿Qué ha pasado?

—Tu padre está enfermo.

Juan Ignacio sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué tiene?

—No lo sabemos todavía. El médico quiere hacerle algunas pruebas.

—Voy para allá.

Llamó inmediatamente a María del Carmen.

—Tengo que viajar.

—¿Qué ocurre?

—Mi padre está enfermo.

—¿Es grave?

—No lo sé.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Juan Ignacio quiso protestar, pero comprendió que no tenía sentido.

—Está bien.

A la mañana siguiente viajaron juntos.

En el hospital encontraron a la madre de Juan Ignacio esperando. Su rostro mostraba una preocupación que intentaba ocultar.

—Mamá.

Ella abrazó a su hijo.

—Llegaste.

—¿Cómo está papá?

—Lo están examinando.

María del Carmen se acercó.

—Señora, estoy con él.

La mujer la abrazó.

—Gracias por venir.

Horas después, el médico les explicó que el padre de Juan Ignacio había sufrido una complicación cardíaca que requería tratamiento y reposo. No parecía existir un peligro inmediato, pero la situación era suficientemente seria para obligarlo a cambiar de ritmo de vida.

Aquella noche, Juan Ignacio permaneció sentado junto a la cama de su padre.

—Hijo —dijo el hombre con dificultad—, no quiero que abandones tus planes por mí.

—No estoy abandonando nada.

—Tu madre me contó que rechazaste el traslado.

Juan Ignacio guardó silencio.

—¿Fue por ella?

—En parte.

Su padre sonrió.

—Entonces quizá sea una buena mujer.

—Lo es.

—¿La amas?

—Sí.

El hombre cerró los ojos durante unos segundos.

—Entonces no cometas el error de vivir para complacer a los demás.

Juan Ignacio tomó su mano.

—Papá...

—Tu madre y yo tardamos muchos años en aprender eso.

Aquellas palabras tuvieron para él un significado profundo.

Mientras tanto, María del Carmen esperaba fuera de la habitación junto a su futura suegra. La mujer la miró con afecto.

—Sé que mi hijo te ama.

María del Carmen sonrió con timidez.

—Yo también lo amo.

—Entonces cuídense.

—Lo intentaremos.

—No será fácil.

—Lo sé.

La madre de Juan Ignacio le tomó la mano.

—Pero a veces las cosas que más valen la pena requieren paciencia.

María del Carmen recordó las palabras que había dicho frente a los árboles meses atrás y sintió que la vida parecía devolverle una enseñanza que todavía estaba aprendiendo.

Durante los días siguientes, la enfermedad del padre de Juan Ignacio obligó a ambos jóvenes a detener temporalmente sus planes. La prioridad era su recuperación. Juan Ignacio comprendió que la vida podía cambiar en cuestión de horas y que muchas de las preocupaciones que habían parecido enormes podían quedar en segundo plano cuando una persona querida enfrentaba una enfermedad.

María del Carmen permaneció a su lado durante todo aquel tiempo. Visitaba el hospital, ayudaba a su madre y se encargaba de algunas cuestiones prácticas. Cuando regresaron a Madrid, la relación entre ambos parecía más madura.

Una tarde, sentados en el pequeño apartamento que Juan Ignacio había comenzado a preparar, María del Carmen habló con serenidad.

—No quiero que nuestra vida sea una batalla permanente.

—Yo tampoco.

—Quiero que tengamos fe suficiente para esperar.

—¿Esperar qué?

—Que las cosas cambien cuando tengan que cambiar.

Juan Ignacio la miró.

—¿Y si no cambian?

—Entonces tendremos que aprender a vivir sin dejar que nos destruyan.

Él tomó sus manos.

—Te quiero.

—Yo también.

Afuera comenzaba a llover. El sonido de las gotas contra los cristales llenaba la habitación mientras ambos permanecían juntos en silencio.

Todavía quedaban muchas dificultades por delante. El rechazo de don Eduardo no había desaparecido, Rodrigo seguía esperando una oportunidad y la situación profesional de Juan Ignacio todavía podía cambiar. Pero algo había cambiado dentro de ellos: ya no eran dos jóvenes que simplemente deseaban estar juntos, sino dos personas que habían comenzado a comprender que el amor verdadero necesita paciencia, responsabilidad y una fe capaz de sostenerlos cuando las circunstancias no ofrecen respuestas.

Y mientras Madrid se cubría de lluvia, María del Carmen pensó que quizá el futuro no consistía en conocer de antemano lo que iba a suceder, sino en aprender a caminar juntos incluso cuando solamente podían ver unos pocos pasos por delante.

 

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

El invierno de 1990 se instaló sobre Madrid con una dureza que parecía corresponderse con el momento que atravesaban Juan Ignacio y María del Carmen. Habían aprendido a convivir con la desaprobación de don Eduardo, habían descubierto que la distancia podía superarse cuando existía voluntad de hacerlo y habían comenzado a imaginar una vida independiente, pero ninguna de aquellas experiencias los había preparado para comprender que, en ocasiones, las dificultades no llegan de una sola en una, sino que parecen juntarse hasta obligar a las personas a descubrir de qué están realmente hechas. El padre de Juan Ignacio continuaba recuperándose de su problema cardíaco y necesitaba que su hijo viajara con frecuencia para acompañarlo, mientras la situación laboral de María del Carmen comenzaba a exigirle una dedicación cada vez mayor. A pesar de todo, ambos habían conseguido mantener una relación firme y habían llegado a hablar seriamente sobre el matrimonio, aunque todavía no habían fijado una fecha porque entendían que primero debían resolver algunas cuestiones económicas y, sobre todo, intentar que sus familias aceptaran aquella decisión.

Una tarde, mientras Juan Ignacio terminaba unos documentos en la oficina, recibió una llamada de su madre que alteró completamente su jornada. La voz de ella tenía un tono que inmediatamente le hizo comprender que algo no iba bien.

—Juan Ignacio, tienes que venir.

—¿Qué ha pasado?

—Tu padre se ha descompensado.

Él se puso de pie.

—¿Está en el hospital?

—Sí. Lo han traído hace unos minutos.

—Voy para allá.

Colgó y permaneció unos segundos inmóvil, intentando ordenar sus pensamientos. Después tomó el teléfono y llamó a María del Carmen.

—Tengo que irme.

—¿Qué ocurre?

—Mi padre volvió a sentirse mal.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No sé cuánto tiempo estaremos allí.

—Eso no importa.

Juan Ignacio cerró los ojos.

—Está bien. Te paso a buscar.

En el trayecto apenas hablaron. María del Carmen comprendía que cualquier palabra podía resultar insuficiente y prefirió permanecer a su lado. Cuando llegaron al hospital encontraron a la madre de Juan Ignacio en el pasillo, sentada junto a una ventana.

—Mamá.

La mujer se levantó y abrazó a su hijo.

—Está con los médicos.

—¿Es grave?

—No lo sé.

María del Carmen se acercó y tomó sus manos.

—No está sola.

La mujer la miró con gratitud.

—Gracias por estar aquí.

Pasaron varias horas antes de recibir noticias definitivas. Finalmente, el médico explicó que el padre de Juan Ignacio había sufrido una nueva complicación y que sería necesario realizarle estudios más profundos. No parecía existir un peligro inmediato, pero la recuperación sería más larga de lo esperado.

Aquella noche, Juan Ignacio permaneció junto a la cama de su padre.

—No tienes que quedarte toda la noche —dijo el hombre.

—Quiero hacerlo.

—Tienes trabajo.

—El trabajo puede esperar.

Su padre lo observó.

—No quiero que abandones tu vida por mí.

—No la estoy abandonando.

—Estás pensando demasiado en los demás.

Juan Ignacio sonrió.

—Eso me lo enseñaste tú.

—Entonces te enseñé mal.

Ambos rieron débilmente.

—Papá, tengo algo que contarte.

—¿Es sobre María del Carmen?

Juan Ignacio asintió.

—Queremos casarnos.

Su padre permaneció en silencio durante unos segundos.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Y ella?

—También.

El hombre respiró lentamente.

—Entonces hazlo.

—¿Aunque su familia se oponga?

—No puedes construir tu vida esperando que todo el mundo esté de acuerdo.

Juan Ignacio tomó la mano de su padre.

—¿Tú crees que es la mujer correcta?

—No puedo responder eso por ti.

—¿Por qué?

—Porque yo no voy a vivir tu matrimonio.

Aquella respuesta le produjo una sonrisa.

—Mamá diría algo parecido.

—Tu madre suele tener razón.

—No se lo digas.

Su padre volvió a sonreír.

—No hace falta. Ella ya lo sabe.

Mientras aquella conversación tenía lugar en el hospital, María del Carmen esperaba en el pasillo junto a su futura suegra. La mujer la observó con una expresión de preocupación.

—Mi hijo ha tenido mucha suerte contigo.

—Yo soy la que ha tenido suerte con él.

—¿Estás segura de querer casarte con alguien cuya vida parece estar llena de problemas?

María del Carmen sonrió.

—La vida de todos tiene problemas.

—No todos tienen que empezar un matrimonio con tantas dificultades.

—No quiero casarme porque todo sea fácil. Quiero hacerlo porque lo amo.

La mujer asintió.

—Entonces recuerda eso cuando lleguen los días difíciles.

María del Carmen tomó aire.

—Lo recordaré.

La situación del padre de Juan Ignacio mejoró lentamente durante las semanas siguientes, pero el episodio había dejado una huella profunda en todos. Juan Ignacio comenzó a valorar de otra manera el tiempo que tenía con sus padres y decidió que no quería postergar indefinidamente la conversación sobre su futuro. María del Carmen compartía ese sentimiento, aunque sabía que enfrentarse a su padre sería todavía más difícil.

Cuando finalmente regresaron a Madrid, Juan Ignacio llevó a María del Carmen hasta el pequeño apartamento que había comenzado a preparar. Había comprado una mesa sencilla, algunas sillas y una estantería. Todavía faltaban muchas cosas, pero el lugar comenzaba a parecer una verdadera casa.

—Está cambiando —dijo ella.

—Poco a poco.

—¿Ya decidiste dónde pondrás la biblioteca?

—Aquí.

—¿Y el jardín?

—En la terraza.

María del Carmen sonrió.

—Voy a necesitar bastante espacio.

—Lo imaginaba.

Ella recorrió lentamente la habitación.

—¿Has pensado en cuánto costará todo?

—Sí.

—¿Y no te preocupa?

—Claro que me preocupa.

—Entonces ¿por qué estás sonriendo?

—Porque por primera vez estoy construyendo algo que realmente deseo.

Ella se acercó.

—Yo también.

Se abrazaron durante unos instantes y después se sentaron en el suelo, porque todavía no habían comprado un sofá.

—Tenemos que hablar de nuestros padres —dijo María del Carmen.

—Lo sé.

—Mi padre no va a aceptar fácilmente que nos casemos.

—¿Y tu madre?

—Ella quizá sí, pero no se atreve a enfrentarse a él.

—Entonces tendremos que ser pacientes.

—¿Cuánto tiempo?

Juan Ignacio la miró.

—El necesario, pero no infinito.

Ella comprendió el significado de aquellas palabras.

—¿Quieres que nos casemos aunque él no lo apruebe?

—Quiero que nos casemos cuando estemos preparados, pero no quiero que nuestra vida quede suspendida para siempre esperando una aprobación que quizá nunca llegue.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—No quiero perder a mi familia.

—No quiero que la pierdas.

—Pero tampoco quiero perderte a ti.

—Entonces no pensemos todavía en perder a nadie.

Aquella noche decidieron que hablarían nuevamente con sus padres cuando el estado de salud del padre de Juan Ignacio estuviera completamente estabilizado.

Sin embargo, las dificultades volvieron a aparecer desde otro lugar.

El proyecto profesional de María del Carmen comenzó a sufrir problemas económicos. La institución que había contratado sus servicios anunció que debía reducir gastos y que algunos trabajos serían suspendidos. Para una profesional que todavía estaba consolidando su carrera, aquello significaba una dificultad considerable. María del Carmen comenzó a buscar nuevos encargos, pero la situación no era sencilla.

Una tarde llegó a casa y encontró a su padre revisando unos documentos.

—Me enteré de que perdiste el proyecto.

Ella se sorprendió.

—¿Quién te lo dijo?

—No importa.

—Sí, lo perdí.

—Podrías trabajar conmigo.

María del Carmen permaneció en silencio.

—Tengo una empresa que necesita alguien con tus conocimientos.

—¿En qué condiciones?

—Como parte de mi equipo.

—¿Y tendría libertad para diseñar?

—Dentro de lo razonable.

—¿Y quién decidiría lo razonable?

Don Eduardo suspiró.

—No todo tiene que convertirse en una discusión.

—No quiero discutir. Quiero saber si realmente sería mi trabajo o una manera de controlarme.

—Soy tu padre.

—Precisamente.

Él se levantó.

—No entiendo por qué desconfías de mí.

—Porque cada vez que intento tomar una decisión diferente a la que tú quieres, terminas intentando decidir por mí.

Su padre guardó silencio.

—No quiero depender de ti.

—Eso es orgullo.

—Puede serlo, pero también es necesidad de ser independiente.

—¿Independiente para qué? ¿Para irte con ese hombre?

María del Carmen sintió una punzada de dolor.

—No todo lo que hago tiene que ver con Juan Ignacio.

—Desde que apareció, todo ha cambiado.

—Sí. Porque he empezado a preguntarme qué quiero realmente.

Don Eduardo la miró fijamente.

—Algún día comprenderás que estoy intentando protegerte.

—Y algún día quizá comprendas que protegerme no significa encerrarme.

Ella se retiró a su habitación, profundamente afectada.

Aquella noche llamó a Juan Ignacio.

—No puedo más.

—¿Qué pasó?

Le contó la conversación.

—No quiero que termines enfrentándote con tu padre por mí.

—No es solamente por ti.

—Lo sé.

—Pero él no me acepta.

—Quizá necesite tiempo.

—¿Y si nunca cambia?

Juan Ignacio guardó silencio.

—No quiero vivir esperando que cambie.

—¿Qué quieres hacer?

—Quiero casarme contigo.

Ella respiró profundamente.

—¿Ahora?

—No mañana. Pero quiero que empecemos a prepararlo.

María del Carmen cerró los ojos.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces lo haremos juntos.

Durante los meses siguientes, ambos comenzaron a organizar su boda de una manera sencilla. No tenían dinero para una gran celebración ni deseaban endeudarse. Querían una ceremonia íntima, con sus familias y algunos amigos cercanos. Juan Ignacio había conseguido ahorrar una cantidad suficiente para cubrir los gastos básicos y María del Carmen había encontrado nuevos trabajos que le permitían recuperar poco a poco la estabilidad profesional.

Pero había una dificultad que no podían ignorar: necesitaban comunicar formalmente su decisión a los padres de ella.

María del Carmen eligió una tarde de domingo. Después del almuerzo, cuando todos se encontraban reunidos, tomó aire.

—Papá, mamá, Juan Ignacio y yo hemos decidido casarnos.

Su madre se quedó inmóvil.

Don Eduardo dejó lentamente los cubiertos.

—¿Qué has dicho?

—Que vamos a casarnos.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Papá, ni siquiera me has dejado terminar.

—No necesito escuchar más.

—Sí necesitas hacerlo.

—Te he dicho que no.

Mercedes miró a su esposo.

—Eduardo...

—No.

María del Carmen sintió que las piernas le temblaban, pero permaneció firme.

—No estoy pidiéndote permiso para amar a Juan Ignacio.

—Estás destruyendo tu futuro.

—No.

—Te estás dejando llevar por una ilusión.

—Llevamos casi un año juntos.

—Eso no es suficiente.

—Para ti nunca será suficiente.

Su padre se puso de pie.

—Mientras yo viva, no aceptaré ese matrimonio.

María del Carmen sintió que aquellas palabras la atravesaban.

—Entonces tendrás que decidir si prefieres perder a tu hija antes que aceptar que ha crecido.

Don Eduardo permaneció en silencio.

Su madre comenzó a llorar.

—No quiero que esto termine así.

María del Carmen se acercó a ella.

—Yo tampoco.

—Por favor, no os hagáis daño.

—No quiero hacerle daño a nadie.

Don Eduardo salió del comedor sin responder.

Aquella noche, María del Carmen lloró junto a su madre.

—¿Qué voy a hacer?

Mercedes la abrazó.

—No lo sé.

—Mamá, necesito que me entiendas.

—Te entiendo más de lo que crees.

—Entonces ayúdame.

Su madre permaneció unos segundos en silencio.

—No puedo obligar a tu padre a cambiar.

—No te estoy pidiendo eso.

—¿Qué quieres?

—Que no me abandones.

Mercedes la abrazó con fuerza.

—Nunca voy a abandonarte.

Aquellas palabras fueron un consuelo enorme.

Mientras tanto, Juan Ignacio esperaba en su apartamento. Cuando María del Carmen llegó, supo inmediatamente que la conversación había terminado mal.

—¿Qué pasó?

Ella lo abrazó.

—Mi padre dijo que nunca aceptará nuestro matrimonio.

Juan Ignacio cerró los ojos.

—Lo siento.

—Yo también.

—¿Quieres seguir adelante?

Ella se separó y lo miró.

—Sí.

—¿Aunque él no esté?

—Sí.

Juan Ignacio tomó sus manos.

—Entonces tendremos que hacerlo con respeto, pero también con firmeza.

—Eso quiero.

La boda comenzó a organizarse para la primavera siguiente.

Pero cuando parecía que las cosas comenzaban finalmente a encontrar un rumbo, una nueva tragedia cayó sobre ellos.

Una noche, mientras Juan Ignacio regresaba a casa después de visitar a su padre, recibió una llamada del hospital. Su madre estaba llorando.

—Juan Ignacio, tienes que venir.

—¿Qué pasó?

—Tu padre...

La voz se quebró.

—¿Qué pasó?

—Ha empeorado.

Juan Ignacio salió inmediatamente.

María del Carmen recibió la noticia y acudió con él. Cuando llegaron al hospital, el médico les explicó que la situación era crítica. El corazón de su padre no había respondido como esperaban y las posibilidades de recuperación eran cada vez menores.

Juan Ignacio entró en la habitación.

—Papá.

El hombre abrió lentamente los ojos.

—Llegaste.

—Sí.

—¿María del Carmen está aquí?

—Sí.

—Quiero verla.

Ella entró y tomó su mano.

—Estoy aquí.

El hombre sonrió débilmente.

—Cuida de mi hijo.

María del Carmen sintió que las lágrimas comenzaban a caer.

—Lo haré.

—Y tú —dijo mirando a Juan Ignacio— no tengas miedo.

—No tengo miedo.

—Sí lo tienes.

Juan Ignacio no pudo responder.

—Recuerda lo que te enseñamos.

—Lo recuerdo.

—Dios no abandona a los que confían en Él.

Juan Ignacio apretó su mano.

—Lo sé.

Su padre cerró los ojos.

—Entonces no tengas miedo.

Aquella fue una de las últimas conversaciones que tuvieron.

Horas después, el padre de Juan Ignacio murió.

El dolor fue inmenso. Su madre quedó devastada y Juan Ignacio sintió que una parte de su mundo se había derrumbado. María del Carmen permaneció a su lado durante todo el funeral, acompañándolo sin intentar llenar con palabras un vacío que no podía llenarse.

Después del entierro, cuando ambos regresaron al apartamento, Juan Ignacio se sentó junto a la ventana.

—No puedo entender que ya no esté.

María del Carmen se sentó a su lado.

—No tienes que entenderlo ahora.

—Me dijo que no tuviera miedo.

—Y tenía razón.

—¿Cómo puedo no tener miedo?

Ella tomó su mano.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

Juan Ignacio comenzó a llorar.

—Siento que todo se me viene abajo.

María del Carmen lo abrazó.

—Estoy aquí.

—No quiero que tú también te vayas.

—No me voy a ir.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Permanecieron abrazados durante largo rato.

Aquella muerte cambió la manera en que Juan Ignacio veía el futuro. Comprendió que la vida era demasiado frágil para postergar indefinidamente las decisiones importantes. También comprendió que el dolor no desaparece porque uno tenga fe, pero que la fe puede impedir que el dolor se convierta en desesperanza.

Durante las semanas posteriores, Juan Ignacio estuvo más cerca de su madre y comenzó a ayudarla a reorganizar su vida. María del Carmen continuó trabajando y también colaboró con ellos. La boda se retrasó unos meses, no porque hubieran cambiado de opinión, sino porque necesitaban tiempo para recuperarse.

Don Eduardo observó todo aquello desde la distancia. Había mantenido su oposición, pero algo comenzó lentamente a cambiar dentro de él. Había visto a Juan Ignacio acompañar a su madre, había escuchado cómo había hablado de su padre y había observado que María del Carmen seguía a su lado no por rebeldía, sino por amor.

Una tarde, Mercedes habló con su esposo.

—¿Hasta cuándo vas a seguir así?

—¿Así cómo?

—Castigando a nuestra hija por haber elegido una vida diferente.

—No la estoy castigando.

—Sí lo estás haciendo.

—Estoy intentando protegerla.

—Ya no es una niña.

Don Eduardo guardó silencio.

—La vida de tu hija no es un proyecto que puedas diseñar.

Aquella frase lo afectó profundamente.

—¿Crees que estoy equivocado?

—Creo que tienes miedo.

Él bajó la mirada.

—¿Miedo de qué?

—De perderla.

Don Eduardo no respondió.

Mercedes tomó su mano.

—Si sigues intentando controlar cada decisión, quizá termines perdiéndola precisamente por aquello que quieres evitar.

Aquella noche, por primera vez, don Eduardo comenzó a considerar que quizá su oposición no estaba protegiendo a su hija, sino destruyendo lentamente la relación que tenía con ella.

Y mientras aquel pensamiento comenzaba a crecer dentro de él, Juan Ignacio y María del Carmen seguían caminando juntos, todavía heridos por la pérdida, pero convencidos de que no podían permitir que la tragedia destruyera también la esperanza.

Habían aprendido que el amor no era solamente una emoción feliz ni una promesa hecha durante una tarde tranquila. Era también permanecer cuando la vida dolía, sostener al otro cuando las fuerzas faltaban y confiar en que incluso después de una pérdida profunda podía existir un mañana.

La boda todavía no tenía fecha definitiva.

El padre de María del Carmen todavía no había dado su consentimiento.

Y el futuro seguía siendo incierto.

Pero aquella noche, mientras Madrid volvía a cubrirse de frío y las luces de las calles comenzaban a reflejarse sobre las ventanas, Juan Ignacio y María del Carmen permanecieron juntos en el pequeño apartamento que habían imaginado como el comienzo de una nueva vida, comprendiendo que quizá no podían controlar las circunstancias, pero sí podían decidir que el dolor no tendría la última palabra.

 

 

 

 

CAPÍTULO 7

 

La primavera de 1991 llegó a Madrid con una claridad que parecía impropia de los meses que Juan Ignacio y María del Carmen habían dejado atrás, porque todavía quedaban demasiadas cosas sin resolver y, aunque la muerte del padre de Juan Ignacio había obligado a ambos a detenerse y reorganizar sus planes, el tiempo no se había detenido para el resto de sus vidas. Juan Ignacio había asumido muchas responsabilidades dentro de su familia, acompañando a su madre en los trámites, ayudándola a reorganizar las cuentas de la casa y procurando que no permaneciera sola más de lo necesario, mientras en su trabajo comenzaba a recibir encargos de mayor importancia que le exigían demostrar que estaba preparado para ocupar un lugar estable dentro de la empresa. María del Carmen, por su parte, había conseguido recuperar parte del terreno profesional que había perdido durante los meses anteriores y comenzaba a ser reconocida por varios arquitectos y empresas que valoraban su manera de combinar funcionalidad, estética y respeto por la naturaleza, aunque todavía tenía que soportar la presión constante de un padre que no había abandonado completamente la esperanza de separar a su hija del hombre al que amaba.

Una mañana, mientras desayunaban en el pequeño apartamento de Juan Ignacio, María del Carmen extendió sobre la mesa una carpeta llena de planos, fotografías y anotaciones.

—Me han ofrecido participar en un proyecto bastante importante.

Juan Ignacio levantó la mirada.

—¿Dónde?

—En las afueras de Madrid. Quieren recuperar una antigua finca y convertirla en un espacio público con jardines, senderos y zonas arboladas.

—Eso parece hecho para ti.

—Precisamente por eso me entusiasma, pero hay un problema.

—¿Cuál?

—La empresa que está detrás del proyecto pertenece a un grupo que trabaja con mi padre.

Juan Ignacio dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—¿Él lo sabe?

—Todavía no.

—Entonces probablemente lo sabrá pronto.

—Eso es lo que me preocupa.

Juan Ignacio examinó los documentos.

—¿Quieres aceptar?

—Sí.

—Entonces acepta.

Ella sonrió ligeramente.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

—Porque si mi padre descubre que estoy trabajando con una empresa relacionada con él, puede pensar que finalmente estoy entrando en su mundo profesional y quizá intente utilizarlo para convencerme de otras cosas.

—¿Y tú qué quieres?

—Quiero el proyecto por lo que significa para mi carrera, no por mi padre.

Juan Ignacio tomó una de las fotografías.

—Entonces tendrás que dejar eso claro desde el principio.

—¿Y si él intenta interferir?

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

—¿Qué?

—Decir que no.

María del Carmen lo miró durante unos segundos.

—Cada vez que me dices eso, parece tan sencillo.

—No lo es.

—Entonces ¿por qué lo dices así?

—Porque si empiezas a vivir pensando en cómo reaccionará tu padre ante cada decisión, nunca vas a tomar ninguna.

Ella bajó la mirada hacia los planos.

—A veces me gustaría que todo fuera más fácil.

Juan Ignacio estiró la mano sobre la mesa y tomó la suya.

—A mí también.

—¿Te arrepientes alguna vez?

—¿De qué?

—De haberte metido en todo esto.

Juan Ignacio sonrió.

—Nunca.

—Ni siquiera después de todo lo que ha pasado.

—Precisamente después de todo lo que ha pasado.

Ella apretó sus dedos.

—Te amo.

—Yo también te amo.

El proyecto fue aprobado unas semanas después, y María del Carmen comenzó a trabajar con un equipo de arquitectos, ingenieros y técnicos que pronto descubrieron su capacidad para defender sus ideas sin imponerse sobre los demás. Juan Ignacio no participaba directamente en aquel trabajo, pero su experiencia en ingeniería le permitió ayudarla ocasionalmente a interpretar algunos aspectos técnicos de los planos y, aunque ambos intentaban no mezclar demasiado sus vidas profesionales, aquella colaboración fortaleció todavía más la confianza que ya existía entre ellos.

El proyecto comenzó a llamar la atención de varias personas dentro del sector y también llegó rápidamente a oídos de don Eduardo. Una tarde, mientras María del Carmen trabajaba en el estudio, recibió una llamada de su padre.

—Quiero verte.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—Tengo trabajo.

—Puede esperar.

Ella respiró profundamente.

—A las siete.

Cuando llegó a casa de sus padres, encontró a su padre sentado en el despacho. Sobre la mesa había una copia de algunos documentos del proyecto.

—¿De dónde has sacado eso?

—Tengo mis contactos.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No me gusta que trabajes con ellos.

—Es una empresa seria.

—Una empresa vinculada a personas que conozco.

—Y eso no significa que yo esté trabajando para ti.

—No quiero que uses mi nombre para conseguir contratos.

María del Carmen se quedó sorprendida.

—Nunca lo he hecho.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Entonces ¿por qué no me consultaste?

—Porque no necesito pedirte autorización para cada trabajo que acepto.

Don Eduardo se levantó.

—Mientras seas mi hija, me preocupa lo que haces.

—Y mientras yo sea adulta, también me corresponde decidirlo.

—No entiendes el mundo en el que estás entrando.

—Lo entiendo perfectamente.

—No.

—Papá, llevo años estudiando para esto.

—Y podrías estar haciendo algo mucho mejor.

Ella sintió que la paciencia comenzaba a agotarse.

—¿Mejor según quién?

—Según alguien que sabe cómo funciona la vida.

—¿Y yo no sé nada?

—Todavía te falta experiencia.

—¿Y por eso tengo que aceptar que decidas con quién trabajo, dónde trabajo y con quién me caso?

Don Eduardo permaneció callado.

—No quiero volver a discutir sobre Juan Ignacio.

—Entonces no lo menciones.

—Él no tiene futuro.

—Tiene trabajo, tiene principios y tiene más futuro del que tú puedes imaginar.

—No tiene dinero.

—Eso no es lo mismo.

—Para construir una familia sí importa.

—Claro que importa tener estabilidad, pero no voy a elegir un esposo mirando una cuenta bancaria.

Su padre dio un golpe seco sobre la mesa.

—Estás siendo irresponsable.

—No, papá. Estoy siendo libre.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Mercedes apareció en la puerta.

—Por favor.

Don Eduardo se volvió hacia su esposa.

—No te metas.

—Es nuestra hija.

—Precisamente.

María del Carmen tomó su bolso.

—No quiero seguir hablando.

—Todavía no he terminado.

—Yo sí.

Salió del despacho y dejó a sus padres en silencio.

Durante los días siguientes, el ambiente familiar se volvió todavía más tenso. Don Eduardo dejó de hablar directamente con ella y comenzó a transmitir sus opiniones a través de Mercedes, quien intentaba evitar una ruptura definitiva. María del Carmen, sin embargo, había comenzado a comprender que no podía pasar el resto de su vida intentando convencer a su padre de que sus decisiones eran válidas.

Mientras tanto, Juan Ignacio recibió una propuesta profesional inesperada. La empresa para la que trabajaba había decidido abrir una nueva división y necesitaba un ingeniero que pudiera encargarse de una serie de proyectos durante varios años. El puesto significaba mejores ingresos, mayor responsabilidad y posibilidades reales de crecimiento.

Andrés fue el primero en felicitarlo.

—Te lo has ganado.

—Todavía no he aceptado.

—¿Qué estás esperando?

—Necesito saber dónde sería.

—Aquí mismo.

Juan Ignacio lo miró sorprendido.

—¿En Madrid?

—Sí.

—Eso cambia las cosas.

—¿Por qué?

—Porque pensé que volverían a enviarme fuera.

Andrés sonrió.

—Parece que esta vez la vida te está ayudando.

Juan Ignacio no respondió. Había aprendido a desconfiar de las coincidencias demasiado convenientes, pero aquella propuesta parecía completamente legítima y procedía directamente de la dirección de la empresa. Después de revisar las condiciones, decidió aceptar.

Cuando se lo comunicó a María del Carmen, ella se alegró.

—Eso es maravilloso.

—Todavía tengo que firmar.

—¿Y cuándo?

—Mañana.

—Entonces tenemos que celebrarlo.

—¿Cómo?

—Con una cena.

—¿En un restaurante caro?

—No.

—¿Entonces?

—Voy a cocinar yo.

Juan Ignacio fingió preocupación.

—Eso sí que me preocupa.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—No seas insolente.

—Sólo intento sobrevivir.

Aquella noche rieron como no lo habían hecho en mucho tiempo. Hablaron de la boda, de la casa, del trabajo y de la posibilidad de comprar algún día un pequeño terreno donde María del Carmen pudiera diseñar un jardín desde cero. Por primera vez en muchos meses, el futuro dejó de parecer una batalla y comenzó a parecer una posibilidad.

Pero la tranquilidad duró poco.

Dos días después, María del Carmen recibió una llamada del director del proyecto.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ha pasado?

—El consejo ha decidido revisar algunos contratos.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Tiene que ver conmigo?

Hubo un silencio incómodo.

—Tu apellido ha aparecido en la conversación.

María del Carmen sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Mi padre?

—No puedo decirte eso.

—¿Van a quitarme del proyecto?

—No está decidido.

—¿Quién está presionando?

—Te aconsejo que no hagas preguntas que yo no puedo responder.

La llamada terminó y María del Carmen se quedó mirando el teléfono.

Esa misma tarde fue a ver a su padre.

—¿Has intervenido en mi proyecto?

Don Eduardo levantó la vista.

—¿Qué proyecto?

—Sabes perfectamente cuál.

—No.

—Me han dicho que mi apellido apareció en una reunión.

—Tu apellido es el mío. Es normal que aparezca.

—¿Has hablado con ellos?

—Puede que haya hablado con alguien.

—¿Para perjudicarme?

—Para evitar que cometas un error.

María del Carmen sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Cómo puedes hacerme esto?

—Estoy intentando ayudarte.

—No necesito que me ayudes de esta manera.

—No entiendes que algunas personas se acercan a ti por interés.

—¿Y tú sí?

—Soy tu padre.

—Eso no te da derecho a destruir mi trabajo.

Don Eduardo se quedó callado.

—Quiero que retires cualquier influencia que hayas ejercido.

—No voy a discutir contigo.

—Entonces lo haré público.

Él la miró fijamente.

—¿Me estás amenazando?

—No. Te estoy diciendo que si pierdo mi trabajo por algo que hiciste, voy a defenderme.

Mercedes apareció nuevamente.

—Eduardo, déjala.

Don Eduardo permaneció inmóvil.

—No voy a permitir que mi hija piense que tiene que pedirme permiso para vivir.

María del Carmen miró a su madre con sorpresa.

Mercedes sostuvo su mirada.

—Ve a casa.

Ella salió sin decir nada.

Al día siguiente, el director del proyecto llamó a María del Carmen.

—Puedes continuar.

—¿Qué ocurrió?

—El consejo reconsideró la decisión.

—¿Por qué?

—Porque algunos de nosotros pensamos que eres la persona adecuada.

Ella comprendió que no debía preguntar más.

Cuando se encontró con Juan Ignacio, le contó lo ocurrido.

—No quiero que esto nos destruya.

—No lo hará.

—Mi padre está cada vez más enfrentado conmigo.

—¿Quieres que hable con él?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que apareces, él siente que está perdiendo autoridad.

—Entonces no apareceré.

—Pero tampoco quiero esconderte.

—No te estoy pidiendo eso.

—¿Qué hacemos?

Juan Ignacio la miró con serenidad.

—Seguimos viviendo.

—¿Así de sencillo?

—No. Pero es lo que podemos hacer.

Aquella misma semana ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba. María del Carmen recibió una carta de su madre.

No era habitual que Mercedes le escribiera viviendo ambas en la misma ciudad, pero la mujer había elegido hacerlo porque temía que una conversación directa terminara en una nueva discusión.

La carta era extensa y hablaba de muchas cosas que María del Carmen nunca había escuchado de boca de su madre. Mercedes le contó que cuando era joven también había tenido sueños que su propia familia consideraba imprudentes, que había amado a Eduardo cuando él todavía no tenía el éxito que después alcanzaría y que durante años había tenido que soportar la presión de quienes creían saber qué era lo mejor para ella.

Al final de la carta había una frase que María del Carmen leyó varias veces: «No quiero que cometas mis mismos errores, pero tampoco quiero que repitas mis renuncias».

Cuando terminó de leerla, lloró.

Esa noche fue a verla.

—Mamá.

Mercedes la abrazó.

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Porque muchas veces he sabido que tenías razón y no he tenido valor para decirlo.

—No tienes que enfrentarte a papá.

—Quizá sí tenga que hacerlo.

—No quiero que vuestra relación se rompa.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo hagas por mí.

Mercedes le acarició el rostro.

—Lo haré porque soy tu madre.

Durante un largo rato permanecieron abrazadas.

Mientras tanto, Juan Ignacio comenzaba a preparar una pequeña sorpresa. Había estado ahorrando dinero durante meses y había decidido comprar un anillo sencillo. No podía permitirse una joya extraordinaria, pero quería que aquel objeto representara una decisión que ya había tomado mucho antes de comprarlo.

Fue a una joyería modesta del centro y pidió ver algunos anillos.

—Busco algo sencillo.

El joyero colocó varias piezas sobre el mostrador.

—¿Para compromiso?

—Sí.

—¿Tiene alguna idea?

Juan Ignacio observó los anillos.

—Quiero que parezca que no necesito que sea caro para decir algo importante.

El hombre sonrió.

—Entonces probablemente éste.

Era un anillo discreto, elegante y sin adornos excesivos.

Juan Ignacio lo compró.

Durante varios días guardó la caja en el bolsillo interior de su chaqueta, esperando el momento adecuado.

La oportunidad llegó una tarde en el parque donde se habían conocido.

María del Carmen caminaba junto a él mientras hablaba del proyecto.

—Han aprobado finalmente el diseño.

—Sabía que lo harían.

—Todavía falta mucho.

—Pero ya tienes una parte importante.

—Sí.

Llegaron al lugar donde meses atrás ella había dejado caer una caja de plantas y Juan Ignacio la había ayudado.

—¿Te acuerdas?

—¿De qué?

—De aquí.

Ella miró alrededor.

—Claro que me acuerdo.

—Yo no he olvidado aquel día.

María del Carmen sonrió.

—Yo tampoco.

Juan Ignacio se detuvo.

—María del Carmen.

Ella lo miró.

—¿Qué?

Él sacó la pequeña caja.

Ella quedó inmóvil.

—Juan Ignacio...

—No tengo una gran fortuna. No tengo una casa enorme ni puedo prometerte una vida sin dificultades, y tampoco puedo asegurarte que nunca volveremos a sufrir, porque después de todo lo que hemos vivido sería absurdo prometerte algo que nadie puede garantizar. Pero sí puedo decirte que quiero compartir contigo cada parte de mi vida, que quiero trabajar por nuestra familia, que quiero respetarte, escucharte y caminar contigo incluso cuando no sepamos exactamente hacia dónde nos llevará el camino.

Ella comenzó a llorar.

—No sigas.

—¿Por qué?

—Porque voy a llorar demasiado.

Él sonrió.

—Entonces déjame terminar.

María del Carmen asintió.

Juan Ignacio abrió la caja.

—¿Quieres casarte conmigo?

Ella lo abrazó con tanta fuerza que casi hizo caer la caja.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí, Juan Ignacio. Sí.

Él le colocó el anillo mientras ella continuaba llorando.

—No puedo creerlo.

—Yo tampoco.

—Pensé que esperarías más.

—He esperado bastante.

Ella lo miró entre lágrimas.

—Te amo.

—Yo también.

Se quedaron abrazados bajo los árboles mientras la tarde comenzaba a caer sobre Madrid.

Sin embargo, la noticia del compromiso no tardó en llegar a la casa de los Villalba.

Mercedes fue la primera en enterarse y recibió la noticia con lágrimas y una sonrisa.

—Estoy feliz por ti.

—Gracias, mamá.

—Quiero conocer el anillo.

María del Carmen extendió la mano.

Mercedes lo observó.

—Es precioso.

—Es sencillo.

—Por eso me gusta.

Pero cuando don Eduardo regresó y descubrió el compromiso, su reacción fue muy distinta.

—¿Es verdad?

María del Carmen no respondió inmediatamente.

—Sí.

—¿Te ha dado un anillo?

—Sí.

Don Eduardo miró la mano de su hija.

—No voy a aceptarlo.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces ¿para qué me lo cuentas?

—Porque eres mi padre.

—No quiero participar en esto.

—Está bien.

—Y no voy a pagar ninguna boda.

—No te lo voy a pedir.

—Ni voy a permitir que utilicéis mi nombre.

—Tampoco.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

María del Carmen respiró profundamente.

—Que estés allí.

Don Eduardo quedó desconcertado.

—¿Para qué?

—Para verme casarme.

—No.

Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Algún día quizá comprendas que no quiero desafiarte. Quiero que formes parte de mi vida.

—No puedo aprobar esto.

—No tienes que aprobarlo para estar presente.

—Necesito tiempo.

—Tómate el que necesites.

Ella se acercó a la puerta.

—Pero la boda seguirá adelante.

Don Eduardo no respondió.

María del Carmen salió.

Mercedes permaneció junto a su esposo.

—Eduardo.

Él seguía mirando la mano de su hija, aunque ella ya no estaba allí.

—¿Qué?

—La vas a perder.

—No quiero perderla.

—Entonces deja de intentar ganar una batalla que nadie te ha pedido que luches.

Don Eduardo se sentó lentamente.

—No sé cómo hacer esto.

Mercedes se sentó junto a él.

—Empieza por quererla más que a tus propias ideas.

Él bajó la mirada.

Aquella noche, Juan Ignacio y María del Carmen regresaron juntos al apartamento. Se sentaron alrededor de la pequeña mesa que habían comprado meses antes y comenzaron a revisar fechas, gastos y posibilidades.

—No podemos gastar demasiado —dijo Juan Ignacio.

—Lo sé.

—Quiero que sea algo sencillo.

—Yo también.

—¿La iglesia?

María del Carmen lo miró.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí. Quiero casarme allí.

—Entonces será allí.

Ella tomó su mano.

—¿Y si mi padre no viene?

Juan Ignacio apretó sus dedos.

—No podemos decidir por él.

—Me dolería.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Pero quiero hacerlo.

—Entonces lo haremos.

En ese momento sonó el teléfono.

Juan Ignacio se levantó para contestar.

—¿Sí?

La voz que escuchó al otro lado era desconocida.

—¿Juan Ignacio Álvarez?

—Sí.

—Soy de la empresa.

—¿Qué ocurre?

Hubo una pausa.

—Necesitamos hablar de su nuevo puesto.

Juan Ignacio miró a María del Carmen.

—¿Hay algún problema?

—No puedo explicárselo por teléfono.

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana.

—Estaré allí.

Colgó.

María del Carmen lo observó.

—¿Qué pasa?

Juan Ignacio tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

—¿Es algo relacionado con tu padre?

—No.

—¿Con el trabajo?

—Eso parece.

Ella tomó su mano.

—Entonces mañana lo sabremos.

Juan Ignacio asintió, aunque la expresión de su rostro había cambiado.

Al día siguiente, antes de salir de casa, encontró un sobre debajo de la puerta. No tenía remitente. Lo abrió mientras María del Carmen terminaba de arreglarse.

Dentro había una sola hoja.

Juan Ignacio la leyó una vez.

Después volvió a leerla.

María del Carmen salió de la habitación.

—¿Qué ocurre?

Él levantó la mirada.

—No lo sé.

—¿Qué dice?

Juan Ignacio le entregó la hoja.

María del Carmen la leyó y sintió que el rostro se le endurecía.

No había ninguna amenaza explícita, pero sí una frase que resultaba imposible interpretar de otra manera: alguien le aconsejaba reconsiderar su decisión de casarse con María del Carmen Villalba si quería conservar intactas determinadas oportunidades profesionales.

Ella levantó los ojos.

—Esto no puede ser casualidad.

Juan Ignacio dobló lentamente el papel.

—No.

—¿Quién lo ha enviado?

—No lo sé.

—¿Crees que fue mi padre?

Juan Ignacio la miró.

—No quiero acusarlo sin pruebas.

—Pero sabemos que alguien está intentando separarnos.

Él guardó la carta en el bolsillo.

—Entonces tendremos que averiguar quién.

María del Carmen tomó su mano.

—Juntos.

Juan Ignacio asintió y ambos salieron del apartamento, sin imaginar que aquella carta anónima iba a convertir una lucha familiar en un problema mucho más serio, precisamente cuando habían comenzado a creer que, después de tantos obstáculos, finalmente podrían construir la vida que habían elegido.

 

 

 

 

CAPÍTULO 8

 

La mañana siguiente comenzó con una tensión que ninguno de los dos intentó disimular, porque aunque Juan Ignacio había decidido no acusar a nadie sin pruebas, la carta anónima había introducido una sombra diferente en una relación que hasta entonces había soportado discusiones familiares, dificultades económicas, distancia y dolor, pero nunca una amenaza directa contra el futuro profesional de uno de ellos. María del Carmen había dormido muy poco y Juan Ignacio apenas había conseguido descansar unas horas antes de dirigirse a la empresa, llevando consigo el sobre que había encontrado bajo la puerta. Durante el desayuno hablaron poco, no porque hubieran perdido la confianza entre ellos, sino porque ambos comprendían que cualquier palabra pronunciada desde el miedo podía terminar convirtiéndose en una acusación injusta, y los dos habían decidido que, antes de enfrentarse a alguien, necesitaban saber exactamente qué estaba ocurriendo.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó María del Carmen mientras él se ponía el abrigo.

—Prefiero ir solo esta vez.

—No porque no quieras que vaya.

—No, porque no quiero que nadie piense que estamos reaccionando impulsivamente.

Ella se acercó y acomodó el cuello de su abrigo.

—Entonces llámame cuando salgas.

—Lo haré.

—Y si ocurre algo que no puedas resolver solo, no intentes cargarlo todo sobre tus hombros.

Juan Ignacio la miró con una sonrisa cansada.

—Eso mismo me dijo mi padre muchas veces.

María del Carmen bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Todavía lo extraño.

—Yo también.

Durante unos segundos permanecieron abrazados, hasta que Juan Ignacio se separó y salió del apartamento. El trayecto hasta la oficina le pareció más largo que de costumbre, no tanto por la distancia como por la cantidad de pensamientos que se agolpaban en su cabeza. Había aceptado el nuevo puesto porque representaba una oportunidad profesional legítima, había trabajado durante años para llegar hasta allí y no estaba dispuesto a renunciar por una amenaza anónima, pero tampoco podía ignorar la posibilidad de que alguien con influencia dentro de la empresa estuviera utilizando su relación con María del Carmen para condicionarlo. Cuando llegó, Andrés lo estaba esperando cerca de la entrada.

—Te buscan en dirección.

—¿Quién?

—El director general y el responsable de proyectos.

Juan Ignacio asintió.

—Voy ahora.

Andrés lo miró con atención.

—¿Pasa algo?

—Después hablamos.

—Eso significa que sí pasa algo.

Juan Ignacio sonrió apenas.

—Después.

Entró en la sala de reuniones y encontró a dos hombres sentados frente a una mesa llena de documentos. El director general, un hombre de unos cincuenta años llamado señor Valdés, lo invitó a sentarse.

—Juan Ignacio, queremos hablar contigo sobre el puesto que aceptaste.

—De acuerdo.

—Han surgido algunas dudas.

—¿Sobre mi capacidad profesional?

—No exactamente.

—Entonces ¿sobre qué?

El responsable de proyectos intervino.

—Hay personas dentro del grupo que consideran que tu incorporación a determinados trabajos podría generar una situación de conflicto.

Juan Ignacio frunció el ceño.

—¿Qué clase de conflicto?

—Relaciones familiares y empresariales.

—No entiendo.

—Tu futura esposa pertenece a una familia con intereses en el sector.

Juan Ignacio sintió que algo se confirmaba.

—¿Están hablando de los Villalba?

Ninguno respondió inmediatamente.

—Sí —dijo finalmente el señor Valdés—. Su padre tiene relaciones comerciales con varias empresas vinculadas a nuestro grupo.

—Eso no tiene ninguna relación con mi trabajo.

—En circunstancias normales, quizá no.

—¿Y ahora?

—Ahora existe cierta preocupación por la posibilidad de que determinados proyectos puedan verse afectados por esa relación.

Juan Ignacio apoyó las manos sobre la mesa.

—Si alguien cree que no estoy capacitado para mi puesto, que lo diga claramente.

—No cuestionamos tu capacidad.

—Entonces están cuestionando con quién me voy a casar.

El silencio de los dos hombres fue suficiente respuesta.

—Eso es inadmisible.

—No estamos tomando ninguna decisión contra ti —aclaró Valdés—. Solamente te advertimos que determinadas personas consideran inconveniente tu situación.

—¿Quiénes?

—No podemos darte nombres.

Juan Ignacio se levantó.

—Entonces yo tampoco puedo responder a acusaciones que no tienen nombre.

El director general respiró profundamente.

—No queremos perderte.

—Yo tampoco quiero perder mi trabajo.

—Entonces te aconsejo prudencia.

Juan Ignacio recogió sus documentos.

—Prudencia sí. Miedo, no.

Salió de la sala y encontró a Andrés esperándolo en el pasillo.

—¿Y?

Juan Ignacio miró a su amigo.

—Tenías razón.

—¿Sobre qué?

—Algo está pasando.

—¿Qué te dijeron?

—Que mi relación con María del Carmen puede perjudicar mi carrera.

Andrés se quedó serio.

—¿Los Villalba están detrás?

—No lo sé.

—Pero tú sospechas de su padre.

—Sospechar no es demostrar.

—¿Y qué vas a hacer?

Juan Ignacio miró hacia la puerta de dirección.

—Trabajar.

—¿Nada más?

—Por ahora.

Cuando llamó a María del Carmen, ella respondió inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

—Me dijeron que existen personas dentro del grupo que consideran inconveniente mi relación contigo.

—¿Lo ves? —respondió ella con angustia—. Mi padre.

—No sabemos si fue él.

—Juan Ignacio, ¿quién más tendría motivos?

—No quiero acusarlo.

—Yo sí quiero saberlo.

—Lo sabremos.

—¿Te han quitado el puesto?

—No.

—¿Te lo van a quitar?

—No lo sé.

Ella guardó silencio.

—Quiero verte.

—Nos vemos esta tarde.

Se encontraron cerca del Retiro. María del Carmen llegó primero y permaneció varios minutos sentada en un banco, observando a la gente pasar, hasta que vio aparecer a Juan Ignacio. Se levantó inmediatamente y caminó hacia él.

—¿Te han amenazado?

—No directamente.

—Pero te han advertido.

—Sí.

—Eso es casi lo mismo.

—No quiero que hagamos algo de lo que podamos arrepentirnos.

—¿Qué propones?

—Que investiguemos.

—¿Cómo?

—Empezando por el proyecto de tu padre y sus relaciones empresariales.

María del Carmen lo miró sorprendida.

—¿Crees que ha utilizado contactos para perjudicarte?

—Creo que debemos saber qué ocurrió.

—Mi padre tiene muchos contactos.

—Precisamente.

—Pero si ha hecho algo así...

—No vamos a acusarlo sin pruebas.

Ella se sentó nuevamente.

—No sé qué pensar.

Juan Ignacio se sentó junto a ella.

—Entonces no pienses sola.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—No quiero que pierdas tu carrera por estar conmigo.

—Y yo no quiero que abandones tu carrera por mí.

—Entonces estamos atrapados.

—No. Estamos enfrentando un problema.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—A veces parece que cada vez que conseguimos avanzar aparece algo nuevo.

—Quizá porque todavía no hemos llegado al final.

—¿Y si esto termina separándonos?

Juan Ignacio la miró.

—No voy a dejar que una carta anónima decida nuestra vida.

Aquella misma noche comenzaron a revisar información que María del Carmen había conservado sobre los trabajos de su padre. No buscaban pruebas contra él por resentimiento, sino una explicación concreta para lo que estaba sucediendo. Durante horas revisaron nombres de empresas, proyectos y personas relacionadas con el sector, hasta que María del Carmen encontró algo que llamó su atención.

—Mira esto.

—¿Qué?

—Esta empresa aparece como contratista en uno de los proyectos de mi padre y también tiene participación en el grupo donde tú trabajas.

Juan Ignacio se inclinó sobre los papeles.

—¿Quién la dirige?

—Un hombre llamado Federico Salvatierra.

—¿Lo conoces?

—No personalmente.

—¿Tu padre sí?

—Probablemente.

María del Carmen continuó revisando documentos.

—Aquí hay otra cosa.

—¿Qué?

—Hace unos meses, antes de que te ofrecieran el nuevo puesto, esta empresa tuvo una reunión con la dirección de tu compañía.

Juan Ignacio la miró.

—¿Estás segura?

—Está registrado aquí.

—Entonces quizá no tenga nada que ver conmigo.

—Quizá.

—Pero coincide con las fechas.

María del Carmen dejó los papeles sobre la mesa.

—Tenemos que hablar con alguien.

—Con Andrés.

—¿Por qué?

—Porque lleva más tiempo que yo en la empresa y conoce mejor los movimientos internos.

Al día siguiente, Juan Ignacio habló con Andrés. Al principio, su amigo dudó, pero finalmente reconoció que había escuchado rumores sobre un intento de reorganización interna que incluía cambios en algunos puestos.

—¿Sabes si alguien habló de mí?

—No directamente.

—¿De mi relación con los Villalba?

Andrés tardó en responder.

—Sí.

Juan Ignacio sintió que la sospecha se convertía lentamente en certeza.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Andrés.

—Te juro que no lo sé.

—¿Qué escuchaste?

—Que había interés en que ciertos proyectos quedaran bajo control de personas vinculadas a empresarios externos y que tu puesto podía ser modificado si no aceptabas determinadas condiciones.

—¿Qué condiciones?

—No viajar a ciertos lugares, no participar en ciertos proyectos y mantenerte alejado de algunos contratos.

Juan Ignacio comprendió que no se trataba únicamente de una cuestión personal. Alguien estaba intentando utilizar la estructura empresarial para influir sobre su carrera.

—Gracias.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé todavía.

—Yo tendría cuidado.

—Lo tendré.

Aquella tarde, María del Carmen decidió enfrentarse directamente a su padre.

Cuando llegó a la casa familiar, encontró a don Eduardo en el despacho.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Sobre qué?

—¿Has intervenido en la carrera de Juan Ignacio?

Don Eduardo la miró fijamente.

—¿Quién te ha dicho eso?

—No importa.

—Entonces no tengo nada que responder.

—Sí tienes.

—No he hecho nada ilegal.

—No te pregunté eso.

—Entonces ¿qué quieres?

—Quiero saber si has hablado con personas de su empresa.

Don Eduardo se levantó lentamente.

—Sí.

María del Carmen sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Cuándo?

—Hace unos meses.

—¿Para qué?

—Para saber qué clase de hombre era.

—¿Y después?

—Después expresé mi opinión.

—¿Qué opinión?

—Que no me parecía conveniente que ocuparas un lugar dentro de determinados proyectos relacionados con mis negocios.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Intentaste perjudicarlo?

—No.

—Pero sabías que podía perjudicarlo.

—Yo quería protegerte.

—¡Siempre dices lo mismo!

Su padre golpeó la mesa con la mano.

—¡Porque eres mi hija!

—¡Y precisamente por eso deberías confiar en mí!

—No confío en él.

—Entonces deja que yo decida.

—No.

—¿Por qué?

—Porque sé cómo termina esto.

—No lo sabes.

—He visto demasiadas historias como ésta.

—No es una historia que hayas visto. Es mi vida.

Don Eduardo guardó silencio.

—Si continúas intentando separarnos, no voy a volver a tu casa.

Él la miró con dureza.

—¿Me estás amenazando?

—No. Estoy poniendo un límite.

—Ese hombre te está alejando de tu familia.

—No. Tus decisiones están haciendo eso.

María del Carmen salió del despacho llorando.

Mercedes la encontró en el pasillo.

—¿Qué pasó?

—Papá lo reconoció.

—¿Qué?

—Sí habló con personas de la empresa de Juan Ignacio.

Mercedes cerró los ojos.

—Dios mío.

—Mamá, ya no puedo más.

—Ven.

La abrazó.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a casarme con él.

Mercedes la sostuvo con fuerza.

—Entonces hazlo con paz.

—¿Y papá?

—Déjalo decidir qué clase de padre quiere ser.

Aquella conversación tuvo consecuencias inmediatas. Don Eduardo comprendió que había ido demasiado lejos, pero su orgullo le impedía pedir disculpas. Durante varios días evitó a su hija, mientras Mercedes intentaba que ambos pudieran volver a hablar.

Juan Ignacio, por su parte, decidió acudir directamente al director general.

—Quiero saber si mi puesto está en peligro.

—No.

—¿Y si alguien vuelve a presionar?

—Tu trabajo habla por ti.

—¿Entonces puedo seguir?

—Sí.

—¿Incluso si estoy comprometido con María del Carmen Villalba?

El director general lo miró.

—Sí.

—Gracias.

—Pero tendrás que entender que el mundo empresarial no siempre funciona de acuerdo con lo que consideramos justo.

—Lo entiendo.

—Y tendrás que aprender a moverte en él.

Juan Ignacio sonrió.

—Eso estoy intentando.

Cuando salió de la oficina sintió por primera vez en semanas que podía respirar con tranquilidad.

Esa noche se encontró con María del Carmen y le contó lo ocurrido.

—Entonces no has perdido el trabajo.

—No.

—¿Y qué vas a hacer con mi padre?

—Nada.

—¿Nada?

—No puedo obligarlo a cambiar.

—Pero él te ha perjudicado.

—Sí.

—¿No estás enfadado?

—Sí.

—¿Y entonces?

—No quiero que nuestro matrimonio comience con una guerra.

María del Carmen lo miró emocionada.

—No sé cómo consigues mantener la calma.

—No siempre la mantengo.

—Pues parece.

—Mi padre me enseñó algo antes de morir.

—¿Qué?

—Que no debo dejar que el miedo tome decisiones por mí.

Ella tomó su mano.

—Tenía razón.

—Sí.

Los preparativos de la boda continuaron durante las semanas siguientes. María del Carmen encontró un pequeño vestido que podía pagar sin ayuda familiar, mientras Juan Ignacio consiguió reservar una celebración sencilla con algunos amigos. No querían una ceremonia ostentosa, sino un momento íntimo en el que pudieran estar presentes las personas que realmente habían formado parte de su historia.

Un domingo por la tarde, María del Carmen recibió una llamada inesperada.

—¿Sí?

Era su padre.

—Quiero hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Sobre la boda.

Ella permaneció en silencio.

—¿Quieres venir mañana?

—Sí.

Al día siguiente, cuando llegó a la casa familiar, encontró a su padre sentado en el mismo despacho donde tantas discusiones habían tenido lugar.

—Siéntate.

Ella obedeció.

Don Eduardo tardó varios segundos en hablar.

—He cometido errores.

María del Carmen no esperaba escuchar aquellas palabras.

—¿Qué errores?

—He querido controlar cosas que no me correspondían.

—Papá...

—Déjame terminar.

Ella guardó silencio.

—He intentado convencerme de que todo lo hacía por tu bien, pero la verdad es que también lo hacía porque tenía miedo de que eligieras una vida que yo no pudiera controlar.

Los ojos de María del Carmen comenzaron a llenarse de lágrimas.

—¿Y ahora?

—Ahora sigo teniendo miedo.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Al menos eres sincero.

Él respiró profundamente.

—No puedo decirte que todo me parece bien.

—No te lo pido.

—Pero tampoco quiero perderte.

—Yo tampoco quiero perderte.

—¿Juan Ignacio te hace feliz?

—Sí.

—¿Te respeta?

—Sí.

—¿Trabaja?

—Mucho.

—¿Te cuida?

—Sí.

Don Eduardo bajó la mirada.

—Entonces quizá he estado mirando las cosas equivocadas.

María del Carmen se levantó y se acercó a él.

—Papá.

Él levantó los ojos.

—No quiero que tengas que elegir entre tu hija y tus ideas.

Don Eduardo la abrazó por primera vez después de muchos meses.

—Perdóname.

Ella lloró sobre su hombro.

—Te perdono.

Cuando Juan Ignacio supo lo ocurrido, no celebró como si hubiese ganado una batalla. Simplemente abrazó a María del Carmen y le dijo que se alegraba porque ella había recuperado a su padre.

—¿Quieres que lo visite?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

La visita ocurrió dos días después.

Don Eduardo recibió a Juan Ignacio en el despacho.

—Siéntate.

Juan Ignacio lo hizo.

—Quiero hablarte claramente.

—Lo escucho.

—No puedo decirte que me alegra que mi hija se haya enamorado de ti.

Juan Ignacio sonrió levemente.

—Lo entiendo.

—Pero tampoco puedo negar lo que he visto.

—¿Qué ha visto?

—Que has permanecido a su lado cuando las cosas se pusieron difíciles.

Juan Ignacio bajó la mirada.

—La amo.

—Eso espero.

—Y quiero hacerla feliz.

—No puedes prometerme eso.

—No.

—Entonces ¿qué puedes prometerme?

Juan Ignacio lo miró directamente.

—Que cuando ella esté triste, no voy a abandonarla; que cuando tengamos problemas, intentaré resolverlos con ella; que no voy a tratarla como alguien inferior y que, si algún día cometo un error, tendré el valor de reconocerlo.

Don Eduardo permaneció en silencio.

—Eso es más de lo que yo prometí cuando me casé.

Juan Ignacio no supo qué responder.

—Quiero que vengas a la boda.

Don Eduardo asintió lentamente.

—Voy a ir.

Cuando Juan Ignacio salió de la casa, María del Carmen lo esperaba en el automóvil.

—¿Y?

Él entró y cerró la puerta.

—Voy a tener suegro.

Ella soltó una carcajada entre lágrimas.

—¿Eso significa que salió bien?

—Sí.

Se abrazaron dentro del automóvil, riendo y llorando al mismo tiempo.

Pero aquella misma noche, mientras los dos revisaban nuevamente la lista de invitados y discutían sobre detalles de la ceremonia, sonó el teléfono del apartamento. Juan Ignacio respondió.

—¿Sí?

Una voz desconocida habló al otro lado.

—¿Es el señor Álvarez?

—Sí.

—Necesito informarle de algo relacionado con la empresa.

Juan Ignacio se puso serio.

—¿Qué ocurre?

—Han descubierto irregularidades en uno de los contratos que usted está encargado de supervisar.

—¿Qué clase de irregularidades?

—Será mejor que venga mañana temprano.

—¿Quién habla?

La llamada terminó sin respuesta.

María del Carmen se acercó.

—¿Qué pasó?

Juan Ignacio dejó lentamente el teléfono.

—Parece que todavía no ha terminado todo.

Ella lo miró preocupada.

—¿Qué ocurre?

—Un contrato de mi área tiene problemas.

—¿Problemas de qué tipo?

—No lo sé.

María del Carmen tomó su mano.

—Mañana lo sabremos.

Juan Ignacio asintió, pero aquella vez ninguno de los dos sonrió, porque los dos habían comprendido que la amenaza que parecía haber quedado atrás quizá solamente había cambiado de forma.

 

 

 

 

CAPÍTULO 9

 

La mañana en que Juan Ignacio debía presentarse en la empresa para conocer los detalles de las supuestas irregularidades contractuales amaneció gris y fría, con una lluvia fina que había comenzado durante la madrugada y que convertía las calles de Madrid en largas superficies brillantes donde se reflejaban los faros de los automóviles y las luces de los comercios todavía cerrados. María del Carmen se levantó antes que él y preparó café mientras observaba desde la ventana cómo la lluvia golpeaba los cristales, intentando ordenar la preocupación que llevaba varias horas creciendo dentro de ella, porque la conversación del día anterior había terminado precisamente cuando ambos empezaban a creer que la reconciliación de su padre con Juan Ignacio podía abrir una etapa distinta. Ahora aparecía nuevamente un problema relacionado con el trabajo de él, y aunque ninguno quería volver a pensar inmediatamente en don Eduardo, la coincidencia resultaba demasiado incómoda para ignorarla. Juan Ignacio se vistió en silencio, revisó por segunda vez los documentos que había preparado y guardó en un portafolios algunos informes relacionados con el proyecto que supervisaba.

—¿Has dormido algo? —preguntó María del Carmen.

—Poco.

—Yo tampoco.

—No quiero que te preocupes antes de saber qué ocurre.

—Eso mismo podrías decirte a ti.

Juan Ignacio sonrió.

—Tienes razón.

Ella se acercó y le acomodó la corbata.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí. Si esto tiene que ver con mi trabajo, prefiero afrontarlo como profesional.

—Y si alguien intenta perjudicarte por mi familia...

—Entonces lo resolveremos cuando sepamos quién y por qué.

María del Carmen permaneció mirándolo.

—Prométeme una cosa.

—¿Qué?

—No vas a renunciar por mí.

Juan Ignacio tomó sus manos.

—No voy a renunciar por miedo.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

—Entonces ve.

Él se inclinó y la besó antes de salir. Cuando llegó a la empresa, encontró un ambiente extraño. Algunas personas hablaban en voz baja en los pasillos y varios empleados parecían evitar determinados despachos. Andrés apareció poco después y se acercó con expresión seria.

—¿Ya sabes algo?

—Todavía no.

—Yo escuché que el contrato está bajo revisión.

—¿Por qué?

—Al parecer faltan algunos documentos.

—Eso no significa que haya irregularidades.

—También dicen que hubo pagos que no coinciden con los presupuestos.

Juan Ignacio frunció el ceño.

—¿Pagos a quién?

—No lo sé.

—¿Y quién está investigando?

—La dirección financiera.

Antes de que pudieran continuar, una secretaria llamó a Juan Ignacio.

—El señor Valdés lo espera.

Entró en la oficina y encontró al director general junto al responsable financiero, quien tenía varios expedientes abiertos sobre el escritorio.

—Siéntate, Juan Ignacio.

—Gracias.

El responsable financiero deslizó una carpeta hacia él.

—Tenemos un problema con uno de los contratos que supervisaste durante los últimos meses.

Juan Ignacio abrió la carpeta.

—¿Cuál?

—El proyecto de rehabilitación de una zona industrial en las afueras.

—Sí.

—Hay facturas que no coinciden con las certificaciones de obra.

Juan Ignacio comenzó a revisar los documentos.

—Estas facturas no las autoricé yo.

—Pero tu firma aparece aquí.

Juan Ignacio levantó la mirada.

—Esa no es mi firma.

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—El documento está registrado con tu nombre.

—Entonces alguien utilizó mi identidad.

El señor Valdés tomó otro documento.

—También existe una transferencia vinculada a una empresa intermediaria.

—¿Cuál?

Juan Ignacio leyó el nombre y sintió un escalofrío.

—Salvatierra Asociados.

El responsable financiero lo observó.

—¿La conoces?

—La hemos mencionado anteriormente.

—¿Por qué?

—Porque tiene relaciones comerciales con varias empresas vinculadas al grupo y, según algunos documentos que revisamos, también con la familia Villalba.

El silencio fue inmediato.

—No estamos diciendo que tú hayas hecho nada —aclaró Valdés—. Pero tu nombre aparece en una documentación que podría convertirse en un problema serio.

—Quiero revisar todo.

—Eso es precisamente lo que vamos a hacer.

Juan Ignacio pasó varias horas revisando contratos, órdenes de pago y certificaciones. A medida que avanzaba, descubrió que alguien había construido una serie de documentos aparentemente coherentes utilizando información que él conocía, pero alterando fechas, cantidades y autorizaciones. El trabajo había sido cuidadosamente preparado y no parecía obra de una persona improvisada.

A media mañana, Andrés entró en la oficina.

—Necesito hablar contigo.

—Dime.

—Encontré algo.

Le entregó una copia.

—Esto estaba archivado en un expediente anterior.

Juan Ignacio lo leyó.

—¿Qué es?

—Una autorización para contratar a Salvatierra Asociados.

—¿Quién la firmó?

—Mira abajo.

Juan Ignacio sintió que el estómago se le cerraba.

La firma pertenecía a un alto directivo que había trabajado durante años con don Eduardo Villalba.

—¿Cuándo se firmó?

—Hace ocho meses.

—Antes de que yo entrara en este proyecto.

—Exactamente.

Juan Ignacio permaneció unos segundos en silencio.

—Entonces alguien está intentando cargarme una responsabilidad que no es mía.

—Eso parece.

—¿Dónde encontraste esto?

—En un archivo que iban a destruir.

Juan Ignacio lo miró.

—¿Destruir?

—Eso me dijeron.

—¿Quién?

—Un hombre del departamento administrativo.

—¿Sabes quién le dio la orden?

Andrés negó con la cabeza.

—No.

Juan Ignacio guardó el documento.

—Tenemos que hacer una copia de todo.

—Ya hice varias.

—Bien.

Mientras tanto, María del Carmen esperaba noticias. Había intentado concentrarse en su trabajo, pero cada vez que escuchaba sonar el teléfono sentía que podía tratarse de Juan Ignacio. Finalmente, cerca del mediodía, él la llamó.

—¿Cómo estás?

—Esperando.

—Tenemos un problema más serio de lo que pensábamos.

Ella se quedó en silencio.

—¿Qué pasó?

—Hay documentos falsificados con mi nombre.

—¿Falsificados?

—Sí.

—¿Y quién está detrás?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Tiene que ver con mi padre?

—No puedo decirlo.

—Juan Ignacio...

—Encontramos documentos que vinculan a una empresa relacionada con personas que trabajan con él.

María del Carmen sintió que el miedo regresaba.

—Voy a hablar con mi padre.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque si él no está involucrado, podemos hacerle daño injustamente.

—Y si está involucrado...

—Entonces necesitaremos pruebas.

Ella respiró profundamente.

—Está bien.

—Te llamaré cuando sepa más.

—Ten cuidado.

—Lo tendré.

La investigación interna continuó durante varios días. Juan Ignacio no fue suspendido, pero quedó temporalmente apartado de algunas decisiones mientras se revisaba su responsabilidad. Aquello afectó su reputación dentro de la empresa y algunos compañeros comenzaron a evitarlo, aunque Andrés permaneció junto a él.

Una tarde, mientras revisaban documentación, Andrés encontró una discrepancia importante.

—Mira esta fecha.

—¿Qué ocurre?

—La autorización está fechada el 17 de noviembre.

—¿Y?

—Ese día tú estabas en Valencia.

Juan Ignacio levantó la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tenemos tus registros de viaje.

—Entonces no pude haber firmado esto.

—Exactamente.

Juan Ignacio sintió por primera vez que la situación podía resolverse.

—Necesitamos los registros completos.

—Ya los pedí.

—Bien.

—Pero hay otra cosa.

—¿Qué?

—La persona que aparece como testigo de la firma estaba fuera del país.

Juan Ignacio se recostó en la silla.

—Entonces la firma es falsa y el testigo también.

—Sí.

—Esto ya no es una cuestión laboral.

—No.

—Es un delito.

Andrés asintió.

—Eso pensé.

La noticia llegó a la dirección general y, finalmente, decidieron acudir a las autoridades. Juan Ignacio entregó toda la documentación que tenía y explicó cada movimiento que podía recordar. La investigación comenzó a adquirir una dimensión mucho mayor.

Aquella noche, al regresar a casa, encontró a María del Carmen esperando.

—¿Cómo fue?

Juan Ignacio dejó el portafolios.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Encontramos pruebas de que no pude haber firmado esos documentos.

Ella lo abrazó.

—Gracias a Dios.

Juan Ignacio permaneció un momento con los ojos cerrados.

—Sí.

—¿Ya saben quién lo hizo?

—No.

—¿Crees que lo descubrirán?

—Espero que sí.

María del Carmen lo miró.

—Ahora quiero hablar con mi padre.

—Creo que ha llegado el momento.

Fueron juntos a la casa de los Villalba. Don Eduardo los recibió en el despacho.

—¿Qué sucede?

Juan Ignacio colocó sobre la mesa una copia de los documentos.

—Quiero preguntarle algo.

Don Eduardo los revisó.

—¿Qué es esto?

—Una empresa vinculada a personas con las que usted trabaja aparece en una operación que está perjudicando mi carrera.

Don Eduardo se puso serio.

—Yo no tengo nada que ver con esto.

—Quiero creerle.

—Entonces créeme.

—Necesito preguntarle si conoce a Federico Salvatierra.

Don Eduardo levantó la mirada.

—Sí.

—¿Qué relación tiene con él?

—Es un empresario con el que hemos trabajado.

—¿Sabía que tenía relaciones con mi empresa?

—Sí.

—¿Sabía que había contratos relacionados con mi trabajo?

—No.

María del Carmen intervino.

—Papá, ¿has hablado con él recientemente?

Don Eduardo tardó unos segundos en responder.

—Hace aproximadamente dos meses.

—¿Sobre qué?

—Sobre un proyecto.

—¿Mencionaste a Juan Ignacio?

—Sí.

Ella cerró los ojos.

—¿Qué le dijiste?

—Que no quería que utilizaran su nombre para perjudicarte.

Juan Ignacio frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Le dije que si alguien intentaba utilizar nuestros negocios para presionarte, yo mismo lo impediría.

—¿Y qué respondió?

—No le gustó.

—¿Te amenazó?

—No exactamente.

—¿Qué dijo?

Don Eduardo miró a su hija.

—Dijo que algunos hombres deberían aprender que en los negocios existen consecuencias.

María del Carmen sintió un escalofrío.

—¿Por qué no nos lo dijiste?

—Porque pensé que no tenía importancia.

Juan Ignacio se levantó.

—Necesito saber todo lo que recuerde.

Don Eduardo asintió.

—Te contaré todo.

Durante más de una hora, don Eduardo explicó sus relaciones empresariales con Salvatierra, los proyectos compartidos y las tensiones que habían surgido en los últimos meses. Reconoció que había hablado de Juan Ignacio, pero negó haber ordenado ninguna acción contra él.

—Me equivoqué al intentar intervenir en tu vida —dijo mirando a su hija—, pero no haría algo así.

María del Carmen se acercó a su padre.

—Quiero creerte.

—Entonces ayúdame a demostrarlo.

Juan Ignacio intervino.

—Necesito los nombres de todas las personas que estuvieron en esas reuniones.

Don Eduardo se los dio.

—También puedo darte los documentos de nuestros contratos.

—Eso podría ser importante.

—Haz lo que tengas que hacer.

Cuando salieron de la casa, María del Carmen caminó en silencio.

—¿Qué piensas?

—Creo que tu padre está diciendo la verdad.

—Yo también.

—Pero Salvatierra puede saber mucho más de lo que parece.

—¿Qué vamos a hacer?

—Entregar todo a la investigación.

La siguiente semana fue especialmente difícil. La prensa económica comenzó a mencionar irregularidades en algunos contratos del sector y la empresa de Juan Ignacio quedó indirectamente relacionada con la investigación. Aunque su nombre no apareció públicamente, él sabía que cualquier error podía perjudicar su futuro profesional.

Una tarde recibió una llamada del director general.

—Juan Ignacio, necesito que vengas.

Cuando llegó, encontró a Valdés acompañado por un abogado.

—Hemos recibido nueva información.

—¿Qué información?

—Hay un testigo.

—¿Quién?

—Un empleado de Salvatierra Asociados.

—¿Qué dice?

—Que recibió instrucciones para preparar documentación falsa.

Juan Ignacio sintió que finalmente comenzaba a aparecer una salida.

—¿De quién?

El abogado respondió.

—De Federico Salvatierra.

—¿Lo acusa directamente?

—Sí.

—¿Y menciona mi nombre?

—Dice que Salvatierra quería utilizar tu nombre porque sabía que estabas vinculado sentimentalmente con la familia Villalba.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—¿Por qué?

—Porque pretendía generar una situación de presión para conseguir determinados contratos.

—Entonces no se trataba solamente de separarnos.

—No.

—Era dinero.

—Principalmente.

Juan Ignacio comprendió entonces que la relación con María del Carmen había sido utilizada como una pieza dentro de una disputa empresarial mucho más grande.

—¿Qué pasará ahora?

—Las autoridades continuarán investigando.

—¿Y mi puesto?

Valdés lo miró.

—Tu puesto sigue siendo tuyo.

Juan Ignacio respiró profundamente.

—Gracias.

Cuando salió de la empresa llamó a María del Carmen.

—Ya sabemos algo.

—¿Qué?

—El hombre que está detrás de los documentos es Federico Salvatierra.

Ella permaneció en silencio.

—¿Estás segura?

—Hay un testigo.

—¿Y mi padre?

—No está involucrado.

María del Carmen comenzó a llorar.

—Gracias a Dios.

—Todavía falta mucho.

—Lo sé.

—Pero ahora tenemos una dirección.

Esa noche fueron juntos a visitar a don Eduardo. Él había recibido la noticia por sus propios contactos.

—Ya sé lo que ocurrió —dijo.

—Papá...

—No tienes que disculparte.

—Quiero agradecerte.

Don Eduardo miró a Juan Ignacio.

—Yo también quiero pedirte disculpas.

—¿Por qué?

—Porque durante meses pensé que eras el problema.

Juan Ignacio no respondió.

—Ahora comprendo que el problema era mi manera de mirar las cosas.

María del Carmen tomó la mano de su padre.

—Lo importante es que lo entendiste.

Don Eduardo respiró profundamente.

—Quiero ayudaros con la boda.

Juan Ignacio negó con suavidad.

—No necesitamos que la pague.

—No he dicho que quiera pagarla.

María del Carmen sonrió.

—¿Entonces?

—Quiero estar.

Ella abrazó a su padre.

—Eso sí lo necesito.

Mercedes observaba desde la puerta, llorando discretamente.

Los preparativos se reanudaron con una alegría cautelosa. La investigación contra Salvatierra continuaba y Juan Ignacio había recuperado plenamente su puesto, pero ambos sabían que todavía podían aparecer dificultades. Sin embargo, aquella vez no enfrentaban el problema desde lugares opuestos, sino junto a sus familias, y aquella diferencia cambió por completo el ambiente que rodeaba la boda.

Una tarde, mientras María del Carmen revisaba unas muestras de flores para la ceremonia, recibió una llamada.

—¿Sí?

La voz de su madre sonaba alterada.

—María del Carmen, tienes que venir.

—¿Qué ocurre?

—Es tu padre.

—¿Qué le pasó?

—Ha recibido una llamada de la policía.

Ella se levantó inmediatamente.

—¿Está bien?

—Sí, pero quieren hablar con él.

María del Carmen miró a Juan Ignacio.

—Tenemos que ir.

Cuando llegaron, encontraron a don Eduardo sentado en el despacho, con un sobre abierto delante de él.

—¿Qué sucede?

Él levantó la mirada.

—La policía quiere que declare mañana.

Juan Ignacio se acercó.

—¿Por qué?

—Porque Salvatierra ha mencionado mi nombre.

María del Carmen palideció.

—¿Qué ha dicho?

—Que yo estaba al tanto de las operaciones.

—¿Es mentira?

—Completamente.

Juan Ignacio tomó el documento.

—¿Qué más?

Don Eduardo negó con la cabeza.

—No lo sé.

Mercedes comenzó a llorar.

—¿Pueden detenerlo?

—No sabemos —respondió Juan Ignacio—. Primero tiene que declarar.

Don Eduardo lo miró.

—Si esto termina mal, quiero que sepas que nunca tuve nada que ver con lo que hizo ese hombre.

—Lo sé.

—Y quiero que mi hija siga adelante con la boda.

María del Carmen se acercó.

—No hables como si fueras a desaparecer.

—No estoy diciendo eso.

—Entonces no lo digas.

Él la abrazó.

Aquella noche, Juan Ignacio y María del Carmen regresaron a casa más tarde de lo habitual. Ambos estaban agotados, pero ninguno quería dormir.

—¿Crees que pueden hacerle daño?

—No lo sé.

—¿Y si Salvatierra intenta involucrarlo?

—Tendremos que demostrar la verdad.

—¿Y si no podemos?

Juan Ignacio tomó su mano.

—Podemos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque ahora no estamos solos.

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—Otra vez.

—Sí.

Permanecieron abrazados durante largo rato.

A la mañana siguiente, don Eduardo acudió a declarar acompañado por un abogado. Juan Ignacio y María del Carmen esperaron fuera del edificio durante varias horas. Cuando finalmente apareció, tenía el rostro cansado, pero caminaba con firmeza.

—¿Qué pasó? —preguntó María del Carmen.

—Respondí a todo.

—¿Te creen?

—Eso espero.

Juan Ignacio se acercó.

—¿Necesitas algo?

Don Eduardo negó con la cabeza.

—Sólo quiero irme a casa.

Mientras caminaban hacia el automóvil, un periodista se acercó.

—Señor Villalba, ¿está involucrado en la investigación sobre Salvatierra?

Don Eduardo no respondió.

Otro periodista insistió.

—¿Conoce usted a Juan Ignacio Álvarez?

María del Carmen se detuvo.

Juan Ignacio tomó su brazo.

—Vamos.

Subieron al automóvil.

Durante el trayecto nadie habló.

Aquella misma tarde comenzó a circular la noticia de que varios empresarios estaban siendo investigados por operaciones fraudulentas y que algunas personas relacionadas con ellos habían prestado declaración. El nombre de don Eduardo apareció brevemente en una publicación económica, aunque sin acusaciones concretas.

Para María del Carmen fue suficiente para comprender que su vida privada estaba a punto de quedar expuesta.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.

Juan Ignacio la miró.

—Lo mismo que hemos hecho siempre.

—¿Qué?

—Decir la verdad.

Ella tomó su mano.

—¿Y la boda?

—La boda sigue adelante.

—¿Aunque todo esto ocurra?

—Precisamente.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro mientras el automóvil avanzaba por las calles de Madrid, y ninguno de los dos sabía todavía cuánto duraría aquella investigación ni hasta dónde llegaría la responsabilidad de Salvatierra, pero por primera vez la amenaza ya no estaba escondida detrás de una carta anónima ni de rumores empresariales: tenía un nombre, tenía documentos y comenzaba a enfrentarse a la justicia, mientras ellos continuaban preparando una boda que, después de tantas dificultades, parecía cada vez menos una celebración y cada vez más una decisión de permanecer juntos en medio de todo lo que la vida pudiera poner delante.

 

 

 

 

CAPÍTULO 10

 

Los días que siguieron a la declaración de don Eduardo fueron de una tensión constante, porque la investigación había dejado de ser un asunto que pudiera mantenerse dentro de los límites de unas cuantas oficinas y había comenzado a afectar la tranquilidad de varias familias y empresas, mientras los periódicos hablaban de contratos irregulares, sociedades intermediarias y operaciones que durante años habían permanecido ocultas detrás de relaciones comerciales aparentemente normales. Para Juan Ignacio y María del Carmen, aquella situación tenía además un significado personal que no podían ignorar, ya que el hombre que había intentado utilizar el nombre de Juan Ignacio para proteger sus propios intereses había conseguido arrastrar también a don Eduardo a una investigación que amenazaba con perjudicar su reputación, aunque hasta ese momento no existía ninguna prueba que lo relacionara directamente con las operaciones fraudulentas. A pesar de todo, la boda continuaba siendo una realidad y habían decidido no cancelarla, aunque sí reducir todavía más los preparativos porque ninguno quería que el dinero o la apariencia social ocuparan un lugar importante en una celebración que, para ambos, tenía un significado mucho más íntimo.

Una tarde, mientras María del Carmen revisaba unos documentos en el estudio donde trabajaba, Teresa entró con una expresión preocupada.

—¿Has leído lo que publicaron hoy?

—No.

—Hablan de Salvatierra.

María del Carmen levantó la mirada.

—¿Qué dicen?

Teresa dejó el periódico sobre la mesa.

—Que hay más empresas involucradas y que la investigación podría extenderse.

María del Carmen comenzó a leer y sintió que la preocupación volvía a apoderarse de ella.

—No mencionan directamente a mi padre.

—Todavía no.

—No me gusta esa palabra.

Teresa se sentó frente a ella.

—¿Estás segura de que quieres casarte ahora, con todo esto?

María del Carmen dejó el periódico.

—Sí.

—No te lo pregunto para juzgarte.

—Lo sé.

—Te lo pregunto porque parece que cada vez que conseguís avanzar aparece un problema diferente.

—Si esperáramos a que no hubiera problemas, nunca nos casaríamos.

Teresa sonrió.

—Eso suena exactamente a algo que diría Juan Ignacio.

—Probablemente.

—¿Cómo está él?

—Trabajando demasiado.

—Eso también suena a él.

María del Carmen guardó silencio durante unos segundos.

—Está preocupado por su madre y por mi padre, pero intenta que nadie lo note.

—¿Y tú?

—Yo intento hacer lo mismo.

Teresa tomó su mano.

—Entonces no lo hagas sola.

Aquella misma noche, María del Carmen regresó al apartamento y encontró a Juan Ignacio sentado junto a la mesa, con varios documentos delante. Había dejado el abrigo sobre una silla y parecía agotado.

—¿Qué haces?

—Intento entender unos contratos.

—¿Otra vez?

—Hay cosas que todavía no me cuadran.

Ella se acercó.

—¿Qué has encontrado?

—Algunos movimientos de dinero que aparecen después de las fechas en las que supuestamente se firmaron determinados documentos.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien pudo haber preparado la operación con bastante anticipación.

—¿Salvatierra?

—Probablemente.

—¿Y mi padre?

—No aparece.

María del Carmen respiró aliviada.

—Entonces quizá todo termine pronto.

Juan Ignacio negó lentamente con la cabeza.

—No estoy tan seguro.

—¿Por qué?

—Porque alguien que ha preparado todo esto durante tanto tiempo no va a quedarse quieto cuando vea que la investigación se acerca.

Ella se sentó frente a él.

—¿Crees que está en peligro?

—No lo sé.

—Eso no me tranquiliza.

—No quiero asustarte.

—Ya estoy asustada.

Juan Ignacio dejó los documentos.

—Entonces ven aquí.

Ella se acercó y él la abrazó.

—No quiero perderte —susurró ella.

—No me vas a perder.

—No puedes saberlo.

—No, pero puedo elegir quedarme.

María del Carmen cerró los ojos.

—Eso me basta.

La declaración de don Eduardo había sido recibida con aparente normalidad por los investigadores, pero unos días después recibió una segunda citación. Esta vez debía entregar documentos correspondientes a varios contratos antiguos. La noticia lo inquietó porque algunos de esos documentos se encontraban en archivos de la empresa y otros habían desaparecido después de una reorganización administrativa.

—No entiendo por qué me piden documentos que ya deberían tener —dijo don Eduardo.

El abogado que lo acompañaba revisó la lista.

—Porque sospechan que algunos expedientes fueron modificados.

—Yo no los modifiqué.

—Lo sé.

—Pero no sé quién lo hizo.

Mercedes observaba la conversación desde el otro lado del despacho.

—Eduardo, ¿hay algo que no nos hayas contado?

Él levantó la mirada.

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces no tengas miedo de decirlo.

Don Eduardo permaneció en silencio.

—Tengo miedo —admitió finalmente—, pero no de la investigación.

—¿De qué?

—De que todo esto termine dañando a María del Carmen.

Mercedes se acercó.

—Ella no es responsable de lo que hagan otros.

—Lo sé.

—Entonces confía en ella.

Don Eduardo sonrió con tristeza.

—Eso me ha costado aprenderlo.

La situación se complicó cuando uno de los empleados de Salvatierra desapareció durante varios días y luego fue localizado fuera de Madrid. La policía sospechaba que había abandonado la ciudad por miedo a declarar, aunque finalmente accedió a colaborar. La información que proporcionó resultó ser importante: aseguró que Salvatierra no actuaba solo y que algunas operaciones habían sido coordinadas con personas dentro de varias empresas.

Juan Ignacio recibió la noticia en la oficina.

—¿Qué significa eso para mí? —preguntó.

El investigador que había acudido a entrevistarlo respondió con cautela.

—Que necesitamos volver a hablar contigo.

—¿Por qué?

—Porque tu nombre aparece en documentación que pudo haber sido preparada por alguien que tenía acceso a información interna.

—¿Creen que alguien de mi empresa está involucrado?

—Es una posibilidad.

—¿Y si es así?

—Entonces tendrás que ayudarnos a identificarlo.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—Haré todo lo que pueda.

Aquella tarde contó lo ocurrido a Andrés.

—Entonces hay alguien aquí dentro.

—Eso parece.

—¿Tienes alguna sospecha?

—No quiero sospechar de mis compañeros sin pruebas.

Andrés lo miró.

—Hay alguien que me preocupa.

—¿Quién?

—Ramiro Ortega.

Juan Ignacio frunció el ceño.

—¿El jefe administrativo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Tiene acceso a todos los expedientes.

—Eso no significa nada.

—Hace meses comenzó a trabajar directamente con personas vinculadas a Salvatierra.

—¿Lo sabes?

—Lo he visto.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no tenía pruebas.

Juan Ignacio comprendió la gravedad del asunto.

—Necesitamos comprobarlo.

Durante los días siguientes, comenzaron a revisar los movimientos administrativos de Ramiro sin que él lo supiera. Descubrieron que había accedido a varios expedientes fuera de su horario habitual y que algunas copias de documentos habían sido realizadas desde su terminal. Sin embargo, todavía no existía una prueba definitiva que demostrara que había participado en la falsificación.

Una tarde, Andrés llegó con un dato nuevo.

—Encontré una transferencia.

—¿De quién?

—De una sociedad relacionada con Salvatierra a una cuenta que pertenece a un familiar de Ramiro.

Juan Ignacio se quedó mirando el documento.

—¿Cuándo?

—Tres semanas antes de que apareciera la primera falsificación.

—Esto sí es importante.

—¿Se lo entregamos a dirección?

—Sí.

El informe llegó rápidamente a las autoridades y Ramiro fue interrogado. Al principio negó cualquier relación con Salvatierra, pero terminó reconociendo que había recibido dinero por proporcionar información interna.

La investigación avanzó entonces con mayor rapidez.

Pero mientras Juan Ignacio enfrentaba aquel problema, María del Carmen estaba atravesando una situación diferente. El proyecto de recuperación de la finca estaba llegando a una etapa decisiva y el consejo debía aprobar el diseño final. Ella había trabajado durante meses para desarrollar una propuesta que respetara el entorno natural y permitiera que el espacio fuera utilizado por familias, niños y personas mayores.

El día de la presentación llegó temprano al estudio.

Teresa la ayudó a preparar los planos.

—¿Estás nerviosa?

—Mucho.

—No lo pareces.

—Estoy fingiendo.

Teresa sonrió.

—Entonces sigue fingiendo.

La presentación fue un éxito. El consejo aprobó el proyecto y decidió que María del Carmen sería responsable del diseño paisajístico de la obra.

Al salir de la reunión, recibió una llamada.

—¿Sí?

Era Juan Ignacio.

—Tengo buenas noticias.

—Yo también.

—Primero tú.

—Han aprobado mi proyecto.

—Sabía que lo harían.

—¿Y tú?

—Encontramos a alguien dentro de la empresa.

—¿Quién?

—Un administrativo que estaba proporcionando información a Salvatierra.

—¿Y ahora?

—Está colaborando con la investigación.

—Entonces quizá esto termine.

—Eso espero.

—¿Dónde estás?

—Cerca del Retiro.

—Voy para allá.

Se encontraron una hora después. María del Carmen llegó con una sonrisa que hacía semanas que Juan Ignacio no veía.

—Ven aquí.

Él la abrazó.

—Estoy orgulloso de ti.

—Yo también estoy orgullosa de ti.

—¿Sabes qué me gustaría?

—¿Qué?

—Que pudiéramos tener una semana sin problemas.

—Eso sería pedir demasiado.

Ambos rieron.

Caminaron juntos durante un largo rato, hablando de la boda y de la casa.

—He estado pensando en algo —dijo María del Carmen.

—¿En qué?

—En el jardín.

—¿Ya estás diseñando el nuestro?

—Desde hace meses.

—¿Y cómo será?

—No te lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque quiero sorprenderte.

—¿Tendrá árboles?

—Muchos.

—Entonces me gustará.

Ella lo tomó del brazo.

—Quiero plantar uno el día que nos casemos.

—¿Por qué?

—Porque quiero verlo crecer con nosotros.

Juan Ignacio la miró.

—Entonces plantaremos un árbol.

Aquella noche cenaron con las familias de ambos. La madre de Juan Ignacio estaba todavía afectada por la muerte de su esposo, pero parecía recuperar poco a poco la alegría. Don Eduardo, en cambio, estaba más silencioso de lo habitual, aunque su relación con Juan Ignacio había cambiado considerablemente.

—Quiero brindar —dijo finalmente.

Todos levantaron las copas.

—Por vosotros.

María del Carmen sonrió.

—Gracias, papá.

Don Eduardo miró a Juan Ignacio.

—Y por ti.

Juan Ignacio levantó su copa.

—Gracias.

La cena transcurrió con tranquilidad hasta que sonó el teléfono.

Mercedes respondió.

—¿Sí?

Su rostro cambió.

—Un momento.

Miró a don Eduardo.

—Es para ti.

Él tomó el teléfono.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

—¿Cuándo?

La expresión de su rostro se volvió grave.

—Entiendo.

Colgó.

María del Carmen se levantó.

—¿Qué pasó?

—La policía ha encontrado nuevos documentos.

—¿Sobre Salvatierra?

—Sí.

—¿Y qué tienen que ver contigo?

Don Eduardo tardó en responder.

—Hay una transferencia antigua.

—¿A tu empresa?

—A una cuenta personal.

María del Carmen palideció.

—¿Tuya?

—Eso dicen.

—Pero ¿es realmente tu cuenta?

—Sí.

—¿Y recibiste ese dinero?

Don Eduardo negó con la cabeza.

—No recuerdo haberlo recibido.

Juan Ignacio intervino.

—¿Puede alguien haber utilizado tu cuenta?

—No lo sé.

—Necesitamos comprobarlo.

El abogado de don Eduardo confirmó al día siguiente que la transferencia efectivamente había sido registrada en una cuenta perteneciente a él, pero también descubrió que el dinero había sido retirado pocas horas después por una persona autorizada años atrás.

—¿Quién tenía autorización?

Don Eduardo revisó los documentos.

—Mi antiguo socio.

—¿Sigue teniendo acceso?

—No.

—¿Cuándo se canceló la autorización?

—Hace más de tres años.

El abogado lo miró.

—Entonces tenemos que averiguar quién utilizó esa autorización.

La investigación comenzó a centrarse nuevamente en personas que habían trabajado con Salvatierra y con la empresa de don Eduardo. Aquello significaba que la familia Villalba quedaba bajo una presión pública mucho mayor, aunque todavía no existía ninguna acusación formal contra don Eduardo.

María del Carmen comenzó a recibir llamadas de periodistas.

—¿Es usted hija de Eduardo Villalba?

—Sí.

—¿Puede confirmar que su padre está siendo investigado?

—No voy a hablar sobre un procedimiento que corresponde a las autoridades.

—¿Su prometido también está relacionado?

—No.

—¿Tiene usted información sobre Salvatierra?

—No.

—¿Su padre conocía sus operaciones?

María del Carmen colgó.

La presión aumentó durante los días siguientes y comenzó a afectar incluso el proyecto profesional de María del Carmen. Algunas personas insinuaron que había obtenido el contrato gracias a las relaciones de su familia.

Ella se negó a responder públicamente, pero la situación la afectó profundamente.

Una tarde, después de una reunión especialmente difícil, regresó a casa llorando.

Juan Ignacio la encontró sentada junto a la ventana.

—¿Qué ocurrió?

—Dicen que conseguí el proyecto por mi padre.

—¿Quién lo dice?

—Personas que ni siquiera me conocen.

—¿Quieres abandonar?

Ella levantó la mirada.

—No.

—Entonces no lo hagas.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Estoy cansada de tener que demostrar todo.

Juan Ignacio se sentó junto a ella.

—No tienes que demostrarme nada.

—Pero tengo que demostrarlo a todos.

—No.

—¿No?

—No puedes controlar lo que la gente piensa.

—Entonces ¿qué hago?

—Trabaja.

Ella lo miró.

—Eso parece demasiado sencillo.

—Lo es.

—¿Y si hablan?

—Que hablen.

—¿Y si destruyen mi carrera?

—No podrán hacerlo si sigues haciendo bien tu trabajo.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Quiero casarme contigo y desaparecer durante una semana.

Juan Ignacio sonrió.

—Yo también.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar donde nadie conozca nuestros apellidos.

—Eso suena maravilloso.

—Después de la boda.

—Después de la boda.

Sin embargo, la investigación dio un giro inesperado pocos días después. El empleado que había colaborado con la policía entregó una libreta donde Salvatierra había anotado nombres, cantidades y fechas. Entre aquellos nombres aparecía el de don Eduardo, pero también aparecía el de una persona cuya identidad sorprendió a Juan Ignacio.

Era Ramiro Ortega.

Y junto a su nombre había una cantidad considerable de dinero.

La información permitió reconstruir parte de la operación. Ramiro había entregado información sobre los contratos, Salvatierra había preparado documentos falsos y otras personas habían utilizado las conexiones empresariales de don Eduardo para dar apariencia legítima a algunas operaciones. El nombre de Juan Ignacio había sido incorporado posteriormente porque su relación con María del Carmen podía convertirlo en una pieza vulnerable y porque su puesto permitía atribuirle determinadas autorizaciones sin levantar sospechas inmediatas.

Don Eduardo no parecía formar parte de la operación, pero su nombre había sido utilizado para darle mayor credibilidad.

La noticia produjo un enorme alivio en la familia.

Aquella noche, don Eduardo llamó a Juan Ignacio.

—Quiero agradecerte.

—¿Por qué?

—Porque nunca me acusaste.

—No tenía pruebas.

—Muchos lo hicieron.

—Yo conocía a María del Carmen.

Don Eduardo permaneció en silencio.

—Y porque usted finalmente confió en mí.

—Me costó.

—Lo sé.

—Pero ahora entiendo algo.

—¿Qué?

—Que mi hija no necesitaba que yo eligiera por ella.

Juan Ignacio sonrió.

—Ella sólo necesitaba que estuviera a su lado.

—Sí.

La boda se acercaba rápidamente. La investigación continuaría durante meses, pero las pruebas comenzaban a esclarecer la responsabilidad de quienes realmente habían cometido los delitos. Salvatierra fue localizado finalmente y detenido, mientras Ramiro aceptaba colaborar con las autoridades.

Una tarde, Juan Ignacio y María del Carmen visitaron el lugar donde se celebraría la ceremonia. La iglesia estaba casi vacía y la luz de la tarde entraba por las ventanas.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—Mucho.

—Yo también.

—¿Por qué?

—Porque esto es importante.

Ella sonrió.

—Pensé que dirías que no estabas nervioso.

—Eso sería mentir.

María del Carmen tomó su mano.

—¿Crees que mi padre estará ahí?

—Sí.

—¿Y tu madre?

—También.

—Entonces será suficiente.

Se quedaron unos minutos en silencio, mirando el altar.

—¿Quieres que oremos? —preguntó Juan Ignacio.

—Sí.

Se sentaron juntos en uno de los bancos y permanecieron allí durante varios minutos, sin discursos ni grandes palabras, simplemente agradeciendo que después de tantos meses todavía pudieran estar juntos y pidiendo fuerzas para lo que quedaba por vivir.

Cuando salieron de la iglesia, María del Carmen se detuvo frente a un árbol pequeño plantado cerca de la entrada.

—Mira.

—¿Qué?

—Ese árbol.

Juan Ignacio sonrió.

—Ya sé lo que estás pensando.

—¿Qué?

—Que quieres plantar uno igual en nuestra casa.

—Exactamente.

Él la tomó de la mano.

—Entonces lo haremos.

Caminaron hacia el automóvil mientras la tarde caía lentamente sobre Madrid. La boda estaba a pocos días y, aunque todavía quedaban asuntos por resolver, por primera vez en mucho tiempo podían pensar en ella sin sentir que una nueva amenaza iba a aparecer inmediatamente detrás de cada alegría. María del Carmen se acomodó junto a Juan Ignacio y apoyó la cabeza sobre su hombro mientras él encendía el automóvil, y ambos comenzaron a hablar de los últimos detalles de la ceremonia, de los invitados y del pequeño árbol que plantarían después, sin imaginar que la noche anterior a la boda una llamada inesperada volvería a cambiar el curso de sus vidas.

 

 

 

 

CAPÍTULO 10

 

Los días que siguieron a la declaración de don Eduardo fueron de una tensión constante, porque la investigación había dejado de ser un asunto que pudiera mantenerse dentro de los límites de unas cuantas oficinas y había comenzado a afectar la tranquilidad de varias familias y empresas, mientras los periódicos hablaban de contratos irregulares, sociedades intermediarias y operaciones que durante años habían permanecido ocultas detrás de relaciones comerciales aparentemente normales. Para Juan Ignacio y María del Carmen, aquella situación tenía además un significado personal que no podían ignorar, ya que el hombre que había intentado utilizar el nombre de Juan Ignacio para proteger sus propios intereses había conseguido arrastrar también a don Eduardo a una investigación que amenazaba con perjudicar su reputación, aunque hasta ese momento no existía ninguna prueba que lo relacionara directamente con las operaciones fraudulentas. A pesar de todo, la boda continuaba siendo una realidad y habían decidido no cancelarla, aunque sí reducir todavía más los preparativos porque ninguno quería que el dinero o la apariencia social ocuparan un lugar importante en una celebración que, para ambos, tenía un significado mucho más íntimo.

Una tarde, mientras María del Carmen revisaba unos documentos en el estudio donde trabajaba, Teresa entró con una expresión preocupada.

—¿Has leído lo que publicaron hoy?

—No.

—Hablan de Salvatierra.

María del Carmen levantó la mirada.

—¿Qué dicen?

Teresa dejó el periódico sobre la mesa.

—Que hay más empresas involucradas y que la investigación podría extenderse.

María del Carmen comenzó a leer y sintió que la preocupación volvía a apoderarse de ella.

—No mencionan directamente a mi padre.

—Todavía no.

—No me gusta esa palabra.

Teresa se sentó frente a ella.

—¿Estás segura de que quieres casarte ahora, con todo esto?

María del Carmen dejó el periódico.

—Sí.

—No te lo pregunto para juzgarte.

—Lo sé.

—Te lo pregunto porque parece que cada vez que conseguís avanzar aparece un problema diferente.

—Si esperáramos a que no hubiera problemas, nunca nos casaríamos.

Teresa sonrió.

—Eso suena exactamente a algo que diría Juan Ignacio.

—Probablemente.

—¿Cómo está él?

—Trabajando demasiado.

—Eso también suena a él.

María del Carmen guardó silencio durante unos segundos.

—Está preocupado por su madre y por mi padre, pero intenta que nadie lo note.

—¿Y tú?

—Yo intento hacer lo mismo.

Teresa tomó su mano.

—Entonces no lo hagas sola.

Aquella misma noche, María del Carmen regresó al apartamento y encontró a Juan Ignacio sentado junto a la mesa, con varios documentos delante. Había dejado el abrigo sobre una silla y parecía agotado.

—¿Qué haces?

—Intento entender unos contratos.

—¿Otra vez?

—Hay cosas que todavía no me cuadran.

Ella se acercó.

—¿Qué has encontrado?

—Algunos movimientos de dinero que aparecen después de las fechas en las que supuestamente se firmaron determinados documentos.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien pudo haber preparado la operación con bastante anticipación.

—¿Salvatierra?

—Probablemente.

—¿Y mi padre?

—No aparece.

María del Carmen respiró aliviada.

—Entonces quizá todo termine pronto.

Juan Ignacio negó lentamente con la cabeza.

—No estoy tan seguro.

—¿Por qué?

—Porque alguien que ha preparado todo esto durante tanto tiempo no va a quedarse quieto cuando vea que la investigación se acerca.

Ella se sentó frente a él.

—¿Crees que está en peligro?

—No lo sé.

—Eso no me tranquiliza.

—No quiero asustarte.

—Ya estoy asustada.

Juan Ignacio dejó los documentos.

—Entonces ven aquí.

Ella se acercó y él la abrazó.

—No quiero perderte —susurró ella.

—No me vas a perder.

—No puedes saberlo.

—No, pero puedo elegir quedarme.

María del Carmen cerró los ojos.

—Eso me basta.

La declaración de don Eduardo había sido recibida con aparente normalidad por los investigadores, pero unos días después recibió una segunda citación. Esta vez debía entregar documentos correspondientes a varios contratos antiguos. La noticia lo inquietó porque algunos de esos documentos se encontraban en archivos de la empresa y otros habían desaparecido después de una reorganización administrativa.

—No entiendo por qué me piden documentos que ya deberían tener —dijo don Eduardo.

El abogado que lo acompañaba revisó la lista.

—Porque sospechan que algunos expedientes fueron modificados.

—Yo no los modifiqué.

—Lo sé.

—Pero no sé quién lo hizo.

Mercedes observaba la conversación desde el otro lado del despacho.

—Eduardo, ¿hay algo que no nos hayas contado?

Él levantó la mirada.

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces no tengas miedo de decirlo.

Don Eduardo permaneció en silencio.

—Tengo miedo —admitió finalmente—, pero no de la investigación.

—¿De qué?

—De que todo esto termine dañando a María del Carmen.

Mercedes se acercó.

—Ella no es responsable de lo que hagan otros.

—Lo sé.

—Entonces confía en ella.

Don Eduardo sonrió con tristeza.

—Eso me ha costado aprenderlo.

La situación se complicó cuando uno de los empleados de Salvatierra desapareció durante varios días y luego fue localizado fuera de Madrid. La policía sospechaba que había abandonado la ciudad por miedo a declarar, aunque finalmente accedió a colaborar. La información que proporcionó resultó ser importante: aseguró que Salvatierra no actuaba solo y que algunas operaciones habían sido coordinadas con personas dentro de varias empresas.

Juan Ignacio recibió la noticia en la oficina.

—¿Qué significa eso para mí? —preguntó.

El investigador que había acudido a entrevistarlo respondió con cautela.

—Que necesitamos volver a hablar contigo.

—¿Por qué?

—Porque tu nombre aparece en documentación que pudo haber sido preparada por alguien que tenía acceso a información interna.

—¿Creen que alguien de mi empresa está involucrado?

—Es una posibilidad.

—¿Y si es así?

—Entonces tendrás que ayudarnos a identificarlo.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—Haré todo lo que pueda.

Aquella tarde contó lo ocurrido a Andrés.

—Entonces hay alguien aquí dentro.

—Eso parece.

—¿Tienes alguna sospecha?

—No quiero sospechar de mis compañeros sin pruebas.

Andrés lo miró.

—Hay alguien que me preocupa.

—¿Quién?

—Ramiro Ortega.

Juan Ignacio frunció el ceño.

—¿El jefe administrativo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Tiene acceso a todos los expedientes.

—Eso no significa nada.

—Hace meses comenzó a trabajar directamente con personas vinculadas a Salvatierra.

—¿Lo sabes?

—Lo he visto.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no tenía pruebas.

Juan Ignacio comprendió la gravedad del asunto.

—Necesitamos comprobarlo.

Durante los días siguientes, comenzaron a revisar los movimientos administrativos de Ramiro sin que él lo supiera. Descubrieron que había accedido a varios expedientes fuera de su horario habitual y que algunas copias de documentos habían sido realizadas desde su terminal. Sin embargo, todavía no existía una prueba definitiva que demostrara que había participado en la falsificación.

Una tarde, Andrés llegó con un dato nuevo.

—Encontré una transferencia.

—¿De quién?

—De una sociedad relacionada con Salvatierra a una cuenta que pertenece a un familiar de Ramiro.

Juan Ignacio se quedó mirando el documento.

—¿Cuándo?

—Tres semanas antes de que apareciera la primera falsificación.

—Esto sí es importante.

—¿Se lo entregamos a dirección?

—Sí.

El informe llegó rápidamente a las autoridades y Ramiro fue interrogado. Al principio negó cualquier relación con Salvatierra, pero terminó reconociendo que había recibido dinero por proporcionar información interna.

La investigación avanzó entonces con mayor rapidez.

Pero mientras Juan Ignacio enfrentaba aquel problema, María del Carmen estaba atravesando una situación diferente. El proyecto de recuperación de la finca estaba llegando a una etapa decisiva y el consejo debía aprobar el diseño final. Ella había trabajado durante meses para desarrollar una propuesta que respetara el entorno natural y permitiera que el espacio fuera utilizado por familias, niños y personas mayores.

El día de la presentación llegó temprano al estudio.

Teresa la ayudó a preparar los planos.

—¿Estás nerviosa?

—Mucho.

—No lo pareces.

—Estoy fingiendo.

Teresa sonrió.

—Entonces sigue fingiendo.

La presentación fue un éxito. El consejo aprobó el proyecto y decidió que María del Carmen sería responsable del diseño paisajístico de la obra.

Al salir de la reunión, recibió una llamada.

—¿Sí?

Era Juan Ignacio.

—Tengo buenas noticias.

—Yo también.

—Primero tú.

—Han aprobado mi proyecto.

—Sabía que lo harían.

—¿Y tú?

—Encontramos a alguien dentro de la empresa.

—¿Quién?

—Un administrativo que estaba proporcionando información a Salvatierra.

—¿Y ahora?

—Está colaborando con la investigación.

—Entonces quizá esto termine.

—Eso espero.

—¿Dónde estás?

—Cerca del Retiro.

—Voy para allá.

Se encontraron una hora después. María del Carmen llegó con una sonrisa que hacía semanas que Juan Ignacio no veía.

—Ven aquí.

Él la abrazó.

—Estoy orgulloso de ti.

—Yo también estoy orgullosa de ti.

—¿Sabes qué me gustaría?

—¿Qué?

—Que pudiéramos tener una semana sin problemas.

—Eso sería pedir demasiado.

Ambos rieron.

Caminaron juntos durante un largo rato, hablando de la boda y de la casa.

—He estado pensando en algo —dijo María del Carmen.

—¿En qué?

—En el jardín.

—¿Ya estás diseñando el nuestro?

—Desde hace meses.

—¿Y cómo será?

—No te lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque quiero sorprenderte.

—¿Tendrá árboles?

—Muchos.

—Entonces me gustará.

Ella lo tomó del brazo.

—Quiero plantar uno el día que nos casemos.

—¿Por qué?

—Porque quiero verlo crecer con nosotros.

Juan Ignacio la miró.

—Entonces plantaremos un árbol.

Aquella noche cenaron con las familias de ambos. La madre de Juan Ignacio estaba todavía afectada por la muerte de su esposo, pero parecía recuperar poco a poco la alegría. Don Eduardo, en cambio, estaba más silencioso de lo habitual, aunque su relación con Juan Ignacio había cambiado considerablemente.

—Quiero brindar —dijo finalmente.

Todos levantaron las copas.

—Por vosotros.

María del Carmen sonrió.

—Gracias, papá.

Don Eduardo miró a Juan Ignacio.

—Y por ti.

Juan Ignacio levantó su copa.

—Gracias.

La cena transcurrió con tranquilidad hasta que sonó el teléfono.

Mercedes respondió.

—¿Sí?

Su rostro cambió.

—Un momento.

Miró a don Eduardo.

—Es para ti.

Él tomó el teléfono.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

—¿Cuándo?

La expresión de su rostro se volvió grave.

—Entiendo.

Colgó.

María del Carmen se levantó.

—¿Qué pasó?

—La policía ha encontrado nuevos documentos.

—¿Sobre Salvatierra?

—Sí.

—¿Y qué tienen que ver contigo?

Don Eduardo tardó en responder.

—Hay una transferencia antigua.

—¿A tu empresa?

—A una cuenta personal.

María del Carmen palideció.

—¿Tuya?

—Eso dicen.

—Pero ¿es realmente tu cuenta?

—Sí.

—¿Y recibiste ese dinero?

Don Eduardo negó con la cabeza.

—No recuerdo haberlo recibido.

Juan Ignacio intervino.

—¿Puede alguien haber utilizado tu cuenta?

—No lo sé.

—Necesitamos comprobarlo.

El abogado de don Eduardo confirmó al día siguiente que la transferencia efectivamente había sido registrada en una cuenta perteneciente a él, pero también descubrió que el dinero había sido retirado pocas horas después por una persona autorizada años atrás.

—¿Quién tenía autorización?

Don Eduardo revisó los documentos.

—Mi antiguo socio.

—¿Sigue teniendo acceso?

—No.

—¿Cuándo se canceló la autorización?

—Hace más de tres años.

El abogado lo miró.

—Entonces tenemos que averiguar quién utilizó esa autorización.

La investigación comenzó a centrarse nuevamente en personas que habían trabajado con Salvatierra y con la empresa de don Eduardo. Aquello significaba que la familia Villalba quedaba bajo una presión pública mucho mayor, aunque todavía no existía ninguna acusación formal contra don Eduardo.

María del Carmen comenzó a recibir llamadas de periodistas.

—¿Es usted hija de Eduardo Villalba?

—Sí.

—¿Puede confirmar que su padre está siendo investigado?

—No voy a hablar sobre un procedimiento que corresponde a las autoridades.

—¿Su prometido también está relacionado?

—No.

—¿Tiene usted información sobre Salvatierra?

—No.

—¿Su padre conocía sus operaciones?

María del Carmen colgó.

La presión aumentó durante los días siguientes y comenzó a afectar incluso el proyecto profesional de María del Carmen. Algunas personas insinuaron que había obtenido el contrato gracias a las relaciones de su familia.

Ella se negó a responder públicamente, pero la situación la afectó profundamente.

Una tarde, después de una reunión especialmente difícil, regresó a casa llorando.

Juan Ignacio la encontró sentada junto a la ventana.

—¿Qué ocurrió?

—Dicen que conseguí el proyecto por mi padre.

—¿Quién lo dice?

—Personas que ni siquiera me conocen.

—¿Quieres abandonar?

Ella levantó la mirada.

—No.

—Entonces no lo hagas.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Estoy cansada de tener que demostrar todo.

Juan Ignacio se sentó junto a ella.

—No tienes que demostrarme nada.

—Pero tengo que demostrarlo a todos.

—No.

—¿No?

—No puedes controlar lo que la gente piensa.

—Entonces ¿qué hago?

—Trabaja.

Ella lo miró.

—Eso parece demasiado sencillo.

—Lo es.

—¿Y si hablan?

—Que hablen.

—¿Y si destruyen mi carrera?

—No podrán hacerlo si sigues haciendo bien tu trabajo.

María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Quiero casarme contigo y desaparecer durante una semana.

Juan Ignacio sonrió.

—Yo también.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar donde nadie conozca nuestros apellidos.

—Eso suena maravilloso.

—Después de la boda.

—Después de la boda.

Sin embargo, la investigación dio un giro inesperado pocos días después. El empleado que había colaborado con la policía entregó una libreta donde Salvatierra había anotado nombres, cantidades y fechas. Entre aquellos nombres aparecía el de don Eduardo, pero también aparecía el de una persona cuya identidad sorprendió a Juan Ignacio.

Era Ramiro Ortega.

Y junto a su nombre había una cantidad considerable de dinero.

La información permitió reconstruir parte de la operación. Ramiro había entregado información sobre los contratos, Salvatierra había preparado documentos falsos y otras personas habían utilizado las conexiones empresariales de don Eduardo para dar apariencia legítima a algunas operaciones. El nombre de Juan Ignacio había sido incorporado posteriormente porque su relación con María del Carmen podía convertirlo en una pieza vulnerable y porque su puesto permitía atribuirle determinadas autorizaciones sin levantar sospechas inmediatas.

Don Eduardo no parecía formar parte de la operación, pero su nombre había sido utilizado para darle mayor credibilidad.

La noticia produjo un enorme alivio en la familia.

Aquella noche, don Eduardo llamó a Juan Ignacio.

—Quiero agradecerte.

—¿Por qué?

—Porque nunca me acusaste.

—No tenía pruebas.

—Muchos lo hicieron.

—Yo conocía a María del Carmen.

Don Eduardo permaneció en silencio.

—Y porque usted finalmente confió en mí.

—Me costó.

—Lo sé.

—Pero ahora entiendo algo.

—¿Qué?

—Que mi hija no necesitaba que yo eligiera por ella.

Juan Ignacio sonrió.

—Ella sólo necesitaba que estuviera a su lado.

—Sí.

La boda se acercaba rápidamente. La investigación continuaría durante meses, pero las pruebas comenzaban a esclarecer la responsabilidad de quienes realmente habían cometido los delitos. Salvatierra fue localizado finalmente y detenido, mientras Ramiro aceptaba colaborar con las autoridades.

Una tarde, Juan Ignacio y María del Carmen visitaron el lugar donde se celebraría la ceremonia. La iglesia estaba casi vacía y la luz de la tarde entraba por las ventanas.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—Mucho.

—Yo también.

—¿Por qué?

—Porque esto es importante.

Ella sonrió.

—Pensé que dirías que no estabas nervioso.

—Eso sería mentir.

María del Carmen tomó su mano.

—¿Crees que mi padre estará ahí?

—Sí.

—¿Y tu madre?

—También.

—Entonces será suficiente.

Se quedaron unos minutos en silencio, mirando el altar.

—¿Quieres que oremos? —preguntó Juan Ignacio.

—Sí.

Se sentaron juntos en uno de los bancos y permanecieron allí durante varios minutos, sin discursos ni grandes palabras, simplemente agradeciendo que después de tantos meses todavía pudieran estar juntos y pidiendo fuerzas para lo que quedaba por vivir.

Cuando salieron de la iglesia, María del Carmen se detuvo frente a un árbol pequeño plantado cerca de la entrada.

—Mira.

—¿Qué?

—Ese árbol.

Juan Ignacio sonrió.

—Ya sé lo que estás pensando.

—¿Qué?

—Que quieres plantar uno igual en nuestra casa.

—Exactamente.

Él la tomó de la mano.

—Entonces lo haremos.

Caminaron hacia el automóvil mientras la tarde caía lentamente sobre Madrid. La boda estaba a pocos días y, aunque todavía quedaban asuntos por resolver, por primera vez en mucho tiempo podían pensar en ella sin sentir que una nueva amenaza iba a aparecer inmediatamente detrás de cada alegría. María del Carmen se acomodó junto a Juan Ignacio y apoyó la cabeza sobre su hombro mientras él encendía el automóvil, y ambos comenzaron a hablar de los últimos detalles de la ceremonia, de los invitados y del pequeño árbol que plantarían después, sin imaginar que la noche anterior a la boda una llamada inesperada volvería a cambiar el curso de sus vidas.

 

 

 

 

CAPÍTULO 12

 

La mañana siguiente a la boda llegó sobre Madrid con una claridad tranquila, como si la ciudad entera hubiera decidido concederles unas horas de descanso después de tantos meses en los que cada alegría había tenido que abrirse camino entre dificultades que ninguno de los dos había buscado, y Juan Ignacio despertó antes que María del Carmen, permaneciendo durante unos minutos junto a la ventana del pequeño apartamento que habían alquilado para comenzar su vida matrimonial, contemplando los tejados todavía húmedos por la lluvia nocturna y las primeras personas que caminaban por las calles con la prisa habitual de quienes ignoraban que, para dos de sus habitantes, aquella mañana significaba el comienzo de una existencia completamente distinta. Habían hablado durante buena parte de la noche, no tanto de lo que había sucedido durante los últimos meses como de lo que deseaban hacer a partir de entonces, y aunque ambos sabían que todavía quedaban asuntos pendientes, especialmente aquel documento con la firma de don Eduardo que podía volver a abrir una herida que parecía recién cerrada, habían decidido no permitir que el miedo les robara las primeras horas de su matrimonio. María del Carmen apareció finalmente en la habitación con una taza de café en las manos y una expresión de sueño que hizo sonreír a Juan Ignacio.

—Llevas mucho tiempo despierto.

—Un rato.

—¿Estás pensando en los documentos?

—Un poco.

—Te dije que hoy no quería hablar de eso.

—Lo sé.

—Entonces deja de pensar.

—Estoy intentando.

Ella dejó la taza sobre la mesa y se acercó a la ventana.

—¿En qué pensabas además de eso?

Juan Ignacio la miró.

—En mi padre.

María del Carmen tomó su mano.

—Yo también pensé en él anoche.

—Me habría gustado que estuviera.

—Está presente en muchas cosas.

—Sí.

—Y creo que habría disfrutado viendo a su hijo casarse después de todo lo que pasó.

Juan Ignacio sonrió con cierta tristeza.

—Probablemente habría dicho que estaba demasiado nervioso.

—Y tu madre habría dicho que dejaras de hablar y comieras algo.

Ambos rieron, y aquella risa sencilla tuvo para ellos un valor enorme porque durante mucho tiempo habían tenido que aprender a disfrutar de pequeños momentos sin esperar que fueran permanentes. María del Carmen apoyó la cabeza sobre su hombro y permanecieron así mientras la ciudad comenzaba a despertar, hasta que el teléfono interrumpió la tranquilidad. Juan Ignacio miró el aparato y vio que la llamada provenía de Andrés.

—Debe ser importante.

—Contesta.

—¿Sí?

La voz de Andrés llegó acelerada.

—Necesito hablar contigo cuanto antes.

—¿Qué ha ocurrido?

—El abogado de tu suegro encontró algo anoche y acaba de llamarme.

Juan Ignacio se incorporó.

—¿Tiene que ver con la firma?

—Sí, pero hay algo más.

—¿Qué?

—El documento no pertenece a Salvatierra.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—¿Entonces a quién pertenece?

—A una empresa que aparece en varias operaciones antiguas de Villalba.

María del Carmen se acercó.

—¿Qué está diciendo?

Juan Ignacio cubrió parcialmente el teléfono con la mano.

—Han encontrado otra empresa relacionada con el asunto.

Luego volvió a hablar.

—Andrés, ¿qué significa eso?

—Significa que quizá Salvatierra no actuaba solo.

—¿Estás seguro?

—No, pero hay algo que tienes que ver.

Juan Ignacio miró a María del Carmen.

—¿Dónde estás?

—En la empresa.

—Voy para allá.

—Ven con cuidado.

—Sí.

Colgó y permaneció unos segundos sentado.

—¿Tenemos que ir?

—Sí.

María del Carmen suspiró.

—Entonces vamos.

La llegada a las oficinas fue silenciosa. Juan Ignacio llevaba todavía la expresión de quien acababa de abandonar una celebración para regresar de golpe a una realidad que parecía empeñada en no concederles una tregua completa. María del Carmen caminaba junto a él y, aunque también estaba preocupada, no mostraba miedo. Habían aprendido que afrontar juntos los problemas era distinto de enfrentarlos cada uno por separado, y esa diferencia había sido decisiva durante los meses anteriores.

Andrés los esperaba en una sala pequeña junto con el abogado de don Eduardo y un responsable de la investigación interna. Sobre la mesa había varias carpetas.

—Buenos días, recién casados —dijo Andrés intentando sonreír.

—No parece que sea un buen momento para felicitaciones.

—No quería asustarte.

—Entonces no empieces con esa cara.

Andrés soltó una breve risa.

—Tienes razón.

El abogado abrió una carpeta.

—Anoche recibimos documentación que puede aclarar lo sucedido con la firma de don Eduardo.

Juan Ignacio se inclinó sobre la mesa.

—¿Qué encontraron?

—Una autorización bancaria emitida aproximadamente un año antes de que aparecieran los primeros documentos falsificados.

Don Eduardo había firmado efectivamente una autorización en aquella época, pero no para permitir las operaciones que posteriormente se realizaron, sino para que una persona de confianza pudiera efectuar determinadas gestiones mientras él estaba fuera de Madrid. Aquella autorización había quedado registrada y, meses después, había sido utilizada para realizar movimientos que don Eduardo desconocía.

María del Carmen frunció el ceño.

—¿Quién tenía esa autorización?

El abogado señaló un nombre.

—Un antiguo colaborador de su padre.

Don Eduardo había confiado durante años en aquel hombre, quien había dejado la empresa tiempo atrás sin levantar sospechas. Sin embargo, la investigación había descubierto que había mantenido contactos con Federico Salvatierra y que, poco antes de abandonar la compañía, había utilizado documentación antigua para facilitar determinadas operaciones.

Juan Ignacio revisó los papeles con atención.

—Entonces Salvatierra utilizó a varias personas.

—Exactamente.

—Y nosotros estuvimos mirando solamente una parte del problema.

—Así es.

María del Carmen tomó otro documento.

—Aquí aparece una transferencia a una sociedad que no conozco.

El abogado asintió.

—Esa sociedad era utilizada como intermediaria.

Juan Ignacio levantó la mirada.

—¿Y mi firma?

—Fue incorporada posteriormente para dar apariencia de legitimidad a determinadas operaciones.

Andrés intervino.

—Y ahí está lo importante.

—¿Qué?

—La fecha de algunos documentos coincide con los días en que estabas en Valencia.

Juan Ignacio cerró los ojos durante un instante.

—Entonces nunca tuvieron intención de que pareciera que yo estaba presente.

—No exactamente —respondió Andrés—. Querían que pareciera que eras responsable de lo que se estaba haciendo.

María del Carmen comprendió entonces algo que había permanecido oculto durante mucho tiempo.

—Querían destruir su reputación.

—Sí —respondió el investigador—. Y utilizar tu apellido para darle más peso a la operación.

Ella miró a Juan Ignacio.

—Por mi padre.

—En parte —contestó el abogado—, pero también porque Salvatierra sabía que existía una relación entre ustedes y creyó que podía utilizarla para presionar a ambas familias.

Juan Ignacio permaneció callado.

—¿Está todo probado?

—Tenemos suficientes elementos para continuar el procedimiento, pero aún faltan algunas declaraciones.

—¿Quién falta?

El abogado dudó.

—La persona que tuvo acceso a la autorización original.

María del Carmen sintió un escalofrío.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos.

Durante las horas siguientes, la investigación avanzó con rapidez. Se descubrió que aquel antiguo colaborador había abandonado Madrid poco después de que comenzaron a surgir los primeros rumores sobre las irregularidades y que había utilizado documentación empresarial para abrir una cuenta en otra ciudad. La policía logró localizarlo finalmente y, cuando fue interrogado, reconoció haber entregado copias de documentos a Salvatierra, aunque insistió en que desconocía el alcance completo de las operaciones. Su declaración terminó de cerrar una parte esencial del expediente y permitió demostrar que Juan Ignacio y don Eduardo habían sido utilizados como nombres convenientes dentro de una estructura que buscaba aparentar legitimidad.

Cuando don Eduardo recibió la noticia, permaneció varios minutos en silencio.

—Entonces no fui yo.

Mercedes lo miró.

—Nunca dudé de ti.

—Pero mi hija sí tuvo que vivir con las consecuencias de mis decisiones.

—Eso es diferente.

Don Eduardo bajó la cabeza.

—No debí involucrarme en la vida profesional de Juan Ignacio.

—Lo sabes.

—Creí que podía proteger a María del Carmen.

—Y ahora sabes que protegerla también significa dejarla elegir.

Él asintió.

—Lo aprendí demasiado tarde.

—Pero lo aprendiste.

Aquella misma tarde, don Eduardo visitó a los recién casados. Juan Ignacio abrió la puerta.

—Pasa.

—¿María del Carmen está?

—En la cocina.

Ella apareció poco después.

—Papá.

—¿Podemos hablar?

—Claro.

Se sentaron los tres.

Don Eduardo respiró profundamente.

—Ya sabemos quién utilizó la autorización.

—Sí.

—Quiero pedirte perdón.

María del Carmen lo miró.

—Papá, ya lo hiciste.

—No suficientemente.

—¿Por qué?

—Porque durante mucho tiempo pensé que el problema era Juan Ignacio y ahora comprendo que el problema era mi miedo.

Juan Ignacio permaneció en silencio.

—Tenía miedo de que sufrieras, de que te equivocases, de que tuvieras una vida distinta de la que yo había imaginado para ti, y confundí ese miedo con responsabilidad. Quise decidir por ti porque creía que sabía qué era lo mejor, pero terminé haciendo que cada decisión tuya pareciera una batalla.

María del Carmen tomó su mano.

—No quiero seguir viviendo en esa batalla.

—Yo tampoco.

Don Eduardo miró entonces a Juan Ignacio.

—Y contigo fui injusto.

—Lo sé.

—Te juzgué por lo que tenías y no por lo que eras.

Juan Ignacio respondió serenamente.

—Yo también cometí errores.

—Pero no en lo que pensabas que era correcto.

—Quizá todos aprendimos.

Don Eduardo sonrió.

—Eso espero.

Antes de marcharse, sacó de su bolsillo una pequeña llave.

—¿Qué es?

—La llave de una casa.

María del Carmen lo miró sorprendida.

—¿Qué casa?

—Una pequeña propiedad que tenemos fuera de Madrid. Tiene un terreno bastante descuidado.

Ella comenzó a sonreír.

—¿Y qué quieres que haga con ella?

—Lo que quieras.

Juan Ignacio intervino.

—Eso puede ser peligroso.

Los tres rieron.

—Quiero que la veas —continuó don Eduardo—. Quizá algún día puedas convertir aquel lugar en algo que se parezca a lo que siempre soñaste.

María del Carmen tomó la llave.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y no vas a decirme cómo debo hacerlo?

Don Eduardo sonrió.

—Intentaré aprender a no hacerlo.

Ella lo abrazó.

—Entonces sí quiero verla.

Los meses siguientes no fueron perfectos, pero fueron profundamente diferentes. Juan Ignacio regresó a su trabajo con la reputación limpia y recibió nuevas responsabilidades después de que la dirección reconociera públicamente que había sido víctima de una manipulación interna. Andrés continuó a su lado, recordándole de vez en cuando que ninguna investigación empresarial justificaba pasar un día entero sin comer, y Juan Ignacio aprendió que su carrera no necesitaba comenzar con grandes éxitos para tener valor. Bastaba con trabajar bien, mantener la palabra y aceptar que algunas puertas tardaban más tiempo en abrirse.

María del Carmen, por su parte, comenzó a trabajar en un proyecto propio relacionado con la recuperación de espacios verdes urbanos. Teresa se incorporó como colaboradora y juntas comenzaron a buscar terrenos abandonados que pudieran transformarse en pequeñas zonas de descanso para vecinos, niños y ancianos. El proyecto creció lentamente y, aunque no produjo grandes ganancias al principio, consiguió algo que para María del Carmen tenía un valor mayor: demostrar que su profesión podía servir a otras personas.

Una tarde de otoño, mientras revisaba unos planos, recibió una llamada de Juan Ignacio.

—¿Dónde estás?

—En el estudio.

—Necesito que vengas conmigo.

—¿Adónde?

—No puedo decirte.

—Eso no me gusta.

—Confía en mí.

—Después de todo lo que hemos vivido, esa frase debería preocuparme.

Juan Ignacio rió.

—Ven.

Media hora después, María del Carmen llegó a las afueras de Madrid. Allí encontró a Juan Ignacio junto a un terreno cubierto de maleza.

—¿Qué es esto?

—La casa de la que habló tu padre.

Ella miró alrededor.

—Pensé que sería más grande.

—Tu padre dijo pequeña.

—También dijo que estaba descuidada.

—Eso sí lo dijo.

María del Carmen caminó unos metros.

Había árboles viejos, muros deteriorados, un pequeño pozo y una casa que necesitaba reparaciones.

—Es preciosa.

—Está destruida.

—No es lo mismo.

Juan Ignacio la observó.

—¿Qué estás imaginando?

—Un jardín.

—Por supuesto.

—Un jardín grande.

—Por supuesto.

—Con árboles.

—Eso también lo imaginaba.

—Y un lugar para que vengan niños.

Juan Ignacio sonrió.

—¿Niños?

Ella lo miró.

—Algún día.

—Algún día.

Se tomaron de la mano y caminaron lentamente por el terreno.

—¿Sabes qué me gusta?

—¿Qué?

—Que esto no parece el final de nada.

—¿Entonces qué parece?

—El principio de algo que todavía no sabemos cómo construir.

Juan Ignacio apretó suavemente su mano.

—Entonces tendremos trabajo.

—Mucho.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Porque significa que estaremos ocupados durante muchos años.

María del Carmen se apoyó en su hombro.

—Eso es lo que quiero.

El invierno llegó y con él nuevas responsabilidades, pero también una noticia que transformó nuevamente la casa de los recién casados. María del Carmen llevaba varias semanas sintiéndose cansada y, después de insistirle Teresa en que visitara al médico, recibió la confirmación de que estaba embarazada. Cuando regresó a casa llevaba una mezcla de alegría y miedo en el rostro.

Juan Ignacio dejó los planos sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Tengo que decirte algo.

—¿Es malo?

—No.

—¿Entonces?

Ella tomó sus manos.

—Vamos a ser padres.

Juan Ignacio permaneció inmóvil.

—¿De verdad?

—Sí.

Él la abrazó con fuerza.

—No sé qué decir.

—Yo tampoco.

—Estoy feliz.

—Yo también.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—Entonces estamos preparados.

Ella rió entre lágrimas.

—Eso no tiene sentido.

—Quizá sí.

Se sentaron juntos y comenzaron a hablar durante horas acerca de la familia que querían formar, de las cosas que habían aprendido de sus propios padres y de aquellas que deseaban hacer de manera diferente. Juan Ignacio habló de su padre y de la importancia de transmitir a un hijo la seguridad de que podía equivocarse sin perder el amor de su familia. María del Carmen habló de su infancia y de lo mucho que había necesitado sentir que podía tomar decisiones sin que cada elección fuese considerada una amenaza. Ambos comprendieron que no querían construir un hogar perfecto, sino un hogar donde hubiera espacio para pedir perdón, empezar de nuevo, trabajar, reír, llorar y confiar.

Cuando dieron la noticia a sus padres, la reacción de Mercedes fue inmediata.

—Voy a ser abuela.

—Sí.

—No puedo creerlo.

—Yo tampoco.

Mercedes abrazó a María del Carmen.

Don Eduardo, en cambio, permaneció unos segundos sin hablar.

—¿Papá?

Él se acercó y abrazó a su hija.

—Estoy feliz.

—¿Seguro?

—Completamente.

Luego miró a Juan Ignacio.

—Tendrás que enseñarme a ser abuelo.

—Creo que aprenderemos juntos.

Don Eduardo sonrió.

—Eso espero.

La primavera siguiente encontraron finalmente el momento para comenzar a transformar el terreno. Juan Ignacio había conseguido algunos días libres y María del Carmen había preparado los primeros planos. El lugar seguía necesitando mucho trabajo, pero ambos estaban convencidos de que las cosas importantes nunca habían sido fáciles para ellos.

Una mañana, mientras plantaban los primeros árboles, apareció don Eduardo con una pala.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a trabajar.

María del Carmen lo miró divertida.

—¿Tú?

—Sé utilizar una pala.

Juan Ignacio levantó una ceja.

—Eso habrá que comprobarlo.

—No empieces.

Los tres rieron y comenzaron a trabajar. Mercedes llegó más tarde con comida y se quedó conversando bajo la sombra de uno de los árboles antiguos. Teresa apareció con unas plantas y Andrés llegó después del mediodía cargando herramientas, convirtiendo aquella jornada en algo parecido a una reunión familiar.

Cuando María del Carmen se detuvo para descansar, Juan Ignacio se acercó.

—¿Cansada?

—Un poco.

—Entonces siéntate.

—Todavía quiero plantar ese árbol.

—Lo plantaremos juntos.

Caminaron hasta el lugar que ella había señalado y comenzaron a preparar la tierra.

—¿Qué quieres que sea este lugar cuando terminemos?

—Un sitio donde nadie tenga que demostrar cuánto vale para poder entrar.

Juan Ignacio la miró.

—Eso es bastante ambicioso.

—Lo sé.

—Me gusta.

Ella colocó las raíces del árbol en la tierra.

—Quiero que nuestros hijos crezcan sabiendo que las personas no valen por el dinero que tienen, por el apellido que llevan ni por las puertas que otros puedan abrirles.

—¿Y por qué quieres que valgan?

—Por lo que sean capaces de amar, por cómo traten a los demás y por la manera en que sepan levantarse cuando la vida los derribe.

Juan Ignacio cubrió las raíces con tierra.

—Eso también me gusta.

—¿Y la fe?

Él la miró.

—También.

—¿Cómo se lo enseñaremos?

—Viviéndola.

Ella sonrió.

—Eso es más difícil.

—Pero es mejor.

Continuaron trabajando mientras el sol descendía lentamente. Al final de la tarde, el árbol quedó plantado. Era pequeño, frágil todavía, con pocas ramas, pero sus raíces habían quedado firmemente cubiertas.

María del Carmen lo observó.

—¿Crees que crecerá?

—Si lo cuidamos.

—¿Y si viene una tormenta?

—Lo sujetaremos.

—¿Y si se seca?

—Buscaremos otra manera de ayudarlo.

Ella tomó la mano de Juan Ignacio.

—Entonces será como nosotros.

—¿Cómo nosotros?

—Todavía creciendo.

Él la abrazó y ambos permanecieron unos instantes mirando el árbol.

Años después, aquel terreno se convertiría en un espacio verde abierto a muchas personas, con caminos entre árboles, bancos junto a pequeños jardines, una zona para niños y una casa restaurada donde María del Carmen desarrollaría parte de sus proyectos profesionales. Juan Ignacio participaría en la recuperación estructural del lugar y, con el tiempo, aquel trabajo terminaría siendo una de las obras que más satisfacción les produciría. Su hija crecería allí entre plantas, libros, herramientas, fotografías antiguas y las historias de dos familias que habían aprendido, a veces con dolor, que amar también significa dejar espacio para que el otro sea quien está llamado a ser.

Pero mucho antes de que todo aquello sucediera, en aquella primera tarde de primavera, Juan Ignacio y María del Carmen permanecieron juntos frente al árbol recién plantado mientras Mercedes hablaba con Teresa y don Eduardo discutía con Andrés sobre la manera correcta de colocar una valla. La ciudad quedaba lejos y el ruido del tráfico apenas llegaba hasta aquel lugar. María del Carmen apoyó una mano sobre su vientre y miró a Juan Ignacio.

—¿Estás feliz?

Él tomó su mano.

—Más de lo que imaginé.

—¿A pesar de todo lo que pasó?

—Precisamente por todo lo que pasó.

—Yo también.

El viento movió las hojas de los árboles viejos y una pequeña rama del árbol recién plantado se inclinó hacia ellos antes de recuperar lentamente su posición.

Juan Ignacio miró a su esposa.

—¿Nos vamos?

—Todavía no.

—¿Qué falta?

—Quiero quedarme un poco más.

—Entonces nos quedamos.

Se sentaron juntos bajo uno de los árboles antiguos mientras el cielo comenzaba a oscurecerse y las primeras luces aparecían a lo lejos. Juan Ignacio pasó un brazo alrededor de María del Carmen y ella apoyó la cabeza sobre su hombro. Ninguno de los dos necesitó decir nada durante un largo rato, porque después de tantos obstáculos, de tantas pérdidas, de tantas decisiones tomadas con miedo y de tantas otras tomadas con esperanza, habían aprendido que algunas respuestas no llegan cuando uno las exige, sino cuando uno continúa caminando a pesar de no conocer todavía el camino completo.

María del Carmen cerró los ojos.

—Juan Ignacio.

—¿Sí?

—Gracias por no rendirte.

Él besó suavemente su frente.

—Gracias por quedarte.

Ella entrelazó sus dedos con los de él.

—No pienso irme.

Juan Ignacio miró hacia el pequeño árbol que habían plantado aquella tarde y después hacia el horizonte, donde la última luz del día desaparecía lentamente sobre Madrid. El futuro seguía siendo desconocido, como lo había sido desde el primer día en que se encontraron en aquella calle con una caja de plantas entre las manos, pero ahora ya no necesitaban conocerlo para caminar hacia él. Permanecieron allí hasta que Mercedes los llamó desde la casa para avisarles que la cena estaba lista, y María del Carmen se levantó despacio, tomó la mano de su esposo y comenzó a caminar con él hacia las luces encendidas, mientras detrás de ellos, en la tierra recién removida, el árbol permanecía erguido bajo la noche que comenzaba.

 

FIN

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